La educación sexual ausente



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La educación sexual ausente

La sexualidad es una parte de la vida que acompaña a la persona desde su nacimiento. Desde esta perspectiva es la familia la que inicia el proceso de educación sexual del niño al nombrar las partes del cuerpo, responder preguntas sobre el origen de los bebés, mencionar las diferencias entre el cuerpo de las nenas y los nenes. El proceso continuará e idealmente irá integrando otros contenidos a medida que el niño se desarrolle hasta la adolescencia, acompañando, respondiendo inquietudes, orientando e incorporando los valores que la familia adopta y practica. Pero esta forma de educación ideal es, en la realidad, poco frecuente.

Tanto en la encuesta del Celsam sobre maternidad adolescente (realizada en el 2005) como en la de anticoncepción (realizada en el 2001), sólo 1 de cada 3 adolescentes mencionó haber recibido información de sus padres acerca de su sexualidad y la prevención de embarazos e infecciones. Es por ello que la educación sexual formal, instituida en el ámbito educativo, ya no es algo deseable sino totalmente indispensable.

En cada etapa del desarrollo deberían incluirse los temas apropiados: en el jardín de infantes debería hacerse énfasis en los principios de autonomía para prevenir el abuso sexual ("mi cuerpo es mío y nadie tiene derecho a tocarlo; si alguien lo pretende hacer debo decir no y pedir ayuda"). De esta manera se corta el sentimiento de secreto y culpa que utilizan los abusadores para conseguir el silencio de sus víctimas, comenta la ginecóloga. Luego deberían incorporarse los nombres correctos del cuerpo, su funcionamiento y desarrollo; el cuidado y respeto por el propio cuerpo y el del otro y, coincidiendo con la pubertad, las formas de cuidado y prevención en correcta perspectiva de género. De esta manera se podría contribuir a un inicio sexual adecuado, oportuno, sin coerción ni violencia, acorde a los principios y valores que desde la familia y la escuela se fueron construyendo.

Los países que asumieron el compromiso de impartir educación sexual sistemática en las escuelas desde el nivel inicial, muestran hoy tasas de embarazo adolescente de un dígito. Italia es un ejemplo de ello: mientras en 1970 presentaba 27 embarazos cada mil adolescentes, hoy tiene sólo 6,9. En la Argentina se presentan 64 embarazos cada mil adolescentes.

En una encuesta realizada por el Celsam en el 2004, las cifras indicaron que los adolescentes están muy poco informados:


* El 62 por ciento de las encuestadas inició sus relaciones sexuales durante la adolescencia: el 11 por ciento antes de los 15 años y el 51 por ciento entre los 16 y 19 años.
* En la Argentina, sólo el 20 por ciento de los adolescentes utiliza un método anticonceptivo en su primera relación sexual.
* El 70 por ciento de las chicas y el 50 por ciento de los varones se inician sexualmente bajo los efectos del alcohol.
* 1 de cada 5 adolescentes queda embarazada en el primer mes de iniciadas las relaciones sexuales.
* Cada 5 minutos una adolescente se convierte en madre y por lo general un varón adolescente es el padre.

Centro Latinoamericano Salud y Mujer. www.celsam.org, info@celsam.org, o 0800-888-235726 (línea gratuita).


Ser homosexual y vivir con discapacidad: La doble exclusión

S. Sandra Oliver  y Eva Delia Rodríguez


 

A pesar de todo yo dije que era lesbiana. Sintiéndome muy sola y muy asustada.

Sabiendo que mi madre lloraría …

Kate Millet



Desde hace muchos años desde mi profesión me preguntaba que pasaba con la orientación a personas con discapacidad (PCD) que vivían estando homosexuales. Hace muchos años en un congreso en Cuba, llego la respuesta. Un angustiado chico con parálisis cerebral me pedía orientación porque era gay. El año pasado compartía el interés de organizar un encuentro de personas con discapacidad y homosexuales. Mi interlocutor, quien es discapacitado, me dijo: “Se me pone la piel de gallina solo de pensar en eso”. Yo asumí que era por la importancia pero el me reconvino diciendo que de esos temas no se debía hablar. Yo, por el contrario creo que son temas urgentes de abordar debido a que los colectivos de la discapacidad no atienden a homosexuales con discapacidad y los colectivos gay tampoco ya que la homosexualidad en la discapacidad ha permanecido invisible.

