La sabiduría de las arenas



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LA SABIDURÍA DE LAS

ARENAS




Charlas sobre el Sufismo

Osho



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MA GYAN DARSHANA
osho_library@gruposyahoo.com

CAPÍTULO 1

La Historia De Las Arenas




¡Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas,

después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin

las arenas del desierto. Igual que había cruzado todas las

demás barreras, el arroyo trató también de cruzar ésta, pero

se encontró con que en cuanto se adentraba en la arena sus

aguas desaparecían.

Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cruzar

ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzarlo.

Entonces una voz oculta, que salía del mismo desierto, le

su­surró:

-El viento cruza el desierto, e igualmente puede hacerlo el

arroyo.

El arroyo objetó que estaba arremetiendo contra la arena,

pero que sólo estaba siendo absorbido: que el viento podía

volar y por ello podrá atravesar el desierto.

-Arremetiendo de tu manera habitual no podrás atravesar-

­lo. Desaparecerás o te convertirás en una marisma. Debes

dejar que el viento te lleve a tu destino.

-Pero ¿cómo puede suceder esto?

-Dejando que el viento te absorba.

Esta idea no era aceptable para el arroyo. Nunca antes ha-

­bía sido absorbido. No quería perder su individualidad: una

vez que la hubiese perdido, ¿cómo iba a saber que podía

volver a recuperarla?

-El viento -dijo la arena cumple esa función. Evapora el

agua, la transporta a través del desierto, y después la vuelve

a dejar caer. Al caer en forma de lluvia, el agua se vuelve a

convertir en un río.

-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?

-Así es, y si no me crees, no podrás convertirte más que en

un cenagal, e incluso eso te costará muchos, muchos años,

e indudablemente un cenagal no es lo mismo que un arroyo.

-Pero ¿no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy hoy?

-No puedes seguir así en ninguno de los casos -dijo el susu-

­rro-. Tu parte esencial es transportada y vuelve a formar un

arroyo. Tú recibes el nombre que tienes, incluso hoy, porque no

recibes qué parte de ti es la esencial.

Cuando el arroyo escuchó esto, comenzó a resonar un cierto

eco en sus pensamientos. Débilmente, recordó un estado en el

cual él -¿o era una parte de él?- había sido sostenido en los

brazos de! viento. También recordó -¿lo recordó?- que esto

era lo que realmente había que hacer, aunque no necesaria­-

mente lo más obvio.

Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores

brazos del viento, que suavemente y con facilidad le llevaron

hacia arriba y a lo lejos, dejándole caer con suavidad en

cuanto alcanzó la cima de la montaña, muchos, muchos ki­-

lómetros más allá.

Y como había abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de re-

­cordar y grabar con más fuerza en su mente los detalles de

la experiencia. Reflexionó:

-Sí, ahora he conocido mi verdadera identidad.

El arroyo estaba aprendiendo. Pero las arenas susurraron:

-Nosotras lo sabemos, porque sabemos cómo sucede un día

tras otro y porque nosotras, las arenas, nos extendemos des-

de la orilla del río por todo e! camino hasta la montaña.

Y por eso se dice que el camino por el que el arroyo de la

vida tiene que continuar su viaje está escrito en las arenas.
Entramos hoy en el mundo del sufismo. Es un mundo, pero no una visión del mundo. Es una trascendencia, pero no una filosofía de la trascendencia. No predica ninguna teoría, sencillamente te da consejos prácticos.

El sufismo no es especulativo. Es absolutamente realista, pragmático, práctico. Es práctico, no es abstracto. Por eso no es una visión del mundo. Y tampoco sistematiza el conoci­miento, porque no es una doctrina.

Una doctrina es una explicación completa de la existencia. El sufismo no es una doctrina; no tiene una explicación para la existencia, es un camino hacia los misterios de la existen­cia. No te explica nada, simplemente apunta a lo misterioso. Te guía hacia lo misterioso. El sufismo no desmitifica la exis­tencia. Todas las doctrinas lo hacen: su trabajo consiste en ha­cer conocido lo desconocido, destruyendo el misterio, destru­yendo el milagro. El sufismo te conduce de un milagro a otro, profundizando en la maravilla.

No es una doctrina, porque no da una explicación comple­ta de nada, sólo te da pistas muy pequeñas, momentos de in­tuición. No hila y teje filosofías; hila y teje historias, anécdo­tas, metáforas, parábolas, poesías. No es una metafísica, son metáforas. Es un dedo apuntando a la luna. No puedes enten­der la luna analizando el dedo. Pero si sigues la dirección con interés, si estás en armonía, entonces llegarás a ver la luna. El dedo no es la luna, el dedo no puede ser la luna, sin embargo puede señalar el camino.

Las historias sufíes no son filosóficas. Son sólo suaves indi­cios, susurros. El sufismo no grita, sólo susurra. Naturalmente, sólo aquellos que están listos para escuchar con interés -no sólo con interés sino con empatía-, sólo aquellos que están dispues­tos a abrir sus corazones confiando y rindiéndose pueden en­tender lo que es el sufismo. Sólo aquellos que son capaces de amar pueden entender qué es el sufismo. ¿Cuál es su mensaje? No es un análisis lógico, ni es tan ilógico como el zen. El sufis­mo dice que ser lógico es un extremo, y ser ilógico, el otro. El sufismo está a medio camino, ni lógico ni ilógico. No se incli­na ni a la izquierda ni a la derecha. No es absurdo. No es lógi­co como Sócrates y no es absurdo como Bodhidharma. Se dice que Bodhidharma y Sócrates sólo parecen diferentes, pero que sus perspectivas son iguales. De hecho Bodhidharma es más ló­gico que Sócrates; por eso tropieza con la ilógica. Si vas si­guiendo la línea de la lógica, antes o después llegas a un punto en el que ves que la lógica se acaba, pero el viaje continúa. Bodhidharma es un Sócrates que ha hecho todo el camino y ha llegado a ese extremo donde termina la lógica pero la vida con­tinúa. Bodhidharma parece diferente pero su perspectiva es so­crática; es intelectual. El zen está en contra del intelecto, pero estar en contra del intelecto es seguir siendo intelectual. El zen es una antifilosofía, pero ser antifilosófico es ser filosófico: esa es tu filosofía. El sufismo evita los extremos. Sigue el punto medio, el medio exacto, el término medio.

En el zen la palabra clave es, "atención". En el sufismo la palabra clave es "de corazón". Recuerda esto; te aclarará dón­de difieren. El zen está en contra de la mente, pero va más allá de la mente a través de ella. El sufismo no está en contra de la mente, al sufismo la mente le es completamente indiferente. El sufismo está enfocado en el corazón; simplemente no se preocupa de la mente. Es de corazón. Si, al sufí también le ocurre un cierto tipo de despertar. Si llamamos a un despertar en el zen satori, despertar de la mente, entonces tendremos que acuñar un término para el despertar sufí: "despertar del corazón". El camino del sufí es el camino del amante. El ca­mino del zen es el camino del guerrero, del samurai. Y por esta diferencia básica en la perspectiva...

