La cuarta vez



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Una figura larga, flexible y muy morena, que vestía una cami­seta muy ceñida de color violeta oscuro con lunares plateados, entró por la escotilla como un cohete, a una velocidad que Spar apenas habría creído posible, y sin rozar un solo obenque ni por casualidad ni a propósito. A medio camino, el recién llegado hizo media voltereta esquivando a Spar y frenó golpeando el titanio junto a Rixende con sus pies descalzos, largos y estrechos. Ejecu­tó una flexión tan perfecta, que la barra circular apenas osciló.

Un brazo se enroscó alrededor de la muchacha. Con la otra mano le arrebató la bolsa, y se oyó un chasquido cuando el intru­so le puso el tapón.

Una voz perezosa y musical inquirió:

-¿Qué decíamos que iba a pasarte si volvíamos a pillarte bebiendo sola, muñeca?

Un pesado silencio planeó sobre el Mesón del Murciélago. Keeper se había refugiado en el lado opuesto de la barra, con una mano detrás. Spar se quedó inmóvil en un rincón, como una estatua, con la mano metida entre las cajas de Niebla y Vino de Luna. Notó que estaba bañado en sudor. Suzy empinó la bolsa de tinto, ocultando la cara.

Uno de los bebedores se vio acometido por un súbito acceso de tos; cuando logró dominarlo, jadeó en tono servil:

-Perdone usía... Mis respetos.

Keeper balbució:

-Buenos días... Crown.

Crown tiró suavemente de la chaquetilla de Rixende, ponien­do al descubierto un hombro de la muchacha.

-¡Vaya!, tienes la carne de gallina, cariño, y estás tiesa como un cadáver. ¿De qué tienes miedo? Tranquila, Rix. Relájate, y te invitaremos a un trago.

Su mano encontró la esponja, se detuvo, la palpó y halló la parte húmeda; luego se la llevó a la cara para olfatearla.

-Bueno, muchachos. A1 menos hemos averiguado que ninguno de vosotros es un vampiro -comentó tranquilamente-. De lo contrario, le habríamos pillado chupando la oreja de la chi­ca.

Rixende se apresuró a decir con voz monótona:

-No he venido a beber, te lo juro. Vine a buscar la bolsita que perdiste. Y luego me tentaron. Traté de resistir, pero Keeper se empeñó tanto que...

-Cierra el pico -dijo Crown sin alzar la voz-. Nos estába­mos preguntando cómo ibas a pagar. Ahora ya lo sabemos. ¿Cómo pensabas pagar el tercer doble, eh? ¿Cortándote una mano o un pie? Anda, Keeper, enséñame la mano... ¡Enséñame­la, he dicho! Así está bien. A ver lo que tienes ahí.

Crown cogió el pendiente de la mano abierta de Keeper. Sin apartar los amarillentos ojos del rostro de Keeper, sopesó la valiosa joya y luego la arrojó suavemente hacia lo alto.

Mientras la mancha dorada flotaba pausadamente en direc­ción a la escotilla, Keeper boqueó dos veces, para balbucir luego:

-No he sido yo, Crown, ¡palabra! No sabía que iba a lasti­marse la oreja. Quise evitarlo, pero...

-Eso no nos importa -le interrumpió Crown-. Apunta el doble a nuestra cuenta.

Sin dejar de mirar fijamente a Keeper, alzó el brazo y atrapó el pendiente justo antes de que volase fuera de su alcance.

-¿Por qué hay tan poco ambiente en esta covacha? -inqui­rió.

Luego, alargando una pierna por encima del mostrador con tanta facilidad como si hubiera sido el brazo, pellizcó una oreja de Spar entre los dedos del pie y tiró de ella, arrastrando al camarero y obligándole a volverse.

-¿Cómo te prueban las gárgaras con agua salada, pequeño? ¿Se te han endurecido las encías? Sólo hay una manera de saber­lo.

Sujetó la mandíbula y los labios de Spar con el pie y le metió el dedo gordo del otro en la boca.

-Anda, pequeño. Muérdeme.

Spar mordió. Era la única solución para no vomitar. Crown soltó una risa burlona. Spar mordió con rabia. El esfuerzo sacu­dió su tembloroso esqueleto. Su rostro se congestionó y sus sienes latieron tumultuosamente mientras su frente quedaba bañada en sudor. Estaba seguro de que le hacía daño a Crown, pero el pri­mer magistrado de la Bodega Tres se limitó a sonreír con ironía. Cuando Spar abrió la boca para recobrar el aliento, retiró el pie y dijo:

-Vaya, vaya... Estás hecho un tigre, pequeño. Casi hemos notado el mordisco. Toma un trago a nuestra salud.

