La cuarta vez



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Allí me encontré con una risa juvenil.

-¡Vaya, hombre! Parece como si hubieras hecho algo que no debieras.

-¿Halcón? -le pregunté a la sombra.

Estaba aún en la edad en que un par de años de ausencia re­presentaban tres centímetros más de estatura.

-¿Todavía rondas por aquí? -le pregunté.

-A veces.

Era un chico sorprendente.

-Mira, Halcón, voy a largarme de aquí. Miré hacia atrás; el jaleo continuaba.

-De acuerdo. -Dio un paso adelante-. ¿Puedo ir yo tam­bién?

Una pregunta absurda.

-Desde luego. Vamos.


A la luz de un farol, media manzana más allá, vi que sus cabe­llos continuaban siendo de un rubio ceniza. Llevaba una chaqueta negra y sucia, sin camisa debajo de ella, y unos tejanos negros,

también muy sucios; iba descalzo. Cuando llegamos a la esquina, levantó hacia mí sus ojos verdes y me dirigió una amistosa sonri­sa. Por si no le han reconocido ustedes, el que andaba a mi lado junto al río Hudson era Halcón el Cantante.

-¿Cuánto hace que has regresado? -me preguntó.

-Unas horas.

-¿Qué has traído?

-¿De veras quieres saberlo?

Hundió las manos en los bolsillos y asintió con la cabeza.

-Desde luego.

Emití el chasquido de un adulto exasperado por un chiquillo.

-De acuerdo -dije. Habíamos estado andando a lo largo del muelle; no había nadie a la vista-. Siéntate.

De modo que se instaló en el borde del muelle, con un pie col­gando sobre el negro Hudson. Me senté frente a él y deslicé el pulgar por el lateral de mi maletín.

Halcón se inclinó hacia mí.

-¡Vaya! -Sus ojos verdes me interrogaron-. ¿Puedo tocar­lo?

Me encogí de hombros.

-Adelante.

Escarbó con unos dedos que eran todo nudillos y uñas mordi­das. Cogió dos, los soltó, cogió otros tres.

-¡Vaya! -susurró-. ¿Cuánto vale todo eso?

-Diez veces más de lo que espero conseguir. Y he de librar­me de ellos rápidamente.

Halcón contempló su pie colgante.

-Siempre te queda el recurso de echarlos al río.

-No seas imbécil. Estaba buscando a un tipo que solía acudir a aquel bar. Era muy eficiente.

El muchacho emitió un murmullo en la oscuridad.

-Pero esta noche no está en forma -continué-. Un chasco para mí. No creí que pudiera hacerse cargo de todo, pero al me­nos podría haberme presentado a alguien que se quedara la mer­cancía.

Halcón se irguió ligeramente.

-Esta noche voy a asistir a una fiesta -dijo-. Creo que allí podrías venderlo. Alexis Spinnel da una fiesta en honor de Regi­na Abolafia en la Cumbre de la Torre.

-¿En la Cumbre de la Torre?

Había transcurrido mucho tiempo desde que iba por allí con Halcón. La Cocina del Diablo a las diez; la Cumbre de la Torre a medianoche...

-Voy a ir porque Edna Silem estará allí.

Edna Silem era la decana de las Cantantes de Nueva York.

El nombre de la Senadora Abolafia había discurrido por de­lante de mis ojos en lo alto del edificio de Communication, Inc. Y en alguna de las revistas que había ojeado mientras regresaba de Marte recordaba haber leído el nombre de Spinnel asociado con un fabuloso montón de dinero.

-Me gustaría ver a Edna otra vez -dije-. Pero ella no se acordará de mí.

La gente como Spinnel y su clase social se dedica a un peque­ño juego, como había descubierto durante la primera época de mi relación con Halcón. El que consigue reunir más Cantantes de la Ciudad bajo un mismo techo gana. Hay cinco Cantantes de Nue­va York (un empate para el segundo puesto con Lux, de Iapetus). Tokio va en cabeza, con siete.

-¿Es una fiesta con dos Cantantes? -inquirí.

-Probablemente con cuatro... si voy yo.

Al baile inaugural del mandato del alcalde habían asistido cuatro.

Enarqué una ceja.

-Tengo que recoger la Palabra de Edna -dijo Halcón-. Esta noche cambia.

-De acuerdo. No sé qué te traes entre manos, pero voy a ju­gar.

Cerré el maletín.

Retrocedimos en dirección a Times Square. Cuando llegamos a la Octava Avenida y al primero de los pavimentos de plastiplex, Halcón se detuvo.

-Espera un momento -dijo. Luego se abotonó la chaqueta hasta el cuello-. Vamos.

Andar por las calles de Nueva York con un Cantante (dos años antes había pasado mucho tiempo preguntándome si era prudente para un hombre de mi profesión) es probablemente el mejor camuflaje posible para un hombre de mi profesión. Piensen en la última vez que vieron a su estrella favorita doblando la es­quina de la calle Cincuenta y Siete. Sean sinceros: ¿reconocerían al tipo de la chaqueta de lana que andaba medio metro detrás de él?

La mitad de las personas con las cuales nos cruzamos en Times Square reconocieron a Halcón. Con su atavío fúnebre, sus pies negros y su cabello rubio ceniza, era indiscutiblemente el más es­pectacular de los Cantantes. Sonrisas; ceños fruncidos; muy po­cos señalando o mirando fijamente, en realidad.

-Concretemos: ¿quién habrá allí que pueda hacerse cargo de esta mercancía?

-Bueno, Alexis se jacta de ser un aventurero. Es posible que su fantasía se sienta excitada. Y él puede darte más de lo que con­seguirías vendiéndolo a hurtadillas en la calle.

- ¿Le dirás que se trata de una mercancía peligrosa?

-Eso hará que la idea le parezca mucho más interesante. Es un tipo retorcido.

Bajamos al sub-Metro. El hombre de la taquilla empezó a to­mar la moneda de manos de Halcón, luego alzó la mirada. Inició tres o cuatro palabras que resultaban ininteligibles a través de su sonrisa y nos hizo un gesto para que pasáramos.

-¡Oh! -dijo Halcón-. Muchas gracias.

Habló en tono de maravillada sorpresa, como si fuera la pri­mera vez que le ocurría algo semejante. Dos años antes me había dicho: «En cuanto dé a entender que espero que suceda, dejará de ocurrir». Yo estaba impresionado aún por su modo de «llevar» la celebridad. (Cuando conocí a Edna Silem y le hablé de ello, me dijo, con la misma ingeniosidad: «Precisamente por eso nos han elegido».)

En el cromado vagón nos sentamos en el asiento más largo. Halcón mantenía las manos pegadas a los costados, un pie repo­sando sobre el otro. Delante de nosotros, un grupo de jovencitas que mascaban chicle y llevaban unas espectaculares blusas trans­parentes dejaron oír unas risitas, y señalaron disimuladamente. Halcón no las miró.

Del vagón al ascensor.

Arriba de nuevo.

En la calle lloviznaba.

-De haber sabido que iba a acompañarme alguien, le hubie­se dicho a Alex que nos enviara un automóvil. Le dije que había tantas probabilidades de que fuera como de lo contrario.

-Entonces, ¿crees que será oportuna mi presencia allí?

-¿No estuviste ya una vez conmigo?

-Estuve allí incluso antes de ir contigo. Pero sigo pensan­do...

Halcón me dirigió una mirada burlona. Bueno, Spinnel esta­ría encantado de recibir a Halcón en su fiesta, aunque se presen­tara con toda una pandilla de forajidos; los Cantantes son famo­sos por ese tipo de cosas. Con un ladrón más o menos presenta­ble, Spinnel no tendría nada que objetar.

No tardamos en llegar a la Torre. Un edificio inmenso, que amenazaba a las nubes más bajas.

-Halcón el Cantante -murmuró Halcón al micrófono insta­lado a un lado de la verja.

Se oyó un clang. Echamos a andar por el sendero hacia las puertas de cristal.

En el centro del vestíbulo había un grupo de hombres y muje­res vestidos de etiqueta. Nos vieron de lejos y fruncieron el ceño ante el aspecto del tipo que se acercaba a ellos. (Por un instante, creí que una de las mujeres era Maud, debido a que llevaba un vestido de gasa; pero volvió la cabeza: debajo de su velo, su cara era tan oscura como el café tostado.) Uno de los hombres recono­ció a Halcón y dijo algo a los demás. Cuando pasamos por delante de ellos estaban sonriendo.

