La cuarta vez



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-El Camino Sombrío -les explicó el Ratonero.

Fafhrd meneó la cabeza, dando a entender que lo conocía.

-Sombrío es demasiado débil -dijo Vlana-, una palabra demasiado transparente para esta noche. -Lanzó una risa entre­cortada en la que había aún trazas de nerviosismo y que finalizó con un acceso de tos. Cuando pudo hablar de nuevo, exclamó-: ¡Condenada niebla nocturna de Lankhmar! ¡Qué infierno de ciu­dad!

-Es por la proximidad a1 Gran Pantano Salado -explicó Fafhrd.

Y realmente aquello era parte de la respuesta. Extendida por una región baja entre el Pantano, el Mar Interior y el Río Hlal, y los campos de cereales sureños regados por canales alimentados por el Hlal, Lankhmar, con sus humos innumerables, era presa de nieblas y neblinas negruzcas. No era de extrañar que los ciudada­nos hubiesen adoptado la toga negra como su atuendo formal. Al­gunos aseguraban que en principio la toga había sido blanca o ma­rrón claro, pero se ensuciaba de hollín con tanta facilidad, necesi­tando innumerables coladas, que un ahorrativo gobernante ratifi­có e hizo oficial lo que decretaban la naturaleza o las artes de la civilización.

Hacia medio camino de la calle Carter, una taberna en el lado norte del camino surgía de la oscuridad. Un objeto en forma de serpiente con la boca abierta, de metal claro ennegrecido por el hollín, colgaba a modo de muestra. Cruzaron una puerta con una cortina de cuero sucio, de la que salía ruido, la luz oscilante de las antorchas y el hedor del vino.

Más allá de la Anguila de Plata el Ratonero les condujo por un oscuro pasadizo que se abría en la pared oriental de la taberna. Tuvieron que pasar en fila india, palpando su camino a lo largo del muro de ladrillo áspero y húmedo, y manteniéndose juntos.

-Cuidado con el charco -les advirtió el Ratonero-. Es pro­fundo como el Mar Exterior.

El pasadizo se ensanchó. La luz reflejada de las antorchas que se filtraba a través de la oscura niebla sólo les permitía distinguir la forma más general de su entorno. A la derecha había una pared más alta, sin ventanas. A la izquierda, cercano a la parte trasera de la Anguila de Plata, había un edificio lúgubre y destartalado de ladrillo oscuro, renegrido, y madera antigua. A Fafhrd y Vlana les pareció totalmente vacío, hasta que alzaron sus cabezas para mirar el ático, después del cuarto piso, bajo el tejado con sus ca­nalones mellados. Allí débiles líneas y puntos de luz amarilla bri­llaban alrededor y a través de tres ventanas enrejadas. Más allá, cruzando la T que formaba el espacio donde se hallaban, había un estrecho callejón.

-El callejón de los Huesos -les dijo el Ratonero en un tono algo orgulloso-. Lo llamo el bulevar de la Basura.

-Eso puedo olerlo -dijo Vlana.

Ahora ella y Fafhrd podían ver una larga y estrecha escalera exterior de madera, empinada pero combada y sin barandilla, que conducía al ático iluminado. El Ratonero le cogió las jarras a Fafhrd y subió con rapidez.

-Seguidme cuando haya llegado arriba -les dijo-. Creo que resistirá tu peso, Fafhrd, pero será mejor que subáis uno cada vez.

Suavemente Fafhrd empujó a Vlana para que subiera. Lan­zando otra risa con ribetes nerviosos y deteniéndose a medio ca­mino para dar rienda suelta a otro acceso de tos ahogada, la mu­jer subió hasta donde estaba ahora el Ratonero, en un umbral abierto del que salía una luz amarillenta que se extinguía en segui­da en la niebla nocturna. El muchacho apoyaba ligeramente una mano en el gancho de hierro forjado, grande y sin la lámpara que estaba destinado a sostener, empotrado en una sección de piedra de la pared exterior. Se inclinó a un lado y la mujer entró.

Fafhrd le siguió, colocando los pies lo más cerca que podía de la pared, las manos prontas a sujetarse. Toda la escalera producía un funesto crujido y cada escalón cedía un poco cuando él apoya­ba su peso en la madera. Cerca de la cumbre, uno de los escalones cedió con el crujido apagado de la madera medio podrida. Con el máximo cuidado, el muchacho se tendió, apoyando manos y rodi­llas, en tantos escalones como podía alcanzar, para distribuir su peso, maldiciendo con vehemencia.