Spar hizo una finta, apartando su boca estúpidamente abierta del fino chorro de Niebla de Luna. El líquido le tocó en un ojo, escociéndole tanto que le obligó a cerrar los puños y apretar con fuerza sus doloridas encías para no gritar.

-¿Por qué hay tan poca animación en este antro, repito? Ni un solo aplauso para el pequeño, y ahora el pequeño se habrá enfadado con nosotros. ¿No podríais dedicarle una sonrisa para darle ánimos?

Crown miró a su alrededor, encarándose con cada uno de los presentes.

-¿Qué pasa? ¿Se os ha comido la lengua el gato?

-¿Gato? Tenemos un gato. Es nuevo. Llegó anoche. Nos sir­ve para cazar -balbució Keeper atropelladamente-. Habla un poco. No tan bien como Hellhound, pero habla. Es muy diverti­do: Cazó una rata.

-¿Qué hiciste con el cadáver de la rata, Keeper?

-Lo arrojé al tubo triturador. Mejor dicho, lo hizo Spar. O el gato.

-¿Quieres decir que hicisteis desaparecer un cadáver sin dar parte? ¡Bah! No te pongas pálido por eso, Keeper. No tiene importancia. Aunque podríamos acusarte por albergar un gato­brujo. Dijiste que había llegado anoche. Y fue una noche propicia para brujos... Vamos, no te pongas verde ahora. Sólo estábamos tomándote un poco el pelo. Tratábamos de pasar el rato. ¡Spar! -agregó-. Llama a tu gato. Haz que diga algo divertido.

Antes de que Spar pudiera llamar a Kim o decidir si debía obedecer o no, la mancha negra surgió sobre un obenque cerca de Crown, con las manchas verdes de sus ojos fijas en los amarillen­tos de éste.

-Conque tú eres el gracioso, ¿eh? Bien... cuéntanos un chiste.

Kim pareció aumentar de tamaño. Spar se dio cuenta de que erizaba el pelo.

-Adelante, gato... demuestra que sabes tanto como dicen. Keeper, ¿no nos habrás engañado al decirnos que sabía hablar?

-¡Spar! ¡Haz que tu gato hable!

-No importa. Se habrá comido su propia lengua, también. ¿No es eso, negro?

Alargó la mano. Kim le dio un zarpazo y se largó de un salto. Crown se limitó a soltar otra de sus risotadas.

Rixende empezó a temblar sin conseguir dominarse. Crown la contempló con burlona solicitud y alargó una mano para volver la cabeza de la muchacha hacia él. A1 mismo tiempo hacía pasar a la esponja cualquier gota de sangre que hubiera podido sacarle el zarpazo del gato.

-Spar juró que el gato hablaba -tartamudeó Keeper-. Yo...

-Silencio -dijo Crown.

Acercó la bolsa a los labios de Rixende y la apretó. Ella dejó de temblar y la bolsa quedó vacía. Crown le arrojó a Spar el envoltorio de plástico.

-Y ahora, ¿qué hay de mi bolsita negra, Keeper? -inquirió.

-¡Spar!

Éste se apresuró a decir, mientras se retiraba hacia un rincón:



-No hemos encontrado ninguna bolsita negra, señor Juez, pero sí la que olvidó el pasado Día de Juerga la señora Rixende. Y regresó mostrando un objeto grande, redondo y de color anaranjado brillante, que se cerraba con unos cordones.

Crown lo cogió y le dio vueltas, lentamente. Como no podía ver los cordones, a Spar le pareció cosa de magia.

-Demasiado grande, y el color tampoco es el mismo. Esta­mos seguros de que la bolsita negra se perdió aquí, a no ser que nos la robasen. ¿Estás convirtiendo el Mesón del Murciélago en un antro de ladrones, Keeper?

-Oye, Spar.

-Te lo preguntamos a ti, Keeper.

Apartando a Spar de un empujón, el aludido se puso a rebus­car frenéticamente, agachado entre cajas de Niebla de Luna y Vino de Luna. Salió a relucir un gran número de pequeños objetos; Spar pudo distinguir algunos de los más voluminosos, como un ventilador portátil a pilas y una pantufla de color púrpura. Los objetos perdidos flotaban en abigarrado revoltijo alrededor de Keeper.

