La planta, parte uno



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3:42 A.M.: Hola, usted se ha comunicado con Roger Wade en Zenith House. En este momento no puedo tomar su llamada. Si se trata de facturas o de contabilidad, tiene que llamar a Andrew Lang de la Corporación Apex de América. El número es 212-555-9191. Pregunte por la División Publicaciones. Si quiere dejarme un mensaje, espere la señal. Gracias.

Roger, soy John, tu viejo compañero de safari de Central Falls. Te estoy llamando a las cuatro de la mañana del 2 de abril. Hoy no iré a trabajar. Acabo de terminar de leer el más increíblemente jodido libro de mi vida. Dios santo, jefe, siento como si alguien me hubiera atado al cerebro en un maldito trineo con cohetes. Tendremos que ser muy astutos; el libro tendrá que ser de tapa dura, un verdadero lanzamiento con pitos y maracas y, como sabes, Apex no tiene ninguna casa que publique en tapa dura. Como la mayoría de las compañías que irrumpen en el negocio del libro, no tienen ni idea de nada. Pero nosotros estamos en una situación mejor. Nosotros tenemos una maldita pista. ¿Quién crees que pueda ser la mejor editorial en tapa dura? ¿Y en cual confías? Si perdemos los derechos de bolsillo de este libro durante el proceso de conseguirle un editor de tapa dura a Saltworthy, me mataré. Yo



3:45 A.M.: Hola, usted se ha comunicado con Roger Wade en Zenith House. En este momento no puedo tomar su llamada. Si se trata de facturas o de contabilidad, tiene que llamar a Andrew Lang de la Corporación Apex de América. El número es 212-555-9191. Pregunte por la División Publicaciones. Si quiere dejarme un mensaje, espere la señal. Gracias.

John el charlatán, hasta en la maldita máquina contestadora, ¿no, Roger? Ni siquiera puedo recordar de qué te estaba hablando. Es que estoy mareado. Me voy a la cama. No sé si lograré dormirme. Si no puedo, quizá vaya a trabajar, de todas formas. ¡Probablemente en mis putos pijamas! [Risas] Si no, lo primero que haga el viernes será un Informe del Manuscrito, ¿está bien? Por favor no dejes que la caguemos, Roger. Por favor. Bien, me voy a acostar.



3:48 A.M.: Hola, usted se ha comunicado con Roger Wade en Zenith House. En este momento no puedo tomar su llamada. Si se trata de facturas o de contabilidad, tiene que llamar a Andrew Lang de la Corporación Apex de América. El número es 212-555-9191. Pregunte por la División Publicaciones. Si quiere dejarme un mensaje, espere la señal. Gracias.

Jesús, Roger. Nada espera hasta leer a este hijo de puta. Tan solo espera.


3:50 A.M.: Hola, usted se ha comunicado con Roger Wade en Zenith House. En este momento no puedo tomar su llamada. Si se trata de facturas o de contabilidad, tiene que llamar a Andrew Lang de la Corporación Apex de América. El número es 212-555-9191. Pregunte por la División Publicaciones. Si quiere dejarme un mensaje, espere la señal. Gracias.

Si alguien llegara a hacerle algo a esa planta, se muere. ¿Me captas? El muy maldito... se muere.



ZENITH HOUSE, INFORME DEL MANUSCRITO
EDITOR: John Kenton

FECHA: 3 de abril de 1981

TÍTULO DEL MANUSCRITO: El Último Sobreviviente

NOMBRE DEL AUTOR: James Saltworthy

FICCIÓN/NO FICCIÓN: F

ILUSTRACIONES: N

AGENTE: Ninguno

DERECHOS OFRECIDOS: El autor ofrece los norteamericanos, pero no sabe de qué está hablando.

RESUMEN: Esta novela se sitúa en el año 1982, pero fue escrita originalmente en 1977. Para mantener la intención del escritor, el tiempo tendría que ser cambiado por lo menos a 1986, 1987, o a cinco años desde el momento de su publicación.
La premisa básica es insólita y excitante. Una cadena televisiva que no anda demasiado bien con las mediciones de rating (el autor la llama EUA, Emisora Unida de América, pero se parece a la CBS) propone una extraordinara idea para un show de juegos. Se dejan veintiséis personas en una isla desierta, donde deben sobrevivir durante seis meses. Tres camarógrafos especializados están entre los competidores. De hecho, cada competidor tiene un "trabajo" en la isla, y los camarógrafos tienen que entrenarlos en el uso del equipo. Otros rivales son "granjeros," "pescadores," "cazadores," y así sucesivamente. La idea es que cada semana y durante veintiséis, los oponentes agrupados deben elegir por votación a la persona que abandone la isla. El primer desterrado gana un dólar. El segundo gana diez. El tercero gana cien. El cuarto gana quinientos. Y el último sobreviviente se lleva nada más que un millón. Sé que esta idea suena poco creíble, pero Saltworthy realmente nos hace creer que semejante programa podría estar en el aire algún día, si una red se encontrara lo suficientemente desesperada por los ratings (y si tuviera el suficiente mal gusto, pero en las cadenas de TV eso nunca ha sido un problema).
Lo que hace brillante a la historia es la delineación de personajes que Saltworthy imagina. Los espectadores de la tele ven a los oponentes de formas muy simples —la Joven Madre Buena, el Atleta Alegre, el Viejo Insociable, la Viuda Cruel Pero Religiosa. Por debajo, sin embargo, ellos son sumamente complejos. Y uno de ellos, un joven y atractivo camionero llamado Tracy Nordstrom, es en realidad un peligroso psicópata quien es capaz de hacer cualquier cosa con tal de ganarse el millón de dólares. En una escena intensamente organizada a comienzos del libro, él le envenena la comida al Viejo Insociable, sustituyendo hongos alucinógenos por los inofensivos que recogió una de las granjeras, una dulce ex-hippie que está angustiada porque comprendió su error y que luego intenta suicidarse (cosa que la red oculta, ya que El Último Sobreviviente se ha vuelto un hit monstruoso). Irónicamente, Nordstrom es el más aceptado de los oponentes, tanto por todos los demás de la isla como por la gran audiencia televisiva. (Saltworthy logró que este lector creyera que semejante show pudiera volverse una obsesión nacional.)