Ambas usan cuentos. El zen utiliza los cuentos y el sufismo también, pero sus cuentos tienen un sabor diferente, un tono diferente. El cuento zen es absurdo, es un acertijo, y un acerti­jo que no puede ser resuelto. Puedes intentarlo, pero nunca se­rás capaz de resolverlo. Esa insolubilidad es intrínseca al cuen­to zen. Tiene que ser absurdo porque es un truco para destruir tu mente, para hacer temblar tu mente. Es una espada... para matar tu mente. Casi te vuelve loco, porque parece que no tie­ne ninguna solución y tienes que seguir meditando sobre la historia. Es un truco para meditar. La mente da muchas solu­ciones, pero todas ellas son rechazadas por el maestro. El dis­cípulo llega, día tras día, con nuevas soluciones, y el maestro sigue gritándole: «¡Esto es un disparate! ¡Continúa buscan­do!». A veces pasan meses, a veces años, y entonces llega el momento en que el discípulo ve que no hay solución. Y ten en cuenta, si simplemente crees que no hay solución entonces no has entendido la cuestión. Te has dado cuenta de que no existe una solución. En ese estado de no solución, de no conclusión, se produce una trascendencia, un salto, un salto cuántico, has ido más allá de la mente a través de la mente. El cuento zen funciona como una espada que corta el nudo de la mente.

El cuento sufí no es un acertijo, es una parábola. No es una conmoción, no es una espada; es persuasión, es seducción. Es el camino del amante. Es suave, delicado y femenino. El zen es muy masculino, el sufismo es femenino. La historia zen te vuelve loco: a través de la creación de un estado enloquecido de la mente te ayuda a ir más allá. ¡Te vuelve loco! La histo­ria sufí te intoxica poco a poco, pero inevitablemente.

En la historia sufí hay poesía, hay un ritmo. La historia sufí tiene que ser contemplada, no hay que meditar sobre ella como ocurre con la historia. La historia sufí tiene que ser em­bebida, saboreada como una taza de té, disfrutada en una ac­titud relajada. La historia zen tiene que ser penetrada con una mente muy concentrada, con una actitud muy tensa, con in­tensidad. Tienes que enfocar todas tus energías en la historia y olvidarte de todo el mundo; sólo existe ese cuento pequeño y absurdo. Y sabes que no tiene solución, y aun así tienes que poner toda tu energía en él. Y mientras tanto sabes que es ab­surdo, que no te va a conducir a ningún lado, pero el maestro te dice: «¡Reflexiona! ¡Concéntrate! ¡Presta atención! ¡Fíjate en el acertijo del cuento!».

El cuento sufí tiene que ser escuchado simplemente como un cuento. Los sufíes son grandes contadores de cuentos. Be­ben té o café, se sientan juntos en un lugar agradable, cálido. Comienza el cuento, el maestro es quien lo cuenta. Y el cuen­to sólo da vislumbres, pistas, pero muy potentes, muy pene­trantes. Todo lo que se requiere por parte del discípulo es que escuche, no atentamente sino con interés, con un corazón abierto, sin ninguna tensión. Hay que disfrutar del cuento. Cuando lo disfrutas te revela sus misterios.

Algunas cosas más antes de que empecemos a disfrutar del cuento: te he dicho que el sufismo no es una visión del mundo. Es una visión, no una visión del mundo. Una visión del mun­do significa que sigues siendo el mismo y empiezas a creer en una filosofía, en ciertas explicaciones acerca de la realidad. Sigues siendo el mismo, no has cambiado en absoluto. La vi­sión del mundo te añade algún conocimiento: te vuelves más erudito.

Una visión te transforma. Una visión sólo ocurre si eres transformado, si eres transportado a otras altitudes, a otras cumbres, a otras profundidades de la vida.

El sufismo es una visión. De hecho llamarlo "sufismo" no es correcto porque no es en absoluto un "ismo". Los sufíes no lo llaman "sufismo"; éste es un nombre dado por personas ajenas a él. Ellos llaman a su visión tassawuri, una visión de amor, un acercamiento amoroso a la realidad. Es enamorarse de la exis­tencia. La persona que piensa acerca de la existencia es un poco antagonista porque hace de la existencia un problema, como si le estuviera desafiando y él tuviera que descifrarla: tiene que descifrar el misterio, tiene que destruir el misterio. Él lucha.

Los sufíes dicen: nosotros y la existencia somos uno. No hay necesidad de luchar. Si persuades, cooperas, invitas, amas, ofreces tu amistad, la existencia comienza a revelar sus miste­rios. No hace falta violarla. El método científico, el método fi­losófico, el método intelectual ¡son violaciones! Es obligar a la existencia a descubrir su corazón. Es desnudar a la existencia por la fuerza y con violencia. La violencia puede darse a través de métodos científicos o lógicos, da igual, pero hay violencia. El filósofo ha adoptado un punto de vista como si la existencia no estuviera dispuesta a desvelar sus misterios; hay que obli­garla. Es una manera de aproximarse violenta.

El sufismo dice que esto no es necesario, la existencia está esperando a que te acerques para poder descubrirte su corazón, para que te enamores de ella. Si estás profundamente enamo­rado de la existencia, ésta comienza a abrirse, a desvelar sus secretos. Ha estado esperando mucho tiempo a que te acer­ques. No es necesario forzarla, ¡no es necesario violarla! Pue­des enamorarte.

Una visión del mundo es una postura agresiva, una visión es una postura de amor.

Te he dicho que el sufismo no es una doctrina, porque to­das las doctrinas crean una esclavitud. Crean prisiones a tu al­rededor. El sufismo es libertad. No crea ninguna doctrina a tu alrededor. No te dice que creas en una cierta doctrina. Habla de confianza, pero no habla de creencia.

La confianza es algo totalmente diferente. Creer es creer en una teoría, en una filosofía, en una visión del mundo: crees en el islam, en el hinduismo, en el cristianismo. Pero cuando con­fías, confías en la vida. No crees en la vida, confías en la vida; crees en las filosofías. La creencia es un pobre sustituto para la confianza. Y recuerda, la creencia, una vez más, viene de la cabeza, la confianza del corazón. Sus cualidades son diferen­tes, completamente diferentes, diametralmente opuestas. Nunca formes parte de un sistema de creencias; nunca te con­viertas en hindú, musulmán, jainista o budista. Cuando pasas a formar parte de un sistema de creencias te estás convirtien­do en un esclavo.

Si puedes encontrar un lugar, un espacio, donde no te im­pongan la creencia sino que apoyen la confianza, encuéntralo. Ese es el lugar correcto donde realmente puedes crecer, y cre­cer en libertad. No hay otro crecimiento; el crecimiento en li­bertad es el único que hay.

Te he dicho que el sufismo no es una filosofía, pero tampo­co es una antifilosofía. Simplemente no toma en cuenta ni filo­sofías ni antifilosofías. Las evita, es indiferente. Dice: ¿por qué preocuparse de las palabras cuando está disponible la realidad? Si puedes beber agua, ¿por qué preocuparte de las teorías acer­ca del agua? Si puedes ponerte bajo el sol y bailar con sus ra­yos, ¿por qué preocuparte de teorías? ¿Por qué no tener una ex­periencia, una experiencia auténtica? La filosofía da vueltas y vueltas, da rodeos. Nunca penetra en la esencia de la verdad.

Piensa sobre la verdad, pero pensar sobre la verdad es falsifi­carla. Hay que encontrarse con la verdad, no pensar sobre ella. La verdad hay que vivirla, no creer en ella. La verdad no es una conclusión: no la alcanzas por un proceso silogístico. ¡La ver­dad está ahí! Tú eres la verdad, los árboles son la verdad, los pájaros son la verdad, el sol, la luna. La verdad está por todos lados, y tú ¿cierras los ojos y piensas sobre la verdad? Todo lo que sea pensar te llevará por el camino equivocado.

No hace falta pensar. ¡Vívela! Sólo viviéndola llegarás a conocerla.

El sufismo no es una manera de pensar sino un modo de vida, una manera de vivir; no es una filosofía de la vida sino una forma de vivir.