Halcón les dedicó la misma atención que había dedicado a las chicas del sub-Metro. Pero, unos pasos más adelante, susurró en mi oído:

-Uno de esos tipos se te ha quedado mirando.

-Sí, ya me he dado cuenta.

-¿Sabes por qué?

-Estaba tratando de recordar dónde y cuándo nos habíamos visto antes.

-¿Le habías visto tú?

Asentí.


-En el mismo lugar donde te conocí a ti, cuando acababa de salir de la cárcel. Ya te he dicho que había estado aquí antes de venir contigo.

-¡Oh!


Una alfombra azul cubría las tres cuartas partes del vestíbulo. El resto estaba ocupado por una piscina, rodeada por unos trípo­des en lo alto de los cuales llameaban unos braseros. El techo y las paredes estaban alicatados con pequeños espejos.

La puerta del ascensor plegó alrededor de nosotros sus dora­dos pétalos. Experimenté la sensación de que no nos movíamos mientras setenta y cinco pisos iban quedando debajo de nosotros.

La terraza era un inmenso jardín. Un hombre muy broncea­do, muy rubio, ataviado con una blusa de color albaricoque, bajó de las rocas (artificiales) entre los helechos (naturales) que cre­cían a lo largo del arroyo (agua natural; corriente artificial).

-¡Hola! ¡Hola! -Pausa-. Me alegro muchísimo de que te hayas decidido a venir, después de todo. -Pausa-. Por un mo­mento llegué a creer que no vendrías.

Las pausas tenían como objeto permitir que Halcón me pre­sentara. Yo iba vestido de un modo que no permitía a Spinnel adivinar si era un premio Nobel con el cual había estado cenando Halcón, o un mangante cuyos modales y cuya moral eran incluso peores que los míos.

-¿Me permites la chaqueta? -dijo Alexis.

Lo cual significaba que no conocía a Halcón tan bien como a él le hubiese gustado que creyera la gente. Pero supongo que era lo bastante sensible como para captar en la expresión del rostro de Halcón que debía olvidar su ofrecimiento.

Me saludó con un gesto, sonriendo -hasta el punto que pudo sonreír-, y echamos a andar hacia los reunidos.

Edna Silem estaba sentada en un gran almohadón transparen­te. Inclinada hacia adelante, sostenía un vaso de cristal tallado con ambas manos y discutía de política con la gente sentada sobre la hierba delante de ella. Fue la primera persona a la que reconocí (cabellos de plata barnizada; voz de virutas de bronce). Surgien­do de los puños de su traje de corte masculino, sus arrugadas ma­nos aparecían recargadas de piedras y plata. Mientras volvía la mirada hacia Halcón, vi a media docena de personajes cuyos nombres/rostros vendían revistas, música y enviaban a la gente al teatro (el crítico teatral de Delta, por ejemplo); estaba incluso el matemático de Princeton que hacía unos meses había adquirido tanta notoriedad con la explicación «quasar/quark».

Había una mujer en la cual me fijé de un modo especial. A la tercera mirada la reconocí como a la más prometedora de los can­didatos Neo-Fascistas a la Presidencia. La Senadora Abolafia. Mantenía los brazos cruzados y escuchaba atentamente la discu­sión, que se había reducido a Edna y a un joven de aspecto bovino cuyos ojos aparecían irritados, quizá por una reciente adquisición de lentillas de contacto.

-Pero ¿no cree usted, señora Silem...?

-Antes de hacer predicciones de ese tipo, debe usted recor­dar...

-Señora Silem, he visto estadísticas que...

-Debe usted recordar -insistió Edna; su voz se tensó y bajó de tono, hasta que el silencio entre las palabras resultó tan rico como la voz áspera y metálica- que si todo fuera conocido, los cálculos estadísticos serían innecesarios. La ciencia de la probabi­lidad da expresión matemática a nuestra ignorancia, no a nues­tros conocimientos.

Yo pensaba que aquello suponía un interesante complemento de la conferencia de Maud, cuando Edna levantó la mirada y ex­clamó:

-¡Vaya! ¡Halcón!

Todo el mundo volvió la cabeza.

-Me alegro de verte -prosiguió Edna, y luego llamó-: Le­wis, Ann.

Había ya otros dos Cantantes allí (él moreno, ella pálida, los dos muy delgados; sus rostros le hacían pensar a uno en unas charcas de aguas inmóviles y muy claras; marido y mujer, se ha­bían convertido en Cantantes el día anterior a su boda, hacía siete años).

-Halcón no nos ha abandonado, después de todo -añadió Edna. Se puso en pie, extendió su brazo hacia las personas que estaban sentadas y dijo-: Halcón, aquí hay unos individuos que discuten conmigo de algo que tú conoces mucho mejor que yo. Ahora estarás de mi parte, ¿verdad?

-Señora Silem, no he querido... -se oyó desde el suelo. Luego los brazos de Edna giraron seis grados, y sus dedos, sus ojos y su boca se abrieron.

-¡Tú! -Se refería a mí-. ¡Querido, eres la última persona que hubiera esperado encontrar aquí! Han pasado casi dos años, ¿no es cierto?

Bendita Edna; el lugar donde ella, Halcón y yo habíamos pa­sado una larga velada juntos, bebiendo cerveza, era mucho más parecido al bar que acababa de dejar que a la Cumbre de la Torre.

-¿Dónde te habías metido? -preguntó.

He pasado la mayor parte del tiempo en Marte -admití-. Lo cierto es que he llegado hoy mismo.

Resulta muy divertido poder decir cosas como ésa en un lugar como aquél.

-Halcón... y tú..., los dos -(lo cual significaba que había ol­vidado mi nombre, o que me recordaba lo suficiente como para no querer recordarlo) -, venid aquí y ayudadme a consumir el ex­celente licor de Alexis.

Traté de conservar la seriedad mientras andábamos hacia ella. Si Edna recordaba la clase de negocios a que me dedicaba, segu­ramente estaría disfrutando del momento tanto como yo.

En el rostro de Alexis apareció una expresión de alivio; ahora sabía que yo era alguien, aunque no supiera qué alguien era.

A1 pasar por delante de Lewis y Ann, Halcón dirigió a los dos Cantantes una de sus luminosas sonrisas. Ellos de devolvieron unas sonrisas veladas. Lewis hizo un gesto con la cabeza. Ann alzó una mano para tocar el brazo de su marido, pero no comple­tó el movimiento; y los reunidos se dieron cuenta de aquel inter­cambio.

Después de informarse de lo que queríamos beber, Alex esta­ba preparándolo en unos grandes vasos con hielo triturado, cuan­do el joven de ojos irritados tomó de nuevo la palabra:

-Entonces, señora Silem, ¿qué es lo que puede oponerse, en su opinión, a tales abusos políticos?

Regina Abolafia llevaba un vestido de seda blanco; uñas, la­bios y cabellos eran del mismo color, y sobre su pecho lucía un broche de cobre cincelado. Siempre me ha fascinado el espectáculo de una persona acostumbrada a ser el centro de la atención general y dejada a un lado. Ahora, la Senadora hacía girar el vaso entre sus dedos, escuchando.

-Yo me opongo a ellos -dijo Edna-. Halcón se opone a ellos. Lewis y Ann se oponen a ellos. Nosotros, en definitiva, so­mos lo que ustedes tienen.

Su voz había adquirido aquella autoritaria resonancia que sólo los Cantantes pueden asumir.

De repente, la risa de Halcón rompió la tensión del momento. Nos volvimos.

Halcón estaba sentado, con las piernas cruzadas.

-Mirad... -susurró.

Las miradas de los reunidos siguieron la suya. Estaba obser­vando a Lewis y a Ann. Ella, alta y rubia, y él, moreno y más alto aún, estaban de pie, un poco nerviosos, con los ojos cerrados (los labios de Lewis estaban entreabiertos).

-¡Oh! -susurró alguien-. Van a...

Miré a Halcón, porque nunca había tenido ocasión de obser­var a un Cantante mientras otro cantaba. Halcón unió las plantas de sus pies, se agarró los pulgares y se inclinó hacia adelante; unas venas trazaron unos ríos azules sobre su cuello. El botón del cue­llo de su chaqueta se había soltado. Sobre su clavícula se veían los extremos de dos cicatrices. Tal vez fui el único que se dio cuenta.

