La Estética filosófica Introducción



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La Estética filosófica
Introducción
La utilidad y la eficacia no son los únicos móviles de la acción humana. El ser hu­mano está tan necesitado de útiles y herra­mientas eficaces como de acciones y objetos que, a pesar de su inutilidad, enriquezcan y den sentido a la propia existencia. La acción bella es, precisamente, este tipo de actividad que, desde los albores de la humanidad, ha logrado saciar esta ansia de expresión y sentido. La Es­tética, a su vez, es la disciplina que se ha cen­trado en estas cuestiones y, sobre todo, ha reflexionado acerca de la belleza y el arte.
1. La Estética
La belleza y el arte han interesado al ser humano desde que éste tiene historia; sin embargo, ¿qué relación tienen el arte y la belleza con la filosofía? Desde el nacimiento de la filosofía en la antigua Grecia, los filósofos se han interesado por la belleza y, en consecuencia, también por el arte. Ya Platón consideraba que la contemplación de la belleza era uno de los caminos para acceder al verdadero conocimiento. Según este filósofo, la belleza atrae al ser humano y le lleva a ascender desde lo terreno y efímero hasta la auténtica y elevada realidad, y, de esta manera, se hace «propiamente amigo de Dios e inmortal, si puede serlo el hombre mortal».
Advertimos pues, que existe desde antiguo un interés filosófico en torno al arte y a la belleza; por ello, no es disparatado considerar que la reflexión filosófi­ca por la belleza, es decir, lo que tradicionalmente llamamos Estética, es tan antigua como la filosofía misma.
Lo primero que debemos averiguar al comenzar a hablar de la estética es qué queremos decir con este término, teniendo en cuenta que todos y todas conocemos, al menos, un “uso vulgar o cotidiano” de esta palabra, tan abundante en nuestro entorno cultural. Si tomamos como referencia los usos cotidianos parece que "la estética" o "lo estético" aluden a todo aquello relacionado con la apariencia externa de las personas o las cosas, tomando siempre como referente un ideal determinado de belleza; por eso, decimos de alguien que "cuida mucho la estética" o de un edificio que "es antiestético”, y siempre usamos esta palabra para emitir un juicio sobre algo que nos gusta, nos agrada, nos parece bueno o, por el contrario, nos disgusta, desagrada u ofende.
Pero la Estética también es una rama de la Filosofía que se ocupa de analizar problemas relacionados con el arte, la belleza y las experiencias que se producen al contemplar determinadas manifestaciones o expresiones artísticas.
El término "estética" fue introducido por vez primera en 1750, cuando el filósofo alemán Baumgarten lo utilizó para denominar a la supuesta ciencia del conocimiento sensorial cuyo objeto era la belleza, en oposición a la Lógica, que se ocupaba de la cuestión de la verdad. A partir de entonces, esa denominación se ha ido generalizando para pasar, posteriormente, a designar a aquella disciplina filosófica que reflexiona sobre el arte y la belleza.
Tradicionalmente se han identificado arte y estética con belleza, pero el campo de la Estética es mucho más amplio y no sólo abarca los objetos o circunstancias supuestamente bellos sino también aquellas que, no siendo bellas, son susceptibles de ser juzgadas estéticamente, como por ejemplo, la contemplación de un desastre natural, que no siendo bello, puede despertar en nosotros y nosotras sentimientos estéticos (de asombro, terror o admiración).
2. La experiencia estética
La Estética es considerada, en la actualidad, una rama de la filosofía que estudia un tipo especial de expe­riencia que ciertos objetos logran suscitar. Estos objetos capa­ces de despertar experiencias estéticas en nosotros reciben el nombre de objetos estéticos. Se considera que éstos pueden ser de dos tipos:

  • Objeto artístico: creado artificialmente por el ser humano con la intención de suscitar una experiencia estética. Son ob­jetos de este tipo: una pintura, una sinfonía o una represen­tación teatral.

  • Objeto natural: no es una creación humana. Está ahí y el ser humano se lo encuentra. Pueden ser objetos de este tipo: una flor, una concentración de nubes sobre el mar o un cuerpo bello.

De todos modos, sea cual fuere su naturaleza, lo que tienen en común ambas clases de objetos es el sentimiento que nos producen: estos objetos nos afectan de forma distinta de como lo hacen los demás objetos prosai­cos que nos rodean.

