La espiritualidad agustiniana en las comunidades femeninas y su aporte a la mujer de hoy



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LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA EN LAS COMUNIDADES FEMENINAS Y SU APORTE A LA MUJER DE HOY


Arminda de la Red Vega

Agustina Misionera


Madrid

Te doy gracias, mujer, por el hecho de ser mujer. Con la intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas. Pero dar gracias no basta, lo sé. Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos, que en todos los tiempos y en cada lugar han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en su prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a la esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido de auténticas riquezas espirituales a la humanidad entera”1.

Quiero, al inicio, expresar mi agradecimiento por invitarme a participar. En un evento agustiniano, me parece de justicia reservar un espacio dedicado a la intervención de la mujer, siquiera por rememorar con realismo el papel que en la vida de Agustín tuvo la mujer, y no exclusivamente su madre. Posiblemente pueda aportar poco; a penas cinco panes y dos peces en el “cestillo” de mi DNI como mujer. Por supuesto que no pretendo adoptar una postura de reivindicaciones feministas. Mi aspiración es más práctica y quisiera fuera serena y realista, tomando para ello ejemplo de Mónica, que desde la identidad con la que fue adornada por la naturaleza, contribuyó a enriquecer su casa simplemente ofreciendo las provisiones amasadas cada día.

1. El huerto del Señor es nuestra herencia

Conoció bien Agustín, desde la experiencia de su biografía, la repercusión que tiene el rol de la mujer, como esposa y madre, como catequista y educadora, como instrumento de paz y como filósofa. Pero si en diversos temas agustinianos encontramos dificultades de interpretación, por ser el suyo un estilo reiterativo, profundo y poético, la dificultad se agrava si prescindimos de la evolución de su pensamiento, con el peligro de distorsionar conceptos, convirtiendo en tópicos afirmaciones suyas para corroborar ideas y teorías de hoy con problemática que viene de lejos. Tardó Agustín en superar las influencias de su cultura, de su tiempo y de las mismas experiencias vividas, por lo que no es difícil percibir concesiones: al lenguaje platónico, al estado jurídico de la época y a los mismos reclamos de la concupiscencia que le dejó el tiempo pasado.


Por referirnos a un ejemplo relacionado con el tema que ahora nos ocupa, el Agustín inexperto en cuestiones bíblicas, que escribe el Del Génesis contra los Maniqueos (año 389), y de cuya obra él mismo nos dice que estuvo tentado de tirarla a la papelera, no es el mismo que escribe las Retractaciones. Partiendo de lecturas sesgadas y anécdotas más bien pintorescas, san Agustín ha sido bastante mal interpretado en cuanto a la mujer se refiere y, desde el área protestante, hacia él han derivado acusaciones antifeministas que adquirieron una especial intensidad el año 1975 con motivo del Año Internacional de la Mujer.
La primera alusión de san Agustín al mundo religioso femenino aparece en su libro De moribus Ecclesiae Catholicae, escrita en el año 388 y donde presenta la castidad de las vírgenes solitarias como la corona del cristianismo, elogia su laboriosidad y su armonía con los monjes, de quienes reciben alimento y a quienes atienden en tareas domésticas; también describe algunas notas características: vida común, desprendimiento de los bienes de la tierra, moderación, libertad en el uso de las cosas, trabajo manual, estudio y, sobre todo, la caridad. Posteriormente afirmará san Agustín que es la virginidad el don más preciado que Dios otorga2 El concilio de Hipona (393) nos permite deducir que existían agrupaciones de vírgenes porque de ellas se preocupa el concilio con normativa práctica y expresa. Incluso son varios los autores que atribuyen a san Agustín la implantación del cenobitismo femenino en Africa, lo que no es exactamente fácil de sostener, puesto que era África, tierra cruzada por múltiples influencias, con las cuales suponemos llegara la vida cenobita femenina.
La vida religiosa femenina alcanza su mayoría de edad en el s. IV.3 Los concilios y los obispos se preocupan de darle cauce jurídico y teológico, mientras los poetas ensalzan la belleza de esta opción. Escritos como Epistula ad virgines, y De habitu virginum (de san Cipriano) o Banquete de las diez vírgenes (de san Metodio), no se preocupan más que de la virginidad. Será progresivamente en cambio cuando san Atanasio, san Ambrosio, san Jerónimo y el año 401 san Agustín, introduzcan una nueva tendencia que incorpore con relevancia especial la asociada vida común. A partir de san Agustín consagración virginal y profesión religiosa aparecerán dándose la mano, por lo que las vírgenes comienzan a reunirse en comunidad y algunas relevantes figuras enriquecen a la Iglesia con sus carismas. Tal es el caso de Proba y Demetríades, que atraen la atención de san Agustín, de Pelagio y del mismo san Jerónimo.4
El magisterio e influjo de san Agustín sobre la vida religiosa occidental no se limita a la fundación de algunos monasterios y ni siquiera a la institucionalización de la vida religiosa en África. Sus principales aportaciones son de índole teológica y espiritual y hay que ir a buscarla en su escritos: la Regla, el De Opere monachorum, algunos capítulos de las Confesiones y de la misma Ciudad de Dios, varias cartas, sermones, comentarios a los salmos... han servido de guía a numerosas generaciones de monjas, a parte de la predilección por el De Sancta virginitate, que fue redactado el 401, casi al poco tiempo de haber escrito el De bono coniugali y para dejar bien claro que no alabamos a las vírgenes por ser vírgenes, sino por ser vírgenes consagradas a Dios, de cuya doctrina se concluye: que la virgen cristiana tiene que tener la mirada siempre clavada en Cristo5. El es su modelo, su esposo y su premio. Solo merece el nombre de virgen quien ama tanto “al más bello entre los hijos de los hombres”que, no habiendo podido concebirlo en su cuerpo como María, lo ha concebido en su corazón y le consagra la integridad de su carne6.
En algunos de sus escritos7 Agustín habla acerca de la debilidad física de las mujeres en comparación con los hombres, aunque en un sermón para las fiestas de las santas Perpetua y Felicidad 8 hace ver claramente que esta debilidad no inhibe la valentía y fortaleza ante el martirio. Sin embargo señala que estas santas se comportaron viriliter, como hombres.
La difusión de los discípulos de san Agustín propagó también el monacato femenino agustiniano. Y así aparecieron monasterios en Uzala, Tagaste, Tabarca, Herchir, Maglaff y otras ciudades; hasta el reinado de Genserico que tuvo como blanco especial de sus fechorías las iglesias y los monasterios femeninos. De aquí deriva que el s. VI nos deje constancia del último monasterio en Cartago. Y en vísperas de la invasión árabe, a finales del siglo VII, desaparezcan por completo los monasterios en África, sin que haya constancia de que monjas africanas traspasaran el Mediterráneo.
A principios de la Edad Media, en los monasterios no había una Regla tomada como única referencia, más bien se trataba de reglas mixtas, compendio de lo que seleccionaban como preferente entre varias. Sabemos la normativa que primaba para las comunidades masculinas, y a ella se asemejaba mucho la suerte de las femeninas, incluso se llegó a negar el nombre de monjas a las comunidades que no se ajustaran a una de las reglas aprobadas.
En la Alta Edad Media se percibe un declive del influjo agustiniano, que con el concilio de Aquisgrán (817) experimenta nuevo impulso, precisamente al tomar a san Agustín como referente de la vida común, tan privilegiada en ese momento y cuyo ideal presenta en los Sermones 355 y 356. Así llegamos al 1120 y 1130 cuando Inocencio III y posteriormente el concilio de Letrán (1139) privilegia la preferencia de la Regla de san Agustín, por lo que será la adoptada, y también la más compatible con otras normas internas, por la mayoría de los monasterios dedicados a la oración, al servicio a los enfermos, cautivos, predicación...
El primer monasterio de monjas, de cuya incorporación a la Orden agustiniana tenemos noticias, es un convento de Oberndorf (Vürtemberg) en Alemania. Dicho convento seguía la regla de san Agustín y por ello se consideraba como perteneciente a la Orden, lo cual no fue confirmado hasta el capítulo general del 1264. Y el año 1266, el cardenal protector, Ricardo degli Annnibaldi, recomienda al P. General y al P. Provincial de Alemania, atender los monasterios femeninos que habían sido incorporados a la Orden.
En Italia, el monasterio de santa María Magdalena de Orvieto es el primero que se cita en Actas Capitulares, aunque no pueda deducirse de ello pertenencia expresa a la Orden, para lo cual debemos esperar al 10 de junio del año 1286, momento en el cual quedaba este monasterio, por la manifiesta voluntad de la abadesa y las diez monjas que constituían la comunidad, sometido a la jurisdicción de los Agustinos de Orvieto 9. Seguirán otros monasterios en Italia, como el de santa Lucía de Citaducale (Rieti) cuya fundación fue autorizada por Inocencio VI 10. Dos años más tarde el P. General Matteo d’Ascoli, hablando de estos monasterio las llama “nuestras monjas”. Una referencia especial hacemos al monasterio de San Julián de Valencia que tiene una actitud crítica sobre la vigilancia y jurisdicción por las que estaban sometidas a los PP. Agustinos y que fue aceptada por una parte de la comunidad, mientras que el resto, presidido por la Abadesa, buscaba una mayor independencia para suavizar el rigor de la clausura. Con la intervención del Obispo, primero y del Papa Bonifacio VIII después, la Orden reforzó sus cuidados, volviendo a regir, corregir, castigar e instruir a las monjas, a cambio de gozar de todos los privilegios espirituales de la Orden.
Tenemos noticia también de un monasterio en Praga (Checoslovaquia). Las primeras referencias llevan la fecha del 12-9-1391 y estaba dedicado a Santa Catalina.
Ya en el s. XIV cuando los monasterios afiliados a la Orden superaban el número de 50011, y habiendo manifestado los PP AA. deseo de liberarse de tantos compromisos a causa de la atención que requerían los monasterios, el papa Julio II, con la bula Dum fructus uberes, extendió los privilegios y gracias de la Orden a los monasterios que restaban bajo la jurisdicción directa de los PP. AA., si bien posteriormente el mismo papa con la bula Cum ergo religionis amplió casi los mismos privilegios a los monasterios que hubieran obtenido del General la incorporación a la Orden 12.
Por lo que se refiere a la legislación, las monjas seguían las mismas constituciones de la rama masculina, con las imprescindibles adaptaciones 13.
En el siglo XV tenemos el texto para el monasterio de San Leandro de Sevilla (España) que se considera el más antiguo,14 Y del año 1541 conservamos otro texto, también para un monasterio español. Se trata del monasterio de Santa Ursula, Toledo (España) que presenta casi idénticas características a aquel de Sevilla.