He dicho que el sufismo no es especulativo. La especula­ción significa que estás pensando sobre cosas que no has cono­cido. Esto es una tontería. La especulación es como un ciego pensando en la luz, un sordo pensando en la música. Cuando piensas en Dios, ¿crees que estás siendo diferente al ciego que está pensando en la luz? No has visto a Dios, no has probado nada de lo divino, y sigues pensando. ¿Qué harás? Sí, la mente es muy hábil y puede hilar y tejer hermosos sistemas, pero esos sistemas son irrelevantes. Buenos o malos, lógicos o ilógicos, son sencillamente irrelevantes. No se aplican a la realidad, ca­recen de contexto en la realidad, son juegos de la mente.

El sufismo no es un juego de la mente; por eso es práctico, totalmente práctico. Si preguntas a un sufí sobre Dios, se echará a reír, o se pondrá a cantar una canción sin ninguna re­ferencia a Dios, o te contará una historia en la que nunca se menciona a Dios, o dirá algo que parece no tener ninguna re­lación con la pregunta. Simplemente te está diciendo: «No seas tonto. Vamos a ser prácticos». Pregúntale sobre Dios y te hablará de la oración pero no de Dios. Un verdadero sufí evi­tará el tema de Dios. Hablará sobre la oración; la oración es algo práctico. Pregúntale sobre el paraíso y te hablará sobre tu infelicidad y cómo deshacerte de ella; eso es ser práctico. Por­que el paraíso no está en ningún otro lado, cuando abandonas tus maneras desgraciadas, estás en el paraíso, o para ser más exactos, eres el paraíso.

Los sufíes siempre hablan de técnicas, de métodos. Nunca hablan del "qué", sólo del "cómo". Y en ese sentido son más científicos que cualquier científico. El sufismo te da un vis­lumbre de cómo debería ser la religión. No tiene sentido ha­blar sobre Dios: fabrica la escalera que te lleva a él. Es una completa pérdida de tiempo hablar del paraíso: da métodos para que el paraíso pueda ser explorado en el interior de tu ser. Es un fenómeno interno, es tu espacio interno. Y lo mismo ocurre con el infierno.

El sufismo no es ni siquiera una religión. Antes bien es una religiosidad. No tiene iglesia, no tiene libro: la Biblia, el Co­rán, los Vedas o el Dhammapda. No tiene libro, libro sagrado. No tiene una iglesia. El sufismo es una religiosidad que flota muy libremente. Cualquiera puede ser un sufí, un hindú, un cristiano, un musulmán. En cualquier parte, uno puede ser sufí. Es un método práctico para crear religiosidad.

La gente piensa: «¿Cómo pertenecer a una religión?». El sufismo dice: eso es ridículo, estúpido. La única pregunta sig­nificativa puede ser: ¿cómo crear religiosidad?, ¿cómo trans­formar mi propia energía de modo que se vuelva religiosa? Si comienzas a pertenecer a una religión sólo obtendrás una eti­queta pero no serás religioso, y tu mundo espiritual no será nada más que una proyección de este mundo.

Puedes ir y ver a la gente espiritual, y si los miras de cerca y los observas te sorprenderás: su espiritualidad no es nada más que una proyección de su mundo. En su cielo están espe­rando tener los mismos placeres, por supuesto en términos más permanentes -más intensos, más vivos-, pero los mismos pla­ceres. En su infierno tienen miedo de los mismos dolores y de los mismos sufrimientos, más intensos y más permanentes. La diferencia está en la cantidad. El fuego del infierno será el mis­mo fuego que hay aquí, pero más intenso, más ardiente. Que­ma más, duele más, hiere más, pero será el mismo fuego. ¿Y en el paraíso? Habrá la misma comida -más deliciosa, más nu­tritiva-, pero la diferencia está en la cantidad; y la cantidad no es la diferencia real. La diferencia aparece sólo cuando cam­bias de una visión cuantitativa a una cualitativa. Si empiezas a cambiar la cualidad de tu vida, esto es religiosidad.

Una persona realmente religiosa no puede ser hindú, mu­sulmana, cristiana. Simplemente es religiosa. Jesús no es cris­tiano, es religioso; yo le llamo sufí. El Buda no es budista, es simplemente religioso: yo le llamo sufí.

Un sufí es un persona que ha indagado en lo esencial de cada religión y ha descartado todo lo que no es esencial.

Te invito a esta bendición llamada sufismo, pero sólo serás capaz de entrar si tienes un gran interés. Escucha con amor; discutir no te servirá de nada. El sufismo no hace ningún es­fuerzo para convencerte. Simplemente está disponible para todos los que están dispuestos a aceptarlo. Es una invitación abierta a todos y a cada uno, pero sólo serán capaces de entrar en el mundo del sufismo aquellos que sean lo bastante valien­tes para no discutir. La afinidad debe ser los cimientos, la par­ticipación debe ser la base. Entra en armonía. Y recuerda, la discusión es una cobardía. Todos los cobardes discuten, todos ellos pueden discutir. Sólo los valientes pueden dar el salto a lo desconocido, No se puede discutir sobre lo desconocido, obviamente; por eso se le llama desconocido.

Puedes discutir sobre lo conocido, puedes llegar a conclu­siones sobre lo conocido a través del pensamiento, pero ¿cómo te las vas a arreglar con lo desconocido? El pensa­miento sólo te puede dar lo viejo, aquello que ya ha sido co­nocido y experimentado. El pensamiento no te puede dar algo que nunca ha sido experimentado y nunca ha sido conocido. Si permaneces demasiado obsesionado con el pensamiento te quedarás atascado. Lo desconocido no procede de tu pasado, lo desconocido procede del futuro. Lo desconocido no proce­de de tu memoria, de lo contrario, no sería desconocido. Lo desconocido penetra en tu memoria pero viene de un origen del que no sabemos nada, de un origen desconocido. Tu me­moria tiene que hacerle sitio: a eso me estoy refiriendo cuan­do te digo escucha con afinidad, armonízate. No estoy ha­ciendo aquí una proposición filosófica. Simplemente te voy a contar un cuento. Con un cuento no discutes. Con un cuento, simplemente escuchas como un niño. Disfrutas de sus mati­ces, sus giros repentinos. Empiezas a entrar en su espíritu, lo que quiere contarte la historia, y tiene mucho que decirte. Y a medida que crece tu empatía, el cuento se irá revelando más profundamente.

Confía...

Deja que la confianza sea tu actitud hacia el sufismo. Está disponible sólo para aquellos que confían. Y recuerda de nue­vo, sólo los valientes pueden confiar. Los cobardes siempre se retraen ante lo desconocido.

Ahora la historia..., es una de las más hermosas.


Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas,

después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las

arenas del desierto.
Cada una de las palabras tiene un potencial, y tendrás que entrar en el espíritu de cada una de ellas.
Un arroyo...
Un arroyo es una metáfora de la vida; de tu vida, de mi vida, de la vida de todos. No estás aquí de repente, no estás aquí ac­cidentalmente. Has estado aquí desde siempre. Tu arroyo ha es­tado fluyendo, desde la eternidad, fluyendo desde las lejanas montañas que has olvidado completamente, desde un origen..., del que ya no tienes ni una idea.

Y has estado, «después de atravesar todo tipo de paisajes»: has sido una roca, has sido un árbol, has sido un pájaro, has sido un animal, ¡has sido todo! Has ido a través de todo tipo de experiencias. Has pasado por muchos, muchos paisajes. Has ido a través de todas las variedades, de todas las posibili­dades; la vida te va enriqueciendo de esta manera.

