La planta, parte uno



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11:27 de la mañana

—¿Qué te pasa, tía Sandra? —pregunta Dina. Un momento antes ambas volvían juntas por el paseo, comiendo las deliciosas salchichas asadas que sólo en Cony puedes encontrar. Entonces Sandra se detiene, con la boca abierta, y apoya una mano sobre su estómago—. ¿Tu hot dog está feo?


—No, está bien —le responde Sandra, aunque de hecho siente un súbito dolor cruzándole la panza. No era el tipo de dolor que asociaba con la comida en mal estado, pero de todas maneras ella se vuelve y tira lo que queda de su hot dog en un barril para la basura. Ya no estaba hambrienta.
—¿Y entonces qué te pasa?
Había una voz en su cabeza, llamando. Pero si le dijera eso a Dina, su sobrina probablemente pensaría que estaba loca. Sobre todo si le dijera que era una voz verde.
—No lo sé —dijo Sandra–, pero quizá deba llevarte a casa, cariño. Si voy a enfermarme, no quiero hacerlo mientras estamos aquí.

11:27 de la mañana

John Kenton estaba preparando unos huevos en su pequeña cocina, silbando "Chim-Chim-Chiree" de Mary Poppins mientras los revolvía con su batidor. El dolor lo golpea como el relámpago desde un cielo azul, rasgándolo por el medio.


Grita y se sacude hacia atrás, volcando la sartén de la hornalla con el batidor y desparramando los huevos medio cocinados sobre el linóleo. Tanto los huevos como la sartén le erran a sus pies desnudos, cosa que casi podría calificarse como un milagro.
La oficina, piensa. Tengo que llegar a la oficina. Algo salió mal. Y entonces, repentinamente, su cabeza se llena de sonido y grita.
11:28 de la mañana

Roger Wade se está dirigiendo hacia la puerta de su apartamento cuando el sobrenatural aullido del Amigo de las Noches Lluviosas de Sandra inunda su mente, amenazando con hacérsela estallar de adentro hacia afuera. Se deja caer de rodillas como un hombre que sufre un ataque cardíaco, tomándose la cabeza y profiriendo unos gritos que no puede escuchar.



11:28 de la mañana

Al borde de Sheep's Meadow, el grupito de jugadores de esa mañana de sábado observa con desconcertada sorpresa al hombre que huye. El tipo los estaba desplumando, honradamente y en tiempo record; pero entonces, de repente, pegó un grito y se tambaleó sobre sus pies, primero agarrándose la barriga y luego presionándose las orejas con las palmas de las manos, como si estuviera siendo atacado por algún sonido monstruoso. Como para confirmarlo, él había gritado "¡Oh Dios, apágalo!" Después huyó, tambaleándose de un lado para el otro como un borracho.


—¿Qué le sucede? —preguntó uno de los jugadores de dados.
—No lo sé —dijo otro—, pero sí sé una cosa: dejó el dinero.
Durante un instante simplemente se quedan mirando la desordenada pila de billetes que está junto al lugar vacante de Bill Gelb. Entonces, casi espontáneamente, los seis empiezan a aplaudir.

4 de abril de 1981

En alguna parte de New Jersey

A bordo del Silver Meteor

11:28 de la mañana

En su asiento junto a la ventanilla, Riddley está durmiendo y soñando con días más felices. De hecho está soñando con el año 1961. En su sueño, él y Maddy caminan de la mano hacia la escuela bajo un brillante cielo de noviembre. Cantan juntos su vieja favorita, que ellos mismos inventaron: "¡Whamma-jamma-Alabama! Cucaracha, Katzenjamma! ¡Devuélveme mi maldito martillo! Whamma-jamma-Alabamma"! Luego sueltan unas risitas.


Es un buen día. El asunto con los cubanos que asustó a todos hasta la muerte, ya ha terminado. Rid ha dibujado un jarrón, y cree que la señora Ellis le pedirá que se lo muestre al resto de la clase. A la señora Ellis le encantan sus jarrones.
Entonces Maddy se frena, de repente. Desde el norte se acerca un retumbar creciente. Ella lo mira solemnemente.
—Ésos son los bombarderos —le explica—. Finalmente sucedió. Es la Tercera Guerra Mundial.
—No —dice Riddley—. El problema ha terminado. Los rusos retrocedieron. Kennedy los asustó de verdá. E'tos pobres rusos les ordenaron a sus barcos que den la vuelta y regresen a casa. Lo dijo mamá.
—Mamá está loca —le contesta Maddy—. Duerme en la ribera. Duerme con las viudas negras.
Y como para demostrarlo, la sirena de ataque aéreo de Blackwater empieza a aullar, ensordeciéndolo...


11:29 de la mañana

Riddley se incorpora y mira fijamente el paisaje de New Jersey: de hecho, mira exactamente el mismo tipo de terreno baldío y pantanoso que visitará esa noche.


El hombre del otro lado del pasillo levanta la vista de su libro de bolsillo.
—¿Se encuentra bien, señor? —pregunta.
Riddley no puede oírlo. La sirena de alarma lo ha perseguido desde su sueño. Está colmando su cabeza, haciendo estallar su cerebro.
Entonces, de repente, se interrumpe. Cuando el hombre del pasillo lo interroga de nuevo, esta vez con auténtica preocupación, Riddley lo escucha.
—Sí, gracias —le responde con una voz que casi suena firme. En su cabeza, resuena la vieja rima: Whamma-jamma-Alabama—. Estoy bien.
Pero cierta gente no lo está, piensa. Cierta gente no, definitivamente.

490 Park Avenue South

Quinto piso

11:29 de la mañana
En el año 1970, un gran número de oficiales norteamericanos celebraban en un bar y burdel de Saigón llamado Haiphong Charlie's. Desde Washington había llegado el rumor de que la guerra continuaría al menos otro año más, y estos soldados de carrera, que durante los últimos veinte meses o así habían recibido la gran patada en el culo de su vida, estaban allí reunidos. El milagro consistió en que hubo una falla en la bomba que un mozo anónimo había plantado, y en lugar de rociar el cuarto entero con clavos y tornillos, sólo alcanzó a aquellos soldados que pasaban cerca de la barra, donde había estado oculta en un arreglo floral. Uno de los desafortunados fue el ayudante de campamento de Anthony Hecksler. El pobre hijoputa perdió ambas manos y un ojo mientras preparaba los frug o los Watusi o lo que fuera.
El propio Hecksler se encontraba en un extremo del cuarto, conversando con Westy Westmoreland, y aunque varios clavos volaron entre ellos —ambos hombres pudieron oír el silbido que hicieron al pasar— ninguno sufrió nada más serio que un rasguño en el lóbulo de la oreja. Pero el sonido de la explosión en ese pequeño cuarto fue enorme. A Tripas de Hierro no le había molestado ahorrarse los gritos de los heridos, pero pasaron nueve días enteros antes de que su oído comenzara a funcionarle de nuevo. Le quedó esa sensación como de muerto cuando finalmente regresó a casa (y durante una semana o más, cada conversación había sido como una llamada telefónica transatlántica en los años veinte.) Desde aquella vez sus oídos han sido sensibles a los ruidos fuertes.
Razón por la cual, cuando Carlos tira del anillo del centro de la cosa plateada, accionando la sirena de altos decibeles, Tripas de Hierro retrocede con un áspero gruñido de sorpresa y dolor —¿AHHH?— y se aprieta las manos sobre las orejas.

De repente el cuchillo apunta hacia el techo en lugar de a Carlos, y Carlos no duda en tomar ventaja. Aún malherido y sorprendido, nunca ha estado ni medio paso más allá del borde del pánico. Sabe que en esta oficina sólo hay dos salidas, y que una caída de cinco pisos desde las ventanas que están detrás de él es algo inaceptable. Tiene que escapar por la puerta, y eso significa que tiene que vérselas con el General.


Cerca del extremo del cilindro chillón, a unos veinte centímetros más allá del anillo, hay un prometedor botón rojo. Cuando el General arremete de nuevo, Carlos le apunta con el mecanismo del cilindro y presiona el botón. Espera que salga ácido.
Una nube de sustancia blanca se expande desde el agujerito de la misma punta del cilindro y envuelve al General. El gas Hi-Pro no es ácido —no exactamente—, pero tampoco es algodón de azúcar. El General siente como si un enjambre de punzantes insectos (los Mosquitos del Infierno) se hubiera establecido en las partes húmedas y delicadas de sus ojos. Estos mismos insectos penetran por sus orificios nasales, y el General contiene la respiración enseguida.
Al igual que Carlos, él tampoco pierde el control. Sabe que lo están gaseando. Y aunque esté cegado, puede vérselas con eso, ya ha tenido que hacerlo antes. Es la sirena la que realmente lo está volviendo loco. Le está apaleando los sesos.
Retrocede hasta la puerta, presionándose la oreja izquierda con su mano libre y enarbolando el cuchillo delante de él, creando lo que confía en que sea una zona donde pueda provocar lesiones serias.
Y entonces, oh alabado sea Dios, la sirena se apaga. Quizá sus circuitos taiwaneses sean defectuosos; quizá la batería de nueve voltios que la impulsaba simplemente se agotó. A Hecksler no le importa ni medio carajo cuál pueda ser la razón. Lo único que sabe es que puede pensar de nuevo, y esto llena de gratitud a su corazón de soldado.
Pero, con un poco de suerte, el S.S. ni se imagina que él se recobró. Un poco de actuación servirá. Todavía gritando, Hecksler se tambalea contra el marco de la puerta. Deja caer el cuchillo. Sus ojos, lo sabe, se le están inflamando. Si Carlos se traga la artimaña...
Carlos se la traga. La puerta está despejada. El hombre encorvado contra el marco de la misma está fuera de acción, tiene que estarlo después de aquello. Carlos trata de echarle otra rociada como medida de seguridad, pero esta vez, cuando presiona el botón, no sale nada más que un ffut impotente y una pequeña bocanada de algo parecido a vapor. No importa. Carlos se tambalea hasta la puerta de la oficina, con los pantalones empapados en sangre adhiriéndose a sus piernas. Ya está pensando, de manera histérica e infantil, en cuartos de emergencia y en nombres falsos.
El General está cegado y ensordecido, pero su nariz no está completamente cerrada y puede captar ese oscuro, ese turboso olor que Frank DeFelice notó en el ascensor. Se incorpora y pestañea hacia el origen del olor. El cuchillo de caza del ejército penetra en el pecho de Carlos hasta el puño, ensartando al corazón del Floricultor Loco como un pedazo de carne en una brocheta. Si hubiera estado en Cony Island con Sandra y Dina, Tripas de Hierro indudablemente se habría ganado un osito.
Carlos da dos lentos pasos hacia atrás, arrebatando el cuchillo del puño del General. Se mira hacia abajo, incrédulamente, y profiere una única e incoherente palabra. Suena como a Iggala (no es que el General pueda oírla), pero probablemente sea Abbalah. Trata de liberarse del cuchillo y no lo logra. Sus piernas se vencen y se deja caer de rodillas. Todavía está tirando débilmente del mango cuando cae hacia adelante, empujando la punta de la hoja hasta el fondo de su espalda. Su corazón da un espasmo final alrededor del cuchillo que lo ha ultrajado y por último se detiene. Carlos experimenta la sensación de volar cuando el mancillado e impuro pedazo de porquería que es su alma finalmente vuela más allá de la línea de su vida, para entrar en el mundo que pueda llegar a existir más allá.

11:33 de la mañana

Tripas de Hierro no puede ver nada, pero percibe cuándo muere su enemigo; siente el paso del alma del hijo de mil puta, gracias a Dios. Está en el umbral de la puerta, tambaleante, perdido en un mundo de espacio negro y resplandecientes puntitos blancos como galaxias.


—¿Y ahora qué? —grazna.
Lo primero que tiene que hacer es alejarse de la nube de gas que el Sudaca Señalado le roció en la cara. Hecksler retrocede por el pasillo, respirando tan superficialmente como puede, y entonces le habla una voz.
Por este camino, Tony, dice serenamente. Voltea hacia la puerta trasera. Voy a guiarte afuera.
—¿Doug? —vuelve a graznar Hecksler.
Sí. Soy yo, responde el General MacArthur. No pareces tener muy buen aspecto, Tony, pero continúas de pie luego de la pelea, y eso es lo más importante. Ahora voltea hacia la puerta trasera. Camina cuarenta pasos, y te llevarán al ascensor.
Tripas de Hierro ha perdido su normalmente formidable sentido de la orientación, pero con esa voz guiándolo, él ya no lo necesita. Se desvía hacia la puerta trasera, que suele estar en la dirección contraria de la recepción y el ascensor. Ciego, enfrentándose al lejano extremo del pasillo, saturado de hiedra, comienza a caminar, tanteando con una mano a lo largo de la pared. Al principio piensa que los suaves toques que se deslizan alrededor de sus hombros lo producen las manos de Dougout Doug al guiarlo... pero ¿cómo pueden ser tan delgadas? ¿Cómo pueden tener tantos dedos? ¿Y qué es ese olor amargo?
Entonces Zenith se le envuelve alrededor del cuello, dejándolo sin aire, tirando de él hacia adelante con su abrazo caníbal. Hecksler intenta gritar. Ramas repletas de hojas, esbeltas pero horriblemente poderosas, le saltan con ansiedad dentro de la boca. Una se le enrolla alrededor de la carne correosa de la lengua y tira hacia afuera. Otras se le precipitan por el viejo gaznate, ansiosas por probar el guisado digestivo de la última comida del General (dos buñuelos, una taza de café negro, y medio paquete de antiácidos.) Zenith retuerce pulseras hechas de hiedra alrededor de sus brazos y muslos. Le forma un nuevo cinturón alrededor del talle. Revisa sus bolsillos, desparramando un montón de basura absurda: recibos, ayuda memorias, una púa para la guitarra, veinte o treinta dólares en cambio variado y monedas, uno de los anotadores de S&H en los que apuntó sus expediciones.
Anthony "Tripas de Hierro" Hecksler es arrojado bruscamente en la selva que ahora invade la parte trasera del quinto piso, con la ropa hecha jirones y los bolsillos dados vuelta, alimentando a la planta con la sangre de la locura, ofrendándole toda su vida y conocimientos, y aquí desaparece de nuestra historia para siempre.
Del diario de John Kenton

4 de abril de 1981



Son las once menos cuarto de la noche, y estoy aquí sentado, esperando que suene el teléfono. Recuerdo haber estado en esta misma silla, no hace tanto, esperando la llamada de Ruth y pensando que no debe haber cosa peor que ser un hombre enamorado enviándole ondas mentales al teléfono, tratando de hacerlo sonar.
Pero esto es peor.
Esto es mucho peor.
Porque ¿qué pasaría si cuando el teléfono finalmente llame, no sean ni Bill ni Riddley los que están del otro lado de la línea? ¿Qué pasaría si se trata de algún policía de New Jersey deseando averiguar...
No. Me niego a dejar que mi mente vaya en esa dirección. Cuando suene va a ser uno de ellos. O quizá sea Roger, si ellos lo llaman a él primero y le piden que se comunique conmigo. Pero todo va a salir bien.
Porque ahora tenemos protección.
Permíteme remontarme al momento en que volqué la sartén de la hornalla (qué resultó ser algo casi milagroso; cuando volví al departamento unas horas después, descubrí que había dejado el fuego encendido.) Me agarré de la mesa de la cocina y quité mis pies del camino, y entonces esa maldita sirena sonó en mi cabeza.
No sé cuánto tiempo habrá pasado; el dolor realmente nubla el mismo concepto del tiempo. Afortunadamente, el criterio inverso también parece ser cierto: con el tiempo, hasta el dolor más horrible pierde su inmediatez, y ya no puedes recordar con exactitud cómo se sentía. Y fue malo, lo sé muy bien; fue como tener los más delicados tejidos de tu cuerpo repetidamente rastrillados por algún objeto afilado y con púas.
Para cuando finalmente se detuvo, me encontré acurrucado contra la pared que divide la cocina y mi combinación de living / estudio, tembloroso y sollozante, con las mejillas empapadas de lágrimas y mi labio superior chorreado con mocos.
El dolor se había ido, pero la sensación de urgencia no. Necesitaba ir a la oficina, y tan rápido como fuera posible. Ya casi estaba en el vestíbulo del edificio cuando me acordé de fijarme si me había puesto algo en los pies. Al hacerlo, vi un viejo par de mocasines. Debía haberlos sacado del armario que está junto a la tele, aunque que me condenen si puedo recordar esa parte. No estoy del todo seguro de que hubiera sido capaz de regresar al noveno piso en el caso de haber estado descalzo. Así de poderosa era aquella sensación de urgencia.
Desde ya, yo sabía qué fue lo que produjo la sirena en mi cabeza, aunque nunca me hubieran dado una demostración real del Amigo del Día Lluvioso de Sandra, y creo que también sabía qué era lo que me estaba llamando: nuestra nueva mascota.
No tuve problemas para encontrar un taxi —agradezcamos a Dios por los sábados—, y el trayecto desde casa hasta Zenith House fue valoz. Bill Gelb estaba parado en la entrada, balanceándose hacia atrás y adelante con la camisa fuera y colgándole sobre el cinturón, pasándose las manos por el pelo, que se le estaba parando y encrespando. Parecía tan loco como la vieja del frente de Smiler, y...
Fue un pensamiento cómico. Porque no había ninguna vieja delante de Smiler, en realidad. Ahora ya lo sabemos.
Me estoy adelantando de nuevo, pero es difícil escribir de manera coherente cuando no puedes dejar de mirar el teléfono, queriendo mandar a la maldita cosa al demonio y terminar con el suspenso, de una u otra forma. Pero lo intentaré. Creo que debo intentarlo.
Bill me vio y se abalanzó sobre el taxi. Me agarró de un brazo mientras yo todavía estaba intentando pagarle al chofer, tirando de mí hacia el bordillo como si me hubiera caído en una piscina infestada de tiburones. Dejé caer algunas monedas y empecé a seguirlo.
—¡Apresúrate, por el amor de Cristo, apresúrate! —me ladró—. ¿Tienes tus llaves? Me dejé las mías en el escritorio de casa. Salí a dar... —A dar un paseo era lo que quiso decir, pero en lugar de finalizar la frase soltó una especie de ahogada risita. Una mujer que pasaba junto a nosotros le echó una fea mirada y empezó a caminar un poco más rápido—. Oh, mierda, ya sabes lo que estaba haciendo.
Claro que lo sabía. Él había estado tirando los dados en Central Park, aunque había dejado la mayor parte del dinero en su escritorio (junto con el llavero de la oficina) porque tenía otros planes para esa cantidad. Si hubiera querido, yo habría podido averiguar en qué consistían esos otros planes, pero no lo hice. Una cosa era obvia: el alcance telepático de la planta se había vuelto más fuerte. Mucho más.
Nos encaminamos hacia la puerta, y justo entonces llegó otro taxi. Herb Porter se bajó de él, con el rostro tan rojo como nunca se lo había visto. El hombre parecía estar a punto de sufrir un ataque. Yo nunca lo había visto con vaqueros, tampoco, ni con la camisa desabotonada. Además, la tenía pegada al cuerpo y su cabello (lo poco que tiene; lo lleva siempre muy corto) estaba húmedo.
—Me encontraba en la maldita ducha ¿estamos? —dijo—. Vamos.
Fuimos hasta la puerta y luego de tres intentos logré introducir mi llave en la cerradura. La mano me temblaba tanto que tenía que sostenerme la muñeca con la otra para mantenerla firme. Por suerte, durante el fin de semana no hay personal de seguridad en el vestíbulo del que tener que preocuparse. Supongo que ese virus de paranoia en particular se extenderá por Park Avenue South en el futuro, pero, de momento, la dirección del edificio todavía asume que si tienes el juego correcto de llaves, es porque debes estar en el lugar correcto.
Herb se detuvo cuando atravesamos la puerta, sosteniendo mi antebrazo con una mano y el de Bill con la otra. Una sonrisa nerviosa le estaba apareciendo en la cara, donde su cutis había empezado a menguar a un rosa más normal.
—Está muerto, muchachos. Antes no lo estaba, pero ahora sí. ¡Ding-dong, el General ha muerto! —Y para mi asombro absoluto, Herb Porter, el Barry Goldwater del 490 de Park Avenue South, levantó sus manos, comenzó a chasquear los dedos, y ejecutó un pequeño paso del baile mejicano del sombrero.
—Estás enfermo, Herb —le dijo Bill.
—Pero también tiene razón —agregué—. El General está muerto y eso...
Desde la puerta de calle llegó un desorganizado alboroto. Nos hizo pegar un salto y agarrarnos unos de otros. Debíamos parecernos a Dorothy y a sus amigos en el Camino de Ladrillos Amarillos, enfrentados con algún nuevo peligro.
—Eh, ustedes, suéltenme —dijo Bill—. Sólo es el jefe.
En efecto era Roger, aporreando la puerta y asomándose para vernos, con la punta de su nariz aplastada contra el vidrio, como si fuera una pequeña y blanca moneda de diez centavos. Bill lo hizo pasar. Roger se nos unió. También él se veía como si alguien le hubiera encendido fuego y luego lo hubiera apagado, pero por lo menos estaba vestido, con los calcetines y todo. En cualquier caso, lo más probable es que hubiera estado a punto de salir.
—¿Dónde está Sandra? —fue lo primero que preguntó.
—Iba a ir a Cony Island —respondió Herb. Le estaba volviendo el color, y comprendí que se estaba ruborizando. Resultaba algo atractivo, por decirlo de forma exagerada—. Aunque bien podría estar regresando. —Hizo una pausa–. Si es que llega hasta tan lejos. Esta cosa telepática, quiero decir. —Parecía casi tímido, una expresión que nunca esperé ver en la cara de Herb—. ¿Qué piensan, muchachos?
—Creo que podría estar haciéndolo —dijo Roger—. ¿Fue aquel chisme suyo el que sonó en nuestras cabezas, no? El como-se-llame de la Noche Oscura y Tormentosa —asentí. También lo hicieron Bill y Herb.
Roger inspiró profundamente, contuvo la respiración, y después la soltó.
—Vamos, veamos en qué clase de lío estamos metidos —hizo una pausa—. Y si podemos salir de él.
El ascensor parecía subir eternamente. Ninguno de nosotros dijo nada, al menos no en voz alta, y cuando descubrí que podía reprimir el curso de sus pensamientos, lo hice. Escuchar todas aquellas voces murmurando retorcidas en el medio de tu cabeza es algo desesperante. Creo que ahora sé cómo se sienten los esquizofrénicos.
Cuando la puerta se abrió en el quinto piso y el olor nos sacudió, todos pusimos la misma mueca. No de repugnancia, sino de sorpresa.
—Hombre —dijo Herb—, se siente desde aquí, desde el puto pasillo. ¿Ustedes creen que nadie más pueda olerlo? ¿Quiero decir, nadie que no seamos nosotros?
Roger agitó la cabeza y se encaminó hacia la oficina de Zenith, con los puños apretados. Se detuvo junto a la puerta de la oficina.
—¿Quién de ustedes tiene la llave? Porque me dejé la mía en casa.
Yo las estaba buscando intensamente en mis bolsillos cuando Bill se adelantó y probó el picaporte. La puerta se abrió. Nos miró con las cejas levantadas, y luego entró.
Podría describir lo que aspiramos cuando se abrió la puerta del ascensor en el quinto como una fragancia. En la recepción era mucho, mucho más potente: lo que uno llamaría humareda, si hubiera sido desagradable. No lo era, así qué ¿cómo definirlo? Picante, supongo; un olor penetrante, terroso.
Ésta es la parte más difícil. Hasta este punto he estado yendo deprisa, con la intención de llegar a lo que encontramos (y a lo que no encontramos), pero aquí me tendré que mover mucho más despacio, buscando la manera de describir lo que es, básicamente, indescriptible. Y ocurre que es muy poco frecuente que nos veamos obligados a escribir sobre olores y las poderosas formas en que nos afectan. El olor en la Casa de Flores de Central Falls era similar a éste en fuerza, pero en otro sentido, en otro importante sentido, completamente diferente. El olor del invernadero era amenazante, siniestro. Éste era como...
Bien, habrá que decirlo. Era como llegar a casa.
Roger nos miró a Bill y mí y nos echó una mirada que nos podría haber dedicado el Procurador del Distrito.
—¿Tostadas y mermelada? —interrogó—. ¿Palomitas de maíz? ¿Madreselva? ¿Un maldito automóvil nuevo?
Negamos con la cabeza. Zenith había dejado de lado sus diversos disfraces, quizás porque ya no los necesitaba para tentarnos. Me conecté de nuevo con sus pensamientos, apenas lo suficiente para saber que Bill y Roger sentían lo mismo que yo. Había variaciones, estoy seguro, puesto que no hay dos juegos de percepciones iguales (por no decir dos juegos de receptores olfativos), pero básicamente era la misma cosa. Verde... fuerte... amistoso... hogar. Tan sólo espero y confío en no estar equivocado con respecto a la parte amistosa.
—Vamos —dijo Roger.
Herb lo tomó del brazo.
—¿Y si alguien...
—No hay nadie aquí —le aseguré—. Estaban Carlos y el General, pero ellos... bueno, tú sabes... desaparecieron.
—No esquives el bulto —dijo Bill—. Están muertos.
—Vamos —repitió Roger, y lo seguimos.
La recepción estaba despejada ya que el ajo aún mantenía acorralado a Zenith, pero los primeros exploradores verdes ya habían conseguido invadir un metro y medio de la sección editorial (no hay puertas al extremo del vestíbulo de la recepción, sólo un arco cuadrado flanqueado por los posters de Macho Man.) A unos cinco o seis metros pasillo abajo, donde la puerta de la oficina de Roger se abre a la izquierda, la vegetación se había espesado considerablemente, cubriendo la mayor parte de la alfombra y trepando por las paredes. Por la zona donde están enfrentadas las oficinas de Herb y de Sandra, sustituyó a la vieja alfombra gris por una nueva alfombra de un verde puro, como así también envolvió la mayoría de las paredes. También ha crecido hacia el techo, colgando de las luces fluorescentes en hatos viscosos. Algo más allá, hacia la sección de Riddley, el pasillo se ha vuelto una selva. Y supe que si yo caminara por allí, se abriría para dejarme pasar.
Pasa, amigo, ven a casa. Sí, podía oírla susurrándome aquello.
—San... ta... mier... da —dijo Bill.
—Hemos creado a un monstruo —comentó Herb, e incluso en ese momento de tensión y sorpresa se me ocurrió que había estado leyendo demasiadas novelas de Anthony LaScorbia.
Roger empezó a caminar pasillo abajo, moviéndose lentamente. Cada uno de nosotros escuchó pasa, amigo, y todos sentimos esa innegable bienvenida, pero también estábamos listos para salir corriendo. Todo era demasiado nuevo, demasiado extraño.
Aunque hay sólo un corredor que comunica con toda la serie de oficinas, por la mitad hace un pequeño zigzag. A la parte que atraviesa los despachos editoriales la llamamos "el corredor delantero". Más allá del zigzag se encuentra el cuarto del correo, el cubículo del conserje, y un cuarto utilitario al que se supone que sólo el personal del edificio tiene acceso (aunque sospecho que Riddley tiene una llave.) Esta parte se llama "el corredor trasero".
En el corredor delantero hay tres oficinas a la izquierda: la de Roger, la de Bill, y la de Herb. A la derecha hay un armarito de suministros de oficina principalmente ocupado por nuestra caprichosa máquina fotocopiadora, luego viene mi oficina, y por último la de Sandra. Las puertas que dan a las oficinas de Roger, Bill, y el armario de suministros estaban todas cerradas. Mi puerta, la de Herb y la de Sandra estaban todas abiertas.
Jodee-eer —susurró Herb, horrorizado—. Miren el umbral de la puerta de Sandra.
—No se trata de Kool-Aid, puedo asegurarlo —dijo Bill.
—Y hay más sobre la alfombra —agregó Roger. Herb volvió a pronunciar la palabra que empieza con j, nuevamente alargándola entre las dos sílabas.
Noté que no había nada de sangre sobre las alfombras de hiedra, y aunque no quise pensar demasiado en ese detalle, creo saber la razón. A nuestro compañero le había entrado el hambre, ¿y acaso no tiene bastante sentido? Ahora hay mucho más de él por todos lados, nuevos fortines y colonias, y nuestras vibraciones psíquicas tal vez sólo puedan ofrecerle una cierta forma de sustento, pero no todo. Existe una vieja canción de blues al respecto. "La arenilla no es comestible", dice el estribillo. De la misma forma, los pensamientos amistosos y los editores serviciales no son...
Bueno, no son sangre.
¿Y los otros?
Roger miró en la oficina de Herb y yo en la mía. Mi parte parecía estar bien, aunque tuve la maldita seguridad de que Carlos había estado allí, y no sólo debido al elegante maletín apoyado encima del escritorio. Yo casi podía olerlo.
—Las cosas están todas desordenadas en tu despacho, Herbert —dijo Bill con un tono verdaderamente terrible de mayordomo inglés. Quizá fuera su manera de intentar aflojar la tensión—. De hecho, creo que alguien ha estado orinando un poco por allí.
Herb echó un vistazo, vio los destrozos, y gruñó un juramento que sonó casi distraído antes de dirigirse hacia la oficina de Sandra. Para ese entonces, yo ya me estaba formando un cuadro de situación bastante claro. Dos hombres locos, ambos con rencores hacia diferentes editores de Zenith House. No me importaba ni cómo se las arreglaron para entrar o quién llegó primero, aunque sí me intrigaba saber qué tan lejos habían llegado. Si se hubieran encontrado en el vestíbulo y hubieran tenido su lunática pelea allí, nos habrían ahorrado muchos problemas. Sólo que probablemente no fuera esa la forma en que Zenith lo quería. Aparte del hecho que Carlos pueda haber tenido una deuda importante con algo (o Algo) en el Gran Más allá, está el hecho de que la arenilla no es comestible. Al parecer, las plantas telepáticas se sienten más que solitarias.
Por cierto que se trata de algo a tener en cuenta.
—¿Roger? —preguntó Herb. Él estaba parado junto a su puerta, y parecía de vuelta tímido—. ¿Ella... ella no se encuentra allí, verdad?
—No —dijo Roger, ausente—, sabes que no. Sandra está regresando desde Cony Island. Pero nuestro amigo de Central Falls se hizo presente por fin.
Nos reunimos alrededor de la puerta y miramos el interior.
Carlos Detweiller yacía boca abajo en lo que Anthony LaScorbia sin duda llamaría "una repugnante pileta desbordante de sangre". La parte de atrás de su chaqueta se elevaba en forma de tienda, y la punta de un cuchillo sobresalía a través de ella. Sus manos estaban extendidas hacia el escritorio. Sus pies apuntaban hacia la puerta y ya estaban parcialmente cubiertos de delgados lazos verdes de hiedra. Zenith le había sacado uno de los mocasines y se había abierto camino por dentro del calcetín. Quizá al principio el calcetín tuviera un agujero, pero por alguna razón no lo creo. Porque, verás, había ramas rotas de hiedra. Como si hubiera tratado de empujar a Carlos, de alejarlo hacia la masa principal de vegetación, y no lo hubiera logrado. Casi se podía sentir el hambre. El anhelo de apropiarse de su cadáver, de la misma manera que sin duda ya tenía el del General.
—Es aquí donde lucharon, por supuesto —señaló Roger, usando todavía ese tono ausente de voz. Vio al Amigo de los Días Lluviosos tirado en el piso, lo recogió, olfateó el agujerito de la punta, e hizo una mueca. Los ojos le empezaron a lagrimear de inmediato.

—Si llegas a poner de nuevo en funcionamiento la sirena de esa cosa, me veré obligado a matarte tan muerto como el agujero del culo que está a tus pies —aseguró Bill.


—Me parece que las baterías están fritas —dijo Roger, aunque acomodó la cosa con sumo cuidado sobre el escritorio de Sandra, asegurándose además de no pisar la mano extendida de Detweiller.
Carlos había estado en mi oficina, porque yo era contra el que él había proyectado su rencor. Pero luego la abandonó por alguna razón.
—Creo que fue debido a la comida —conjeturó Bill—. Le entró el hambre y fue en busca de comida. El General se le echó encima. Carlos tomó la cosa de Sandra antes de que Hecksler lograra asestarle el golpe de gracia, pero no fue suficiente. ¿Ves esa parte, John?
Negué con la cabeza. Quizás simplemente no quería verlo.
—¿Qué es esto? —Bill estaba afuera, en el pasillo. Se agachó sobre una rodilla, hizo a un lado un matojo de hiedra, y nos mostró una púa de guitarra. Como las mismas hojas de Zenith, la púa estaba tan limpia como un silbato. Quiero decir que no tenía sangre.
—Tiene algo impreso —dijo Bill, y lo leyó—. Dice: TAN SÓLO UN PASO MAS CERCA DE TÍ.
Roger me miró, finalmente expulsado de su aturdimiento.
—¡Buen Dios, John —me dijo—, era él! ¡Él era ella!
—¿De qué están hablando? —preguntó Bill, pasando la púa por entre sus dedos—. ¿Y en qué están pensando? ¿Quién es Guitarra Loca Gertie?
—El General —le solté sencillamente, y me pregunté si habría tenido el cuchillo cuando le di los dos dólares. Si aquel día Herb hubiera estado allí, ahora estaría muerto. No tenía absolutamente ninguna duda al respecto. Y yo tuve la suerte de seguir vivo.
—Bueno, yo no estuve allí, y tú sigues vivo —dijo Herb. Habló con su viejo e irritante tono de no-me-molestes-con-los-detalles, pero su cara todavía estaba pálida y asustada, la cara de un hombre que sigue corriendo nada más que por instinto—. Y tú Gelb, felicitaciones por dejar tus huellas en esa púa de guitarra. Sería mejor que las limpies.
Podía ver otro tipo de cosas desparramadas entre medio de la espesura verde del extremo del pasillo: pedazos de ropa hecha tiras, unos trozos de lo que parecía ser algún tipo de folleto, billetes, monedas.
—Las huellas digitales no significan un problema porque nadie va a ver ninguno de los chismes del viejo pájaro —explicó Roger. Le pidió la púa a Bill, examinó brevemente la leyenda, y luego se alejó un poco por el corredor. Los amasijos de hiedra se retiraron para dejarlo pasar, justo como había imaginado que lo harían. Roger arrojó la púa. Una hoja la envolvió y la hizo desaparecer. Así de fácil.
Entonces, escuché la voz de Roger en mi cabeza. ¡Zenith! Como si estuviera llamando al perro. ¡Cómete esta mierda! ¡Hazla desaparecer!
Y por primera vez la oí decir una respuesta coherente. No hay nada que pueda hacer con las monedas. O con estas condenadas cosas.
En la pared, a mitad de camino del techo y apenas más allá de la puerta de la oficina de Herb, se desenrolló una lustrosa hoja verde que casi tenía el tamaño de un plato de cocina. Algo brillante cayó sobre la alfombra, con un tintineo. Me acerqué y recogí la placa identificatoria del ejército de Tripas de Hierro, colgada de una cadena plateada. Sintiéndome muy extraño —tienes que creerme si te digo que las palabras no pueden describirlo— me la guardé en un bolsillo de mis pantalones. Entretanto, Bill y Herb estaban juntando el cambio del General. Mientras sucedía todo esto, se escuchaba un sonido bajo, susurrante. Los pedazos de ropa y tiras de papel iban desapareciendo en la selva, donde el corredor delantero se convierte en el trasero.
—¿Y Detweiller? —preguntó Bill, con una voz inexpresiva—. ¿Va tener el mismo trato?
Por un instante, los ojos de Roger se encontraron con los míos, interrogantes. Entonces negamos con las cabezas, los dos al mismo tiempo.
—¿Por qué no? —preguntó Herb.
—Es demasiado peligroso —dije.
Esperamos que Zenith volviera a hablar, tal vez para contradecirnos, pero no dijo nada.
—¿Y entonces? —preguntó Herb, melancólicamente—. ¿Qué se supone que haremos con él? ¿Qué se supone que haremos con su maldito portafolios? Y ya que estamos, ¿qué se supone que haremos con los pedacitos del General, que están todos desparramados en el corredor trasero? ¿Con la hebilla de su cinturón, por ejemplo?
Antes de que cualquiera de nosotros pudiera contestar, sonó la voz de un hombre desde la recepción.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Nos miramos unos a otros, absolutamente sorprendidos, en ese primer momento demasiado shoqueados como para asustarnos.

De los diarios de Riddley Walker



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