La heterosexualidad se mira como la norma de obligado cumplimiento, legítima y “natural” para todos así que pensar ser homosexual y discapacitado es imposible. Se asume que  ya es “suficiente tragedia tener una discapacidad y encima ser homosexual” sería el colmo. Y sin embargo existe. En EEUU existen de 7 000 a 26 000 sordos infectados con VIH Sida.  En México ya han muerto personas ciegas homosexuales por VIH Sida.

Muchos investigadores han comprobado que ser homosexual y no contar con apoyos del entorno puede conllevar a índices más altos de depresión, culpa, intentos y pensamientos suicidas (Faulkner, 1998, Fergusson, 1999, Garofalo,1998 y Remafedi, 1998), problemas mentales, abusos de sustancias y de alcohol, conductas sexuales de riesgo, prostitución como forma de sobrevivir, rechazo familiar, abandono de la casa, aislamiento emocional, soledad, deserción de la escuela, ITS y abuso físico y verbal. Pero al menos los chic@s homosexuales pueden encontrar grupos de apoyo. En cambio la realidad para los y las homosexuales con discapacidad es más difícil pues se habrá de agregar  que de ellos se piensa que son seres carentes de deseos sexuales y con menos necesidad de recibir educación sexual, ocasionando: a) una menor conciencia del VIH_SIDA y de ITS especialmente en los colectivos de sordos y discapacidad intelectual; b) servicios de salud inaccesibles; c) profesionales no concientes ni interesados en sus necesidades; d) padres no interesados en las necesidades de sus hij@s.

Salir del closet para las y los homosexuales con discapacidad es mas difícil debido a la dependencia física y emocional de su discapacidad, existe mayor aislamiento y no tienen con quien hablar, temen perder el apoyo y afecto de sus cuidadores y de sus padres, experimentan mayor culpa al pensar que defraudan a sus padres, experimentan mayor temor de perder los servicios que reciben si se enteran los proveedores de servicios, no tienen espacios seguros para expresar su orientación, tienen mayores dificultades para conseguir y mantener pareja y por ende relaciones estable, no hay accesibilidad en los lugares de encuentro, en ocasiones sus intérpretes y asistentes personales son homofóbicos por lo que no tienen el apoyo para desarrollar relaciones amorosas, entre muchas otras problemáticas.

Por ello es urgente visibilizar a la homosexualidad en la discapacidad así como lo GLBT. Es urgente Introducir el tema de glbt en las agendas de la discapacidad y el de discapacidad en los colectivos gays y lésbicos. Sobre todo hay que formar alianzas.


