La cuarta vez



Descargar 1.23 Mb.
Página3/15
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.23 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

Nave de sombras


Fritz Leiber


Esta narración fue premiada en la 28° Convención, celebrada en Heidelberg en 1970. Naturalmente, yo no la voté. No me gusta volar, más que nada porque eso me separa de mi máquina de escri­bir. (No se burlen. ¿Les gustaría separarse de su máquina de escri­bir?)

En consecuencia, cuando estudié el mapa del mundo y descu­brí que Heidelberg se hallaba a más de quince centímetros de Nue­va York, palidecí y tuve que sentarme ante mi máquina de escribir y llenar siete páginas antes de conseguir recobrarme. Diantre, ne­cesito esforzarme para conducir mi coche hasta New Haven, y se halla sólo a cuatro centímetros de Nueva York...

Bien, lo cierto es que yo no estaba allí cuando Nave de sombras ganó el Hugo en Heidelberg. Por tanto, eso no me sacó de quicio, como seguramente lo hubiese hecho de estar presente, puesto que Fritz ya había ganado un Hugo sólo dos años antes, en la 26° Con­vención de San Francisco, y yo desprecio a las personas codicio­sas. Pero, por descontado, aprecio mucho a Fritz, como todo el mundo.

-¡Ssssonssso! ¡Nesssio! ¡Ffffeo! -bufó el gato, y mordió a Spar en alguna parte.

El cuádruple alfilerazo le hizo olvidar las náuseas de su cre­ciente resaca, por lo que la mente de Spar flotó en la negrura de Windrush tan libre como su cuerpo. Muy lejos, hacia el Puente o la Popa, brillaban dos o tres luces de navegación, débiles y vaci­lantes como fuegos fatuos.

Le llegó la visión de una nave con todas las velas desplegadas, deslizándose sobre aguas azules rizadas por el viento, contra un fondo de cielo azul. Ahora esos nombres ya no le parecían obsce­nos. Pudo oír el silbido del viento cargado de salitre a través de obenques y estays, su redoble contra las velas tensas y los crujidos de los tres mástiles y de todo el maderamen de la nave.

¿Qué era madera? De algún lugar le llegó la respuesta: Plásti­co vivoooooo.

Y ¿qué fuerza aplastaba el agua, impidiendo que se elevase en grandes burbujas, y evitando que la nave echase a volar con la quilla más arriba que los palos, dando vueltas por el aire?

En vez de parecer borrosa y difuminada como la realidad, la visión era brillante y de contornos perfectamente nítidos. Spar no dijo nada, por no tener que escuchar: «¡Muchchcho vesss tú! ¡Vi­dente! ¡Vissssionario! ¡Linsssse, que eres un linssse!».

Tanto hablar de la vista molestaba a Spar -¡malos modales de gato!-; pero luego sintió una irracional oleada de esperanza en relación con sus ojos. Decidió que aquél no era un gato-brujo escapado de sus sueños, sino un vagabundo que se habría abierto paso a través de un tubo de ventilación hasta el Mesón del Mur­ciélago, interrumpiendo sus visiones. Había muchos animales ex­traviados aquellos días de miedo a las brujas y despoblación de la Nave, o por lo menos de la Bodega Tres.

El amanecer iluminó la proa entonces, bañando de luz violá­cea el rincón delantero del Mesón del Murciélago. Las luces de navegación se ahogaban en un resplandor blanquecino cada vez más intenso. A1 cabo de veinte segundos, Windrush quedó tan iluminada como en cualquier otro Día de Faena o cualquier otra mañana.

El gato avanzó contorneando el brazo de Spar: una mancha negra para sus ojos cegatos. Entre los dientes, que Spar no podía distinguir, sujetaba una mancha gris más pequeña. Spar la tocó. Tenía el pelaje más corto, pero estaba fría.

Como si le hubiera molestado, el gato saltó alejándose del desnudo antebrazo con fuerte impulso de sus patas traseras. Se asió hábilmente al obenque más próximo, una tenue línea gris que se desvanecía en ambas direcciones, hacia las paredes.

