La cuarta vez



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Por otra parte, el varón y la hembra no habían instalado máquinas guardianes, ni llevaban perros. Seguramente suponían que no iban a necesitarlos, dado que dormían en el largo vehículo en el que viajaban. Pero semejante desprecio de la fuerza de la Reina no podía ser tolerado.

El metal brillaba débilmente a la luz de su fogata. Estaban sentados junto al fuego, protegiéndose contra una frialdad que Mistherd, desnudo, encontraba suave. El varón bebía humo. La hembra miraba fijamente hacia un punto indeterminado que sus ojos deslumbrados por las llamas debían ver como espesa oscuri­dad. La danzante claridad permitía verla muy bien. Sí, a juzgar por el relato de Ayoch, era la madre del nuevo cachorro.

Ayoch había querido venir también, pero la Maravillosa se lo prohibió. Los puks no podían mantenerse inmóviles el tiempo suficiente para aquella clase de misión.

El hombre chupó su pipa. Sus mejillas quedaron así en la som­bra mientras la luz parpadeaba a través de su nariz y su entrecejo: por un instante pareció un ave de presa a punto de caer sobre su víctima.

-No, se lo repito, Barbro, no tengo ninguna teoría -estaba diciendo-. Cuando los hechos son insuficientes, teorizar es ridí­culo en el mejor de los casos, desorientador en el peor.

-Sin embargo, debe de tener alguna idea de lo que está haciendo -dijo ella.

Era evidente que habían hablado a menudo de aquello antes de entonces. Ningún Morador podía ser tan insistente como ella ni tan paciente como él.

-El equipo que ha traído... ese generador que mantiene en marcha...

-Tengo un par de hipótesis, que me han sugerido el equipo que debía traer.

-¿Por qué no me dice qué hipótesis son ésas?

-Ellas mismas indican que podría ser desaconsejable en los momentos actuales. Todavía estoy palpando mi camino en el laberinto. Y aún no he tenido oportunidad de establecer cone­xión entre todos los datos que poseo. De hecho, sólo estamos realmente protegidos contra una supuesta influencia telepática...

-¿Qué? -se sobresaltó ella-. Se refiere usted... a esas leyendas acerca de cómo pueden leer también las mentes...

La hembra se interrumpió, y su mirada escrutó la oscuridad más allá de los hombros del varón.

Él se inclinó hacia adelante. Su tono perdió rápidamente su sequedad para hacerse más ansioso y más suave.

-Barbro, se está destrozando a sí misma. Lo cual no será una ayuda para Jimmy si está vivo, y cuanto más dure esto más va a necesitarla. Tenemos una pesada tarea ante nosotros; y será mejor que se concentre en ella.

Ella asintió con un gesto y se mordió el labio inferior unos momentos, antes de contestar:

-Lo estoy intentando.

Él sonrió alrededor de su pipa.

-Espero que lo consiga. Nunca me ha dado la impresión de ser una mujer dispuesta a abandonar, ni una plañidera, ni amiga de compadecerse de sí misma.

Ella dejó caer una mano sobre la pistola que llevaba al cinto. Su voz cambió; surgió de su garganta como un cuchillo de la vai­na.

-Cuando los encontremos, sabrán quién soy. Quiénes son los humanos.

-Deje a un lado la ira -apremió el hombre-. No podemos permitirnos esa clase de emociones. Si los Outlings son reales, como ya le he dicho que provisionalmente supongo, están luchan­do por sus hogares.

Después de un breve silencio, añadió:

-Me gusta pensar que si los primeros exploradores hubiesen encontrado nativos vivos, los hombres no hubieran colonizado Roland. Pero ahora es demasiado tarde. No podemos volvernos atrás. Ésta es una lucha hasta el final, contra un enemigo tan astu­to que incluso nos oculta el hecho de que está guerreando.

-¿Lo está haciendo? Quiero decir, acechando, raptando oca­sionalmente a un niño...

-Eso es parte de mi hipótesis. Sospecho que no son hostiga­mientos, sino tácticas empleadas en una estrategia terriblemente sutil.

El fuego chisporroteó. El hombre fumó unos instantes en silencio, meditando, y finalmente continuó:

-No quise despertar sus esperanzas ni excitarla sin motivo mientras tuvo que esperarme, primero en Christmas Landing, luego en Portolondon. Más tarde tuvimos que convencernos a nosotros mismos de que Jimmy había sido llevado más lejos del campamento de lo que él podría haber andado antes de caer ago­tado. Sólo le estoy diciendo lo minuciosamente que he estudiado el material disponible sobre la... Gente Antigua. Además, al principio lo hice con la intención de eliminar toda posibilidad imaginable, por absurda que fuera. No esperaba otro resultado que una refutación final. Pero lo examiné todo, reliquias, análi­sis, historias, relatos periodísticos, monografías; hablé con colo­nos del interior que estaban de paso en el pueblo y con algunos científicos que han mostrado cierto interés por el asunto. Asimilo las cosas rápidamente. Y tengo la pretensión de que puedo con­vertirme en tan experto como cualquiera..., aunque Dios sabe que en este caso hay poco en lo que ser experto. Por otra parte, yo, relativamente forastero en Roland, tal vez podría examinar el problema con distinto enfoque. Y llegué a unas cuantas conclu­siones.

»Si los aborígenes se extinguieron, ¿por qué no dejaron más restos? La Ártica no es tan enorme, y la vida rolándica es fértil. Tenía que haber alimentado a una población cuyos utensilios se habrían acumulado a través de milenios. He leído que en la Tierra se encontraron millares de hachas paleolíticas, más por casuali­dad que por arqueología.

»Muy bien. Supongamos que las reliquias y los fósiles fueron deliberadamente eliminados entre la época en que se marchó la última expedición exploradora y el momento en que llegaron las primeras naves de colonización. Hallé cierto apoyo para esta idea en los diarios de los primeros exploradores. Estaban demasiado ocupados comprobando la habitabilidad del planeta para confec­cionar catálogos de los monumentos primitivos. Sin embargo, sus observaciones demuestran que vieron muchas más cosas que los que llegaron posteriormente. Supongamos que lo que nosotros hemos encontrado es, precisamente, lo que los encargados de la eliminación pasaron por alto o no tuvieron tiempo de ocultar.

»Eso revela una mentalidad sofisticada, pensando en términos de largo plazo, ¿no es cierto? Lo cual a su vez revela que la Gente Antigua no eran simples cazadores ni agricultores neolíticos.

-Pero nadie ha visto nunca edificios, ni máquinas, ni cosas por el estilo -objetó Barbro.

-No. Lo más probable es que los nativos no avanzaran a tra­vés de nuestro tipo de evolución metalúrgico-industrial. Yo pue­do concebir otros caminos. Su civilización podría haber empezado, más bien que terminado, con ciencia y tecnología biológicas: Podrían haber desarrollado unas potencialidades del sistema nervioso, que podrían ser mayores en su especie que en el hombre. Nosotros mismos tenemos hasta cierto punto esas capacidades, como usted sabe muy bien. Un zahorí, por ejemplo, capta realmente las variaciones en el campo magnético local provocadas por una meseta de agua. Sin embargo, en nosotros no abunda ese tipo de talento. De modo que nos dedicamos a otras actividades. ¿Quién necesita ser un telépata, digamos, si se tiene un visífono? La Gente Antigua puede haber visto las cosas de otra manera. Los utensilios de su civilización pueden haber sido, y pueden ser­lo todavía, inidentificables para los hombres.

-Pero podían haberse identificado a sí mismos ante los hom­bres -dijo Barbro-. ¿Por qué no lo hicieron?

-Puedo imaginar varios motivos. Por ejemplo, podían haber tenido una desagradable experiencia con visitantes interestelares en una época anterior de su historia. La nuestra no es la única raza que posee naves espaciales. Sin embargo, ya le he dicho que no teorizo anticipándome a los hechos. Digamos simplemente que la Gente Antigua, si existe, es extraña para nosotros.

-Para un pensador riguroso como usted, ésa es una argumen­tación muy alambicada.

-Ya he admitido que es provisional.

Él la miró a través de un turbión de humo de la fogata.

-Usted acudió a mí, Barbro, insistiendo en que su hijo había sido robado, pero sus alusiones a unos raptores por motivos reli­giosos eran absurdas. ¿Por qué se muestra tan reacia a admitir la realidad de no-humanos?

-A pesar de que probablemente de ello dependa el que Jim­my esté vivo -suspiró ella-. Lo sé. -Un estremecimiento-. Tal vez no me atrevo a admitirlo.

-Hasta ahora no he dicho nada sobre lo que no se haya espe­culado en letra impresa -dijo él-. Una especulación desacredi­tada, desde luego. En un centenar de años nadie ha encontrado pruebas válidas de que los Outlings sean algo más que una supers­tición. Sin embargo, unas cuantas personas han declarado que es al menos posible que en las regiones inexploradas habiten nativos inteligentes.