Sólo una persona, Sally Stamos (la Joven Madre Buena), sospecha cuán maligno es Tracy Nordstrom en realidad. Con el tiempo Nordstrom comprende que ella está en su contra, y se propone silenciarla. ¿Podrá Sally convencer a los demás sobre lo que está sucediendo? ¿Volverá ella alguna vez con sus hijos?


Saltworthy elabora el suspenso como un auténtico profesional, y ya no pude abandonar el libro... ni volver las páginas con la suficiente velocidad. La novela finaliza con una gran tormenta que logra lo que hasta entonces no había sido más que una cínica ilusión de la TV: los oponentes están aislados de todo, auténticos náufragos en lugar de fingidos. Lo que tenemos aquí es un híbrido de muy buena calidad entre Y Entonces No Hubo Nadie y El Señor de las Moscas. No quiero agregar la conclusión en este resumen; necesita ser leído y saboreado en la vívida prosa del autor. Sólo déjame decirte que es tan chocante que todos los editores que lo leyeron hasta ahora soltaron el libro como si fuera una patata caliente. Pero funciona, y creo que el público americano que pudo aceptar los horrores sobrenaturales de El Bebé de Rosemary y los criminales de El Padrino lo recibirá con los brazos abiertos, lo recomendará a sus amigos, y hablará sobre él durante años.
RECOMENDACIÓN EDITORIAL: Tenemos que publicarlo. Es la mejor y más comercial novela inédita que alguna vez haya tenido el placer de leer. Si hay un libro que podría poner a una editorial en carrera, es éste.
John Kenton

de EL LIBRO SAGRADO DE CARLOS

SAGRADO MES DE ABRA (Entrada #77)

El momento casi ha llegado. Las estrellas y los planetas están casi alineados, alabado sea Demeter. BIEN, puesto que mi tiempo es corto. Me deshice de la perra traidora de la Barfield, el hechizo funcionó y el avión cayó. Ya no tengo problemas por ese lado, alabado sea Abbalah, pero al final ella igual me traicionó. La perra ladrona tomó mi Talismán (en realidad era un Pico de Búho). He buscado por todas partes pero mi Pico desapareció. Apostaba a que ella lo tenía en el bolsillo cuando el avión se estrelló. ¡Quemado! ¡¡Nada más que CENIZAS!! Con mi Protección desaparecida, mi Tiempo es corto. No importa, de todas formas ya estoy harto de ser Carlos. Llegó el momento de la fase siguiente pero primero me libraré de Soretito Kenton. ¡Yo REALMENTE te enseñaré qué SIGNIFICA el rechazo, so Judas! Deja que la planta cuide del resto de ellos cuando llegue la Sangre Inocente.
He estado por los alrededores del barrio donde trabaja Kenton. Son casi todos edificios de oficinas, excepto por el pequeño mercado que está cruzando la calle. Hay una vagabunda vieja y loca afuera. Una Mujer con una Guitarra. La toca casi tan mal como Soretito Kenton revisa libros. ¡Ja! Pensé en utilizarla, como Sangre Inocente, pero también es Loca, así que no sirve. "No puedes trabajar la madera si la madera no trabaja" como me decía el señor Keen. Un hombre sabio a su manera.
Se ven unos pocos "regulares" más en la calle. Un tipo que vende relojes y chucherías en una mesa plegable. No significa un problema, pero el fin de semana sería lo más conveniente. Encontraré una manera de entrar, lo más adecuado será hacerme pasar por alguien que esté "haciendo algunas horas extras". Subiré furtivamente a sus oficinas y abandonaré la farsa cuando ellos se despidan hasta el lunes por la mañana. Planeo cortarle la garganta a Soretito Kenton con el Sagrado Cuchillo de los Sacrificios. Si es posible, le arrancaré el corazón. Cuando su sangre fluya por mis manos podré morir feliz, alabado sea Abbalah, alabado sea Demeter. ¡Salvo que no moriré! Sólo me desplazaré hasta el siguiente nivel de existencia.

