La planta, parte uno


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Roger

de la oficina del editor en jefe

A: Sandra

FECHA: 30/3/81

MENSAJE: El libro de chistes tiene luz verde, pero olvídate de LaScorbia; déjalo que se concentre en sus avispas y sus moscas. Nosotros cinco vamos a escribir este pequeño y escabroso tomo. Título provisorio: Los Chistes Más Enfermos Del Mundo. Esta tarde tendremos nuestra primera sesión editorial acerca de este proyecto, en la Taberna de Flaherty, calle abajo. Ésto es lo más cercano a un ganador que tenemos, así que tomémoslo en serio. Tendremos que decidir si queremos (o nos atrevemos) a ser racistas, como en "cuántos polacos se necesitan" o "a cuántos mexicanos les toma." Mi impresión es que si vamos a bucear en la cloaca, tendremos que hacer todo el trayecto hasta el fondo. Y que ni tú ni ningún otro me hable de compartir los derechos de autor de un libro de chistes sobre bebés muertos y sodomía. Aquí estamos salvando nuestros trabajos, o al menos intentándolo.

Quizás debamos invitar a Riddley a nuestra pequeña reunión de cerebros. Él regresará la semana próxima, y espero que lo hagas circular entre tus colegas. Acá estamos todos medio muertos, y lo único que parece importarles es el maldito conserje.

Roger


P.D. Además, mantente alejada de su armario. Me parece que allí guarda sus cachivaches personales.
P.P.D. A menos que quieras limpiar algunas ventanas o encerar algunos suelos, por supuesto. En ese caso, tienes mi permiso.

memorándum de oficina

A: Roger

DE: Bill Gelb

REF: La posible contribución de Riddley Walker al delirante y ofensivo libro de chistes

Hagámoslo entrar en el proyecto apenas vuelva, por todos los medios. Tal vez pueda contribuir con algunos chistes sobre la mamá muerta.



de la oficina del editor en jefe

A: Bill Gelb

Fecha: 30/3/81

MENSAJE: Para ser alguien que no ha propuesto la más mínima idea, ni siquiera para un libro de cualquier clase, sugiero que te guardes tus chistes para tí mismo. O si no, baja hasta el armario de R.W. y aspira un poco de ese aire. Parece haber hecho maravillas en Herb y Sandra. No se trata de una sugerencia seria. Tal como le dije a Sandra, el armario del conserje es es del estricto dominio de Riddley.



Del diario de John Kenton
30 de marzo de 1981

Esta noche me arrastré hasta mi departamento bastante borracho, desde la sesión de tormenta de ideas más rara de mi vida (el lugar: la Taberna de Flaherty; el asunto: cómo le dicen a un leproso en una tina caliente, etc., etc.). Ultimamente estoy tomando demasiado, y sería un gran mentiroso si no dijera que sentí una extraña y vergonzosa excitación. No es sólo la bebida la que domina mis emociones, al menos no creo que así sea. No sé si un libro de chistes podrá entrar en la lista de bestsellers del New York Times —probablemente no— pero creo que todos percibimos esa sensación de que realmente algo estaba sucediendo. Antes de que nos largáramos, la mitad de las personas que había en la taberna contribuyeron con chistes, siendo mi favorito el anteriormente mencionado sobre cómo le dicen a un leproso en una tina caliente (Stu, por supuesto). Si sirve como consuelo, tanto Sandra como Bill terminaron más borrachos que yo, Roger quizás un poco menos. Herb Porter no bebe. Creo que tiene un problema con la bebida, y va a esas reuniones donde te presentas por tu primer nombre.


Una reunión rara, muy rara. Pero no tan rara como la carta que encontré esperándome en el buzón cuando finalmente buceé hasta casa. Esta noche tengo una jaqueca demasiado fuerte como para seguir escribiendo, todo lo que quiero hacer es comer algo poco sustancioso y acostarme, pero sujetaré la carta de la señorita Barfield a esta página del diario, y mañana la llevaré a la oficina. Quizás para ese entonces el frío que me corre por la espalda ya se haya ido.
Roger sabrá qué hacer. Por lo menos eso espero. Y quizás también sepa algo más: cómo hizo una mujer que maneja una tienda de flores y un invernadero en Central Falls, Rhode Island, para conocer mi dirección. La dirección de mi casa.

Y a Kevin.


¿Cómo, en el nombre de Dios, pudo haberse enterado de lo de Kevin? Y no sólo Kevin. Kevin Anthony, escribe ella.
Kevin Anthony, 7/7/67.
También dice que no le gusta Carlos Detweiller —que tiene miedo de él— y que hay mucho por lo que estar agradecido, pero yo encuentro que no estoy muy aliviado.
Después de todo, podría estar mintiendo.
Que se vaya a la mierda, me voy a la cama. Con algo de suerte, se mantendrán todos fuera de mis sueños. Ruth Tanaka, sobre todo. Hay algo curioso: en un momento dado, durante nuestra reunión en Flaherty, fui al baño. Mientras estaba de pie frente al urinario, el nombre de Ruth estalló en mi mente. Su nombre pero no su cara. Durante un par de segundos no pude verle cara en absoluto. En cambio, lo que me vino fue la última de las "fotografías del sacrificio." Carlos Detweiller, con su cara en las sombras, sosteniendo un corazón chorreante.
Cristo.

carta de la señora Tina Barfield a John Kenton

28 de marzo del '81
Estimado Sr John Kenton,

Usted no me conoce de la Víspera de la Primera Madre pero yo sí lo conozco. Ambos tenemos a Carlos en común, y sabe exactamente a quién me refiero. Me llano Tina Barfield, y soy la propietaria de la Casa de Flores de Central Falls. Usted piensa que está a salvo de Carlos pero Carlos no se olvidó de usted. Está en peligro. Yo estoy en peligro. Todos en la editorial donde usted trabaja están en peligro. Pero también tienen una gran oportunidad. Los Poderes Oscuros tienen que dar antes de poder recibir. Podría contarle ciertas cosas.
Venga y véame en cuanto reciba esta carta. Tan pronto como la lea. Mi tiempo aquí acabará pronto. Algunas de las Lenguas han empezado a menearse.
Tal vez piense que estoy loca. La respuesta es: sí, lo piensa. Pero yo puedo ayudarle a encontrar lo que está buscando. Ha estado en ese cuarto todo el tiempo. ¿Por qué hago esto? En parte porque mi alma, a pesar de estar consagrada a la Cabra, todavía puede ser redimida. Principalmente porque le temo y aborrezco a Carlos Detweiller. ¡Odio a ese hijo de puta! Habría que hacer algo para ver sus planes Explorados y Arruinados. Créame cuando le digo que exagerarán bastante las noticias sobre su muerte. Como la del General.
Si puede, venga el martes. Traiga al Aguatero, si lo prefiere. Usted puede hacer más que un paso al costado en la venganza de Carlos, señor John Kenton. Con mi ayuda puede valerse de él para lograr su sueño. Si duda de mí, piense en esto: Kevin Anthony 7/7/67. Lamento si ésto lo inquieta, pero no podemos perder tiempo convenciéndolo de que sé lo que sé.

Atentamente,

Tina Barfield

Del diario de John Kenton

31 de marzo de 1981

Éste ha sido un largo día; un día terrible; un día maravilloso... un día no-sé-qué. Lo único que sé con seguridad es que estoy temblando hasta los huesos. Hasta mi propia alma. Uno puede citar despreocupadamente a Hamlet —"hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que nunca soñaste en tu filosofía"— y no pensar nunca en lo que esas palabras significan. Y quizá un día toda la mierda se te venga encima, como la que hoy nos sepultó a Roger y mí. Y ese suelo que tan confiado caminaste durante toda tu vida de repente se vuelve transparente y comprendes que hay un pavoroso abismo allá abajo. Y lo peor de todo es que el abismo no está vacío. Hay cosas en él. No sé qué son esas cosas, pero me dan la impresión de estar hambrientas. Preferiría estar fuera de todo este lío. Y todavía queda lo que dijo Roger. Siento algo de la loca excitación que pude ver en sus ojos. Yo

Oh, muchacho, esto no está nada bien. Me estoy yendo por las ramas. Tomemos un poco de tiempo para respirar profundamente, para poder tranquilizarme, y empezar por el principio. Voy a escribirlo aunque me lleve toda la noche. De todas formas, tengo la impresión de que no me podría dormir. ¿Y sabes lo que me obsesiona? ¿Qué es lo que me sigue rondando por la cabeza como alguna especie de loco mantra? Los Poderes Oscuros tienen que dar antes de poder recibir. ¡Las posibilidades que encierra una declaración tan simple! ¡Si semejante y simple declaración fuera cierta!


Bien. Desde el principio.
Normalmente a la alarma le lleva cinco minutos de ininterrumpido rebuzno lograr despertarme, pero esta mañana mis ojos se abrieron de golpe por sí solos a las 6:58 AM, dos minutos antes de que sonara. Tenía la mente despejada, el estómago recuperado, no tenía señales de resaca, pero cuando me levanté dejé mi silueta oscura dibujada en la sábana; por la noche debo haber sudado más de un litro de alcohol mezclado con agua salada. Tuve sueños feos, intrincados; en uno de ellos perseguía a Ruth con alguna clase de planta venenosa, gritándole que si se comía las hojas, viviría para siempre.
—¡Tú sabes que lo quieres, perra! —le gritaba— ¡Huele las hojas! ¡Como las galletas que cocinaba tu abuela! ¿Cómo puede ser malo algo que huela así?
Me tomé una ducha rápida, unos pocos tragos de jugo directamente del cartón, y luego abrí la puerta y me fui. Roger siempre llega temprano, pero esta mañana quería ganarle.
En el autobús releí la carta de esta mujer, Barfield. Anoche, confundido por la bebida y por aproximadamente dos mil chistes de lesbianas, negros, y monjas sordas, lo único que pude ver fue el nombre de mi hermano muerto. A la monótona luz gris de una nublada mañana en New York, sentado entre la última ola de collares azules y la primera ola de collares blancos y rosas —extrañamente sereno en esa mezcla inquieta de Posts y Wall Street Journals— leí la carta de nuevo, esta vez un poco más capaz de apreciar sus múltiples rarezas. Era al nombre de mi hermano al que mis ojos aún seguían volviendo.
Caminé desde el ascensor hacia el quinto piso del 409 Park Avenue South a las 7:50 AM, seguro de haberle ganado a Roger al menos por media hora... pero las luces de su oficina ya estaban encendidas, y pude oír el lejano claqueteo de su IBM. Resultó que estaba copiando los chistes. Y aunque sus ojos estaban algo enrojecidos, no parecía más ansioso de lo que yo me sentía. Mirándolo allí sentado, sentí cierto odio aturdido hacia Harlow Enders y todos aquellos como él, tipos que —apostaría por eso—nunca leen ni uno solo de los libros que publican. La idea que tienen de un giro de página es de un informe anual de fuertes ganancias.
—Ellos no se merecen a alguien como tú —declaré.
Él miró a su alrededor, sobresaltado, y luego sonrió.
—Llegaste temprano. Pero me alegro. Tengo algo para mostrarte, John.
—Yo también tengo algo para mostrarte.
—Bien. —Empujó hacia atrás la máquina de escribir, y luego la miró disgustado—. El libro sobre el General Hecksler va a ser desagradable, pero el libro de chistes... hombre, este material es horrible. —Miró la hoja que estaba copiando y leyó: —'¿Cuántos Biafarans hambrientos puedes meter en la cabina de un ascensor?'

