La iglesia ortodoxa



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LA IGLESIA ORTODOXA
Ayer y Hoy

John Meyendorff

Edición original: L’EGLISE ORTHODOXE HIER ET AUJOURD’HUI

editada por EDITIONS DU SEUIL, 27, rue Jacob, PARIS-VIe.

Versión española de Donald Williams H. A.

Nihil obstat:

Lic. Juan Arriola, S. I.

Censor ecco.

Imprimatur:

Bilbao 22 de noviembre de 1968

Dr. LEON Ma. MARTINEZ

Vic. Gen.


Depósito legal: BI 685 - 1969

GRAFICAS BILBAO - Gordoniz, 28 - BILBAO

PROLOGO
La búsqueda de la unidad constituye uno de los aspectos más característicos y positivos de la historia cristiana contemporánea.

«Como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que también ellos sean una sola cosa en Nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste» (Juan, 17, 21). Esta oración de la Cabeza de la Iglesia establece uva relación de causa a efecto entre los cristianos y su testimonio en el mundo. Para que el mundo crea, es menester que los fieles de Jesucristo den testimonio Imprimatur: de su unidad en Dios e inviten a sus hermanos no cristianos a compartir esta unidad. Pero la realidad histórica podría dar la impresión de que el Padre no ha escuchado la oración de su Hijo, que la obra redentora de Cristo no nos ha traído la paz, sino la discordia, que el Evangelio no es más que una doctrina entre tantas otras, incapaces hasta ahora de conquistar a toda la humanidad.

Ahí radica el escándalo, del que los primeros en darse cuenta han sido los misioneros. Estos han fomentado un modo de pensar llamado «ecuménico», que plantea ante la conciencia cristiana el problema de la unidad. Han comprobado en la práctica que este problema no atañe solamente a algunos es­pecialistas, sino que se trata de la naturaleza misma del Evangelio, de su eficiencia en el mundo de hoy y, en último tér­mino, de una respuesta que hay que dar a la voluntad de Dios.

En este libro pretendemos presentar la Iglesia ortodoxa dentro del marco de este movimiento hacia la unidad y dentro del espíritu que anima a sus mismos promotores.
8 - PROLOGO
Estudiaremos más adelante las circunstancias históricas que paulatinamente destruyeron la unidad del mundo grecorromano, después que recibió la predicación apostólica en el siglo pri­mero, contribuyendo así a dividir el Oriente y el Occidente cris­tianos. Es evidente que hoy día esas circunstancias se encuentran ampliamente superadas por las convulsiones de las que es teatro nuevo planeta: los centros políticos y económicos del mundo se han desplazado y los conceptos tradicionales de Occidente y de Oriente pertenecen más a la historia que a la realidad moderna. Las comunidades ortodoxas son hoy nume­rosas a través del mundo llamado «occidental», mientas que por otra parte, la Iglesia romana, como las confesiones reformadas están presentes en el Próximo Oriente, en los Balca­nes y en Rusia. Es algo vulgar comprobar hoy que nuestro planeta es pequeño que debemos renunciar al aislamiento de nuestras culturas y de nuestras tradiciones. Los países nuevos de Asia y de África esperan el Evangelio en su pureza au­téntica y la Iglesia en su realidad divina, ignorando todas las disputas medievales que desgarraron la cristiandad. Todo esto anuncia indudablemente una época en la que el problema ecu­ménico se va a plantear en su contenido esencial que es un debate sobre la fe. La misma historia se encarga de liberarnos de los problemas secundarios, removiendo sociológicamente las antiguas cristiandades, planteando ante todos los mismos pro­blemas e imponiéndoles las mismas soluciones. Que todavía no seamos todos miembros de una sola Iglesia de Jesucristo constituye, pues, un hecho que debe -o al menos un día necesariamente deberá- explicarse por razones mayores, por­que nuestros contemporáneos o nuestros descendientes tendrán cada vez más dificultad en justificar los cismas por otros mo­tivos que los de la fe. Y este es indudablemente uno de los rasgos positivos de nuestra época: La huida ante falsos pro­blemas y la búsqueda de los auténticos. ¡Qué magnífica ocasión para nosotros, cristianos, el aceptar con plena conciencia y abordar por fin el verdadero debate de la Unidad!

