La decisión corresponde al futuro leticia escardó Y



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La decisión corresponde al futuro



LETICIA ESCARDÓ *

Y




* Periodista. Directora de CyR.

empezaba a llover cuando salía de su casa, pero no quiso volver a buscar el paraguas porque llegaría tarde a clase. Llegó empapado al Queen's Collage de Cork y mojado impartió su clase. Dos días después moría de pulmonía a los 49 años, dejando a su viuda, cinco niñas pequeñas.


Cuando en 1864 murió, George Boole no pensaría, no podría siquiera imaginar, que cien años después, miles de millones de personas en todo el mundo estarían utilizando a diario una máquina inventada gracias a su búsqueda incansable de Dios a través de la lógica. Y no una máquina cualquiera sino el ordenador. Este aparato en el cual estoy escribiendo y desde el cual enviaré a imprenta el artículo. Este invento, tan revolucionario para el conocimiento humano como fue la imprenta, es capaz de traerme hasta mi mesa de trabajo los mapas de la Luna o de Marte vistos desde el satélite… Pero no voy a hablar de este invento, sino de la pretensión de Boole. Quien sólo quería encontrar a Dios razonando —¿sólo?, ¡quería encontrar Todo!— por pura lógica. Procedía de una familia venida a menos y tuvo que desestimar la idea de convertirse en monje al verse obligado a mantener a sus padres. A los dieciséis años enseñaba matemáticas en un colegio privado y más tarde fundó uno propio. A los veinticuatro años, tras la publicación de su primer escrito, pudo ingresar en Cambridge, pero desestimó la oferta, de nuevo a causa de sus deberes respecto a su familia.
Murió desconsolado por no haber hallado el método. Aunque sí encontró a Dios, a quien sirvió ejemplarmente en vida. Su lógica matemática ha dado lugar al álgebra booleana, y gracias a la implementación física de ésta en una serie de puertas lógicas, se ha llegado a las “raspas” maravillosas que pueblan de diminutos cables las tripas de cualquier ordenador.
A mí me conmueve pensar en la vida de George Boole, porque creo que, como sucede al contemplar en perspectiva la vida de tantos otros genios —pienso en un Van Gogh, un Kafka, un Cervantes, un Manrique—, todos ellos son aparentes fracasados, remediados por el futuro. Estos incomprendidos buscadores de la belleza absoluta, han sido transformados con el paso del tiempo en genios precursores, en adelantados de su tiempo. Incomprendidos, sí. Desdichados, sí, pero fieles investigadores de la luz propia, ya fuese en la palabra, la música, el color. Fueron incansables seguidores de su propia verdad. Genuinos conquistadores de nuevos espacios intelectuales. Aventureros del espíritu.
Entonces, al contemplar estas vidas vemos cómo el futuro reobra sobre el pasado. Es un consuelo. Y es una obligación hacia los maestros que hemos tenido la suerte de tener en vida. Porque el futuro de los que serán está en nuestras manos. Con sus posibilidades de salvación pendientes de nuestro hacer.
Ya hace un año que se nos murió Julián Marías. Lo digo en plural por dos motivos. Uno, porque somos muchos los que sentimos su muerte como una pérdida personal e intelectual irreparable. Dos, porque así comenzaba un artículo memorable que Marías dedicó a Unamuno en plena guerra “incivil” española. Esa guerra que se quiere hoy revivir, como si un aniversario semiredondo, ¡70 años!, fuera motivo justificado o suficiente para atizar el rencor. Solía definir Marías a los dos bandos como: “Los justamente vencidos, los injustamente vencedores”, porque ninguno tuvo la razón de su parte, aquella guerra fue una catástrofe de irracionalidad colectiva que duró tres años para mal de España. Si se quiere recordar aquel ataque de furia colectiva, debería ser con un único objetivo ético y político: repetir mil veces al día “nunca más”, porque no hay peor chapapote que el odio azuzado. Esa marea no hay forma humana de limpiar. Si cabe, rescatar del olvido la explosión de vitalidad, generosidad y heroísmo del que se hizo ración diaria —a falta de pan— en ambas trincheras y en ambas retaguardias. Pero es preciso, urgente y vital señalar la necesidad de concordia hoy en España.