Habitualmente, se considera la experiencia estética un goce o placer agradable para los sentidos. Pero, es indudable que no pue­de limitarse a esto, pues, sin ser estéticos, también son agradables a los sentidos un baño caliente o un bocadillo apetitoso. Pero, mientras que un baño caliente o un bocadillo apetitoso provo­can sensaciones físicas inmediatas, los objetos estéticos van más allá. En el goce estético, hay una dimensión emocional e intelectual que no surge automáticamente por el simple hecho de colocarnos ante un ob­jeto estético. En determinadas ocasiones, pero no siempre, contem­plar una obra de arte o un paisaje produce en nosotros/as una expe­riencia especial que nos resulta difícil comunicar y que supera la simple satisfacción de los sentidos. Por todo ello, po­demos afirmar que, aunque en la experiencia estética se da cierto gra­do de goce sensitivo, no se puede identificar con él por completo.



3. La actitud estética
La experiencia estética es una emoción que ciertos objetos nos pueden provocar, pero sólo si nos acercamos a ellos de una determinada forma. Sólo una actitud desinteresada puede proporcionarnos el placel característico de la experiencia estética. Pero ¿en qué consiste? ¿Supone un acercamiento indiferente y pasivo al objeto estético? No. Cuando se habla de una actitud desinteresada, no utilizamos el término interés « en su acepción positiva, como atención e inclinación entusiasta hacia algo, sino en la negativa, entendiendo interés como provecho o utilidad de algo. Así, en este sentido, tener una actitud interesada supone acercarnos a algo fijándonos en la utilidad y en el beneficio que podemos extraer, mientras que mantener una actitud desinteresada significa apartar esta finalidad utilitarista. En otras palabras, aproximarnos al objeto estético sin convertirlo en un medio o instrumento para nuestro provecho, sino respetándolo como a un fin en sí mismo.
De esta forma debemos acercarnos a las obras de arte y a la naturaleza si queremos gozar de una verdadera experiencia estética En cambio, debemos evitar actitudes que, sin ser propia estéticas, a menudo acompañan la contemplación artística y natural. Esas actitudes son entre otras:


  • Actitud cognoscitiva. Es propia de quien se acerca a algo con la intención de aprender y ampliar sus conocimientos. Por ejemplo una geóloga que analiza el Cañon del Colorado para determinar la evolución geológica del mismo o el antropólogo que estudia la cerámica de una comunidad determinada para conocer mejor sus costumbres. En ambos casos se mantiene una actitud cognoscitiva. Ésta no es en sí misma negativa. Sin embargo, si lo que se busca es disfrutar estéticamente de algo, debe evitarse este tipo de actitud: Disfrutar de una experiencia estética no es posible a no ser que nos acerquemos de forma pura y desinteresada a las creaciones naturales y artísticas.




  • Actitud decorativista. Es la que mantiene quien valora un objeto estético sólo por la función y utilidad decorativa que puede proporcionar. Mantiene una actitud de este tipo quien compra un cuadro porque el estilo y los colores combinan perfectamente con los colores y la tapicería del sofá. Es patente que esta actitud no permite gozar de las obras en toda su magnitud.




  • Actitud crematística. La mantiene quien se acerca a algo movido/a exclusivamente por un interés económico y especulativo. Esta actitud es propia de quien compra una pintura o una escultura como inversión de la que espera obtener un gran beneficio económico o social. Esta actitud, la más alejada de la estrictamente estética, está desgraciadamente muy extendida en la actualidad.


4. La belleza
A pesar del interés casi universal, que provoca la belleza, ésta se mantiene inaprensible intelectualmente, no solo por la variedad de los objetos que la sustentan, sino por la diversidad de las opiniones que suscita. No nos cuesta opinar sobre la belleza o la fealdad de lo que nos rodea. Sin embargo parece que existe cierta incapacidad para definir en qué consiste la belleza. Definirla tendrá que ser algo así como abstraer lo que tienen en común todas las cosas que consideramos bellas. Pero no resulta fácil. Una simple prueba bastará para mostrarlo, nos preguntamos qué tienen en común una puesta de sol, una persona, una voz melodiosa, una casa, Las meninas de Velázquez...Aunque todos/as podamos estar de acuerdo en calificar como bellos estos, posiblemente a la hora de decir por qué, habrá tantas opiniones como personas opinando. Así ha ocurrido tradicionalmente en el ámbito de la filosofía: se han sucedido tantas definiciones y concepciones como pensadores.
No obstante, es posible destacar un aspecto con el que a menudo se la ha identificado. Para muchos autores, la belleza es aquello que resuIta agradable a los sentidos y que, por tanto, causa placer.

Aunque esto sea cierto, como definición resulta insuficiente. Todo lo que consideramos bello (una sinfonía, el mar en calma, un rostro) es indudablemente agradable, pero hay muchas cosas (una buena ensalada, un masaje) que son agradables y que no consideramos bellos. Por eso, aunque el placer acompañe a la belleza, no se puede identificar exclusivamente con ella.