—A todos ellos —le respondí. Ahora que estábamos lejos del humo y de la risa y de los gritos que pedían bebidas y de la rockola sonando que, combinados, hacían que Flaherty sea Flaherty, el chiste no era cómico en absoluto. Era triste, feo y peligroso. El hecho de que las personas se rieran de él era lo peor de todo.


—A todos ellos asintió suavemente. A todos ellos.
—No tenemos porqué hacer este libro —sugerí—. Todavía no existe ningún documento, salvo un par de memos, y éstos podrían desaparecer.
—Si no lo hacemos nosotros, lo hará algún otro —explicó Roger—. Es una idea a la que le llegó la hora. Es brillante, a su propia apestosa manera. ¿Y sabes qué?
Negué con la cabeza.
—¿Quieres saber algo más? Opino que va a ser un bestseller. Y pienso que la docena o así de continuaciones que haremos van a ser bestsellers. Creo que durante los próximos dos años, los chistes sobre negros, kikes, ciegos, y minorías agonizantes van a estar en... boga. —Su boca dio un tirón hacia abajo... y luego se rió. Fue horrible, esa risa. Ultrajada y codiciosa. Entonces escuché que yo también me reía, y eso fue aun más horrible.
—¿Qué querías mostrarme, John?
—Esto. —Le alcancé la carta. Sus ojos fueron primero a la firma, y entonces se dilataron. Me miró y yo asentí—. La jefa de Carlos en Central Falls. Quizá no terminamos con él después de todo.
—¿Cómo consiguió tu dirección?
—No tengo ni idea.
—¿Piensas que pudiera obtenerla de Detweiller?
—Ella dice que lo odia.
—No significa que sea así. ¿Quién es Kevin Anthony? ¿Alguna idea?
—Kevin Anthony era mi hermano. Cuando tenía diez años, empezó a perder la vista en un ojo. Era un tumor. Le sacaron el ojo, pero el cáncer ya había penetrado en su cerebro. A los seis meses ya estaba muerto. Mis padres nunca lo superaron.
El color abandonó la cara de Roger.
—Dios, lo siento. No lo sabía.
—No, claro. Hasta donde sé, nadie en New York lo sabe. Dejando de lado Central Falls. Ni siquiera se lo había dicho a Ruth.
—¿Y la fecha? Fue el...
Asentí.
—El día que murió, exacto. Por supuesto, nada de esto es top secret. La mujer pudo haberlo averiguado. Los mediums hacen su trabajo investigando el material que se supone que no conocen, y al final no termina siendo otra cosa que un trabajo de búsqueda y de investigación. Pero...
—Tú no lo crees. Y yo tampoco —Roger señaló la carta—.'Traiga al Aguatero si lo prefiere.'
—Me pregunté qué quiso decir —le dije.
—Cuando estaba en la escuela secundaria, me quedé afuera del equipo de fútbol. Me lo tomé muy en serio, y fui un tonto. No pesaba más de sesenta kilos, pero tenía la esperanza de ser... no sé... de ser la versión de Knute Rockne de la Escuela Secundaria Reading, supongo. Yo me lo tomé muy en serio, pero nadie más lo hizo. Los demás casi se mueren de la risa. El equipo, las animadoras, el grupo estudiantil completo. Seguí entrenando con el resto. Terminé siendo el aguatero del equipo. Se convirtió en mi apodo. Incluso está en el anuario. Roger Wade, Clase del '68, Club de Drama, Club de la Alegría, Periódico. Ambición, escribir la Gran Novela Americana. Apodo, el Aguatero.

Por un momento ninguno de los dos dijo nada. Luego tomó la carta de nuevo.


—Parece dar a entender que Tripas de Hierro Hecksler todavía está vivo. ¿Crees que eso es posible?
—No veo cómo pueda ser. Pero sí lo comprendí, al menos un poco. No fue más que un fuego, después de todo. No quedó nada excepto cenizas y unos pocos dientes. Podría hacerse. Sugiere un grado de astucia en el que no me agrada demasiado pensar, pero sí... podría hacerse.
—Ella nos quiere en Central Falls —dijo Roger, apagando su máquina de escribir y poniéndose de pie—. Démosle lo que quiere. Aún tenemos tiempo suficiente como para mover el culo hasta la Estación Penn y tomar El Peregrino. Podemos estar en Rhode Island para el mediodía.
—¿Y qué pasa con el libro de chistes? ¿Y con El General del Diablo?
—Dejemos que esos tres inútiles trabajen un poco, para variar—dijo Roger, señalando con el pulgar el corto corredor que llevaba a los despachos de los editores.
—¿En serio?
—Tan serio como un ataque cardíaco.
Y así fue. A las 9:40 estábamos caminando hacia el Peregrino de Amtrak en las entrañas de la Estación Penn, armados con revistas y rosquillas; a las 12:15 estábamos caminando en Central Falls; a la una salíamos de un taxi en la Calle Alden, delante de la Casa de Flores de Central Falls. El lugar es un saltbox de Nueva Inglaterra bastante decadente que se destaca detrás de un jardín muerto, todavía manchado con algunos copos de nieve derritiéndose. La parte trasera es un enorme invernadero que en realidad se extiende todo el camino hasta la calle siguiente. Sin tener en cuenta los Jardines Botánicos en D.C., es el invernadero más condenadamente grande que alguna vez haya visto. Pero a diferencia del Botánico que hay D.C., éste está sucio: las ventanas están mugrientas, algunas de ellas remendadas con cinta. Pudimos ver pequeños resplandores de calor elevándose por encima del techo; del ápice1, si me perdonas la expresión. Durante el extraño Mardi Gras de locura de Detweiller, alguien se refirió a este edificio como una jungla —no recuerdo quién lo hizo, probablemente uno de los polis— y hoy Roger y yo pudimos ver por qué. No era sólo por el calor que subía desde los paneles de vidrio hacia el frío gris de marzo; principalmente lo era por la oscura mata de plantas que se vislumbraba detrás de esos paneles. En la deslucida luz parecían negras en lugar de verdes.
—Mi tío se volvería loco —dijo Roger—. Si aún viviera, quiero decir. El tío Ray. Cuando yo era un chico, siempre me saludaba con un 'Hey, soy el tío Ray de Green Bay.' A lo cual yo tenía que contestar, 'Hey, Ray,de qué me estás hablando?' Y él continuaba con '¿Puedes quedarte, o tienes que salir hoy?'2
Escuché este recuerdo un tanto extraño en silencio. Lo importante era que no podía quitar los ojos de la oscuridad, atestada de toda esa cantidad de plantas.
—De todas maneras, él era un horticultor aficionado, y tenía un invernadero. Uno pequeño. Nada que ver con esto. Vamos, John.
Yo pensé, siguiendo con el humor en verso, que se podría agregar una estrofa, como ser: vayamos adentro3, pero él siguió caminando por el sendero. Los escalones del porche estaban manchados con un poco de sal de invierno. Más allá de ellos, en la ventana de la puerta, había un anuncio de FTD con un Mercurio alado en él, y con una leyenda en que se leía ¡ENTREN, TENEMOS ABIERTO! Las palabras estaban flanqueadas por rosas.
Cuando alcanzamos los escalones me detuve por un segundo.
—Acabo de recordarlo; dijiste que tú también tenías algo para mostrarme. Allá en la oficina. Pero nunca lo hiciste.
—Así es. Creo que sería mejor mostrártelo cuando volvamos.

—¿Tiene algo que ver con el cuarto de Riddley? —No sé de dónde me vino esa idea, exactamente, pero una vez que la formulé supe que tenía razón.