Spar cambió de postura a su vez, sujetándose con los dedos de los pies a su propio obenque, no más grueso que un lápiz, y biz­queó para mirar al gato.

Éste le devolvió la mirada con ojos que eran dos manchas ver­des casi confundidas entre el negro pelaje de su cabezota.

Spar le preguntó:

-¿Es tu hijo? ¿Está muerto?

El gato soltó su paquete gris, que permaneció flotando al lado de su cabeza.

-¿Hijo? ¡Ufff! -su voz sibilante expresó aún más desprecio que antes-. ¡Esss un ratonsssito que asssesssiné, sssonssso!

Los labios de Spar se fruncieron en una sonrisa. -Me gustas, gato. Te llamaré Kim.



-¡Kim! Muy lissssto tú -escupió el gato-. Puesss yo te lla­maré sssonssso. ¡O mejor, nesssio!

Los ruidos aumentaron en intensidad, como siempre solía ocurrir al amanecer y al mediodía. Los obenques chirriaron. Las paredes crujieron.

Spar volvió la cabeza con rapidez. Aunque la realidad era na­turalmente borrosa para él, sabía distinguir cualquier movimiento con precisión infalible.

Keeper flotaba lentamente, pero derecho hacia él. Sobre su cuerpo redondo y bermejo, la cabeza era una gran bola pálida cuyo centro colorado, la nariz, distraía de las dos diminutas manchas pardas que eran sus ojillos. Uno de sus robustos brazos ter­minaba en un brillante reflejo de plástico retráctil, y el otro en un sombrío destello de acero. A sus espaldas quedaba el cárdeno rin­cón de popa del Mesón del Murciélago, con la gran barra circular brillante que llamaban el Ruedo.

-¡Pedazo de vago! ¡Gandul! -fue el saludo de Keeper-. Todo el Día del Sueño roncando mientras yo montaba guardia. Ahora te traigo tu bolsa matinal de Niebla de Luna, a ver si te despeja.

Luego añadió, en tono sentencioso:

-¡Mala noche ha sido ésta, Spar! Hombres-lobo, vampiros y brujas sueltos por los corredores. ¡Ya me guardaría yo bien de acercarme, para no hablar de las ratas y ratones! He oído a través de los tubos que los vampiros cogieron a Girlie y a Sweetheart, las muy estúpidas... ¡Vigilancia, Spar! Ahora, sóplate tu Niebla de Luna y ponte a barrer. ¡Este sitio apesta!

Alargó la mano con el brillante plástico retráctil.

Con las despectivas palabras de Kim silbándole todavía en los oídos, Spar replicó:

-Creo que no voy a beber nada esta mañana, Keeper. Ga­chas de maíz y un poco de Vino de Luna, o mejor agua.

-Pero, ¿qué dices? -inquirió Keeper-. Me parece que no debo permitirlo. ¿No querrás que te den las convulsiones delante de los clientes? ¡Trágame, tierra...! ¿Qué es esto?

A1 instante, Spar se abalanzó sobre la mano brillante de ace­ro. El obenque tenso vibró bajo sus pies. Con una mano apartó un cañón grueso y frío, mientras con la otra separaba del gatillo el amorcillado dedo de su interlocutor.

-No es un gato-brujo. Es un animal extraviado nada más -explicó mientras ambos daban tumbos, rodando lentamente a través del aire.

-¡Suéltame, tarado! -estalló Keeper-. Voy a hacer que te carguen de grilletes. Se lo diré a Crown.

-Las armas de fuego son tan ilegales como los cuchillos y las agujas -replicó Spar con osadía, aunque ya empezaba a sentirse mareado y enfermo-. Tú sí que podrías verte encadenado.

Pese al tono fanfarrón de Keeper, sabía que éste le tenía mie­do por su habilidad para moverse con rapidez y seguridad aun es­tando medio ciego.

Chocaron contra un amasijo de obenques que les hizo dete­nerse.