En este debate la Iglesia ortodoxa ocupa un puesto par­ticular, ya que permanece al margen del choque más violento que conoce la cristiandad moderna: el que continúa oponiendo la Iglesia romana a las comunidades salidas de la Reforma.


9 - PROLOGO
Bajo este aspecto, la Iglesia ortodoxa permanece como la Igle­sia de la continuidad y de la tradición Este es el sentido que ella da al adjetivo con que se la designa ordinariamente: el de ortodoxa.

A lo largo de las controversias dogmáticas que siguieron a la Paz de Constantino, las palabras griegas catholicos y ortho­doxos sirvieron para designar igualmente cuantos profesaban la verdadera doctrina. El primero de estos adjetivos, empleado por vez primera en el siglo primero por San Ignacio de An­tioquía (Esmirniotas, 8, 2) para designar a la Iglesia cristiana -la Iglesia católica- expresa la plenitud, la universalidad y también el aspecto comunitario del mensaje cristiano: frente a todas las opiniones «particulares», la Iglesia anuncia una doctrina que es totalidad y que está destinada a todos. Fue tal la aceptación del término catholicos en la literatura y la teología, que lo adoptaron los símbolos de fe y luego los re­dactores del Credo Niceo-Constantinopolitano: «La Iglesia una, santa, católica y apostólica». En Occidente, el uso de este adjetivo llegó a ser muy frecuente. Se hablaba con frecuencia de cristianos «católicos» y de fe «católica». En Oriente, al contrario, este adjetivo servía sobre todo para designar a la Iglesia, mientras que a los fieles individuales, se les designó más bien como «ortodoxos» -«los que tienen una opinión jus­ta»- por oposición a los herejes. Finalmente, durante la Edad Media se habló cada vez más de la «Iglesia ortodoxa», opo­niéndola ya al «catolicismo» romano.

Así pues, en el debate ecuménico, la Iglesia ortodoxa se presenta como la guardiana de la verdadera fe, la de los após­toles y la de los Padres de la Iglesia. Como condición de la unión, propone la vuelta de todos los cristianos a esta fe única, la fe de los primeros concilios ecuménicos.

Esta pretensión y esperanza pueden parecer utópicas bajo muchos aspectos. E1 retorno a las fuentes, necesario para resta­blecer la unidad, ¿no sería solamente un retomo artificial hacia un pasado superado? Por otro lado, las debilidades históricas del Oriente ortodoxo, que pretende haber conservado esta he­rencia del pasado no ofrecen demasiados alicientes para seme­jante retorno. ¿Cómo se le podría entonces justificar?


10 - PROLOGO
En las páginas siguientes intentaremos demostrar que sería inexacto plantear así el problema. Cuando el ortodoxo habla de un «retorno a las fuentes», no se trata para él de un retorno al pasado, sino de una permanencia y de una fidelidad a la Revelación. Esta Revelación juzga al pasado, así como al pre­sente y al porvenir, de Oriente y de Occidente. Uno de los problemas esenciales que hoy día se plantea a los teólogos, es saber distinguir entre la santa Tradición de la Iglesia -ex­presión adecuada de la Revelación- y las tradiciones humanas que sólo la expresan imperfectamente y de ordinario se oponen a ella y la oscurecen. ¡Cuántas de estas tradiciones humanas tendrán que abandonar los ortodoxos antes de que hagan acep­tar a los demás cristianos su pretensión de poseer la verdadera y única Tradición! Su mérito, sin embargo -el mérito histó­rico del Oriente cristiano-, consiste precisamente en haber dejado abierta la puerta de par en par a un eventual examen de conciencia.

Por consiguiente, nuestro libro tendrá un doble fin: el de presentar la Iglesia ortodoxa -su pasado y su estado actual-­ a los lectores occidentales que, excepción hecha de casos muy contados, sólo tienen una información muy general acerca de ella, y el de iniciar a estilo de los mismos ortodoxos, el examen de conciencia que necesitan.

