La cuarta vez



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1972 30ª Convención Los Ángeles

La reina del aire y la oscuridad


Poul Anderson


Permítanme que les cuente qué clase de chico es Poul.

En 1971, publiqué un libro titulado Isaac Asimov's Treasury of Humor («Tesoro de humor de Isaac Asimov», Houghton Mif­flin).2 Me gustó tanto que desde entonces planeo publicar otro li­bro que se titule Isaac Asimov Laughs Again («Isaac Asimov vuel­ve a reír»). Tengo ya escrita una parte, pero, como les sucede a mu­chos de los libros que proyecto, éste se halla atascado a causa de mis múltiples compromisos.

Poul sabe, naturalmente, que yo pienso en ese libro, y conti­nuamente me envía páginas y páginas llenas de chistes que ha oído..., gratuitamente, sin que me pida tampoco que los publique como suyos. Así es Poul.

Naturalmente, jamás soñaría en herir sus sentimientos. ¿Quiere que los acepte gratis? Estupendo, no puedo estropear un gesto tan espléndido ofreciéndole dinero. ¿No quiere que los acredite a su nombre? Jamás me opondré a un deseo tan razonable.

Excepto esta vez. He contado el chiste siguiente con un éxito siempre considerable, y fue de sus labios de donde lo oí por prime­ra vez. Aquí lo tienen (contado a mi estilo):

Un inglés, un francés y un ruso discuten sobre el significado de la verdadera felicidad.

-Amigos míos -dice el inglés-, les voy a explicar su significa­do mediante un ejemplo. Imagínense que cabalgan sobre un caba­llo muy alto al alborear de una mañana algo fría de otoño; que ga­lopan por los campos, que saltan sobre arroyos y matorrales, con los perros ladrando, persiguiendo- todos a un zorro. Imagínen­se que regresan al hogar con la cola del zorro, y que se sientan, vic­toriosos, delante de un buen fuego crepitante, con un vaso de whis­ky en la mano. Ésa es la verdadera felicidad.

-Bah -replica el francés-. Eso, amigo mío, si se lo puedo decir sin ofenderle, es el placer animal. Si quieren un buen ejem­plo, imagínense que están cenando en un restaurante de lujo de la orilla izquierda del Sena, devorando los más exquisitos manjares con ayuda de un champaña espléndido y en compañía de una mujer bellísima. Luego, terminada la cena, uno lleva a la dama al apartamento, de él o de ella, y hace con la joven el amor durante toda la noche. Ésa es la verdadera felicidad.

El ruso se echa a reír guturalmente y exclama:

-Ah, amigo mío, eso es sólo pasarlo bien. Déjenme que les ponga mi ejemplo. Imagínense a un hombre que llega a casa des­pués de un día de trabajo agotador en la fábrica de tractores, y que acaba de sentarse en el mejor sillón de la casa..., el que tiene una pata coja. Ha colocado a su hijito Mikhail sobre las rodillas y ha abierto un ejemplar de Pravda. En ese momento alguien llama a la puerta enérgicamente. Abre y aparecen tres hombres, de uniforme marrón, los cuales, mirándole acusadoramente, preguntan: «¿Ivan Mikhailovich Federov?». Y él contesta: «No, camaradas, ése vive dos pisos más arriba». Ésa es la verdadera felicidad.

El último resplandor del último ocaso se prolongaría casi has­ta medio invierno. Pero no habría más día, y las tierras del norte se alegrarían. Capullos abiertos, fulgor en los estramonios, flores-­de-acero irguiéndose azules de las matas que cubrían todas las colinas, tímida blancura de las no-me-beses en las cañadas. Mari­posas revoloteando entre ellas sobre alas iridiscentes; un gamo macho sacudió sus cuernos y gamitó. Entre horizontes, el cielo pasó del púrpura al color arena. Las dos lunas estaban en lo alto, casi llenas, brillando sobre las hojas y sobre las aguas. Las som­bras que proyectaban estaban manchadas por una aurora boreal, una gran cortina de luz a través de medio cielo. Detrás de ella habían salido las primeras estrellas.