-Suéltame, he dicho -exigió Keeper, debatiéndose débil­mente-. Esta pistola me la ha dado Crown, y tengo permiso del Puente para usarla.

Esto último al menos, sospechó Spar, era mentira. Keeper prosiguió:

-Además, es un arma modificada para disparar sólo bolas pesadas y elásticas. Nada que pueda perforar el casco, pero sufi­ciente para derribar a un borracho... o para romperle el cráneo a un gato-brujo.

-No es un gato-brujo, Keeper -repitió Spar, tragando saliva para dominar las náuseas-. Sólo es un animalito perdido y muy formal, que ya ha demostrado su utilidad cazando una de las ratas que nos roban la comida. Se llama Kim. Será un buen trabajador.

La mancha distante que era Kim se alargó diferenciándose en sombras delgadas que eran las patas y el rabo; se mantenía sobre su obenque como una figura heráldica rampante.

-Ssssoy muy ssservisssial -se alabó-. Y sssanitario. Ussso los tubosss de losss dessperrdisssios. Cassso rratass y rrratonssi­tosss. Esssspío a las brujasss y los vampirosss.

-¡Un gato que habla! -boqueó Keeper-. ¡Brujería!

-Crown tiene un perro que habla -replicó Spar con inten­ción-. El que un animal hable no demuestra nada.

Durante todo ese rato había sujetado con fuerza el cañón de la pistola y el dedo de Keeper; mientras le abrazaba estrechamente le pareció notar que el dueño del Mesón del Murciélago se daba por vencido. La montaña de osamenta y músculo se transformaba en una jalea espesa que podía dominarse a voluntad.

-Lo siento, Spar -murmuró, obsequioso-. He pasado muy mala noche, y Kim me ha dado un susto. Es negro como un gato-­brujo. Un error disculpable de mi parte. Le tendremos a prueba como cazador. ¡Tiene que ganarse el sustento! Ahora, toma tu bebida.

La doble bolsa flexible, tan preciosa como la Piedra Filosofal, llenó la palma de la mano de Spar. Se la llevó a los labios, pero en ese momento sus pies tropezaron involuntariamente con un oben­que, y se puso a flotar a la deriva hacia el brillante Ruedo, cuya circunferencia interior podía dar cabida hasta a cuatro camareros, los días de mucho ajetreo.

Spar tropezó contra la pared interior de la barra; los obenques que la retenían cedieron elásticamente para absorber el choque. Tenía la bolsa pegada a los labios, con el tapón desenroscado, mas no la había apretado aún. Cerró los ojos y, a ciegas, repri­miendo un leve sollozo, devolvió la bolsa al contenedor de la Nie­bla de Luna.

Guiándose más bien por el tacto, sacó de la estufa una bolsa de gachas; al mismo tiempo hurtó una bolsa de café y se la escon­dió en un bolsillo interior. Por último cogió una bolsa de agua, la abrió, le introdujo cinco tabletas de sal y la cerró para agitarla con fuerza.

Keeper, que se había acercado flotando por detrás, le dijo al oído:

-Conque tú te tragas cualquier cosa... No te basta la Niebla de Luna, sino que necesitas un combinado. Debería descontárte­lo del sueldo. Verdad es que todos los borrachos sois unos tramposos, o acabáis siéndolo.

Cayendo de lleno en la celada, Spar explicó:

-Sólo es un poco de agua salada para endurecer mis encías.

-¡Pobre Spar! ¿Para qué quieres endurecerte las encías? ¿Acaso piensas compartir las ratas con tu nuevo amigo? ¡Procura que no te pille asándolas en mi parrilla! Debería descontarte la sal... ¡A barrer el local, Spar!

Kim había encontrado ya el pequeño tubo triturador y arrojó dentro de él la rata muerta, sujetándose al tubo con las patas de­lanteras y empujando la rata con el hocico. Cuando el cadáver de la rata entró en el mecanismo del tubo, se inició un movimiento de maceración que continuaría hasta que quedase triturada; sus restos serían tragados poco a poco, hacia la gran cloaca que alimentaba los Jardines de Diana.

