La cuarta vez



Descargar 1.23 Mb.
Página5/15
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.23 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15

Pronto llegó a su olfato el olor a tierra y a vegetales. Con un estremecimiento, pasó junto a un gran círculo negro que era la compuerta de carga del triturador principal de la Bodega Tres. No se cruzó con nadie... cosa extraña incluso el Día de Ocio. Lue­go vio verdear los Jardines de Apolo y más allá una gran pantalla negra sobre la cual flotaba, siempre hacia popa, un pequeño cír­culo anaranjado que inspiraba a Spar una tristeza y un miedo inexplicables. Se preguntó cuántas serían las pantallas negras que reflejaban aquel lúgubre círculo. Eran particularmente numero­sas hacia el costado de estribor, y él había visto el círculo en varias.

Al llegar a los jardines, tan cercanos que Spar pudo distinguir los verdes tallos ondulantes y la silueta del jardinero que flotaba sobre ellos, el corredor se doblaba en ángulo recto hacia abajo. Con dos docenas de impulsos a lo largo del cable, Spar llegó hasta una escotilla abierta. Su memoria para las distancias recorridas y un intenso aroma de perfumes mezclados le dijeron que aquélla era la entrada a la cueva de Crown. Atisbando a través de la esco­tilla distinguió el motivo decorativo de espirales negras y platea­das que caracterizaba el interior del gran depósito de forma glo­bular. A1 fondo y directamente enfrente de la escotilla, había otra gran pantalla negra con el inevitable disco pardo moteado de rojo en posición excéntrica.

Spar oyó debajo de su barbilla el siseo de Kim, suave pero apremiante:

-¡No te muevasssss! ¡Ssssilensssio, por tu vida!

El animal se había asomado por el cuello de la ropa; sus orejas cosquilleaban la garganta de Spar. Éste empezaba a acostumbrar­se a los modales melodramáticos del gato, pero, de todos modos, la advertencia era innecesaria. Había visto media docena de cuer­pos desnudos flotando por el aire, y fue tal su confusión ante tamaño espectáculo, que permaneció inmóvil y helado de ver­güenza. Y no porque sus ojos fuesen capaces de distinguir ningún órgano genital; para él eran tan invisibles como las orejas. Pero sí pudo notar, aparte del pelo, las diferentes complexiones. Uno era muy moreno, y los otros cinco... ¿o eran cuatro?... de piel más blanca. Sobre todo las dos rubias, una de ellas platinada y ambas igualmente desconocidas para él. Se preguntó quién sería la nue­va chica de Crown, la que llamaban Almodie. Experimentó alivio al comprobar que los cuerpos no se tocaban entre sí.

Algo metálico brilló junto a una de las rubias, y distinguió la mancha rojiza que, como él sabía, era un recipiente, con cinco tubos que partían del mismo hacia cinco rostros distintos. Una de las chicas actuaba como «barman». A Spar le extrañó que Crown, pese a vivir en tan lujoso alojamiento, se sirviera el Vino de Luna de un modo tan plebeyo y ordinario. Por supuesto, no sabía si el contenedor era de Vino o de Niebla; podía ser incluso cerveza.

¿Acaso se proponía Crown hacerle competencia a Keeper? En tal caso, mala época y peor emplazamiento había elegido, murmuró mientras meditaba cómo deshacerse del bolso anaranjado.

-¡Vámonossss de una vezzzzz! -apremió Kim aún más bajo. Los dedos de Spar localizaron un clip junto a la escotilla. Con un «clic» casi imperceptible, le sujetó los cordones del bolso y lue­go tomó impulso para deshacer el camino.

Sin embargo, pese a todas las precauciones por no hacer rui­do, el ligero «clic» provocó una respuesta inmediata procedente de la cueva de Crown... un gruñido muy profundo y prolongado.

Spar tiró del cable con más rapidez para alejarse. Cuando lle­gó al recodo, la curiosidad le hizo volverse.

Por la escotilla de Crown asomaba una cabeza más estrecha que la de un hombre, con orejas puntiagudas y con una cara más negra que la del mismo Crown.

Se oyó un nuevo gruñido.

Spar se sintió ridículo por haber tenido miedo de Hellhound. ¡Vaya! Más de una vez, Crown había ido al Mesón del Murciélago en compañía de su perrazo. Tal vez fuese porque Hellhound nun­ca había gruñido en el Mesón; hablaba, aunque su vocabulario se reducía a un centenar de monosílabos, más o menos.

Además, el perro no podía avanzar tomando impulso con el cable, pues no tenía las uñas suficientemente afiladas. Como mucho, se desplazaba en zigzag saltando de un lado a otro del pasillo para apoyarse en la pared.

Esta vez Spar tuvo un sobresalto al pasar junto a la boca del triturador principal, y lanzó una exclamación de disgusto. ¡Asus­tarse como un crío precisamente hoy, que iba a conseguir unos ojos nuevos!

-¿Por qué me has espantado cuando estábamos allá, Kim? -reprendió al gato.

-¡Tú no hasss visssto al monsssstruo! ¡Nesssio!

-Sólo he visto a cinco personas sorbiendo Niebla de Luna y un perro inofensivo. Esta vez, el tonto y necio has sido tú, Kim.

El gato guardó silencio y metió la cabeza, contrariado. Spar recordó que todos los gatos eran vanidosos y susceptibles. Pero ahora él tenía otras cosas en que pensar. ¿Y si alguien hurtaba el bolso anaranjado antes de que Crown reparase en él? Y si lo encontraba Crown, sabiendo que Spar era el mandadero de Kee­per, ¿adivinaría que había estado fisgando? ¡Que todo esto hubiera de ocurrirle el día más importante de su vida! Su pequeña victoria verbal sobre Kim le sirvió de magro consuelo.

Por otra parte, y aunque la rubia platino era la que más le había interesado de las dos desconocidas, la otra -la que tenía el cabello dorado como el de Suzy, aunque era mucho más blanca y esbelta- le tenía preocupado. Le pareció haberla visto antes... y, sin saber por qué, algo relacionado con ella le causaba un terror indefinible.

Cuando llegó a los corredores centrales se sintió tentado de ir al consultorio del doctor antes que al Puente. Pero prefirió dispo­ner de más tiempo para lo del médico, cumpliendo antes todos sus encargos.

Entró de mala gana en el corredor central, donde la fuerte corriente de aire le empujó a gran velocidad hasta que pudo alcanzar el cable-guía, a costa de despellejarse las manos. Maldijo la tacañería de Keeper por no proporcionarle unos guantes, al menos, ya que pedir también calcetines habría sido demasiado. Pero enseguida tuvo que prestar toda su atención para no golpearse los nudillos con los soportes que mantenían el cable a lo largo de la pared; era fácil apoyarse en ellos para tomar impulso, pero había que andar con cuidado.

Distinguió algunas figuras que como él iban y venían siguien­do el cable; otras flotaban dejándose llevar por el viento. Un borracho daba tumbos girando sobre sí mismo y salmodiando con voz cascada, de anciano:

-¡La Escala de Jacob! ¡El Árbol de la Vida! ¡La Cucaña de Mayo!...

Pasó la compuerta que marcaba la división entre las Bodegas Tercera y Segunda sin que el guardia de servicio le diera el alto, y por poco erró el gran corredor azul que conducía hacia arriba.

Una vez más se quemó las palmas de las manos al colgarse del otro cable, sacudido por las corrientes de aire. Se sentía cada vez más inquieto.

-¡Sssspar, essstúpido...! -empezó Kim.

-¡Ssssh! Estamos en zona oficial, ahora -le hizo callar, satis­fecho por haber hallado ese pretexto para reprender de nuevo al incordiante animalito.

La verdad era que los grandes espacios abiertos de Windrush le producían un horrible pánico.

Casi demasiado pronto para su gusto, se encontró colgado de una escalera de tubo metálico inmediatamente debajo de la cubierta del Puente. Después de coronar el último escalón se quedó flotando sin saber qué hacer, esperando que alguien le dirigie­se la palabra.

En el Puente había muchos bultos metálicos de formas extra­ñas, brillantes, y reflejos irisados que destellaban a intervalos; los más cercanos le parecieron como filas y columnas de diminutas luces que parpadeaban, rojas, verdes... de todos los colores. Y más arriba, abarcándolo todo, una inmensa cúpula de terciopelo negro salpicado de destellos blanquecinos casi imperceptibles.

