La planta, parte uno


FIN DE LA PLANTA, PARTE UNO



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FIN DE LA PLANTA, PARTE UNO



LA PLANTA, PARTE DOS



S I N O P S I S

JOHN KENTON, quien asistió a la Universidad Brown, especializado en Inglés, y quien fuera presidente de la Sociedad Literaria, ha tenido un brusco despertar en el mundo real: él es uno de los cuatro editores de Zenith House, una editorial de libros de bolsillo de Nueva York.

Zenith tiene el 2% del mercado de libros en rústica y es decimoquinto en una lista de quince editoriales. Todo el personal de Zenith House está angustiado ya que Apex, la corporación dueña, puede decidir poner la casa en el mercado si no hay un repunte en las ventas en el año civil de 1981... y debido a la pobre red de distribución de Zenith, eso parece improbable.

El 4 de enero de 1981, Kenton recibe una solicitud por carta de CARLOS DETWEILLER, de Central Falls, Rhode Island. Detweiller, de veintitrés años, trabaja en la Casa de Flores de Central Falls, y está ofreciendo un libro escrito por él llamado Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas. Para Kenton es obvio que Detweiller no tiene absolutamente ningún talento de escritor... pero en ese caso, ninguno de la mayoría de los escritores de la lista de Zenith lo tiene (el más vendido: la serie de Macho Man). Él alienta a Detweiller para que envíe algunos capítulos de prueba y un borrador.

En cambio, Detweiller envía la obra completa, que es aun peor que lo que Kenton –quien pensó que el libro quizás pudiera recortarse, re-escribirse, y exprimirse para el público de The Amityville Horror– hubiera imaginado en sus peores pesadillas. Pero la peor pesadilla de todas está en las fotografías que Detweiller adjunta. Algunas son fotos penosamente falsificadas del desarrollo de una sesión de espiritismo, pero una serie de cuatro fotos mues-tra un sacrificio humano repugnantemente realista, en el que el pecho de un anciano es abierto y un goteante corazón humano es arrancado de la incisión.

La historia, contada en un estilo epistolar, continúa con una carta de John Kenton a su novia, RUTH TANAKA, quien está en California trabajando en su tesis.




30 de enero de 1981

Querida Ruth,

Sí, para mí también fue estupendo hablar contigo anoche. No sé lo que haría sin tí, aunque estés en la otra punta del país. Creo que éste ha sido el peor mes de mi vida, y sin tus palabras y tu cálido apoyo, no sé si lo podría haber superado. La revulsión y el terror iniciales que me produjeron esas fotos fueron bastante desagradable, pero he descubierto que puedo lidiar con el terror; y Roger puede encasillarse en su personificación de algún rudo editor salido de una historia de Damon Runyon (o quizá, ahora que lo pienso, esté actuando como ese Ben Hecht), pero lo realmente divertido es que tiene un corazón de oro. Cuando toda aquella mierda se nos cayó encima, él permaneció como una piedra; su fuerza nunca vaciló.

El terror es malo, pero he descubierto que la sensación de que te comportaste como un pelotudo es mucho peor. Cuando estás asustado, puedes recurrir a tu valentía. Cuando estás humillado, supongo que lo único que puedes hacer es llamar a tu novia por larga distancia y berrear en su hombro. Todo lo que te estoy diciendo, creo, es gracias; gracias por estar allí y gracias por no reírte... o tomarme como si fuera una vieja histérica asustándose de las sombras. Anoche, luego de haber hablado contigo, tuve una última llamada telefónica, de Barton Iverson, Jefe del Departamento de Policía de Central Falls. Él también fue extraordinariamente compasivo, pero antes de que te cuente la esencia final del asunto, permíteme intentar aclararte toda la serie de acontecimientos que siguieron a mi recepción del manuscrito de Detweiller el miércoles pasado. Tu confusión estaba justificada; creo que puedo llegar a estar un poco más despejado ahora que he tenido una noche de sueño (¡y sin Mamá Bell1 en mi oreja, descontando dólares de mi desnutrido sueldo!).