Volviéndose hacia el rincón violeta, Keeper gritó:

-¡Y tú, a cazar ratones!

Spar se enjuagó las encías con agua salada tres veces seguidas, a conciencia, escupiéndola luego en un tubo para desperdicios. Vomitó un poco después de hacer gárgaras por primera vez. Lue­go, volviéndose para que Keeper no pudiera ver cómo sacaba las bolsas, apretó éstas poco a poco para engullir el café -más sabro­so para él, en aquellos momentos, que la Niebla de Luna o aguar­diente obtenido por destilación del Vino de Luna- y algunas gachas.

Con un gesto de excusa, ofreció las sobras a Kim, quien meneó la cabeza.

-Jusssto me comí un rrratonsssito -dijo.

Spar se dirigió apresuradamente hacia el rincón verde, a estri­bor. A1 otro lado de la escotilla se oyeron voces de beodos gritan­do con furiosa impaciencia:

-¡Abrid!


Tomando los cabezales de dos tubos aspiradores largos, Spar empezó a barrer la atmósfera, moviéndose en espiral desde el rin­cón verde, como una araña que construye su tela.

Desde la barra circular, a cuyo delgado mostrador de titanio sacaba brillo con perezosos movimientos, Keeper aumentó la potencia de los dos tubos. Por reacción, el movimiento en espiral de Spar se aceleró, obligándole a poner en juego todas sus fuerzas para eludir los obenques y evitar que los tubos se enredasen en ellos.

Después, Keeper echó una ojeada a su muñeca y gritó:

-¡Spar! ¿Es posible que no te hayas enterado de la hora que es? ¡Abre ya!

Lanzó al aire un llavero. Spar logró atraparlo, aunque sólo había distinguido la última parte de su trayectoria. Tan pronto como puso rumbo a la escotilla verde, Keeper le detuvo con una voz, apuntando a un lado y a otro. Obediente, Spar descorrió los pestillos de las escotillas negra y azul antes de abrir la verde, aun­que tras de aquéllas no aguardaban parroquianos. A1 hacerlo se las arregló para evitar los pegajosos marcos de las escotillas y la pringosa compuerta de emergencia que había al lado de las mis­mas.

Tres borrachines, clientes habituales, entraron empujándose mutuamente y tropezando con los obenques en sus prisas por alcanzar la barra, mientras insultaban a Spar:

-¡Que el cielo te ahogue!

-¡Así te trague la tierra!

-¡Ojalá te veas sepultado en los mares!

-Basta de palabrotas, muchachos -les reprendió Keeper-, aunque comprendo que la estupidez y la cachaza de mi ayudante acaban con la paciencia de cualquiera.

Spar devolvió las llaves. Los curdas se alinearon codo con codo alrededor de la barra, tres manchones grisáceos con las cabezas apuntando hacia el rincón azul.

Keeper se encaró con ellos.

-¡Abajo, abajo! -ordenó, indignado-. ¿Qué modales son ésos?

-¡Pero si no hay nadie! -Sólo estamos nosotros tres.

-Da igual -replicó Keeper-. ¡Un poco de educación, por favor! Daos la vuelta, o si no, os cobraré las consumiciones al contado.

Refunfuñando en voz baja, los parroquianos dieron vuelta a sus cuerpos hasta que sus cabezas apuntaron al rincón negro.

Sin molestarse en girar a su vez, Keeper les acercó una delga­da y retorcida mancha roja con tres ramales. Cada uno de los clientes agarró un ramal y se lo enchufó en la cara.

Con su gruesa mano apoyada sobre algo brillante que era una válvula, Keeper dijo:

-Antes que nada, veamos vuestros vales.

Con muchos murmullos de contrariedad, todos sacaron unos objetos demasiado pequeños para que Spar pudiese distinguirlos bien. Keeper los estudió con gran atención antes de introducirlos en la registradora. Luego decidió:

-Seis segundos de Vino de Luna para todos. Sorbed aprisa. Y alzó la muñeca mientras accionaba con la otra mano.

