La cuarta vez



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La vida nativa es abundante en todas partes. Pero al carecer de maquinaria adecuada, que sólo podrían construir unos cuantos especialistas, el hombre sólo puede soportar las latitudes más altas. Una inclinación axial de diez grados, junto con la órbita, significa que la parte septentrional del continente ártico pasa medio año sin recibir la luz del sol. Alrededor del polo Sur se extiende un océano vacío.

Otras diferencias con relación a la Tierra podrían parecer superficialmente más importantes. Roland tiene dos lunas, pequeñas pero cercanas, que provocan desastrosas mareas. Gira sobre sí mismo una vez cada treinta y dos horas, perjudicando sutilmente a unos organismos evolucionados a través de milenios de un ritmo más rápido. Las pautas climatológicas son también distintas a las terrestres. El globo sólo tiene 9.500 kilómetros de diámetro; su gravedad de superficie es 0,42 x 980 cm/sec2; la pre­sión del aire al nivel del mar es ligeramente superior a una atmós­fera terrestre. (Ya que en realidad la Tierra es la rareza, y el hom­bre existe debido a que un accidente cósmico expulsó la mayor parte del gas que un cuerpo de su tamaño debería conservar, como ha hecho Venus.)

Sin embargo, el Homo puede ser llamado realmente sapiens cuando practica su especialidad de no ser especializado. Sus repe­tidos intentos de congelarse a sí mismo en unos moldes con res­puesta para todo, o una cultura, o una ideología, o comoquiera que lo haya llamado, le han conducido repetidamente a la ruina. Si se le encarga la tarea pragmática de subsistir, suele desempe­ñarla bastante bien. Se adapta dentro de unos limites muy amplios.

Esos límites están determinados por factores tales como su necesidad de luz solar y de convertirse, necesariamente y para siempre, en una parte de la vida que le rodea y un producto del espíritu que la alienta.
Portolondon introduce muelles, embarcaciones, maquinaria y almacenes en el golfo de Polaris. Detrás de ellos se agrupan las viviendas de sus 5.000 habitantes permanentes: paredes de hor­migón, contraventanas, altos y picudos tejados. Lo alegre de su pintura quedaba desdibujado entre los faroles; este pueblo se encontraba más allá del Círculo Ártico.

Sin embargo, Sherrinford observó:

-Un lugar alegre, ¿eh? Llegué a Roland buscando algo como esto.

Barbro no contestó. Los días pasados en Christmas Landing, mientras él hacía sus preparativos, la habían agotado. Mirando a través de la cúpula del taxi que les llevaba a la parte baja del pue­blo, supuso que él se refería a la lozanía de la vegetación a lo largo de la carretera, matices brillantes y fosforescencia de flores en los jardines, clamor de alas encima de sus cabezas. A diferencia de la flora terrestre en climas fríos, la vegetación ártica pasa todas las horas diurnas en frenético crecimiento y almacenamiento de energía. Hasta que la fiebre del verano deja paso al suave invier­no no florece ni da fruto; y los animales aletargados durante el verano abandonan sus madrigueras y las aves migratorias vuelven a casa.

La vista era encantadora, tuvo que admitirlo: más allá de los árboles, una amplitud trepando hacia remotas alturas, grisplatea­da bajo una luna, una aurora, el difuso resplandor de un sol deba­jo mismo del horizonte.

Hermoso como un satán cazador, pensó, e igualmente terri­ble. Aquella selvatiquez había robado a Jimmy. Se preguntó si al menos podría encontrar sus pequeños huesos y llevárselos a su padre.

Bruscamente se dio cuenta de que Sherrinford y ella estaban en su hotel y que él había estado hablando del pueblo. Dado que era el siguiente en tamaño después de la capital, él debió de haberlo visitado con frecuencia. Las calles aparecían atestadas y ruidosas; parpadeaban los letreros luminosos, brotaba la música de tiendas, tabernas, restaurantes, centros deportivos, salones de baile; los vehículos se tocaban unos a otros; los edificios para ofi­cinas de varios pisos de altura se erguían como ascuas de luz. Por­tolondon unía un enorme traspaís al mundo exterior. Río Gloria abajo llegaban balsas de troncos, minerales, cosechas de granjas cuyos propietarios estaban logrando lentamente que la vida de Roland les sirviera, carne, marfil y pieles reunidos por los explo­radores en las montañas que se erguían más allá de Troll Scarp. Por el mar llegaban cargueros que navegaban a lo largo de la cos­ta, la flota pesquera, productos de las islas Sunward y de otros continentes situados mucho más al sur y hasta los que se aventu­raban hombres audaces. En Portolondon se reía, se fanfarronea­ba, se disimulaba, se robaba, se rezaba, se bebía, se soñaba, se fornicaba, se construía, se destruía, se nacía, se moría, se era feliz, desdichado, codicioso, vulgar, amante, ambicioso, huma­no. Ni el ardor del sol en verano ni el crepúsculo de medio año -completamente de noche en pleno invierno- pondrían freno a la mano del hombre.

