La cuarta vez



Descargar 1.23 Mb.
Página9/15
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.23 Mb.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   15

Al otro lado de la calle de la Pacotilla se veía claramente un umbral ancho, bajo y abierto, enmarcado por mugrientos bloques de piedra. Conducían a él dos escalones ahuecados por siglos de pisadas. Una luz anaranjada amarillenta surgía de las antorchas agrupadas en el interior. No podían ver mucho de éste a causa del ángulo que hacía el callejón de la Muerte. Pero por lo que podían ver, no había portero o guardián alguno a la vista, nadie en abso­luto, ni siquiera un perro atado con una cadena. El efecto era amedrentador.

-¿Ahora cómo entramos en ese condenado sitio? -preguntó Fafhrd con un áspero susurro-. Explora el callejón del Asesina­to en busca de una ventana trasera que podamos forzar. Supongo que tienes palancas en ese saco. ¿O lo intentamos por el tejado? Ya sé que eres hombre de tejados. Enséñame ese arte. Yo conoz­co los árboles y las montañas, la nieve, el hielo y la roca desnuda. ¿Ves aquella pared?

Retrocedió unos pasos, a fin de tomar impulso para subir por la pared.

-Tranquilízate, Fafhrd -le dijo el Ratonero, manteniendo la mano contra el corpulento pecho del joven-. Tendremos el te­jado en reserva, y también todas las paredes. Confío en que eres un maestro de la escalada. En cuanto a la manera de entrar, cami­naremos directamente a través de ese portal. -Frunció el ceño y añadió-: Más bien cojeando y con un bastón. Haré los preparati­vos. Vamos.

Mientras conducía al escéptico Fafhrd por el callejón de la Muerte hasta que toda la calle de la Pacotilla quedó fuera de su vista, le explicó:

-Fingiremos que somos mendigos, miembros de su gremio, que no es más que una filial del Gremio de los Ladrones y se al­berga en la misma casa, o en cualquier caso informa a los Maes­tros Mendigos de la Casa de los Ladrones. Seremos nuevos miem­bros que han salido de día, por lo que no es de esperar que el Maestro Mendigo de noche, como ningún vigilante nocturno, co­nozcan nuestro aspecto.

-Pero no parecemos mendigos -protestó Fafhrd-. Los mendigos tienen lesiones horribles y miembros torcidos o que les faltan del todo.

-De eso precisamente voy a ocuparme ahora -dijo el Rato­nero, riendo entre dientes, y desenvainó a Escalpelo.

Fafhrd dio un paso atrás y miró al Ratonero con alarma, pero éste contempló atentamente la larga cinta de acero y enseguida, con un gesto de satisfacción, desprendió del cinto la vaina de Es­calpelo, forrada de piel de rata, envainó la espada y la envolvió, con empuñadura y todo, utilizando un rollo de venda ancha que extrajo del saco.

-¡Ya está! -dijo mientras ataba los extremos de la venda-. Ahora tengo un bastón.

-¿Qué es eso? -le preguntó Fafhrd-. ¿Y para qué?

-Para convertirme en ciego. -Dio unos cuantos pasos, gol­peando los adoquines con la espada envuelta, cogiéndola por los arriaces o gavilanes, de modo que el puño y el pomo quedaban ocultos por la manga, y tanteando delante de él con la otra mano-. ¿Te parece bien? -le preguntó a Fafhrd cuando se vol­vió.

-Me parece perfecto. Ciego como un murciélago, ¿eh?

-Oh, no te preocupes, Fafhrd... el trapo es de gasa y puedo ver a través de él bastante bien. Además, no tengo que convencer a nadie dentro de la Casa de los Ladrones de que soy realmente ciego. La mayoría de los mendigos del Gremio se hacen pasar por tales, como debes de saber. Pero ahora, ¿qué hacemos contigo? No puedes fingir también que eres ciego... Eso sería demasiado obvio y levantaría sospechas.