¡VEN GRAN DEMETER!

¡VEN VERDE!

SAGRADO MES DE ABRA (Entrada #78)

Debo tener cuidado con una cosa. Continúo teniendo sueños sobre "El General". Quién es "El General." Por qué él piensa en los supositorios. Por qué él piensa en el Jugo Señalado. Qué es el Jugo Señalado. Quizás una bebida sagrada como la perdición del grosellero o leche de nuez moscada. No lo sé. Siento peligro. Entretanto he encontrado un hotel barato a unos 3 bloques de Z.H. Ya no puedo esperar. 1. Podría llamar la atención. 2. No puedo seguir soportando a la Vagabunda que toca la Guitarra. Alguien debería enroscarle la guitarra alrededor del cuello. Muchacho, toca como la mismísima mierda. ¡Quizá sea John Kenton disfrazado! Jaaaa jaaaaa jaaaa.
El fin de semana casi está aquí. Las sentencias y tribunales ya casi han llegado. Kenton, cabeza de mierda, usted pagará por rechazarme el libro y por enviar a la Policía a por mí.
Quién es "El General." Quién será.
No interesa. El fin de semana casi está aquí.

¡VEN VERDE!



Del Diario de Sandra Jackson

3 de abril de 1981


No he llevado un diario desde que era una chica de once años, cuando tenía pechos como chichones de mosquito y una vida amorosa que consistía en suspirar por Paul Newman y Robert Redford con mis amigas Elaine y Phyllis, pero aquí va. Voy a pasar a escribir sobre la planta, ya que estoy segura de que John y Roger habrán tratado el tema de manera bastante completa (habiendo leído algunos de los memos de John, probablemente DEMASIADO completa). Mucho de lo que TENGO que decir, por lo menos en esta entrada, es de naturaleza personal, por no decir de naturaleza sexual. ¡Ya no soy esa niñita, como puedes ver! Durante mucho tiempo estuve pensando duramente sobre si debo anotar esto, hasta que finalmente dije "¡por qué no!" En todo caso, probablemente nunca lo lea nadie excepto yo, y aun cuando alguien lo lea, ¿con eso qué? ¿Se supone que deba avergonzarme por mi sexualidad en general, o por mi atracción por el mortalmente guapo Riddley Walker en particular? Creo que por ninguno de los dos casos. Soy una mujer moderna, me escucho rugir, y no veo ninguna razón para estar avergonzada de a. mi intelecto b. mis ambiciones de trabajo (que van mucho más allá que el agujero del culo conocido como Zenith House, créeme) o c. mi sexualidad. Verás, no tengo miedo de mi sexualidad; no de hablar sobre ella, y ciertamente tampoco de confesar mucho más que el ocasional paseo por el parque. Todo esto se lo dije ayer a Herb Porter cuando me enfrentó. El solo recordarlo me fastidia (pero también me hace reír, tengo que reconocerlo). Como si él tuviera el DERECHO de enfrentarme. Yo ser Tarzan, tú Jane, y éste ser cinturón de castidad.
Herb entró en mi oficina a eso de las diez y cuarto, sin pedir permiso, cerró la puerta, y simplemente se quedó allí de pie, mirándome ceñudo.
—Entra, Herb —dije yo—, y por qué no cierras la puerta para que podamos hablar en privado.
No intentó ni siquiera la insinuación de una sonrisa. Él sólo siguió mirándome malhumorado. Pienso que se suponía que yo debía sentirme aterrada. Por cierto que Herb Porter es lo bastante grande como para aterrar; él debe medir un metro noventa y pesar unos cien kilos, y debido a su color oscuro (ayer por la mañana estaba tan rojo como el costado de un camión de bomberos, y no estoy exagerando ni un poquito), me preocupa un poco su presión sanguínea y su corazón. También habla fuerte, aunque yo andaba por los alrededores cuando comenzó a llegar el correo de odio del General Hecksler, y esas cartas acobardaron a Herb. De la misma forma se comportó el miércoles, cuando John sugirió que, contrario a todas las evidencias, el General Hecksler AÚN puede estar vivo.
—Te has estado revolcando con Riddley —denunció Herb. Probablemente debía suponerse que eso sonara como la acusación de un profeta del Viejo Testamento, pero surgió en un inexpresivo graznido seco. Se quedó parado junto a la puerta, abriendo y cerrando las manos. Con su traje verde y la cara roja, parecía un anuncio navideño en el infierno—. ¡Te has estado revolcando con el maldito CONSERJE!
La semana pasada eso habría bastado para sacarme de mis casillas, pero las cosas han cambiado por aquí desde entonces. Creo que tomará algo de tiempo acostumbrarse al Nuevo Orden. De lo que estoy hablando es de TELEPATÍA, mi estimado y pequeño diario. Por supuesto. PES. Percepción Extra Sensorial. Definitivamente. LECTURA DE LA MENTE. No hay ninguna duda. En otras palabras, supe lo que Herb tenía en mente desde el instante en que cruzó la puerta, y eso anuló el alcance del susto.
—¿Por qué no me cuentas el resto? —pregunté.
—No tengo ni idea de qué estás hablando. —Ya estaba hablando con aquel fanfarroneo marca Herb Porter.
—Sí que la tienes —le aseguré—. El hecho de que esté jodiendo con el conserje te molesta mucho menos que el hecho de que esté jodiendo con el conserje NEGRO. Un GUAPO conserje negro.

