La familia, escuela de sociabilidad



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La familia, escuela de sociabilidad

Prof. Francisco Altarejos Masota

Universidad de Navarra

faltarejos@unav.es

Prof. Aurora Bernal Martínez de Soria

Universidad de Navarra

abernal@unav.es

Prof. Alfredo Rodríguez Sedano

Universidad de Navarra

arsedano@unav.es


Palabras claves: familia, sociabilidad, identidad, educación,virtud


  1. Diagnóstico inicial.

La necesidad de convocar celebraciones y aniversarios muestra las esenciales dimensiones humanas de sociabilidad y de cultura. Estos eventos recuerdan que un grupo de personas tienen algo en común: unos valores, un hecho pasado al que se concede importancia, la estima de alguna realidad que se pretende promocionar. La presente consideración introduce la relevancia de reparar en un tema: cómo se hace sociedad en la familia. El realce en este caso viene dado por la confluencia de tres circunstancias: se centra la atención sobre una temática como es la sociabilidad en un contexto en el que se convierte en protagonista vitalmente; una revista científica –una reunión que hace sociedad al menos académica­ que permite tratar sobre la familia, cuna del aprendizaje de la sociabilidad– y después de un año dedicado a la conmemoración del décimo aniversario del Año Internacional de la familia por Naciones Unidas [1].

Tomando como punto de partida este acontecimiento, nombrado en último lugar, se detecta la urgencia de recapacitar sobre una de las dimensiones principales de la educación en el seno familiar y su trascendencia en la sociedad. Como es sabido, la proclamación de un año internacional por Naciones Unidas es un modo de sensibilizar y movilizar a los organismos políticos internacionales y, en la última década también consiste en una llamada a todas las organizaciones e instituciones que intervengan en la marcha de las sociedades. En el caso que nos ocupa se actualiza el propósito alzado en 1994: revalorizar la función social de la familia. Hace veinte años se subrayó que la familia constituye la unidad social básica en la que se apoya el desarrollo de los pueblos (ONU, AG, 1989). En la actualidad la propuesta ahonda en aquel objetivo vislumbrado, en las dificultades y los problemas –algunos nuevos hay que añadir desde entonces– que obstaculizan el bienestar familiar, situación que conlleva el malestar social como efecto secundario pero inmediato.

Uno de los aspectos de ese malestar social, que se manifiesta de modo patente es el hecho de que el ser humano no puede vivir instalado en la soledad, sino que debe desarrollar primariamente su sociabilidad. Podría decirse que una de las características más claras es aquella que acentúa que la persona es un buscador que busca. Y busca porque no es conformista. Precisamente la acción de buscar nos saca de la soledad en la medida en que solos no podemos buscar, porque nos sumimos en interrogantes sin respuesta. De entre esos interrogantes, uno de los que surgen cada vez con más fuerza en la sociedad actual es la carencia de identidad personal y, con ella, la vacuidad que van tomando otras identidades: social, profesional, familiar, sexual, etc. Vacuidad que se refuerza en la medida en que la pregunta por el ¿quién soy? se sustituye por el ¿qué soy? La vacuidad –la deconstrucción- es necesaria para que la búsqueda se torne inmediatamente en un proceso constructivo de las diversas identidades, encontrando ahí la respuesta al quién soy. Deconstrucción y construcción es el proceso en el que se ve inmerso el ser humano desde hace décadas en el contexto social.

Pero si inicialmente la búsqueda era lo opuesto al conformismo, trastocada esa búsqueda en construcción, se acepta con rapidez la identidad construida como modo de salir de la vacuidad. Se necesita de los demás para construir y la relación que se establece es fruto de un interés particular, cuyo término está en uno mismo y no en los demás. Es una nueva forma de relación social, que aparece como manifestación de la sociabilidad natural y espontánea, pero que en verdad resulta artificial y elaborada mentalmente. Siguiendo este proceso, aparentemente se llena el vacío con la adopción de unos valores generales de estimación positiva, a través de los cuales se construye la identidad. La común aceptación de dichos valores van depositándose en unas actitudes que prefiguran unas acciones también comúnmente admitidas. Así se conjura la soledad –efecto pernicioso del malestar social– mediante la construcción de la identidad. Sin embargo, ésta, así elaborada, no expresa mi propio ser ni da sentido a mis acciones; sino que manifiesta más bien la sumisión a un arquetipo genérico de sociabilidad que, al cabo, sólo es una dimensión de lo políticamente correcto. La nueva compañía adquirida a través de esa forma identitaria de sociabilidad conduce a una soledad multitudinaria y a una solidaridad prefabricada y selectiva: soy sociable, pero “dentro de un orden”; el orden que demarca la afinidad de mi identidad con otras identidades que participen de los mismos o semejantes valores generales que incorporo.