Un joven y una muchacha estaban sentados en el Túmulo de Wolund, debajo del dolmen que lo culminaba. Sus cabellos, que caían sobre sus espaldas, aparecían decolorados por el verano. Sus cuerpos, todavía morenos por aquella estación, destacaban entre la tierra, los arbustos y las rocas, ya que sólo llevaban guir­naldas. Él tocaba una flauta de hueso y ella cantaba. Se habían hecho amantes últimamente. Tenían alrededor de dieciséis anos, pero ellos lo ignoraban, considerándose a sí mismos como Outlings y, en consecuencia, indiferentes al tiempo, recordando muy poco o nada de cómo en otro tiempo habían morado en las tierras de los hombres.

Las notas de la flauta acompañaban la voz femenina:


Inventa un hechizo,

téjelo bien

de polvo y rocío

y noche y tú.
Un arroyo que discurría junto al túmulo, transportando luz de luna a un río oculto por la colina, respondió con sus rápidos. Una bandada de murciélagos pasó, negra, debajo de la aurora.

Una forma llegó brincando sobre Cloudmoor. Tenía dos bra­zos y dos piernas, pero las piernas eran largas y terminaban en zarpas, estaba cubierto de plumas hasta la punta de la cola y tenía anchas alas. El rostro era medio humano, dominado por sus ojos. Si Ayoch hubiese sido capaz de erguirse del todo, hubiera llegado al hombro del muchacho.

La muchacha se puso en pie.

-Lleva un bulto -dijo.

Su visión no estaba hecha para el crepúsculo, como la de un ser nacido en el septentrión, pero había aprendido a utilizar todas las señales que sus sentidos le proporcionaban. Aparte del hecho de que normalmente un puk hubiera volado, había cierta pesadez en su apresuramiento.

-Y llega del sur -dijo el muchacho con visible excitación, repentina como una verde llama que cruzara la constelación Lyrth. Descendió rápidamente por la ladera del túmulo-. ¡Ohoi, Ayoch! -gritó-. ¡Soy yo, Mistherd!

-Y Sombra-de-un-Sueño -dijo la muchacha, siguiéndole.

El puk se paró. Respiró más ruidosamente que la vegetación que susurraba a su alrededor. En el lugar en que se había deteni­do se alzó un olor a hierba aplastada.

-Saludos en el umbral del invierno -silbó-. Podéis ayudar­me a llevar esto a Carheddin.

Levantó lo que portaba. Sus ojos eran faros amarillos. El bul­to se movió y gimió.

-¡Es un niño! -dijo Mistherd.

-Lo mismo que lo fuiste tú, hijo mío, lo mismo que lo fuiste tú. ¡Jo, jo, qué proeza! -alardeó Ayoch-. Eran muchos en el campamento de Fallow-wood, armados, y además de máquinas de vigilar tenían perros grandes y feos, de guardia mientras ellos dormían. Sin embargo, me acerqué por el aire, después de haber­les espiado hasta que supe que un puñado de polvo...

-¡Pobrecillo!

Sombra-de-un-Sueño cogió al niño y lo apretó contra sus menudos pechos.

-Tienes mucho sueño, ¿verdad?

Ciegamente, el niño buscó un pezón. Ella sonrió a través del velo de sus cabellos.

-No, soy demasiado joven, y tú eres ya demasiado mayor. Pero, cuando despiertes en Carheddin debajo de la montaña, ten­drás un banquete.

-Yo-ah -dijo Ayoch muy suavemente-. Ella está fuera y ha oído y visto. Está llegando.

Se agachó, con las alas plegadas. A1 cabo de unos instantes Mistherd se arrodilló, y lo mismo hizo Sombra-de-un-Sueño, aun­que no soltó al niño.

La alta forma de la Reina tapó las lunas. Miró en silencio a los tres y a su botín. Los sonidos de la colina y del páramo dejaron de existir para ellos, hasta que les pareció que podían oír sisear las luces del norte.

Finalmente, Ayoch susurró:

-¿Lo he hecho bien, Estrella-madre?

-Si has robado un niño de un campamento lleno de máquinas -dijo la hermosa voz-, es que eran gente del lejano sur que podría no soportarlo tan resignadamente como los hacendados.

-Pero, ¿qué pueden hacer, Elaboradora-de-Nieve? -pre­guntó el puk-. ¿Cómo podrían localizarnos?