Esos fueron los primeros jodiendo. Ya los tenía en marcha. Debería sentirme avergonzada al decirte cuánto lo disfruté, diario, pero no lo estoy.


—El hecho es, Herbert —dije yo— que lo hace como un semental. Semejante equipo no es propiedad única de los negros, al contrario de lo que piensan los bulos racistas, pero algunos hombres, blancos o negros, saben usar lo que Dios y la genética les ha dado. Riddley lo hace. Y ameniza una barabaridad un pesado día en este basurero, créeme.
—¡No puedes... ¡No puedo... ¡Él no es... —Luego siguió balbuceando. Pero, gracias al mencionado Nuevo Orden en la vieja Zenith House, ya no hay más frases a medias por aquí. Para mejor o para peor, cada pensamiento se termina. Lo que yo no podía oír con mis oídos podía escucharlo en mi mente.
¡No puedes. . . HACER ESTO!
¡No puedo . . . PERMITIRLO!
¡Él no es . . . UNA PERSONA COMO NOSOTROS!
Como si Herb Porter, el Republicano Enfurecido, fuera MI tipo de persona. (Lo es, por supuesto, de algunas formas importantes: a. es un editor b. ama los libros c. está compartiendo la extraña experiencia de Vivir Con La Hiedra.)
—Herb —dije.
—¿Qué pasa si te pescas una enfermedad? —expuso Herb—. ¿Qué pasa si le habla a sus amigos de tí, cuándo están sentados bebiéndose sus CIs?
—Herb —dije.
—¿Y qué pasa si tiene el hábito de la droga? ¿O amigos delincuentes? ¿Y si...
Y hubo algo de dulzura al final de esa frase, algo que hizo que el corazón se me derritiera un poco. Para ser un Republicano racista, Herb Porter no es realmente un mal tipo.
¿Y si . . . ES MALO PARA TÍ?
Así fue como acabó la última frase, y después de eso Herb solo se quedó allí de pie con los hombros caídos, mirándome.
—Ven aquí —le dije, dándole unas palmaditas al sillón que está detrás de mi escritorio. Yo tenía para revisar alrededor de mil millones de chistes podridos sobre bebés muertos, sobre monjas ninfómanas, y sobre europeos estúpidos ("Anuncio del Servicio Público Polaco: ¡Son las diez! ¿Sabe usted que hora es?"), pero en ese momento me sentí muy cerca de Herb. Sé cuán extraño puede parecerle esto a John, que probablemente cree que Herb Porter es de otro mundo (del Planeta Reagan), pero Herb no lo es. Herb Porter no es más que un jodido Terrícola.
¿Sabes qué pienso en realidad? Creo que la telepatía lo cambia todo.
Absolutamente TODO.
—Escúchame —le aclaré—. Lo primero que quiero decirte es que es más probable que Riddley se pezque algo de mí que yo de él. Según mi opinión, él es la persona más saludable de esta oficina. Por cierto que está en forma. La segundo es que él es como nosotros más de lo que tú piensas. Está trabajando en un libro. Lo sé porque un día vi uno de sus anotadores. Estaba en su escritorio, y lo espié.
—¡Imposible! —exclamó Herb—. ¡La idea del CONSERJE escribiendo un LIBRO... sobre todo el conserje de ESTE LUGAR... !
—La tercera cosa es que dudo muchísimo que él se siente a beber sus CIs con sus amigos. Riddley tiene un maravilloso departamentito en Dobbs Ferry, una vez tuve el privilegio de estar allí, y no creo que en ese barrio sean muchos los que se emborrachen.
—A mí me parece que la dirección de Riddley en Dobbs Ferry es una ficción por conveniencia —dijo Herb con su más pomposa voz de oh-querida-parecería-que-tengo-un-palo-en-el-culo—. Si te llevó a algún lugar de allí, dudo muchísimo que se tratara de SU lugar. En cuanto al supuesto libro, ¿cómo empezaría una novela de Riddley Walker? ¿' Vente pa'cá, que quiero conta'te una i'toria?'
Si bien aquello fue extremamente desagradable, lo dijo con muy poca malicia. Gracias a Zenith, cuya consoladora atmósfera tiene saturadas completamente nuestras oficinas, supe que lo que Herb realmente sentía entonces era una aturdida sorpresa... e insuficiencia. Creo que su mente subconsciente ha sido consciente durante mucho tiempo de que hay más en Riddley de lo que se ve a simple vista. Además tengo razones para creer que Herb y la insuficiencia van juntos, como el caballo y el carro, como dice la canción. Al menos hasta ayer. Ésa es la parte a la que estoy llegando.
—La última cosa es esta —le dije (tan suavemente como pude)—. Si Riddley es malo conmigo, tendré que arreglarlo con él. Y puedo hacerlo. Lo he hecho antes. Ya no soy una niña, Herb. Soy una mujer adulta. —Y luego agregué:— También sé que has estado entrando aquí cuando estoy en otra parte y has estado olfateando el asiento de mi sillón. Realmente creo que esto tiene que terminar, ¿no te parece?
Todo el color desapareció de su rostro, y por un momento creí que iba a desmayarse. Tengo la impresión de que la telepatía pudo haberlo salvado. Así como supe que él entraría para acusarme, él supo —aunque con sólo unos pocos segundos de anticipación— que ahora soy consciente de su pequeña manía. De modo que lo que dije no fue como si se le precipitara desde un cielo azul totalmente despejado.
Empezó a jadear de nuevo, un poco de color le volvió a la cara... y luego simplemente se marchitó. Eso hizo que me sintiera mal por él. Cuando los tipos como Herb Porter se marchitan, no resultan una vista agradable. Imagina una medusa abandonada sobre la playa.
—Lo siento —dijo, y se volvió para irse—. Lo siento mucho. Hace un tiempo que sé que tengo... ciertos problemas. Supongo que es hora de buscar ayuda profesional. Mientras tanto me mantendré alejado de tu camino tanto como sea posible, y te agradecería que te mantengas fuera del mío.