-Lo sé -repitió ella-. Aunque no sé lo que le ha inducido a tomarse en serio esos argumentos, de la noche a la mañana.

-Bueno, cuando usted me obligó a pensar, se me ocurrió que los colonos de Roland no son agricultores medievales completa­mente aislados. Tienen libros, telecomunicaciones, herramientas mecánicas, vehículos a motor; y, por encima de todo, tienen una educación moderna orientada científicamente. ¿Por qué habían de volverse supersticiosos? Algo debe de provocarlo. -Se inte­rrumpió-. Será mejor que no continúe. Mis ideas van más allá; pero si son correctas, es peligroso hablar de ellas en voz alta.

Los músculos del vientre de Mistherd se tensaron. Había peli­gro para la Bella en aquella cabeza de ave de presa. La Portadora de Guirnaldas tenía que ser advertida. Estuvo a punto de ordenar a Nagrim que matara a aquella pareja. Si el nicor actuaba con la suficiente rapidez, sus armas de fuego no les servirían para nada. Pero podían haber dejado un aviso detrás de ellos... Mistherd vol­vió a escuchar. La conversación había cambiado de rumbo. Bar­bro estaba murmurando:

-¿Por qué se quedó usted en Roland?

El hombre sonrió desvaídamente.

-Bueno, la vida en Beowulf no tenía alicientes para mí. Heo­rot está... o estaba, esto fue hace unas décadas, no lo olvide..., Heorot estaba densamente poblado, perfectamente organizado, fastidiosamente uniforme. Eso era debido en parte a la frontera de las tierras bajas, una válvula de seguridad para dar salida a los descontentos. Pero yo carecía de la tolerancia al dióxido de car­bono necesaria para vivir allí en buen estado de salud. Se estaba preparando una expedición para recorrer cierto número de mun­dos colonizados, especialmente aquellos que no disponían de equipo para mantener contacto por láser. Recordará usted su anunciado objetivo: buscar nuevas ideas en ciencia, arte, sociolo­gía, filosofía, todo lo que se revelara como valioso. Temo que en Roland encontraron muy pocas cosas importantes para Beowulf. Pero yo vi oportunidades para mí mismo y decidí establecerme aquí.

-¿Era usted también detective allí?

-Sí, en la policía oficial. Esta profesión es una tradición en nuestra familia. Algo de eso puede proceder de nuestra rama che­rokee, si el nombre significa algo para usted. Sin embargo, des­cendemos también por línea colateral de uno de los primeros investigadores privados que existieron en la Tierra antes de los vuelos espaciales. Sea o no verdad, siempre le he considerado como un modelo útil. Un arquetipo, ¿comprende?

El hombre se interrumpió. Una sombra de inquietud nubló su semblante.

-Será mejor que nos acostemos -dijo-. Mañana por la mañana tenemos que recorrer una larga distancia.

Ella miró a su alrededor.

-Aquí no hay mañanas -murmuró.

Se retiraron. Mistherd se incorporó y flexionó cautelosamente sus músculos. Antes de regresar a la Hermana de Lyrth, se arries­gó a echar una ojeada a través de una ventanilla del vehículo. Había dos catres, uno al lado del otro, y los humanos yacían en ellos. Pero el hombre no había tocado a la mujer, a pesar de que ella tenía un cuerpo atractivo, y nada sugería que se dispusiera a hacerlo.

Unos seres raros, los humanos. Fríos y como de arcilla. ¿Y querían invadir el maravilloso mundo salvaje? Mistherd escupió, asqueado. No debía ocurrir. No ocurriría. La que reinaba lo había jurado.

Las tierras de William Irons eran inmensas. Pero esto se debía a que se necesitaba una baronía para mantenerle a él, a su familia y a su ganado, a base de unas cosechas nativas cuyo cultivo era aún parcialmente desconocido. Cultivaba también algunas plan­tas terrestres, a la luz del verano y en invernaderos. Sin embargo, aquellas plantas eran un lujo. La verdadera conquista del Ártica septentrional estaba en la hierba para forraje, en la batiriza, el pericup y el glicofilón, y eventualmente, cuando el mercado se ampliara con la población y la industria, el chalcantemo para los floristas de la ciudad y las pieles de animales criados en jaulas para los peleteros.

Eso sería en un futuro que Irons no esperaba llegar a ver. She­rrinford se preguntó si el hombre esperaba realmente que alguien lo viera.

La estancia era cálida y estaba bien iluminada. El fuego crepi­taba alegremente en el hogar. La luz de los paneles fluorescentes brillaba sobre los armarios, sillas y mesas talladas a mano, sobre las cortinas de vivos colores y la vajilla de los anaqueles. El colo­no estaba sólidamente instalado en su alto asiento, robusto, maci­zo, con la barba desparramándose sobre su pecho. Su esposa y sus hijas trajeron café, cuya fragancia se unió a los restantes aromas de una cena copiosa para él, sus huéspedes y sus hijos.

Pero en el exterior el viento ululaba, el relámpago centellea­ba, el trueno rugía, la lluvia estallaba sobre el tejado y las paredes y formaba remolinos entre los guijarros del patio. Establos y cobertizos se agachaban contra la inmensidad que se extendía más allá. Los árboles gemían, y ¿resonaba una maligna carcajada ahogando el mugido de una vaca asustada? El granizo golpeó las tejas, como nudillos llamando a una puerta.

Uno podía sentir cuán lejanos estaban sus vecinos, pensó She­rrinford. Y, sin embargo, ellos eran las personas a las que uno veía con más frecuencia, con las que hacía negocios diariamente por visífono (cuando una tormenta solar no introducía el caos en voces y rostros) o personalmente, con las que celebraba reunio­nes, chismorreaba o intrigaba, con las que concertaba matrimo­nios; al final, eran las personas que le enterrarían a uno. Las luces de los pueblos costeros estaban monstruosamente lejos.

William Irons era un hombre fuerte. Pero cuando habló aho­ra, había miedo en su tono.

-¿Piensan ir realmente más allá de Troll Scarp?

-¿Se refiere usted a las Empalizadas Hanstein? -respondió Sherrinford, en tono más de reto que de pregunta.

-Ningún colono del interior les da otro nombre que no sea Troll Scarp -dijo Barbro.

¿Y cómo había renacido un nombre como aquél, a años-luz y a siglos de distancia de la Edad Media de la Tierra?

-Cazadores, tramperos, prospectores..., ustedes les llaman exploradores..., viajan por esas montañas -declaró Sherrinford.

-En algunas partes -dijo Irons-. Eso está permitido, por un pacto concluido entre un hombre y la Reina después de que él curase a un asno-de-las-colinas herido por un satán. Dondequiera que crece la plumablanca los hombres pueden circular, si dejan presentes en los altares de piedra a cambio de lo que toman de la tierra. A otras partes... no es prudente ir.

-Pero se ha hecho, ¿no es cierto?

-¡Oh, sí! Y algunos han regresado sin novedad, o al menos eso pretenden, aunque he oído decir que a partir de entonces les acompañó la desgracia. Y algunos no regresaron; se desvanecie­ron. Y algunos que regresaron hablaron balbuceando de maravi­llas y horrores, quedando idiotizados el resto de sus vidas. Hace muchísimo tiempo que nadie ha sido lo bastante osado para rom­per el pacto y traspasar los límites.

Irons miró a Barbro con una expresión casi implorante. Lo mismo hicieron su esposa y sus hijos, en completo silencio. El viento aulló más allá de las paredes y sacudió las contraventanas.

-No lo haga usted.

-Tengo motivos para creer que mi hijo está allí -respondió ella.

-Sí, sí, nos lo ha contado usted, y yo lo siento. Tal vez pueda hacerse algo. Tal vez depositar una doble ofrenda en el Túmulo de Unvar a mediados del invierno, y un ruego escrito en el césped con un cuchillo de pedernal. Quizá devolverían al niño. -Irons suspiró-. Aunque eso es algo de lo que no hay noticia en la memoria del hombre. Y el niño podría haber corrido una suerte peor. Yo mismo les he entrevisto corriendo alocadamente a tra­vés del crepúsculo. Parecen más felices que nosotros. Para el niño, podría resultar poco beneficioso regresar a su lado.

-Como en la canción de Arvid -dijo su esposa.

Irons asintió.

-U otros, ahora que pienso en ello.

-¿Qué es esto? -preguntó Sherrinford.

Con más intensidad que antes, se sintió como un extraño. Él era hijo de ciudades y técnicas; por encima de todo, un hijo de la inteligencia escéptica. Esta familia creía. Y resultó inquietante ver algo más que un ápice de aceptación en el lento gesto de asen­timiento de Barbro.

-Nosotros tenemos la misma balada en la Tierra de Olga Iva­noff -le dijo Barbro, con voz menos tranquila que las palabras-. Es una de las tradicionales que se cantan para establecer el com­pás de un baile en un prado. Nadie sabe quién la compuso.

