La sabiduría de las arenas



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CAPÍTULO 4



Contrario A Las Expectativas
Un hombre sabio, la maravilla de su tiempo, compartía con

sus discípulos lo que parecía un inagotable almacén de sa­-

biduría.

Él atribuía todo su conocimiento a un grueso tomo que dis­-

frutaba de un lugar de honor en su habitación.

El sabio no permitía que nadie abriera el volumen.

Cuando murió, aquellos que habían estado a su lado, consi­-

derándose a sí mismos como sus herederos, corrieron a

abrir el libro, ansiosos de poseer su contenido.

Se quedaron sorprendidos, confundidos y disgustados cuan­-

do vieron que estaba escrito sólo en una página.

Se quedaron incluso más desconcertados y luego irritados

cuando trataron de descifrar el significado de la frase que

encontraron sus ojos.

Decía: «Cuando te des cuenta de la diferencia que hay entre

el continente y el contenido, obtendrás el conocimiento».
El hombre no nace perfecto. Nace incompleto. Desde su nacimiento es un proceso. Nace en el camino, como un pere­grino. Esa es su agonía y también su éxtasis; agonía porque no puede descansar, tiene que seguir hacia adelante, siempre. Tiene que buscar, indagar, explorar; tiene que llegar a ser, por­que su ser aparece sólo a través del llegar a ser. Llegar a ser es su ser. Sólo puede ser si se está moviendo.

La evolución es intrínseca a la naturaleza humana, la evo­lución es su verdadero ser. Y aquellos que no hacen caso de esto no llegan a realizarse; los que piensan que han nacido completos no evolucionan. Entonces la semilla se queda en semilla, nunca se convierte en un árbol, nunca llega a conocer las alegrías de la primavera, la luz brillante del sol, la lluvia ni el éxtasis de explotar en millones de flores.

Esa explosión es la realización, es todo lo que es Dios: una explosión de millones de flores. El hombre acaba de realizar­se sólo cuando el potencial se ha actualizado. El hombre nace como un potencial; eso es algo único, intrínseco al hombre. Todos los demás animales nacen completos, nacen como van a morir. Entre su nacimiento y su muerte no hay evolución: se mueven en el mismo plano, nunca se transforman. Nunca su­cede un cambio radical en sus vidas. Se mueven horizontal­mente, lo vertical nunca los traspasa.

Si el hombre también se mueve horizontalmente desperdi­ciará su condición humana, no se convertirá en espíritu. Eso es lo que Gurdjieff quería decir cuando decía que no todo el mundo tiene alma. Es muy raro que una persona tenga alma. Ahora bien, ésta es una afirmación muy extraña, porque du­rante siglos te han estado diciendo que has nacido con un alma. Gurdjieff dice que sólo naces con el potencial de llegar a tener alma, no que ya nazcas con ella. Tienes una pista, pero esa pista hay que trabajarla. Tienes la semilla, pero tienes que buscar la tierra, la estación, el clima apropiado y el momento adecuado para explotar, para crecer.

Si te mueves horizontalmente, te quedarás sin alma. Cuan­do lo vertical te penetra, adquieres un alma. "Alma" significa que lo vertical ha penetrado lo horizontal. O, como un ejem­plo, puedes pensar en el gusano, el capullo y la mariposa.

El hombre nace como una larva. Desafortunadamente, el hombre también muere como una larva, muy pocos se transfor­man en gusanos. La larva es estática: no conoce el movimiento, se queda atascada en un punto, en un lugar, en una etapa. Muy poca gente crece hasta convertirse en gusano. El gusano comien­za a moverse; entra el dinamismo. La larva es estática, el gusano se mueve. Con el movimiento se despierta la vida. Nuevamente muchos se quedan en gusanos: siguen moviéndose horizontal­mente, en el mismo plano, en una sola dimensión. Raramente dan el salto cuántico y se convierten en mariposas, en un hombre como el Buda, Jalaludin Rumi, Jesús, o Kabir. Entonces intervie­ne lo vertical. La larva es estática; el gusano se mueve, conoce el movimiento; la mariposa vuela, conoce las alturas, comienza a ascender. A la mariposa le crecen alas; esas alas son la meta. A menos que te crezcan alas y te conviertas en un fenómeno alado, no tendrás un alma.