Vi que Edna soltaba su vaso con una expresión de anticipado orgullo. Alex, que había puesto en marcha el autobar para obte­ner más hielo triturado, alzó la mirada, se dio cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir y desconectó la máquina. El autobar que­dó en silencio. Una brisa (artificial o auténtica, no podría decirlo) sopló suavemente entre los árboles.

Primero uno, después otra, luego a dúo, Lewis y Ann canta­ron.

Los Cantantes son personas que miran las cosas y luego cuen­tan a la gente lo que han visto. Lo que les convierte en Cantantes es su habilidad para conseguir que la gente escuche. Es la mejor explicación supersimplificada que puedo dar. A los ochenta y seis años, El Posado, en Río de Janeiro, vio derrumbarse un bloque de pisos, corrió a la avenida del Sol y empezó a improvisar, con rima y ritmo, las polvorientas mejillas llenas de lágrimas, en me­dio de la soleada calle. Centenares de personas se detuvieron a escucharle; luego un centenar más; y otro centenar. Y ellas conta­ron a otros centenares lo que habían oído. Tres horas más tarde, centenares de aquellas personas habían llegado al escenario del suceso con mantas, comida, dinero, palas y, lo que resulta más in­creíble, con la voluntad y la capacidad de organizarse por sí mis­mas y trabajar con aquella organización. Ningún reportaje tridi­mensional de un desastre ha producido nunca ese tipo de reacción.

El Posado está considerado históricamente como el primer Cantante. El segundo fue una mujer, Miriamne, en la ciudad ta­chada de Lux. Por espacio de treinta años recorrió las calles de metal cantando las glorias de los anillos de Saturno; los coloniza­dores no pueden mirarlos sin ayuda, debido a los rayos ultraviole­ta que desprenden los anillos. Pero Miriamne, con sus extrañas cataratas, andaba cada amanecer hasta el borde de la ciudad, mi­raba, y regresaba a cantar lo que había visto. Todo lo cual no hu­biese significado nada de no ser porque, durante los días en que ella no cantaba -por estar enferma, o como en aquella ocasión en que se encontraba visitando otra ciudad hasta la cual se había extendido su fama-, la Bolsa de Lux experimentaba un bajón, y el número de delitos con violencia aumentaba. Nadie podía expli­car aquello. Lo único que pudieron hacer fue proclamar a Mi­riamne su Cantante.

¿Por qué surgió la institución de los Cantantes en casi todos los centros urbanos del sistema? Algunos han especulado que fue una reacción espontánea a los medios de comunicación que atosigan nuestras vidas. En tanto que la Tri-D y la radio distribuyen información por todos los mundos, también ellos divulgan un sen­timiento de alienación extraído de una experiencia de primera mano. (¿Cuántas personas asisten a un acontecimiento deportivo o a un acto político con sus pequeños receptores pegados al oído para asegurarse de que lo que están viendo sucede realmente?)

Los primeros Cantantes fueron proclamados por la gente que les rodeaba. Luego siguió un período durante el cual podía pro­clamarse Cantante cualquiera que lo desease, y la gente le aceptaba o se reía de él para olvidarle inmediatamente. Pero, en la épo­ca en que me dejaron en el umbral de la puerta de la casa de al­guien que no quiso aceptarme, la mayoría de las ciudades habían establecido una norma más o menos oficiosa. Cuando queda una plaza vacante, el resto de los Cantantes eligen al que va a ocupar­la. Las cualidades que se exigen son poéticas, teatrales, así como cierto carisma que se genera en las tensiones entre la personali­dad de un Cantante y la publicidad. Antes de convertirse en Can­tante, Halcón se había ganado una prodigiosa reputación con un libro de poemas publicado cuando tenía quince años. Efectuaba giras por las universidades y daba recitales, y le sorprendió mucho que yo hubiese oído hablar de él aquella noche que nos encontra­mos en Central Park (yo acababa de pasar treinta agradables días como huésped de la ciudad, y resulta asombroso lo que uno pue­de encontrar en la biblioteca de la cárcel). Hacía unas semanas que Halcón había cumplido los dieciséis años. Iba a ser nombrado Cantante dentro de cuatro días, aunque él ya había sido informa­do. Permanecimos sentados junto al lago hasta el amanecer, mientras él sopesaba y meditaba acerca de la responsabilidad que iba a contraer.

Dos años después, continúa siendo el Cantante más joven de seis mundos. Antes de convertirse en Cantante, una persona no tiene que haber sido necesariamente un poeta, pero la mayoría de ellos han sido poetas o actores. Sin embargo, la nómina, en todo el sistema, incluye a un estibador, dos profesores universitarios, una heredera de los millones de Silitax y al menos dos individuos de un pasado tan dudoso que la propia Máquina Publicitaria, tan ávida siempre de sensacionalismos, no se ha atrevido a hablar de aquel pasado.

Pero, al margen de sus orígenes, esos mitos vivientes cantan el amor, la muerte, el cambio de estaciones, las clases sociales, los gobiernos y la guardia de palacio. Cantan ante grandes muchedumbres, ante pequeñas multitudes, ante un obrero que regresa a su hogar tras una dura jornada de trabajo en los muelles, en las es­quinas de las calles de los suburbios, en los elegantes jardines de las Cumbres de las Torres, en la fiesta selecta de un Alexis Spin­nel...

No obstante, como es ilegal reproducir las «Canciones» de los Cantantes por medios mecánicos (incluida la publicación de las letras), y yo respeto la ley como sólo puede hacerlo un hombre de mi profesión, ofrezco esta explicación en vez de la canción de Le­wis y Ann.


Terminaron de cantar, abrieron los ojos y miraron a su alrede­dor con expresiones que podían ser de desconcierto, o bien de desprecio.

Halcón estaba inclinado hacia adelante con una expresión de profunda aprobación. Edna sonreía cortésmente. Por mi parte, me sentía emocionado y complacido: Lewis y Ann habían canta­do de un modo soberbio.

Alex empezó a respirar de nuevo, miró a su alrededor para ver en qué estado se encontraban los demás, y conectó el autobar, el cual empezó a zumbar y a triturar hielo. Nadie aplaudió, pero se oyeron sonidos apreciativos; la gente asentía, comentaba, su­surraba. Regina Abolafia se inclinó sobre Lewis para decir algo. Traté de escuchar hasta que Alex me tocó en el codo con un vaso.

-¡Oh! Lo siento...

Trasladé mi maletín a la otra mano y tomé el vaso, sonriendo. Cuando la Senadora Abolafia se apartó de los dos Cantantes, és­tos tenían las manos entrelazadas y se miraban el uno al otro con expresión borreguil. Luego, volvieron a sentarse.

Los asistentes a la fiesta se dividieron en grupos que paseaban a través de los jardines. En el cielo, unas nubes color de gamuza vieja se doblaban y desdoblaban a través de la luna.

Permanecí unos instantes solo en un círculo de árboles escu­chando la música, un canon en dos partes de De Lassus, progra­mado para audiogeneradores. Recordé un artículo de un semana­rio de gran tirada en el que se afirmaba que aquel tipo de música era el único medio de eliminar la sensación de rigidez pentagra­mática impuesta por cinco siglos de métrica musical. Durante otro par de semanas, aquello sería una distracción aceptable.

Los árboles rodeaban un pequeño lago rocoso, sin agua. De­bajo de la superficie de plástico, unas luces abstractas se entrela­zaban caprichosamente.

-Discúlpeme...

Me volví para ver a Alexis, que ahora no sostenía ningún vaso y no sabía qué hacer con sus manos. Estaba nervioso.

-Nuestro joven amigo me ha dicho que usted tenía algo que podía interesarme.

Empecé a levantar mi maletín, pero la mano de Alex bajó des­de su oreja (había subido ya desde el cinturón hasta el cuello y los cabellos) para interrumpir mi gesto.

-No se moleste. No necesito verlo, todavía. De hecho, pre­fiero no verlo. Voy a hacerle una proposición. Desde luego, esta­ría interesado en lo que usted tiene, si es realmente lo que Halcón me ha descrito. Pero tengo aquí un invitado que estaría más inte­resado que yo.

Aquello sonaba raro.

-Sé que suena raro -continuó Alexis-, pero he creído que podría interesarle a usted desde un punto de vista financiero. Yo soy un coleccionista extravagante que le ofrecería un precio en consonancia con el uso que pudiera hacer de la mercancía. Y de­bido a la naturaleza de la misma, el uso tendría que ser muy limi­tado.

Asentí.


-Sin embargo, mi invitado podría hacer un uso más amplio de la mercancía.