Tal como creo que te conté, la reacción de Roger a las "Fotos del Sacrificio" fue todavía más fuerte y más inmediata que la mía. Se apareció en mi oficina como si tuviera cohetes en los talones, dejando a dos distribuidores esperando en su oficina exterior (y, como me parece que señaló Flannery O'Connor alguna vez, un buen distribuidor es algo difícil de encontrar), y cuando le mostré las fotos se puso pálido, se llevó una mano a la boca, y emitió unos sonidos amordazados, como de arcadas. Así que supongo que se podría decir que yo estaba más que en lo cierto acerca de la calidad de las fotos (considerando el tema, "calidad" es una palabra extraña para usar, pero es la única que parece encajar).
Se tomó un minuto o dos para pensar; luego me dijo que haría mejor llamando a la policía de Central Falls, pero que no le dijera nada a nadie más. "Todavía podrían ser falsificaciones," dijo, "pero lo mejor es no arriesgarse. Ponlas en un sobre y ya no las toques más. Podrían tener huellas digitales."
No parecen falsificaciones le dije.¿A ti te lo parecen?
No.
Él volvió con los distribuidores y yo llamé a los polis de Central Falls; fue mi primera conversación con Iverson. Él escuchó la historia entera y luego tomó nota de mi número telefónico. Dijo que me volvería a llamar en cinco minutos, pero no me dijo por qué.
Me llamó en tres minutos, aproximadamente. Me dijo que llevara las fotografías a la Comisaría 31, en el 140 de Park Avenue South, y que la Policía de New York transmitiría las "Fotos del Sacrificio" a Central Falls.
Deberíamos tenerlas para esta tarde, a eso de las tres dijo. Puede que antes, incluso.
Le pregunté qué se proponía hacer hasta entonces.
No mucho  respondió. Voy a enviar a un agente de civil a rondar esta Casa de Flores y tratar de determinar si Detweiller todavía está trabajando allí o no. Espero que lo haga sin despertar ninguna sospecha. Hasta que no vea las fotos, Sr. Kenton, eso es realmente todo lo que puedo hacer.
Tuve que morderme la lengua para no decirle que yo pensaba que había mucho más que podía hacer. No quería que me desdeñara como un típico neoyorquino insistente, ni tampoco quería tener al compañero exasperado conmigo desde un comienzo. Y me recordé que Iverson no había visto las fotos. Supongo que dadas las circunstancias él iba tan rápido como podía en base a la llamada de un extraño; un extraño que podría estar chiflado.
Conseguí que prometiera volver a llamarme en cuanto tuviera las fotografías, y luego yo mismo las acerqué a la Comisaría 31. Ellos estaban esperándome; un tal Sargento Tyndale me encontró en el área de recepción y tomó el sobre con las fotos. También me hizo prometer que me quedaría en mi oficina hasta tener noticias de ellos.
El Jefe de Policía de Central Falls...
No el dijo Tyndale, como si yo le estuviera hablando de un mono amaestrado. Nosotros.
Todas las películas y novelas tienen razón, nena; no pasa mucho tiempo antes de que empieces a sentirte como un delincuente. Esperas que alguien gire una luz brillante en tu cara, ponga una pierna por encima de un viejo escritorio, se recline, te sople el humo del cigarro en tu cara, y diga "Bien, Carmody, ¿dónde escondiste los cadáveres?" Ahora puedo reírme de esto, pero te aseguro no estaba riéndome entonces.
Yo quería que Tyndale le echara un vistazo a las fotografías y que me dijera lo que pensaba de ellas –si eran o no auténticas– pero lo único que hizo antes de largarse fue recordarme que "permaneciera cerca". Había empezado a llover y no pude conseguir un taxi, y cuando ya había llegado a siete calles de Zenith House estaba empapado. También me había tragado medio rollo de Tums.
Roger estaba en mi oficina. Le pregunté si los distribuidores se habían ido, y él agitó una mano en su dirección. Mandé uno a Queens y al otro a Brooklyn dijo. Motivados. Van a vender otras cincuenta copias de Hormigas del Infierno entre los dos. Imbéciles encendió un cigarro . ¿Qué dijeron los polis?
Le conté lo que Tyndale me había dicho.
Inquietante dijo. Jodidamente inquietante.
Te parecieron reales, ¿no es así?
Lo consideró, luego asintió. Tan reales como la lluvia.
Bien.
¿Qué quieres decir con bien? No hay nada bueno en todo esto.
Yo sólo quise decir...
Sí, ya sé lo que quisiste decir se levantó, agitó las perneras de sus pantalones de esa manera en que siempre lo hace, y me dijo que le llamara si tuviera noticias de alguien. Y no le digas nada a nadie más.
Herb ha pasado por aquí un par de veces le dije. Creo que se piensa que vas a despedirme.
La idea tiene algo de mérito. Si él pregunta...
Le miento.
Exacto.
Siempre es un placer mentirle a Herb Porter.
Se detuvo de nuevo en la puerta, comenzó a decir algo, y entonces llegó Riddley, el chico del correo, empujando un cesto con manuscritos rechazados.
Se pasó aquí casi toda la ma'ana, Seor'Adler dijo. ¿ Va'eshpedir al Seor'Kenton?

Lárgate de aquí, Riddley le dijo Roger o te despediré a si no dejas de insultar a toda tu raza con ese repugnante acento Rasta.


