La nueva estrategia imperial



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La nueva estrategia imperial

La nueva doctrina del gobierno George W. Bush representa un significativo viraje histórico de la política externa norteamericana. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos establecieron dos grandes objetivos en su política exterior: la lucha contra el bloque dirigido por la entonces Unión Soviética, y la consolidación de su liderazgo en el bloque capitalista10. Concluida la Guerra Fría, con su victoria los Estados Unidos dislocaron para el segundo punto sus energías, en condiciones favorables por ser la única superpotencia, pero enfrentando la ausencia de un enemigo comunista como factor de cohesión interna del bloque capitalista. Este enemigo se fue desplazando en la estrategia norteamericana, en un primer momento para el “narcotráfico” y para “movimientos terrorista”, siendo Colombia el ejemplo más claro, por la supuesta combinación de los dos, en la categoría de “narcoguerrillas”. De allí la importancia atribuida a la operación de invasión de Panamá y el secuestro de su entonces presidente, Manuel Noriega, acusado de favorecer el narcotráfico proveniente de Colombia.

La invasión de Kuwait por Saddam Hussein permitió el desenvolvimiento de la otra vertiente -que tiene en el “terrorismo islámico” su imagen preferencial- que los ataques a las torres gemelas en 2001 vinieron a completar. El “nuevo orden mundial” anunciado por Bush padre proyectaba un mundo pacífico tranquilo y ordenado, sobre el comando de la única superpotencia. Tony Blair se apuró en reformular la doctrina de la Otan, retirándole definitivamente el carácter defensivo contra una eventual invasión soviética, y transformándola en tutora de ese nuevo orden. El bombardeo de Yugoslavia representó el estreno de esta nueva doctrina. La “guerra infinita” es el nuevo elemento, que desemboca en la teorización de la actual doctrina del gobierno Bush.

Los fundamentos de la nueva doctrina norteamericana


El documento en que se fundamenta la nueva estrategia imperial norteamericana, cuya autoría es de Robert Kagan11, comienza por lo que considera la desmitificación de que los Estados Unidos y Europa comparten la misma visión del mundo. Europa se estaría distanciando del poder mundial, dirigiéndose un mundo de autocontención basado en leyes y en normas, en las negociaciones y en la cooperación.

Los europeos tendrían más conciencia de los contrastes, incluso porque les tendrían un temor mayor. Los intelectuales europeos, en particular, serían los más concientes de que no comparten más la misma “cultura estratégica”. Como norteamericano viviendo en Europa, Kagan cree estar en mejores condiciones para captar esas diferencias. La caricatura europea más extrema caracterizaría a los Estados Unidos como dominados por una “cultura de la muerte”, con su temperamento guerrero, producto de una sociedad violenta en que todos tienen armas y en la que rige la pena de muerte.

Los Estados Unidos apelaron más rápidamente a la fuerza, siendo menos pacientes con negociaciones diplomáticas de Europa. Los norteamericanos tienden a ver el mundo dividido entre el bien y el mal, entre amigos y enemigos, en comparación con las visiones europeas, más complejas. Enfrentando adversarios, los Estados Unidos tienden a apelar la coerción más que a la persuasión, enfatizando las puniciones en la búsqueda de alterar el comportamiento de los mismos. “Ellos quieren resolver los problemas, eliminando amenazas”12. Todo eso los llevaría a tender hacia el unilateralismo, menos inclinados a actuar por medio de la ONU y a trabajar de forma cooperativa con otras naciones, más escépticos con relación a las leyes internacionales, más dispuestos a actuar independientemente de los organismos internacionales.

Los europeos se caracterizarían por una mayor tolerancia, por el uso de la sutileza y la sofisticación, tratando de influenciar a través de tales mecanismos. Serían más tolerantes con el fracaso, más pacientes con soluciones que no aparecen inmediatamente, favoreciendo salidas pacíficas, negociaciones diplomáticas y la persuasión en vez de la coerción. Son más propensos a apelar a las leyes, a las convenciones y a la opinión pública internacionales en la resolución de disputas. Los europeos tenderían a usar los vínculos comerciales para congregar las naciones, creyendo con eso poder forjar alianzas duraderas.

Ese cuadro, evidentemente caricaturesco, tendría sus matices: los británicos estarían más próximos a la visión de los norteamericanos que sus compañeros europeos. Y mismo en los Estados Unidos habría diferencias significativas con los demócratas, pareciendo constantemente más “europeos” que los republicanos. Según Kagan, hasta el propio secretario de Estado Colin Powell parecería más “europeo” que el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld.

Aunque caricaturescas, para Kagan estas tesis captarían una verdad esencial: los Estados Unidos y Europa serían hoy fundamentalmente diferentes; y Powell y Rumsfeld tienen más en común que Powell y ministros de relaciones exteriores europeos como Hubert Védrine o mismo Jack Straw. Al momento de utilizar la fuerza, los demócratas norteamericanos tienen más en común con los republicanos que con gran parte de los socialistas y socialdemócratas europeos. El gobierno Clinton tiene más que ver con sus bombardeos a Irak, a Afganistán, a Sudan y a Yugoslavia, ante lo cual los europeos habrían vacilado mucho más, según Kagan.

La cuestión central para él es: ¿cuál es la raíz de las diferentes perspectivas estratégicas?

Esta postura europea es básicamente nueva, representando una evolución de la cultura estratégica que dominó Europa durante siglos, hasta la Primera Guerra Mundial. Pero de la misma forma que los europeos descienden del iluminismo, los norteamericanos también son hijos de éste. Por lo tanto, no es la filiación doctrinaria la que pueda explicar las diferencias entre ellos. Para Kagan, lo que los diferencia es que el discurso norteamericano de los siglos XVIII y XIX se asemejaría mucho al discurso europeo de hoy. Sucedió que, dos siglos después, norteamericanos y europeos mudaron de posición y, en consecuencia, de perspectivas. Cuando los Estados Unidos eran débiles en relación al poder europeo, practicaban estrategias de acción indirecta, estrategias de flaqueza. Ahora, cuando los Estados Unidos son fuertes, actúan como las potencias fuertes acostumbran hacerlo. Cuando Europa era una gran potencia creía “en la fuerza y en la gloria marcial”. Ahora ella ve el mundo con los ojos de potencia enflaquecida. La fuerza y/o la flaqueza producen estrategias distintas, discursos distintos, percepciones distintas de los riesgos y hasta mismo de los medios de acción y cálculos de interés.

La flaqueza europea dataría de la Segunda Guerra Mundial, aunque permaneciese oscurecida hasta hace poco tiempo. La destrucción de las potencias europeas y su incapacidad para mantener sus colonias en África, Asia y Medio Oriente las forzó a una retirada en gran escala, después de más de cinco siglos de dominación imperial, en lo que tal vez haya sido la más significativa retirada de influencia global en la historia humana. La Guerra Fría habría enmascarado esa flaqueza -la pérdida de centralidad estratégica con su final.

Este final no proyectó un mundo multipolar, con Europa elevando su protagonismo, pero bastaría el conflicto en los Balcanes a comienzos de los años noventa para que se revelase la incapacidad militar de Europa. El conflicto de Kosovo demostró la distancia tecnológica entre Europa y los Estados Unidos. Con el fin de la Guerra Fría, Europa disminuyó sus gastos de defensa gradualmente menos del 2% de su PIB, mientras los Estados Unidos trataron de ganar dividendos con la paz: sus presupuestos de defensa disminuyeron o permanecieron estables durante gran parte de los años noventa, aunque estos gastos permanecieron siempre encima del 3% del PIB norteamericano. Si aumentase a 4%, eso representaría un pequeño porcentaje de la riqueza nacional gastada en la última mitad del siglo, (a fines de los años ochenta, los gastos norteamericanos en defensa estuvieron en torno del 7% del PIB).

El colapso de la Unión Soviética aumentó el peso relativo del poderío norteamericano, haciendo que los Estados Unidos pasaran a tener la posibilidad de intervenir prácticamente donde quisieran, con la proliferación de intervenciones: la invasión de Panamá en 1989, la guerra del Golfo en 1991, la intervención en Somalia en 1992, seguidas por las intervenciones en Haití, Bosnia y Kosovo, valiéndose de nuevas tecnologías militares y de comunicación, que marcaron un salto cualitativo de su capacidad de acción militar.

Esta superioridad militar norteamericana produjo, según Kagan, la propensión a usar la fuerza. Quedó claro en los últimos conflictos, en particular en las negociaciones previas al bombardeo de Kosovo, cómo los europeos intentaron hasta último momento encontrar una solución negociada, sin éxito, y cómo los norteamericanos entraron en escena para “resolver” militarmente el conflicto. Para Kagan, la debilidad militar europea produjo lo que considera “una perfectamente comprensible aversión a ejercer el poderío militar”.

En un mundo anárquico, según este autor, los pequeños poderes siempre temen ser víctimas, en cuanto los grandes poderes, a su vez, frecuentemente temen las reglas -que pueden condicionarlos- más de lo que temen la anarquía, en que su poder trae seguridad y prosperidad. La afirmación sirve como un guante para justificar la tesis norteamericana de un “imperio del bien”, que, como veremos más adelante, sería requerida por un mundo incapaz de gobernarse a sí mismo. “Los Estados Unidos podrían ser un poderío hegemónico relativamente benigno” -afirmación que será rescatada, prácticamente idéntica, en los documentos oficiales del gobierno Bush. Los norteamericanos serían llamados cowboys por los europeos. Kagan dice que los Estados Unidos de hecho actúan como un sheriff internacional, autonominado, aunque, según su punto de vista, saludado en ese papel, intentando llevar un poco de paz y justicia a lo que los norteamericanos ven como un mundo sin ley, y en el que los fuera-de-la-ley necesitan ser destruidos y frecuentemente sometidos por las armas.

De allí que el objetivo de la política exterior europea fue, según un observador europeo, “multilateralizar los Estados Unidos”, lo que, en la lógica de Kagan, derivaría de su incapacidad para el unilateralismo. Los Estados Unidos, según él, tendrían una nada razonable demanda de seguridad “perfecta”, resultado de su forma de vida, por siglos protegidos por dos océanos, situación radicalmente diferente de la europea, durante siglos involucrada en guerras, agresiones, invasiones. Así, para Kagan, los europeos habrían concluido, razonablemente, que la amenaza planteada por Saddam Hussein es más tolerable para ellos que el riesgo de sacarlo del poder, una tolerancia que sería el producto de la debilidad y de quien, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, tuvo que enfrentar menos amenazas que los Estados Unidos. Washington habla de “amenazas” externas como “la proliferación de armas de destrucción masiva, terrorismo y ‘Estados vagabundos’”, en cuanto los europeos las encaran como “amenazas” internas, como “conflictos étnicos, migración, crimen organizado, pobreza, degradación ambiental”. Kagan se pregunta si esa visión europea no derivaría de ella ser militarmente débil y económicamente fuerte.

Además de eso, “protegida” por una potencia que considera que puede participar al mismo tiempo de cuatro guerras, Europa aumentó sus gastos militares de 150 a 180 billones de dólares en los años noventa, mientras los Estados Unidos aumentaron sus gastos militares directos en 280 billones por año. Actualmente los norteamericanos están gastando no menos de 500 billones anualmente.

Sintiéndose como representantes de la civilización, Europa asumiría como misión la transmisión de esta herencia al resto del mundo, anclada en la idea de la convivencia pacífica, que le propició la unificación de un continente convulsionado, décadas antes, por guerras devastadoras. El poder norteamericano y su disposición para resolver los conflictos unilateralmente mediante la fuerza surgirían como un obstáculo para esa misión europea. Sin embargo, Kagan tiene que confesar que las diferencias internas de Europa -particularmente aquellas introducidas por la proximidad estratégica de Gran Bretaña con los Estados Unidos- hacen que la “política externa de la Europa unificada sea probablemente el más débil de todos los productos de la integración europea”.

No se trata de una debilidad fortuita, recuerda él, para quien “la Europa de hoy es en gran medida el producto de la política externa norteamericana”. El nuevo escenario mundial en el final de la Segunda Guerra permitió a los Estados Unidos hacer de Europa un aliado estratégico contra la Unión Soviética y al mismo tiempo disminuir su importancia en el plano del poder mundial.

Kagan reafirma su convicción de que los “Estados Unidos son una sociedad liberal, progresista”. Sin embargo, “el problema es que los Estados Unidos precisan a veces actuar conforme las reglas de un mundo hobbesiano, aún cuando al hacerlo violen las normas europeas”. Los Estados Unidos tienen que negarse a actuar conforme convenciones internacionales que pueden bloquear su capacidad de actuar con efectividad. “Ellos precisan apoyar el control de armas, aunque no siempre para ellos mismos”, ejemplifica Kagan.

Pocos europeos estarían dispuestos a admitir que ese comportamiento norteamericano “beneficia el mundo civilizado, que el poder norteamericano, aunque empleado con un doble criterio, puede ser el mejor medio para hacer avanzar el progreso humano -y tal vez el único medio”. No se trataría de un problema del gobierno Bush, sino de un problema “sistémico”, para Kagan. Por eso concluye su trabajo sentenciando que:

“Los Estados Unidos se volverán menos inclinados a oír o tal vez hasta mismo a tener en cuenta a los otros. Podrá llegar el día, si es que todavía no llegó, en que los norteamericanos no prestarán mayor atención a los pronunciamientos de la Unión Europea que a los pronunciamientos de los países del Sudeste asiático o a los del Pacto Andino”.


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