La cuarta vez



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Escultura lenta


Theodore Sturgeon


Conocí a Ted hace un tercio de siglo, cuando él era joven, bas­tante infantil y muy atractivo, mientras que yo tenía casi la edad que tengo ahora. Le volvía ver en el buque Stantendam, en la pri­mera quincena de diciembre de 1972.

Todos nos dirigíamos a la costa de Florida para asistir al despe­gue del Apollo XVII hacia la Luna, en la última de las aventuras del hombre en nuestro satélite. Fue un lanzamiento nocturno, bellí­simo, si bien para mí el viaje fue hermoso desde el principio por­que en el muelle, mientras aguardaba para subir a bordo, vi a Ted con su traje de piel de ante, acompañado por su esposa y su hijo.

Recuerdo a Weena, su esposa, muy joven, como una chiquilla, también tan bonita como una postal, aunque lo que mejor recuer­do es que ella estaba interesada en los alimentos naturales, por lo que me dio una serie de conferencias al respecto durante la trave­sía. (No tengo la más remota idea del porqué la gente siempre me recomienda dietas. Lo sé todo sobre las dietas. Para asegurarme de que no dejo de tomar vitaminas y minerales importantes, suelo co­mer todo lo que tengo a la vista.) Luego, cuando hubo terminado, Weena encendió un cigarrillo.

-Si tanto le preocupa mi salud -le solté-, preocúpese por la suya.

Y le quité el cigarrillo de los labios (creo que junto con un poco de carmín), lo arrojé al suelo y lo pisoteé.

Más tarde me dijo que se había quedado tan impresionada por la lógica sutil de mi argumentación que había decidido dejar de fu­mar. (Espero que se haya mantenido en esta decisión.)

Una cosa más acerca de la 29° Convención antes de terminar con ella. Cuando Bob Silverberg estaba brindando hizo, como una broma, ciertas referencias a «donarlo al Clarion». Este comentario tenía su raíz en un incidente ocurrido en la 27° Convención, celebrada en San Luis en 1969, cuando Harlan Ellison, que había re­cogido algún dinero para una buena causa, descubrió que tenía de­masiado y donó el sobrante a una conferencia de escritores de cien­cia ficción convocada por el Clarion College. También se trataba de una buena causa, pero Harlan, llevado por su buen corazón, ol­vidó el formulismo de pedir la aprobación de las personas que ha­bían hecho la donación. Hubo una discusión pública entre Harlan y los demás asistentes a la convención, quienes, naturalmente, eran mayoría.

Por tanto, hacia el final del discurso de Bob, garabateé una quintilla y, cuando me llegó el turno de pronunciar unas palabras, la recité ante el auditorio y obtuve la mayor carcajada de la velada. Recientemente he publicado unos libros titulados Lecherous Lime­ricks («Quintillas lujuriosas», Walker, 1975), y More Lecherous Limericks («Más quintillas lujuriosas», Walker, 1976), cada uno con cien quintillas originales, aunque no está incluida entre ellas la que recité en aquella convención. Como no deseo que se pierda para la posteridad, ahí va:

Había una joven strip-teaser llamada Marion,

que chocó, hizo el amor y así siguió.

Y el resultado de su goce

fue un estupendo bastardo

que no tardó en donar al Clarion.

Ella ignoraba quién era él cuando le encontró; en realidad, poca gente le conocía. Él se hallaba en el huerto, trabajando bajo un peral. La tierra olía a finales de verano y a viento; a bronce, olía a bronce. Levantó la vista hacia una joven de unos veinticinco años, con un rostro carente de miedo y unos ojos del mismo color que el cabello, cosa extraordinaria porque su cabellera era de un tono doradorrojizo. Ella contempló al hombre de unos cuarenta años, de piel correosa, que tenía un electroscopio de láminas de oro en la mano, y se sintió como una intrusa.

-Oh... -exclamó en el tono que por lo visto era el más opor­tuno, toda vez que el hombre asintió al oírla.

-Sostenga esto -le pidió él después, lo que eliminaba toda idea de intrusismo.

La muchacha se arrodilló junto al hombre y cogió el instru­mento, sosteniéndolo tal como él se lo puso en la mano. Luego, él se apartó un poco y se golpeó la rodilla con un vibráfono.

-¿Qué ocurre? -preguntó.

Tenía una voz bonita, la clase de voz que los desconocidos ob­servan y escuchan.

La joven estudió las delicadas láminas de oro de la capa de cristal del electroscopio.

-Se están separando -respondió ella.

Él volvió a golpearse la rodilla con el vibráfono y las láminas se separaron un poco más.

-¿Mucho?

-Unos cuarenta y cinco grados cuando usted se golpea con el vibráfono.

-Bien..., es casi todo lo que podemos conseguir.

De un bolsillo de su chaqueta extrajo una bolsa de polvo de yeso y echó un puñado al suelo.

-Ahora me apartaré -añadió-. Quédese aquí y dígame cuánto se separan las láminas.

Rodeó el peral caminando en zigzag, e iba golpeando el vibrá­fono en tanto ella gritaba números: diez grados, treinta, cinco, veinte, nada. Cuando las láminas doradas se separaban al máxi­mo, él dejaba caer más polvo. Cuando terminó, el peral estaba rodeado por un tosco óvalo de motas blancas de yeso. Sacó un cuaderno y trazó el diagrama del óvalo y del árbol; se guardó el cuaderno y recuperó el electroscopio.

-¿Buscaba algo? -le preguntó a ella.

-No... Sí.

Él sonrió. Y, aunque la sonrisa no duró mucho, la joven la ha­lló sorprendente en un rostro como aquél.

-Eso no es lo que un tribunal llamaría una respuesta positiva.

La muchacha miró hacia la montaña, metálica a la luz del atar­decer. No había mucho que ver: rocas, maleza de verano, algunos árboles y un huerto. Alguien había recorrido un largo camino para llegar hasta allí.

-No es una pregunta sencilla -se disculpó, tratando de son­reír y prorrumpiendo en llanto.

Lo lamentó y se excusó.

-¿Porqué? -quiso saber él.

Era la primera vez que la joven experimentaba este interroga­torio. Era algo turbador. Y siempre lo sería, a veces mucho más.

-Bueno, uno no debe dejarse llevar por las emociones en pú­blico.

-Usted ha tenido la culpa. No conozco a ese uno del que ha­bla.

-Creo que yo tampoco, ahora que lo menciona.

