La cuarta vez



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1971 29ª Convención Boston

Aciago encuentro en Lankhmar


Fritz Leiber


Con toda seguridad ya lo habrán observado ustedes. Y, con toda seguridad, no les sorprenderá mi justa indignación. Después de haber ganado el Hugo en la categoría de novela corta en 1970, ¿ven cómo ha conseguido ganar también el Hugo en la categoría de novela corta de 1971? Las convenciones 28° y 29° sufrieron por su codicia, pues es la única vez en la historia del Hugo que un mis­ma autor obtiene dos premios consecutivos. Nadie, a no ser un ca­nalla, haría tal cosa.

¿Dónde está su piedad? ¿Acaso pensó en todos los autores ju­veniles y vírgenes que esperan su oportunidad, que están entre bas­tidores, mordiéndose las uñas, con el rubor manchando sus meji­llas, en tanto esperan que se anuncie el nombre del vencedor?

Pues bien, aquí están. Dos novelas cortas de Leiber con una cantidad de palabras que suman cuarenta mil, en un mismo volu­men. La gente leerá más de media novela larga (eso es lo que más o menos representan las cuarenta mil palabras), preguntándose si hay alguien que escriba novelas cortas ganadoras del premio Hugo aparte de Fritz Leiber.

Incidentalmente, como esta convención se celebró en Boston, yo asistí a ella. Unos meses antes me había trasladado definitiva­mente a Nueva York, pero logré realizar el corto viaje a Boston sin el temor de desmayarme durante el trayecto. La 29° fue la conven­ción llevada con más eficiencia de cuantas he conocido, y fue Ro­bert Silverberg, si mal no recuerdo, el maestro de ceremonias.

Estuvo maravilloso. Con su aspecto solemne, satánico, como despreciando olímpicamente a todo el mundo. Tampoco cambió de expresión cuando efectuó algunas observaciones satíricamente humorísticas, por lo que el contraste entre su expresión y sus pala­bras subyugó a su auditorio.

A mí siempre me subyuga y me llena de envidia, porque no po­seo sus ventajas naturales. Mi semblante franco, abierto e ingenuo derrocha buen humor con tanta continuidad que la gente espera que yo sea gracioso, con lo que pierdo la ventaja de la sorpresa. Sé que esperan que resulte gracioso porque muy frecuentemente, cuando me levanto para dirigirme a los asistentes, éstos se echan a reír antes de que pronuncie una sola palabra.

Silenciosos como espectros, el ladrón alto y el grueso pasaron junto al leopardo guardián muerto, estrangulado con un lazo, tras salir por la puerta descerrajada de Jengao, el mercader de gemas, y se dirigieron al este, por la calle del Dinero, a través de la leve niebla oscura de Lankhmar, la Ciudad de los Ciento cuarenta mil Humos.

Hacia el este, por la calle del Dinero, tenía que ser, pues al oeste, en el cruce de Dinero y Plata, había un puesto de policía con guardias sin sobornar, con corazas y yelmos metálicos, que afilaban sin descanso sus picas, mientras que la casa de Jengao ca­recía de pasadizo de entrada e incluso de ventanas en sus muros de piedra con tres palmos de grosor y el tejado y el suelo casi igual de gruesos y sin escotillones.

Pero el alto Slevyas, de labios tensos, candidato a maestro la­drón, y el gordo Fissif, de ojos vivaces, jefe de segunda clase, al que habían conferido la categoría de primera clase para aquella operación, considerado como un talento en perfidias, no estaban preocupados en lo más mínimo. Todo salía de acuerdo con lo planteado. Cada uno llevaba en su bolsa atada con un bramante una bolsita mucho más pequeña con joyas sólo de la mejor clase, pues a Jengao, que ahora respiraba estentóreamente en el inte­rior, sin sentido a causa de los golpes recibidos, había que permi­tirle, más aún, había que cuidarle y alentarle para que levantara de nuevo su negocio y que volviera a estar maduro para otro atra­co. Casi podía considerarse como la primera ley del Gremio de los Ladrones no matar nunca a la gallina que ponía huevos marro­nes con un rubí en la yema, o huevos blancos con un diamante en la clara.

