La filosofía de la nueva academia: ¿un platonismo débil?


Para los estoicos la percepción no podía ocurrir sin afección sensorial; es decir, cualquier impresión



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Para los estoicos la percepción no podía ocurrir sin afección sensorial; es decir, cualquier impresión42 debía ser un pathos de la percepción subjetiva que es representativa de ella misma y del objeto que la causa. Siguiendo esto, cualquier criterio de verdad, si es tal cosa debe ser buscado en las impresiones sensitivas. Es más, todo lo que juzga la razón, como ya hemos dicho, es derivado últimamente de impresiones sensitivas. Por eso, la razón no podía ser nunca criterio de verdad ya que no tiene acceso directo a la realidad, independientemente de la experiencia sensible. A partir de aquí se trataría de distinguir entre las «fantasías» verdaderas y las falsas y ver si entre las primeras puede haber alguna que pueda servir como criterio de verdad, ya que en el caso de error perceptual una impresión cualquiera desfigura su objeto o bien es excitada por factores ajenos a su contexto.

Centrando la polémica, el problema vendría determinado por la cuestión de cómo captamos las cosas, de qué manera, para estar seguros de su verdad. La doctrina estoica de las «fantasías» intenta resolver los problemas del conocimiento que se nos plantea. Stough califica esta teoría como empirismo psicológico que suministra una explicación de la génesis del conocimiento desde sus más puras estructuras43. Para los estoicos, el punto de partida es indudable, todo conocimiento tiene su origen en la experiencia, por eso, tratan primero de lo perteneciente a las «fantasías» y «sensaciones» (περ_ φαvτασίας κα_ α_σθήσεως) en cuanto que es el criterio con que se conoce la verdad de las cosas44.

Los estoicos sabían las dificultades que puede generar el término _αvτασία45. Por eso la definen como una huella en (la mente) el alma (τύπωσις _v ψυχή), como metáfora de la huella que cualquier sello deja en un trozo de cera46. Ciertamente, existen fantasmas de la mente o del alma como las alucinaciones o los sueños, los cuales también imprimen algo en nosotros, pues reaccionamos a ellos, por eso distinguen entre _αvτασία y _αvτασμα. Fantasma es δόκησις διαvoίας (una visión, una «opinión» del pensamiento) mientras que la «fantasía»47 era, como ya hemos visto, τύπωσις εv ψυχ_. Es decir, ésta última es una copia pero de algo existente, mientras que el fantasma puede no corresponderse con nada existente, nace en la mente, es una visión del pensamiento sin apoyo real. Así pues, la «fantasía» es copia más o menos perfeccionada de un original, el cual es necesario como condición en nuestra aprehensión (κατάληψις) del objeto48. «katálepsis» era para los estoicos un acto de asentimiento a una «fantasía» (τ_ς _αvτασίας τ_v καταληπτικήv)49 impresiones mentales que se produce a partir de «lo que existe realmente y de por sí» (_πάρχovτoς κατ΄ α_τ_ τ_ _πάρχov)50. Mientras que lo incomprensible es aquello que no dimana de lo existente y que, por lo tanto, no tiene molde o matriz que se acomode a él («δ_ _ τ_v μ_ _π_ _πάρχovτoς, _ _π_ _πάρχovτoς μ_v»).

Una vez que los estoicos han caracterizado y distinguido las «fantasías» están en disposición de definir como se realiza el acto de conocimiento, cuyo elemento principal, como ya dijimos al principio, es la captación, la aprehensión κατάληψις, de la cosas. El conocimiento es definido por los estoicos como la aprehensión de algo real, a través de una «fantasía» que actúa como intermediaria entre lo existente y el sujeto que percibe eso que existe. La aprehensión, en este caso no se da de forma natural, es decir instintivamente, en el individuo sino que la aprehensión debe ser un acto de asentimiento a la «fantasía» deterninada, reconocible sin posibilidad de error por el que la percibe. A su vez, esta «fantasía cataléptica» mediante la cual reconocemos lo que es verdadero de lo que es falso se convierte en criterio de verdad del conocimiento (κριτήριov _ληθείαv). De tal forma que, esa «fantasía» lleva en sí misma su propia garantía de verdad, ya que sin discusión es evidente que primero, es causada por un objeto existente, segundo, es una exacta réplica de ese objeto y tercero, es una «fantasía» que no puede tener otro origen más que aquel por el cual asentimos a ella51.

