La planta, parte uno


Del diario de John Kenton



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Del diario de John Kenton

1 de abril de 1981



Hay una vieja maldición china que dice: "Puedes vivir en tiempos interesantes." Me parece que debe de estar dirigida especialmente a las personas que llevan diarios (y si siguen la resolución de Roger, ese número pronto aumentará a tres: Bill Gelb, Sandra Jackson, y Herb "Dáme El Mundo Y Déjame Manejarlo" Porter). Anoche estuve sentado aquí, en mi pequeña oficina hogareña —que en realidad no es más que un rincón de la cocina a la que le he agregado un estante y una lámpara— aporreando las teclas de mi máquina de escribir durante casi cinco horas. Esta noche no será tan larga; entre otras cosas, tengo un manuscrito para leer. Y voy a leerlo, creo. La docena o así de páginas que terminé en mi camino a casa me han convencido de que éste es el que he estado buscando desde el principio, incluso sin saberlo realmente.
Pero al menos una persona de mis recientes conocidos no lo leerá. Ni aunque fuera tan bueno como Grandes Esperanzas. (No es que fuera a serlo; tengo que recordarme a cada momento que trabajo en Zenith House, no en Random House.) Pobre mujer. No sé si ella nos dijo la estricta verdad sobre eso de querer hacer un Buen Giro, pero aunque nos haya mentido, nadie merece morir así, cayendo desde el cielo y pulverizándose hasta morir dentro de un tubo de acero ardiente.
Hoy fui al trabajo más temprano todavía, con la idea de inspeccionar el cuarto del correo. La OUIJA dice que deje de perder el tiempo, me aseguró ella. El que usted está buscando se encuentra en la caja púrpura en el estante del fondo. Casi en la esquina. Quería revisar ese rincón incluso antes de tomarme el café. Y también echarle otra mirada a Zenith la hiedra, mientras me encontrara allí.
Al principio pensé que esta vez le había ganado a Roger, porque no se escuchaba el clack-clack de su máquina de escribir. Pero la luz estaba encendida, y cuando espié por la puerta abierta de su oficina, allí estaba, sentado detrás del escritorio y mirando hacia la calle.
—Buen día, jefe —saludé. Pensé que estaría listo para empezar el día, pero tan sólo estaba allí sentado en una semi depresión, pálido y desaliñado, como si se hubiera pasado la noche entera agitándose y volviéndose de un lado para el otro.
—Te dije que no le dieras dinero —me dijo sin dejar de mirar la ventana.
Me acerqué y miré para afuera. La vieja señora con la guitarra, la de salvaje pelo blanco y el cartel que decía aquello de permitirle a Jesús crecer en tu corazón, estaba allí de nuevo, delante de Smiler's. Al menos no podía oír lo que cantaba. Con eso era suficiente.
—Parece que tuviste una noche difícil —dije yo.
—La mañana fue más dura. ¿Viste el Times?
Para decir verdad, lo había hecho, aunque nada más que la primera plana. Estaba el acostumbrado informe sobre la condición de Reagan, el acostumbrado material sobre la inquietud en el medio este, la acostumbrada historia de corrupción-en-el-gobierno, y el acostumbra-do consejo de pie de página de apoyo a la Fundación Aire Fresco. Nada que captara tu atención de inmediato. No obstante, sentí que se me erizaban un poco los cabellos de la nuca.
El Times yacía plegado en la mitad de SALIDAS del cesto de ENTRADAS/SALIDAS de Roger. Lo tomé.
—La primera página de la sección B —me indicó, mirando todavía por la ventana. A la vagabunda, probablemente... ¿o a lo que podría llamarse una hembra de la especie de los vagabundetos?
Busqué el Informe Nacional y vi una foto de un aeroplano —o lo que quedaba de él, mejor dicho— en un campo de malezas repleto de partes de la máquina. Al fondo, tras un cerco para ciclones y tontos, se veía un grupo de personas de pie.
—¿Barfield? —pregunté.
—Barfield —asintió Roger.
—¡Cristo!
—Cristo no tiene nada que ver con esto.
Miré el artículo sin leerlo realmente, tan sólo buscando su nombre. Y allí estaba: Tina Barfield de Central Falls, fuente de aquel viejo adagio "si juegas con cuchillos demasiado tiempo, tarde o temprano alguien va a cortarse." O quemarse vivo en un Cessna Titan, podría haber agregado.
—Dijo que estaría a salvo de Carlos si hacía un Buen Giro genuino —comentó Roger—. Esto podría llevar a la conclusión que lo que ella hizo fue justo lo contrario.
—Le creí cuando nos contó todo —dije. Considero que dijo la verdad, pero aunque no lo hiciera, no quería que Roger decidiera eliminar la hiedra que crecía en el armario de Riddley por lo que le había sucedido a Tina Barfield. Asustado como estaba, no quise que hiciera una cosa así. Entonces comprendí —o quizá intuí— que no era eso lo que Roger tenía en mente, así que me relajé un poco.
—En realidad, yo también le creí —confesó—. Al menos estaba intentando hacer un Buen Giro.
—Quizá no lo hizo a tiempo —agregué.
Él asintió.
—Quizá eso fue lo que pasó. Leí la historia corta que mencionó, mientra venía para acá; la de Jerome Bixby.
—'Es una Buena Vida.'
—Exacto. Para cuando llevaba leídas dos páginas, la reconocí como la base de un famoso episodio de La Dimensión Desconocida protagonizado por Billy Mumy. ¿Qué rayos habrá pasado con Billy Mumy?
Me importaba una mierda qué le había pasado a Billy Mumy, pero pensé que sería ser una mala idea decírselo a Roger.

—La historia trata sobre un muchacho que es un super psíquico. Destruye el mundo entero, aparentemente, con excepción de su pequeño círculo de amigos y parientes. Toma a esas personas de rehén, matándolas cuando se atreven a contradecirlo de alguna manera.


Recordé el episodio. El chico no le había arrancado el corazón a nadie ni había hecho que se estrellara ningún avión, pero sí había transformado a un personaje —a su hermano mayor o tal vez a un vecino— en uno de esos muñecos con resorte dentro de una caja. Y cuando hizo un lío, simplemente lo envió bien lejos, y para siempre.
—Basándose en eso, te puedes imaginar cómo debe de haber sido vivir con Carlos —agregó Roger.
—¿Qué vamos a hacer, Roger?
Entonces se volvió desde la ventana y me miró fijamente. Parecía asustado —yo también lo estaba— pero también decidido. Lo respeté por eso. Y me respeté a mí mismo, también.
Creo.
—Si podemos, vamos a lograr que Zenith House produzca intereses rentables —dijo—, y después vamos a estrujar unos nueve galones de tinta negra sobre el ojo de Harlow Enders. Yo no sé si esa planta es o no una versión moderna del árbol de las habichuelas de Jack, pero si llega a serlo, vamos a escalarlo y conseguiremos el arpa dorada, el ganso dorado, y todos los doblones de oro que nos podamos llevar. ¿De acuerdo?
Extendí la mano.
—De acuerdo, jefe.
Él me la estrechó. No suelo tener muchos buenos momentos antes de las nueve de la mañana, al menos en mi vida de adulto, pero ése fue uno de ellos.
—Incluso vamos a ser cuidadosos —me advirtió—. ¿También estás de acuerdo?
—Por supuesto.
Nos quedamos hablando un rato más. Yo quería ir a visitar a Zenith; Roger sugirió que esperáramos a Bill, a Herb, y a Sandra, y que luego vayamos juntos. LaShonda Evans llegó antes que lo hicieran ellos, quejándose de que el área de recepción olía extraño. Roger estuvo de acuerdo, sugiriendo que podría ser el moho de la alfombra, y autorizó un pequeño gasto de dinero para comprar una lata de Glade, que podía adquirirse en Smiler's, cruzando la calle. También le propuso que dejara solos a los editores durante el próximo par de meses; iban a estar todos trabajando muy duro, dijo, tratando de mantener las expectativas de la compañía dueña. Él no le dijo "las poco realistas expectativas," pero ciertas personas pueden cerrar un buen trato sin recurrir a otra cosa que no sea un firme tono de voz, y Roger es uno de ellos.
—No es mi política faltar a la discreción, señor Wade —dijo ella, de pie en la puerta de la oficina de Roger y hablando con gran dignidad—. Usted es normal... y lo mismo digo de usted, señor Kenton... la mayor parte del tiempo...
Se lo agradecí. He descubierto que luego de que tu chica te abandona por algún simplón de la Costa Oeste que probablemente domine Tai Chi, hasta los cumplidos dudosos te suenan bien.
—...pero esos otros tres juegan para el bando de los raros.
Y dicho eso, LaShonda se marchó. Imagino que tenía llamadas que hacer, algunas de las cuales incluso podrían tener que ver con el negocio de la publicación. Roger me miró, divertido, y se acomodó el cabello desarreglado.
—No sabía de qué era el olor —dijo.
—No creo que LaShonda se pase mucho tiempo en la cocina.

