La ola que nunca estuvo



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La ola que nunca estuvo
Para los pobladores de Malabrigo, a diferencia de los surfers peregrinos, las olas que hicieron famosas su puerto no existen, porque no las sienten como suyas.
Quizá porque es el mes de junio, las olas prometidas y larguísimas parecen el engaño de una agencia de viajes que te muestra fotos de un oleaje único en el mundo. Quizá porque es en verdad un puerto y no un balneario paradisíaco, los dientes y ojos no sólo mastican arena, sino tierra y el polvo de las piedras que trae el viento ventisca semihuracanado del lugar. Quizá porque se llama Malabrigo y no Hawai o Mali, las casas se quiebran y pierden la batalla territorial contra fábricas de aliento podrido y humeante, y las barcas son expulsadas del mar para esconderse entre las calles y callejones y sufrir su condición de madera gastada y ahuecada. Y seguro porque está dentro del Perú, pero muy lejos de él, los habitantes del puerto creen que Malabrigo está cada vez peor. Lo dicen con ningún sol en los bolsillos de sus shorts, con sus pestañas casi juntas luchando con el viento, con su hamburguesa que no es de carne y que cuesta un sol, con sus perros de costillas salientes, con su Pilsen Trujillo de cinco soles, con su muelle que debería ser de hierro, pero que es de madera, con sus fábricas que vomitan bilis industrial a un mar que pudo ser azul, y con sus hombros que se encogen al no saber si sería peor no tener esas olas que aparecen en las guías de surfistas. Es sabido, las olas espantan a los peces y pueden volcar a los botes.
Quizá porque es el mes de junio y vísperas del día del padre, Malabrigo no tiene gente visible a la luz del día: salvo los mototaxistas y choferes de las combis que llegan de Paiján, parece que hasta los pescadores prefieren las sombras detrás de las puertas abiertas de las bodegas de cada esquina. O porque el distrito donde se ubica el puerto no pasa de 15 millares de habitantes. O por el viento ventisca. "Y eso que esto es una mina de oro", habla una señora que se hace carne curtida y salada al penetrar en esas sombras de bodega. Una mina de oro, vuelve a decir Amanda, metida en su tiendita "La ola perfecta", con un letrero que te habla sin necesidad de voz: “No me envidies, no me tengas rencor, apenas tengo trabajo”. Pero ni siquiera hay una pepita brillante a la vista: se tendría que escarbar en los bolsillos de supuestos mecenas para que traigan más botes, bolicheras y barcos, y poder convertir el pescado en polvo de harina o para encerrarlo en latas de conserva. O desenterrar a todo el desierto que acompaña a Malabrigo, para que el azar brinde algunos yacimientos que reemplacen la apatía y la rutina austera del ocio impuesto.

El Hombre, considerado la historia viviente del puerto por los surfistas y las páginas de internet, no es más que Alamiro Abanto García, un anciano cansado, chato, con ojos rojos y tristes, una rodilla en mal funcionamiento y una interminable reserva de anécdotas, o de mentiras. Su hostal es, en realidad, una extensión de él y del puerto. Gradas de distintas dimensiones (para que te vayas acostumbrando a tener tú también una rodilla mala), una terma que sólo funciona con agua fría, cuartos con signos austriacos, israelíes, brasileños y australianos delineados en las paredes, baños comunes, una calcomanía de la palabra “sueño”, y extranjeros que sólo hacen su presencia con la ausencia de sus cuerpos. Desde su hostal, que lleva el nombre del sustantivo con el que se le conoce, se atisba todo el puerto, y el viento golpea y silba con más fuerza, hasta ensaya melodías: un clarinete jugado por un niño en medio del desierto. Y sí, se llegan a ver unas olas, pero de dos cuadras de largo y no de diez. Es que su hostal está en el medio de la separación entre el puerto y el lugar escondido de guías turísticas. A la derecha, las fábricas creadoras de neblina con olor a cadáver de pez. A la izquierda, acantilados y un generador de energía con más de cuarenta metros de alto, como salida de una portada de algún disco de Pink Floyd o de la mente de un genio loco, que alimenta de electricidad a Malabrigo. A la derecha, calles de tierra y con grasa de pescado. A la izquierda, caminos de arena y semen marino, espumoso, chocando con las playas en curva. A un lado, dos cementerios fétidos. Al otro, un descampado desierto donde el viento no se corta. El Hombre, un hostal justo en el medio.


"Son unos tramposos, hay que tener cuidado”. Doris, la hija de Alamiro, parece resentida con los que viven allá abajo, en el puerto, porque ella sí comprende, con su "viste" que no tiene nada de argentino, que no sólo la pesca puede dar algo de dinero. Doris parece no sentirse parte del pueblo. Tramposos los del puerto, que no les importa tener unas olas grandiosas, como dice El Hombre, que se divierten tomando y bailando con la orquesta "Brisa Marina" que brinda homenaje al día del padre, que son asaltados por la noche si deciden ir hasta Paiján, último distrito antes de llegar a Malabrigo, por un sol cincuenta, y que hacen una procesión dominguera e improvisada hasta uno de los cementerios, en el que hay más padres enterrados. ¿Tramposos?. Al menos, al jugar fulbito, no lo son, sino que ríen, guapean, omiten al árbitro y hasta hacen fintas.
“Olas grandiosas”. En el mes de junio, tal vez, no se producen las corridas de aire necesarias, ni el fondo marítimo es el adecuado, ni la corriente marina puede vencer su flojera o a los accidentes geográficos de Malabrigo no se le sumó uno más, o el mar necesita de surfistas que lo recorran para ser el que se cuenta de boca en boca. ¿O en junio las olas del largo de diez canchas de fútbol se van a dormir y mandan a sus hijas para reemplazarlas? "¿Dómde estám las ulas?", pregunta Bill, que vino desde Utah, novia y tabla incluida, para encontrar que el mar es caprichoso y que no depende de las fotos de las revistas. Bill, a los dos días de haber llegado, decidió marcharse a Pacasmayo o a Cabo Blanco, con la esperanza de usar su tabla.
En Malabrigo lo único que parece correr sin barreras es el viento. Todo lo demás parece estancado. El ferrocarril de 1960 guardado en el garaje de un terminal pesquero y desecho. Las casonas con jardines ahora de polvo, que fueron levantadas cuando la harina de pescado se mezclaba con cargamentos azucareros que parían empleos. El muelle que parece la disección de un ser inmenso, cansado y hastiado de soledad. Los cementerios que atestiguan que en el puerto no se muere mucha gente. La ausencia de los tres pescadores que se ahogaron sin decir nada. Las fábricas que aúllan con humo y suciedad. La inmensa hélice eólica que nunca fue movida por el viento o prendida por los hombres. Los olores, de los que Chimbote sólo es la antesala. El desierto, donde quizá Zaratustra pudo hacer su retiro antes de ir a predicar.
Malabrigo, desde un avión, no pasaría de ser una maqueta en la que al arquitecto sólo le interesó ser esteta en las afueras del pueblo. Malabrigo, desde su nombre, es el resultado de un alemán que llegó hace ocho décadas y que no recibió refugio para pasar la noche y que terminó acostándose con el viento y maldiciendo al pueblo entero. Malabrigo, desde Malabrigo, es un puerto de Trujillo a 174 kilómetros de Chimbote, con unas olas que nunca aparecen para los pobladores. Sólo lo niños y los turistas bailan en ellas. Los demás, deben pescar.

Género: Crónica


Seudónimo: Pelele


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