Uno de los bebedores pareció atragantarse, pero expulsó el líquido por la nariz y siguió chupando valientemente.

Entonces Keeper cerró la válvula.

-¡Eh! ¡Que has cortado demasiado pronto! No han pasado seis segundos -le increpó enseguida uno de los clientes.

Keeper explicó en tono melifluo:

-He repartido la ración en dos tandas, una de cuatro y otra de dos segundos. No queremos que nadie se ahogue, ¿verdad? ¿Preparados?

Los beodos tomaron ávidamente la segunda ronda y luego, mientras relamían los tubos con afán para chupar las últimas gotas, empezaron a cuchichear. Pero Spar, gracias a su excelente oído, pudo captar casi todo lo que hablaban mientras daba vuel­tas alrededor de ellos.

-Asqueroso Día del Sueño hemos tenido, Keeper.

-A1 contrario, hombre. Muy bueno para que los vampiros le chupen la sangre a cualquier borrachín.

-Yo me puse a salvo con Pete, gordinflón.

-¿Con Pete y a salvo? La primera noticia...

-¡Mal Átomo Sucio te pille! Los vampiros se llevaron a Gir­lie y a Sweetheart de la mismísima jábega principal de estribor, aunque no lo creas. ¡Maldito sea el Cobalto Noventa! Windrush está quedándose muy solitaria. O, al menos, la Bodega Tres. Hay días que puedes atravesar toda una galería sin ver un alma.

-¿Cómo supiste lo de esas chicas? -dijo otro de los parro­quianos-. A lo mejor se largaron a otra bodega para ver si mejo­raba su suerte.

-Pues se les acabó la suerte de una vez por todas. Suzy vio cómo desaparecían.

-No fue Suzy -rectificó Keeper, actuando ahora de árbi­tro-. Pero sí Mable. Un final merecido para esas cerdas borra­chas.

-No tienes sangre en las venas, Keeper.

-Muy cierto. Por eso los vampiros me dejan en paz. Pero hablando en serio, muchachos, creo que los hombres-lobo y las brujas andan demasiado sueltos por la Tres. Yo pasé despierto el Día del Sueño, vigilando. Voy a enviar una protesta al Puente.

-Estás de broma.

-No lo creas.

Keeper cabeceó solemnemente e hizo la señal de una cruz sobre su corazón. Los bebedores quedaron muy impresionados. Spar retrocedió flotando en espiral hacia el rincón verde, sin dejar de pasar los tubos aspiradores. De paso se cruzó con la man­cha negra que era Kim, mientras éste saltaba de obenque en obenque, con una carrerilla a lo largo de ellos, de vez en cuando.

Una forma rolliza, de piel muy blanca ceñida por dos franjas de azul -las bragas y el sostén- entró por la escotilla.

-Buenos días, Spar -le saludó con voz suave-. ¿Cómo te va?

-Ni bien ni mal -replicó Spar.

La nube dorada de flotantes cabellos le rozó el rostro.

-He decidido dejar la Niebla de Luna, Suzy.

-No seas demasiado severo contigo mismo, Spar. Ya sabes: trabajar un día, holgazanear un día, divertirse un día y dormir un día. Es el mejor sistema.

-Lo sé. Día de Faena, Día de Ocio, Día de Juerga y Día del Sueño. Diez días hacen un terranth, doce terranths hacen un sunth, doce sunths hacen un starth y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos. Me gustaría saber qué significan todos esos nom­bres.

-Piensas demasiado. Deberías... ¡Oh, un cachorro! ¡Qué mono!

-¡Cachchchorrro, una lechchche! -silbó la cabezuda man­cha negra, alejándose de ellos de un salto-. Sssssoy gato. Sssssoy Kim.

-Kim es nuestro nuevo cazador -explicó Spar-. Él tam­bién piensa mucho.