Pero lo sigues olvidando. Es demasiado, no se puede con­tener. Las preocupaciones diarias son demasiadas; ocupa de­masiado espacio en tu consciencia para que no puedas recor­dar. Has olvidado la mayor parte de tus experiencias porque tienes una atención muy, muy pequeña, y esa atención sólo puede contener una cierta cantidad. Todos los días tienes que olvidar casi el noventa y nueve por ciento de lo que has expe­rimentado: ese uno por ciento se almacena. Después de unos cuantos días ni siquiera ese uno por ciento se almacena total­mente, una parte desaparece. Después de unos años todo se borra, sólo permanecen los fragmentos esenciales.

Si aumenta tu atención serás capaz de contener más. El Buda ha dicho que si tu mente es liberada de las preocupa­ciones diarias, podrás recordar tus vidas pasadas; es verdad. Si relajas la atención que dedicas a lo mundano, la luz co­menzará a iluminar el pasado. El Buda recordó y habló sobre sus vidas pasadas, miles de vidas: de la vida en la que fue un elefante y de la vida en la que fue un árbol, y así sucesiva­mente. Y también son tus vidas.

Tú no estás aquí de repente, tienes una continuidad. Eres una continuidad. La consciencia es un arroyo.

En Occidente, William James fue el primero en utilizar es­tas palabras: "arroyo de consciencia". Debió de recogerlas de alguna fuente sufí, no hay otra posibilidad, porque los sufíes siempre han estado hablando del arroyo de la consciencia, el arroyo de la vida. Es un fenómeno que está fluyendo de modo permanente; está en movimiento, no es estático. Incluso cuando estás aquí no eres estático. Las cosas cambian mo­mento a momento: el cuerpo es una corriente, la mente es una corriente, tu ser es una corriente. Ni siquiera eres el mismo en dos momentos consecutivos. Por la mañana estabas muy fe­liz, muy confiado, por la tarde has empezado a dudar y des­confiar, y por la noche todo el mundo es escéptico, cínico y sarcástico. Por la mañana temprano todo el mundo parece de­voto e inocente. A lo largo del día, mientras vas siendo enga­ñado empujado y estirado de un lado y del otro, empiezas a perder tu inocencia.

Estás cambiando constantemente..., en movimiento. Y si tratas de seguir siendo el mismo crearás tu infelicidad, porque entonces estarás luchando en contra de tu propia vida. El mensaje fluye, déjate llevar. El mensaje es: no nades contra la corriente. El mensaje se va con la corriente; es tu vida. Y no tengas miedo, porque este arroyo ha estado fluyendo desde el pasado, durante siglos -no tienes que tener miedo-, y este arroyo seguirá fluyendo en el futuro también a través de los siglos. De una eternidad a otra eternidad.

Eres el tejido de este universo. No desaparecerás. Aunque desaparezcas muchas veces, permaneces; lo esencial perma­nece. Sólo lo no esencial vuelve a desaparecer, pero lo no esencial no eres tú.


Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas,

después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las

arenas del desierto.
Dos cosas más sobre esta frase...

El origen está en las montañas, en las alturas. Eso es lo que todas las religiones del mundo han estado diciendo: que el hombre es un descendiente de Dios, que el origen está arriba en las montañas, que el hombre ha descendido de lo alto. Por eso el cristianismo estaba tan en contra del concepto que tenía Darwin sobre la evolución, porque esa idea va en contra de to­das las religiones.

La teoría de la evolución predica que el hombre no proce­de de las montañas sino de los valles; que el hombre ha ido evolucionando, ha ido ascendiendo. Y todas las religiones del mundo han estado enseñando exactamente lo contrario: han estado diciendo que el hombre es un descendiente, que pro­viene de Dios. Y este asunto tiene que quedar claro: si vienes de Dios, sólo entonces puedes ir hacia Dios, y no de otra ma­nera, porque el origen siempre es el objetivo. El círculo se completa, alcanzas ese punto del que provienes.

Darwin inventó una filosofía muy extraña, una progresión lineal en la que tú sigues evolucionando, pero ¿dónde termina­rá esa evolución? Es como una línea; sigue y sigue. Comienza en algún lugar en los oscuros valles. ¿Dónde terminará? No puede terminar en ninguna parte. Es una línea que sigue y si­gue. Es lineal; siempre permanecerá incompleta, siempre per­manecerá insatisfecha, nunca llegará a completarse.

Las religiones cuentan una historia completamente diferen­te. Dicen que el hombre viene de Dios y que al final regresa de nuevo a Dios. Es un círculo, una realización, y en la realiza­ción está la satisfacción.
Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas,

después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las

arenas del desierto.
¡Por fin!

Cada consciencia alcanza un punto que es un callejón sin salida, un punto que los sufíes denominan "el desierto" y que es donde sientes que estás desapareciendo, que te estás mu­riendo. El desierto es ese punto en el que te sientes completa­mente desesperado, sin significado, un momento en el que empiezas a considerar el suicidio, un punto en el que no pue­des decidir: qué hacer, qué no hacer, ser o no ser. Toda consciencia debe enfrentarse, con el desierto antes o después, por­que nunca serás realmente maduro sin pasar a través del desierto. Eso es parte del aprendizaje de todo espíritu. De he­cho cuando empiezas a enfrentarte con el desierto, empiezas a pensar en la religión. Cuando las cosas van bien, ¿a quién le preocupa la religión? ¿Quién contempla? ¿Quién medita?

¿Quién reza? Cuando las cosas no van bien comienzas a pen­sar que hay algo en ti básicamente equivocado.

Es un fenómeno curioso: siempre que una persona tiene todo lo que necesita se encuentra con el desierto. La sociedad opulenta se encuentra con el desierto. La sociedad pobre toda­vía está muy alejada de él. La opulencia te aproxima al desier­to, porque tienes todo lo que esperabas: tienes la mujer que que­rías, la casa, el dinero, el prestigio, el poder. Tienes todo lo que siempre soñaste, ahora no hay nada más para soñar: ha llegado el desierto. Ahora de repente empiezas a sentir una especie de insomnio. Ni siquiera puedes dormir, el desierto te rodea.

¿Cómo trascender este desierto, el desierto de la falta de sentido, el desierto de la angustia, el desierto del absurdo?
Igual que había cruzado todas las demás barreras, el arro­-

yo trató también de cruzar ésta...
Naturalmente. Siempre reaccionamos a partir de nuestro pasado. Hasta ahora siempre ha funcionado, por eso pensa­mos que va a funcionar en todas las situaciones, pero un día surge una situación en la que tu pasado es simplemente ina­plicable, no funciona. Esa es la verdadera crisis..., y también, la verdadera oportunidad.

La palabra china para crisis -no tienen palabras, tienen imágenes-, el ideograma chino para crisis es hermoso. Con­siste en dos pequeñas imágenes, dos pequeños ideogramas: uno quiere decir peligro, el otro quiere decir oportunidad. Cri­sis es peligro y oportunidad; depende de ti. Si continúas reac­cionando basándote en el pasado te suicidarás. Es peligroso. Si tienes inteligencia para ver que el problema es nuevo y que la respuesta tiene que ser nueva -las viejas respuestas no val­drán-, entonces es una gran oportunidad. Pasando a través del desierto alcanzarás una enorme madurez y una gran integra­ción. Y recuerda, así es como sucede cada vez.