Uno de los efectos más interesantes del criterio de los estoicos es la redefinición del conocimiento en términos de «fantasías catalépticas». La «fantasía» cataléptica es de tal naturaleza, según los estoicos, que el sujeto no puede, si la percibe, sustraerse al asentimiento de esa imagen clara que es réplica del objeto existente. Ciertamente a los estoicos se les escapaba la distinción entre dar asentimiento a algo (ya sea una imagen o una sensación de cualquier tipo), la «fantasía» en sí misma y el objeto del cual parte. La tendencia de la teoría hacia un psicologismo incipiente produce, sin querer, su propio desmantelamiento. Es decir, al asentir voluntariamente a cualquier tipo de «fantasía» se produce una relación entre el asentimiento, lo que llamaremos proposición perceptual (al decir «tengo hambre» refiero algo de la sensación que tengo) y su correspondiente impresión.

Arcesilao distingue entre «fantasías», es decir afecciones sensoriales πάθoς, y el asentimiento (los juicios sobre las impresiones) que tiene que otorgar la razón. En esta relación, la razón no tiene acceso directo a la experiencia sensible, de ahí que el asentimiento y las «fantasías» sean dos aspectos de la teoría del conocimiento estoica cuya unión es imposible, aunque existe una relación que los mantiene unidos: el alma cede necesariamente ante las cosas evidentes, lo mismo que un platillo de una balanza se inclina, puestas las pesas sobre él. Según los estoicos es «el alma» la que es agarrada por la «fantasía», y no al contrario. Es decir este acto emanado de la voluntad no deja jamás de producirse cuando se presenta una «fantasía cataléptica», que es una impresión tan particular, tan clara, tan precisa que agarra el alma con tal fuerza que no sólo no es posible confundirla, sino que lleva en sí misma el testimonio de la verdad; genera, pues, una proposición que es, inmediatamente, cierta de por sí y que no requiere otras evidencias, más alla de la incuestionable experiencia del sujeto mismo.

Así, cuando asentimos a cualquier «fantasía», construimos una proposición que expresa un contenido. Si la «fantasía» no es cataléptica, no es segura y por tanto, la proposición perceptual podría no ser verdadera e indudable, porque podría estar equivocado. Pero si la «fantasía» es cataléptica entonces no tengo más remedio que asentir a ella, y al hacerlo estoy diciendo también, implícitamente que la proposición perceptual, también es verdadera, porque ella es cierta e indudable. Aquí es donde está el problema ya que podríamos preguntar ¿dónde está la diferencia entre asentir a una «fantasía» cataléptica y a una «fantasía» a secas? La respuesta sería en la «psique» del sujeto, de ahí que más arriba hablásemos de psicologismo, pues es la voluntad del individuo, en última instancia, la generadora de validez. Es el asentimiento del individuo el que, definitivamente, genera la evidencia de la «fantasía» cataléptica ya que el sujeto se ve asaltado por una impresión de tal tipo que no puede negar su asentimiento52. La crítica académica se dirige contra la seguridad con que las «fantasías» catalépticas generan asentimiento, contra la apreciación de las «fantasías» catalépticas como criterio de verdad.


4. EL PROBLEMA DEL CRITERIO DE VERDAD


Veamos detenidamente cuales son los puntos de crítica de Arcesilao a la teoría del conocimiento estoica, una vez que conocemos sus principales principios. Acepta, en primer lugar, la teoría de las «fantasías» como tal y el modo de percibir que esta teoría sugiere. La línea de ataque sugerida por Arcesilao estará centrada en el siguiente argumento: la verdad no puede encontrarse de manera indudable, así que nunca podremos asentir a ninguna «fantasía» cataléptica con total seguridad. Esta afirmación de Arcesilao vendría precedida por dos razones: la primera es que el acto de asentir no puede ser relativo a la «fantasía» misma, sino, como es natural, a la razón, ya que para asentir a cualquier tipo de «fantasía», sea cataléptica o no lo sea, yo he de dar juicios, por lo que no es la «fantasía», en todo caso, la que será verdadera o falsa sino la proposición perceptual que corresponde a esa «fantasía». La segunda razón es que no existe ninguna «fantasía» verdadera, según Arcesilao, que no sea semejante a una falsa absolutamente; pensemos, por ejemplo, en los sueños que nos devuelven a veces «fantasías» falsas por verdaderas53.