—Herb —lo llamé.


Él tenía una mano en el tirador de la puerta. No salió, pero tampoco se dio vuelta. Percibí tanto esperanza como miedo. Dios sabe que él también lo percibió, viniendo de mí.
—Herb —lo llamé de nuevo.
Nada. El pobre Herb simplemente se quedó allí con los hombros hundidos casi hasta las orejas, y yo con la certeza de que intentaba duramente no llorar. Las personas que se ganan la vida leyendo y escribiendo pueden ser muchas cosas, pero ninguna de ellas es ser inmune a la verguenza.
—Date vuelta —le dije.
Herb permaneció de pie durante un interminable momento, preparándose para la prueba, y luego hizo lo que le pedí. En lugar de llorar o ponerse pálido, le habían aparecido tres manchas tan brillantes que parecían rouge, una en cada mejilla y otra corriéndole por la frente en una gruesa línea.
—Tenemos mucho trabajo para hacer por aquí —dije— y el que pase esto entre nosotros no ayudará. —Le estaba hablando con mi voz más tranquila y razonable, pero estaría mintiendo si no dijera que también sentía una cosquillas de excitación agradablemente sucias en el estómago. Tengo cierta idea de lo que Riddley piensa de mí, y aun cuando no esté completamente en lo cierto, tampoco está absoluta-mente equivocado; admito que tengo ciertos caprichos bastante bajos. Bien, ¿y qué hay con eso? Algunas personas comen tripas durante el desayuno. Y todo lo que puedo hacer es remitirme a los hechos. Uno de ellos es este: algo en Sandra Georgette Jackson se interesó por Herb lo suficiente como para inspirar varias expediciones secretas de olfatear asientos. Y eso me ha encendido. Hasta ayer nunca pensé en mí como alguien del tipo Eula Varner, pero...
—¿De qué estás hablando? —preguntó Herb ásperamente, aunque esas manchas de rojo se estaban extendiendo, desvaneciéndole la palidez. Él sabía perfectamente de qué estaba hablando. Bien podíamos estar llevando carteles alrededor de nuestros cuellos que dijeran ¡CUIDADO! ¡TELEPATÍA TRABAJANDO!
—Creo que necesitamos llegar más allá que esto —dije—. De eso es de lo que estoy hablando. Si sirve de ayuda el que tengas algo conmigo, entonces estoy dispuesta.
—¿Algo así como ingresar a uno nuevo en el equipo, eh? —dijo. Estaba intentando sonar sarcástico e indecente, pero no me engañó. Y él supo que no me había engañado.
Todo me resultaba delicioso, en una extraña forma.
—Llámalo whatcha wanna —dije—, pero si estás leyendo mi mente tan claramente como yo estoy leyendo la tuya, sabes que éso no es todo. Estoy... digamos que estoy interesada. Me siento aventurera.
Todavía intentando sonar indecente, Herb dijo:
—Digamos que tienes ciertos apetitos, ¿no? Jugar al camionero y la autostopista con Riddley, por ejemplo. O molestar al charlatán de tu compañero Herb Porter.
—Herb —le dije— ¿piensas quedarte allí hablando durante el resto del día, o quieres hacer algo?
—Es tan solo que tengo cierto problema —dijo Herb. Se mordisqueaba el labio inferior, y noté que estaba bañado en sudor. Yo estaba encantada. ¿Crees que eso sea muy malo?—. Se trata de un problema que afecta a los hombres de todo las edades y de todos los estilos de vida. Es...
—¿Es más grande que una caja de pan, Herb? —dije con mi tono más tímido.
—Bromea todo lo que quieras —dijo Herb malhumoradamente—. Las mujeres pueden hacerlo, porque tan sólo tienen que quedarse allí quietas y tomarlo. Hemingway tenía mucha razón.
—Sí, cuando les llega la Dolencia del Pito Flácido, un buen número de eruditos literarios parecen creer que Papa escribió el libro —dije, ahora en mi tono más perverso. Herb, sin embargo, no me prestó atención. No creo que haya hablado sobre la impotencia en toda su vida (los Auténticos Hombres no lo hacen), pero aquí estaba, fuera del armario y bien vestido de gala para una noche en el pueblo.
—Este pequeño problema, del que tantas mujeres parecen pensar que es divertido, me ha arruinado la vida —dijo Herb—. Arruinó mi matrimonio, en primer lugar.
Yo pensé: no sabía que estabas casado, y su pensamiento regresó en seguida, llenando mi cabeza en un instante: Fue hace mucho tiempo, antes de que terminara en este agujero de mierda.
Nos miramos fijamente, bien grandes los ojos.
—Guau —dijo él.
—Sí —dije—. Sigue, Herb. Y aun cuando no esté hablando en nombre de todas las mujeres, ésta en particular nunca en su vida se ha burlado de la impotencia.
Herb continuó, un poco más tranquilo.
—Lisa me dejó cuando yo tenía veinticuatro años, porque no podía satisfacerla como mujer. Nunca la odié por eso; ella dio lo mejor de sí durante dos años. No debe haber sido nada fácil. Desde entonces, creo que lo he logrado... ya sabes, unas... quizá tres veces. —Pensé en aquello y mi mente flaqueó. Herb afirma tener cuarenta y tres, pero gracias a nuestro PES hiedra-inducida, sé que tiene cuarenta y ocho años. Su esposa lo abandonó en busca de pastizales más verdes (y de penes más tiesos) media vida atrás. Si él sólo tuvo tres relaciones sexuales exitosas desde entonces, eso significa que consiguió ponerla cada vez que Neptuno le da una vuelta al sol. Ay, querido, querido, querido.

