La planta, parte uno



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Cuando llegué a la estación de trenes acomodé mi maleta en el primer armario a monedas desocupado que encontré, saqué la llave de gran cabeza anaranjada de la cerradura, y me la guardé en el bolsillo, donde indudablemente se quedará como mínimo hasta mañana. Ya ha pasado lo peor —por ahora—, pero no puedo ni pensar en cargar con mi equipaje, ni en hacer ningún tipo de tareas cotidianas. Todavía no. Estoy demasiado exhausto. Físicamente, sí, pero te diré qué es lo peor de todo: estoy moralmente exhausto. Creo que es el resultado de regresar tan pronto a Zenith House tras la pesadilla que viví con mis hermanas y hermano. Cualquiera que hayan sido las elevadas razones morales por las que pude haberme enorgullecido cuando el tren partió de Birmingham, ya desaparecieron, puedo asegurarlo. Es difícil sentirse honesto después de haber cruzado el puente George Washington con un cadáver escondido en la parte trasera de la camioneta. De hecho, es muy duro. Y no me puedo quitar de la cabeza esa maldita canción de John Denver. "Hay un fuego ardiendo suavemente, una cena en el horno; vaya que es bueno volver a casa". Como diría el tío Michael, 'É'te e un taco difícil 'e ma'ticar'

.

Pero el 490 de Park Avenue se sentía como si fuera mi casa. Se siente. A pesar de todo el horror y la extrañeza, se siente como si fuera el hogar. Kenton lo sabe. Los otros también, pero sobre todo Kenton. Todos ellos han llegado a gustarme (a mi manera reconocidamente complicada), pero Kenton es el único al que respeto. Y creo que si esta situación empezara a descontrolarse, es a Kenton a quien recurriría. Aunque debo agregar algo más antes de meterme de lleno en la narración: en estos momentos tengo miedo de mí mismo. Estoy asustado de mi capacidad de hacer el mal, y de continuar haciendo el mal hasta que sea demasiado tarde para dar marcha atrás y efectuar las reparaciones.


En otras palabras, puede que la situación ya esté fuera de control, y yo con ella.
Vaya que es bueno volver a casa.
Bien, olvidémoslo. Y sería lo mejor, ya que estoy cansado y aún tengo mucho que decir. Siento como una picazón en el tracto moral al escabullirme, pero mejor lo dejamos para otro día ¿te parece?
Le pedí al taxista que me llevara al 490, aunque luego cambié de idea y le dije que me dejara en la esquina de Park con la Veintinueve. Supongo que quería hacer un poco de reconocimiento. Conocer la disposición de la tierra y arrastrarme por el lado ciego. Es importante dejar algo en claro: aunque sea más amplio, el rango telepático generado por la planta aún se limita a los alrededores del edificio... excepto cuando la situación sea extrema, como lo fue durante la pelea a muerte entre Hecksler y el Floricultor Loco.
No sé si esperaba encontrar a la policía, a los equipos de SWAT, o a los camiones de bomberos, pero a la única que vi fue a Sandra Jackson, deambulando de aquí para allá delante del edificio, luciendo medio distraída, preocupada e indecisa. Ella no me vio. Y me parece que no habría visto ni siquiera a Robert Redford, aunque se hubiera paseado completamente desnudo. Cuando caminé hacia ella, se acercó a la puerta del edificio, hizo sombra con las manos a los lados de su cara, y pareció llegar a una decisión. Giró sobre sus talones y se encaminó hacia la calle, con la clara intención de cruzarse a la vereda de enfrente.
—¡Sandra! —la llamé, echando a correr—. ¡Sandra, espera!
Ella se volvió, al principio sobresaltada, luego aliviada. Noté que llevaba un gran botón rosa en su abrigo, que decía I LUV CONY ISLAND! Empezó a correr hacia mí, y yo comprendí que era la primera vez que la veía llevando un par de zapatillas. Se arrojó a mis brazos tan fuerte que casi me tumba en mitad de la acera.
—Riddley, Riddley, gracias a Dios que volviste antes —balbuceó—. Hice en taxi todo el trayecto desde Cony Island... me costó una fortuna... mi sobrina piensa que estoy o loca o enamorada... yo... ¿qué estás haciendo aquí?
—Simplemente imagina que soy como la caballería en una película de John Wayne —le dije, y le junté la espalda con los pies. No costó demasiado. Si ella no se dejara hacer, pensé, no podría ser. Se me pegó como un percebe.
—Dime que tienes tus llaves de la oficina —dijo ella, y pude oler algo dulce en su aliento; algodón de azúcar, tal vez.
—Las tengo —la tranquilicé—, pero no podré llegar hasta ellas si no me sueltas, mi dulce niña. —La llamé así sin ningún tipo de ironía. Así era como siempre nos llamaba mamá cuando llegábamos con las rodillas raspadas, o entristecidos por las burlas.