Descorchó el jarro y bebió en busca de inspiración. Fafhrd le imitó, por principio.

-¡Ya lo tengo! -exclamó el Ratonero, y chascó los labios-. Fafhrd, apóyate en la pierna derecha y dobla la izquierda por la rodilla hacia atrás. ¡Aguanta! ¡No te me caigas encima! ¡Largo de aquí! Pero sujétate a mi hombro. Está bien. Ahora levanta más el pie izquierdo. Disimularemos tu espada como la mía, a guisa de muleta... es más gruesa y parece adecuada. También puedes apo­yarte con la otra mano sobre mi hombro, a medida que avanzas a saltos... ¡el cojo llevando al ciego, eso es siempre conmovedor, muy teatral! No, no sale bien... Tendré que atarla. Pero primero quítate la vaina.

Pronto el Ratonero hizo con Varita Gris y su vaina lo mismo que había hecho con Escalpelo, y ataba el tobillo izquierdo a Fafhrd en el muslo, apretando cruelmente la cuerda, aunque los nervios de Fafhrd, anestesiados por el vino, apenas lo notaron. Equilibrándose con su muleta de acero, bebió de su jarro y refle­xionó profundamente. Desde que se unió a Vlana le había intere­sado el teatro, y la atmósfera de la Casa de los Actores había in­crementado aquel interés, por lo que le encantaba la perspectiva de representar un papel en la vida real. Pero por brillante que sin duda fuera el plan del Ratonero, parecía tener inconvenientes. Trató de formularlos.

-Ratonero, no acaba de gustarme esto de tener las espadas atadas, de modo que no podremos utilizarlas en caso de emergen­cia.

-Pero podemos usarlas como garrotes -replicó el Ratonero, el aliento silbando entre sus dientes mientras hacía el último nudo-. Además, tenemos los cuchillos. Mira, gira el cinto hasta que el cuchillo te quede a la espalda, bien oculto por el manto. Yo haré lo mismo con Garra de Gato. Los mendigos no llevan armas, por lo menos a la vista, y hemos de mantener la teatralidad en to­dos los detalles. Ahora deja de beber, que ya es suficiente. Yo sólo necesito un par de tragos más para llegar a mi mejor grado de excitación.

-Y tampoco estoy seguro de que me guste entrar cojeando en la guarida de los matones. Puedo saltar con una rapidez sorpren­dente, es cierto, pero no tan rápido como cuando corro. ¿Crees que es realmente prudente?

-Puedes soltarte en un instante -dijo el Ratonero con un atisbo de impaciencia y enojo-. ¿No estás dispuesto a hacer el menor sacrificio por el arte?

-Oh, muy bien -dijo Fafhrd, apurando su jarro y echándolo a un lado-. Sí, claro que lo estoy.

El Ratonero le inspeccionó críticamente.

-Tu aspecto es demasiado saludable. -Dio unos toques al rostro y las manos de Fafhrd con grasienta pintura gris y añadió unas arrugas oscuras-. Y tus ropas están demasiado limpias.

Recogió tierra mugrienta de entre los adoquines y manchó con ella la túnica de Fafhrd. Luego trató de hacerle algún desga­rrón, pero el tejido resistió. Entonces se encogió de hombros y se metió el saco aligerado bajo el cinto.

-También tu aspecto es demasiado pulido -observó Fafhrd, y se agachó sobre la pierna derecha para recoger un buen puñado de basura, que contenía excrementos a juzgar por su tacto y olor. Irguiéndose con un potente esfuerzo, restregó la basura sobre el manto del Ratonero y también su jubón de seda gris.

El hombrecillo notó el olor y soltó una maldición, pero Fafhrd le recordó la «teatralidad».

-Es bueno que hedamos. Los mendigos huelen mal... ésa es otra razón por la que la gente les da monedas: para librarse de ellos. Y nadie en la Casa de los Ladrones sentirá deseos de ins­peccionarnos de cerca. Vayamos ahora, mientras siguen ardiendo nuestras hogueras interiores.