Es a estos textos a los que hemos de recurrir para conocer la vida doméstica y espiritual de las monjas agustinas, praxis que perduró hasta bien avanzado el siglo XVII.


En los monasterios de las Agustinas, después del Papa, el General de la Orden y el provincial de la respectiva provincia era el superior mayor. Pero la jurisdicción fue gradualmente disminuyendo, por voluntad de los mismos superiores, unas veces y otras por disposición del Papa.
La clausura de los monasterios agustinianos, como conocemos por el monasterio de Santa Ursula de Toledo,15 era moderada en general, exceptuados aquellos en los cuales se acogía a mujeres convertidas, lo que motivó la práctica frecuente de poner los monasterios bajo la advocación de S. María Magdalena16 y con una clausura de casi exclusiva finalidad preventiva. Así lo deducimos de la misma bula de Bonifacio VIII Pericolose et detestabili, con lo cual queda la clausura reducida a ascética bastante desvinculada de una teología y de una mística.
Necesitaremos tiempo para que la insistencia mayor se ponga en la auténtica vida de comunidad, como exigencia para la comunión de vida, aunque también en ello hubo excepciones que pronto trajeron sus funestas consecuencias, como es el caso del monasterio de Santa Ursula de Toledo 17 .
Las Constituciones del 1581, redactadas a requerimiento del Concilio de Trento, incorporan también las normas sugeridas por Pio V18 y Gregorio XIII, y son las primeras en la Orden que de manera expresa se ocupan de la legislación referida a los monasterios femeninos. A partir de ahí quedará la parte IV de las Consts. de la Orden privilegiada para la normativa a seguir por cuanto a la atención de las monjas se refiere e incluso a las terciarias, si estas viven en comunidad19 .
Así el proceso hasta que en el s. XVII van introduciéndose diversidades muy notables en cada monasterio. El P. General Sebastián Martinelli impulsó la renovación de las Consts en la Orden con la voluntad de adaptarlas también a la rama femenina. Publicadas en el año 1895, fueron pocos los monasterios que pudieron acogerlas. Mientras, se mantuvo en las monjas una cierta homogeneidad, especialmente en España.20.

A finales del s. XIX son muy pocos los monasterios femeninos bajo la jurisdicción de la Orden: solamente cinco en Italia, uno en Holanda y uno en USA, porque la práctica totalidad de los monasterios femeninos quedan bajo la jurisdicción de los respectivos ordinarios, hasta que Pio XII, en la Sponsa Christi, 21-11-1950, suscita la formación de las Federaciones que deja el siguiente cuadro: La OSA con seis federaciones –una en Italia y cuatro en España; las Agustinas Recoletas con dos federaciones, una en España y otra en Méjico. Simultáneamente en España está una federación de Agustinas Descalzas y un monasterio, el de Alcoy, que no ha sido federado21.


Es difícil precisar en qué consistía propiamente la pertenencia de los conventos femeninos a la Orden Agustiniana. No obstante sí hay unas características que han predominado y que podemos, aun con excepciones, resumirlas en las siguientes: a) seguir la Regla de San Agustín; b) asumir la observancia de puntos fundamentales de la Constituciones; c) usar del hábito y correa negros, que comienza a ser especialmente distintivo desde el siglo XIV22; d) otro argumento favorable de pertenencia lo constituye el hecho de estar bajo la jurisdicción, orientación o guía de la Orden; e) y hay finalmente una característica esencial y preferente que es la conciencia de pertenencia a la misma Orden23.
Con todo, estos monasterios agustinianos eran autónomos, sin lazos jurídicos entre ellos y no tenían más subordinación que la relativa a la priora, a las costumbres locales y a la legislación general de la Iglesia.

