La cuarta vez



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En el centro de la habitación, cuya brillante iluminación con­trastaba con la oscuridad de la periferia, había una larga mesa con un grueso tablero y muchas patas macizas. El Ratonero pensó por un instante en un centípedo y luego en el mostrador de la Angui­la, pues la superficie del tablero estaba muy manchada y llena de muescas a causa de muchos derrames de elixires, y mostraba nu­merosas quemaduras profundas y negras debidas al fuego, el áci­do o ambas cosas.

En medio de la mesa funcionaba un alambique. La llama de la lámpara -ésta de un azul intenso- mantenía en ebullición den­tro de la gran retorta de cristal un líquido oscuro y viscoso con al­gunos destellos diamantinos. De la espesa materia hirviente sur­gían hebras de un vapor más oscuro que pasaba por la estrecha boca de la retorta, manchaba la transparente cabeza-curiosa­mente con un brillante escarlata-, y luego, de nuevo muy negro, pasaba a la estrecha tubería que salía de la cabeza y comunicaba con un receptor esférico de cristal, más grande incluso que la re­torta, donde se rizaban y oscilaban como otras tantas espirales de negro cordón en movimiento... una delgada e interminable ser­piente de ébano.

Tras el extremo izquierdo de la mesa se hallaba un hombre alto pero jorobado, vestido con túnica y capucha que ensombre­cía más que ocultaba un rostro cuyos rasgos más prominentes eran la nariz larga, gruesa y puntiaguda y la boca sobresaliente, sin apenas mentón. Su cutis era gris cetrino, como arcilla, y una barba corta, crujiente y gris crecía en sus anchas mejillas. Bajo la frente huidiza y las pobladas cejas grises, unos ojos muy anchos miraban con atención un pergamino que el tiempo había vuelto pardo, cuyas desagradables manos, como porras pequeñas, los nudillos grandes, los dorsos grises, enrollaban y desenrollaban sin cesar. El único movimiento de sus ojos, aparte de la breve mirada de un lado a otro mientras leía las líneas que entonaba rápida­mente, era en ocasiones una mirada lateral al alambique.

En el otro extremo de la mesa, los ojos pequeños, como cuen­tas, mirando de un modo alterno al brujo y al alambique, se aga­zapaba una pequeña bestia negra, cuyo primer atisbo hizo que Fafhrd hundiera dolorosamente los dedos en el hombro del Rato­nero, y éste casi gritó, no de dolor. El animal era como una rata, pero tenía la frente más alta y los ojos más juntos que los de un roedor, mientras que sus patas delanteras, que se frotaba sin ce­sar con lo que parecía un júbilo incansable, parecían copias en mi­niatura de las manos macizas del brujo.

De un modo simultáneo pero independiente, Fafhrd y el Ra­tonero tuvieron la certeza de que se trataba de la bestia que había escoltado por el arroyo a Slivikin y su compinche y que luego huyó, y ambos recordaron lo que Ivrian había dicho acerca del animal de compañía de un brujo y la posibilidad de que Krovas empleara á uno de éstos.

La fealdad del hombre y la bestia, y entre ellos el serpenteante vapor negro que se retorcía en el gran receptor y la cabeza, como un cordón umbilical negro, constituían una visión horrenda. Y las similitudes, salvo por el tamaño, entre ambas criaturas eran aún más inquietantes en sus implicaciones.

El ritmo del encantamiento se aceleró, las llamas azules y blancas brillaron y sisearon audiblemente, el fluido en la retorta se hizo espeso como lava, se formaron grandes burbujas que se quebraron sonoramente, la cuerda negra en el receptor se retor­ció como un nido de serpientes; hubo una sensación creciente de presencias invisibles, la tensión sobrenatural aumentó hasta ha­cerse casi insoportable, y Fafhrd y el Ratonero tuvieron una gran dificultad para guardar silencio, pues no podían controlar su en­trecortada respiración, y temían que los latidos de su corazón pu­dieran oírse a codos de distancia.

El encantamiento llegó abruptamente a su auge y se desvane­ció, como un redoble muy fuerte de tambor silenciado al instante por la palma y los dedos contra el parche. Con un brillante deste­llo y una explosión sorda, innumerables grietas aparecieron en la retorta; su cristal se volvió blanco y opaco, pero no se quebró ni dejó salir el líquido. La cabeza se elevó un palmo, permaneció un momento suspendida y cayó hacia atrás. Entretanto dos lazos ne­gros aparecieron entre las espirales del receptor y de repente se estrecharon hasta que fueron sólo dos grandes nudos negros.

El brujo sonrió, enrollando el extremo del pergamino, y su mirada pasó del receptor a su animalillo, el cual chillaba y daba alegres saltos.

-¡Silencio, Slivikin! Ya te llega el turno de correr, esforzarte y sudar -dijo el brujo, hablando en lankhmarés macarrónico, pero con tal rapidez y una voz tan aguda que Fafhrd y el Ratonero apenas podían seguirle.

No obstante, ambos se dieron cuenta de que habían confundi­do por completo la identidad de Slivikin. En un momento de apu­ro, el ladrón gordo había llamado a la bestia brujeril, en vez de a su compañero humano, para que acudiera en su ayuda.

-Sí, amo -respondió Slivikin con voz chillona y no menos claramente, haciendo que un instante el Ratonero tuviera que re­visar sus opiniones acerca del habla de los animales. Y en el mis­mo tono aflautado y servil añadió-: Te escucho obedientemen­te, Hristomilo.

Ahora conocían también el nombre del hechicero, el cual, con agudos chillidos, como latigazos, ordenó:

-¡Al trabajo que te he indicado! ¡Procura convocar un núme­ro suficiente de comensales! Quiero los cuerpos descarnados has­ta que queden los esqueletos, de modo que las lesiones de la nie­bla encantada y toda evidencia de muerte por asfixia se desvanez­can por completo. ¡Pero no olvides el botín! ¡Ahora parte para tu misión!

Slivikin, que a cada orden había inclinado la cabeza de un modo que recordaba su manera de saltar, gritó ahora:

-¡Haré que así sea!

Y como un rayo gris saltó al suelo y desapareció por un negro agujero de ratas.

Hristomilo se frotó sus repugnantes manos de un modo muy similar al de Slivikin y gritó jovialmente:

-¡Lo que Slevyas perdió, mi magia lo ha recuperado!

Fafhrd y el Ratonero se retiraron de la puerta, en parte por­que pensaron que, como el encantamiento, el alambique y el ani­malejo de Hristomilo ya no requerirían su atención, seguramente alzaría la vista y los descubriría; y en parte por la repugnancia que les producía lo que habían visto y oído. Sentían una viva aunque inútil piedad por Slevyas, quienquiera que fuese, y por las demás víctimas desconocidas de los mortales encantamientos del brujo de aspecto ratonil y seguramente relacionado con las ratas, po­bres desconocidos ya muertos y condenados a que les separasen la carne de los huesos.

Fafhrd arrebató al Ratonero la botella verde y, casi experi­mentando arcadas por el hedor a flores podridas, tomó un largo trago. El Ratonero no se atrevió a hacer lo mismo, pero le confor­taron los vapores de vino que inhaló durante esta escena.

Entonces vio, más allá de Fafhrd, en el umbral de la sala del mapa, a un hombre ricamente ataviado con un cuchillo de empu­ñadura dorada en una vaina recamada con pedrería al costado. Su rostro, de ojos hundidos, mostraba las arrugas prematuras de la responsabilidad, el exceso de trabajo y la autoridad, con el cabe­llo negro muy corto y una pulcra barba. Sonriendo, les hizo una seña en silencio para que se aproximaran.