Se llama criterio de verdad a aquello mediante lo cual juzgamos la realidad de las cosas; dicho de otro modo, aquello mediante lo cual tenemos la certeza de que algo es verdadero. Así lo define Sexto: "se da el nombre de «criterio» tanto a aquello por lo que -dicen ellos (los estoicos)- se juzga la realidad o no realidad de algo como aquello que nos guía en nuestra vida"54. Por tanto cualquier criterio, «si existe», debe estar relacionado con la afección y ser una «fantasía» determinada. Sobre estos dos puntos no existen diferencias claras entre estoicos y académicos. Con respecto al primer punto dice Sexto refiriéndose a lós académicos que cualquier criterio tiene que venir mediante la evidencia de los sentidos, pues justamente la criatura viviente difiere de las cosas muertas por su facultad de sentir55. Con respecto a la segunda característica "ser una «fantasía» determinada", dice Sexto que las impresiones no siempre muestran el objeto que las causa, sino que muchas veces nos engañan y parecen malas mensajeras, desfigurando aquello que transmiten. Por eso es imposible admitir cada una de las «fantasías» como criterio de verdad, sino sólo de aquellas que sean evidentes56.

El problema, pues, aparece cuando los estoicos hablan de la «fantasía» cataléptica como criterio de verdad, como garantizadora de la verdad. A juicio de los estoicos esta «fantasía» tiene que cumplir una serie de características (expuestas por Sexto Empírico en M., VII, 249 252):

1. Tiene que producirse en presencia del objeto (τò _π_ _πάρχovτoς γίvεσθαι). Cualquier visión de los locos, por ejemplo, que no se produce en presencia del objeto en sí no sería cataléptica, pues no se corresponde a nada.

2. Se tiene que conformar con el objeto presente (τ_ κα_ _π_ _πάρχovτoς ε_vαι κα_ κατ'α_τ_ τ_ _πάρχov).

3. Debe ser modelada a partir del objeto, a fin de que todas las características del objeto puedan ser reproducidas con una exactitud artística (fiel).

4. Debe ser, también, de tal naturaleza que no pueda ser producida en ausencia del objeto, es decir, por un objeto no existente.

Todas estas características tendrían que ser cumplidas por las «fantasías» catalépticas. Los argumentos de los académicos contra este criterio de verdad estoico son expuestos por Cicerón57 de la forma siguiente:

1. Si dos «fantasías» son indistinguibles, es imposible para una, ser cataléptica, y para la otra no, pues ambas son indistinguibles.

2. Algunas «fantasías» son verdaderas y otras falsas. Por tanto, si dos «fantasías» son indistinguibles es imposible saber cual de ellas es verdadera y cual falsa.

3. Como consecuencia de lo anterior, cualquier cosa que sea posible para una «fantasía» verdadera es posible para una falsa, al ser indistinguibles.

Esta línea argumentativa niega la existencia de las «fantasías» catalépticas como criterio estoico. De todas las premisas mencionadas arriba la tercera constituye el mayor reto a los filósofos del pórtico, porque la «fantasía» cataléptica, recordemos, era de tal naturaleza que nunca podría ser confundida con una falsa58. De ahí que decir que no existe una «fantasía» verdadera que pueda ser distinguida de una falsa es, justamente, negarla. Los académicos van todavía más lejos, dicen que nosotros equivocadamente asentimos a «fantasías» falsas como si fuesen verdaderas, y actuamos de acuerdo con ello, con lo que no existe un claro signo que confirme la verdad o falsedad del objeto experimentado59.

Para mostrar que no hay diferencias entre «fantasías» verdaderas y falsas, Arcesilao invoca los errores de los sentidos, las ilusiones, el sueño y un largo número de ejemplos que ilustran algunos descuidos perceptuales que solemos cometer60, como por ejemplo:

1. Podemos tener alucinaciones que son falsas, y sin embargo actuar a partir de ellas como si fuesen verdaderas61.

2. Los sueños hacen que los hombres sientan terror y felicidad aun no siendo reales. A veces ocurre que no sabemos cual es la diferencia entre las «fantasías» del sueño y la realidad62

3. El poder bastante limitado de las sensaciones. Es decir, todo depende de nuestras capacidades perceptivas63.

Los académicos pretendían con estos y otros ejemplos refutar el criterio estoico. Si las «fantasías» falsas pueden ser tomadas por verdaderas y causan, de este modo, acciones equivocadas y juicios erróneos parece que existe una razón poderosa para negar que las «fantasías» sean intrínsecamente distinguibles. La doctrina estoica expresaba la noción de una diferencia cualitativa entre «fantasías» verdaderas y falsas. El perceptor, curiosamente, era distinguido, aun sin tener conciencia de ello, con un especial reconocimiento de lo verdadero, en un determinado marco de certeza. Según Zenón existía una «evidencia» de la cosa, es decir la presencia en una impresión de la impronta de la cosa de la cual proviene. Arcesilao negaba que la presencia de esta impronta pudiese ser probada.