Ella me soltó y me miró solemnemente, con los ojos tan grandes como una huérfana en una de esas pinturas aterciopeladas.


—Hay algo diferente en ti, Riddley. ¿Qué es?
Me encogí de hombros y meneé la cabeza.
—No lo sé. Quizá podamos discutirlo en otro momento.
—El enemigo de John está muerto. Además del de Herb. Creo que se mataron entre ellos.
No era eso lo que ella pensaba, no exactamente, pero la tomé del brazo y la llevé de vuelta hasta la puerta. Lo único que yo quería en ese momento era mantenerla alejada de la calle. La gente nos miraba con curiosidad, y no porque ella fuera blanca y yo negro. Y la gente que ve a una mujer llorando en una soleada tarde de sábado es capaz de recordarla, incluso en una ciudad donde la amnesia instantánea es la regla en lugar de la excepción.
—Todos los demás están allí arriba —me dijo—, y yo me olvidé de mis condenadas llaves. Acababa de decidir cruzarme hasta lo de Smiler's e intentar llamarlos cuando tú llegaste. Y gracias a Dios que lo hiciste.
—Gracias a Dios que lo hice —convine, y usé mis llaves para ingresar en el vestíbulo.
Lo olimos en cuanto nos bajamos en el quinto piso, y en la recepción de Zenith House era lo bastante fuerte como para derribarte. Un aroma picante. Y verde. Sandra me agarraba la mano tan fuerte que dolía.
—¿Hola? —llamé—. ¿Hay alguien aquí?
En un primer momento todo fue silencio. Luego escuché decir a Wade: "Es Riddley". A lo que Porter contestó: "no seas idiota". A lo que Gelb contestó: "Sí. Lo es". "¿Están bien, chicos?", preguntó Sandra. Todavía me llevaba de la mano, arrastrándome hacia el pasillo. Al principio no quise ir... pero después sí.

Rodeamos el escritorio de LaShonda y allí estaban ellos. Creo que al primer vistazo apenas los noté. Sólo tenía ojos para la planta. Ya no era la marchita y pequeñita hiedra en una maceta. La selva brasileña había sido trasplantada a la Park Avenue South. Estaba por todas partes.