El Ratonero y Fafhrd obedecieron, el último devolviendo la botella verde al primero, el cual la cerró de nuevo y la guardó bajo el brazo izquierdo con bien disimulada irritación.

Los dos supusieron que quien les llamaba era Krovas, el Gran Maestre del Gremio. Una vez más, mientras avanzaba desgarba­damente, tambaleándose y eructando, Fafhrd se maravilló de cómo Kos o los Hados les dirigían aquella noche a su objetivo. El Ratonero, más alerta y también más aprensivo, recordó que los guardianes de las hornacinas les habían dicho que se presentaran a Krovas, por lo que la situación, si no se desarrollaba del todo de acuerdo con sus nebulosos planes, no era todavía catastrófica.

Pero ni siquiera su agudeza ni los instintos primitivos de Fafhrd les previno mientras seguían a Krovas a la sala del mapa.

Apenas habían entrado cuando un par de rufianes cogieron por los hombros a cada uno de ellos, amenazándoles con cachipo­rras, a las que se añadían los cuchillos que colgaban de sus cintos.

Los dos jóvenes juzgaron que lo más prudente era no ofrecer resistencia, al menos en aquella ocasión, confirmando lo que el Ratonero había dicho sobre la suprema precaución de los borra­chos.

-Todo seguro, Gran Maestre -dijo bruscamente uno de los rufianes.

Krovas hizo girar la silla de respaldo más alto y se sentó, mi­rándoles con frialdad pero inquisitivamente.

-¿Qué trae a dos hediondos y borrachos mendigos del Gre­mio al recinto prohibido del mando supremo? -les preguntó en tono sosegado.

El Ratonero sintió que un sudor de alivio perlaba su frente. Los disfraces que con tal brillantez había concebido seguían sir­viendo, convenciendo incluso al jefe supremo, aunque había per­cibido la borrachera de Fafhrd. Reanudando sus ademanes de ciego, dijo con voz temblorosa:

-El guardián que está sobre la puerta en la calle de la Pacoti­lla nos instruyó para que nos presentáramos a ti en persona, gran Krovas, pues el Maestro Mendigo nocturno está de permiso por razones de higiene sexual. ¡Hoy hemos conseguido una buena ga­nancia!

Y manoseando en su bolsa, ignorando en la medida de lo posi­ble la fuerte presa en sus hombros, sacó la moneda de oro que le había dado la cortesana sentimental y la mostró con mano tem­blorosa.

-Ahórrame tu inexperta actuación -le dijo severamente Krovas-. No soy uno de tus primos. Y quítate ese trapo de los ojos.

El Ratonero obedeció y volvió a ponerse tan firme como le permitía la manaza que le sujetaba por el hombro, sonriendo con una despreocupación más aparente a causa del despertar de sus incertidumbres. Era de suponer que no se comportaba con tanta brillantez como había creído.

Krovas se inclinó hacia adelante y le dijo con placidez, aunque perforándole con la mirada:

-De acuerdo con que os ordenaron eso... y muy mal hecho, por cierto. ¡El guardián de la puerta pagará por su estupidez! Pero, ¿por qué estabais espiando en una sala más allá de ésta cuando os descubrí?

-Vimos que unos valientes ladrones huían de esa habitación -respondió el Ratonero sin vacilar-. Temiendo que algún peli­gro amenazase al Gremio, mi camarada y yo investigamos, dis­puestos a frustrarlo.

-Pero lo que vimos y oímos nos llenó de perplejidad, gran señor -añadió Fafhrd con toda naturalidad.

-No te he preguntado a ti, idiota. Habla cuando te hablen -le espetó Krovas. Y, dirigiéndose al Ratonero-: Eres un bella­co petulante, demasiado presuntuoso para tu rango.

De súbito el Ratonero decidió que más insolencia, en lugar de servilismo, era lo que requería la situación.

-Así es, señor -dijo presumidamente-. Por ejemplo, tengo un plan maestro por medio del cual vos y vuestro Gremio podríais ganar más riqueza y poder en tres meses de lo que tus predeceso­res han conseguido en tres milenios.

El rostro de Krovas se ensombreció.

-¡Muchacho! -llamó.

A través de las cortinas de una puerta interior, un joven con el cutis moreno de un kleshita y vestido sólo con un taparrabos ne­gro salió enseguida y se arrodilló ante Krovas, quien le ordenó:

-¡Convoca primero a mi brujo y luego a los ladrones Slevyas y Fissif!

Dicho esto, el joven moreno se escabulló a toda prisa por el corredor.

Entonces el rostro de Krovas recuperó su palidez normal, se recostó en su gran sillón, apoyó levemente sus brazos musculosos en los acolchados del sillón y, con una sonrisa en los labios, se di­rigió al Ratonero:

-Di lo que tengas que decir. Revélanos tu plan maestro.

Obligando a su mente a no centrarse en la sorprendente noti­cia de que Slevyas no era víctima sino un ladrón y no muerto por medio de brujería sino vivo y disponible -¿por qué le quería Krovas ahora?-, el Ratonero echó la cabeza atrás e imprimien­do a sus labios un leve ademán despectivo, empezó:

-Puedes reírte alegremente de mí, Gran Maestre, pero te ga­rantizo que en menos de veinte latidos de corazón escucharás con toda seriedad mi última palabra. Igual que el rayo, el ingenio pue­de recaer en cualquier parte, y los mejores de vosotros en Lankh­mar habéis considerado desde antiguo como puntos débiles, por falta de conocimientos, cosas que son evidentes para los que he­mos nacido en otras tierras. Mi plan maestro no es sino éste: deja que el Gremio de los Ladrones bajo tu autocracia de hierro se haga con el poder supremo en Lankhmar, primero en la ciudad y luego en toda la región, y a continuación en todo el reino de Neh­won, después de lo cual, ¡quién sabe qué reinos no soñados cono­cerían tu soberanía!

El Ratonero había dicho la verdad en un aspecto: Krovas ya no sonreía. Se inclinaba un poco adelante y su rostro se había en­sombrecido de nuevo, pero era demasiado pronto para saber si se debía al interés o la cólera.

El Ratonero continuó:

-Durante siglos el Gremio ha tenido más fuerza e inteligen­cia de las necesarias para dar un golpe de Estado cuyo éxito ten­dría una certeza de nueve dedos sobre diez. Hoy no existe un solo pelo de posibilidad en una hirsuta cabeza de fracaso. El mismo es­tado de las cosas pide que los ladrones gobiernen a los demás hombres. Toda la Naturaleza clama por ello. No es necesario ma­tar al viejo Karstak Ovartamortes, sino simplemente sojuzgarlo, controlarlo y gobernar a través de él. Ya has colocado informado­res en toda casa noble o rica. Tu guarnición es mejor que la del Rey de Reyes. Tienes una fuerza de choque mercenaria perma­nentemente movilizada, si tuvieras necesidad de ello, en la Her­mandad de los Asesinos. Nosotros, los mendigos del Gremio, so­mos tus forrajeadores. Oh, gran Krovas, las multitudes saben que el latrocinio rige a Nehwon, qué digo, al Universo, ¡más aún, la morada de los dioses más altos! Y las multitudes aceptan esto, sólo repudian la hipocresía de la situación presente, el fingimien­to de que las cosas son de otra manera. ¡Oh, gran Krovas, satisfa­ce tu respetable deseo! Haz que las cosas sean abiertas, sin tapu­jos y sinceras, con los ladrones gobernando nominalmente tanto como de hecho.