Los dos ladrones tenían también el alivio de saber que, con la satisfacción de un trabajo bien hecho, ahora se dirigían directa­mente a casa, no para encontrarse con sus esposas -¡que Aarth no lo quisiera!-, padres e hijos -¡que todos los dioses lo evita­ran! - sino a la Casa de los Ladrones, sede y cuartel del todopo­deroso Gremio que era para ellos padre y madre a la vez, aunque a ninguna mujer se le permitía cruzar el portal siempre abierto de la calle de la Pacotilla.

Tenían además el consolador conocimiento de que aunque cada uno estaba armado solamente con su reglamentario cuchillo de ladrón con empuñadura de plata, un arma que no solía usarse salvo en los escasos duelos y pendencias intramuros y que, de he­cho, era más una insignia de su condición de miembros que un arma, tenían no obstante el poderoso acompañamiento de tres matones de toda confianza alquilados para aquella noche a la Hermandad de Asesinos, uno de ellos avanzando bastante por delante de ellos como explorador y los otros dos bastante detrás a modo de retaguardia y principal fuerza de choque, de hecho casi fuera de la vista, pues nunca es prudente que tal acompañamiento sea evidente, o así lo creía Krovas, gran maestre del Gremio de los Ladrones.

Y si todo ello no bastaba para que Slevyas y Fissif se sintieran seguros y serenos, andaba junto a ellos en silencio, a la sombra del bordillo norte, malformada o, en todo caso, con una cabeza demasiado grande, una forma que podría haber sido un perrillo, un gato de tamaño menor que el normal o una rata muy grande. En ocasiones corría a toda prisa hacia sus pies enfundados en fiel­tro, aunque siempre volvía a escabullirse con rapidez hacia la os­curidad. Eran unas pequeñas escapadas familiares e incluso alen­tadoras.

Desde luego, aquella última guardia no constituía una tran­quilidad carente de impurezas. En aquel mismo momento, y cuando apenas se habían alejado cuarenta pasos de la casa de Jen­gao, Fissif caminó un trecho de puntillas y alzó sus labios gorde­zuelos para susurrar junto al largo lóbulo de la oreja de Slevyas:

-Que me aspen si me gusta que nos siga los pasos ese familiar de Hristomilo, por mucha seguridad que nos ofrezca. Ya es bas­tante malo que Krovas emplee o se deje engatusar para emplear a un brujo de la más dudosa, aunque atroz, reputación y no mejor aspecto, pero...

-¡Cierra el pico! -susurró Slevyas en tono aún más bajo.

Fissif obedeció encogiéndose de hombros y se dedicó con más intensidad y precisión de lo que quería a dirigir su mirada a uno y otro lado, pero sobre todo adelante.

A cierta distancia en aquella dirección, de hecho poco antes del cruce con la calle del Oro, había un puente sobre la calle del Dinero, un pasaje cerrado a la altura del segundo piso que conec­taba los dos edificios que constituían los locales de los famosos al­bañiles y escultores Rokkermas y Slaarg. Los edificios de la firma tenían pórticos muy poco profundos apoyados innecesariamente por grandes columnas de forma y decoración variadas y que ser­vían de anuncios más que de elementos estructurales.

Por debajo del puente salieron dos silbidos bajos y breves, se­ñal lanzada por el matón explorador indicativa de que había ins­peccionado aquella zona por si les tendían una emboscada, sin descubrir nada sospechoso, y que la calle del Oro estaba expedi­ta.

Fissif no quedó en modo alguno totalmente satisfecho con la señal de seguridad. A decir verdad, el ladrón gordo casi gozaba siendo aprensivo e incluso temeroso, hasta cierto punto. Una sen­sación de pánico estridente, a la que se sobreponía una tensa cal­ma le hacía sentirse más excitado y vivo que la mujer de la que go­zaba en ocasiones. Así pues, exploró más atentamente a través de la leve niebla negruzca los frontones y colgaduras de Rokkermas y Slaarg mientras su paso y el de Slevyas, que parecían pausados pero no lentos, les acercaban más y más.