-He visto una multilira en su equipaje, señora Cullen -dijo la esposa de Irons.

Estaba visiblemente deseosa de acabar con el explosivo tema de una aventura en desafío a la Gente Antigua. Una canción podía ayudar.

-¿Le gustaría entretenernos un poco?

Barbro sacudió la cabeza, pálida alrededor de las fosas nasa­les. El mayor de los muchachos se apresuró a decir, más bien dán­dose importancia:

-Bueno, yo puedo hacerlo, desde luego, si a nuestros hués­pedes les gusta oírlo.

-Me gustaría mucho, gracias -dijo Sherrinford, retrepándo­se en su asiento y atacando su pipa.

Si esto no hubiera sucedido espontáneamente, él hubiera guiado la conversación hacia un desenlace similar.

En el pasado no había tenido ningún incentivo para estudiar el folklore de las regiones del interior, y pocas posibilidades de leer las escasas referencias al mismo desde que Barbro acudió a él con su problema. Pero estaba cada vez más convencido de que debía llegar a una comprensión -no un estudio antropológico, sino una sensación íntima- de la relación existente entre los hombres de la frontera de Roland y aquellos seres que les acosaban.

Todos se instalaron cómodamente para escuchar. Las tazas de café volvieron a llenarse, acompañadas ahora de una copa de brandy.

-El último verso es el estribillo. Todo el mundo tiene que cantarlo, ¿de acuerdo? -explicó el muchacho.

Era evidente que también él confiaba en apaciguar así algo de la tensión. ¿Catarsis a través de la música?, se preguntó Sherrin­ford, y añadió para sí mismo: No, exorcismo.

Una muchacha rasgueó una guitarra. El muchacho cantó, con una melodía que se impuso al ruido de la tormenta:
El explorador Arvid

cabalgaba a través de las colinas

entre los árboles de hojas temblonas

a lo largo de los cantarines riachuelos.

La danza se teje debajo del estramonio.
El viento nocturno susurraba a su alrededor

con aromas de ruda y gamarza.

Las dos lunas brillaban encima de él

y las colinas resplandecían con el rocío.

La danza se teje debajo del estramonio.
Y soñando en aquella mujer

que esperaba al sol,

se detuvo, deslumbrado por el resplandor de la estrella,

y eso fue su perdición

La danza se teje debajo del estramonio.
Ya que allí, debajo de un túmulo

iluminado por una luna,

los Outlings estaban danzando

con un brillo cristalino y dorado.

La danza se teje debajo del estramonio.
Los Outlings estaban danzando

como agua, viento y fuego

a los acordes de un arpa,

y nunca se cansaban.

La danza se teje debajo del estramonio.
Ella echó a andar hacia Arvid

desde donde contemplaba la danza,

la Reina del Aire y la Oscuridad,

con resplandor de estrellas en su mirada.

La danza se teje debajo del estramonio.
Con resplandor de estrellas, amor y terror

en su mirada inmortal,

la Reina del Aire y la Oscuridad...
-¡No!

Barbro se puso en pie de un salto. Sus puños estaban crispa­dos y las lágrimas azotaban sus pómulos.

-¡No pueden ustedes... hablar así... de los seres que robaron a Jimmy!

Salió corriendo de la estancia y subió a la habitación que le habían destinado.

Pero ella terminó la canción por sí misma. Eso fue unas seten­ta horas más tarde, acampando en las alturas que los explorado­res no se atrevían a hollar.

Sherrinford y ella no habían hablado mucho con la familia Irons, después de rechazar repetidos ruegos para que renunciaran a su expedición. Ni habían hablado mucho entre ellos al princi­pio, mientras viajaban hacia el norte. Lentamente, sin embargo, Sherrinford empezó a sonsacar a Barbro acerca de su propia vida. Poco a poco, Barbro casi olvidó su pesar, recordando su hogar y a sus antiguos vecinos. Eso condujo a varios descubrimientos: que él, bajo sus modales de profesor, era un gourmet y un aficionado a la ópera, y apreciaba la feminidad de Barbro; y que ella aún podía reír y encontrar belleza en la tierra salvaje que la rodeaba. Barbro se dio cuenta, con una sensación de culpabilidad, de que la vida contenía más esperanzas que incluso la recuperación del hijo que Tim le había dado.

-Me he convencido a mí mismo de que está vivo -dijo el detective. Frunció el ceño-. Sinceramente, eso me hace lamen­tar haberla traído conmigo. Esperaba que nuestro viaje tendría como objetivo reunir hechos, simplemente, pero se está convir­tiendo en algo más. Si nos enfrentamos con los seres reales que le robaron el niño, pueden causar verdadero daño. Debería regre­sar al poblado más próximo y pedir un avión para que se la llevara a usted.

-No hará nada de eso -replicó ella-. Necesita a alguien que conozca las condiciones de las tierras del interior, y además soy una tiradora de primera.

-Mmmm... Implicaría también un considerable retraso, ¿no es cierto? Además de la distancia complementaria, no puedo enviar una señal a ningún aeropuerto antes de que las actuales interferencias solares hayan desaparecido.

A la «noche» siguiente, Sherrinford sacó el resto de su equipo y lo instaló. Barbro reconoció algunos aparatos, tales como el detector térmico. Pero otros eran desconocidos para ella, copia­dos por encargo de Sherrinford de los avanzados instrumentos de su mundo natal. Y se negó a hablarle de ellos.

-Ya le expliqué mi sospecha de que los seres tras los cuales andamos poseen facultades telepáticas -dijo, disculpándose.

Barbro abrió mucho los ojos, asombrada.

-¿Quiere usted decir que puede ser cierto que la Reina y su gente puedan leer en las mentes?

-Eso es parte del temor que rodea su leyenda, ¿no? En reali­dad, el fenómeno no tiene nada de sobrenatural. Fue estudiado y perfectamente definido hace siglos, en la Tierra. Me atrevería a decir que los hechos están expuestos en los microarchivos científi­cos de Christmas Landing. Ustedes, los de Roland, no han tenido ocasión de estudiarlos, del mismo modo que no han tenido oca­sión aún de estudiar la manera de construir proyectores de rayos de energía ni naves espaciales.

-Bueno, ¿cómo funciona la telepatía, entonces?

Sherrinford comprendió que Barbro deseaba que la tranquili­zara más que conocer hechos, y habló con deliberada sequedad:

-El organismo genera radiación de onda sumamente larga que, en principio, puede ser modulada por el sistema nervioso. En la práctica, lo débil de las señales y su bajo nivel de transmi­sión-información las hace elusivas, difíciles de detectar y de medir. Nuestros antepasados prehumanos desarrollaron otros sentidos más dignos de confianza, como la vista y el oído. Sus experiencias telepáticas eran marginales, en el mejor de los casos. Pero los exploradores han encontrado especies extraterrestres que habían conseguido una ventaja evolutiva desarrollando el sis­tema en sus entornos particulares. Imagino que tales especies podrían incluir a una que está comparativamente poco expuesta a la luz directa del sol: que, de hecho, parece rehuirla. Podría inclu­so ser tan capaz en este aspecto como para captar emisiones débi­les del hombre y hacer que las sensibilidades primitivas de éste resonaran en sus propias y poderosas emisiones mentales.

-Eso les serviría de mucho, ¿no es cierto? -dijo Barbro débilmente.

-He instalado una pantalla alrededor de nuestro vehículo -explicó Sherrinford-, pero sus efectos sólo alcanzan a unos cuantos metros de distancia del chasis. Más allá, un espía suyo podría captar los pensamientos de usted y enterarse de lo que tra­to de hacer, si usted lo supiera. Yo tengo un subconsciente muy bien adiestrado, el cual se encarga de que piense en francés cuan­do estoy fuera del vehículo. La comunicación tiene que ser estruc­turada para que resulte inteligente, ¿comprende?, y ésa es una estructura bastante distinta del inglés. Pero el inglés es el único idioma humano en Roland, y seguramente el que la Gente Anti­gua ha aprendido.

Barbro asintió. Él le había contado su plan general, demasia­do evidente para ocultarlo. El problema estribaba en establecer contacto con los alienígenas, si es que existían. Hasta entonces sólo se habían revelado a sí mismos, a escasos intervalos, a uno o a unos pocos colonos del interior al mismo tiempo. La facultad de engendrar alucinaciones podía ayudarles. Permanecerían aleja­dos de cualquier expedición numerosa, y quizá por ello imposible de manipular, que pudiera pasar a través de su territorio. Pero dos personas, desafiando todas las prohibiciones, no deberían parecer demasiado formidables para no aproximarse a ellas. Y... éste sería el primer equipo humano que no sólo trabajaba sobre el supuesto de que los Outlings eran reales, sino que poseía los recursos de la moderna tecnología policíaca.

En aquel campamento no ocurrió nada. Sherrinford dijo que no había esperado que ocurriera. La Gente Antigua parecía pro­ceder con mucha cautela. En sus propias tierras debían de ser más osados.