-Entonces, diré la verdad. De nada sirve andar con rodeos y pensar: «Él descubrirá que yo...» o algo por el estilo. Yo pensaré lo que deba pensar, diga usted lo que diga. O... me iré sin decirle nada más.

La joven no hizo ademán de irse, por lo que él añadió:

-Pues diga la verdad. Si es importante será sencilla, y si es sencilla será fácil decirla.

-¡Voy a morir! -gritó ella.

-Yo también.

-Tengo un bulto en el pecho.

-Venga a casa y se lo quitaré.

Sin más palabras se alejó y empezó a cruzar el huerto. Sobre­saltada hasta lo indecible, indignada y llena de una loca esperan­za, lanzando incluso una carcajada de asombro, ella permaneció un momento viéndole marchar, y al final (¿en qué instante lo de­cidió?) echó a correr tras él.

Le atrapó en el lindero superior del huerto.

-¿Es usted médico?

No parecía haberse dado cuenta de la inmovilidad de la joven ni de su carrera.

-No -negó él.

Y siguió andando, sin ver, al parecer, cómo ella volvía a dete­nerse, mordiéndose el labio inferior, y cómo echaba a correr nue­vamente.

-Debo de estar loca -murmuró la joven, uniéndose a él en un sendero del jardín.

Se lo dijo a sí misma, aunque él ya debía de saberlo porque no respondió.

El jardín estaba lleno de retadores crisantemos, y había un es­tanque en el que divisó el destello de un par de carpas imperiales plateadas -no doradas-, las mayores que había visto. Des­pués... la casa.

Primero formaba parte del jardín, con la terraza y sus colum­nas, y luego, con sus muros rocosos (demasiado grandes para con­siderarlos de piedra), era parte de la montaña. Se hallaba encima y dentro de la ladera, y sus tejados corrían paralelos a la línea del cielo, por delante y a los lados, y parte de los mismos estaban sos­tenidos por un saliente de la cara rocosa. La puerta, hecha de ta­blas y bien claveteada, con dos estrechas aberturas, se abrió (aun­que no había nadie allí), y cuando volvió a cerrarse todo quedó en silencio, impidiendo la entrada de todo lo exterior mucho más só­lidamente que con el golpe de una cerradura o un pasador. La jo­ven se quedó con la espalda contra la puerta, viéndole atravesar lo que parecía el centro de la casa, o al menos de esta parte. Era una especie de patio pequeño, en cuyo centro había un atrio, acristalado por sus cinco lados y abierto por arriba. Tenía un ár­bol, un ciprés o un enebro, retorcido, torturado, con el aspecto escultural de lo que los japoneses llaman bonsai.

-¿No viene? -le gritó él, sosteniendo abierta una puerta, de­trás del atrio.

-Los bonsai no tienen tres metros de altura -exclamó ella.

-Éste sí.

La joven se acercó lentamente, contemplando el árbol.

-¿Cuánto hace que lo tiene?

El tono de voz del hombre daba a entender que estaba suma­mente complacido. Es una tontería preguntarle al dueño de un bonsai si éste es muy viejo, ya que se le está preguntando si ha sido obra suya o si lo adquirió y continuó la labor de otro indivi­duo; se le está tentando a proclamar que son suyos la concepción y el trabajo meticuloso de otro, y asimismo resulta grosero decirle a una persona que se la está probando. Por tanto, «¿cuánto hace que lo tiene?» es amable, grato y tremendamente cortés.

-La mitad de mi vida -fue la respuesta.

La muchacha miró el árbol. A veces se hallan árboles, no to­talmente abandonados, no totalmente olvidados, plantados en bi­dones mohosos, en invernaderos mal cuidados, que permanecen sin vender a causa de una forma rara o por tener algunas ramas muertas, o bien por haber crecido con excesiva lentitud en con­junto o en parte. Estos son los que desarrollan troncos interesan­tes y una gran resistencia ante el infortunio, lo cual les hace flore­cer si se les da la menor excusa para vivir. Este árbol era más viejo que la mitad de la vida de su dueño, o que toda su vida. Al con­templarlo, ella se quedó aterrada por la idea de que un incendio, una familia de ardillas, alguna oruga subterránea o las termitas pudieran exterminar tanta belleza, algo que ofrecía el concepto de rectitud o justicia o... respeto. Volvió a mirar el árbol. Luego, miró al hombre.

-¿Viene? -dijo éste.

-Sí -asintió ella, entrando con él en el laboratorio.

-Siéntese aquí y relájase -le aconsejó él-. Esto puede tar­dar bastante.

«Aquí» era en una butaca de cuero situada junto a la bibliote­ca. Había libros sobre todos los temas: obras de consulta sobre medicina e ingeniería, física nuclear, química, biología, psiquia­tría... También había obras sobre tenis, gimnasia, ajedrez, sobre el juego de guerra oriental Go y sobre golf. Y dramas, las técnicas de la novela, El uso moderno del inglés, El lenguaje norteamerica­no y el suplemento, los diccionarios poéticos de Wood y Walker, y una serie de diccionarios y enciclopedias. Además de un estante repleto de biografías.

-¡Vaya biblioteca... !

Él respondió con brevedad; estaba claro que no deseaba ha­blar, ya que se hallaba enfrascado en su trabajo.

-Sí, es cierto -dijo solamente-. Tal vez la vea alguna vez.

La joven se preguntó qué querría decir con esas palabras. Luego, decidió que había querido decir que los libros que había junto a la butaca eran los que él tenía a mano para su trabajo, y que la verdadera biblioteca estaba en otro lugar. Le miró con gran respeto.

Siguió contemplándole. Le gustaba la manera como se movía: rápido, decidido. Estaba claro que sabía lo que hacía. Ella reco­noció parte del equipo que usaba: un alambique, un equipo de probetas, una centrifugadora. Había dos refrigeradores, uno de los cuales no lo era, puesto que ella podía ver que el termómetro de la puerta marcaba 21°C. Pensó que un refrigerador moderno era perfectamente adaptable a la demanda de un ambiente con­trolado, incluso de uno cálido.

Pero todo aquello, junto con el equipo que no reconocía, no era más que mobiliario. Era al hombre al que valía la pena con­templar, el hombre el que la mantenía ocupada, hasta el punto de que en todo aquel tiempo ni una sola vez se sintió tentada de exa­minar la biblioteca.