2. De “cenicientas” por la historia y en la Iglesia
Creó Dios al ser humano, a imagen suya, a imagen de Dios lo creo, macho y hembra los creó 24. El texto posterior de Gn 2,18-25, más mítico, 25 señala en varón y mujer la recíproca complementariedad y la identidad de misión: poner nombre a las cosas, poblar la tierra, gobernarla y dominar sobre ella.
Desde que el Dios eligió, porque así él lo quiso, el ADN de una mujer para encarnarse, se comprende que mientras el nacimiento de Juan es comunicado a Zacarías, la encarnación del Salvador se anuncia en primer lugar a María, su madre.
Durante la vida pública, tiene Jesús con la mujer una relación idéntica a la que tiene con el hombre: las mujeres aparecen en sus parábolas y milagros, le siguen itinerantes, escuchan sus enseñanzas, con algunas mantiene una relación de amistad 26, y son también ellas las primeras misioneras de los mismos apóstoles a quienes anuncian la Resurrección.
Hay varios y hermosos ejemplos en el N.T. de la responsabilidad fememinan, pero bastaría como referente el pasaje de la Samaritana 27. Es el paradigma de mujer intrépida que arriesga y va por agua a la hora en que más calienta el sol; la sed abrasadora no le impide fijarse en quien comparte camino; su autoestima y coquetería inicial es manifiesta, pero lo que le importa es beber; y en diálogo fecundo encuentra el agua. Una vez que ha llenado su cántaro, se siente urgida a alumbrar la luz recibida. Inquieta y charlatana, marcha a la aldea para proclamar dónde ella ha encontrado el manantial que sacia, mientras teorizan los discípulos enredadas disquisiciones porque no se atreven a preguntar al Maestro: Qué hace aquí con una mujer a estas horas? o ¿Qué habrá comido este?
En la Roma del s. II, Filomena, una importante teóloga, hoy casi olvidada, que encabezó escuela al adoptar una posición media entre la gnosis y la Iglesia, haciendo competencia a insignes varones, fue pionera en la síntesis lograda entre el pensamiento judeo-bíblico y el helenístico-filosófico. Pero no obstante su acertada visión, terminan ganando relevancia los enfoques de corte marcadamente androcéntrico y entre las causas podemos enumerar: a) las estructuras jerárquicas de la Iglesia primitiva, heredadas del Imperio romano, b) la aversión a la sexualidad, que, por cierto, no nace del cristianismo, sino como fenómeno general de la antigüedad tardía; c) el ideal griego de cultura que se impuso como casi exclusivo patrimonio del varón, lo que contribuyó a que fuera la mujer reducida a “cuerpo”28.
Mujeres testigos sustentadas por el Espíritu eran consideradas en los primeros tiempos del cristianismo, sobre todo las profetisas. 29
El cristianismo ortodoxo implanta en su seno, una vez más, ideales ascéticos, expresamente anticuados, incluída la crítica, ya anquilosada, a la cosmética, la higiene, la moda... y todo cuanto se refiera a la ética básica. La Iglesia en el tema de la mujer se mantuvo muy por detrás de la época del imperio, y en parte por detrás de las doctrinas filosóficas. La teóloga e historiadora católica Anne Jensen ha realizado un estudio pionero en este tema y llega a corroborar que en el siglo III fue mayor la participación femenina en la vida de la Iglesia, mientras que en el IV y V hay una clara tendencia a la marginación y el anonimato de las mujeres. Guarda todo ello relación con las comunidades de vírgenes, cada vez más sometidas a la vigilancia episcopal.
El movimiento de pobreza de los valdenses surgido en 1170-1180 en Lión, pretendía establecer en su original pureza la fe cristiana, volviendo a la forma de vida de los discípulos y discípulas de Jesús. Y este movimiento laical que consideraba cosa natural la intervención de hombres y mujeres, en plano de igualdad, dentro de la vida pública de la Iglesia, fue condenado defnitivamente como herejía en el cuarto concilio de Letrán el año 1184/1185 30.
Si nos referimos a Tomas de Aquino, se han encontrado en su vasto acopio de saber tres lagunas a cerca de las cuales parece que aún le faltaba aprender bastante: el arte, los niños y las mujeres, sobre cuyos temas él, tan “ángelico”, no recibiría hoy un cum laude en examen precisamente sobre teología femenina, porque ¿no dice, basándose en el relato bíblico que el hombre es “principio y fin de la mujer”, mientras que esta es aliquid deficiens et ocasionatum (“cosa defectuosa y ocasional”)? La mujer, un varón frustrado por la casualidad ocasional 31.
Esta fue la herencia que Santo Tomás recibió de Aristóteles, quien definía al hombre como virtus activa, reduciendo la mujer a virtus pasiva. Y el eco del “ buey mudo” seguirá mugiendo hasta el 1827 cuando la ciencia compruebe la colaboración del óvulo y el espermatozoide en la fecundación humana.
En la alta Edad Media casi solo existían conventos para damas de la nobleza, como refugio de viudas o hijas extramatrimoniales que encontraban en el monasterio una vida tranquila, propicia y rica en posibilidades de formación que la sociedad les negaba fuera del convento. Algunas de estas mujeres, debido a su categoría social y a pesar de su condición de muejres, llegaron a alcanzar significatividad similar a la de los hombres, pero son justamente excepciones que confirman la regla.
Más adelante comienzan a llegar a las comunidades vírgenes y viudas procedentes de clases medias y bajas, mezclándose la motivaciones religiosas a otras económicas. En este caso, una vez profesas en el monasterio, debían dedicarse a trabajos manuales y a obras de caridad. Son las que en la historia hemos conocido como beguinas32, maestras de vida y profetisas de la ultrajada dignidad de la mujer, que despertaron la sospecha de la jerarquía eclesiástica, precisamente por su erudición y actualizado hacer.
Monasterios hubo a los cuales les estaba vedado integrarse en ordenes masculinas porque tenían estas prohibido aceptar conventos femeninos en su estructura. Fueron más afortunados los llamados monasterios femeninos agustinianos quedando subordinados a la Orden unas veces por expreso deseo de los mismos monasterios, otras por disposición papal y algunas, también, como requisito para ser reconocidas como comunidades de vida regular y ello aún cuando no estuvieran asumiendo la Regla de san Agustín.
Como “remamente” que la mujer dejó en san Agustín –madre, amigas, monjas primeras de Hipona y Tagaste- quedan también en la literatura agustiniana, algunos escogidos ejemplares de plumas que ofrecen réplicas a los vituperios y coplas contra las mujeres.
Podemos decir que el s. XIV y parte del XV, marcadamente antifeminista, suscita en autores laicos y religiosos, una reacción, que fundamentada en la Biblia y en la cultura grecolatina, se preocuparán de refutar la nueva secta. (Fr. Ambrosio de Montesinos con su “Doctrina y reprehensión de las mujeres”).Esta defensa bien marcada en el s. XVI trae la más relevante réplica agustiniana con figuras como: Fr. Martín Alonso de Córdoba con “Jardín de nobles doncellas” (1500); Fr. Luis de León en “La perfecta casada” (1583) y Fr. Pedro Malón de Chaide en “La conversión de la Magdalena” (1588). Y para ello cabría lamentar con Fr Martín de Córdoba, OSA, que no alcanzara la mujer el desarrollo notable al que en las letras llegó en la época antigua: “por qué agora en nuestro siglo las hembras no se dan al estudio de artes liberales y de otras ciencias, antes paresce como que les está vedado...”33 Al detectar esta deficiencia Fr Martín de Córdoba, consideraba que el amor a la sabiduría constituía una de las características peculiares de la mujer, con lo cual difería de Fr Luis de León, que no se libro en absoluto del “resabio” medieval: “... porque como la mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal, y de su costumbre e ingenio una cosa quebradiza y melindrosa...” 34. Otro glorioso escritor agustino, Santo Tomás de Villanueva, hablará de la mujer como modelo de fortaleza, a pesar de la debilidad física, tomando como referencia a María Magdalena35.
Cierto es que el cristianismo ha tratado de contrarrestar la infravaloración de la mujer proclamando la igualdad original. Pero esta “teoría” interpretada y aplicada por varones ha llevado a una Iglesia que en la práctica desdice la igualdad proclamada.
En el pasado, la mujer en la Orden, como no podía esperarse de otro modo, ha tenido una relevancia veterotestamentaria, consecuencia de varios factores: sociedad, pobreza cultural y deficiencia de formación. No sé si será exagerado definirla como “grupo social marginado”. Otra cosa muy distinta es que se acuda a los monasterios con simpatía, afecto y una pizca de compasión.
Digámoslo sin acritud, pero con esperanza de superación: nosotras, en cuanto género y por socialización historia y cultura, nos encontramos más cerca de los aspectos que han estado ocultos y reprimidos pública, cultura, religiosa e históricamente. Formamos parte de esa humanidad “cenicienta”, unas ninguneadas por la historia 36.