A1 menos, eso decía todo el mundo.

Todo el mundo, excepto aquellos que se habían establecido en las regiones oscuras. Barbro solía dar por sentado que estaban desarrollando extrañas costumbres, leyendas y supersticiones, las cuales morirían cuando todas las tierras estuvieran registradas en los mapas y controladas. Últimamente, había empezado a dudar. Tal vez las alusiones de Sherrinford acerca de un cambio en su propia actitud, acarreado por su investigación preliminar, eran las responsables de las dudas de Barbro.

O tal vez necesitaba algo en que pensar que no fuera en cómo Jimmy, el día antes de desaparecer, cuando ella le preguntó si quería pan de centeno o pan francés para un emparedado, res­pondió con gran solemnidad (empezaba a mostrarse interesado en el alfabeto): «Quiero una rebanada de lo que nosotros llama­mos el pan F».

Apenas se dio cuenta de que se apeaba del taxi, se registraba en el hotel y era acompañada a una habitación amueblada de un modo primitivo. Pero, después de deshacer su equipaje, recordó que Sherrinford había sugerido una conferencia confidencial. Cruzó el pasillo y llamó a su puerta. Sus nudillos sonaron menos ruidosos que su corazón.

Sherrinford abrió la puerta, con un dedo en los labios, y le hizo un gesto señalándole un rincón. Barbro frunció el ceño hasta que vio la imagen del jefe de Policía Dawson en el visífono. She­rrinford debió de llamarle, y debía de tener sus motivos para mantenerla fuera del alcance de la cámara. Encontró una silla y esperó, clavando las uñas en sus rodillas.

El detective se acercó de nuevo al visífono.

-Perdone la interrupción -dijo-. Un hombre se ha equivo­cado de número. Estaba borracho, al parecer.

Dawson dejó oír una risita.

-Aquí abundan mucho -dijo. Barbro recordó lo aficionado a charlar que era Dawson, el cual se atusó la barba que llevaba, como si fuera un explorador en vez de un hombre de ciudad-. No producen ningún daño, por regla general. Lo único que tienen es un exceso de voltaje, después de pasar semanas o meses ente­ros en las regiones del interior, y necesitan descargarlo.

-He llegado a la conclusión de que ese entorno, ajeno en un millón de aspectos al que creó el hombre, produce extraños efec­tos en la personalidad.

Sherrinford atacó su pipa.

-Desde luego, ya sabe que mi práctica ha estado limitada a zonas urbanas y suburbanas. Las regiones aisladas rara vez nece­sitan investigadores privados. Ahora esa situación parece haber cambiado. Le he llamado para pedirle consejo.

-Me alegraría si pudiera ayudarle -dijo Dawson-. No he olvidado lo que hizo por nosotros en el caso del asesinato de Tahoe. -Y añadió, cautelosamente-: Será mejor que explique primero su problema.

Sherrinford prendió fuego a su pipa. El humo que siguió se impuso a los aromas campestres que, incluso aquí, a un par de pavimentados kilómetros de distancia de los bosques más cerca­nos, se abrían paso a través de una ventana crepuscular.

-Esto es más una misión científica que una búsqueda de un deudor oculto o de un espía industrial -dijo Sherrinford-. Me encuentro ante dos posibilidades: la de que una organización, cri­minal, religiosa o de otro tipo se haya estado dedicando desde hace tiempo a robar niños; o la de que los Outlings del folklore sean reales.

-¿Eh?

En el rostro de Dawson, Barbro leyó tanta consternación como sorpresa.



-¡No es posible que hable usted en serio!