—Riddley —dijo Kenton con evidente alivio—. Sandra.
—¿Qué estás haciendo aquí, Riddley? —preguntó Gelb—. Pensé que no volverías hasta mediados de la semana próxima.
—Cambiaron mis planes —respondí—. Me bajé del tren hace menos de una hora.
—¿Y qué le pasó a tu acento? —preguntó Porter. Estaba allí parado con esa planta loca extendiéndose alrededor de sus pies, acariciándole los tobillos, por el amor de Dios, y mirándome con sospecha, el ceño fruncido. ¡A mí con sospechas!
—¡Ahí está! —susurró Sandra—. Ésa era la diferencia.
Liberé mi mano de la suya, creyendo que podría necesitar un razonable funcionamiento en mis dedos antes de que el día termine. La imagen (o una imagen, en cualquier caso) iba apareciendo claramente en mi cabeza: de hecho, se trataba de una especie de película muda. Una parte de ella la recibía de ellos y otra parte de Zenith.
La sospecha había abandonado la cara de Herb Porter. Era sólo mi falta de acento lo que lo había fastidiado, no yo. Lo que sentí mientras estábamos allí parados en medio de esa locura verde fue la sensación de ser una familia, la sensación de ser todo aquello que había perdido allá en Alabama, y lo acepté. Estando lejos de la planta aún se puede cuestionar, desconfiar. ¿Pero dentro de su rango de influencia? Nunca. Estos eran mis hermanos, y Sandra mi hermana (aunque la relación entre ella y yo es reconocidamente incestuosa.) ¿Y la planta? Es nuestro padre, Zenith. El color de nuestra piel —blanco, negro, verde— era por entonces lo menos importante. Esta tarde éramos nosotros contra el mundo.
—Por el momento, no entraría en tu oficina, Sandra —dijo Roger—. El señor Detweiller está actualmente en tu mansión. Y no tiene buen aspecto.
—¿Y el General? —preguntó ella.
—Lo atrapó la planta —contestó John, y en ese instante Zenith devolvió los pedazos restantes de Hecksler que había decidido que no podía digerir, tal vez arrastrándolos todo el camino desde la parte trasera de la oficina. Las cosas cayeron sobre la alfombra en un lluvioso y metálico tintineo. Había un reloj de bolsillo, lo que había sido la cadena (en tres piezas), una hebilla de cinturón, una caja de plástico muy pequeña, y varios pedacitos de metal. Herb y Bill recogieron todas estas chucherías.
—Por Dios —dijo Bill, observando la caja—. Es su marcapasos.
—Y éstos son clavos quirúrgicos —agregó Herb—. Los usan los amables cirujanos ortopédicos para mantener unidos los huesos.
—Muy bien —dijo Wade—. Admitamos que la planta se está ocupando del cuerpo del General. Creo que está bastante claro que, si quisiéramos, podemos disponer de sus... accesorios sobrantes... sin problemas. También del maletín de Detweiller.
—¿Qué crees que pueda haber dentro? —preguntó Sandra.
—No quiero saberlo. La pregunta es qué hacer con su cuerpo. Estaba a punto de decir que no deberíamos alimentar a la planta con él. Me parece que ya tiene todo la... toda la nutrición que necesita.
—Toda la que seguramente va a tener —dijo John.
—Quizá más —agregó Bill.
En este punto tengo que detenerme sólo lo suficiente para decir que, aunque esté presentando todo esto como si fuera una conversación hablada, una gran parte de la misma se desarrolló de mente a mente. No recuerdo cuál era cuál y, de todas formas, no sabría expresar la diferencia. Incluso no creo que importe. Lo que recuerdo con más claridad es aquella sensación de absurda felicidad. Tras nueve meses de manejar la escoba o empujar el carrito del correo, estaba asistiendo a mi primera reunión editorial. ¿Acaso no era eso lo que estábamos haciendo? ¿Revisando la situación, o preparándonos para ella?
Deberíamos llamar a la policía —dijo Roger, y cuando tanto Bill como John empezaron a protestar, alzó una mano para detenerlos—. Simplemente estoy exponiendo la idea. Sabemos que no verán a la planta.
—Pero pueden sentirla —dijo Sandra, claramente desanimada—. Y Roger...
—Zenith podría decidir almorzarse a alguno de ellos —completé en su lugar—. Filet de flic, el especial del día. Podría no estar dispuesto a ayudarse a sí mismo. O a sí misma. Zenith puede o no ser nuestro verdadero amigo, pero esencialmente es un comedor de hombres. No deberíamos olvidarlo.
Tengo que admitir que encontré deliciosa la manera en que Herb Porter me estaba mirando. Fue como si, mientras estuviera de visita en el zoológico, escuchara que uno de los monos empezaba a recitar a Shakespeare.
—Vayamos a lo importante —dijo John—. ¿Puedo hacerlo, Roger?
Roger asintió con la cabeza.
—Hemos logrado poner a esta editorial culo roto al borde de algo —explicó John—, y no me estoy refiriendo a una mera solvencia financiera. Estoy hablando del éxito financiero. Con El Último Superviviente, con el libro de chistes, y con el libro sobre el General, no sólo vamos a hacer algo de ruido en la industria editorial; vamos a producir un maldito estampido sónico que los asustará a todos hasta cagarse. Mucha gente va a darse vuelta para ver que pasa. Y para mí, eso ni siquiera es lo mejor de todo. Lo mejor de todo es que vamos a pegarles una sacudida a esos culones de Apex.

—¡Así se habla! —gritó Bill salvajemente, y me dio un escalofrío. Eso fue lo que Sophie le había dicho a mi hermana Maddy, cuando Maddy me acusó de jugar al negrata en New York. En otras palabras, fue como escuchar a un fantasma. Porque eso es lo que mi familia era para mí ahora, todos ellos. Fantasmas.


—Se necesitó magia para hacer posible el repunte —continuó John—, y lo admito. Pero toda publicación es una especie de magia, ¿no? Y no sólo la publicación. Toda compañía que le acerque al público exitosamente las artes creativas, está creando magia. Es como hilar la paja en oro. ¡Mírennos, por el amor de Cristo! Contables de día, soñadores de noche...
—Y un montón de mierda por la tarde —añadió Herb—. No la olvides.
—Quizá puedas volver al punto, John —asintió Roger.
—El punto es: nada de policías —dijo John bruscamente. Y, así me lo pareció, con admirable brevedad—. Nada de extraños. Esa hiedra nos está ayudando a solucionar nuestros problemas, y nosotros vamos a solucionarle los suyos.
—Están los muertos, sin embargo —dijo Sandra. Se veía algo pálida, y cuando buscó mi mano de nuevo, dejé que me la tomara. El simple contacto me alegró—. Estamos hablando de personas muertas.
—Estamos hablando de un par de patanes muertos que se asesinaron el uno al otro —dijo Herb—. Por otro lado, hay un sólo cadáver.
Se hizo un momento de silencio cuando lo asimilamos. Creo que fue el momento crucial. Porque, allá en lo profundo, todos sabíamos que, mientras que el General pudo haber matado a Carlos, fue Zenith la que se encargó de Hecksler.
—Aquí no pasó nada malo —dijo Bill, como hablándose a sí mismo.
Tienes razón —dijo Herb—. ¿Alguien quiere defender la postura de que el mundo haya empeorado porque esos dos acuchillados ya no siguen en él?
Un momento de silencio, y luego John Kenton dijo:
—Si no vamos a alimentar a la planta con Detweiller, ¿cómo vamos a librarnos de él?
Bill Gelb dijo:
—Tengo una idea.
—Pues si es así —dijo Roger—, entonces éste parece ser un buen momento para escucharla.