El resultado es que con esa sociabilidad fingida me desposeo a mí mismo. Este proceso es ajeno a la realidad familiar, donde ni se busca ni se construye la identidad, sino que se encuentra y se desarrolla; ni tampoco es selectiva la sociabilidad, sino abierta indiscriminadamente a los diversos, y con preferencia hacia ellos. La aceptación del otro, siempre diferente –padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc.– es el germen de la sociabilidad natural humana, núcleo radical de la socialización de los individuos. Así las cosas, cabría preguntarse qué debería potenciarse: si el fortalecimiento de la socialización de la familia, o más bien directamente a ésta como vía segura de “socializar la sociedad”. El camino seguido actualmente es el primero; y así se considera a la familia en cuanto comunidad dependiente y subsecuente a la sociedad.

Por eso no es extraño que entre los temas de investigación que se plantean para dar pistas adecuadas a los gobiernos y los organismos que repercuten en la vida familiar, se citen las funciones de la familia en la esfera de la socialización y la asistencia social (ONU, AG, 2002ª: nº 9-12). Ni puede sorprender que cada vez más estudios, en la publicación de sus datos, constaten el debilitamiento de esa función. A tal laxitud se yuxtapone la descripción de otros incidentes, aunque sin afán de establecer relaciones causales entre ellos y sin profundizar todo lo que sería deseable –quizás tampoco se pretenda– en las posibles raíces comunes de los síntomas patológicos que presentan las familias en el cumplimiento del papel que se les asigna, y de este modo se indica el descenso de natalidad, el envejecimiento de la población, la extensión del SIDA y los cambios de la estructura familiar como elementos causantes de la perplejidad actual para saber qué es una familia (Bradon, 2003).

Los análisis se fundamentan en estudios empíricos y los indicadores que sirven de referencia evaluadora giran alrededor de la realidad del bienestar material y afectivo. No se dictan juicios morales de la situación, pues la metodología empleada no lo permite; más bien el empeño se centra en constatar los hechos y en animar a buscar soluciones, la mayoría de las cuales radican en conceder a los afectados un apoyo material para afrontar las dificultades que sufren.

Respecto al tema de la sociabilidad, se subraya como tarea urgente fortalecer la solidaridad entre las generaciones –atención a niños y a ancianos– remitiéndose a dos conceptos, socialización y educación, concediendo primacía al primero sobre el segundo (ONU, AG, 2002ª. Nº: 5-6). Por socialización se entiende la adaptación a la sociedad en la que se vive, lo que se aprende en primer lugar en la familia, conformación que hay que reforzar si la sociedad a la que es necesario hacerse está, como ocurre hoy, en constante cambio por factores nocivos o por circunstancias de progreso, entendido en el mejor de los sentidos. La sociedad puede variar su organización tornándose más compleja para lograr que el trabajo de todos contribuya a elevar las condiciones de vida y a ofrecer más oportunidades para continuar mejorando. Por educación se entiende la adquisición de las competencias básicas para vivir y la adecuada escolarización (ONU, AG, 2002ª, nº 7). Otras pistas encontradas en los recientes proclamaciones de Naciones Unidas sobre el tema de la sociabilidad se refieren a la relación que se establece entre fortalecimiento de los valores familiares y la cohesión social (ONU, Consejo Económico Social, 2003 nº 5).

Entre las organizaciones no gubernamentales en las que se apoya la ONU se nombra el trabajo que lleva a cabo la National Council on Family Relations –NCFR– del que sobresale la labor investigadora (ONU, AG, 2002ª: nº 51). Este organismo desde hace casi setenta años promueve el conocimiento acerca de la familia para contribuir a reforzar el bienestar familiar (Bernal, 2004, 83-85). Repasando la trayectoria de esta institución, se puede entrever de qué modo se aborda internacionalmente el tema de la sociabilidad en la familia observándose alguna carencia importante que se pretende explicar en esta comunicación.