¡Siuro, Seor'Adler! dijo Riddley, e hizo rodar de nuevo el carro del correo. ¡M'voy! ¡M'voy!
Roger me miró y giró los ojos desesperadamente. Tan pronto como tengas noticias repitió, y salió.
En las primeras horas de la tarde tuve noticias del Jefe Iverson. Su hombre había comprobado que Detweiller estaba en la Casa de Flores, trabajando como de costumbre. Dijo que la Casa de Flores es una construcción muy elegante en una calle que se está "yendo pendiente abajo" (la frase es de Iverson). Su hombre entró, compró dos rosas rojas, y volvió a salir. Lo atendió la señora Tina Barfield, la propietaria del negocio según los papeles del archivo del Ayuntamiento. El tipo que realmente tomó las flores, las cortó, y las envolvió llevaba una etiqueta con la palabra CARLOS en ella. El hombre de Iverson lo describió como de unos 25 años, moreno, no mal parecido, pero corpulento. El hombre dijo que daba la impresión de tomárselo todo muy seriamente; apenas sonreía.
Hay un invernadero excepcionalmente grande detrás de la tienda. El hombre de Iverson hizo un comentario sobre él y la señora Barfield le dijo que era tan profundo como la manzana; ella dijo que lo llamaban "la pequeña selva."
Le pregunté a Iverson si ya había recibido las telefotos. Dijo que no las tenía, pero quería confirmarme que Detweiller estaba allí. El solo hecho de saber que él estaba me produjo cierto alivio; no me molesta decirte eso, Ruth.
Así que aquí está el Acto Tercero, Escena Primera, y una trama nauseabunda, como nos gusta decir a nosotros, los tipos del negocio editorial. Recibí una llamada del Sargento Tyndale, de la Comisaría 31. Me dijo que Central Falls había recibido las fotos, que Iverson les había echado un vistazo, y que había ordenado que le trajeran a Carlos Detweiller para un interrogatorio. Tyndale me quería de inmediato en la 31 para tomarme declaración. Debía llevar conmigo el manuscrito de Plagas Demoníacas, y toda mi correspondencia con Detweiller. Le dije que estaría encantado de ir la 31 tan pronto como hablase de nuevo con Iverson; de hecho, estaba deseando tomar "El Peregrino" en la Estación Penn y de allí derecho en tren a...
Por favor no llame a nadie dijo Tyndale,y no vaya a ninguna parte –a ninguna parte, Sr. Kenton– hasta que ponga sus pies aquí y haga la declaración.
Me había pasado el día sintiéndome descompuesto e inquieto. Mi estado nervioso empeoraba en lugar de mejorar, y supongo que le hablé con cierta brusquedad al tipo.
Pareciera como si yo fuera el sospechoso.
No dijo él. No, Sr. Kenton una pausa. No por el momento otra pausa. ¿Pero él le envió las fotos, no es así?
Por un momento quedé tan asombrado que sólo pude boquear como un pez. Luego le dije Pero ya expliqué eso...
Sí, lo hizo. Ahora venga aquí y explíquelo para el expediente, por favor. Tyndale colgó, dejándome tanto enfadado como en una especie de existencialismo –pero te mentiría, Ruth, si no te dijera que lo que principalmente me sentía era asustado–. Me había metido hasta el fondo y en muy poco tiempo.
Irrumpí en la oficina de Roger, le conté lo que estaba pasando tan rápida y cuerdamente como pude, y luego me dirigí hacia el ascensor. Riddley salió de la habitación del correo haciendo rodar su carrito Dandux; vacío,esta vez.
¿Está usted en p'oblema con l'ley, Seor'Kenton? me susurró roncamente mientras lo dejaba atrás; te aseguro, Ruth, que ésto no logró en lo absoluto mejorar mi paz mental.
¡No! le respondí, tan fuerte que dos personas que venían por el pasillo echaron una mirada en mi dirección.

Porque si lo está, mi primo Eddie es un shtupendo abogado. ¡Siuro!


Riddley le dije ¿a qué universidad fuiste?
¡Co'nell, Seor'Kenton, y era shtupenda! Riddley sonrió abiertamente, mostrando unos dientes tan blancos como teclas de piano (y estoy tentado a pensar que casi tan numerosos).
Si fuiste a Cornell le pregunté ¿por qué, en el nombre de Dios, hablas de esta forma?
¿Qué forma es'sa, Seor'Kenton?
Olvídalo le dije, ojeando el reloj. Siempre está bien tener una de estas discusiones filosóficas contigo, Riddley, pero tengo una cita y debo apurarme.
¡Siuro! me dijo, lanzando esa mueca obscena de nuevo. Y si usted quiere el nume'o telefónico de mi primo Eddie...
Pero por entonces ya me había perdido en el vestíbulo. Siempre es un alivio poder librarse de Riddley. Supongo que es horrible decirlo, pero desearía que Roger lo despidiera; miro esa gran sonrisa de teclas de piano y, Dios me asista, me pregunto si Riddley no habrá hecho un pacto para beberse la sangre del hombre blanco cuando llegue el fuego la próxima vez. Junto con su primo Eddie, por supuesto.
Bien, olvídate de todo esto; he estado más de una hora y media pegándole a las teclas de la máquina de escribir, y ésto está empezando a parecerse a una novela corta. Mejor me doy prisa con el resto. De manera que... Acto Tercero, Escena Segunda.
Llegué tarde y empapado de nuevo a la estación de policía; no había taxis y la lluvia se había convertido en un fuerte aguacero. Sólo una lluvia de enero en la ciudad de Nueva York puede ser así de fría (¡California me parece cada día mejor, Ruth!).