El Ratonero habló con pasión, creyendo por el momento todo lo que decía, incluso las contradicciones. Los cuatro rufianes le miraban boquiabiertos, maravillados, y con no poco temor. Aflo­jaron sus presas tanto en él como en Fafhrd.

Pero reclinándose de nuevo en su gran sillón, con una sonrisa tenue y amenazante, Krovas dijo fríamente:

-En nuestro Gremio la intoxicación no es excusa para la lo­cura, sino más bien la base para el castigo más extremo. Sin em­bargo, estoy bien al corriente de que los mendigos organizados operáis bajo una disciplina más laxa. Por ello me dignaré explicar­te, diminuto soñador borracho, que los ladrones sabemos muy bien que, entre bambalinas, gobernamos ya en Lankhmar, Neh­won, toda la vida en realidad... pues, ¿qué es la vida sino codicia en acción? Pero hacer de esto algo abierto no sólo nos obligaría a cargarnos con diez mil clases de trabajos penosos que ahora otros hacen por nosotros, sino que también iría contra otra de las leyes profundas de la Naturaleza: la ilusión. ¿Acaso te muestra su coci­na el buhonero de confituras? ¿Es que una ramera deja que un cliente normal la contemple mientras se disimula las arrugas con esmalte o se alza los senos caídos con astutos cabestrillos de gasa? ¿Acaso un prestidigitador te muestra sus bolsillos ocultos? La Na­turaleza funciona con medios sutiles y secretos -la semilla invisi­ble del hombre, la mordedura de la araña, las también invisibles esporas de la locura y la muerte, piedras que nacen en las desco­nocidas entrañas de la tierra, las estrellas silenciosas que se arras­tran por el cielo- y los ladrones la imitamos.

-He aquí una poesía bastante buena, señor -respondió Fafhrd con un matiz de airado escarnio, pues le había impresiona­do en gran manera el plan maestro del Ratonero y le sulfuraba que Krovas insultara a su nuevo amigo rechazándolo tan a la lige­ra-. La monarquía de salón puede funcionar bastante bien en tiempos fáciles, pero -hizo una pausa histriónica-, ¿servirá cuando el Gremio de los Ladrones se enfrente con un enemigo decidido a eliminarlos para siempre, una maquinación para bo­rrarlo totalmente de la Tierra?

-¿Qué cháchara de borracho es ésta? -inquirió Krovas, en­derezándose en su asiento-. ¿Qué maquinación?

-Una de lo más secreto -respondió Fafhrd sonriendo, en­cantado de pagar a aquel hombre altivo en su propia moneda y considerando muy justo que el rey de los ladrones sudara un poco antes de cortarle la cabeza para satisfacción de Vlana-. No sé nada de él, excepto que muchos ladrones maestros están señala­dos para caer bajo el cuchillo... ¡Y tu cabeza está condenada a ro­dar!

Fafhrd se limitó a hacer un gesto despectivo y se cruzó de bra­zos, pues se lo permitió la presa todavía laxa de sus captores, su espada-muleta, que sostenía ligeramente, colgada contra su cuer­po. Luego frunció el ceño, pues de repente sintió un dolor pun­zante en su pierna izquierda, atada y entumecida, a la que había olvidado desde hacía cierto tiempo.

Krovas alzó un puño cerrado y él mismo se incorporó a me­dias, preludio de alguna orden temible... como la de que tortura­sen a Fafhrd, y el Ratonero intervino apresuradamente:

-Les llaman los Siete Secretos... Son sus cabecillas. Nadie en los círculos externos de la conspiración conoce sus nombres, pero se rumorea que son ladrones renegados del Gremio, y cada uno representa a una de las ciudades de Oool Hrusp, Kvarch Nar, Ilthmar, Horborixen, Tisilinilit, la lejana Kiraay y la misma Lankhmar. Se cree que reciben dinero de los mercaderes de Oriente, los sacerdotes de Wan, los brujos de las Estepas y tam­bién la mitad de los jefes mingoles, el legendario Quarmall, los Asesinos de Aarth en Sarheenmar y hasta el mismísimo Rey de Reyes.

A pesar de las observaciones despreciativas y luego enojadas de Krovas, los rufianes que sujetaban al Ratonero siguieron escu­chando a su cautivo con interés y respeto, y no volvieron a apre­tarle los hombros. Sus pintorescas revelaciones y la forma melo­dramática de efectuarlas les retenía, mientras que apenas repara­ban en las observaciones secas, cínicas y filosóficas de Krovas.

Entonces Hristomilo entró deslizándose en la estancia. Era de presumir que sus pies daban unos pasos rápidos pero muy cortos; en todo caso, su túnica negra colgaba inalterada por el suelo de mármol, a pesar de la velocidad con que se deslizaba.

Cuando entró se produjo una conmoción. Todas las miradas en la sala de mapas le siguieron, las respiraciones se detuvieron, y el Ratonero y Fafhrd notaron que las manos callosas que les suje­taban estaban temblando un poco. Incluso la expresión de abso­luta confianza y seguridad en sí mismo de Krovas se hizo tensa y cautelosamente inquieta. Estaba claro que sentían más temor que afecto por el brujo del Gremio de los Ladrones, tanto el jefe que le empleaba como los beneficiarios de sus habilidades.

Ajeno, al menos externamente, a la reacción que provocaba su presencia, Hristomilo, sonriendo con sus delgados labios, se detuvo cerca de un lado de Krovas e inclinó su rostro de roedor ensombrecido por la capucha, con una reverencia espectral.

Krovas alzó la mano hacia el Ratonero, ordenándole silencio. Entonces, humedeciéndose los labios, le preguntó a Hristomilo con severidad pero aun así con nerviosismo:

-¿Conoces a estos dos?

El brujo asintió sin vacilar.

-Me han estado observando perplejos mientras me dedicaba a ese asunto del que hablamos. Les habría echado, informando sobre ellos, pero esa reacción podría haber roto mi encantamien­to, retrasar mis palabras con respecto a la acción del alambique. Uno es nórdico, los rasgos del otro tienen algo de meridional... de Tovilyis o cerca de ahí, lo más probable. Ambos son más jóve­nes de lo que aparentan. Diría que son matones por cuenta pro­pia, como los que contrata la Hermandad cuando tienen a la vez varios trabajos de custodia y escolta. Y ahora, desde luego, torpe­mente disfrazados de mendigos.

Fafhrd mediante bostezos y el Ratonero meneando la cabeza con una expresión de lástima, intentaron transmitir que todas es­tas suposiciones eran incorrectas.

-Eso es todo lo que puedo decir sin leer sus mentes -conclu­yó Hristomilo-. ¿Debo ir en busca de mis luces y espejos?

-Aún no. -Krovas volvió el rostro y apuntó con un dedo al Ratonero-. ¿Cómo sabes esas cosas de las que hablas...? Los Siete Secretos y todo eso. Ahora quiero las respuestas más sim­ples, no baladronadas.

El Ratonero replicó con la mayor desenvoltura:

-Hay una nueva cortesana que vive en la calle de los Al­cahuetes... Se llama Tyarya y es alta, bella, pero jorobada, lo cual, curiosamente, deleita a muchos de sus clientes. Ahora Tya­rya me quiere, porque mis ojos tullidos hacen juego con su colum­na torcida, o por lástima de mi ceguera, ella lo cree, y mi juven­tud, o por una extraña comezón, como la de sus clientes por ella, que esa combinación despierta en su carne.

»Ahora uno de sus patronos, un mercader recién llegado de Klelg Nar -se llama Mourph-, está impresionado por mi inteli­gencia, fuerza, audacia y discreto tacto, y aprecia esas mismas cualidades también en mi camarada. Mourph nos sondeó, pre­guntando finalmente si odiábamos al Gremio de los Ladrones por su control del Gremio de los Mendigos. Percibiendo una oportu­nidad de ayudar al Gremio, le seguimos la corriente, y hace una semana nos reclutó para formar una célula de tres en la franja más externa de la red conspiradora de los Siete.