En aquel punto el puente estaba agujereado por cuatro pe­queñas ventanas, entre las cuales había tres grandes hornacinas que contenían -otro anuncio- tres estatuas de yeso de tamaño natural, algo erosionadas por los años a la intemperie y a las que otros tantos años de niebla habían dotado de tonos diversos de gris oscuro. Cuando se acercaban a casa de Jengao, antes del robo, Fissif las había observado con una mirada rápida pero completa por encima del hombro. Ahora le parecía que la estatua a la derecha había sufrido un cambio indefinible. Era la de un hombre de mediana altura que vestía manto y capucha y que miraba abajo con los brazos cruzados y expresión meditativa. No, no del todo indefinible... Le pareció que ahora la estatua era de un gris oscu­ro más uniforme, el manto, la capucha y el rostro; le parecía de facciones algo más agudas, menos erosionadas. ¡Y hasta juraría que su talla era algo menor!

Además, al pie de la hornacina, había un montón de escom­bros grises y blanco crudo que no recordaba haber visto allí antes. Hizo un esfuerzo para recordar si durante la excitación del atraco, mientras se entregaba a las animadas tareas de matar al leopardo y zurrar al propietario de la casa, el rincón siempre alerta de su mente había grabado un estruendo distante, y ahora le pareció que así había sido. Su rápida imaginación representó la posibili­dad de que hubiera un agujero o incluso una puerta detrás de cada estatua, a través de la cual pudiera darse a ésta un fuerte em­pujón y derribarla sobre los transeúntes, él y Slevyas en concreto, y que el derrumbe de la estatua a mano derecha había servido para probar el dispositivo, sustituyéndola luego por otra casi igual.

Decidió vigilar las tres estatuas cuando él y Slevyas pasaran por debajo. Sería fácil esquivarla si veía que una empezaba a osci­lar. ¿Debería apartar a Slevyas del peligro en caso de que sucediera? Era algo en lo que debía pensar:

Sin pausa, su atención inquieta se fijó entonces en los pórticos y columnas. Estas últimas, gruesas y casi de tres metros de altura, estaban situadas a intervalos regulares, mientras que su forma y sus estrías eran irregulares, pues Rokkermas y Slaarg eran muy modernos y recalcaban el aspecto inacabado, el azar y lo inespe­rado.

No obstante, a Fissif le pareció -ahora su cautela del todo despierta- que había una intensidad de lo inesperado, en con­creto que había una columna más bajo los pórticos de las que ha­bía cuando pasaron antes por allí. No podía estar seguro de qué columna era la nueva, pero casi estaba seguro de que había una.

¿Debía compartir sus sospechas con Slevyas? Sí, y obtener otro susurro de reprobación y otra mirada despectiva de los ojos pequeños y aparentemente apagados.

Ahora el puente cerrado estaba cerca. Fissif echó un vistazo a la estatua de la derecha y observó sus diferencias con la que recor­daba. Aunque era más corta, parecía sostenerse más erecta, mientras que la línea del ceño tallada en el rostro gris no era tanto de reflexión filosófica como de desprecio burlón, inteligencia pa­gada de sí misma y presunción.

Ninguna de las tres estatuas cayó mientras él y Slevyas pasa­ban bajo el puente, pero algo le ocurrió a Fissif en aquel momen­to.

Una de las columnas le guiñó un ojo.

El Ratonero Gris -pues tal era el nombre que ahora el Ratón se daba a sí mismo y le daba también Ivrian-, se volvió en la hor­nacina de la derecha, dio un salto hacia arriba, se cogió de la cor­nisa, dio una silenciosa voltereta que le depositó en el tejado y lo cruzó en el momento oportuno para ver a los ladrones que pasa­ban debajo.

Sin titubear saltó adelante y abajo, su cuerpo recto como una flecha de ballesta, las suelas de sus botas de piel de ratón dirigidas a los omóplatos ocultos en grasa del ladrón más bajo, aunque un poco más allá de él, a fin de compensar el metro que andaría mientras el Ratonero descendía en su dirección.

En el instante en que saltó, el ladrón alto miró arriba por enci­ma del hombro y desenfundó un cuchillo, aunque sin hacer nin­gún movimiento para apartar a Fissif de la trayectoria del proyectil humano que se precipitaba hacia él. El Ratonero se encogió de hombros en pleno vuelo. Tendría que ocuparse con rapidez del ladrón alto tras haber derribado al gordo.

Con más rapidez de lo que podía esperarse, Fissif giró enton­ces sobre sus talones y gritó débilmente:

-¡Slivikin!