—Hay una buena razón médica para esto —dijo él, con mucha seriedad—. De los diez años a los quince —mis años de desarrollo sexual— fui repartidor de diarios, y...


—¿Ser un diariero te hizo impotente? —pregunté.
—¿Podrías estar callada durante un minuto?
Hice el gesto de una cremallera cerrándome los labios y me acomodé en mi sillón. Disfruto de una buena historia tanto como cualquiera; casi no he visto tantos en Zenith House.
—Yo tenía una bicicleta Raleigh de tres velocidades —comenzó Herb—. Al principio estaba todo bien, y entonces, un día mientras estaba estacionada detrás de la escuela, algún agujero del culo vino y le sacó el asiento. —Herb hizo una pausa, dramáticamente—. Ese agujero del culo me arruinó la vida.
Tal cual, pensé yo.
—Aunque —continuó Herb —el miserable de mi padre también tendría que cargar con parte de la culpa.
Suficiente culpa como para andar repartiendo, pensé. Todos consiguen ayuda salvo uno.
—Escuché eso —dijo ásperamente.
—Estoy segura de que lo hiciste —dije yo—. Sólo continúa con tu historia.
—La bicicleta estaba evidentemente arruinada, pero ¿acaso me compró ese miserable una nueva?
—No —respondí—. En lugar de una nueva bicicleta, el miserable te consiguió un asiento nuevo.
—Así es —dijo Herb, en este punto demasiado inmerso en su propia narración como para comprender que yo estaba robando todas sus mejores líneas directamente de su cabeza. Lo cierto es que Herb ha estado contándose esta historia durante muchos años. Para él, Mi Papá Arruinó Mi Vida Sexual es algo tan cierto como Los Demócratas Estropearon la Economía y Liberen A Los Adictos Y Termina El Problema De La Droga En América—. La tienda de bicicletas no tenía un asiento de Raleigh, y ¿podía mi padre aguardar a que llegara uno? Oh no. Yo tenía diarios para entregar. Además, el asiento sin marca que el tipo le mostró era diez dólares más barato que el repuesto de Raleigh del catálogo. Por supuesto, también era mucho más pequeño. De hecho, era un asiento de bicicleta para pigmeos. Este pequeño triángulo cubierto de vinilo que se te clavaba justo hasta... bien...
—Justo hasta el fondo —le dije, queriendo ser útil (también queriendo volver a trabajar en algún momento antes del cuatro de julio).
—Así es —dijo—. Justo hasta el fondo. Durante casi cinco años rodé por Danbury, Connecticut, con ese maldito asiento de bicicleta pigmea clavándose en la región más delicada del cuerpo de un joven muchacho. Y mírame ahora. —Herb levantó los brazos y luego los dejó caer, como para indicar en qué lastimosa y arruinada criatura se había convertido. Lo cual es bastante cómico, cuando uno considera el tamaño que tiene—. En la actualidad mi idea de una experiencia física significativa con una mujer consiste en bajar al Landing Strip, donde le podría poner un billete de cinco dólares en la tanga a una bailarina.
—Herb —dije—. ¿Logras ponerla dura cuando haces eso?
Él se envaró, y yo vi una cosa interesante: Herb tenía una condenadamente buena justo entonces. ¡Hubba, hubba!
—Ésa es una asquerosa pregunta personal, Sandra —dijo con un tono de voz grave y pesado—. Demasiado personal.
—¿Logras ponerla dura cuando te masturbas?
—Déjame contarte un secretito —dijo—. Hay jugadores de básquetbol que pueden lanzar desde el centro de la cancha, hacer nada más que red hasta que termina la práctica y suena el timbre. Pero luego cada tiro es un ladrillazo.