Al fin, él terminó una larga secuencia en el banco de trabajo, movió unos interruptores, cogió un taburete y se acercó a ella. Se sentó en el taburete, con los pies sobre un travesaño, y colocó sus manos largas y atezadas sobre las rodillas.

-¿Asustada?

-Supongo que sí.

-No tiene ningún motivo.

-Considerando la alternativa -murmuró ella valerosamen­te, aunque su tono decayó con rapidez-, no puede importar mu­cho.

-Muy juicioso -aprobó él casi animosamente-. Recuerdo que siendo niño se produjo un fuego en el edificio donde vivía­mos. Hubo un gran revuelo para salir, y mi hermano de diez años de edad se encontró en la calle con un despertador en la mano. Era un reloj viejo que no funcionaba... y de todas las cosas que había en casa tuvo que coger ese despertador. Nunca pudo saber por qué.

-¿Lo sabe usted?

-¿Por qué cogió aquel objeto? No. Aunque creo saber por qué hizo algo tan irracional. Sí, el pánico es un estado de ánimo muy especial. Como en el miedo y la fuga, o la furia y el ataque, se trata de una reacción primitiva ante un peligro extremado. Es una de las expresiones de la voluntad de sobrevivir. Y lo que la torna tan especial es su irracionalidad. ¿Por qué el abandono de la razón puede ser un mecanismo de supervivencia?

La joven meditó la pregunta con gran seriedad. Aquel hom­bre tenía algo que tornaba imperiosa la seriedad.

-No me lo imagino -confesó al fin-. A menos que sea por­que, en algunas situaciones, la razón no funciona.

-Puede imaginárselo -replicó él, radiando de nuevo su tre­menda aprobación y haciéndola resplandecer-. Y acaba de ha­cerlo. Si se está en peligro y se intenta razonar, y la razón no funciona, se la abandona. Es inteligente abandonar lo que no sirve, ¿verdad? Por tanto, usted siente pánico, y empieza a realizar ac­ciones al azar. La mayoría, casi todas, serán inútiles; algunas pue­den ser incluso peligrosas, mas eso no importa: usted ya está en peligro. El factor de supervivencia entra en juego cuando muy adentro de uno mismo se sabe que la única oportunidad entre un millón es mejor que ninguna en absoluto. Y así... aquí está usted sentada; está asustada y podría huir, pero algo le aconseja que no huya... y no huye.

Ella asintió.

-Usted encontró un bulto -continuó él-. Fue a visitar a un médico y él le hizo unos análisis y le dio una mala noticia. Quizá fue a otro médico y la confirmó. Entonces, usted investigó un poco y supo qué sucedería a continuación..., las exploraciones, la extirpación, la recuperación incierta, todo el largo y terrible pro­ceso de ser lo que se llama un caso perdido. Y se asustó. Hizo al­gunas cosas que desea que yo no le pregunte. Viajó hacia cual­quier parte y terminó en mi huerto sin motivo alguno.

Extendió las manos y las hizo volver a su especie de sueño.

-Pánico -prosiguió-. Eso es lo que explica que esos peque­ños permanezcan en pijama en medio de la noche con desperta­dores rotos en la mano y que existan charlatanes.

Algo campanilleó en el banco de trabajo y él sonrió breve­mente y volvió a su tarea.

-A propósito -agregó por encima del hombro-, yo no soy un charlatán. Para llamarse charlatán hay que ser médico y yo no lo soy.

Ella le vio tocar los interruptores, abriendo, apagando, agi­tando, midiendo y calculando. Una pequeña orquesta de apara­tos cantaba a coro y en solos a su alrededor, mientras él dirigía los chirridos, los silbidos, los campanilleos, los golpeteos. La joven deseaba reír, llorar, chillar. No hizo nada de todo eso por miedo a no poder parar.

Cuando él volvió a su lado, el conflicto ya no existía en su inte­rior, sino que ejercía en ella constantes y opuestas tensiones; el resultado era un terrible éxtasis, y lo único que pudo hacer cuando vio el instrumento en la mano del hombre fue abrir más los ojos. Casi se olvidó de respirar.

-Sí, es una aguja -afirmó él, con tono casi zumbón-. Una aguja larga y muy delgada. No me diga que pertenece a esa clase de personas que temen a las agujas.

Tensó el cable qué unía la aguja al estuche negro, lo aflojó un poco y se sentó en el taburete.

-¿Quiere algo para serenarse?

Ella tenía miedo de hablar; la membrana que contenía su yo sano era muy tenue y estaba muy tensa.

-Yo en su lugar no tomaría nada -continuó él-, porque la gama farmacéutica es muy compleja. Claro que si necesita algo....

La joven logró negar con la cabeza y de nuevo experimentó la sensación de que de él surgía una oleada de aprobación. Deseaba formular un millar de preguntas, ansiaba formularlas..., necesita­ba formularlas. ¿Qué había en la aguja? ¿Cuántos tratamientos habría que aplicarle? ¿Cómo serían? ¿Cuánto tiempo debería permanecer... y dónde? Y lo más importante: ¿podría vivir? Oh, sí, ¿podría vivir?

Él pareció interesado por una sola de tales preguntas.

-Está formado a partir de un isótopo de potasio. Si le contase todo lo que sé al respecto y de qué manera llegué a ello, tarda­ría..., bueno, tardaría más tiempo del que disponemos. Pero ésta es la idea general: a nivel teórico, cada átomo se halla equilibrado eléctricamente (no importan las excepciones ordinarias). De la misma manera, todas las cargas eléctricas de una molécula se su­pone que están equilibradas..., tantas más, tantas menos..., total cero. Bien, descubrí que el equilibrio de las cargas de una célula trastornada no es cero..., al menos, no completamente. Es como si se produjese una tormenta microscópica a nivel molecular, con algunos relámpagos centelleando en todas direcciones, cambian­do los signos. Con interferencias en las comunicaciones por la es­tática y demás -añadió, gesticulando con la hipodérmica forrada en la mano-, y eso es todo. Cuando algo se interfiere en las co­municaciones..., especialmente en el mecanismo RNA, que dice: lee este plano original y construye de acuerdo con él, y para cuan­do esté hecho...; cuando este mensaje es alterado, se construyen cosas al revés, desequilibradas, cosas que casi son buenas, casi son perfectas, pero sólo casi: éstas son las células perturbadas o salvajes, y los mensajes que transmiten son aún peores.