Y a la «noche» siguiente el vehículo se había adentrado mucho más en aquellas tierras. Cuando Sherrinford paró el motor en un prado, el silencio rodó como una ola.

Se apearon. Ella preparó una comida en la lámpara incandes­cente mientras él recogía leña para encender una fogata. De vez en cuando echaba una ojeada a su muñeca izquierda. No llevaba reloj, sino una esfera controlada por radio que le indicaba lo que los instrumentos del vehículo podían registrar.

¿Quién necesitaba un reloj aquí? Lentas constelaciones gira­ban más allá de la resplandeciente aurora. La luna Alde colgaba sobre un pico nevado, convirtiéndolo en plata, aunque aquel lugar se encontraba a una respetable altura. El resto de las mon­tañas quedaba oculto por el bosque que les rodeaba. Sus árboles eran principalmente de hojas temblonas y plumablancas, fantas­males entre sus sombras. Unos cuantos estramonios resplande­cían, como arracimados y pálidos fanales, y la maleza era espesa y despedía un olor dulzón. La vista alcanzaba sorprendentemente lejos a través de la azulada neblina. En alguna parte, muy cerca, trinaba un pájaro.

-Esto es muy hermoso -dijo Sherrinford.

Habían terminado de cenar pero no habían encendido aún la fogata.

-Pero extraño -respondió Barbro en voz baja-. Me pre­gunto si nos está realmente destinado. Si podemos esperar real­mente poseerlo.

La boquilla de la pipa de Sherrinford apuntó hacia las estre­llas.

-El hombre ha ido a lugares más extraños que éste.

-¿De veras? Yo... ¡Oh!, supongo que es algo que me ha que­dado de mi infancia en las tierras del interior, pero cuando estoy debajo de ellas no puedo pensar en las estrellas como en globos de gas, cuya energía ha sido medida, cuyos planetas han sido hollados por pies prosaicos. No, son pequeñas y frías y mágicas; nuestras vidas están atadas a ellas; cuando morimos, nos susurran en nuestras tumbas. -Barbro inclinó la mirada-. Sé que eso es una tontería.

En el crepúsculo, Barbro pudo ver cómo se tensaba el rostro de Sherrinford, el cual dijo;

-En absoluto. Emocionalmente, la física puede ser una ton­tería mayor. Y al final, después de un número suficiente de gene­raciones, la idea sigue al sentimiento. El hombre no es racional de corazón. Podría dejar de creer las historias de la ciencia si dejaran de coincidir con sus sentimientos.

Hizo una pausa.

-Aquella balada que no terminaron de cantar, en la casa -añadió finalmente, sin mirarla-. ¿Por qué la afectó tanto?

-No pude soportar oír cómo hablaban de ellos..., bueno, elogiándolos. O al menos eso parecía. Lo siento mucho.

-Creo que esa balada ha dado origen a otras muchas.

-Bueno, nunca se me ocurrió estudiarlas. En Roland no tenemos tiempo para dedicarlo a la antropología cultural, aunque lo más probable es que ni siquiera hayamos pensado en ella, con tantas cosas por hacer. Pero ahora que usted lo menciona, sí, resulta sorprendente el número de canciones y de leyendas que incluyen el tema de Arvid.

-¿Podría usted soportar el recitarla?

Barbro dominó el impulso de echarse a reír.

-Puedo hacer algo mejor que eso, si lo desea -dijo-. Per­mítame que vaya a buscar mi multilira.

Omitió el hipnótico estribillo, excepto al final. Sherrinford la contempló, erguida contra la luna y la aurora.
... La Reina del Aire y la Oscuridad

habló suavemente bajo el cielo:
«Anímate, explorador Arvid,

y únete a los Outlings.

No necesitas ser humano,

lo cual es un pesado yugo. »
Él se atrevió a contestar:

«No puedo detenerme.

Una doncella me espera,

soñando en tierras bajo el sol.
»Y también me esperan camaradas

y tareas que no debo rehuir,

pues, ¿qué sería el explorador Arvid

si descuidara su trabajo?
»De modo que descarga tus hechizos

y tu cólera sobre mí.

Aunque quizá puedas matarme,

no me harás esclavo. »
La Reina del Aire y la Oscuridad

se irguió envuelta en resplandores

de septentrional belleza,

y él no se atrevió a mirarla.
Hasta que ella rió con sonido musical

y le dijo en tono burlón:

«No necesito una magia

para poner en ti una eterna tristeza.
»Te dejaré marchar

sólo con tu recuerdo

de la luz de la luna, la música Outling,

la brisa nocturna, el rocío y yo.

»Y eso correrá detrás de ti,

una sombra en el sol,

y yacerá a tu lado

cuando el día termine.
»En el trabajo, en el juego y en la amistad

la pena te destrozará el corazón

ya que pensarás en lo que eres...

y en lo que podías haber sido.
»Trata amablemente mientras puedas

a tu insípida y estúpida mujer.

¡Márchate ahora, explorador Arvid,

continúa libre para ser un hombre!»
Retozando y riendo,

los Outlings desaparecieron.

Arvid quedó solo bajo la luz de la luna

y lloró hasta el amanecer.

La danza se teje debajo del estramonio.
Barbro dejó la lira a un lado. El viento agitó las hojas. Tras un largo silencio, Sherrinford dijo:

-¿Y leyendas de este tipo forman parte de la vida de todo el mundo en las tierras del interior?

-Bueno, podría decirse así -respondió Barbro-. Aunque no todas están llenas de hazañas sobrenaturales. Algunas hablan de amor o de heroísmo. Temas tradicionales.

-No creo que su tradición particular haya surgido por sí mis­ma -dijo Sherrinford-. De hecho, creo que la mayoría de sus canciones y leyendas no fueron compuestas por seres humanos.

Con estas palabras dio por terminada la conversación. Se acostaron muy temprano.

Horas más tarde, una alarma les despertó.


El zumbido fue suave, pero les alertó inmediatamente. Dor­mían vestidos, preparados para cualquier emergencia. El resplan­dor del cielo les iluminaba a través de la tela del techo. Sherrin­ford saltó de su litera, se calzó las botas y colgó el revólver de su cinto.

-Quédese dentro -ordenó.

-¿Quién hay? -inquirió Barbro con voz temblorosa.

Sherrinford miró de reojo las esferas de sus instrumentos y comprobó el indicador luminoso de su muñeca.

-Tres animales -contó-. No parecen salvajes. Uno muy grande, homeotérmico, a juzgar por el infrarrojo, a cierta distan­cia. Otro..., hum, temperatura baja, emisión difusa e inestable, como si fuera un... un enjambre de células coordinadas..., ¿fero­monalmente?..., revoloteando, también a cierta distancia. Pero el tercero está prácticamente pegado a nosotros, moviéndose en la maleza; y su tipo parece humano.

Barbro le vio temblar de ansiedad: había dejado de parecer un profesor.

-Voy a intentar capturarle -dijo-. Cuando tengamos a alguien a quien interrogar... Manténgase preparada para permi­tirme volver a entrar rápidamente. Pero no se arriesgue, pase lo que pase. No suelte esto.

Y le entregó un pesado rifle de caza.

Su alta figura se dirigió hacia la puerta y la entreabrió ligera­mente. Penetró una ráfaga de aire, frío, húmedo, lleno de fragan­cias y murmullos. La luna Oliver estaba ahora también en lo alto, las dos con un resplandor irrealmente brillante, y la aurora bullía en blancura y azul-hielo.

Sherrinford consultó de nuevo su indicador. Debía señalar la posición de los espías, entre aquel bosque de hojas. Bruscamente, saltó fuera del vehículo, echó a correr más allá de las cenizas de la fogata y desapareció bajo los árboles. La mano de Barbro se cris­pó sobre la culata de su arma.

Estalló la confusión. Dos luchadores se hicieron visibles en el prado. Sherrinford había agarrado a una figura humana más pequeña. Barbro pudo ver que el otro iba desnudo, era varón, de cabellos largos, flexible y joven. Luchaba como un demonio, al parecer utilizando los dientes, los pies y las uñas, y aullaba como un satán.

La identificación la dejó sin aliento: un Outling, robado en su niñez y criado por la Gente Antigua. ¡Querían convertir a Jimmy en una criatura como ésa!

-¡Ja!

Sherrinford dobló el brazo de su adversario detrás de su espal­da y logró dominarle, obligándole a dirigirse hacia el vehículo. De entre los árboles surgió un gigante. Podría haber sido un árbol, negro y rugoso, agitando cuatro grandes ramas nudosas; pero la tierra se estremeció y retumbó bajo sus recias patas, y su ronco alarido llenó el cielo y los cráneos.