  1. Enfoque predominante (sociologista) en el estudio sobre la sociabilidad en la familia.

Investigar sobre la investigación del NCFR, valga la redundancia, desvela el dominio de la sociología y la psicología con el empleo de una metodología empírica cuantitativa. Se multiplican las tentativas de mejorarla y así se emprenden estudios longitudinales (Marks, 2001, 66-79) y simultáneamente se presentan intentos de suprimirla cuando se trata del ataque de científicos postmodernistas, como también en los procedentes de las tendencias de un feminismo crítico extremo. Prevalece la perspectiva en la que el punto de referencia central es el individuo y en concreto su bienestar –material y afectivo, aspectos que se explican intrínsecamente relacionados entre sí– así como su desarrollo –cuantificando las oportunidades educativas y laborales–.

En cuanto a los temas, se han dejado al margen algunos que se estudiaron en décadas anteriores como: la elección de pareja, la religión, el poder y enriquecimiento de la familia, el parentesco; se continúa investigando sobre: la calidad del matrimonio, la relación trabajo y familia, el divorcio y sus consecuencias; se ha innovado con la inclusión de asuntos como: la paternidad, la estructura familiar, la violencia, el desarrollo de las personas en diversas edades, incrementándose los estudios acerca de los mayores y los adolescentes (Milardo, 2001, vii-ix); y todo esto examinándolo en una amplia muestra de personas de diversas procedencias, razas, situación económico-social y orientación sexual. Se denuncian las generalizaciones sobre la situación de la familia a partir de los estudios en poblaciones poco representativas (Coontz, 2001, 80-94).

¿Qué lugar ocupa la sociabilidad en todo este campo de estudio? Aparece de soslayo entre el tratamiento de otros asuntos que de fondo sí guardan relación con la sociabilidad aunque no se muestre explícitamente, como son los procesos de relación entre los miembros de una familia: la interacción marital, la violencia doméstica, las relaciones posibles entre padres, madres, hijos, hermanos, abuelos, etc. Se atisba desde lo que se denomina un enfoque ecológico u holístico. Sin embargo, el sentido profundo de la sociabilidad permanece oculto porque prevalece el punto de vista del individuo, su satisfacción, y no tanto la relación entre personas. Se indaga excesivamente en cómo se encuentra cada sujeto, con atención especial a cómo va construyendo su identidad. Las relaciones en el seno familiar se estudian desde cada individuo que actúa, perdiéndose lo que aporta la interacción. Se insiste en la importancia de la estructura familiar pero el estudio siempre es desde un punto de vista externo, de lo que se puede medir; e incluso se pretende vislumbrar la calidad de la intimidad en las relaciones familiares por características de índole material.

Quizás el punto mayor de acercamiento a lo que puede ser estudiar qué tipo de sociabilidad se fomenta en una familia es el que se corresponde con el interés por la afectividad y el estado emocional de las personas. Pero sólo se trata de una aproximación, a no ser que se reduzca la consideración de la sociabilidad al sentimiento de aceptación de los demás, de “encaje” en un grupo después de un proceso de adaptación. En este sentido sí se avanzan investigaciones que muestran que la estabilidad del cariño en los hijos a lo largo del tiempo configura personas que se adaptan mejor a la sociedad. El bienestar emocional de los hijos depende de las relaciones positivas entre sus padres, lo que les confiere un equilibrado apoyo y disciplina; pues asegurado este punto, otros problemas como los económicos se superan (Demo, 2001, 98).

Asimismo el tema de la sociabilidad se asoma en el análisis de los estilos educativos y con frecuencia se da noticia de la solidaridad que se observa en familias de culturas diversas a la angloamericana como son las de origen asiático e hispano [2]. Así como en USA se destaca la promoción de la autonomía individual como valor clave en el desarrollo de los individuos, en este otro tipo de familias se fomentan valores más aptos para la socialización –dicen los autores– como son: la cooperación, la reciprocidad y la interdependencia (Demo, 2001, 103).

