La planta, parte uno


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de la oficina del editor en jefe

A: John


FECHA 3/4/81

MENSAJE: En cuanto terminé de leer tu Informe del Manuscrito hice dos llamadas. La primera fue a ese astuto joven empresario y magnífico tipo, Harlow Enders. Le arrojé un globo de prueba, comentándole sobre un posible libro de tapa dura editado por Zenith House, y a pesar de usar una frase que pensé que atraería su presunta imaginación (si te lo estás preguntando, fue "El Suceso de la Publicación"), él en seguida me lo tiró abajo. La razón que planteó fue que no tenemos la infraestructura necesaria para publicar en tapa dura, ni en Zenith ni en el inmenso mundo de Apex Corporation, aunque ambos sabemos bien de qué se trata. El auténtico problema es la falta de confianza. Bien, perfecto, okay.

La segunda llamada fue a Alan Williams, el editor en jefe de Viking Press. Williams es uno de los mejores en el mercado, y ahorra tu sucia ("¿Entonces cómo lo conoces?") pregunta. La respuesta es: del torneo de pelota-paleta del New York Health Club, donde los dioses del azar nos reunió hace tres años. Desde entonces jugamos de vez en cuando. Alan dice que si la novela de Saltworthy es tan buena como aseguras que lo es, entonces quizás podamos cerrar un trato de tapa blanda-a-dura, con Viking lanzando la versión en tapa dura y Zenith la de bolsillo. Sé que no es precisamente lo que pretendíamos, John, pero considéralo de la siguiente manera: ¿alguna vez en tu vida creiste que podría llegar el día en que publicaríamos la edición de bolsillo de un libro de Viking Press? ¿El pequeño Zenith? Y en cuanto al cínico señor Saltworthy, creo que se podría decir que le ha cambiado la suerte, y con creces. Podríamos haberle girado 20,000 dólares, y eso sólo si hubiéramos logrado subir entusiástamente a Enders a bordo. Con Viking como compañero, somos capaces de anotarle a este tipo un adelanto de 100,000 dólares. Ése es mi sueldo de casi cuatro años.
Williams quiere ver el manuscrito. Tan pronto como sea posible. Llévale tú mismo una copia a sus oficinas de Madison Avenue. Pónle un título que diga algo como LA ÚLTIMA ESTACIÓN, por John Oceanby. Discúlpame por tanta capa y espada, pero Williams cree que es necesario, y yo también.

Roger
PD: Hazme una copia para que pueda llevármelo a casa para leerlo durante el fin de semana, ¿de acuerdo?


memorándum de oficina

A: Roger

DE: John

REF: "LA ÚLTIMA ESTACIÓN," por "John Oceanby"

¿Quiere decir que pusiste todo esto en movimiento sin leer el libro? Eso me quita la respiración.

John

de la oficina del editor en jefe

A: John


FECHA: 3/4/81

MENSAJE: Eres mi hombre, John. Puede que de vez en cuando hayamos tenido nuestras diferencias, pero nunca, ni una sola vez, he dudado de tu juicio editorial. Si dices que éste es el libro, entonces lo es. Con respecto a eso, la hiedra no hace la diferencia. Eres mi hombre. Y aunque probablemente no necesite decírtelo, lo haré: nada de contactar a James Saltworthy hasta que tengamos noticias de Alan Williams. ¿Estamos?

Roger

memorándum de oficina



A: Roger

DE: John

REF: Voto de confianza

Decir que estoy conmovido por tu confianza en mí no lo describe adecuadamte, jefe. Sobre todo después de la metida de pata con Detweiller. Lo cierto es que estoy sentado aquí en mi escritorio y fastidiosamente cerca de lloriquear sobre el papel secante. Todo será como tú dices. Mis labios están sellados.

John

PD: ¿Sabías, no, que Saltworthy ya le debe haber enviado el libro a Viking?



de la oficina del editor en jefe

A: John


FECHA: 3/4/81

MENSAJE: Primero, nada de andar lloriqueando sobre el secante; los secantes cuestan dinero, y, como ya sabes, ahora todos los gastos deben remitirse a la compañía semana a semana (si necesitáramos otra señal de que El Final Se Acerca, por cierto que ésa lo es). Llora en tu cesto... o vete al antiguo cuarto de Riddley y riega a la planta con tus agradecidas lágrimas.


(Sí, sé perfectamente bien que nadie le está prestando la más mínima atención a mi firme recomendación de que nos mantengamos alejados de la hiedra. Supongo que podría ponerlo por escrito, pero no sería más que una pérdida de tinta. Especialmente si se tiene en cuenta que yo mismo he estado allí una o dos veces, respirando profundamente y obteniendo inspiración.)
Segundo, ¿cómo puedes llamar al asunto de Detweiller una metida de pata, considerando cómo resultaron las cosas? Harlow Enders y Apex no tienen forma de saber que estamos preparados para doblar la esquina hacia un glorioso futuro, ¡pero nosotros sí lo sabemos!
Tercero, Alan Williams registró los archivos allí. El Último Sobreviviente supuestamente fue leído (o examinado, o quizás sólo lo cambiaron del sobre en el que llegó al que lo devolvieron) y rechazado en noviembre de 1978. El editor que lo rechazó fue un tal George Flynn, que dejó la editorial hace un año para poner su propio negocio de impresión en Brooklyn. Según AW, y lo cito, "George Flynn tenía las antenas editoriales de un nabo."
Cuarto, no le des el manuscrito a LaShonda. Haz tú mismo las copias, y recuerda lo del título falso.
Quinto (estoy dispuesto a un quinto, créeme), por favor no más memos, por lo menos hasta la tarde. Se que dije "todo por escrito" de aquí en adelante, pero me está empezando a doler la cabeza. Recibí uno de Bill que ni siquiera he mirado.

Roger


memorándum de oficina

A: Roger

DE: Bill Gelb

REF: Posible Bestseller

Nos pediste ideas, y se me acaba de ocurrir una que podría servir, jefe. Me cruzé hasta lo de Smiler's hoy a la mañana temprano (una advertencia: esa estúpida mujer con la guitarra todavía está enfrente; espero que si llega a rehabilitarse e institucionalizarse, el juez la envíe a una escuela de música) y revisé su stand de libros de bolsillo. Lo tiene bastante bien surtido (es decir, muchos Libros de Bolsillo, Signets, Avons, Bantams, y nada de Zeniths Houses, excepto por un polvoriento ejemplar de Viento Flotante que publicamos hace 2 años). Conté cinco libros de no ficción, que trataban sobre los aliens y/o platillos voladores, y seis sobre las inversiones en el mercado accionario de la Era Reagan. Mi idea es: supongamos que combinamos ambos temas.
En esencia, el concepto es el siguiente: un accionista es raptado por pequeños hombrecitos grises, al que primero le leen las ondas cerebrales, le extraen sangre de sus cavidades nasales, y le sondean el ano; material standard, en otras palabras: si-estás-allí te-hacen-eso. Pero luego, para recompensarlo por las molestias, ellos le brindan información accionaria basada en su conocimiento seguro del mercado, obtenido en viajes al futuro más rápidos que la luz. La mayor parte sería material zen como "Nunca construyas tu túmulo con ladrillos viejos" o "Las estrellas antiguas ofrecen la mejor navegación." Toda esta mierda estaría condimentada, sin embargo, con algunos consejos más prácticos como "Nunca vendas bajo en un mercado en alza" y "A la larga, el poder y las pequeñas acciones siempre suben." Podríamos llamarlo Inversión Alienígena. Sé que al principio la idea parece un poco chiflada, pero ¿quién habría imaginado que pudiera existir un exitoso bestseller llamado El Zen y el Arte del Mantenimiento de las Motocicletas?
Incluso tengo un escritor en mente: Dawson Postlewaite, más conocido como Nick Hardaway, el mismísimo Macho Man. El mercado accionario es el hobby de Dawson (mierda, es su manía, que lo mantiene pobre y por esa razón en nuestro establo) y creo que hasta lo haría gratis.
¿Qué te parece? Y siéntete libre de decirme que estoy chiflado, si eso es lo que piensas.