Y cogiendo al Ratonero por el hombro, se impulsó rápida­mente hacia la calle de la Pacotilla, colocando la espada vendada entre adoquines, a buena distancia por delante de él, y dando sal­tos poderosos.

-Más despacio, idiota -le susurró el Ratonero, deslizándose junto a él casi con la velocidad de un patinador para mantenerse a su altura, mientras golpeaba el suelo con su bastón-espada como un loco-. Se supone que un lisiado ha de ser débil... Eso es lo que provoca la compasión.

Fafhrd asintió prudentemente y redujo un poco su velocidad. El amenazante umbral desierto apareció de nuevo a la vista. El Ratonero inclinó su jarro para apurar el vino, bebió un poco y se atragantó. Fafhrd le arrebató el jarro, lo vació y lo arrojó por en­cima de su hombro. El recipiente se estrelló ruidosamente contra el suelo.

Saltando y arrastrando los pies, entraron en la calle de la Pa­cotilla, pero se detuvieron enseguida al ver a un hombre y a una mujer ricamente ataviados. La riqueza del atuendo del hombre era sobria, y el individuo grueso y algo viejo, aunque de facciones fuertes. Sin duda era un mercader que pagaba dinero al Gremio de los Ladrones -una cuota de protección por lo menos- para circular por allí a aquellas horas.

La riqueza de la vestimenta femenina era llamativa, aunque no chillona; era bella y joven, y parecía aún más joven de lo que era. Casi con toda seguridad se trataba de una competente corte­sana.

El hombre empezó a desviarse para pasar lejos de la ruidosa y sucia pareja, volviendo el rostro, pero la mujer se dirigió al Rato­nero, la preocupación creciendo en sus ojos con la rapidez de una planta de invernadero.

-¡Oh, pobre muchacho! Ciego. Qué tragedia. Démosle algo, querido.

-Aléjate de esos hediondos, Misra, y sigue tu camino -replicó él, sus últimas palabras vibrantemente apagadas, pues se pinzaba la nariz.

Ella no replicó, pero introdujo una mano en su bolso blanco de armiño y depositó una moneda en la palma del Ratonero, ce­rrándole los dedos sobre ella. Luego le cogió la cabeza entre sus manos y le dio un rápido beso en los labios, antes de que su acom­pañante la arrastrara.

-Cuida bien del chiquillo, anciano -le dijo la mujer a Fafhrd, mientras su compañero gruñía apagados reproches, de los cuales sonó de modo inteligible «zorra pervertida».

El Ratonero miró la moneda que tenía en la palma y luego di­rigió una larga mirada a su benefactora. En tono de asombro le susurró a Fafhrd:

-Mira. Oro. Una moneda de oro y la simpatía de una mujer bella. ¿Crees que deberíamos abandonar este aventurado proyec­to y tomar la mendicidad como profesión?

-¡Y hasta la sodomía! -respondió Fafhrd con aspereza, mo­lesto porque la bella le había llamado «anciano»-. ¡Sigamos ade­lante!

Subieron los dos escalones desgastados y cruzaron el umbral, sin que les pasara desapercibido el excepcional grosor de la pa­red. Delante había un corredor largo, recto, de techo alto, que fi­nalizaba en una escalera y cuyas puertas derramaban luz a inter­valos, a la que se añadía la iluminación de las antorchas colocadas en la pared.

Apenas habían cruzado el umbral cuando el frío acero heló el cuello y punzó un hombro de cada uno de ellos. Desde arriba, dos voces ordenaron al unísono:

-¡Alto!


Aunque enardecidos -y embriagados- por el vino fortifica­do, los dos tuvieron el buen sentido de detenerse y, con mucha cautela, alzaron la vista. Dos rostros enjutos, con cicatrices, de fealdad excepcional, ambos con un pañuelo chillón que les reco­gía el pelo hacia atrás, les miraban desde una hornacina grande y profunda, por encima del umbral, lo cual explicaba que fuera tan bajo. Dos brazos nervudos bajaron las espadas que todavía les ro­zaban.