Entre los objetos metálicos y los resplandores irisados flota­ban unas figuras vestidas con el uniforme azul oscuro de los ofi­ciales. De vez en cuando se hacían señas, pero nadie hablaba. Para Spar, cada uno de sus movimientos estaba cargado de una profunda importancia. Aquellos eran los dioses de Windrush, los que tenían el destino en sus manos, si es que tal cosa existía. Se sintió reducido a la insignificancia de un ratón, el cual podría ser aplastado sin misericordia si se atrevía á molestar.

Después de un intercambio de gestos particularmente agita­do, se oyó un breve y lejano rugido, y luego una serie de chasqui­dos y crujidos familiares. Spar se quedó asombrado, aunque no podía ignorar que el capitán, el piloto y demás altos oficiales eran los causantes de los conocidos fenómenos diurnos.

Significaba, en efecto, el mediodía del Día de Ocio. Spar recordó sus problemas personales. Se estaba retrasando en sus diligencias. Empezó a levantar la mano cada vez que pasaba una de las figuras azules, tratando de solicitar atención. Nadie le hizo caso.

Finalmente, susurró:

- ¿Kim?

El gato no respondió. Spar oyó un ronroneo, pero también podía ser un ronquido. Sacudió al gato con suavidad.

-Dime algo, Kim.

-¡Sssssh! ¡Ssssilensssio! Essstoy durmiendo.

Kim sacó las uñas para acomodarse de nuevo, y volvió a emitir un ronroneo satisfecho... natural o fingido; eso no podía averi­guarlo Spar. Experimentó un gran desaliento.

Los lunths iban pasando uno tras otro. Cuando mayor era su desesperación, pensando que iba a llegar tarde a su cita con el doctor, oyó una voz juvenil y agradable que decía:

-¡Hola, abuelo! ¿Qué te trae por aquí?

Spar se dio cuenta de que había seguido levantando la mano maquinalmente, con lo que consiguió captar la atención de un individuo, moreno como Crown, pero que vestía uniforme azul. Sacó la nota del bolsillo y se la entregó al oficial.

-Es para el Ejecutivo.

-Ése es mi Departamento.

Hubo un leve crujido -¿la uña rasgando el precinto?- segui­do de otro más fuerte: el papel había sido desplegado. Una breve pausa, y luego:

-¿Quién es Keeper?

-El dueño del Mesón del Murciélago, señor. Yo trabajo allí.

-¿Qué mesón has dicho?

-Una expendeduría de Vino de Luna. En otros tiempos le llamaban El Ruedo Feliz, según creo. En los Días Antiguos, según el doctor, se llamaba la Cantina Número Tres.

-¡Hum! ¿Qué significa todo eso, abuelo? Y, ¿cómo te lla­mas?

Spar contempló con tristeza el rectángulo de papel lleno de manchas oscuras.

-No puedo leer, señor. Me llamo Spar.

-¡Hum! ¿Se han visto... ejem... seres sobrenaturales en el Mesón del Murciélago?

-Sólo en mis sueños, señor.

-Bien... Echaremos un vistazo. Cuando me veas por allí, fin­ge que no me conoces. A propósito, soy el alférez Drake. ¿Quién es tu pasajero, abuelo?

-Es sólo mi gato, alférez -respondió Spar súbitamente alar­mado.

-Bien. Vete por ese corredor negro.

Spar empezó a desplazarse por entre la selva de tubos hacia la dirección señalada por el brazo uniformado de azul.

-Y la próxima vez recuerda que está prohibido traer anima­les al Puente.

Mientras empezaba a bajar, la sensación de alivio que le había producido comprobar que el alférez Drake parecía humano y comprensivo se confundió con el miedo a perder la cita con el médico. Estuvo a punto de equivocar el cable-guía que llevaba al corredor rojo principal. El resplandor equívoco del atardecer le confundía con su luz cadavérica. De nuevo se tropezó con el borracho, que continuaba su monólogo graznando:

-¡La Trinidad, el Copón y el Mantel!

Estaba a punto de abandonar su propósito de visitar al doctor, para regresar directamente al Mesón del Murciélago, cuando se dio cuenta de que estaba traspasando el acceso a la Bodega Cuá­tro y que llegaría al consultorio después del primer recodo. Se dejó flotar hasta un obenque, verificó su situación y luego empezó a tomar impulso hacia la consulta, cuyo emplazamiento a babor venía a corresponder con el de la cueva de Crown a estribor.

Mientras seguía el cable se cruzó con dos figuras cuyo aliento pregonaba una celebración anticipada del Día de Juerga. Spar temió encontrar cerrado el consultorio. De los cercanos Jardines de Diana llegaba un olor a plantas y tierra húmeda.

La escotilla estaba cerrada, pero cuando Spar accionó el bul­bo se abrió a la tercera llamada y apareció el rostro conocido, con su halo de cabello blanco y su mirada gris.

-Empezaba a creer que no vendrías, Spar.

-Lo siento, doctor. He tenido que...

-No importa. Pasa, pasa. ¡Hola, Kim! Date un garbeo por aquí si quieres.

Kim salió de su escondite y, tomando impulso en el pecho de Spar, partió para una ronda de inspección típicamente gatuna.

Y allí había mucho que inspeccionar. Incluso Spar pudo darse cuenta de ello. De todos los obenques del consultorio se habían colgado objetos en toda su longitud. Parecían burbujas grandes y pequeñas, opacas o brillantes, oscuras o translúcidas, destacán­dose sobre un panel de aquella luz cadavérica que tanto miedo inspiraba a Spar, aunque no lo recordó en ese instante. Enfrente había una cinta de luz aún más intensa.

-¡Cuidado, Kim! -gritó Spár cuando el gato aterrizó sobre un obenque y se puso a saltar de un objeto a otro.

-Déjale; no pasa nada -dijo el doctor-. Ahora voy a exa­minarte, Spar. Mantén los ojos abiertos.

Las manos del doctor sujetaron la cabeza de Spar. Sus ojos grises y su rostro curtido se acercaron hasta confundirse en un solo manchón.

-Manténlos abiertos, he dicho. Sí, ya sé que necesitas parpa­dear de vez en cuando... Lo que yo suponía. Los cristalinos están disueltos. Has sufrido una complicación secundaria que se da en uno de cada diez casos de infección en la rickettsia del Leteo.

-¿La fiebre estigia, doctor?

-En efecto, aunque el vulgo confundió los ríos del Averno al darle ese nombre. Todos la hemos padecido. Todos hemos bebi­do las aguas del Leteo. Aunque a veces, cuando nos hacemos muy viejos, empezamos a recordar los comienzos. No pestañees.

-¡Eh, doctor! ¿Es por lo de la fiebre estigia que no puedo recordar nada anterior al Mesón del Murciélago?

-Podría ser. ¿Cuánto tiempo hace que estás allí?

-No lo sé, doctor. Desde siempre.

-Desde antes de que yo descubriera ese lugar, de seguro. Fue cuando cerraron La Corrala aquí, en la Bodega Cuatro. Pero de eso hace un starth.

-Pero yo soy terriblemente viejo, doctor. ¿Cómo es que no puedo recordar?

-Tú no eres viejo, Spar. Sólo que estás calvo y desdentado, y podrido por la Niebla de Luna, y tus músculos se han atrofiado. Sí, y tu cerebro se ha atrofiado también. Ahora, abre la boca.

Una de las manos del doctor sujetó la nuca de Spar; la otra tanteó las encías.

-Al menos tienes las encías fuertes. Eso facilitará mi trabajo. Spar quiso decirle lo de las gárgaras con agua salada, pero cuando el doctor le sacó la mano de la boca fue para ordenarle:

-Ahora, ábrela todo lo que puedas.

El doctor introdujo en la boca de Spar una cosa caliente y tan gruesa como un bolso de mano.

-Ahora, muerde con todas tus fuerzas.

A Spar le pareció que mordía un tizón encendido. Quiso escu­pirlo, pero unas manos sobre su mandíbula y su cráneo le mante­nían la boca firmemente cerrada. Pataleó involuntariamente y arañó el aire. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

-¡Estáte quieto! Respira por la nariz. No quema tanto como tú crees. Ni siquiera te levantará ampollas.

Spar hubiera querido discutir tal afirmación, pero al cabo de un momento decidió que no quemaba tanto como para cocerle el cerebro a través del velo del paladar. Además, no quería descu­brir su cobardía ante el doctor. Permaneció quieto. Parpadeó varias veces, y pudo distinguir en medio de borrosos contornos la mancha correspondiente al rostro del médico, así como los límites de la estancia, bañados por la luz fría y mortecina. Trató de son­reír, pero sus labios estaban ya distendidos más allá de su capaci­dad muscular. Eso también le hacía daño; empezó a darse cuenta de ello a medida que disminuía el ardor.

El doctor le contemplaba, sonriendo.