-¿Te atreviste a hacer todo esto por tu propia cuenta? -pre­guntó Krovas en tono glacial, enderezándose y apretando los bra­zos del sillón.

-Oh, no -negó el Ratonero candorosamente-. Informa­mos de nuestras acciones al Maestro Mendigo diurno, el cual las aprobó, nos dijo que espiáramos lo mejor que pudiéramos y reco­giésemos toda la información y los rumores que pudiésemos acer­ca de la conspiración de los Siete.

-¡Y él no me dijo ni una palabra al respecto! -exclamó brus­camente Krovas-. ¡Si es cierto, haré que la cabeza de Bannat ruede por esto! Pero estás mintiendo, ¿no es así?

Mientras el Ratonero miraba a Krovas con expresión herida, al tiempo que preparaba una virtuosa negativa, un hombre corpu­lento pasó cojeando por delante del umbral, con la ayuda de un bastón dorado. Se movía con silencio y aplomo. Pero Krovas le vio.

-¡Maestro Mendigo nocturno! -le llamó vivamente. El cojo se detuvo, se volvió y cruzó majestuosamente la puerta. Krovas señaló con un dedo al Ratonero y luego a Fafhrd-. ¿Conoces a estos dos, Flim?

Sin apresurarse, el Maestro Mendigo nocturno estudió a los dos jóvenes durante un rato, y luego meneó la cabeza con su tur­bante de paño dorado.

-Nunca les había visto. ¿Qué son? ¿Mendigos soplones?

-Pero Flim no puede reconocernos -explicó el Ratonero desesperadamente, sintiendo que todo se derrumbaba sobre él y Fafhrd-. Todos nuestros contactos eran sólo con Bannat.

-Bannat está en cama con la fiebre del pantano desde hace diez días -dijo calmosamente Flim-. Entretanto, yo he sido Maestro Mendigo diurno tanto como nocturno.

En aquel momento Slevyas y Fissif aparecieron apresurada­mente detrás de Flim. El ladrón alto presentaba una hinchazón azulada en la mandíbula. El ladrón gordo tenía la cabeza vendada por encima de los ojos inquietos. Este último señaló enseguida a Fafhrd y el Ratonero y exclamó:

-Éstos son los dos que nos golpearon, nos quitaron el botín de Jengao y mataron a nuestra escolta.

El Ratonero levantó el codo y la botella verde se hizo añicos a sus pies, sobre el duro mármol. Un olor a gardenia se difundió rá­pidamente por el aire.

Pero con más rapidez aún, el Ratonero, librándose de sus guardianes descuidados y sorprendidos, se lanzó hacia Krovas, blandiendo su espada vendada. Si pudiera vencer al Rey de los Ladrones y aplicarle Garra de Gato a la garganta, podría hacer un trato por su vida y la de Fafhrd. Esto es, a menos que los demás ladrones quisieran la muerte de su amo, lo cual no le sorprendería en absoluto.

Con asombrosa celeridad, Flim arrojó su bastón dorado, que alcanzó las piernas del Ratonero y le hizo dar una voltereta, tra­tando de cambiar su salto mortal involuntario por otro volunta­rio.

Entretanto, Fafhrd se debatió hasta zafarse de su captor de la izquierda, al tiempo que imprimía un fuerte movimiento hacia arriba a la vendada Varita Gris para golpear al captor de la dere­cha en la mandíbula. Recuperando su equilibrio sobre una sola pierna con una poderosa contorsión, se dirigió cojeando a la pa­red de la que colgaban los botines, detrás de él.

Slevyas fue a la pared donde colgaban los instrumentos de hurto, y con un esfuerzo tremendo arrancó de su anilla con canda­do la gran palanqueta.

Poniéndose en pie tras un mal aterrizaje ante el sillón de Kro­vas, el Ratonero lo encontró vacío y al Rey de los Ladrones se­miagachado detrás de él, empuñando una daga de mango dorado, con una fría expresión asesina en los ojos hundidos. Giró sobre sus talones y vio a los guardianes de Fafhrd en el suelo, uno tendi­do sin sentido y el otro empezando a incorporarse, mientras el gran nórdico, la espalda contra la pared cubierta de extrañas jo­yas, amenazaba a toda la sala con la Varita Gris vendada y con su largo cuchillo, que extrajo de la vaina disimulada en la espalda.

El Ratonero desenfundó también a Garra de Gato y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Apartaos todos! ¡Se ha vuelto loco! ¡Paralizaré su pierna sana para vosotros!

Y corriendo entre el apiñamiento y sus dos guardianes, que todavía parecían tenerle cierto temor reverencial, se arrojó blan­diendo su cuchillo contra Fafhrd, rogando que el nórdico, ahora borracho por la batalla tanto como por el vino y el perfume pon­zoñoso, le reconociera y adivinara su estratagema.

Varita Gris golpeó muy por encima de su cabeza agachada. Su nuevo amigo no sólo lo había adivinado, sino que se entregaba por entero al juego... y el Ratonero confió en que no fallara sólo por accidente. Agachándose junto a la pared, cortó las ligaduras de la pierna izquierda de Fafhrd. La espalda vendada y el cuchillo de éste siguieron evitándole. El Ratonero se incorporó de un sal­to y se dirigió al corredor, gritando por encima del hombro a Fafhrd: «¡Vamos!».

Hristomilo permanecía fuera de su camino, observando en si­lencio. Fissif se escabulló en busca de seguridad. Krovas siguió detrás de su sillón gritando:

-¡Detenedles! ¡Cortadles el paso!

Los tres guardianes restantes, que al fin empezaban a recupe­rar su ingenio combativo, se reunieron para enfrentarse al Rato­nero. Pero éste, amenazándoles con rápidas fintas de su daga, aminoró su ímpetu y pasó corriendo entre ellos... y en el último momento arrojó a un lado, con un golpe de la vendada Escalpelo, el bastón dorado que Flim le había vuelto a lanzar para hacerle caer.

Todo esto le dio a Slevyas tiempo para regresar de la pared con los instrumentos y dirigir al Ratonero un gran golpe con la maciza palanqueta. Pero apenas la había levantado cuando una espada vendada muy larga, impulsada por un brazo no menos lar­go, pasó por encima del hombro del Ratonero y golpeó fuerte­mente a Slevyas en el pecho, derribándole hacia atrás, de modo que el arco trazado por la palanqueta fue corto y pasó silbando inocuamente.

El Ratonero salió entonces al corredor, con Fafhrd a su lado, aunque por alguna extraña razón todavía cojeaba. El Ratonero señaló la escalera. Fafhrd asintió, pero se retrasó para estirarse cuanto pudo, todavía sobre una sola pierna, y arrancar de la pa­red más próxima una docena de codos de pesadas colgaduras, que arrojó al otro lado del corredor para desconcertar a sus persegui­dores.

Llegaron a la escalera, y subieron al siguiente rellano, el Rato­nero delante. Se oyeron gritos detrás, algunos ahogados.

-¡Deja de cojear, Fafhrd! -le ordenó quejumbroso el Rato­nero-. Vuelves a tener dos piernas.

-Sí, y la otra aún sigue insensible -se quejó Fafhrd-. ¡Ahhh! Ahora vuelvo a sentirla.

Un cuchillo pasó entre ellos y tintineó al golpear con la punta la pared, arrancando polvo de piedra. Entonces doblaron la es­quina.