»Bien, es secundario que dichas tormentas estén provocadas por virus, agentes químicos, radiaciones o traumas físicos, e in­cluso por la ansiedad, aunque no creo que la ansiedad pueda ha­cerlo. Lo importante es arreglarlo, a fin de que no se produzca la tormenta. Si esto se puede hacer, las células poseen suficiente ha­bilidad para reparar y reemplazar lo que anda mal. Y los sistemas biológicos no son como pelotitas de ping pong con cargas estáti­cas, aguardando a que la carga se escurra o descargue en un cable subterráneo. Poseen una especie de resorte, que yo llamo per­dón, que les permite tomar un poco más, o un poco menos, de carga, y enderezar lo que está mal. Digamos que un grupo de cé­lulas se torna salvaje y construye un agregado de un centenar de unidades extra en el lado positivo. Inmediatamente, las células de alrededor se sienten afectadas, aunque no la capa siguiente ni la sucesiva a ésta.

»Si pudieran ser abiertas por la carga extra se las podría dre­nar, y esto curaría a las células salvajes de su excedente..., ¿lo en­tiende? Y podrían sanar por sí mismas, o pasar el excedente a otras células y después a otras, que se ocuparían del caso. Dicho de otro modo: si logro inundar su cuerpo con un intermediario que pueda drenar y distribuir una concentración de esta carga de­sequilibrada, los procesos corporales normales podrán penetrar allí y reparar el mal causado por las células salvajes.

Sostuvo la aguja entre sus rodillas y de un bolsillo lateral de su bata de laboratorio sacó una cajita de plástico, la abrió y extrajo un algodón empapado en alcohol. Sin dejar de hablar animada­mente, cogió el brazo de la chica, casi entumecido por el terror, y le frotó el hueco del codo.

-No quiero decir en absoluto que la carga nuclear del átomo sea lo mismo que la electricidad estática. En realidad, están en campos muy distintos. Pero la analogía sí vale. Y aún podría aña­dir otra analogía. Podría comparar la carga de las células salvajes a una acumulación de grasa, y este producto mío a un detergente que destruyese la grasa hasta no poder ser ya detectada. Pero pre­fiero la analogía de la estática por un extraño efecto secundario: los organismos que reciben este producto elaboran una gran can­tidad de carga estática. Se trata de un subproducto, y por razones sobre las cuales por el momento sólo puedo teorizar, parece estar sintonizado con el audioespectro. Como sintonizar horquillas, por ejemplo. Con esto estaba jugando cuando nos hemos encon­trado. El árbol está empapado de este producto. Tenía un grupo de hojas con células salvajes. Bien, ya no lo tiene.

Dedicó a la muchacha una soprendente sonrisa y la dejó extin­guirse al poner la aguja hacia arriba y presionar la jeringa. Luego, sujetando con la otra mano el bíceps izquierdo de la joven, apretó lenta y firmemente. Bajó la aguja, la apuntó y la metió en la vena con gran destreza; ella lanzó una exclamación, no de dolor, sino por la falta del mismo. Atentamente, él vigiló el tubito de cristal que sobresalía de la vaina negra al retirar el émbolo una fracción, y observó la entrada de sangre en el fluido incoloro de la jeringa. Mantuvo fija la aguja hipodérmica.

-Por favor, no se mueva... Lo siento, tardaré un poquito. He de introducirle bastante líquido. Lo cual es estupendo, como ya sabe -agregó, en el mismo tono con el que había efectuado sus observaciones sobre el audioespectro-, porque, con efectos se­cundarios o no, es consistente. Los sistemas biológicos sanos de­sarrollan un fuerte campo electrostático, mientras que los enfer­mizos lo desarrollan débil o de ninguna clase. Con un instrumento tan primitivo y simple como ese pequeño espectroscopio es posi­ble saber si alguna zona del organismo posee una comunidad de células salvajes, y en tal caso, dónde está y su magnitud, así como el grado de salvajismo, por decirlo de algún modo.

Hábilmente, varió su presión sobre la hipodérmica sin mover­la ni cambiar la presión del émbolo. Empezaba a resultar incómo­do, como un dolor al convertirse en magulladura.

-Y si se pregunta por qué este mosquito tiene una funda con cable unido a ella (aunque estoy seguro de que no se lo pregunta y que sabe tan bien como yo que mi charla sólo tiene por objeto mantener su mente ocupada), se lo explicaré. No es más que una bobina que transporta una corriente alterna de alta frecuencia. El campo alternante hace que el fluido sea magnética y electrostáti­camente neutral desde el principio.

Retiró la aguja de repente, con gran suavidad, dobló el brazo de la joven y dejó en el hueco del codo un trocito de algodón.

-¿Cómo se encuentra? -le preguntó.

Ella buscó frases acertadas.

-Como la poseedora de una gran histeria durmiente supli­cándole a alguien que no la despierte.

-Dentro de poco -le dijo, riendo- se sentirá tan rara que no tendrá tiempo para histerismos.

Se puso de pie y devolvió la aguja al banco de trabajo, enro­llando el cable al mismo tiempo. Desconectó el campo de corrien­te alterna y volvió junto a la muchacha con un cuenco de cristal y un trozo cuadrado de conglomerado. Puso el cuenco invertido en el suelo, cerca de la chica, y colocó la madera sobre su ancha base.

-Recuerdo algo parecido -musitó ella-. Cuando estuve en..., en el instituto. Generaban relámpagos artificiales con un..., deje que recuerde... Bueno, había una cinta transportadora muy larga que funcionaba sobre unas poleas, unas raspaduras de cable y una gran bola de cobre en lo alto.

-El generador Van de Graaf.

-¡Exacto! Hacían toda clase de cosas con ese aparato, aun­que lo que recuerdo más especialmente es que me subía a un pe­dazo de madera colocado sobre un cuenco como éste, me carga­ban con el generador y no sentía nada, excepto que mi cabello pa­recía escapárseme de la cabeza. Todos se reían. Yo parecía una muñeca de cara negra y cabello tieso; al parecer, soportaba cua­renta mil voltios.

-¡Bravo! Me alegro de que lo recuerde. Aunque esto será un poco diferente. Aproximadamente, habrá otros cuarenta mil.

-Oh...

-No tema. Mientras se halle aislada, apartada de objetos que relativamente toquen el suelo, como yo, por ejemplo, no habrá fuegos artificiales.



-¿Usará un generador como aquél?

-No como aquél. En realidad ya lo he usado. Usted es el ge­nerador.

-Yo... ¡Oh...!

La joven levantó la mano de la butaca tapizada y al momento se produjo una serie de chispas y un débil olor a ozono.