-¿De veras? -sonrió Sherrinford-. El valor de los informes de varias generaciones no debería ser desechado. Especialmente cuando se han ido haciendo más frecuentes y consecuentes con el paso del tiempo. No podemos ignorar las desapariciones de niños de corta edad, que ascienden a más de un centenar, sin que se haya encontrado nunca el menor rastro de ellos. Ni los hallazgos que demuestran que una especie inteligente habitó en otro tiem­po en la Ártica, y puede todavía merodear por el interior.

Dawson se inclinó hacia adelante como si se dispusiera a salir de la pantalla.

-¿Quién le ha contratado? -preguntó-. ¿Una tal Cullen? Lo lamentamos por ella, naturalmente, pero lo que dijo no tenía sentido, y cuando se puso impertinente...

-¿Acaso no confirmaron su relato sus compañeros, reputa-dos científicos?

-No había ningún relato que, confirmar. Mire, ellos tenían el lugar rodeado de detectores y alarmas, y tenían mastines. Lo nor­mal en una región en la que puede presentarse un suroide hambriento o cualquier otra fiera. Nada podía haber entrado sin ser detectado.

-Nada por el suelo, pero ¿qué me dice de algo volador aterri­zando en medio del campamento?

-Un hombre tripulando un helicóptero hubiera despertado a todo el mundo.

-Un ser alado podría resulta más silencioso.

-¿Un ser alado capaz de levantar a un niño de tres años? No existe.

-No existe en la literatura científica, quiere usted decir, señor Dawson. Recuerde a Mantogris; recuerde lo poco que sabemos acerca de Roland, un planeta, un mundo entero. Tales pájaros existen en Beowulf... y en Rustum, según he leído. He calculado el nivel local de densidad del aire y, sí, es marginalmen­te posible también aquí. El niño pudo haber sido transportado a una corta distancia antes de que los músculos de sus alas se fatiga­ran y el animal se viera obligado a descender.

Dawson refunfuñó:

-Primero aterrizó y se dirigió a la tienda en la que dormían la madre y el niño. Luego se llevó al niño, hasta que no pudo volar más. ¿No suena eso a ave de presa? ¡Y el niño no gritó, y los perros no ladraron!

-En realidad -dijo Sherrinford-, esas inconsistencias son las características más interesantes y convincentes de todo el asunto. Tiene usted razón, resulta difícil creer que un raptor humano pudo entrar en el campamento sin ser detectado, y un animal tipo águila no hubiera operado de ese modo. Pero nada de esto tiene aplicación en un ser alado inteligente. El niño podría haber sido drogado. Desde luego, los perros mostraron síntomas de haberlo sido.

-Los perros mostraron síntomas de haberse dormido. Nada les había llamado la atención. Ni podía llamársela el niño vagan­do por el campamento. Por lo visto, las alarmas estaban instala­das de un modo muy chapucero, puesto que no se esperaba nin­gún peligro en el interior del campamento. Así que el niño pudo salir fácilmente. Lamento tener que decirlo, pero debemos supo­ner que el pobre rapaz murió de hambre o atacado por alguna fie­ra. -Dawson hizo una pausa antes de añadir-: Si dispusiéramos de más personal, podríamos haber dedicado más tiempo al asun­to. Y nos ocupamos de él, desde luego. Llevamos a cabo una exploración aérea, arriesgando las vidas de los pilotos, utilizando instrumentos que hubieran localizado al niño en cualquier parte en un radio de cincuenta kilómetros. Ya sabe usted cuán sensibles son los analizadores térmicos. No encontramos absolutamente nada. Y tenemos tareas más importantes que la búsqueda de los dispersos restos de un cadáver. -Terminó bruscamente-: Si le ha contratado la señora Cullen, le aconsejo que busque un pretex­to para renunciar al encargo. También será mejor para ella. Es preciso que recobre la cordura y el sentido de la realidad.