-No temas, las jarras están a salvo -le gritó alegremente el Ratonero.

Fafhrd subió a gatas el resto del camino, con una expresión algo irritada en el rostro, y no se puso en pie hasta rebasar el um­bral. Entonces casi dio un grito de sorpresa.

Era como eliminar frotando el cardenillo de un anillo de latón barato y descubrir engastado en él un diamante irisado de prime­ra calidad. Ricas colgaduras, algunas centelleantes con bordados de plata y oro, cubrían las paredes excepto donde estaban las ven­tanas cerradas... cuyos postigos estaban dorados. Telas similares pero más oscuras ocultaban el techo bajo, formando un magnífico dosel en el que los lunares de oro y plata eran como estrellas. Es­parcidos a su alrededor había mullidos cojines y mesas bajas, so­bre las que ardía una multitud de velas. En los estantes de las pa­redes se acumulaban en pulcros montones, como pequeños tron­cos, una vasta reserva de velas, numerosos pergaminos, jarros, botellas y cajas esmaltadas. Había un tocador con un espejo de plata pulida y lleno de joyas y cosméticos. En una gran chimenea había una pequeña estufa metálica, de un negro brillante, con una adornada marmita sobre el fuego. También al lado de la estufa había una pirámide de delgadas antorchas resinosas, escobas de mango corto y fregasuelos, troncos pequeños y cortos y carbón de un negro reluciente.

Sobre un estrado bajo al lado de la chimenea había un sofá an­cho, de patas cortas y respaldo elevado, cubierto con una tela de oro. Allí estaba sentada una muchacha delgada, pálida, de delica­da belleza, ataviada con un vestido de gruesa seda violeta con bordados de plata y ceñido con una cadena también de plata. Sus zapatillas eran de blanca piel de serpiente de la nieve. Unas agu­jas de plata con cabezas de amatista sujetaban el alto peinado en el que recogía su cabello negro. Se cubría los hombros con un chal de armiño. Se inclinaba adelante con elegancia y aparente inco­modidad y extendía una mano estrecha y pequeña para estrechar la de Vlana, la cual se había arrodillado ante ella y ahora le toma­ba suavemente la mano ofrecida e inclinaba la cabeza sobre ella, su propio cabello castaño oscuro brillante y lacio formando un do­sel, y se llevaba la otra mano de la muchacha a los labios.

A Fafhrd le alegró ver que su mujer actuaba adecuadamente en aquella situación tan extraña pero sin duda deliciosa. Enton­ces, al mirar la larga pierna de Vlana enfundada en una media roja, estirada hacia atrás mientras se arrodillaba con la otra, ob­servó que todo el suelo estaba cubierto -hasta el punto de que las superposiciones eran dobles, triples y hasta cuádruples- de gruesas alfombras tupidas y de muchos colores, de las clases más finas importadas de las tierras orientales. De pronto señaló al Ra­tonero Gris con el pulgar.

-¡Eres el Ladrón de Alfombras! -exclamó-. ¡Eres el Re­quisatapices! ¡Y también el Corsario de las Velas! -continuó, re­firiéndose a dos series de robos sin resolver que habían corrido en boca de todo Lankhmar cuando él y Vlana llegaron a la ciudad un mes atrás.

El Ratonero se encogió de hombros con expresión impasible y luego sonrió, con un fulgor en sus ojos rasgados. De improviso emprendió una danza que le llevó girando y balanceándose alrededor de la habitación y le dejó detrás de Fafhrd, donde diestra­mente desprendió de los hombros de éste la enorme túnica con capucha y largas mangas, la sacudió, la dobló con todo cuidado y la depositó sobre un cojín.

Tras una larga e incierta pausa, la muchacha de violeta golpeó nerviosamente con su mano libre la tela de oro junto a ella, y Vla­na se sentó allí, poniendo cuidado en no hacerlo demasiado cerca de la otra. Ambas mujeres se pusieron a hablar en voz baja, y Vla­na tomó la iniciativa, aunque no de un modo demasiado evidente.

El Ratonero se quitó su propio manto gris y con capucha, lo dobló casi con remilgos y lo depositó al lado del de Fafhrd. En­tonces se quitaron los cintos con las espadas y el Ratonero los co­locó encima de la túnica y el manto doblados.

Sin aquellas armas y voluminosos atuendos los dos hombres parecían de improviso muy jóvenes, ambos con rostros lampiños, ambos delgados a pesar de los hinchados músculos en los brazos y las pantorrillas de Fafhrd, éste con su larga cabellera rubia cayén­dole sobre la espalda y los hombros, el Ratonero con el cabello oscuro cortado en flequillo, uno vestido con túnica marrón de cuero, bordada con hilo de cobre, y el otro con un jubón de seda gris rudamente tejido.

Se sonrieron mutuamente. La sensación que ambos tenían de haberse vuelto muchachos a la vez hizo que al principio sus sonri­sas parecieran un poco embarazadas. El Ratonero se aclaró la garganta e, inclinándose un poco, pero mirando todavía a Fafhrd, extendió el brazo hacia el sofá dorado y con un tartamudeo ini­cial, aunque por lo demás con bastante naturalidad, le dijo:

-Fafhrd, mi buen amigo, permíteme que te presente a mi princesa. Ivrian, querida mía, ten la bondad de recibir a Fafhrd amablemente, pues esta noche él y yo hemos luchado codo a codo contra tres, y hemos vencido.

Fafhrd avanzó, agachándose un poco, pues la coronilla de su cabeza dorada y rojiza rozaba el dosel estrellado, y se arrodilló ante Ivrian igual que había hecho Vlana. Ahora la fina mano ten­dida hacia él parecía firme, pero en cuanto la tocó descubrió que todavía temblaba. La trató como si fuera tela tejida con la más fina tela de la araña blanca, apenas rozándola con los labios, y aun así se sintió nervioso mientras musitaba unos cumplidos.

No percibió, al menos de momento, que el Ratonero estaba tan nervioso como él, e incluso más, rogando que Ivrian no exa­gerase en su papel de princesa y humillara a sus huéspedes, se derrumbara temblando o llorando, o corriera hacia él o a la habita­ción contigua, pues Fafhrd y Vlana eran literalmente los primeros seres, humanos o animales, nobles, ciudadanos libres o esclavos, a los que él había llevado o permitido entrar en el nido lujoso que había creado para su aristocrática amada... salvo las dos cotorras que gorjeaban en una jaula de plata colgada al otro lado de la chi­menea, frente al estrado.

A pesar de su astucia y su cinismo de origen reciente, nunca se le ocurrió al Ratonero que era sobre todo su forma encantadora pero absurda de mimar a Ivrian lo que mantenía como una muñeca, y aumentaba incluso esta condición, a la muchacha potencial­mente valiente y realista que había huido con él de la cámara de tortura de su padre cuatro lunas atrás.

Pero ahora, cuando Ivrian sonrió por fin y Fafhrd le devolvió gentilmente su mano y retrocedió con cautela, el Ratonero se re­lajó aliviado, fue en busca de dos copas y dos tazas de plata, las limpió sin necesidad con una toalla de seda, seleccionó con cuida­do una botella de vino violeta y entonces, sonriendo a Fafhrd, descorchó uno de los jarros que el norteño había traído, llenó casi hasta el borde los cuatro recipientes destellantes y los sirvió. Aclarándose de nuevo la garganta, pero sin rastro de tartamu­deo esta vez, el muchacho brindó:

-Por mi mayor robo hasta la fecha en Lankhmar, que de buen o mal grado he de compartir al sesenta por ciento con -no pudo resistir el súbito impulso- ¡con este patán bárbaro, grande y peludo!

Y se echó al coleto un cuarto de la taza de vino ardiente, agra­dablemente fortificado con aguardiente.

Fafhrd se tomó la mitad del suyo y luego brindó a su vez:

-Por el más jactancioso, cínico y pequeño individuo civiliza­do con el que jamás me he dignado compartir un botín.

Bebió el resto y, con una amplia sonrisa que mostró sus dien­tes blancos, tendió su taza vacía.

El Ratonero la llenó de nuevo, se sirvió a su vez, dejó enton­ces la taza y se acercó a Ivrian para volcar en su regazo las gemas de la bolsita que le había arrebatado a Fissif. Las piedras precio­sas lucieron en su nuevo y envidiable lugar como un pequeño charco de mercurio con los tonos del arco iris.

Ivrian retrocedió estremecida, casi derramándolas, pero Vla­na le cogió suavemente el brazo, aquietándola, y se inclinó sobre las joyas con un gangoso grito de maravilla y admiración, dirigió lentamente una mirada de envidia a la pálida muchacha y empezó a susurrarle algo de un modo apremiante pero sonriendo. Fafhrd se dio cuenta de que ahora Vlana actuaba, pero lo hacía bien y con eficacia, ya que Ivrian pronto asintió ansiosa y no mucho des­pués empezó a susurrarle algo a su vez. Siguiendo sus instruccio­nes, Vlana fue en busca de una caja esmaltada de azul con incrustaciones de plata, y las dos mujeres transfirieron las joyas del re­gazo de Ivrian a su interior de terciopelo azul. Entonces Ivrian dejó la caja a su lado y siguieron charlando.

Mientras daba cuenta de su segunda taza a pequeños sorbos, Fafhrd se relajó y empezó a adquirir una sensación más profunda de su entorno. La deslumbrante maravilla del primer vistazo a aquella sala del trono escondida en un fétido suburbio, su lujo pintoresco intensificado por contraste con la oscuridad, el barro y la suciedad, la escalera podrida y el bulevar de la Basura en el ex­terior se desvaneció y el muchacho empezó a percibir el desvenci­jamiento y la podredumbre bajo la capa de grandiosidad.

Aquí y allá, entre las colgaduras, asomaba la madera carcomi­da, seca, agrietada, y exhalaba su olor malsano, su aroma a viejo. Todo el piso se combaba bajo las alfombras, y en el centro de la estancia llegaba a hundirse hasta un palmo. Una gran cucaracha bajaba por una colgadura bordada en oro, y otra se dirigía al sofá. Filamentos de niebla nocturna se filtraban a través de los posti­gos, produciendo negros arabescos evanescentes contra los dora­dos. Las piedras de la gran chimenea habían sido restregadas y barnizadas, pero había desaparecido la mayor parte del mortero que las cohesionaba; algunas se hundían y otras faltaban por ente­ro.

El Ratonero había encendido el fuego en la estufa. Introdujo la leña previamente encendida, que despedía llamaradas amari­llentas, cerró la portezuela negra y regresó a la estancia. Como si hubiera leído los pensamientos de Fafhrd, tomó varios conos de incienso, encendió sus extremos y los colocó en diversos puntos, en brillantes cuencos de latón, aprovechando mientras lo hacía para pisotear a una cucaracha y capturar por sorpresa a la otra y aplastarla de un puñetazo. Luego rellenó con trapos de seda las grietas más anchas de los postigos, tomó de nuevo su taza de plata y por un momento dirigió a Fafhrd una dura mirada, como desa­fiándole a decir una sola palabra contra la deliciosa pero algo ridí­cula casa de muñecas que había preparado para su princesa.

Un instante después sonreía y alzaba su taza hacia Fafhrd, el cual hacía lo mismo. La necesidad de llenar de nuevo los recipien­tes les acercó. Sin mover apenas los labios, el Ratonero le explicó sotto voce:

-El padre de Ivrian era duque. Yo le maté, por medio de la magia negra, según creo, mientras se disponía a darme la muerte en el potro de tortura. Era un hombre de lo más cruel, incluso para su hija, pero aun así era duque, de modo que Ivrian no está nada habituada a ganarse la vida o cuidar de sí misma. Me enor­gullezco de mantenerla en un esplendor superior al que jamás le ofreció su padre con todos sus servidores y doncellas.

Fafhrd asintió, suprimiendo las críticas inmediatas que provo­caban en él aquella actitud y programa, y le dijo amablemente:

-No hay duda de que has creado con tus robos un pequeño palacio encantador, digno del señor de Lankhmar, Karstak Ovar­tamortes, o del Rey de Reyes de Tisilinilit.

Vlana le llamó desde el sofá con su bronca voz de contralto.

-Ratonero Gris, tu princesa quiere oír el relato de la aventu­ra de esta noche. ¿Y podríamos tomar más vino?

-Sí, por favor, Ratón -pidió Ivrian.

Estremeciéndose de un modo casi imperceptible al oír aquel apodo anterior, el Ratonero miró a Fafhrd en busca de asenti­miento, lo obtuvo y se embarcó en su relato. Pero primero sirvió vino a las muchachas. No había bastante para llenar sus copas, por lo que abrió otro jarro y, tras pensarlo un momento, descor­chó los tres, colocando uno junto al sofá, otro donde Fafhrd esta­ba ahora tendido sobre mullidas alfombras y reservándose el ter­cero para él. Ivrian pareció tomar con aprensión esta señal de que iban a beber en abundancia, y Vlana lo tomó con cinismo y cierto enojo, pero ninguna de las dos expresó sus críticas.

El Ratonero contó bien el relato de su robo a los ladrones con alguna teatralidad y con sólo el más artístico de los adornos, a sa­ber, que el hurón-tití, antes de escapar, se le subió a la espalda y trató de arrancarle los ojos... y sólo le interrumpieron en dos oca­siones. Cuando dijo:

-Y así con un zumbido suave y un leve golpe desnudé a Es­calpelo...

Fafhrd observó:

-¿De modo que también le has puesto un sobrenombre a tu espada?

El Ratonero se levantó.

-Sí, y llamo a mi daga Garra de Gato. ¿Algo que objetar? ¿Te parece infantil?

-En absoluto. También yo le he puesto un nombre a mi espa­da: Varita Gris. Todas las armas están vivas de algún modo, son civilizadas y dignas de recibir un nombre. Pero sigue, por favor.

Y cuando mencionó la bestezuela de naturaleza incierta que cabrioleaba al lado de los ladrones (¡y que se lanzó contra sus ojos!), Ivrian palideció, se estremeció y dijo:

-¡Ratón! ¡Podría ser un animal de compañía de una bruja!

-De un brujo -le corrigió Vlana-. Esos cobardes villanos del Gremio no tienen tratos con las mujeres, excepto para que les alimenten o como vehículos forzados de su lujuria. Pero Krovas, su rey actual, aunque supersticioso, tiene fama de tomar toda cla­se de precauciones, y muy bien podría tener un mago a su servi­cio.

-Eso parece muy probable -dijo el Ratonero, con claros signos de mal agüero en su mirada y su voz-, y eso me llena de inquietud.

En realidad no creía lo que estaba diciendo, ni lo sentía -estaba tan inquieto como una pradera virgen- en lo más míni­mo, pero estaba dispuesto a aceptar cualquier refuerzo ambiental de su representación.

Cuando terminó, las muchachas, con sus ojos relucientes y lle­nos de afecto, brindaron por la astucia y valentía de los dos jóve­nes: El Ratonero hizo una reverencia y les correspondió con una sonrisa radiante. Luego se tendió, con un suspiro de fatiga, enju­gándose la frente con un paño de seda, y tomó un largo trago.

Tras pedir permiso a Vlana, Fafhrd contó el relato de su audaz huida de Rincón Frío -él de su clan y ella de una compañía tea­tral- y de su avance hasta Lankhmar, donde ahora se alojaban en una casa de actores cerca de la Plaza de los Oscuros Deseos. Ivrian se abrazó a Vlana y se estremeció llena de asombro cuando Fafhrd relataba las partes en las que intervenía la brujería y que, pensó el muchacho, le producían tanto placer como temor. Fafhrd se dijo que era natural que a aquella muñeca le gustaran las historias de fantasmas, aunque no estaba seguro de que su pla­cer fuera tan grande de haber sabido que las historias de fantas­mas eran ciertas. Parecía vivir en mundos de imaginación... y es­taba seguro de que, una vez más, el Ratonero tenía mucho que ver en ello.

Lo único que omitió de su relato fue el constante interés de Vlana por lograr una venganza monstruosa contra el Gremio de los Ladrones, por torturar a muerte a sus cómplices y acosarla para que se marchara de Lankhmar cuando ella trató de dedicarse a robar por su cuenta en la ciudad, utilizando la mímica como co­bertura. Ni tampoco mencionó su propia promesa -que ahora le parecía estúpida- de ayudarla en aquel sangriento asunto.

Cuando terminó y obtuvo su aplauso, notó la garganta seca a pesar de su adiestramiento como bardo, pero cuando quiso hu­medecerla descubrió que tanto su taza como el jarro estaban va­cíos, aunque no se sentía borracho ni por asomo. Se dijo que los efectos del licor se habían evaporado mientras hablaba, escapán­dose un poquito con cada palabra deslumbrante que había pro­nunciado.

El Ratonero se hallaba en una situación similar, tampoco bo­rracho, aunque inclinado a detenerse misteriosamente y mirar al infinito antes de responder a una pregunta o hacer una observa­ción. Esta vez, tras una mirada al infinito especialmente larga, su­girió que Fafhrd le acompañara a la Anguila para adquirir nuevas provisiones de licor.

-Pero tenemos mucho vino en nuestro jarro -protestó Ivrian-. O al menos un poco -corrigió; parecía vacío cuando Vlana lo agitó-. Además, aquí tenéis toda clase de vinos.