—Herb —dije yo—, déjame contarte un secretito. La historia del asiento de bicicleta ha estado dando vueltas desde que se inventaron las bicicletas. Antes de eso eran las paperas, o quizá una mirada de reojo de la bruja del pueblo. Y no necesito telepatía para conocer la respuesta a las preguntas que he estado haciendo. Tengo ojos. —Y los dejé caer justo en la zona debajo de su cinturón. Para entonces parecía que tuviera una media de buen tamaño escondida allí.


—No dura mucho —me dijo, y en ese instante pareció tan triste que yo también me sentí triste. Los hombres son criaturas frágiles, y cuando lo entiendes, descubres que son como auténticos animales en una jaula de vidrio—. Una vez que comienza la acción, el Sr. Johnson prefiere ver la vida desde el último escalón. Donde nadie llama la atención y nadie lo saluda.
—Estás atrapado en un círculo vicioso —dije—. Todos los hombres que sufren de impotencia crónica lo están. No puedes levantarla porque tienes miedo de no ser capaz de hacerlo, y tienes miedo de no ser capaz porque...
—Gracias, Betty Freidan —interrumpió—. Lo que pasa es que hay una gran cantidad de causas físicas de impotencia. Probablemente algún día haya una píldora que solucione el problema.
—Probablemente algún día haya Holiday Inns en la luna —dije yo—. Y mientras tanto, ¿no te gustaría hacer algo un poco más interesante que olfatear el asiento de mi sillón?
Él me miró desdichadamente.
—Sandra —dijo, sin ningún rastro de su acostumbrado fanfarroneo—, no puedo. Simplemente no puedo. Lo he hecho bastantes veces —he intentado hacerlo, mejor dicho— como para saber lo que sucede.
Entonces me vino la inspiración... aunque no creo que haya que darle el crédito a él. Las cosas han cambiado por aquí. Nunca pensé que me alegraría llegar a la oficina, pero creo que durante el resto del año vendré corriendo en ropa interior con tal de llegar temprano. Porque las cosas han cambiado por aquí. Destellos que nunca hasta el momento imaginé me han dominado la mente (y otras partes, también)
—Herb —le ordené—. Quiero que vayas al cubículo de Riddley. Quiero que te quedes allí y que mires la planta. Y más importante aún, quiero que hagas cuatro o cinco inhalaciones muy profundas; aspirándolas bien, hasta el fondo de tus pulmones. Quiero que efectivamente huelas esos olores tan agradables. Y luego vuelve aquí en seguida.
Miró inquieto a través del cristal de mi puerta. John y Bill estaban allí afuera, hablando en el pasillo. Bill vio a Herb y le hizo un pequeño ademán.
—Sandra, si fuéramos a tener sexo, no me puedo ni imaginar que tu oficina fuera un lugar...
—Deja que yo me ocupe de eso —dije—. Tan sólo vete allí, y haz unas profundas inspiraciones. Y luego regresa. ¿Lo harás?
Él lo pensó, y luego asintió renuentemente. Empezó a abrir la puerta, luego miró atrás.
—Valoro que te preocupes por mí —dijo—, y más aún si se tiene en cuenta que te hice pasar semejante momento. Solo quería decírtelo.
Pensé en decirle que la generosidad no forma una parte demasiado importante de la naturaleza de Sandra Jackson —mi motor ya se estaba recalentando para ese entonces— y decidí que probablemente él ya lo sabía.
—Sólo véte —le dije—. No tenemos todo el día.
Cuando se hubo ido, saqué mi bloc y garrapateé una nota en él: "El cuarto de señoras del sexto piso suele estar desierto a esta hora del día. Estaré allí los próximos veinte minutos o así con la falda levantada y la bombacha baja. Un hombre de firme corazón (o algo firme) podría acopmpañarme". Hice una pausa, luego agregé: "Un hombre de mediana inteligencia como así de firme corazón podría echar esta nota al canasto antes de partir hacia el sexto piso."

Subí al seis, donde el baño de mujeres casi siempre está vacío (se me cruzó por la mente que quizás hoy por hoy no haya ninguna empleada en ese piso del 490 de Park Avenue South), entré en el excusado del fondo, y me quité ciertas prendas. Entonces esperé, no muy segura de lo que pudiera pasar a continuación. Y eso es lo que quiero decir. El alcance de cualquier telepatía que pudiera haber en las oficinas del quinto piso de Zenith House es aún más corto que el de una estación de FM universitaria.