En nuestra exposición seguiremos el desarrollo histórico de la Iglesia ortodoxa desde los tiempos apostólicos hasta nues­tros días: es la interpretación que demos a las etapas de esa historia la que permitirá al lector distinguir las posturas dog­máticas esenciales de la Ortodoxia. Los dogmas fundamentales sobre la Escritura y la Tradición, sobre la Iglesia y el magis­terio eclesiástico se encontrarán así definidos desde los prime­ros capítulos. A1 final del libro, volveremos a mencionar algu­nos otros aspectos doctrinales según sus formas actuales.

Lo que emprendemos aquí no es, pues, una exposición sis­temática de la fe ortodoxa, sino una introducción general a la vida pasada o presente de la Iglesia ortodoxa.


11 - PROLOGO


Nota del Traductor:
Hay que tener presente que el Canon de la Misa Romana usa los términos «ortodoxo» y «católico» en un sentido aná­logo al del autor. Cf. Te igitur clementissime Pater,... supplices rogamus ac petimus, uti accepta habeas et benedicas haec dona,... In primis, quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica:... una cum famulo tuo Papa nostro N., et Antistite nostro N., et omnibus orthodoxis atque catholicae et apostolicae fidei cultoribus. (A ti, pues, Padre misericordioso..., te pedi­mos humildemente... que aceptes y bendigas estos dones... Ante todo por tu Iglesia santa y católica... con tu servidor el Papa..., con nuestro obispo... y todos aquellos que, fieles a la verdad promueven la fe católica y apostólica).

13 - CAPITULO I - LOS APOSTOLES, LOS ESCRITOS APOSTOLICOS Y LA IGLESIA PRIMITIVA

CAPITULO I

LOS APOSTOLES, LOS ESCRITOS APOSTOLICOS Y LA IGLESIA PRIMITIVA


«En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítida, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zaca­rías...» (Lc., 3, 1-2). Con estas minuciosas precisiones histó­ricas, el evangelista Lucas, después de dos capítulos de intro­ducción, comienza a narrar la obra mesiánica de Jesús. La re­ligión cristiana está, en efecto, basada en la creencia de una intervención de Dios en la historia concreta de la humanidad: la encarnación de su Hijo. Y el Credo responde a esta misma preocupación histórica cuando precisa que Cristo sufrió «bajo Poncio Pilato». ¿Por qué nombrar en un breve y solemne re­sumen de la fe, a ese funcionario al fin de cuentas sin relieve, si no para afirmar que Jesús fue bien un personaje histórico, un hombre como todos nosotros, un judío que, lo mismo que todos sus compatriotas, estaba bajo el dominio romano y para afirmar también que sus contemporáneos lo oyeron, lo vieron con sus ojos y lo tocaron con sus manos? (cf. I Juan, I, I).

Este carácter histórico de la obra mesiánica queda atesti­guado también por la manera en que el Evangelio fue trans­mitido al mundo grecorromano, y a las generaciones posterio-


14 - CAPITULO I - LOS APOSTOLES, LOS ESCRITOS APOSTOLICOS Y LA IGLESIA PRIMITIVA
res. Cuando estaba a punto de dejar a sus discípulos para vol­ver al cielo, el Maestro les dijo solemnemente: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros; y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierras (Act., 1, 8).

A1 igual que los demás acontecimientos históricos, los actos realizados por Jesús -sobre todo el acto más extraordinario que Dios obró en El, su Resurrección al tercer día- debieron ser confirmados por testigos. «Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelotes y judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración con las mujeres, y con María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos» (Act., 1, 13-14). A decir verdad, eran pobres testigos aquellos doce pescadores de Galilea -en realidad no eran más que once después de la traición de Judas- en compañía de unos cuantos amigos de Jesús. A pesar de la tragedia del Gólgota, a pesar de la Resu­rrección, a pesar de todo lo que el Maestro les había enseña­do sobre su Reino, seguían todavía reclamándole el estableci­miento de una realeza davídica temporal. No obstante, todos le habían seguido desde el comienzo de su ministerio. Esta era la condición necesaria que debían reunir todos los miem­bros del colegio apostólico, y que fue la que se alegó en la elección de Matías en sustitución de judas: «Conviene, pues, que de los varones que nos han acompañado todo el tiempo que entre nosotros permaneció el Señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado a lo alto, sea constituido uno de ellos testigo de su Resurrección, con nosotros» (Act., 1, 21-22).