Del Diario de Bill Gelb

5/4/81


Al principio tuvieron ciertas dudas, pero te diré una cosa: la lectura de la mente puede pasar por sobre un montón de mierda, tanto en lo emocional como en los simples problemas cotidianos que la gente tiene al tratar de comunicarse con la palabra hablada. Estoy bastante seguro de que lo que los convenció fue mi confianza, mi sensación de que tenía la idea correcta y que podíamos llevarla a cabo. Fue como me sentí en el parque, jugando a los dados con el resto de la escoria yuppi. Sólo lamento haberme perdido la partida de póquer. Oh, bueno habrá otra oportunidad.
Además, fui a Paramus.
De los diarios de Riddley Walker

5/4/81 (continuación)


El camión era viejo y traqueteante, con un parabrisas lechoso en los bordes; la calefacción no funcionaba y los pistones petardeaban; los asientos eran duros y el hedor de la combustión subía desde el panel del piso, probablemente desde un destruido caño de escape. Pero el controlador del peaje del GW jamás te mira dos veces, cosa que consideré más que bonita. Además, la radio funcionaba. Cuando la encendí, lo primero que sintonicé fue a John Denver: "¡Vaya que es bueno volver a casa! A veces esta vieja granja se parece a un añorado amigo perdido..."
—Por favor —se quejó Bill— ¿Tienes que hacerlo?
—Me gusta —le dije, y empecé a seguir el ritmo con los pies. Entre nosotros había una bolsa de papel que tenía el logotipo de Smiler. En su interior estaban algunos de los efectos del General que Zenith encontró indigestos. El portafolios del Floricultor Chiflado se encontraba bajo el asiento, emitiendo algunas vibraciones muy sucias. Y no, no creo que fuera tan sólo mi imaginación.
—¿Te gusta esto? Riddley, no hago referencia a tu color, pero ¿por lo general, los afro americanos como tú no prefieren a tipos como Marvin Gaye? ¿Los Temptations? ¿Los Stylistics? ¿James Brown? ¿Arthur Conley? ¿Otis Redding?
Pensé en decirle que Otis Redding estaba tan muerto como el colega que estaba en la caja de la ruidosa camioneta con la que en este instante cruzábamos el Río Hudson, pero luego decidí mantener la boca cerrada, por esta vez.
—Sucede que disfruto de esta melodía en particular —de hecho, lo hacía—. Mira afuera, Bill. La luna sube por un lado y el sol se pone por el otro. Es lo que mi mamá llamaba doble deleite.
—Lamenté enterarme de lo de tu mamá, Riddley —me dijo, y lo bendije por eso. Sin embargo, lo hice dentro de mi cabeza, donde no pudiera oír la bendición. No desde el instante en que nos alejamos del edificio donde tiene sus dominios Zenith, la hiedra común.
—Gracias, Bill.
—¿Ella... ya sabes, ella sufrió?
—No. No creo que lo hiciera.
—Bien. Eso es bueno.
—Sí —dije.
La canción de John Denver terminó y fue reemplazada por algo infinitamente peor: Sammy Davis Jr., cantando sobre el hombre de los caramelos. ¿Quién puede tomar un arco iris, sumergirlo en un sueño? Apagué la radio, estremeciéndome. Pero la canción de John Denver permaneció en mi cabeza: Vaya que es bueno volver a casa.
Nos apeamos del lado de Jersey, yo en el asiento del pasajero y Bill tras el volante de la vieja camioneta con descoloridas calcomanías de Panadería Holsum a los lados. Él se lo había pedido prestado a un amigo, que por suerte no tenía ni idea de lo que estábamos transportando, enrollado en una antigua alfombra de saldo que Herb Porter encontró en el armario de suministros.
Algunas horas antes, cuando Bill terminó de perfilar su plan, Roger preguntó:
—¿Quién va ir contigo, Bill? No puedes hacerlo solo.
—Quiero ir —dije.
—¿Tú? —preguntó John—. ¡Pero tú sólo eres... —entonces se detuvo, pero como aún estábamos en el quinto piso, todavía en presencia de Zenith, todos pudimos oír la continuación de su pensamiento-... el conserje!
—No, ya no lo es —dijo Roger—. Por la presente, te contrato con facultades ejecutivas, Riddley. Si es que lo aceptas, claro.
Le dediqué mi sonrisa Número Uno de Negro Jim, la que deja ver aproximadamente dos mil enormes dientes blancos.
—¡Voy a'sé un editó en e'ta companía fina! ¡Por qué no! ¡Va a'sé una buena fie'ta!
—Pero no si hablas así —dijo John.
—¡Voy a tratá de hacerlo mejó! ¡Y tratá de mejorar la calidá de mi dicsión, también!
—Esto me huele a soborno —dijo Sandra. Me apretó la mano y miró a Roger con desconfianza.
—Sabes que no —le dijo Roger, y por supuesto que ella lo sabía. Esa sensación de ser una familia era demasiado fuerte como para negarla. Sólo Dios sabe lo que nos espera, pero estamos juntos en esto. De eso no queda ya ninguna duda.
—¿Y con qué piensas pagarle? —quiso saber Herb—. ¿Con los cupones de descuento de Smiler's? Enders nunca aprobaría el salario de otro editor. Y si descubriera que estás ascendiendo al conserje, podría llegar a cagarse.
—De momento, para los propósitos de la nómina, Riddley continuará con sus facultades de conserje —dijo Roger. Parecía absolutamente sereno, seguro de sí mismo—. Más tarde, vamos a disponer de todo el dinero que necesitemos para pagarle un sueldo completo. ¿Riddley, qué te parecen 35.000 dólares al año? ¿Retroactivos a partir del día de hoy, 4 de abril de 1981?
—¡Qué bondadosos ser conmigo! ¡Soy el negrata más importante del Club del Algodón!
—A mí también me parece justo —dijo John—, puesto que es cinco mil más al año de los que gano actualmente.