Tyndale me echó una mirada, me dedicó una fina sonrisa sin humor visible en ella, y dijo: En Central Falls acaban de soltar a su autor. ¿Ningún taxi allí afuera, eh? Nunca están cuando llueve.


¿Dejaron ir a Detweiller? pregunté sin poder creerlo. Y él no es nuestro autor. No lo tocaría ni con un palo para plagas de tres metros de largo.
Bien, sea él lo que sea, la cosa es que no es nada más que una tempestad en un vaso de agua me dijo, y me ofreció la que puede haber sido la taza de café mas repugnante que alguna vez haya tomado en mi vida.
Me condujo hasta una oficina libre, lo cual fue una especie de favor; esa sensación de que todos los demás en la comisaría estaban mirando de reojo al editor prematuramente calvo, vestido con un empapado saco de lana, probablemente fuera paranoia, pero de todas formas era poderosa.
Para no hacer que una historia larga lo sea aun más, aproximadamente cuarenta y cinco minutos después que llegaron las telefotos, y alrededor de quince minutos después de la llegada de Detweiller (no esposado, pero flanqueado por dos corpulentos hombres con traje azul), volvieron los hombres de civil que habían sido despachados a la Casa de Flores después de mi primera llamada. Él había estado en otra parte de la ciudad durante toda la tarde.
Tyndale me dijo que habían dejado a Detweiller solo en una pequeña sala de interrogatorios para que se ablandara; para que tuviera todo tipo de pensamientos sucios. El policía de civil que había verificado el hecho de que Detweiller todavía trabajaba en la Casa de Flores estaba mirando las "Fotos del Sacrificio" cuando el Jefe Iverson salió de su oficina y se encaminó a la sala de interrogatorios donde tenían a Detweiller.
Jesús le dijo el de civil a Iverson, éstas se ven casi reales, ¿no le parece?
Iverson se detuvo. ¿Tiene usted alguna razón para creer que no lo son?  le preguntó.

Bueno, esta mañana, cuando entré en esa tienda para inspeccionar a ese tipo Detweiller, este fulano al que le hicieron la cirugía de corazón informal estaba sentado a un lado, detrás del mostrador, jugando un solitario y mirando La Esperanza de Ryan en la tele.


¿Está usted seguro de eso? le preguntó Iverson.
El de civil dió uno golpecitos sobre la primera de las "Fotos del Sacrificio," donde se mostraba claramente la cara de la "víctima".
Ningún error dijo. Este era el tipo.
Pero, ¿por qué en el nombre de Dios no me dijo usted que él se encontraba allí? le reclamó Iverson, sin ninguna duda con visiones de Detweiller presentando cargos por detención falsa y maliciosa comenzando a bailar lúgubremente en su cabeza.
Porque nadie me preguntó por este tipo dijo el detective, de manera bastante razonable. Se suponía que yo debía reconocer a Detweiller, y lo hice. Si alguien me hubiera pedido que reconociera a este tipo, lo habría hecho. Nadie lo hizo. Hasta luego. Y se alejó, dejando a Iverson sosteniendo las fotos. De manera que así fue.
Yo miré a Tyndale.
Tyndale me devolvió la mirada.
Tras unos instantes, la desvió. De todas formas, señor Kenton, esa foto en particular se veía real... tan real como el infierno. Pero así hacen los efectos en algunas de esas películas de horror. Hay un tipo –se llama Tom Savini– que hace unos efectos...
