La nueva estrategia imperial



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Hegemonía imperial: consenso y dominación


Los Estados Unidos disfrutaron de una luna de miel especial durante la década de 1990. La desaparición de la Unión Soviética abrió el campo para el reinado de una única superpotencia. Triunfaba, con los Estados Unidos, la democracia liberal, que se sumaba al predominio de la variante liberal de la economía capitalista. Precisamente los antiguos territorios del este europeo, ex-región de regímenes del campo socialista, se reciclaron como democracias liberales de economías neoliberales. El eje democracia liberal-economía capitalista de mercado-derechos humanos se convirtió en la doctrina fundamental de un poder imperial victorioso, que intervino militarmente en los años noventa, aunque para expulsar tropas de un país que había invadido otro, para llevar asistencia humanitaria a un país africano que pasaba hambre, para terminar con una “limpieza étnica”. Las tres intervenciones pudieron ser justificadas por pensadores europeos, como Norberto Bobbio, con la tesis de la “guerra justa”, o por miembros del Partido Radical de Italia, como Emma Boninno, con la tesis de la “intervención humanitaria”.

Pero el motor principal de la hegemonía norteamericana no era su superioridad militar, aunque estuviera colocada en su horizonte. Fueron los Estados Unidos quienes hicieron la guerra del Golfo, financiados por Alemania y Japón, principalmente, por defender valores e intereses del conjunto de las potencias capitalistas -dependientes de la “pax americana” para conseguir abastecerse de petróleo. El motor principal es el triunfo del american way of life. La presentación al mundo de la combinación entre democracia política -en el sentido liberal, victorioso hegemónicamente en las décadas anteriores e identificado directamente con democracia-, libertades individuales y progreso material ligadas al éxito en los planos económico, político y tecnológico.

La exportación de ese modelo de sociedad encontró, en el más poderoso aparato de propaganda jamás existente en la historia -la combinación entre medios de comunicación y la industria del entretenimiento-, el instrumento de su universalización. Estos componen un impresionante aparato económico, que llega a casi el mundo entero, generalizando estilos musicales, cinematográficos, de moda, informativos, próximo de una formidable homogeneización que acompaña y da alma a la globalización neoliberal. Los criterios de verdad, belleza y moral generados por estos mecanismos se extienden como nunca en Occidente. McDonald’s, Hollywood, jeans, Coca-Cola, CNN, Microsoft son símbolos de la “universalidad” del american way of life y de su éxito mundial.

Las tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia27 corresponden a la idea política de que la historia habría llegado a su último horizonte -la democracia liberal y la economía capitalista de mercado. Seguirían ocurriendo acontecimientos, pero ninguno superaría este marco histórico -su estadio final.

La resistencia a la globalización neoliberal se daría en el marco de economías precapitalistas; la resistencia a la democracia liberal ocurriría en el marco de Estados fundamentalistas, que ni siquiera instauraron la separación entre religión y política. El caso de los Estados árabes sirvió como ilustración para reforzar este argumento. La polarización entre el modelo norteamericano y el de los regímenes islámicos fue paradigmática de este raciocinio. La polarización capitalismo-socialismo traducida por la ideología liberal en la oposición democracia-totalitarismo fue sustituida por aquella entre liberalismo -político y económico- y fundamentalismo.

En este sentido la obra de Samuel Huntington28 es un complemento y no una desmentida de las tesis de Fukuyama. Con la finalización de la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la historia contemporánea se movería por conflictos entre civilizaciones, de los cuales el planteado entre el liberalismo -como expresión de la civilización occidental - y el islamismo sería el más álgido.

La nueva doctrina imperial norteamericana adopta las tesis de Huntington para interpretar el significado de los atentados de septiembre de 2001, retomando expresiones como “una nueva cruzada” y “eje del bien contra eje del mal”, bajo un claro telón de fondo de crimizalización del islamismo y de caracterización de las sociedades árabes contemporáneas -entre ellas la iraquí, la palestina, la siria, la iraní- como nuevos modelos de regímenes totalitarios. Se reactualizaba así el modelo que tantos réditos trajo a los Estados Unidos en la lucha contra la Unión Soviética: la oposición entre democracia y totalitarismo, con el “terrorismo” sustituyendo la “subversión” atribuida a los partidos comunistas y a los movimientos guerrilleros del período histórico anterior.

No obstante, al mismo tiempo, al darle un fuerte contenido militar, haciendo valer la incuestionable superioridad norteamericana en ese plano, otorgó un destaque radical a la fuerza, en detrimento del consenso. Éste se asentaba en la capacidad de expansión de la economía norteamericana, revertida en el pasaje del siglo XXI, debilitando así las tesis del libre comercio como pasaporte para seguir el éxito económico norteamericano.

La guerra de Irak representa el momento máximo de unilaterialismo y de utilización de la superioridad militar de los Estados Unidos como potencia hegemónica. Los Estados Unidos ganan en capacidad unilateral de acción, pero se aíslan y profundizan divergencias en el bloque de potencias dominantes y en órganos internacionales como la ONU y hasta la misma Otan.

Sin embargo, este énfasis no agota, sino que apenas disminuye la importancia del modelo de sociedad que los Estados Unidos exhiben al mundo como expresión de éxito de su democracia y de su economía. Gran parte de los países del mundo sigue dependiendo del mercado norteamericano; la imagen del estilo de vida norteamericano continúa ejerciendo su fascinación; los medios de comunicación norteamericanos siguen teniendo un peso determinante en la formación de la opinión pública mundial. En tanto no surjan nuevas alternativas de construcción de sociedad, que construyan sistemas políticos democráticos, economías y formas de sociabilidad alternativos, el poder de atracción de los Estados Unidos continuará siendo un elemento de fuerza de la capacidad hegemónica norteamericana, aún cuando determinados gobiernos puedan colocarlo en segundo plano.


La lucha antiimperialista en el nuevo siglo


La lucha contra la hegemonía imperial norteamericana en su forma actual precisa, en primer lugar, evitar la trampa de la militarización, que desvía para el campo de los enfrentamientos de fuerza las lucha entre los Estados Unidos y sus enemigos. Líneas de acción como las de los palestinos y las guerrillas colombianas, justamente en los dos epicentros de la “guerra infinita”, de respuesta violenta, tienden a fortalecer la generalización de los enfrentamientos militares, en una correlación de fuerzas muy desfavorable, que bloquea la posibilidad de victorias como las obtenidas en el período histórico anterior.

Cuando estaba vigente la bipolaridad mundial, fueron posibles victorias contra los Estados Unidos, por ejemplo, en Cuba, Vietnam, Irán, Nicaragua, entre los años 1959 y 1979 -mediante estrategias insurrecciónales. Situadas en zonas de disputa -en los casos de Vietnam e Irán, o valiéndose del factor sorpresa, fueron impuestas derrotas a los Estados Unidos, bajo el telón de fondo del equilibrio político-militar entre las dos superpotencias.

La década de 1990 introdujo las luchas antiimperialistas en un nuevo marco -el de la unipolaridad mundial. Sus efectos no tardaron en sentirse: el fin del régimen sandinista, y la reconversión de la guerrillas salvadoreñas y guatemalteca a la lucha institucional, fueron algunas de las consecuencias directas de la nueva correlación de fuerzas a escala mundial. Todos esos virajes tuvieron que ver, directa o indirectamente, con el cambio radical en la relación de fuerzas internacional. Los tres movimientos en los países centroamericanos buscaban la ruptura con el sistema de dominación norteamericano. A partir de aquel momento, con la hegemonía de los modelos neoliberales, la lucha pasó de un carácter antiimperialista a la lucha de resistencia al neoliberalismo, en el horizonte de la economía capitalista.

La tónica en esta lucha fue trasladada a la resistencia de movimientos sociales a los proyectos regresivos ligados a la prioridad del ajuste fiscal y de políticas de mercantilización, y a la crítica social y moral contra las consecuencias negativas de esas políticas. Salvo Colombia, cuya situación siguió la misma dirección de las décadas anteriores, en el resto del continente se transformaron en luchas sociales, culturales y políticas en el plano institucional, dislocando el enfrentamiento en el plano militar.

Los mayores éxitos en esta lucha se dieron por la catalización del rechazo popular a las políticas de ajuste fiscal -como en los casos venezolano, brasileño y ecuatoriano-, que plantean la lucha antineoliberal como el marco contemporáneo de la lucha antiimperial. El tema de la guerra se suma a él, en la medida que el gobierno Bush asocia estrechamente el futuro de la hegemonía norteamericana en el mundo a la capacidad de exportar su modelo para países y regiones con trayectorias muy diferenciadas.

La segunda guerra de Irak puede abrir, más rápido de lo que se podría suponer, espacio para un mundo multilateral, más allá del unilateralismo norteamericano, de acuerdo a los grados de desgaste y principalmente de acuerdo a la capacidad de articulación de los que se oponen a la posición belicista norteamericana, especialmente gobiernos europeos como los de Alemania y Francia, y gobiernos latinoamericanos como el de Brasil, además de eventualmente Rusia, China y otros que no desaparecen automáticamente bajo la hegemonía de los Estados Unidos. Grupos como los anti-G8 pueden desempeñar el papel de articular los principales países del sur del mundo, como Brasil -invitado a presidir-, la India, China, Sudáfrica, o México, Indonesia, Nigeria, entre otros.

Más que nunca, la entrada del siglo XXI es la de la disputa por una nueva hegemonía y contra la hegemonía norteamericana, por la emancipación y contra la dominación imperial.

Notas

10 Ver Perry Anderson, “To Baghdad”, New Left Review, n. 17 (nueva fase), sept./oct. 2002.

11 Robert Kagan, Poder y debilidad, Madrid, Taurus, 2003.

12 Idem, ibidem.

13 Idem, ibidem.

14 En Lucia Annunziata, No - La seconda guerra iracheana e i dubbi dell’Occidente, Roma, Donzelli, 2002, p. 112.

15 Ver Perry Anderson, “Force and Consent”, New Left Review, n. 17 (nueva fase), sept./oct. 2002.

16 Idem, ibidem.

17 Qiao Liang y Wang Xiangsui, Guerra senza limite, Gorizia, Libreria Editrice Goriziana, 2001, p. 16.

18 Idem, ibidem, p. 22.

19 Idem, ibidem, p. 25.

20 Idem, ibidem, p. 25.

21 Idem, ibidem, p. 26.

22 Idem, ibidem, p. 26.

23 Idem, ibidem, p. 192.

24 Idem, ibidem, p. 193.

25 Idem, ibidem, p. 193.

26 Idem, ibidem, p. 193.



27 Francis Fukuyama, O fim da história e o último homem, Rio de Janeiro, Rocco, 1989.

28 Samuel Huntington, O choque de civilizações, Rio de Janeiro, Objetiva, 1997.
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