-¿Puede decirme quién es ese invitado?

-Le he preguntado a Halcón quién era usted, y me ha dado a entender que estaba a punto de incurrir en una grave indiscreción social. Sería igualmente indiscreto revelarle a usted el nombre de mi invitado. -Alex sonrió-. Pero la discreción es la parte mejor del combustible que mantiene en movimiento la máquina social, señor Harvey Cadwaliter-Erickson...

Yo no había sido nunca Harvey Cadwaliter-Erickson, pero Halcón siempre fue un chico dotado de mucha inventiva. Luego recordé a los magnates del tungsteno, los Cadwaliter-Erickson de Tythis, en Tritón. Halcón no sólo era un chico dotado de inventi­va, era tan brillante como aseguraban continuamente todas las re­vistas y periódicos.

-Supongo que su segunda indiscreción será la de decirme quién es ese misterioso invitado...

-Bueno -dijo Alex, con la sonrisa del gato que acaba de co­merse al canario-. Halcón convino conmigo en que El Halcón podría estar interesado en su mercancía.

Fruncí el ceño. Se me ocurrieron una serie de ideas que fui ar­ticulando a su debido tiempo.

-¿El Halcón?

Alex asintió.

-¿Le importa traer aquí un momento a nuestro joven amigo?

-Si lo desea...

Alex se alejó. Un minuto después apareció Halcón por entre los árboles, sonriendo. Cuando vio que no le devolvía la sonrisa, se detuvo.

-Mmm... -empecé.

Halcón meneó la cabeza.

Yo me rasqué la barbilla con los nudillos.

-Halcón -dije-, ¿estás enterado de la existencia de un de­partamento de la policía llamado Servicios Especiales?

-He oído hablar de ellos.

-Bueno, han demostrado un súbito interés por mi persona.

-¡Vaya! -exclamó Halcón, con sincero asombro-. A1 pare­cer, son muy eficaces.

-Mmm -repetí.

-Oye, mi homónimo se encuentra aquí esta noche. ¿No quie­res conocerle?

-Alex me ha hablado de él. ¿Tienes idea de por qué está aquí?

-Probablemente intenta cerrar algún trato con Abolafia. La investigación de la Senadora empieza mañana.

-Ya... -Pensé de nuevo algunas de las cosas que había pen­sado antes-. ¿Conoces a una tal Maud Hinkle?

Su intrigada mirada dijo «no» de un modo convincente.

-Se presenta a sí misma como uno de los peldaños más altos de la misteriosa organización de la cual te he hablado.

-¿Sí?

-Terminó nuestra entrevista en el bar con una pequeña ho­milía sobre halcones y helicópteros. Atribuí a una simple coinci­dencia el hecho de encontrarme contigo inmediatamente des­pués. Pero ahora descubro que la noche ha confirmado sus insi­nuaciones de pluralidad. -Meneé la cabeza-. Halcón, me he catapultado de repente en un mundo paranoide, donde las pare­des no sólo tienen oídos, sino probablemente ojos, y largos dedos terminados en garras. Cualquiera de los que me rodean, sí, inclu­so tú, puede ser un espía. Sospecho que en cada ventana puede haber unos prismáticos, un fusil ametrallador, o algo peor. Lo que no acierto a comprender es cómo esas fuerzas insidiosas, por poderosas que sean, han podido inducirte a atraerme a este com­plicado y diabólico...



-¡Oh, cierra el pico! -Halcón se echó los cabellos hacia atrás-. Yo no te he atraído...

-Tal vez no lo hayas hecho de un modo consciente, pero los Servicios Especiales tienen Archivos de Información Holográfi­ca, y sus métodos son insidiosos y crueles...

-¡Te he dicho que cierres el pico! ¿Crees que yo..? -Enton­ces se dio cuenta de lo asustado que estaba yo, supongo-. Mira, El Halcón no es un vulgar carterista. Vive en un mundo tan paranoide como aquél en que ahora estás tú, sólo que todo el tiempo. Si él está aquí, puedes tener la seguridad de que aquí están la ma­yoría de sus hombres, con ojos, oídos y dedos, como están los de esa tal Maud. La cosa funciona en ambos sentidos. Además, nin­gún Cantante sería capaz... Oye, ¿de veras crees que yo...?

No podía engañarle.

-Sí -dije.

-En cierta ocasión hiciste algo por mí, y yo...

-Yo te di unos latigazos más. Eso es todo.

Silencio.

-Halcón -dije finalmente-, déjame ver.

Respiró a fondo. Luego empezó a desabrocharse los botones de latón. Se echó la chaqueta hacia atrás. Las luces iluminaron su pecho..

Noté que mi rostro se arrugaba. No quise apartar la mirada. En vez de eso dejé escapar un ahogado suspiro, que venía a ser lo mismo.

Halcón me miró a los ojos.

-Hay mucho más que cuando estuviste aquí por última vez, ¿no es cierto?

-Vas a acabar con tu vida, Halcón.

Se encogió de hombros.

-Ni siquiera puedo decir cuáles son los que he puesto yo mis­mo.

-¡Oh, vamos! -dije, demasiado bruscamente.

Halcón se mostró cada vez más incómodo, hasta que vi que empezaba a abrocharse el primer botón de la chaqueta.

-Muchacho -añadí, tratando de eliminar la desesperación de mi voz-, ¿por qué haces eso?.

Volvió a encogerse de hombros, vio que aquello no me gusta­ba y por un instante ardió la rabia en sus ojos verdes. Eso tampo­co me gustaba. De modo que dijo:

-Mira..., tocas a una persona, suavemente, amablemente, y tal vez incluso lo haces con amor. Y, bueno, supongo que algo de información sube hasta el cerebro, donde algo lo interpreta como placer. Tal vez en mi cerebro hay algo que interpreta equivocada­mente la información...

Meneé la cabeza.

-Tú eres un Cantante. Se supone que los Cantantes son ex­travagantes, pero...

Ahora era Halcón el que meneaba la cabeza. Luego, la rabia se abrió paso. Vi una expresión que brotaba de todos aquellos lu­gares que habían comunicado dolor a través del resto de sus facciones y se desvanecía sin concretarse en una palabra. Una vez más, Halcón bajó la vista hacia las cicatrices que llenaban su del­gado cuerpo.

-Abróchate, muchacho. Lamento haber dicho nada.

Sus manos se detuvieron a medio camino de las solapas.

-¿De veras piensas que yo te he atraído aquí?

-Abróchate -repetí.

Lo hizo. Luego dijo:

-Es medianoche, ¿sabes?

-¿Y?

-Edna acaba de darme la Palabra.



-¿Cuál es?

-Ágata.


Asentí.

Halcón terminó de abrocharse la chaqueta.

-¿En qué estás pensando?

-En vacas.

-¿Vacas? -inquirió Halcón-. ¿Porqué?

-¿Has estado alguna vez en una granja?

Halcón meneó la cabeza.

-Para obtener más leche, hay que mantener a las vacas en un estado semicataléptico. Son alimentadas por vía intravenosa por medio de unos tubos que descienden de un enorme tanque.

-He visto fotografías.

-Bien. Tú me has dado la Palabra. Y ahora empezará a circu­lar, cuando yo se la dé a otros, y ellos a otros, hasta la mediano­che de mañana...

-Voy a buscar a...

-Halcón... -le interrumpí.

Dio media vuelta.

-¿Qué?


-Dices que no crees que vaya a ser víctima de ningún truco de las misteriosas fuerzas que saben más que nosotros... De acuerdo, ésa es tu opinión. Pero en cuanto me haya librado de esta mercancía, voy a ser protagonista de la desaparición más es­pectacular que hayas visto nunca.

-¡Oh! -murmuró Halcón-. Voy a buscar a El Halcón.

Desapareció entre los árboles.

Levanté la mirada hacia las hojas de los árboles iluminadas por la luna.

Luego la bajé hacia mi maletín.

Por entre las rocas llegó El Halcón. Llevaba un elegante traje gris, y un pañuelo de seda gris al cuello. Llevaba la cabeza com­pletamente afeitada.

-¿Señor Cadwaliter-Erickson? -preguntó, tendiéndome la mano.

La estreché; era toda piel y huesos.

-Encantado, señor...

-Arty.


-Arty el Halcón.

Sonrió.


-Arty el Halcón, sí. Escogí ese nombre cuando era más joven que nuestro amigo el cantante. Alex dice que tiene usted..., bue­no, algunas cosas que no son exactamente suyas. Que no le perte­necen.