Bill


de la oficina del editor en jefe

A: Bill Gelb

FECHA: 3/4/81

MENSAJE: No creo que estés chiflado. No más que el resto de nosotros, en definitiva. Y es un gran título, es casi un tómalo-y-échale-un-vistazo garantizado en un stand de libros de bolsillo. Por el momento, Inversión Alienígena tiene luz verde. Casi puedo ver en la tapa una fotografía de la Bolsa de Valores con un extraterrestre en el medio, disparando rayos cósmicos (verdes, como el color del dinero) desde sus grandes ojos negros. Pon a trabajar en seguida a Postlewaite. Sé que tiene fecha límite para Fresno Firestorm, pero veré que consiga la prórroga necesaria.


R.

¡MIENTRAS ESTABAS FUERA!

Llamada de Riddley Walker

Para Roger Wade

Fecha 3 de abril de 1981

Hora 12:35 PM

MENSAJE Riddley volverá el miércoles o el jueves de la semana próxima. Solucionar los asuntos de su madre le tomó mucho más tiempo del que pensaba; tiene dificultades con su hermano y hermana. Especialmente con la hermana. Le pide que riegue usted la planta pero que no le diga a J. Kenton que está haciéndolo. Dice "la hiedra hace q'el muchacho se ponga mucho nervioso." Signifique lo que signifique.

Mensaje tomado por LaShonda

Del Diario Personal Grabado de Roger Wade, Cassette 1

Hoy es viernes tres de abril. Por la tarde. Bill Gelb ha propuesto una idea. Y es muy buena, para colmo. No me sorprende. Dado todo lo que está pasando, el esplendor que tenemos por aquí casi es una conclusión previsible. Cuando volví del almuerzo... con Alan Williams... qué tipo macanudo es, y no lo digo porque me haya invitado a Onde's, un lugar que arruinaría mi magra cuenta de gastos del mes... pero en fin, cuando volví observé una cosa divertida. Bill Gelb estaba sentado en su oficina con los dados rodando sobre el escritorio. Estaba demasiado concentrado como para notar mi presencia. Los hacía rodar, anotaba algo en uno de esos blocs legales en miniatura, luego los hacía rodar de nuevo, y luego otra anotación. Desde ya, todos nosotros sabemos que él tira los dados con Riddley en cada oportunidad en que puede hacerlo, pero Riddley está en Alabama y no regresará hasta mediados de la semana próxima. ¿Así que para qué lo estaría haciendo? ¿Para no perder la práctica? ¿Estaría probando algún nuevo método? Todos los jugadores tienen sus propios métodos, ¿no? Sólo el diablo lo sabe. Él tuvo una gran idea... Inversión Alienígena... y que merece un poco de tiempo del editor excéntrico.


Herb Porter se ha pasado todo el día con una sonrisa grande y tonta en el rostro. Está siendo realmente agradable con la gente. ¿A qué, en el nombre de Dios, puede deberse? Como si yo no lo supiera, niuck-niuck-niuck.
Pero no interesan ni Bill ni Herb. Tampoco importan los muslos calientes de Sandra. Tengo otra cosa más interesante en la que reflexionar. Cuando volví del almuerzo había un aviso rosa de los de MIENTRAS ESTABAS FUERA sobre mi escritorio. Riddley llamó y LaShonda tomó el mensaje. Dice que no regresará hasta el próximo miércoles por lo menos, porque solucionar los asuntos de su madre le está llevando mucho más tiempo del que supuso. Pero ésa no es la parte interesante. LaShonda escribió, y yo la cito, "Tiene dificultades con su hermano y hermana. Especialmente con la hermana". ¿Es posible que Riddley le contara eso? Ellos nunca parecieron particularmente amigables, de hecho siempre he tenido la impresión de que LaShonda considera que Riddley está muy por debajo de ella, quizá porque cree en el acento de Amos'n Andy... a pesar de que es un poco dificil de tragar. Aunque más que nada creo que se debe a que él viene a trabajar con su desgastado guardapolvo gris y ella siempre se presenta vestida como para un nueve... y algunos días como para un diez.
No, no creo que Riddley le contara algo sobre tener problemas con sus hermano y hermana. Creo que L. simplemente... lo supo. Zenith no llega hasta el área de recepción; hasta ahora el ajo parece estar funcionando y la planta se está extendiendo principalmente en la otra dirección... hacia el extremo del pasillo y la ventana que mira hacia el pozo del edificio... aunque su influencia puede haber alcanzado el área de recepción.
Creo que LaShonda le leyó la mente. Se la leyó a través de dos mil quinientos kilómetros de comunicación telefónica. E incluso sin saberlo. Tal vez esté equivocado pero...
No, no estoy equivocado.

Porque le estoy leyendo la mente, y lo .

[Pausa de cinco segundos en la cinta]

Uauu, Jesús.

Jesucristo, esto es grande.

Ésto es jodidamente grande.


Del Diario de Bill Gelb

3/4/81


Aunque esta noche esté en mi departamento, mi mente ya está pensando en Paramus, New Jersey, en la noche de mañana. Allí los sábados hay una partida de poker que dura toda la noche, con apuestas bastante altas, vinculada con la Hermandad Italiana, si es que entiendes lo que quiero decir. Por lo que oído, el juego es de Ginelli (pertenece al grupo de la mafia que es dueño de Four Fathers, a dos manzanas de aquí). Sólo he pasado por allí un par de veces y perdí hasta la camisa en ambas ocasiones (y pagué, también; con los señores italianos no se jode), aunque tengo el presentimiento de que esta vez las cosas van a cambiar.

Hoy, en mi oficina, luego de que R.W. le diera el visto bueno a mi idea del libro (Inversión Alienígena va a vender 3 millones de copias por lo menos, no me preguntes cómo lo sé pero así es), saqué mis dados del cajón del escritorio donde los guardo y empecé a tirarlos. Al principio apenas le prestaba atención a lo que hacía, pero luego lo estudié algo más de cerca y, mierda santa, no pude creer lo que estaba viendo. Me conseguí un block de contaduría y anoté los cuarenta resultados de cuarenta tiradas.


Treinta y cuatro sietes.

Seis onces.