En el abordaje de familias con escasos recursos económicos, frecuentemente compuestas por inmigrantes, se estudia también lo que aporta la familia como comunidad perfilándose algunas finalidades más allá de la satisfacción de cada individuo aunque repercutiendo positivamente en ésta. A la vez se investiga sobre lo que una comunidad influye en la dinámica familiar. Los estudios proliferan en torno al tema de relacionar tipo familiar y éxito en la escolarización de niños que tienen que adaptarse como sus padres a una cultura, lengua y costumbres diversas. La experiencia y refuerzo de la comunidad repercute notablemente (Walker, 2001). También se da un paso más allá y se concluye cómo la familia abierta a otros grupos sociales o asociaciones favorece que cada individuo se socialice adecuadamente siempre entendido ese proceso como integración y adaptación (Delgado-Gaitán, 1992, 504).

Otro modo de sacar a la luz la referencia a la sociabilidad en los estudios actuales sobre la familia es adentrarse en el tema de las políticas sociales en lo que concierne a la comunidad familiar. Desde la teoría política se ha palpado la escasa participación social, denunciándose los estragos para la vida pública de un individualismo exacerbado; las críticas y reflexiones sobre este estado se han divulgado especialmente a lo largo de la década de los 90 aunque se estudian desde mediados de los 80. Se piensa que se debe afrontar el tema de la familia no tanto desde el punto de vista individual sino como comunidad reparando en su lugar y puesto en la sociedad más amplia (Bogenschneider, 2001, 358).

La crisis de identidad individual coincide con la crisis de participación social al no hallarse cada sujeto vinculado a nadie. La pugna entre neoliberales y comunitaristas alzó el tema del tipo de arraigo familiar que debería mantener cada persona en continuidad con la índole de compromiso en la participación social. La preocupación de la identidad unida a la de la sociabilidad muchas veces asimilada a la de socialización continúa acaparando la atención en los debates de teoría política que se nutren de planteamientos antropológicos y éticos.

La sociología conecta con este modo de abordar el tema y en el entorno académico que se está describiendo mediante el recurso conceptual de la noción de capital social. Desde una sociología al servicio de la economía pero que acaba rebasando sus objetivos iniciales planteando temas de mayor alcance que la mera productividad, Coleman (1988) recurre a esa categoría y la estudia en la familia centrándose en la educación. La tesis es muy sencilla: las personas encuentran por sus relaciones con otras personas recursos que les facilitan su trabajo, su acción. Las expectativas, la confianza, la asunción de normas y obligaciones, todos ellos elementos fundamentales en las relaciones entre personas, ayudan a mejorar la acción que se ve apoyada, nutrida de información, valorada.

Desde esa perspectiva de finales de la década de los 80 se da lugar a un acercamiento interesante para estudiar la sociabilidad porque refleja lo completo de la realidad humana: lo individual no se comprende sin lo social y viceversa. La familia se presenta como el ámbito en el que con facilidad se observa esta relación. Ya no se valora únicamente el capital físico –la renta– o sólo el capital humano –el nivel educativo de los padres– sino que se asegura que ninguno de estos dos elementos por sí mismos influyen positivamente en los hijos, si éstos no interactúan con sus padres. Y se afirma que se necesita de la presencia física de los padres y que la ausencia de adultos es una deficiencia estructural en las familias (Coleman, 1988, 111). Ese arraigo por las relaciones intensas intrafamiliares se explaya en las escuelas y en el resto de la comunidad. Las investigaciones sobre esta realidad se multiplican (Crosnoe, 2004; Farrel y otros, 2004) [3].



La propuesta de Coleman incide en la investigación empírica sobre los temas habituales acerca de la familia pero con un acento diverso por el que se valora la sociabilidad apuntando a un sentido más hondo que el tratado en la mayoría de los estudios. Puede sospecharse, en lo profundo de las observaciones de este autor y de los que emprenden estos estudios, la intuición de que una persona crece en un ámbito social como es la familia, enriqueciéndose no sólo porque se le provea de recursos sino por una especial interacción con otros que le abre a los demás. Esta “pequeña” vía de apertura, de búsqueda del lazo estrecho entre el desarrollo de cada persona y el desarrollo social, se comienza a entrever en las penúltimas declaraciones de Naciones Unidas al subrayar la consideración de la familia como comunidad y ámbito del aprendizaje en su seno depende la conciencia de responsabilidad social de sus miembros; incluso se afirma que hay que integrar la perspectiva de la familia a la hora de afrontar todos los problemas sociales (DSPD, 2003, 1-4).