—Dudo que lo hicieras si fueras como LaShonda —me dijo Roger—. En la única ocasión que hueles el ajo es cuando el mozo te trae tu Camarón Mediterráneo.


—Y mientras tanto —agregué— tenemos el Glade. Y el tufo del ajo se habrá ido pronto, de todas formas. A menos que, por supuesto, seas un sabueso o una planta doméstica sobrenatural.
Nos miramos durante un instante, y luego reímos a carcajadas. Quizá sólo porque Tina Barfield estaba muerta y nosotros vivos. Suena horrible, lo sé, pero el día mejoró a partir de ese punto; tanto, al menos, que puedo asegurarlo.
Roger había dejado unas pequeñas notas en los escritorios de Herb, Sandra y Bill. Para las nueve y media estábamos todos reunidos en la oficina de Roger, que es el doble del cuarto de conferencias de la editorial. Roger comenzó diciendo que pensaba que tanto Herb como Sandra habían sido ayudados en sus inspiraciones, y sin más preámbulo que ese, les contó la historia de nuestro viaje a Rhode Island. Colaboré tanto como pude. Ambos tratamos de expresar cuán extraña había sido nuestra visita al invernadero, cuán fuera de este mundo, y creo que los tres entendieron la mayor parte de la historia. Sin embargo, cuando llegamos a Norville Keen, creo que ni Roger ni yo pudimos explicar el punto.
Bill y Herb estaban sentados lado a lado en el suelo, como lo hacen a menudo durante nuestras conferencias editoriales, tomando café, y les vi intercambiar una de esas miradas en las que los globos del ojo girando hacia el techo juegan un papel esencial. Pensé en insistir en esa parte, pero no lo hice. Si puedo, imitaré la sabiduría de Norville Keen: "No puedes creer en un zombie, a menos que hayas visto a ese zombie."
Roger terminó el asunto dándole a Bill la sección B del día del The New York Times. Esperamos hasta que se completó la ronda.
—Oh, pobre mujer —dijo Sandra. Se había acomodado en su sillón de oficina y estaba sentada en él con las rodillas rigurosamente juntas. Nada de sentarse en el suelo como la niñita del señor y la señora Jackson—. Nunca vuelo a menos que me vea obligada a hacerlo. Es mucho más peligroso de lo que dicen.
—Esto es una cagada —dijo Bill—. Quiero decir, te aprecio, Roger, pero de verdad es una cagada. Has estado presionado —tú también, John, especialmente desde que te enteraste de lo de tu novia— y, muchachos, me parece que... no lo sé... dejaron volar la imaginación.
Roger asintió como si no hubiera esperado otra cosa. Se volvió hacia Herb.
—¿Tú qué opinas? —le preguntó.
Herb se puso de pie y tiró del cinturón en esa manera tan suya de yo-me-hago-cargo-de-todo.
—Creo que tendremos que ir a echar un vistazo a esa famosa hiedra.
—Yo también —dijo Sandra.
—No se lo estarán creyendo ¿no? —cuestionó Bill Gelb. Parecía tanto divertido como alarmado—. Quiero decir, aún no marquemos el 1-800-HISTERIA-EN-MASA, ¿de acuerdo?
—Ni creo ni dejo de creerlo —dijo Sandra—. No con seguridad. Todo lo que sé es que tuve mi idea del libro de chistes luego de haber estado allí. Después de que olí a galletitas cocinándose. ¿Y por qué olería el cuarto del conserje como la cocina de mi abuela?
—Tal vez por la misma razón que hace que el área de recepción huela a ajo —dijo Bill—. Porque estos tipos han estado bromeando. —Abrí la boca para decir que en el cubículo de Riddley, el día anterior a que Roger y yo hiciéramos nuestro viaje a Central Falls, Sandra había sentido olor a galletas y Herb a tostadas y mermelada, pero antes de que pudiera hacerlo, Bill preguntó: —¿Y qué hay de la planta, Sandy? ¿Viste a una hiedra creciendo por allí?

—No, pero no encendí la luz —respondió ella—. Yo sólo asomé la cabeza, y entonces... no lo sé... me asusté un poco. Como si hubiera algo espectral.


—Era espectral a pesar del olor de las galletitas de la abuela, o debido a él? —preguntó Bill,como si fuera un fiscal de una serie de televisión zamarreando a algún desgraciado testigo de la defensa.
Sandra lo miró altaneramente y no dijo nada. Herb intentó tomarla de la mano, pero ella la puso fuera de su alcance.
Me puse de pie.
—Basta de charla. ¿Por qué describir a un invitado cuando tú mismo puedes ver a ese invitado?
Bill me miró como si yo me hubiera vuelto loco.
—¿Qué cosa?
—Creo que, a su propia e inigualable manera, John está intentando decir que hay que verlo para creerlo —dijo Roger—. Vamos a echar un vistazo. ¿Y puedo sugerirles que mantengan quietas las manos? No es que esté pensando en mordeduras —no las nuestras, de todas formas— pero me parece que lo más sensato es que seamos cuidadosos.
Me pareció un condenado buen consejo. Mientras Roger nos conducía por el pasillo, dejando atrás nuestras oficinas como una pequeña tropa, me encontré recordando las últimas palabras del general conejo en el libro La Colina de Watership de Richard Adams: "¡Vuelvan, tontos! ¡Vuelvan! ¡Los perros no son peligrosos!"
Cuando llegamos al lugar donde el pasillo gira hacia la izquierda, habló Bill:
—Eh, deténganse, sólo un maldito minuto.—Parecía bastante inseguro. Y también un poco impresionado, quizá.
—¿Qué pasa, William? —preguntó Herb, todo inocencia—. ¿Hueles algo rico?
—Palomitas de maíz —respondió. Sus manos estaban aferradas entre sí.
—¿Huelen bien? —preguntó Roger suavemente.
Bill suspiró. Sus manos se abrieron... y de repente los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Huele como El Nórdica —dijo—. El Teatro Nórdica, en Freeport, Maine. Es adonde solíamos ir a ver la función cuando era chico, en Gates Falls. Lo abrían sólo los fines de semana, y siempre había función doble. En el techo había grandes ventiladores de madera que giraban durante la función... whush, whush, whush... y las palomitas de maíz siempre estaban frescas. Palomitas de maíz frescas con auténtica mantequilla en una simple bolsa marrón. Para mí ése siempre fue el olor de los sueños. Yo sólo... ¿esto es una broma? Porque si lo es, díganmelo ahora mismo.
—No es una broma —le aseguré—. Yo siento olor a café. De marca Five O'Clock, y con más fuerza que nunca. ¿Sandra, todavía hueles las galletas?
Ella me miró con ojos soñadores, y justo entonces entendí por qué Herb está tan rotundamente perdido por ella (sí, todos nosotros lo sabemos; creo que incluso Riddley y LaShonda lo saben; la única que ni se enteró es la propia Sandra). Porque ella era bonita.
—No —dijo—, huelo a Shalimar. Fue el primer perfume que tuve en mi vida. Mi tía Coretta me lo regaló para mi cumpleaños, cuando cumplí los doce. —Entonces miró a Bill, y sonrió cálidamente—. Así es como huelen los sueños para mí. A perfume Shalimar.
—¿Herb? —pregunté.
Durante un minuto pensé que no iba a decir nada; estaba decepcionado por la forma en que ella miraba a Bill. Pero luego debió haber decidido que esto era un poco más importante que su interés por Sandra.
—Hoy no se siente como tostadas y mermelada —dijo—. Hoy huele a automóvil nuevo. Para mí ése es el mejor aroma del mundo. Desde que tenía diecisiete años y no me podía permitir el lujo de tener uno, y supongo que todavía deben oler así.
Sandra dijo: —Todavía no puedes permitirte el lujo de tener uno.