-En fin... Sólo un viejo borrachín como yo podía atreverse a emplear unas técnicas que sólo conocía por los libros. Pero te garantizo que tendrás unos dientes tan afilados, que podrás cortar un obenque con ellos. Por favor, Kim. Apártate de esa bolsa.

La mancha negra que era el gato despegó de un salto desde un objeto también negro y dos veces más largo que él. Spar emitió por la nariz un sonido que quería ser desaprobador, e hizo algu­nas muecas. El objeto se parecía a la bolsita negra del doctor, sólo que a escala cien veces más grande. Debía de ser pesado, además, pues cuando Kim saltó, el impulso puso en tensión al obenque del que colgaba, no regresando sino lentamente -ahí estaba el deta­lle- a la posición inicial.

-Esa bolsa contiene mi tesoro, Spar -explicó el doctor y, cuando el aludido alzó las cejas en señal de interrogación, conti­nuó-: No está en monedas, ni en oro, ni en joyas, no. Es como una segunda infinitud transfinita... descanso, y sueños, y pesadi­llas para todas las almas en mil sitios como Windrush.

Bajó la mirada hacia su muñeca.

-Ya ha pasado bastante tiempo. Abre la boca.

Spar obedeció, a costa de nuevos dolores.

El doctor extrajo la cosa que Spar había mordido, y la envol­vió en un plástico retráctil y la colgó del obenque más cercano. Luego estudió de nuevo la boca de Spar.

-Me parece que estaba demasiado caliente -dijo.

Cogió una bolsa pequeña, la aplicó a los labios de Spar y apre­tó. La pulverización invadió la boca del paciente y todo el dolor se desvaneció al momento.

Luego metió la bolsa en la faltriquera de Spar.

-Úsala si te duele otra vez.

Antes de que Spar pudiera darle las gracias, el doctor le aplicó un tubo sobre el ojo derecho.

-Mira, Spar, y dime lo que ves.

Sin poder evitarlo, éste profirió un grito y se echó hacia atrás.

-¿Qué te pasa?

-¡Me ha dado usted un sueño, doctor! -dijo Spar con voz ronca-. No se lo dirá a nadie, ¿verdad?

-¿Qué clase de sueño? -inquirió el médico, curioso.

-No era más que un dibujo, doctor. Representaba una cabra con cola de pescado. ¡Doctor...! He podido distinguir... hasta las escamas... -su mente vacilaba-. Todos los detalles... tenía bor­des afilados. Doctor, ¿es eso lo que quieren decir cuando hablan de ver claro?

-En efecto, Spar. Eso es lo bueno, pues significa que no tie­nes ninguna lesión en el cerebro ni en la retina. Será fácil hacerte unas gafas aprovechando un par de prismáticos viejos... es decir, si no he perdido los míos. Por eso, en sueños lo ves todo claro... ¡es natural! Pero ¿por qué no quieres que se lo cuente a nadie?

-Pensé que podían acusarme de brujería, doctor. Creí que ver las cosas así era lo que llamaban clarividencia. El tubo me hizo cosquillas en el ojo.

-¡Isótopos y chaladura! Tenía que hacerlas. Ahora, veamos el otro ojo.

De nuevo Spar quiso lanzar una exclamación, pero esta vez se contuvo pese al leve cosquilleo. Vio el retrato de una joven esbel­ta. Spar supo que era una mujer por su forma general, aunque su aspecto le pareció de lo más extraño, al percibir gran número de... detalles desconocidos para él hasta entonces. Por ejemplo, los ojos no eran dos manchas de color. Tenían rabillos a ambos lados, que eran dos triangulitos blancos como la porcelana. Y en medio, el círculo de color violeta pálido contenía otro círculo negro más pequeño.

El cabello era plateado, pero sin embargo ella parecía joven. Aunque era difícil juzgar tales extremos ahora que veía tantos detalles, pensó Spar. Le recordó a la rubia platino que había entrevisto en la cueva de Crown.

Llevaba un largo vestido blanco que le dejaba los hombros desnudos. Su cabello, en vez de flotar libremente, le colgaba hacia abajo por efecto de algún truco, o de alguna fuerza desconocida, que también tiraba del vestido hacia los pies, marcándole numerosos pliegues... o eso parecían.

-¿Cómo se llama, doctor? ¿Es Almodie?

-No. Es Virgo, la virgen. Puedes ver los detalles.

-Sí, doctor. Lo veo todo nítido... como el filo de un cuchillo. Y la cabra-pez, ¿qué era?

-Capricornio -respondió el doctor, apartando el tubo del ojo de Spar.

-Ya sé que Virgo y Capricornio son nombres de luths, terranths, sunths y starths, pero nunca supe que tuvieran retratos. Nunca supe que eran cosas.

-¿Eh...? ¡Claro! Tú nunca has podido ver un reloj, ni una estrella, ni mucho menos las constelaciones del Zodíaco.

Spar estuvo a punto de preguntarle de qué estaba hablando, pero entonces observó que el resplandor cadavérico se había extinguido, a excepción de una ancha franja de claridad.

-A1 menos, hasta donde tu memoria puede abarcar -estaba diciendo el médico-. Tendré preparados tus nuevos ojos y dien­tes el próximo Día de Ocio. Procura venir más pronto si puedes. Es posible que nos veamos antes en el Mesón del Murciélago, tal vez el Día de Juerga por la noche.

-Gracias, doctor. Ahora debo irme. ¡Vamos, Kim! Los Días de Ocio por la noche suele haber mucho trabajo. Los parroquia­nos adelantan el Día de Juerga, a lo que parece. Salta, Kim, que te llevo.

-¿Seguro que sabrás regresar solo al Mesón del Murciélago, Spar? Antes de que llegues allí habrá oscurecido.

-Claro que podré, doctor.

Mas cuando cayó la oscuridad, como una pesada caperuza sobre su cabeza, deseó regresar para pedirle al doctor que le acompañase. Pero temió las burlas de Kim, aunque de momento el gato no decía palabra. Se impulsó hacia adelante con rapidez, pese a que el débil resplandor de las luces de navegación apenas le permitían distinguir el cable-guía.

El pasillo central aún estaba peor: completamente desierto y muy mal iluminado. Ahora que sabía lo que era ver con claridad, le molestaba su visión borrosa. Empezó a sudar y a temblar, y sin­tió náuseas. Todo ello eran síntomas de malestar por haberse qui­tado de la bebida. Sus pensamientos giraban en torbellino. Se preguntó si alguna de las cosas raras que le habían pasado desde que recogió a Kim era real, o si todo habría sido un sueño. Tam­bién le preocupaba el obstinado -¿o forzado?- silencio del gato. Empezó a ver unas manchitas voladoras que se desvanecían cuando procuraba contemplarlas fijamente. Recordó lo que Kee­per y los parroquianos decían sobre las brujas y los vampiros.

Entonces, en vez de entrar por la escotilla verde del Mesón del Murciélago, se perdió por un pasillo lateral completamente oscuro. Creyó oír el gruñido del perro Hellhound, aunque tam­bién podía ser el ruido del triturador principal. Temblaba de páni­co cuando por fin tropezó a oscuras con la escotilla roja del Mesón, y recordó justo a tiempo no rozar el marco adhesivo.

El lugar estaba lleno de luz y animación. Había parejas que bailaban. Tan pronto como le vio, Keeper empezó a dirigirle insultos. Spar pasó al otro lado de la barra y empezó a recibir encargos y a servirlos maquinalmente, guiándose sólo por los sonidos y el tacto, deslumbrado por la fuerte luz y notando que su resaca empeoraba más que nunca.

A1 cabo de un rato las cosas fueron mejor; en cambio, su ner­viosismo empeoró. Sólo el trabajo incesante le permitía soportar­lo, así como le mantenía sordo a los insultos de Keeper. Pero empezaba a sentirse demasiado cansado para trabajar. Mientras amanecía el Día de Juerga y la clientela cada vez más numerosa se agolpaba en torno a la barra, cogió una bolsa de Niebla de Luna y sé la llevó a los labios.

Unas garras se clavaron en su pecho.

-¡Nessssio! ¡Esssclavo! ¡Sssssumissso!

A Spar poco le faltó para caer en convulsiones, pero desistió de beber. Kim salió de entre sus ropas y, después de alejarse de un salto, despectivo, se puso a dar vueltas por la barra y hablar con los bebedores, convirtiéndose pronto en el centro de todas las conversaciones. Keeper empezó a darse importancia por cuenta del gato, y dejó de servir. Spar trabajaba y trabajaba sin parar, más mareado por la abstinencia que por ninguna de las borrache­ras que pudiese recordar. El malestar era infinitamente más pro­longado.