Dispuestos a actuar como testigos del Maestro resucitado, no llegaban todavía a realizar plenamente la universalidad abru­madora del ministerio del que se veían investidos. Únicamente con el cumplimiento de una reiterada promesa de Jesús supie­ron cambiar su dialecto galileo por la lengua universal del Evangelio: el Espíritu Santo descendió sobre cada uno de ellos, y «empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espí­ritu les concedía expresarse» (Act., 2, 4). Solamente entonces Pedro supo anunciar a Israel el comienzo del verdadero reino mesiánico, la realización de las profecías: «Tenga, pues, toda
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la casa de Israel la certeza de que Dios hizo Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado» (Act., 2, 36). Para crear, por tanto, la comunidad de la Nueva Alianza se necesitaron a la vez testigos oculares de Cristo resucitado y la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente para dar veracidad a ese testimonio y manifestar inmediatamente sus frutas. «Los que acogieron su palabra se bautizaron, y se agre­garon aquel día unas tres mil almas» (Act., 2, 41).

Hasta hoy la Iglesia no vive más que sobre el testimonio de los apóstoles y gracias al Espíritu Santo que permanece en ella desde el día de Pentecostés. Por eso es a la vez «santa» y «apostólica». En realidad, el Espíritu no ha añadido nada a la obra cumplida por Cristo, porque «Dios quiso que ha­bitase en El toda la plenitud» (Col., 1, 19). El Espíritu «da testimonio porque El es la verdad» (1 Juan, 5, 6). «El me glo­rificará a mí, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando» (Juan, 16, 14). Así pues, la venida del Espíritu no hace inútil el testimonio humano de los apóstoles sobre la Resurrección histórica del Señor: lo sella y lo autentifica.

Este último punto es muy importante cuando se considera el significado de los libros del Nuevo Testamento y la for­mación del Canon de las Escrituras. Estos libros -los cuatro Evangelios, el libro de los Hechos, las epístolas y el Apoca­lipsis- tienen por objeto esencial la Persona de Jesucristo, la índole de su sacrificio y el hecho de su Resurrección; consti­tuyen, por consiguiente, una forma escrita del mensaje de los apóstoles. Su autoridad proviene a la vez de su autenticidad apostólica y de su inspiración. La tradición insiste efectiva­mente en la autenticidad apostólica de los Evangelios de Mar­cos y de Lucas, cuyos autores no eran, sin embargo, miembros del colegio de los Doce y es probable que no conocieran per­sonalmente a Jesús. Para dar autenticidad a estos evangelios, la Tradición se remite a la autoridad de Pedro y de Pablo, cuya predicación fue puesta por escrito por Marcos y Lucas. Esta autenticidad elástica ha permitido así aceptar en el Canon, es­critos como la Epístola a los Hebreos o el Apocalipsis, sobre los que hubo algunas dudas desde los primeros siglos de la Iglesia. La autenticidad apostólica no es necesariamente una
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autenticidad material, sino una garantía, sellada por el Espíritu Santo, del origen apostólico del contenido de los Libros Santos. En realidad, el testimonio apostólico sería ineficaz sin el milagro de Pentecostés, sin la venida del Espíritu no sólo sobre los Doce, sino sobre toda la Iglesia. La Iglesia ha sido así fundada por los Apóstoles y sobre los Apóstoles, pero tam­bién en el Espíritu Santo. Jamás se ha intentado añadir al Canon de las Escrituras un escrito que no fuera de origen apos­tólico, precisamente porque el Espíritu no revela más que a Cristo, cuyos testigos fueron los apóstoles. Pero es el Espíritu, en la Iglesia, quien limita el Canon de las Escrituras y, a lo largo de los siglos, preserva a la Iglesia en la verdad y fideli­dad a su Cabeza.