-No pierdas el tiempo con ese cegato desdentado, Suzy -gritó Keeper-, y acércate de una vez.

Antes de obedecer, con un suspiro de resignación, Suzy rozó la arrugada mejilla de Spar con las suaves yemas de sus ahuesados dedos.

-Spar querido... -susurró.

Cuando sus pies pasaron frente a Spar, éste oyó tintinear las esclavas que llevaba en los tobillos, recordando que eran de pequeños corazones dorados.

-¿Te has enterado de lo de Girlie y Sweetheart? -inquirió lúgubremente uno de los bebedores-. ¿Qué se debe sentir cuan­do te rajan la carótida, o la vena ilíaca, o...?

-¡Cierra el pico, estúpido! -le cortó Suzy secamente-. Sír­veme un trago, Keeper.

-Tu cuenta está muy cargada, Suzy. ¿Cómo piensas pagar?

-Déjate de tonterías, Keeper, sobre todo a esta hora de la mañana. Ya que te las sabes todas, también sabrás la contestación a eso. Conque sírveme una bolsa de Vino de Luna. Tinto, por favor, y déjame un rato en paz.

-Las bolsas son para las señoras, Suzy. Te serviré arriba. Me debes mucho, pero...

Se oyó una exclamación de enojo, rápidamente aumentada a grito de rabia. En la escotilla, una figura pálida en bragas y sostén -no, era algo más ancho, una especie de chaquetilla- de color rojo, se debatía fieramente entre tirones y pataleos.

A1 entrar con descuido, seguramente con mucha prisa, a la esbelta joven se le había enganchado la tela y parte de su persona en el marco de la escotilla.

Logró soltarse con un frenético tirón, mientras Spar flotaba hacia ella y los parroquianos gritaban comentarios burlones. Ella se precipitó hacia la barra, esquivando los obenques, con el largo cabello negro ondeando a su espalda.



¡Bong! Aterrizó con un caderazo sobre el titanio y, recogién­dose la chaquetilla roja con una mano, tendió la otra por encima del Ruedo.

Spar, que había flotado tras ella, la oyó decir:

-Una bolsa doble de Niebla de Luna, Keeper, ¡pronto!

-Que tengas muy buenos días, Rixende -la saludó Kee­per-. Te serviría con mucho gusto el mejor de los néctares, pero... -abrió sus rollizos brazos-. A Crown no le gusta que sus chicas vengan solas aquí, ya sabes. La última vez me ordenó estrictamente que...

-¡Tonterías! Vengo precisamente por encargo de Crown, a buscar una cosa que se dejó. Entretanto, ¡mi Niebla de Luna! ¡Doble!

Descargó un puñetazo en la barra; por reacción, ella empezó a flotar hacia arriba. Spar la ayudó a volver a su puesto, sin recibir las gracias por ello.

-Calma, señorita, calma -dijo Keeper con una sonrisa que hizo desaparecer las dos motitas pardas de sus ojos-. ¿Y si viene Crown mientras estás sorbiendo?

-¡No vendrá! -aseguró Rixende con vehemencia, aunque lanzando al mismo tiempo una rápida ojeada por encima del hom­bro. Spar vio una mancha negra, luego la mancha pálida que era el rostro, y otra vez la mancha negra-. Tiene una chica nueva. No me refiero a Phanette ni a Doucette. Es otra nueva que no conocíamos, que se llama Almodie o algo así. Estará ocupado con esa larguirucha toda la mañana. Y ahora, ¡saca de una vez ese doble, demonio!

-Calma, Rixie. Cada cosa a su tiempo. ¿Qué fue lo que per­dió Crown?

-Una bolsita negra, como así de grande -alzó su delgada mano con los dedos casi juntos-. La perdió aquí el último Día de Juerga, o se la robaron.

-¿Has oído eso, Spar?

-No se ha encontrado ninguna bolsita negra -se apresuró a decir Spar-, pero anoche te dejaste aquí tu bolso anaranjado, Rixende. Voy a buscarlo.