Barbro reprimió un grito mordiéndose la lengua:

-¡Oh! Ésta es simplemente la última desaparición de la serie -dijo Sherrinford-. Más cuidadosamente registrada que ningu­na de las anteriores y, por ello, mucho más sugestiva. -Barbro no comprendió cómo podía hablar con tanto despego, teniendo en cuenta que Jimmy estaba perdido-. Habitualmente, la fami­lia ofrecía un relato lacrimoso pero desprovisto de detalles de la desaparición de su niño, que tenía que haber sido robado por la Gente Antigua. A veces, años más tarde, hablaban de lo que ellos juraban tenía que haber sido el niño crecido, que había dejado de ser realmente humano, revoloteando tristemente, o atisbando a través de una ventana, o atrayendo algún perjuicio sobre ellos. Como usted dice, ni las autoridades ni los científicos han dispues­to de personal o de recursos para organizar una adecuada investi­gación. Como digo yo, el caso merece ser investigado. Tal vez un particular como yo pueda aportar una ayuda.

-Escuche, la mayoría de los que integramos las fuerzas de policía hemos crecido en el interior. No nos limitamos a patrullar y a contestar a las llamadas de emergencia; vamos allí con relativa frecuencia para celebrar fiestas y reuniones. Si existiera alguna banda de... sacrificadores humanos, lo sabríamos.

-Me doy cuenta de eso. Y también me doy cuenta de que la gente de la que ustedes proceden tiene una creencia profunda­mente arraigada en la existencia de seres no humanos con pode­res sobrenaturales. En realidad, son muchos los que celebran ritos y hacen ofrendas para atraerse la buena voluntad de aquellos seres.

Dawson soltó una risita burlona.

-Sé a dónde quiere ir a parar -dijo-. Lo he oído antes, de un centenar de sensacionalistas. Los aborígenes son los Outlings. Tenía una opinión mucho mejor de usted... Seguramente ha visi­tado más de un museo, seguramente ha leído literatura de plane­tas que tienen nativos. ¿O acaso no ha aplicado nunca esa lógica suya? -Agitó un dedo-. Piense -continuó-. ¿Qué hemos des­cubierto, en realidad? Unas cuantas piedras labradas; unos cuan­tos megalitos que podrían ser artificiales; rayaduras en la roca que parecen mostrar plantas y animales, aunque no del modo que cualquier cultura humana los hubiera dibujado; rastros de fogatas y huesos rotos; otros fragmentos de hueso que podrían haber per­tenecido a seres pensantes, como si pudieran haber estado en el interior de dedos o alrededor de grandes cerebros. Sin embargo, sus propietarios no tenían el aspecto de hombres. Ni de ángeles, dicho sea de paso. ¡Nada! La reconstrucción más antropoide que he visto muestra una especie de crocagator bípedo.

»Espere, déjeme terminar. Las historias acerca de los Outlings... ¡Oh! Las he oído también, muchas de ellas. Y las creía cuando era niño. Las historias cuentan que son de diferentes tipos, algunos alados, algunos no, algunos medio humanos, algu­nos completamente humanos, a excepción quizá de que son demasiado guapos... Es una repetición de los cuentos de hadas de la antigua Tierra. ¿No es verdad? En cierta ocasión me interesé por la materia y rebusqué en los microarchivos de la Biblioteca Heritage, y que me aspen si no encontré leyendas casi idénticas, contadas por campesinos siglos antes de los vuelos espaciales.

»Ninguna de ellas encaja con las escasas reliquias que tenemos si es que son reliquias, ni con el hecho de que ninguna zona del tamaño de la Ártica ha podido producir una docena de especies inteligentes distintas, ni... diablos, con el modo que el sentido común nos dice que se hubieran comportado los aborígenes cuan­do llegaron los humanos.

Sherrinford asintió.

-Sí, sí -dijo-. Yo estoy menos seguro que usted de que el sentido común de los seres no humanos sea precisamente como el nuestro. He visto demasiadas variaciones dentro del género humano. Pero admito que sus argumentos son de peso. Los esca­sos científicos de Roland tienen tareas más apremiantes que la de rastrear los orígenes de lo que es, como usted ha dicho, una superstición medieval revivida. -Cogió la cazoleta de su pipa con ambas manos y contempló fijamente la diminuta brasa que humeaba en ella-. Tal vez lo que más me interesa -continuó en voz baja- es el motivo de que a través de esa hondonada de siglos, a través de una barrera de civilización mecánica, sin ningu­na continuidad de tradición, unos colonizadores tecnológicamen­te organizados y razonablemente instruidos hayan sacado de su tumba una creencia de la Gente Antigua.