Aquí tenemos los elementos esenciales de la concepción or­todoxa sobre la Escritura y la Tradición. La Escritura abarca la totalidad del testimonio apostólico, y no cabe añadir a ella nada que pueda completar nuestros conocimientos de la Per­sona de Jesús, de su obra, y de la salvación que nos trae. Pero este testimonio escrito sobre Cristo no fue lanzado al aire -como el Corán que, según la tradición islámica, cayó del cielo para que los hombres lo leyeran tal como lo habían re­cibido-. La Escritura fue entregada a una comunidad fundada por esos mismos apóstoles y que había recibido el mismo Es­píritu. Esta comunidad es la Iglesia que ha recibido la Escri­tura, que ha reconocido en ella la Verdad, que ha establecido de una vez para siempre sus límites y que la interpreta con la ayuda del Espíritu. Esta interpretación y este reconocimiento es lo que se llama la Tradición.

El libro de los Hechos, redactado por Lucas, autor del ter­cer Evangelio, describe los primeros años de la Iglesia. Este libro se subdivide con bastante claridad en dos partes des­

iguales: La primera, que abarca los doce primeros capítulos, relata la vida de la Iglesia primitiva de Jerusalén, su fundación en el día de Pentecostés, su vida interna, las actividades de sus jefes. La segunda está centrada no ya en la comunidad de Jerusalén, sino en la persona del Apóstol de los gentiles, al que Lucas da aquí el nombre de Pablo (Act., 13, 9), cuando en los primeros capítulos le llamaba siempre Saulo.


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La comunidad de Jerusalén está dirigida por el colegio de los Doce, pero, dentro de ese colegio, el Apóstol Pedro ocupa claramente el primer puesto: habla en nombre de todos y fi­gura como su cabeza. Es probable que las famosas palabras pronunciadas por Jesús cuando iba camino de Cesarea de Fi­lipo -«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Igle­sia...» (Mt., 16, 18) (1)- relatadas por el Evangelio jerosoli­mitano de Mateo se refieran a esta misión de Pedro en Jeru­salén. La Iglesia de Jerusalén no era efectivamente una iglesia particular entre las demás: era la única Iglesia, el «resto» de Israel, anunciado por los profetas, que había recibido al Mesías, y a la Iglesia de los Gentiles, de la que Pablo será su único apóstol, únicamente se la podía considerar como una «planta» injertada en el auténtico olivo (Rom., 2, 17). Gobernada por los doce apóstoles, era la anticipación de la Jerusalén futura. la Ciudad Santa que descenderá del cielo y de la que nos dice el vidente del Apocalipsis: «La muralla de la ciudad tenía doce fundamentos, llevando cada uno el nombre de uno de los doce apóstoles del Cordero» (Apoc., 21, I4). Para Lucas, la historia y la escatología están tan íntimamente unidas en los doce primeros capítulos de los Hechos, que difícilmente se puede distinguir entre una y otra. En el discurso que Pedro pronunció el día de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo se interpreta como el cumplimiento de una profecía escatoló­gica de Joel y la vida de la comunidad se dibuja como un constante milagro. «Se reunían todos en el pórtico de Salomón y nadie de los demás se atrevía a unirse a ellos, pero el pueblo los tenía en gran estimación» (Act., 5, 12-13).

El capítulo doce marca claramente el fin de este período ex­cepcional en la vida de la Iglesia. El colegio de los Doce deja de existir Herodes «hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan» (Act., 12, 2), y a nadie se le ocurrió completar, mediante una nueva votación, el número simbólico de los Apóstoles. como se había hecho anteriormente para reemplazar a Judas. Pedro, por su parte, tras su encarcelamiento y milagrosa libe­

(1) Cf. nuestro artículo «Sacrements et hiérarchie dans l’Eglise. Contribution orthodoxe à un dialogue oecuménique sur la Primauté romaine», en «Díeu vivant», 26, 1954, pp. 81-91.
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ración, «se fue a otro sitio» (Act., 12, 17). Conservará su auto­ridad personal como «primer apóstol», pero esta autoridad es­tará lejos de ser absoluta, ya que podrá ser abiertamente ata­cada por Pablo (Gal., 2). El primer puesto en Jerusalén mismo, lo ocupará en adelante Santiago, hermano del Señor (Act., 15), que no había sido miembro del colegio de los Doce. El papel representado por Pedro en la fundación de la Iglesia se pro­longará, como veremos más adelante, en el ministerio epis­copal, pero en lo sucesivo él se limitará a ser el «apóstol de los circuncisos» (Gal., 2, 7-8). Desgraciadamente, este apostola­do no tendrá un porvenir histórico muy brillante, puesto que Israel rechazará definitivamente a su Mesías, y el pobre «resto» que lo había aceptado por fin, se verá anonadado en la catás­trofe que sobrevendrá a Jerusalén en el año 70.