—Sí. Así es.—Me miró fijamente. Allí de pie al comienzo de las escaleras, con el cuello de su gabán levantado encuadrando su rostro, y con un poco de color en las mejillas, se me ocurrió que Roger Wade era un tipo bastante guapo. Mejor parecido ahora, probablemente, que muchos de los compañeros que se burlaban de él en la escuela secundaria, llamándolo Aguatero y Dios sabe cuántas otras cosas más. Roger incluso podría averiguarlo, si volvía a alguna de sus reuniones de clase... pero esas voces de la secundaria en realidad nunca abandonan nuestras mentes, ¿no es así? Quizá lo hacen si amasas suficiente dinero y te llevas a la cama a bastantes mujeres (no sé nada sobre estas cosas, ya que soy tan pobre como tímido), pero dudo que estas voces te abandonaran incluso entonces.
—John —me dijo.
—¿Qué?
—Nos estamos demorando.
Y como supe que era cierto —ninguno de los dos quería entrar en el lugar del antiguo empleo de Carlos Detweiller, dije: —No más demoras— y subí primero los escalones.
Una campanilla tintineó sobre la puerta cuando entramos. Lo siguiente que noté fue el olor de las flores... pero no sólo flores. El pensamiento que cruzó mi mente fue Una sala fúnebre. Una sala fúnebre en lo profundo del sur, durante una ola de calor. Y aunque nunca he estado en el sur durante una ola de calor —nunca he estado en el sur en definitiva— supe que estaba en lo cierto. Porque había otro olor bajo el pesado perfume de rosas y orquídeas y claveles y Dios sabe qué más. Era un olor carnoso, que bordeaba lo rancio. Desagradable. La boca de Roger se torció bruscamente hacia abajo por las comisuras. Él también lo sintió.
Probablemente por los años cuarenta y cincuenta, cuando el lugar había sido una casa de familia, el cuarto en el que entramos formaba dos habitaciones: la entrada y el pequeño salón delantero. En algún punto había sido derribada una pared, formando una gran área de ventas con un mostrador atravesado a casi tres cuartos del recorrido. Había un panel para pasar a través del mostrador, ahora levantado, y más allá de él una puerta abierta que llevaba al invernadero. Era de allí de donde venía lo peor del olor. El cuarto estaba muy caliente. Detrás del mostrador había un compartimiento de vidrio en frío (no sé si le llaman refrigerador a ese tipo de cosas; supongo que deben llamarlo así). Allí había ramilletes de flores cortadas y arreglos florales, pero el vidrio estaba tan empañado —supongo que por la diferencia de temperatura entre los dos ambientes— que apenas podía diferenciarse a las azucenas de los crisantemos. Era como mirar a través de una pesada niebla inglesa (y no, nunca he estado allí, tampoco).
A la izquierda y detrás del mostrador, sentado bajo un pizarrón en el que estaban anotados varios precios, se encontraba un hombre con el Providence Journal abierto delante de la cara. Solamente alcanzábamos a ver unos pocos rastros de pelo blanco flotando como hierba mala sobre un cráneo calvo. De la señorita Tina Barfield no había ni rastros.
—¡Hola! —dijo Roger vigorosamente.
El hombre del periódico no respondió. Tan sólo estaba sentado allí mostrando los titulares: REAGAN SALDRÁ DE ESTO, PROMETEN LOS DOCTORES.
—¿Hola?¿Señor?
Ningún movimiento. Una rara idea se me ocurrió entonces: que en realidad no era un hombre sino un maniquí posando con el periódico levantado. Para cubrirse de los ladrones de tiendas, quizás. No es que los ladrones frecuentaran demasiado las florerías, pensé.
—¿Perdón? —dijo Roger, hablando aun más ruidosamente—. Vinimos para ver a la señorita Barfield.
Ninguna respuesta. El diario ni siquiera se movió.
Sintiéndome un poco como una criatura en un sueño (aunque todavía no me había separado completamente de la realidad; a esa parte estaré llegando en breve), caminé hasta el mostrador, donde había una campanilla al lado de una tarjeta que decía POR FAVOR TOQUE PARA SER ATENDIDO. La golpeé brevemente con la palma, produciendo un único y agudo ¡ding! Tenía el loco impulso de anunciar "¡Al Frente, por favor!" con mi mejor voz de empleado-de-escritorio-snob-de-New-York, pero lo reprimí.
Despacio, muy despacio, el diario bajó. Cuando lo hizo, deseé que se hubiera quedado arriba. El Journal descendente reveló una cara que yo ya había visto antes, en las "Fotografías del Sacrificio." En ellas aparecía distorcionada por el dolor, el horror, y la incredulidad. Ahora, la cara de Norville Keen, autor de perlas tales como "Para qué describir a un invitado cuando puedes verlo a ese invitado," era un absoluto espacio en blanco.
No. Eso no es lo correcto.
Mierda
(más tarde)
Permanecí sentado delante de esta pequeña y piojosa Olivetti durante casi cinco minutos, tratando de imaginar cuál podría ser la mejor manera de describirlo, y la mejor que pude encontrar es laxo. La cara del hombre no estaba simplemente desprovista de expresión, me entiendes, sino aparentemente desprovista también de la tensión muscular. Acaso siempre fue una cara larga, pero ahora parecía absurdamente larga, casi como una de esas caras que se vislumbran en uno de aquellos engañosos espejos de feria. Colgaba de su cráneo como masa colgando del borde de un cuenco de mezcla.
Noté que Roger contuvo la respiración a mi lado. Más tarde me dijo que al principio pensó que estábamos viendo un caso de Alzheimer, pero creo que fue una mentira. Somos hombres modernos, Roger y yo, un par de cristianos que vivimos en la gran ciudad, que pasamos nuestros días bajo los principios de la ley y la suposición de... ¿como podría explicarlo? De que existe una realidad material. No creemos que la realidad sea benigna, pero tampoco la encontramos verdaderamente maligna. Todavía tenemos nuestra memoria racial, por supuesto, y está íntimamente relacionada con los órganos de nuestro instinto animal. Ese órgano que se alimenta de lo suprarrenal dormita la mayor parte del tiempo, pero está allí. El nuestro despertó en el despacho de la Casa de Flores de Central Falls y nos dijo a ambos la misma cosa: que el hombre que nos miraba desde esos inexpresivos y polvorientos ojos negros no estaba para nada vivo. Que era, de hecho, un cadáver.
(más tarde)
No he cenado y tampoco quiero nada; tal vez me vuelva el apetito cuando haya terminado con esto. De todas formas, recién fui a la vuelta de la esquina por un exprés doble, y ya me está despabilando. Hizo que me reanimara un poco. Y sin embargo —para hablar con la verdad, y que se avergüencen los demonios— me encontré prácticamente corriendo de farol en farol, escapándole a la oscuridad, sintiéndome observado. No por alguna otra persona (por cierto que no percibí que Carlos Detweiller me acechara, tal vez con un par de buenas y afiladas tijeras de podar) sino por la misma oscuridad. Esos órganos del instinto que mencioné están ahora totalmente despiertos, como puedes ver, y lo que menos les gusta es la oscuridad. Pero ahora que estoy de nuevo en mi confortable cocina, bajo el brillo de la luz fluorescente, y con media taza de un cargado y caliente café en mi mano derecha, las cosas mejoraron.
Porque, sabes, hay un lado bueno en todo esto. Ya lo verás.
¿Bien, dónde estaba? Ah sí, ya sé. El periódico bajo y la pálida mirada fija. La mirada fija y laxa.
Al principio ni Roger ni yo pudimos decir nada. Al hombre —al señor Keen— no parecía importarle; él solo estaba sentado en su taburete junto a la caja registradora, mirándonos fijamente con el periódico arrugado en el regazo en vez de adelante de su cara. La página en que lo tenía abierto parecía ser un anuncio a doble página de un distribuidor de automóviles. Pude ver las palabras REHÚSESE A SER ESTAFADO.
Finalmente reaccioné.
—¿Es usted el señor Keen? ¿El señor Norville Keen?
Nada. Tan sólo esos ojos fijos. Me parecían tan polvorientos como piedras en un foso seco.
—Usted vive en el edificio de Carlos, verdad? —pregunté— ¿De Carlos Detweiller?
Nada.
Roger se inclinó hacia adelante y habló muy despacio y claramente, como lo haría alguien que se dirige a un hombre del que se cree que es sordo, retrasado mental, o ambas cosas.
—Estamos... buscando... a... Tina... Barfield... ¿Está... aquí?
Al principio tampoco hubo respuesta. Estuve a punto de probar mi suerte (todo el tiempo pensando en algún lugar en el fondo de mi mente que no estaba nada bien tratar de extraer información de un muerto; la gente lo ha estado intentando durante años sin éxito), cuando, muy despacio, el señor Keen levantó una mano. Llevaba una camisa blanca de mangas cortas, y los músculos de su antebrazo colgaban flojos, como si se bambolearan desde el hueso. Señaló con un largo y amarillo dedo, y pensé El Fantasma de la Navidad Acaba de Llegar, señalando implacablemente a la tumba olvidada de Ebeneezer Scrooge. No era una tumba a la que el señor Keen estaba apuntando, sino a la puerta abierta del invernadero.
—¿Allí está ella? —preguntó Roger en un demencialmente cordial tono de voz; era como si compartiéramos un chiste muy poco gracioso. P.¿Cuántos hombres muertos se necesitan para manejar un invernadero? R. Sólo Norv.

No hubo respuesta por parte del señor Keen. Salvo por el dedo que apuntaba, claro está. Es imposible comunicar cuán misterioso era. Me he preguntado una y otra vez si respiraba, y simplemente no lo sé. Es el dedo señalando lo que mejor recuerdo: la uña estaba mellada y astillada, como si se la hubiera roído. Y sus ojos. Esas polvorientas, inexpresivas piedras que eran sus ojos.