ESTIGMA
El estigma, en su acepción primigenia, es un señalamiento, una marca que lleva de por vida una persona, para significar que es distinto y por tanto inferior. Asociado con el VIH/sida, el estigma puede degenerar en castigo y violencia para quien lo porta, así como en la clandestinidad de la epidemia, lo que mermaría los esfuerzos de prevención, cuidado y apoyo. En este ensayo, los autores demuestran que el estigma va más allá de lo individual y se inserta en las relaciones de poder, por lo que romperlo implica cuestionar las bases mismas de la estructura social.
Richard Parker y Peter Aggleton
Al estigma se le ha definido, de modo característico, como "un atributo significativamente desacreditador" que socialmente sirve para degradar a la persona que lo posee. Si bien el término tiene una larga historia que arranca desde la Grecia clásica, donde aparece como una marca colocada sobre los parias, se introdujo al análisis sociológico en gran medida a través del trabajo de Erving Goffman. Con base en una investigación empírica con personas que padecen enfermedades mentales, o poseen deformidades físicas, o practican lo que se percibía como conductas socialmente desviadas, como la homosexualidad o el comportamiento criminal, Goffman argumentó que al individuo estigmatizado se le ve como una persona con una "diferencia indeseable". Señaló también que la sociedad conceptúa el estigma en función de lo que constituye la "diferencia" o "desviación", y aplica reglas o castigos que conducen a una suerte de "identidad averiada" en el individuo en cuestión. De este modo, la etiqueta del estigma, entendido como un atributo negativo, se le coloca a las personas, quienes a su vez y en virtud de su diferencia son valorados negativamente por la sociedad.1
En el contexto del VIH/sida, el énfasis en la noción de estigma como "atributo desacreditador" nos lleva a ocuparnos de él como si se tratara de un valor cultural, incluso individual -un rasgo o una característica relativamente estática, aun cuando, a cierto nivel, aparezca como una construcción cultural. Es importante reconocer que ninguno de estos énfasis provienen directamente de Goffman, a quien, por el contrario, le importaban mucho las cuestiones del cambio social y la construcción social de las realidades individuales. En efecto, una lectura de su trabajo podría sugerir que, en tanto concepto formal, la estigmatización da cuenta más de una relación de devaluación que de un atributo fijo.
Por otro lado, mientras las referencias al estigma reconocen a Goffman y su trabajo como precursores intelectuales, las discusiones acerca de la discriminación rara vez se enmarcan en alguna tradición teórica. Por lo general, se da casi por sentado que el significado de discriminación pertenece al uso común. El diccionario de Sociología, de Oxford, estipula sin embargo que este concepto, que en el uso cotidiano significa simplemente 'trato injusto', suele darse en sociología en el contexto de las teorías de relaciones étnicas y raciales.
Los primeros sociólogos veían la discriminación como una expresión del etnocentrismo; en otras palabras, como un fenómeno cultural de "disgusto ante lo distinto" Lo que también se sugiere es que la mayoría de los análisis recientes de la discriminación "se concentran en patrones de dominio y opresión, vistos como expresiones de una lucha por el poder y el privilegio".2
El énfasis sociológico en las dimensiones estructurales de la discriminación es particularmente útil para ayudarnos a pensar, de modo más sensible, en el modo en que operan la estigmatización y la discriminación en relación con el VIH/sida. Para poder avanzar más allá de las limitaciones del pensamiento actual en esta área, necesitamos modificar nuestra comprensión de esas nociones a fin de conceptuarlas en tanto procesos sociales.

Cultura y poder


Necesitamos precisar, sobre todo, que estos procesos sólo pueden entenderse en relación con nociones más amplias de poder y dominación. El estigma juega un papel esencial en la producción y reproducción de relaciones de poder y de control en todos los sistemas sociales. Hace que unos grupos sean devaluados y otros se sientan de algún modo superiores. Se vincula así al funcionamiento de la desigualdad social. Para entender y enfrentar adecuadamente la estigmatización y discriminación, ya sea en relación con el VIH/sida o cualquier otro tópico, se requiere necesariamente de que pensemos, de modo más amplio, en cómo algunos individuos y grupos llegan a ser socialmente excluidos, y en las fuerzas que crean y refuerzan la exclusión en entornos diferentes.
En este marco, la construcción del estigma (o de modo más simple, la estigmatización) incluye el señalamiento de diferencias significativas entre categorías de personas, y mediante dicho señalamiento, su inserción en sistemas o estructuras de poder.
En efecto, el estigma y la estigmatización operan, de manera literal, en el punto de intersección entre la cultura, el poder y la diferencia, y sólo explorando las relaciones entre estas distintas categorías es posible entender el estigma y la estigmatización, no sólo como fenómenos aislados o expresiones de actitudes individuales o de valores culturales, sino como algo capital en la configuración del orden social.