Asentí.


-Enséñemelas.

-Le habrán dicho que...

Borró de un manotazo el final de mi frase.

-Vamos, déjeme verlas.

Alargó la mano, sonriendo afablemente como cualquier em­pleado de banco. Deslicé el pulgar por el borde de mi maletín.

-Dígame -dije por encima de su cabeza, inclinada para ver lo que yo tenía-, ¿qué sabe usted de los Servicios Especiales? Parece ser que andan detrás de mí.

Irguió la cabeza bruscamente. La sorpresa se transformó len­tamente en una risita descarada.

-Lo único que puede hacer, señor Cadwaliter-Erickson, es mantener invariables sus ingresos.

-Si compra usted mi mercancía por lo que vale, va a resultar­me un poco difícil.

-Lo supongo. Puedo arreglarlo, dándole menos dinero...

El maletín se cerró.

-... O, en caso contrario, puede usted tratar de utilizar su ce­rebro y despistarles.

-Usted tiene que haberles despistado más de una vez. Es po­sible que ahora navegue tranquilamente, pero habrá capeado más de un temporal.

Arty el Halcón asintió, con una astuta expresión en la mirada.

-Supongo que ha hecho usted un trato con Maud. Bueno, creo que los parabienes son legales. Y también los pésames. Siempre me gusta hacer lo que es legal.

-Parece que sabe usted cuidar de sí mismo. Quiero decir que me he dado cuenta de que no se mezcla con los invitados.

-Esta noche hay dos reuniones aquí. ¿Dónde cree que se mete Alex cuando desaparece, cada cinco minutos?

Fruncí el ceño. Arty señaló a mis pies.

-Debajo de estas rocas hay un pabellón de esplendor orien­tal...

-¿... Y una lista independiente de invitados en la puerta?

-Regina está en las dos. Yo estoy en las dos. Lo mismo que el chico, Edna, Lewis, Ann...

- ¿Se supone que yo conozco todo eso?

-Bueno, ha venido con una persona que está en las dos listas. Pensé...

Hizo una pausa.

Yo estaba pisando en falso. Bien, un especialista en el arte de la transformación aprende rápidamente que el factor de verosimi­litud al imitar a alguien es su confianza en su inalienable derecho a pisar en falso.

-Hagamos un trato. Le cambio esto -dije levantando el ma­letín- por cierta información.

-¿Quiere saber cómo mantenerse a salvo de las garras de Maud? -Arty meneó la cabeza-. Sería una estupidez por mi parte el decírselo aun en el caso de que pudiera hacerlo. Además, cuenta usted con la fortuna de su familia. -Se golpeó la pechera de la camisa con el pulgar-. Créame, muchacho. Arty el Halcón no tiene eso. No tiene nada que se le parezca.

Hundió las manos en los bolsillos y continuó:

-Déjeme ver lo que ha traído.

Abrí de nuevo el maletín.

El Halcón miró unos instantes en silencio. Luego cogió dos o tres, los hizo girar entre sus dedos, los soltó, y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

-Le doy a usted sesenta mil por ellos, en tablillas de crédito.

-¿Qué hay acerca de la información?

-No le diré nada. -Sonrió-. Ni siquiera le diré la hora que es.

Hay pocos ladrones afortunados en este mundo. Y todavía menos en los otros cinco. La voluntad de robar es un impulso ha­cia lo absurdo y lo insulso. Los hombres de talento son poetas, o actores... Pero, con todo, es una voluntad, como la voluntad de dominio, o de amor.

-De acuerdo -dije.

En alguna parte encima de mi cabeza oí un leve zumbido.

Arty me miró cariñosamente. Metió la mano por debajo de la solapa de su chaqueta y sacó un puñado de tablillas de crédito ro­deadas por una cinta de color escarlata, cuyo valor era de diez mil por unidad. Una. Dos. Tres. Cuatro.

-¿Puede depositar esto en un lugar seguro?

-¿Por qué cree que Maud anda detrás de mí?

Cinco. Seis.

-Está bien -dije.

-¿Cómo lograremos vaciar el maletín? -preguntó Arty.

-Pídale a Alex una bolsa de papel. Si quiere, puedo enviárse­los...

-Los cogeré ahora.

El zumbido se oía cada vez más cerca.

Sostuve en alto el maletín abierto. Arty hundió en él las dos manos y se llenó los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones; el traje gris quedó desfigurado por unos bultos angulosos. Arty miró a derecha e izquierda.

-Gracias -dijo-. Gracias.

Luego dio media vuelta y se alejó, con toda clase de objetos que no eran suyos en los bolsillos.

Levanté la mirada tratando de localizar el ruido, pero no pude ver nada.

Dejé el maletín abierto en el suelo. Abrí el compartimento en el que guardaba las cosas que me pertenecían y busqué apresura­damente entre ellas.
Alex le estaba ofreciendo al individuo de los ojos irritados otro whisky, mientras el caballero decía:

-¿Ha visto alguien a la señora Silem?... ¿Qué es ese zumbi­do, encima de nuestras cabezas?

En aquel momento, una mujer alta, envuelta en un velo, llegó tambaleándose por entre las rocas, gritando.

Se cubría el velado rostro con las manos.

Alex vertió soda sobre la manga de su invitado y el hombre dijo:

-¡Oh, Dios mío! ¿Quién es?

-¡No! -gritó la mujer-. ¡Oh, no! ¡Ayúdenme!

Agitaba sus crispados dedos, cubiertos de anillos.

-¿No la reconoce? -Era la voz de Halcón, susurrando confi­dencialmente a otra persona-. Es Henrietta, condesa de Effing­ham.

A1 oírlo, Alex corrió en auxilio de la dama. Sin embargo, la condesa se metió por entre dos cactos y desapareció detrás de la alta hierba. Todos los reunidos la siguieron. En aquel momento un caballero calvo, vestido con un impecable traje negro, carras­peó y dijo, con voz muy preocupada:

-¿Señor Spinnel?

Alex giró en redondo.

-Perdone, señor Spinnel, mi madre...

-¿Quién es usted?

La interrupción había sobresaltado visiblemente a Alex.

El caballero se irguió para anunciar:

-El Honorable Clement Effingham. -Las perneras -de sus pantalones se agitaron como si fuese a entrechocar sus tacones. Pero no llegó a hacerlo. La expresión se derritió en su cara-. Yo..., mi madre, señor Spinnel... Estábamos abajo, en la otra reunión, cuando ella se excitó muchísimo. Echó a correr hacia aquí... Le dije que no lo hiciera. Sabía que a usted le disgustaría. ¡Pero tiene que ayudarme!

Entonces levantó la mirada.

Los otros miraron también hacia arriba.

El helicóptero ocultó la luna, haciendo girar lentamente sus aspas.

-¡Oh, por favor! -dijo el caballero-. Busquen por allí. Tal vez mi madre ha ido hacia abajo. ¡Tengo que encontrarla!

Se marchó apresuradamente en una dirección, en tanto que los demás seguían otras.

El zumbido se sincopó de pronto con un gran estrépito, y algu­nos fragmentos de plástico del tejado transparente repiquetearon sobre las rocas...
Lo hice en el ascensor, y tenía ya el pulgar en el cierre de mi maletín, cuando apareció Halcón respirando agitadamente.

-¡La policía está apeándose de ese helicóptero! -anunció.

-Advertida por Maud Hinkle, sin duda -repliqué.

Arranqué el otro mechón de pelo blanco de mi sien y lo metí en el maletín, encima de los guantes plastidérmicos (arrugados, con gruesas venas azules y largas uñas de cornalina) que habían sido las manos de Henrietta, y que a su vez reposaban sobre los pliegues de gasa de su sari.

El ascensor se paró con una sacudida. La mitad del Honorable Clement estaba aún en mi rostro cuando se abrieron las puertas.

Todo de gris, con una expresión de profundo desaliento en su rostro, El Halcón entró en el ascensor. Detrás de él, la gente bai­laba en un sofisticado salón decorado con esplendor oriental. Arty pulsó el botón que cerraba las puertas. Luego, me dirigió una extraña mirada.

Me limité a suspirar y terminé de despojarme de mi disfraz.

El Halcón enarcó las cejas cuando me despojé de la calva de Clement y sacudí mis cabellos.

-Me he dado cuenta de que ya no lleva en los bolsillos aque­llos abultados objetos -dije.

- ¡Oh! Están en lugar seguro -gruñó Arty. .