Ningún ojo de serpiente, ni un solo vagón. Ni siquiera un solo punto.
Ensayé el mismo experimento aquí en casa (de hecho, tan pronto como atravesé la puerta), no muy seguro de que funcionara porque la telepatía no se extiende más allá del quinto piso del 490 Park. Lo cierto es que puedes sentir como se agota cada vez que bajas (o subes) en el ascensor. Se escurre como agua vaciéndose por un fregadero, y te deja una sensación de tristeza.
Sin embargo, esta noche, tirando cuarenta veces los dados en la mesa de mi cocina salieron veinte sietes, seis onces, y catorce "puntos"; en otras palabras, combinaciones que suman tres, cuatro, cinco, seis, ocho, nueve, y diez. Ningún ojo de serpiente. Ningún vagón. La suerte no es tan poderosa lejos de la oficina, pero veinte sietes y seis onces son bastante asombrosos. Lo más sorprendente de todo es que no me salió crap ni una sola vez, ni en el 490, ni tampoco aquí en casa.
¿Andaré así de bien con las cinco cartas cuando esté del otro lado del Hudson, o mucho mejor todavía?
Sólo hay una forma de averiguarlo, nene. Esperar hasta mañana por la noche.
Apenas puedo creer lo que está pasando, pero no existe la más mínima duda de que realmente está sucediendo. Roger sugirió que nos mantengamos apartados de la planta, y eso sí que fue una broma. Lo mismo podría haber insinuado que la marea no sube, o que Harlow Enders no es un pelotudo. (Enders es un fanático de Robert Goulet. Lo único que tienes que hacer para saberlo es observarlo).
Me encontré vagando hacia el armario de Riddley una o dos veces por hora, durante todo el día, tan sólo para tomarme un buen respiro aclarador de cerebro. A veces huele como palomitas de maíz (el Teatro Nordica, donde me toqué por primera vez... no le conté esa parte a los demás aunque, dadas las actuales circunstancias, estoy seguro de que ya deben saberlo), otras veces huele a césped recién cortado, otras como Aceite Wildroot Crème, que es lo que yo siempre quería que el barbero me aplicara en el pelo como toque final cuando no era más que un muchacho. En varias ocasiones los demás ya estaban allí cuando yo llegaba y, justo antes de irnos, todos nos volvíamos al mismo tiempo, parados lado a lado y respirando profundamente, acumulando esos agradables aromas —y buenas ideas, tal vez— para el fin de semana. Supongo que le habríamos parecido alegres a un intruso, como una caricatura muda del New Yorker (¿necesitaríamos palabras para ser graciosos? Creo que no), pero créeme, allí no había nada divertido. Nada atemorizante, tampoco. Era agradable, eso es todo. Lisa y llanamente agradable.
¿Es adictivo aspirar a Zenith? Supongo que debe serlo, pero no se siente como una adicción dura o esclavizante ("esclavizante" puede ser una palabra desacertada, pero es la única que se me ocurre). No es como el hábito del cigarrillo, por ejemplo, o la afición a la marihuana. La gente dice que la marihuana no es adictiva, pero luego de mi primer año en Bates lo entendí mejor; esa mierda casi hizo que me suspendan. Pero repito, esto no es lo mismo. No parezco extrañarla cuando estoy lejos de ella, como lo estoy ahora (al menos no todavía). Y en el trabajo tengo la indescriptible sensación de ser uno con mis compañeros. No sé si llamarlo telepatía, exactamente (Herb y Sandra lo hacen, John y Roger parecen un poco menos seguros). Se parece más a cantar en armonía, o a caminar juntos en un desfile, paseando a paso tendido. (No marchando, sin embargo, no se siente tan organizado.) Y aunque tanto John como Roger, Sandra, y Herb se fueron por caminos separados por el fin de semana y estaremos todos lejos de la planta, aún me siento en contacto con ellos, como si pudiera extender la mano y conectarme si realmente lo quisiera. O si lo necesitara.
Ahora el cuarto del correo está casi completamente vacío de manuscritos, lo cual es algo condenadamente bueno porque ahora está casi completamente saturado de Zenith. Z también se ha desparramado por las paredes del corredor, aunque mucho más densamente en dirección sur, es decir hacia el pozo y la parte trasera del edificio. Para la otra dirección enroscó sus amistosos (nosotros asumimos que son amistosos) zarcillos alrededor de las puertas de Sandra y de John, que está ubicada enfrente de la de ella, pero hasta allí fue lo más lejos que había progresado a las cuatro de la tarde, que fue cuando me marché. Parece razonable asumir que la Barfield tenía razón cuando dijo que el ajo y el hedor —al que nosotros, meros humanos, no podemos soportar durante demasiado tiempo— lo retrasaría, al menos en aquella dirección. Al sur del armario del conserje y del cuarto del correo, sin embargo, el corredor está camino a convertirse un sendero selvático. Hay Z por las paredes (está ocultando las cubiertas de libros enmarcadas, lo cual es todo un alivio), y también hay enormes manojos de Z-hojas colgantes. También ha producido varias Z-flores azul oscuro que tienen su propio y agradable olor. Se parece a la cera ardiente (un olor que asocio con las velas de las calabazas de Hallowen de mi juventud). Nunca he visto flores creciendo en una hiedra, pero ¿qué puedo saber yo sobre plantas? La respuesta es no demasiado.
Hay una ventana reforzada con malla de alambre que mira hacia el pozo del edificio, y Z también ha empezado a crecer allí, con todas las hojas (y flores) apuntando al sol. Herb Porter dice que vio cómo una de esas hojas atrapaba a una mosca que se estaba arrastrando por el vidrio de la ventana. ¿Locura? ¡Indudablemente! Pero: ¿locura verdadera o falsa? Verdadera, creo, que hace pensar en las desagradables posibilidades que ofrece el hecho de acercarse para respirar aquellos deliciosos olores. Pero no quiero preocuparme por eso este fin de semana.
Adonde yo quiero ir este fin de semana es a Paramus.
Quizá con una parada en mi OTB local como buena medida.
Probablemente no debería decirlo, pero ¡Dios! ¡Esto es más divertido que Studio 54!

De los diarios de Riddley Walker

4/4/81


12:35 DE LA NOCHE

A bordo del Silver Meteor

Pregunta: ¿Estuvo Riddley Pearson Walker alguna vez en su vida tan desconcertado, tan descorazonado, tan agitado, tan absolutamente triste?