Barbro gritó, advirtiendo a Sherrinford, que giró sobre sí mis­mo, empuñó su revólver y disparó una y otra vez. Su brazo libre seguía sujetando al joven. La monstruosa forma vaciló bajo aque­llos impactos. Pero se rehizo y continuó avanzando, más lenta­mente, con más precaución, dando un rodeo para cortarle el camino de acceso al vehículo. Sherrinford no podía moverse con la rapidez suficiente para evitarlo, a menos que soltara a su prisio­nero..., el cual era su único guía posible hacia Jimmy.

Barbro saltó hacia adelante.

-¡No lo haga! -gritó Sherrinford-. ¡Por el amor de Dios, quédese dentro!

El monstruo rugió y se encaminó lentamente hacia ella. Bar­bro apretó el gatillo. El retroceso la golpeó en el hombro. El colo­so se tambaleó y cayó. Pero volvió a ponerse en pie y avanzó hacia ella. Barbro retrocedió. Disparó otra vez, y otra. El animal gruñó. Empezó a brotar sangre de sus heridas. Dio media vuelta y se alejó, rompiendo ramas, hacia la oscuridad que anidaba debajo de los árboles.

-¡Póngase a cubierto! -aulló Sherrinford-. ¡Está fuera del campo protector!

Una especie de niebla la envolvió. Al disiparse, Barbro vio la nueva figura en el lindero del prado.

-¡Jimmy! -gritó.

-¡Mamá!


El niño extendió sus brazos. La luz de la luna iluminó sus lágrimas. Barbro dejó su arma y corrió hacia él.

Sherrinford salió en su persecución. Jimmy desapareció entre la maleza. Barbro siguió corriendo. Luego, alguien la cogió y huyó con ella.


De pie delante de su cautivo, Sherrinford aumentó la intensi­dad del panel fluorescente hasta que la visión del exterior quedó bloqueada desde dentro del vehículo. El muchacho parpadeó bajo aquel resplandor incoloro.

-Vas a hablar -dijo el hombre.

A pesar de la dureza que se reflejaba en sus facciones, su tono era tranquilo.

El muchacho se removió entre sus ligaduras. Tenía una magu­lladura en la mandíbula. Casi había recobrado la capacidad de huir mientras Sherrinford perseguía y perdía a la mujer. A1 regre­sar, el detective le había capturado de nuevo por muy poco. No era el momento de mostrarse blando, ya que en cualquier instante podían llegar refuerzos Outlings. Sherrinford le había golpeado en la mandíbula y le había arrastrado al interior del vehículo. Allí le había atado a un asiento metálico.

El muchacho escupió:

-¿Hablar contigo, hombre disfrazado?

Pero el sudor perlaba su piel, y sus ojos tenían una expresión asustada.

-Dime un nombre por el que pueda llamarte.

-¿Para que me eches un sortilegio?

-Yo me llamo Eric. Si no me das otra elección, tendré que llamarte... mmm... Wuddikins.

-¿Qué?

A pesar del cambio que había experimentado, el cautivo seguía siendo un adolescente humano.



-Mistherd, entonces.

El acento cantarín de su inglés subrayaba su hosquedad.

-Ése no es el sonido, solamente lo que significa. De todos modos, es mi nombre hablado, nada más.

-¡Ah! ¿De modo que tienes un nombre secreto que conside­ras que es el verdadero?

-Ella lo sabe. Yo lo ignoro. Ella sabe los nombres verdade­ros de todo el mundo.

Sherrinford enarcó las cejas.

-¿Ella?

-La que reina. Que ella me perdone, pero no puedo hacer la señal reverente teniendo los brazos atados. Algunos invasores la llaman la Reina del Aire y la Oscuridad.



-Ya.

Sherrinford cogió la pipa y el tabaco. Permaneció en silencio mientras llenaba la pipa y la encendía.

-Confieso que la Gente Antigua me ha cogido por sorpresa -dijo finalmente-. No esperaba tropezar con un miembro de tu banda tan formidable. Por lo que había podido averiguar, tenía la impresión de que los Outlings actuaban furtivamente sobre mi raza y la tuya a base de engaños y de alucinaciones.

Mistherd asintió con aire truculento.

-Ella creó los primeros nicors no hace mucho tiempo. No creas que ella tiene solamente encandilamientos en su pico.

-Estoy seguro. Sin embargo, un proyectil revestido de acero tampoco funciona mal, ¿no es cierto?

Sherrinford continuó, en voz baja, como si hablara para sí mismo:

-Sigo creyendo que los... los nicors, todos vuestros engen­dros semihumanos, están destinados principalmente a ser vistos, no utilizados. El poder de proyectar espejismos debe de ser segu­ramente muy limitado en alcance, así como en el número de indi­viduos que lo poseen. En caso contrario, ella no se vería obligada a actuar con tanta lentitud y tanta astucia. Incluso en el exterior de nuestro escudo protector, Barbro, mi compañera, podía haber resistido, podía haber tenido conciencia de que lo que estaba viendo era irreal..., si hubiese estado menos trastornada, menos frenética, menos impulsada por la necesidad.

Sherrinford envolvió su cabeza en humo.

-No importa lo que yo he experimentado -continuó-. No podía haber sido igual que para ella. Creo que se limitaron a ordenarnos: «Veréis lo que más deseáis en el mundo alejándose de vosotros en el bosque». Desde luego, ella no recorrió muchos metros antes de que el nicor la capturase. No confío en descubrir su rastro; no soy un explorador de la Ártica y, además, resultaría demasiado fácil tenderme una emboscada. Me quedas tú -aña­dió torvamente-; tú eres mi enlace con tu soberana.

-¿Crees que voy a guiarte a Starhaven o a Carheddin? No podrás obligarme a ello, hombre disfrazado.

-Quiero hacer un trato.

-Sospechaba algo por el estilo -dijo Mistherd con sorpren­dente malicia-. ¿Qué contaréis cuando regreséis a casa?

-Sí, eso plantea un problema, ¿verdad? Barbro Cullen y yo no somos unos colonos asustados. Somos de la ciudad. Hemos traído instrumentos de grabación. Seremos los primeros de nues­tra raza en informar de un encuentro con la Gente Antigua y ese informe será detallado y plausible. Producirá una enérgica acción.

-Por eso no temo morir -declaró Mistherd, aunque sus labios temblaban un poco-. Si permito que sigas adelante y hagas tus cosas-de-hombre a mi pueblo, no me quedará nada por lo que valga la pena vivir.

-No debes tener ningún temor inmediato -dijo Sherrin­ford-. Tú eres simplemente un cebo.

Se sentó y miró al muchacho a través de una visera de calma, mientras por dentro sollozaba: ¡Barbro, Barbro!

-Piensa un poco. Tu Reina no puede dejarme marchar, lle­vándome a mi prisionero, para que hable acerca de los suyos. Tie­ne que evitarlo como sea. Yo podría tratar de abrirme paso luchando: este vehículo está mejor armado de lo que imaginas; pero eso no liberaría a nadie. Por lo tanto, voy a quedarme. Nue­vas fuerzas suyas llegarán aquí lo antes que puedan. Supongo que no se lanzarán ciegamente contra una ametralladora, un obús, un lanzarrayos. Parlamentarán primero, sean honradas o no sus intenciones. Así estableceré el contacto que busco.

-¿Cuál es tu plan? -murmuró Mistherd, sin lograr disimular su angustia.

-En primer lugar, esto, como una especie de invitación.

Sherrinford extendió una mano y pulsó un interruptor.

-Ya está. He rebajado la intensidad del escudo protector contra la lectura de la mente y la proyección de formas. Me atre­vería a decir que los caudillos, al menos, serán capaces de captar­lo. Y eso les infundirá confianza.

-¿Y después?

-Después, esperaremos. ¿Quieres comer o beber algo?

Durante las horas que siguieron, Sherrinford trató de sonsa­car a Mistherd, descubrir algo acerca de su vida. Pero todas las respuestas que obtuvo fueron monosílabos. Apagó casi del todo las luces interiores y se instaló para atisbar hacia fuera. Fueron unas largas horas.

Terminaron con un grito de alegría, casi un sollozo, del muchacho. Del bosque llegaba una banda de la Gente Antigua. Algunos de ellos despedían una claridad que no era producida por las lunas ni por las estrellas. El que iba en vanguardia cabal­gaba sobre una especie de toro blanco cuyos cuernos estaban adornados con guirnaldas. Su forma era humanoide pero sobre­naturalmente bella, con los cabellos rubioplatino cayendo por debajo del yelmo astado, alrededor del rostro frío y altivo. La capa se agitaba detrás de su espalda como unas alas dotadas de vida. Su cota de malla de color de escarcha producía un sonido metálico.

Detrás de él, a derecha e izquierda, cabalgaban dos que lleva­ban espadas resplandecientes, flamígeras y centelleantes. Enci­ma, una grey volante reía, trinaba y se revolcaba en la brisa. Cer­ca de ellos se arrastraba una calígine semitransparente. Los otros que pasaban entre los árboles detrás de su caudillo resultaban más difíciles de identificar. Pero avanzaban airosamente como si les acompañara un sonido de arpas y trompetas.