Este jadeaba ya, mientras seguía revolviendo sin hallar nada más, hasta que por fin Crown intervino con voz indiferente:

-Con eso basta. De todos modos, la bolsita negra no tenía demasiada importancia para nosotros.

Keeper se incorporó. Su cara le pareció a Spar más borrosa que nunca; debía de estar envuelta en un halo de transpiración. Señaló el bolso anaranjado:

-A lo mejor está ahí dentro.

Crown abrió el bolso y empezó a rebuscar dentro del mismo. Luego mudó de propósito y le dio una sacudida. Todas las cosas que contenía se echaron a flotar, moviéndose hacia arriba con velocidad uniforme, como una formación militar en desbandada. Crown les pasó revista mientras volaban frente a sus ojos.

-No. Aquí no está.

Empujó el bolso hacia Keeper y le ordenó:

-Guarda las cosas de Rix y quédatelas hasta que volvamos... Rodeando a la muchacha con el brazo, sin dejar de aplicar la esponja a la oreja herida, se volvió y salió por la escotilla con poderoso impulso.

Cuando la pareja se hubo perdido de vista, hubo un suspiro general de alivio y los tres sacaron nuevos vales de crédito para otra ronda. Suzy exigió un segundo doble de tinto, que Spar se apresuró a servirle mientras Keeper se rehacía del susto, después de lo cual ordenó:

-Recoge todo eso que flota, Spar, y sobre todo lo de Rixie, para guardarlo en su bolso. ¡Vamos! ¡Muévete, gandul!

Luego puso en marcha el ventilador de mano para refrescarse y secarse el sudor.

El encargo le resultaba a Spar muy difícil de cumplir, pero Kim acudió en su ayuda lanzándose tras los objetos demasiado pequeños para que aquél pudiera verlos. Cuando los tenía entre las manos, los identificaba fácilmente por el tacto o por el olfato.

Cuando se hubo disipado su rabia impotente hacia Crown, Spar se puso a recordar los acontecimientos de la noche pasada. Sus visiones de vampiros y hombres-lobo, ¿eran sueño o reali­dad? A menos que el otro no estuviera de guardia como asegura­ba... Deseó poseer mejor vista para alcanzar a distinguir la ilusión de la realidad, y recordó el siseo burlón de Kim: «¡Visssionario! ¡Linsssse, que eresss un linssse!». ¿Cómo sería lo de ver las cosas con claridad? ¿Parecerían más brillantes o más cercanas?

Con estas tristes reflexiones, fue guardando los objetos dis­persos y luego regresó a la faena de barrer, mientras Kim reanu­daba la caza de ratones. A medida que avanzaba el Día de Faena, el Mesón del Murciélago iba quedando en penumbra, aunque de un modo tan gradual que era difícil notarlo.

Entraron algunos clientes, pero todos ellos para un trago rápi­do que les fue servido por un Keeper lúgubre y malhumorado. Suzy ni siquiera juzgó necesario intervenir en sus funciones como animadora.

A medida que pasaba el tiempo, Keeper iba cargándose de mala uva, tal y como Spar había imaginado que sucedería después de las humillaciones que le había infligido Crown. Quiso echar a los tres parroquianos habituales, pero éstos no dejaban de sacar más y más vales de crédito, arrugados pero de curso legal. Por más vueltas que les daba Keeper, no pudo descubrir ninguna fal­sificación. Para vengarse, quiso hacerles sisa en las raciones, con lo que se inició una serie de altercados. Por último, se volvió hacia Spar, diciendo airado:

-Ese gato tuyo... arañó a Crown, ¿no es cierto? Hay que echarlo de aquí. Crown dijo que podía ser un gato-brujo, ¿recuer­das?

Spar no respondió. Keeper le mandó que renovase el adhesi­vo de las escotillas, afirmando que Rixende pudo desengancharse porque se había secado. Luego se puso a picotear en los aperiti­vos y bebió Niebla de Luna con jugo de tomate. Cuando se cansó de esto, roció el local con un abominable perfume sintético y empezó a pasar cuentas de la recaudación. Pero también esto le aburrió enseguida y, mudando de intención, cerró la caja de gol­pe y contempló a Suzy con una extraña mueca.

-¡Spar! -gritó-. Hazte cargo de la barra y procura que no se emborrachen esos tipos.