A pesar del criticismo académico, los estoicos no veían disminuir ni un ápice la confianza en su teoría. La réplica estoica se centraba en que los ejemplos que proponían Arcesilao y los académicos de los errores perceptuales no podían establecer la conclusión de que era imposible distinguir una «fantasía» verdadera de una falsa. Argüían los estoicos que los casos expuestos eran casos anormales de percepción o de percepción trastornada. Otros eran ilusiones y el resto podían ser calificados de descuidos en personas poco atentas. Estas situaciones anormales son asumidas por el sujeto como errores, es decir, cuando el sujeto está borracho, enfermo o soñando, se da cuenta de ese estado una vez recuperada la normalidad. De ahí que estas circunstancias, según los estoicos, no son razón suficiente para concluir que siempre caemos o podemos caer en el error. Justamente, estas experiencias de borrachos, soñadores, lunáticos o locos son ejemplos, pari pasu, de lo que no podría ser denominada «fantasía» cataléptica.

Cualquier hombre sabio (en sentido estoico) nunca asentiría con fuerza a este tipo de «fantasías». Es decir, a pesar que este tipo de alucinaciones o, llamémosle así, experiencias perceptivas erróneas existen, el sujeto sabe, a juicio de los estoicos, que son erróneas y por eso los ejemplos académicos no significan ni demuestran ningún tipo de crítica a las «fantasías» catalépticas64. Y por ello, el sabio se abstiene en situaciones de delirio, de aceptar falsas representaciones, y evitan reconocer el testimonio de los sentidos si éstos no se encuentran en las mejores condiciones o si hay algo oscuro en las cosas que examinan. Es decir, lo mismo que hay que considerar los casos anormales, también hemos de considerar los casos normales de personas que conocen correctamente, y cuando sueñan se dan cuenta al despertar que sus fantasías no han sido reales, de la misma forma que sabrían si están borrachos que sus sensaciones y percepciones no son de confianza. Sería absurdo, según los estoicos, suponer que tales «fantasías» son indistinguibles de otras verdaderas.

Como vemos la respuesta estoica ante episodios de «fantasías» parecidas o erróneas es bastante sencilla. Naturalmente, existen «fantasías» que parecen iguales entre sí, el sabio si no pudiese distinguirlas, reservaría simplemente su juicio hasta que fuese capaz de reconocerlas. Los estoicos afirman que aunque algunas «fantasías» sean indistinguibles para un perceptor eso no quiere decir que esas «fantasías» sean indistinguibles entre sí. Además, los ejemplos académicos lejos de anular con su crítica el criterio estoico lo apoyan, pues, justamente, todos los casos propuestos son ejemplos de «fantasías» no catalépticas, y ellos no podrían demostrar la imposibilidad de toda experiencia. Es decir, según la réplica estoica un error perceptual nunca podría poner en cuestión la veracidad de toda experiencia65.

Los estoicos intentaron desviar, con buen criterio, el criticismo académico hacia una posición errónea, ya que todos los ejemplos de experiencia perceptual anormal y extraña nunca pueden competir con una doctrina que específicamente concierne a lo normal, a la experiencia cotidiana. Y es cierto, los estoicos tienen razón cuando argumentan que las experiencias perceptuales anormales no pueden impugnar la veracidad de todo el testimonio de los sentidos. Actuar de esta manera sería como contar sólo como evidencia aquellos datos que confirman errores en la percepción y rehúsan todos los demás como inadmisibles. Esto sería un tanto tendencioso pues si los sentidos son capaces de detectar errores perceptuales también serán capaces, alguna vez, de confirmar alguna experiencia como verdadera, mientras no se refute. Es decir, aunque no podamos confiar absolutamente en la percepción sensible, esto no nos da derecho a suponer que toda experiencia sensible es ilusoria o irrealizable.

Si tal como suponen los estoicos, este fuese el punto de vista académico en su ataque al criterio de las «fantasías» catalépticas, verdaderamente sería una falacia. Sin embargo, Arcesilao no disputa contra la percepción sensible de la que parten los estoicos (ya decíamos al principio que Arcesilao aceptaba el psicologismo que se producía en la doctrina estoica), sino contra la «fantasía» cataléptica como criterio de verdad. La «fantasía» cataléptica era verdadera al ser una exacta réplica del objeto del cual procede y de tal naturaleza que no podía tener otro origen, esa era su garantía de verdad, pues nunca podía ser dada a partir de un objeto inexistente. La fuerza del argumento de los académicos va dirigida contra estas características, pues la verdad de una «fantasía» no puede venir garantizada por la propia impresión. Esto sería un círculo vicioso. La verdad de una «fantasía» tiene que ser probada por algo diferente a la impresión misma (ya que de lo contrario sería como exigirnos como petición de principio creer en la impresión misma sensorial). Así pues, no es la capacidad perceptiva la que está puesta en cuestión, sino la incapacidad para distinguir entre las «fantasías» verdaderas y falsas.