Violencia simbólica y hegemonía


Para tener una comprensión más completa de la estigmatización como proceso social, habremos de entender cómo se utiliza el estigma para producir y reproducir la desigualdad social. Al respecto, las nociones de violencia simbólica (asociadas con el trabajo sociológico de Pierre Bourdieu) y de hegemonía (en deuda con la teoría política de Gramsci) son particularmente útiles. No sólo puntualizan las funciones de estigmatización en relación con el establecimiento del orden y el control social, sino también los efectos discapacitadores de la estigmatización en los cuerpos y mentes de quienes la padecen.
Como el trabajo de Foucault, el de Bourdieu se ocupa de las relaciones entre poder y cultura. Le interesa examinar cómo persisten y se reproducen por generaciones los estratificados sistemas sociales de dominación y jerarquía, y cómo lo hacen sin producir una resistencia vigorosa por parte de los sometidos, y a menudo sin que haya en ellos un reconocimiento consciente del problema. Todas las significaciones y prácticas culturales representan intereses y se ocupan en promover las distinciones sociales entre individuos, grupos e instituciones. El poder se sitúa entonces en el centro de la vida social, y a ello se acostumbra, pero se despliega con mayor claridad para legitimar las desigualdades de estatus dentro de la estructura social.
La socialización cultural coloca así a los individuos y a los grupos en una posición de competencia por el estatus y por recursos valorados, y contribuye a explicar el modo en que los actores sociales luchan y persiguen estrategias destinadas a la consecución de sus intereses específicos.
La violencia simbólica describe el proceso mediante el cual los sistemas simbólicos (palabras, imágenes, prácticas) promueven los intereses de los grupos dominantes y las distinciones y niveles de rango entre ellos, al tiempo que legitiman dicho rango convenciendo a los dominados de que acepten las jerarquías existentes. La violencia simbólica tiene así mucho en común con la noción de hegemonía que elabora Gramsci. Si la "regla" se basa en la coerción directa, la hegemonía se consigue a través de un entramado complejo de fuerzas políticas, sociales y culturales que organizan significados y valores dominantes a través del campo social con el fin de legitimar las estructuras de la desigualdad social, incluso a los ojos de los objetos mismos de su dominación.
La estigmatización juega un papel capital en la transformación de la diferencia en desigualdad, y en principio puede funcionar en relación con casi cualquiera de los ejes principales de la desigualdad: clase, género, edad, raza, sexualidad u orientación sexual. Algo más, aún más importante: la estigmatización no se da simplemente de una manera abstracta. Es parte de complejas luchas por el poder latentes en la vida social. De modo todavía más concreto, el estigma lo despliegan actores sociales que son reales e identificables, y que buscan legitimar su propio estatus dominante dentro de las estructuras existentes de desigualdad social. Más allá de entender que la estigmatización es parte de una lucha social concreta en relación con las estructuras de desigualdad, las nociones de violencia simbólica y de hegemonía ayudan también a comprender por qué las personas a las que la sociedad estigmatiza y discrimina aceptan tan a menudo, e incluso interiorizan, el estigma impuesto.
Precisamente por estar sujetos a un aparato simbólico tan poderoso, cuya función es legitimar las desigualdades de poder basadas en comprensiones diferenciadas del valor y la estima, se ve tan limitada la habilidad de los individuos o grupos oprimidos, marginados y estigmatizados, para resistir a las fuerzas que los discriminan. Deshacer los lazos de la estigmatización y la discriminación que atan a quienes las padecen, significa entonces cuestionar las estructuras mismas de la desigualdad en cualquier ambiente social. Y en la medida en que todas las sociedades se estructuran con base en formas múltiples (aunque no necesariamente iguales) de jerarquía y desigualdad, cuestionar dicha estructura es también cuestionar los principios más elementales de la vida social.