La verdad se realiza a través de tres etapas: asimilación, independencia y creatividad. Recuerda estas tres palabras, son esenciales. Asimilación: esa es la función de la larva.

Asimila el alimento, se está preparando para convertirse en un gusano. Está haciendo los preparativos, es un depósito. Cuan­do la energía está lista se convertirá en un gusano. Antes del movimiento, necesitarás una gran energía para moverte. El gusano es la asimilación, el trabajo hecho, consumado.

Luego comienza la segunda parte: independencia. La larva es abandonada. Ahora ya no hace falta quedarse en un sitio. Ha llegado el momento de explorar, de la aventura. La vida real co­mienza con el movimiento, con la independencia. La larva si­gue siendo dependiente, prisionera, encadenada. El gusano ha roto las cadenas, empieza a moverse. El hielo se ha fundido, ya no está congelado. La larva es una etapa estática. El gusano es movimiento, como un río.

Y luego llega la tercera etapa, la de la creatividad. La indepen­dencia solamente ha dejado de ser significativa. Sólo con ser in­dependiente no sentirás satisfacción. Está bien salir de la prisión, pero ¿para qué? ¿Independencia para qué? ¿Libertad de qué?

Recuerda, la libertad tiene dos aspectos: primero, libertad de, y segundo, libertad para. Mucha gente alcanza sólo el primer tipo de libertad, libertad de: libre de los padres, libre de la Igle­sia, libre de la organización, libre de esto y aquello, libre de to­das las prisiones. Pero ¿para qué? Ésta es una libertad muy ne­gativa. Si sólo conoces la libertad de, no has conocido la libertad real, sólo el aspecto negativo. El aspecto positivo tiene que ser conocido: libertad para crear, para ser, para expresarse, para cantar tu canción, para bailar tu baile: Éste es el tercer estadio: creatividad.

Entonces el gusano se convierte en un fenómeno alado, un catador de miel, busca, descubre, explora, crea. Por eso, la be­lleza de la mariposa. La gente creativa es la única gente hermo­sa porque sólo la gente creativa conoce el esplendor de la vida: tienen ojos para ver, oídos para oír y un corazón para sentir. Es­tán totalmente vivos, viven al máximo. Queman su antorcha por ambos lados. Su vida es intensidad, totalidad.

Podemos utilizar las metáforas empleadas por Friedrich Nietzsche. Él dice que la vida del hombre puede dividirse en tres metamorfosis del espíritu sucesivas. A la primera le llama "el camello", a la segunda le llama "el león" y a la tercera "el niño". Son metáforas muy preñadas..., el camello, el león, el niño.

Cada ser humano tiene que hacer uso y asimilar la heren­cia cultural de su sociedad; su cultura, su religión, su gente. Tiene que asimilar todo lo que el pasado pone a su disposi­ción. Tiene que asimilar el pasado; esto es lo que Nietzsche llama la etapa del camello. El camello tiene el poder de alma­cenar en su cuerpo enormes cantidades de alimentos y agua para su arduo viaje a través del desierto. Y la situación es la misma con el ser humano; tienes que atravesar el desierto, tie­nes que asimilar todo el pasado. Y recuerda, no bastará sólo con memorizarlo..., hay que asimilarlo. Y también recuerda: si una persona se limita a memorizar el pasado es porque no puede asimilarlo. Si puedes asimilar el pasado te liberas de él. Puedes utilizarlo, pero no te puede utilizar. Puedes poseerlo, pero no te puede poseer.

Cuando has asimilado el alimento no necesitas recordarlo. No existe separado de ti: se ha convertido en tu sangre, tus huesos, tu médula; se ha convertido en ti.