De modo que lo dejaron marchar. Cierto temor estaba emer-giendo dentro de mi cabeza, como uno de esos pequeños submarinos rusos que los suecos nunca consiguen atrapar.
Por si le sirve de algo, su culo está cubierto con tres pares de calzoncillos y cuatro de pantalones, con los dos del medio acorazados dijo Tyndale, y luego agregó, con una seriedad que sin dudas era Alexander Haigiana: le estoy hablando desde el punto de vista legal, usted me entiende. Actuó de buena fe, como un ciudadano. Si el tipo pudiera demostrar que hubo malicia, eso sería otra cosa... pero, rayos, usted ni siquiera lo conocía.
El submarino ascendió un poco más. Porque sentí como si justo desde entonces estuviera empezando a conocerlo, Ruth, y mis senti-mientos sobre Carlos Detweiller ni fueron entonces ni lo son ahora algo que pudiera describir como joviales o benignos.
Además, nunca es al informante al que ellos quieren demandar por un falso arresto, sino al poli que vino y les leyó sus derechos y luego lo llevó al centro de la ciudad en un automóvil sin manijas en las puertas traseras.
Informante. Ésa era la fuente del temor. El submarino estaba bien arriba y flotando en la superficie como un pez muerto a la luz de la luna.
Informante. No conocí a Carlos Detweiller gracias a una begonia psíquica... aunque él sí sabe algo sobre . No que fuí la cabeza de la sociedad literaria de la Universidad Brown, ni que estoy prematura-mente calvo, ni que estoy comprometido con una bonita señorita de Pasadena llamada Ruth Tanaka... ninguna de estas cosas (y, gracias a Dios, tampoco la dirección de mi casa,que nunca conozca la dirección de mi casa), pero él sabe que yo soy el editor que hizo que lo detengan por un asesinato que no cometió.
Sabe usted le pregunté si Iverson o algún otro del Departamento de Policía de Central Falls le mencionó a él mi nombre? Tyndale encendió un cigarrillo. No lo sé respondió, aunque estoy bastante seguro de que nadie lo hizo.
¿Por qué no?
Habría sido poco profesional. Cuando usted está trabajando en un caso –incluso uno que se muere tan rápido como éste– cada nombre que el sospechoso no conoce o que incluso no llega a conocer se convierte en una carta de póker.
Cualquier alivio que pude haber sentido me duró poco.
Pero el tipo tendría que ser un perfecto idiota para no saberlo. A menos que, eso es, le enviara las fotografías por correo a cada editorial de Nueva York. ¿Piensa que pudo haber hecho eso?
No dije desconsoladamente. En primer lugar, ningún otro editor en Nueva York habría respondido a su carta de presentación.
Ya veo.
Tyndale se levantó, arrugando los vasitos plásticos de café, haciendo esos gestos de se-acabó-la-fiesta que significaban que esperaba que yo pusiera un huevo en mi zapato y lo pisara.
Una pregunta más y lo dejaré en paz dije. Las otras fotografías eran obvias falsificaciones. Penosas. ¿Cómo esas parecen tan malas y las falsificadas parecen tan malditamente buenas?
Quizá el propio Detweiller preparó las fotos de la 'Sagrada Reunión' y algún otro –el equivalente a Tom Savini en Central Falls, por ejemplo– preparó la 'víctima del sacrificio'. O quizá Detweiller las preparó todas e intencionalmente hizo que las otras se vieran mal para que usted tomara éstas más en serio.