Herb suspiró, encogiéndose de hombros.


—Sí, pero... recién encerado... con el cuero nuevo...
Me volví hacia Roger.
—¿Qué pasa con... —Entonces me detuve. Bill sólo estaba añorando, pero Roger Wade lloraba sin reservas. Las lágrimas le corrían por el rostro en dos silenciosos arroyos.
—El jardín de mi madre, cuando era muy pequeño —musitó con una voz espesa y ahogada—. Cómo quería esa fragancia. Y cómo la quise a ella.
Sandra le pasó un brazo por los hombros y le dio un pequeño abrazo. Roger se secó los ojos con una manga e intentó sonreir. Lo hizo bastante bien, demasiado, tratándose de alguien que recuerda a su querida madre muerta.
Ahora Bill avanzó a la cabeza del grupo. Yo dejé que lo haga. Lo seguimos a la vuelta del pasillo hasta la puerta a la izquierda de la fuente de agua, en la que se leía CONSERJE. La abrió, empezó a decir algo astuto —que podría haber sido Salgan, salgan, dondequiera que estén— y luego se detuvo. Sus manos subieron en un involuntario gesto de protección, y después cayeron de nuevo.
—Sagrado Jesús, levántate en la mañana —susurró, y el resto de nosotros nos apiñamos a su alrededor.
Tal como anoté ayer en este diario, el armario de Riddley se había transformado en una selva, salvo que ayer no sabía cómo era exactamente una selva. Sé que debe sonar extraño luego de mi gira al invernadero de Tina Barfield, en Central Falls, pero es cierto. Riddley ya no volvería a tirar los dados allí con Bill Gelb, eso puedo asegurarlo. El cuarto era ahora una masa densamente condensada de brillantes hojas verdes y de vides enredadas que subían desde el suelo hasta el techo. En su interior todavía se alcanzaba a ver algunos destellos de metal y madera —el balde trapeador, el mango de una escoba— pero eso era todo. Los estantes están sepultados. Las luces fluorescentes del techo casi no pueden verse. Los olores que nos asaltaron, aunque agradables, eran casi predominantes.
Y entonces sobrevino un suspiro. Todos lo oímos. Como una especie de susurrante y exhalada bienvenida.
Una avalancha de hojas y tallos cayó a nuestros pies y se extendió por el suelo. Varios zarcillos serpentearon sobre el linóleo. La velocidad con la que sucedió fue atemorizante. Si pestañeabas te lo perdías, como pudo haber dicho mi padre. Sandra gritó, y cuando Herb le pasó los brazos sobre los hombros, a ella no pareció molestarle en lo más mínimo.
Bill se adelantó y movió una pierna hacia atrás, con la evidente intención de darle de puntapiés a las veloces y serpenteantes ramas que salían del armario del conserje. O lo intentó. Roger lo tomó del hombro.
—¡No lo hagas! ¡Déjala tranquila! —le gritó— ¡No quiere lastimarnos! ¿No puedes sentirlo? ¿No te lo dice el olor?
Bill se detuvo, así que supongo que lo sintió. Contemplamos cómo varios zarcillos de hiedra subían por la pared del corredor. Uno de ellos comenzó a explorar los lados de acero gris de la fuente de agua, y cuando esta noche abandoné la oficina, la fuente estaba profundamente enterrada bajo el follaje. Pareciera como si, de ahora en más, aquéllos de nosotros que quisiéramos tomar agua durante el transcurso del día, íbamos a tener que ir a comprar Evian a lo de Smiler's.
Sandra se puso en cuclillas y extendió una mano, de la forma en que uno podría ofrecerle la mano a un perro desconocido para que la olfateara. No me gustó verla haciendo eso, no mientras estuviera tan cerca de la verde avalancha que dejamos salir del armario del conserje. Bajo su sombra, por así decirlo. Tendí la mano para tirar de Sandra hacia atrás, pero Roger me detuvo. Tenía una curiosa sonrisita en su rostro.

—Déjala —me dijo.


Un zarcillo tan grueso como una rama se separó del casi sólido grupo de masa verde y pasó a través de la puerta. Palpitando, se extendió hacia Sandra, pareciendo olfatear su camino hasta ella. Se deslizó alrededor de su muñeca y ella abrió la boca. Herb comenzó a adelantarse y Roger lo hizo volver atrás de un tirón.
—¡Déjala sola! ¡Está todo bien! —le dijo.
—¿Puedes jurarlo?
Los labios de Roger se apretaron tanto que casi desaparecieron.
—No —respondió con una vocecita—. Pero lo creo.
—Todo está bien —dijo Sandra, soñadoramente. Observaba cómo el zarcillo le resbalaba delicadamente por el brazo desnudo en una espiral verde y marrón, como acariciándole la piel desnuda mientras lo hacía. Se veía como algún tipo de serpiente exótica—. Dice que es un amigo.
—Eso es lo que los conquistadores le dijeron a los indios —agregó Bill, friamente.
—Dice que me ama —afirmó ella, ahora sonando casi en éxtasis. Contemplamos cómo el extremo del movedizo zarcillo se deslizaba bajo la corta manga de su blusa. Una pequeña hoja verde cercana a la punta se metió por debajo y alzó un poco la tela. Era como ver en acción a un nuevo tipo de fakir hindú, un encantador de plantas en lugar de un encantador de serpientes—. Dice que nos ama a todos. Y dice... —Otro zarcillo serpenteó flojamente alrededor de una de sus rodillas, y enseguida se le deslizó tiernamente por la pantorilla, como un rollo flojo.

—Dice que uno de nosotros está perdido —dijo Herb. Miré alrededor y vi que los zapatos de Herb habían desaparecido. Estaba parado sobre la hiedra, hundido hasta los tobillos.