Nuestro quehacer a lo largo de la historia ha sido curar, servir, apoyar, reinterpretar, transformar... y hoy como mujeres necesitamos redefinir nuestras pertenencias y filiaciones, hacer visible y patente, lo escondido y reclamado por la humanidad dolorida y necesitada. Estamos invitadas, enviadas y obligadas a superar las deficiencias que nos permiten vivirnos. Esta es nuestra asignatura pendiente 37 y los deberes que nos impone la historia y la sociedad actual.



Llamadas a ser nosotras mismas y a desarrollar nuestras potencialidades, de las que en modo alguno hemos de claudicar, acogemos el mandato: talithá kumí 38

3. Desatadlo y dejadlo andar39
No culparemos a la OSA de desatender la formación de los monasterios, ni de haber dejado a estos “sin oficio” en la estructura general de la Orden. Al fin la praxis, no fue sino consecuencia de una normativa y legislación eclesiástica que siempre clamó por la superación.
En Mt 9, 6 rompe Jesús las “trabas” que paralizan y ordena a los espectadores que ejercer su responsabilidad: desatadlo y dejadlo andar; mientras, manda al curado que asuma e integre su pasado como constitutivo de la nueva situación. Es requerimiento para la curación. Pero, a las mujeres, ¡les han estado vedadas tantas cosas...! Las mujeres, los niños y los esclavos están exentos de recitar el Sema. No podían enseñar y no se les permitía el estudio de la Torá 40. Les han sido asignados a las mujeres otros quehaceres.
Desde antiguo y en este contexto, la contribución del monacato femenino en la OSA, ha tenido, si acaso, un débil significado en el nivel de la experiencia mística, de la contemplación y del apostolado orante y aún así su legado es corto y cuantitativamente menor que el de los hombres, aunque contemos con figuras relevantes 41
Cuanto sobre las místicas agustinas sabemos está transmitido y escrito por pluma de hombres y con esa “tinta” el mensaje se percibe. Así pasó, incluso en los evangelios. Y así ha seguido, porque en una Iglesia machista hasta la teología es androcéntrica.
La piedad medieval no es imaginable sin la mística, especialmente la femenina, aunque nunca se considerara la mística paradigmática ni de la teología ni de la Iglesia. Y hasta puede afirmarse que una mística sin teología fundada, es la base de una espiritualidad, cuando menos, sospechosa. No deja de ser sintomático que prolifere la mística cuando decae la formación teológica, como ha sucedido con ciertos momentos de fervoroso marianismo42.
La mística vivida por agustinas de nuestra historia es posible no resista un cuestionamiento riguroso, si nos entretenemos en disquisiciones sobre: ¿tenían visión unitaria de Dios, el hombre y el cosmos? ¿vivían estados místicos o psicoticos? Era tiempos en los que la mística se planteaba dominada por el rigorismo y anclada en la renuncia.
Hay, ha habido, ciertos estilos de interioridad y mística –egocéntrica e intimista- que cierran absolutamente la puerta a la búsqueda agustiniana de Dios. Acaso nuestras hermanas agustinas del pasado relacionaran preferentemente la mística con el premio a la ascesis, pero hoy se entiende la mística más bien como entrega absoluta al ser primero, que ordena y da sentido a la creación, sobre todo a los seres humanos. Nos situamos así en la mística de la interioridad, la mística agustiniana que puede traducirse en mística amorosa y adentra a la persona en una visión armónica e integradora de la creación entera y de la existencia.
La mística que ha tenido un rostro y nombre femenino, a pesar de su invisibilidad histórica, exige una búsqueda hacia la realidad nuclear y absoluta. El Dios ubicado en la interioridad (encuentro agustiniano) y el dios manifestado en la exterioridad (encuentro tomista) conlleva un nexo dialógico y a un Dios uno sin segundo que camina desde unos encuadres armonizados por cuya senda sólo transita el espíritu dotado de una sensibilidad más donada que cultivada, donde ve lo que los demás no ven y siente lo que los demás no sienten.
Mientras el hombre en su aparato conversacional habla sobre lo que hace tema y objeto de su trabajo, investigación, estudio..., la mujer incorpora a su experiencia vital aquello que es objeto de su fascinación. Un ejemplo que confirma lo tenemos en María, la de Betania, quien antes de estudiar, o averiguar si Jesús es o no el Mesias, “pierde el tiempo” con Él y percibe que ha hecho ya de Él su Dios. “... una sola cosa es necesaria...” Solo en el orden de los gratuito Jesús se constituye en Señor.

Hoy estamos llamadas, en tiempos de irrelevancia, a no renunciar al agua pura, bebida en el surco de nuestro propio manantial. Nos perderemos en la mística de la normalidad pero todos los carismas extraordinarios 43 serán percibidos en la única clave del amor. Y cuando el amor se torna vida, la persona se sumerge en la plenitud.


Tiempos hubo en que la mística era una nota diferencial y enriquecedora. Ahora vivimos un momento en el que parece como si las alas se nos hubieran vuelto pesadas, a pesar, no obstante de constatar la afirmación de que el cristianismo o será mística o no será . En nuestro mundo desbordado y amenazado por sus mismos descubrimientos, la mujer puede aportar algo específico que rescate el conocimiento y las investigaciones de la espiral sin sentido en la que se encuentra. 44 Nos corresponde una especificidad evangélica y práctica, como la que refleja la suegra de Pedro, cuando liberada de la “fiebre”, se pone a servir.45 La gratuidad y el servicio, son para nosotras indicadores de buena salud. Esto nos define. Pedimos que se nos permita cultivar “nuestro huerto”. Sin reproche; es más bien una súplica: Ayudadnos a ello y será beneficio para todos.
Necesita la Orden agustinos: biólogos, teólogos, psiquiatras, misioneros, poetas, oradores, místicos... Y necesita la Orden y la Iglesia, agustínas que alcancen los mismos niveles de especialidades, capten matices, tiendan puentes para que los áridos conceptos de la teología se mezclen con la sensibilidad, poesía y ternura con la que Dios Creador sembró las calles de la vida.
Ahora, cuando tanto se habla de solidaridad, aceptemos que la mujer tiene mucho que decir desde la fuerza de su ser, porque la solidaridad, que se hermana con la justicia, va unida a la caridad, a la entrega, a la disponibilidad, a la comprensión, a la cercanía, a la dulzura, a la belleza ... valores todos femeninos46.
Se requiere, hoy más que nunca, una mística femenina, fundada y fundante, donde Jesús no sea “el principe” para débiles cenicientas de la vida. La mística necesita purificarse, quitarse “aureolas” y hacerse presente en los areópagos47, porque lejos de ser monopolio “aislante” ha de ser credencial para el compromiso. La mística de hoy se hermana con la figura de Jesús, Sofía de Dios, muy reclamada por nuestro mundo agitado y es a la vez un contrapunto crítico. Sus obras siguen siendo las obras que hablan: los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan y la invitación a la mesa del Padre es un lenguaje que todo ser humano puede entender48 Jesús, Sabiduría de Dios, se expande más allá del conocimiento y la información. Invita a poner en acción la vida entera y no solo nuestro cerebro; la emoción y los afectos, y no solo nuestra racionalidad; el cuerpo y no solo el alma, invita a impregnar la vida con su perfume y con sus dones. Lo divino y lo humano llegan a tal nexo que no puede darse lo primero sin lo segundo y la integración se traduce en dulzura, y en concordia, y en paz y en amor. Es la mística de la posmodernidad, forjada en la interioridad y que sigue manteniendo la imposibilidad de un conocimiento directo de Dios, mientras afirma que la divinidad no puede ser conocida, pero puede ser vivida.