¿Por qué haría eso?


Para que usted metiera la pata, tal y como ha hecho. Tal vez es así cómo él se coloca.
¡Pero le arrestaron en el proceso!
Él me miró, casi compadeciéndome. Suponga que hay un tipo en un bar, Sr. Kenton, y que tiene esos petardos de broma que se meten en los cigarrillos. Así que, sólo para divertirse, mete uno de ellos en el cigarrillo de su colega mientras éste se encuentra en el servicio o escogiendo algunas canciones en la gramola. Le parece la idea más divertida del mundo en ese momento, aunque el sentido del humor de su colega sólo se manifiesta cuando un petardo explota en el cigarrillo de algún otro, y el tipo que mete el petardo debería saberlo. Así que el colega regresa, y enseguida toma el cigarrillo trucado. Da dos caladas y... ¡ka-bang! Toda la cara llena de tabaco, quemaduras de pólvora en sus dedos, y se tira la cerveza encima. Y su colega –su ex-colega– está sentado en el taburete de al lado, partiéndose de risa. ¿Entiende la situación?
Sí dije de mala gana, porque la entendí.
Ahora bien, el tipo que metió el petardo en el cigarrillo no era un imbécil, aunque tengo que decir que, según mi criterio, un tipo que cree que es divertido meter un petardo en el cigarrillo de otro, es un un poco deficiente en la sección del sentido del humor. Pero incluso si su sentido del humor se activase con algún tipo llevándose un susto de muerte y derramando su cerveza encima de sus pelotas, pensarías que un tipo que no fuese un imbécil al menos tendría interés en conservar todos los dientes y no lo haría. Y sin embargo, lo hacen. Lo hacen todo el puto tiempo. Así que, siendo usted un hombre literario... –(Ruth, él, obviamente, no sabía nada acerca de Acuchíllame, Hormi-gas del Infierno, ni del próximo a salir, Moscas del infierno)– ¿puede decirme por qué él sigue adelante, y acaba recogiendo sus dientes por todo el bar y pidiendo un crédito con el que poder pagarse los empastes?
Porque no tiene ningún sentido de lo futurible dije desconsola-damente, y, por primera vez, Ruth, sentí como si realmente pudiera ver a Carlos Detweiller.
¿Eh? No conozco esa palabra.
Él no lo sabe... es incapaz de anticipar las consecuencias.
Sí... usted es un hombre literario, de acuerdo. Yo no hubiera podido decirlo tan bien ni en mil años.
¿Y esa es mi respuesta?
Ésa es su respuesta . Me palmeó el hombro y me acompañó hasta la puerta. Váyase a casa, Sr. Kenton. Tómese un trago, una ducha, y después otro trago. Mire algo en la tele. Duerma toda la noche. Cumplió su deber como ciudadano. La mayoría de la gente simplemente habría tirado esas fotos... o las habría guardado para sus álbumes de recortes. Suena raro, pero yo soy del tipo policial, no del tipo literario, y sé que algunas personas lo hacen. Váyase a casa. Olvídelo. Y conténtese con esto: si el libro del tipo es tan malo como usted dijo, entonces le envió una carta de rechazo de la puta madre.
De manera que hice lo que él me dijo, querida; vine a casa, tomé un trago, me duché, comí algo, tomé otro trago, miré un poco de tele, y me fuí a la cama. Entonces, después de alrededor de tres horas de tortura de no poder dormir –seguía viendo esa foto, la de la abertura en el pecho y el corazón chorreante– me levanté, tome como tres copas más, miré en la tele una película de John Wayne llamada La Estela de la Bruja Roja (te diría que John Wayne se ve mucho mejor con un casco de soldado que con un casco de buzo), me acosté de nuevo, y me desperté con resaca.
Todo estará mejor en un par de dias, y creo –creo– que las cosas están comenzando a volver a la normalidad, tanto en Zenith House como dentro de mi cabeza. Pienso (pienso) que todo terminó; pero que va a ser uno de esos Incidentes que me perseguirán durante toda la vida, supongo, como los sueños que tenía de chico en el que me ponía de pie para saludar la bandera y se me caían los pantalones. O, aún mejor, algo que una vez me contó Bill Gelb, mi ilustre co-editor en Zenith. Dijo que le contó este chiste a un tipo en una fiesta: ¿Cómo haces para impedir que cinco negros violen a una chica blanca? Respuesta: les das una pelota de básquet. "Yo pensé que el tipo al que se lo conté sólo tenía un buen bronceado hasta que me arrrjó la bebida en la cara y se marchó," dijo Bill. Ésa es la clase de historia que yo nunca podría contar de mí mismo, lo cual pienso que puede ser una de las razones por las que no haya perdido todo mi respeto por Bill, aunque es un intolerante y fanático pelotudo. Con esto quiero decir que me siento un poco como un pelotudo... pero por lo menos se ha terminado. Si todo esto me hace parecer un histérico –alguien que testificaría entusiasmado en los juicios contra las brujas de Salem– por favor escribe y rompe nuestro compromiso cuanto antes... porque si ése fuera el caso, yo tampoco me casaría conmigo.
En cuanto a mí, estoy aferrado a lo que me dijo Tyndale; eso de que actué de buena fe, como un ciudadano. La único que no haré es enviarte las fotografías, que hoy me fueron devueltas. Podrían ocasionarte la clase de sueños que he estado teniendo; y esos sueños son, sin ninguna duda, malévolos. He llegado a la conclusión de que todos esos magos de los efectos especiales deben ser cirujanos frustrados. De hecho, si Roger me da el visto bueno, voy a quemarlas.
Te amo, Ruth.

Tu adorado pelotudo,

John

de la oficina del editor en jefe

A: John Kenton

FECHA: 2/2/81

MENSAJE: Prosigue y quémalas. No quiero volver a oír hablar de Carlos Detweiller nunca más.


Escúchame, John; un poco de excitación está bien, pero si no comenzamos a hacer algo aquí en Zenith, estaremos todos saliendo a buscar trabajo. He oído que Apex puede estar buscando compradores. Que es como buscar pájaros dodo o pterodáctilos.
Tenemos que conseguir el libro o libros que hagan algo de ruido en este verano, y eso significa que sería mejor empezar buscando desde ayer. Comienza a sacudir los árboles, ¿de acuerdo?

Roger
memorándum de oficina

DE: John

A: Roger

REF: Sacudida de árbol

¿Qué árboles? Zenith House está ubicado en las Grandes Planicies de la publicación Americana, y tú lo sabes condenadamente bien.

John

de la oficina del editor en jefe

A: John Kenton

FECHA: 3/2/81

MENSAJE: Encuentra un árbol o encuentra un trabajo. Así están las cosas, encanto.