Ahora el futuro histórico está en manos del Apóstol de los Gentiles, Pablo, a quien el libro de los Hechos dedica los capítulos 13 a 28. Gracias a sus viajes por toda la cuenca medi­terránea, aparecen por doquier comunidades cristianas, «iglesias de Dios» que, como antes de la Jerusalén, recibían el Evan­gelio y el Espíritu Santo. Para Pablo, que comenzó sin em­bargo sus grandes misiones después que el Colegio de los Doce había dejado ya Jerusalén, la comunidad palestinense guardaba una autoridad especial y una primacía de fundación. Tuvo que lograr -¡y con cuántas dificultades!- que ella reconociera el principio mismo de su misión entre los Gentiles y no se olvidó de la colecta apara los hermanos de Judea», símbolo y expre­sión de la unidad eclesial. No obstante, para él, toda iglesia era la «Iglesia de Dios», en la cual ano había ya ni griego ni judío». Exigía que todos los cristianos que vivían en el mismo lugar, formaran parte de una sola comunidad y en este aspecto la existencia de una misión judeocristiana paralela a la suya, le creaba dificultades. Se indignaba contra los que, en Corinto, querían establecer distintas comunidades: «Cada uno de vos­otros dice: "Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo" ¿Está dividido Cristo?» (1 Cor., 1, 12-13). Porque, juntos, los cristianos «constituyen» a Cristo; no son más que un cuerpo indivisible que, en cada iglesia local, debe manifes­tarse en su totalidad e integridad.


19 - CAPITULO I - LOS APOSTOLES, LOS ESCRITOS APOSTOLICOS Y LA IGLESIA PRIMITIVA
Estas dificultades con los judíos cristianos no parecen haber comprometido las relaciones de Pablo con Pedro, apóstol de los circuncisos. Ambos, según la Tradición, fueron a Roma para dar testimonio con su sangre, tal vez con algunos meses de diferencia, sobre la universalidad de la salvación en Jesu­cristo. Esta comunión en la muerte, en la capital del Imperio, de los dos «primeros apóstoles» (2) -el primero de los Doce, que presidió la Iglesia de Jerusalén, y el primer apóstol de los Gentiles- aumentó el prestigio de la Iglesia romana, en la que permanecerá viva su tradición y en la que sus reliquias pronto serán veneradas.

Entre los principales testigos del Resucitado se perfila to­davía la misteriosa figura del «discípulo amado», Juan, hijo de Zebedeo. A él, lo mismo que a Pedro y Pablo, se le atribuyen algunos escritos neotestamentarios, así como la tradición local de Efeso. Era uno de los miembros destacados del colegio de los Doce, próximo personalmente a Pedro y desempeñando por ello un papel de primer plano en la comunidad primitiva de Jerusalén. Su intimidad con el Maestro parece haberle dado una especie de primado espiritual entre los demás apóstoles, que se le ha podido oponer y comparar al primado más insti­tucional de Pedro y que se refleja en las páginas de su Evan­gelio (3). No obstante, su nombre no aparece más que una vez en las epístolas de San Pablo: Juan se encuentra, en compañía de Santiago y Pedro, entre las «columnas» de la Iglesia de Jerusalén (Gal., 2, 9). Desconocemos si, por consiguiente, Juan intervino con Pedro en la misión judeocristiana de esta Iglesia. Y aunque la tradición sitúa en Efeso -una Iglesia fundada por Pablo (Act., 19, 8-9)- su actividad y sus últimos años, no parece que su nombre pueda figurar como en cierta aposi­ción a la doctrina paulina. Sus escritos -los últimos incluidos en el Nuevo Testamento- se caracterizan por una visión per­sonal del mensaje cristiano. La Iglesia bizantina concede a Juan el título de «Teólogo». En los escritos joánicos, el ele­-

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