Mistherd irguió la cabeza y habló en tono de orgullo.

-Ahora, también ellos aprenderán a temernos.

-Y es un niño encantador -dijo Sombra-de-un-Sueño-. Y nosotros necesitamos más como él, ¿no es cierto, Dama Cielo?

-Tenía que ocurrir en algún crepúsculo -asintió la Reina-. Llevadle hacia abajo y cuidad de él. Por esta señal -que ella hizo-, es reclamado por los Moradores.

Su alegría se manifestó libremente. Ayoch se revolcó por el suelo hasta que encontró un árbol de hojas temblonas. Encara­mándose por el tronco se colgó de una rama, semioculto por el pálido follaje. El joven y la muchacha llevaron al niño hacia Car­heddin, a un paso rítmico que les permitía a él tocar la flauta y a ella cantar:
¡Wahaii, wahaii!

¡Wayala, laii¡

Ala en el viento

alta sobre el cielo,

con grito estridente,

avanzando a través de la lluvia,

a través del tumulto,

avanzando a través de los árboles bañados por la luz de la luna y las sombras cargadas de sueños debajo de ellos,

confundiéndose con el tintineante cabrilleo de los lagos en los que se ahogan los rayos de las estrellas.
A1 entrar, Barbro Cullen se sintió, a través de todo su pesar y su rabia, invadida por el desaliento. En la estancia reinaba un espantoso desorden. Periódicos, cintas magnetofónicas, carretes, códices, ficheros y papeles revueltos llenaban todas las mesas. En la mayoría de estanterías y rincones había una capa de polvo. Contra una de las paredes había un laboratorio, con microscopio y material analítico. Le pareció compacto y eficaz, pero no era lo que uno esperaba encontrar en una oficina, y ponía en el aire un tufo químico. La alfombra estaba deshilachada, los muebles des­vencijados.

¿Era ésta su oportunidad final?

Luego, Eric Sherrinford se acercó.

-Buenos días, señora Cullen -dijo.

Su tono era vigoroso, firme el apretón de su mano. Lo desa­seado de su atuendo no la molestó. A ella no le preocupaba demasiado su propio aspecto, excepto en ocasiones especiales. (¿Y existiría otra para ella, a menos que recuperase a Jimmy?) Lo que ella observaba era el aseo personal de un gato.

Sherrinford sonrió.

-Perdone mi desorden de soltero. En Beowulf tenemos..., teníamos, en cualquier caso, máquinas para eso, de modo que nunca adquirí la costumbre de limpiar, y no quiero que un asala­riado desarregle mis herramientas. Me resulta más conveniente trabajar en mi apartamento que mantener una oficina fuera de aquí. ¿No quiere sentarse?

-No, gracias. No podría -murmuró ella.

-Comprendo. Pero, si me disculpa, yo funciono mejor en una postura relajada.

Se dejó caer en una tumbona. Una larga pierna cruzó sobre la otra rodilla. Sacó una pipa y la llenó de tabaco de una bolsa. Bar­bro se preguntó por qué fumaba de un modo tan anticuado. ¿No se suponía que en Beowulf disponían del equipo moderno que en Roland todavía no podían permitirse construir? Bueno, desde luego que las viejas costumbres podían sobrevivir en cualquier caso. Generalmente lo hacían en colonias, recordó haber leído. La gente se había trasladado a las estrellas con la esperanza de conservar cosas tan anticuadas como sus idiomas maternos, su gobierno constitucional o su civilización tecnológico-racional.

Sherrinford la arrancó de la confusión provocada por su fati­ga:

-Debe darme los detalles de su caso, señora Cullen. Me ha dicho simplemente que su hijo fue raptado y que el cuerpo de policía local no ha hecho nada. Por otra parte, sólo conozco unos cuantos hechos evidentes, tales como que usted es viuda más bien que divorciada; que es hija de residentes de la Tierra de Olga Iva­noff, los cuales se mantienen en estrecha telecomunicación con Christmas Landing; que ha estudiado usted una de las profesio­nes biológicas; que ha pasado varios años sin trabajar en su espe­cialidad, hasta que recientemente reanudó su actividad.