Creo que no.
¿Alguna vez Riddley Pearson Walker sufrió una semana más difícil en sus veintiséis años de vida?
Sin duda que no.
Estoy a bordo del Tren 36 de Amtrak, dirigiéndome a Manhattan con al menos tres días de anticipación. Nadie sabe que estoy llegando, pero después de todo, ¿a quién le importa? ¿A Roger Wade? ¿A Kenton, quizás? ¿A mi casero?
Busqué un avión que saliera de B'ama, pero no había asientos disponibles hasta el domingo. No podía obligarme a permanecer en Blackwater —o en cualquier otra parte al sur de la línea Mason-Dixon—todo ese tiempo. Por eso viajo en tren. Y por eso es que, con el sonido de los ronquidos a mi alrededor, y a pesar del movimiento oscilante del vagón en los rieles, estoy escribiendo este diario. No puedo dormir. Quizás pueda hacerlo cuando vuelva a Dobbs Ferry en algún momento de esta tarde, pero la tarde parece toda una eternidad. Recuerdo la narración de presentación de aquella vieja serie de TV, El Fugitivo. "Richard Kimball mira por la ventana y sólo puede ver la oscuridad," William Conrad lo decía cada semana. Luego continuaba, "Pero en esa oscuridad, el Destino mueve su mano colosal." ¿Will, esa mano colosal me controla a mí? No lo creo. No le temo. A menos que haya un destino en la hiedra de John Kenton, ¿y cómo puede el destino —o El Destino— habitar en una planta tan pequeña y vulgar? Qué idea loca. Sólo Dios sabe qué pudo ponerla en mi cabeza.
Mi recibimiento en Blackwater fue calurosa sólo por parte de los McDowells; mi tío Michael y mi tía Olympia. La hermana Evelyn, la hermana Sophie, la hermana Madeline (siempre fue mi favorita, lo cual hace que esto me duela tanto), y el hermano Floyd se comporta-ron todos fríos, reservados. Hasta la tarde del viernes me dediqué a las distracciones que brinda el desconsuelo, y nada más. Indudablemente sobrellevamos bien los dolorosos rituales del entierro. Mamá Walker descansa al lado de mi padre, en el cementerio del pueblo. En la fracción negra del cementerio del pueblo, ya que allí las normas de la discriminación se mantienen tan firmes como siempre, no como si existiera una ley escrita si no como lo que son: las leyes de la costumbre familiar; ni dichas, ni impresas, pero tan poderosas como las lágrimas y el amor.
Fuera de mi ventana puedo ver una luna llena montada serenamente en el cielo del sur, una luna como un dólar de plata color panqueque. Así la llamaba Mamá, y esta noche ha salido sin ella. Por primera vez en sesenta y dos años la luna llena ha salido sin ella. Estoy aquí sentado, escribiendo, y puedo sentir cómo las lágrimas me resbalan por las mejillas. ¡Oh Mamá, cuánto lloro por tí! ¡Tal como lo hacía de pequeño, aquel que los blancuchos llamaban negrito triste, como aquel chico e'toy llorando! ¡Esta noche soy un verda'ero negro de Stephen Foster! ¡Siuro! ¡Mamá en el helado'lado'lado suelo! ¡Sí se'ora!
También estoy alejado de mis hermanas y hermano. ¿Dónde me enterrarán, me pregunto? ¿En qué tierra desconocida?
Sin embargo, logró brotar. Toda la amargura. ¿Y el odio? ¿Fue odio lo que vi en sus ojos? ¿En los ojos de mi estimada Maddy? ¿La que me llevaba de la mano cuando íbamos a la escuela, y quien me consolaba cuando los demás me fastidiaban y me llamaban negro triste o encías tristes o Pequeño Heinie por culpa de aquella vez en primer grado en que se me cayeron los pantalones? Desearía decir no y no y no, pero mi corazón me niega ese no. Mi corazón me dice que lo vi. Mi corazón dice sí y sí y sí.
Esta tarde hubo una reunión familiar en la casa, el último acto del tristemente prosaico drama que comenzó con el ataque cardíaco de Mamá del día 25. Michael y Olympia fueron los organizadores y anfitriones. Empezó con el café, pero pronto el vino estuvo circulando en el salón y algo un poco más fuerte en el porche de la parte trasera. No vi ni a mi hermano ni a ninguna de mis hermanas en la casa, así que fui a ver al porche. Floyd estaba allí, tomándose un pequeño vasito de whisky y "memoreando" (la expresión que usaba Mamá cuando hablaba de los recuerdos) con algunos de sus primos, con Orthina y Gertrude, de su círculo de libros (ambas señoras muy decorosas, pero indudablemente borrachas), y con Jack Hance, el marido de Evvie. No había señales de la propia Evvie, ni de Sophie, ni de Madeline.
Anduve buscándolas, preocupado de que no se encontraran bien. Sus voces finalmente me llegaron desde arriba, desde el cuarto al final del pasillo donde Mamá durmió sola los últimos doce años, desde que murió Pop. Estaban murmurando; también se escuchaban suaves risas. Me dirigí hacia allí, con mis pasos amortiguados por la espesa alfombra del pasillo, teniendo una pequeña "memoración": recordé las amargas quejas de Mamá sobre esa espesa alfombra y sobre cómo dejaba ver toda la suciedad. Ella nunca la cambió. Cómo desearía que hubiera podido. Si ellas me hubieran escuchado llegar —tan sólo el simple sonido de mis pasos aproximándose— todo podría haber sido diferente. No es tan fácil, por supuesto; la aversión es aversión, el odio es odio, esas suposiciones son como mínimo cuasi-empíricas, lo sé. Es de mis ilusiones de lo que estoy hablando. Mis ilusiones en lo concerniente el afecto de mi familia, mis creencias en lo que ellos pensaban de mí: el valiente Riddley, el graduado de Cornell que ha soportado una larga serie de trabajos indignos, con el cuerpo en funcionamiento mientras la mente le permanece libre y despejada y capaz de continuar trabajando en el Gran Libro, una especie de fin de siecle del Hombre Invisible. ¡Cuan a menudo he invocado al espíritu de Ralph Ellison! En una oportunidad incluso me atreví a escribirle, y recibí una amable y alentadora respuesta. Cuelga enmarcada en la pared de mi departamento, por encima de mi máquina de escribir. Nadie sabe si seré capaz de seguir adelante después de esto... y no obstante siento que debo seguir. Porque sin el libro, ¿qué me queda? ¡Na'más qu'el mango de la escoba! ¡La lata de cera Johnson pa'l piso! ¡El escurridor pa'las ventanas y el cepillo pa'los tualéts! ¡Siuro!
No, el libro tiene que continuar. A pesar de todo, y debido a todo, este libro tiene que continuar. En un sentido muy real, es todo lo que tengo. Bien. Ya tuvimos suficientes lloriqueos de bebé. Empecemos.
Ya me he referido a la lectura del testamento y última voluntad de Mamá que se llevó a cabo el día entre el de su velorio y el de su entierro, y de cómo Law Tidyman, su amigo de toda la vida, lo registró para poder darlo a conocer en sus propias palabras. En ese momento me pareció un poco extraño (aunque no lo dije ya que estaba cansado y sacudido por el dolor, estados de notable semejanza) que Mamá le hubiera pedido a Law que lo haga, así fuera un viejo amigo o no, en lugar de decírselo a su propio hijo, quien actualmente es considerado uno de los mejores abogados de cualquier color, al menos en esta parte de Birmingham. Ahora quizás lo comprendo un poco mejor.
En su testamento, Mamá reveló que quería "que todo el dinero en efectivo, del que tengo un poco, vaya al Fondo de la Biblioteca de Blackwater. Todos los artículos negociables, de los que todavía me quedan algunos, deben venderse por mi albacea al máximo precio aprovechable dentro de los veinte meses siguientes a mi muerte, y todos los beneficios donados al Fondo Becario de la Escuela Secundaria de Blackwater, con la condición de que cualquier beca resultante, la que podría llamarse Becas Fortuna Walker si el Comité resolviera honrarme, debe ser otorgada sin tenerse en cuenta raza o religión, puesto que durante toda mi vida, yo, Fortuna Walker, he opinado que los Blancos son tan buenos como los Negros, y que los Católicos son casi tan buenos como los Bautistas del Sur."

¡Cómo nos reímos entre dientes de ese ejemplo casi perfecto de su ingenio! Pero esta tarde no hubo risas. Por lo menos, no después de que mis hermanas me miraran desde la cama, donde estaban sentadas, y me vieran parado en la puerta, angustiado.