Roger y yo caminamos hasta la puerta del armario y nos quedamos allí, con las hojas rozándonos las pecheras de nuestras chaquetas. Pensé en qué fácil le resultaría a esa cosa agarrarnos de las corbatas. Un par de buenos tirones, y listo: dos editores estrangulados con sus propias corbatas. Entonces varios rollos de hiedra se enroscaron alrededor de mis muñecas como si fueran pulseras desabrochadas, y todos esos paranoicos y temerosos pensamientos me abandonaron.
Ahora, sentado en el escritorio de mi apartamento y aporreando mi vieja máquina de escribir (fumando una vez más como un horno, lamento decirlo), no logro recordar exactamente qué fue lo que pasó después... excepto que fue cálido y reconfortante y algo más que agradable. Fue encantador, como tomar un baño caluroso cuando te duele la espalda, o como sorber cubitos de hielo cuando tienes la boca caliente y la garganta seca.
No sé qué es lo que habría visto un intruso. Probablemente no demasiado, si Tina Barfield dijo la verdad cuando contó que nadie podría verla salvo nosotros; el intruso probablemente sólo hubiera visto a cinco editores ligeramente desaliñados, cuatro de ellos del lado de los juveniles (y a Herb, quien rondando los cincuenta, parecería joven en una mesa de conferencias en una editorial más respetable, donde las edades de la mayoría de los editores estarían entre los sesenta y cinco y la muerte), parados alrededor de la puerta del armario del conserje.
Lo que nosotros vimos fue eso. A la planta. Zenith la hiedra común. Ahora se había extendido (y relajado) alrededor nuestro, tanteando con sus zarcillos a lo largo del corredor y trepando por las paredes con sus rizomas, tan ávida y juguetona como un potro al que dejan salir del establo en una cálida mañana de mayo. Tenía atrapados los dos brazos de Sandra, tenía mis muñecas, y tenía a Bill y a Herb por los pies. A Roger le había crecido un verde y flojo collar, y no parecía angustiado en absoluto por eso.
Lo vimos y lo experimentamos. Tanto al hecho físico como al tranquilizante efecto mental de su presencia. El que lo experimentemos de la misma manera nos unió de una forma que nos convirtió en un coro mental pequeño pero perfecto. Y sí, lo que digo es exactamente lo que parezco estar diciendo, ya que mientras estuvimos de pie bajo el poder de todos esos delgados pero resistentes zarcillos, compartimos un eslabón telepático. Vimos en cada mente y corazón de los demás. No sé por qué eso me tendría que parecer tan asombroso después de todo lo que había sucedido —sin ir más lejos, ayer vi a un hombre muerto leyendo un periódico— pero lo cierto es que me lo parece.
Zenith había preguntado por Riddley. Parecía tener un interés especial en el hombre que la había aceptado, le había dado un lugar en el que poder crecer, y el agua suficiente para permitirle un frágil simulacro de vida. Él (¿ella? ¿eso?) nos aseguró en nuestro coro de voces que Riddley estaba bien, que Riddley estaba lejos pero que regresaría pronto. La planta parecía satisfecha. Los zarcillos que sostenían nuestros brazos y piernas (por no mencionar el cuello de Roger) se aflojaron. Algunos cayeron al suelo, otros simplemente se retiraron.
—Vamos —dijo Roger en voz muy baja—. Salgamos de aquí.
Pero durante un momento nos quedamos allí parados, mirando maravillados. Pensé en lo que nos dijera Tina Barfield, aquello de que le diéramos a la planta una buena ducha de DDT cuando termináramos con ella, una vez que ya hubiéramos conseguido lo que necesitáramos de ella, y por un instante realmente me alegré de que la mujer estuviera muerta. La perra de corazón frío se merecía estar muerta, pensé. El hecho de hablar de matar algo que era tan poderoso e incluso tan obviamente dócil y amistoso... dejando la razón de lado, es algo enfermizo.
—De acuerdo —dijo Sandra por fin—. Vamos, muchachos.
—No puedo creerlo —dijo Bill—. Lo veo pero no lo creo.
Salvo que todos sabíamos que lo creía. Lo habíamos visto y sentido en su mente.

—¿Qué hacemos con la puerta? —preguntó Herb—. ¿La dejamos abierta o cerrada?


—No te atrevas a cerrarla —dijo Sandra, indignada—. Si lo hicieras le cortarías algunas de sus ramitas.
Herb cruzó la puerta y miró a Bill.
—¿Estás convencido, O Doubting Thomas?
—Sabes que lo estoy —dijo Bill—. No sigas insistiendo, ¿de acuerdo?
—Nadie va a insistir —dijo Roger bruscamente—. Tenemos cosas más importantes que hacer. Ahora vengan.
Nos llevó de nuevo hacia la Editorial, alisándose la corbata y acomodándosela bajo el cinturón mientras se iba. Yo me detuve solo una vez, en la curva del corredor, y miré hacia atrás. Estaba convencido de que se habría ido, de que toda la situación había sido algún tipo de alucinación de los cinco sentidos, pero sin embargo seguía allí, una verde inundación de hojas y un enredado montón pardusco de vides flexibles, una buena cantidad de ellas arrastrándose ahora por la pared.
—Asombroso —susurró Herb a mi lado.
—Sí —reconocí.
—¿Y toda esa historia de lo que ocurrió en Rhode Island? ¿Todo eso es cierto?
—Es todo verdad —asentí.
—Vamos —nos llamó Roger—. Tenemos mucho de qué hablar.
Empecé a moverme, pero entonces Herb me tomó del brazo.
—Casi estoy deseando que el viejo Tripas de Hierro no haya muerto —me dijo— ¿Puedes imaginarte cómo le haría volar la mente una cosa como esta?
No supe qué decirle, pero lo estuve pensando bastante, sobre todo lo que tiene que ver con la nota de Tina Barfield.
Volvimos a la oficina de Roger, con él detrás de su escritorio, yo en una silla a su lado, Sandra en su sillón, y Bill y Herb una vez más sentados en la alfombra, con las piernas estiradas y las espaldas contra la pared.
—¿Alguna pregunta? —consultó Roger, y todos negamos con la cabeza. Quien lea este diario —alguien ajeno a estos eventos, en otras palabras— no dudaría en encontrarlo increíble: ¿cómo pudiera ser, en el nombre de Dios, que no haya preguntas? ¿Cómo pudimos haber evitado perder como mínimo el resto de la mañana especulando sobre el mundo invisible? ¿O más probablemente el resto del día?
La respuesta es muy simple: debido a la mezcolanza de mentes. Habíamos llegado a una mutua comprensión que pocas personas pueden lograr. Y también está el pequeño hecho de que tenemos que salvar un negocio —nuestros cupones de comida, si quieres rebajarte y llamarlo de esa forma. Rebajarse me parece más fácil desde que Ruth me pateó; quizás mi meticulosidad sea la próxima en abandonarme. Eso espero, de todas formas. Te diré algo sobre los legendarios cupones de comida, ya que estoy en el tema. Te preocupan cuando estás en peligro de perderlos, pero no te pones realmente frenético hasta que estás en peligro de perderlos y además comprendes que a lo mejor puedes salvarlos. Si es que, es decir, te mueves con la suficiente rapidez y no te tropiezas. La fatalidad es una acicate. Nunca antes lo supe, pero ahora sí lo sé.
Y una cosa más sobre aquello de "que no haya preguntas". La gente puede acostumbrarse casi a cualquier cosa: a la cuadriplegia, a la caída del cabello, al cáncer, incluso a descubrir que su querida hija única se unió a los Hare Krishnas y actualmente está en el Stapleton Internacional con un atractivo pijama naranja tratando de convertir a los viajantes comerciales. Nos adaptamos. Una invisible hiedra telepática es sólo una cosa más a la que acostumbrarse. Tal vez más tarde nos preocupemos por las ramificaciones. Pero en ese momento teníamos un par de libros en los que trabajar: Los Chistes más Enfermos del Mundo y El General del Diablo.
El único de nosotros que tuvo problemas en seguir con el programa era Herb Porter, y su distracción no tenía nada que ver con Zenith la hiedra común. Al menos no en forma directa. Continuó lanzándole consternadas miradas de reproche a Sandra, y gracias a la mezcolanza de mentes, supe por qué. Bill y Roger también lo supieron. Parece que durante el último medio año o cosa así, el señor Riddley Walker de Bug's Anus, Alabama, ha estado encerando algo más que los pisos aquí en Zenith House.

—¿Herb? —preguntó Roger—. ¿Estás con nosotros o en cualquier lado?


Herb miró sobresaltado alrededor, como un hombre al que despiertan de un sueño ligero.
—¿Huh? ¡Sí! ¡Por supuesto!
—No creo que lo estés, no del todo. Y te quiero con nosotros. La cubierta de la buena de Zenith se ha llenado de terribles filtraciones, en caso de que no lo hayas notado. Si queremos impedir que se hunda, necesitaremos que todas las manos se pongan a trabajar en las bombas. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Lo entiendo —dijo Herb tétricamente.
Sandra, entretanto, le echó una mirada que no contenía otra cosa que no sea perplejidad. Creo que ella sabe lo que Herb sabe (y que todos nosotros sabemos). Ella no puede entender por qué, en el nombre de Dios, Herb se habría afligido. Los hombres no entienden a las mujeres, sé que eso es cierto... pero las mujeres no entienden en lo absoluto a los hombres. Y si lo hicieran, probablemente no tendrían mucho que ver con nosotros.
—Bien —dijo Roger—, supongo que nos dirás que, al menos, algo estarás haciendo con el libro del General Hecksler.

Para deleite y asombro de Roger, se había avanzado mucho en la biografía de Tripas de Hierro, y en un tiempo muy corto. Mientras Roger y yo estábamos en Central Falls, Herb Porter fue como una pequeña abeja ocupada. No sólo comprometió a Olive Barker como escritora fantasma de El General del Diablo, sino que consiguió su solemne promesa de entregar un primer borrador de sesenta mil palabras en sólo tres semanas.


Sería demasiado moderado decir que me quedé sorprendido por esta rápida acción. En mi experiencia anterior, Herb Porter sólo se movía rápidamente cuando Riddley venía por el pasillo gritando, "Rosquillas de lo de Dey en la cocinita, y eyas etán muy buenas! ¡Rosquillas de lo de Dey en la cocinita, y eyas etán muy buenas!"

—Tres semanas, hombre, no lo sé —dijo Bill, como dudando—. Aún si dejamos de lado su ataque de apoplejía, Olive tiene aquel problemita.—Hizo el gesto de tragarse un manojo de píldoras.


—Ésa es la mejor parte —explicó Herb—. Mademoiselle Barker está limpia, por lo menos de momento. Va a esas reuniones y todo. Ya sabes que, cuando estaba bien, fue siempre la más rápida escritora a pedido que tuvimos.
—Y una copiona honesta, también —dije—. Por lo menos solía serlo.
—¿Piensas que puede mantenerse limpia durante tres semanas?
—Lo hará —aseguró Herb de forma severa—. Durante las próximas tres semanas, seré el asistente personal de Olive Barker. Me llamará tres veces por día. Si llego a oir tan solo una s arrastrada, me le voy a aparecer con un bombeador de estómagos. Y un paquete de enemas.
—Oh, por favor —se quejó Sandra, haciendo muecas.
Herb la ignoró.
—Pero eso no es todo. Esperen.
Se lanzó hacia afuera, cruzó el pasillo hacia el glorificado armario que es su oficina (en una pared tiene una fotografía tamaño póster del General Anthony Hecksler a la que Herb le tira dardos cuando está aburrido), y regresó con un fajo de papeles. Se veía extrañamente tímido cuando los puso en las manos de Roger.
En lugar de mirar el manuscrito —porque por supuesto de eso se trataba— Roger miró a Herb, las cejas levantadas.
Por un momento pensé que Herb estaba sufriendo una reacción alérgica, quizás como resultado de cierta sensibilidad de la piel a las hojas de la hiedra. Entonces comprendí que se estaba ruborizando. Lo vi, pero la idea todavía me parece extraña, como pensar en Clint Eastwood sollozando en el regazo de su mamá.
—Es mi informe sobre el asunto de Veinte Flores Psíquicas de Jardín —dijo Herb—. Me parece que es bastante bueno, de verdad. Solamente un treinta por ciento es realmente verídico; nunca agarré a Tripas de Hierro ni lo puse de rodillas cuando se presentó aquí amenazando con un cuchillo, por ejemplo...
Bastante cierto, pensé, si se tiene en cuenta que Hecksler nunca se presentó aquí, por lo que sabemos, ni una sola vez.
—... aunque le hace bien a la narración. Yo... estaba inspirado.
—Herb bajó el rostro por un instante, como si la idea de la inspiración lo sacudiera de un modo vergonzoso. Entonces levantó la cabeza de nuevo y echó una mirada alrededor, mirándonos desvergonzadamente—. Por otro lado, el maldito chiflado está muerto, y no espero tener problemas por el lado de su hermana, sobre todo si la traemos a la tienda para ayudar con el libro y le pasamos un par de cientos para su... bien, llámenlo ayuda creativa. —Roger estaba pasando las hojas que Herb le había entregado, ignorando este desborde de verborragia.
—Herb —se asombró—. Hay... por lo que más quieras, hay treinta y ocho páginas aquí. Eso significa cerca de diez mil palabras. ¿Cuándo las escribiste?

—Anoche —respondió, mirando hacia el piso de nuevo. Sus mejillas estaban más encendidas que nunca—. Te lo dije, estaba inspirado.


Sandra y Bill parecían impresionados, aunque no tanto como lo estaba yo. Hasta donde sé, sólo Thomas Wolfe era un hombre de diez mil palabras por día. Por cierto que opaca mis lastimosos claqueteos en esta Olivetti. Y cuando Roger hojeó las páginas de nuevo, vi menos de una docena de borrones y tachaduras. Dios, debe haber estado realmente inspirado.
—Esto es extraordinario, Herb —dijo Roger, y no había ninguna duda de la sinceridad de su voz—. Si está bien escrito —y basándome en tus memos y resúmenes tengo razones para pensar que será asi— éste va a ser el corazón del libro. —Herb se ruborizó nuevamente, aunque me parece que esta vez de placer.

Sandra estaba mirando su manuscrito.


—Herb, piensas que pudiste escribirlo tan rápido... quiero decir, crees que tiene algo que ver con.... ya sabes...
—Seguramente —dijo Bill—. Tiene que estar relacionado. ¿No lo crees, Herb?
Yo podía notar cómo luchaba Herb para obtener todo el prestigio por las diez mil palabras que iban a formar el nudo dramático de El General del Diablo, y entonces (juro que es verdad) pude percibir que sus pensamientos se dirigían hacia la planta, a la espectacular viveza que desplegó cuando Bill Gelb abrió la puerta de repente y se desparramó fuera del armario.
—Por supuesto que fue la planta —admitió—. Quiero decir, tiene que haber sido. Nunca he escrito algo tan bueno en mi vida.
Y pude imaginarme quién iba a ser el héroe de la obra, pero mantuve la boca cerrada. En ese tema, al menos. En otro, creí prudente abrirla.
—En la carta que me envió Tina Barfield —intervine— decía que cuando nos enteráramos de la muerte de Carlos, no lo creyéramos. Luego agregó, 'Como la del General.' Se los repito: 'Como la del General.'
—Eso es pura mierda —dijo Herb, aunque parecía intranquilo, y mucho del color huyó de sus mejillas—. El tipo se arrastró por un maldito horno de gas y se aplicó un funeral vikingo. Los polis encontraron sus dientes de oro, cada uno de ellos grabado con el número 7, por el 7º Regimiento. Y por si eso fuera poco, también encontraron el encendedor que le dio Douglas MacArthur. Él nunca lo habría abandonado. Nunca.
—De modo que quizá esté muerto —dijo Bill—. Según Roger y John, este tal Keen también estaba muerto, aunque todavía seguía lo suficientemente vivo como para leer los avisos de autos usados en el periódico.
—Sin embargo, el señor Keen sólo tenía el corazón colgándole del pecho —dijo Herb. Habló casi con indiferencia, como si tener el corazón colgando del pecho fuera aproximamente lo mismo que arrancarse una uña con la tapa del baúl del auto—. De tripas de Hierro no quedó nada, salvo cenizas, dientes, y unos montoncitos de huesos.
—Sin embargo, está ese asunto del tulpa —le recordó Roger. Todos nos sentamos alrededor y discutimos ese tema con una calma absoluta, como si se tratara de la trama del más reciente libro de bichos gigantes de Anthony LaScorbia.
—¿Qué es un tulpa exactamente? —preguntó Bill.
—No lo sé —dijo Roger—, pero lo sabré mañana.
—¿Lo sabrás?
—Sí. Porque esta noche, antes de que te marches a casa, vas a investigar el asunto en la Biblioteca Pública de New York.
Bill gimió.
—¡Roger, eso no es justo! Si hay un tulpa de tipo militar allá afuera, es el tulpa de Herb.
—A pesar de eso, esta investigación en particular te pertenece —le aseguró Roger, y le echó una severa mirada a Bill—. A Sandra se le ocurrió el libro de chistes y a Herb el libro del chiflado. Me debes una inspiración. Y mientras tanto, espero que me investigues el maravilloso mundo de los tulpas.
—¿Y qué hay con él? —preguntó Bill, enfurruñado. Y me señaló a mí.
—John también tiene un proyecto —le respondió Roger—. ¿No es así, John?
—En eso estoy —repliqué, recordándome de nuevo no irme a casa sin sumergirme en la polvorienta atmósfera del cuarto del correo, al menos una vez más. Según Tina, lo que yo había estado buscando estaba en una caja purpúra, en el estante del fondo, y casi en la esquina.
No, no según Tina.
Según la OUIJA.
—Es hora de ir a trabajar —dijo Roger—, pero quiero hacerles tres sugerencias antes de dejarlos en libertad. La primera es que se mantengan alejados del armario del conserje, sin importar cuán atraídos hacia él puedan sentirse. Si el impulso se vuelve irresistible, hagan lo que hacen los adictos: llamen a alguien que tenga el mismo problema para hablar sobre eso hasta que pase el impulso. ¿De acuerdo?
Sus ojos nos barrieron: Sandra sentada una vez más, tan pulcra y remilgada como una novata en su primera reunión social de mujeres; Herb y Bill lado a lado en el suelo, el señor Stout y el señor Narrow. Roger me miró por último a mí. Ninguno de nosotros dijo nada en voz alta, pero Roger igual nos oyó. Así es como están las cosas en Zenith House. Es asombroso, y la mayor parte del mundo sin duda lo encontraría abrumadoramente increíble, pero así están. Para bien o para mal. Y como lo que él oyó era lo que quería escuchar, Roger asintió y se echó hacia atrás en su sillón, algo más aliviado.
—Segunda sugerencia. Pueden sentir la necesidad de contarle a alguien fuera de esta oficina lo que ha ocurrido aquí... lo que está ocurriendo. Les suplico con todo mi corazón que no lo hagan.
No tiene por qué preocuparse. No lo haremos, ninguno de nosotros. Es por una cuestión de simple naturaleza humana el querer confiar un gran y maravilloso secreto a quien consideras un amigo íntimo, pero éste no es el caso. Y no necesité de la telepatía para saberlo; lo vi en sus ojos. Y recordé algo bastante desagradable de mi niñez. Había un chico que vivía en mi misma calle, que de ningún modo podía considerarse uno de los más simpaticos del mundo; se llamaba Tommy Flannagan. Era flaco como un riel. Tenía una hermana, tal vez uno o dos años menor, que era bastante molesta. Y a veces él la perseguía hasta hacerla llorar, gritándole ¡Tragona, tragona, tra-tra-tra-gona! No sé si la pobre Jenny Flannagan era una tragona o no, pero lo que sí sé es que eso es lo que parecíamos nosotros cinco: un grupo de editores tragones sentados en la oficina de Roger Wade.
Esa mirada me obsesiona, porque estoy seguro de que también estaba en mi cara. La planta te hace sentir bien. Emana olores agradables. Su toque no es ni viscoso, ni repulsivo; se siente como una caricia. Una caricia que ofrece vida. Ahora, sentado aquí, con los ojos entrecerrados luego de otro largo día (y todavía tengo algo para leer, si es que alguna vez llego a terminar esta entrada), desearía poder sentirla de nuevo. Sé que me daría fuerzas y me reanimaría. Y ya que estamos, algunas drogas también te hacen sentir bien, ¿no es así? Incluso mientras te están matando, te hacen sentir mejor. Quizá no tenga sentido, quizá sea una reminiscencia puritana, como una memoria racial, o quizá no. En realidad no lo sé. Y de momento, supongo que no interesa. Todavía...
Tragona, tragona, tra-tra-tra-gona.
En la oficina hubo un momento de silencio y luego Sandra dijo:
—Nadie va desperdiciar los frijoles, Roger.

Bill:
—Tampoco se trata nada más que de salvar nuestros empleos en este piojoso molino de pulpa.


Herb:
—Queremos tratar a ese imbécil de Enders tan mal como lo hizo contigo, Roger. Créenos.
—De acuerdo —dijo Roger—. Lo que me lleva a la última sugerencia. John ha estado llevando un diario personal.
Yo casi salté de mi asiento y empecé a preguntarme cómo lo supo —no se lo había contado—, pero comprendí que ya no necesitaba hacerlo. Gracias a Zenith, de allí de la región de Riddley Walker, ahora sabemos mucho sobre cada uno de los otros. Más de lo aconsejable, probablemente.
—Es una buena idea —prosiguió Roger—. Les sugiero que todos comiencen a llevar diarios.
—Si realmente vamos a trabajar en la producción de un nuevo grupo de libros, no voy a tener tiempo ni para lavarme el pelo —refunfuñó Sandra. Como si hubiera sido puesta a cargo de la corrección de un manuscrito recientemente descubierto de James Joyce en lugar de Los Chistes Más Enfermos del Mundo.

—Sin embargo, les aconsejo encarecidamente que encuentren tiempo para eso —advirtió Roger—. Escribirlos puede llegar a ser innecesario si las cosas resultan tal como lo esperamos, pero podrían llegar a ser inestimables si no... bueno, digamos que no tenemos una idea demasiado clara de con qué fuerzas estamos jugando aquí.


—Él que toma a un tigre por la cola no se atreve a soltarla —agregó Bill. Lo dijo en una especie de murmullo malvado.
—Tonterías —dijo Sandra—. Es sólo una planta. Y es buena. Lo sentí muy intensamente.

—Muchas personas creyeron que Adolf Hitler era tan sólo una abejita —le dije, con lo que me gané una cortante mirada de la señorita.


—Sigo volviendo a lo que dijo Barfield, aquello de que la planta necesita sangre para ponerse realmente en marcha —dijo Roger—. La sangre del mal o la sangre de la locura. En realidad no lo entiendo, y no me gusta nada. La idea de que estemos cultivando una parra vampiro en el armario del conserje...
—Y no sólo en el armario del conserje —agregué yo, ganándome fieras miradas de Sandra, de Herb, y de Bill, quien más que confundido se veía inquieto.
—Hasta el momento no probó sangre de ningún tipo, eso es todo —dijo Roger—. Por ahora las cosas están sucediendo según nuestros propósitos —se aclaró la garganta—. Creo que estamos jugando con explosivos de alto riesgo aquí, señores, y en un caso así, llevar un registro puede llegar a ser conveniente. Notas y apuntes es todo lo que les estoy pidiendo.
—Es probable que si alguna vez llegaran a leerse esos diarios en la corte nos hagan terminar en Oak Cove —dijo Herb—. Allí terminó el chiflado de Tripas de Hierro, por si alguno lo olvidó.
—Es preferible Oak Cove que Attica —dije yo.
—Eso es alentador, John —dijo Sandra—. Es muy alentador.
—No te preocupes, cariño —dijo Bill, extendiendo la mano y palmeándole un tobillo—. Me parece que a las damas las envían a Ossining.
—Sí —dijo ella—. Donde puedo descubrir las delicias de un tonto amor con un jovencito de ciento treinta kilos.
—Ya está bien, suficiente —soltó Roger con impaciencia—. Es una precaución, nada más. En realidad no hay ningún costado oculto en esto. No si andamos con cuidado.

No fue hasta entonces que comprendí cuán desesperadamente Roger quiere que Zenith House se recupere, ahora que tiene la oportunidad. Cuánto desea salvar su reputación, ahora que existe la indudable oportunidad de salvarla. Otra vez recordé a aquel general conejo gritando, "¡Vuelvan, necios! ¡Los perros no son peligrosos!"


Opino que, en los días y semanas por venir, Roger Wade se mantendrá alerta. Los demás también. Y yo, por supuesto.
Tal vez yo más que todos.
—Creo que estoy preparado para unas pequeñas vacaciones en Oak Cove, de todas formas —bromeó Bill—. Siento como si estuviera leyéndoles las mentes, muchachos, y eso me está volviendo loco.
Nadie dijo nada. Nadie necesitó decirlo.
Querido diario, pasemos al siguiente punto.
Me pasé el resto del día reanudando mi existencia más o menos normal. Eliminé una larga y aburrida escena de una fiesta nocturna en la última novela de Viento Flotante de Olive y, atento a la difunta Tina Barfield, admití una escena de sexo rudo que ciertamente era rudo (en un momento dado un objeto inanimado es colocado en un dudoso lugar con dudosos y extasiantes resultados). Rastreé a una consejera culinaria a través de la Biblioteca Pública de New York, y accedió, por la suma de cuatrocientos dólares (un lujo que apenas podemos permitirnos) a indagar entre las recetas de Tu Nuevo Libro de Cocina Astral, de Janet Freestone-Love, para tratar de cerciorarme de que no hay nada venenoso allí. Habitualmente, los libros de cocina son máquinas de hacer dinero, incluso los malos, pero poca gente fuera de este loco negocio entiende que también pueden ser peligrosos; la jodes en algunos ingredientes y las personas pueden morirse. Parece absurdo, pero pasa. Fui a almorzar con Jinky Carstairs, quien está novelando la obra de lesbo-vampiros de mierda con la que estamos atrancados (hamburguesas en Hamburguesas Cielo, como ya he dicho) y luego del trabajo tomé un trago con Rodney Slavinksy, que escribe los westerns de Coldeye Denton bajo el seudónimo de Bart I. Straight. Los Coldeyes no lograron gran cosa en el mercado americano, pero por alguna razón encontraron su público en Francia, Alemania, y Japón. Nosotros tenemos esos derechos. Tragón, tragón.
Antes de la reunión con Rodney —que es un cowboy gay, compadre— volví al cuarto del correo, y para llegar allí tuve que caminar sobre un retorcido tapete de ramas y tallos de hiedra. Todavía se puede pasar sin verte obligado a pisar ninguna, por lo que estoy agradecido. Lo último que necesitaba a las tres de la tarde era el dolorido grito de una hiedra psíquica sufriendo un mal caso de aplastamiento de los dedos del pie.
En su mayor parte, Zenith parece estar creciendo por la pared, a ambos lados del cubículo del conserje, creando un complejo modelo de verdes y marrones, a través del que se asoma, en agradables modelos geométricos, el empapelado color crema de la pared. Aunque en esta ocasión no le escuché suspirar, podría jurar que le oí respirando, calurosa, profunda y placenteramente, justo por debajo del límite de la capacidad auditiva. Y de nuevo había un aroma, esta vez no a café pero sí a madreselva. Ese olor también me produce cariñosos recuerdos de la niñez; tienen que ver con la biblioteca donde pasé muchas horas felices, cuando era chico. Y cuando caminé a su lado, un ramal de hiedra se extendió y me tocó la mejilla. Y no fue nada más que un toque. Fue una caricia. Una gran cosa que he descubierto acerca de llevar un diario: si en otra parte no lo soy, sí puedo ser sincero aquí, y en este caso lo suficientemente sincero como para reconocer que ese frondoso contacto me hizo pensar en Ruth, que me tocaba justo de esa manera.
Me quedé absolutamente tranquilo mientras ese delicado tallo se deslizaba por mi sien, me exploraba una ceja, y luego se retiraba. Antes de que lo hiciera, tuve un pensamiento muy claro, y sé positivamente que vino de Zenith en lugar de mi propia mente:
Encuentra la caja púrpura.
La encontré, exactamente donde Barfield —o su tabla Ouija— dijo que estaría, en el estante del fondo, casi en la esquina, detrás de un par de enormes mailers atiborrados de cartas. Es el tipo de caja en la que viene el papel para mecanografiar de mediana calidad. El que la envió —un tal James Saltworthy de Queens— lo único que hizo fue cerrar la caja con cinta y colocar una calcomanía de envío sobre el logotipo de RAGLAND BOND. Su dirección está ubicada en la esquina superior izquierda, en otra calcomanía. Me resulta sorprendente que los del correo aceptaran semejante paquete y lo enviaran aquí, pero lo hicieron, y ahora es todo mío. Sentado en el suelo del cuarto del correo, oliendo a polvo y a madreselva, rompí la cinta y levanté la tapa de la caja. Dentro había una copia de unas aproximadamente cuatrocientas páginas, según estimo, debajo de un título que decía:
EL ÚLTIMO SOBREVIVIENTE

Por James Saltworthy

Y en la esquina inferior:

Derechos Norteamericanos en venta

Agente literario: Yo mismo

Aprox. 195,000 palabras


También había una carta, dirigida de esta forma: AL EDITOR, O A QUIENQUIERA QUE DEVUELVA ESTAS COSAS AL LUGAR DE DONDE PROCEDEN. Al igual que hice con la carta de Tina Barfield, la he agregado aquí. No voy a criticarla ni analizarla, y probablemente no haya ninguna razón para hacerlo, en absoluto. Los escritores que han estado intentando publicar sus libros por un largo periodo de tiempo —cinco años, a veces diez, y una vez en toda mi experiencia quince años completos que abarcaron diez novelas inéditas, tres de ellas muy extensas— comparten un tono similar que podría describir como una delgada chaqueta de cínica autocompasión extendida sobre un charco de desesperación creciente y, en muchos casos, histeria. En mi imaginación, que probablemente sea demasiado gráfica, estos tipos siempre se parecen a mineros que de algún modo lograron sobrevivir a un terrible hundimiento, gente que está atrapada en la oscuridad y gritando ¿Hay alguien allá afuera? ¿Por favor, hay alguien allí? ¿Pueden oírme?
Lo que pensé cuando devolví la carta al sobre fue que si alguna vez hubo un nombre que sonara como perteneciente a un escritor, ese nombre era James Saltworthy. Mi siguiente pensamiento consistió simplemente en devolver la caja a su lugar y abandonar cualquier cosa que estuviera bajo la página del título, ya fuera buena o mala, hasta llegar a casa. Pero hay una pequeña Pandora en la mayoría de nosotros, creo, y no podía resistir echarle un vistazo. Y antes de que lo comprendiera, ya estaba leyendo las primeras ocho o nueve páginas. Se lee tan fácil, tan naturalmente. No puede ser tan bueno como parece serlo, lo sé, o no estaría aquí. Y hay una parte de mí que todavía me susurra al oído que no puede ser cierto. Él es su propio agente, y los escritores que hacen eso son como abogados defendiéndose a sí mismos: tienen a tontos como clientes.
Las páginas que leí eran lo bastante buenas como para que estuviera impaciente por leer el resto desde que salí de la oficina; mi mente sigue volviendo a Tracy Nordstrom, el encantador psicópata que aparentemente va a ser el personaje principal de Saltworthy. Hay una guerra desarrollándose en mi cabeza; a un lado los ejércitos de la Esperanza, los del Cinismo en el otro. Presiento que este conflicto va a resolverse en las dos horas que median entre ahora y la medianoche, cuando lo termine de leer. Pero antes de abandonar la silla de la máquina de escribir en la cocina para ir a mi silla de lectura en la sala de mi departamento, debo agregar algo más. Cuando me puse de pie con la caja púrpura de Saltworthy bajo el brazo, noté que Zenith la hiedra común había atravesado la pared entre el armario del conserje y la sala de correo, al menos en tres docenas de lugares. Hay diez estantes de acero montados en esa pared, simples cosas grises utilitarias que ahora están vacías por completo; los limpié en mi orgía de trabajo post-Ruth, sin encontrar nada ni remotamente publicable. En la mayoría de los casos no se trata de incompetencia —son narraciones aburridas y de prosas torpes— sino de un sincero analfabetismo. No uno sino varios de los manuscritos que llenaron esos estantes grises se garabatearon con lápiz.
Pero dejemos eso de lado. Lo importante aquí es tan sólo que pueda ver esa pared, porque las pilas mezcladas de cajas, de bolsas y mailers, han desaparecido. Ahora el empapelado color crema está perforado por una galaxia de estrellas verdes. En muchos casos las puntas de las ramas de la hiedra recién han empezado a penetrar, pero en otros, los largos y frágiles enramados ya se deslizaron a través de ella. Están creciendo a lo largo de los vacíos estantes de acero, encontrándose, retorciéndose, subiendo, descendiendo. En otras palabras, marcando el nuevo territorio. La mayoría de las hojas todavía están herméticamente plegadas, como criaturas durmiendo, pero algunas ya han empezado a abrirse. Tengo la fuerte sospecha de que dentro de una o dos semanas, un mes a lo sumo, la sala del correo va a estar tan repleta de Zenith como lo está ahora el cubículo de Riddley.
Lo que me lleva a una pregunta divertida aunque absolutamente válida: ¿dónde vamos a poner a Riddley cuándo regrese? ¿Y qué será, exactamente, lo que él haga?
Es suficiente. Es la hora de ver qué es lo que hay en la caja de James Saltworthy.

2 de abril de 1981


Querido Dios. Oh mi Dios querido. Me siento como alguien que arrojó la línea de pescar en un pequeño arroyo rural y enganchó a Moby Dick. Incluso llegué a marcar los primeros cinco dígitos del número de Roger Wade antes de darme cuenta de que son las malditas dos de la mañana. Tendrá que esperar, pero no sé cómo haré para esperar. Me siento a punto de explotar. Nombres y títulos de libros continúan dando vueltas por mi cabeza. El Desnudo y el Muerto, de Norman Mailer. El Condado de Raintree, de Ross Lockridge. Peyton Place, de Grace Metalious. El Padrino, de Mario Puzo. El Exorcista, de William Peter Blatty. Tiburón, de Peter Benchley. Diferentes clases de libros, diferentes tipos de escritores, algunos buenos, otros sólo competentes, pero todos ellos creadores de una especie de relámpago embotellado, de historias que millones de personas no pueden dejar de leer. El Último Sobreviviente de Saltworthy encaja perfectamente en ese grupo. No tengo ninguna maldita duda al respecto. No creo que haya encontrado una Obra Maestra, pero sé que he encontrado La Próxima Gran Cosa.
Si dejamos que esto se nos escape, me voy a pegar un tiro.
No.
Caminaré hasta el armario de Riddley y le pediré a Zenith que me estrangule.
Dios mío, qué libro increíble. Qué historia increíble.

19 de febrero de 1981

Redacción y/o Personal de correo

Zenith House

490 Park Avenue South

New York, NY 10017

AL EDITOR, O A QUIENQUIERA QUE DEVUELVA ESTAS COSAS AL LUGAR DE DONDE PROCEDEN,

Mi nombre es James Saltworthy, y soy el autor del albatros adjunto. Cuando escribí la novela El Último Sobreviviente, en 1977, estaba ambientada cinco años en el futuro, ¡y por Dios que ahora el futuro ya casi está aquí! Me resulta un poco gracioso. Esta novela, que fue revisada por mi esposa y mi departamento de dirección (enseño 5º grado de inglés en Nuestra Señora de la Esperanza, en Queens), fue enviada a un total de veintitrés editores. Probablemente no debería estar contándole esto, pero ya que Zenith House es la parada final de este manuscrito en lo que ha sido un largo y extremadamente lento paseo en tren hacia ninguna parte, he decidido "dejar que siga cayendo," como solíamos decir por allá por los sexi años sesenta, cuando todos creíamos que teníamos en nuestro interior como mínimo una gran novela.


Puedo suponer que en algunas de las casas editoriales que El Último Sobreviviente visitó —como una especie de inoportuno pariente político del que tienes que librarte lo antes posible— realmente fue leído (parcialmente leído podría ser una mejor manera de describirlo). De Doubleday llegó la respuesta "Estamos buscando una ficción más optimista." ¡Animo! De Lippincott: "La escritura es buena, los personajes son desagradables, la narración francamente increíble." ¡Mazel tov! De Putnam vino aquel viejo favorito: "Nosotros ya no aceptamos material que llegue sin un agente literario". ¡Hurra! Agentes; el primero que tuve se me murió; tenía ochenta y un años y estaba senil. El segundo era un estafador. El tercero me dijo que amaba mi novela, y luego ofreció venderme algún Amway.

Estoy adjuntando 5 dólares para la estampilla de retorno. Si usted quiere utilizarlos para devolverme la historia luego de no haber podido terminar de leerla, está bien. Si quiere usarlos para comprarse un par de cervezas, todo lo que puedo decirle es ¡Alegría! ¡Mazel tov! ¡Hurra! Mientras tanto, advierto que Rosemary Rogers, John Saul, y John Jakes siguen vendiendo mucho, así que supongo que la literatura americana está andando bien y marchando valientemente hacia el siglo 21. ¿Quién necesita a Saltworthy?

Me pregunto si se podrá hacer algo de dinero escribiendo manuales de enseñanza. Por cierto que no se hace demasiado enseñando a alumnos de quinto, cuando algunos portan sevillanas y venden drogas a la vuelta de la esquina. Supongo que ellos no le creerían eso a Doubleday, ¿no es así?

Cordialmente,

Jim Saltworthy

73 Aberdeen Road

Queens, New York 11432
Del Contestador Automático de la Oficina de Roger Wade, 2 de abril de 1981




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