Precisamente la otra noche una hermosa mujer tomó sannyas. Tenía miedo. Su miedo era significativo: en el pasado no había podido mantener una promesa, la promesa del matrimo­nio, por eso tenía miedo de no ser capaz de mantener su pro­mesa como sannyasin.(*) Pero un matrimonio es un matrimo­nio; sannyas no es un matrimonio. El matrimonio es esclavitud, sannyas es libertad. El matrimonio es una cadena, es una ley. Sannyas es liberación, es amor. Pero puedes enten­der que su argumento debe de haberle entrado muy dentro. Quería hacerse sannyasin -una mujer sincera-, pero tenía miedo de no ser capaz de mantener su promesa, porque con anterioridad había fracasado: no había podido mantener la promesa que le había dado a su marido.
(*) Un renunciante. En el contexto, un discípulo de Osho.
Siempre pensamos basándonos en el pasado. Así es como reacciona todo el mundo. Éste es el significado de la palabra reacción. Ésta es la diferencia entre reacción y respuesta. Res­puesta significa que la situación es tan nueva que no puedes obtener ninguna respuesta desde el pasado; al darte cuenta de esto respondes a la situación. Vas con la situación, no piensas en el pasado. Si estás pensando en el pasado y si metes en ello tu pasado, destruirás la oportunidad de crecimiento y seguirás comportándote dentro del viejo patrón, la vieja rutina. Esto es lo que sucede.

Has sido cristiano, has sido hindú, ahora te da miedo ser sannyasin. Crees que esto también es otra iglesia. ¡No lo es! Crees que esto es de nuevo una organización. ¡No lo es! Crees que esto es volverse de nuevo parte de un sistema de creencias. ¡No lo es! Estás confrontando algo absolutamente nuevo, pero naturalmente reaccionas basándote en el pasado. Piensas: «Yo era cristiano, ¿qué sentido tiene ahora hacerme sannyasin?».

Sucede todos los días. Un monje budista vino y me dijo:

«Estoy harto de ser monje, por eso no me quiero hacer sann­yasin». Le dije: «Pero esto no es ser un monje. ¡Mis sannya­sins no son monjes!».

La palabra "monje" significa "alguien que vive solo", en so­ledad. "Monasterio" viene de la misma palabra, "monje": una persona que renuncia al mundo y vive sola. "Monopolio" viene de la misma palabra, y "monogamia" también. Todas significan lo mismo, un marido y una esposa, monogamia. "Monopolio" significa que una persona tiene todo el poder sobre el asunto.

Mis sannyasins no son monjes, son no-monjes. Mis sannya­sins no son monjas. Yo no destrozo a la gente. Una monja es -una ruina de mujer. Un monje es la caricatura de un hombre. Yo realzo su humanidad, realzo su vida y realzo su amor. Pero na­turalmente cuando llega un monje budista o cuando llega un monje católico piensan: «¿Qué sentido tiene esto?».

Precisamente hace unos días estuvo aquí un monje católi­co. Después de estar en un monasterio católico durante doce, trece años, consiguió escaparse. Ahora tenía miedo. Me dijo: «¡Ahora tengo mucho miedo! Osho, te tengo miedo, porque me atraes tanto que tengo miedo de hacerme tu sannyasin. Y justo ahora me acabo de escapar, y no quiero volver a entrar en otro sistema».

Es natural, lo podemos entender, pero lo natural no es nece­sariamente cierto. Existen situaciones en las que te estás enfren­tando a algo muy nuevo, algo a lo que nunca te has enfrentado antes, pero tus ojos están llenos de pasado. Ellos interpretan de forma antigua y podrida.


Igual que había cruzado todas las demás barreras...
Atravesó montañas, atravesó llanuras, atravesó valles. El arroyo había atravesado muchas, muchas cosas. Viniendo de las altas montañas, de algún lugar desconocido, había viajado mucho, había hecho un gran peregrinaje. Había tenido mu­chas experiencias atravesando las duras rocas; siempre había salido victorioso. Ahora toda esa experiencia se había conver­tido en un obstáculo.
El arroyo trató también de cruzarlo -este desierto-, pero

se encontró con que en cuanto se adentraba en la arena

sus aguas desaparecían.
Era una situación nueva. La inteligencia consiste en que, al ver el hecho de que la situación es nueva, nunca intentes lo viejo. Cuando la situación es nueva, ¡sé nuevo! ¡Ten inventi­va! ¡Deja caer el pasado! ¡Mira con nuevos ojos! Deja que tu consciencia responda a lo nuevo. ¡Refléjalo! Y no tengas mie­do a los errores y a las equivocaciones, porque en una situa­ción nueva el único error que es imperdonable es el error de usar algo que fue práctico en otra ocasión, ¡el único error im­perdonable! Todos los demás errores y equivocaciones son perfectos, están bien; aprenderás algo a través de ellos.
Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cruzar

ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzarlo.
Los sufíes usan la palabra "convicción" de una manera muy extraña.

Si dices: «Soy un cristiano convencido», o «Soy un hindú convencido», Ese no es el significado, no el significado sufí. Los sufíes dicen que la convicción sólo quiere decir aquello que surge de tu ser más intrínseco, no del exterior. Por ejem­plo, todo el mundo busca la felicidad; eso es una convicción. Es natural. Nadie te ha dicho que busques y persigas la felici­dad, es algo intrínseco en ti; todo el mundo la está buscando y persiguiendo. Nadie te ha dicho que la felicidad sea posible. De hecho, muchos filósofos están diciendo que la felicidad no es posible. Freud lo dice, Nietzsche también; nunca ha suce­dido y no puede suceder por la misma naturaleza de las cosas; es imposible. Pero de todas formas, ¿a quién le importa Nietzsche y Freud? La gente sigue buscando. Hasta Nietzsche siguió buscando, y también Freud. En sus momentos filosófi­cos supo que no era posible, pero también tuvo momentos que no eran filosóficos, cuando era un ser humano y no un psico­analista, cuando no era el fundador del psicoanálisis sino sólo un ser humano: un padre, marido, amante o amigo. Entonces comenzaba a buscar la felicidad, aunque sabía que no era po­sible. Pero ese conocimiento sigue siendo superficial.

La convicción es inherente. El pájaro haciendo un nido en el árbol está convencido de algo de lo que no tiene conoci­miento. Nunca ha hecho un nido, nunca ha tenido crías –ésta es la primera vez-, tampoco ha ido nunca a ninguna escuela a aprender cómo hacer nidos. Nadie se lo ha contado, nadie se lo ha enseñado, y de repente surge la convicción. En el mo­mento en que la hembra se queda preñada surge en ella la con­vicción, desde un lugar desconocido y profundo, de que tiene que construir un nido; no sucede realmente en su cabeza, sino en la misma fibra de su ser. Empieza a moverse, a preparar co­sas. Tiene que preparar mil y una cosas, y cuando lleguen las crías el nido estará listo. No sabe nada de crías, no sabe nada de nidos, pero ocurre. Esto es convicción en el sentido sufí de la palabra.

Los sufíes usan las palabras a su manera. Giran el lengua­je, le dan la vuelta. Lo hacen encajar en su propia visión. Y siento que usan la palabra "convicción" exactamente en la forma que debe ser.


Sin embargo, estaba convencido de que...
...En contra de todo el conocimiento, en contra de toda la experiencia. El arroyo estaba viendo cómo desaparecía en el desierto, pero a pesar de todo tenía la convicción de que su destino era cruzarlo.

¿No tienes tú esa misma convicción? ¿No estás "conven­cido, a pesar de todo"? ¿No tienes la convicción en el fondo de tu ser de que la tierra no es tu casa, de que tienes que en­contrar tu casa, de que aquí, de alguna manera, eres extranje­ro, de que el amor que estás viviendo es de alguna manera su­perficial -tu destino es mucho más que esto-, de que la vida que estás viviendo no es la vida que se supone debías vivir? Esta convicción existe; por eso la búsqueda, por eso la aventura, por eso uno sigue buscando aquí y allí, en esta dirección y en aquélla. En algún lugar debe de haber una forma de po­der realizar tu destino.