Suzy entró en compañía de uno de sus fletes, y le tocó la mano a Spar mientras éste servía su tinto. Eso le reconfortó.

Creyó reconocer una voz que venía de abajo. Era de un parro­quiano melenudo, que vestía traje de faena, desconocido para él. Pero luego le oyó hablar de nuevo y pensó que era el alférez Dra­ke. Había varios clientes más a quienes no conocía.

El lugar estaba realmente animado. Keeper aumentó el volu­men de la música. Solos o por parejas, los parroquianos daban tumbos por el aire, de un obenque a otro, en una imitación de bai­le. Una chica de negro hacía contorsiones gimnásticas. Otra, de blanco, echó a flotar sobre la barra circular mientras Keeper se vengaba cargando consumiciones inexistentes en la cuenta de su amigo. Algunos bebedores intentaron formar un coro.

Spar oyó que Kim recitaba:


Ssssoy un minino

pissstonudo;

ssssoy asssesssino

de losss ratonesss

y aquí ssssaludo

a los muchachchosss

gordinflonessss.

¡Hola, machchossss!
Cayó la noche del Día de Juerga y la animación creció. El doc­tor seguía sin aparecer por allí. En cambio, se presentó Crown. Los bailarines se apartaron y todo un sector de parroquianos se movió para dejarle espacio a él, a sus chicas y a Hellhound, hasta que los recién llegados dispusieron de más de una tercera parte de la barra circular, sin que nadie se atreviera a acercárseles. Con gran sorpresa de Spar, todos pidieron café menos el perro, que al ser interrogado por Crown respondió:

-Un Bloody Mary -pero pronunciado en un tono tan pro­fundo que más bien pareció un gruñido, algo así como «Un Bluh­Muh».

-¡Si esssso esss hablarrrr! -se burló Kim desde el lado opuesto de la barra. Los borrachos que lo rodeaban le hicieron un coro de risitas irónicas.

Spar sirvió las bolsas de café muy caliente con las pinzas de fieltro que servían para cogerlas, y preparó el combinado pedido por Hellhound mediante una pipeta mezcladora. Estaba al límite de sus fuerzas, y en aquel momento tenía miedo de lo que pudiera ocurrirle a Kim. Veía los rostros cada vez más borrosos, pero dis­tinguía a Rixende por su pelo negro, a Phanette y Doucette por su cabello pelirrojo y su complexión delicada con raras motas roji­zas; en cuanto a la rubia platino, era en efecto Almodie, aunque parecía fuera de lugar entre el feo bulto moreno vestido de púrpu­ra y la otra silueta, más pequeña y oscura, de orejas puntiagudas.

Spar oyó que Crown le susurraba:

-Pídele a Keeper que te enseñe el gato parlante.

Hablaba muy bajo, y Spar no habría sido capaz de oírlo a no ser por la extraña nota de excitación en su voz, que Spar no le conocía.

-Pero ¿no se pelearán? Quiero decir, él y Hellhound -res­pondió ella con una voz que cautivó el corazón de Spar como una red de zarcillos de plata.

Le habría gustado poder contemplar su rostro a través del tubo del doctor. Sin duda se parecería a Virgo, sólo que mucho más hermosa. Aunque, por supuesto, tratándose de una chica de Crown no podía ser virgen. Sus ojos eran también de color viole­ta, pero él ya estaba harto de no ver más que manchas. Almodie parecía muy asustada, pero continuó:

-No lo hagas, Crown. Por favor.

Spar quedó completamente subyugado.

-Hemos venido para eso, muñeca. Y nadie ha de venir a decirnos lo que debemos hacer. Nos figurábamos que ya lo habrías aprendido. Nos gustaría darte otra lección ahora mismo, sólo que por aquí huele mucho a guardia emboscado, esta noche. ¡Keeper! Nuestra nueva muñeca quiere oír a tu gato parlante. Tráelo aquí.



Kim se acercó flotando a través de la barra, mientras Keeper se desgañitaba sin verle. El gato se apoyó en un obenque delgado y miró a Crown con impertinencia.

-¿Sssssí?

-Corta esa música, Keeper.

La música agonizó de repente. A1 cabo de unos momentos, las voces fueron enmudeciendo también.

-Bien, gato. Habla.

-Ssssé muchchcho mássss. Voy a cantarrrr -anunció Kim, y prorrumpió en una serie de maullidos que no respondían en lo más mínimo a las ideas de Spar acerca de la música.

-Es música abstracta -susurró Almodie, maravillada-. ¿Has oído eso, Crown? Era una séptima disminuida.

-Yo diría más bien una tercera enloquecida -comentó Pha­nette desde el otro lado.

Crown les hizo seña de que guardaran silencio.

Kim terminó con un sobreagudo impresionante. Paseó la mirada por el asombrado auditorio y luego se puso a lamerse una pata.

Crown apoyó la mano izquierda en el borde del mostrador y dijo con fingida indiferencia:

-Puesto que no quieres hablar con nosotros, ¿hablarás con nuestro perro?

Kim miró fijamente a Hellhound, que estaba sorbiendo su Bloody Mary. Sus ojos se agrandaron, sus pupilas se contrajeron en dos rendijas y frunció los labios, mostrando los colmillos afila­dos como agujas.

-¡Perrrrrro assssquerrrossso! -silbó.



Hellhound saltó tomando impulso en la palma de la mano izquierda de Crown; éste le ayudó proyectándole hacia adelante y hacia la izquierda, donde se hallaba Kim. Pero el gato hizo una rápida finta, encaramándose a un obenque contiguo. Las quijadas del perro se cerraron a casi medio metro del blanco y su gran bul­to negro pasó de largo flotando.

Hellhound aterrizó con las cuatro patas sobre la tripa de un borracho gordinflón, haciéndole atragantarse, y aprovechó para salir disparado en sentido contrario. Kim saltaba de un obenque a otro. Esta vez volaron unos pelos cuando chasquearon de nuevo las quijadas, pero al mismo tiempo hendió el aire una garra rígi­damente extendida.

Crown sujetó a Hellhound por el collar para que no volviese al ataque. Tocó al perro debajo del ojo y luego se llevó los dedos a la nariz.

-Quieto, muchacho -dijo-. No puedes ir por ahí matando músicos geniales.

Descargó el puño sobre el mostrador y agregó:

-Bien, gato. Ya has hablado con nuestro perro. ¿No tendrías una palabra para nosotros?

-Sssssí.


Kim saltó al obenque más cercano al rostro de Crown. Spar se precipitó a sujetarle, mientras Almodie trataba de retener a Crown por el brazo.

Kim bufó con violencia:

-¡Monsssstruo! ¡Aborrto del infffffierno!

Spar y Almodie llegaron demasiado tarde. De entre los dedos cerrados de Crown surgió un chorro delgado que alcanzó de lleno a Kim en sus fauces abiertas.

A1 cabo de un instante que a Spar le pareció eterno, su propia mano levantada consiguió cortar el chorro. Sintió una fuerte que­madura en el dorso de la misma.



Kim pareció encogerse sobre sí mismo y luego huyó, alejándo­se de Crown, hacia una escotilla abierta.

Crown dijo:

-Esto es matacán, un recurso tan antiguo como el fuego grie­go, pero bien conocido por nuestra gente. La medicina perfecta para un gato-brujo.

Spar saltó sobre Crown cogiéndole del pecho y tratando de golpearle la mandíbula. Ambos se alejaron de la barra a la mitad de la velocidad con que Spar se había abalanzado.

Crown ladeó la cabeza. Spar le hincó las encías en la garganta. Se oyó un «clic» y Spar sintió frío en la espalda. Un triángulo metálico se aplicaba a su carne, a la altura de los riñones. Spar aflojó las mandíbulas y se quedó flotando, inerte. Crown emitió una risa burlona.

Un brillo azulado en la mano de uno de los parroquianos inmovilizó a todo el mundo en el Mesón del Murciélago. Parecían más cadavéricos que nunca, bajo la lívida luz proveniente de estri­bor. Una voz ordenó:

-Vamos, muchachos. Desalojen el local. Vamos a clausurarlo.

Amanecía el Día del Sueño. El frío triángulo se apartó de la espalda de Spar. Se oyó de nuevo el «clic» y Crown dijo:

-Adiós, pequeño.

Luego se alejó, en compañía de sus cuatro mujeres y de su perro. Phanette y Doucette flotaban a ambos lados de Hell­hound, como si sujetaran su collar.

