La iniciación cristiana, hoy una necesidad sentida



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PLAN DIOCESANO DE PASTORAL

LINEA PRIMERA

M a t e r i a l d e r e f l e x i ó n


LA INICIACIÓN CRISTIANA, HOY

UNA NECESIDAD SENTIDA:

REPENSAR LA INICIACIÓN CRISTIANA


La pastoral de la iniciación cristiana despierta hoy en la Iglesia gran preocupación e interés. Catequistas de “a pie”, educadores cristianos, agentes de pastoral, pastores… son muchos los que ad­vierten la necesidad de recuperar hoy el sentido de la iniciación cristiana y conceder a la misma el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia. La renovación de los itinerarios de iniciación ha sido propuesta repetidamente ante el progresivo debilitamiento del tejido de comunicación fundamental de la fe que hasta hace algunos años constituía el telón de fondo de la sociedad española (cf. IC 3-4).

Podemos apuntar algunas de las razones que están en la base de esta nueva reflexión:


a) Cambio de panorama familiar, social y eclesial

Durante mucho tiempo hemos atri­buido a la familia la función de iniciar a sus hijos en la fe. La Iglesia confió a padres y padrinos la formación de la fe y el aprendizaje de la vida cristiana, conforme a los compromisos bautis­males adquiridos. Los padres explica­ban y ayudaban a comprender a sus hijos la fe recibida en el bautismo y, puesto que la familia constituía un ver­dadero ámbito de fe, iniciaban en la vida cristiana.

A su vez, la propia sociedad civil, sociológicamen­te más unida a la Iglesia, desempeñaba, en cierto modo, la función de catecumenado social que integraba a to­dos en un mismo horizonte de com­prensión y de sentido. Sin embargo, hoy no es posible pensar en una iniciación cristiana realizada de modo casi espontáneo, por influjo del ambiente. Como acertadamente dicen nuestros obispos, ante los nuevos interrogantes con los que se ha de confrontar la fe del creyente hoy: “…una minoría de edad cristiana y eclesial no puede soportar las embestidas de una sociedad crecientemente secularizada” (IC 3).

La familia, por su parte, aunque «no puede renunciar a su misión de educar en la fe a sus miembros y ser lugar, en cierto modo insustituible, de catequización» (IC 34), recibe tam­bién este impacto y, de hecho, rara­mente constituye hoy un ámbito cris­tiano capaz de formar a sus hijos en la fe recibida. La problemática que actualmente se plantea sobre la iniciación cristiana es amplia y relativamente nueva. El contexto socio-cultural actual no facilita la evangelización, la personalización de la fe y, por tanto, la iniciación cristiana y es necesario tomar conciencia de ello (cf. IC 63-64; 71-72).


b) Deficiencias en la catequesis y en la acción pastoral

Esta situación nos obliga a revisar cómo estamos iniciando en la vida cristiana, cómo estamos edificando la Iglesia del futuro.

La catequesis, tantas veces instrumento casi único de iniciación, tal y como se está llevando, con una hora semanal en el mejor de los casos, con mentalidad y organización marcadamente escolar, y pensada para una época de cristiandad, resulta insuficiente. La iniciación cristiana que debería ser una de las acciones básicas que produjera una honda satisfacción a los responsables de una comunidad cristiana se convierte, en muchas ocasiones, en fuente de sufrimiento y decepción puesto que el proceso de iniciación se torna en demasiados casos en proceso de conclusión.

Todas estas realidades van susci­tando en la Iglesia la necesidad de revisar en profundidad la pastoral de la iniciación y restablecer, en toda su originalidad, la iniciación cristiana, es decir, el “carácter materno” que caracterizó a las primeras comunidades. Hay algo que debemos asegurar: nadie va a quedar “huérfano”, todos podrán gozar de la oferta de Dios.


c) Nueva conciencia eclesial de la iniciación cristiana

La preocupación por la práctica de la iniciación cristiana no sólo obedece a los problemas y dificultades para llevarla a cabo. El nuevo y vigoroso interés por la iniciación cristiana pro­cede también de otros factores: el acercamiento a la obra de los Pa­dres de la Iglesia, la renovación catequética y litúrgica posconciliar, los recientes trabajos de investigación histórica y teológica sobre la inicia­ción cristiana, la creciente conciencia misionera y maternal de la Iglesia en relación con la educación en la fe de los nuevos creyentes, y, en fin, el im­pulso dado por el Vaticano II y el magisterio posterior.