—Oh, no te preocupes por eso —lo tranquilizó Roger—. Tú, Herb, Bill, y Sandra tienen un aumento de... veamos... cuarenta y cinco al año.


—¿Cuarenta y cinco mil? —susurró Herb. Sus ojos despedían un destello sospechoso, como si estuviera a punto de quebrarse y llorar— ¿Cuarenta y cinco mil dólares?
—Retroactivos al 4 de abril, al igual que Rid —se volvió hacia mí—. Y en serio, Rid; olvida ese acento rasta.
—Ya no existe más a partir de ahora —le dije.
Él asintió.
—En cuanto a mí —dijo— ¿qué es lo que dice la Biblia? 'El trabajador debe ser digno de su salario'. Actualmente cobro cuarenta. ¿Cómo cuánto debería cobrar por pilotear al buen barco Zenith hacia mar abierto, lejos de los arrecifes, donde soplan los vientos alisios?
—¿Algo así como sesenta? —preguntó Bill.
—Digamos sesenta y cinco —propuso Sandra, como mareada. Después de todo, era el dinero de Sherwyn Redbone el que Roger estaba gastando.
—No —dijo Roger—, no hay necesidad de ser exagerado, al menos durante el primer año. Opino que cincuenta mil estarán bien.
—Tampoco nos parece mal a nosotros, considerando que es la planta la que lo está haciendo todo —dijo Bill.
—Eso no es cierto —objetó John, algo orgulloso—. Siempre hemos tenido la habilidad que se necesita para realizar este trabajo, todos nosotros. La planta simplemente nos está dando la oportunidad.
—Por otro lado —agregó Herb—, está ocupando una habitación. ¿Qué más requiere? Una hiedra no necesita exactamente un nuevo automóvil, ¿no? —miró a Bill—. ¿Estás seguro de que no quieres que me una a tu tripulación? Lo haré, si me lo pides.

Bill Gelb lo pensó un poco y luego agitó la cabeza.