Otro problema de esta definición es la cuestión de si la belleza es una cualidad del objeto o una emoción que éste suscita en el sujeto. Cada una de estas ideas se enmarca en una postura distinta:


  • Postura objetivista. La belleza es una cualidad del objeto que lo­gra provocar una determinada emoción en el sujeto que lo contem­pla. Por lo tanto, todos sentimos lo mismo y tenemos que estar de acuerdo al valorar la belleza del objeto.

  • Postura subjetivista. La belleza está en la mente del sujeto porque es la emoción que siente ante ciertos objetos. Por lo tanto, la be­lleza no es algo objetivo sobre lo que tengamos que estar todos de acuerdo, sino que depende de cada espectador.

Estas dificultades han llevado a muchos autores a cuestionar la posibilidad de una definición. Sin embargo, por justificado que esté el escepticismo estético, partiremos de la base de que belleza es sinónimo de valor estético; es decir, bello es aquello que puede suscitar en el sujeto una experiencia estética.

Sea cual fuere la razón por la que calificamos como bello un objeto hay cinco teorías que se han ofrecido para definir la belleza. Son las siguientes:
1) La belleza considerada como lo bueno.
Esta teoría ha sido defendida, sobre todo, por Platón y los platónicos. Consiste en afirmar que lo bello es una manifestación del bien, un camino para acceder al conocimiento de la idea suprema que es la idea del Bien. ¿Cómo se traduce esto a las obras de arte? Para Platón las artes pueden encarnar, en diversos grados, la cualidad de la belleza en la medida en que se aproximen más o menos a la belleza ideal. Pero, ¿qué condiciones se requieren para que la belleza se encarne en un objeto? Sobre todo, que resulte agradable a través de los sentidos del oído y la vista y, también, que guarde proporción y armonía entre las partes. Esas cualidades hacen del objeto bello un bien, algo valioso que nos acerca al conocimiento de la idea de Bien. La teoría platónica sobre la belleza está subordinada a su teoría de las ideas y por eso, supedita lo bello a lo bueno. En realidad, afirma que las obras de arte nos parecen bellas cuando entendemos que son buenas para algo, porque producen agrado, porque conducen a un nuevo conocimiento o porque sirven para la educación del individuo, como puede ocurrir con la música o la poesía. En cada caso, lo que hace bello a algo es la consideración de su bondad, del beneficio que supone para nosotros/as.
2) La belleza considerada como lo verdadero.
La teoría que concibe lo bello como lo verdadero tiene su máximo auge en la época del Romanticismo (SXIX) y, también, está relacionada con una visión intelectualista de la estética, puesto que se interpreta que, si el arte es una forma de conocimiento, ha de ser capaz de expresar conocimiento verdadero. Por ejemplo, si una estatua ofrece una visión realista de su modelo, la consideraremos bella.
3) La belleza considerada como simetría y armonía.

Esta teoría fue expuesta, por vez primera, por Aristóteles. Según él, la belleza consistiría en la ordenación interna de una obra de arte; por ejemplo, si estamos ante un edificio, la belleza dependería de que sus partes estuvieran conjuntadas de forme: armónica, agradable a la vista y formando un todo proporcionado. Dicha teoría fue aceptada y defendida, posteriormente, por los estoicos, en la época helenística, y por los escolásticos, en la Edad Media. Para los primeros, la belleza los objetos tenía mucho que ver con la belleza del alma, de acuerdo con su concepción general de la concordancia entre todos los elementos del universo. Si la belleza del alma residía en la armonía entre sus partes, tesis muy aceptada en el pensamiento griego, también la belleza de las cosas, en general, y del arte, en particular, debía consistir en la unión y coherencia entre todos los elementos que las forman. Esta teoría de origen aristotélico, como gran parte de las suyas, perdura hasta nuestros días, ya que, en general, se interpreta que algo bello ha de ser necesariamente proporcionado, armonioso, equilibrado, etc. Por ejemplo, una estatua, a menudo, se percibe como bella porque sus extremidades están proporcionadas y guardan una armonía con el conjunto; una sinfonía porque las notas musicales forman acordes ordenados y melódicos, etc.