Spar sollozó y se puso a buscar a Kim. A1 cabo de un rato, Suzy acudió en su ayuda. El Mesón del Murciélago se vaciaba con rapidez. Por último, Spar y Suzy consiguieron acorralar a Kim en un rincón, y el primero le cogió por el pecho. Las patas delanteras de Kim rodearon su muñeca, sacando las uñas. Spar sacó la bolsa que le había dado el doctor y la metió entre las quijadas de Kim; éste le clavó las uñas, pero Spar no le hizo caso y apretó con cui­dado el nebulizador. Las uñas dejaron de arañarle y Kim se tran­quilizó. Spar le acarició con ternura mientras Suzy le vendaba la muñeca a él.

Entonces apareció Keeper en compañía de dos parroquianos, uno de los cuales era el alférez Drake, quien dijo:

-Mi compañero y yo montaremos guardia en las escotillas de proa y de estribor.

El Mesón del Murciélago había quedado completamente desierto.

Spar dijo:

-Crown tiene una navaja.

Drake asintió. Suzy tocó la mano de Spar y dijo:

-Quiero quedarme aquí esta noche, Keeper. Tengo miedo.

-Puedo ofrecerte un obenque para pasar la noche.

Drake y su compañero se alejaron lentamente hacia sus pues­tos de vigilancia.

Suzy apretó la mano de Spar y éste dijo, con cierta desgana:

-Puedo ofrecerte el mío, si lo prefieres.

Keeper se echó a reír y, después de comprobar que los hom­bres del Puente se habían alejado, susurró:

-Tendrá que ser el mío, que además, a diferencia del de Spar, es de mi propiedad. Y tengo Niebla de Luna. O eso, o los pasillos.

Suzy suspiró, vaciló y luego se fue con Keeper.

Spar se encogió de hombros con desaliento. ¿Esperaba acaso Suzy que se pelease con Keeper por ella? Lo triste era que Spar ya no la deseaba como antes; ahora veía en ella a una amiga nada más. Estaba enamorado de la nueva chica de Crown. Lo cual, bien mirado, era más triste aún.

Se sintió muy cansado. Ni siquiera la perspectiva de tener unos ojos nuevos al día siguiente bastó para animarle. Enganchó su tobillo a un obenque para dormir, y se ató un trapo sobre los ojos. Acarició el lomo de Kim, que aún no había vuelto a hablar, y se durmió en un instante.

Soñó con Almodie. Era como Virgo, incluso con el mismo vestido blanco. Sostenía entre sus brazos a Kim, que relucía como cuero negro recién pulido. Ella se le acercaba sonriendo, pero, aunque no dejaba de avanzar, siempre les separaba la misma dis­tancia.

Mucho más tarde -creyó- despertó sintiendo el malestar de la desintoxicación. Sudaba y estaba mareado, pero eso era lo de menos. Tenía los nervios en tensión y estaba seguro de que, de un momento a otro, todos sus músculos se retorcerían en espasmos agónicos. Su mente trabajaba de un modo tan febril que no conse­guía captar sino un pensamiento de cada diez. Era como sentirse impulsado por un viento fortísimo a lo largo de un pasillo sinuoso y pésimamente iluminado. Si rozaba la pared, todo habría con­cluido. Los obenques ondulaban en curvas sinuosas a su alrede­dor.

Kim no estaba a su lado. Se arrancó la venda de los ojos, pero sólo para hallarse tan a oscuras como antes. Era el Día del Sueño por la noche. Pero el malestar cesaba y la fiebre de su cerebro dis­minuyó. Todavía estaba tenso y le parecía ver idas y venidas de negras serpientes, pero ahora sabía que eso eran imaginaciones suyas. Incluso pudo distinguir el débil resplandor de tres luces de navegación.

Entonces vio dos bultos que se acercaban flotando hacia él. Apenas pudo entrever las manchas de los ojos, verdes los de la figura más pequeña y violetas los de la otra, enmarcados por un halo de plata. Esta última estaba muy pálida y flotaba alrededor de ella un resplandor. Pero no sonreía, sino que exhibía los dien­tes en una mueca que Spar distinguió como un brillo blanco hori­zonal. Y allí estaba Kim, enseñando también los colmillos.

Súbitamente recordó a la rubia de cabello dorado que había visto actuando como camarera en la cueva de Crown, y cayó en la cuenta de que era Sweetheart, la ex amiga de Suzy raptada por los vampiros el anterior Día del Sueño.

Quiso gritar, pero no le salió más que un ladrido ronco, y se llevó la mano al tobillo para soltarse del obenque.

Las figuras se desvanecieron; habían huido hacia abajo, pen­só.

Se encendieron unas luces, y alguien se acercó flotando para sacudir el hombro de Spar.

-¿Qué ha pasado, abuelo?

Spar farfulló algo incomprensible mientras pensaba en cómo contárselo a Drake. No quería perjudicar a Almodie ni a Kim.

-He tenido una pesadilla. Me atacaban unos vampiros -dijo.

-¿Descripción?

-Una mujer vieja y... un perro pequeño.

El otro oficial se acercó diciendo:

-La escotilla negra está abierta.

Drake dijo:

-Keeper ha declarado que siempre la dejan cerrada. Vamos allá, Fenner.

Mientras el otro se alejaba, añadió:

-¿Estás seguro de que sólo fue una pesadilla, abuelo? ¿Un perro pequeño? ¿Y una mujer vieja?

Spar respondió afirmativamente, y Drake siguió a su compa­ñero; ambos desaparecieron por la escotilla negra.

Amaneció el Día de Faena. Spar se sentía enfermo y marea­do, pero se enfrascó en su rutina habitual. Quiso hablar con Kim, pero el gato seguía tan silencioso como la tarde anterior. Keeper estaba tan antipático como siempre y le dio mucho que hacer: el lugar mostraba las huellas del Día de Juerga. Suzy se marchó enseguida, sin responder a sus preguntas acerca de Sweetheart ni a otros intentos de conversación. Drake y Fenner no habían regre­sado.

Spar barrió y Kim patrulló el local, sin dirigirle la palabra. Por la tarde se presentó Crown y estuvo hablando en voz baja con Keeper, sin que Spar ni Kim pudieran oír lo que decían. Era como si no estuviesen allí, para el caso que les hizo Crown.

Spar se interrogó sobre lo que había visto la noche anterior. Llegó a la conclusión de que realmente pudo ser una pesadilla. El haber reconocido de memoria a Sweetheart dejó de parecerle sig­nificativo. Había sido estúpido de su parte pensar que Almodie y Kim pudieran ser vampiros, ni en sueños ni en la realidad. El doc­tor había dicho que los vampiros eran meras supersticiones. Pero Spar no pudo seguir pensando. Los síntomas de resaca continua­ban, aunque ahora menos violentos.

Cuando amaneció el Día de Ocio, Keeper dio permiso a Spar para ausentarse sin someterle previamente a un interrogatorio como solía. Spar quiso llevarse a Kim, pero no consiguió localizar el bulto negro. Pensó que, bien mirado, valía más ir solo.

Se dirigió derecho al consultorio del doctor. Los pasillos no estaban tan desiertos como el anterior Día de Ocio. Una vez más se cruzó con el acostumbrado borrachín, quien soliloquiaba esta vez:

-¡Catedrales! ¡Cátedras y cataplasmas!

La escotilla del consultorio estaba abierta, pero el doctor no se encontraba allí. Spar aguardó largo rato, molesto por la luz cadavérica. No era propio del doctor dejar el consultorio abierto y desatendido. Y la noche anterior no se había presentado en el Mesón del Murciélago, como casi había prometido hacer.

Por último, Spar empezó a mirar a su alrededor. Una de las primeras cosas que observó fue que faltaba la gran bolsa negra que, según el doctor, contenía todos sus tesoros.

Luego se dio cuenta de que el paquete de plástico retráctil bri­llante donde el médico había guardado el molde de las encías de Spar, ahora contenía algo diferente. La descolgó del obenque. Contenía dos objetos.

Se hizo un corte en un dedo al tocar el primero de ellos, que era de forma semicircular, medio rosado y medio brillante. Lo palpó con más cautela, sin hacer caso de las gotas de sangre que dejaba flotando por el aire, y descubrió que tenía unas depresio­nes irregulares en las partes sonrosadas, arriba y abajo. Entonces se lo introdujo en la boca. Sus encías encajaban con las irregulari­dades. Abrió la boca y luego la cerró, procurando mantener la lengua encogida. Se oyó un chasquido y un «clic».

¡Por fin tenía dientes!

Sus manos temblaban mientras palpaba el otro objeto, aun­que esta vez no era efecto de la resaca.

Consistía en dos aros gruesos unidos por un puente, con otras dos recias varillas a ambos lados y dobladas en los extremos.