-Mi incorregible orgullo me indujo a creer que esos agentes del Servicio Ordinario habían venido aquí sólo por mí...

El Halcón refunfuñó:

-No les disgustaría atraparme a mí también.

Desde su rincón, Halcón inquirió:

-Habrá tomado sus precauciones antes de venir aquí, ¿no, Arty?

-¿Y qué?


-Hay una posibilidad de que puedas salir de aquí -me susu­rró Halcón-. Es decir, si Arty quiere sacarte con él.

-Una brillante idea -dije. Me volví hacia Arty-. ¿Quiere que le devuelva un par de miles por el servicio?

La idea no le divirtió.

-No quiero nada suyo. -Se dirigió a Halcón-: Necesito algo de ti, muchacho. No de él. Verás, yo no estaba preparado para lo de Maud. Si quieres que saque a tu amigo de aquí, tienes que hacer algo por mí.

Halcón pareció algo desconcertado.

Creí ver astucia en el rostro de Arty, pero la expresión se con­virtió definitivamente en preocupación.

-Tienes que idear algo para que el vestíbulo se llene de gen­te, y pronto.

Iba a preguntar por qué, pero entonces ignoraba la extensión de las medidas de seguridad de Arty. Iba a preguntar cómo, pero el ascensor se paró con una sacudida y las puertas se abrieron de par en par.

-Si no puedes hacerlo -le dijo El Halcón a Halcón-, ningu­no de nosotros saldrá de aquí. ¡Ninguno de nosotros!

Yo no tenía la menor idea de lo que iba a hacer el chico, pero cuando salí detrás de él en dirección al vestíbulo, El Halcón me agarró del brazo y susurró:

-¡Quédese aquí, estúpido!

Halcón inició una carrera en dirección a la piscina, y se zam­bulló en ella.

Nadó hasta los braseros, en sus trípodes de tres metros y me­dio de altura, y empezó a trepar.

-¡Va a lastimarse! -susurró El Halcón.

-Sí -dije, pero no creo que mi cinismo trascendiera.

Debajo del gran disco de fuego, Halcón desenroscaba algo. Luego, algo se soltó con un clang y cayó al agua. El fuego se ex­tendió rápidamente hasta la piscina, rugiendo de un modo infer­nal.

Convertido en una flecha negra con cabeza dorada, Halcón volvió a zambullirse.

Me mordí la parte interior de la mejilla mientras sonaba la alarma. Cuatro hombres de uniforme se acercaban a través de la alfombra azul. Otro grupo estaba cruzando en dirección contra­ria, vio las llamas y una de las mujeres gritó. Dejé de contener la respiración, pensando que la alfombra, las paredes y el techo se­rían incombustibles.

Halcón salió a la superficie en el borde de la piscina, en el úni­co lugar libre de llamas, y rodó sobre la alfombra, cubriéndose la cara con las manos. Y rodó. Y rodó. Luego se puso en pie.

Otro ascensor descargó un grupo de pasajeros, los cuales se quedaron con la boca abierta ante el espectáculo. Un grupo de hombres cruzaron las puertas con material contra incendios. La alarma continuaba sonando.

Halcón se volvió a mirar la docena y pico de personas que se encontraban en el vestíbulo. De las empapadas y brillantes perne­ras de los pantalones del muchacho descendía el agua hasta la alfombra. Las llamas convertían las gotas pegadas a sus mejillas y sus cabellos en parpadeantes cobre y sangre.

Halcón apoyó los puños en sus húmedas caderas, respiró pro­fundamente y, contra el rugido, la alarma y los susurros, cantó.

Dos personas salieron de un ascensor. Por una de las puertas del vestíbulo entraron otras seis personas. Un minuto después re­gresaron otros dos ascensores con una docena de pasajeros cada uno. Me di cuenta de que el mensaje iba transmitiéndose a través del edificio: en el vestíbulo había un Cantante cantando.

El vestíbulo se llenó. Las llamas gruñían, los bomberos anda­ban atareados de un lado para otro, y Halcón, con los pies separa­dos sobre la alfombra azul, junto a la ardiente piscina, cantó y cantó sobre un bar de Times Square lleno de ladrones, morfinó­manos, matones, borrachos, mujeres demasiado viejas para co­merciar con los escasos encantos que conservaban; un bar en el que a primera hora de la noche había estallado una reyerta y un anciano había resultado gravemente herido.

Arty me tiró de la manga.

-¿Qué...?

-Vamos -susurró.

La puerta del ascensor se cerró detrás de nosotros.

Echamos a andar por entre el atento auditorio, parándonos a mirar, a escuchar. No podría valorar a Halcón como cantante; la mayor parte del tiempo me la pasé preguntándome de qué clase de seguridad disponía Arty.

Llegué a la conclusión de que todo era muy simple. Arty que­ría, sencillamente, deslizarse por entre una multitud, de modo que convenció a Halcón para que le fabricara una.

Para llegar a la puerta teníamos que pasar a través de un cor­dón de agentes del Servicio Ordinario, que en mi opinión no te­nían nada que ver con lo que sucedía en la Cumbre de la Torre; se habían reunido para ver el fuego, y se habían quedado a escuchar la canción. Cuando Arty tocó a uno de ellos en el hombro y le dijo: «Discúlpeme, por favor», para pasar, el agente le miró, apartó la mirada y volvió a mirarle con súbito interés. Pero otro agente se dio cuenta de lo que pasaba y tocó al primero en el bra­zo, al tiempo que sacudía la cabeza en dirección a la puerta. Lue­go, los dos hombres se volvieron deliberadamente hacia el Can­tante. Mientras amainaba el temporal en mi pecho, llegué a la conclusión de que el complejo de seguridad de Arty, con agentes y contraagentes maniobrando y maquinando a través del vestíbu­lo en llamas, debía de ser tan complicado que tratar de entenderlo suponía autocondenarse a una paranoia total.

Arty abrió la puerta de la calle.

Salí del aire acondicionado al frescor nocturno.

Bajamos rápidamente la rampa.

-¡Eh, Arty!

-Siga por ahí. -Señaló calle abajo-. Yo iré por este otro lado.

-¡Oiga! ¿Adónde iré a parar por ahí?

-A1 sub-Metro, a la estación de la Torre. Le he sacado de ahí, ¿no? Ahora está a salvo, créame. Tome un tren para algún lugar interesante. Adiós.

Y Arty el Halcón hundió las manos en los bolsillos y se alejó apresuradamente.

Eché a andar, manteniéndome pegado a la pared, esperando que alguien me alcanzara con una flecha adormecedora desde un automóvil en marcha, o con un rayo de la muerte desde los mato­rrales.

Llegué al sub-Metro.

Y no había pasado nada.


ÁGATA dio paso a MALAQUITA.

TURMALINA.

BERILO (durante ese mes cumplí los veintiséis años).

PORFIRIO.

ZAFIRO (ese mes cogí los diez mil que no había derrochado y los invertí en El Glaciar, una heladería completamente legal de Tritón -la primera y única heladería de Tritón-, con resultados asombrosos: todos los inversores percibieron un ochocientos por ciento, no es broma. Dos semanas después perdí la mitad de aquellas ganancias en otra serie de negocios ilegales, y me sentía muy deprimido, aunque El Glaciar seguía rindiendo de un modo satisfactorio).

CINABRIO.

TURQUESA.

OJO DE TIGRE.

Hector Calhoun Eisenhower pasó esos tres meses aprendien­do a convertirse en un respetable miembro de la clase media alta del bajo mundo. Eso por sí solo constituye una larga novela. Altas finanzas; razones sociales; cómo alquilar ayuda... ¡Uf! Pero las complejidades de la vida siempre me han intrigado. Pasé a tra­vés de ello. La norma básica sigue siendo la misma: observar cuidadosamente, imitar eficazmente.

GRANATE.


TOPACIO (susurré esa Palabra en el terrado de la Estación Trans-Satélite y provoqué dos asesinatos cometidos por mis mer­cenarios. Y ¿saben una cosa? Me quedé tan fresco).

TAAFITA.


Estábamos cerca del final de Taafita. Regresé a Tritón para asuntos de negocios: El Glaciar. Era una mañana muy agradable. El Glaciar marchaba viento en popa. Decidí tomarme un peque­ño descanso y aquella tarde fui a visitar los Torrentes.