Luego echó llave a la registradora y, con un significativo movi­miento de cabeza dirigido a Suzy, tomó impulso hacia una de las escotillas. Ella se encogió de hombros, mirando a Spar con expre­sión de hastío, y siguió a Keeper.

Tan pronto como la pareja hubo desaparecido, Spar sirvió a los parroquianos un trago de ocho segundos, negándose a aceptar sus vales, y colocó delante de ellos dos contenedores de frituras y empanadillas. Los clientes le dieron las gracias con un gruñido y empezaron a tragar. La iluminación del local pasó de la claridad normal a una semioscuridad cadavérica. Se oyó un ruido distante y apagado, seguido pocos segundos más tarde por un breve cres­cendo de crujidos metálicos. El cambio de luz puso nervioso a Spar, quien sirvió otras dos rondas sin cobrar y luego cargó precio doble por una bolsa de Niebla de Luna a un recién llegado. Quiso probar un aperitivo, pero entonces apareció Kim, muy ufano, para enseñarle un ratón que acababa de coger. Spar consiguió dominar las náuseas a duras penas. Empezaba a temer los sínto­mas de desintoxicación, y sintió que le flaqueaba la voluntad.

En aquel momento entró por la escotilla verde, sujetándose a los obenques, una figura tripuda y vestida de negro. Al poco se materializó al otro lado de la barra un rostro en el que la barba y la melena canosas apenas dejaban ver la piel, parda y curtida, subrayando sin embargo el brillo gris de la mirada.

-¡Doctor! -exclamó Spar con alegría.

Sintió que su malestar se disipaba como por ensalmo, y sin mediar otra palabra sacó de la nevera una bolsa de Niebla de Luna calidad «tres estrellas». Tan excitado estaba, que sólo acer­tó a decir:

-Mala noche hemos tenido, ¿eh, doctor? Vampiros y...

-... Y otras supersticiones estúpidas, que nacen de un sunth a otro y ya no se desvanecen jamás -1e interrumpió con una voz amigable, pero en tono sarcástico-. Aunque imagino que no debería privarte de tus ilusiones, Spar. Ni siquiera de las terrorífi­cas. Eso distrae un poco tu triste vida. Además, es verdad que corre mala gente por Windrush. ¡Ahhh! ¡Este trago tan fresco rejuvenece mis amígdalas!

Entonces Spar recordó aquello tan importante que se le había olvidado. Hurgando en lo más hondo de su traje de faena, y vol­viéndose para que los demás parroquianos no pudieran ver lo que hacía, sacó una bolsita negra, plana y muy pequeña.

-Tome, doctor -susurró-. La perdió usted el último Día de Juerga. Se la he guardado.

-¡Maldita sea! Soy capaz de perder hasta mis pantalones, si alguna vez me los bajase -comentó el doctor, bajando la voz cuando Spar le hizo seña llevándose un dedo a los labios-. Supongo que empecé a mezclar la Niebla con el Vino de Luna, ¿no es cierto?

-Sí, doctor. Pero usted no la perdió. Crown o una de sus chi­cas debieron hurtársela o apoderarse de ella al verla suelta a su lado. Y luego... yo la saqué del bolsillo de Crown. Eso hice, y no dije ni una sola palabra esta mañana, cuando Rixende y Crown aparecieron por aquí para reclamarla.

-Spar, hijo mío, estoy en deuda contigo -dijo el doctor-. Más de lo que puedes imaginar. Otra «tres estrellas», por favor. ¡Ahhhh! ¡Puro néctar! Spar, pídeme lo que quieras, y si está comprendido dentro de la primera infinitud transfinita, te juro que te lo concedo.

Ante su propia sorpresa, Spar empezó a temblar... de excita­ción. Inclinándose sobre la barra, murmuró roncamente:

-¡Déme un par de ojos sanos, doctor! ¡Y unos buenos dien­tes! -añadió impulsivamente.

Al cabo de lo que le pareció un largo rato, el doctor susurró, con voz soñadora y apesadumbrada:

-En los Antiguos Días, eso habría sido fácil. Ellos perfeccio­naron los trasplantes oculares. Sabían regenerar los nervios cra­neales y devolver a un cerebro lesionado la capacidad de resolución. Y el injerto de embriones dentales era una sencilla práctica para estudiantes. Pero ahora... Sí, podría hacer lo que me pides de una manera incómoda, anticuada, mecánica, pero...

El doctor se interrumpió, encogiendo los hombros con un ges­to que expresaba todas las miserias de la vida y la vanidad de todo esfuerzo.