Para entonces ya había visto todo lo que necesitaba ver. "Cualquiera que esté un paso por encima de ser un idiota sabe de qué se trata," como sin duda habría dicho Mamá; sigo con las memoraciones. Y lo que vi en la alcoba de mi madre muerta quedará grabado en mi memoria hasta que cesen las propias memoraciones.
Los cajones de su cómoda estaban abiertos, todos. Sus permanencias todavía seguían en algunos, aunque varias de sus blusas y polleras colgaban por sobre los bordes, dejando de manifiesto que todo había sido revuelto y manoseado; hasta un idiota podía notarlo. Pero las cosas que habían estado en los dos cajones del fondo habían sido extraídas y desparramadas de cualquier modo sobre su alfombra rosada, la que nunca había mostrado suciedad porque a nada que fuera sucio se le permitía la entrada en ese tranquilo cuarto. Al menos hasta la tarde pasada, cuando ella ya estuvo muerta y no pudo impedirlo. Lo que lo hizo peor, lo que hizo que me resultaran tanto piratas como saqueadores, fue el hecho de que allí estuvieran tirados sus prendas íntimas. La ropa interior de mi madre muerta, el infierno esparcido para desayuno de sus hijas, que hicieron que Lear me pareciera amable en comparación.
¿Soy demasiado cruel? ¿Un virtuoso de mí mismo? Ya no lo sé. Lo único que sé es que mi corazón se desangra y mi cabeza aúlla de confusión. Y sé lo que vi: sus cajones abiertos, sus combinaciones y bragas y sus impecables fajas Playtex desparramadas por el suelo. Y ellas en la cama, riendo, con una caja de estaño rojo frente a ellas, sobre el cobertor; una caja roja con su tapa de Sweetheart Girl separada y puesta a un lado. Había estado llena de dinero y joyas. Ahora se encontraba vacía y eran sus manos las que estaban repletas de los billetes y herencias de Mamá. ¿Cuál habría sido el valor? Tal vez no fuera una gran suma, pero sin duda nada despreciable; algunos de los alfileres y broches podrían ser cachivaches para vestidos, pero distinguí dos anillos cuyas piedras eran, según la misma Mamá, de diamantes. Y Mamá no mentía. Uno de ellos era su anillo de compromiso.
Eso pasó un minuto antes de que me descubrieran. Yo no dije nada; estaba literalmente mudo de la impresión.
Evelyn, que parece joven a pesar de su pelo gris y de ser la más vieja, tenía las manos colmadas de viejos billetes de diez y de cinco, olvidados por mi madre con el correr de los años.
Sophie contaba con sus enérgicos dedos papeles de aspecto oficial que podrían ser certificados accionarios o depósitos de tesoro, apresurados como los de un cajero de banco listo para cerrar su caja por el fin de semana.
Y mi hermana más joven, Maddy. Mi ángel guardián de la escuela. Sentada con sus palmas repletas de perlas (probablemente ilustradas, se lo concedo) y de pendientes y collares, clasificándolos, tan absorta como un arqueólogo. Eso fue lo que más me hirió. Ella me abrazó y lloró contra mi cuello cuando bajé del avión. Ahora seleccionaba el material bueno del falso entre las posesiones de su madre muerta, sonriendo como un ladrón de joyas tras un robo exitoso.

Todas sonreían sinceramente. Todas reían.
Evvie tomó el dinero y dijo:
—¡Aquí hay más de ocho mil! ¡Cómo va a gritar Jack cuando se lo cuente! Y apuesto a que no es todo. Apuesto...
Entonces notó que Sophie ya no la miraba, ni sonreía. Evvie volvió la cabeza, y Madeline también lo hizo. El color abandonó las mejillas de Maddy, dándole un aspecto aturdido.
—¿Y cómo pensaban dividírselo? —me escuché preguntar con una voz que no sonaba como la mía, en absoluto—. ¿En tres partes? ¿O Floyd también está metido en esto?
Y de atrás mío, como si hubiera estado esperando una señal, el mismo Floyd dijo:
—Floyd está metido en esto, hermanito. Oh sí, de verdad. Fue Floyd quien les dijo a las señoras cómo era esa caja y donde podía estar. La vi el invierno pasado. Se le escapó a mamá mientras tenía uno de sus arrebatos. Pero tú no sabes nada sobre sus arrebatos, ¿verdad?
Me di vuelta, sobresaltado. Por el olor a whisky en el aliento de Floyd y el matiz rojo oscuro en los bordes de sus ojos, lo poco que le había visto beber en el porche no fue lo primero del día. Ni lo tercero, ya que estamos. Me empujó hacia el interior de la habitación, y le dijo a Sophie (siempre fue su favorita):
—Ewie tiene razón; tiene que haber más. Creo que en esa caja está la mayor parte, pero no es todo, sin duda.
Se volvió hacia mí y dijo:
—Ella era como una manada de ratas. En eso fue en lo que se convirtió en los últimos años. O una de las cosas en que se convirtió, en cualquier caso.
—Su testamento... —empecé a decir.

—Su testamento, ¿qué hay con él? —preguntó Sophie. Dejó caer sobre el cubrecama los papeles que había estado examinando, haciendo un gesto de desprecio con sus pequeñas manos marrones, como si se desentendiera de todo el asunto—. ¿Te piensas que tuvimos una oportunidad de hablar con ella sobre eso? Nos dejó afuera. Mira a quién le hizo preparar su última carta. ¡A Law Tidyman! ¡A ese viejo Tío Tom!