  1. El enfoque antropológico: sociabilidad como aceptación y donación personales.

En todos estos estudios sobre la relación familia-sociedad operan tres supuestos o principios implícitos según puede percibirse en el enfoque sociologista:

  1. la consideración de la educación como adaptación que debe regirse por las orientaciones y demandas sociales;

  2. la consideración de la identidad individual como constructo, como resultado de la aceptación e incorporación de los valores generales que definen la identidad general (nacional, política, religiosa, etc.);

  3. la consideración del individuo como elemento aislado que debe buscar su integración social laboriosa y artificialmente.

Sin embargo, desde un enfoque o perspectiva antropológica radical, estos postulados son recusables, pues provienen principalmente de las exigencias epistemológicas y metodologías que comporta la ciencia sociológica, y no de una consideración directa sobre la realidad familiar. Si se atiende a la familia como ámbito primario de convivencia y se considera su praxis cotidiana de vida, los tres supuestos mencionados son reemplazados por éstos otros:

  1. la educación no consiste en adaptación social, sino en crianza, en crecimiento y desarrollo personales propiciados por la interrelación mutua de los miembros de la familia; en este orden, no sólo educan los padres, sino que éstos crecen y mejoran por la influencia formativa de los hijos;

  2. en esa interrelación la identidad no es un constructo ni un resultado artificial, sino el proceso natural de ahondamiento y actualización de las raíces originarias; en esta tarea, casi inconsciente, el individuo se trasciende en persona: en uno frente a otros pero al tiempo con los otros; la vía identitaria no es la autonomía ni la confrontación, sino la complementariedad y la solidaridad;

  3. por esta complementariedad, la persona no está nunca aislada, sino en permanente relación con los otros diversos que acoge y los que responde, aceptándolos y dándose; así entendida, la sociabilidad no consiste en la incorporación trabajosa de un valor, sino en el desarrollo –laborioso, pero natural– de una tendencia dada en el origen del ser y en el mismo comienzo de la existencia.

Así, la sociabilidad no es una meta, sino un principio de acción nativo, que vincula el propio ser –o sea, la identidad– con el trato asiduo de los otros miembros de la realidad familiar [4], antes y originalmente que con los individuos que componen el todo social. Esto es el desarrollo de las relaciones interpersonales, cuyo entramado funda y constituye la realidad familiar.

La familia es cuna de la sociabilidad –y la educación familiar su forja– porque es origen del propio ser; y éste origen, que es mucho más que el comienzo temporal, es aceptación y, consecuentemente, don amoroso por quienes nos aceptan incluso antes de ser, pues “el dar personal no comporta recepción, sino su aceptación" (Polo, 1999, 218). Esa aceptación de los padres constituye a los hijos en el don recibido; y los padres, al aceptar lo donado –los hijos–, a su vez se donan. Esta donación es precisamente el carácter de filiación que nos hace ser personas. La respuesta al quién soy hay que buscarla en esta triada: aceptación-donación-don, que no consiste en intercambio de cosas, en dar o aceptar objetos, por eminente que pueda ser su valor. En la relación interpersonal, más que de dar o de aceptar debería decirse darse y aceptarle, pues “el dar personal otorga un don esencial que es acogido por el aceptar personal” (Piá, 2001, 337). Y secuencialmente reviste la siguiente temporalización: aceptación del don –de uno mismo- para poder aceptar el origen que se manifiesta en la aceptación-donación originaria de los padres. En esta búsqueda de la identidad familiar se pone de manifiesto que la familia surge con el ser humano, y el ser humano con la familia. De este modo, la persona es preparada desde la familia para constituir otra familia y contribuir así a la salud social y su perpetuación mediante el crecimiento de la aceptación-donación originaria que es el más fecundo germen de sociabilidad.

