La nueva estrategia imperial



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La nueva doctrina imperial


La nueva doctrina de guerra norteamericana está resumida en el documento llamado “La estrategia de seguridad nacional y los Estados Unidos”, datado en septiembre de 2002, un año después de los ataques a las torres gemelas. El documento sepulta conceptos básicos de las estrategias anteriores de los Estados Unidos, como “disuasión” y “contención”, inclusive conceptos tradicionales como los de “alianza”, de “ayuda internacional” y de “relaciones entre Estados fuertes y débiles”.

Más que un cambio de línea en la política exterior, se trata de una nueva doctrina estratégica, en la que desembocan las concepciones que fueron siendo maduradas por la oposición republicana al gobierno Clinton, que incluyen una crítica radical del estado de bienestar y de sus concepciones sobre la pobreza, así como una desconfianza en relación a la tecnología y a la intelectualidad. Recordemos que, en el pasaje de 1960 a 1970, el entonces presidente republicano Richard Nixon había asumido la hegemonía del estado de origen roosveltiana al afirmar: “Somos todos keynesianos”. Desde entonces los Estados Unidos vivieron la contra-revolución reaganiana, a la que siguieron los dos mandatos de Clinton, en la misma dirección, y que culminó en el principio de la “tercera vía”, según la cual “no hay beneficio sin contrapartida”, apuntando a la nueva “filosofía” de culpar a los pobres por la pobreza. Los republicanos asumieron su nuevo enfoque bajo el nombre de “conservadurismo con compasión”, que parte de un ajuste de cuentas con el concepto de pobreza articulándolo con sus nuevas preocupaciones estratégicas.

Esta nueva derecha, sucesora más radical todavía del “reaganismo”, se expresó mediante órganos de la prensa, como el diario Washington Times, el canal de televisión Fox y el programa radial Rush Limbaudh Talk Show -expresiones de las nuevas elaboraciones estratégicas que desembocaron en la campaña del tejano George Bush, en la composición de su gobierno y finalmente en la reacción a los atentados del 11 de septiembre.

Los epicentros de la nueva política imperial están en Medio Oriente -en particular en Palestina- y en Colombia -en donde la evolución de la vecina Venezuela hizo ampliar el campo de acción. Los dos terrenos permiten articular los conceptos de “lucha contra el terror” con intereses petrolíferos, dando así una expresiva connotación estratégica a ambos. A diferencia, por ejemplo, de Corea del Norte, incluida en el “eje del mal”, por ser sobreviviente del modelo de economía centralmente planificada y por poseer, confesadamente, armamento nuclear, con amenazas para un aliado estratégico de los Estados Unidos en la región, Corea del Sur. Así, el diferencial entre, por ejemplo, Irak y Corea del Norte -aún si esta confiesa el porte de armamento nuclear, negado por aquél, como se puede notar inmediatamente- deriva de la presencia del petróleo. La combinación entre intereses petrolíferos y la industria bélica constituye, en verdad, el eje central de los intereses corporativos que sustentan el gobierno Bush.

En Palestina, como ya afirmaron algunos portavoces del gobierno norteamericano, lucharían contra el chantaje “terrorista” que, de ser aceptado, según ellos, conduciría a consagrar el método como forma de buscar soluciones negociadas. De allí el apoyo incondicional a las políticas agresivas de los gobiernos israelíes, en la búsqueda de la derrota política y militar de los palestinos. Y, de igual manera, el apoyo a la nueva ofensiva de militarización del conflicto colombiano y de las formas -veladas o abiertas- de incentivo al derrocamiento de Hugo Chávez en Venezuela.

Medio Oriente se presta, además de esto, a una contraposición más abierta frente a lo que los Estados Unidos consideran su superioridad esencial - sus avances materiales. Un tópico incluido en la agenda norteamericana a partir de su nueva doctrina fue la lucha por el derrocamiento de los gobiernos de Arafat y de Sadam Hussein, que serían sustituidos, en la lógica norteamericana, por gobiernos “modernos”, democracias de estilo occidental, que servirían de parámetros para otros movimientos similares, como forma de repetición del modelo desestabilizador puesto en práctica en el Este europeo y que permitió la transformación de los modelos de estilo soviético en “democracias de mercado”, conforme el diseño occidental.

La cuestión de la pobreza es particularmente central, porque articula la crítica radical del Estado de bienestar y su diagnóstico del tema con la nueva visión político-militar de los Estados Unidos, además de supuestamente permitir el dominio de un tema a partir del cual sería posible hacer un diagnóstico sobre la contraposición entre la riqueza de los Estados Unidos y la pobreza de gran parte del resto del mundo.

Si en la Guerra Fría era en el poderío de otra superpotencia que residía el riesgo para la seguridad de los Estados Unidos, en el período actual sería la pobreza, asociada a la ignorancia y a la propensión a fundamentalismos religiosos, a la envidia de la riqueza norteamericana, a la insensibilidad del apelo al consumismo como instrumento de propaganda norteamericana.

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 enseñaron que los Estados flacos, como Afganistán, pueden constituir un grave riesgo para nuestros intereses nacionales, tanto como los Estados fuertes. La pobreza no puede transformar a los pobres en terroristas y asesinos. No obstante, la pobreza, las instituciones débiles y la corrupción pueden tornar a los Estados flacos vulnerables en relación a los desafíos terroristas y a los traficantes de drogas dentro de su territorio13.

Este abordaje muestra el tamaño de la mudanza de abordaje del actual gobierno norteamericano en relación a aquel otro tradicional. La concepción del “Estado de bienestar social” como acción compensadora de las desigualdades producidas y reproducidas por el mercado, y que atribuía al estado un papel regulador de los conflictos, es sustituida por la crítica a tal concepción considerada ahora como medio de “corrupción”, como caridad compensatoria que, en la práctica, acabaría siendo una invitación para actividades antisociales.

La relación entre ricos y pobres es redefinida: los pobres -y los países pobres- ¿serían indefensos y deberían ser ayudados, con el riesgo de condenarlos a una subalternidad permanente, o serían personas como todas las otras, que podrían inclusive tener ayuda, siempre y cuando demostrasen disposición para superar su situación? ¿La pobreza sería un estado pasivo o activo? Se trata en los Estados Unidos de un debate de política interna, pero que obviamente subsidia la política exterior norteamericana.

El estado de bienestar social fue definitivamente enterrado por Bill Clinton, cuando incorporó uno de los elementos de la “tercera vía”, presente también en el gobierno de Tony Blair: ninguna ayuda será dada sin contrapartida. El abandono, por lo tanto, no es un estado que deba ser atendido sin ningún otro criterio.

En las palabras de Richard Perle, ex asesor del Secretario de Defensa de Ronald Reagan, uno de los formuladores de la política del actual presidente de los Estados Unidos sobre Irak y presidente del Defense Policy Board (Consejo de Política de Defensa), que trabaja para el Pentágono, en declaración dada a la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Estados Unidos afirmaba:

“Déjeme decir inmediatamente que la idea de que la pobreza sea la causa del terrorismo, a pesar de ser ampliamente aceptada y frecuentemente discutida, no está probada. Que la pobreza no sea solamente una causa, sino verdaderamente “una causa en la raíz”, lo que implica ser una fuente esencial de la violencia terrorista, es por cierto casi una afirmación falsa y hasta peligrosa, constantemente invocada para absolver a los terroristas de su responsabilidad o para disminuir su culpa. Se trata de un prejuicio liberal que, de ser aceptado, puede llevar la guerra contra el terrorismo al callejón sin salida de un gran proyecto de desarrollo del Tercer Mundo”.

Su conclusión es que, una vez aceptado el argumento de la pobreza, serían absueltos los que formulan y difunden ideas consideradas extremistas, como aquellas que son predicadas en tantas mezquitas de Medio Oriente. La conclusión es que “todos deben prestar cuentas”, todos deben ser considerados responsables, tanto por su pobreza cuanto por su comportamiento; la pobreza no puede ser utilizada como disculpa. De allí el énfasis mayor en los planos educacionales que en los planos sociales, más en la conciencia de los actos que en el rescate de la miseria y del abandono, fundada en el principio de la responsabilización.

Un mundo de riqueza cercado por un mundo de pobreza, de cualquier manera, no podría ser ni justo ni estable. Sin embargo, toda ayuda proporcionada a esos países no alteró la situación. Las instituciones internacionales responsables deberían ser reformadas, para incorporar modalidades de responsabilización, de la misma forma que el FMI somete los préstamos a una carta de intención, en verdad duras contrapartidas para los recursos que fornece. En este caso, la ayuda sería condicionada a reformas políticas internas y a resultados que pudieran ser constatados en el plano económico y social; en el plano político, el compromiso de no contribuir e impedir la circulación de armamento de exterminio masivo y de colaborar con el combate al terrorismo y al narcotráfico.

Se plantea entonces el problema de quién hará el control y quién decide sobre los criterios de tal control, que en este caso obviamente coloca los parámetros norteamericanos como nación de referencia -“guardián de la civilización occidental”, expresión que volvió a circular con profusión en los discursos del gobierno y de la prensa de los Estados Unidos.

El documento no deja dudas sobre el papel imperial de los Estados Unidos en la responsabilidad por la “pax mundial”:

“Defendiendo la paz disfrutaremos también la oportunidad histórica de preservar la paz. Hoy la comunidad internacional tiene la primera gran oportunidad, desde el nacimiento de los Estados nacionales en el siglo XVIII, de construir un mundo en que las grandes potencias puedan competir en paz al contrario de preparar incesantemente la guerra. Hoy las grandes potencias del mundo se encuentran del mismo lado, unidas por el peligro común de la violencia y del caos producido por el terrorismo. Los Estados Unidos continuarán construyendo estos intereses comunes para promover la seguridad global. Los Estados Unidos se aprovecharán de esta oportunidad para extender los beneficios de la libertad para el mundo entero. Trabajaremos activamente para llevar la esperanza de la democracia, del desarrollo, del libre mercado y del libre comercio para todos los rincones del mundo”14.

Complementando, se afirma que los Estados Unidos apoyarán firmemente a todos los países que actúen de forma determinada para construir un mundo fundado en la libertad, en el libre comercio y en el libre mercado - con los tres términos siempre estrechamente asociados, como si la ideología de la democracia liberal fuese obligatoriamente el liberalismo económico extremo del neoliberalismo. La conclusión no deja dudas sobre el papel que los Estados Unidos asumen: “Los Estados Unidos aceptan de buen grado su responsabilidad en la conducción de esta gran misión”. Y esta disposición deja claro que será accionada unilateralmente cuando juzguen que sus intereses están siendo perjudicados por la falta de coincidencia entre las grandes potencias y los organismos internacionales.

La nueva estrategia militar norteamericana es en realidad producto de la confluencia de dos fenómenos, y no apenas resultado de los atentados de septiembre del 2001. Uno de ellos -analizado en el capítulo “¿Dónde estamos?”, de este libro- fue el paso de la economía norteamericana de un ciclo de siete años de expansión a la recesión -cuyo inicio fue reconocido oficialmente en el primer trimestre de 2001. Este pasaje ya obligaría a los Estados Unidos a mudar su discurso anterior, vuelto hacia el “libre comercio” y para el apelo al consumo. El mensaje era que la apertura de las economías posibilitaría que los países tuviesen acceso a las tecnologías más modernas, a los bienes de consumo disponibles en los Estados Unidos, al progreso y al desarrollo económico.

En el período Clinton -en el que los Estados Unidos gozaron de una cierta luna de miel del Nuevo Orden Mundial anunciado por Bush padre, abonada por un nuevo ciclo de crecimiento económico norteamericano, aliado a la situación de única superpotencia mundial-, el discurso de los Estados Unido unía democracia liberal, derechos humanos y libre comercio. Las intervenciones bélicas con carácter “humanitario” en África y Yugoslavia fueron la principal innovación del período, cuando los Estados Unidos se apropiaban plenamente del desdoblamiento de la lucha entre democracia y totalitarismo, que venía del período de la Guerra Fría. Identificado con la democracia e identificando democracia política con liberalismo económico, el discurso norteamericano pudo todavía exhibir la expansión de su economía y las renovaciones tecnológicas que ponía en práctica como consecuencias directas del mismo discurso. La polarización globalización-nacionalismo favorecía la consolidación de este discurso, porque pasaba al mismo tiempo a la dicotomía progreso-atraso.

La guerra surgía como un instrumento extremo, para casos como el atentado contra la soberanía de un aliado estratégico -como Irak en relación a Kuwait- o el de Yugoslavia, para proteger una etnia en extinción. En estos dos casos, los Estados Unidos pudieron contar primero con el apoyo de la ONU y con la condena internacional a la invasión de un país, y, segundo, incluso con la participación activa de organismos de derechos humanos. En los dos casos, gran parte de la intelectualidad europea, incluso aquella originariamente de izquierda, se unió a los Estados Unidos, contribuyendo decisivamente a oscurecer el carácter imperial de la intervención norteamericana, suavizándola inclusive con la teoría de las “guerras justas” -retomada por Norberto Bobbio.

Esta fue la primera etapa del período de unipolaridad norteamericana del cual 2001 representa el pasaje a la segunda etapa.

Los ataques de septiembre de 2001 no representaron una mudanza de período histórico. Esta mudanza se dio en el pasaje entre el mundo bipolar de la segunda posguerra a la unipolaridad del fin de la Unión Soviética y de la consagración de los Estados Unidos como única superpotencia. Este elemento estructural del nuevo período no se alteró con los atentados de septiembre de 2001, por más traumáticos y espectaculares que hayan sido.

Estos atentados, unidos a la recesión que había llegado en el primer trimestre de 2001, produjeron una reacción del gobierno norteamericano, que alteró su discurso y sus prioridades de acción interna y externa, definiendo una nueva coyuntura en el mundo, por el peso y por la implicancia que las acciones norteamericanas poseen en la actualidad. Esta nueva coyuntura representa el ingreso del mundo en un período de turbulencia, en que se unen recesión y guerra -una combinación siempre explosiva.

La nueva doctrina de seguridad norteamericana viene a consolidar ese pasaje, dándole fundamentos doctrinarios y formulando nuevas estrategias de acción. Cambia el eje, del apelo al consumo sofisticado por la vía de la apertura de las economías a la lucha contra el terrorismo. Cambian las prioridades, se disloca el eje territorial prioritario para Asia, se alteran los aliados fundamentales.

Los aliados, en el período anterior, eran prioritariamente las otras potencias económicas, agrupadas en el G-8, en la OMC, en el FMI y en el Banco Mundial, dirigiendo el nuevo orden económico mundial y valiéndose de la ONU y de la Otan como fuerza militar. El Forum Económico de Davos era la vidriera de la euforia económica y del exhibicionismo de la riqueza concentrada como evidencia del éxito de los modelos propuestos. El Banco Mundial ya había cambiado su discurso, buscando integrar políticas sociales, sin alterar el modelo económico que provocó las graves consecuencias sociales.

En la nueva coyuntura, los aliados fundamentales pasan a ser medidos por la estrategia de guerra del gobierno norteamericano. Europa occidental, sea por su resistencia política a los Estados Unidos, sea por su pérdida de importancia estratégica, pierde peso. Lo mismo sucede con América Latina, que ya había visto rebajado su papel en las dos décadas anteriores. En compensación, pasan a desempeñar un papel de aliados más importantes Rusia y China, especialmente en lo que se refiere al Asia Central.

La segunda guerra de Irak introdujo un nuevo tipo de imperio. Los Estados Unidos combinan ocupación militar con tentativa de reconstrucción de un país destruido, de acuerdo a los cánones de la democracia liberal y de la economía capitalista de mercado, buscando hacer de Irak una especie de Japón del Oriente Medio. En nombre del “mundo civilizado”, el gobierno Bush creó una Oficina para la Reconstrucción y la Asistencia Humanitaria. “Hubo un tiempo en que muchos decían que las culturas de Japón y de Alemania eran incapaces de asumir valores democráticos”, dice el presidente norteamericano. “Pero ellos estaban errados. Algunas personas dicen lo mismo de Irak hoy. Ellos están errados... La nación de Irak... es plenamente capaz de moverse en la dirección de la democracia”, reitera él, confiando en la universalidad de los valores del liberalismo. En Irak se instalaría una “democracia” que serviría de “inspiración y ejemplo de libertad para otras naciones de la región”. “Un éxito en Irak podría dar inicio a un nuevo estadio para la paz en Medio oriente”, dice Bush, y “poner en práctica un proceso para un Estado palestino verdaderamente democrático”, revelando cómo, para el gobierno de los Estados Unidos, “el camino para Jerusalén pasa por Bagdad”, según The Economist.

Entretanto, esta tentativa se hace cuando la pujanza de la economía norteamericana ya no es la misma de la segunda posguerra, aún cuando mantenga un fuerte poder de atracción, revitalizado por la desaparición de la Unión Soviética y de los modelos centralmente planificados. Esta ofensiva tampoco puede contar con el consenso general en el bloque de potencias capitalistas y tiene que enfrentarse con aliados como Rusia y China, con los cuales los Estados Unidos pueden contar de forma intermitente, tal la complejidad de los intereses de estos países y de sus gobiernos.

Si el discurso del “libre comercio” tenía un potencial hegemónico que incluía el bloque de potencias capitalistas -con diferencias sectoriales, pero contando con un consenso ideológico-, el discurso de la “lucha contra el terrorismo” es reductivo. No incorpora países y regiones del mundo que se sientan directa o indirectamente amenazados y, además, al ser una propuesta que supone la superioridad militar norteamericana, al contrario del marco anterior en que la competencia económica era menos desequilibrada, llevaría a los que adhiriesen al mismo a subordinarse a la tutela de los Estados Unidos.

La superioridad militar norteamericana se consolidó con lo que los especialistas denominan: “revolución en las cuestiones militares”, una mudanza fundamental en la naturaleza de la guerra, por la aplicación global de innovaciones en los armamentos y en los sistemas de comunicación15. Comenzando con la guerra del Golfo, continuando con la de Yugoslavia y desembocando en Afganistán con una completa diversidad de satélites, mísiles inteligentes, bombas silenciosas y fuerzas especiales, que evidenciaron la superioridad militar y tecnológica norteamericana, con pocas bajas humanas de los Estados Unidos. Todo contribuye entonces para que tiendan a apoyarse más directamente en la fuerza, relegando el papel del consenso en su hegemonía.

Estos elementos colaboraron para el viraje ideológico y político de los Estados Unidos. “En cuanto la retórica del régimen de Clinton hablaba de la causa de la justicia internacional y de la construcción de una paz democrática, el gobierno de Bush optó por la bandera de la ‘guerra contra el terrorismo’”16. El momento del viraje fue septiembre de 2001, que abrió espacio para la construcción de la nueva doctrina y de la nueva estrategia norteamericana.

Este viraje se inscribió económicamente en el pasaje de los superávit de la era Clinton para el retorno a los déficits fiscales -típicos también de los otros gobiernos republicanos recientes, comenzando por Reagan, marcados también por políticas belicistas que sirvieron para ayudar a la reactivación de la economía norteamericana. El presupuesto para 2004 prevé casi 20% de gastos militares sobre el total de gastos públicos. Cincuenta y siete billones, de los 390 del total de gastos militares, son previstos para investigaciones de nuevos armamentos. Mientras en Europa se gasta en media 7 mil dólares por soldado en investigación militar, los Estados Unidos gastan cuatro veces más -28 mil dólares. Eso para el total de las fuerzas armadas norteamericanas calculadas en 1 millón 400 mil militares, de los cuales 250 mil están fuera de sus fronteras en 750 instalaciones en el exterior.

La hegemonía global norteamericana, en sus fundamentos, los que la proyectaron como el factor fundamental de cohesión y liderazgo del bloque capitalista, se basa en aquellos elementos teorizados como su “excepcionalidad”. Su localización y configuración geográfica por un lado, sus favorables condiciones sociales por otro, hicieron de los Estados Unidos un país privilegiado para el desarrollo capitalista. La escala continental de su territorio, de los recursos y de su mercado, protegido por dos océanos, determinan un país con características con las cuales ningún otro puede contar. Una población de inmigrantes constituyó una sociedad prácticamente sin pasado precapitalista, excepto las poblaciones nativas. Con trabajo esclavo y fuertes credos religiosos, pudo contar con una impresionante trayectoria histórica. En muy poco tiempo, a escala histórica, los Estados Unidos pasaron de colonia a la potencia más poderosa de la historia. Derrotaron la mayor potencia colonial de la época, instaurando la primer gran democracia liberal en el mundo, comenzando a constituir rápidamente su región de expansión imperial, en la dirección de México, Cuba, Filipinas y el resto del continente. En poco tiempo los Estados Unidos construyeron la mayor economía capitalista del mundo, y, con la derrota de la Unión Soviética, se consolidaron como la única superpotencia mundial, en una trayectoria fulminante, que instauró en su población la conciencia de una nación con un destino y una misión “civilizadora” en el resto del mundo.

Sobre estas condiciones y sobre esa conciencia, después de los ataques de septiembre de 2001, la nueva doctrina norteamericana encontró un campo fértil para expandirse internamente, generando no obstante un peligroso abismo sobre su potencial hegemónico interno y su debilidad consensual externa, que requiere la utilización de la fuerza. Esto, sumado al ciclo recesivo de la economía, interna y externa, genera las condiciones de turbulencia del período actual que vive el mundo bajo la hegemonía imperial norteamericana.

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