-El gobernador Luighaid en persona -murmuró Mistherd en tono reverente.

Sherrinford no había hecho nunca nada más difícil que sentar­se ante el tablero principal, acercar el dedo al interruptor del generador del escudo... y no tocarlo. Enrolló una parte de tela del techo para permitir el paso de las voces. Una ráfaga de viento le golpeó en el rostro, cargada del perfume de las rosas en el jar­dín de su madre. A su espalda, en el cuerpo principal del vehícu­lo, Mistherd se tensó contra sus ligaduras hasta que pudo ver a la tropa que llegaba.

-Llámales -dijo Sherrinford-. Pregúntales si quieren hablar conmigo.

Palabras desconocidas y de sonido musical fueron y vinieron.

-Sí -tradujo el muchacho-. El gobernador Luighaid habla­rá contigo. Pero puedo decirte que no te dejarán marchar. No luches contra ellos. Ríndete. Te conviene. No sabrás lo que es estar vivo hasta que mores en Carheddin, bajo la montaña.

Los Outlings se acercaron.
Jimmy desapareció y Barbro se encontró retenida por unos fuertes brazos, contra un pecho poderoso, y sintió moverse el caballo debajo de ella. Tenía que ser un caballo, aunque en las granjas quedaban muy pocos de aquellos animales, destinados a usos especiales o conservados por afecto. Podía oír el rumor del follaje al ser hendido y el golpeteo seco de los cascos cuando el terreno era rocoso; una fragancia cálida y vigorosa la envolvía a través de la oscuridad.

El que la llevaba dijo suavemente:

-No temas, querida. Era una visión. Pero nos está esperando y pronto nos reuniremos con él.

De un modo vago, Barbro se dio cuenta de que debería sentir­se aterrorizada, o desesperada, o algo por el estilo. Pero sus recuerdos yacían detrás de ella... Ni siquiera estaba segura de cómo había llegado aquí. Sólo la sostenía el conocimiento de ser amada. Calma, calma, descansa en la tranquila espera de la felici­dad...

Poco después el bosque se abrió. Cruzaron una llanura en la que los peñascos se erguían grises y blancos bajo las lunas, con sus sombras cambiantes a los leves resplandores que la aurora pro­yectaba a través de ellos. Delante brillaba un picacho cuya cum­bre estaba coronada de nubes.

Los ojos de Barbro se fijaron en la cabeza del caballo y reco­nocieron al animal con callada sorpresa: era Sambo, que había sido suyo cuando era una niña. Levantó la mirada hacia el hom­bre. Llevaba una túnica negra y una capa con capucha que casi ocultaba su rostro. Ella no podía gritar en voz alta, aquí.

-Tim -susurró.

-Sí, querida.

-Yo te enterré...

La sonrisa del hombre fue infinitamente tierna.

-¿Crees que no somos más que lo que queda de nosotros bajo tierra? ¡Pobre corazón desgarrado! La que nos ha llamado tiene poder para curarlo todo. Ahora descansa y sueña.

-Soñar -dijo ella, y por un instante luchó para sobreponerse a sí misma.

Pero el esfuerzo fue débil. ¿Por qué tenía que creer en leyen­das acerca de átomos y energías, y sólo para llenar una brecha de vacío..., leyendas que no podía traer a su mente..., cuando Tim y el caballo que su padre le había regalado la llevaban hacia Jim­my? ¿No había sido lo otro el sueño maligno, del que ahora esta­ba despertando?

Como si oyera sus pensamientos, él murmuró:

-En la región de los Outlings tienen una canción. La Canción de los Hombres:
El mundo navegaba

hacia un viento invisible.

La luz remolinea junto a los arcos.

El despertar es noche.
»Pero los Moradores no tienen semejante tristeza.

-No comprendo -dijo ella.

Él asintió.

-Hay muchas cosas que tienes que comprender, querida, y no podré volver a verte hasta que hayas aprendido esas verdades. Pero, entre tanto, estarás con nuestro hijo.

Barbro trató de levantar la cabeza y besarle. Él la detuvo sua­vemente.

-Todavía no -dijo-. No has sido recibida entre la gente de la Reina. No tenía que haber venido a buscarte, pero ella fue demasiado misericordiosa para prohibirlo. Descansa, descansa.

El tiempo voló. El caballo galopaba incansablemente, sin tro­pezar nunca, monte arriba. En un momento determinado, Bar­bro entrevió una tropa que descendía y pensó que se dirigía a librar una última y fantástica batalla en el oeste contra... ¿quién? Alguien que permanecía encajado en hierro y pesar. Más tarde se preguntaría a sí misma el nombre del que la había traído a la tie­rra de la Antigua Verdad.

Finalmente se alzaron capiteles espléndidos entre las estrellas, las cuales son pequeñas y mágicas y cuyos susurros nos consuelan cuando estamos muertos. Entraron en un patio en el que ardían unas velas sin que su llama oscilara, susurraban los surtidores y cantaban los pájaros. El aire olía a gamarza y a rosas, ya que no todo lo que aquel hombre traía era horrible. Los Moradores espe­raban rodeados de belleza para darle la bienvenida. Más allá de su grandeza, los puks corveteaban a través del ocaso; entre los árboles corrían unos chiquillos; la alegría cantaba a través de una música más solemne.

-Hemos llegado...

Súbitamente, inexplicablemente, la voz de Tim fue un grazni­do. Barbro no estaba segura de cómo la desmontó. Se quedó de pie delante de él y le vio tambalearse.

La invadió el miedo.

-¿Estás bien? -inquirió, cogiéndole las manos.

Las encontró frías y rugosas al tacto. ¿Dónde estaba Sambo? Sus ojos investigaron debajo de la capucha. Con aquella brillante iluminación, tenía que haber visto claramente el rostro de su hombre. Pero aparecía borroso y cambiante.

-¿Qué pasa? ¡Oh! ¿Qué ha ocurrido?

Él sonrió. ¿Era aquélla la sonrisa que ella había amado? No pudo recordarlo del todo.

-Yo... tengo que... marcharme -tartamudeó, en voz tan baja que Barbro apenas pudo oírle-. No ha llegado aún nuestro momento.

Se desprendió de las manos de ella y se inclinó ante una forma vestida con un traje talar que había aparecido a su lado. Una especie de niebla remolineó sobre las cabezas de los dos.

-No me mires mientras me alejo..., fija la mirada en el suelo -suplicó-. Sería la muerte para ti. Hasta que llegue nuestro momento... ¡Allí, nuestro hijo!

Barbro miró a su alrededor. Arrodillándose, abrió sus brazos de par en par. Jimmy chocó contra ella como una sólida y caliente bala de cañón. Acarició los cabellos del niño; besó el hueco de su nuca; rió y sollozó y musitó palabras ininteligibles; y esto no era ningún fantasma, ningún recuerdo que se hubiera escabullido burlando su vigilancia. De vez en cuando, mientras comprobaba si el niño había sufrido algún daño -hambre, enfermedad, mie­do-, sin encontrar nada, miraba a su alrededor. Los jardines habían desaparecido. No importaba.

-Te he echado mucho de menos, mamá. Quédate.

-Te llevaré a casa, querido.

-Quédate. Aquí es muy divertido. Te lo enseñaré. Pero tie­nes que quedarte.

Un suspiro llegó a través del crepúsculo. Barbro se puso en pie. Jimmy se pegó a su mano. La Reina estaba delante de ellos.

Muy alta, con su túnica tejida con luces de septentrión y su corona de estrellas y sus guirnaldas de nunca-me-beses. Su figura recordaba a la Afrodita de Milos, cuyo retrato Barbro había visto a menudo en los reinos de los hombres, salvo que la Reina era más rubia y había más majestad en ella y en sus ojos azul-noche. Alrededor de ella los jardines despertaron a una nueva realidad, lo mismo que la corte de los Moradores y los capiteles que trepa­ban hacia el cielo.

-Sé bienvenida -dijo la Reina, y su voz era canción- para siempre.

Luchando contra su espanto, Barbro dijo:

-Madreluna, permítenos marchar a nuestro hogar.

-Eso no puede ser.

-A nuestro mundo, pequeño y amado -soñó Barbro que suplicaba-, que hemos construido para nosotros y para nuestros hijos.

-A días de prisión, noches de angustia, trabajos que se des­menuzan entre los dedos, amores que se convierten en podre­dumbre, pérdidas, pesares, y una sola seguridad: la de la nada final. No. También tú, Pies Vagabundos, te alegrarás cuando las banderas de nuestro mundo ondeen en la última de las ciudades y el hombre sepa lo que es estar completamente vivo. Ahora mar­cha con aquellos que te aleccionarán.

La Reina del Aire y la Oscuridad levantó un brazo, en un ges­to de apercibimiento. Pero no llegó ninguna respuesta.