-Sí, usted es un generador, más de lo que yo pensaba, y más rápido. ¡Levántese!

Ella empezó a hacerlo lentamente, pero terminó la maniobra más deprisa.

Cuando su cuerpo se separó del asiento, durante una fracción de segundo permaneció sentada en una masa de hilos blanquiazu­les. Dichos hilos, o ella misma, la empujaron un metro y medio más allá, siempre de pie. Literalmente fuera de sí, la muchacha estuvo a punto de caerse.

-¡Quédese de pie! -le ordenó él.

Ella se recobró, jadeando. Él retrocedió un paso.

-Suba a la madera -ordenó-. ¡Vamos, rápido!

La joven obedeció, dejando, en los dos pasos que tuvo que dar, dos breves pisadas de fuego. Se equilibró sobre la tabla, y su cabello, visiblemente, empezó a agitarse.

-¿Qué me está sucediendo?

-Todo va bien -la tranquilizó él.

Se dirigió al banco de trabajo y puso en marcha un generador de tono. El aparato gimió al pasar de uno a los trescientos grados del ciclo. Él aumentó el volumen y movió el control. El rugido se hizo más agudo, y el cabello doradorrojizo de la muchacha se atiesó hacia arriba, intentando cada hebra separarse de las de­más. El hombre aumentó el tono por encima de los diez mil ciclos y después lo redujo al inaudible once; en ambos extremos, el ca­bello de la chica descendió, si bien hacia los mil doscientos adqui­rió un aspecto semejante al de la muñeca antes descrita por ella.

Dejó el volumen a un grado más o menos tolerable y cogió el electroscopio. Fue hacia ella, sonriendo.

-Usted es un electroscopio, ¿entendido? Y también un gene­rador Van de Graaf viviente. Y una muñeca negra, de pelo tieso.

-Déjeme bajar -fue todo lo que ella acertó a decir.

-Todavía no. Por favor, no se mueva. El diferencial entre us­ted y todo lo demás es tan alto que, si se acercara a cualquier ob­jeto, descargaría en él. No le haría daño, pues no es una corriente eléctrica, pero podría quemarse y sufrir un shock nervioso.

Levantó el electroscopio e incluso a aquella distancia, y a pe­sar de su inquietud, la muchacha vio como las láminas de oro se separaban. Él dio vueltas en torno a la joven, contemplando aten­tamente las láminas moviendo el instrumento atrás y adelante, y de un lado a otro. Después fue hacia el generador de tono y bajó un poco el volumen.

-Envía usted un campo de fuerzas tan poderoso que no pue­do captar las variaciones -explicó.

Luego volvió hacia ella, aproximándose más que antes.

-No puedo... mucho más..., no puedo... -murmuró ella.

Él no la oyó, o fingió no oírla. Luego, fue pasando el electros­copio cerca del abdomen de la joven, hacia arriba y de un lado a otro.

-¡Bravo! Así va bien... -exclamó animadamente, acercan­do el aparato a su seno derecho.

-¿Qué? -gimió ella.

-El cáncer. El seno derecho, bajo, en torno al sobaco. -Lanzó un silbido-. Muy malo. Maligno como el demonio.

La muchacha se tambaleó y al final cayó de cara. Una tremen­da negrura la invadió, retrocedió explosivamente en un resplan­dor de agonizante blanquiazul, y al final se abatió sobre ella como un alud montañoso.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Otra pared, otro te­cho. No lo había visto antes. No importa. No interesa.

Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Algo en el camino. Su rostro, cerrado, tenso, cansado; ojos despiertos y penetrantes. No importa. No interesa.

Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Abajo, el sol po­niente. Arriba, unos crisantemos color oro oxidado en una cornu­copia de cristal verdedorado. Otra vez algo en el camino: su ros­tro.

-¿Puede oírme?

-Sí, pero no responder. Ni moverme. Ni hablar.

Dormir.
Es una habitación, una pared, una mesa, un hombre pasean­do; una ventana en la noche, y máscaras que parecen vivas, pero ¿no sabes que son recortadas y se están muriendo?

¿Lo saben?

-¿Cómo está?

Urgente, urgente.

-Tengo sed.

Frío y un mordisco de hielo que duele en los goznes de las mandíbulas. Zumo de uva. Tendido sobre el brazo y sosteniendo el vaso con la otra mano... Oh, no, no es esto...

-Gracias, muchas gracias...

Tratar de sentarse, la sábana... ¡Mi ropa!

-Lo siento -se disculpa él, como leyendo en su mente-. Algunas cosas son incompatibles con medias y minifaldas. Todo lavado, seco y listo para usted... en cualquier momento. Allí.

El vestido de lana marrón, las medias y los zapatos, en la buta­ca. Él se muestra respetuoso, permanece de pie y deja el vaso jun­to a una botella que hay en la mesita de noche.

-¿Qué cosas?

-Ropa de cama, vestidos... -contestó él cándidamente.

Protegida por la sábana, que puede ocultar los cuerpos pero no el embarazo de una situación.

-Oh, lo siento... Yo... no debo...

A1 mover la cabeza, él entra y sale de su campo de visión.

-Sufrió un shock -explicó él-, y hasta ahora no se había re­cuperado.

Vaciló. Era la primera vez que ella le veía excitarse por algo. Por un momento, casi pudo leerle el pensamiento: ¿Debo decirle lo que pienso? Claro que debía decírselo, y lo hizo.

-Usted no quería salir del shock.

-Lo he olvidado todo.

-El peral, el electroscopio... La inyección, la respuesta elec­trostática...

-No -negó ella, sin estar segura. Luego, segura, repitió-: ¡No!

-¡Tranquila! -gritó él.

Lo primero que supo fue que él se hallaba junto a la cama, in­clinado sobre ella, con las dos manos presionando sus mejillas.

-No vuelva a desmayarse -añadió-. Puede resistirlo. Pue­de resistirlo porque todo va bien, ¿comprende? ¡Ya está curada!

-Usted me dijo que tenía cáncer...

Su acento era acusador. Él se echó a reír.

-Fue usted quien me dijo que lo tenía.

-Pero no lo sabía con certeza.

-Entonces, eso lo explica todo -replicó él en tono burlón-. En todo lo que hice no había nada que justificase un repliegue en sí misma de tres días. Tenía que ser algo de su interior.

-¡Tres días!

Él se limitó a asentir y prosiguió con lo que estaba diciendo.