-Salisteis con la hornada de mendigos del mediodía, ¿eh? -observó uno de ellos-. Bueno, será mejor que tengáis buenos ingresos para justificar tan gran retraso. El Maestro Mendigo nocturno está de permiso en la calle de las Prostitutas. Informa­réis a Krovas. ¡Dioses, qué mal oléis! Será mejor que os lavéis pri­mero, o Krovas hará que os bañen con agua hirviendo. ¡Mar­chaos!

El Ratonero y Fafhrd avanzaron arrastrando los pies y cojean­do, poniendo el máximo cuidado en parecer auténticos mendigos lisiados. Uno de los centinelas oculto en una hornacina les gritó cuando pasaron por debajo:

-¡Tranquilos, chicos! Aquí no tenéis que seguir fingiendo.

-La práctica le hace a uno perfecto -replicó el Ratonero con voz temblorosa, y los dedos de Fafhrd se hundieron en su hombro para advertirle.

Siguieron avanzando con un poco más de naturalidad, tanto como lo permitía la pierna atada de Fafhrd.

-Dioses, qué vida tan fácil tienen los mendigos del Gremio -observó el otro guardián a su compañero-. ¡Qué falta de disci­plina y poca habilidad! ¡Perfecto! ¡No te fastidia! Hasta un niño podría ver lo que hay debajo de esos disfraces.

-Sin duda algunos niños pueden verlo -dijo su compañe­ro-, pero sus queridos papás dejan caer una lágrima y una mone­da o les dan una patada. Los adultos, embebidos por su trabajo y sus sueños, se vuelven ciegos, a menos que tengan una profesión como la de robar, que les permite ver las cosas como realmente son.

Resistiendo el impulso de reflexionar en esta sabia filosofía, y contento por no haber tenido que pasar la inspección del astuto Maestro Mendigo -Fafhrd pensó que, en verdad, el Kos de la Condenación parecía llevarles directamente a Krovas y quizá la decapitación sería la orden de la noche- siguió andando vigilan­te y cautelosamente junto con el Ratonero. Entonces empezaron a oír voces, sobre todo breves y entrecortadas, y otros ruidos.

Pasaron por algunas puertas en las que hubieran querido dete­nerse, a fin de estudiar las actividades que se desarrollaban en el interior, pero sólo se atrevieron a avanzar un poco más despacio. Por suerte la mayor parte de los umbrales eran anchos y permi­tían una visión bastante completa.

Algunas de aquellas actividades eran muy interesantes. En una habitación adiestraban a muchachos para arrebatar bolsos y rajar monederos. Se acercaban por detrás a su instructor, y si éste oía ruido de pisadas o notaba el movimiento de la mano -o, peor, oía el tintineo de una falsa moneda al caer- les castigaba con unos azotes. Otros parecían entrenarse en tácticas de grupo: dar empellones, arrebatar por detrás, y pase rápido de los objetos robados a un compañero.

En otra estancia, de la que salían densos olores de metal y aceite, unos estudiantes de más edad realizaban prácticas de labo­ratorio en descerrajamiento de cerraduras. Un hombre de barba gris y manos pringosas, que ilustraba sus explicaciones desmon­tando pieza a pieza una complicada cerradura, les daba la lección. Otros parecían estar sometiendo a prueba su habilidad, velocidad y capacidad para trabajar sin hacer ruido... Sondeaban con finas ganzúas los ojos de las cerraduras en media docena de puertas, colocadas unas al lado de las otras en un tabique que no tenía más finalidad que aquélla, mientras un supervisor que sostenía un re­loj de arena les observaba atentamente.

En una tercera estancia los ladrones comían ante largas me­sas. Los aromas eran tentadores, hasta para hombres llenos de al­cohol. El Gremio trataba bien a sus miembros.