Metáforas ignominiosas


Desde el mismo inicio de la epidemia del VIH/sida, se ha puesto en marcha toda una serie de metáforas en torno de la enfermedad con el fin de reforzar y legitimar la estigmatización. Estas incluyen el sida como muerte (imaginería sobre asesinos), como horror (se demoniza y teme a la gente infectada), como castigo (conducta inmoral), como crimen (relación víctimas inocentes y culpables), como guerra (por el virus al que hay que combatir), y tal vez, y sobre todo, como una otredad (como una calamidad de "otros", de aquellos que están separados).
En un análisis ya clásico, Paula Treichler alega que al VIH/sida se le podría describir como "una epidemia de la significación", en la que el uso del lenguaje nunca es simplemente neutro, sino útil a intereses de poder en formas variadas, problemáticas y complejas.
A la par de la creencia extendida de que el sida es vergonzoso, estas diversas metáforas y maniobras lingüísticas han construido una serie de explicaciones "instantáneas" (y altamente inadecuadas) que ofrecen una vigorosa base para respuestas estigmatizadoras y discriminantes. Como lo argumentara Herbert Daniel, escritor y activista del sida, al analizar la historia de la epidemia en su país, estas prácticas culturales y lingüísticas, y el modo en que se manejan en los medios o se incorporan luego a la cultura popular, explican que la gente se vea estimulada a formarse imágenes muy complejas y a menudo inexactas de la epidemia y de su comprensión, mucho antes de tener un contacto real, directo o personal con la misma. Estas imágenes permiten también que algunas personas nieguen estar, o poder llegar a estar, infectadas por el VIH o afectadas por el sida.
Por otra parte, en muchas sociedades a la gente con sida se le ha visto, y se le sigue viendo, como ignominiosa. En lugares donde se le asocia con grupos minoritarios ya estigmatizados o con conductas desviadas --por ejemplo, el caso de la homosexualidad--, la infección por VIH y el sida pueden vincularse a nociones de "perversión", y se les puede responder con el castigo e incluso con la violencia física.

Imprecisión lingüística = comprensión errónea


Particularmente en sociedades con sistemas culturales tendientes a enfatizar el individualismo, el VIH/sida puede verse como resultado de la irresponsabilidad personal; en otras circunstancias, donde existen ideologías más colectivas, se puede considerar que traen consigo vergüenza para la familia y la comunidad.
El miedo al rechazo y a la estigmatización dentro del hogar y de la comunidad local puede impedir que la gente revele su seropositividad a sus familiares. Las familias, a su vez, pueden rechazar a sus miembros seropositivos no sólo por el estigma asociado a la pandemia, sino también por las connotaciones de homosexualidad, drogadicción y promiscuidad que conlleva el sida.
Por ello la forma en que la gente responde al VIH y al sida varía de acuerdo con las ideas y recursos que las culturas locales ponen a su disposición. Si bien las respuestas negativas al VIH y al sida no son de modo alguno inevitables, sí refuerzan, de manera característica, las ideologías dominantes sobre lo bueno y lo malo respecto no sólo a la sexualidad, sino también a la enfermedad, y tal vez sobre todo a lo que se entiende por conductas apropiadas o inapropiadas.
Además, la consabida ambigüedad entre las nociones de contagio e infección es algo aquí particularmente importante, justo porque una imprecisión lingüística semejante permite que mucha gente confunda lo que de hecho es una forma de transmisión viral no muy "eficaz" (en términos epidemiológicos) con nociones de contagio o contaminación a través de un contacto casual.
Al lado de esto, la comprensión popular del sida como algo incurable, y en última instancia fatal, ha tendido a reforzar todos los estigmas asociados con otras enfermedades graves o mortales, vinculando el miedo a la enfermedad y la muerte, con nociones estigmatizadas de la sexualidad, el género, la raza y la pobreza, en una red intrincada de significados, y constituyendo en dicho proceso formas nuevas de estigmatización.
La falta de interés de algunos gobiernos para brindar sistemas efectivos de prevención, tratamiento y atención del VIH/sida, puede también provenir de una estigmatización mucho más arraigada en el ámbito social.
El resultado final de la estigmatización y la discriminación es soterrar la epidemia, llevarla a la clandestinidad, socavando con eficacia los esfuerzos destinados a la prevención, el cuidado y el apoyo, reafirmando así el círculo vicioso de la epidemia.
Tomado y editado del estudio HIV and AIDS-Related Stigma and Discrimination: A Conceptual Framework and Implications for Action.

Traducción: Carlos Bonfil.

1 Goffman, E. Stigma: Notes on the Management of a Spoiled Identity. Nueva York, Simon and Schuster. 1963.

2 Marshall, G. Oxford Dictionary of Sociology. Oxford University Press. 1998.


http://www.jornada.unam.mx/2002/12/05/ls-estigma.html

Educación sexual para hipoacúsicos

La hipoacusia es la condición de una persona que tiene mermado el sentido del oído. A la pérdida total de la percepción auditiva se le llama anacusia. Esta característica afecta el desarrollo de quien nace con ella o la adquiere a muy temprana edad. Una de las etapas críticas es la adolescencia, pues es necesario adaptarse a esa limitación y enfrentar dificultades para relacionarse en los ámbitos social o afectivo. Situación que se agrava por la falta de servicios adecuados que satisfagan las necesidades de información en salud sexual de esta población.


Rocío Sánchez
Según el más reciente Censo de Población y Vivienda, en México existen 1 millón 795 mil personas que viven con discapacidad. De ellas, 15.7 por ciento tienen alguna discapacidad auditiva, lo que incluye hipoacusia, anacusia, y que podría estar combinado con el 4.9 por ciento de la población que presenta problemas de lenguaje.
Las limitaciones de lenguaje de quienes nacen con discapacidad auditiva les dificultan articular y comprender conceptos abstractos. Sin embargo, si la terapia de lenguaje comienza a temprana edad, pueden alcanzar un alto nivel de comprensión e incluso aprender el lenguaje oral.
"Existen niveles de lenguaje en los hipoacúsicos, hay personas que aprenden a leer y escribir y así tienen una educación que les permite comprender conceptos abstractos. Pero hay quienes solamente tienen el lenguaje manual, que es más 'telegráfico' y dificulta comunicar esos conceptos. La manera de abordar cualquier tema con ellos y ellas depende del nivel de lenguaje que tengan", explicó a Letra S Griselda Espinosa, especialista en audición y lenguaje y directora de la Asociación Pro Integración del Hipoacúsico (Apih).
Apih trabaja desde 1992 con niños, niñas, adolescentes y jóvenes que presentan dificultades de audición. Su labor no es la de una escuela formal. Establece un contacto entre las y los chicos y las instituciones, y trabaja con talleres, terapias de juego, arte, psicomotricidad y deportes. Su apoyo se extiende a los padres y maestros. "Hace 14 años yo trabajaba con adolescentes de secundaria y me di cuenta de que había problemas muy serios que atender: abuso sexual, violaciones, infecciones de transmisión sexual (ITS), embarazos no planeados", rememoró Griselda Espinosa. Fue así como se acercaron a especialistas de la Secretaría de Salud para dar talleres sobre sexualidad.
Sin embargo, el problema se extendía más allá. "Tampoco las madres y los padres tenían información. A los maestros les daba miedo abordar el tema de la sexualidad. Vimos que teníamos que estructurar programas de atención que implicaran a las tres partes: maestros, jóvenes y padres de familia. Probamos muchas dinámicas: al principio poníamos a padres y jóvenes a recibir la misma información, pero a los papás se les subían los colores. No era conveniente porque los enfrentábamos a exponer sus sentimientos, y fuimos cambiando", relató la especialista.
El primer proyecto de Apih se propuso capacitar a jóvenes como promotores de salud sexual. "Pensamos que si formábamos una generación de chicos y chicas que además de tener la discapacidad estuvieran informados, sería más fácil que esa información llegara porque se transmitiría entre iguales", reflexionó Espinosa.
Comenzaron a trabajar en algunas secundarias dando información, canalizando a quienes enfrentaban situaciones graves como un embarazo, una violación o alguna ITS. "Cuando tuvimos el primer caso de sida, nos alarmamos mucho", comenta nuestra entrevistada.