-De vez en cuando soy un poco fatuo. A causa de que, me so­bra el tiempo. Supuse demasiado, ¿verdad?, cuando pensé que usted había visitado a un médico, e incluso le habían hecho una biopsia. No se la hicieron, ¿eh?

-Tuve miedo -admitió la joven. Le miró fijamente-. Mi madre murió de cáncer, y mi tía y mi hermana sufrieron una mas­tectomía radical. No podría soportarlo. Y cuando usted...

-Cuando le dije lo que usted ya sabía, lo que no quería oír, no pudo resistirlo. Perdió el conocimiento. Sí, se desmayó sin que eso tuviese nada que ver con los más de setenta mil voltios de es­tática que tenía en el cuerpo. Yo la cogí a tiempo.

Extendió los brazos y ella, instintivamente, retrocedió, pero él los mantuvo extendidos, exhibiéndolos, hasta que la muchacha los miró y vio las marcas de quemaduras en los antebrazos y los bíceps, tanto como se lo permitía la camisa de manga corta.

-Tengo quemaduras en el noventa por ciento de los brazos -añadió él-, pero al menos a usted no le estalló la cabeza ni nada por el estilo.

-Gracias -murmuró la joven reflexivamente. De pronto, empezó a llorar-. ¿Qué voy a hacer?

-¿Hacer? Volver a su casa, esté donde esté... Rehacer su vida, sea la que sea...

-Pero usted dijo...

-¿Cuándo se le meterá en la cabeza que lo que dije no era ningún diagnóstico?

-¿Quiere decir que lo curó?

-Quiero decir que usted lo está curando ahora. Ya se lo ex­pliqué el otro día. Ahora lo recuerda, ¿no es cierto?

-No muy bien..., pero... sí.

Subrepticiamente, aunque no lo bastante, porque él se dio cuenta, se palpó el bulto bajo la sábana.

-Todavía lo tengo -dijo.

-Si le atizara en la cabeza con un bate de béisbol -replicó él con exagerada simplicidad-, tendría un bulto en ella. Y estaría ahí mañana y pasado. Claro que al día siguiente sería más peque­ño, y al cabo de una semana aún lo notaría... pero ya habría desa­parecido. Lo mismo que ese otro bulto.

Al fin, ella permitió que la enormidad del caso la conmoviese.

-Una cura de una sola inyección para el cáncer...

-¡Cielos, no! -exclamó él con dureza-. Por su aspecto sé que tendré que oír otra vez el maldito discurso. Bien, pues no lo haré.

-¿Qué discurso? -inquirió ella, sobresaltada.

-El relativo a mi deber con la humanidad. Tiene dos fases y muchos contextos. La primera fase trata de mi deber con la hu­manidad, y en realidad significa que podemos dar un paso clásico al respecto. La segunda fase sólo trata de mi deber con la humani­dad, y no la oigo a menudo. La segunda fase no tiene en cuenta la renuencia de la humanidad a aceptar lo bueno a menos que pro­ceda de fuentes ya aceptadas y respetables. La primera fase está bien enterada de esto, pero sabe buscar maneras de darle la vuel­ta.

-Oh, yo no... -tartamudeó la joven. Luego, calló.

-Los contextos van acompañados por la luz de la revelación -continuó él sin hacer caso de la interrupción-, con o sin reli­giones y misticismos. O están severamente forjados en el molde ético-filosófico, y tratan de obligarme a rendirme por medio de la culpa, mezclada, hasta cierto punto para llegar a un total, con la compasión.

-Pero yo sólo...

-Usted ha robado el mejor ejemplo de cuanto he dicho -añadió él, señalándola con el índice-. Si mis presunciones hu­bieran sido correctas y usted hubiese ido a ver a sus matasanos lo­cales y ellos le hubiesen diagnosticado cáncer, enviándola a un es­pecialista, y éste hubiese hecho lo mismo, llamando a un colega para hacerle una consulta, y, llena de pánico, usted hubiera caído en mis manos y hubiera quedado curada, y luego hubiese ido a ver todos sus médicos para contarles el milagro, ¿sabe qué habría obtenido de ellos? Un diagnóstico de remisión espontánea, eso es lo que habría obtenido. Y no sólo de los médicos -prosiguió con una súbita renovación de la pasión, ante la cual la muchacha se encogió en la cama-. Todo el mundo tiene sentido comercial. Su dietista se habría inclinado sobre su germen de trigo o sus pasteles de arroz macrobióticos; su sacerdote se habría dejado caer de ro­dillas mirando al cielo; su especialista en genética habría forjado una teoría respecto a los saltos generacionales, y le aseguraría que probablemente sus abuelos también tuvieron remisiones espontá­neas, sin saberlo.

-¡Por favor! -gritó ella.

-¿Sabe lo que soy? -gritó él también-. Un ingeniero do­ble: mecánico y eléctrico, y tengo un diploma en leyes. Si usted fuese lo bastante tonta como para contarle a alguien lo que ha su­cedido aquí (y espero que no lo cuente, aunque si lo hace sabré protegerme), podrían encarcelarme por practicar la medicina sin título, y usted podría denunciarme por asalto, ya que le inserté una aguja en el cuerpo, y tal vez por secuestro, si lograra demos­trar que la traje aquí desde el laboratorio. Y a nadie le importaría un pepino que yo le haya curado el cáncer. Usted no sabe quién soy, ¿no es así?

-No, ni siquiera sé cómo se llama.

-Ni se lo diré. Además, tampoco yo sé su nombre...

-Oh, yo me llamo...

-¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ¡No quiero oírlo! Quise in­tervenir en su bulto y lo hice. Y ahora deseo que usted y su bulto se larguen cuanto antes de aquí. ¿He hablado con claridad?

-Bien, deje que me vista -replicó la muchacha- y saldré de aquí ahora mismo.

-¿Sin hacer discursos?

-Sin hacer discursos. -A1 instante, su cólera se transformó en desdicha, y añadió-: Iba a decirle que le estoy muy agradeci­da. ¿Hubiese sido correcto?

La cólera de él también sufrió una transformación. Se acercó a la cama y se sentó sobre los talones, lo que hizo que las caras de ambos quedasen niveladas.

-Sí, sería estupendo -murmuró él-. Aunque... en realidad no se sentirá agradecida hasta dentro de diez días, cuando consiga el informe de «remisión espontánea», o incluso hasta dentro de seis meses, o un año o dos o cinco, cuando los análisis sean negati­vos.