La sociabilidad no es una meta o resultado que se logre o encuentre, sino una búsqueda incesante de uno mismo, no en la introspección isolativa del psiquismo, sino en la apertura radical a los otros mediante la aceptación-donación que se actualiza en la praxis cotidiana de la convivencia familiar. Esta búsqueda exige dos condiciones:


  1. Aceptarme como quién soy, descubriendo la filiación [5], y como lo que soy.

  2. Un ámbito que dé lugar a la manifestación de lo donado, mediante la aceptación y la donación, que no puede ser otro más que la familia.

Y en esa búsqueda de quién soy, al percibirme como un don, mi vida y toda la persona se constituye en regalo, precisamente por el reconocimiento y el amor que conlleva la aceptación y donación de los padres en el ámbito familiar. Curiosamente cuando esto no ocurre y se produce la generación fuera de ese ámbito, no es infrecuente no reconocer lo donado como hijo. La sociedad defendiendo esa búsqueda de la identidad originaria de cada quién, exige, si es preciso por medios coactivos, que ese cónyuge realice las pruebas pertinentes –ADN– para corroborar que en ese acto de generación se dio una aceptación y, consecuentemente, asumir la responsabilidad de lo donado, así como el derecho del hijo a conocer su origen.

La búsqueda de la identidad originaria se convierte así en el mejor regalo que uno puede recibir. Y en la resolución de esa identidad encuentra la persona que no sólo no es solitario, sino que lo propio del ser humano no es vivir en soledad, sino coexistir. El carácter donal de lo donado –la vida del viviente- confiere a la persona la sociabilidad, esa tendencia natural a ser social. Por consiguiente, en el ámbito familiar no sólo se recibe un don, sino que se aprende a vivirlo como don que se expande. Primero se adquiere la identidad y luego se accede a lo social, pues de lo contrario quien desconoce su identidad acaba siendo inhibido por la pluralidad. Los hijos buscan originariamente en la familia la aceptación personal de la que carecen por sí mismos. Y así la familia acepta acogiendo y acoge aceptando.

Esa aceptación acogedora es precisamente el fundamento de la educación familiar que se traslada también al ámbito social, bien sea en la educación formal o no formal. Y la acogida es el fundamento porque permite adquirir. Y ad-quirir es justamente buscar (quaerere). Una búsqueda que no es sin término –en el sentido de Popper– sino orientada por el origen. En la familia se aprende a saber buscar bien y a saber buscar el bien, ya que lo que se enseña se propone. Y esa propuesta, precisamente por fundarse en la aceptación-donación, es amorosa y tiene la fuerza del bien que atrae. Un conocimiento que no tiene límite y un amor que no se gasta amando. De ahí que la referencia a la familia como origen no sea puntual sino que reclama intensidad en el espacio y continuidad en el tiempo. Es, de este modo, la familia la fuente originaria de la adquisición, por lo que, como señala Alvira, es el lugar al que se vuelve (Alvira 1998).


  1. Propuesta educativa para la búsqueda de la identidad en la familia

¿Es posible una propuesta educativa que recupere el genuino sentido de la identidad –la identidad como referencia al origen– en la familia? De acuerdo con lo que se ha venido señalando, “el punto flaco de la donación personal y de la promoción de la solidaridad estriba en ejercer la aceptación tanto en su intensidad en el espacio como en su continuidad en el tiempo. Esto demanda la formación de unos ciertos hábitos que se corresponden con las clásicas virtudes sociales, las cuales, al tiempo que optimizan las tendencias naturales sociales, contribuyen también a la gestación de una sociedad solidaria, pues expresan el dinamismo dar-aceptar en la cotidianeidad de la vida social” (Altarejos, Rodríguez, Fontrodona 2003, 191).

Es necesario, por tanto, que la educación sea principalmente educación en virtudes, y concretamente (para el tema que nos ocupa) en la virtud de la solidaridad. La solidaridad no se enseña comunicando ideas o promoviendo valores. Se enseña fomentando la donación personal a través de acciones solidarias. En otras palabras, “la educación en la solidaridad, entendida en su plenitud, no consiste en realizar acciones solidarias, por excelsas y generosas que sean, sino en conformar toda acción social, todo acto de relación comunitaria, en referencia a la donación personal como dar y aceptar: como dar aceptando y como aceptar dándome. De no ser así, educar en y para la solidaridad sería una tarea prácticamente imposible, pues habría que estar buscando oportunidades de sólo dar, que rompería la continuidad de la vida cotidiana, univocaría la pluralidad de actos y situaciones que la componen y, además, agotaría todas las energías en la búsqueda de ocasiones para dar, amén de las reservas de algo que dar” (Altarejos, Rodríguez, Fontrodona, 2003, 191).