La iniciación cristiana remite al cora­zón mismo de la Iglesia, porque pone en juego las realidades más profundas de la fe como son la transmisión del mensaje revelado, la manifestación en la vida de la Iglesia de la presencia salvadora de Cristo, la llamada al hombre a la conversión, al abandono del pecado y a la adhesión a Dios, y, finalmente, la incorporación a la vida divina por el sacramento del bautismo. Todo confluye, para el bautizado, en una nueva realidad: la vida en Cristo, verdadero y nuevo nacimiento que exige una gestación real, es decir, un proceso de iniciación cristiana.

Por eso, en relación con la inicia­ción cristiana no es suficiente pregun­tarse sobre cómo administrar y cele­brar los sacramentos de iniciación cristiana, o cómo prepararse catequéticamente a ellos. Hemos de pregun­tarnos, ante todo, cómo impulsar y llevar a buen fin hoy el proceso de in­corporación a Cristo y a la Iglesia. La Iglesia actual no puede renunciar o minimizar el ejer­cicio de su responsabilidad propia: la maternidad espiritual, por la que en­gendra nuevos hijos, por el Espíritu Santo, en el misterio de Cristo.

Hablamos, por lo tanto, de una cuestión capital. En ella se juega el “ser o no ser” del cristiano. Se inicia en la fe a una persona, es decir, se le bautiza, confirma y se le invita a la Eucaristía; se le educa básicamente en la fe, vida y misión de la Iglesia, para hacerlo cristiano, esto es, para ser y vivir en Cristo. La urgencia de la iniciación cristiana viene determinada por la obediencia al mandato misionero del Resucitado y la fidelidad a la condición maternal de la Iglesia».

¿QUÉ ES LA INICIACIÓN CRISTIANA?

Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20)

El mandato del Señor encierra una misión. Esta misión se realiza en el anuncio universal del Evangelio y en la celebración de los sacramentos, particularmente en los de la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana es la inserción de un candidato en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La Iniciación cristiana, como participación de la naturaleza divina, se realiza mediante el conjunto de los tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser trasformado por Él.” (IC 19)

La Iniciación cristiana es puro don de Dios que recibe la persona por mediación de Cristo, único Mediador. Tiene su origen en la iniciativa divina y supone la decisión libre de la persona que se convierte al Dios vivo y verdadero, por la gracia del Espíritu, y pide ser introducida en la Iglesia. La iniciación a la fe cristiana es don y tarea, oferta y conquista, iniciativa divina y respuesta humana, gracia y libertad.

En efecto “la catequesis es elemento fundamental de la iniciación cristiana y está vinculada a los sacramentos de la iniciación. Completada la iniciación cristiana es necesaria también la educación permanente de la fe en el seno de la comunidad eclesial” (cf. DGC. n. 69).
Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino que consta de varias etapas. Éste puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística” (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1229).

CONFIGURAR LA PASTORAL SEGÚN EL MODELO DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

¿Qué podemos hacer? Un interrogante que podríamos resumir así: ¿cómo ayudar, a quienes hoy se acercan a la fe, a ser cristianos? Es necesario repensar y revisar en profundidad la pastoral de la iniciación. Una praxis que responda a una doble fidelidad: por un lado, que respete y asuma los datos de la situación histórica presente y, por el otro, que atienda y responda a las propuestas de la Revelación cristiana.