Mientras reconocemos, y por experiencia, que la falta de preparación cultural puede hacer muy vulnerable la identidad, constatamos que no toda la vida está en los libros ni en títulos académicos y nuestra sensibilidad femenina, a veces sufre un shock similar al que experimentaron las mujeres madrugadoras, cuando la mañana de Pascua llegan a la tumba y en vez de encontrarse con la vida, solo hallan vendas y sudarios... ¡Demasiada envoltura! Pero la VIDA no está allí... Ya ellas habían recogido el grito: ¡sal fuera! Y constataron que Lázaro se encontró con la Vida cuando se liberó de las vendas. Cada mañana vuelven a vivir la misma experiencia49 y al contemplar el sepulcro vacío, huyen porque ellas no pueden vivir en la soledad ni en el vacío del sinsentido.


Las religiosas agustinas estamos llamadas a vivir la mística del evangelio a semejanza de Jesús que no desconectó jamás a Dios del mundo y del hombre. Las aguas del bautismo confirmaron su vida en una búsqueda de lo divino, canalizando su existencia en el compromiso con lo humano. Es todo un paradigma reflejado en Jn. 17.
A partir de ahí, buscando clarificación en el propio proceso vital, las Fundadoras de nuestras congregaciones, comprometidas existencialmente con la vida, nos dejan un itinerario referente para nuestro caminar como mujeres y como agustinas.
Las Agustinas Misioneras tenemos un itinerario similar al de varias de las congregaciones agustinianas, somos –por origen y destino- laicas en una cofradía, luego terciarias, más tarde y progresivamente religiosas –pero con estructura de monjas- al fin, por un reclamo del propio destino que dormita en la propia identidad: somos lo que fuimos en el principio y para eso somos. Identidad y destino han de ir unidos. Porque la identidad es para el destino y este ha de sumergirse en las aguas de la identidad.

Es especialmente providencial la última década del siglo XIX y principios del siglo XX, para la proyección de la identidad de las congregaciones agustinianas femeninas. Excepcional la visión corporativa del P. Eustasio Esteban 50 con la propuesta de formar una federación de nonasterios presididos por una común Superiora General, que con su Consejo, unificara lo que hubiera sido la Orden segunda en la Orden agustiniana, hermanando la identidad, con la estructura y la mística del servicio. La sugerencia no fue aceptada por suficiente número de monasterios, celosos de su autonomía, y tampoco tuvo el apoyo y estímulo de la S.C. de Religiosos. Pero aquella idea impregnó la tendencia a la consolidación de las Federaciones e incluso a la unión de congregaciones llamadas de vida activa, que en muchos casos no fueron más que la adaptada respuesta de varios monasterios a las exigencias apostólicas de la vida moderna.


No podía ser de otro modo, porque la persona que en el camino de la mística ha experimentado la iluminación, se torna contemplativa a impulsos del espíritu. Espíritu que desde la simplicidad de la paloma y el ardor de la caridad produce la evocación septiforme recogida por Isaías: de sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Conforme se vayan asimilando estos dones, aflorarán las actitudes que se expresarán en el lenguaje universal del amor . Así la invocación se transformará en vocación perdurables, el soliloquio en coloquio. María se proyectará en Marta y la persona engendrará comunidad y servicio de sacramentalidad eclesial 51, con una dinámica renovadora que impone:
a) Leer los carismas congregacionales en clave de espiritualidad agustiniana de la que recibe tonalidad y conocer que el acento agustiniano consiste en algo tan apasionante como buscar la verdad, dialogar sobre sus virtualidades y comprometerse a anunciarla personal y comunitariamente.

b) Refrescar una legislación, que es nuestra “utopía familiar”, en una tensión “siempre antigua y siempre nueva” para buscar la voluntad de Dios en el desierto de las perplejidades, con la decisión de “hacer vida pública”, a las iluminaciones recibidas en la contemplación.

c) Centrar el incentivo de la misión evangelizadora analizando el peso que gravita en los signos de los tiempos, como revelación sacramental, que se discierne y se anuncia desde la fraternidad.

d) Aprovechar responsablemente la plataforma educadora, comprometidas con el mundo de la cultura, que necesita primar la centralidad del sujeto como agente y protagonista del progreso de la historia, desde un método agustiniano, para potenciar el conocimiento personal como punto de partida y trascendido hacia Dios, sin quedarse desparramado en el recodo de novedosas teorías.

e) Y ello con creadora originalidad, en “ultramar” o... donde quiera que fuere... Ser MISIONERA hoy significa colaborar con la misión de cristianizar aquellos pueblos a los que no ha llegado la Palabra de Dios y aquellos otros que están en proceso de desertización, donde los fundamentalismos imposibilitan el diálogo o los sincretismos ahogan la trascendencia. Así nos lo recordó, en actualización profética la escrutadora visión, el P. Cesar Vaca, allá por el año 196252.

4.Religiosa Agustina: ¿dónde estás?”53
Gn. 1,28 nos habla de una responsabilidad con la vida y una vida en plenitud; de ahí el primer mandato también dirigido a la mujer: “creced y multiplicaos”. Simultáneamente les fue asignado a los primeros ocupas del Edén un oficio: dar nombre a las cosas54. En la literatura veterotestamentaria dar nombre significa: definir naturaleza y marcar destino. Por eso con el nombre y el oficio, igual que con el fuego, como con la vida, no se juega. De hecho conocemos que el vagabundeo por caminos extraños, cambiar de oficio y de hacer, nos deteriora la cara, daña el perfil y envejece el rostro. Cuando los habitantes del paraíso, se especializan en tejer hojas de higuera, lo cual no era su oficio, llegan, a perder la identidad primera. Aquella infidelidad pudo deberse tanto a distanciamiento del proyecto original como a estancamiento o a involución. Son tres pecados de igual calibre. El paraíso ideal es la propia identidad y esta, si no se cultiva se pierde.
Cuando a la hora del sosiego vuelve Dios a remediar su desnudez, comienza por recordarles su nombre y dignidad, su naturaleza primera.: ¿dónde estás”?
La expresión de la identidad femenina tiene frecuentes y fuertes trabas , desde la adaptación de estructuras hasta la adecuación del lenguaje, porque no es infrecuente tener que expresar contenidos con un lenguaje que no resulta adecuado por estar reconducido con terminología jurídica y conceptual casi preferentemente masculina, y ello hace complicado trasmitir el lenguaje del interior, quedando así enclaustrado el ser, sentir y expresar genuinamente fememino 55.
El mayor pecado es el pecado contra la identidad. Aunque no es una acción concreta, se comete continuamente. Se identifica con una actitud existencial y se transmite y se hereda, como un legado familiar.
Para Vds., los PP. de la Orden, es posible que el enriquecimiento y puesta al día de su identidad, reclame un mirar con fidelidad el origen y nacimiento. Para nosotras la identidad se ha ido configurando sobre la marcha, siempre desde el balbuceo de cada novedad, desconociendo seguridades y asumiendo el riesgo de la provisionalidad.
Leer debidamente la sinfonía de nuestra vida, exige tomar conciencia clara de la clave de nuestro pentagrama, de lo contrario todas las notas, todas nuestras acciones, adquieren cualquier significado. Por eso ninguna aspiración legitima la búsqueda tanto como recuperar el núcleo de la propia identidad y correr tras él incansablemente con esforzada voluntad.
Cuesta detenernos serenamente ante el espejo de nuestro interior, beber de nuestro propio pozo, para asimilar la existencia y el gozo de nuestro mismo ser, tenemos miedo ante la confusión y el ruido, también ante el compromiso que despierta descubrir que lo único que vale es lo de dentro, porque en la metafísica agustiniana el conocimiento propio está predisponiendo al conocimiento de Dios. Y este proceso no puede ser puenteado.
Cuando desistimos de vernos, acogernos y amarnos a nosotras mismas, entonces se nos quiebra la vasija y se nos derrama el vino de la vida. Tierra difícil somos56 , decía san Agustín. Para eso necesitamos aprender a mirar con actitud contemplativa. Leer con sensibilidad admirativa, escuchar desde el silencio expectante, dialogar desde la apertura, escrutar cada acontecimiento, recordando siempre que sólo quien concentra su mirada hacia dentro tiene capacidad para contemplar con objetividad cuanto le rodea.