Sin saber muy bien lo que hacía, adaptó los aros a sus ojos, pasando los extremos de las varillas dobladas sobre sus orejas.

¡Podía ver claramente! Todo tenía contornos definidos, inclu­so sus manos con los dedos separados y... el coágulo de sangre en un dedo. Lanzó un grito -un prolongado alarido de sorpresa- y echó una ojeada por todo el consultorio. Docenas y docenas de objetos, todos de contornos perfectamente nítidos, al principio fueron demasiados para él. Cerró los ojos.

Cuando su temblor hubo remitido un poco y su respiración se normalizó, volvió a mirar cautelosamente y empezó a inspeccio­nar las cosas que colgaban de los obenques. Cada una de ellas era una maravilla, aunque muchas no sabía para qué podían servir. Algunas, que conocía por el uso o por tener de ellas una noción borrosa, le desconcertaron al revelársele su verdadero aspecto: un peine, un cepillo, un libro con sus páginas -con su infinidad de complicados signos negros-, un reloj de pulsera con los signos de Capricornio y Virgo en su esfera, así como los de Tauro, Piscis y los demás, con finas agujas radiales moviéndose a diferentes velocidades o aparentemente inmóviles y apuntando a los distin­tos signos zodiacales...

Antes de darse cuenta, se había acercado al panel de donde procedía el resplandor cadavérico. Haciendo acopio de valor, se volvió para mirarlo, viéndose obligado a prorrumpir en un nuevo grito de sorpresa.

La luz lívida no era uniforme, aunque el panel ocupaba ahora casi la cuarta parte de su campo de visión. Sus dedos tocaron una especie de plástico rígido y transparente. A1 otro lado -y tenía fundados motivos para sospechar que a muy gran distancia- des­tacaban en medio de la oscuridad numerosos... puntitos de luz brillante. Para él, un punto era una cosa aún más extraña que un contorno definido; sin embargo, le era forzoso dar crédito a lo que estaba viendo.

Pero en el centro, y dominando toda aquella oscuridad, había un disco muy blanco y ligeramente punteado de zonas más o menos oscuras.

No parecía ser nada eléctrico, y sin duda tampoco ardía como el fuego. Al cabo de un rato, se le ocurrió a Spar la extraña idea de que pudiera estar iluminado por otra fuente de luz aún más poderosa y situada detrás de Windrush.

No lograba concebir que existiera tanto espacio alrededor de Windrush. Era como pensar en una realidad más amplia, que contenía la realidad conocida por él hasta entonces.

Y, si Windrush se movía entre el disco brillante y la hipotética fuente de luz, la sombra de aquélla debería quedar recortada sobre el disco. A menos que Windrush fuese infinitamente pequeña en comparación con él. Realmente, todas esas especula­ciones eran demasiado fantásticas para él.

Pero ¿podía haber algo demasiado fantástico? Hombres-lobo, brujas, puntos, líneas, magnitudes y espacios inconcebibles hasta para la imaginación más desenfrenada.

La primera vez que había visto el disco blanco brillante, éste era perfectamente circular. A1 mismo tiempo había oído los cruji­dos que siempre acompañaban al mediodía. Ahora el disco aparecía con uno de sus bordes un poco menguante, como si estuvie­ra achatado. Spar se preguntó si se habría desplazado la hipotéti­ca incandescencia detrás de Windrush, o bien el disco blanco habría girado, o por el contrario Windrush giraba alrededor del disco blanco. Tales pensamientos, y especialmente el último, casi producían un vértigo insoportable.

Se dirigió hacia la escotilla abierta, preguntándose si debía cerrarla al salir. Decidió no hacerlo. El pasillo fue otra sorpresa, pues se prolongaba más y más y más, hasta que las paredes pare­cían juntarse... y a lo largo de las mismas había flechas. Las de color rojo apuntaban a babor, de donde él venía, y las verdes a estribor, hacia donde se dirigía. Para él no habían sido nunca sino manchas de color. Mientras tomaba impulso a lo largo del cable­-guía -una estacha extraordinariamente nítida-, comprobó que el diámetro del corredor seguía siendo siempre el mismo, hasta llegar al pasadizo central violeta.

Le habría gustado avanzar hasta donde llegase el límite de las flechas verdes, a estribor, para verificar si existía la incandescen­cia que él suponía, y también para fijarse en los detalles del extra­ño disco anaranjado oscuro que tanto solía inquietarle.

Pero decidió que antes debería dar parte al Puente de la desa­parición del doctor. Tal vez pudiera localizar a Drake. Y también tendría que informar de la desaparición de los tesoros del médico, se recordó a sí mismo.

Los rostros de quienes pasaban junto a él le fascinaban. ¡Qué tumulto de narices y de orejas! Tropezó con una figura encorva­da. Era una anciana cuya nariz casi le tocaba la barbilla. Estaba haciendo algo con dos varillas largas y un ovillo de hilo.

-¿Qué estás haciendo, abuela? -le preguntó.

La anciana resopló, indignada:

-Hago calceta.

Dicho esto se apartó sin dejar de refunfuñar. Cuando Spar quiso recuperar el cable-guía se dio cuenta de que ya estaba junto a la entrada del Puente.

Cuando llegó vio miríadas de estrellas en lo alto. Los resplan­dores irisados no eran sino cuadros de luces multicolores que se encendían y apagaban de modo irregular. En cuanto a los silen­ciosos oficiales... parecían muy viejos. Miraban y gesticulaban de un modo mecánico. Parecían flotar en un estado de sonambulis­mo. Spar se preguntó si ellos sabrían a dónde se dirigía Win­drush... o si estaban enterados de lo que ocurría en Windrush, más allá del Puente.

Un oficial joven y moreno, de cabellos rizados, flotó hacia él; hasta que le dirigió la palabra no reconoció al alférez Drake.

-Hola, abuelo. ¡Oye! ¿Sabes que pareces mucho más joven? ¿Qué es eso que llevas en la cara?

-Unos prismáticos. Me sirven para ver claro.

-Pero si los prismáticos tienen unos tubos. Vienen a ser como una especie de telescopio binocular.

Spar se encogió de hombros y refirió la desaparición del doc­tor y de su gran bolsa negra del tesoro.

-Pero ¿no has dicho que bebe mucho y que según él sus teso­ros eran sueños? Suena como si estuviese un poco mochales. A lo mejor está bebiendo en otra parte.

-El doctor era un cliente fijo. Siempre iba al Mesón del Mur­ciélago.

-Bien, veré lo que puedo hacer. Por cierto, me han prohibi­do continuar la investigación que había iniciado sobre lo de vues­tro Mesón. Por lo visto ese Crown habló con algún tipo influyen­te. Los oficiales antiguos son más fáciles de convencer; no porque se dejen sobornar, sino para no complicarse la vida y escoger siempre la vía más cómoda. Fenner y yo no hallamos rastro de la vieja ni del perro pequeño, ni de mujer o animal alguno ni... de nada.

Spar le habló a Drake de cómo anteriormente Crown había intentado robarle la bolsita negra al doctor.

-Y tú crees que todo podría estar relacionado. Bien; tal como he dicho, veré lo que puedo hacer.

Spar regresó al Mesón del Murciélago. Resultaba muy raro ver con detalle la cara de Keeper. Parecía avejentado, y la man­cha colorada de su rostro no era otra cosa sino una narizota roja y estriada por numerosas venas. Sus ojos pardos eran más ávidos que curiosos. Le preguntó a Spar qué se había puesto en la cara, y éste decidió que sería más prudente no revelarle a Keeper que ahora lo veía todo con absoluta claridad.

-Es un nuevo modelo de bisutería facial, Keeper. ¡Maldita Tierra!, ya que no tengo ni un pelo en la cabeza, debo adornarme con algo, ¿no crees?

-¡No blasfemes, Spar! Sólo un borrachín como tú es capaz de gastarse sus vales en un artilugio tan ridículo.

Spar no se molestó en explicarle a Keeper que todos los vales ganados en su Mesón del Murciélago formaban un rollo no mayor que el hueco de la mano. Tampoco le habló de su éxito en abste­nerse de la bebida, ni dijo nada de sus dientes, procurando man­tenerlos ocultos detrás de los labios.

No se veía a Kim por ninguna parte. Keeper se encogió de hombros.

-Se habrá largado. Ya sabes cómo son esos animales vaga­bundos, Spar.

Sí, pensó Spar; lo raro era que se hubiese quedado tanto tiem­po en semejante lugar.

Seguía maravillándose al comprobar cómo era el Mesón del Murciélago visto con todo detalle. Era un recinto formado por dos pirámides unidas por la base cuadrada. Los dos vértices eran el rincón morado a proa, y el púrpura a popa. Los cuatro rincones de la imaginaria base eran el verde a estribor, el negro abajo, el rojo a babor y el azul arriba, designándolos en el sentido de las agujas del reloj mirando a popa.