Barbro contempló con la boca abierta el rostro de pómulos salientes, nariz aguileña, cabellos negros y ojos grises que tenía enfrente. El mechero de Sherrinford proyectó un resplandor que pareció llenar la habitación. El silencio reinaba en esta altura sobre la ciudad, y el crepúsculo invernal se filtraba a través de las ventanas.

-¿Cómo diablos ha sabido eso? -se oyó exclamar a sí mis­ma.

Sherrinford se encogió de hombros y adoptó el tono de confe­renciante que le había hecho famoso.

-Mi trabajo consiste en observar los detalles y hacerlos enca­jar unos con otros. En más de cien años en Roland, la gente, ten­diendo a arracimarse de acuerdo con sus orígenes y sus hábitos mentales, ha desarrollado acentos regionales. Usted tiene un deje del acento olgano, pero nasaliza las vocales al estilo de esta zona, aunque vive en Portolondon. Eso sugiere una infancia expuesta al lenguaje metropolitano. Me ha dicho que formaba parte de la expedición de Matsuyama y que se llevó a su hijo con usted. A ningún técnico vulgar se lo hubieran permitido; en consecuencia, tiene que ser bastante valiosa para haberlo conseguido. El equipo estaba realizando investigaciones ecológicas; por lo tanto, su especialidad ha de encontrarse entre las ciencias de la vida. Por el mismo motivo, hay que suponerle una experiencia previa. Pero su piel es muy fina, lo cual demuestra que no ha estado expuesta prolongadamente a este sol. Ergo, ha pasado mucho tiempo bajo techado antes de emprender este infortunado viaje. En cuanto a la viudedad... nunca me ha mencionado un marido, pero debió de ser un hombre al que quería mucho, porque lleva aún el anillo de boda y la alianza de compromiso que él le regaló.

Barbro suspiró, aturdida. Aquellas últimas palabras habían traído ante sus ojos la figura de Tim, enorme, pelirrojo, reidor y cariñoso. Tuvo que apartar la mirada de esta otra persona y mirar hacia fuera.

-Sí -dijo finalmente-, tiene usted razón..

El apartamento ocupaba la cumbre de una colina sobre Christmas Landing. Debajo, la ciudad descendía en paredes, teja­dos, chimeneas arcaicas y faroles callejeros, luces fantasmagóri­cas de vehículos pilotados por humanos, hasta el puerto; la curva de Venture Bay, buques que se dirigían o procedían de las islas Sunward y regiones más remotas del Océano Boreal, el cual bri­llaba como mercurio en los arreboles del ocaso de Carlomagno. Oliver estaba ascendiendo rápidamente, un disco moteado de color naranja; más cerca del cenit que nunca podría alcanzar bri­llaría con el color del hielo. Alde, la mitad de grande, era una del­gada lúnula cerca de Sirio, la cual se encontraba cerca del Sol, recordó Barbro, pero no podía verse el Sol sin un telescopio.

-Sí -dijo Barbro, conteniendo los sollozos que habían acu­dido a su garganta-, mi marido murió hace cuatro años. Yo lle­vaba en mi seno a nuestro primer hijo cuando le mató un unicor­nio desbocado. Nos habíamos casado tres años antes. Nos conoci­mos cuando estábamos en la universidad... Las emisiones de la Escuela Central sólo pueden proporcionar una educación básica, ya sabe... Creamos nuestro propio equipo para realizar estudios ecológicos bajo contrato: ya sabe, averiguar si una zona determi­nada puede ser colonizada manteniendo el equilibrio de la natu­raleza, qué podría cultivarse en ella, qué dificultades se encontra­rían, etcétera. Bueno, más tarde trabajé en un laboratorio piscí­cola de Portolondon. Pero la monotonía de aquella tarea me resultó insoportable. El profesor Matsuyama me ofreció un pues­to en el equipo que estaba organizando para examinar la región de Hauch. Pensé, Dios me perdone, pensé que Jimmy... Tim quería que se llamara James, cuando los tests demostraron que sería un chico, porque era el nombre de su padre y porque «Tim­my y Jimmy» sonaba bien, y... Bueno, pensé que Jimmy no corre­ría ningún peligro acompañándome. No podía soportar la idea de separarle de mí durante meses, a su edad. Podíamos asegurarnos de que nunca saldría del campamento. Y, dentro de él, ¿qué podía ocurrirle de malo? Nunca había creído esas historias acerca de los Outlings que roban niños humanos. Suponía que los padres trataban de ocultarse a sí mismos el hecho de que habían sido des­cuidados, permitiendo que un niño se perdiera en los bosques, o fuese atacado por una manada de fieras, o... Bueno, estaba equi­vocada, señor Sherrinford. Los robots de guardia fueron burla­dos, los perros drogados, y cuando desperté Jimmy había desapa­recido.