Es decir, el argumento central de la crítica académica apunta que la premisa que afirma algo para una «fantasía» verdadera, puede afirmarlo también para una falsa al ser indistinguibles66, pues si el solo marco de certeza que caracteriza a la «fantasía» cataléptica tiene suficiente fuerza y claridad para imponer el asentimiento, entonces alguna falsa «fantasía» podría ofrecer a alguien, en un determinado momento y lugar, garantías de verdad, mientras que una «fantasía» verdadera no. Todos los ejemplos de errores perceptuales presentados por Arcesilao y los académicos no establecen que toda experiencia perceptual sea dudosa, sino que no todas las experiencias claras y contundentes que tenemos en nuestra vida perceptual cotidiana tienen que ser verdaderas. Es decir, la claridad de una «fantasía» no es garantía de verdad de la misma. Puede ser falsa y seguir siendo clara y evidente para mí.

Parece pues, que el "talón de Aquiles" de la teoría estoica no estaba en la fuerza de la experiencia perceptiva sino en la noción de que una «fantasía» simple (cataléptica) puede asegurar su propia verdad, cayendo así en un «razonamiento circular»67. Pues, los académicos no dicen que el que se ha despertado no estuvo soñando, o que aquél que se ha apaciguado después de su delirio no piense que aunque las cosas por él vistas pareciesen verdaderas no lo son, sino que son indistinguibles.

La primera consecuencia de esto es que las «fantasías» no pueden establecer su propia verdad. Dicho de otro modo, la fuerza o la claridad casi evidentes que puedan tener [Asterisco

SystemExclamation=chord.wav,Exclamacidiante una nota característica que impida el error68.

La dificultad no es evitable, pues nosotros reaccionamos, a pesar de todas las precauciones, a la percepción; llegando a tomar por verdaderas «fantasías» falsas y viceversa, por lo que no hay un signo propio de lo verdadero. Si no existe ese signo no podemos estar seguros, plenamente, de la verdad o falsedad de una «fantasía». Dicho de otro modo, nosotros aprehendemos, captamos numerosos datos a través de los sentidos, y en algunas ocasiones asentimos a ellos si nos parecen evidentes, pues el asentimiento es algo propio del ser humano, pero ese asentimiento, y esto es lo que hay que tener claro es independiente de la verdad o falsedad de las «fantasías» en sí que se nos aparecen69.

4. LA CONSTRUCCIÓN POSITIVA: EL EÚLOGON COMO «PSEUDOCRITERIO» DE VERDAD


Si la filosofía de Arcesilao se hubiese reducido a la argumentación polémica contra el estoicismo, nos hubiésemos enfrentado sólo con los elementos negativos del escepticismo académico. Sin embargo, ya adelantamos al principio que la distinción entre el escepticismo pirroniano (escepticismo radical, genuino) y el escepticismo académico se reconocía en la construcción filosófica positiva que realizaba este último. Aquí radicaba la vacilación de algunos estudiosos a la hora de considerar al escepticismo académico como verdadero y legítimo escepticismo. Así pues, esta posición constructiva, particular y original -como ya hemos observado- debilita el escepticismo de Arcesilao (lo cual llevará a Timón a criticarlo) y lo desliza hacia cierto dogmatismo incompatible con su sistema.

La crítica de Arcesilao, igual que la teoría de Zenón, partía también de la premisa de que el sabio no debe tener opiniones. Sin embargo, en un caso y en otro, las razones para afirmar esta idea son diferentes; mientras que en el segundo el sabio tras un certero análisis llegará a la ciencia, a la evidencia de la verdad, en el primero el sabio ante la imposibilidad de reconocer un criterio de certeza llegara a la _πoχή70. En este sentido, observa Cicerón que Arcesilao negaba la posibilidad del saber y que por lo tanto nada había que pudiera percibirse ni entenderse, por lo que recomendaba por esta causa, «nihil oportere neque profiteri neque adfirmare quemquam neque adsensione approbare»71. Tenemos aquí la recomendación de Arcesilao de no aprobar nada con el asentimiento, es decir, suspenderlo. La doctrina de la epoch_ excluye rigurosamente afirmar o negar la existencia de cualquier cosa y de asignar un juicio preferente a una cosa o a otra. Del hecho, pues, de que no exista nada cierto deriva la necesidad de no hacer afirmaciones y de evitar la precipitación.
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