En una cuarta habitación, el suelo estaba acolchado en parte, y se instruía a los alumnos en deslizamiento, esquivar, agacharse, caer, tropezar y otras formas de hacer inútil la persecución. Estos estudiantes también eran mayores. Una voz como la de un sar­gento gruñía:

-¡No, no, no! Así no os podríais escabullir de vuestra abuela paralítica. He dicho que os agachéis, no que hagáis una genufle­xión al sagrado Aarth. A ver esta vez...

-Grif ha usado grasa -gritó un inspector.

-¿Ah, sí? ¡Un paso al frente, Grif! -replicó la voz gruñona, mientras el Ratonero y Fafhrd se apartaban con cierto pesar para que no pudieran verles, pues se dieron cuenta de que allí podrían aprender muchas cosas: trucos que podrían mantenerles útiles in­cluso en una noche como aquella-. ¡Escuchad todos vosotros! - siguió diciendo la voz imperiosa, tan fuerte que podían oírla aun­que ya se habían alejado un buen trecho de allí-. La grasa puede ir muy bien para un trabajo nocturno, pero de día su brillo grita la profesión de quien la usa a todo Nehwon. Y, en cualquier caso, hace que el ladrón tenga un exceso de confianza en sí mismo. Se hace dependiente del pringue y luego, en un apuro, descubre que ha olvidado aplicársela. Además, su aroma puede traicionarle. Aquí trabajamos siempre con la piel seca... ¡salvo por el sudor na­tural!, como os dijimos a todos la primera noche. Agáchate, Grif. Cógete los tobillos. Endereza las rodillas.

Más azotes, seguidos por gritos de dolor, distantes ahora, puesto que el Ratonero y Fafhrd se hallaban ya a mitad de la esca­lera, el último ascendiendo trabajosamente, aferrado a la baran­dilla y la espada vendada.

El segundo piso era una réplica del primero, pero mientras éste estaba vacío, el otro era lujoso. A lo largo del corredor alter­naban las lámparas y los afiligranados recipientes de incienso col­gantes del techo, difundiendo una luz suave y un olor aromático. Las paredes tenían ricos tapices y el suelo mullida alfombra. Pero aquel corredor también estaba desierto y, además, totalmente si­lencioso. Los dos amigos se miraron y avanzaron con resolución.

La primera puerta, abierta de par en par, mostraba una habi­tación desocupada, llena de percheros de los que colgaban ropas, ricas y sencillas, inmaculadas y sucias, así como pelucas en sus so­portes, estantes con barbas y otros admínículos pilosos, así como varios espejos ante los que se alineaban unas mesitas llenas de cosméticos y con taburetes junto a ellas. Era claramente una sala para disfrazarse.

Tras mirar y escuchar a cada lado, el Ratonero entró corrien­do para coger un gran frasco verde de la mesa más próxima, y sa­lió con la misma celeridad. Lo destapó y olisqueó su contenido. Un olor rancio y dulzón a gardenia luchó con los acres vapores del vino. El Ratonero salpicó su pecho y el de Fafhrd con aquel dudo­so perfume.

-Antídoto contra la mierda -le explicó con la seriedad de un médico, cerrando el frasco-. No vamos a permitir que Krovas nos despelleje con agua hirviendo. No, no, no.

Dos figuras aparecieron en el extremo del corredor y se diri­gieron hacia ellos. El Ratonero ocultó el frasco bajo su manto, su­jetándolo entre el codo y el costado, y luego él y Fafhrd siguieron adelante... Volverse levantaría sospechas.

Las tres puertas siguientes ante las que pasaron estaban cerra­das. Cuando se acercaban a la quinta, las dos figuras que se apro­ximaban, cogidas del brazo, pero a grandes zancadas, moviéndo­se con más rapidez de lo que permitía la cojera y el arrastrar de pies, se hicieron claras. Vestían ropas de nobles, pero sus rostros eran de ladrones. Fruncían el ceño con indignación y suspicacia, a la vista del Ratonero y Fafhrd.