-Supongo que eventualmente, si la Universidad llega a desa­rrollar el departamento de psicología del que tanto se habla, alguien extraerá una tesis de su pregunta.

Dawson había hablado en tono mordaz, y casi se atragantó cuando Sherrinford replicó:

-Me propongo empezar ahora mismo. En la región de Hauch, dado que allí ocurrió el último incidente. ¿Dónde puedo alquilar un vehículo?

-Oh, resultará difícil...

-Vamos, vamos. Aunque sea un novato conozco la situa­ción. En una economía de escasez, pocas personas poseen equipo pesado. Pero dado que es necesario, siempre puede ser alquilado. Necesito un ómnibus todo terreno. Y necesito que me instalen en él cierto equipo que he traído conmigo, y que coloquen en la par­te superior una torreta con un cañoncito controlable desde el asiento del conductor. Yo suministraré las armas. Además de los rifles y pistolas de mi propiedad, he conseguido alguna artillería del arsenal de la policía de Christmas Landing.

-¿De veras pretende usted hacer... una guerra... contra un mito?

-Digamos que adopto medidas de seguridad, lo cual no es terriblemente caro, contra una remota posibilidad. Ahora, ade­más del ómnibus, ¿qué hay acerca de una aeronave ligera remol­cada para utilizarla en vuelos de reconocimiento?

-No -Dawson habló en tono más decidido que hasta enton­ces-. Eso sería una llamada al desastre. Podemos trasladarle a un campamento base en un avión grande cuando el parte meteorológico sea favorable. Pero el piloto tendrá que regresar inme­diatamente, antes de que las condiciones climatológicas empeo­ren. La meteorología está subdesarrollada en Roland; el aire es especialmente traicionero en esta época del año, y no estamos preparados para fabricar aeronaves que puedan superar todas las contingencias. -Respiró a fondo-. No tiene usted idea de la rapidez con que puede desencadenarse un huracán, ni del tamaño del pedrisco que puede caer de un cielo claro... Una vez esté allí, péguese al terreno. -Vaciló-. Éste es un motivo importante de que nuestra información sobre el interior sea tan escasa y de que sus colonos estén tan aislados.

Sherrinford rió sin alegría.

-Bueno, supongo que si los detalles son los que busco, ten­dré que salir corriendo.

-Perderá usted mucho tiempo -dijo Dawson-. Y el dinero de su cliente. Oiga, no puedo prohibirle cazar sombras, pero... La discusión se prolongó por espacio de casi una hora. Cuan­do la pantalla se apagó, Sherrinford se puso en pie, se desperezó y echó a andar hacia Barbro. Ella observó de nuevo lo peculiar de su paso. Había llegado de un planeta con una atracción gravita­cional algo mayor que la de la Tierra, a otro en el que el peso era menos de la mitad del terrestre. Barbro se preguntó si volaba en sueños.

-Disculpe que la haya dejado al margen del asunto -dijo Sherrinford-. No esperaba poder hablar con él tan pronto. Era completamente sincero al decir que está muy ocupado. Pero, habiendo establecido contacto, no quería que la recordara dema­siado a usted. Puede no dar importancia a mi proyecto, conside­rándolo como una inútil fantasía a la que no tardaré en renunciar. Pero su actitud podría haber sido muy distinta, hasta el extremo de acumular obstáculos delante de nosotros, si se hubiera dado cuenta a través de usted de lo decididos que estamos.

-¿Por qué habría de importarle? -preguntó Barbro en su amargura.

-Por miedo a las consecuencias, mucho peor porque se niega a admitirlo. Miedo a las consecuencias, más aterrador porque son insospechables.

La mirada de Sherrinford se fijó en la pantalla, y luego pasó a través de la ventana hacia la aurora que latía en glacial azul y blanco, inmensamente lejos por encima de sus cabezas.

-Supongo que se ha dado cuenta de que estaba hablando con un hombre asustado. A pesar de su aparente escepticismo, Daw­son cree en los Outlings... ¡Oh, sí, cree en ellos!

Los pies de Mistherd volaban sobre la hierba más veloces que el viento que agitaba los tallos. A su lado, negro y deforme, avan­zaba Nagrim el nicor, cuyo enorme peso dejaba una ringla de plantas aplastadas. Detrás, capullos luminosos de un estramonio brillaban a través de los perfiles retorcidos de Morgarel el espec­tro.