Sherrinford la miró a través del humo de su pipa. Barbro Eng­dahl Cullen era una robusta mujer de treinta y tantos años (años rolándicos, se recordó a sí mismo, noventa y cinco por ciento de los terrestres, que no correspondían a los años beowulfanos), ancha de hombros, de piernas largas y senos rotundos; tenía una cara ancha, la nariz recta, los ojos color de avellana, la boca de labios gruesos y expresiva; sus cabellos eran de color castañorroji­zo, recogidos debajo de las orejas, su voz un poco ronca y llevaba un sencillo vestido de calle. Para aquietar el temblor de sus manos, él preguntó escépticamente:

-¿Cree usted ahora en los Outlings?

-No. Simplemente, no estoy tan segura como antes.

Barbro vaciló, antes de añadir:

-Y hemos encontrado huellas.

-Restos de fósiles -asintió Sherrinford-. Unos cuantos artefactos de tipo neolítico. Pero aparentemente antiguos, como si los que los construyeron hubieran muerto hace siglos. La inves­tigación intensiva no ha aportado ninguna prueba real de su supervivencia.

-¿Hasta qué punto puede ser intensiva una investigación, en un verano tormentoso y un invierno lúgubre, en una zona desérti­ca alrededor del polo Norte? -inquirió ella-. ¿Cuando somos un millón de personas en todo un planeta, la mitad de ellas con­centradas en esta única ciudad?

-Y el resto concentrado en este único continente habitable -puntualizó Sherrinford.

-La Ártica cubre cinco millones de kilómetros cuadrados -replicó ella-. La zona Ártica propiamente dicha cubre una cuarta parte del territorio. No tenemos la base industrial para establecer estaciones monitoras satélites, construir aeronaves para explorar aquellas regiones, abrir carreteras a través de las malditas tierras oscuras e instalar bases permanentes que nos per­mitan conocerles y domesticarles. ¡Dios mío, generaciones de colonos solitarios contaron historias acerca de Mantogris, y la bestia no fue vista nunca por un científico hasta el año pasado!

-Sin embargo, usted sigue dudando de la existencia de los Outlings.

-Bueno, ¿qué me dice de un culto secreto entre humanos, nacido del aislamiento y la ignorancia, amadrigando en lugares desérticos, robando niños cuando pueden para...?

Barbro tragó sativa e inclinó la cabeza.

-Pero se supone que el experto es usted.

-Por lo que me ha dicho por visífono, las fuerzas de policía de Portolondon ponen en cuarentena la exactitud del informe que hizo su grupo, creen que la mayoría de ustedes padecen histeris­mo, pretenden que han descuidado las debidas precauciones y que el niño se alejó y se extravió sin que ustedes lograran encon­trarle.

La sequedad de aquellas palabras la hizo reaccionar. Enroje­ciendo, replicó:

-¿Como el hijo de cualquier colono? No. Yo no me he limi­tado a gritar. He consultado los archivos. Y hay demasiados casos registrados como accidente para que resulte una explicación plau­sible. ¿Y debemos ignorar del todo las aterradoras historias acer­ca de reapariciones? Pero cuando acudí a las fuerzas de policía con mis hechos, no quisieron saber nada. Sospecho que la causa no es que dispongan de muy pocos agentes. Creo que también ellos están asustados. La mayoría proceden de zonas rurales, y Portolondon se encuentra cerca del borde de lo desconocido.

Su energía se apagó.

-Roland no tiene ninguna fuerza central de policía -termi­nó, en tono de desaliento-. Usted es mi última esperanza.

El hombre expelió una bocanada de humo antes de decir, con voz más amable que hasta entonces:

-Le ruego que no confíe demasiado en mí, señora Cullen. Soy un investigador privado solitario en este mundo, sin más recursos que los míos propios, y un recién llegado, por así decirlo.