Pasaron cinco minutos, luego siete. Cuando ya me había convencido de que él no vendría, rechinó la puerta al abrirse, muy cautelosamente, y una voz muy anti-Porter susurró:
—¿Sandra?
—Ven aquí, al último —dije yo —y apresúrate.
Llegó y abrió la puerta del excusado. Decir que parecía entusiasmado sería subestimarlo. Y ya no parecía como si tuviera una media abultándole la parte delantera de los pantalones. Para entonces se veía más bien como un martillo de albañil de buen tamaño.
—Gee —le dije, extendiendo la mano para tocarlo—, a lo mejor el efecto de aquel asiento de bicicleta finalmente se te pasó.
Él empezó a tironear de su cinturón. Se le escapaba entre los dedos. Resultaba un poco cómico, pero también muy dulce. Le aparté las manos y lo hice yo misma.
—Rápido —jadeó—. Oh, rápido. Antes de que se me baje.
—Este muchacho no se va a ninguna parte —dije, aunque en realidad tenía en mente cierto sitio de almacenaje a corto plazo—. Relájate.
—Fue la planta —dijo—. El olor... oh Dios mío, el olor... aromatizado y oscuro, de algún modo... de la misma forma en que siempre imaginé que olerían los campos en aquel condado sobre el que escribió Faulkner, el del nombre que nadie puede pronunciar... ¡oh Sandra, por Cristo, la siento como si fuera un tronco!

—Cállate e intercambiemos los lugares —dije—. Tú te sientas y yo...


—Al diablo con eso —dijo, y me alzó. Él es fuerte —mucho más fuerte de lo que hubiera imaginado— y practicamente antes de que supiera lo que estaba pasando, ya estábamos en carrera.
En cuanto a carreras de este tipo, no fue ni la más larga ni la más rápida en la que alguna vez haya participado, pero no estuvo nada mal, sobre todo considerando que Herb Porter la puso por última vez para la época de la renuncia de Nixon, si es que no me mintió. Cuando finalmente me la puso, había lágrimas en sus mejillas. Y no sólo eso: antes de salir él: a. me agradeció y b. me besó. Yo no soy muy apegada a los ideales románticos, soy más del estilo Dorothy Parker ("las muchachas buenas van al cielo, las muchachas malas van a todos lados"), pero la ternura me cautiva. El hombre que se marchó delante mío (haciendo una pausa en la puerta y comprobando ambos caminos antes de salir) parecía muy diferente del hombre que vino furtiva-mente a mi oficina con un lastre en las pelotas y una astilla en el hombro. Ése es el tipo de juicio que sólo el tiempo puede confirmar, y yo sé muy bien que, por lo general, luego del sexo los hombres se convierten exactamente en los mismos hombres que eran antes del sexo, pero tengo esperanzas en Herb. Y nunca quise cambiarle la vida; todo lo que pretendí fue apartar de entre nosotros tanta mierda como pudiera, para que podamos trabajar como un equipo. Hasta esta semana, nunca entendí cuánto quería a este trabajo. Cuánto deseaba que este trabajo fuera un éxito. Si chupársela a aquellos cuatro tipos de Times Square al mediodía contribuyera a que eso sucediera, iría corriendo hasta Game Day en la calle 53 y me compraría un par de rodilleras.
Me pasé el resto del día trabajando en el libro de chistes. Qué sucio en su concepto, qué escabroso en su ejecución... y qué éxito va a ser en una Norteamérica que todavía desea la pena de muerte y que cree en secreto (no todos, pero apostaría a que un importante número de ciudadanos) que Hitler tuvo una buena idea con las eugenesias. No escasean estos asquerosos tipos de espíritu malvado, pero lo verdaderamente raro es cuántos chistes estoy inventando yo misma. ¿Qué cosa es roja y blanca y tiene problemas para doblar las esquinas? Un bebé con una jabalina atravesada en la cabeza.

¿Qué cosa es pequeña, marrón, y crepita? Un bebé en una sartén.


Una pequeña se despierta en el hospital y dice, "¡Doctor! ¡No puedo sentir mis piernas!" a lo que el doctor contesta, "Eso es normal en los casos en que amputamos los brazos."
Estoy siendo grosera por mi propia inventiva. La pregunta es, ¿es mía? ¿O estoy recibiendo estas ideas del mismo lugar donde Herb Porter hizo su nuevo alquiler de vida sexual?
No importa. El fin de semana ya casi está aquí. Aparentemente va a ser caluroso, y si es así voy a irme a Cony Island con mi sobrina favorita, en nuestro rito anual de primavera. Un par de días alejada de este lugar puede ayudar a poner todas los asuntos en perspectiva. Y tengo la deuda con Riddley la semana próxima. Espero poder consolarlo en este momento de duelo tanto como me sea posible.
Escribir un diario personal me recuerda lo que el viejo Doc Henry dijo luego de darme la inyección antitetánica cuando tenía diez años: "¿Viste, Sandra, que no era tan terrible?"
Para nada. Para nada.



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