4) La belleza considerada como representación perfecta de lo sensible.
Ésta es una teoría que nace con el surgimiento de la Estética propiamente dicha, con Baumgarten, para quien lo estético representaba una parcela de conocimiento senso­rial, inferior al intelectual por ser sensible, pero superior a la experiencia de los senti­dos por representarlo de un modo más perfecto.
La belleza se manifiesta y se específica, según Baumgarten, a través de la concor­dancia de tres elementos: pensamientos, sentidos y símbolos. Los pensamientos son capaces de reunir bajo un sólo aspecto la multiplicidad de datos ofrecidos por los sentidos, haciendo concordar lo intelectual con lo sensible representado a través de los signos y símbolos utilizados para esa representación. Según este autor, la belleza de un cuadro reside en la coordinación entre los pensamientos que causa en mí, la realidad sensible que representa y los medios que utiliza para esa representación; lo que consi­gue así, es hacer la representación sensible más perfecta que la realidad sensible misma: el cuadro es más perfecto que el paisaje que representa.
Esta teoría ha sido compartida por los empiristas ingleses, corno por ejemplo Hume o Burke, quienes veían la belleza como el mundo de lo sensible expresado del modo más excelente y superior; el ser humano, al percibir esa representación, experimenta una pro­funda sensación de agrado y de placer. Ese efecto placentero es lo que, más tarde, Kant destacaría como específico del juicio estético en general, y del juicio de lo bello en particular. Para Kant, lo bello se define, de hecho, como una representación sensible que produce un placer inmediato libre de toda consideración teórica. En la doctrina kantiana, el concepto de belleza quedó reconocido como poseedor de una esfera específica, de manera que se constituía por sí mismo como un valor. No tenía por qué reducirse a otros valores como lo bueno o lo verdadero, sino que, por sí mismo, constituía una clase distintiva de actividad humana: la del sentimiento.
Esta concepción teórica de lo bello está bastante alejada de aquellas que consideran a las obras de arte como representaciones conceptuales o intelectuales, puesto que ahora lo bello es, simplemente, algo que percibimos como una experiencia sensible que nos agrada de forma casi instantánea. Es precisamente el placer sensible que ex­perimentamos ante una obra de arte, el que hace que la llamemos bella; en este caso, lo bello es un sentimiento de agrado. Al margen de los cánones de belleza* que puedan existir en cada momento, todos/as poseemos nuestra propia idea de la belleza que, a menudo, no sabremos conceptualizar, pero que reconoceremos por el sentimiento de agrado y de placer que produce en noso­tros/as. Tradicionalmente, llamamos bello a lo que nos gusta y feo a lo que nos desagrada, sin pararnos a tomar en cuenta otro tipo de consideraciones como el orden, la temática, la coordinación, etc.

5) La belleza considerada como lo útil.


Por último, mencionamos la teoría que considera que algo es percibido como bello cuando entendemos que es útil. Fue defendida en la época antigua siendo uno de sus máximos representantes D. Hume, para quien existe una conexión especial entre belleza y utilidad: el confort de una casa, la fertilidad de un campo o la duración y resistencia de un mueble, son los rasgos que conforman su belleza.


5. Clases de belleza
Una primera clasificación que podemos hacer respecto a la belleza se basa en el tipo de objeto que la suscita. Así, igual que existen dos ti­pos de objetos estéticos (objeto natural y objeto artístico), existen, tam­bién, dos clases de belleza:


  • Belleza natural. Es la que suscitan los objetos naturales. Poseen este tipo de belleza una flor, un rostro, un paisaje,..

  • Belleza artística. Es la que suscitan las creaciones artificiales del ser humano; es decir, las obras de arte. Así, poseen este tipo de be­lleza una pintura, una sinfonía o un soneto.

La relación entre estas dos clases de belleza ha variado a lo largo del tiempo. Mientras la concepción estética fue naturalista y mimética (en muchas culturas se ha considera­do el arte una copia de la naturaleza), la belleza artística se hizo de­pender de la belleza natural. Entonces, se consideraba que el arte era bello en la medida en que lograba reproducir la armonía y perfección de tos objetos naturales. En la Modernidad, en cambio, se da un proceso de independización del arte respecto a la naturaleza. El arte deja de con­cebirse como espejo de la realidad y pasa a verse como una manifes­tación de la libertad y la creatividad humanas, que no está estéticamente obligada a respetar las leyes de la naturaleza. Por ello, la belleza artís­tica deja de valorarse según criterios naturalistas y adquiere importan­cia y sentido en sí misma.


Kant establece otra división o clasificación de la belleza. El tipo de belleza no depende tanto del objeto que la suscita, sino de aquello que lo hace bello. Kant distingue entre:


  • Belleza adherente. Es la que posee un objeto en función de la idea que tenemos de cómo debe ser ese objeto. No es, por tanto, una belleza pura, sino que depende de una finalidad o función que se le atribuye. Así, un edificio o un mueble antiguo sólo pueden ser bellos si se adecuan a nuestra idea de lo que debe ser un mueble o un edificio.