Las botas de piel de ratón le alcanzaron en el vientre. Fue como aterrizar sobre un gran cojín. Rodando a un lado para es­quivar el primer golpe de Slevyas, el Ratonero dio un vuelco y, mientras el cráneo del ladrón grueso golpeaba contra los adoqui­nes produciendo un ruido sordo, se puso en pie, cuchillo en mano, dispuesto a ocuparse del ladrón alto.

Pero no tuvo necesidad. Slevyas, con sus pequeños ojos vi­driosos, también se derrumbaba.

Una de las columnas había saltado hacia adelante, arrastrando una túnica voluminosa. Una gran capucha se había deslizado ha­cia atrás, mostrando un rostro juvenil y una cabeza enmarcada por larga cabellera. Unos brazos fornidos habían emergido de las mangas largas y holgadas que habían constituido la sección supe­rior de la columna, mientras que el gran puño en que finalizaba uno de los brazos había propinado a Slevyas un fuerte puñetazo en el mentón que le había dejado fuera de combate.

Fafhrd y el Ratonero Gris se miraron, por encima de los dos ladrones tendidos sin sentido. Estaban colocados en posición de ataque, pero de momento ninguno se movía.

Cada uno percibía algo inexplicablemente familiar en el otro.

-Nuestros motivos para estar aquí parecen idénticos -dijo Fafhrd.

-¿Sólo lo «parecen»? ¡Claro que lo son! -respondió fría­mente el Ratonero, mirando con fiereza a aquel enorme enemigo potencial, cuya altura rebasaba en una cabeza al ladrón alto.

-¿Cómo has dicho?

-He dicho: «¿Sólo lo "parecen"? ¡Claro que lo son!».

-¡Muy civilizado por tu parte! -comentó Fafhrd en tono complacido.

-¿Civilizado? -le preguntó con suspicacia el Ratonero, apretando más su cuchillo.

-Preocuparse, en plena acción, de las palabras exactas que uno ha dicho -explicó Fafhrd. Sin perder de vista al Ratonero, miró abajo. Su mirada pasó del cinto y la bolsa de uno de los la­drones caídos al otro. Entonces miró al Ratonero con una ancha y franca sonrisa-. ¿A1 sesenta por ciento? -le sugirió.

El Ratonero vaciló, enfundó su cuchillo y dijo con voz ronca:

-¡Trato hecho! -Se arrodilló con brusquedad, y sus dedos manipularon los cordones de la bolsa de Fissif-. Saquea a tu Sli­vikin -instruyó al otro-.

Era natural suponer que el ladrón gordo había gritado el nom­bre de su compañero al final.

Sin alzar la vista de donde estaba arrodillado, Fafhrd observó:

-Ese... ese hurón que iba con ellos. ¿Adónde ha ido?

-¿Hurón? -replicó el Ratonero-. ¡Era un tití!

-Tití -musitó Fafhrd-. Eso es un pequeño mono tropical, ¿verdad? Bueno, es posible que lo fuera, pero he tenido la extra­ña impresión de que...

La doble acometida silenciosa que se abatió sobre ellos en aquel momento no les sorprendió en realidad; los dos la habían estado esperando, pero el sobresalto de su encuentro había apar­tado de su conciencia aquella expectativa.

Los tres matones, abalanzándose contra ellos en ataque con­certado, dos por el oeste y uno por el este, todos con las espadas preparadas para atacar, habían supuesto que los dos atracadores estarían armados como mucho con cuchillos y que serían tan te­merosos, o al menos se mostrarían cautos, con las armas de com­bate, como lo eran en general los ladrones y quienes atacaban a éstos. Por eso fueron ellos los sorprendidos y confusos cuando con la celeridad de la juventud el Ratonero y Fafhrd se levantaron de un salto, desenvainando temibles espadas y se les enfrentaron espalda contra espalda.

El Ratonero hizo un quite muy pequeño en cuarta posición, de modo que la acometida del matón por el lado este pasó casi ro­zándole por la izquierda. A1 instante lanzó un contragolpe. Su ad­versario, echándose desesperadamente atrás, paró a su vez en cuarta. Apenas deteniéndose, la punta de la larga y estrecha espa­da del Ratonero se deslizó por debajo de aquella parada con la delicadeza de una princesa que hace una reverencia, y entonces saltó adelante y un poco hacia arriba; el Ratonero lanzó una esto­cada larga que parecía imposible para un ser tan pequeño, y que penetró entre dos mallas del jubón acorazado, pasó entre las cos­tillas, atravesó el corazón y salió por la espalda, como si todo ello fuese un pastel de bizcocho.