Otros dos corredores vacíos, otros dos tramos curvos, y vieron por encima de ellos, en el último descanso, una recia escala que ascendía hasta un oscuro agujero cuadrado en el techo. Un ladrón con el pelo recogido atrás por un pañuelo multicolor -parecía ser la identificación de los centinelas- amenazó al Ratonero con la espada desenvainada, pero cuando vio que eran dos hombres, ambos atacándole decididamente con relucientes cuchillos y ex­trañas estacas o mazos, se volvió y echó a correr por el último co­rredor vacío.

El Ratonero, seguido de cerca por Fafhrd, subió rápidamente la escala y sin pausa saltó por el escotillón a la noche tachonada de estrellas.

Se encontró cerca del borde sin barandilla de un tejado de pi­zarra lo bastante inclinado para hacer que su aspecto resultara te­mible a un individuo no acostumbrado a andar por los tejados, pero seguro como las casas para un veterano.

Agachado en el largo pico del tejado había otro ladrón con pa­ñuelo que sostenía una linterna oscura. Se dedicaba a cubrir y descubrir, sin duda mediante algún código, la lente abombada de la linterna, dirigiendo un débil rayo verde hacia el norte, desde donde le respondía débilmente un punto de luz roja parpadeante. Parecía estar situado muy lejos, en el rompeolas, quizá, o puede que en el palo mayor de una nave que navegara por el Mar Inte­rior. ¿Contrabando?

En cuanto vio al Ratonero, aquel hombre desenvainó de in­mediato su espada y, agitando un poco la linterna con la otra mano, avanzó amenazador. El Ratonero le miró atemorizado... la linterna oscura con su metal caliente y la llama oculta, junto con el depósito de aceite, podría ser un arma fatídica.

Pero Fafhrd ya había salido por el agujero y estaba al lado de su camarada, por fin otra vez sobre sus dos pies. Su adversario re­trocedió lentamente hacia el extremo norte del tejado. Por un ins­tante el Ratonero se preguntó si habría allí otro escotillón.

Oyó un ruido y, al volverse, vio a Fafhrd que alzaba prudente­mente la escala. Apenas la había extraído cuando un cuchillo lan­zado desde abajo pasó cerca de él, por el hueco del escotillón. Mientras seguía su vuelo, el Ratonero frunció el ceño, admirando involuntariamente la habilidad requerida para arrojar un cuchillo hacia arriba con precisión.

El arma cayó cerca de ellos y se deslizó por el tejado. El Rato­nero avanzó a paso largo hacia el sur, por las placas de pizarra, y estaba a medio camino de aquel extremo del tejado desde el esco­tillón cuando se oyó el débil tintineo del cuchillo al chocar con los adoquines del callejón del Asesinato.

Fafhrd le siguió más lentamente, en parte quizá por una expe­riencia menor de los tejados, y en parte porque aún cojeaba un poco, favoreciendo su pierna izquierda, y también porque llevaba la pesada escala equilibrada sobre el hombro derecho.

-No necesitamos eso -le gritó el Ratonero.

Sin vacilar, Fafhrd la arrojó alegremente por encima del bor­de. Cuando se estrelló en el callejón del Asesinato, el Ratonero daba un salto de dos varas sobre una brecha y pasaba al siguiente tejado, de declive opuesto y menor. Fafhrd aterrizó a su lado.

Casi a la carrera, el Ratonero le precedió a través de una rene­grida selva de chimeneas, guardavientos y ventiladores con colas que les obligaban a enfrentarse siempre al viento, cisternas de pa­tas negras, cubiertas de escotillones, pajareras y trampas para pa­lomas a lo largo de cinco tejados, cuatro gradualmente más bajos, mientras que el quinto recuperaba en una vara la altitud que ha­bían perdido -los espacios entre los edificios eran fáciles de sal­tar, pues ninguno tenía más de tres varas, no era necesario hacer un puente con la escala y sólo un tejado tenía un declive algo ma­yor que el de la Casa de los Ladrones- hasta que llegaron a la ca­lle de los Pensadores, en un punto donde la cruzaba un pasadizo cubierto muy parecido al que había en la casa de Rokkermas y Slaarg.

Mientras lo recorrían a buen paso y agachados, algo pasó sil­bando cerca de ellos y tintineó más adelante. A1 saltar desde el te­jado del puente, otros tres objetos más silbaron sobre sus cabezas para estrellarse más allá. Uno de ellos rebotó en una chimenea cuadrada y cayó casi a los pies del Ratonero. Éste lo cogió, espe­rando encontrarse con una piedra, y le sorprendió el gran peso de una bola de plomo de dos dedos de diámetro.

El muchacho señaló con el pulgar por encima de su hombro.

-Ésos no pierden el tiempo para subir con hondas al tejado. Cuando se les anima, son buenos.

Se dirigieron entonces al sudeste, a través de otro negro bos­que de chimeneas, hasta llegar a un punto en la calle de la Pacoti­lla donde los pisos superiores extraplomaban la calle a cada lado, tanto que resultaba fácil saltar la brecha. Durante esta travesía de los tejados, un frente de niebla nocturna, lo bastante denso para hacerles toser y jadear, les había envuelto, y quizá durante sesen­ta latidos de corazón el Ratonero se vio obligado a ir más despa­cio y palpar el camino, con la mano de Fafhrd en su hombro. Poco antes de llegar a la calle de la Pacotilla la niebla cesó abrupta y to­talmente y aparecieron de nuevo las estrellas, mientras que el ne­gro frente se dirigía al norte, a sus espaldas.

-¿Qué demonios era eso? -preguntó Fafhrd.

Y el Ratonero se encogió de hombros.

Un halcón nocturno habría visto un grueso aro de negra niebla nocturna hinchándose en todas direcciones desde un centro cerca de la Anguila de Plata, aumentando más y más en diámetro y cir­cunferencia.

A1 este de la calle de la Pacotilla, los dos camaradas llegaron pronto al suelo; aterrizando en el patio de la Peste, detrás del lo­cal de Nattick Dedoságiles, el sastre.

A1 fin se miraron uno al otro y sus espadas trabadas, sus ros­tros sucios y sus ropas, más sucias todavía por el hollín de los teja­dos, les hicieron reír hasta desternillarse. Fafhrd reía aún cuando se inclinó para darse un masaje en la pierna izquierda, encima y debajo de la rodilla. Esta rechifla y burla totalmente natural de sí mismos continuó mientras desenvolvían sus espadas -el Ratone­ro como si fuera un paquete sorpresa-, y se colocaron de nuevo las vainas al cinto. Sus esfuerzos habían disipado hasta los últimos efectos del fuerte vino y todo rastro del perfume aún más hedion­do, pero no sentían deseo alguno de beber más, y sólo el impulso de llegar a casa, comer copiosamente y beber gahveh caliente y amargo, mientras contaban a sus mujeres el relato de su loca aventura.

Echaron a andar a buen paso, uno junto al otro, mirándose de vez en cuando y riendo, aunque mirando con cautela delante y detrás, por si les perseguían o interceptaban, a pesar de que no esperaban ninguna de ambas cosas.

Libres de la niebla nocturna e iluminados por las estrellas, su angosto entorno parecía mucho menos hediondo y opresor que cuando se habían puesto en marcha. Hasta el bulevar de la Basu­ra parecía dotado de cierta frescura.

Sólo una vez, y por unos breves momentos, se pusieron serios.

-Desde luego, esta noche has sido un genio idiota y borracho -dijo Fafhrd-, aunque yo he sido un patán borracho. ¡Atarme la pierna! ¡Vendar las espadas de modo que no podíamos usarlas salvo como palos!