  • Belleza libre. Es la que posee un objeto en sí mismo, sin depender de ninguna idea o finalidad a la que deba adaptarse. Es una belleza pura, porque no tenemos ninguna idea preconcebida de cómo debiera ser ese objeto. Así, una flor, una cenefa o una melodía son bellas, precisamente porque no responden a ninguna utilidad.


6. Belleza y fealdad
Definir en qué consiste la fealdad representa tantas dificultades como definir en qué consiste la belleza, puesto que tradicionalmente se ha identificado lo feo con la negación de lo bello. Habitualmente se considera feo todo aquello en lo que se da una disminución o ausencia total de belleza. Esta oposición a la belleza puede entenderse a un doble nivel: por un lado, formal y, por otro, material. Formalmente, la fealdad consiste en la deformación y la desfiguración; en cambio, en lo que se refiere a la materia o el contenido, la fealdad se asocia a lo éticamente negativo, es decir, a la maldad, la depravación, lo criminal...
Esto se debe a que muchos autores, a lo largo de la tradición occi­dental, han querido ver dos ámbitos estéticos y éticos encontrados: el claro y puro ámbito de la belleza y la bondad, y el oscuro y deprava­do ámbito de la fealdad y la maldad.
7. El arte
La palabra arte procede etimológicamente del término latino “ars”. Éste, a su vez, es el correlato del vocablo griego “techné”, que de­nominaba cierta habilidad o capacidad para hacer algo eficazmente.

Como muestra la etimología, en la Antigüedad, y durante mucho tiem­po después, el arte se consideró la pericia y habilidad en la producción de algo. En este sentido, para un griego o un romano, lo que hacía el poe­ta y lo que hacía el carpintero constituían el mismo tipo de actividad. Para los antiguos, en ambos casos se trataba de producir algo (un poema o una silla, por ejemplo), gracias a ciertos conocimientos y siguiendo cier­tas normas. Quien dominaba estos conocimientos y hábitos era un ar­tista o técnico (indistintamente), y lo que hacía o producía era arte. En la Modernidad, en cambio, empieza a producirse una escisión en este ám­bito único y comienza a distinguirse entre artesanía (lo que hace el técnico/a o artesano/a) y bellas artes (lo que hace el/a artista).


Esta distinción surge de la observación de que entre la actividad del/a carpintero/a y la actividad del/a poeta existen ciertas diferencias. Aun­que tengan algo en común: en ambos casos se produce alguna cosa (una silla o un poema), entre el arte y la artesanía exis­ten también diferencias importantes. Por ejemplo, en la actividad del/a carpintero/a lo que prima es la función a la que se destinará ese objeto, es decir, lo más im­portante es su utilidad: una silla sobre todo ha de ser­vir para sentarse. En la actividad de la poeta y del es­cultor, en cambio, la utilidad ocupa un lugar marginal: lo central es proporcionar belleza o causar cierta ex­periencia estética superior. Además de esta diferencia pueden destacarse otros aspectos que permiten se­parar claramente el arte de la artesanía. Por esta razón, en la Edad Moderna se habla de dos tipos de acciones: acción téc­nica (artesanía) y acción bella (arte). Sin embargo, a causa de determinados factores, como el auge del di­seño, la introducción de nuevas técnicas de producción y reproducción artística o la aparición de ciertas ten­dencias, esta distinción tan clara en el pasado parece tambalearse en la actualidad.
Entre el arte y la artesanía hay las siguientes diferencias:


Artesanía

Arte

Se basa en la aplicación de ciertos conocimientos y habilidades

Aunque requiere conocimientos y habilidades, también intervienen la imaginación y la creatividad

Es muy importante la experiencia y la tradición

Es muy importante la originalidad

Su producto debe adaptarse a una función y finalidad. Debe ser útil.

Su producto es autónomo, no se adapta a ninguna función y puede ser inútil.