La joven detectó tanta tristeza detrás de estas palabras que buscó la mano de su salvador cuando éste intentó apoyarse en el borde de la cama. Él no se apartó, sino que pareció agradecer aquel gesto.

-¿Por qué no puedo estar agradecida ahora? -quiso saber ella.

-Eso sería un acto de fe -respondió él con amargura-, y los actos de fe ya no existen... si es que existieron alguna vez. -Se incorporó y se dirigió a la puerta-. Por favor, no se marche esta noche -pidió-. Está muy oscuro y no conoce el camino. Nos ve­remos por la mañana.

Cuando volvió a la mañana siguiente, la puerta estaba abierta. La cama se hallaba ya hecha, y las sábanas estaban debidamente dobladas sobre la butaca, junto con las fundas de las almohadas y las toallas que ella había usado. La joven no estaba allí.

El hombre salió al patio de entrada y contempló su bonsai.

El sol matutino doraba el follaje horizontal del viejo árbol, dando relieve a las ramas retorcidas, así como a los nudos grises y a las grietas de terciopelo. Sólo el compañero de un bonsai (hay dueños de bonsais, pero pertenecen a una casta inferior) com­prende plenamente esta relación. Existe un vínculo exclusivo e individual con el árbol porque éste es una cosa viva, y las cosas vi­vas cambian, y existen formas definidas hacia las que el árbol de­sea cambiar. Un hombre ve el árbol y en su mente hace ciertas ex­trapolaciones de lo que ve, forjando planes para que éstas se pro­duzcan. El árbol, a su vez, sólo hace lo que puede hacer un árbol; se resistirá hasta la muerte a hacer lo que no puede hacer, o a ha­cerlo en menos tiempo del que necesita. La formación de un bon­sai es, por tanto, un compromiso y una colaboración. Un hombre no puede crear un bonsai, ni siquiera un árbol. Se necesita la cola­boración, y ambos deben entenderse mutuamente. Y esto requie­re tiempo. Hay que memorizar el bonsai que se posee, cada rami­ta, el ángulo de cada hueco, de cada aguja, y despierto durante la noche, o en una pausa a mil kilómetros de distancia, uno recuerda esto, o aquella línea, o su masa, y se trazan planes. Con alambre, agua y luz, con reajustes, plantando hierbas que le roben el agua, o con una cubierta que haga sombra a la raíz, se le explica al árbol lo que se desea y, si la explicación queda lo bastante clara y existe una buena comprensión mutua, el árbol responderá y obedece­rá... O casi. Siempre existirá su propia estimación, su variación altamente individual: Muy bien, haré lo que deseas, pero lo haré a mi modo. Para estas variaciones, el árbol siempre quiere pre­sentar una explicación clara y lógica, y muy a menudo (casi son­riendo) dejará bien claro que el hombre habría podido ahorrarse tantos afanes si el entendimiento hubiera sido mejor.

Es la escultura más lenta del mundo y, a veces, se llega a du­dar de si el esculpido es el hombre o el árbol.

Estuvo, pues, más de diez minutos contemplando el dorado de las ramas superiores, y después fue hacia una cómoda de ma­dera tallada, la abrió, sacó un retal grande de tela de dril, abrió el vidrio de un lado del atrio y extendió la tela sobre las raíces y so­bre toda la tierra que se extendía a un lado del tronco, dejando el resto abierto al viento y al agua. Tal vez dentro de poco, un mes o dos, un vástago de la rama más alta aceptaría la insinuación y el irregular flujo de humedad subiría por la capa de cambio, se apar­taría de la línea ascendente y continuaría por el paso horizontal. Aunque tal vez no lo hiciera, y en ese caso se necesitaría el len­guaje más duro de las ataduras y los alambres. Pero entonces qui­zá el árbol tuviera algo que decir acerca de lo correcto de una ten­dencia a subir, y tal vez pudiera decirlo de manera lo bastante persuasiva para convencer al hombre; en conjunto, se trata de un diálogo paciente, lleno de significado y provechoso.

-Buenos días.

-¡Oh, maldición! -masculló él-. Ha hecho que me muerda la lengua. Pensé que se había largado.

-Y me largué. -La muchacha se arrodilló en la sombra, con la espalda contra la pared interior, frente al atrio-. Pero luego me detuve para estar un rato con el árbol.

-¿Y qué...?

-Medité mucho.

-¿Sobre qué?

-Sobre usted.

-¿De veras?

-Oiga -observó ella con firmeza-, no iré a ver a ningún médico para que compruebe esto. No quise irme hasta decírselo, y hasta estar segura de que me cree.

-Vamos, entre y comeremos algo.

-No puedo -rechazó, riendo tontamente-. Tengo los pies dormidos.

Sin vacilar, él la cogió en brazos y la llevó a cuestas, rodeando el atrio.

-¿Me cree? -indagó ella, con el brazo en torno a los hom­bros del hombre, las caras muy juntas.

Él continuó andando hasta llegar a la cómoda de madera. Allí se detuvo y la miró fijamente a los ojos.

-Te creo -respondió, tuteándola-. No sé por qué has to­mado esa decisión, pero estoy dispuesto a creerte.

La sentó sobre la cómoda y dio un paso atrás.

-Es por el acto de fe que mencionaste -explicó ella con gra­vedad-. Pensé que debía mostrarlo, y que tú debías sentirlo al menos una vez en tu vida, para que no puedas volver a decir una cosa semejante nunca más. -Taconeó contra el suelo de piza­rra-. Huy... -se quejó-, agujas y alfileres.

-Has debido de meditar largo tiempo.

-Sí. ¿Quieres saber algo más?

-Claro.

-Eres un hombre enfadado y asustado.



-Aclárame eso -pidió él, entusiasmado.

-No -replicó la joven quedamente-, acláramelo tú. Y ha­blo en serio. ¿Por qué estás enfadado?

-¡Te juro que no lo estoy! Aunque... -añadió de buen hu­mor- tú me empujas en esa dirección.

-¡Vaya! ¿Porqué?

La contempló durante lo que a ella le pareció una eternidad.

-¿De veras quieres saberlo?

La joven asintió.

Él agitó una mano.

-¿De dónde supones que viene todo esto: la casa, la tierra, el equipo? -preguntó.

Ella aguardó.