El pasado tiene que ser digerido. No hay nada malo en el pasado. Es tu pasado. No necesitas empezar desde el ABC, porque si cada individuo tuviera que empezar desde el ABC no habría mucha evolución. Por esta razón los animales no han evolucionado. El perro es igual que el que había hace millones de años. El hombre es el único animal evolutivo. ¿Cuál es la causa de esta evolución? La evolución se produce porque el hombre es el único animal que puede asimilar su pasado. Una vez que asimilas el pasado te liberas de él. Puedes moverte li­bremente y usar tu pasado. Sino tendrás que pasar a través de muchas experiencias; tu vida será desperdiciada.

Puedes subirte a la espalda de tus padres, a la de tus antepa­sados y a la de sus respectivos padres y antepasados. El hombre está siempre subido a la espalda de otro hombre, por eso alcan­za esa altura. Los perros no pueden hacerlo, los lobos tampoco; dependen de sí mismos. Su estatura es su propia estatura. En tu estatura el Buda, Cristo, Patanjali, Moisés y Lao Tzu están asi­milados. Cuanto más grande es la asimilación mayor es tu esta­tura. Puedes mirar desde la cima de una montaña, tu visión es grande.

Asimila más. No hace falta que te limites a tu gente. Asi­mila todo el pasado de las gentes de la tierra; sé un ciudadano del planeta tierra. No hace falta que te limites al cristiano, al hindú, al mahometano. iAsimílalos a todos! El Corán es tuyo, la Biblia es tuya, igual que el Talmud, igual que los Vedas y el Tao Te King; todos son tuyos. Asimílalos, de esta forma la cima desde la que mirarás a lo lejos será más alta, y serán tu­yas tierras y visiones distantes.

Nietzsche llama a esto la etapa del camello, pero no te que­des ahí atascado. Hay que moverse. El camello es la larva, el acumulador. Pero si te quedas atascado en esta etapa y perma­neces para siempre como el camello, no conocerás las belle­zas y las bendiciones de la vida. Nunca conocerás a Dios. Te quedarás anclado en el pasado. El camello puede asimilar el pasado pero no puede usarlo.

En el transcurso de su desarrollo personal llega un mo­mento en que el camello se tiene que transformar en un león, para romper en pedazos el enorme monstruo conocido como: "No debes...". El león en el hombre ruge en contra de la auto­ridad.

El león es la reacción, la rebelión en contra del camello. El individuo ahora descubre su propia luz interna como la fuen­te primordial de todos sus valores auténticos. Se hace cons­ciente de que su obligación principal es para con su propia creatividad interna, con su potencial más escondido. Algunos se quedan atascados en la etapa del león: siguen rugiendo y rugiendo hasta que acaban exhaustos.

Es bueno convertirse en un león, pero uno todavía tiene que dar un salto más, y éste consiste en convertirse en el niño.

Ahora bien, todos vosotros habéis sido niños. Pero aquellos que saben, dicen que la primera infancia es una falsa infancia. Es como el primer diente: tiene aspecto de diente pero no sirve para nada, se tiene que caer. Después nacen los dientes reales. La primera infancia es una infancia falsa, la segunda infancia es la verdadera. A ésta se la llama "la etapa del niño" o "la etapa del sabio"; significan lo mismo. A menos que la persona se vuelva totalmente inocente, libre del pasado, tan libre que no esté ni en su contra... Recuérdalo, la persona que todavía está en contra del pasado no está realmente libre de él. Todavía tie­ne algunos rencores, algunas quejas, algunas heridas. El came­llo todavía le persigue, la sombra del camello todavía le ronda. El león está ahí pero todavía tiene miedo del camello, aún teme que vuelva.

Cuando el miedo del camello ha desaparecido por comple­to, el rugido del león se detiene. Entonces nace la canción del niño.

Me gustaría que entraras en estas tres etapas, de un modo profundo y penetrante, porque tienen un valor inmenso.

La etapa del camello, la asimilación, equivale al niño en el vientre que no hace otra cosa que asimilar, come de la madre, no deja de crecer, está preparándose para el último salto, para entrar en el mundo. Ahora mismo el niño no tiene otro traba­jo: durante nueve meses en el vientre de la madre come y duerme, duerme y come. Continúa comiendo y durmiendo; éstas son sus únicas dos funciones. Incluso después de nacer, el niño estará haciendo lo mismo durante meses: comer y dor­mir. Poco a poco, dormirá menos e irá comiendo menos. Está listo, está listo para convertirse en un individuo, y cuando esto ocurre aparece la desobediencia. El niño empieza a decir que no, el decir sí va desapareciendo poco a poco. Muere la obe­diencia, nace la desobediencia.