Cada persona desarrolla, cultiva y se identifica con aquellos valores que reclaman con eco más fácilmente perceptible su identidad. Los valores siempre juegan una función imprescindible en la madurez personal y están sometidos a la convulsión que impone la evolución vivida. En ese marco se expresa nuestra identidad femenina y agustiniana, como seres inacabados y “enigmáticos”: ¿Qué soy, pues, Dios mio? Qué naturaleza soy?57



Somos y seguiremos siendo seres en construcción, o como dice San Agustín ser-en-hechura. Conocer y asumir la identidad, mientras se realiza la peculiar vocación, es la primera ayuda que toda mujer proyecta en su hacer, trabajar y hablar, en el modo de pensar y conocer la realidad, en el modo de relacionarse con los demás y también en la manera de hablar con Dios. Se ha dicho que los valores son asexuados, ni masculinos ni femeninos, pero también es indiscutible que hay una teología diferente: la vista con ojos de mujer.Y ¿no será que Dios Madre y Creador también nos quiere identificadas con nuestro propio ser? Valdrá, pues, para nosotras el lamento de Agustín en la confesión de sus equivocaciones:“Había desertado de mi mismo y no me podía encontrar ¿Cómo te iba a encontrar a ti?” 58
Podemos pensar, por una parte, que el genio –siempre en vuelo -de Agustín se alimentaba únicamente de las ideas sublimes y elevadas, no vedadas para mentes femeninas. Y con la misma facilidad constatamos que su alma se mantuvo siempre anclada en las más inmediatas vivencias humanas, de las que es experta la sensibilidad de la mujer. Estas posiciones paradójicas en apariencia, son reales en el modelo de interiorización agustiniana.
Hoy caminamos con demasiada prisa, no saboreamos el sentido de lo maravilloso, y no caemos en la cuenta de que el mundo se materializa por falta de capacidad para la admiración. El mundo y el universo son una partitura de música eterna, que solo adquiere sonoridad para quien se detenga a leerla. La mujer que oye su nombre en el corazón de Dios, descubre que la vida toda es expresión del Dios que la sustenta. Y percibe que los seres que le rodean, y cuanto acontece desde los avances técnicos, desde la ciencia o desde la cultura, lo entiende no solo como materia apropiable, sino como acercamiento, compañía y diálogo con quien permanentemente lo recrea. Todo está lleno de poesía y belleza, y es pena que no lo percibamos así.
La mujer que habla con Dios, ve en todos los seres cosas “penúltimas”, alfabeto que espera sonorizarse en cada persona, balbuceo y “pio” –como diría Fr. Luis de León, de un ser absoluto y último. La mujer que lee el nombre de las cosas en su corazón, desde el espacio misterioso de su interioridad, dialoga con esas imágenes y huellas de Dios para referirse a su origen y meta en cada momento del horario cotidiano. La mujer que busca a Dios en su interior, cae en la cuenta de que no puede mirar simplemente, porque no puede ser una espectadora indiferente, ni quedarse aparcada al borde de la vida, sino que ha de comprometerse trascendiéndose: vuélvete a ti mismo, y cuando te hubieras encontrado trasciéndete a ti mismo 59. En esta cita encontramos todo un grito existencial, más que un lánguido consejo. Todo lo exterior tiene el fin exclusivo de ser invitación hacia una mayor profundización en la entraña íntima del ser personal. Todo lo externo es una llamada al interior, al descubrimiento propio, porque toda la obra de la creación se desarrolla en el escenario interno, con dos actores: Dios y yo.

Para nosotras, mujeres agustinas, vivir la identidad supone también integrar en nuestra vida el mismo proceso de conversión protagonizado por san Agustín. Ello nos ofrece las etapas de una dinámica a nivel personal, comunitario y corporativo, en continua tensión y trasformación inquieta para captar las variables de ayer, las tendencias de hoy y los horizontes de mañana.


Tenía san Agustín experiencia de hombre peregrino, experiencia de necesidad y experiencia de haber encontrado a Cristo Vida, Verdad y Camino 60. Con esa visión prestada por Agustín, paradigma de inquietudes, protagonizamos la búsqueda en medio de nieblas, pero a pleno día; con el compromiso de clarificar lo que somos, pero en tensión hacia lo que debemos ser; entre diálogos inacabables con nuestro pasado, con nuestro presente y con nuestro porvenir que también adolece de amenazada esperanza. Las congregaciones femeninas agustinianas vivimos hoy la permanente actitud de escucha ante la pregunta que interroga nuestra razón de ser: ¿dónde estás? No para enclaustrarnos en la duda o el sinsentido, sino para purificar el destino.
Tiempos hubo, y no lejanos, en los cuales la Orden Agustiniana, experta en intuiciones y vuelos misioneros, fue el medio que encontraron muchas de las congregaciones nacidas en el s. XIX, para reconocer y responder a la pregunta que engendra respuestas de largo alcance. Un ejemplo: la fundación de las Agustinas Misioneras y los campos donde hemos plantado tienda61. Hoy ahí estamos: invitadas a superar los miedos al abrazarnos a la utopía, los proyectos, la creatividad activa, la vitalidad plena, la sensibilidad maternal en postura de escucha, respeto y acogida, proyectando el agua de nuestro cántaro en el suelo que pisamos, esperando el alumbramiento del beso fruto de la paz y la justicia. En cualquier lugar donde estamos, es nuestra obligación abrir caminos. Como misioneras nunca podremos ir a la zaga, porque no es justo presentar un mensaje de salvación desde fórmulas ingenuas o maneras trasnochadas. Estamos ahí, ad gentes. Nos sentimos urgidas a salir, no solo del propio país, cuanto del propio “suelo”, de la tierra de nuestro encasillamiento, de las miopías ancestrales , de esquemas estereotipados, que suspiran por la renovación que salva y plenifíca.

5. En nuestro cestillo: solo cinco panes y dos peces 62
La mayoría de las congregaciones femeninas agustinianas hemos nacido en esas décadas finales del siglo XIX; uno de los momentos más pobres para la vida religiosa, muy marcada por el rigidismo y la centralización, que dificulta la diferencia entre carisma fundacional, confiado por el Espíritu, y lo que pudiera ser respuesta condicionada y reflejo de la situación política concreta, secuela dejada en Europa por el Enciclopedismo y la Ilustración.
El Papa León XIII publica la “Sapientiae Christianae”, dirigida a una sociedad plagada de errores y que vive una fe amenazada. Las características que hermanan al número sorprendente de Congregaciones agustinianas, surgidas en el s. XIX –aún aceptando las peculiaridades diferenciadoras- coinciden en unas notas que aglutinan la riqueza de la diversidad carismática con la finalidad, en su mayor parte, de responder a las necesidades de la Iglesia desde: la instrucción a la juventud, la propagación de la fe, las obras de misericordia y caridad, y el culto a la Eucaristía.