-¿Cuánto tiempo lleva aquí?

-Doce años. Apenas el tiempo suficiente para familiarizarme un poco con las relativamente civilizadas regiones del litoral. Ustedes, que residen aquí desde hace un siglo o más, ¿qué es lo que saben acerca del interior de la Ártica? -Sherrinford suspi­ró-. Aceptaré el caso, sin cobrar más de lo que debo, principal­mente por la experiencia que puede reportarme -dijo-. Pero sólo si es usted mi guía y mi ayudante, por penoso que le resulte.

-¡Desde luego! No puedo resistir la idea de permanecer ocio­sa. Mas, ¿por qué he de ser yo?

-Contratar a alguien con la suficiente capacidad resultaría prohibitivamente caro, en un planeta de pioneros en el que cada mano tiene mil tareas urgentes que realizar. Además, usted tiene un motivo. Y yo necesito eso. Yo, que nací en otro mundo com­pletamente distinto a éste, que por su parte es completamente distinto a la Madre Tierra, me doy perfecta cuenta de nuestras limitaciones y desventajas.

La noche se cernió sobre Christmas Landing. El aire seguía siendo suave, pero los zarcillos luminosos de niebla, escurriéndo­se a través de las calles, tenían un aspecto frío, y más fría aún era la aurora que se estremecía entre las lunas. La mujer se acercó más al hombre en la oscurecida habitación, seguramente sin darse cuenta de que lo hacía, hasta que él pulsó el interruptor de un fluorescente. Ambos participaban del conocimiento de la soledad de Roland.
Un año-luz no es ninguna exageración en distancias galácti­cas. Podría recorrerse en unos 270 millones de años, empezando a mediados de la era permiana, cuando los dinosaurios pertenecían al futuro remoto, y continuando hasta nuestros días, cuando las naves espaciales cruzan distancias todavía mayores. Pero las estrellas de nuestra vecindad se encuentran a un promedio de nueve años-luz de distancia, y apenas el uno por ciento de ellas tienen planetas habitables para el hombre, y las velocidades están limitadas a menos de la de la radiación. La contracción relativista del tiempo y la animación suspendida en ruta prestan cierta ayu­da. Eso hace que los viajes parezcan cortos, pero entre tanto la historia no se detiene.

Así, los viajes de sol a sol serán siempre pocos. Los coloniza­dores serán aquellos que tengan motivos sumamente especiales para marcharse. Se llevarán consigo plasma germinal para el cultivo exogenético de plantas y animales domésticos.., y de niños humanos, a fin de que la población pueda crecer con la rapidez suficiente para escapar a la muerte por el agotamiento genético. Después de todo, no pueden confiar en una posterior inmigra­ción. Dos o tres veces por siglo, una nave puede llamar desde alguna otra colonia. (No desde la Tierra. La Tierra está sumida desde hace mucho tiempo en otra clase de preocupaciones.) Su lugar de origen será un antiguo poblado. Los jóvenes no están en condiciones de construir y gobernar naves interestelares.

Su misma supervivencia, dejando aparte su eventual moderni­zación, está en duda. Los padres fundadores han tenido que acep­tar lo que pudieron obtener, en un universo no diseñado especial­mente para el hombre.

Considérese, por ejemplo, Roland. Se encuentra entre los raros hallazgos afortunados, un mundo en el que los humanos pueden vivir, respirar, comer el alimento, beber el agua, andar descalzos si lo prefieren, cultivar sus cosechas, apacentar a sus animales, cavar sus minas, edificar sus hogares, criar a sus hijos y nietos. Vale la pena recorrer tres cuartas partes de un siglo-luz para conservar ciertos valores queridos y hundir nuevas raíces en el suelo de Roland.

Pero la estrella Carlomagno es de tipo F9, un cuarenta por ciento más brillante que el Sol, más brillante aún en los traicione­ros ultravioleta y más salvaje aún en el viento de partículas carga­das que desprende. El planeta tiene una órbita excéntrica. En medio del corto pero furioso verano septentrional, que incluye el periastron, la insolación total es más del doble de la que recibe la Tierra; en lo profundo del largo invierno septentrional, es muy inferior al promedio terrestre.


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