El estado del camello es el de la asimilación. El camello no sabe cómo decir no, no está familiarizado con el no. No ha es­cuchado la palabra y no ha disfrutado de las alegrías de decir no. Él sólo conoce el sí. Su sí no puede ser muy profundo, porque sin conocer el no tu sí no puede ser muy profundo; no puede dejar de ser superficial. El hombre que no ha conocido el no, ¿cómo puede conocer realmente el sí? Su sí será impo­tente. El sí del camello es impotente, porque no sabe lo que está sucediendo; sigue diciendo sí porque es la única canción que le han enseñado. Obediencia, creencia; éstas son las ca­racterísticas de la etapa llamada "camello". Adán estaba en este estado antes de comer el fruto del Árbol del Conocimien­to, y todo ser humano pasa a través de este estado.

Es un estado anterior a la mente y al ser. Todavía no hay una mente. Ésta está creciendo pero no es un fenómeno completo; es muy vago, ambiguo, oscuro, nebuloso. El ser está en camino pero sólo en camino; no tiene una definición clara. El niño to­davía no se reconoce a sí mismo como separado. Adán antes de comer del fruto era parte de Dios. Estaba en el vientre, era obe­diente, decía sí, pero no era independiente. La independencia entra sólo por la puerta del no; por la puerta del sí sólo entra la dependencia. Por eso en la etapa del camello hay dependencia, impotencia. El otro es más importante que tu propio ser: Dios es más importante, y también el padre, la madre, la sociedad, el sacerdote, el político. Excepto tú, todo el mundo es importante; el otro es importante, tú todavía no estás ahí. Es un estado muy inconsciente. La mayoría de la gente se queda enganchada ahí; siguen siendo camellos. Casi el noventa y nueve por ciento de la gente siguen siendo camellos.

Es una situación muy triste que el noventa y nueve por ciento de los seres humanos se queden en larvas. Por eso hay tanta desgracia y no hay alegría. Y puedes seguir buscando la alegría pero no la encontrarás, porque la alegría no es algo que se dé ahí fuera. A menos que te conviertas en un niño -cuando se llega al tercer estado-, a menos que te transformes en una mariposa, serás incapaz de conocer la alegría. Ésta no es algo que se da fuera, es una visión que crece dentro de ti. Es sólo posible en la tercera etapa.

La primera etapa es la de la desgracia y la tercera es la de la dicha, y entre las dos está el estado del león, que algunas veces es desgraciado y otras agradable, algunas veces doloro­so y otras placentero.

En la etapa del camello sois loros. Sois sólo memorias y nada más. Toda vuestra vida consiste en creencias que os han dado otros. Ahí encontrarás a los cristianos, los musulmanes, los hindúes, los jainistas y los budistas. Ve a las iglesias, a los templos, a las mezquitas y encontrarás grandes reuniones de camellos. No hallarás ni a un solo ser humano. Están repitien­do, como loros.

He oído una historia:


Cuenta la historia que un caballero medieval asistía a un curso para matar dragones en la escuela local. Varios caballe­ros más jóvenes acudían a esta clase especial impartida por el mago Merlín.

Nuestro antihéroe fue a ver a Merlín el primer día para ha­cerle saber que probablemente no le irían bien las cosas en el curso porque era un cobarde y estaba seguro de que siempre estaría demasiado asustado y sería demasiado inepto como para ser capaz de matar a un dragón. Merlín dijo que no hacía falta que se preocupara porque había una espada mágica para matar dragones y que él se la daría a este joven y cobarde ca­ballero. El caballero estaba deleitado por tener este apoyo má­gico oficial con el que cualquier caballero, no importaba lo poco que se lo mereciera, podría matar un dragón. Desde la primera salida a los campos, con su espada mágica en la mano, el cobarde caballero mató un dragón tras otro, liberando a una doncella tras otra.