Entretanto, Fafhrd, de cara a los dos matones procedentes del oeste, desvió sus estocadas bajas con paradas algo mayores y am­plias, en segunda posición y primera baja, y luego dio un golpe rápido hacia arriba con su espada más larga pero más pesada que la del Ratonero, la cual cortó el cuello del adversario que tenía a la derecha, decapitándole a medias. A continuación, dando un rápi­do paso atrás, se dispuso a embestir al otro.

Pero no había necesidad. Una estrecha cinta de acero ensan­grentado, seguida por un guante y un brazo grises, pasaron por su lado desde atrás y transfiguraron al último matón con la misma estocada que el Ratonero había empleado con el primero.

Los dos jóvenes limpiaron y envainaron sus espadas. Fafhrd se pasó la palma de su mano derecha abierta por la túnica y la ten­dió. El Ratonero se quitó el guante gris de la mano derecha y es­trechó la gran mano que el otro le ofrecía con la suya nervuda. Sin intercambiar palabra, se arrodillaron y terminaron de desvalijar a los dos ladrones inconscientes, asegurando las bolsitas con las jo­yas. Con una toalla aceitosa y luego otra seca, el Ratonero se lim­pió de un modo incompleto la mezcla grasienta de cenizas y hollín que le había ennegrecido el rostro, y luego enrolló con rapidez ambas toallas y las guardó de nuevo en su bolsa. A continuación, con sólo un inquisitivo movimiento de los ojos hacia el este por parte del Ratonero y un gesto de asentimiento por la de Fafhrd, se pusieron rápidamente en marcha en la dirección que habían to­mado Slevyas, Fissif y su escolta.

Tras un reconocimiento de la calle del Oro, la cruzaron y, a propuesta de Fafhrd, efectuada con un gesto, continuaron hacia el este por la calle del Dinero.

-Mi mujer está en la Lamprea Dorada -le explicó.

-Vamos a por ella y la llevaremos a mi casa para que conozca a mi chica -sugirió el Ratonero.

-¿Tu casa? -inquirió cortésmente Fafhrd, con el más leve tono interrogativo en su voz.

-En el Camino Sombrío -le informó el Ratonero.

-¿La Anguila de Plata?

-Detrás. Tomaremos unos tragos.

-Yo iré primero a tomar un jarro. Nunca puedo beber lo sufi­ciente.

-Como quieras.

Un poco más adelante, Fafhrd, tras mirar varias veces de reo­jo a su nuevo camarada, le dijo con convicción:

-Nos hemos visto antes.

El Ratonero le sonrió.

-¿En la playa junto a la Montaña del Hambre?

-¡Cierto! Cuando era grumete de un barco pirata.

-Y yo era aprendiz de brujo.

Fafhrd se detuvo, volvió a limpiarse la mano en la túnica y la tendió.

-Me llamo Fafhrd. Efe a efe hache erre de.

El Ratonero la estrechó de nuevo.

-Soy el Ratonero Gris -dijo con cierto desafío, como si re­tara a alguien a reírse del mote-. Perdona, pero ¿cómo pronun­cias exactamente eso? ¿Faf-hrud?

-Simplemente Faf-erd.

-Gracias.

Prosiguieron su camino.

-Ratonero Gris, ¿eh? -observó Fafhrd-. Bueno, esta no­che has matado dos ratas.

-Así es.

El pecho del Ratonero se hinchó y echó atrás la cabeza. Lue­go, torciendo cómicamente la nariz y con una media sonrisa obli­cua, admitió:

-Habrías acabado muy fácilmente con tu segundo hombre. Te lo quité para demostrarte mi velocidad. Además, estaba exci­tado.

Fafhrd rió entre dientes.

-¿A mí me lo dices? ¿Qué crees que sentía?

Más tarde, cuando cruzaban la calle de los Alcahuetes, le pre­guntó:

-¿Aprendes mucha magia de tu mago?

Una vez más, el Ratonero echó la cabeza hacia atrás. Hinchó las aletas de la nariz y bajó las comisuras de los labios, preparan­do su boca para un discurso jactancioso y desconcertante. Pero una vez más se limitó a torcer la nariz y sonreír a medias. ¿Qué diablos tenía aquel tipo grandullón que le impedía comportarse como de ordinario?