¿Quién te ha dicho que ésta no es tu casa? ¿Quién te ha di­cho que hay algo más en la vida? ¿Quién te ha dicho que hay otra vida después de la muerte? Nadie ha regresado de la muer­te, nadie ha dicho: «He sobrevivido». Ni el Buda, ni Mahavira, ni Krishna han regresado de la muerte, pero existe una sutil con­vicción, una convicción inquebrantable de que, de alguna for­ma, seguirás viviendo. Este cuerpo se extinguirá, esta vida se extinguirá, pero la vida continuará, la Vida con mayúscula.
Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cru-

zar ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzar­-

lo. Entonces una voz oculta, que salía del mismo desierto, le su­-

surró:

-El viento cruza el desierto, e igualmente puede hacerlo el

arroyo.
Ahora fíjate en la historia con compasión. Tiene un gran mensaje para ti.

Cuando dice: «el mismo desierto le susurró», ¿qué quiere decir? ¿Qué simboliza esto? Quiere decir que si escuchas la situación, el problema al que te estás enfrentando, la crisis que estás atravesando, si escuchas silenciosamente, encontra­rás la llave que abre la puerta. En el problema está la solución: Ese es el significado. En la enfermedad se esconde la medici­na, el tratamiento. Si puedes entrar en el problema sin res­puestas preconcebidas, el problema te susurrará, te dirá cómo se puede solucionar. El desierto es la crisis del arroyo, el arro­yo está muriendo en el desierto. Pero ¡mira! hasta el desierto es tu amigo. Sólo tienes que escuchar.

Cuando estás enfadado, escucha a la rabia y encontrarás la llave que abre las puertas de la compasión. Cuando estás se­xualmente rebosante, escucha a tu sexualidad y encontrarás la puerta del samadhi(*). Escucha a tu avaricia, y te sorprenderás, en el fenómeno mismo de la avaricia está escondido el secre­to del compartir.
(*) El estado de conciencia más elevado en el que la distinción observador-observado,

sujeto-objeto es transcendida.


Éste es el arte de ser meditativo. Ésta es la auténtica medi­tación: siempre que te enfrentes con un problema, entra en el problema, y sólo podrás entrar si no tienes ninguna solución preconcebida. Esas soluciones son tus enemigos. Ahora fíjate en el cambio: ¿te crees que esas soluciones que tienes en la cabeza en forma de conocimientos son tus amigos?, ¿imagi­nas dónde estarías sin esas soluciones? No es verdad. Esas so­luciones son tus enemigos. Por su culpa no puedes escuchar el silencioso susurro del problema, no puedes penetrar en su misterio.

Míralo de esta manera: sabes que el sexo está mal porque lo has leído en las escrituras. Sabes que es un pecado porque los sacerdotes lo han estado diciendo durante siglos. Ahora esto se ha arraigado profundamente en ti, esto es lo que sabes: el sexo es pecado. Por esta causa nunca serás capaz de mirar profundamente el sexo con agrado, nunca serás capaz de en­trar en el misterio. La idea de que el sexo es un pecado será un obstáculo, te lo impedirá. Y tú sabes que ya sabes, de modo que no tiene sentido el aprender.

Si escuchas al fenómeno del sexo que llama a tu puerta cada día, cada año, y que sigue llamando hasta cuando te es­tás muriendo... Te sorprenderá saber que siempre que cruci­fican a un reo, cuando lo sentencian a muerte, lo último que experimenta es una eyaculación. No podemos estar tan segu­ros con una mujer porque no eyacula. Ella debe de tener un orgasmo, pero invisible. Y esto es lo que he observado en mu­cha gente que he visto morir; ésta ha sido una de mis aficio­nes desde mi infancia.

En mi ciudad nunca dejaba morirse a nadie sin estar yo allí. En cuanto oía que alguien se encontraba agonizando, iba para allí. Si mis padres no sabían dónde estaba durante unas horas, decían: «Busca a algún moribundo. Debe de estar allí». Yo los seguía hasta el último viaje, y acompañaba a todos los mori­bundos, ricos, pobres, mendigos -incluso a los perros moribun­dos y a los gatos- y me sentaba a observar. Cuanto más recep­tivo me volvía más me sorprendía; he visto cómo sucedía una y otra vez: la última idea que tiene un hombre al morir es sexual, y lo mismo ocurre con los perros y con los gatos.

El sexo persiste. Sólo te deja cuando has aprendido la lec­ción, y para aprender la lección tienes que escucharlo. Tendrás que ser muy meditativo con el sexo, no antagonista. Tendrás que ser muy silencioso. Adéntrate en el sexo como si estuvieras en­trando en un templo -es el más sagrado de todos- y la llave más secreta se esconde ahí, la llave maestra. El sexo debe tener la lla­ve que abre las puertas porque es el origen de la vida.

Eso es lo que quiere decir el desierto cuando suspira: «El viento cruza el desierto, e igual puede hacerlo el arroyo».


El arroyo objetó...
...Del mismo modo que muchas veces tú me pones obje­ciones a mí. Cada día recibo cartas, con pegas y más pegas: «Esto no debería ser así, debería ser de este otro modo», y no sabes lo que estás diciendo. No sabes dónde estás y sigues prescribiendo, sigues dando consejos y sigues oponiéndote.

Precisamente el otro día recibí una carta de una persona que tiene un fuerte deseo de hacerse sannyasin, pero se opone a sannyas «porque es un tipo de esclavitud». No sabes nada sobre sannyas. No sabes nada sobre la rendición. La rendición te convierte en el amo, no en un esclavo, pero es un misterio que hay que vivir, y, a menos que lo vivas, no existe otra ma­nera de comprenderlo. Y todas las pegas que surgen, surgen de tu conocimiento pasado. Y el conocimiento pasado ha de­jado de ser válido, no es válido para sannyas. ¡Tú nunca has sido un sannyasin!

Pero este río nunca se ha adentrado en el desierto, jamás lo ha cruzado. Por primera vez, el desierto ha llegado a la vida del río.
El arroyo objetó que estaba arremetiendo contra la arena,

pero que sólo estaba siendo absorbido; que el viento podía

volar y por ello podía atravesar el desierto.
«Pero ¿cómo podría hacerlo yo?», muy lógico. «El viento puede volar. Yo no puedo volar. El viento puede cruzar el de­sierto, pero yo, ¿cómo voy a hacerlo yo?»
-Arremetiendo de tu manera habitual no podrás atrave­-

sarlo.
Escucha...

El desierto está diciendo: «Arremetiendo de tu manera ha­bitual no podrás atravesarlo». Tendrás que abandonar el modo acostumbrado, el modo habitual. Esto es rendición: abando­nar lo habitual, abandonar el pasado, abandonar lo conocido, abandonar lo aprendido y encarar lo nuevo con una nueva consciencia.


-...Desaparecerás o te convertirás en una marisma. De­-

bes dejar que el viento te lleve a tu destino.
Esto es dejarse llevar. Debes dejarte llevar. Debes permitir que la existencia misma te lleve a tu destino final. En esto consiste la rendición. El desierto está enseñando a rendirse al arroyo.
¡-Pero ¿cómo puede suceder esto?

-Dejando que el viento te absorba.
Eso es la muerte, eso es morir, morir en el maestro, rela­jarse en el maestro, en alguien que ya ha desaparecido, desa­parecer en él.
Esta idea no era aceptable para el arroyo. Después de

todo, nunca antes había sido absorbido. No quería perder su

individualidad.
La gente sigue viniendo a mí y me dicen: «sannyas está bien, pero ¿qué hay de nuestra individualidad? ¿No perdere­mos nuestra individualidad?».

¡No tienes ninguna! Y te preocupa mucho perderla... ¿Qué individualidad tienes? Al río le preocupa perder su individua­lidad. De hecho, no olvides: lo esencial nunca se puede per­der. Por eso en la rendición, cuando te rindes, sólo desaparece lo no esencial, y lo esencial emerge con total claridad y brillo. Estaba escondido en lo no esencial. Lo no esencial era el no­venta y nueve por ciento, la basura era el noventa y nueve por ciento, y el Kohinoor, el diamante de tu ser, se encontraba de­trás de la basura. Cuando te rindes sólo se puede rendir la ba­sura, sólo se puede rendir lo no esencial. Lo esencial es aque­llo que no puede rendirse; no hay manera de rendirlo. Por eso cuando la basura desaparece, por primera vez realizas tu cen­tro esencial, tu Kohinoor, tu diamante.

Pero el arroyo está asustado.
No quería perder su individualidad; una vez que la hubiese

perdido, ¿cómo iba a saber que podría volver a recuperarla?
Éste también es tu miedo. De un modo u otro todo el mun­do vacila delante de sannyas. ¿Cómo va a estar uno seguro de que rindiendo su ser no lo perderá? ¿Cómo lo recuperaras? Y no te puedes enfadar con el arroyo. Lógica natural, tu lógica, la lógica de todo el mundo: «¿Cómo voy a saber que lo esen­cial no se va a perder también? ¿Y cómo regresaré de nuevo a mi mismo?». El miedo es natural.
-El viento -dijo la arena- cumple esa función.
La función del maestro es la función del viento: él permite que seas absorbido en él. En esa absorción lo no esencial de­saparece y lo esencial se hace, por primera vez para ti, lumi­noso. Tú te rindes al maestro y él te devuelve tu ser interno, tu verdadero ser. Sólo se lleva lo que no eres. Sólo se lleva lo que nunca tuviste, y te devuelve lo que siempre has tenido conti­go pero de lo que nunca fuiste consciente. Te da lo que eres y se lleva lo que no eres.
-El viento -dijo la arena- cumple esa función. Evapora el

agua, la transporta a través del desierto, y después la vuelve

a dejar caer. Al caer en forma de lluvia, el agua se vuelve a

convertir en un río.

-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?
Todo buscador lo pregunta, un día u otro: «¿Cómo puedo saber que esto es verdad? Quizás sea sólo un mito, un cuento, una creencia para explotar los arroyos. Quizás sea un engaño, un fraude, o un truco sutil para engañar, quizás sea una estra­tegia. ¿Cómo puedo saber que esto es verdad?».

El río quiere convencerse lógicamente. Quiere una prueba, ver por anticipado lo que va a suceder.


-Así es, y si no me crees, no podrás convertirte más que en

un cenagal, e incluso eso te costará muchos, muchos años; e

indudablemente un cenagal no es lo mismo que un arroyo.
El desierto dice: «Es así. No hay manera de demostrarlo. No hay manera de verlo por anticipado. Uno sólo lo conoce metiéndose en ello».

La gente viene y me pregunta: «¿Qué es sannyas?», y siempre me quedo sin palabras para explicárselo. ¿Qué les voy a decir? Todo lo que puedo decirles es: hazte sannyasin y entérate de lo que es. Es una experiencia, un sabor; sólo se co­noce probándolo. Pero son personas muy lógicas, muy racio­nales. Y me dicen: «Está bien, pero ¿cuál es la prueba de que una vez que entremos...? ¿Y si no sucede nada, si no sabe a nada, no hay disfrute...? Necesitamos alguna garantía, nos hace falta alguna prueba. Y si no hay pruebas, por lo menos hay algo que tiene que estar garantizado: que podamos regre­sar de nuevo a lo que éramos antes. Disolverse es entrar en la inseguridad, es adentrarse en algo parecido a un noche oscu­ra. Es arriesgado».

Pero no hay manera de conocer cosas del más allá. La úni­ca forma es meter-se en ellas, ser ellas. «Y hay algo seguro -dice el desierto- no te puedo dar ninguna prueba.» Sólo te puedo decir que es así, lo he visto suceder una y otra vez. Pero si no confías en mí, no podrás convertirte más que en un cena­gal. Por eso puedes escoger, o bien te conviertes en un cenagal, o asumes el riesgo y desapareces en el viento. Incluso si deci­des convertirte en un cenagal nunca volverás a ser un arroyo. De cualquier forma el arroyo va a desaparecer. Puedes desapa­recer de forma cobarde y te convertirás en un cenagal, o puedes desaparecer dando un salto cuántico, con mucha valentía. Hay una posibilidad: si confías quizás puedas ser de nuevo, de una forma diferente, en un plano diferente.

Cuando el discípulo desaparece en el maestro, desaparece en un plano muy inferior y renace en un plano superior. Muere como algo tosco y nace como algo sutil. Muere como cuerpo y nace como espíritu. Muere como circunferencia y nace como centro. Pero la decisión es tuya; te puedes convertir en un cena­gal. Pero recuerda, de esa forma el río también desaparece.


-Pero ¿no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy

hoy?
El arroyo hace una pregunta muy irrelevante: «¿Son éstas las únicas alternativas, convertirme en un cenagal y perder mi individualidad, o desaparecer en los vientos y arriesgarme emprendiendo un viaje desconocido, sin saber adónde voy a ir a parar o si regresaré otra vez a la tierra? ¿Son estas dos las únicas alternativas? ¿No existe una tercera?».
-Pero ¿no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy

hoy?
Eso es lo que piensas tú también. Pero no puedes seguir siendo el mismo. La vida se está moviendo, y no hay forma de volver atrás, ni forma de detener el movimiento.

Un gran científico, Eddington, ha dicho que la palabra "descanso" es una palabra vacía, porque en la vida no hay una situación que se corresponda con ella. Todo se está moviendo, nada está descansando. Las estrellas se mueven, la tierra se mueve, el sol se mueve, la vida se mueve, el árbol se mueve, todo está en movimiento. Nunca, ni en un solo momento, hay descanso. Incluso cuando estás dormido y dices «Estoy des­cansando», no es cierto; todo se está moviendo. Después de ocho horas serás ocho horas más viejo. Incluso durante tu sue­ño profundo se suceden los sueños, tu consciencia se está mo­viendo, tu cuerpo está cambiando, tu mente está cambiando. Todo es movimiento, la vida es movimiento, de modo que no hay forma de seguir siendo el mismo.


-No puedes seguir así en ninguno de los casos -dijo el su­-

surro-. Tu parte esencial es transportada y vuelve a formar

un arroyo. Tu recibes el nombre que tienes, incluso hoy, por­-

que no sabes qué parte de ti es la esencial.
Para conocer lo esencial, la única forma es renunciar a lo no esencial, descartar lo no esencial. Reconocer lo falso como falso es la única forma de conocer qué es la verdad.
Cuando el arroyo escuchó esto, comenzó a resonar un

cierto eco en sus pensamientos.
Sí, era verdad; el arroyo lo podía ver. El arroyo no era hu­mano. Los seres humanos están muy ciegos; ni los arroyos son tan ciegos. Los seres humanos son muy estúpidos, intran­sigentes y testarudos. El arroyo podía ver el sentido: «Sí, no puedo seguir siendo el mismo. Nunca he sido el mismo ni si­quiera en dos momentos consecutivos, las cosas siempre es­tán cambiando. ¡Es verdad! He sido un cambio constante. Ex­cepto los cambios, todo cambia. ¡Es verdad!».

El arroyo pudo entenderlo. Y pudo ver las dos alternativas: una es convertirse en un cenagal, un sucio cenagal, y perder­se en el desierto para siempre; la otra es arriesgarse, desapa­recer en el viento, evaporarse y confiar, ¡y ver qué pasa! No vas a perder de ninguna forma. No puedes seguir siendo el mismo, de modo que eso ha dejado de ser una alternativa. Ahora la única alternativa es convertirse en un cobarde cenagal o volverse un valeroso salto cuántico.

La gente que se queda dudando se convierten en cenagales. Sólo la gente que alcanza la confianza conoce la realidad. En el momento en que el arroyo se hace consciente del mensaje del susurro, un cierto eco comienza a resonar en sus pensa­mientos.

¡Eso es lo que te está sucediendo a ti también! Escuchándo­me, siempre que surge en ti un momento de confianza, un cier­to eco..., algo de tu propio inconsciente empieza a emerger.


Débilmente, recordó un estado en el cual él -¿o era una

parte de él?- había sido sostenido en los brazos del viento.
Si me escuchas, si participas de mi ser, un cierto eco comen­zará a resonar en ti: sí, en algún lugar, en algún momento, fuiste parte de la existencia. Habías existido sin ninguna preocupa­ción, sin ninguna duda, en una especie de unidad con el todo; eso fue en el vientre de tu madre. Y si eso fue posible, ¿por qué no puede volver a suceder? La existencia se ocupaba de todo; si te relajas quizás pueda volver a ocuparse otra vez.
Débilmente, recordó un estado en el cual él -¿o era una

parte de él?- había sido sostenido en los brazos del viento.

También recordó -¿lo recordó?- que esto era lo que realmen­-

te había que hacer, aunque no necesariamente lo más obvio.
Recuérdalo, una gran afirmación: lo obvio y lo natural no son necesariamente lo real. Lo obvio es aquello que encaja con tu pasado. Lo natural es aquello que es acorde con tus costumbres; eso quizás no sea necesariamente lo real. Llega un momento en la vida en que te encaras con el desierto, en que todo el conocimiento es fútil, todo el pasado irrelevante, todos tus hábitos, las maneras acostumbradas de pensar y comportarse simplemente dejan de tener sentido alguno. Ese momento de crisis, ese momento de encararte al desierto, es un gran momento. Si tienes el suficiente coraje para arriesgarte te transformarás.
Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores

Brazos del viento, que suavemente y con facilidad le llevaron

hacia arriba y a lo lejos, dejándole caer con suavidad en

cuanto alcanzó la cima de la montaña, muchos, muchos kiló­-

metros más allá.

Y como habla abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de

Recordar, grabar con más fuerza en su mente los detalles de la

experiencia. Reflexionó: «Si: ahora he conocido mi verdadera

identidad»,
El arroyo asumió el riesgo; esa era la única alternativa in­teligente.

Si lo ves claro, no hay elección. Si lo ves claro, tendrás que hacer aquello que es real. La elección sólo existe en una men­te confusa. Te sorprenderás al saber que una mente de clari­dad transparente no tiene elección. No hay alternativas. ¿Qué alternativas puede haber?; o bien algo es correcto, o es equi­vocado. Cuando eres claro, cuando tienes claridad y percep­ción, sencillamente ves lo correcto y haces lo correcto. No empiezas a pensar si estás haciendo lo correcto o lo equivoca­do; no queda ninguna alternativa. Las alternativas sólo apare­cen en una mente confusa, La confusión produce la elección. La mente confusa no puede ver lo que es correcto y lo que es equivocado; quizás esto es lo correcto, quizás eso es lo co­rrecto, quizás esto es lo equivocado, quizás eso es lo equivo­cado. Todos son "quizás", "tal vez"; de ahí la elección.

Muchas veces la gente me pregunta: «¿Qué es pecado y qué es virtud? Y ¿cómo decidirlo?». Si tomas una decisión será equivocada. Si escoges te equivocarás. Toda elección es una equivocación. No hay forma de decidir. No hay necesidad de decidir qué es pecado y qué es virtud. Sólo necesitas una mente transparente, una claridad, una mente sin pensamien­tos, una no mente, una consciencia como un espejo. En una consciencia así, pase lo que pase es virtud. En una consciencia así, todo lo que no pueda pasar es pecado.
Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores

brazos del viento.
El arroyo pudo ver claramente que es el único camino posi­ble, no hay alternativa: «No puedo ser el mismo..., y conver­tirme en un cenagal es igual que ir al infierno. Por eso, ¿por qué no arriesgarme, por qué no jugármela?».

Y el arroyo se la jugó, se convirtió en vapor, desapareció en los vientos.


... hacia los acogedores brazos del viento...
Siempre te están esperando. La existencia está siempre dispuesta a abrazarte. Sólo que tú sigues corriendo, sigues es­capándote.
... que suavemente y con facilidad le llevaron hacia arriba

y a lo lejos...
El universo es siempre amoroso, siempre dispuesto a ofre­certe su amistad. Para él eres un niño. Es muy suave, te cuida con mucha delicadeza. Es muy prudente, es muy cuidadoso. y si alguna vez sientes que la existencia está siendo dura con­tigo, recuérdalo siempre, debes de estar luchando contra ella. Tu lucha crea el problema. De otra forma la existencia siem­pre es agraciada, es siempre maternal.
...que suavemente y con facilidad le llevaron hacia arriba

y a lo lejos, dejándole caer con suavidad en cuanto alcanzó la

cima de la montaña, muchos, muchos kilómetros más allá.

Y como había abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de

recordar y grabar con más fuerza en su mente los detalles de la

experiencia. Reflexionó: «Sí, ahora he conocido mi verdadera

identidad» .
La identidad que tienes ahora mismo no es tu verdadera identidad. Es falsa. Tu nombre es falso, tu forma es falsa. Tú no eres ni el nombre ni la forma -lo que los indios llaman na­marup-. Eres algo más allá de ambas. Pero no sabes quién eres: eso sólo es posible si te rindes.

Rendición quiere decir rendir la falsa personalidad. Por eso en sannyas se te cambia el nombre, se cambian tus ropas.(*) Eso es sólo un símbolo para decir que has dejado de formar parte del pasado, que tu nombre desaparece, de modo que todo lo que estaba conectado con ese nombre desaparece; que cambias tu ropa; empiezas a pensar de forma nueva acerca de tu ser.


(*) En la iniciación como sannyasin el discípulo recibe un nuevo nombre y comienza a vestir de naranja constantemente. En la actualidad la ropa de color naranja se ha dejado de usar y sólo se visten túnicas de diversos colores en la Comuna de Puna durante la práctica de las meditaciones y en la vida cotidiana de la Comuna.

... Reflexionó: «Sí, ahora he conocido mi verdadera

iden­tidad».

El arroyo estaba aprendiendo. Pero las arenas susurraron:

-Nosotras lo sabemos, porque vemos cómo sucede un día

tras otro y porque nosotras, las arenas, nos extendemos des­-

de la orilla del río por todo el camino hasta la montaña.

y por eso se dice que el camino por el que el arroyo de la

vida tiene que continuar su viaje está escrito en las arenas.
Escucha la sabiduría de las arenas.

Esta historia tiene un valor inmenso. Si permites que caiga en tu corazón como una semilla, pronto se convertirá en un gran árbol. Y cuando llegue el momento tendrás magníficas flores y una extraordinaria fragancia.

Ésta es la historia de sannyas. Esto es lo que estoy hacien­do aquí. Eso es lo que está sucediendo aquí.

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