Un día, hacia el final del curso. Merlín propuso una adivi­nanza en la clase a la que estaba asistiendo el caballero. Los estudiantes tenían que salir al campo y matar un dragón ese mismo día. En la conmoción de la excitación, mientras todos los demás caballeros corrían para probar su temple, nuestro antihéroe agarró del armero la espada equivocada. Pronto se encontró a sí mismo en la boca de la cueva de la que tenía que liberar a una doncella cautiva. Su captor salió corriendo hacia fuera respirando fuego. Sin saber que había agarrado la espa­da equivocada, el joven caballero retrocedió preparándose para acabar con la embestida del dragón. Cuando estaba a punto de golpear se dio cuenta de que había cogido la espada equivocada. Ésta no era la espada mágica, tan sólo era una es­pada corriente pero adecuada para buenos caballeros.

Era demasiado tarde para parar. Bajó la espada corriente con un certero barrido de su brazo, y para su sorpresa se des­prendió la cabeza del dragón.

Volvió a la clase, con la cabeza del dragón atada a su cin­turón, con la espada en la mano y la doncella a remolque, y corrió hacia Merlín para contarle su error y su inexplicable re­cuperación.

Cuando escuchó la historia del joven caballero, Merlín se hecho a reír. Su respuesta al joven caballero fue: «Pensé que ya te lo habrías imaginado, ninguna de las espadas son mágicas y nunca antes lo han sido. La única magia consiste en creer».


El camello vive en la magia de la creencia. Funciona. Pue­de hacer milagros. Pero el camello sigue siendo el camello; le falta crecer.

La gente que reza en los templos y en las iglesias está bajo la influencia de la creencia. No saben qué es Dios, nunca han sentido nada parecido; sólo creen. La magia de su creencia si­gue haciendo algunas cosas, pero eso es todo un pretexto, una especie de mundo onírico. No han despertado de la inconscien­cia, del sueño. Y recuerda, no estoy diciendo que esta etapa no sea necesaria; es necesaria, pero una vez que la has completado tienes que salir. No estás aquí para ser siempre un camello.

Y no te enfades con tus padres, con tus profesores, con los sacerdotes, con la sociedad, porque tienen que crear una especie de obediencia en ti, porque sólo gracias a la obediencia serás ca­paz de asimilar. El padre tiene que enseñar, la madre tiene que enseñar y el niño simplemente tiene que absorber. Si aparece la duda prematuramente, la asimilación se detendrá.

Sólo piensa en un niño en el vientre de su madre que em­piece a dudar, morirá; si empieza a dudar si toma o no el alimento de esta mujer, si este alimento es o no es verdadera­mente nutritivo -«¿Quién sabe?, puede que sea venenoso»-, si dormir veinticuatro horas o no, porque es demasiado estar durmiendo veinticuatro horas, durante nueve meses. Si un niño comienza a dudar un poco, en la duda morirá. Y todavía, llega un día en que hay que aprender a dudar, hay que beber de la duda. Cada cosa tiene su propia estación.


Escucha este hermoso poema de Carl Sandburg.
¿Qué deberá decirle a su hijo?
Un padre ve a su hijo acercándose a su hombría.

¿Qué deberá decirle?

La vida es dura; sé de acero, sé una roca”.



Y eso puede que le sirva para las tormentas,

y para el aburrimiento y la monotonía,

para guiarle en medio de las traiciones repentinas,

y atarlo en los momentos flojos.

«La vida es un barro suave; sé suave, no te compliques.»

Y esto también podría servirle.

Brutos han sido suavizados donde fallaron los latigazos.

El crecimiento de una frágil flor en una subida

ha quebrado y partido, algunas veces, una roca.

Un pensamiento contará. Del mismo modo el deseo.

Igual que un rico y suave desear.

Sin un rico desear nada llega.

Dile que demasiado dinero ha matado a hombres

y los ha dejado muertos años antes de su entierro;

y cuestiona que el lucro, más allá de unas sencillas nece­-

sidades, ha convertido a hombres suficientemente buenos

a veces en perversos gusanos secos.

Dile que el tiempo puede gastarse como cualquier cosa.