El desprecio con el que lo dijo me sacudió profundamente, no tanto por lo que sentí si no por el simple hecho de que apenas media hora antes había visto a Sophie y a Evelyn y al Jack de Evvie riéndose y hablando con Law Tidyman y con Sulla, la mujer de Law. Se veían como si fueran los mejores amigos.
—No sabes cómo se comportó estos últimos años, Rid —dijo Madeline. Estaba allí sentada, con toda la falda rebosante con los recuerdos y billetes de su madre, sentada y defendiendo lo que estaba haciendo: lo que ellos estaban haciendo—. Ella...
—No tuve forma de saber cómo se comportó —dije yo— pero sé condenadamente bien lo que deseaba. ¿Acaso no estuve allí, con el resto de ustedes, cuando Law leyó su testamento? ¿No nos sentamos todos en círculo, como en una maldita sesión de espiritismo? ¿Y no fue eso lo que sucedió, con Mamá comunicándose con nosotros desde el otro lado de la tumba? ¿No la escuché decir a través de la voz de Law Tidyman que quería que esto —y señalé al saqueo que estaba sobre la cama— vaya a parar a la biblioteca del pueblo y al fondo de becas de la escuela secundaria? ¿Y a su nombre, si fuera posible?
Mi voz se estaba elevando, y yo no podía impedirlo. Porque ahora Floyd estaba sentado en la cama con ellas, con un brazo rodeando los hombros de Sophie, como para animarla. Y cuando la mano de Maddy se deslizó en la suya, él la aferró de la forma en que tomas la mano de una niñita asustada. Para animarla, también. Ellos estaban en la cama y yo en la puerta, y vi sus ojos y supe que estaban en mi contra. Incluso Maddy estaba en contra mío. Sobre todo Maddy, al parecer. Mi ángel de la escuela.
—¿Acaso no me vieron, asintiendo porque comprendí lo que quería? Sé que te vi a ti —a todos ustedes— haciendo el mismo gesto. Ahora me parece como si lo estuviera soñando. Porque no puede ser que la gente con la que crecí en este punto del mapa olvidado por Dios se haya convertido en profanadores de cementerio.
La cara de Maddy se contrajo y empezó a llorar. Y me alegró hacerla llorar. Así de furioso estaba, tan furioso como todavía lo estoy cuando los recuerdo allí sentados, a la luz de la lámpara. Cuando pienso en la caja de estaño con su tapa de Sweetheart Girl a un costado, con todo su contenido revuelto. Cuando pienso en sus manos y regazos llenos de sus pertenencias. En sus ojos llenos de sus objetos. Y en sus corazones, también. No en ella, pero sí en sus cosas. En lo que quedaba de ella.
—Oh, tú, pequeño y arrogante engreído —dijo Evelyn—. ¡Y siempre lo serás!
Se puso de pie y se pasó las manos por las mejillas, como para limpiarse las lágrimas... pero no había lágrimas en aquellos ardientes ojos suyos. No esta tarde. Esta tarde vi a mi hermano y a mis tres hermanas con sus máscaras puestas de lado.
—Ahórrate las acusaciones —dije. Ella nunca me gustó; la auténtica Evelyn, cuyos ojos estaban tan fijos en el afecto que nunca le tuvo a su hermano pequeño... ni a nadie que no pensara que las estrellas alterarían sus cursos para observar a Evelyn Walker Hance recorrer su encantador paso por la vida—. Es difícil señalar con el dedo cuando tus manos están llenas de bienes robados. Podrías dejar caer tu botín.
—Pero ella tiene razón —dijo Madeline—. Eres un engreído. Te crees superior a nosotros.
—Maddy, ¿cómo puedes decirme eso? —le pregunté. Los otros no podían lastimarme, no lo creo, al menos no de a uno; sólo ella podía hacerlo.
—Porque es la verdad. —Ella se soltó de la mano de Floyd, se levantó y me enfrentó. No creo que pueda olvidar ni una sola de las palabras que me dijo. Más memoraciones, Dios me ayude.
—Tú estuviste aquí durante el funeral, estuviste aquí durante la lectura de un testamento, el hijo que nunca fue lo bastante bueno como para escribir; estuviste en el entierro, estuviste cuando terminó, y estás aquí ahora, viendo cosas que no entiendes y declarando una disparatada opinión debido a todo lo que no sabes. A las cosas que pasaron mientras estabas allá arriba en New York, persiguiendo el premio Pulitzer con una escoba en la mano. Allá en New York, jugando a ser el negro y contándote a tí mismo cualquier mentira con tal de poder dormir por la noche.
—¡Amén! ¡Así se habla! —exclamó Sophie. Sus ojos también resplandecían. Eran casi como los ojos de un demonio. ¿Y yo? Yo estaba callado. Aturdido hasta el silencio. Henchido de esa horrible emoción, que es casi como una muerte, que se siente cuando finalmente alguien saca los trapos sucios. Cuando finalmente entiendes que la persona que ves en el espejo no es la que ven los demás.
—¿Y en definitiva, dónde estabas cuando ella murió? ¿Dónde estabas cuando tuvo los seis o siete ataques cardíacos leves que la llevaron al grande? ¿Dónde estabas cuando tuvo todos esos ataques pequeños y se volvió mal de la cabeza?

—Oh, estaba en New York —formuló Floyd animadamente—. Empleaba sus bellas artes fregando los pisos de la oficina editorial de algún blanco.


—Se trata de una investigación —dije con una voz tan baja que apenas pude oírme. De repente sentí que me iba a desmayar—. Una investigación para el libro.
—Una investigación, eso lo explica —dijo Evelyn con una inclinación, volviendo a poner el dinero en la caja—. Para eso ella se quedó sin almuerzos durante cuatro años, para poder pagar tus libros de la escuela. Para que pudieras estudiar el maravilloso mundo de la ciencia custodial.
—Oh, eres una perra —le dije... como si no hubiera escrito muchas de esas mismas cosas sobre mi trabajo en Zenith House, no una sino varias veces, en las páginas de este diario.

—Cállate —soltó Maddy—. Tan sólo cállate y escúchame, fanfarrón. —Lo expresó con una voz baja y furiosa que nunca antes le había oído, que nunca habría imaginado que pudiera venir de ella—. Tú, el único de nosotros que sigue soltero y sin niños. El único con el lujo de ver a una familia a través de esta... esta... no se...


—Esta dorada confusión de la memoria —sugirió Floyd. Tenía una pequeña botella plateada en el bolsillo de los pantalones. La sacó y se tomó un sorbo. Maddy asintió—. No tienes la menor idea de lo que necesitamos, ¿no es así? De en qué situación estamos. Floyd y Sophie tienen chicos que están a punto de ir a la universidad. Los de Evvie ya se fueron, y tiene facturas pendientes para demostrarlo. Los míos están próximos a ir. Y sólo tú...
—¿Por qué no le pides a Floyd que te ayude? —le pregunté—. En una carta que Mamá me escribió me dijo que ganó un cuarto de millón el año pasado. ¿No lo ven... ninguna de ustedes entienden lo que esto significa? ¡Es como robar centavos ante los ojos de una muerta! Ella...
Floyd se levantó. Sus ojos tenían una mirada mortal. Levantó un puño apretado.
—Sigue hablando así, Riddie, y te romperé la nariz.
Hubo un momento de tenso silencio, y luego nos llamó desde abajo la tía Olympia, con la voz alta, jovial y nerviosa.
—¿Chicos y chicas? ¿Todo bien allá arriba?
—Todo bien, tía Olly —le gritó Evelyn. Su voz sonó ligera y descuidada; sus ojos, que nunca abandonaron los míos, eran despiadados—. Hablando de los viejos tiempos. Bajamos en un momento. Sigue con lo tuyo ¿si?
—¿Están seguros de que están bien?
Y yo, Dios me asista, sentí el insensato impulso de gritar: ¡No! ¡No estamos bien! ¡Ven aquí! ¡Tú y el tío Michael, suban aquí! ¡Suban aquí y rescátenme! ¡Sálvenme del beso de las aves de rapiña!
Pero mantuve la boca cerrada, y Evvie cerró la puerta.
Habló Sophie:
—Mamá te escribió todo el tiempo, lo sabíamos, Rid. Siempre fuiste su favorito, ella te malcrió, sobre todo después de la muerte de Pop, cuando no tuvo en quien apoyarse. Ten la seguridad de que ella lo comprendió.
—Eso no es cierto —dije.
—Pero lo es —dijo Maddy—. ¿Y sabes qué? La forma que tenía Mamá de ver las cosas era bastante selectiva. Te habló del dinero que Floyd hizo el año pasado, no tengo la menor duda, pero dudo que te contara cómo el compañero de Floyd le robó todo a lo que pudo echarle el guante. Hey, hola, soy Oren Anderson, largándome a la Bahamas con mi robo del mes.
Me sentía como si fuera una sanguijuela. Miré a Floyd.
—¿Eso es verdad?

Floyd tomó otro sorbito del frasco plateado que había sido de Pop antes de que se lo apropiara y me sonrió. Fue una mueca horrible. Sus ojos estaban más rojos que nunca y tenía saliva en los labios. Parecía un hombre al final de una borrachera de un mes de duración. O al comienzo de una.