Roger

4 de febrero de 1981



Sr. John "Judas Iscariote" Kenton

Zenith Agujerodelculo-House, Editores de Kaka,

490 Avenida de la Mierda-de-Perro

New York, New York 10017,

Estimado Judas,
Éste es el agradecimiento que recibo por ofrecerle mi libro. De acuerdo, lo entiendo. Debería haber sabido qué esperar. Usted piensa que es TAN LISTO. De acuerdo, lo entiendo. Usted no es más que un sucio y traicionero bastardo. Cuánto habrá robado. Un montón, supongo. Usted piensa que es TAN LISTO pero no es nada más que un "Tablón Torcido" en "EL GRAN SUELO DEL UNIVERSO". Hay formas de tratar con los TIPOS COMO USTED. Probablemente piense que voy a ir y buscarlo. Pero no lo haré. Yo "no mancharía las manos con su suciedad," como decía el Sr. Keen. Pero puedo ajustarle las cuentas si quiero. ¡Y quiero! ¡¡¡Lo QUIERO!!!!
Mientras tanto, usted lo ha estropeado todo, así que supongo que estará satisfecho. Eso no me importa. Me he ido al Oeste. Le diría "ojalá se lo jodan" pero quién sería capaz de hacerle eso. Yo no. No lo haría ni siquiera si yo fuera una niña y usted Richard Gear. No lo haría ni aunque usted fuese una de esas lindas chicas de buena figura.
Bueno, me marcho, pero mi material es copywright y solo espero que usted sepa qué significa copywright, aun cuando no sepa distinguir la "mierda" del "betún de zapatos". Así que nada más métase eso en su pipa y fúmeselo todo el puto día, Sr. Judas Kenton. Adiós.

Lo odia,

Carlos Detweiller

De Viaje

E.U. de A.
7 de febrero de 1981

Querida Ruth,

Me esperaba una carta del estilo "váyase-a-la-mierda" de Carlos Detweiller –la esperaba inconscientemente, en cualquier caso– y la recibí el otro día. Utilicé la crujiente máquina Xerox pre-Guerra Mundial que tenemos en Zenith House para hacerte una fotocopia, y la he adjuntado con esta carta. En su cólera, él es casi lírico, sobre todo en la parte en que dice que soy un tablón torcido en el suelo del universo... una frase que hasta Carlyle admiraría. Deletreó mal el nombre de Richard Gere, pero quizá fuera una licencia artística1. En general, diría que me siento aliviado; al menos, esto ya se terminó. El tipo se ha largado al Gran Oeste Americano, sin duda con sus tijeras de podar rosas colgándole de la cadera (¿de una cadera rosa? oh, olvídalo).
"Sí, pero ¿se ha ido realmente?" te preguntarás. La respuesta es: sí, lo hizo.

Recibí la carta ayer y casi en seguida puse al corriente a Barton Iverson de la Policía de Central Falls (luego de conseguir que Roger autorizara de mala gana la llamada de larga distancia, he de añadir). Pensé que a Iverson le interesaría mi requerimiento de salir a comprobar el asunto, y lo hizo. Parece que también él pensaba que las "fotos del sacrificio" eran demasiado reales como para quedarse tranquilo, y la última comunicación de Detweiller tenía más bien un tono amenazante.


Envió a un hombre llamado Riley –creo que el mismo hombre que fue antes– a comprobar la salida de Carlos, y él (Iverson, no Riley) me volvió a llamar en noventa minutos. Al parecer, Detweiller renunció casi enseguida de ser puesto en libertad, y Barfield incluso ha puesto un anuncio en los periódicos locales pidiendo un nuevo ayudante de floristería. Algo ligeramente interesante: Riley reconoció al tipo de las "fotos del sacrificio," y mencionó un nombre que yo ya conocía: era el Sr. Norville Keen, el mismo tipo, estoy bastante seguro, que Detweiller mencionó en sus primeras dos cartas ("Por qué describir a un invitado cuando usted puede ver a ese invitado," y otras perlas de sabiduría). El poli le hizo algunas preguntas sobre la puesta en escena de esas fotografías, y la Barfield se entrometió, ka-bang, inmediata-mente. Le preguntó si era una investigación oficial, o qué. No lo era, por supuesto, así que eso fue todo... y en mi mente, el todo el asunto está cerrado. Iverson me dijo que Riley no pudo identificar a la Barfield en ninguna de las fotografías, de modo que no hubo ninguna base como para interrogarla más adelante... ni tampoco nadie allí en Central Falls quiere realmente hacerlo, me parece. Iverson fue muy franco conmigo. "Deje descansar lo sobrenatural," fue lo que realmente me dijo, y yo estoy de acuerdo en un doscientos por ciento.
Si la nueva novela de Anthony LaScorbia terminara llamándose Plantas del Infierno, renuncio.
Te escribiré una carta más normal durante la semana, espero, pero pensé que querrías saber cómo terminó todo. Mientras, vuelvo a pasarme las noches en mi novela y los días buscando un bestseller que podamos comprar por $2500. Como creo que dijo el Presidente Lincoln alguna vez, "Jodida buena suerte, pavo."
A todo esto, gracias por tu llamada telefónica, y tu última carta. Y en respuesta a tu pregunta, sí, yo también estoy E*X*C*I*T*A*D*O.

Te ama,


John

19 de febrero de 1981

Estimado Sr. Kenton,

Usted no me conoce, pero yo sí a usted. Mi nombre es Roberta Solrac, y soy una ávida lectora de la serie de novelas de Anthony LaScorbia. ¡¡¡Al igual que el Sr. LaScorbia, siento que la ecología está a punto de sublevarse!!! De cualquier modo,el mes pasado le escribí una "carta de admiración" al Sr. LaScorbia ¡y él me contestó! Como estaba muy entusiasmada y honrada, le envié una docena de rosas. Él dijo que estaba entusiasmado y honrado (por las rosas) ya que nadie le había enviado flores antes.
Sin embargo, en nuestra correspondencia, él mencionó su nombre y dijo que usted era el responsable de sus éxitos literarios. No puedo enviarle rosas ya que estoy "en quiebra," pero le mendo una pequeña plantita para su oficina, vía UPS. Se supone que trae buena suerte. ¡¡¡Espero que se encuentre bien, y prosiga con su estupendo trabajo!!!