Aquí se alzaba Cloudmoor en una rompiente de colinas y espesuras. El aire permanecía inmóvil, transportando de vez en cuando el apagado aullido de un animal en la distancia. La oscuri­dad era mayor que de costumbre al empezar el invierno, ya que las lunas estaban bajas y la aurora era un pálido parpadeo sobre las montañas en la orilla septentrional del mundo. Pero esto hacía que las estrellas brillaran más, y su número atestaba el cielo, y el Camino Fantasma brillaba entre ellas como si, al igual que el follaje debajo de él, estuviera pavimentado con rocío.

-¡Allí! -rugió Nagrim, que tenía sus cuatro brazos extendi­dos. El grupo había llegado a lo alto de una loma. Lejos brilló una chispa-. ¡Hoah, hoah! ¿Debemos saltar sobre ellos, o acercar­nos lentamente?



Ni lo uno ni lo otro, cerebro de hueso. La respuesta de Morga­rel se deslizó a través de sus mentes. No, a menos que nos ata­quen, y no nos atacarán a menos que demos a conocer nuestra pre­sencia. Ella nos ordenó que espiáramos sus propósitos.

-Gr-r-rum-m-m-. Yo conozco sus propósitos. Cortar árbo­les, hundir arados en la tierra, sembrar sus malditas semillas. Si no les paramos los pies, pronto, muy pronto, serán demasiado fuertes para nosotros.

-¡No demasiado fuertes para la Reina! -protestó Mistherd.

Sin embargo, al parecer, ellos tienen nuevos poderes, le recor­dó Morgarel. Debemos someterles a prueba cuidadosamente.

-Entonces, ¿podemos saltar cuidadosamente sobre ellos? -preguntó Nagrim.

La pregunta provocó una sonrisa en Mistherd, haciéndole olvidar su propia intranquilidad. Palmeó la escamosa espalda.

-No hables -dijo-. Me lastimas los oídos. Ni pienses; eso lastima tu cabeza. ¡Vamos, corre!



Tranquilízate, intervino Morgarel. Hay demasiada vida en ti, nacido-humano.

Mistherd hizo una mueca al espectro, pero obedeció hasta el punto de aminorar el paso y avanzar con más cautela. Ya que via­jaba en nombre de la Más Bella, para enterarse de lo que había traído a un par de mortales hasta allí.

¿Buscaban al niño que Ayoch robó? (El niño seguía llorando y llamando a su madre, aunque cada vez menos, a medida que las maravillas de Carheddin penetraban en él.) Quizá. Una máquina voladora les había dejado a ellos y a su vehículo en el ahora aban­donado campamento, desde el cual habían avanzado en espiral. Pero cuando ningún rastro del cachorro había aparecido dentro de una razonable distancia, no habían llamado para emprender el viaje de regreso. Y esto no era debido a que las condiciones cli­matológicas impidieran la propagación de las ondas, como ocu­rría con frecuencia. No, en vez de llamar, la pareja se había dirigi­do hacia las montañas de Moonhorn. Directamente hacia unos reinos no hollados hasta entonces por su raza.

De modo que ésta no era una investigación rutinaria. ¿Qué era, entonces?

Mistherd comprendió ahora por qué la que reinaba había hecho que sus hijos mortales adoptados aprendieran, o conserva­ran, el torpe lenguaje de sus predecesores. Él había odiado aquel ejercicio, completamente extraño a las costumbres de los Mora­dores. Desde luego, uno la obedecía a ella, y con el tiempo se daba cuenta de lo sensata que había sido.

De pronto, dejó a Nagrim detrás de una roca -el nicor sólo sería útil en una lucha- y se arrastró de arbusto en arbusto hasta quedar a una distancia prudencial de los humanos. Un árbol de la lluvia se inclinó sobre él, hojas suaves sobre su desnuda piel, y le envolvió en oscuridad. Morgarel flotó hasta la copa de un árbol de hojas temblonas, cuya oscilación ocultaría mejor su forma insustancial. Tampoco él sería de mucha ayuda. Y eso era lo peor de la situación. Los espectros se encontraban entre aquellos que no sólo podían captar y transmitir pensamientos, sino también proyectar ilusiones. Morgarel había informado que esta vez su poder parecía rebotar en una invisible pared fría alrededor del vehículo.


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