Suzy llegó a primera hora del Día de Juerga. Spar se impresio­nó al comprobar su aspecto desaliñado y ver sus ojos inyectados en sangre. Pero le emocionaron sus manifestaciones de afecto, prueba de la estrecha amistad que había entre ellos. Dos veces, aprovechando otros tantos descuidos de Keeper, le cambió la bol­sa de tinto casi vacía por otra llena. Ella le dijo que sí, que había conocido a Sweetheart y que sí, que según contaba la gente, Mable había visto cómo los vampiros se llevaban a Sweetheart.

Había poca animación para ser Día de Juerga. No se presentó ningún cliente nuevo. Pese a la certidumbre instintiva que le ate­nazaba, Spar no desesperaba de ver entrar al doctor dando tum­bos de un obenque a otro y haciendo comentarios sobre los arte­factos que acababa de proporcionarle a Spar, para luego ponerse a hablar de los Antiguos Días y soltar los aforismos de su extraña filosofía.

Por la noche se presentó Crown con sus chicas, a excepción de Almodie. Doucette dijo que se había quedado en la cueva porque tenía jaqueca. Una vez más, pidieron café para todos, aunque a Spar le pareció que venían bastante achispados.

Estudió sus rostros con disimulo.

Aunque nerviosos y vivos, todos tenían en sus miradas una expresión parecida a la que había observado en la mayoría de los oficiales del Puente. El doctor los había calificado de cadáveres vivientes. Era interesante observar que lo que le habían parecido manchas en la cara de Phanette y Doucette eran en realidad pecas... grupos de motas rojizas que destacaban sobre las pálidas mejillas.

-¿Dónde está el famoso gato que habla? -preguntó Crown dirigiéndose a Spar.

Este se encogió de hombros. Keeper intervino:

-Se ha extraviado. De lo cual me alegro; no me gusta tener aquí un felino capaz de armar trifulcas como la de anoche.

Sin apartar de Spar sus ojos de un iris amarillento, Crown dijo:

-Nos parece que esa trifulca ha motivado la jaqueca de Almodie esta noche. Por eso no ha querido venir. Le diremos que has echado al gato-brujo.

-Si no lo hubiera hecho Spar, lo habría hecho yo -terció Keeper-. ¿Cree el señor juez que era un gato-brujo?

-Estamos seguros de ello. ¿Qué es ese trasto que Spar lleva pegado a la cara?

-Bisutería barata, juez, de la especie que por lo visto gusta a los borrachos.

Spar tuvo el presentimiento de que aquella conversación había sido convenida de antemano; de que había un arreglo entre Crown y Keeper. Pero se limitó a encogerse de hombros. Suzy parecía indignada, aunque guardó silencio.

Sin embargo, volvió a quedarse cuando el Mesón del Murcié­lago cerró sus escotillas. Esta vez Keeper no le exigió que le acompañara, sino que bostezó y se limitó a lanzarle un guiño significativo antes de desaparecer por la escotilla. Spar verificó que todo estuviese bien cerrado y apagó las luces, aunque no importa­ba, pues ya se percibía la claridad del amanecer. Luego se reunió con Suzy, que había ocupado el obenque donde él solía dormir.

Ella preguntó:

-No habrás echado a Kim, ¿verdad?

Spar respondió:

-No. Se ha extraviado, como dijo Keeper al principio. No sé dónde está.

Suzy sonrió y rodeó a Spar con los brazos.

-Esas cosas que llevas en los ojos son muy bonitas -murmu­ró.

Spar dijo:

-Suzy, ¿sabías que Windrush no es el Universo? Es una nave que viaja por el espacio girando alrededor de un disco blanco que tiene manchas; un disco infinitamente más grande que la misma Windrush. ¿Lo sabías?

-Sé que a Windrush lo llaman a veces La Nave. He visto ese disco... en reproducciones. Olvida esas ideas descabelladas, Spar, y toma lo que te ofrezco.

Spar lo hizo, principalmente, por amistad. Se olvidó de unir su tobillo al obenque. El cuerpo de Suzy no le atraía. Estuvo todo el rato pensando en Almodie.

Cuando terminaron, Suzy se durmió. Spar se ató la venda sobre los ojos y trató de hacer lo mismo. Le molestaban los sínto­mas de la desintoxicación casi tanto como el último Día del Sue­ño. La ligera mejoría fue lo único que le disuadió de acercarse a la barra para coger una bolsa de Niebla de Luna. Luego sintió un súbito dolor en la espalda, como si tuviera un calambre, y sus sín­tomas empeoraron. Se dobló una o dos veces sobre sí mismo y luego, cuando el dolor amenazaba con volverse insoportable, se desmayó.

A1 despertar, con fuerte dolor de cabeza, descubrió que no sólo su tobillo sino todas sus extremidades estaban atadas al obenque, las muñecas a un lado y los tobillos al opuesto. Tenía las manos y pies entumecidos y su nariz rozaba el obenque.

Notó un resplandor a través de los párpados. Entreabrió los ojos y vio a Hellhound vigilándole, con las patas traseras dobladas y apoyadas en un obenque cercano. Pudo ver claramente los poderosos colmillos del perro, dispuesto a saltar sobre su gargan­ta al menor movimiento sospechoso.

Spar apretó las mandíbulas, notando sus afilados dientes de metal. A1 menos, tenía algo mejor que las encías para replicar a un ataque cara a cara.

Más allá divisó unas espirales transparentes y negras. Com­prendió que estaba en la cueva de Crown. Evidentemente, el dolor que sintió en la espalda había sido debido a una inyección de droga.

Pero Crown no le había quitado la bisutería facial, ni se había fijado en su dentadura. Para él, Spar seguía siendo el viejo ciego y desdentado.

Entre Hellhound y las espirales, vio al doctor atado a un oben­que, con la gran bolsa negra enganchada a su lado. Le habían puesto una mordaza. Por lo visto había intentado gritar. Spar decidió no hacerlo. Los ojos grises del doctor estaban abiertos y a Spar le pareció que le estaba mirando.

Muy poco a poco, sus dedos entumecidos buscaron el oben­que por encima del nudo que sujetaba sus muñecas, y tiró con todas sus fuerzas. Las ligaduras se deslizaron por el obenque, un milímetro hacia abajo. Mientras se moviese con lentitud suficien­te, Hellhound no se fijaría. Repitió su acción a intervalos.

Con más lentitud aún, volvió el rostro a la izquierda. Sólo vio que la escotilla que daba al pasillo estaba cerrada, y que más allá del perro y del doctor, entre las espirales negras, había un cama­rote completamente desierto y sin amueblar, con un fondo de estrellas a estribor. La escotilla que conducía a ese camarote esta­ba abierta, mostrando la puerta de emergencia con su distintivo de rayas negras.

Cuando se volvió hacia la derecha, siempre lentamente como precaución para no ser asaltado por el perro, que espiaba el menor signo de movimiento, había logrado bajar dos centímetros el nudo que sujetaba sus muñecas.

Lo primero que vio fue un recuadro transparente en cuyo inte­rior se veían más estrellas y, en la parte superior, el disco anaran­jado oscuro. Por fin podía verlo con claridad. La parte oscura era la superior, y la inferior era la de color naranja. No parecía más grande que la palma de la mano de Spar. Mientras miraba, vio un súbito destello en la parte anaranjada. Fue un brillo breve que se convirtió de pronto en un punto negro. Spar experimentó una pena indefinible, esta vez más que nunca.

Entonces vio un espectáculo horrible. Suzy estaba atada a un bastidor metálico, muy pálida, y tenía los ojos cerrados. De un lado de su cuello salía un tubo aspirador rojo que terminaba en cinco ramales. Cuatro de ellos terminaban en las rojas bocas de Crown, Rixende, Phanette y Doucette. El quinto estaba cerrado con un pequeño clip metálico, y más allá del mismo flotaba Almo­die cubriéndose los ojos con las manos.

Crown dijo en voz baja:

-La queremos toda. Quítaselo todo, Rixie.

Rixende obturó el extremo de su tubo y flotó hacia Suzy. Spar creyó que iba a quitarle las bragas azules y el sostén, pero en vez de esto se puso a masajear una de las piernas de Suzy, apretando siempre en sentido ascendente, de los tobillos hacia la cintura, para que la sangre restante fluyera hacia el cuello.

Crown se quitó el tubo de los labios para exclamar:

-¡Ahhhh! Buena hasta la última gota.