Por encima de los surtidores y las melodías se alzó un horrible estruendo. Las explosiones se hicieron ensordecedoras. Los Outlings se dispersaron, gritando, ante el monstruo de acero que ascendía por la ladera de la montaña. Los puks desaparecieron en medio de un remolino de alas asustadas. Los nicors se lanzaron contra el inanimado invasor y fueron consumidos, hasta que su Madre les ordenó la retirada.

Barbro se arrojó al suelo, protegiendo a Jimmy con su cuerpo. Las torres oscilaron y se derrumbaron, envueltas en humo. La montaña quedó desnuda bajo las lunas heladas. Una ingente mul­titud corrió a buscar un refugio subterráneo. Algunos eran de sangre humana, otros grotescos como los puks, los nicors y los espectros; pero la mayoría eran delgados, escamosos, con largas colas y largos picos, ni remotamente humanos ni Outlings.

Por un instante, incluso mientras Jimmy gemía contra su pecho -quizá tanto porque el encanto se había roto como porque tenía miedo-, Barbro compadeció a la Reina, que permanecía erguida y solitaria en su desnudez. Luego, también ella desapare­ció.

Las armas enmudecieron; el vehículo se detuvo. De su inte­rior saltó un muchacho que gritó salvajemente:

-Sombra-de-un-Sueño, ¿ dónde estás? Soy yo, Mistherd. ¡Oh, vamos, vamos!

De pronto recordó que el lenguaje que habían aprendido no era el del hombre. Repitió su 1lamada en aquel otro lenguaje has­ta que una muchacha surgió de una espesura en la que se había ocultado. Se miraron a través del polvo, del humo y del resplan­dor de la luna. Ella corrió hacia él.

Una nueva voz ladró desde el vehículo:

-¡Barbro, aprisa!
Christmas Landing conoció el día: corto en aquella época del año, pero soleado, cielos azules, nubes blancas, agua coruscante, brisas salobres en las concurridas calles, y el mismo desorden en el cuarto de estar de Eric Sherrinford.

Sherrinford cruzó y descruzó las piernas, chupó furiosamente su pipa como para formar un velo delante de su rostro, y dijo:

-¿Está segura de que se ha repuesto? No debe arriesgarse a esfuerzos excesivos...

-Estoy perfectamente -respondió Barbro Cullen, aunque su tono parecía demostrar lo contrario-. Todavía cansada, sí, y reflejándolo en mi aspecto, sin duda. No se pasa por semejante experiencia sin que queden huellas que no pueden borrarse en una semana. Pero estoy de pie y animada. Y, para ser sincera, tengo que saber lo que ocurrió, lo que va a pasar, para quedar completamente tranquila y recobrar todas mis fuerzas. No he vis­to una sola noticia en ninguna parte.

-¿Ha hablado con otras personas del asunto?

-No. Me he limitado a decirles a mis visitantes que estaba demasiado agotada para hablar. Y no faltaba del todo a la ver­dad. Supuse que habría algún motivo para el silencio.

Sherrinford pareció aliviado.

-Buena chica. Ha sido a petición mía. Imagine la sensación que se producirá cuando esto se haga público. Las autoridades están de acuerdo en que necesitan tiempo para estudiar los hechos y discutirlos en una atmósfera tranquila, evitando los his­terismos de los primeros momentos. -Frunció ligeramente los labios-. Además, sus nervios y los de Jimmy tendrán ocasión de templarse antes de que caiga sobre ustedes la tormenta periodísti­ca. ¿Cómo está el niño?

-Muy bien. Continúa reprochándome que no le deje ir a jugar con sus amigos en el Lugar Maravilloso. Pero, a su edad, no tardará en olvidar.

-Puede encontrarse con ellos más tarde, de todos modos.

-¿Qué? ¿Acaso no...? -Barbro se removió en su asiento-. Yo también he olvidado. Apenas recuerdo nada de nuestras últi­mas horas. ¿Se trajo usted algunos humanos raptados?

-No. La impresión que recibieron fue suficientemente fuer­te, sin necesidad de recluirlos en una..., una institución. Mis­therd, que es básicamente un joven sensible, me aseguró que se las arreglarán para sobrevivir, hasta que el problema se resuelva. -Sherrinford vaciló-. No sé cuál podrá ser la solución. Nadie puede saberlo, tal como están las cosas. Pero, evidentemente, tie­ne que tender a la reinserción de aquellas personas en la raza humana, o de la mayoría de ellas, especialmente las que no han alcanzado la edad adulta. Aunque es posible que no se sientan a gusto en la civilización. Tal vez sea mejor así en un sentido, dado que necesitaremos algún tipo de enlace mutuamente aceptable con los Moradores.

Su modo impersonal de tratar la cuestión les tranquilizó a los dos. Barbro se sintió con fuerzas para decir:

-Me porté como una tonta, ¿verdad? Recuerdo cómo grité y golpeé mi cabeza contra el suelo.

-¿Por qué no?

Sherrinford contempló a la mujer y a su orgullo unos instan­tes. Luego se puso en pie, se acercó a ella y posó una mano sobre su hombro.

-La engañaron a usted apelando al más profundo de sus ins­tintos, en un momento de horrible pesadilla. Más tarde, mientras aquel monstruo herido la transportaba, crearon la ilusión de otro ser, alguien que podía saturar sus fuerzas neuropsíquicas al borde del desequilibrio. Encima de esto, mi llegada, la repentina y bru­tal eliminación de todas las alucinaciones debió de resultar aniquila­dora. No es extraño que gritara usted de dolor. Antes de hacerlo, sin embargo, puso a salvo a Jimmy en el interior del vehículo, subió también usted y no me estorbó lo más mínimo.

-¿Qué hizo usted?

-Bueno, conducir con la mayor rapidez posible. Al cabo de varias horas, las condiciones atmosféricas me permitieron llamar a Portolondon y pedir un avión con urgencia. No es que fuera de necesidad vital. ¿Qué posibilidad tenía el enemigo de detener­nos? Ni siquiera lo intentaron... Pero el rápido traslado resultó beneficioso.

-Imaginé que eso es lo que debió de ocurrir -dijo Barbro-. No, me refería a cómo nos encontró en aquella región descono­cida.

Sherrinford se apartó un poco de ella.

-Mi prisionero fue mi guía. No creo que yo matara a ninguno de los Moradores que vinieron a negociar conmigo. Espero que no. El vehículo se abrió paso simplemente a través de ellos, tras un par de disparos de advertencia, y luego los dejó atrás. Acero y combustible contra carne: el desenlace no ofrecía duda. En la en­trada de la caverna tuve que liquidar a unos cuantos de aquellos seres extravagantes. No me siento orgulloso de ello. -Permane­ció silencioso unos instantes-. Pero usted estaba cautiva -aña­dió finalmente-. Y yo no podía saber lo que pretendían hacerle.

-¿Cómo consiguió que... el muchacho... cooperase?

Sherrinford se acercó a la ventana y tendió la mirada hacia el Océano Boreal.

-Desconecté el escudo protector de la mente -dijo-. Dejé que los suyos se aproximaran, en pleno esplendor de ilusión. Lue­go conecté el escudo, y ambos los vimos en su verdadera forma. Mientras nos dirigíamos hacia el norte, le expliqué a Mistherd cómo los de su raza y él habían sido engañados, utilizados, situa­dos en un mundo que nunca existió. Le pregunté si deseaba vivir de ese modo, si deseaba que su ser amado siguiera viviendo de aquella manera, hasta morir como animales domésticos: sí, corriendo en libertad limitada sobre sólidas colinas, pero devuel­tos siempre a la perrera del sueño. -Su pipa humeó furiosamen­te-. Ojalá no vuelva a ver nunca una amargura semejante. Le habían enseñado a creer que era libre.

Retornó el silencio, por encima del tránsito héctico. Carlo­magno se acercó más al ocaso; por el este empezaba a oscurecer. Finalmente, Barbro preguntó:

-¿Sabe usted por qué?

-¿Por qué raptaban y criaban así a los niños? En parte por­que ello figuraba en el patrón que los Moradores estaban crean­do; en parte para estudiar y experimentar con miembros de nues­tra especie: con sus mentes, no con sus cuerpos; y en parte porque los humanos poseen facultades especiales que podían ser útiles, tales como su capacidad para soportar la luz del día en toda su intensidad.

-Pero ¿cuál era el objetivo final de todo eso?

Sherrinford echó a andar de un lado para otro.

-Desde luego -dijo-, las motivaciones de los aborígenes son oscuras. Lo único que podemos hacer es suponer cómo pien­san, prescindiendo de cómo sienten. Pero nuestras ideas parecen encajar con los hechos.