-... Doscientos treinta metros de altura -anunció el guía, y todos los que me rodeaban se inclinaron sobre la barandilla y con­templaron, a través del pasillo de plástico, las escarpaduras de metano congelado que se erguían en el frío resplandor verde de Neptuno-. Unos cuantos metros más abajo, damas y caballeros, pueden ustedes divisar el Pozo de Este Mundo, donde, hace más de un millón de años, una fuerza misteriosa que la ciencia no ha podido explicar aún hizo que cuarenta kilómetros cuadrados de metano congelado se licuaran por espacio de unas horas, durante las cuales una sima de una profundidad dos veces superior a la del Gran Cañón de la Tierra...

La gente avanzaba a lo largo del pasillo, cuando la vi sonrien­do. Mis cabellos eran negros ahora, y mi piel aceitunada. Supongo que pequé de exceso de confianza al acercarme a ella.

De pronto, se volvió hacia mí y exclamó:

-¡Vaya! ¡Hamlet Caliban Enobarbus en persona!

Los antiguos reflejos acomodaron mis facciones a una expre­sión de desconcierto unida a una sonrisa de indulgencia. Perdone, pero creo que sufre usted un error... No, no lo dije.

-Maud -dije-, ¿ha venido usted aquí para decirme que ha llegado mi hora?

-No -respondió-. En realidad, estoy de vacaciones. Lo mismo que usted.

-¿No me engaña? -Nos habíamos quedado detrás de la multitud-. Me está engañando.

-Aunque colaboramos con los Servicios Especiales de otros mundos, los Servicios Especiales de la Tierra no tenemos jurisdic­ción oficial sobre Tritón. Y puesto que ha venido usted aquí con dinero, y la mayor parte de sus ingresos proceden de un negocio legal como El Glaciar, los Servicios Especiales no están interesa­dos en usted, todavía, aunque el Servicio Ordinario de Tritón podría alegrarse de echarle el guante. -Maud sonrió-. Aún no he estado en El Glaciar. Sería realmente agradable poder decir que he estado allí invitada por uno de los propietarios. Podríamos ir a tomar un refresco, ¿no le parece?

Las retorcidas laderas del Pozo de Este Mundo desaparecie­ron de la vista en medio de una opalescente grandeza. Los turistas escuchaban al guía, el cual citaba índices de refracción y ángulos de inclinación.

-Creo que no confía usted en mí -dijo Maud.

Mi mirada le dijo que estaba en lo cierto.

-¿Ha estado alguna vez complicado con narcóticos? -inqui­rió Maud de pronto.

Fruncí el ceño.

-Hablo en serio -insistió-. Intento explicar algo.., una in­formación que puede hacer más fáciles nuestras vidas.

-Periféricamente -dije-. Estoy seguro de que tienen uste­des toda la información en sus archivos.

-Yo estuve involucrada con ellos algo más que periférica­mente durante varios años. Antes de ingresar en los Servicios Es­peciales, estuve en la División de Narcóticos de la fuerza ordina­ria. Y la gente con la que tratábamos veinticuatro horas al día eran drogadictos y traficantes. Para atrapar a los grandes, tenía­mos que entablar amistad con los pequeños. Para atrapar a los más grandes, teníamos que entablar amistad con los grandes. Te­níamos que observar el mismo horario que ellos, hablar el mismo lenguaje, vivir meses enteros en las mismas calles, en el mismo edificio. -Maud se apartó de la barandilla para que pudiera aso­marse un jovenzuelo-. Mientras estuve en la División de Narcó­ticos me enviaron dos veces a una clínica para someterme a una cura de desintoxicación de morfina. Y mi hoja de servicios es más brillante que la de la mayoría de los agentes.

-¿Lo cual significa...?

-Esto, simplemente: que usted y yo nos movemos ahora en los mismos círculos, debido a las profesiones que hemos escogido respectivamente. Le sorprendería saber la cantidad de personas que conocemos en común. No es de extrañar que un día nos tro­pecemos al cruzar la plaza de la Soberanía de Bellona y dos sema­nas más tarde entremos a almorzar en el mismo restaurante de Lux, en Iapetus.

-Vamos -dije, y no creo que mi voz expresara una gran sa­tisfacción-. La invito a tomar un helado.

Echamos a andar por el paseo.

-¿Sabe una cosa? -dijo Maud-. Si se mantiene usted lejos del alcance de los Servicios Especiales aquí y en la Tierra el tiem­po suficiente, llegará un momento en que se presentará allí con unos ingresos fabulosos y cada vez más elevados: Puede tardar unos cuantos años en conseguirlo, pero es posible. No existe nin­gún motivo para que seamos enemigos personales. Algún día puede usted alcanzar una situación que le convierta en un perso­naje sin el menor interés para los Servicios Especiales. ¡Oh! Se­guiremos viéndonos, y encontrándonos. Obtenemos nuestra in­formación de las fuentes más heterogéneas, créame. Y estamos en condiciones de ayudarle, también.

-Ha estado usted grabando hologramas otra vez.

Maud se encogió de hombros. Su rostro tenía un aspecto deci­didamente fantasmal bajo el pálido planeta. Cuando llegamos a las luces artificiales de la ciudad, dijo:

-¡Ah! Hace poco me encontré con dos amigos suyos, Lewis y Ann.

-¿Los Cantantes?

Maud asintió.

-En realidad, no les conozco demasiado -dije.

-Pues ellos parecen saber mucho acerca de usted. Tal vez por aquel otro Cantante, Halcón.

-¡Oh! ¿Le dijeron cómo estaba?

-Hace un par de meses leí que se estaba recuperando. No he sabido nada más desde entonces.

-Eso es todo lo que yo sé también -dije.

-La única vez que le vi fue inmediatamente después de ha­berle sacado de la piscina.

Arty y yo habíamos salido del vestíbulo antes de que Halcón terminara su actuación. Al día siguiente me enteré de que, al aca­bar su canción, Halcón se despojó de la chaqueta y de los pantalo­nes y volvió a zambullirse en la piscina.

Le rescataron, con el setenta por ciento de su cuerpo cubierto de quemaduras de segundo y tercer grado. Yo me había esforza­do por no pensar en ello.

-¿Le sacó usted? -quise saber.

-Sí. Yo iba en el helicóptero que aterrizó en la Cumbre de la Torre. Pensé que se impresionaría usted al verme.

-Ya. Y ¿cómo consiguió sacarle de la piscina?

-En cuanto salieron ustedes, los agentes de Arty lograron bloquear el ascensor en el piso setenta y uno, a fin de que no pu­diéramos llegar al vestíbulo hasta que ustedes hubiesen abandonado el edificio. Entonces fue cuando Halcón trató de...

-Pero ¿le salvó usted realmente la vida?

-Los bomberos de aquella vecindad no habían tenido un in­cendio en doce años. Creo que ni siquiera sabían manejar el ma­terial. Hice que mis muchachos llenaran la piscina de espuma, me zambullí en ella y saqué a Halcón.

-Vaya.

Había estado tratando de olvidarlo, casi con éxito, durante los últimos once meses. Yo no estaba allí cuando ocurrió. No era asunto mío.



Maud continuó:

-Pensamos que podríamos localizarle a usted por medio de Halcón. Pero cuando le saqué de la piscina no estaba en condicio­nes de decir nada...

-Debí suponer que los Servicios Especiales utilizan también a los Cantantes -dije-. Todo el mundo lo hace. Hoy cambia la Palabra, ¿verdad? ¿No le han dicho Lewis y Ann cuál va a ser la nueva?

-Les vi ayer, y la Palabra no cambiará hasta dentro de ocho horas. Además, ellos no me la dirían. -Maud me miró y frunció el entrecejo-. De veras que no me la dirían.

-Vamos a tomar unos refrescos -dije-. Charlaremos y nos escucharemos atentamente el uno al otro, aunque finjamos desin­terés; usted tratará de captar cosas que le faciliten mi captura y yo trataré de captar cosas que me faciliten eludirla a usted.

-De acuerdo -asintió Maud.

-¿Por qué entabló contacto conmigo en aquel bar, a fin de cuentas?

Ojos de hielo.

-Ya se lo he dicho, nos movemos en los mismos círculos, sen­cillamente. Era muy probable que estuviésemos en el mismo bar, la misma noche.

-Supongo que ésa es una de las cosas que se supone no debo comprender, ¿eh?

La sonrisa de Maud fue adecuadamente ambigua. No insistí.
Fue una tarde muy aburrida. No puedo repetir el intercambio de necedades a que nos dedicamos por encima de las picudas montañas de nata batida. Estábamos tan ocupados los dos en fin­gir que nos divertíamos, que dudo que ninguno de nosotros pu­diera captar nada significativo; suponiendo que alguno de los dos dijera algo significativo.

