La gran seductora



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LA GRAN SEDUCTORA

La cantante brasileña Marisa Monte cautiva en su regreso a Madrid tras 6 años de ausencia

Carlos Galilea

El País / 15 de septiembre de 2006

Un escenario a oscuras. Una sombra, que se adivina es la de Marisa Monte, se desliza hacia el fondo. Empieza a sonar Infinito particular(“Eis o melhor e o pior de mim /o meu termômetro, o meu quilate...”) hasta que un fino haz de luz revela la tez pálida de la estrella brasileña. Sentada, prácticamente inmóvil sobre una plataforma, cantó tocando el ukelele —pequeña guitarra hawaiana de origen portugués—, guitarras acústicas, kalimba o piano de  pulgares y armónica. Así las siete primeras canciones. Después se levantó y acercó al público para ofrecer Maria de verdade y sambas como Dança da solidão, de Paulinho da Viola, que sintetiza la filosofía musical montiana: "Cuando pienso en el futuro / no olvido mi pasado”. Los nueve músicos —de negro riguroso— están bien juntitos, casi tocándose. Marisa Monte en lo más alto, con los guitarristas a izquierda y derecha, un poco más abajo los demás. Todos alrededor de la jefa. Fue ella la que decidió no darles la espalda. Quiere verlos, mirarles a los ojos. El abstracto escenario que podría haber dibujado Mondrian consiste en cubos apilados y móviles. Estrechan o amplían

el espacio y cambian —al igual que lo hace la luz blanca que irradian— en función de la música. El escenógrafo  Wagner Baldinato ha recurrido a elementos cinematográficos como grandes proyectores, grúas o los raíles sobre los que circulan enormes paneles. Seis años después, Marisa Monte volvía a Madrid con los dos discos que publicó simultáneamente en marzo, Universo ao meu redor—la atmósfera del mundo de la samba, bajo su prisma— e Infinito particular —prolongación de su proyecto autoral—. No son tan distintos. De ambos ha nacido este



brillante espectáculo de música contemporánea brasileña bautizado Universo particular. Combina un cuarteto de cámara —violín (Pedro Mibielli), chelo (Marcus Ribeiro), trompeta (Maico Lopes) y fagot (Juliano Barbosa)— con guitarras (Pedro Baby), cavaquinho (Mauro Diniz), bajo (Dadi), teclados y programaciones electrónicas (Carlos Trilha), batería y percusión (Marcelo Costa). Una formación idónea para recrear con delicadeza las nuevas canciones y recuperar con sutil encanto clásicos como Ao meu redor o Alta noite. La mayoría de las canciones llevan la firma de Marisa Monte junto a la de sus amigos tribalistas Arnaldo Antunes y Carlinhos Brown. El repertorio no es inmutable: hay 30 listas de las que cada noche elige 23 o 24. Canta maravillosamente con su personal estilo de encarar los temas a partir de un timbre algo opaco. Es una artista excepcional. Refinada y popular. Y lo controla todo. Absolutamente todo. Hasta sabe las toneladas que pesa el escenario. Esta gira —mañana y el domingo Marisa Monte actuará en Barcelona (L’Auditori)— es un paréntesis en el largo periplo brasileño que arrancó a finales de abril. Para el final dejó la inédita y festiva Não é proibido, guiño al mejor

soul brasileño en un concierto deslumbrante, y la pegadiza Já sei namorar, que pusieron al público en pie. Como bien dijo alguien: la música popular derrotó a los ejercicios aeróbicos.
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