El Ratonero se encogió de hombros.

-Sin embargo, la envoltura de las espadas sin duda nos evitó cometer una serie de asesinatos.

-Matar en combate no es asesinato -replicó Fafhrd un tanto acalorado.

El Ratonero volvió a encogerse de hombros.

-Matar es asesinato, por muchos nombres bonitos que quie­ras darle. De la misma manera que comer es devorar y beber em­pinar el codo. ¡Dioses, estoy seco, hambriento y fatigado! ¡Va­mos, cojines suaves, comida y gahveh humeante!

Subieron por la larga escalera crujiente y rota, totalmente des­preocupados, y cuando estuvieron en el porche, el Ratonero em­pujó la puerta para abrirla por sorpresa. Pero no se movió.

-Tiene el cerrojo echado -le dijo a Fafhrd. Observó que no se filtraba apenas luz a través de las grietas de la puerta ni las celo­sías... como mucho, un débil resplandor rojizoanaranjado. Entonces, con una sonrisa sentimental y un tono afectuoso en el que sólo acechaba el espectro de la inquietud, añadió-: ¡Se han ido a dormir, como si no les preocupara nuestra suerte! -Dio tres so­noros golpes en la puerta y luego, ahuecando las manos alrededor de los labios gritó suavemente a través de la rendija de la puerta­: ¡Hola, Ivrian! He vuelto sano y salvo a casa. ¡Salve, Vlana! ¡Puedes estar orgullosa de tu hombre, que ha derribado a innu­merables ladrones del Gremio con un pie atado a la espalda!

No se oyó ningún sonido procedente del interior..., es decir, si uno descontaba un susurro o crujido tan leve que era imposible estar seguro de su existencia.

Fafhrd arrugó la nariz.

-Huelo a humo.

El Ratonero aporreó de nuevo la puerta. Siguió sin haber res­puesta.

Fafhrd le hizo una seña para que se apartara, encorvando su gran hombro para lanzarse contra la puerta.

El Ratonero meneó la cabeza y con un diestro golpe, desliza­miento y tirón extrajo un ladrillo que hasta entonces había pareci­do firmemente empotrado en la pared al lado de la puerta. Intro­dujo un brazo por el agujero; se oyó el ruido de un cerrojo al des­correrse, luego otro y finalmente un tercero. Enseguida retiró el brazo y la puerta se abrió hacia adentro con un ligero empujón.

Pero ni él ni Fafhrd entraron enseguida, como ambos habían pretendido antes, pues el aroma indefinible del peligro y lo desco­nocido surgió mezclado con un creciente olor a humo y un aroma dulzón, algo mórbido que, aunque femenino, no era un perfume decoroso, sino un mohoso y acre olor animal.

Podían ver débilmente la estancia gracias al resplandor naran­ja que salía de la pequeña obertura oblonga que dejaba la porte­zuela abierta de la ennegrecida estufa. Sin embargo, la abertura oblonga no estaba en posición vertical, como debería ser, sino in­clinada de un modo poco natural. Era evidente que alguien había volcado la estufa, la cual se inclinaba ahora contra una pared late­ral de la chimenea, su portezuela abierta en aquella dirección.

Por sí mismo, el ángulo antinatural transmitía todo el impacto de un universo volcado.

El resplandor anaranjado mostraba las alfombras extraña­mente arrugadas, salpicadas aquí y allá de negros círculos de un palmo de diámetro; las velas, que habían estado pulcramente apiladas, estaban ahora desparramadas por debajo de sus estantes, junto con algunos de los jarros y cajas esmaltadas, y, por encima de todo, dos montones negros, bajos, irregulares y más largos, uno junto a la chimenea y el otro la mitad sobre el sofá dorado y la mitad a sus pies.

Desde cada montón miraban fijamente al Ratonero y a Fafhrd innumerables pares de ojos diminutos, bastante separados, rojos como bocas de horno.

Sobre la gruesa alfombra del suelo al otro lado de la chimenea había una telaraña plateada... una jaula de plata caída, pero nin­guna cotorra cantaba en su interior.

Se oyó un leve roce metálico: Fafhrd se aseguraba de que Va­rita Gris se deslizaba sin obstáculos en su vaina.

Como si aquel débil ruido hubiera sido elegido de antemano como la señal de ataque, cada uno desenfundó al instante su espa­da y avanzaron lado a lado por la estancia, cautelosamente al principio, comprobando la solidez del suelo a cada paso.

Al oír el chirrido de las espadas desenvainadas, los ojuelos ro­jos parpadearon y se movieron inquietos, y ahora que los dos hombres se les acercaban con rapidez, se escabulleron, par tras par, en el extremo de un cuerpo negro, bajo, delgado, con cola sin pelos, cada uno huyendo a los círculos negros abiertos en las alfombras, donde se desvanecieron.

Sin duda los círculos negros eran agujeros de ratas recién roí­dos a través del suelo y las alfombras, mientras que las criaturas de ojos rojos eran ratas negras.

Fafhrd y el Ratonero dieron un salto adelante, emprendién­dola a frenéticos mandobles contra los roedores, al tiempo que soltaban toda clase de maldiciones y exabruptos.

No alcanzaron a muchas. Las ratas huían con una celeridad sobrenatural, y muchas de ellas desaparecieron por los agujeros abiertos cerca de los muros y la chimenea.

El primer tajo frenético de Fafhrd atravesó el suelo, y con fatí­dico crujido y una nube de astillas, la pierna del muchacho se hun­dió hasta la cadera. El Ratonero pasó corriendo por su lado, sin pensar en la posibilidad de nuevos agrietamientos.

Fafhrd levantó su pierna atrapada, sin notar siquiera los ras­guños producidos por las astillas, y tan indiferente como el Rato­nero a los continuos crujidos de la madera. Las ratas habían desa­parecido. Se lanzó en pos de su camarada, el cual había arrojado un manojo de leña a la estufa para que hubiera más luz.

Lo horroroso era que, aunque todas las ratas se habían ido, los dos montones longilíneos seguían allí, si bien considerable­mente disminuidos y, como ahora mostraban claramente las lla­mas amarillentas que brotaban de la negra portezuela inclinada, habían cambiado de tonalidad... Ya no eran los montones negros con multitud de rojas cuentecillas, sino una mezcla de negro bri­llante y marrón oscuro, un mórbido azul purpúreo, violeta, ter­ciopelo negro y armiño blanco, y los rojos de las medias, la san­gre, la carne y el hueso ensangrentados.

Aunque manos y pies habían sido roídos hasta dejar los hue­sos mondos, y los cuerpos horadados hasta la profundidad del co­razón, los rostros estaban intactos. Era una pena, pues aquéllas eran las partes azul púrpura a causa de la muerte por asfixia, los labios abiertos, los ojos saltones, todos los rasgos contorsionados por el sufrimiento. Sólo el cabello negro y castaño muy oscuro brillaba sin ningún cambio..., eso y los dientes blanquísimos.

Mientras cada hombre miraba a su amada respectiva, incapa­ces de apartar la vista a pesar de las oleadas de horror, aflicción y rabia que se abatían sobre ellos, vieron una diminuta hebra negra que se desenrollaba de la negra depresión alrededor de cada gar­ganta y fluía, disipándose, hacia la puerta abierta tras ellos... dos hebras de niebla nocturna.

Con un crescendo de crujidos, el suelo se hundió tres palmos más en el centro antes de alcanzar una nueva estabilidad tempo­ral.