Su producto no es único, sino que a menudo es fruto de la repetición

Su producto es único e irrepetible

Es una obra anónima

Es una obra de autor

Aunque puede resultar más o menos claro distinguir entre arte y arte­sanía, no es tan sencillo, en cambio, definir de forma precisa en qué con­siste exactamente el arte. Esta actividad, que no se reduce a la aplicación de ciertas reglas, es lo que intentan definir el/a filósofo/a del arte, el/a esteta, e incluso, a veces, el/a artista. Una de las principales dificultades con las que se hallan es la plu­ralidad de artes que existen. Una definición válida de arte debería explicitar lo que tienen en común la pintura, la escultura, la poesía, la no­vela, el cine, la fotografía, la música, el teatro... Y, además, debería ser lo suficientemente restringida para no incluir nada de lo que no conside­ramos arte. Precisamente, esto es lo que resulta tan complicado. Tanto que algunos pensadores han dudado de la posibilidad de llevarlo a cabo. Un grupo de filósofos, siguiendo a Wittgenstein, ha señalado que entre estas actividades tan diversas (pintar, esculpir, componer música, inter­pretar...) existe un cierto aire de familia que nos hace considerarlas actividades emparentadas, es decir, del mismo tipo (actividades artísti­cas). Sin embargo, cuando intentamos precisar en una definición eso que tienen en común y que les da ese aire de familia, nos encontramos con enormes dificultades. Dicho de otro modo, este aire de familia, que es lo característico de las artes, resulta, según estos autores, indefinible.


8. Concepciones del arte
Por las dificultades que entraña la definición de arte, han abundado a lo largo de la historia distintas concepciones. Algunas de las más importantes son:


  • El arte como imitación. Esta concepción surgió en las culturas antiguas y predominó hasta prácticamente el Romanticismo. Para los que la mantienen, el arte debe ser una copia o imitación de la reali­dad o naturaleza. Expresado de forma metafórica, el arte cons­tituye un espejo que reproduce fielmente la realidad. Por eso, en general, al/a artista no se le valora por su originalidad y crea­tividad, sino por su capacidad para reflejar de manera fidedig­na lo que le rodea. Sin embargo, esta concepción no es tan radical y suele considerar el arte, más que una copia, una re­presentación de la realidad. Entre las corrientes artísticas que con más claridad se basan en esta postura, están el naturalis­mo y el realismo artístico.




  • El arte como expresión. Esta concepción del arte se inicia con el Romanticismo, época en la que se concede especial impor­tancia a la imaginación creadora del/a artista. Por eso, el arte deja
    de concebirse como reproducción de la realidad, y pasa a ver­se como expresión de emociones y sentimientos vivenciales difícilmente expresables de otro modo. También para los ex­presionistas, el arte se entiende como un modo que posee el/a artista para expresar los sentimientos propios o ajenos. Lo con­sideran, asimismo, un mecanismo que permite al/a espectador/a revivir o vivenciar esos mismos sentimientos. Por eso, para estos autores, el arte vendría a ser un tipo especial de len­
    guaje, capaz de transmitir y hacer entender sentimientos inco­municables mediante el lenguaje común.




  • El arte como forma. Esta concepción es más tardía y parece ex­clusiva de algunas corrientes estéticas contemporáneas. Los/as que la mantienen defienden que lo propio del arte es la forma, y no el contenido o historia que ésta pueda contener. Es preciso señalar que en toda obra de arte, existen dos planos diferenciables: el plano del contenido (el tema o los sentimientos que la obra intenta comunicar) y el plano de la forma (el medio para materializar y expresar ese con­tenido). Así, un mismo contenido o tema (la crucifixión, por ejemplo) puede expresarse mediante formas muy distintas (las numerosas re­presentaciones de este tema que existen en la historia del arte). Pues bien, para los/as formalistas, el arte debe vaciarse de todo contenido, porque lo específicamente artístico es la forma. Por eso, reivindi­can la autonomía del arte respecto a toda intención representativa de la realidad. El arte abstracto es el exponente más claro de esta concepción.




  • El arte como realidad imaginativa. Ésta es quizá la concepción más minoritaria de todas. Sostiene que el arte no es una realidad física, por ejemplo, El grito de Munch, sino una realidad imaginativa: la idea que tenía Munch al pintar El grito y, también, la imagen mental que se forma cada espectador/a. Por lo tanto, según esta concepción, es preciso diferenciar el arte (imagen mental) de su plasmación física (obra de arte). Esta última es imperfecta e inferior comparada a la primera; sin embargo, es la única forma que posee el/a artista para hacer partícipes de lo artísti­co al resto de los seres humanos.


9. Funciones del arte
A la diversidad de concepciones acerca del arte, se le añade la plurali­dad de opiniones sobre cuáles son el sentido y la función que éste ejer­ce en el seno de la cultura humana. Las posturas a este respecto son muchas y muy variadas. Algunas de las que han tenido una incidencia más relevante son:


  • El arte por el arte. Algunos autores, sobre todo contemporáneos, han sostenido que la pregunta por la función que desempeña el arte es una pregunta ilegítima. El arte, tanto la actividad del/a artista como la obra, no cumple ni debe cumplir nin­guna utilidad. Por ello, consideran rechazable cualquier criterio uti­litarista que se imponga a la creación artística. Además, sostienen que es injustificado valorarlo según determinados aspectos, como los valores éticos que entraña, lo que nos puede enseñar o la sere­nidad que puede proporcionarnos. El arte, según los/as defensores/as de esta conocida postura, debe tener como único criterio el arte mismo; por esta razón, sus partidarios enarbolan como única bandera el lema del arte por el arte. Esta consigna tiene que entenderse en toda su dimensión: la única finalidad que debe perseguir el/a artista (por en­cima de principios éticos, políticos, sociales, comerciales, pedagó­gicos...) es producir y crear una obra auténticamente artística; esto es lo único que se le puede exigir al artista y a su producción. Esta postura constituye, en definitiva, la reivindicación de un arte ajeno a cualquier propósito didáctico o moralizador, y la defensa de un arte radicalmente puro.




  • El arte como necesidad de la naturaleza humana. Los/as defenso­res/as de esta postura coinciden con los partidarios de la anterior en que el arte no cumple ni debe cumplir ninguna utilidad o función. Sin embargo, las razones en las que se sustentan son distintas de las anteriores. El arte no debe justificarse pragmáticamente, pues su valor reside en la satisfacción de una necesidad específicamente hu­mana. El ser humano, a diferencia de los demás seres vivientes, sien­te la necesidad de expresar su personalidad y sus vivencias de for­ma artística, aunque de ello no extraiga aparentemente ninguna compensación material ni ninguna ventaja para su supervivencia. Y es que, según esta postura, la producción de arte y su contem­plación son actividades que deleitan por sí mismas porque respon­den a una íntima y profunda inquietud característica del ser hu­mano.




  • El arte como evasión. Según esta postura, una de las utilidades que proporciona el arte, tanto al artista como al público, es ser un me­dio para huir de una realidad que no les satisface. Ante la fealdad la miseria, la depravación, e incluso, ante la rutina que rodea a la existencia cotidiana, el arte proporciona una manera de escapar a otro mundo: un mundo, extraordinario y bello, capaz de hacer olvidar al/a espectador/a su insignificante vida.




  • El arte como purificación. Una de las funciones que cumple el arte es purificar al/a espectador/a de ciertas pasiones que podrían serle per­judiciales si no se liberase indirectamente de ellas. Esta concep­ción de la función que cumple el arte surgió en la Antigüedad clási­ca, en concreto de la mano de Aristóteles. Según este filósofo, en la tragedia y en la música, el/a espectador/a se conmueve y revive las pasiones que mueven a los personajes. Este contagio de sentimien­tos consigue liberarle de esas mismas pasiones, que, vividas per­sonalmente, serían desastrosas para el que las padece. Este revi­vir purificador de pasiones nocivas fue denominada por Aristóteles catarsis.




  • El arte humanizador. En el extremo completamente opuesto a la postura que vimos en primer lugar, se encuentra ésta. Para algu­nos/as pensadores/as, el arte sí posee una función o finalidad que va más allá de lo puramente artístico. Esta función, en la que reside el au­téntico valor y dignidad del arte, consiste en la transmisión y pro­moción de los valores éticos, sociales, culturales... que hacen del individuo un auténtico ser humano. El/a artista no puede tener corno única intención crear formas bellas y sublimes que deleiten al/a es­pectador/a, sino que debe intentar que esas mismas formas bellas logren educarlo/a moral, social y humanamente.


10. Tipos de arte


SEGÚN EL MEDIO

TIPOS

CARACTERÍSTICAS

EJEMPLOS

VISUALES

El objeto artístico es percibido por la vista.

Dibujo Pintura

Fotografía Escultura

Arquitectura

AUDITIVAS

El objeto artístico constituye una serie de sonidos que son percibidos por el oído

Cualquier forma musical excepto las que se combinan con elementos de otros medios (visuales o verbales)

VERBALES

El objeto artístico está formado por palabras.

Cualquier forma literaria: poesía, novela, cuento, ensayo, leyenda…

MIXTAS

El objeto artístico es el resultado de combinar elementos visuales, auditivos y verbales.

Teatro Danza

Ópera Canto

Cine

SEGÚN EL ESPACIO Y EL TIEMPO

ESPACIALES

El objeto artístico se despliega en un determinado espacio.

El objeto artístico carece de movimiento.

El objeto artístico se capta en un único momento de percepción.

Pintura Arquitectura

Fotografía Escultura


TEMPORALES

El objeto artístico se desarrolla en el tiempo.

La obra está formada por elementos sucesivos.

La obra se capta en un acto de percepción continuado.

Música Danza

Literatura Ópera

Cine

SEGÚN LA EJECUCIÓN

EJECUTIVAS

El/a espectador/a no especializado/a necesita de un/a intérprete que actualice la obra de arte.