»¿Por qué se ocultan del hombre? Sospecho que ellos, o más bien sus antepasados -ya que no son duendes, sino seres morta­les y falibles como nosotros-, sospecho que los nativos sólo se mostraron cautelosos al principio, más cautelosos que los huma­nos primitivos, aunque algunos de estos últimos se mostraban también muy reacios a dejarse ver por los extranjeros. Espiando, acechando mentalmente, los Moradores de Roland debieron de captar lo suficiente para llegar a la conclusión de que el hombre era muy distinto a ellos, y muy poderoso; y que no tardarían en llegar otras naves cargadas de colonos. No se les ocurrió que podrían conservar sus tierras. Quizá son todavía más rabiosamen­te territoriales que nosotros. Decidieron luchar, a su manera. Me atrevería a decir que cuando empecemos a penetrar en su menta­lidad, nuestra ciencia psicológica se verá abocada a una revolu­ción como la que desencadenó Copérnico en el campo de la astro­nomía.

»Y eso no es lo único que aprenderemos -continuó, ahora con visible entusiasmo-. Tienen que haber desarrollado una ciencia propia, una ciencia no humana nacida en un planeta que no es la Tierra. Porque nos observaron tan profundamente como nunca nos hemos observado nosotros mismos; montaron un plan contra nosotros, un plan que hubiera tardado un siglo o incluso más en quedar completado. Bueno, ¿qué más sabían? ¿Cómo mantenían su civilización sin agricultura visible, sin edificios por encima del suelo, ni minas, ni nada? ¿Cómo podían crear especies completamente nuevas? ¡Un millón de preguntas, diez millones de respuestas!

-¿Podemos aprender algo de ellos? -preguntó Barbro en voz baja-. ¿O sólo podemos, como ellos temen, dominarlos?

Sherrinford se levantó, apoyó un codo en la repisa de la chi­menea, chupó pensativamente su pipa y respondió:

-Confío en que nos mostraremos más caritativos que todo eso con un enemigo derrotado. Es lo que ellos son. Intentaron conquistarnos, y fracasaron, y ahora estamos comprometidos en cierto sentido a conquistarlos, para que se reconcilien con la civi­lización de la máquina. A1 fin y al cabo, nunca se portaron con nosotros de un modo tan atroz como nos portamos nosotros con nuestros compañeros hombres en el pasado. Y, repito, podrían enseñarnos cosas maravillosas; y también nosotros podríamos enseñárselas a ellos, una vez hayan aprendido a ser menos intole­rantes con un sistema de vida distinto.

-Supongo que podríamos proporcionarles una reserva -dijo Barbro, y no supo por qué Sherrinford replicaba tan bruscamente:

-¡Dejémosles el honor que se han ganado! Ellos lucharon para salvar el mundo que siempre habían conocido contra eso -hizo un gesto señalando la ciudad-, exactamente lo mismo que habríamos hecho nosotros en su caso. -Suspiró-. Sin embargo, supongo que si ellos hubiesen triunfado, el hombre hubiera terminado por desaparecer de Roland..., pacíficamente, incluso felizmente. Nosotros vivimos con nuestros arquetipos, pero ¿podemos vivir en ellos?

Barbro sacudió la cabeza.

-Lo siento, no comprendo.

-¿Qué?

Sherrinford la miró con aire de sorpresa. Luego se echó a reír.



-Estúpido de mí. He explicado esto a tantos políticos, y cien­tíficos, y comisionados, y Dios sabe qué, estos últimos días, que olvidé que no se lo había explicado a usted. Fue una idea mía más bien vaga, mientras estábamos viajando, y no me gusta exponer ideas prematuramente. Ahora que hemos encontrado a los Outlings y les hemos visto en acción, me siento seguro.

Golpeó la cazoleta de su pipa contra la repisa.

-En una medida limitada -continuó-, yo he utilizado un arquetipo durante toda mi vida profesional. El detective racional. No ha sido una postura consciente, sino una simple imagen que se adaptaba a mi personalidad y a mi estilo profesional. Pero provo­ca una respuesta adecuada de la mayoría de la gente, hayan oído hablar o no del original. El fenómeno no es infrecuente. Conoce­mos personas que, en grado diverso, nos recuerdan a Cristo, a Buda o, en un plano menos elevado, a Hamlet o a D'Artagnan. Históricas, ficticias y míticas, tales figuras cristalizan aspectos básicos de la psique humana, y cuando nos encontramos con ellas en nuestra experiencia real, nuestra reacción se hace más profun­da que la conciencia.

Su tono volvió a hacerse grave:

-El hombre crea también arquetipos que no son individuos. El Alma, la Sombra... y, al parecer, el Más Allá. El mundo de magia, de encanto, con el doble sentido que tiene el vocablo, de seres semihumanos, algunos como Ariel y algunos como Calibán, pero todos libres de fragilidades y pesares mortales: en conse­cuencia, tal vez un poco crueles y bastante embaucadores; vivien­do en la oscuridad y a la luz de la luna, no verdaderos dioses sino obedientes a gobernantes lo bastante enigmáticos y poderosos para serlo... Sí, nuestra Reina del Aire y la Oscuridad sabía per­fectamente qué visiones debía dar a las personas solitarias, qué ilusiones debía tejer en torno a ellas de vez en cuando, qué can­ciones y leyendas debía implantar entre ellas. Me pregunto hasta qué punto la Reina y sus secuaces conocían los cuentos de hadas humanos, hasta qué punto aportaron su propia inventiva, y hasta qué punto los hombres lo recrearon todo, inconscientemente, a medida que la sensación de vivir en el borde del mundo penetraba en ellos.

Las sombras empezaron a invadir la habitación. El frío se hizo más intenso y los ruidos del tráfico menos audibles. Barbro pre­guntó en voz baja:

-Pero, ¿a qué podía conducir esto?

-En muchos aspectos -respondió Sherrinford-, el colono del interior ha vuelto a los siglos del oscurantismo. Tiene pocos vecinos, apenas recibe noticias de más allá de su horizonte, lucha por sobrevivir en una tierra que no comprende del todo, que cual­quier noche puede dejar caer sobre él imprevisibles desastres. La civilización mecánica que le legaron sus antepasados resulta frágil aquí, en el mejor de los casos. Puede perderla, del mismo modo que las naciones perdieron Grecia y Roma en los siglos del oscu­rantismo. Manipulado de un modo prolongado, intenso y astuto por el Otro Mundo, arquetípico, llegará a creer ciegamente que la magia de la Reina del Aire y la Oscuridad es superior a la energía de los motores; y primero su fe, y finalmente sus actos la seguirán a ella. ¡Oh!, no ocurriría con mucha rapidez. Idealmente, ocurri­ría con demasiada lentitud para ser observado, especialmente por la gente de la ciudad satisfecha de sí misma. Y cuando se dieran cuenta sería demasiado tarde.

Barbro suspiró.

-Ella me dijo que cuando sus banderas ondearan sobre la última de nuestras ciudades nos alegraríamos.

-Es posible -admitió Sherrinford-. Sin embargo, yo creo en el derecho a escoger el propio destino.

Sacudió su cuerpo, como si se desprendiera de una pesada car­ga. Golpeó de nuevo la cazoleta de su pipa y se desperezó, mús­culo a músculo.

-Bueno -dijo-, todo eso no va a ocurrir.

Ella le miró directamente a los ojos.

-Gracias a usted.

El rubor inundó las flacas mejillas de Sherrinford.

-Con el tiempo, estoy seguro de que cualquier otro lo hubie­ra hecho... Lo que importa es lo que haremos a continuación, y ésa es una decisión demasiado importante para ser adoptada por un hombre o una generación.

Barbro se puso en pie.

-A menos que la decisión sea personal, Eric -sugirió, sintiendo el calor en su propio rostro.

Resultó curioso ver a Sherrinford súbitamente tímido.

-Tenía la esperanza de que volveríamos a encontrarnos.

-Una esperanza que no se verá defraudada.


Ayoch estaba posado sobre el Túmulo de Wolund. Aurora brillaba tanto, despidiendo tales haces de luz, que casi ocultaba a las lunas menguantes. Los capullos de los estramonios habían caí­do; unos cuantos resplandecían aún alrededor de las raíces de los árboles, entre gamarzas secas que crujían bajo el pie y olían a madera quemada. El aire continuaba siendo cálido, pero en el horizonte no quedaba ya ningún resplandor.

-Adiós, buena suerte -gritó el puk.

Pero Mistherd y Sombra-de-un-Sueño no volvieron la mirada. Fue como si no se atrevieran a hacerlo. Se alejaron hasta perderse de vista, en dirección al campamento humano cuyas luces parpa­deaban como estrellas nuevas allá a lo lejos, al sur.

Ayoch se demoró unos instantes. Sentía que debía ofrecer también una despedida a la que últimamente se había unido a él en aquel sueño en el dolmen. Seguramente nadie volvería a reu­nirse aquí por motivos de amor o de magia. Pero sólo pudo recor­dar un antiguo verso que sirviera para la ocasión.

Se irguió y trinó:
De su seno

ascendió un capullo.

El verano lo agostó.

La canción ha terminado.
Luego extendió sus alas para el largo vuelo final.


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