Maud se marchó. Yo me quedé un rato más.

El camarero de El Glaciar me llamó a la cocina para pregun­tarme por un cargamento de leche de contrabando (El Glaciar fa­bricaba sus propios helados) que yo había conseguido adquirir en mi último viaje a la Tierra (resulta asombroso lo poco que han progresado las granjas durante los últimos diez años; fue un juego de niños embaucar al granjero Vermonter), y para informarme de que el Gran Helado Imperial estaba resultando un fracaso.

A1 atardecer, cuando El Glaciar estaba lleno de gente y yo pa­seaba por entre las mesas, observándolo todo, vi que una mucha­cha muy joven, evidentemente drogada, trataba de coger el bolso de una cliente del respaldo de su silla. Me acerqué a ella, la cogí por la muñeca y la llevé hasta la puerta, delicadamente, mientras ella me miraba con ojos dilatados y la cliente no se enteraba de nada.

Salí al exterior, me senté en la amplia escalinata y gruñí cuan­do tuve que hacerme a un lado para permitir la entrada a otros clientes. Cuando hube gruñido setenta y cinco veces, aproxima­damente, la persona a la cual iba dirigido el gruñido se detuvo y exclamó:

-¡Sabía que le encontraría si buscaba bien!

Miré la mano que estaba palmeando mi hombro, y alcé la mi­rada a lo largo del brazo, hasta encontrarme con una cabeza bovi­na y desprovista de pelo.

-¡Arty! -dije-. ¿Qué diablos...?

Pero él continuó palmeando mi hombro y riendo.

-No puede imaginar lo que me ha costado hacerme con una fotografía suya, muchacho. Tuve que sobornar a un agente del Departamento de Servicios Especiales de Tritón. Es usted un gran especialista en transformaciones rápidas. ¡El mejor de to­dos! -El Halcón se sentó a mi lado y dejó caer su mano sobre mi rodilla-. Tiene usted aquí un local maravilloso. Me gusta, me gusta mucho. Aunque no lo suficiente como para hacerle una oferta por él, todavía. Ha aprendido usted rápidamente. De ve­ras. Y me sentiré orgulloso de poder decir que fui yo quien le dio el primer empujón. Al menos, usted puede decir que tiene un pie firmemente asentado del lado de la ley. La idea general es hacer­se indispensable a las buenas personas; una vez conseguido eso, un buen elemento tiene las llaves de todas las tesorerías del siste­ma. Pero no le digo nada que usted no sepa ya.

-Arty -dije-, ¿considera oportuno que nos vean juntos aquí?

El Halcón alzó una mano con gesto de desdén.

-Nadie puede hacernos una fotografía. Mis hombres vigilan los alrededores. Nunca me presento en público sin haber tomado medidas de seguridad. He oído decir que a usted también han em­pezado a interesarle las medidas de seguridad. -Lo cual era cier­to-. Buena idea. Muy buena. Me gusta su modo de desenvolver­se.

-Gracias. Arty, esta noche no estoy de humor. He salido a respirar un poco de aire fresco...

El Halcón volvió a agitar la mano.

-No se preocupe. Me marcharé enseguida. Tiene usted ra­zón: no conviene que nos vean juntos. Pasaba por aquí y quise sa­ludarle. Saludarle, simplemente. -Se puso en pie-. Eso es todo.

Empezó a bajar la escalinata.

-¿Arty?


Volvió la cabeza.

-No tardará usted en volver, y entonces querrá comprar mi parte de El Glaciar, porque yo habré crecido demasiado; y yo no querré vender, porque me consideraré lo suficientemente grande para luchar con usted. De modo que nos convertiremos en enemi­gos. Usted tratará de asesinarme. Yo trataré de asesinarle.

En su rostro, primero una expresión de desconcierto; luego, la sonrisa indulgente.

-Veo que ha captado usted la idea de la información holográ­fica. Muy bien. Es el único modo de despistar a Maud. Asegúrese de que toda su información está relacionada con el objetivo general de mi situación. Es el único modo de despistarme también a mí. -Sonrió, empezó a volverse, pero cambió de idea-. Si pue­de usted luchar conmigo el tiempo suficiente, y continuar crecien­do, manteniendo su servicio de seguridad en forma, eventual­mente descubriremos que lo mejor para los dos será trabajar jun­tos. Si puede resistir hasta entonces, volveremos a ser amigos. Al­gún día. Vigile, y espere.

-Gracias por la información.

El Halcón consultó su reloj.

-Bueno. Adiós.

Pensé que iba a marcharse, finalmente. Pero volvió a levantar la mirada.

-¿Sabe ya la nueva Palabra?

-Aún no -dije-. Tiene que salir esta noche. ¿La sabe us­ted?

El Halcón esperó hasta que las personas que bajaban la escali­nata se hubieron alejado. Miró a su alrededor, se inclinó hacia mí con las manos formando copa alrededor de su boca, y susurró:

-Pirita. Acabo de obtenerla de un tipo que la ha sabido por Colette.

Colette era una de las tres Cantantes de Tritón.

Luego, El Halcón descendió la escalinata y se perdió entre la multitud.


A1 cabo de unos instantes decidí dar un paseo. A mi regreso, había llegado a una conclusión: El Halcón había empezado ya a tejer una conjura a mi alrededor, que terminaría cuando yo que­dara atrapado en un callejón sin salida y, tratando de obtener ayuda, gritara «¡Pirita!», lo cual resultaría no ser la Palabra, sino que serviría para que el hombre que acechaba en la oscuridad con un fusil lanzagranadas de gas me identificara.

Había una cafetería en la esquina. A1 resplandor de sus luces vi a un grupo de jovenzuelos, con cadenas alrededor de las muñe­cas, abejorros tatuados en las mejillas, y botas de caña alta, los que podían costearse el lujo. Entre ellos divisé a la pequeña mor­finómana a la que poco antes había echado de El Glaciar. Obedeciendo a una súbita inspiración, me acerqué á ella.

-¡Hola!

Me miró con unos ojos todo pupilas.



-¿Conoces ya la nueva Palabra? -pregunté.

La muchacha se frotó la nariz.

-Pirita -dijo-. Acaba de salir.

-¿Quién te la ha dicho?

La muchacha meditó unos instantes.

-La he obtenido de un tipo que dijo que la había obtenido de un tipo que ha llegado esta noche de Nueva York, y que la obtuvo allí de un Cantante llamado Halcón.

Los tres jovenzuelos que estaban más cerca de mí contenían visiblemente sus deseos de mirarme. Los que estaban más lejos no se privaron de hacerlo.

-¡Oh! -dije -. Gracias.

La Navaja de Occam, junto con cualquier información fide­digna acerca de cómo funciona la seguridad, elimina la mayoría de las paranoias. PIRITA. A un determinado nivel en mi línea de trabajo, la paranoia no es más que una enfermedad profesional. Al menos, yo estaba seguro de que Arty (y Maud) la padecían probablemente tanto como yo.
Las luces de la marquesina de El Glaciar estaban apagadas. Entonces me acordé y subí corriendo la escalinata.

La puerta estaba cerrada. Golpeé el cristal un par de veces, pero todo el mundo se había marchado a casa. Y lo que empeora­ba la cosa era que yo podía verlo sobre el mostrador del guarda­rropa, debajo de la bombilla color naranja. Probablemente el ca­marero lo había dejado allí, pensando que yo regresaría antes de que todo el mundo se marchara. A1 día siguiente, a mediodía, Ho Chi Eng tenía que recoger su reserva para la Suite Marigold del Crucero Interplanetario El cisne de platino, que salía a la una y media hacia Bellona. Y allí, detrás de las puertas acristaladas de El Glaciar, esperaba la peluca adecuada, así como los pliegues epicánticos que debían modelar los ojos endrinos del señor Eng.

Por un instante pensé en forzar la puerta. Sin embargo, la so­lución más práctica era avisar al hotel para que me llamaran a las nueve y entrar en El Glaciar con el hombre de la limpieza. Di me­dia vuelta y empecé a bajar la escalinata. La idea me asaltó, y me entristeció mucho, hasta el punto de que parpadeé y sonreí por puro reflejo: probablemente me había decidido a dejarlo allí has­ta la mañana siguiente, porque allí no había nada que no fuera mío, a fin de cuentas.



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