Este fomento de la solidaridad, por otro lado, no puede limitarse a momentos puntuales en el proceso educativo. Debe haber una experiencia amplia y continua de acciones en este sentido. Y, dado que esta educación supondría demasiado esfuerzo y desgaste si se centra sólo en acciones de dar, lo conveniente es integrarla en una educación más general en virtudes sociales. Y las virtudes sociales a las que se hacen referencia son [6]:

  1. Piedad. Dentro de las virtudes sociales ocupa un lugar por excelencia. Dicha virtud consiste en la óptima referencia al origen que se manifiesta, al mismo tiempo, respecto de la patria, de los padres y de Dios; es decir, de aquellos ámbitos en los que se interactúa. Un aspecto importante de esta virtud es que se percibe desde la identidad originaria; no así desde la moderna noción de identidad en sentido general. La ausencia de esta virtud y la carencia de su ejercicio facilita la propagación de los vicios correspondientes, entre los que cabe destacar el racismo y la xenofobia. El racismo porque al afirmar la raza como valor dominante, se excluye la condición personal del ser humano. La xenofobia porque al excluir al extraño se le niega y, por consiguiente, es la contradicción de la donación personal.

  2. Honor. Si la piedad hace referencia a la aceptación personal del pasado en su máximo grado, el honor hace referencia a esa aceptación en el presente. Honrar a los otros es aceptarlos como mejores e incitarlos a que realmente lo sean. El término moderno con el que se designa esta virtud podría ser el liderazgo. Tiene su manifestación social en el reconocimiento de la obra bien hecha. El olvido de esta virtud conlleva la pérdida del sentido ético en una sociedad, en la medida en que da igual hacer una cosa u otra, hacerla bien o no.

  3. Observancia. Diferente a la obediencia. Esta virtud manifiesta la tendencia a conservar lo que socialmente es valioso reconociendo lo recibido por otras generaciones. El progreso, a diferencia de como pudiera pensarse, no se opone a conservar lo valioso. La pérdida de lo valioso radica en el egocentrismo como única fuente de valor. La ausencia de esta virtud social conlleva el menosprecio de la tradición, la creencia social y cultural recibida y, consiguientemente, la pérdida de la identidad por ausencia de referencia al propio origen.

  4. Obediencia. Esta virtud pone de manifiesto la tendencia a cumplir lo mandado por la autoridad legítima, al mismo tiempo que conlleva aceptar a quien manda, en la medida en que esa aceptación supone reconocer a la autoridad como elemento valioso y eficaz de cohesión social. La ausencia de esta virtud debilitan las relaciones de orden que apuntalan la comunidad y se contribuye eficazmente a la desintegración social.

  5. Gratitud. Esta virtud comporta actos de aceptación del otro y de uno mismo, en la medida en que transciende la virtud de la justicia pues al recibir lo debido cabe agradecerlo. Es un modo explícito en el que se reconoce y se acepta el modo de obrar del otro para mí. En ese actuar se expresa la libertad, pues el recibir lo debido nada me fuerza a retribuirlo en forma de agradecimiento.

  6. Vindicación. Esta virtud –no confundirla con la templanza– impele a reparar el mal recibido. La vindicación va más allá de la justicia legal demandando la reparación del mal causado. En este sentido se distingue de la reivindicación en cuanto que es algo de lo que se carece y se considera como propio.

  7. Veracidad. La característica de esta virtud es que nos mueve a decir lo que pensamos y a manifestarnos como somos. Comporta transparencia y confianza en la relación, resaltando así la dimensión de la aceptación personal. Sin embargo estamos acostumbrados a oír y escuchar cómo en la sociedad se demanda y exige transparencia en lo que se hace y se dice, suponiendo la ausencia de veracidad. La carencia de esta virtud se manifiesta en la mendacidad y en la hipocresía. El primer vicio consiste en ocultar y silenciar la verdad según interese de acuerdo con las circunstancias. El segundo vicio lleva a mostrarse no como uno es, sino como le gustaría que le viesen. Este último vicio atenta claramente contra el honor.