—Tan cierto como puede serlo, hermanito —dijo—. Yo estafaba como un aficionado. Creo que voy a poder escapar de ésta, aunque todavía no es cosa segura. Me acerqué a ella por un poco de ayuda y me dijo que estaba pelada. Nunca pudo superar haberte ubicado en Cornell, eso fue lo que me dijo. ¿Te parece que eso que está sobre la cama es estar sin blanca, hermanito? Ocho mil en efectivo... como mínimo... y el doble en joyas. Treinta mil en acciones, quizá. Y ella quería donarlo a la biblioteca. —Un gesto de desprecio le deformó la cara, como un calambre—. Jesús, por favor.
Miré a Evvie.
—Tu marido, Jack.... el negocio de la construcción...
—Jack ha tenido dos años duros —dijo—. Está en problemas. Cada banco en cincuenta kilómetros a la redonda tiene sus papeles. Sus deudas son todo lo que está sosteniéndolo. —Aunque se rió, sus ojos parecían asustados—. Sólo hay una cosa más que no sabías. Randall, el marido de Sophie está algo mejor...
—Nos estamos defendiendo, pero ¿salir adelante? —Sophie también se rió—. No creo que lo logremos. Floyd nos ayudó siempre que pudo, pero desde que Oren lo traicionó...
—Esa víbora —dijo Maddy—. Esa maldita víbora.
Yo me volví a Floyd, y señalé la botella.
—Quizá has estado tomando demasiado de eso. Quizá por eso es que no te preocupaste algo más por tus negocios... cuando todavía tenías un negocio del que preocuparte.
El puño de Floyd apareció de nuevo. Esta vez me rozó en el mentón. Te lo aciertan cuando ya casi ni te preocupas más. Ahora ya lo sé.
—Continúa, Floyd. Si hace que te sientas mejor, entonces adelante. Y si te parece que veinte o incluso cuarenta mil dólares van a alcanzarte para la fianza, entonces no te detengas. No puedes ser más imbécil.
Floyd echó el puño hacia atrás. Me habría dado duro, pero Maddy se interpuso entre nosotros. Ella me miró, y yo di vuelta la cara. No pude soportar lo que vi en sus ojos.
—Tú y tus citas —dijo ella suavemente—. Siempre con tus citas citables. Bien, aquí tienes una, señor Estirado: 'Quien tuvo esposa e hijos le dió rehenes a la fortuna.' Lo dijo Francis Bacon hace casi trescientos años, y era de gente como nosotros de la que hablaba, no de alguien como tú. No de tipos a los que les lleva veinte o treinta mil dólares educarse, para que luego tenga que investigar fregando suelos. ¿Cuánto le devolviste a tu familia? ¡Yo te diré cuánto! ¡Nada! ¡Y nada! ¡Y nada!
Me gritaba tan de cerca y tan violentamente cada uno de los nada que la saliva le saltaba de los labios hasta mí.
—Maddy, yo...
—Cállate —me espetó—. Soy yo la que está hablando ahora.
—¡Así se habla! —exclamó Sophie alegremente. Fue una pesadilla, te lo aseguro. Una pesadilla.
—Me largo de aquí —dije, y empecé a volverme.
Ellos no me lo permitieron. Al igual que en las pesadillas; no te dejan escapar. Evelyn me agarró de un lado, Floyd del otro.
—No —dijo Evvie, y pude oler la borrachera en su aliento. Del vino que estaban tomando en la planta baja—. Tienes que escuchar. Por una vez en tu maldita vida, tienes que escuchar.
—No estuviste aquí cuando se volvió loca, pero nosotros sí —dijo Maddy—. Los ataques le afectaron la mente. A veces salía a vagabun-dear por ahí, y teníamos que ir a buscarla y traerla de vuelta. Una vez lo hizo por la noche y tuvimos a medio pueblo fuera, buscándola con linternas. Hasta donde puedo decirlo, tú no estabas presente cuando finalmente la encontramos a las dos de la mañana, acurrucada en la orilla del río, dormida, con media docena de rollizas viudas negras a no más de tres metros de sus pies desnudos. Hasta donde yo sé, en ese momento tú estabas en tu departamento de New York, durmiendo plácidamente.
—Así se habla —dijo Floyd con frialdad. Todos se comportaban como si yo viviera en el edificio Dakota, en un ático, en lugar de en mi pequeño departamento de Dobbs Ferry... y mi pequeño departa-mento es bastante agradable, ¿no? Decididamente económico, incluso teniendo un sueldo de conserje, para un hombre sin vicios y sin rehenes para la fortuna.

—A veces se ensuciaba —dijo Maddy—. A veces decía locuras en la iglesia. Visitaba su círculo de libros y deliraba media hora sobre algún libro que leyó veinte años atrás. Volvía a la normalidad por un rato... tuvo unos cuantos días buenos hasta los últimos meses... pero tarde o temprano las locuras empezaban de nuevo, cada vez un poco peor, y cada vez por más tiempo. Y tú no sabías nada de eso, ¿no?


—¿Cómo saberlo? —pregunté— ¿Cómo iba a enterarme, si nadie me escribió ni me lo dijo? ¿Ni siquiera una palabra?
Ése fue el único de mis disparos que dio en el blanco. Maddy se ruborizó. Sophie y Evvie miraron para otro lado, vieron el tesoro esparcido sobre la cama, y luego apartaron la vista de allí, también.
—¿Habrías venido? —preguntó Floyd con cierta reserva—. ¿Si te hubiéramos escrito, Riddie, habrías venido?
—Por supuesto —dije yo, y pude oir la horrible falsedad en mi voz. Al igual que ellos, por supuesto... y la ventaja moral me abandonó. Por esta noche, posiblemente para bien, hasta donde ellos saben. No dudo que su propia posición moral fuera al menos en parte una excusa para su censurable conducta. Pero su furia para conmigo era genuina, y quizás hasta justificada, no lo dudo.

—Por supuesto —dijo, asintiendo y sonriendo ampliamente con su mueca de ojos rojos—. Por supuesto.


—Cuidamos de ella —dijo Maddy—. Nos unimos y cuidamos de ella. No hubo ni hospitales ni geriátricos, ni siquiera cuando comenzó a vagar. Tras la aventura de la ribera me quedé a dormir aquí algunas noches; lo mismo hizo Sophie; lo mismo hicieron Evelyn y Floyd. Todos salvo tú, Rid. ¿Y cómo nos agradeció? Dejándonos una casa sin valor, un granero sin valor y cuatro acres de tierra casi sin valor. Todo aquello que valiera algo —el dinero que podría haber pagar las tarjetas de crédito que Floyd usa en su negocio y darle a Jack un respiro— nos lo negó. Así que lo incautamos. Y llegas tú, entra el Astuto Señor Negro del Norte, y nos dice que somos profanadores que roban los cetavos ante los ojos de una muerta.

—Pero Maddy... ¿no ves que si le quitas lo que no quiso darte, sin importar cuán lejos o qué segura estés, ni cuánto lo necesites, se lo estás robando? ¿Qué se lo estás robando a tu propia madre?


¡Mi madre estaba loca! —me aulló con un chillido musitado. Agitó sus diminutos puños en el aire, como para expresar su frustración ante el hecho de que yo continúe fracasando en entender un punto que para ella estaba tan claro... quizás porque había estado allí, había visto madurar la locura de Mamá, y yo no—. ¡Ella vivió la última parte de su vida loca y se murió loca! ¡Ese testamento era una locura!
—Nos lo merecemos —dijo Sophie, acariciando la espalda de Maddy y apartándola suavemente de mí—, así que no nos interesa tu cháchara sobre el robo. Ella pretendió regalar lo que nos pertenece. No la culpo por eso, estaba loca, pero no va a quedar así. Riddie, tú simplemente llévate de aquí todos tus ideales de Boy Scout y déjanos terminar con nuestro asunto.
—Así es —dijo Evvie—. Vete abajo y consíguete un vaso de vino. Si es que los Boy Scouts toman vino, claro. Diles que bajaremos en seguida.
Miré a Floyd. Él asintió; ya no sonreía. Para entonces nadie sonreía. Las sonrisas habían terminado.
—Así es, hermanito. Y no me preocupa ese gesto de oh-pobre-de-mí que tienes en la cara. Metiste la nariz en donde no debías. Si una abeja te la picara, nadie lo notaría, salvo tú mismo.
A la última que miré fue a Maddy. Como esperanzado. Bueno, con la esperanza en una mano y la mierda en la otra; hasta un idiota lo sabe.
—Vete —dijo ella—. No soporto mirarte.
Volví abajo como un hombre en un sueño, y cuando tía Olympia me pasó la mano por el brazo y me preguntó qué era lo que andaba mal allí arriba, le sonreí y le dije nada, simplemente hablábamos de los viejos tiempos y nos exaltamos un poco. Lo más distinguido de la familia sureña; al estilo Tennessee Williams. Le dije que me marchaba al pueblo para conseguir algunas cosas, y cuando tía Olly me preguntó qué cosas —en el sentido de qué era lo que ella había olvidado, ya que fue ella la que preparó todo para la última fiesta de Mamá— no le contesté. Simplemente me fui, andando hacia adelante con esa sonrisita sin expresión en el rostro, y entré en mi automóvil rentado. Básicamente, lo que hice desde entonces es seguir huyendo. Abandoné algo de ropa y un libro de bolsillo, y en lo que me concierne, pueden quedarse allí hasta el fin de los tiempos. Y todo el rato que me he estado moviendo también estuve rememorando lo que vi mientras estaba en su puerta, inadvertido: los cajones arrancados y la ropa interior esparcida y ellas en la cama con las manos repletas de sus posesiones y la tapa de la caja de estaño puesta a un lado. Y todo lo que dijeron pudo haber sido verdad, o parcialmente cierto (creo que las mentiras más convincentes casi siempre tienen algo de verdad), aunque lo que recuerdo con más claridad son sus risas, que no pegaban para nada ni con compañeros huyendo, ni con maridos balanceándose al borde de la ruina, ni con las deudas de la tarjeta de crédito, selladas con esa horrible tinta de color rojo. Nada que ver con niños que necesitan dinero para la universidad, tampoco. La amarga suma, en otras palabras, era cero. La risa que oí de casualidad era la de piratas o trolls que encontraron un tesoro enterrado y están dividiéndoselo, reunidos bajo la luz de una luna como un dólar de plata color panqueque. Bajé las escaleras y los escalones del porche trasero y me alejé de ese lugar como un hombre en un sueño, y aún soy ese soñador, sentado en un tren, manchado con tinta desde la mano a la muñeca y con varias páginas de garabatos, acaso indescifrables, recién terminados. Qué absurdo es escribir, qué lastimoso baluarte contra las duras realidades de este mundo y las amargas verdades del hogar. Qué terrible es decir, "Esto es todo lo que tengo." Me duele todo: la mano, la muñeca, el brazo, la cabeza, el corazón. Voy cerrar los ojos y tratar de dormir... o al menos dormitar.
Es la cara de Maddy la que me aterra. La codicia la ha transformado en una extraña. Una terrible extraña, como uno de esos monstruos femeninos de los mitos griegos. No hay duda de que soy un presumido, como me llamaron, puedo creerme superior a ellos, pero nada cambiará lo que vi en sus ojos mientras no sabían que los estaba mirando.
Nada.
Más que mi libro, me parece que lo que anhelo son las simplezas del trabajo; como el agónico e interminable auto-análisis de Kenton, la divertida obsesión de Gelb por los dados, la aún más divertida obsesión de Porter con el sillón de la oficina de Sandra Jackson. No me molestaría volver a hacerlo con ella, protagonizando una de sus fantasías. Adoro la simplicidad de mi cubículo de conserje, donde todas las cosas son conocidas, normales, sin sorpresas. Quiero ver si esa pequeña y lastimosa hiedra se sigue manteniendo viva.
A eso de la medianoche, el Silver Meteor cruzó la línea Mason-Dixon. Ahora mis hermanas y hermano quedaron del otro lado de esa línea, y eso me alivia. Estoy impaciente por volver a New York.

Más tarde/8 de la mañana


Dormí durante casi cinco horas. Tengo el cuello duro y siento la espalda como si me la hubiera pateado una mula, pero en general me siento un poco mejor. Por lo menos pude tragar un pequeño desayuno. La sensación la tuve al despertar y al acercarme al coche comedor, y ha permanecido clara. La idea —la intuición— es que si estuviera en la oficina en lugar de viajando en un tren traqueteante hacia Dobbs Ferry, me sentiría mucho mejor. Me siento arrastrado hacia allí. Es como si hubiera tenido un sueño sobre el lugar, uno que no puedo recordar.
Quizá sea la planta: Zenith, la hiedra. Mi subconsciente me dice que entre y riegue a la pobrecita antes de que se muera de sed.
Bien...¿por qué no?

DE LAS INCURSIONES DE TRIPAS DE HIERRO HECKSLER

4 Abr 81

0600 hrs

Pk Ave So NYC

La hora cero se acerca. Planeo hacer mi entrada en la Casa de Publicaciones de Satanás de enfrente en 2-3 horas. Me saqué el disfraz de "Guitarra Loca Gertie". Ahora soy un respetable hombre de negocios con ropa de fin de semana, ¡JA!

Tú cuídate, Judío Señalado. Para el mediodía estaré en tu oficina, esperando.

El lunes a la mañana tu culo será mío.

No tuve más sueños sobre CARLOS. Tal vez se haya marchado. Bien. Algo menos de qué preocuparse.


de EL LIBRO SAGRADO DE CARLOS

SAGRADO MES DE ABRA (Entrada #79)

Mañana del sábado. En cuanto termine esta entrada, salgo hacia Zenith House de Kaka-Poop. Tengo en mi poder el "maletín especial" con todos los cuchillos del sagrado sacrifi-cio. ¡Y encima están "bastante afilados"! Estoy bien vestido, como un hombre de negocios que pasa un sábado en la ciudad. No debería tener ningún problema en penetrar en esa casa de ladrones y farsantes.

Me pregunto si Kenton tendrá mi "pequeño presente."

Me pregunto si sabe lo que le está pasando a su novia, o tal vez debería decir ex-novia. ¡Qué lástima que él tenga que morir antes de que ella pueda entregarle su "cosita"!. ¡Sangre inocente! ¡Primero la sangre inocente de ella y de ningún otro!

Ordené matar una virgen y estoy contento.

Espero y confío en estar recluido en la oficina de Kenton para el mediodía de hoy. Tengo bocadillos suficientes y dos gaseosas junto a mis cuchillos y podré "mantenerme" hasta el lunes.

No tuve más sueños de "El General" y su Jugo Señalado. Una carga menos en mi mente.

Y ahora iré a por tí, John Kenton. El traidor de mis ilusiones, el ladrón de mi libro. ¿Por qué esperar que el abbalah haga lo que puedo hacer por mí mismo?

¡VEN GRAN DEMETER!

¡VEN VERDE!





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