Es necesario hoy promover que todos los españoles vuelquen el corazón hacia delante, por delante, hacia el futuro, para no tener ya jamás “el corazón partío”. Se aprende en la historia mirando para atrás, pero se vive ¡y sobre todo se sueña! mirando hacia delante. Hacia ese futuro que sigue estando en nuestras manos.
En aquel artículo memorable de Marías, germen del libro que tres años más tarde publicaría con tantas dificultades y que tituló Miguel de Unamuno, el joven ayudante de Besteiro se preguntaba:
“¿Qué hueco ha dejado entre nosotros? ¿Qué va a ser ese hueco en nuestra vida?” No todos los que mueren dejan hueco; algunos sí, y por eso decía, con frase de que gustaba don Miguel, que se nos había muerto, es decir, que su muerte no era sólo asunto personal suyo, sino que nos afectaba a todos; que no había desaparecido, o dejado de existir, sin más, sino que perduraba; y nos había dejado dos cosas en que sobrevivir en este mundo: su obra y su hueco, tal vez aun más fuerte éste que aquélla.
Pero antes que esto se advierte otra cosa, y es que Unamuno ha sabido darnos, tanto como cualquiera, la evidencia, mejor dicho, la inminencia del problema mismo. Y esto es esencial. Don Miguel de Unamuno se pasó su vida terrenal poniéndonos obstinadamente ante los ojos y dentro del alma misma la tremenda cuestión, haciéndonos sentir su mordedura en el fondo de la persona, devolviéndonos así a nosotros mismos. Este ha sido su papel y su mérito primero. Su afán por hacer revivir dentro de todos y dentro de sí propio la gran cuestión última, casi enteramente enterrada en la mayoría de los hombres contemporáneos por largos años de radical trivialidad y estupidez: “No quiero morirme del todo —escribía—, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido”. De esto precisamente se trata, y Unamuno ha hecho cobrar, o recobrar, conciencia de ese último sentido que necesitaba, tan olvidado por casi todos. Lo cual es una liberación.
Y al releer y repensar las cosas que nos dejó dichas a lo largo de toda su existencia tenemos que preguntarnos hoy, y cada vez más: ¿Qué era Unamuno? ¿Cuál es el sentido de su obra? ¿Era filosofía? ¿Era poesía? ¿Otra cosa, acaso?
Pero conviene no olvidar una cosa: y es que Unamuno no está hecho y concluso, ni tampoco su obra, sino que dependen de los demás, de los hombres posteriores. El presente reobra sobre el pasado y lo hace ser de nuevo; pero no por sí, sino en el presente. Lo que una cosa es, depende de lo que será, aunque parezca extraño.
No acabará de saberse —ni de tener realidad— el sentido último de algunas intuiciones de Unamuno mientras no se saquen de ellas —si se sacan— sus consecuencias extremas. La respuesta suficiente a aquellas preguntas sólo podrá encontrarse en el Unamuno que tendremos que hacer. La decisión corresponde al futuro. Y este es el signo en que se reconoce su fecundidad y su importancia. No se puede decir todavía qué ha de ser aún don Miguel, cuál es el Unamuno que perdurará entre nosotros. Con esto queda dicha la urgencia del tema. Aquí no se puede hacer más que formularlo y dejarlo pidiendo respuesta.
Hoy interesaba sólo recordar la significación de Unamuno, a los dos años de haber dejado, en soledad y seriedad, la vida pasajera, para avanzar hacia la otra perdurable.

Cuando Marías publica con 24 años estos primeros conceptos de su particular y personalísima filosofía, en España se atrincheraban los frentes y las ideas. Era, no olvidemos, 1938. Parecía todo perdido en el fragor de las batallas. ¿Todo?


Ese joven Marías hace gala en este artículo de bastantes de los “principios absolutos” de Raimundo Lulio: bondad, grandeza, duración, potestad, sabiduría, voluntad, virtud, verdad y gloria. También de algunos principios no mencionados por Lulio y sí característicos de la obra entera de Marías: la independencia de criterio (nada le importa las desavenencias entre sus dos maestros, Unamuno y Ortega), la libertad personal (está escribiendo en un periódico del bando republicano y habla de “vida perdurable”). Y de muchas de las características de su prosa periodística: en primer lugar el uso de la primera persona del plural —muy querido y usado también por Unamuno— como fórmula para involucrar al lector en la tesis y sobre todo en las soluciones apuntadas: “devolviéndonos así a nosotros mismos”; “¿Qué hueco ha dejado entre nosotros?”; “Unamuno ha sabido darnos…”. Ya está el lector involucrado, y de pronto se intercalan párrafos escritos en tercera persona, con lejanía mayestática: “Este ha sido su papel y su mérito primero”. “Lo que una cosa es, depende de lo que será, aunque parezca extraño”. Para volver a involucrar al lector en un último plural promisorio y futurizo: “La respuesta suficiente a aquellas preguntas sólo podrá encontrarse en el Unamuno que tendremos que hacer”.
El joven Julián finaliza el artículo con un plano de lejanía suavísima, un plano de tono lírico, y fondo trascendente, conmovedor y sobre todo inusual dentro de la circunstancia bélica en que Marías escribe, aunque vuelve a ser puntal intelectual de referencia constante en su obra desde la primera a la última página: la vida perdurable.
En plena guerra incivil en ese Madrid sitiado y hambriento, Marías piensa en salvar a don Miguel del olvido, invitando al lector a sumarse en la tarea.
Salvar tiene varias acepciones. En la primera se trata de librar de un riesgo o peligro; en este primordial sentido, Marías ha ejercido a lo largo de su vida intelectual, ¡más de setenta años!, de filósofo salvante.
Salvó primero el legado liberal filosófico de aquella mítica facultad que le tocó en suerte vivir, del riesgo político del olvido o peor aún de la ruptura intelectual, publicando su Historia de la Filosofía.
Marías ha dado, a lo largo de toda su trayectoria como intelectual, continuidad, brillo y fruto al gran legado liberal español que arranca de la Ilustración, pasa por la Institución Libre de Enseñanza y llega hasta hoy mermado en universidades y centros culturales por cuotas partidistas incomprensibles. (Algún día tendremos que rendir cuentas y dar razón de todos los que durante los años de la dictadura dieron continuidad —“salvaron”— al mejor liberalismo ilustrado español. En pedagogía estoy pensando, por ejemplo, en Jimena Menéndez Pidal, en Cuqui del Diestro, en Ángeles Gasset. Pero hay tantas personas y en tantos campos, que cabe por hoy sólo agradecer y seguir.)

Continuó Marías su labor salvando el pensamiento filosófico de Unamuno, con la publicación de su libro sobre don Miguel en 1943.


Siguió salvando el pensamiento liberal de Ortega, con su Ortega y tres antípodas, de entrar en la hoguera del Índice de libros prohibidos.
En la tercera acepción de “salvar”: evitar un inconveniente, impedimento, dificultad o riesgo, la verdad es que nuestro filósofo salvante no evitó nada, se metió de lleno en los inconvenientes, la dificultad y el riesgo que supone vivir de pensar y escribir libremente sin paraguas protector de alguna nómina oficial.
Ha salvado el concepto original que en español tiene la palabra “ilusión”, en su Tratado de la ilusión.
No le dejaron —pese a su empeño— salvar la Constitución Española de su más grave inconveniente en el que seguimos prendidos treinta años después: el tema de las nacionalidades.
Y ha procurado salvar sus propios textos, desde los más efímeros como una lección o un discurso, hasta los más deletéreos artículos de prensa, reubicándolos en libros, como su última publicación La fuerza de la razón.
¿Quién salvará al filósofo salvante?







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