—Vamos —dijo Roger, y pasó a través del panel levantado.
Comencé a decir, "¿De verdad te parece que está bien..." pero era obvio que Roger pensaba que era una buena idea, porque siguió caminando. O quizá sólo decidió que era la única idea. Y, como no quería quedarme bajo la mirada fija y sin parpadeos del señor Keen, lo seguí.
Me precipité a través del hueco en el mostrador con la cabeza ligeramente baja, y como resultado corrí derecho a la espalda de Roger y por poco no lo choqué. Algo lo detuvo de golpe unos tres metros dentro del invernadero, y cuando levanté la cabeza para mirar, vi de qué se trataba.
Y aquí descubro que las habilidades descriptivas de John Kenton son absolutamente inadecuadas para expresar lo que vimos en ese condenado lugar. Obtuve una A en todos mis cursos de composición, he publicado una buena cantidad de historias sentimentales en un buen número de "pequeñas revistas" sentimentales (aunque ninguna últimamente, como si el hecho de publicar los libros de Macho Man y Viento Flotante hubiera adormecido de manera considerable mi apetito por la escritura), y en la Brown fui considerado como el principal candidato a ser uno de los leones literarios de América, en los últimos años del siglo veinte. Uno puede seguir creyéndolo hasta que se pone a prueba. Hoy fui probado, y esta noche tuve lo que quería. Incluso creo que si un Mailer o un Roth o un Bellow hubieran estado esta tarde con nosotros, cuando entramos en el invernadero que corre entre Alden Steet y Isle Avenue (donde termina en un alto cerco de tablas cubierto con carteles de PROHIBIDO EL PASO), cualquiera de ellos se habría sentido igual de acobardado ante la tarea de describir lo que había del otro lado de esa puerta. Quizás sólo un poeta —un Wallace Stevens o un T.S. Eliot— hubiera podido realizar la tarea. Pero como ellos no están aquí, tendré que hacer lo mejor que pueda.
La sensación predominante fue la de haber traspasado la frontera a otro mundo, hacia un pesadillesco ecosistema de helechos gigantes, árboles prehistóricos, y lujurioso verdor alienígena. No estoy diciéndote que no reconocí ninguna de las plantas, porque lo hice. Bordeando el pasillo central, por ejemplo, tan atestado que caminar de otra manera que no fuera en fila hubiera resultado casi imposible, estaban lo que tomé como helechos comunes, aunque crecidos hasta un tamaño y altura descomunales (Roger lo confirmó al decirme que en su mayor parte eran Boston anormalmente crecidos y helechos cabellos de doncella). Además de rematar el pasillo en cuyo comienzo estábamos parados, sus presuntos vástagos —rizomas, si recuerdo la palabra que Roger utilizó— serpenteaban como una mata de tentáculos de algún tipo, por entre los agrietados azulejos de un color naranja sucio.
Más allá de ellos y a ambos lados, sobresaliendo en algunos casos toda la distancia que los separaba de los sucios paneles de vidrio del tejado, había palmeras con plantas de bananas (algunas de ellas repletas de diminutos manojos de colgantes plátanos verdes que parecían capullos de insectos), y grandes rododendros, verdes en su mayor parte, aunque florecidos aquí y allá en retorcidas masas de azalea. De alguna manera, estos colosales grupos de vegetación asustaban por su vitalidad; su atestado verdor parecía amenazar, prometiendo provocar en tu cabeza y nariz cada alergia dormida... no sin antes envolverte y aplastarte hasta la muerte, claro. Y estaba caliente. Podría haber treinta grados o así en la oficina, pero aquí rondaba los treinta y cinco o quizá incluso cuarenta. Humeante, además, el aire desprendía humedad.
—Uau —dijo Roger con una voz diminuta, casi jadeante. Se quitó el gabán con los lentos movimientos de un sonámbulo, y yo lo imité. —Por Cristo, Johnny. Por Cristo nuestro Señor. —Empezó a bajar por el pasillo, rozando las ramas que colgaban de los grandes helechos con su chaqueta, que se había echado sobre el brazo, y echando una mirada a su alrededor con ojos dilatádos, incrédulos.
—Roger, quizá no sea una buena idea —dije—. A lo mejor deberíamos... —Pero no me prestaba atención, así que me apresuré detrás de él.
Alrededor de diez metros más allá, un nuevo pasillo cruzaba el que habíamos empezado a recorrer. Como para agregarle un surrealista toque final, había una señal de tránsito plantada en el barro, de este lado de la intersección. Una flecha que apuntaba directamente hacia adelante decía AQUÍ. La otra que apuntaba a ambos caminos a lo largo del cruce del pasillo decía ALLÍ y ALLÁ. Habría sido agradable creer que alguien tenía cierto sentido del humor, quizás inspirado por Lewis Carroll, pero yo, de hecho, no lo creí. Por alguna razón, las señales parecían mortalmente serias. (Aunque admito sin problemas que pudo haber sido tan sólo mi percepción; digamos que no estaba en un estado mental capaz de apreciar el ingenio).
Alcancé a Roger y le sugerí de nuevo que regresáramos. Él pareció no oírme.
—Esto es irreal—dijo—. Johnny, esto es absolutamente irreal.
No podría decidir si me agradó que me llamara Johnny; es un diminutivo que no escucho desde la primaria. En cuanto a la calidad irreal del invernadero de la señorita Barfield, no pareció requerir ningún comentario. Era algo evidente, y no sólo ante nosotros, sino también a nuestro alrededor. Ya sudaba a través de la camisa, y los latidos del corazón me retumbaban en los oídos como un tambor.
—Allí hay un heliotrop —dijo, señalándolo—. Un hibisco está creciendo por detrás él. Absolutamente florecientes. ¿Puedes sentir el olor del 'bisco?
Sentía al hibisco, claro, mas una docena de otras fragancias florales y/o herbáceas, algunas tan suaves como un atardecer en la Polinesia, otras ásperas y amargas. Un abeto enano y un gran árbol de tejo crecían en la esquina donde estábamos parados, pareciendo querer alcanzarnos con sus espesas ramas. Pero por debajo de toda la mezcla de olores estaba aquel otro, ese olor mortuorio y carnoso.

Una ola de calor allá en el sur, pensé. Primero el choque de trenes, luego la falla de energía. Ahora hay cuarenta cuerpos allí abajo, mutilados y comenzando a apestar. Incluso con todas las flores. Algunos de los cadáveres con sus ojos abiertos, polvorientos y blancos, como piedras en un foso seco...
—Roger...
Dejé de mirar el enredo de tejos y abetos (no podía entender por qué razón alguien querría plantar árboles como esos en un invernadero, pero allí estaban) y descubrí que Roger se había ido. Estaba solo.
Entonces vi apenas un atisbo de su gabán a mi derecha, a lo largo del pasillo marcado ALLÍ. Empecé a correr detrás suyo, luego me detuve, metí la mano en mi bolsillo, y saqué un papel arrugado. Era, de hecho, mi copia del memo de Harlow Enders, el de la maníaca petición en que nos decía que o ubicábamos tres bestsellers en el New York Times o salíamos a ventilar nuestros culos flacos a la calle, lo que fuera que resultara más productivo. Arranqué un pedazo del borde del memo, lo estrujé, y lo tiré en el centro de la intersección de AQUÍ, ALLÍ, y ALLÁ. Lo observé rebotar hasta detenerse en los sucios azulejos, y después corrí en busca de Roger. Me sentí como un absurdo Hansel abandonado por Gretel.
En la Calle ALLÍ, los helechos y la hiedra de Boston se apiñaban aun más juntos unos con otros; las hojas hicieron un desagradable sonido susurrante cuando rozaron la tela de mi cada vez más húmeda camisa. Vi delante mío otro revoloteo del gabán, y uno de los zapatos de Roger antes de que girara de nuevo, esta vez a la izquierda.
—¡Roger! —grité— ¿Por el amor de Dios, puedes esperarme?
Arranqué otro pedazo de papel del memo de Enders, lo dejé caer, y troté a lo largo de la nueva senda, siguiendo a Roger. Aquí el camino no estaba flanqueado por helechos pero sí por cactus sobredimensionados, de un verde brillante en sus bases, marchitándose hasta una desagradable sombra amarilla en sus extremos, echando ramas como si fueran brazos corvos, todas ellas acorazadas con gruesas agujas que terminaban en unas puntas asquerosas. Como las ramas de los helechos, éstas parecían meter la mano en el camino. Sin embargo, el rozar de los brazos del cactus no produciría sólo un bajo y susurrante sonido; si llegaras a tocarlos, correría la sangre. Si crecieran un poco más cerca, una persona no podría atravesar el camino, pensé, y entonces se me ocurrió que si Roger y yo intentábamos desandar este sendero, encontraríamos el pasillo obstruido. Este lugar era un laberinto. Una trampa. Y estaba vivo.
Me dí cuenta de que podía escuchar algo más que los latidos de mi corazón. También había un sonido bajo, gorgoteante, como si alguien de pocos modales estuviera sorbiendo una sopa. Sólo que parecían ser un montón de "alguien".
Entonces se me ocurrió otra idea: aquel de adelante no era Roger en absoluto. Roger había sido atrapado en la selva, y yo estaba persiguiendo a alguien que había robado su abrigo y uno de sus zapatos. Estaba siendo atraído, atraído al centro, donde alguna gigantesca planta carnívora esperaba por mí, una boca voladora de venus, una planta carnívora, tal vez algún tipo de parra homicida.
Pero llegué a la esquina siguiente (un cartel señalaba esta triple intersección como AL OTRO LADO, ATRÁS, y MÁS ALLÁ) y Roger estaba allí parado, con el saco ahora colgando de una mano, y con la camisa mojada en su espalda, formando una oscura forma de árbol. Casi esperaba verlo de pie en la orilla de un río selvático, un perezoso afluente del Amazonas o del Orinoco que atravesara lentamente el centro de Central Falls, Rhode Island. No había ningún río, pero los olores eran más densos y picantes, y ese tufo a carne corrompida era aun más fuerte. La combinación era lo suficientemente amarga para hacerme picar la nariz y lagrimear los ojos.
—No te muevas hacia tu derecha —me dijo Roger, hablando de forma casi distraída—. Zumaque venenoso, roble venenoso, e hiedra venenosa. Todos creciendo juntos.
Yo miré y alcancé a ver un aglutinado montón de brillantes hojas, muy verdes, con un poco de malsano color escarlata, que casi parecían gotear sus venenosos aceites. Toca esa mierda y te rascarás durante un año, pensé yo.
—Johnny.

—Tenemos que salir de aquí —dije. Luego agregé: —Es decir, si podemos encontrar nuestro camino.


¿Por qué habíamos entrado aquí, en primer lugar? ¿Por qué, cuándo el tipo que nos señaló el camino estaba tan evidentemente muerto? No tenía ni idea. Debíamos estar embrujados.
Por cierto que Roger Wade parecía embrujado. Pronunció mi nombre de nuevo.
—Johnny —como si yo no hubiera dicho nada.
—¿Qué? —le pregunté, mirando con desconfianza la brillante masa mezclada de roble venenoso, zumaque, y hiedra. Ese sonido absorbente y baboso parecía más cerca ahora. Era la planta devoradora de hombres, sin duda, ansiosa por su comida. Tarta de editores de New York, qué rico.
—Son todas venenosas —dijo con esa misma voz soñadora—. Veneno o alucinógeno o ambos. Ésa es una datura, allí, una mala hierba comúnmente llamada jimson... —señalaba una sucia maraña verde que parecía una piscina de agua estancada— y darlingtonia... un hierbajo joe-pye... allí hay una nicotiana y una belladona... foxglove... euphorbia, la versión peligrosa de una poinsettia... Cristo, me parece que aquella es una cereus de flores nocturnas. —Señalaba una inmensa planta de flores herméticamente cerradas en esa opaca luz gris. Roger se volvió hacia mí—. Y muchas otras que no conozco. Montones de ellas.
—Puede reconocer el anthurium, por supuesto —dijo una voz divertida detrás nuestro.
Nos dimos vuelta y allí estaba esa pequeña mujer de cara varonil y cuerpo bajo y rechoncho, de pelo encanecido. Llevaba puesta una boina de gamuza gris y fumaba un cigarrillo. No parecía acalorada en lo más mínimo.
Esa no es peligrosa, aunque desde ya, las hojas del ruibarbo podrían cortarle la digestión —y no me sorprendería que de manera permanente— y las vainas de la wisteria también son bastante asquerosas. ¿Quién de ustedes es John Kenton?

—Soy yo —le dije—. Y usted es la señora Barfield.