-¡Los Antiguos Días! -se dirigió uno de los bebedores a su compañero, hablando con disimulo por la comisura de la boca-. ¡Conversaciones de brujería!

-¡Qué brujería ni qué niño muerto! -respondió el otro del mismo modo-. Lo que pasa es que el viejo matasanos ya cho­chea. Sueña los cuatro días, y no sólo el Día del Sueño.

El tercer bebedor se apresuró a silbar la musiquilla de un con­juro contra el mal de ojo.

Spar tironeó la manga del albornoz negro que vestía el doctor.

-¡Me lo ha jurado, doctor! ¡Quiero una vista aguda y unos dientes afilados!

El doctor apoyó conmiserativamente su arrugada mano sobre el antebrazo de Spar.

-Una vista aguda sólo serviría para hacerte más desgraciado, Spar -explicó amistosamente-. Créeme: lo sé. La vida es más llevadera cuando se ve todo borroso, lo mismo que las ideas son más agradables cuando las hace borrosas la Niebla o el Vino de Luna. En Windrush no falta gente que ambicione morder con fuerza, pero tú no eres de ésos. Sírveme otra «tres estrellas», por favor.

-Me he quitado de la Niebla desde esta mañana, doctor -comentó Spar con cierto orgullo, mientras le entregaba otra bolsa fresca.

El médico replicó, sonriendo con tristeza:

-Muchos dejan la Niebla todos los Días de Faena por la mañana, y cambian de idea cuando llegan al siguiente Día de Juerga.

-¡No seré yo, doctor! Además -reanudó Spar el hilo de sus argumentos-, Keeper y Crown ven con claridad, lo mismo que Suzy y las demás chicas, y no son desgraciados.

-Voy a decirte un secreto, Spar -replicó el doctor-. Kee­per y Crown y las chicas son unos cadáveres vivientes. Sí, incluso Crown, con toda su astucia y su poder. Para ellos, Windrush es el Universo.

-¿Y no es así, doctor?

Ignorando la interrupción, el doctor continuó:

-Pero tú no te conformarías con eso, Spar. Tu querrías averi­guar más. Y eso te haría más desgraciado de lo que eres ahora.

-No me importa, doctor -dijo Spar, y repitió en tono acusa­torio-: ¡Usted lo ha jurado!

La mirada casi gris desapareció para Spar cuando el médico frunció las cejas, pensativo. Luego dijo:

-¿Qué te parece esto otro, Spar? Sé que la Niebla de Luna trae tantos males y dolencias como alivios y alegrías. Pues bien: todos los Días de Faena por la mañana, y todos los Días de Juerga por la tarde, yo podría darte una pastillita que te produciría todos los efectos buenos de la Niebla de Luna, y ninguno de los perjudi­ciales. Tengo una en esta bolsa. Prueba ahora, y te convencerás. Y todos los Días de Juerga por la noche te daré otra clase de píl­dora que te hará dormir tranquilamente, sin ningún género de pesadillas. Eso sería mucho mejor que unos ojos y unos dientes. Piénsalo bien.

Mientras Spar meditaba, apareció Kim, mirando al doctor con sus dos puntitos verdes.

-Missss rrresssspetuossssosss sssaludosss, ssseñorrr -silbó-. Ssssoy Kim.

-Se le corresponde, caballero -respondió el doctor-. Que no falten los ratones.

Acarició al gato, pasando suavemente los dedos por la gargan­ta y el pelaje del pecho. Su voz volvió a hacerse soñadora:

-En los Antiguos Días, todos los gatos hablaban, y no sola­mente algunos fenómenos. Toda la tribu felina. Y también muchos perros... ¡ejem! Perdona, Kim. En cuanto a los delfines, ballenas y monos...

Spar le interrumpió con avidez:

-Dígame una cosa, doctor. Si sus píldoras proporcionan la felicidad sin ningún tipo de resacas, ¿por qué bebe usted Niebla de Luna, y alternándola muchas veces con el Vino de Luna?

-Porque yo... -empezó el médico, y luego se interrumpió sonriendo-. Me has atrapado, Spar. No creí que fueses capaz de pensar por tu cuenta. Bien, ¡tú ganas! Ven a mi consultorio el próximo Día de Ocio... ¿Conoces el camino? Veremos lo que se puede hacer con tus ojos y tus dientes. Y ahora, dame una bolsa doble para el regreso.