Sin embargo, sería una ocasión perdida, si toda reflexión quedara casi reducida a preguntarse sobre cómo y a qué edad administrar y celebrar los sacramentos de iniciación, cómo prepararnos catequéticamente para ellos, cuáles son las normas que seguir, etc. Hemos de reflexionar, orar, discernir, preguntarnos, sobre todo, cómo impulsar y llevar a buen puerto hoy los procesos de incorporación a Cristo y a la Iglesia; qué es y cuándo está hoy una persona iniciada en la fe; qué rostro debemos presentar como Iglesia diocesana y como comunidad parroquial, aquí y ahora, con lo que hacemos, decimos y pensamos para hacernos más aptos a la hora de evangelizar; qué posibles y diversos caminos de iniciación debemos emprender.

En definitiva, hemos de cuestionarnos con valentía y verdad si nuestras comunidades son o no fecundas, si la dimensión materna de la Iglesia sigue suficientemente viva y operante en nuestros grupos, comunidades, catequesis, movimientos, parroquias, etc… La opción por la pastoral de la ini­ciación cristiana supone una profunda renovación y revitalización interna de la propia Iglesia.

Desarrollamos, a continuación, algunas condiciones para mejorar el ejercicio de esta pastoral de la iniciación:
1. PRIMACÍA DE LA ACCIÓN MISIONE­RA

Ante los desafíos planteados por la realidad socio-cultural y la situación de fe de nuestros bautizados, la pastoral de la iniciación cristiana está pidiendo, en primer lugar, una acción decidida y vigorosa de tipo misione­ro. Una acción misionera articulada en torno al primer anuncio del evangelio, y que supone, en consecuencia, el acer­camiento y la atención al hombre en sus necesidades e interrogantes, el acompañamiento a lo largo del cami­no de búsqueda que ha emprendido o que es necesario suscitar en él, la acogida de sus demandas de verdad, libertad, felicidad y justicia, y la profundización del sentido cabal de las mismas, el apoyo en el discernimien­to necesario y, finalmente, el testimonio y el anuncio explícito del evange­lio de Jesucristo en nombre de la Iglesia.

La comunidad ecle­sial debe hoy, como hizo en otros tiempos, superar las rutinas e inercias que envuelven con frecuencia su vida y acción pastoral, profundizar su vo­cación y responsabilidad misionera y constituirse en centro impulsor del anuncio, la conversión y el testimonio de la fe y de la vida cristiana.

En concreto, la comunidad eclesial, y cada cristiano en particular, ha de alcanzar a comprender que se trata, ante todo, de ser y mostrarse hoy abiertamente testigos de la gloria de Dios, realizada por Jesucristo, nues­tro Salvador, presente y vivo entre nosotros. Testigos que invitan a ver y vivir «lo que nosotros hemos visto y oído, hemos contemplado y han toca­do nuestras manos» (1 Jn 1,1-3).


Por eso, la determinación, por parte de la comunidad eclesial, de otorgar la primacía a la acción misionera y de dar el primado al anuncio de Jesucristo, obligará a profundos cambios en las personas, en primer lugar, pero tam­bién en la organización y en las es­tructuras, y, con seguridad, abrirá el horizonte a la renovación interna de la vida eclesial. Creer es, en el fondo, admitir que en mi existencia ocurre un acontecimiento, porque mi vida es incorporada a Cristo, vivida en él y desde él. Creer es pasar al Evangelio. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (Benedicto XVI, Deus caritas est, n.1). De lo contrario, nos arriesgamos a dejar en vacío el adagio de Tertuliano según el que “el cristiano no nace, se hace”, hoy el peligro es más bién el de “nacer cristiano” y no llegar a vivir nunca como tal.

2. LA SOLICITUD DE LA IGLESIA: MADRE Y CASA DE LA INICIACIÓN

El proceso formativo de la inicia­ción cristiana se realiza por medio de la Iglesia, que engendra a los nuevos hijos y, bajo su cuidado, los alimen­ta con la Palabra, los acompaña con su presencia, los alienta con su testi­monio y los sostiene con la oración y la participación en las celebraciones litúrgicas. La educación en la fe y el acompañamiento espiritual, como venimos subrayando, es tarea propia de la comunidad eclesial.