En aquel momento, procedente de algún lugar entre las pare­jas de hombres, una voz empezó a pronunciar palabras en una lengua extraña, utilizando el ritmo monótono y rápido de los sa­cerdotes en un servicio rutinario, de algunos brujos en sus encan­tamientos.

Los dos ladrones ricamente ataviados redujeron la rapidez de sus pasos al llegar a la séptima puerta y miraron adentro. Se detu­vieron en seco. Sus cuellos se tensaron y sus ojos se abrieron con desmesura. Palidecieron visiblemente. Entonces, de súbito, si­guieron su camino apresuradamente, casi corriendo, y pasaron por el lado de Fafhrd y el Ratonero como si éstos fuesen unos muebles. La monótona voz siguió martilleando su encantamien­to.

La quinta puerta estaba cerrada, pero la sexta abierta. El Ra­tonero aplicó un ojo al resquicio, su mejilla rozando la jamba. Luego se asomó más y miró fascinado, subiéndose el trapo negro a la frente para poder ver mejor. Fafhrd se reunió con él.

Era una gran sala, vacía, hasta donde podía ver, de vida ani­mal y humana, pero llena de cosas interesantes. Desde la altura de la rodilla hasta el techo, toda la pared del fondo era un mapa de la ciudad de Lankhmar y su entorno inmediato. Parecía que estaban pintados allí todos los edificios y calles, hasta el cuchitril más pequeño y el patio más estrecho. En muchos lugares había signo de recientes borraduras y nuevo dibujo, y aquí y allá había pequeños jeroglíficos coloreados de misterioso significado.

El suelo era de mármol, el techo azul como lapislázuli. De las paredes laterales colgaban innumerables cosas, mediante anillas y candados. Una estaba cubierta con toda suerte de herramientas de ladrón, desde una enorme y gruesa palanqueta que parecía como si pudiera desarzonar el universo, o al menos la puerta de la cámara del tesoro del señor supremo, hasta una varilla tan fina que podría ser la varita mágica de una reina de los duendes y de­signada al parecer para desplegarse y pescar desde lejos preciosos objetos de los zanquilargos tocadores con tablero de marfil perte­necientes a las señoras de alcurnia. De la otra pared colgaba toda clase de objetos pintorescos, con destellos de oro y joyas, sin duda escogidos por su extravagancia entre las piezas defectuosas de ro­bos memorables, desde una máscara femenina de fino oro, de ras­gos y contornos tan bellos que cortaba el aliento, pero con incrus­taciones de rubíes que simulaban las erupciones de la viruela en su etapa febril, hasta una daga cuya hoja estaba formada por dia­mantes en forma de cuña colocados unos al lado de otros y el filo diamantino parecía el de una navaja de afeitar.

Alrededor de la estancia había mesas con maquetas de vivien­das y otros edificios, exactos hasta el último detalle, según pare­cía, pues tenían incluso los agujeros de ventilación bajo los cana­lones del tejado, el agujero de desagüe al nivel del suelo y las grie­tas de las paredes. Muchas estaban cortadas en sección parcial o total para mostrar la disposición de las habitaciones, gabinetes, bóvedas de seguridad, puertas, corredores, pasadizos secretos, salidas de humos y ventilaciones con igual detalle.

En el centro de la estancia había una mesa redonda de ébano y cuadrados de marfil, alrededor de la cual había siete sillas de res­paldo recto pero bien acolchado, una de ellas de cara al mapa y alejada del Ratonero y Fafhrd, con el respaldo más alto y brazos más anchos que las otras... una silla de jefe, probablemente la de Krovas.

El Ratonero avanzó de puntillas, irresistiblemente atraído, pero la mano izquierda de Fafhrd se cerró sobre su hombro como el mitón de hierro de una armadura mingola, obligándole a retro­ceder.