Pagó con brillantes monedas, mientras se metía la gran bolsa de «tres estrellas» en una faltriquera, diciendo:

-Hasta luego, Spar. Hasta la vista, Kim.

Y se dirigió hacia la escotilla siguiendo una trayectoria en zig­zag.

-Hasssta la visssta, ssseñorrrrr -le despidió Kim.

Spar enarboló la bolsita negra.

Mientras el doctor volvía profiriendo una palabrota para coger lo suyo, se abrió la escotilla roja y apareció Keeper. Parecía de mejor humor que antes y silbaba la tonadilla de Me casaré con el hombre del puente mientras contemplaba con suspicacia ciertas manchas sobre el mostrador y revisaba las espitas del Vino de Luna. Tan pronto como salió el doctor, preguntó en tono descon­fiado:

-¿Qué era eso que le dabas al viejo ganso?

-Su bolsa -reaccionó Spar con rapidez-. Se le había olvi­dado después de pagar al contado.

Sacudió una mano, dejando oír un sonido tintineante; Keeper se apoderó ávidamente del dinero y luego ordenó:

-¡A barrer, Spar!

Mientras éste flotaba hacia la escotilla roja para recoger sus aspiradores, Suzy pasó a su lado sin mirarle, avergonzada. Flotó hacia el mostrador y, muy seria, aceptó la bolsa de Niebla que le ofreció Keeper con burlona cortesía.

Spar sintió un acceso de indignación pensando en Suzy. Pero se le hacía difícil pensar en otra cosa que no fuera la inminente visita al médico. Cuando la noche del Día de Faena cayó, tan rápidamente como un cuchillo lanzado por una mano experta, apenas se dio cuenta de ello y no experimentó la acostumbrada aprensión. Keeper conectó a toda potencia el alumbrado del Mesón del Murciélago. Resplandecía de un modo deslumbrante, mientras al otro lado de las paredes translúcidas se adivinaba sólo un círculo de claridad lechosa.

El negocio se animó un poco. Suzy no tardó en largarse con el primer cliente adinerado. Keeper ordenó a Spar que atendiera a la barra mientras él cogía una hoja de papel sobre la que se había escrito y borrado docenas de veces y, poniéndola sobre una tabli­lla, empezaba a escribir laboriosamente, como si meditase las palabras o quizá incluso las letras una a una, humedeciendo a menudo el lápiz con la lengua. Estaba tan absorto en su ímproba tarea que, sin darse cuenta, empezó a girar sobre sí mismo mien­tras flotaba poco a poco hacia la escotilla negra. El papel se ensu­ciaba cada vez más con sus garabatos y sus tachaduras, acompa­ñadas de saliva y sudor.

La corta noche transcurrió con más rapidez de lo que Spar se había atrevido a desear, por lo que sufrió un sobresalto ante el súbito amanecer del Día de Ocio. Casi todos los clientes se largaron a dormir la siesta.

Spar se preguntaba qué excusa iba a darle a Keeper para abandonar el Mesón del Murciélago, cuando el propio Keeper le resolvió el problema. Doblando el sucio papel y sellándolo con cinta en caliente, dijo:

-¡Eh, gandul! Coge esto y vete al Puente, donde se lo entre­garás al Ejecutivo. ¡Espera!

Tomó el bolso anaranjado y tiró de los cordones para asegu­rarse de que estaban bien apretados.

-De paso, entrega esto en la cueva de Crown. ¡Obediencia y buenos modales, Spar! Ahora, ¡lárgate ya!

Spar metió el mensaje sellado en su único bolsillo con crema­llera en buen estado. Luego flotó lentamente hacia la escotilla superior, donde estuvo a punto de chocar con Kim. Recordando lo que había dicho Keeper sobre echar al gato, cogió al animal por debajo de sus patas delanteras y se lo metió cuidadosamente debajo del traje de faena, mientras susurraba:

-Vamos a dar un paseo, pequeño Kim.

El gato clavó las uñas en la delgada tela para sujetarse, y se quedó quieto.

Para Spar, el corredor era un tubo estrecho que terminaba en niebla por los dos extremos, y salpicado longitudinalmente de motas verdes y rojas. Guiándose principalmente por el tacto y la memoria, avanzó tomando impulso con el cable que discurría a lo largo de la pared. Después de rodear los grandes cilindros de los pasadizos centrales, el corredor continuaba en línea recta. Los ventiladores axiales funcionaban con tanta suavidad que apenas se percibía sino una ligera corriente antes de cruzarlos, y una leve succión después de pasar.


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