La Iglesia se torna, pudiéramos decir, catecumenal, es decir, que se configu­ra catecumenalmente, y en cuanto tal vive la vida cristiana como camino pedagógico de crecimiento que Dios abre para la persona y que ella continúa. La comunidad eclesial, al igual que hiciera Jesús con los discípulos de Emaús (cf Lc 24,13), debe ponerse hoy también en camino y acompañar a los fieles, a los desanimados y a los ale­jados hacia el conocimiento del evan­gelio, la profundización de la fe, la práctica de la caridad, el ejercicio de la oración y el testimonio de la gloria de Dios, para poder decir como san Pablo: «Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró dig­no de confianza. La gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús” (1 Tim 1, 14).


  1. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Cor 9,16): REDESCUBRIR EL SENTIDO Y LA NECESIDAD DE LA COMUNICACIÓN DE LA FE

La Iglesia existe para evangelizar y está llamada a ser canal de gracia para el mundo. Por eso, no otorgar una atención prioritaria a esta exigencia o posponerla a causa de otras urgencias de tipo administrativo, o sencillamente ejercerla con desgana, no sería un síntoma de buena salud eclesial.

En definitiva, la Iglesia debe perse­verar a lo largo de los tiempos en la transmisión de lo que ha recibido: el acontecimiento del proyecto de amor del Dios revelado en Cristo. En la pastoral general de la Iglesia y, específicamente, en la ini­ciación cristiana, la transmisión de la fe ha de obtener el lugar preeminente que le corresponde.

En resumen, la transmisión de la fe y la iniciación cristiana son realida­des íntimamente vinculadas y corre­lativas: la misión de transmitir la fe se realiza de modo eminente en la iniciación cristiana. Por la transmisión de la fe, nuevos hijos conocen y son incorporados al evangelio de Jesucristo. Por la inicia­ción cristiana, el bautizado es intro­ducido en la corriente viva de la tra­dición de la Iglesia. En la iniciación cristiana se manifiesta la fecundidad de la Iglesia, al en­gendrar en una misma fe, la fe apos­tólica, a nuevos hijos, antes dispersos. En la transmisión de la fe, la Iglesia hace entrega al creyente de todo lo que ella cree y es. Así pues, transmisión de la fe e ini­ciación cristiana se reclaman mutua­mente y recíprocamente se perfeccionan.


A continuación reseñamos algunos retos y consecuencias para la pastoral de iniciación, que se derivan de esta urgencia misionera del tiempo presente:

    1. En relación a los lugares:

La iglesia particular, cumpliendo el mandato misionero del Señor, ejerce su función maternal realizando la iniciación cristiana en diferentes ‘lugares’ y, por determinadas acciones. Soñamos con una comunidad capaz de iniciar a la vida cristiana, laboratorio permanente de la fe y la esperanza. Un espacio de encuentro con Dios, una comunidad casa y escuela de comunión.

Sin embargo, habrá que estar atentos a otros lugares donde hoy pueda estar surgiendo la “pregunta” sobre Dios. Lugares que, en ocasiones, no son explícitamente religiosos, pero donde Dios “anda” o al menos la pregunta por lo religioso. Descubrir nuevos espacios y “ágoras” donde se percibe la “nostalgia de Dios” y desde los cuales atisbar las “noticias de Dios”. La formación cristiana va a exigir la creación de lugares eclesiales capaces de acoger personas venidas de todas partes y situaciones.

En definitiva, se trataría de ir tomando conciencia para descubrir nuevos ámbitos para proponer el Evangelio, además de los ya comunes entre nosotros, será necesario recuperar los reflejos de las primeras generaciones de creyentes, que encontraron modos para anunciar adecuadamente el Evangelio en la plaza pública. Nuestras actividades no pueden desarrollarse todas ellas “a la sombra” del campanario, habrá que imaginar nuevos lugares catequéticos para una propuesta pública del Evangelio.


    1. En relación a los destinatarios

Toda edad es susceptible de ser catequizada. Si hay que privilegiar a alguien: los adultos. Conviene explorar posibilidades de catequesis familiar y de catequesis intergeneracional en la que la edad ya no es lo más determinante, sino el proceso de fe. No es que estemos hablando de una “catequesis a medida”, pero sí que es necesario aterrizar al proceso personal de cada sujeto y responder de manera concreta a su ritmo de fe. En consecuencia tiene que ser superada la praxis de proponer a los posibles catecúmenos -sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos- un único camino basado en el ritmo y esquema del ámbito escolar: situaciones diferentes reclaman respuestas e itinerarios diversificados. El discernir las "disposiciones religiosas" con que acuden los posibles catecúmenos debe ser tomado con la seriedad necesaria a fin de configurar con mayor claridad el itinerario más conveniente de la IC para cada catecúmeno o grupo de catecúmenos.

La necesidad del trabajo pastoral con las familias y de su presencia y tarea en la catequesis continúa siendo un reto permanente, teniendo en cuenta las distintas etapas y siendo realistas ante los distintos modelos de familia existentes. Ante la pluralidad de situaciones y condicionantes, debemos apostar por dar prioridad a una forma adulta de catequesis. Esta opción invita a realizar un paso: salir de la delegación del proceso de iniciación en un grupo de catequistas para que sea la comunidad eclesial la que se hace cargo del proceso, ella es el seno de la fe para las nuevas generaciones.

Por otra parte, la iniciación debe alcanzar todas las esferas de la persona (entendimiento, afecto, voluntad) y respetar las dimensiones de la catequesis que es una “iniciación cristiana integral”, puesto que la fe necesita ser conocida, celebrada, vivida y hecha oración (Dgc n. 84).


    1. En relación al proceso de catequesis

Iniciar significa “entrar dentro”, sugiere la idea de camino, de proceso. El término iniciación se aplica al proceso por el que una persona es admitida en un determinado grupo religioso o social. El proceso consta de fases con las que el iniciado se va identificando con el grupo: aprende sus formas de vida, creencias, convicciones, símbolos, actitudes, lenguaje, hasta operarse una sintonía o simbiosis. La iniciación implica el alumbramiento de una nueva manera de ser.

Seguir la lógica de la encarnación que supone: comprender la realidad, aceptarla y transformarla desde dentro. No podemos ya dar por descontado nada en relación a la fe, iniciar supondrá comenzar por el “abc” de la vida cristiana, tratando de “ir al corazón de la fe”, a lo nuclear de la experiencia cristiana. El destinatario “está donde está” y “es el que es”, el camino de toda educación comienza con la valoración positiva del patrimonio que lleva dentro.



Es claro, por tanto, que hay que desarrollar un proceso catecumenal, apto para desplegarse en el tiempo, pero es también necesario dar pruebas de flexibilidad y adaptación para tener en cuenta los diversos caminos posibles. No podremos acoger a estas personas y proponer itinerarios diferenciados si no disponemos de un marco de referencia sólido dentro del cual podamos movernos con libertad y seguridad. El proceso catecumenal nos parece que puede proporcionar este marco de referencia. En este campo, apremia una valiente renovación de la formación catequética de los catequistas, una presencia más vigorosa de los sacerdotes en esta tarea y lograr procesos orgánicos más acordes con la maduración de la fe de las personas y de las comunidades.

CONCLUSIÓN


La iniciación no puede reducirse a un mero hecho instructivo o a un itinerario didáctico, ni a un mero rito de pertenencia, sino que expresa el misterio que introduce a la persona en la vida nueva: transformándola en su ser; comprometiéndola personalmente a una opción de fe para vivir como hijo de Dios; integrándola en una comunidad que la acoge como miembro (bautismo), la inspira en el obrar (confirmación) y la alimenta con el pan de la Palabra y de la Eucaristía. La primera línea del presente Plan pastoral nos invita serenamente a cuidar los procesos de iniciación y asumir con coraje una pastoral de la iniciación cristiana que exprese nuestra firme decisión de navegar mar adentro para echar las redes. Será inevitable la fatiga y múltiples las dificultades a la hora de construir el diseño y las opciones que exija esta pastoral, pero creemos que es la ocasión para renovar nuestra fidelidad al Señor y dar un nuevo vigor a nuestras comunidades cristianas. No podemos inhibirnos ni cruzarnos de brazos ante un reto tan vital para la supervivencia misma de nuestras comunidades y que tan profundamente atañe al presente y al futuro de la misión. Dios es capaz de abrir futuro donde no existe futuro.


PARA EL TRABAJO EN GRUPO
Cuestionario desde la realidad de nuestras parroquias y arciprestazgos
La pastoral de la iniciación cristiana despierta hoy en la Iglesia gran preocupación e interés. Tanto pastores y teólogos, como catequistas y educadores cristianos, ad­vierten la nece-sidad de recuperar hoy el sentido de la iniciación cristiana y conceder a la misma el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia:


  • ¿Cómo se está transmitiendo la fe en el seno de nuestras familias cristianas y de nuestras comunidades parroquiales? ¿Cómo sientes que se está iniciando en la vida cristiana a nuestros catequizandos?




  • ¿Cómo se están abordando las dificultades inherentes al ambiente social que nos rodea?



A pesar de los muchos es­fuerzos realizados y de los avances indudables en su renovación, las difi­cultades de la transmisión de la fe permanecen y suscitan en la Iglesia la necesidad de revisar en profundidad la pastoral de la iniciación:


  • ¿Qué elementos son irrenunciables en la Iniciación cristiana?




  • ¿Qué elementos necesitarían renovarse dada la situa-ción actual de crisis en la transmisión de la fe?


3ª La iniciación cristiana remite al cora­zón mismo de la Iglesia; a su maternidad espiritual, por la que en­gendra nuevos hijos, por el Espíritu Santo, en el misterio de Cristo; en suma, a su razón de ser: la evangelización.


  • ¿Cómo deberíamos impulsar y llevar a buen fin hoy el proceso de in­corporación a Cristo y a la Iglesia? En “pocas palabras”: ¿Cómo se “hace” hoy un cristiano?




  • ¿Cómo debería ser la iniciación cristiana en nuestra comunidad? A continuación, intentáis “trazar puentes” entre ambas realidades: la situación que tenemos, la situación que soñamos. En el fondo se trata de responder ante este panorama a la cuestión “¿Qué podemos hacer?”, con la ayuda de una lluvia de ideas espontánea e ilusionante.


BIBLIOGRAFÍA y ABREVIATURAS
Documentos eclesiales

  • Catecismo de la Iglesia Católica, Madrid, Asociación de Editores del Catecismo, 1992.

  • Congregación para el Clero, Directorio General para la Catequesis, Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 1997. (DGC)

  • Conferencia Episcopal Española, La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones, LXX Asamblea Plenaria de la CEE, Madrid, Edice, 1998. (IC)

  • Conferencia Episcopal de los obispos de Francia, Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia y principios de organización, Madrid, CCS, 2008. (TNF)


Otras publicaciones

  • Comisión Regional de Catequesis de Aragón, Nacer a la fe. La iniciación cristiana I (Formación Básica para catequistas), Delegaciones y Secretariados de Catequesis de Aragón, Monzón, 2007.

  • Comisión Regional de Catequesis de Aragón, Nacer a la fe. La iniciación cristiana II (Formación Básica para catequistas), Delegaciones y Secretariados de Catequesis de Aragón, Monzón, 2008.

  • D. Martínez – P. González – J.L. Saborido (Compiladores), Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto, Santander, Sal Terrae, 2005. Este libro recoge, presenta y comenta algunos documentos importantes para el tema de la transmisión de la fe y de la iniciación cristiana.





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