Flotó hacia el interior del Ruedo.

-¡Bah! ¡Por mí, que se pierdan todos! ¡Venga ese doble! -exigió la muchacha con energía-. ¡Madre Tierra!

Hasta los beodos se quedaron con la boca abierta, escandali­zados. Llevándose las manos a las sienes, Keeper suplicó: -¡Blasfemias no, por favor! Suenan peor en labios de una mujer bonita, querida Rixende.

-¡Madre Tierra, he dicho! Y ahora déjate de remilgos, Kee­per, y sírveme antes de que te arañe la cara y ponga todas tus cajas patas arriba.

-Bueno, bueno... Ahora voy. Aunque, ¿cómo piensas pagar? Crown dijo que me quitaría la licencia si le volvía a cargar tus consumiciones en su cuenta. ¿Llevas tarjeta de crédito o... metálico?

-¿Acaso no tienes ojos en la cara? ¿O crees que esta chaque­tilla tiene bolsillos interiores? -La abrió ampliamente exhibien­do los pechos y luego volvió a cubrirse-. ¡Madre Tierra! ¡Madre Tierra! ¡Madre Tierra!

Los bebedores cuchichearon entre sí, indignados. Suzy emitió un resoplido sarcástico, aburrida por la escena.

La gruesa mano de Keeper palpó la muñeca de Rixende, ceñi­da por una franja dorada.

-Tienes oro -susurró, con una expresión codiciosa en los ojillos.

-Bien sabes que nuestros brazaletes están soldados, lo mis­mo que las esclavas de los tobillos.

-¿Y esto?

La mano de Keeper señaló un brillo dorado junto al oído de ella.

-Soldado también, a través del taladro en el lóbulo de la ore­ja.

-Pero...


-¡Mal átomo te parta, condenado! ¡Muy bien! ¡Te has salido con la tuya! Te lo daré.

Las últimas palabras terminaron en un aullido, más de rabia que de dolor, cuando Rixende agarró uno de sus pendientes para quitárselo de un tirón. La sangre empezó a flotar en gotas esféri­cas. Ella alargó el puño cerrado.

-Ahora, ¡sírveme! Aquí hay oro para un doble de Niebla.

Keeper, resoplando, fingió estar atareado con la caja de Nie­bla de Luna, como si se diera cuenta de que había ido demasiado lejos. Los parroquianos guardaron silencio también. En cambio, Suzy intervino para decir con indiferencia:

-Y el tinto que he pedido.

Spar halló una esponja seca y capturó con habilidad las flotan­tes gotas de color púrpura, para luego aplicarla contra la oreja desgarrada de Rixende..

Keeper examinaba el grueso pendiente de oro, acercándoselo mucho a los ojos. Rixende se llevó la doble bolsa a los labios y la estrujó ávidamente; sus ojos se entornaron mientras sorbía con deleite. Spar guió hacia la esponja la mano libre de la muchacha, y ésta asumió automáticamente la tarea de sujetarla. Suzy suspiró con fastidio y luego, reclinando su cuerpo rollizo sobre el mostrador, metió mano a la nevera y se sirvió una bolsa doble de tinto.


Catálogo: VALENZANI%20POR%20ORGANIZAR -> ORDENADO -> 1OTROS%20DOCUMENTOS -> ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca]
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Fronteras II Índice de autores
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> De venus lucky Starr/3 Isaac Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> La Formación De Inglaterra Historia Universal de Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Isaac Asimov Luces En El Cielo
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Las corrientes del espacio
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Índice Antes De Colón Los Indios Los Griegos y Los Fenicios Los Irlandeses y Los Vikingos Los Mongoles y Los Venecianos
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Momentos Estelares de la Ciencia
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Órbita de alucinación I. Asimov, C. Waugh y M. Greenberg
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Traductores: Carlos Caranci y Carmen Sáez
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Obras maestras de la ciencia ficción Sam Moskowitz (Recopilador) Título original: Modern master pieces of science fiction Índice


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal