La planta, parte uno



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FIN PARTE CINCO


NOTA DEL AUTOR


Luego de la siguiente parte de esta historia —la parte más extensa de esta historia—, La Planta volverá a hibernar para que yo pueda seguir trabajando en Black House (la continuación de El Talismán, escrito en colaboración con Peter Straub). Además necesito completar el trabajo de dos nuevas novelas (la primera, Dreamcatcher, estará disponible el próximo marzo en Scribner), y ver si puedo continuar con La Torre Oscura. Y mi agente insiste en que necesito tomarme un respiro para la traducción y publicación de La Planta en el extranjero —también en instalaciones, también en Internet— igual que la publicación americana. A no desesperarse. La última vez que La Planta abrió sus hojas, la historia permaneció en suspenso durante diecinueve años. Si pudo sobrevivir tanto, estoy seguro de que podrá sobrevivir uno o dos años más mientras trabajo en otros proyectos.

La parte 6 es el punto más lógico para detenerse. En un libro impreso tradicional, sería el final de la primera sección larga (a la que probablemente llamaría “Zenith Creciente”).

Encontrarán un climax de aquellos, y si bien no todas sus preguntas serán respondidas —no todavía, al menos— los destinos de varios personajes se resolverán.

Agresivamente.

Permanentemente.

Como forma de agradecimiento a aquellos lectores (los que están entre el 75 y el 80 por ciento) que se subieron al viaje y pagaron sus deudas, La parte 6 de La Planta estará disponible en forma gratuita. Disfrútenla... pero no se relajen demasiado. Cuando La Planta vuelva, lo hará una vez más al estilo paga-y-tómalo. Mientras tanto, prepárense para la parte 6. Creo que van a sorprenderse Tal vez hasta asustarse.

Saludos (y Felices Fiestas),

Stephen King


LA PLANTA, PARTE SEIS



Nota del Editor

Z probablemente sea el documento más interesante de la colección que forma esta historia. Aunque coherente en su mayor parte, el lector cauteloso podrá descubrir en él el trabajo de varias voces, la mayoría de las cuales (o todas ellas) ya fueron descriptas en la gran cantidad de memorándums, cartas y diarios personales que se presentaron hasta el momento. Además, el manuscrito descubierto (perjudicaría al desarrollo de la historia hablar demasiado sobre las circunstancias de ese descubrimiento) muestra diferentes tipografías y manos editoriales. Alrededor del treinta por ciento fue mecanografiado en una Olivetti portátil, que puede identificarse positivamente como la de John Kenton por la d flotante y por la grieta que atraviesa a la S mayúscula. Otro treinta por ciento es sin duda el trabajo de la Underwood 1948 modelo oficinista de Riddley Walker, que fue encontrada en el escritorio de su estudio en Dobbs Ferry. Las otras tipografías fueron producidas por el tipo de IBM Selectrics que se usaba por aquel entonces en las oficinas de Zenith House. El diez por ciento del manuscrito fue tipeado con la IBM type-ball "Script", la preferida de Sandra Jackson. Un veinte por ciento está en el formato de una IBM "Courier" que usaban tanto Herb Porter como Roger Wade. El trabajo restante está en una IBM "Letra Gótica", que puede encontrarse en varias (aunque no en todas) de las cartas comerciales y en los memorándums internos de Bill Gelb.


Lo más llamativo de esta colaboración, que se unifica notablemente a pesar de la interacción estilística, es el hecho de que esté narrado en tercera persona, y con un estilo omnisciente. Los testimonios se dan a conocer con el uso de una perspectiva cambiante, e incluyen varios sucesos en los que ninguno de los narradores –ya sean Kenton, Wade, Jackson, Gelb, o Walker–estaban presentes. El lector se preguntará si estos pasajes (varios de los cuales se entrelazarán a continuación) son simples conjeturas basadas en las evidencias disponibles, o si son pura imaginación, no más creíbles que las historias de "bichos gigantes" de los libros de Anthony LaScorbia. Ante estas posibilidades, el editor preferiría antes que nada recordarle al lector que hubo un sexto participante en Zenith House durante aquellos meses de 1981, para luego sugerirle que si lo que sospechaban Kenton, Wade, et. al. era cierto –que la hiedra que les enviaron era telepática y hasta cierto punto manipuladora– entonces quizás el auténtico narrador de Z fue el mismísimo Zenith la hiedra común (o la mismísima, si se quiere emplear el pronombre más utilizado por Riddley Walker.)

Aunque parezca demente según todas las pautas generales de la lógica, la idea posee un cierto encanto persuasivo cuando se la considera en el contexto de otros eventos de aquel año –comprobables en su mayoría, como la caída del avión en el que viajaba Tina Barfield– y al menos ofrece una explicación de la aparición del manuscrito. La idea de que una planta telepática convirtiera las máquinas de escribir de cinco editores anteriormente normales en tablas Ouija es un insulto al pensamiento racional; ninguna persona sensata puede estar de acuerdo con semejante cosa. Pero aún así la idea tiene cierto atractivo, por lo menos para este lector, ya que deja la sensación de que sí, así fue como estas cosas sucedieron, y sí, así fue como toda la verdad de esos días llegó a ser registrada.

S. K.

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De Z, un manuscrito inédito

4 de abril de 1981

490 Park Avenue South

New York City

Cielo despejado, vientos suaves, temperatura 10 ºC

9:16 de la mañana

Bebidas Suaves RainBo tiene sus oficinas neoyorkinas en el tercer piso del edificio ubicado en el 490 de Park Avenue South. Aunque sea pequeña (su porción del mercado desde el 1/3/81es del 6.5%), RainBo es una empresa entusiasta, de inquietudes jóvenes y firmes. A comienzos de abril de 1981, los de gaseosas RainBo tienen algo por lo que sentirse entusiasmados: consiguieron los derechos (a un precio que pueden darse el lujo de pagar) para poder explotar comercialmente la clásica composición de Harold Arlen "Somewhere Over the Rainbow". Actualmente están preparando toda una nueva campaña publicitaria centrada en esa canción.


En esta mañana de sábado, el vicepresidente ejecutivo George Patella1 ("Soy un hombre rodilla" es su frase favorita en los bares para hombres solos... no dice que sea soltero) ha conducido todo el camino desde su casa en Westport porque se le ocurrió una brillante idea en la mitad de la noche. Piensa escribir un memorándum y dejarlo sobre el escritorio de su jefe para antes del mediodía. Y es que además hay cierto bar nuevo en la séptima avenida en el que piensa curiosear al mediodía.
Con la cabeza llena de animadas botellas de gaseosa bailando sobre el arco iris con habilidosos zapatitos rojos, George Patella apenas le presta atención al hombre que lo sigue, toma la puerta y murmura un "Gracias" luego de que George usara su llave. Apenas advierte la presencia de un señor viejo, que pasa de los sesenta años, o con setenta recién cumplidos, guapo en su estilo demacrado, que lleva un uniforme militar verde.
Si más tarde se le pidiera ser más específico sobre este uniforme, el señor Patella sería incapaz de agregar gran cosa, a pesar de que por naturaleza sea un hombre amistoso y servicial (aunque con cierta tendencia a esconder su anillo de bodas en el compartimiento trasero de su billetera en ciertas ocasiones.) Si su cabeza no hubiera estado atestada de esas danzantes botellas de gaseosa, podría haber notado que el anciano del corte cepillo de color gris acero no llevaba ningún distintivo ni ninguna insignia de rango. Si se le obligara a recordarlo todo (o si se lo hipnotizara para que lo hiciera), Patella podría haber dicho lo siguiente del hombre que viajó en el ascensor con él aquella mañana de sábado: vestía una camisa verde oscura, una corbata negra que hacía juego con la camisa, y unos pantalones verde oscuro, esmeradamente planchados y doblados, sobre unos resplandecientes zapatos negros. Un atuendo de aspecto militar, en otras palabras, pero que podría comprarse en la tienda del ejército de la otra cuadra por un costo total de menos de cuarenta dólares.
Es la forma de lucir lo que lleva puesto lo que da la impresión de indumentaria militar; una vez que el viejo caballero ha presionado el botón de su piso (George Patella no tiene ni idea de cuál pueda ser), permanece de pie autoritariamente erguido e inmóvil, con las manos unidas delante de él y los ojos fijos en el indicador luminoso de los pisos. No está inquieto ni llama la atención de forma alguna, y por cierto que no intenta charlar. Y no hay nada en su postura que haga pensar en la incomodidad. Éste es un hombre que ha estado de pie —no tanto en posición de firmes, pero indudablemente no a gusto— muchas veces antes. Su cara lo dice. Eso, y la impresión de que quizás disfrute de dicha postura.
Pese a todo, no sorprende que George Patella, inmerso en sus propias preocupaciones (está demasiado concentrado en ellas como para darse cuenta de que está silbando suavemente "Somewhere Over the Rainbow"), no se cuestione las razones que pueda tener el hombre para estar allí. Dejando eso de lado, el hombre de camisa verde y de pantalones irradia esa impresión de estar en el lugar y en el momento correctos. Y por cierto que George Patella no reconoce al hombre con el que comparte el ascensor como el General Anthony "Tripas de Hierro" Hecksler (retirado del ejército norteamericano), loco, asesino, y fugitivo de la justicia. Patella se baja en el tercer piso para escribir su memo sobre el baile de las botellas de gaseosa. El hombre de pantalones verdes y camisa se queda dentro del ascensor. Patella, el vendedor de bebidas suaves, tiene una última visión del militar cuando él (Patella) dobla la esquina del corredor hacia las oficinas de RainBo: un señor mayor que permanece de pie erguido y callado, con las manos unidas delante de él, los dedos de esas manos ligeramente deformados por la artritis. Simplemente parado allí, simplemente esperando que suba el ascensor, para poder continuar con sus propios asuntos.
Cualquiera sean esos asuntos.

4 de abril de 1981

Cony Island

Cielo despejado, vientos suaves, temperatura 11 ºC

9:40 de la mañana

En cuanto Sandra Jackson y Dina Andrews se bajan del tren, Dina, de once años, expresa su deseo de dar una vuelta en la Rueda Maravillosa, que ha reanudado su labor durante una nueva temporada.


Mientras se encaminan hacia allá, encuentran alegres buhoneros a ambos lados del camino casi vacío de gente. Un grito hace sonreír a Sandra:
—¡Eh, la señora rubia! ¡Eh, tú, pelirroja bonita! ¡Vengan aquí y prueben su suerte! ¡Sálvenme el día!
Sandra se desvía hacia la Rueda de la Fortuna y examina el juego. Es como una ruleta, sólo que ganas premios en lugar de dinero. Aciertas rojo o negro, par o impar, y te ganas un premio pequeño. Si le aciertas a una de las docenas te ganas uno más grande. Si le aciertas a los cuatro te ganas uno más grande todavía. Y si escoges un solo número y la pegas, te llevas el premio de los premios: el gran osito rosa. ¡Todas estas posibilidades por un cuarto de dólar!
Sandra se vuelve hacia Dina (quién de hecho es pelirroja y bonita.)
—¿Qué nombre le vas a poner a tu nuevo oso? —le pregunta.
El tipo que maneja la Rueda de la Fortuna sonríe.
—¡Eso es tener confianza! —pregona—. ¡Cariño, esa es la mejor cosa en la vida!
—Lo llamaré Rinaldo —responde Dina con prontitud—. Si lo ganas.
—Oh, claro que lo ganaré —asegura Sandra. Toma veinticinco centavos de su cartera y examina los números, que van desde el uno hasta el treinta y cuatro e incluye casillas tales como VUELTA GRATIS, ADIÓS, PRUEBE DE NUEVO, y el doble cero. Ella observa al buhonero, que le está repasando el busto, con una mirada fija que no llega a ser escalofriante.
—Amigo —le dice ella—, quiero que recuerde que estoy apostando mi confianza en usted. Desde este punto, su puesto sólo va a mejorar.

—Vaya que está segura —dice él—. Bien, escoja su número.


Sandra coloca su moneda en el diecisiete. Tres minutos después el buhonero se queda mirando con ojos asombrados como la bonita señora y su joven amiguita siguen su camino hacia la Rueda Maravillosa, con la joven amiguita ahora en posesión de un osito rosa casi tan grande como ella.
—¿Cómo lo haces, tía Sandy? —quiere saber Dina. Está a punto de reventar de la excitación—. ¿Cómo lo haces?
Tía Sandy se da unos golpecitos sobre la frente y sonríe.
—Ondas psíquicas, cariño. Llámalo así. Vamos, veamos cómo se ve el mundo desde allá arriba.
A veces la vida revela (o parece revelar) un esquema extraordinario. Éste es ciertamente uno de esos casos. Porque, cuando las dos empiezan a correr de la mano hacia la Rueda Maravillosa, Sandra Jackson comienza a cantar "Somewhere Over the Rainbow" y Dina se une rápidamente a ella.

4 de abril de 1981

490 Park Avenue South

9:55 de la mañana

¡Diablos, qué bien que la está pasando el viejo Tripas de Hierro! ¡Que vengan a hablar de aprovechar tu tiempo de la mejor manera! ¡Que vengan a hablar de que tus brumosos sueños nocturnos en el manicomio puedan volverse realidad!


Al principio tuvo ciertas dudas. Incluso hasta se alarmó. Cuando apenas llevaba unos momentos allí, luego de que forzara la cerradura de la puerta del pasillo (no le ocasionó ningún problema, podría haberlo hecho dormido) y entró en la recepción de Zenith House, algo en la parte trasera de su cerebro realmente intentó transmitirle un Alerta Rojo. Fue como si todos aquellos instintos de caimán que le sirvieron tan bien en tres guerras y en media docena de escaramuzas hubieran percibido algo allí afuera y estuvieran intentando advertírselo. Pero un jefe de comando sencillamente no abandona una misión por un simple temor a la trinchera. Lo que un jefe de comando hace es recordarse a sí mismo su objetivo.
—El Judío Señalado —murmuró Hecksler. Ése era su objetivo. El farsante que lo había traicionado y luego le había robado sus mejores ideas.
No obstante siguió sintiendo ese eléctrico cosquilleo de inquietud que se experimenta al ser observado. Al ser observado por las mismísimas paredes, como parecería ser el caso.
Miró perspicazmente a lo largo de esas paredes, fijando la mirada por sobre el nivel del ojo y observando con especial atención todos los rincones. No se veían cámaras de vigilancia. Así que por ese lado estaba todo bien.
Respiró profundamente, separando las aletas de su nariz, dilatando los viejos orificios nasales.
—Ajo —murmuró—. Sin duda. Lo he conocido y sentido. Toda mi vida. ¡Ja! Y...
Algo más, definitivamente había algo más, pero no lograba reconocerlo. Al menos no en el área de recepción.
—Maldito ajo —dijo—. Es como un latoso en una fiesta. Un latoso de voz chillona.
En el portal que conduce a las oficinas editoriales, esa voz interior de advertencia habló de nuevo. Sólo dos palabras, pero Hecksler las oyó claramente: ¡VETE YA!
—No está pasando —dijo, y le mostró al silencioso mundo de sábado de Zenith House una mueca tirante y desagradable que probablemente le habría helado la sangre en las venas a Herb Porter si la hubiera visto—. Gritona águila solitaria. Esta es una misión suicida, si es que hay que llegar a eso. Nadie se vuelve a casa.
Dio un paso más allá y el olor a ajo desapareció, como si alguien lo hubiera frotado solamente en los alrededores de la puerta. Lo que lo reemplazó fue un olor extasiante que Hecksler conocía muy bien y al que amaba por sobre todas las cosas: el picante, el amargo olor de la pólvora encendida. El olor de la batalla.
El General, que se había encorvado un poco sin siquiera darse cuenta (sabía que el primer impulso que se tiene al entrar en una zona desconocida y posiblemente peligrosa era proteger las joyas de la familia), ahora se incorporó. Echó un vistazo alrededor con una mirada de loco que habría hecho algo más que helarle la sangre a Herb; le habría enviado huyendo con un ataque de pánico ciego. Al instante siguiente se relajó. Y ahora, debajo de los saltones ojos, los labios primero se separaron y luego comenzaron a estirarse. Alcanzaron el punto donde uno diría que los labios tienen que detenerse, pero sin embargo siguieron extendiéndose, hasta que las comisuras parecieron llegar a la altura de los saltones ojos azules de Hecksler. La sonrisa se transformó en una mueca; la mueca se transformó en una gran mueca; la gran mueca se transformó en una contorsión; la contorsión se transformó en el rostro de un caníbal; el rostro del caníbal se transformó en el rostro de un caníbal demente.
—¡Zenith House, aquí estoy! —rugió en el corredor vacío, con su descolorida alfombra de color gris industrial y sus portadas de libros enmarcadas en las paredes, de pechugonas doncellas y bichos gigantes. Se golpeó el pecho con el puño—. ¡Casa de bribones, aquí estoy! ¡Cubil de ladrones, aquí estoy! ¡Judío Señalado, AQUÍ ESTOY!
Su primer impulso, sólo contenido con dificultad, fue sacar su no despreciable pene de los pantalones y orinar por todas partes: en la alfombra, en las paredes, incluso sobre las portadas enmarcadas si su reconocidamente envejecido bombeador de pis pudiera lanzar el arroyo tan alto (por Dios, veinte años antes podría haber lavado el techo), como un perro que marca su territorio. La cordura no se afianzó porque ya no había nadie en su trastornada cabeza con corte de cepillo, aunque aún le quedaba la suficiente astucia. Nada debía parecer fuera de lugar aquí en el vestíbulo. No eran demasiadas las probabilidades de que el lunes fuera el J.S. el primero en llegar.
—Un maldito vago es lo que es —dijo Hecksler—. Un maldito comisario vaquero. ¡Ja! ¡He visto miles como tú!
Así que caminó por el corredor principal tan decorosamente como una monja, pasando puertas señaladas como WADE EDITOR EN JEFE, KENTON, y GELB (que era otro judío, indudablemente, pero no el judío) antes de llegar a la que decía... PORTER.
—Síiiii —susurró Hecksler, pronunciando la palabra como un largo y satisfecho siseo, como de vapor.
Ni siquiera tenía necesidad de forzar la cerradura; la puerta del J.S. estaba abierta. El General se mete dentro. Y ahora... ahora que se encuentra en un lugar donde ya no necesita ser cuidadoso...

La orina que el General Hecksler contuvo en el vestíbulo va a parar a los cajones del escritorio de Herb Porter, comenzando con el más bajo y siguiendo por el superior. Incluso le alcanza un chorro final para el teclado de la máquina de escribir.


Hay una bandeja de ENTRADAS / SALIDAS llena de lo que parecen ser cartas de presentación, informes de manuscritos, y una carta personal (aunque mecanografiada) encabezada con un Estimado Fergus. Hecksler las rompe a todas y desparrama los pedazos sobre el escritorio como si fueran confeti.
Junto al ENTRADAS / SALIDAS hay un sobre rotulado GOTHAM COLLECTIBLES, dirigido al Sr. Herbert Porter a cargo de Zenith House, y marcado como CONFIDENCIAL. Adentro, el General encuentra tres artículos. Uno es una carta que dice, en esencia, que los tipos de Gotham Collectibles estaban sumamente felices de haber podido localizar la rareza adjunta para un cliente tan estimado. La rareza consiste en una tarjeta de béisbol de Honus Wagner dentro de un sobre plastificado. La última carta es una factura por doscientos cincuenta dólares. El General se asombra y se ofende, ultrajado. ¿Doscientos cincuenta dólares por un jugador de béisbol judío? Y desde ya, se trata de un judío; Hecksler puede reconocerlos donde sea que estén. ¡Miren ese pedazo de nariz, Jesús bendito! (No advierte que la nariz de Honus Wagner es muy parecida a la del mismo Anthony Hecksler.) Tripas de Hierro saca la tarjeta del sobre, y muy pronto la imagen de Honus Wagner se ha unido al confeti, considerablemente menos valioso, que está desparramado sobre el escritorio de Herb.
Hecksler empieza a canturrear suavemente un comercial de cerveza:
—Llegó para ti... para todos ustedes... para ti, Judío Se-ña-NAYY-la-do...
Allí están los archivadores. Podría volcarlos, pero ¿qué pasaría si alguien de abajo oyera el porrazo? Y parece una acción bastante estúpida. Además ya sabe lo que encontrará si los abriera: simplemente más papel. Ya está harto de tanto papel por un día, por Dios. Para colmo, se está sintiendo un poco exhausto. Ésta fue una mañana agotadora (una semana agotadora, un mes agotador, una maldita vida agotadora.) Si acaso pudiera encontrar tan sólo una cosa más... la cosa más significativa...
Y allí está. La mayoría de las cosas que hay en las paredes es poco interesante —las tapas de los libros que editó el J.S., fotografías del J.S. con varios hombres (y una mujer) que el General supone que son escritores pero que le resultan sospechosamente parecidos a unos auténticos pajeros—, pero hay un cuadro que es diferente. No sólo porque está alejado de los otros, en su propio espacio reducido, sino porque el Herb Porter que allí aparece tiene una expresión auténtica en el rostro. En las demás fotos, pareciera que está diciendo algo así como oh-mierda-estoy-logrando-que-vuelvan-a-sacar-mi-jodida-foto, pero en ésta realmente está sonriendo, y es una sonrisa de amor incuestionable. La mujer a la que le sonríe es más alta que el J.S. y aparenta unos sesenta años. Sostenido delante de ella está la clase de gran cartera negra que por ley tan sólo una mujer de sesenta años o más puede llevar.
—Me veo a mí, te veo a tí, veo a la madre, de un Judío Señalado —canturrea Hecksler.
Saca el cuadro de la pared, lo da vuelta, y descubre el tipo de cartón posterior que había esperado. Oh sí, él conoce a su hombre: trucos furtivos por delante, cartón posterior por detrás.
Hecksler primero arranca el cartón y luego la foto de Herb y su querida marmar, que fue tomada en la fiesta del veinticinco aniversario que Herb le organizó a sus padres en Mountauk, en 1978. Tripas de Hierro se baja los pantalones (que bajan demasiado rápido, quizás debido al enorme cuchillo plegado que guarda en el bolsillo delantero derecho), se agarra un flaco cachete del culo y le da un rápido tirón al costado, para poder presentar mejor la puerta trasera, el oscuro agujero, el siempre querido camino de la porquería. Entonces el que otrora fuera General de los Estados Unidos, condecorado personalmente por Dwight Eisenhower en 1954, se refriega el culo bien a fondo y vivamente con esta foto que Herb ama por sobre todas las demás.
¡Diablos, que bien que la estamos pasando!
Pero los buenos tiempos desgastan a una persona, sobre todo a un viejo, y sobre todo a un viejo chiflado. Bastante es suficiente, como Amos le diría a Andy. El General se sube los pantalones, se acomoda la ropa, y luego se sienta en la silla de oficina de Herb. Él no orinó en esta silla, más que nada porque no se le ocurrió, de modo que el asiento está limpio y seco.
Lo hace girar lentamente alrededor y mira por la ventana de Herb. No hay vista; tan sólo unos pocos centímetros de espacio vacío y luego las ventanas de otro edificio de oficinas. La mayoría de ellas están cerradas con persianas venecianas, y donde no están corridas, se alcanza a ver oficinas absolutamente vacías. No caben dudas de que en alguna parte de aquel edificio, como también en éste, habrá ejecutivos soportando algunas horas extras, aunque no a la vista de la ventana de Herb Porter.
La luz del sol incide de costado sobre el rostro del General Hecksler, dejando cruelmente en evidencia su piel devastada por la edad y las reventadas venas de sus sienes; otra vena, de color azul, late firmemente en el centro de la frente acanalada. Los arrugados párpados comienzan a cerrársele. Y cada vez más, a medida que el General (que en varias semanas ha cabeceado pero no dormido en serio) comienza a moverse en la frontera que divide la tierra del insomnio con la del Dormitar.
Se le cierran del todo... y permanecen así, pareciendo más tersos ahora... y entonces se abren de nuevo, descubriendo unos descoloridos ojos azules que parecen desconfiados y locos, pero por sobre todo cansados hasta la muerte. ¿No será que alcanzó el cruce fronterizo —una tregua temporaria más allá de las mentiras— ...y se atreverá a aprovecharlo? ¿Se atreverá a cruzarlo? Aún quedan tantos enemigos, un mundo repleto de judíos maquinadores, de italianos violentos, de homosexuales cobardes, y de negros ladrones; tantos enemigos declarados del General y del país que él ha jurado defender... y ¿podría pasar que estuvieran aquí ahora? ¿Justo ahora?
Por un instante sus párpados recuperan su arrugado aspecto anterior, como los ojos bien abiertos y vigilantes que escudriñaban de reojo, pero sólo dura un momento. La voz que le advirtió en la recepción se ha quedado callada, aunque él todavía alcanza a oler un leve toque de humo de pólvora, tan reconfortante como lo recuerda.

A salvo, le susurra ese olor. Es, por supuesto, el olor y la voz de Zenith, la hiedra común. Estás a salvo. La casa es el cazador, la casa de la colina, y estarás a salvo durante las próximas cuarenta horas y más. Duérmete, General. Duérmete.
El General Hecksler reconoce un buen consejo cuando lo escucha. Sentado en la silla de su enemigo, reclinado sobre el escritorio de su enemigo (en el que ha derramado el pis justiciero), el General Hecksler se duerme.
No puede ver la hiedra que ya ha entrado en este cuarto y que ha crecido, invisible, alrededor de sus zapatos y sobre las paredes. Oliendo a pólvora y soñando con antiguas batallas, el General Hecksler empieza a roncar.



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