—Con dos de nosotros bastará. Aunque tendremos que poner a... tú sabes, los restos... dentro de algo. Me pregunto qué podría servir...
Allí fue cuando Herb entró en el armario de suministros, revolvió por un rato, y después salió arrastrando detrás de él la alfombra de saldo.
Terminó siendo del tamaño correcto. Bill y yo fuimos liberados de la tarea de envolver para regalo a Carlos Detweiller, y pensé que Sandra se quedaría con nosotros afuera en el pasillo (liberándose a sí misma, en virtud a su sexo), pero ella ayudó por su propia voluntad. Y alrededor nuestro Zenith ronroneó satisfecho, formando un piso debajo nosotros, enviando aquello que los Beach Boys (otros de mis blanduchos preferidos) probablemente llamarían "buenas ondas".
—La telepatía parece optimizar el trabajo en equipo —comentó Bill, y tuve que admitir que era cierto. Sandra y Herb extendieron la alfombra junto al escritorio de Sandra. Roger y John alzaron a Detweiller y lo depositaron boca abajo en un extremo de la alfombra. Luego, ayudándose unos a otros, simplemente lo enrollaron como un pastel Devil Dog, asegurándolo todo con la soga más dura que pudo proporcionar el armario de suministros.
—Amigo, el tipo sangró un montón —dijo Bill—. Esa alfombra está echa un desastre.
—La planta se va a chupar la mayor parte entre hoy y el domingo —le aseguré.
—¿Realmente lo crees?
Lo creía. También creía que yo iba a poder limpiar casi todo lo que quedara con una buena aplicación de Limpiador de Alfombras Genie. El resultado final podría no engañar a un forense pero, de todas formas, si la policía se daba una vuelta por aquí, es muy probable que termináramos todos con los culos al aire. A un extraño cualquiera, la mancha remanente en la alfombra de Sandra le parecerá como si a alguien se le hubiera derramado una taza de café unos meses atrás. Quizá la única pregunta importante es si Sandra podrá o no vivir con aquella sombra del manta-rayo en el sitio donde ella se gana el pan de cada día. Si no puede, supongo que puedo reemplazar ese pedazo de alfombra en particular. Porque como dice Roger: gastos mínimos como esos muy pronto dejarán de molestarnos.
—¿Estás seguro de que podrás conseguir este camión? —manifestó Roger desde la oficina de Sandra. Estaba sentado sobre sus talones y limpiándose la frente con una manga—. ¿Y si el tipo se largó durante el fin de semana?
—Está en su casa —afirmó Bill—, o por lo menos lo estaba hace una hora y media. Lo vi mientras estaba de camino. Y por cincuenta dólares, me alquilaría hasta a su abuela. Es bastante buen tipo, pero tiene este pequeño problema. —Hizo el gesto de olfatear algo, primero cerrando un orificio nasal y después el otro.
—Asegúrate de que esté allí —dijo Roger, luego se dirigió a John—. Pagas extras y gratificaciones de Navidad para todos nosotros. Toma nota.
—Seguro, sólo que no voy a registrarlo en tu informe mensual —dijo John, y todos nos reímos. Imagino que debe parecer repugnante, pero fue la más alegre risa de colegial que alguna vez hayas oído. Creo que fue Sandra, con una diminuta mancha de la sangre de Carlos Detweiller en su antebrazo y otra en su palma derecha, la que más se rió de todos.
Bill entró en su oficina y tomó el teléfono. Roger y John arrastraron a Carlos, ahora envuelto con la alfombra de saldo marrón, hasta al área de recepción, detrás del escritorio de LaShonda.
—Alcanzo a verle los zapatos —señaló Sandra—. Se le están asomando un poco.
—No te preocupes, va a estar bien —dijo Herb, y así de fácil entendí que ha estado practicando la danza horizontal con la hermosa dama. Bueno, mejó para él, es todo lo que e'te colega puede decí. Ya no habrá má juegos del camionero y la chica auto'topista, alabado sea el Señó.

—Nada va a estar bien hasta que nos ocupemos de ese idiota homicida —dijo Sandra. Se empezó a tirar del pelo hacia atrás, vio la sangre en su mano, e hizo una mueca.