A los promotores se les capacita sobre anatomía y fisiología de los órganos reproductores, embarazos no deseados, aborto, prevención del abuso sexual, metodología anticonceptiva, entre otros temas. Hasta ahora dos generaciones han sido instruidas.
Derivado del trabajo de persona a persona, Apih recopiló ese conocimiento en un texto especialmente dedicado a las personas con discapacidad auditiva. Así surgió el Manual Básico de Sexualidad para Jóvenes con Discapacidad Auditiva con los temas de interés que los promotores iban identificando, y al cabo de un año estuvo terminado. Para su publicación contaron con un fondo de coinversión del Instituto Nacional de Desarrollo Social (Indesol), lo que permitió darle un formato profesional y ahora incluso está a la venta.
Con poco texto e imágenes sencillas, el manual busca comunicar "que la sexualidad no se limita a los órganos sexuales, sino que implica tres partes importantes: la psicológica, la biológica y la social". No obstante su calidad, Griselda Espinosa está consciente de que es un manual básico, por lo que buscará recursos para producir más materiales de ese tipo.
"Como las personas hipoacúsicas son muy concretas --tienen escaso pensamiento abstracto-- sólo piensan en términos de 'bueno o malo', no hay términos medios. Tratamos de darles los matices de que además de las relaciones entre hombre y mujer, hay diferentes maneras de manifestar el amor y que todo eso se tiene que respetar, porque es la decisión de cada persona", dijo la especialista. "Claro que es más fácil decir 'haz esto o haz aquello' y no darles la opción de que ellos decidan. Nosotros queremos que ellos vayan decidiendo: 'esto es bueno para mí, aunque al otro no le parezca bueno'. Les enseñamos que lo que ellos deseen hacer es su decisión y su responsabilidad."
Sin embargo, continuó, hay comunidades muy marginadas donde a la gente le da miedo que se aborden los temas de sexualidad porque piensan que es "darles permiso", pero ella sostiene que es darles una opción. "Si quieren pueden hacerlo o no, pero que lo conozcan."
El proyecto más reciente de Apih está en coordinación con las clínicas del programa Gente Joven, de la Fundación Mexicana para la Planeación Familiar (Mexfam). Así, Mexfam capacita a la nueva generación de promotores de salud sexual. Además, los y las adolescentes con hipoacusia podrán acceder más cómodamente a la atención médica especializada de las clínicas ubicadas en Xola y en Revolución, en la Ciudad de México, pues los prestadores de esos servicios ya están siendo instruidos en el lenguaje de señas.
Paralelo a estos programas de acción, en noviembre de 2003 Apih llevó a cabo su quinto Encuentro de Análisis y Apoyo a Jóvenes Hipoacúsicos en el Área de la Sexualidad, cuya primera edición se realizó en 1998. De estos encuentros se han derivado cuatro memorias, la más reciente está enfocada a los maestros y los padres, recopilando información vertida por especialistas como José Aguilar, Silvia Covián y Francisco Delfín.
"Mucha gente se ha quedado sin poder asistir a estos encuentros, por lo que queremos hacer un 'programa piloto' que nos permita llevar el evento a diferentes regiones del país también ávidas de información", concluyó la especialista.
Sólo en un periodo de seis meses que incluyó el Encuentro, los talleres y la capacitación de promotores, las actividades de Apih en materia de educación sexual impactaron directamente a 660 personas, a las que deben sumarse quienes recibieron la información replicada.


http://www.jornada.unam.mx/2004/04/01/ls-jovenes.html
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