Cada Congregación se siente vinculada y experimenta agradecida la savia recibida de la familia OSA que la cubre y acoge, mientras reconoce que le es constitutivamente intolerable el estancamiento. Crece entre los impulsos dinámicos de la vida; recoge con agradecimiento el pasado y necesita abrirse con intrepidez hacia el futuro, mientras tiene como obligada referencia una tradición y como tarea buscar apasionadamente la verdad.


El talante agustiniano a nosotras nos viene de familia. Tenemos conciencia de que tal y como nuestra historia nos ha ido configurando, nos introduce en la Orden que responde a la Regla y espiritualidad de San Agustín.

Es cierto que en muchas de estas congregaciones femeninas la responsabilidad con la misión ha precedido a la consciencia del talante. Pero no les ha preocupado demasiado, al menos en principio, si eran primero”misioneras” y luego “agustinas” o a la inversa. Tampoco se cuestionaban sobre si el soliloquio precede al coloquio que lleva a la confesión desde la contemplación, o si es antes la memoria Dei que la memoria sui, o si el hombre es quien remite a Dios o Dios quien reverbera en el hombre intermitentemente. No les preocupan esas disquisiteces. Lo verdaderamente decisivo para ellas es un sano equilibrio entre acción y contemplación63. Sin condenar a Marta buscan establecer un orden y priorizar el anuncio de la Buena Noticia. Al fin cuando Jesús llega a Betania, no va solo a “repostar”; no exclusivamente busca algo de comer, sino que pretende, y ante todo, darse El mismo como alimento y llenar el corazón de quien sepa comprender el sentido de su presencia64.


Por trayectoria existencial vivimos primero la vocación como llamada personal, pero para nosotras, agustinas, desde el inicio, la vocación se torna con-vocación, incluyendo como elemento constitutivo el testimonio. Es desde nuestras comunidades como las expresiones son más fiables, teniendo como primordial labor el propter quod, para actualizar el carisma heredado, en misiones concretas y lugares preferentes: educación y promoción en ambientes más necesitados. En continuidad con la actividad iniciada en el monasterio femenino de Tagaste, fue y ha sido la educación el común quehacer de las monjas agustinas, siempre asumido corporativamente por la comunidad e incorporado al texto de constituciones como misión preferente y como expresión del fin prioritario de “la propia santificación” 65.
Al definir y actualizar este perfil agustiniano, contamos en nuestra trayectoria con referentes enriquecedores desde los conventos-monasterios de Hipona, dedicados a la educación de las niñas huérfanas. Más cercano a nosotras, porque nos queda al alcance de la mano, están los numerosos grupos fundacionales de nuestras familias quienes, sin muchos cursillos previos de pedagogía, pastoral, misionología... y con la preparación más elemental, nos sorprenden con la práctica de una entrega tan sólida como actualizada a juzgar por las empresas que realizaron. Estas congregaciones agustinianas surgidas en el s. XIX 66 son muestra de la rica dinamicidad compartida con la Orden.
Los monasterios, conventos y beaterios vivieron inicialmente la identidad con tanta intensidad como lo fue el grado de su vitalidad. Y así profesaron y forjaron su continuidad acompasadas por la fidelidad a las tradiciones que dan sabiduría, estimulan y determinan. Pero la historia de las congregaciones agustinianas se desenvuelve hoy con dialéctica y ritmos diferentes. Tienen, evidentemente, una trayectoria más rectilínea. Al pesarles menos el pasado están más necesitadas de acentuar la capacidad para las perspectivas, urgidas por el deber de conjugar el estímulo con el riesgo. Necesitamos tanto de anuncio profético como de recuento histórico, más de intuición que de conservadurismo.
Las evocaciones pocas y seleccionadas, solo aquellas que sirvan para alimentar la búsqueda y la inquietud. Limitarse a recordar lo sucedido es mero comportamiento penitente. Embelesarse en fulgores ya idos es camuflada impotencia. Lo que verdaderamente nos importa, no es lo que hemos sido o hecho, sino lo que debemos y vamos a hacer, lo que ofrecemos en prospectiva. El ideal siempre invita, reclama y convoca. Cuando no es así y carece de atractivo estimulante es porque no sirve para la vida o porque se presenta indebidamente.
Nuestras fundadoras captaron la actitud de Jesús, quien aún mirando la ley con agradecimiento, jamás se dejó apresar por ella y la liberó de enrollarse en misma. Cuando nos entretengamos en ello, el síntoma del cansancio es manifiesto. Sin urgencias el espíritu dormita, empalaga la estructura y la ley se institucionaliza.
A cada congregación se nos ha confiado el cultivo de una parcela en este mundo caótico y desordenado, para asemejarlo al diseño del paraíso primero. Somos enviadas así a rostros muy concretos de nuestro hoy y a quienes hemos de invitar a participar de la mesa familiar. Ya estamos prevenidas ante la interacción vocación-vida, para que nuestra identidad no se vea afectada en su mismo fundamento, supere el anonimato, personal y corporativo y se manifieste y crezca como árbol de vida que dirige las raíces hacia el cielo y extiende las ramas por el universo.
Inmersas en la cultura de la resistencia, ahí precisamente proyectaremos la maternal intuición, para alumbrar nuevas formas capaces de dialogar con la modernidad, que nos va a reclamar las notas de nuestro rostro como agustinas: Se nos pide una oferta de contraste , de choque, de provocación capaz de sorprender... porque estamos llamadas a alterar nuestro hoy renovándolo, transformándolo, liberándolo. En Mónica, la madre de Agustín, encontramos el modelo para una metodología que entiende como imprescindible respetar ritmos, admitir silencios, motivar diálogo, hasta que sin palabras, cuando Dios quiera, sea acogido el mensaje de la Palabra, que, modelo de inculturación, se hace Palabra Nueva67; se “adapta” al ritmo del tiempo; no admite el nerviosismo ni las precipitaciones; tampoco soporta los esquemas prefabricados a distancia. Pide paciencia y lentitud, a veces perpetuidad preferida a las intermitencias de modernos voluntariados...
El título de esta comunicación pedía algo sobre la realidad de nuestra presencia en la Orden. También va unido a nuestra realidad el temor que tenemos de no acertar a encarnar, con suficiente lucidez y entusiasmo contagiantes, esta espiritualidad heredada que esperanzadamente consideramos de incuestionable actualidad. Y con pobreza o humildad, con obediencia o atención orante, con castidad o servicio profético, tomamos en las manos nuestro proyecto común de vida y confrontado en discernimiento, ante los valores de los signos de los tiempos, nos asaltan algunos temores. Tememos los monólogos e iluminaciones no compartidas o los diálogos sin clima de caridad, que es como decir palabras vacías de contenido y “cristos” sin voluntad de evangelizar. Toda persona clausurada en su interioridad, profana con egoismo el amor. La paz recibida y no difundida genera nerviosismo neurotizante. Es como negar que Dios es nuestro Padre y Cristo nuestro hermano. Una contradicción. Pero si el soliloquio asciende al diálogo, se hace comunidad incontenidamente. Y si la búsqueda dinamiza la concordia, es porque la iluminación ha comenzado a alumbrar encarnaciones68. Con todo, tendremos que aguzar la vista, buscar con esperanza constante, desafiando el sofoco de las arideces, irrigadas por el rocío y suspirando incesantemente por la fuente69 .