Bill salió de su oficina, sonriendo.
—Una vieja pero todavía utilizable camioneta, a nuestra disposición —anunció—. Tiene los logos de la panadería a los costados, muy descoloridos. Riddley, nos la llevamos esta tarde a las cuatro —en menos de tres horas, en otras palabras— y la devuelvo más tarde a la noche. No me preguntó nada, aunque tuve que ponerme de acuerdo con el kilometraje. No más de cien. ¿Está bien, jefe?
Roger asintió.
—¿Este tipo vive en el piso debajo del tuyo, verdad?
—Así es. Es accionista. Compra vehículos subastados y los vuelve a hacer circular. Y me parece que también esconde algunos arreglitos con las compañías de seguros cuando puede. Yo podría haber conseguido un coche fúnebre, realmente, pero habría parecido un poco... no lo sé... ostentoso.
A mí, la idea de llevar a Detweiller a un basural de Jersey en una furgoneta prestada no me parecía ostentosa sino francamente escalofriante. Sin embargo, mantuve la boca cerrada.
—Y este sitio en Paramus —preguntó John—. ¿Es seguro? ¿Relativamente seguro?
—De acuerdo con algunas de las conversaciones que he escuchado en las partidas de Ginelli, es tan seguro como una tumba —Bill vio nuestras caras e hizo una mueca—. Por decirlo de alguna manera.
—Muy bien —dijo Roger con firmeza—. La oficina de Sandra parece estar más o menos bien. Limpiemos la de Herb y la de John y luego larguémonos de aquí.
Lo hicimos, y luego suspendimos el trabajo para ir a la cafetería de la otra manzana a conseguir algo para comer. Ninguno de nosotros tenía mucho apetito, y Bill se fue antes para finiquitar las negociaciones con su vecino del piso de abajo.
Ya fuera de la cafetería, en el bordillo, John me tomó del brazo. Parecía cansado pero sereno. En realidad, se veía en mejor forma que antes de que yo me fuera a casa.
—¿Riddley, estás de acuerdo con esto?
—Sí, claro —dije.
—¿Quieres que te acompañe?
Lo pensé mejor, y luego negué con la cabeza.
—Tres son multitud. Te llamaré cuando hayamos terminado. Aunque puede llegar a hacerse tarde.
Él asintió y empezó a alejarse, pero retrocedió y sonrió de corazón. Había algo dolorosamente grato en la situación.
—Bienvenido a la Sociedad Editorial de los Pulgares Verdes —me dijo.
Esbocé un pequeño saludo.
—Es estupendo estar aquí.
Porque lo era. Y después de eso, cuando fui rápidamente a lo de Bill, la vieja camioneta ya estaba aparcada en el bordillo. Bill estaba parado junto a ella, fumando un cigarrillo y luciendo completamente en paz.
—Recojamos la carga y llevémosla a Jersey —dijo.
Lo palmeé en el hombro.
—Yo soy tu hombre —le dije.

Regresamos al 490 a eso de las cinco menos cuarto. Era sábado a la tarde, y a esa hora el edificio está más silencioso que nunca. Absolutamente muerto, por decirlo de otra forma. El Némesis de John yacía donde lo habíamos dejado, pulcramente empaquetado en su envoltura de alfombra.


—Mira la planta, Riddley —señaló Bill, pero yo ya lo había hecho. Las primeras ramas se habían abierto camino hasta el extremo del corredor. Allí se arracimaron, apenas detenidas por el ajo que John y Roger habían frotado a los lados de la puerta. Las puntas estaban levantadas, y podía ver cómo temblaban. Pensé en comensales hambrientos mirando por la ventana del restaurante, y me estremecí un poco. Si no fuera por el ajo, esos tentáculos de avanzada ya se hubieran abierto paso en la alfombra y alrededor de los pies del cadáver. Estoy bastante seguro de que Zenith está de nuestro lado, pero me temo que ni un pene tieso ni una barriga hambrienta tienen mucho que ver con la conciencia.
—Saquémoslo de aquí —dije.
Bill asintió.
—Y toma nota de reponer el ajo en esa puerta. Quizá mañana.
—No creo que el ajo pueda detenerlo siempre —dije.
—¿Qué quieres decir?
Como estábamos de nuevo bajo el paraguas telepático de Zenith, pensé mi respuesta en lugar de decírsela en voz alta: Tiene que crecer. Si no puede crecer, morirá. Pero antes de morir, puede...
¿Ponerse mal? terminó Bill en mi lugar.
Asentí. Sí, podría ponerse mal. Estoy seguro de que Detweiller y el General Hecksler dirían que ya se había puesto bastante mal.
Bajamos el rollo de alfombra hasta el vestíbulo en el ascensor, que se abrió al toque de un botón. No había más nadie en el edificio como para desviarnos por otra dirección, de eso estaba convencido. Habríamos escuchado sus pensamientos.
—No vamos a tener ningún problema en absoluto ¿verdad? —le pregunté a Bill cuando llegamos abajo. El señor Detweiller yacía entre nosotros, un tipo molesto próximo a ganarse una residencia permanente en New Jersey—. Nada de inesperados toquecitos a lo Hitchcock.
Bill sonrió.
—Creo que no, Riddley. Vamos a sacar todos sietes. Porque la fuerza está con nosotros.
De modo que así fue.

Cuando los faros de la camioneta iluminaron la señal al final de la Ruta 27 —DISPOSICIÓN DEL BASURERO DE PETERBOROUGH CO. ABSOLUTAMENTE PROHIBIDO EL PASO—, estaba todo oscuro y la luna cabalgaba bien alta en el cielo. Alta y soñadora. Se me cruzó por la mente que la misma luna estaba mirando hacia abajo, a la reciente tumba de mi mamá en Blackwater.