Luego sorbió apresuradamente la sangre que se había acumu­lado mientras tanto y volvió a meterse el tubo en su lugar.

Phanette y Doucette dejaron oír unas risitas convulsivas.

Almodie atisbó por entre los dedos entreabiertos, y volvió a cerrar la mano enseguida.

A1 cabo de un rato, Crown dijo:

-Ya no queda más. Phan y Doucie, echadla al triturador principal. Si os ve alguien en el pasillo, fingid que está borra­cha. Luego obligaremos al doctor a que nos dé una buena dosis, le daremos un buen trago si se lo merece, y nos beberemos a Spar.

Spar había acercado las muñecas a sus dientes. Aunque Hell­hound vigilaba, era incapaz de notar un movimiento tan lento. Tenía los colmillos llenos de baba que formaba unas burbujas flo­tantes de color gris.

Phanette y Doucette abrieron la escotilla y la cruzaron con el cadáver de Suzy.

Abrazando a Rixende, Crown se volvió hacia el médico. Pare­cía estar de un humor parlanchín.

-¿Qué, viejo? ¿No te parece bien todo esto? Como dijo un sabio, el pez grande se come al chico. Ellos lo envenenaron todo allá -hizo un gesto hacia el disco oscuro y anaranjado, que esta­ba a punto de desaparecer del recuadro-. Todavía pelean, pero muy pronto estarán todos muertos. Por tanto, es de justicia que la muerte impere también en este armatoste ridículamente llamado nave de supervivencia. Recuerda que los llevamos a bordo. Cuando nos hayamos bebido la sangre de todos los habitantes de Windrush, terminaremos con la de ellos y hasta con la nuestra si es preciso.

Quiénes serían esos ellos de que hablaba Crown, pensó Spar. El nudo estaba ya junto a sus dientes. Oyó que el gran triturador empezaba a chirriar.

En el camarote vecino aparecieron Drake y Fenner, otra vez disfrazados de bebedores habituales, flotando hacia la escotilla abierta.

Pero Crown también los había visto.

-¡A por ellos, Hellhound! ¡Es una orden! -azuzó, señalan­do con el dedo.

El gran perro negro saltó de su obenque y cruzó la escotilla como una bala. Drake le apuntó con algo y el animal flotó, inerte.

Con una risotada, Crown cogió un extremo de una esvástica cuyos bordes estaban afilados como hojas de afeitar, y la arrojó contra los intrusos, haciéndola girar con fuerte efecto. Pasó volando junto a Spar y el doctor, no acertó a Drake y a Fenner... y golpeó la pared de estrellas.

Hubo una intensa corriente de aire, y al instante la puerta de emergencia se cerró de golpe, condenando la escotilla. A través de la ventanilla transparente, Spar vio que Drake, Fenner y Hellhound vomitaban sangre, se inflaban y enseguida estallaban en una explosión sanguinolenta. El habitáculo de Crown estaba deformado; el casco de Windrush acababa de sufrir una nueva modificación.

A lo lejos, cada vez más diminuta, la esvástica volaba hacia las estrellas.

Phanette y Doucette regresaron.

-Hemos eliminado a Suzy. Alguien se acercaba y tuvimos que darnos prisa.

El gran triturador dejó de funcionar.

De un mordisco, Spar cortó las ligaduras de sus muñecas e inmediatamente se dobló sobre sí mismo para deshacer las de los tobillos.

Crown se lanzó hacia él, y las cuatro chicas hicieron lo mismo después de sacar unos cuchillos.

Phanette, Doucette y Rixende quedaron flotando, completa­mente flojas: Spar tuvo la impresión de que rebotaban en sus crá­neos unas pequeñas bolas negras.

No había tiempo para soltarse los pies, por lo que se incorpo­ró. Crown chocó contra su pecho, mientras Almodie le cortaba las ligaduras de los tobillos.

Crown y Spar dieron una voltereta alrededor del obenque. Spar intentó propinarle a Crown un rodillazo en la ingle, pero éste lo esquivó mientras ambos volaban hacia la pared del compartimento.

Entonces se oyó el «clic» de la navaja de Crown al abrirse. Spar alcanzó la muñeca morena y la sujetó con fuerza, enviando un cabezazo a la mandíbula de Crown. Éste se volvió para esquivarlo; Spar clavó los dientes en la nuca de Crown y mordió.

La sangre regó el rostro de Spar. Escupió un bocado de san­gre. Crown se estremeció y Spar le arrebató la navaja, pero su adversario ya estaba inmóvil, flojo.

Spar sacudió la cabeza para librarse de la sangre. A través de los goterones flotantes vio a Keeper y a Kim, uno al lado del otro. Almodie estaba agarrada a sus tobillos. Phanette, Doucette y Rixende flotaban.

Keeper dijo orgullosamente:

-Lo hice yo, con la pistola para defenderme de los borra­chos. Las he dejado sin sentido. Ahora podemos cortarles el pes­cuezo, si quieres.

Spar dijo:

-Nada de eso. Basta de sangre.

Desprendiéndose de las manos de Almodie, se acercó a donde estaba el doctor, cogiendo de paso el cuchillo de Doucette, que flotaba por el aire.

Cortó las ligaduras del médico y le libró de la mordaza.

Mientras tanto, Kim silbaba:

-A Keeper le pissspé losss valesss de la cajjja y losss essscon­dí. Entonsssesss le dijjje que ssse losss habíasss quitado tú, Sssspar. Tú y Sssusssy. Por essso vino. Keeper esss un sssonssso.

Keeper dijo:

-Vi el pie de Suzy que aún sobresalía del triturador. Lo reco­nocí por la esclava de corazones de oro. Después de eso, me sentí con fuerzas para liquidar a Crown o a quien fuese. Yo amaba a Suzy.

El doctor carraspeó y gruñó:

-¡Un poco de Niebla de Luna!

Spar halló una bolsa triple, que el doctor vació de un tirón. Luego dijo:

-Crown decía la verdad. Windrush es una nave de supervi­vencia, construida en plástico y procedente de la Tierra. La Tie­rra -hizo un gesto hacia el disco anaranjado que se eclipsaba hacia la parte superior de la ventanilla- se envenenó a sí misma con la contaminación y la guerra nuclear. Gastó oro para la gue­rra y plástico para la supervivencia. Más vale olvidarlo. En Windrush nos volvimos locos. Es comprensible, incluso sin la infec­ción por la rickettsia del Leteo o las fiebres estigias, como voso­tros las llamáis. Se llegó a creer que Windrush era todo el univer­so. Crown me secuestró para apoderarse de mis drogas, y me dejaba vivir para que le dijera las dosis.

Spar miró a Keeper:

-Limpia esto -le ordenó-. Y lleva a Crown al triturador.

Almodie se acercó de nuevo a Spar y le rodeó la cintura con los brazos.

-Hubo una segunda nave de supervivencia: Circumluna. Cuando Windrush enloqueció, mi padre y mi madre, así como tú, fuisteis enviados aquí para investigar y hallar el remedio. Pero mi padre murió y tú contrajiste las fiebres estigias. Mi madre murió antes de que yo fuese entregada a Crown. Fue ella quien te envió a Kim.

Kim silbó:

-Misss antepassadosss también llegaron a Windrusshshsh desssde Sssircumluna. Mi bisssabuela me enssseñó lasss sssifrasss de Windrushshsh... Órrrbita desssde el sssentro de la Luna, cua­tro mil kilómetross. Período, ssseisss horasss; porr essso loss díass sssson tan cortosss. Un terranth es el tiempo que tarda la Tierra en passsar por una conssstelasssión, y asssí ssussesssivamente...

El doctor dijo:

-Así pues, Spar, tú eres el único que puede recordar sin pre­juicios. Tendrás que hacerte cargo de todo. Es todo tuyo, Spar.

Y a Spar no le quedó más remedio que darle la razón.


Catálogo: VALENZANI%20POR%20ORGANIZAR -> ORDENADO -> 1OTROS%20DOCUMENTOS -> ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca]
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Fronteras II Índice de autores
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> De venus lucky Starr/3 Isaac Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> La Formación De Inglaterra Historia Universal de Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Isaac Asimov Luces En El Cielo
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Las corrientes del espacio
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Índice Antes De Colón Los Indios Los Griegos y Los Fenicios Los Irlandeses y Los Vikingos Los Mongoles y Los Venecianos
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Momentos Estelares de la Ciencia
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Órbita de alucinación I. Asimov, C. Waugh y M. Greenberg
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Traductores: Carlos Caranci y Carmen Sáez
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Obras maestras de la ciencia ficción Sam Moskowitz (Recopilador) Título original: Modern master pieces of science fiction Índice


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal