La cuarta vez



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»¡Eh, el del mostrador! ¿Dónde están mis jarros? ¿Las ratas se han comido al muchacho que fue a por ellos hace días? ¿O es que se ha muerto de hambre mientras los buscaba en la bodega? Bueno, dile que se dé más prisa y entretanto llena de nuevo nues­tras tazas.

»No, Fafhrd, aun concediendo que la bestezuela fuese directa o indirectamente una criatura de Krovas y que corriera a la Casa de los Ladrones después de nuestra refriega, ¿qué podría decir­les? Sólo que algo había salido mal en el asalto a casa de Jengao, lo cual, en cualquier caso, no tardarían en sospechar por la tar­danza de los ladrones y matones en regresar.

Fafhrd frunció el ceño y musitó con testarudez:

-Pero ese animalejo peludo y furtivo podría informar de nuestra presencia a los maestros del Gremio, los cuales podrían reconocernos e ir a buscarnos y atacarnos en nuestros hogares. O bien Slivikin y su gordo compañero, recuperados de sus lesiones, podrían hacer lo mismo.

-Mi querido amigo -dijo el Ratonero en tono de condolen­cia-, rogando una vez más tu indulgencia, me temo que este po­tente vino está confundiendo tu ingenio. Si el Gremio conociera nuestro aspecto o dónde nos alojamos, hace días, semanas, qué digo, meses que nos habrían importunado con la intención de cor­tarnos el cuello. O quizá no sepas que la pena impuesta a los que trabajan por cuenta propia o se dedican a robos no asignados den­tro de los muros de Lankhmar y para las tres ligas fuera de ellos, no es otra que la muerte, después de la tortura, si felizmente eso puede conseguirse.

-Sé todo eso y mi situación es peor incluso que la tuya -replicó Fafhrd, y tras rogar al Ratonero que guardara el secre­to, le contó el relato de la venganza de Vlana contra el Gremio y sus sueños tremendamente serios de una venganza absoluta.

Mientras contaba esto llegaron los cuatro jarros de la bodega, pero el Ratonero pidió que les llenaran una vez más sus tazas de barro.

-Y así -concluyó Fafhrd-, a consecuencia de una promesa realizada por un muchacho enamorado y sin instrucción a una in­trigante sureña del Yermo Frío, ahora que soy un hombre tran­quilo y sobrio -bueno, en otras ocasiones- me veo aguijoneado continuamente para que luche contra un poder tan grande como el de Karstak Ovartamortes, pues como tal vez sepas el Gremio tiene delegados en todas las demás ciudades y poblaciones princi­pales de este reino, por no mencionar los acuerdos que incluyen poderes de extradición con organizaciones de ladrones y bandi­dos en otros países. Quiero mucho a Vlana, no me interpretes mal, y ella misma es una experta ladrona, sin cuya guía difícil­mente habría sobrevivido a mi primera semana en Lankhmar, pero en este único tema tiene una chifladura en el cerebro, un fuerte nudo que ni la lógica ni la persuasión pueden siquiera co­menzar a aflojar. Y yo..., bueno, en el mes que llevo aquí he aprendido que la única manera de sobrevivir en la civilización es aceptar sus reglas no escritas, mucho más importantes que sus le­yes cinceladas en piedra, y quebrarlas sólo en caso de peligro, con el más profundo secreto y tomando todas las precauciones, como he hecho esta noche... que por cierto no ha sido mi primer asalto.

-Ciertamente sería una locura asaltar directamente al Gre­mio -comentó el Ratonero-. En eso tu prudencia es perfecta. Si no puedes hacer que tu bella compañera abandone esa loca idea, o lograr con paciencia que la olvide -y puedo ver que es una mujer intrépida y porfiada- entonces debes negarte con fir­meza a su más mínima solicitud en esa dirección.

-Desde luego -convino Fafhrd, y añadió en un tono algo acusador-: aunque parece que le dijiste que habrías degollado de buen grado a los dos que dejamos sin sentido.

-¡Por mera cortesía, hombre! ¿Habrías preferido que no me mostrara amable con ella? Esto da la medida del valor que adjudi­caba ya a tu benevolencia. Pero sólo el hombre de una mujer pue­de volverse contra ella, como debes hacer en este caso.

-Desde luego -repitió Fafhrd con gran intensidad y convic­ción-. Sería un idiota si me enfrentara al Gremio. Naturalmen­te, si me capturan me matarán de todos modos por actuar por mi cuenta y dedicarme al asalto. Pero atacar caprichosamente al Gremio, matar sin necesidad a uno de sus ladrones... ¡eso es una locura!

-No sólo serías un idiota borracho y babeante, sino que sin duda alguna, al cabo de tres noches como mucho hederías a esa emperatriz de las enfermedades, la Muerte. Malignos ataques contra tu persona, golpes dirigidos a la organización... el Gremio se venga haciendo a quienes le atacan diez veces lo que han he­cho. Se cancelarían todos los robos planeados y otros delitos, y todo el poder del Gremio y sus aliados sería movilizado contra ti. Creo que tendrías más posibilidades enfrentándote solo a las huestes del Rey de Reyes que a los sutiles esbirros del Gremio de Ladrones. Por tu tamaño, fuerza e ingenio vales por un pelotón, o quizá por una compañía, pero no por todo un ejército. Por eso no debes asentir a lo que te diga Vlana sobre este asunto.

-¡De acuerdo! -dijo sonoramente Fafhrd, estrechando con una fuerza casi aplastante la mano nervuda del Ratonero.

-Y ahora debemos volver con las mujeres -dijo éste.

-Después de otro trago mientras nos hacen la cuenta. ¡Eh, muchacho!

-Me complace.

El Ratonero abrió su bolsa para pagar, pero Fafhrd protestó con vehemencia. Al final se jugaron a cara o cruz quién habría de pagar, ganó Fafhrd y con gran satisfacción hizo tintinear sus smer­duks de plata sobre el sucio y abollado mostrador, marcado ade­más por infinidad de círculos dejados por las tazas, como si en al­gún tiempo hubiera sido el escritorio de un geómetra loco. Se pu­sieron en pie y el Ratonero dio un último puntapié al agujero de la rata.

Entonces volvieron a presentarse los pensamientos de Fafhrd.

-De acuerdo en que la bestezuela no puede escribir con las garras o hablar con la boca por medio de signos, pero aun así po­dría habernos seguido a distancia, observado nuestro alojamiento y luego regresado a la Casa de los Ladrones para dirigir a sus amos hacia nosotros, como un sabueso.

-Ahora vuelves a hablar con sensatez -dijo el Ratonero-. ¡Eh, chico, una jarra pequeña de cerveza para llevar! ¡En segui­da! -Al ver la mirada de incomprensión de Fafhrd, le explicó-: La derramaré fuera de la Anguila para eliminar nuestro olor, y en todo el pasadizo. Sí, y también salpicaré con ella la parte superior de las paredes.

Fafhrd hizo un gesto de asentimiento.

-Creí que había bebido hasta volverme tonto.

Vlana e Ivrian estaban enfrascadas en una animada charla, y se sobresaltaron al oír las precipitadas pisadas escalera arriba. Unos behemots al galope no habrían hecho más ruido. Los cruji­dos y gemidos de la madera eran prodigiosos, y se oyeron los rui­dos de dos escalones rotos, pero las fuertes pisadas no se altera­ron por ello. Se abrió la puerta y los dos hombres penetraron a través de la sombrilla de un gran hongo de niebla nocturna que quedó pulcramente separada de su negro tallo al cerrarse la puer­ta.

-Te dije que regresaríamos enseguida -gritó el Ratonero alegremente a Ivrian, mientras Fafhrd se adelantaba, sin hacer caso del suelo crujiente, y decía:

-Corazón mío, cuánto te he echado de menos.

Y alzó en brazos a Vlana a pesar de sus protestas y movimien­tos para liberarse, besándola y abrazándola con brío antes de de­positarla de nuevo sobre el sofá.

Curiosamente, era Ivrian la que parecía enfadada con Fafhrd, y no Vlana, la cual sonreía con afecto aunque algo aturdida.

-Fafhrd, señor -dijo con audacia, sus pequeños puños sobre las estrechas caderas, el mentón alto, los ojos relucientes-, mi querida Vlana me ha contado las cosas horrendas que le hizo el Gremio de los Ladrones, a ella y a sus mejores amigos. Perdona que hable con tanta franqueza a alguien que acabo de conocer, pero creo muy poco viril por tu parte que le niegues la justa ven­ganza que desea y que merece plenamente. Y eso también va por ti, Ratón, que te jactaste ante Vlana de lo que habrías hecho de haberlo sabido. ¡Tú, que en un caso parecido no tuviste escrúpulo en matar a mi propio padre -o por tal reputado- a causa de sus crueldades!

Fafhrd comprendió con claridad que mientras había estado bebiendo ociosamente con el Ratonero Gris en la Anguila, Vlana había ofrecido a Ivrian una versión sin duda embellecida de sus agravios contra el Gremio y jugando sin piedad con las simpatías románticas e ingenuas de la muchacha y su alto concepto del amor caballeresco. También estaba claro que Ivrian se hallaba algo más que un poco borracha. Un frasco casi vacío de vino vio­leta de la lejana Kiraay permanecía en la mesa junto a ellas.

Sin embargo, no se le ocurrió nada que hacer salvo extender sus grandes manos en un gesto de impotencia y agachar la cabeza, más de lo que el techo bajo hacía necesario, bajo la mirada feroz de Ivrian, reforzada ahora por la de Vlana. Después de todo, te­nían razón. Él había hecho aquella promesa.

Así pues, fue el Ratonero quien trató de contradecirla prime­ro.

-Vamos, pequeña -exclamó mientras recorría la estancia, rellenando con seda más grietas para impedir la entrada de la es­pesa niebla, agitando y alimentando el fuego de la estufa-, y también vos, bella señora Vlana. Durante el mes pasado Fafhrd ha atacado a los ladrones del Gremio allá donde más les duele, en las bolsas que les cuelgan entre las piernas. Sus asaltos a los boti­nes de sus robos han sido como otras tantas patadas en sus ingles. Duele más, créeme, que quitarles la vida con un rápido tajo de es­pada, casi indoloro, o una estocada. Y esta noche le he ayudado en su respetable propósito, y volvería a hacerlo de buen grado. Así que bebamos todos.

Con un diestro movimiento descorchó uno de los jarros, y se apresuró a llenar tazas y copas de plata.

-¡Una venganza de mercader! -replicó Ivrian con desdén, ni un ápice apaciguada, sino más bien enojada de nuevo-. Sé que los dos sois caballeros fieles y gentiles, a pesar de vuestra ne­gligencia presente. ¡Como mínimo debéis traerle a Vlana la cabe­za de Krovas!

-¿Y qué haría con ella? ¿De qué le serviría excepto para manchar las alfombras?

El Ratonero hizo estas preguntas en tono quejumbroso, mien­tras Fafhrd, que había recuperado el buen sentido, se arrodillaba y decía muy lentamente:

-Muy respetada señora Ivrian, es cierto que solemnemente prometí a mi amada Vlana que le ayudaría en su venganza, pero eso fue cuando aún me hallaba en el bárbaro Rincón Frío, donde la enemistad entre clanes es un lugar común, sancionado por la costumbre y aceptado por todos los clanes, tribus y hermandades de los salvajes nórdicos del Yermo Frío. En mi ingenuidad pensé en la venganza de Vlana como algo parecido. Pero aquí, en medio de la civilización, descubro que todo es diferente y que las reglas y costumbres están al revés. Sin embargo, tanto en Lankhmar como en el Rincón Frío, uno ha de aparentar que observa las re­glas y las costumbres para sobrevivir. Aquí el dinero es todopode­roso, el ídolo situado en más alto lugar, tanto si uno suda, roba, aplasta a otros o practica toda clase de estratagemas para conse­guirlo. Aquí la enemistad y la venganza están fuera de todas las reglas y se castigan peor que la locura violenta. Pensad, señora Ivrian, que si el Ratón y yo tuviéramos que traerle a Vlana la ca­beza de Krovas, tendríamos que huir de Lankhmar al instante, perseguidos por todos sus hombres, mientras que vos perderíais con toda certeza este país de hadas que el Ratón ha creado por amor a vos y os veríais obligada a hacer lo mismo, a ser con él una mendiga en continua fuga durante el resto de vuestras vidas natu­rales.

Era un razonamiento elegantemente expresado... pero que no sirvió de nada. Mientras Fafhrd hablaba, Ivrian tomó su copa que acababan de llenarle otra vez y la apuró. Ahora estaba en pie, fir­me como un soldado, su rostro pálido ruborizado, y le dijo acer­bamente a Fafhrd, arrodillado ante ella:

-¡Cuentas el coste! Me hablas de cosas -señaló el esplendor multicolor que la rodeaba- de simple propiedad, por costosa que sea, cuando lo que está en juego es el honor. Le diste a Vlana tu palabra. Oh, ¿es que ha muerto del todo la caballerosidad? Y eso se aplica también a ti, Ratón, pues has jurado que secciona­rías las miserables gargantas de dos dañinos ladrones del gremio.

-No lo he jurado -objetó débilmente el Ratonero, tomando un largo trago-. Me limité a decir lo que habría hecho.

Fafhrd no pudo hacer más que volver a encogerse de hom­bros, mientras sentía que se le retorcían las entrañas, y procuró calmarse bebiendo de su taza de plata, pues Ivrian hablaba con los mismos tonos que le hacían sentirse culpable y utilizaba los mismos argumentos femeninos injustos pero que partían el cora­zón que podrían haber utilizado Mor, su madre, o Mara, su amor abandonado del Clan de la Nieve y esposa reconocida, que ahora tendría la panza hinchada con el hijo engendrado por él.

Vlana hizo un amable intento para sentar de nuevo a Ivrian en el sofá dorado.

-No te excites, querida -le rogó-. Has hablado con noble­za por mí y mi causa, y créeme, te estoy muy agradecida. Tus pa­labras han revivido en mí fuertes y magníficos sentimientos extin­guidos durante muchos años. Pero de los aquí presentes, sólo tú eres una verdadera aristócrata a tono con las más altas propieda­des. Nosotros tres no somos más que ladrones. ¿Es de extrañar que alguno considere la seguridad por encima del honor y el man­tenimiento de la palabra dada y evite con la mayor prudencia arriesgar nuestras vidas? Sí, somos ladrones y tengo la mayoría de votos en contra. Así que, por favor, no hables más de honor y te­meraria e intrépida valentía, sino que siéntate y...

-Quieres decir que temen desafiar al Gremio de los Ladro­nes, ¿verdad? -dijo Ivrian, con una expresión de odio en su ros­tro-. Siempre creí que mi Ratón era primero un hombre noble y en segundo lugar un ladrón. Robar no es nada. Mi padre vivía de los robos crueles perpetrados a ricos viajeros y vecinos menos po­derosos que él, y sin embargo era un aristócrata. ¡Oh, qué cobar­des sois los dos! ¡Miedosos! -terminó con una mirada de frío desprecio primero al Ratonero y luego a Fafhrd.

Este último no pudo soportarlo más. Se puso en pie, sonroja­do, los puños apretados a cada lado, sin hacer caso de su taza de­rribada ni el amenazante crujido que su súbita acción produjo en el suelo hundido.

-¡No soy un cobarde! -gritó-. Me arriesgaré a ir a la Casa de los Ladrones, cortaré la cabeza de tu Krovas y la arrojaré en­sangrentada a los pies de Vlana. ¡Lo juro ante Kos, el dios de las condenas, por los huesos marrones de Nalgron, mi padre, y por su espada Varita Gris que está aquí a mi lado!

Se dio una palmada en la cadera izquierda, no encontró nada allí salvo su túnica, y hubo de contentarse indicando con brazo tembloroso su cinto y espada envainada sobre su manto bien do­blado. Entonces recogió su taza, volvió a llenarla y la apuró de un largo trago.

El Ratonero Gris empezó a reírse con grandes carcajadas. To­dos le miraron. Se acercó brincando a Fafhrd y, todavía sonrien­do, le preguntó:

-¿Por qué no? ¿Quién habla de temer a los ladrones del Gre­mio? ¿A quién le trastorna la perspectiva de esta hazaña ridícula­mente fácil, cuando todos sabemos que esa gente, incluso Krovas y su camarilla, no son más que pigmeos en mentalidad y destreza comparados conmigo o Fafhrd? Se me acaba de ocurrir una treta de maravillosa sencillez y totalmente segura para penetrar en la Casa de los Ladrones. El fuerte Fafhrd y yo la pondremos en efecto de inmediato. ¿Estás conmigo, norteño?

-Claro que lo estoy -respondió Fafhrd con rudeza, al tiem­po que se preguntaba perplejo qué locura se había apoderado del pequeño individuo.

-¡Dame algunos latidos de corazón para recoger ciertas cosas imprescindibles y nos vamos!-exclamó el Ratonero.

De un estante cogió y desplegó un recio saco, y luego empren­dió una actividad febril, reuniendo y guardando en el saco cuer­das enrolladas, vendas, trapos, frascos de ungüento, unturas y otras cosas curiosas.

-Pero no podéis ir esta noche -protestó Ivrian, pálida de re­pente y con la voz insegura-. No estáis... en condiciones para ir.

-Estáis borrachos -dijo Vlana ásperamente-, y de esa ma­nera lo único que lograréis en la Casa de los Ladrones es que os maten. Fafhrd, ¿dónde está aquella maravillosa razón que em­pleaste para matar, o contemplar a sangre fría cómo morían un puñado de poderosos rivales y me conseguiste en Rincón Frío y en las heladas y embrujadas profundidades del cañón de los Duendes? ¡Recuérdalo! E infunde un poco en tu brincador amigo gris.

-Oh, no -le dijo Fafhrd mientras se abrochaba el cinto con la espada-. ¡Querías la cabeza de Krovas a tus pies en un gran charco de sangre, y eso es lo que vas a tener, quieras o no!

-Tranquilízate, Fafhrd -intervino el Ratonero, el cual se detuvo de súbito y ató fuertemente el saco con sus cuerdas-. Y calmaos también, señora Vlana y mi querida princesa. Esta noche sólo pretendo realizar una expedición de reconocimiento, sin co­rrer riesgos, en busca tan sólo de la información necesaria para planear nuestro golpe fatal mañana o pasado. Así que esta noche no habrá cortes de cabeza, ¿me oyes, Fafhrd? Pase lo que pase, chitón. Y ponte el manto con capucha.

Fafhrd se encogió de hombros, asintió y le obedeció.

Ivrian pareció algo aliviada. Y Vlana también, aunque dijo:

-De todos modos estáis borrachos.

-¡Tanto mejor! -le aseguró el Ratonero con una sonrisa desbordante-. La bebida puede hacer más lento el brazo del es­padachín y suavizar un poco sus golpes, pero enciende su ingenio y su imaginación, y éstas son las cualidades que necesitaremos esta noche. Además -se apresuró a añadir, impidiéndole a Ivrian expresar alguna duda que estaba a punto de ofrecer-, ¡los hombres borrachos tienen una cautela suprema! ¿No habéis visto nunca a un beodo tambaleante erguirse y andar derecho de re­pente a la vista de un guardia?

-Sí, y caerse de bruces en cuanto lo ha dejado atrás -dijo Vlana.

-¡Bah! -se limitó a replicar el Ratonero, y echando atrás la cabeza se dirigió hacia ella a lo largo de una imaginaria línea rec­ta, pero tropezó al instante y habría caído al suelo si no hubiera dado un increíble salto adelante y una voltereta, aterrizando sua­vemente -los dedos, tobillos y rodillas doblados en el momento preciso para absorber el impacto- delante de las mujeres. El sue­lo apenas se quejó.

-¿Lo veis? -les dijo, enderezándose; de pronto empezó a oscilar hacia atrás, tropezó con un cojín sobre el que estaba su manto y espada, pero con ágiles movimientos logró permanecer en pie y empezó a ataviarse rápidamente.

Escudándose en esta acción, Fafhrd, con disimulo pero tam­bién con rapidez, llenó una vez más su taza y la del Ratonero, pero Vlana lo observó y le dirigió una mirada tan furibunda que el muchacho dejó las tazas y el jarro descorchado, y luego, con gesto resignado, se apartó de las bebidas e hizo a Vlana una mueca de aceptación.

El Ratonero se echó el saco al hombro y abrió la puerta. Fafhrd se despidió de las mujeres agitando la mano pero sin decir palabra, y salió al porche diminuto. La niebla nocturna era tan es­pesa que casi se perdió de vista. El Ratonero agitó cuatro dedos en dirección a Ivrian y le dijo en voz baja: «Adiós, Ratilla». En­tonces siguió a Fafhrd.

-Que tengáis buena suerte -gritó con vehemencia Vlana.

-Oh, Ratón, ten cuidado -dijo Ivrian compungida.

El Ratonero, su figura ligera contra el fondo oscuro de la de Fafhrd, cerró en silencio la puerta.

Las muchachas se abrazaron al instante, esperando el inevita­ble crujido y gemido de la escalera, pero no se producía. La nie­bla nocturna que había entrado en la estancia se disipó y aún no se había roto el silencio.

-¿Qué pueden estar haciendo ahí afuera? -susurró Ivrian-. ¿Planeando su acción?

Vlana frunció el ceño, meneó con impaciencia la cabeza y lue­go se separó de su compañera y se dirigió de puntillas a la puerta, la abrió, bajó en silencio algunos escalones, que crujieron lasti­meramente, y regresó, cerrando la puerta tras ella.