-La suficiente para decirme que es algo muy peligroso. Aun­que todavía juego con ella de vez en cuando.

Fafhrd se hacía una pregunta similar. Toda su vida había des­confiado de los hombres pequeños, sabiendo que su altura des­pertaba en ellos unos celos instantáneos. Pero de algún modo, aquel individuo pequeño era una excepción. Y también era sin discusión un pensador rápido y un brillante espadachín. Rogó a Kos que le gustara a Vlana.

En el ángulo noreste de las calles del Dinero y de las Rameras, una antorcha que ardía lentamente protegida por un ancho aro dorado, proyectaba un cono de luz en la negra niebla que iba es­pesándose, y otro cono en los adoquines ante la puerta de la ta­berna. De las sombras salió Vlana y la luz del segundo cono reve­ló su hermosura. Llevaba un estrecho vestido de terciopelo negro y medias rojas, y sus únicos adornos eran una daga con funda y empuñadura de plata y una bolsa negra con bordados de plata, ambas pendientes de un cinto negro.

Fafhrd le presentó al Ratonero Gris, el cual se comportó con una cortesía casi aduladora, servilmente galante. Vlana le exami­nó con descaro y luego le ofreció una sonrisa, a modo de tanteo.

Bajo la luz de la antorcha, Fafhrd abrió la pequeña bolsa que le había quitado al ladrón alto. Vlana miró el interior. Luego abrazó a Fafhrd y le dio un sonoro beso. Finalmente se guardó las joyas en la bolsa que le colgaba del cinto.

-Mira, voy a tomar un jarro -dijo el muchacho-. Cuéntale lo que ha sucedido, Ratonero.

Cuando salió de la Lamprea Dorada llevaba cuatro jarros en el doblez del brazo izquierdo y se enjugaba los labios con el dorso de la mano derecha. Vlana frunció el ceño y el muchacho le son­rió. El Ratonero chascó los labios a la vista del vino. Prosiguieron su camino hacia el este, por la calle del Dinero. Fafhrd se dio cuenta de que ella estaba molesta por algo más que los jarros y la perspectiva de una estúpida juerga de hombres borrachos. Con mucho tacto, el Ratonero andaba delante de ellos, evidenciando su discreción al apartarse.

Cuando su figura fue poco más que un borrón en la espesa nie­bla; Vlana susurró con aspereza:

-¿Habéis dejado fuera de combate a dos miembros del Gre­mio de los Ladrones y no los habéis degollado?

-Acabamos con tres matones -protestó Fafhrd a modo de excusa.

-Mi pleito no es con la Hermandad de Asesinos sino con ese abominable Gremio. Me juraste que siempre que tuvieras oca­sión...

-¡Vlana! No podía dejar que el Ratonero Gris pensara que soy un aficionado a atacar ladrones consumido por una furia ase­sina y el ansia de sangre.

-Ya le aprecias mucho, ¿verdad?

-Es muy posible que me haya salvado la vida esta noche.

-Pues bien, me ha dicho que él les habría degollado en un abrir y cerrar de ojos, de haber sabido que ése era mi deseo.

-Te seguía la corriente por cortesía.

-Puede que sí, puede que no. Pero tú lo sabías y no...

-¡Cállate, Vlana!

Bajo el ceño fruncido de la mujer apareció una furiosa mirada, pero de súbito se echó a reír frenéticamente, sus labios dibujaron una sonrisa crispada, como si estuviera a punto de llorar, se domi­nó y sonrió con más dulzura.

-Perdóname, cariño. A veces debes de pensar que me estoy volviendo loca y otras que lo estoy.

-Pues no lo estés -le dijo con brusquedad-. Piensa en las joyas que hemos conseguido. Y pórtate bien con nuestros nuevos amigos. Toma un poco de vino y relájate. Esta noche quiero pasarlo bien. Me lo he ganado.

Ella asintió y le mostró su acuerdo cogiéndose de su brazo, al tiempo que buscaba consuelo y cordura. Se apresuraron para lle­gar a la altura de la difusa figura que les precedía.

El Ratonero dobló a la izquierda y les condujo media manza­na al norte de la calle de la Pacotilla, hasta un estrecho camino que iba de nuevo hacia el este y en el que la negra niebla parecía sólida.


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