Había una cadena atravesada en el mugriento camino que conduce al basural, pero parecía estar doblada sobre los postes a ambos lados, en lugar de estar cerrada con candado. Me apeé, desenrollé una de las vueltas, y entonces Bill pudo pasar por allí. Una vez que se encontró del otro lado, volví a dejar la cadena en su lugar y regresé a la camioneta.
—La gentuza usa este lugar ¿puede ser? —pregunté.
—Eso se rumorea. —Bill bajó un poco la voz—. Le escuché decir a uno de los compinches de Richie Ginelli que Jimmy Hoffa está al costado del camino, tomándose unas prolongadas vacaciones.
—Bill —dije—, por cierto que el editor más joven de Zenith House no quiere interferir en tus asuntos...

—Suéltalo, MacDuff —dijo, sonriendo.


—...pero una partida de póquer donde uno puede escuchar semejantes informaciones extrañas no debería ser el sitio para un inofensivo editor de originales de bolsillo.
—Eso es lo que tú piensas —dijo, y aunque todavía sonreía, no creo que lo que siguió fuera un chiste—. Si los chicos malos me hacen enojar, simplemente les mando a mi planta.
—Eso fue lo que pensó Carlos Detweiller, y ahora él está haciendo su peregrinación final en la parte trasera de un camión de pan —le advertí.
Me miró, con la sonrisa borrándosele un poco.
—Puedes llegar a tener razón allí, compañero.
Tenía razón, pero dudo que disuadiera a Bill de llevar a cabo sus correrías de póquer de fin de semana. Así como dudo que Sandra Jackson tuviera éxito en impedir que Herb Porter continuara con las ocasionales expediciones clandestinas al olfateo-de-asiento. Solemos decir "fulano debería de entenderlo" cuando el fulano se hace un daño, pero hay todo un mundo de diferencia entre entenderlo y hacerlo. Como dice la Biblia, nos revolcamos en nuestros vicios como un perro sobre su propio vómito, y cuando uno piensa en esos términos, desconfío de nuestra evidente determinación de convivir con Zenith la hiedra común. La de pensar que ella —o eso— pueda mejorar tanto nuestra situación como a nosotros mismos.
Después de considerar lo que he escrito, tengo que reírme. Soy como un adicto entre sus dosis, temporalmente sobrio y pontificando sobre los males de la droga. Una vez que esté al alcance de esas intensas buenas ondas, todo cambiará. Lo sé tan bien como conozco mi propio nombre.
Entre dicho y hecho... hay mucho trecho.
Durante unos cuatrocientos metros el camino de barro y mugre atravesó bosques de torcidos pinos, y luego nos condujo a un inmenso círculo de porquería repleto de basura, electrodomésticos desechados, y una pared de automóviles apilados. Bajo la luz de la luna llena, parecía la muerte de toda civilización. En el extremo más alejado había un vertedero, con sus empinados costados cubiertos por más basura. Al fondo, las excavadoras parecían ser del tamaño de los juguetes de un chico.
—Entierran toda la mierda allí abajo y luego la cubren —explicó Bill—. Lo llevaremos unos cinco o diez metros cuesta abajo, y entonces lo sepultamos. Traje las palas. También conseguí guantes. Me han dicho que allí hay ratas tan grandes como terriers.
Pero todo eso terminó siendo innecesario; tal como dijera Bill, la fuerza estaba con nosotros y sacamos todos sietes. Cuando condujo lentamente hacia el vertedero y basurero propiamente dicho, pasando entre aquellos mohosos cenotafios de basura, distinguí un grupo de objetos azules a la izquierda. Parecían cubículos de plástico del tamaño de un hombre, puestos de pie.
—Conduce hacia allí —le dije, señalando.
—¿Por qué?
—Es sólo un presentimiento. Por favor, Bill.
Se encogió de hombros y enfiló la camioneta en aquella dirección. A medida que nos acercábamos, una gran mueca se le comenzó a formar en la cara. Se trataba del tipo de baños portátiles que puedes encontrar en lugares en construcción y al costado del camino en algunas áreas de descanso, aunque éstos habían sido tratados como el infierno: tenían los techos abollados, las puertas rotas, y agujeros abiertos en algunos de los lados. Se alzaban a unos doce metros del buche de una silenciosa máquina que sólo podía ser una trituradora.
—¿Crees que nos sacamos el premio gordo, no, Rid? —preguntó Bill, sonriendo abiertamente—. Tengo la impresión de que nos sacamos el premio gordo. De hecho, creo que eres un genio del carajo.
Había una larga cinta amarilla atada alrededor del grupo de cajas azules, con unos NO ACERCARSE NO ACERCARSE NO ACERCARSE en grandes letras negras, repetidas interminablemente. Adherida a ella con un trozo de cinta aislante había una nota escrita en un pedazo de cartón, con letras grandes y apresuradas. Me apeé y la leí bajo el débil resplandor de los faros de la camioneta:

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