-Se han ido -dijo en tono de asombro, los ojos muy abier­tos, las manos un poco extendidas a cada lado, con las palmas ha­cia arriba.

-¡Estoy asustada! -susurró Ivrian y cruzó corriendo la es­tancia para abrazar a la muchacha más alta.

Vlana la abrazó con fuerza y luego liberó un brazo para echar los tres pesados cerrojos de la puerta.

En el callejón de los Huesos, el Ratonero guardó en su bolsa la cuerda de nudos con la que había descendido desde el gancho de la lámpara.

-¿Qué te parece si pasamos un rato en la Anguila? -sugirió.

-¿Quieres decir que hagamos eso y les digamos a las chicas que hemos estado en la Casa de los Ladrones? -preguntó Fafhrd, no demasiado indignado.

-Oh, no -protestó el Ratonero-, pero te has dejado arriba la copa del estribo, y yo también.

Al pronunciar la palabra «estribo» miró sus botas de piel de rata y, agachándose, emprendió un breve galope circular, las sue­las de sus botas golpeando suavemente en los adoquines. Agitó unas riendas imaginarias -«¡Hia, hia!»- y aceleró su galope, pero echándose hacia atrás tiró de las riendas para detenerse -«¡Sooo!»- cuando Fafhrd, con una sonrisa taimada sacó de su manto dos jarros llenos.

-Los escamoteé, por así decirlo, cuando dejé las tazas. Vlana ve mucho, pero no todo.

-Eres un individuo prudente y muy previsor, además de te­ner cierta habilidad en el manejo de la espada -le dijo admirado el Ratonero-. Me enorgullezco de llamarte camarada.

Cada uno descorchó un jarro y bebió un buen trago. Luego el Ratonero tomó la delantera para ir hacia el oeste, y caminaron tambaleándose sólo un poco. Pero no llegaron a la calle de la Pa­cotilla, sino que giraron al norte y entraron en un callejón aún más estrecho y ruidoso.

-El patio de la Peste -dijo el Ratonero, y Fafhrd asintió.

Tras escudriñar el entorno, cruzaron la ancha y vacía calle de los Oficios y salieron de nuevo al patio de la Peste. Era extraño, pero la atmósfera estaba un poco más despejada. A1 mirar hacia arriba vieron estrellas. Sin embargo, ningún viento soplaba del norte. El aire estaba completamente inmóvil.

Preocupados como estaban por el proyecto que tenían entre manos y por la mera locomoción, algo difícil a causa de su borra­chera, no miraron hacia atrás. Allí la niebla nocturna era más es­pesa que nunca. Un halcón que hubiera volado en círculo, muy alto, habría visto aquella negra niebla convergiendo de todas las partes de Lankhmar, de todos los puntos cardinales, del Mar In­terior, del Gran Pantano Salado, de los campos de cereales surca­dos de acequias, del río Hlal... formando rápidos ríos y riachuelos negros, amontonándose, girando, arremolinándose, oscura y he­dionda esencia de Lankhmar procedente de sus hierros de mar­car, sus braseros, hogueras, fogatas, fuegos de cocina y calefac­ción, hornos, forjas, fábricas de cerveza, destilerías, innumera­bles fuegos consumidores de desperdicios y basuras, cubiles de al­quimistas y brujos, crematorios, quemadores de carbón en montí­culos de turba, todos estos y muchos más... convergiendo en el Sendero Sombrío, en la Anguila de Plata y en la casa desvencija­da que se alzaba tras ella, vacía excepto en el ático. Cuanto más se acercaba a aquel centro más densa se hacía la niebla, y de ella se desgajaban hebras arremolinadas y giratorios jirones que se afe­rraban a los ásperos cantos de piedra y cubrían los ladrillos como telarañas negras.

Pero el Ratonero y Fafhrd se limitaban a mirar asombrados las estrellas, preguntándose hasta qué punto la visibilidad mejora­da aumentaría el riesgo de su indagación, y cautamente cruzaron la calle de los Pensadores, a la que los moralistas llamaban calle de los Ateos, siguiendo por el patio de la Peste hasta su bifurca­ción.

El Ratonero eligió el ramal izquierdo, que iba hacia el noroeste.

-El callejón de la Muerte.

Fafhrd asintió.

Tras una curva y un tramo en sentido opuesto, la calle de la Pacotilla apareció a unos treinta pasos de distancia. El Ratonero se detuvo enseguida y aplicó suavemente el brazo contra el pecho de Fafhrd.


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