Los bordes de sus mentes torturadas en el centro observaron diversos detalles: que la daga con empuñadura de plata de Vlana había atravesado a una rata, la cual, sin duda demasiado ansiosa, se había acercado más de la cuenta antes de que la niebla mágica hubiera llevado a cabo su acción; que su cinto y la bolsa habían desaparecido; que la caja azul esmaltada y con incrustaciones de plata, en la que Ivrian había guardado la parte que le correspon­día al Ratonero de las joyas robadas, también había desapareci­do.

El Ratonero y Fafhrd alzaron sus rostros y se miraron: esta­ban blancos y contraídos por el dolor, pero en ambos había idén­tica expresión de entendimiento y finalidad. No era necesario co­mentar lo que debía de haber sucedido allí cuando los dos lazos de vapor negro se tensaron en el receptor de Hristomilo, o por qué Slivikin había saltado y chillado de júbilo, o el significado de frases como «un número suficiente de comensales», «no olvides el botín» o «ese asunto del que hablamos». Tampoco Fafhrd tenía necesidad de explicar por qué ahora se quitaba la túnica con capu­cha o por qué recogía la daga de Vlana, arrojaba la rata con un brusco movimiento de muñeca y se la colocaba al cinto. El Rato­nero no tenía por qué explicar las razones de que buscara media docena de jarros de aceite y tras romper tres de ellos ante la estufa llameante, se detuviera, reflexionara y guardara los otros tres en el saco que le pendía de la cintura, añadiéndoles la leña restante y la marmita llena de carbones al rojo, atándolo herméticamente.

Entonces, todavía sin intercambiar una sola palabra, el Rato­nero se cubrió la mano con un trapo e, introduciendo la mano en la chimenea, tiró de la estufa, de modo que cayó con la portezuela abierta sobre las alfombras empapadas de aceite. Las llamas ama­rillas surgieron a su alrededor.

Se volvieron y corrieron a la puerta. Con crujidos más fuertes que antes, el suelo se derrumbó. Desesperadamente, los dos jó­venes ascendieron por una empinada colina de alfombras desli­zantes y llegaron a la puerta y el porche poco antes de que todo cuanto quedaba tras ellos cediera y las alfombras en llamas, la es­tufa, la madera, las velas, el sofá dorado y todas las mesitas, cajas y jarros -y los cuerpos increíblemente mutilados de sus primeros amores-, se precipitaron a la seca, polvorienta y atestada de te­larañas habitación de abajo, y las grandes llamas de la cremación limpiadora o al menos arrasadora empezaron a fulgurar hacia arriba.

Sé precipitaron por la escalera, que se arrancó de la pared y se derrumbó, estrellándose en el suelo con un estruendo sordo en el mismo momento en que ellos llegaban al suelo. Tuvieron que abrirse paso entre las maderas para llegar al callejón de los Hue­sos.

Por entonces las llamas sacaban sus brillantes lenguas de la­garto por las ventanas con los postigos cerrados del ático y las ta­piadas con tablas del piso inferior. Cuando llegaron al patio de la Peste, corriendo uno junto al otro a toda velocidad, la alarma contra incendios de la Anguila de Plata difundía su campanilleo cacofónico detrás de ellos.

Todavía corrían cuando llegaron a la bifurcación del callejón de la Muerte. Entonces el Ratonero cogió a Fafhrd y le obligó a detenerse. El robusto joven se resistió, lanzando alocadas maldi­ciones, y sólo desistió -su pálido rostro todavía parecía el de un lunático- cuando el Ratonero gritó, jadeante:

-¡Sólo diez latidos de corazón para armarnos!

Se quitó el saco del cinto y, sujetándolo con fuerza por el cue­llo, lo estrelló contra los adoquines, lo bastante fuerte no sólo para romper las botellas de aceite, sino también la marmita de los carbones, pues enseguida la base del saco empezó a llamear un poco.

Entonces desenvainó a la brillante Escalpelo mientras Fafhrd hacía lo mismo con Varita Gris y siguieron corriendo, el Ratone­ro haciendo girar el saco en un gran círculo para avivar sus llamas. Era una auténtica pelota de fuego que le quemaba la mano iz­quierda mientras corrían a través de la calle de la Pacotilla y llega­ban a la Casa de los Ladrones, y el Ratonero, dando un gran sal­to, arrojó el saco en llamas hacia la gran hornacina por encima de la puerta.

Los guardianes que estaban en la hornacina gritaron de sor­presa y dolor ante el llameante invasor de su escondite y no tuvie­ran tiempo de hacer nada con sus espadas, o cualesquiera armas de que dispusieran, contra los otros dos invasores.

Los estudiantes de ladrón salieron de las puertas al oír los gri­tos y los ruidos de pisadas, y retrocedieron al ver las fieras llamas y los dos hombres de rostro demoníaco que blandían sus largas y brillantes espadas.

Sólo un pequeño aprendiz, que apenas tendría más de diez años, se quedó demasiado tiempo. Varita Gris lo atravesó sin pie­dad, mientras sus grandes ojos sobresalían y su pequeña boca di­bujaba un rictus de horror y súplica para que Fafhrd tuviera pie­dad.

Se oyó entonces por delante de ellos una llamada espectral y sollozante, hueca, que ponía los pelos de punta, y las puertas em­pezaron a cerrarse en vez de vomitar a los guardianes armados que los dos jóvenes casi rogaban que apareciesen para ensartarlos con sus espadas. Además, a pesar de las largas antorchas colgadas de las paredes, el corredor quedó a oscuras.

La razón de esto último apareció clara cuando se lanzaron es­calera arriba. Jirones de niebla nocturna aparecían en la caja, materializándose de súbito en el aire.

Los jirones se hacían más largos y numerosos, más tangibles. Tocaban y se aferraban repugnantemente. En el corredor de arri­ba formaban de pared a pared y de suelo a techo una especie de telaraña gigantesca, haciéndose tan sólidos que el Ratonero y Fafhrd tenían que cortarlos con sus aceros para avanzar, o así lo creían sus mentes maníacas. La negra red apagó un poco una re­petición de la misteriosa y gimiente llamada, que procedía de la séptima puerta más adelante, y esta vez terminó en un griterío y un cloqueo tan dementes como las emociones de los dos atacan­tes.

También aquí las puertas se cerraron con estruendo. En un efímero instante de racionalidad, al Ratonero se le ocurrió que los ladrones no les temían a Fafhrd y a él, pues todavía no les ha­bían visto, sino más bien a Hristomilo y su magia, aun cuando tra­bajara en defensa de la Casa de los Ladrones.

Incluso la sala del mapa, de donde era más probable que sur­giera el contraataque, estaba cerrada por una enorme puerta de roble con incrustaciones de hierro.

De nuevo tuvieron que cortar la telaraña negra, viscosa, de fi­lamentos gruesos como cuerdas, a cada paso que daban. A medio camino entre la sala del mapa y la de la magia, se estaba forman­do la negra red, espectral al principio pero que crecía con rapidez, haciéndose más sólida, una araña negra grande como un lobo.

El Ratonero cortó la espesa telaraña ante aquel monstruo, re­trocedió dos pasos y se abalanzó de un salto. Escalpelo atravesó aquella cosa, golpeándole entre los negros ojos recién formados, y se derrumbó como una vejiga pinchada por una daga, soltando un olor fétido.

Entonces los dos jóvenes se encontraron ante la sala de la ma­gia, la cámara del alquimista. Estaba casi igual que antes, salvo que algunas cosas se habían duplicado e incluso multiplicado más.