—Señorita —corrigió ella—. No compro esa mierda educadamente correcta. Nunca lo hice. Y su colega no debería estar aquí.
—Lo sé —dije desconsoladamente.
Podría haber agregado algo más, pero antes de que lo hiciera, Tina Barfield hizo algo asombroso. Levantó un pie calzado con un sobrio zapato negro, inhaló del cigarrillo, y lo sostuvo a su lado, donde una pesada rama con vainas de algún tipo que colgaban sobre el sendero (yo ya no podía pensar en él como en un pasillo, por más que estuviera embaldosado con esos resquebrajados restos de azulejos anaranjados; estábamos en la selva, y cuando estás allí son senderos los que sigues, no pasillos... si, es decir, tienes la suerte suficiente como para encontrar uno). Una de las vainas se hendió, transformándose en una boca pequeña, ávida. Se comió el extremo del cigarro que todavía ardía en su mano y luego se cerró de nuevo.
—Buen Dios —dijo Roger con voz ronca.
—Es del tipo de las atrapamoscas —dijo la mujer con indiferencia—. Un bicho tonto que se come cualquier cosa. Uno se imaginaría que podría ahogarse, pero no. Ya que están aquí, permítanme mostrarles algo.
Ella se adelantó y siguió por el sendero, sin siquiera mirar atrás para asegurarse de que la estuviéramos siguiendo... lo cual estábamos haciendo. Dobló a la izquierda, a la derecha, luego a la derecha de nuevo. En todo ese rato aquellos desacompasados sonidos absorbentes se volvieron más poderosos. Noté que ella vestía un traje con pantalones color arándano, todo tan sobrio como sus zapatos. Está vestida, pensé, como una mujer que tiene lugares adonde ir y cosas que hacer.
Puedo recordar ahora lo asustado que estaba, pero sólo de manera imprecisa. Cuán seguro estaba de que nunca saldríamos de ese horrible lugar humeante. Entonces la mujer dobló una última esquina y se detuvo. Nos reunimos con ella.
—Mierda... santa —susurré.

El caminó terminó delante nuestro. O quizás estaba demasiado cubierto de vegetación. Las plantas que bloqueaban el camino eran de un sucio negro grisáceo, y de las flores de sus ramas brotaba —supongo que eran flores— el rosa rojizo de las heridas infectadas. Eran largas, como las azucenas a punto de florecer, y se abrían y cerraban muy despacio, emitiendo esos sonidos succionantes. Sólo que ahora que estábamos allí, ya no sonaba como si succionaran. Parecía como si estuvieran hablando.


Aquí llega un punto en el que la mente se derrumba o se cierra sobre sí misma. Ahora lo sé. Me vi repentinamente colmado de una especie de calma surrealista que nunca antes había experimentado. En cierto nivel, yo sabía que me encontraba allí, observando esas flores horrorosas, que hablaban lentamente. Pero en otro, lo rechacé por completo. Yo estaba en casa. En mi cama. Tenía que estarlo. La alarma no me había despertado, era así de simple. No iba a llegar a la oficina antes que Roger como hubiera querido, pero igual estaba bien. Más que bien. Porque cuando finalmente me despertara, todo esto habría desaparecido.
—En el nombre de Dios... ¿Qué son esas cosas? —preguntó Roger.
Tina Barfield me miró con las cejas levantadas. Era la expresión que pone un maestro al preguntarle al estudiante que debería conocer la respuesta.
—Esas son las Lenguas —dije—. ¿Recuerdas la carta? Decía algo sobre las Lenguas que habían empezado a menearse.
—Bien dicho —dijo la mujer—. Quizá no sea tan estúpido como cuando Carlos entró en contacto con usted.
Por un momento nadie dijo nada. Simplemente nos quedamos los tres mirando esas flores que se abrían y se cerraban, con sus entrañas escarlata parpadeando. El suave sonido susurrante, sin dientes, me hizo sentir como si presionara mis manos sobre los oídos. Casi eran palabras, verás. Una charla casi real.
Oh, mierda. Olvídalo. Era una charla real.
—¿Lenguas? —preguntó Roger por fin.

—Son la lengua de la viuda —respondió Tina Barfield—. Conocida en algunos países europeos como lengua de bruja o la perdición de la vieja arrugada. ¿Tiene idea de sobre qué están hablando, señor Kenton?


—Sobre nosotros —dije—. ¿Podemos salir de aquí? Me siento como si estuviera por desmayarme.
—Y yo también, de verdad —agregó Roger.
—Irnos sería lo más prudente. —Ella señaló con el brazo a su alrededor, como para abarcar a todo ese mundo de plantas húmedas y poderosos hedores—. Éste es un lugar hechizado, y siempre lo fue. Ahora está más hechizado que nunca. De hecho, es bastante peligroso. Pero necesitaban verlo para poder entender. Los Poderes Oscuros se han desatado. El hecho de que fuera un tonto del culo sin cerebro como Carlos quien los liberara da lo mismo. Él lo pagará, por supuesto. Pero mientras tanto, es imprudente provocar demasiado a ciertas fuerzas. Vengan, muchachos.
No me gustó que me llamara muchacho, pero estaba más que ansioso por seguirla, créeme. Ella nos condujo rápidamente y sin vacilaciones. En cierto momento pude ver claramente cómo una raíz que llegaba serpenteando desde el follaje del costado izquierdo de la calle ALLÍ se le enroscaba alrededor del zapato. Ella le dio un tirón impaciente, zafando el pie de la raíz sin echarle siquiera un vistazo. Y durante todo el tiempo podíamos oír ese bajo, susurrante, y absorbente sonido detrás nuestro. Las Lenguas, meneándose.
Yo buscaba los arrugados bollitos de papel que había dejado caer, pero habían desaparecido. Algo los había agarrado, así como la raíz había agarrado el zapato de Tina Barfield, y había arrojado mis señales lejos, en algún lugar entre la maleza.
No estaba sorprendido. Si en ese momento hubiera aparecido entre los arbustos John F. Kennedy paseando del brazo con Adolf Hitler, no creo que me hubiera sorprendido.

Se me terminó el café exprés. Prometí que esta noche me mantendría apartado de la bebida, pero en la cocina tengo una botella de escocés y necesito un poco, después de todo. Ahora mismo. Para propósitos medicinales. Si no logra otra cosa, quizás al menos acabe con el temblor de mis manos. Me gustaría terminar de escribir esto antes de la medianoche.


(más tarde)
Aquí estoy. Gracias a los poderes restauradores del Dewers, terminaré a la medianoche. Y no es que esté siendo demasiado minucioso, créeme. Estoy escribiendo tan rápido como puedo, poniendo todo aquello que siento que es absolutamente esencial... y escribirlo me hace sentir extrañamente bien, como si recuperara alguna emoción que creía perdida para siempre. Todavía estoy devanando los eventos del día, y tengo cierta sensación de haberme librado de mil cosas que siempre asumí como afianzadas —toda una manera de pensar y percibir— pero también siento una innegable alegría. Aunque más no sea, al menos tengo algo que agradecer: el recuerdo de Ruth Tanaka apenas se me cruzó por la mente. Esta noche, cuando pienso en Ruth, me parece muy pequeña, como una persona vislumbrada a través del extremo equivocado de un telescopio. Cosa que, me parece, es un alivio.
Regresamos a la oficina en poco tiempo, siguiendo bien de cerca los talones de Tina Barfield. La oficina parecía calurosa al entrar desde la calle, pero después de volver del invernadero se sentía indudablemente helada. Roger volvió a ponerse su abrigo, y yo lo imité.
El viejo estaba sentado exactamente donde lo habíamos dejado, sólo que con el diario otra vez alzado delante del rostro. Barfield nos llevó más allá de él (lo esquivé al pasar a su lado, recordando esa película de horror donde la mano sale disparada de la tumba y agarra a uno de los adolescentes) hasta una oficina más pequeña.
Este cuarto contenía un escritorio, una silla plegable metálica, y un tablón de anuncios. La superficie del escritorio estaba vacía salvo por un cenicero con un par de colillas aplastadas y un cesto de ENTRADAS/SALIDAS con nada en ambas bandejas. El tablón de anuncios estaba vacío salvo por un pequeño grupo de chinchetas en la esquina inferior. Había unos pocos ganchos para cuadros alrededor de las paredes, cada uno localizado en un cuadrado de empapelado de un color crema vagamente más lustroso. Situadas junto a la puerta había tres maletas preparadas, del mismo color arándano que el traje de la mujer, pero apenas necesité mirarlas para entender que Tina Barfield no se quedaría mucho tiempo más en la Casa de Flores... ni en Central Falls. Supongo que hay algo en el viejo "soretito" Kenton que hace que las personas quieran ponerse sus zapatos boogie para largarse del pueblo. Se trata de una tendencia que comenzó con Ruth, ahora que lo pienso.
Barfield se sentó en la silla junto al escritorio y buscó intensamente sus cigarros en el bolsillo de su chaqueta.
—Les pediría que se sentaran, muchachos —dijo—, pero como pueden ver, los asientos son limitados.—Mientras sacaba un cigarrillo del paquete, miró críticamente a Roger—. Usted se ve como la mierda, señor... no conozco su nombre.
—Roger Wade. Y me siento como la mierda.
—¿No estará por desmayarse, verdad?
—No lo creo. ¿Podría convidarme un cigarrillo?
Ella lo consideró, y luego le ofreció el atado. Roger tomó uno con una mano que estaba bastante lejos de aparentar firmeza. Ella me ofreció el atado. Empecé a rechazarlo, pero tomé uno. En la universidad fumaba como una chimenea —parecía ser lo que tenías que hacer si eras alguien creativo, como dejarte el pelo largo y usar vaqueros— pero no volví a hacerlo desde entonces. Éste parecía ser un buen momento para empezar de nuevo. Como podría decir en el Necronomicon de H.P. Lovecraft, Cuando las Lenguas se menean, verás, el antiguo fumador volverá a sus malignos hábitos; incluso hasta a tres atados un día, él volverá. Y ya que estoy con este tema, también podría confesar que ese exprés doble no fue lo único que compré en la pequeña fiambrería coreana de la vuelta de la esquina; también me anoté un atado de Camels. Sin filtros. Si no elige Ir, si no junta los doscientos dólares, vaya directamente al Cáncer Pulmonar.
La antigua jefa de Carlos sacó una carterita de fósforos de debajo del celofán del paquete, encendió uno, y luego prendió el cigarrillo de John y el mío. Hecho esto, agitó el fósforo, lo dejó caer en el cenicero, rascó otro, y encendió su propio cigarrillo.

—Nunca enciendas tres con un solo fósforo —dijo—. Trae mala suerte. Sobre todo cuando te vas de viaje. Cuando viajen, muchachos, necesitarán toda la suerte que puedan conseguir.


Aspiré una profunda bocanada, esperando que me doliera la cabeza. No me dolió. Ni siquiera tosí. Fue como si nunca lo hubiera dejado. Puede que eso sea todo lo que se necesite decir sobre el estado de mis emociones y de mi mente.
—¿A dónde se va? —le preguntó Roger.
Ella lo miró fríamente.
—No necesita saberlo, amigo mío. Lo que necesita saber puedo decírselo en cosa de cinco minutos. Lo cual es bueno. —Echó un vistazo a su reloj—. Ahora es justo la una y cuarto...
Sobresaltado, miré mi propio reloj. Ella tenía razón. Sólo había pasado una hora desde que nos bajáramos de El Peregrino. Muchas cosas habían pasado desde entonces. Éramos hombres más viejos y más sabios. Y también hombres más asustados.
—... y le dije a la compañía de taxis que mande rápidamente a alguien aquí a la una y media. Cuando esa bocina suene, muchachos, la conferencia habrá terminado.
—¿Usted es una bruja, no es cierto? —pregunté—. Usted es una bruja, Carlos es un brujo, y de verdad hay una especie de aquelarre funcionando en Central Falls. Es como en... —Pero en lo único que podía pensar era en El Bebé de Rosemary, y parecía estúpido.
Agitó su mano con impaciencia, dejando detrás un sendero de humo azul grisáceo.

—No perderemos el tiempo repitiendo siempre lo mismo ¿no? Eso sería tonto. Si quiere llamarme bruja, bien, sí, soy una bruja. Y si quiere llamar aquelarre a un grupo de personas que utilizaban juntos la tabla Ouija y que comían endemoniados sandwiches de jamón, puede hacerlo. Pero no cometa el error de llamar brujo a Carlos. Carlos es un idiota. Pero un idiota peligroso. Un idiota poderoso. Por suerte para ustedes, muchachos, también es una especie de ganso dorado. O podría serlo. Carlos es como alguna de las cosas que hay allí en el invernadero. Como el foxglove, por ejemplo. Cómetelo en los bosques, y tu corazón se detendrá como un reloj de bolsillo barato. Pero si lo procesas y le inyectas...


—Abracadabra —dijo Roger.
—Alcáncele a este chico su muñeca —dijo ella, disgustada—. No tengo tiempo como para contarles la historia completa de las Artes y los Poderes de la Oscuridad, y no lo haría incluso si lo tuviera. Salvo por los geeks y los dweebs, es tan aburrida como cualquier otra. Además, no me creerían ni la mitad.
—Después de lo que vimos allí dentro, un poco le creería —murmuró Roger.
Inhaló el cigarrillo, expulsando el humo por sus fosas nasales, como si fueran dos jets gemelos.
—¡Bolchevique! La gente siempre está diciendo algo así, pero no lo dicen en serio. No lo creerían ni por un minuto. Acéptemelo, muchachote, que usted no se tragaría ni la mitad de la historia. Pero quizá en este momento crea lo suficiente como para prestar atención a lo que le digo. La cual es la razón por la que lo traje aquí, ¿de acuerdo?
Aplastó el cigarrillo en el cenicero y nos miró a través de la nube de humo.
—Lección uno, chicos: sea lo que sea lo que Carlos les haya dicho, tómenlo como la pura verdad. Es demasiado tonto como para mentir. Cualquier cosa que hayan visto en esas fotos que él les envió, considérenlo la pura verdad, también. En cuanto a la planta que les mandó... ¡úsenla! ¿Por qué carajo no? Ustedes tendrían que conseguir algo de este asunto, al menos por la molestia que les causó. Úsenla, tengan cuidado con ella, y no le permitan que crezca demasiado. La Ouija dice A SALVO —yo la consulté— así que, por el momento, ustedes están bien. Habrá derramamiento de sangre, es inevitable, pero a menos que consigan ayuda, las fuerzas oscuras sólo pueden atraparse a si mismas. Con tal de que su nueva planta no obtenga sangre inocente, todo estará tranquilo... por lo menos en el corto plazo. La Ouija dice A SALVO. Aunque claro que si juegan con cuchillos demasiado tiempo, tarde o temprano alguien va a cortarse. No es más que un hecho de la vida. El punto es este: una vez que tengan lo que necesiten, dénle a esa planta una buena ducha de DDT. No sean ambiciosos. Y adios hiedra. Adios Carlos.
—Pero no hay ninguna planta —dije—. Es decir, él me escribió una carta en la que prometía enviarme una, pero usó un seudónimo bastante penoso que descubrí en seguida. Le envié a Riddley, el encargado de nuestra sección del correo, un memo en el que le ordené que la tirara al incinerador, si llegara. Hasta donde yo sé, nunca llegó.
—Vino —dijo Roger disimuladamente.
—¿Lo hizo? ¿Cuándo? Debe haber sido después de que Riddley se fuera al funeral de su mad...
—No —dijo Roger—. Llegó antes. Riddley la tiene en una pequeña maceta, que está casi totalmente desbordada. La maldita cosa se está extendiendo como una cizaña —miró a Tina Barfield—. Si me disculpa la expresión.
—¿Por qué no? Es una cizaña. Una forma de hiedra bastante particular, importada de... bueno, de otro lugar. Dejémoslo ahí, muchachos, ¿qué les parece?
—En el transcurso del discurso rápido, supongo que Buttwheat dijo otay —replicó Roger, y yo solté una sincera y sorprendida carcajada. Uno o dos segundos después, Tina Barfield se nos unió. No nos hizo amigos, Dios sabe que no, pero tranquilizó un poco el ambiente. Restauró el sentido de la lógica, sin importar qué tan ilusorio pudo haber sido.

Roger se volvió a mí, luciendo ligeramente ensalzador.


—Eso era lo que pensaba a mostrarte esta mañana —me dijo—. La planta en el cubículo de Riddley. Sentía curiosidad sobre los memos de Herb y Sandra... y sobre los agradables olores que dijeron que venían de allí... y bajé a echar un vistazo. Yo...
—Quizá, muchachos, puedan ponerse al día con sus cosas cuando vuelvan a New York en el Metropolitano —dijo Barfield—. Estoy segura de que hará que los kilómetros se pasen volando. Yo haría lo mismo. Y el tempus sigue fugit. ¿Alguien quiere un poco más de nicotina?
Ambos aceptamos otro cigarrillo; así que nos convidó. Acto seguido, el ritual de los dos fósforos.
—¿Cómo sabe que nos volvemos en el tren? —le pregunté—. ¿Se lo dijo la OUIJA?
—Leí aquellos libros de Viento Flotante —reveló, sin que viniera a cuento—. El romance está bien, pero lo que realmente me gusta es el sexo rudo. —Nos examinó con ojos brillantes, quizás intentando decidir si alguno de nosotros sería capaz de tener sexo rudo—. Sin embargo, no necesito la tabla Ouija para saber que un par de tipos que trabajan para la compañía que publica eso probablemente no vendrían hasta aquí en avión.
—Muchas gracias, querida —dijo Roger. No parecía divertido; se veía genuinamente enfadado.
—Lo que quiero saber —dije— es por qué está ayudándonos.
—Buena pregunta —coincidió Roger—. Tengan cuidado con los regalos producidos por los griegos y todo eso. Como mínimo, usted se debe estar cagando de risa de nosotros. Después de todo... —echó una mirada a la oficina desnuda— ...por cómo luce esto, parece como si hubiera cambiado su estilo de vida.
—Si —convino, y mostró una sonrisa con dos filas de diminutos pero afilados dientes—. Déjeme fuera de la cárcel, eso es lo que usted quiso decir. Lo que estoy tratando de hacer es retribuirle. También intentar ponerme a salvo de Carlos. De quien, a propósito, muy pronto estarán leyendo la noticia de su muerte. Me sorprende que todavía no haya muerto. Ha salido del círculo protector. Hay cosas allí afuera —señaló con su cigarrillo hacia el invernadero... y también, sospecho, a algún horrible lugar más allá de él—, y están todas hambrientas. Cuando Carlos le envió esas fotos, y su estúpido manuscrito, y finalmente la planta, él se entregó a esas cosas. Pero vivo o muerto, todavía puede atraparme. A menos que, es decir, yo haga un Buen Giro genuino. —Oí claramente las mayúsculas en su voz. Lo mismo hizo Roger; se lo pregunté más tarde—. Que justamente es lo que estoy intentando hacer.
Ojeó de nuevo su reloj.
—Escúchenme, muchachos, y no hagan preguntas. El poder de Carlos le vino de su madre, que no era ninguna tonta... salvo por el ciego amor que sentía por su hijo, quien finalmente consiguió matarla. Desde 1977, cuando pasó aquello, nuestro grupo —el aquelarre, si les gusta, aunque nunca nos llamamos así— ha estado en poder de Carlos Detweiller. Hay una historia de un hombre llamado Jerome Bixby titulada 'Es una Buena Vida.' Léanlo. La situación en esa historia era igual a la nuestra. Carlos asesinó a su madre; por accidente, estoy casi segura, pero de todas formas lo hizo. Mató a Don, mi marido, y ése no fue ningún accidente. Ni tampoco lo que le ocurrió a Herb Hagstrom. Supuestamente, Herb era el mejor amigo de Carlos, pero tuvieron una discusión y hubo un accidente de auto. Herb terminó decapitado.
Roger hizo una mueca. Noté que mi cara hacía lo mismo.
—El resto de nosotros sobrevivió siguiéndole la corriente a Carlos... continuando con sus así llamadas reuniones sagradas, aunque se volvían cada vez más y más peligrosas... y sobrevivimos. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir, muchachos. Nunca lo fue, y nunca lo será.
—El viejo de allí afuera no parece ni siquiera un sobreviviente —dijo Roger.
—Norville —asintió ella—. La última víctima de Carlos. Parece algo sacado de los libros que publican ustedes, ¿no es verdad? Él tenía el corazón latente colgándole directamente del pecho, ¿y saben por qué? ¿Saben cual fue su pecado más grande contra Carlos? Una noche Norv tenía un agasajo —esto fue para finales del año pasado— y renegó de Carlos tres veces, largándose hacia el Crazy Eights. A Carlos le gusta ganarle al Crazy Eights. Él se lo tomó como una... ofensa.
—El señor Keen está bien muerto —murmuré. Es decir, supe que lo estaba, creo que lo supe desde el momento en que bajó su periódico y nos miró con esos horribles y polvorientos ojos, si bien poseían esa dura racionalidad muerta. Al menos de día. Ahora, después de cinco horas en esta Olivetti, descubro que no tengo ningún problema en creérmelo todo. Cuando el sol salga de nuevo eso puede cambiar, pero por ahora no tengo ningún problema en creerlo, para nada.
—Está menos que muerto —corrigió la mujer—. Es un zombie. Es mi fuerza psíquica la que lo mantiene vivo en cierta forma. Cuando me haya ido, él se derrumbará. No es que él vaya a enterarse o sentirse preocupado, Dios lo bendiga.
—¿Y las plantas del invernadero? —preguntó Roger—. ¿Qué hay con ellas?
—Con el tiempo, Rhode Island Electric cortará la electricidad por falta de pago. Cuando las luces se van, el calor se va. Todo allí se morirá. De todas formas, estoy cansada de vender hongos mágicos a un manojo de ciclistas y viejos hippis. A la mierda ellos y los caballos rosas que monten de aquí en adelante.
De afuera llegaron los largos quejidos de una bocina. Tina Barfield se levantó inmediatamente, apagando con vivacidad el resto de su cigarrillo en el cenicero.
—¡Me voy! —dijo—. Los anchos espacios abiertos me esperan. Simplemente llámenme Buckarú Banzai.
—¡No puede irse todavía! —dijo Roger—. Tenemos preguntas...
—Sí-sí-seguro-seguro —dijo ella—. ¿Si un árbol se desploma en el bosque y no hay nadie alrededor para oírlo, hace algún sonido? ¿Si Dios creó al mundo, quién creó a Dios? ¿Realmente John Kennedy se acostó con Marilyn Monroe? Ayúdenme con mis maletas y quizá reciban una respuesta más.
Yo tomé una y Roger dos. Tina Barfield abrió la puerta y entró en la oficina. Norville Keen, el Floricultor Semimuerto de Central Falls, había bajado su periódico de nuevo y estaba mirando fijamente hacia adelante. No, su pecho no se movía. Ni un poco. El hecho de mirarlo me hirió la mente en algún profundo lugar que nunca hasta hoy había sido herido, por lo menos que pudiera recordar.
—Norv —le dijo, y como él no la miró ella dijo algo breve y gutural. ¡Uhlahg! fue como sonó. Fuera lo que fuera, funcionó. Él miró fijo a su alrededor—. Ábrete la camisa, Norv.
—No —dijo Roger, inquieto—. Está bien, no necesitamos...
—A mí me parece que sí —dijo ella—. Mientras vuelvan en el tren, sus formas normales de pensar van a reafirmarse y empezarán a dudar de todo lo que les dije. Esto, creo... esto les pegará directamente en las costillas.—Entonces, aun más nítidamente: —¡Uhlahg!
El señor Keen se desabotonó la camisa, despacio pero con firmeza. La abrió de un tirón y expuso su pecho gris. Corriéndole hacia abajo por su parte central había una horrorosa herida pálida, como una larga boca vertical. Pudimos ver en ella la barra gris y ósea del esternón.
Roger se dio vuelta, con una mano en la boca. Detrás de ella llegó un sonido de tos seca. En cuanto a mí, yo sólo miraba. Y me lo creí todo.
—Abotónate —dijo Tina Barfield, y Norville Keen comenzó a hacerlo, con unos largos dedos que se movían tan despacio como lo hicieran antes. La mujer se volvió a Roger y dijo, con apenas un toque de malicioso humor en su curiosidad: —¿No estará por desmayarse ahora, no?

Muy lentamente, Roger se incorporó. Dejó caer la mano desde su boca. Su rostro estaba blanco pero sereno. No había temblor en sus labios. Entonces me sentí orgulloso de él. Yo estaba aturdido más allá de una reacción como esa, ya lo ves; Roger no lo había logrado, aunque igual consiguió mantener adentro su café y sus rosquillas.


—No —dijo—, pero le agradezco por su preocupación.—Hizo una pausa y luego agregó: —Perra.
—La perra está intentando ser su hada madrina —le dijo ella—. ¿Puede llevarme aquéllas, camarada?
Roger recogió las dos maletas y se tambaleó. Yo tomé una y él me dirigió una sonrisa agradecida y enfermiza. La seguimos hacia el porche. El aire estaba húmedo y friolento —no más de quince grados— pero nunca saboreé un aire que fuera más dulce. Respiré grandes bocanadas de él, aspirando tan sólo los habituales tufos de la polución industrial. Después del invernadero, unos pocos hidrocarburos me parecieron maravillosos. En el bordillo, estaba holgazaneando el Taxi de la Red Top.
—Sólo un par de cosas más —dijo Barfield. Toda ella se veía tan hosca y afectada como una ejecutiva —la misma Sherwyn Redbone, quizás— que estuviera cerrando un trato comercial. Mientras hablaba recorrió el camino, primero los escalones manchados de sal y luego a lo largo de la vereda de concreto resquebrajado—. Primero, cuando escuchen que Carlos está muerto, sigan comportándose como si estuviera vivo... porque por un rato lo estará. Como un tulpa.
—Como el que infestó a Richard Nixon —dije yo.
—Correcto, correcto. —Ella se detuvo junto a los tres escalones que bajaban hacia la acera y me miró muy bruscamente—. ¿Cómo sabe eso? —Y antes de que pudiera contestarle, se contestó a sí misma—. Carlos, por supuesto. Cuando estaba vivo, Norv le decía, 'Carlos, hablarás hasta caerte muerto si no tienes cuidado.' Que está condenadamente cerca de lo que está haciendo. Sin embargo, Carlos no esperará mucho tiempo; no sería capaz de una cosa así. Dos meses, quizá tres a lo sumo. Porque él es tonto. Los cerebros mandan, incluso en el Otro Lado.
Una vez más escuché las mayúsculas. Ella bajó los escalones hasta la acera. El chofer del taxi salió y abrió su portaequipajes. Guardamos las maletas dentro, junto a algunas video caseteras embaladas que parecían, según mi ojo reconocidamente inexperto, que fueran robadas.
—Vuelva para el auto, muchachote —le dijo Tina al conductor—. Pronto estaré con usted.
—El tiempo es dinero, señora.
—No —le dijo ella—, el tiempo no es más que tiempo. Aun así, baje la banderita si lo hace sentir mejor.
El taxista se retiró al asiento del conductor del Red Top. Tina se volvió una vez más a nosotros; una pulcra y pequeña mujer, baja pero ancha de caderas y de espaldas, vestida con su mejor traje de viajes y con su boina de gamuza.
—Trátenlo como si todavía estuviera vivo —recalcó—. En cuanto a la planta, pronto empezará su trabajo...
—Ya comenzó —dije, porque entonces entendí mucho de lo que estaba pasando. Ni siquiera la había visto, pero lo entendí. Herb inhaló un poco de ella y se le ocurrió El General del Diablo. Sandra aspiró otro poco de ella y propuso la idea para un libro de chistes escabrosos.
Barfield enarcó hacia mí una ceja cuidadosamente depilada.
—Como dijo el hombre, 'Hijo, todavía no has comprendido nada.' Necesita sangre para ponerse realmente a funcionar, pero no se preocupe. La sangre invocada es la sangre del mal o la sangre de la locura. Al contrario de nuestras putas cortes, los poderes de la oscuridad no distinguen entre ambas. Y cualquier sangre inocente que beba sólo puede venir de tipos como ustedes. De modo que no se la da cualquiera.
—¿Por quién nos toma? —preguntó Roger.
Ella le lanzó una mirada cínica pero no dijo nada... sobre ese tema, al menos. En cambio, se volvió hacia mí.
—Va a crecer como una hija de puta. Y se va a extender por todas partes, pero nadie lo notará salvo aquéllos que ya estén en su círculo. A cualquier otro, le parecerá nada más que una pequeña e inocente hiedra en una maceta, no muy saludable. Ustedes tienen que mantener a las personas alejadas de ella. Si tienen un área de recepción, refriegen todo con ajo, entre la puerta y las oficinas editoriales. Eso debería mantener a la maldita cosa en su lugar. La gente que quiera ir a sus oficinas más allá del área de recepción deberá ser disuadida. A menos que ustedes no quieran hacer eso, por supuesto; en ese caso invítenlos a tomar una cerveza.
—Una planta invisible —dijo Roger. Parecía estar digiriéndolo.
—Una planta invisible psíquica —agregué, pensando en el General Hecksler.
—Ambas acotaciones son apropiadas —dijo ella—. Y ahora, muchachos, voy poner un huevo en mi zapato y voy a pisarlo. Que tengan un buen día, una buena vida y... oh, casi lo olvido.—Se volvió de nuevo hacia mí—. La OUIJA dice que deje de perder el tiempo. El que usted está buscando se encuentra en la caja púrpura en el estante del fondo. Casi en la esquina. ¿Bien? ¿Lo tiene?
Dio la vuelta hasta la puerta trasera del taxi y la abrió antes de que ninguno de nosotros pudiera decir algo más. No sé Roger, pero a mi me parecía que tenía al menos mil preguntas para hacerle. Apenas sabía cuáles eran.
Se dio vuelta una vez más.
—Escuchen, muchachos. Con esa cosa no se jode. Cuando tengan lo suficiente, mátenla. Y tengan cuidado. Puede leer las mentes. Cuando piensen en matarla, ella lo sabrá.
—¿Cómo, en el nombre de Dios, sabremos cuando tenemos lo suficiente? —dije bruscamente—. No se trata de algo que la gente pueda darse cuenta tan fácilmente.
—Buena pregunta —respondió ella—. Lo admiro por preguntarlo. ¿Y sabe qué? Tengo una respuesta para darle. La OUIJA dice ESCUCHEN A RIDDLEY. Un Riddley con dos "d". Quizá la ortografía esté equivocada, pero la tabla raramente...
—No es un error —dije —él es...
—Riddley es el conserje, señorita Barfield —concluyó Roger.

—Ya le dije que odio esa mierda educadamente correcta —le dijo ella—. ¿No escucha cuando le dicen las cosas? —Y luego ya estaba dentro del taxi. Asomó la cabeza por la ventanilla y dijo: —No me importa si se trata del conserje o de Chester el Molesto. Cuando él les diga que es hora de abandonar, ustedes muchachos se hacen un gran favor y lo dejan todo.—Su cabeza volvió adentro. Un momento después estaba fuera de nuestras vidas. Al menos eso creo.


Me voy a tomar una pausa para un baño, para algún trago más, y después intentaré ponerle un final a esto. Con un poco de suerte, esta noche voy a poder dormir un poco.
11:45 P.M.
Bien, fueron dos tragos, así que denúnciame. Y ahora llegó el momento de ese legendario final.
Roger y yo no hablamos mucho sobre lo sucedido en el camino de regreso. No sé si eso le podrá parecer extraño al que lea estas páginas (ahora que Ruth está fuera de mi vida, no me puedo imaginar quién pueda hacerlo), pero me pareció absolutamente natural, la más normal de todas las reacciones. Nunca he estado en una guerra, pero imagino que las personas que estuvieron en una terrible batalla y salieron indemnes probablemente se comporten como lo hicimos Roger y yo mientras volvíamos a la ciudad en el Metropolitano. Hablamos más que nada sobre cosas que no nos involucraban personalmente. Roger dijo algo sobre el chiflado que le disparó a Ronald Reagan y yo mencioné que leería una galera del nuevo libro de Peter Benchley y que no me gustaba demasiado. Hablamos un poco sobre el clima. La mayor parte del tiempo, sin embargo, permanecimos callados. No comparamos impresiones; no hicimos ningún esfuerzo por reconstruir o racionalizar nuestra visita a la Casa de Flores. De hecho, creo que sólo una vez mencionamos nuestro loco viaje a Central Falls durante todo el paseo de dos horas en el tren. Roger volvió del vagón confitería con bocadillos y Cocas. Me pasó mi parte y yo le dí las gracias. También me ofrecí a pagarle. Roger se rió y dijo que hoy lo anotábamos en la cuenta de gastos: "visitando a un autor potencial" era cómo pensaba documentarlo. Y entonces dijo con un tono de sólo-pregunto-casualmente:

—¿Ese viejo estaba realmente muerto, no?

—No —dije—. Estaba semimuerto.
—Un zombie.
—Exacto.
—Como en Macumba Love.
—No sé qué es eso.
—Una película —dijo—. La clase de cosa que sin duda Zenith House habría novelado si hubiéramos existido en los años cincuenta.
Y eso fue todo.
Un taxi nos llevó desde la Estación Penn hasta el 409 de Park Avenue South, con Roger una vez más exigiendo un recibo y guardándolo cuidadosamente en su billetera. Yo estaba impresionado, créeme.
El taxista nos dejó en la vereda de enfrente, delante de Smiler's. Hay un vagabundo nuevo allí, una vieja señora de áspero pelo blanco, con las dos habituales bolsas de plástico llenas de posesiones improbables, con una taza para que los transeúntes dejaran algo de cambio, y con una guitarra que parecía tener como mil años. Alrededor del cuello llevaba un cartel que decía DEJA QUE JESÚS CREZCA EN TU CORAZÓN. Me estremecí al verlo. Recuerdo haber pensado, espero que un zombie piojoso no me haya vuelto supersticioso, y luego haberme volteado para ocultar una sonrisa. Roger había entrado en la tienda de comestibles, y yo no quería que la señora pensara que me estaba riendo de ella. Esto podría hacer que fuera incómodo el esperar a Roger. A ellos, a la gente sin hogar, no les importa reirse en tu cara. De hecho, creo que les gusta.
—Eh-usted —me dijo con una voz chillona, casi varonil—. Déme-dólar-tocaré-canción.

—Te diré qué —le respondí—. Te daré dos si no lo haces.


—Mierda-sí-trato-hecho —me dijo ella, y por eso fue que Roger me pescó echando dos dólares duros de ganar en la taza de estaño de la señora, justo cuando él salía de la tienda. Tenía una bolsa marrón en una mano y un tubo de aspirinas en la otra. Cuando se acercó a la esquina, abrió el tubo de estaño y sacó varias tabletas. Se las metió en la boca y empezó a masticarlas. El sólo pensar en el sabor me hizo doler los ojos.
—No deberías darles dinero —opinó mientras esperábamos la luz de CAMINAR—. Eso los provoca.
—No deberías masticar aspirinas, tampoco, pero estás haciéndolo —le repliqué. No estaba de humor para sermones.
—Es cierto —respondió, y me ofreció el tubo cuando cruzamos a nuestro lado de la calle—. ¿Quieres probarlas?
Cosa curiosa, lo hice. Tomé un par y me las metí en la boca, odiando y paladeando el sabor amargo de las píldoras, que se disolvían de forma pareja. De detrás nuestro vino un cencerreo discordante de cuerdas de guitarra, seguidas por una voz alta y presumiblemente femenina que empezó a chillar "Sólo Un Paseo a Solas Contigo."
—Adentro, rápido —dijo Roger, sosteniendo la puerta del vestíbulo para dejarme pasar—. Antes de que me empiecen a sangrar los oídos.
El Metropolitano partió tarde de Central Falls y llegó tarde a la Estación Penn —siempre pasa— y el vestíbulo de nuestro edificio estaba casi desierto. Cuando le eché un vistazo a mi reloj en el ascensor, vi que estaba marcando las seis menos cuarto.
—A Bill, a Sandra, y a Herb —dije— ¿qué piensas a decirles?
Roger me miró como si estuviera chiflado.
—Todo —afirmó—. Es lo único que puedo hacer. La planta en el armario de Riddley no es precisamente el Dulce William. Lo cual me recuerda, entre otras cosas, que mañana tenemos que conseguir un cerrajero que cambie la cerradura de esa puerta. ¿Quieres saber en qué consiste mi pesadilla? Que Riddley vuelva del Dulce Hogar de Alabama, muy confiado, dejándose caer por la tarde del domingo...
—¿Por qué lo haría? —le pregunté.

—No tengo ni idea —dijo Roger irritadamente—. Es una pesadilla, ¿no te lo dije? Y las pesadillas muy rara vez tienen sentido. Eso es parte de lo que las hace tan tenebrosas. Quizá quiera verificar que vaciamos los cestos en su ausencia, o qué se yo. De todos modos, entra en su cuarto, y mientras está tanteando el interruptor de la luz, algo se le desliza por el cuello.


No tenía que preguntarle qué clase de cosa. Todo lo que tenía que hacer era recordar la raíz que había deslizado su delgada ramificación alrededor del zapato de Tina Barfield.
Las puertas del ascensor se abrieron en el cinco y caminamos por el corredor, pasando BARCO NOVEL-TEAZ y CRANDALL & OVITZ (un par de antiguos pero aun canibalísticos abogados especializados en litigios y seguros) y mis favoritos, la Agencia de Viajes Dame El Mundo. En el otro extremo, custodiadas por un par de benditos helechos de plástico, estaban nuestras puertas dobles con ZENITH HOUSE y UNA COMPAÑÍA APEX grabado en letras doradas, de un oro tan falso como los helechos.
Roger sacó sus llaves y abrió la puerta. Dentro estaba la oficina de la recepcionista, con un escritorio, una alfombra gris que por lo menos trataba de no parecer industrial, y paredes con carteles de viaje en ellas, que Sandra había conseguido de Rita Durst, de Dame El Mundo. Sin duda otros editores decoraban sus áreas de recepción con las tapas de sus libros ampliadas hasta un tamaño poster, pero una oficina decorada con la portada sobredimensionada de Macho Man: Tormenta de Fuego en Hanoi, con La Luna del Violador, y con Ratas del Infierno seguramente no le habría levantado el ánimo a nadie.
—Mañana es uno de los días de LaShonda —le recordé a Roger. LaShonda McHue viene tres días por semana: lunes, miércoles, y viernes. Raramente se aventura más allá de su escritorio (donde generalmente está limándose las uñas, llamando a sus amigos, o retocándose el pelo con un peine Afro), y cuando Tina Barfield nos habló de "el círculo," no creo que se refiriera a nuestra recepcionista de media jornada.
—Lo sé —dijo Roger—. Por suerte, el cuarto de señoras está pasillo abajo, pasando Novel-Teaz, y ése es el único sitio al que suele ir.

—Pero si algo puede salir mal...


—...saldrá mal —completó él—. Sí, sí. Lo sé—. Lanzó un profundo suspiro.
—¿De modo que vas a mostrarme a nuestra nueva mascota?
—Supongo que sería lo mejor, ¿no?
Me llevó por el pasillo, pasando su oficina y las demás oficinas editoriales. Hicimos un pequeño giro a mano izquierda, donde había dos puertas con la fuente de agua entre ellas. En una de ellas decía CONSERJE; en la otra CORREO Y ALMACÉN. Roger revolvió de nuevo entre sus llaves y puso la correcta en la cerradura del cubículo de Riddley.
—Cerré con llave esta mañana, antes de que nos fuéramos —explicó.
—Dadas las circunstancias, fue una buena medida —dije.
—Ya lo creo —convino. Yo era consciente de que me miraba con curiosidad cuando abrió la puerta. Pero entonces no fui consciente de otra cosa que no fuera el olor. Ese olor celestial.
Mi abuela solía llevarme con ella a la tienda cuando hacía sus compras —ésto fue en Green Bay— y lo que más me gustaba era apretar el botón que hacía funcionar el molinillo de café en el pasillo tres. Lo que sentí entonces fue el maravilloso aroma de un fresco Five O'Clock Dark Roast. Casi podía ver la bolsa con su etiqueta roja, y tuve el recuerdo, tan claro que casi era realidad, de un niñito metiendo su nariz en esa bolsa para hacer una profunda inspiración final antes de cerrarla.
—Oh, es maravilloso —dije con una suave voz que estaba cerca de las lágrimas. Mi abuela ha estado muerta durante casi veinte años, pero durante ese único instante estuvo viva de nuevo.
—¿A qué te sabe a tí? —me preguntó Roger. Parecía algo ansioso—. Para mí es como la tarta de fresa, recién sacada del horno. Aún lo bastante caliente como para fundir la crema del baño.

—A café —le dije, mientras caminaba—. A frescos granos de café. —Incluso podía ver la máquina con su armazón de cromo y sus tres opciones: Fino, Extra-Fino, y Grueso.


Entonces vi el hueco de la puerta, y no pude decir más nada.
Se había transformado en una selva, como el invernadero de Central Falls. Pero mientras que en la selva de Tina Barfield había plantas de muchas clases, aquí sólo había hiedra, hiedra, y más hiedra. Creciendo por todas partes, retorciéndose sobre los mangos de las escobas y limpiadores de ventanas de Riddley, trepando a lo largo de los estantes, corriendo de las paredes al techo, donde se extendía furiosa sobre los azulejos, ramas zigzagueantes de las que colgaban hojas verdes y brillantes, algunas todavía abriéndose. El cubo de trapeador de Riddley se había convertido en una gran maceta, de la que un enorme arbusto de hiedras se elevaban en un enredo de zarcillos, hojas, y...
—¿Qué son esas flores? —pregunté—. Esas flores azules... nunca antes he visto nada que se les parezca, y menos aún en una hiedra.
—Nunca antes has visto algo como esto, y punto —me dijo.
Tuve que admitir que nunca lo había hecho. En uno de los estantes, justo debajo de varias latas de cera para pisos que estaban casi sepultadas bajo una avalancha de hojas verdes, había una diminuta maceta de arcilla roja. Era en la que la planta había venido originalmente. Estaba seguro de eso. Tenía clavada una diminuta etiqueta de plástico. Me incliné hacia ella y leí lo que allí decía a través de un oportuno hueco entre las hojas:




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