  8. Afabilidad. Lo propio de esta virtud es que tendemos a dar lo que somos, manifestando así la donación personal. Desde una perspectiva terapeútica es el mejor antídoto frente al aislamiento y la soledad. A través de esta virtud ejercitamos el saber escuchar y aceptamos acogedoramente al otro. La ausencia de esta virtud se manifiesta en un diálogo que no es tal aunque así se le llame; observando atentamente ciertos “diálogos” se cae en la cuenta que no son otra cosa que la sucesión de monólogos concatenados.

  9. Liberalidad. Mediante esta virtud se da lo que se tiene. Al no ser posible una donación de sí mismo, se da lo que se posee, bien sea en el orden material, afectivo o espiritual. La liberalidad es la tendencia a compartir más allá de lo que me indique la justicia. Y esto es posible por el sentido que se otorga desde la donación personal, desde el dar y el aceptar.

Descubierta la identidad en la familia, ésta se abre a la sociedad civil; y esto será la fuente para la solidaridad –extensión y ampliación universal de la sociabilidad–, tanto más fecunda en cuanto que las familias no se aíslen, sino que busquen expandirse en la relación con otras familias, potenciando y dilatando el entramado de relaciones interpersonales que es su raíz antropológica y ética. En otras palabras, la permanencia de la sociedad civil dependerá de mantener y fomentar la unidad familiar como origen al que se acude en la búsqueda de la propia identidad.
Dirección de los autores: Francisco Altarejos Masota. Departamento de Educación. Edificio de Bibliotecas. Universidad de Navarra. 31080 Pamplona. E-mail: faltarejos@unav.es

Notas:

[1] El órgano responsable en la O.N.U. del seguimiento del programa elaborado con motivo de esta conmemoración es la División para Política Social y de Desarrollo en el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (ESA/DSPD).

[2] Por ejemplo, se recoge en un reciente boletín de NCFR la siguiente noticia, haciéndose eco de las impresiones de renombrados sociólogos españoles: la solidaridad es un valor fuerte que se cultiva en la familia española; se mantiene una gran confianza en el grupo pequeño y no en los grandes grupos sociales (Reyes, 2004, 5).

[3] Los autores repasan los principales investigadores que apoyan su conveniencia: Furstenberg & Hughes, 1995; Runyon et al., 1998; Stone, 2001; los que lo critican: Fine, 1999;Foley & Edwards, 1999; Gamarnikov & Green, 1999; Hawe & Shiell, 2000; los que lo relacionan con otras categorías que sirven para analizar lo social, desde las ideas de Bourdieu (1986, 1993) hasta las muy populares de Putnam (1993, 2000), Furrell y otros, (2004, 623-625).

[4] Así se entendía antes popularmente –sobre todo en el ámbito rural– cuando al inquirir de un recién conocido su identidad, no se le preguntaba “quién eres”, sino “de quien eres”.

[5] “La consideración del hombre como hijo se destaca haciendo notar que el hombre es un ser nacido. El hijo se define ante todo como un ser que nace” (Polo, L. 1995, 332).

[6] Dicha propuesta puede encontrarse formulada en Naval, C. (1995, 226-229). Choza, J. (1981, 17-74). La fuente de la doctrina clásica de las virtudes sociales se encuentra en Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro IV y Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, cuestiones 101 a 109.

Bibliografía.

Altarejos, F., Rodríguez, A., Fontrodona, J., Retos educativos de la globalización. Hacia una sociedad solidaria, Eunsa, Pamplona 2003.

Alvira, R. (1998), El lugar al que se vuelve: reflexiones sobre la familia, Eunsa, Pamplona.

Bernal, A. (2004) “Hace diez años: Año Internacional de la Familia” en Estudios sobre Educación nº 6, 77-88.

Bogenscheneider, K. (2001) “Has Family Policy Come of Age? A Decade Review of the State of U.S. Family Policy in the 1990s” en Milardo, R. M. (ed) Understanding Families. Into the New Millenium: A Decade in Review, Lawrence, NCFR, 355-378.

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