-No de esta clase, querida, y la primera regla es no mezclar­los nunca -le explicó el Ratonero, agitando un dedo ante ella-. La mezcla es lo que provoca enfermedad y locura.

Vlana, comprensiva, dio unas palmaditas en la muñeca de Ivrian.

-Mira, querida, hay un momento en toda buena fiesta en el que los hombres que lo son de veras tienen que salir. Es algo estú­pido en extremo, pero así es la naturaleza y no hay nada que ha­cer, créeme.

-Pero, Ratón, estoy asustada. El relato de Fafhrd me ha in­fundido temor. Y también el tuyo... Oiré el ruido de ese bicho ca­bezón y negro raspando los postigos en cuanto te vayas. ¡Lo sé!

A Fafhrd le pareció que no tenía ningún miedo, sino que tan sólo le complacía hacerse la asustada y demostrar el poder que te­nía sobre su amado.

-Querida mía -le dijo el Ratonero con un leve hipo-, está todo el Mar Interior, toda la Tierra de las Ocho Ciudades y, para postre, todas las Montañas de los Duendes en su inmensidad en­tre tú y los frígidos espectros de Fafhrd o -perdóname, camara­da, pero podría ser- alucinaciones mezcladas con coincidencias. En cuanto a los animales de los brujos, ¡psé! Nunca ha habido en el mundo otra cosa que los repugnantes y muy naturales animales domésticos de las viejas hediondas y de viejos afeminados.

-La Anguila está a un paso, señora Ivrian -dijo Fafhrd-, y a vuestro lado está mi querida Vlana, la cual mató a mi principal enemigo arrojando esa daga que ahora lleva colgada al cinto.

Con una furibunda mirada a Fafhrd que no duró más que un abrir y cerrar de ojos, pero que decía: «¡Qué manera de tranquili­zar a una muchacha asustada!», Vlana dijo alegremente:

-Deja que marchen los muy tontos, querida. Eso nos dará oportunidad para tener una conversación privada, durante la cual los despedazaremos, comentando desde su tendencia a embrute­cerse con la bebida hasta esa inquietud que les impide quedarse tranquilamente en casa.

Así pues, Ivrian se dejó persuadir y el Ratonero y Fafhrd se escabulleron, cerrando enseguida la puerta tras ellos para evitar que entrara la negra niebla. Sus pasos más bien rápidos por la es­calera podían oírse desde el interior. Hubo débiles crujidos y ge­midos de la antigua madera, pero ningún sonido que indicara otra rotura o paso en falso.

Mientras aguardaban que les subieran de la bodega los cuatro jarros, los dos nuevos camaradas pidieron una taza cada uno del mismo vino reforzado, u otro bastante parecido, y se metieron en el extremo menos ruidoso del largo mostrador, en la tumultuosa taberna. Diestramente, el Ratonero pateó a una rata que sacó su negra cabeza y su cuarto delantero por el agujero de su guarida.

Después de que se intercambiaran entusiastas cumplidos por sus respectivas mujeres, Fafhrd dijo tímidamente:

-Entre nosotros, ¿crees que podría haber algo de verdad en la idea de tu dulce Ivrian de que la pequeña criatura oscura que acompañaba a Slivikin y el otro ladrón del Gremio era el animal de compañía de un brujo, o en cualquier caso el astuto animal do­méstico de un hechicero, adiestrado para actuar como mensajero e informar de los desastres a su amo, a Krovas o a ambos?

El Ratonero emitió una risa ligera.

-Estás haciendo montañas de granos de arena, mi querido hermano bárbaro, espantajos carentes de lógica, si he de ser sin­cero. In primis, no sabemos con certeza que la bestezuela tuviera relación con los ladrones del Gremio. Puede que fuera un gato extraviado o una rata grande y audaz... ¡como esta condenada! -Y al decir esto dio otra patada contra el agujero-. Pero, secun­dus, concediendo que fuera la criatura de un mago empleado por Krovas, ¿cómo podría dar un informe útil? No creo que los ani­males puedan hablar... excepto los loros y esa clase de pájaros, que sólo pueden... hablar como tales loros, o los que tienen un complicado lenguaje de signos que los hombres pueden compar­tir. ¿O quizá imaginas a la bestezuela metiendo su garra acolcha­da en un tintero y escribiendo su informe con grandes letras en un pergamino extendido sobre el suelo?


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