El objeto artístico está abierto a nuevas y posibles actualizaciones

Música Ópera

Teatro

NO EJECUTIVAS

El/a espectador/a no especializado/a no necesita la actualización de un/a intérprete.

El objeto artístico no tiene un carácter abierto.

Pintura Fotografía Escultura



11. La obra de arte

La obra de arte es el resultado de esta actividad especial que hemos estado analizando: la acción bella o acción artística. Por ser el produc­to de una acción, es evidentemente una creación humana, es decir, algo artificial. Queda claro, entonces, que, de los dos tipos de objetos estéticos que vimos (objeto natural y objeto artificial), la obra de arte se inscribe en el ámbito del objeto artificial. Ahora bien, igual que estamos de acuerdo en que toda obra de arte es un objeto artificial, seguramente también estaremos de acuerdo en que no todo objeto artificial es obra de arte.

Pero ¿hay algún criterio que nos permita diferenciar qué objetos artificiales son obras de arte y cuales no lo son? Aquí, precisamente, reside la dificultad. Podríamos decir lo mismo que dijimos respecto al arte: entre todos los objetos artísticos existe un cierto aire de familia, pero, según muchos estetas, éste resulta indefinible. Desde la estética, se ha respondido a la pregunta sobre lo específico de la obra artística desde dos posturas que ya hemos visto:


  • Postura objetivista. Los objetos artificiales que consideramos obras de arte lo son en función de una propiedad objetiva que poseen. Por lo tanto, en teoría es posible el consenso al declarar o catalo­gar algo como obra de arte. En la práctica, sin embargo, los/as estetas no se ponen del todo de acuerdo sobre cuál es esa propiedad que definiría lo artístico.

  • Postura subjetivista. No existe una propiedad que pueda identifi­carse con lo artístico; por eso, considerar artísticos ciertos objetos artificiales y no otros depende de cada espectador/a. En definitiva, es el/a espectador/a el/a que otorga a algo (subjetivamente, y según sus preferencias y gustos) la categoría de artístico.

Como vemos, en la valoración concreta de las obras de arte se repro­ducen los mismos problemas que se daban en la valoración y concepción del arte en general.


12. La interpretación de la obra de arte
Dejando al margen el problema de la naturaleza o esencia de la obra de arte, vamos a abordar otro de los problemas que ha promovido ma­yores discusiones entre los filósofos del arte. Se trata de su interpreta­ción. Una vez estamos de acuerdo en que ese objeto que contemplamos cons­tituye una auténtica obra de arte, al/a espectador/a común (el/a que no es es­pecialista) le surge un problema no menos importante: el de su interpretación. Los/as críticos/as y los/as filósofos/as del arte suelen señalar que en la fruición estética se pueden diferenciar claramente dos momentos: el de la contemplación y el de la reflexión. Para muchos/as autores/as, en un primer momento es preciso acercarse a la obra de arte con una actitud desinteresada y, simplemente, gozar de ella, sentir lo que comunica. Para sentir ese placer y vivir esta experiencia, no es necesario ningún co­cimiento sobre arte: todos/as por igual podemos gozar de la belleza y la sublimidad que proporciona la obra artística. Luego, puede venir o no un segundo momento, el de la reflexión. Entonces, se analiza y estudia esa obra para poder interpretarla y entenderla. Ahora bien, como señalan los/as estetas, para disfrutar de una sinfonía o de una pintura, sólo hace falta contemplarla y, para ello, no se requiere ningún conocimien­to especial. Otra cuestión distinta es si estos conocimientos son necesarios para interpretarla y entenderla mejor. A este respecto existen bá­sicamente dos posturas.


  • Contextualismo. Para entender e interpretar correctamente la obra artística de un/a autor/a, así como para poder apreciarla en su justa medida, es necesario conocer el contexto global o el marco en el que se inserta esa obra particular. Así, se hacen necesarios, según esta concepción, ciertos conocimientos acerca de la vida del/a artista, la intención que perseguía, el bagaje cultural y artístico que poseía, la época y el lugar en el que desarrolló su actividad, los adelantos técnicos que estaban a su alcance... Todos estos datos se consideran imprescindibles para entender esa obra particular




  • Aislacionismo. Para poder apreciar y entender una obra de arte no es necesario salir fuera de la obra misma. El arte sólo requiere una contemplación abierta y una auténtica atención, pero no precisa de ningún otro conocimiento externo. Una obra artística es autosuficiente y autónoma, no necesitamos saber nada de su autor/a ni de su época para darnos cuenta de su grandiosidad y su belleza: el arte auténtico conmueve y deleita por sí mismo.


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