Suya atentamente,
Roberta Solrac

memorándum de oficina

A: Roger

DE: John

REF: La locura continúa

Echa una mirada a la carta adjunta, Roger. Luego deletrea "Solrac" al revés. Creo que realmente me estoy volviendo loco. ¿Qué he hecho para merecerme a este tipo?




de la oficina del editor en jefe

A: John Kenton

FECHA: 23/2/81

MENSAJE: Puede que te estés internando en las sombras. Si no es así, ¿qué pretendes hacer? ¿Reabrir las cosas con el D. de P. de Central Falls? Asumiendo que sea Detweiller –y admito que el último nombre sobrevuela los límites de la coincidencia y que el estilo tiene una cierta similitud, aunque obviamente sea una tipografía diferente– es, si me permites la aliteración, una inofensiva muestra de una pataleta infantil. Mi consejo es que te olvides de él. Si "Roberta Solrac" te envía una planta por correo, tírala por el tubo del incinerador. Probablemente sea hiedra venenosa. Estás dejando que esto te ataque los nervios, John. Y te lo digo en serio: Olvídate de él.

Roger

memorándum de oficina



A: Roger

DE: John

REF: "Roberta Solrac"

Hiedra envenenada, las pelotas. El tipo trabajaba en un invernadero. Probablemente sea belladona, o hierba mora mortal, o algo parecido.

John

de la oficina del editor en jefe

A: John Kenton

FECHA: 23/2/81

MENSAJE: Pensé en mover el culo por el pasillo para hablar contigo, pero estoy esperando una llamada de Harlow "Hombre del Hacha Cometh" Enders en unos minutos, y no quiero salir de mi oficina. Pero quizá sea mejor que te lo diga por escrito, porque da la impresión de que no crees realmente en algo hasta que esté impreso.


John, déjalo pasar. El asunto Detweiller está acabado. Entiendo que todo el asunto te haya afectado –rayos, también a mí– pero tienes que dejarlo pasar. Tenemos algunos serios problemas aquí en casa, en el caso de que no te hayas enterado. En junio va a llevarse a cabo una re-evaluación de nuestra situación, y lo que tenemos no es demasiado. Esto significa que en septiembre podemos tener el culo en la calle. Nuestro "año de gracia" ha empezado a acortarse. Deja de preocuparte por Detweiller y, por el amor de Cristo, encuentra algo que se pueda publicar y que haga dinero.
No puedo decírtelo más claro. Te aprecio, John, pero abandona esto y vuelve al trabajo, o me veré obligado a tomar medidas drásticas.

Roger


memorándum de oficina

A: Riddley

DE: John Kenton

REF: Posible paquete entrante

Es muy probable que reciba un paquete de la UPS desde alguna parte del medio oeste durante la próxima semana o en unos diez días. El nombre del remitente es Roberta Solrac. Si ves tal paquete, asegúrate de que yo no lo vea. En otras palabras, tíralo inmediatamente por el tubo del incinerador más cercano. Sospecho que ya sabes la mayoría de lo que hay que saber sobre el asunto de Detweiller. Esto puede estar asociado con eso, y el contenido del paquete puede ser peligroso. Es improbable, pero existe una posibilidad.

Gracias,


John Kenton

memorándum de oficina

A: John Kenton

DE: Riddley

REF: Posible paquete entrante

¡Siuro, Seor'Kenton!

Riddley/Sección Correo


de EL LIBRO SAGRADO DE CARLOS
SAGRADO MES DE FEBRE (Entrada #64)

Sé cómo atraparlo. He puesto las cosas en movimiento, alabado sea Abbalah. Alabada sea la Demeter Verde1. Los atraparé a todos. ¡Verde Verde "debe verse"! ¡Ja! ¡So Judas! ¡Qué poco que sabes! ¡Pero yo sí lo sé! ¡También sé todo sobre tu novia; solo que tu novia, es ahora la niña DEMONIO2, ¡Qué poco sabes de lo que ella es capaz! ¡Hay otro mulo coceando en tu establo, Sr. Editor Pez-Gordo Judas! ¡La OUIJA dice que el nombre de este mulo es GARY !


¡En mis sueños los he visto y GARY es PELUDO! ¡No como tú, pequeño y enclenque JUDAS! ¡Muy pronto te estaré enviando un presente! ¡Todo el mundo medra! ¡Cada Judas a salvo en los brazos de Abbalah! ¡Ven Abbalah!
¡VEN GRAN DEMETER!

¡VEN VERDE!






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