-Un sistema de escape -continuó él, con un engrosamiento de la voz que ella ya iba conociendo-. Una manera de guiar los gases residuales fuera de los motores de combustión interna, de tal manera que se les da un giro. Los sólidos sin quemar quedan encajados en las paredes del manguito, en una funda de fibra de vidrio que sale en una pieza y puede ser sustituida por otra limpia cada tres mil kilómetros. El resto del residuo se quema con su mismo contacto y lo que arde se quema. El calor se emplea para precalentar el combustible; el resto se enrolla de nuevo en un car­tucho de ocho mil kilómetros. Lo que finalmente sale, al menos según los niveles actuales, es muy limpio. Y a causa del precalen­tamiento, se logra un kilometraje mucho mejor del motor.

-Habrás ganado mucho dinero.

-He ganado mucho dinero -asintió él-, pero no por utili­zarse este sistema para descontaminar el aire. He hecho mucho dinero porque lo adquirió una empresa automovilística y lo ence­rró en una caja hermética. No les gustó porque cuesta demasiado instalarlo en los coches nuevos. A algunos amigos suyos del nego­cio de refinado tampoco les gustó, porque saca demasiado rendi­miento de los combustibles crudos. Bien, no conozco nada mejor ni pienso volver a cometer el mismo error. Pero sí..., estoy enfa­dado. Me enfadé cuando, siendo casi un crío, estuve en un petro­lero y deseábamos lavar los mamparos con jabón ordinario y un trapo, y yo bajé a tierra para comprar un detergente, a fin de ha­cerlo mejor, más deprisa y más barato; de modo que le llevé el detergente al contramaestre y éste me pegó en la boca por preten­der conocer mejor el oficio que él. Bueno, el hombre estaba bo­rracho, claro, pero lo peor vino cuando los más veteranos de la tripulación se enteraron de ello y me acusaron de ser un «hombre de la empresa», cosa que en un barco es un gran insulto. No com­prendo por qué la gente rechaza siempre lo mejor.

»He luchado toda mi vida contra esto. En mi cabeza hay algo que no desaparece; es la forma que tengo de formular la pregun­ta: ¿Por qué una cosa es como es? ¿Por qué no puede ser de esta o de aquella manera? Siempre hay alguna pregunta que formular respecto a una cosa o una situación; especialmente, nunca hay que abandonar ni renunciar cuando te gusta una respuesta, por­que siempre hay otra por hacer. Y vivimos en un mundo donde la gente no quiere formular la otra pregunta.

»Me han pagado todo lo que mi estómago puede contener por cosas que la gente no usa, y si estoy constantemente enfadado es por mi culpa, lo admito; porque no puedo dejar de formular la pregunta siguiente y esperar la respuesta. Hay media docena de inventos similares en ese laboratorio que nadie verá jamás, y otros cincuenta en mi cabeza; pero ¿qué se puede hacer en un mundo donde la gente prefiere matarse en un desierto, a pesar de saber que ello puede ser el verdadero fin de todo, donde todo el mundo gasta miles de millones en buscar un nuevo pozo de petró­leo, cuando se ha demostrado hasta la saciedad que los carburan­tes fósiles nos matarán a todos?

»Sí, estoy enfadado. ¿No lo estarías tú?

La joven dejó que el eco de la voz de su interlocutor rondase por el patio y por la claraboya del atrio, y esperó un poco más para que él se diese cuenta de que estaba en el patio con ella, y no a solas con su furor. Él sonrió cuando lo comprendió.

-Tal vez formules la pregunta siguiente en vez de formular la pregunta correcta -dijo ella-. Opino que la gente que vive gra­cias a los antiguos y sabios proverbios trata de no pensar, y sé que vale la pena prestarles atención. Fíjate en esto: si formulas una pregunta de manera correcta, obtendrás la respuesta. Quiero de­cir -continuó tras una pausa para comprobar que él la escuchaba con atención, cosa que hacía-, si pones una mano sobre una es­tufa caliente puedes preguntarte: ¿cómo impediré que se me que­me la mano? Y la respuesta es muy clara, ¿verdad? Si el mundo sigue rechazando lo que le das, ha de existir una manera de pre­guntar el porqué y obtener la respuesta apropiada.

-La respuesta es muy sencilla -gruñó él-. La gente es estú­pida.

-Esa no es la respuesta, y tú lo sabes.

-¿Cuál es, entonces?

-Oh, no puedo decírtelo. Sólo sé que es más importante la manera como uno hace algo respecto a la gente que lo que hace, si quiere obtener resultados. Bueno..., tú ya sabes cómo lograr lo que deseas del árbol, ¿no es cierto?

»La gente también vive criando cosas. No sé ni una centésima parte de lo que sabes tú acerca del bonsai, pero sí sé esto: cuando empiezas uno, no tomas el más sano y hermoso, sino que es preci­samente el más torcido el que puede resultar más bello. Cuando desees educar y criar a la humanidad, debes recordar esto.

-¡De todo lo que... ! No sé si reírme o darte un buen puñeta­zo en la boca.

La joven se puso de pie. Él no se había dado cuenta de lo alta que era.

-Será mejor que me largue.

-Vamos..., vamos... No era más que un modo de hablar.

-Oh, no me siento amenazada..., pero será mejor que me vaya.

-¿Temes formular la siguiente pregunta? -inquirió él astu­tamente.

-Estoy aterrada.

-Pregunta, de todos modos.

-¡No!


-Entonces, preguntaré yo por ti. Has dicho que estaba enfa­dado y asustado. Y deseas saber qué es lo que me asusta.

-Sí.


-Bien. Estoy terriblemente asustado de ti.

-¿De veras?

-Tienes una forma propia de provocar la honestidad -res­pondió él con cierta dificultad-. Diré lo que sé que estás pensan­do: temo cualquier relación humana íntima. Temo cualquier cosa que no pueda resolver con un destornillador, o un espectroscopio de masas, o una tabla de cosenos y tangentes.

La voz era burlona, pero le temblaban las manos.

-Manejas esto regándolo sólo por un lado -murmuró ella-, o volviéndolo hacia el sol. Lo manipulas como si fuese una cosa viva, como un animal, una mujer o un bonsai. Será lo que deseas que sea si lo dejas seguir su curso y te tomas el tiempo y los cuida­dos necesarios.

-Creo que me estás haciendo una oferta -observó él-. ¿Porqué?

-Sentada allí casi toda la noche -explicó la muchacha-, tuve una imagen muy tonta. ¿Crees que dos árboles retorcidos pueden colaborar para formar un bonsai?

-¿Cómo te llamas? -le preguntó él suavemente.




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