Sobre la larga mesa las retortas llenas de un líquido azul bur­bujeaban y despedían otra cuerda sólida que se retorcía con más rapidez que la cobra negra de los pantanos, que puede correr más rápido que un hombre, y no iba a parar a receptores gemelos, sino a la atmósfera de la habitación para tejer una barrera entre sus espadas y Hristomilo, el cual volvía a estar, alto pero encorva­do, inclinado sobre su pergamino brujeril marrón, aunque esta vez su mirada exultante se fijaba sobre todo en Fafhrd y el Rato­nero, dirigiendo tan sólo de cuando en cuando una mirada breve al texto del encantamiento que entonaba monótonamente.

En el otro extremo de la mesa, en el espacio libre de telara­ñas, saltaban no sólo Slivikin, sino también una rata enorme igual que él en tamaño y en todos sus miembros, excepto la cabeza.

En las ratoneras al pie de las paredes, los ojillos rojos brilla­ban a pares.

Con un aullido de rabia, Fafhrd empezó a cortar la barrera ne­gra, pero las bocas de las redomas las sustituían con tanta celeri­dad como él las cortaba, mientras que los extremos seccionados, en vez de caer y quedar inactivos, ahora se tensaban hambrientos hacia él como serpientes constrictivas o enredaderas estrangula­doras.

De repente, pasó Varita Gris a su mano izquierda, desenfun­dó su largo cuchillo y lo arrojó al brujo. Brillando hacia su objeti­vo, el arma cortó tres jirones, se desvió, un cuarto y un quinto re­dujeron su velocidad, un sexto casi lo detuvo y acabó colgando inútilmente, enlazado por un séptimo jirón de niebla sólida.

Hristomilo lanzó una risa aguda y luego sonrió mostrando sus enormes incisivos superiores, mientras Slivikin chillaba extasiado y daba saltos más altos.

El Ratonero arrojó Garra de Gato sin mejor resultado..., peor, en realidad, dado que su acción dio tiempo a dos veloces ji­rones de niebla a enroscarse alrededor de la mano que sostenía la espada y deslizarse hacia el cuello. Unas ratas negras salieron apresuradamente de los grandes agujeros al pie de las paredes.

Entretanto, otros jirones se enrollaban alrededor de los tobi­llos, rodillas y brazo izquierdo de Fafhrd, casi derribándole. Pero mientras se debatía para mantener el equilibrio, cogió la daga de Vlana, que llevaba al cinto, y la alzó por encima del hombro, su empuñadura de plata centelleante, su hoja marrón con la sangre seca de la rata.

Al verlo, la sonrisa abandonó el rostro de Hristomilo. Enton­ces el brujo soltó un grito extraño e insistente y se apartó del per­gamino que estaba sobre la mesa, alzando sus manos provistas de garras para repeler la fatalidad.

La daga de Vlana voló sin impedimento a través de la negra telaraña, cuyas hebras incluso parecían apartarse para dejarla pa­sar, y entre las manos extendidas del brujo, para hundirse hasta la empuñadura en su ojo derecho.

El brujo emitió un débil grito de atroz agonía y se llevó las ma­nos al rostro. La negra telaraña se retorció como presa de los es­pasmos de la muerte.

Las retortas se quebraron a la vez, derramando su lava sobre la mesa magullada, extinguiendo las llamas azules aun cuando la gruesa madera de la mesa empezó a humear un poco en el borde de la lava. Ésta cayó pesadamente sobre el oscuro mármol del suelo.

Con un débil grito final, Hristomilo cayó hacia adelante, las manos todavía aferradas a sus ojos por encima de su nariz promi­nente, la empuñadura de plata de la daga sobresaliendo aún entre sus dedos.

La telaraña fue palideciendo, como tinta húmeda lavada con un chorro de agua limpia.

El Ratón echó a correr y traspasó a Slivikin y la enorme rata de una estocada de Escalpelo, antes de que las bestias supieran lo que sucedía. También ellas murieron enseguida con leves gritos, mientras todas las demás ratas daban media vuelta y huían a sus agujeros, tan velozmente como rayos negros.

Entonces se desvanecieron los últimos rastros de niebla noc­turna o humo embrujado y Fafhrd y el Ratonero se encontraron solos con tres cuerpos muertos y un profundo silencio que parecía llenar no sólo aquella habitación sino toda la Casa de los Ladro­nes. Incluso la lava de las retortas había dejado de moverse, se es­taba endureciendo, y la madera de la mesa ya no humeaba.

El furor y la rabia de los dos amigos también se habían desva­necido, saciada con creces su venganza. Ya no sentían el apremio de matar a Krovas o a cualquiera de los otros ladrones más de lo que deseaban aplastar moscas. Y entonces Fafhrd vio en su men­te, horrorizado, el rostro lastimero del ladrón infantil al que había atravesado en su furor lunático.

Sólo su aflicción permaneció con ellos, sin disminuir ni un ápi­ce, sino más bien creciendo..., aquello y la revulsión, que aumen­taba todavía con más rapidez, por cuanto les rodeaba: los muer­tos, la desordenada sala de la magia, toda la Casa de los Ladrones y la ciudad de Lankhmar en su conjunto, hasta su último callejón hediondo y espira de niebla serpenteante.

Con un bufido de disgusto, el Ratonero extrajo a Escalpelo de los cadáveres de los roedores, la limpió con el paño más a mano y volvió a envainarla. Fafhrd, de un modo igualmente superficial, limpió y envainó a Varita Gris. Luego los dos hombres recogieron su cuchillo y daga del suelo, donde habían caído cuando se desva­neció la niebla, aunque ninguno miró la daga de Vlana donde es­taba hundida. Sobre la mesa del brujo observaron el bolso de ter­ciopelo negro con bordados de plata y el cinturón de Vlana, este último medio carcomido por la lava derramada, y la caja de Ivrian, esmaltada de azul con plata incrustada, de la que extraje­ron las joyas de Jengao.



Sin más palabras de las que habían intercambiado en el nido incendiado del Ratonero detrás de la Anguila, pero con una im­batible sensación de que sus propósitos eran los mismos y de su camaradería, echaron a andar con los hombros inclinados y con pasos lentos y cautelosos, que sólo gradualmente se apresuraron al salir de la sala de la magia y por el corredor con su gruesa al­fombra. Pasaron ante la sala del mapa, su ancha puerta de roble y hierro todavía cerrada, y ante las demás puertas cerradas y silen­ciosas. Estaba claro que todo el Gremio estaba aterrado por Hris­tomilo, sus hechizos y sus ratas. Sus pasos resonaron por la esca­lera, y se apresuraron un poco. Recorrieron el pasillo inferior va­cío, pasaron junto a sus puertas cerradas, y sus pisadas resonaban fuertemente por mucho que trataran de no hacer ruido; pasaron bajo la hornacina de los centinelas, ahora con las paredes calcina­das por el fuego y desierta, y salieron a la calle de la Pacotilla, gi­rando a la izquierda y hacia el norte porque ése era el camino más corto para ir a la calle de los Dioses, donde doblaron a la derecha y al este -no había un alma en la ancha calle excepto un flaco y encorvado aprendiz que fregaba con semblante aburrido las losas ante una tienda de vinos, mientras una débil luz rosada empezaba a aparecer por el este, aunque había muchos bultos dormidos, roncando y soñando en los arroyos de la calle y bajo los pórticos oscuros- sí, doblando a la derecha y hacia el este por la calle de los Dioses, pues aquél era el camino de la Puerta del Pantano, que conducía a la carretera del Origen, al otro lado del Gran Pan­tano Salado, y la Puerta del Pantano era el camino más próximo para salir de la grande y magnífica ciudad que ahora era tan odio­sa para ellos que no podían soportarla por un solo doloroso latido de corazón más de lo necesario..., una ciudad de fantasmas ama­dos y a los que no podían volver el rostro.


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