Mostrando su desaprobación con un fruncimiento de ceño, el norteño volvió a colocar el trapo negro sobre los ojos del Ratone­ro, y con la mano que sostenía la muleta le indicó que siguiera adelante; luego se puso en marcha con los saltos más cuidadosa­mente calculados y silenciosos. El Ratonero le siguió, encogién­dose de hombros, decepcionado.

En cuanto se alejaron de la puerta, pero antes de que se hu­bieran perdido de vista, una cabeza provista de una barba negra bien cuidada y con el pelo muy corto, apareció como la de una serpiente por un lado de la silla de respaldo más alto y miró las es­paldas de los dos jóvenes con ojos profundamente hundidos pero brillantes. Luego, una mano larga y flexible como una serpiente siguió a la cabeza, cruzó los delgados labios con un dedo ofídico, haciendo una señal de silencio, y luego llamó con otro gesto a las dos parejas de hombres vestidos con túnicas oscuras que estaban a cada lado de la puerta, de espaldas a la pared del corredor, cada uno sujetando un cuchillo curvo en una mano y una porra de cue­ro oscuro, con punta de plomo, en la otra.

Cuando Fafhrd estaba a medio camino de la séptima puerta, de la que seguía saliendo la monótona pero siniestra recitación, salió por ella un joven delgado de rostro blanco como la leche, las manos en la boca y una expresión de terror en los ojos, como si es­tuviera a punto de prorrumpir en gritos o vomitar, y con una esco­ba sujeta bajo un brazo, por lo que parecía un joven brujo a punto de emprender el vuelo. Pasó corriendo por el lado de Fafhrd y el Ratonero y se alejó. Sus rápidas pisadas sonaron amortiguadas en la alfombra y agudas y huecas en los escalones, antes de extinguir­se.

Fafhrd miró al Ratonero con una mueca y se encogió de hom­bros. Luego se puso en cuclillas sobre una sola pierna hasta que la rodilla de su pierna atada tocó el suelo, y avanzó medio rostro por la jamba de la puerta. A1 cabo de un rato, sin cambiar de posi­ción, hizo una seña al Ratonero para que se aproximara. Este úl­timo asomó lentamente el rostro por la jamba, por encima del de Fafhrd.

Lo que vieron era una habitación algo más pequeña que la del gran mapa e iluminada por lámparas centrales que producían una luz azul y blanca en vez del amarillo habitual. El suelo era de már­mol, de colores oscuros y decorado con complejas espirales. De los muros colgaban cartas astrológicas y antropománticas e ins­trumentos de magia, y sobre unos estantes había jarros de porce­lana con inscripciones crípticas, frascos de vidrio y tubos de cristal de las formas más extrañas, algunos llenos de fluidos coloreados, pero muchos de ellos vacíos y relucientes. Al pie de las paredes, donde las sombras eran más espesas, había materiales rotos y de­sechados, formando un montón irregular, como si los hubieran apartado para que no molestaran, y en algunos lugares se abrían grandes agujeros de ratas.


Catálogo: VALENZANI%20POR%20ORGANIZAR -> ORDENADO -> 1OTROS%20DOCUMENTOS -> ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca]
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Fronteras II Índice de autores
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> De venus lucky Starr/3 Isaac Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> La Formación De Inglaterra Historia Universal de Asimov
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Isaac Asimov Luces En El Cielo
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Las corrientes del espacio
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Índice Antes De Colón Los Indios Los Griegos y Los Fenicios Los Irlandeses y Los Vikingos Los Mongoles y Los Venecianos
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Momentos Estelares de la Ciencia
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Órbita de alucinación I. Asimov, C. Waugh y M. Greenberg
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Traductores: Carlos Caranci y Carmen Sáez
ASIMOV,%20Isaac%20[Biblioteca] -> Obras maestras de la ciencia ficción Sam Moskowitz (Recopilador) Título original: Modern master pieces of science fiction Índice


Compartir con tus amigos:
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal