La planta, parte uno



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4 de abril de 1981

490 Park Avenue South

New York City

Cielo despejado, vientos suaves, temperatura 13ºC

10:37 de la mañana

Cuando Frank DeFelice llega al 490 de Park Avenue South, desciende de un taxi y deja una propina de exactamente diez centavos, no presenta el mismo tipo de humor distraído de George Patella, el amigo de las bebidas suaves, pero tampoco está demasiado preocupado. DeFelice trabaja en la Oficina de Suministros Tallyrand del séptimo piso, y se ha olvidado de cierto papel que necesita para la reunión de pre-inventariado del lunes a las nueve de la mañana. Su única intención es precipitarse en la oficina, agarrar los resúmenes del inventario, y volver corriendo a la estación Grand Central. DeFelice vive en Croton-on-Hudson, y planea pasarse la tarde trabajando en el patio de su casa. Este viaje del sábado a través de la ciudad es el típico DEEC: Dolor En El Culo


Apenas repara en el hombre de traje de negocios color arena que está parado a la izquierda de la puerta; el hombre sostiene un gran maletín y mira su reloj. Es demasiado joven para usar traje, pero tiene buen aspecto y está bien arreglado: es rubio, de ojos azules. Por cierto que Carlos Detweiller, quien tiene los genes nórdicos de su madre, no se parece a la imagen que alguien pueda tener de un sudaca, señalado o no.
Cuando DeFelice abre la puerta del vestíbulo con su llave, el joven del maletín suspira y murmura:
—¿Podría dejarla abierta un segundo?
Frank DeFelice sostiene la puerta cortésmente y cruzan el vestíbulo juntos, con los tacones resonando y creando ecos.
—No deberían permitirle a la gente llegar tarde los sábados —comenta el joven, y DeFelice le corresponde con una sonrisita sin sentido. Su mente está a un millón de kilómetros de allí... bueno, a sesenta, mejor dicho, trajinando con sus bulbos primaverales y sus fertilizantes.
Quizás esta fuga de pensamiento de deba a que nota cierto curioso olor viniendo del joven cuando entran juntos en el ascensor; un cierto olor terroso, casi como de turba. ¿Será alguna nueva colonia para después del afeitado? ¿Algo llamado Jardín Primaveral o Deleite de Abril?
DeFelice presiona el siete.
—Ya que está allí, ¿podría presionar el cinco? —solicita el joven del traje color arena, y DeFelice nota algo interesante: el maletín del tipo tiene una cerradura de combinación. Es justo lo que ando buscando, piensa, y ese pensamiento lo lleva a otro: no falta mucho para el día del padre. Si dejara caer algunas indirectas en el lugar correcto (a la madre de sus hijos en vez de a los mismos hijos, en otras palabras) no puede fallar. De hecho...
—... cinco? —pregunta de nuevo el joven del traje color arena, y DeFelice presiona el cinco. Entonces señala el maletín.
—¿Abercrombie? —le pregunta.

—Kmart —responde el joven, y le dedica una sonrisa que pone ligeramente nervioso a DeFelice. Tiene un vacío que va más allá de la demencia. Los dos hombres viajan en silencio luego de aquello, subiendo con el débil aroma a turba.


Carlos Detweiller se baja en el quinto. Camina junto a la pared donde están las flechas que señalan a las distintas empresas: Barco Novel-Teaz, Crandall & Ovitz, Abogados, Ediciones Zenith. Está examinándolas cuando las puertas del ascensor se cierran. Frank DeFelice experimenta un momentáneo alivio, y luego vuelve a concentrarse en sus propios asuntos.

10:38 de la mañana

Como el General Hecksler ha forzado la cerradura en lugar de romperla del todo, Carlos ingresa en Zenith House sin considerar sospechoso que la puerta principal esté abierta —después de todo, él es jardinero, escritor y Sirviente Psíkiko, no detective—. Además, se ha pasado tantos años haciendo lo que quería que ha llegado a considerarlo como algo normal.


En el área de recepción advierte el olor del ajo y asiente vigorosamente, como lo hace un hombre cuando sus sospechas se ven confirmadas. Aunque en realidad se trate de algo más que sospechas; después de todo, él está en contacto con ciertos Poderes, y ellos lo han mantenido por delante de la curva (como dirían ejecutivos de mediano nivel como Frank DeFelice y George Patella) en un montón de aspectos. Uno de los aspectos en los que estos Poderes lo han dejado por detrás de la curva, tiene que ver con la presencia actual de Tripas de Hierro Hecksler en las oficinas de Zenith. Los resultados a los que se llega en los asuntos de tipo sobrenatural siempre son un negocio riesgoso, aunque de esto podríamos asumir que los Poderes de la Oscuridad disfrutan de una broma tanto como el resto de nosotros.
¿Es que acaso Carlos no huele otra cosa que el olor del ajo? Es cierto que frunce el ceño, nublando su rostro blando y guapo, pero luego se tranquiliza. Descarta el débil soplo de locura del General, ya que su entrenado olfato lo ha catalogado como un simple dejo reminiscente del perfume de la recepcionista. (¿Cómo, se pregunta uno, podría llamarse semejante perfume? ¿Paranoia en París?)
Carlos se mueve por el cuarto y se detiene. Aquí el olor del ajo es más intenso. Ella les dijo cómo mantenerlo en su sitio, piensa él, refiriéndose a la difunta Tina Barfield. ¿Les habrá dicho también que, si se ofrenda el sabor de la sangre correcta, tales precauciones serían inútiles? Quizás. En todo caso, ya no le preocupa. A estas alturas, él no necesita cuidarse. Probablemente, Zenith debería cuidarse de proporcionarle demasiado tiempo a John Kenton, pero "probablemente" no es lo bastante bueno para Carlos Detweiller, y él ya no tiene tiempo. Quizás tampoco quede tiempo para hacer de John Kenton su esclavo zombi, pero el lunes por la mañana tendrá todo el tiempo del mundo para rebanar un poco al mentiroso de Kenton, para quitarle el corazón del pecho. Carlos tiene suficientes cuchillos en su Folio Sagrado, por no mencionar la nueva tijera podadora del Jardinero Americano. Tiene la esperanza de usarla para arrancarle el cuero cabelludo al señor John "Soretito" Kenton. Incluso puede usarlo de sombrero mientras se desayuna con las válvulas y los ventrículos de "Soretito".
Carlos entra en el pasillo que hay más allá de la recepción y se detiene de nuevo. Se queda parado exactamente en el mismo lugar donde se quedó Hecksler cuando anunció su presencia a las oficinas vacías. Advierte (no sin admiración) las tapas enmarcadas de los libros: una hormiga gigante inclinada sobre una mujer medio desnuda gritando; un mercenario disparando a un escuadrón de soldados orientales mientras una ciudad que se parece a Miami se incendia al fondo; una mujer en camisón en los brazos de un pirata de pecho desnudo que parece tener una erección del tamaño de un accesorio de plomería industrial dentro de sus pintorescos pantalones; un hombre de ojos inyectados en sangre observando la aproximación de una mujer joven en una calle desierta; dos o tres libros de cocina, sólo de especias.
Carlos piensa con cierto anhelo que en un mundo mejor, donde la gente fuera honesta, la portada de su propio libro también podría estar allí. Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas, con una fotografía del inigualable Carlos Detweiller en la tapa. Fumando una pipa, quizás, y mirando a lo Lovecraft. Eso no pudo ser... pero ellos lo pagarán. Kenton, al menos, lo pagará.
El corredor parece vacío salvo por las portadas enmarcadas y las puertas a los despachos editoriales que hay más allá, pero el recién es precavido. "Carlos, tú no naciste ni ayer ni el día anterior", como habría dicho el señor Keen en tiempos más felices, cuando las personas no olvidaban quién se suponía que tenía que ganar todas las partidas de cartas.
Que parezca vacío, sin embargo, puede ser algo engañoso.
Con el portal fregado con ajo a sus espaldas, Carlos puede oler con facilidad a la hiedra kadath tibetana que le envió a John Kenton, y huele su verdadero aroma: no el de palomitas de maíz, chocolate, café, madreselva, o perfume Shalimar, sino un olor más oscuro, áspero y picante. No es aceite de clavo de olor, pero se le parece bastante. Es el olor que Carlos ha encontrado emanando de sus propios sobacos las veces que ha sido intensamente psíkiko.
Cierra los ojos y susurra:
Talla. Demeter. Abbalah. Gran Opoponax.
Respira profundamente y el olor se intensifica, inundándole la cabeza, zambulléndolo en oscuras visiones, repletas de revoloteos asombrosamente fríos. Son las visiones de la tierra a la que irá pronto, el lugar donde concretará su transición de mortal terrestre a tulpa, una criatura del mundo invisible capaz de regresar a éste y poseer los cuerpos de los que continúan vivos. Quizás utilice este poder; quizás no. En este momento, tales detalles carecen de importancia.
Vuelve a abrir sus ojos y sí, allí está la kadath. Se extiende por las paredes y la alfombra, cada vez más delgada mientras avanza hacia la recepción, pero espesa y exuberante corredor abajo. Carlos sabe que por allí, en alguna parte, está el lugar donde aún se encuentra la maceta original, sepultada bajo ondulantes matorrales verdes qué resultan invisibles para todos aquellos que no creen en el poder de la planta. El lejano extremo del pasillo parece tan impenetrable como una selva, oculto por toda esa vegetación que se eleva hasta los fluorescentes del techo, pero Carlos sabe que las personas pueden pasear alegremente a todo lo largo de ese corredor sin tener la más mínima idea de lo que están atravesando... a menos, desde ya, que Zenith quiera que se enteren. En cuyo caso sería lo último que se enterarían en su vida. Básicamente, en este momento Zenith House es una gigantesca trampa para osos de color verde, lista para actuar.
Carlos empieza a bajar por el corredor, con el Folio del Sakrificio Sagrado apretado contra su pecho. Pasa por encima de los primeros brotes de Zenith, luego sobre un completo manojo de ramas y rizomas entrelazadas. Una de ellas se agita y le toca un tobillo. Carlos la deja hacer pacientemente, y luego de un momento la rama se aleja. Aquí, a la izquierda, está la oficina de WADE EDITOR EN JEFE. Carlos le echa un vistazo sin mucho interés, y después continúa hacia la puerta siguiente. Aquí la hiedra creció mucho más espesa, cubriendo con sus ramas la parte inferior de la puerta en zigzag y retorciéndose alrededor del picaporte como si fuera un flojo abrazo de amante. Otra rama se aferra al panel superior de vidrio, tachando el nombre como un relámpago verde.
—Kenton —dice Carlos en voz baja—, maldito farsante.

10:44 de la mañana

En la oficina de Herb Porter, el General Anthony Hecksler abre los ojos. Un pensamiento —que más que soñar escuchó—, le cruza por la mente. Lo que oyó fue esto: Kenton, maldito farsante.


Alguien más se encuentra en las oficinas de Zenith House.
Alguien más en esa mañana de sábado.
Y Tripas de Hierro tiene una idea bastante aproximada de quién pueda ser.

—Ado, ado —susurra, con unos labios que apenas se mueven—. El Sudaca Señalado.


Mientas dormitaba, Hecksler se resbaló un poco de la silla de Porter. Ahora se deja caer más aún, para estar absolutamente seguro de que la parte superior de su cabeza no se vea si el S.S. pasa por el pasillo. Lo bueno sería que "Carlos" vea el lío que hay aquí, pero no que vea al hombre que hay aquí.
Silencioso como un suspiro, Hecksler mete la mano en el bolsillo de sus pantalones y extrae otra de sus compras en la tienda del ejército: un cuchillo de cazador con mango de hueso y hoja de tungsteno de veinte centímetros de largo.
Se escucha el más débil de los click cuando el General pulsa el botón que despliega la hoja y la mantiene en posición. Lo sostiene contra su pecho, con la punta casi tocando su barbilla rigurosamente afeitada, y aguarda a que pase lo que tenga que pasar.
Central Park

Cielo despejado, vientos suaves, temperatura 16ºC

10:50 de la mañana

Bill Gelb está tan entusiasmado con su planificada excursión a Paramus que apenas pudo dormir la anoche anterior, y todavía se siente con todas las energías en esta mañana de sábado, completamente animado. No podría quedarse en el maldito apartamento, claro que no. La pregunta era, ¿a dónde ir? Por lo general, pensaría en ir a ver una película, Bill ama las películas, pero hoy no podría estarse quieto para ver una entera. Y entonces, en la ducha, se le ocurre la respuesta.


En las mañanas de sábado de Central Park, sobre todo en una mañana primaveral como la de hoy, se llevan a cabo unos auténticos juegos olímpicos, que van desde el patinaje y el sóftbol hasta el ajedrez y las damas.

También habrá un juego de dados disputándose al borde de Sheep Meadow; de eso Bill está casi seguro. Puede llegar a estar inhabilitado, aunque no podría imaginarse por qué razón los polis clausurarían un juego tan inocuo: apuestas bajas, jóvenes blancos tirando los dados y pretendiendo ser fulanos piolas. Sietes y onces, el nene necesita un par nuevo de zapatillas Adidas. Una botella o dos de vino barato completarán la ronda y les permitirán a los jugadores no sentirse avergonzados, por no decir decadentes, por estar tirando los dados y bebiendo Tren Nocturno a las once de la mañana.


Bill ha jugado allí quizá media docena de veces en los últimos dos años, siempre que el tiempo esté caluroso. Le gusta jugar, pero... ¿ir a Central Park a tirar los dados cuando la temperatura está por debajo de los cinco grados? Ni loco. Aunque en la radio anunciaron que hoy el mercurio puede llegar hasta unos prematuros veintiún grados, y además... ¿qué otra forma puede haber de averiguar si la fuerza todavía lo acompaña?
Razón por la cual —mientras el tren de Riddley se aproxima a Manhattan, mientras Sandra y su sobrina continúan su desenfrenada gira en la inauguración de los entretenimientos de Cony Island, mientras Carlos Detweiller empieza a inspeccionar los archivos de "Soretito" Kenton y el General Hecksler está despatarrado en la silla de Herb Porter, con su cuchillo lanzando destellos bajo la luz del sol— encontramos a Bill Gelb arrodillado entre un círculo de gritones, jocosos tipos blancos que se sienten felices de perder el dinero. El afortunado hijo de perra entró al juego, le apostó a dos de los tipos (y ganó), y luego él mismo tomó los dados. Desde entonces viene sacando cinco sietes seguidos. Ahora les está prometiendo un sexto siete, y para colmo les asegura que será de seis y uno. El fulano está loco, así que ellos se sienten felices de poder desplumarlo. Y Bill también está feliz. Tan feliz como nunca lo ha estado en su vida, le parece. Vino hasta Meadow con sólo quince dólares en el bolsillo, dejando deliberadamente el resto de su dinero en casa; ya triplicó esa suma. ¡Y esto, por Dios, es tan sólo la entrada! Esta noche, en Paramus, él se sentará frente al plato fuerte.
—Que Dios bendiga a esa loca planta doméstica —susurra, y hace rodar los dados hacia la reja pintada que sirve como hoyo. Rebotan, ruedan, dan unas volteretas...

...y los yupis, los artistas de los dados de los sábados a la mañana, se quejan en un lamento entremezclado de escepticismo, desesperanza y asombro.


Son un seis y un uno.
Bill arrebata el fajo de dinero que está en la abertura de la reja que dice CASA, le da un sonoro beso, y lo sostiene en alto, hacia el luminoso cielo azul, riendo.
—¿No me daría los dados, señor suertudo? —le pregunta uno de los otros jugadores.
—¿Cuándo vengo tirando así? —Bill Gelb se inclina hacia adelante y recoge los dados—. De ninguna maldita manera. —Se sienten calientes en su mano. Alguien le pasa una botella de Boone's Farm y echa un trago—. De ninguna maldita manera pienses que te los voy a pasar —repite—. Caballeros, pienso tirar estos dados hasta que se les borren los puntos.

11:05 de la mañana

La kadath penetró en la oficina de Kenton por entre las rendijas de los bordes de la puerta, creciendo exuberantemente por las paredes, pero Carlos apenas lo nota. La hiedra no significa nada para él, en uno u otro sentido. Ya no. Si no fuera por Tina Barfield, habría sido divertido acomodarse lejos y verla en acción, ya que la perra le robó su pico de búho y él se quedó sin tiempo. Dejará que Zenith se encargue de los demás si ella lo desea; pero Kenton es suyo.


—Maldito farsante —repite—. Maldito ladrón.
Tal como en la oficina de Herb, hay fotos de varias personas en las paredes de Kenton. A Carlos le tienen sin cuidado todos los demás (también a él le parecen unos bribones), pero observa fijamente aquellas donde aparece Kenton, memorizando el rostro delgado con su gran mata de largo pelo negro. ¿Quién se cree que es? se pregunta Carlos con indignación. ¿Una maldita estrella de rock? ¿Un Beatle? ¿Un Rolling Stone? De pronto se le ocurre el nombre de un grupo de rock al que Kenton podría pertenecer: Johnny y Los Soretitos.
Como siempre, Carlos se sorprende de su propio ingenio. Como suele permanecer serio durante largos períodos de tiempo, siempre se sorprende del buen sentido de humor que tiene. Ahora ladra una risa.
Aún riéndose entre dientes, prueba los cajones del escritorio de Kenton, pero, a diferencia de los Herb, éstos están cerrados con llave. Hay una bandeja de ENTRADAS / SALIDAS sobre el escritorio, pero, también a diferencia de la de Herb, está casi totalmente vacía. La única hoja de papel tiene anotadas varias líneas que Carlos no comprende en absoluto:
Juego de jockey de leprosos: en la esquina de enfrente.
6 o 7 para llevar el ataúd, 1 para llevar el bombo.
No importa la mermelada en tu boca, pero ¿qué está haciendo la manteca de maní en tu frente?
"Jode al cartero, dale un dólar y un rollo dulce".
Tapa anaranjada de la boca de inspección en Francia=Howard Johnson.
¿Qué será toda esa mierda, en el nombre de Demeter? Carlos no lo sabe y decide que tampoco le interesa.
Se acerca a los archivadores de Kenton, temiendo que también éstos estén cerrados con llave, pero tiene un largo fin de semana por delante y, si se aburre, puede abrir el escritorio y los archivos. En el Folio del Sakrificio tiene las herramientas necesarias para encargarse de ese trabajo. Pero los cajones de los armarios resultan estar abiertos, después de todo.
Carlos comienza a inspeccionar los archivos con un alto grado de interés que se desvanece rápidamente. Los archivos del Soretito están ordenados alfabéticamente, aunque después del de CURRAN, JAMES (el autor de cuatro originales de bolsillo entre 1978 y 79, con títulos como Extraño Deleite de Amor y Extraña Obsesión de Amor), viene el de DORCHESTER, ELLEN (con seis breves informes de manuscrito, cada uno firmado por Kenton y adjuntado a una carta de rechazo.) No hay ningún archivo marcado como DETWEILLER, CARLOS.1
El único elemento de interés que Carlos descubre está al fondo del cajón, detrás de unos pocos archivos eliminados rotulados con W-Z. Se trata de una fotografía enmarcada que indudablemente adornaba hasta hace poco el escritorio de Kenton. En ella, Kenton y una bonita joven oriental están de pie en la pista de patinaje de la Plaza Rockefeller, abrazados y sonriéndole a la cámara.
Una sonrisa de indecencia extrema despunta en el rostro de Carlos. La mujer está en California, pero para un Sirviente Psíkiko genuino como él, unos pocos miles de kilómetros no representan absolutamente ningún problema. La señorita Ruth Tanaka ya está descubriendo que ella le ha apostado el caballo equivocado en las Loterías del Romance. Carlos sabe que ella pronto regresará a Nueva York, y cree que puede hacer una breve parada en Zenith House tras su arribo. Kenton estará muerto para ese entonces, pero ella tendrá preguntas para hacerle ¿no? Sí. Las mujeres siempre tienen preguntas para hacer.
Y cuando llegue...
—Sangre inocente —murmura Carlos. Tira la foto enmarcada de vuelta al cajón y el vidrio se rompe en pedazos. En la silenciosa oficina, el sonido parece ruidosamente satisfactorio. Cruzando el pasillo, el General Hecksler pega un brinco en la silla de Herb, evitando por muy poco clavarse su propio cuchillo.

Carlos cierra de un puntapié el cajón del archivador, se dirige al escritorio de Kenton y se sienta en su silla. Se queda allí durante un ratito, tamborileando con los dedos de una mano en el Folio del Sakrificio y toqueteando ociosamente su erección con los dedos de la otra. Es muy probable que dentro de un rato, piensa, se masturbe; es algo que hace a menudo y bien. Sin saber, por supuesto, que sus días de abuso ya casi están a punto de terminar.


En la oficina de enfrente, Tripas de Hierro ha tomado posición contra la pared a la izquierda de la puerta de Herb Porter. Puede ver un reflejo de la otra oficina en la ventana de Herb: débil, pero bastante bueno. Cuando "Carlos" salga, ya sea antes o después, el General estará preparado.

11:15 de la mañana

Resulta que Carlos tiene hambre. Y resuelta que ha olvidado de traerse algo para comer. En el escritorio de Kenton podría haber barras de caramelo o algo así —al menos chicles, todos tenemos siempre algunos chicles dando vueltas por ahí—, pero la maldita cosa está cerrada con llave. Revolver en los cajones en busca de algo que tal vez ni siquiera esté allí parece representar demasiado trabajo.


Aunque ¿qué hay con las demás oficinas? Tal vez incluso hasta haya una cantina, con refrescos y todo. Carlos decide ir investigar. Después de todo, tiempo tiene de sobra.
Se levanta, camina hasta la puerta y sale. Una vez más la hiedra le toca los zapatos; una rama se le enrosca alrededor de un tobillo. Una vez más Carlos se queda quieto pacientemente hasta que la rama se retira. Las palabras adelante, amigo se susurran en su mente.
Carlos se dirige a la próxima puerta pasillo abajo, en la que dice JACKSON. No escucha nada cuando la puerta de Herb Porter se abre sigilosamente detrás de él; no percibe al viejo alto con un cuchillo en la mano que mide la distancia con fríos ojos azules... y la encuentra aceptable.
Cuando Carlos abre la puerta de la oficina de Sandra, Tripas de Hierro se abalanza. Un antebrazo —viejo, huesudo, horriblemente fuerte— se cierra alrededor de la garganta de Carlos y lo deja sin aire. Carlos alcanza a tener tiempo para sentir una nueva emoción: terror absoluto. Entonces una sensación de calor, como un relámpago, le cruza por el bajo vientre. Él piensa que se quemó con algo, y habría gritado si no fuera porque tiene la tráquea cerrada. Ni se imagina que está parcialmente destripado, y evita que la acción se complete al tambalearse a la izquierda, golpeando al General contra el borde de la puerta de Sandra Jackson, y haciendo que la cuchillada salga alta y no tan profunda como la planeó.
—Estás muerto, MARICÓN —Hecksler susurra estas palabras en el oído de Carlos tan tiernamente como un amante. Carlos puede oler a Rolaids y a locura. Se tira hacia la derecha, contra el otro lado de la puerta, pero el General está prevenido y se monta sobre él tan fácilmente como un cowboy en un viejo rocín. Levanta el cuchillo de nuevo, con la intención de abrirle la garganta a Carlos.Y entonces vacila.
—¿Qué clase de sudaca tiene el cabello rubio y los ojos azules? —le pregunta—. ¿Qué...
Siente el roce de la mano de Carlos contra su muslo con un segundo de retraso. Antes de que pueda echarse atrás, el sudaca señalado le aferra los testículos y se los aplasta con el puño de hierro del que está luchando por su vida y lo sabe.
—¡AHUUUU! —grita Hecksler, y la llave se afloja solo por un instante en la garganta de Carlos. Aunque sea insoportable, no es el dolor la causa del debilitamiento de la toma mortal; Tripas de Hierro le ha consagrado toda una vida a vivir con y a través del dolor. No, es la sorpresa. Está estrangulando al S.S., ha acuchillado al S.S., y éste continúa peleando.
Carlos se sacude nuevamente hacia la izquierda, aplastando el hueso del hombro del General contra la jamba de la puerta. La llave de Hecksler se afloja otro poco, y antes de que pueda recuperarse, Zenith —con un sentido del humor más bien travieso— lo toma de la mano.
Pero en realidad, es de los pies del General de los que la hiedra se prende, envolviéndolos con un veloz puño verde y tirándolos hacia atrás. Aunque las ramas aún sean recientes y delgadas (algunas terminan arrancadas por el peso de Hecksler), la agarrada de Z es sorprendentemente fuerte. Y sorpresa, por supuesto, es la palabra clave. Si Tripas de Hierro hubiera esperado semejante ataque del chivato pusilánime, casi seguro que se habría cuidado los pies. En cambio, cae pesadamente sobre sus rodillas.
Carlos gira rápidamente en el umbral, abriendo la boca, tosiendo y tratando de recuperar el aire. Todavía siente esa franja de calor cruzándole la barriga, que parece estar extendiéndose. El bastardo me quemó, piensa. Tiene una de esas cosas, una de esas cosas láser ilegales.
Necesita volver a la oficina de Kenton, en donde fue tan idiota de dejar el Folio del Sakrificio; pero, cuando comienza a avanzar, el General tira unas cuchilladas al aire. Carlos retrocede lo suficientemente rápido como para salvarse la nariz. El General le muestra los dientes a Carlos; o al menos aquellos que sobrevivieron a la Funeraria Resto Sombrío. Manchas de color brillante adornan sus mejillas.
—¡Sal de mi camino! —estalla Carlos— ¡Abbalah! ¡Abbalah can tak! ¡Demeter can tah! ¡Gah! ¡Gam!
—Guárdate tus estupideces de sudaca para alguno de los tuyos —dice el General. No hace ningún esfuerzo por levantarse, simplemente oscila de un lado para el otro, sobre sus rodillas, luciendo tan misterioso (y tan mortífero) como una serpiente encantada, asomada del cesto por la flauta de un faquir—. ¿Quieres pasar a través mío, hijo? Entonces, ven. Vamos, inténtalo.
Carlos mira por sobre el hombro del viejo y ve que todavía quedan algunas verdes ramas de hiedra enredadas alrededor de sus tobillos.
¡Kadath! —clama Carlos—. ¡Cam-ma! ¡Can tak! —En sí mismas, estas palabras no significan nada. Son de naturaleza invocatoria, la forma que tiene Carlos Detweiller de enviarle a la hiedra una orden telepática. Acaba de pedirle a Zenith que le dé un nuevo tirón al viejo, que lo arroje directamente en la masa principal de vegetación del pasillo, y que luego lo triture.
Pero en vez de hacer eso, los lazos que envuelven los tobillos del General se desatan y las ramas se alejan, arrastrándose.
—¡No! —vocifera Carlos. No puede creer que los Poderes Oscuros lo hayan abandonado—. ¡No, regresa! ¡Kadath! ¡Kadath can tak!
—Mejor échate un vistazo, hijo —sugiere maliciosamente el General Hecksler.
Carlos baja la vista y ve que su traje de color arena se ha vuelto de un rojo brillante, desde los bolsillos de la chaqueta y hacia abajo. Tiene una larga y andrajosa rasgadura cruzándole por el medio; el extremo de su corbata está indiscutiblemente rebanado. Alcanza a ver algo brillante y purpúreo en la cuchillada y, con incrédulo desmayo, comprende que se trata de sus intestinos.
Mientras está distraído, Hecksler arremete contra él y lo ataca con su cuchillo de nuevo. Esta vez secciona el hombro de Carlos hasta el hueso.
¡Ole! —grita Tripas de Hierro.
¡Maldito viejo loco! —aúlla Carlos, y lo ataca con un pie. Esto le produce un terrible y embotado calambre de dolor a través de su barriga, y un reguero de sangre se le derrama sobre los pantalones, pero el zapato alcanza al General Hecksler justo en su flaca nariz y se la rompe. Se derrumba hacia atrás. Carlos empieza a adelantarse pero el viejo bastardo se arrodilla de nuevo, en un maldito parpadeo, lanzando cuchillazos en todas direcciones. ¿De qué estará hecho, de hierro?
Carlos se escabulle en la oficina de Sandra, jadeando, y cierra la puerta justo cuando Hecksler flexiona los dedos de su mano libre alrededor de la jamba. Cuando le aplasta los dedos, Hecksler articula un aullido que es como música para los oídos de Carlos. Pero el viejo hijo de puta no se detendrá. Es como un robot con su interruptor trabado en la opción MATAR. Carlos escucha el golpe de la puerta de la oficina al abrirse detrás de él mientras se tambalea por la oficina de Sandra, con el brazo izquierdo de su chaqueta tornándose carmesí, y con una mano en su vientre acuchillado, intentando contener esas cosas purpúreas en su lugar. Oye el áspero jadeo, como de perro, que emite el chiflado cuando el aire entra y sale rápidamente de sus viejos pulmones. En un segundo el robot estará de nuevo encima de él. El robot tiene un arma; Carlos no tiene ninguna. Aún cuando tuviera su Folio del Sakrificio, el robot no le daría tiempo para abrir la combinación.
Voy a morir, piensa Carlos, maravillado. Si no hago algo enseguida, realmente voy a morir. Por supuesto que sabía que la muerte estaba en camino, pero hasta este minuto había sido un concepto más bien académico. Sin embargo, no hay nada de académico en tener un robot loco detrás de ti mientras la sangre te chorrea sobre el brazo y las piernas.
Carlos mira el escritorio de Sandra, que es un desordenado enredo de papeles esparcidos. ¿Tijeras? ¿Un cortapapeles? ¿Tal vez un maldito alicate? Algo... oh, Buen Demeter, ¿qué es eso?
Reposando junto al papel secante, en parte disimulado por una fotografía enmarcada de Sandra y Dina de su viaje a Nova Scotia de dos años antes, hay un gran objeto plateado que parece un cañón. Sandra, con la mente llena de libros y plantas y manuscritos y cuentos de zombis ancianos de Rhode Island, se ha olvidado de guardar el cañón en su cartera, cuando salió en la tarde del viernes. Lo que sucede es que ahora es fácil para ella olvidarse: la planta le ha proporcionado un nuevo sentido de la seguridad y el bienestar. Este objeto ya no le parece tan vital.
Sin embargo, para Carlos sí es vital.
Carlos acaba de encontrar al Amigo de las Noches Lluviosas de Sandra.


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