Tentador es entretenernos en los pasos del itinerario filosófico que sigue Agustín durante su andadura dialogante con el mundo de dentro y de fuera. El suyo es un proceso zizagueante, plagado de intensos contrastes, jamás en sosiego y siempre en tensión.


Varias son las Fundadoras de congregaciones en nuestra familia que reflejan “virus” de esa itinerancia agustiniana70. La vida de estas mujeres, como la de otras tantas agustinas, tiene más de vagabundeo que de apacible serenidad en la tienda que perdura; su vida fue un nomadismo constante como constante ha de ser la crisis y tensión que define nuestra vocación al ser en plenitud, como criaturas, como mujeres y como agustinas.
Aquellas HH. llegaron a la misión con una pobreza ejemplar, porque más que carencia y limitación es riqueza, apertura y libertad para captar lo nuevo. Libres de seguridades y autosuficiencia, tenían campo abierto para el intercambio y la proximidad. Podían hablar de tú a tú con las personas que encontraban. Aprendiendo a descubrir qué necesita cada pueblo: al conocer la vergonzante injusticia en América, el gritante subdesarrollo de África, la desertizante sed de Europa, la originalidad misteriosa de Asia...
Dijimos que la identidad acabada es la más cómoda, pero la identidad realmente agustiniana es la identidad abierta, esa que nos mantiene siempre como ser-en-hechura. Para determinar cual sea nuestro aporte hoy no tenemos más respuesta que la experiencia de nuestro itinerario, porque lo humano, sigue siendo cuestión abierta. Nuestro don es un entramado de don y de conquista, de gratuidad y de tarea, siempre en relación dialéctica y casi nunca en equilibrio. Lo difícil no es definir nuestro compromiso y donación; lo complejo y comprometido es mantenerlo, que significa tanto como actualizarlo. Cada cual es lo que le ha sido dado, lo que le han dejado y permitido ser, lo que ha hecho de sí.
Nosotras, tras un viaje en noche oscura, aportamos desde el humilde cestillo de nuestro interior las provisiones que hemos hecho vida en el camino: son nuestros panes y peces:

  • Sin esquemas filosóficos, pero ante constataciones más existenciales que académicas, encontramos en el proceso de nuestras fundadoras, que es la interioridad, nuestra dimensión angular, cátedra propicia y privilegiada para la escucha de la verdad, donde Dios se nos desvela y nos revela su voz.

  • Repasando las características de las congregaciónes agustinianas concluímos que cuando el Espíritu encendió la hoguera de cada una de estas familias, lo hizo para inaugurar proyectos y abrir horizontes. Y en fidelidad la interioridad lleva connotaciones de disponibilidad y deseos de superación. Una disponibilidad que se aleja de la angustia y es andadura y encuentro. Capacidad para nuevas encarnaciones. Activa participación en la historia. Inconcebible es una agustina sin inquietud intelectual comprometiéndonos en el análisis del presente,71 o sin inquietud espiritual que nos lleva a ponernos de puntillas ante los cambios permanentes, para vislumbrar las tendencias y valores72. Ningún esfuerzo más productivo y esperanzador que el empleado en imaginar el porvenir con femenina intuición y disposición orante.

  • Caminamos así siempre en búsqueda, como quien se detiene pero “no planta tienda”. Sin absolutizar los encuentros y descubriendo que las soluciones, por su relatividad histórica, nunca pueden ser fijistas. Por eso hemos de incluír en nuestro camino, tiempo para la escucha de las ideologías, de las religiones, de la política, de la cultura, de las opiniones que nos rodean, de las necesidades de los hombres, hasta llegar a una capacidad adulta en el escuchar para comprometernos con heroico empeño en las respuestas necesarias.

Estas son “nuestras labores” y en el quehacer hemos de comprometer la vida con el corazón en ascuas. En mi familia nos ha quedado una completa síntesis de estos “deberes” en el logotipo que hemos heredado de la OSA: mente y voluntad, o libro y corazón unidos a fuego.

El Prólogo de las primeras Consts., aprobadas el año 1890 para la Congregación de agustinas Misioneras, y para que no descuidemos por olvido su observancia, nos invita a concluir que la fibra filosófica y existencial, como agustinas, es buscar y dialogar en el encuentro, para lanzarnos después con más corazón y genio movidos a la luz de un único impulso: conocimiento y corazón.

Poco importa nuestro irrelevante pasado. Ya hemos visto que las mujeres del A.T. no cuentan, a penas si son simples incubadoras, no llegan ni a madres de alquiler 73, pero ellas están como impulso, fuerza y sentido en toda una letanía de generaciones hasta concluir que Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Mesias, a quien siguen las mujeres del N. T. Y en ellas encontrará Jesús consuelo, amistad, cercanía, compasión y fidelidad porque ellas le sirven y le siguen, perciben y aprenden, entienden y llegan al máximo grado de compasión, que es la compasión efectiva.74 Después de Pascua, serán estas mujeres, depositarias del mensaje, quienes madrugan y ungen su cuerpo en: “ los infelices que carecen del bálsamo del consuelo”, “los seres que más lo necesitan, como son los niños”,“los miles de millones de niñas que hambrientas del pan de la fe y de la verdad no tienen quien se lo distribuya”,”los seres inocentes que como delicadas flores están expuestos a perecer...” 75.


El texto de 1970, en nuestra congregación de A.M., repetirá la enumeración en tanta fidelidad a la tradición como sensibilidad a la historia: los hambrientos de pan, de fe y de verdad; los que tiene dificultado el acceso a la religión y a la cultura; los engañados y manipulados por errores y mentiras; los inocentes; los débiles; los niños víctima de una paternidad no responsable y a quienes la marginación adiestra para la golfería; la infancia y adolescencia, cuya educación está siendo asfixiada por una sociedad de consumo; la joven universitaria que ha hipotecado su dignidad, libertad y felicidad; el anciano y el enfermo apurando la existencia desde la total necesidad y dependencia; el emigrante zarandeado por el vaivén y desarraigo en interminables peregrinaciones... y una lista sin nombre que nos sorprende en cada recodo de nuestra andadura...76.
Y en el “aporte” la patente de nuestra identidad, con la responsabilidad propia de la semilla que sabe cómo transformarse en árbol absorbiendo los jugos que la sustentan77:


  • Como mujeres vivir la jornada con talante de aventura al hacer de la existencia un regazo de cariño y ternura, a imitación de la Madre del Buen Consejo, a quien invocamos como Madre, modelo de mujer contemplativa, que ofrece el don encontrado y del que ha hecho su tesoro.

  • Como cristianas sentir a la Iglesia como Madre, y a ella entregarnos como hijas, con la encendida pasión que lo hiciera Agustín.

  • Como mujeres cristianas consagradas a Cristo pobre, obediente y casto,

hacer de su Evangelio la norma suprema de nuestra vida, leído en perspectiva

histórica al compartir con gozo el don que hemos recibido y testimoniar que es



Cristo nuestra opción y su misión nuestra tarea.

- Como agustinas, cultivar: la interioridad, búsqueda de Dios, vida comunitaria y

servicio a la Iglesia con fidelidad a los signos que la OSA nos dio como

logotipo: libro, corazón y fuego y con ellos sumergirnos en los mares infinitos

de la niñez y juventud para ilustrar sus mentes y formar sus corazones en la



cátedra del amor.

- Como agustinas de hoy convertir en hogar nuestra misión y en fraternidad cuanto

toquemos.




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