Dile que se haga el tonto de vez en cuando,

y que no se avergüence por haberse hecho el tonto

y aprenda algo de cada tontería,

esperando no repetir ninguna de las tonterías baratas

sino llegando a una comprensión íntima

del número de tontos que hay en el mundo.

Dile que esté solo a menudo y que esté con él mismo.

Y por encima de todo, dile que no se mienta a sí mismo,

sean cuales sean las mentiras blancas y los frentes protectores

que podría usar con otra gente.

Dile que la soledad es creativa si él es fuerte

y que las decisiones finales se toman en habitaciones si­-

lenciosas.
Dile que sea diferente de otra gente

si el ser diferente le surge natural y fácilmente.

Déjale que tenga días perezosos buscando sus motivos más

profundos.

Déjale que busque profundo en dónde ha nacido natural­-

mente.
Entonces quizás entienda a Shakespeare

Y a los Wright Brothers, Pasteur, Pavlov,

Michael Faraday y a las mentes libres,

trayendo cambios a un mundo que no le gustan los cambios.

Estará lo suficientemente solo

para tener tiempo para el trabajo

que conoce como suyo.
Cada padre se encuentra con este problema: ¿qué le digo a mi hijo? Cada madre se enfrenta con este problema: ¿qué le enseño a mi hija? A todos los profesores les preocupa: ¿qué se le debe enseñar a la nueva generación? El pasado tiene mu­chos, muchos momentos de gloria, muchas cimas de com­prensión, muchas conclusiones que hay que impartir al niño.

En la primera etapa todo el mundo tiene que ser un came­llo, decir sí, creer todo lo que le es dado, asimilar, digerir, pero esto es sólo al principio del camino, no al final.

La segunda etapa es complicada. La primera te la da la so­ciedad; por eso hay millones de camellos y muy pocos leones. La sociedad te deja sólo cuando te has convertido en un came­llo perfecto. Más allá de esto, la sociedad no puede hacer nada. Ahí es donde termina el trabajo de la sociedad, de la escuela, el colegio, la universidad. Te deja convertido en un camello per­fecto con título.

Tú sólo te tienes que convertir en un león, recuérdalo. Si no decides volverte un león, nunca te convertirás en un león. Ese riesgo hay que tomarlo individualmente. Es una apuesta. Además es muy peligroso, porque volviéndote un león moles­tarás a todos los camellos que tienes a tu alrededor, y los ca­mellos son animales a los que les gusta la paz; están siempre listos para transigir. No quieren que les molesten, no quieren que suceda nada nuevo en el mundo, porque todo lo nuevo molesta. Están en contra de los revolucionarios, de los rebel­des, y no en contra de grandes cosas, no te creas -no de Só­crates y de Cristo; ellos provocaron grandes revoluciones-, los camellos están asustados de cosas tan pequeñas que no te lo vas a creer.


He oído...
En diciembre de 1842, Adam Thompson, de Cincinnati, llenó la primera bañera en Estados Unidos. Las noticias acer­ca de la bañera de Thompson se propagaron rápidamente. Los periódicos dijeron que esta novedosa idea arruinaría la demo­crática simplicidad de la república...
Bueno, piensa en ello..., una bañera arruinando la integri­dad de la república democrática.
...los médicos predijeron reumatismo, inflamación de los pulmones, etc. Los sabios estuvieron de acuerdo en que ba­ñarse en invierno produciría un declive de la robusta pobla­ción. Filadelfia, la cuna de la libertad, trató de promulgar la prohibición de bañarse desde el primero de noviembre hasta el primero de marzo: Boston en 1845 ilegalizó el baño excep­to por consejo médico; Hartford, Providencia, Wilmington y otras ciudades trataron de bloquear el hábito de bañarse po­niendo unos precios muy elevados al agua. El estado de Vir­ginia dio una buena bofetada al baño imponiendo un impues­to de 30 dólares al año para cada bañera introducida en el estado. Pero en 1922 ya se estaban manufacturando 889.000 bañeras al año. Pensar que en las vidas de gente que vive hoy todavía el hombre no sabía que el baño era bueno para él, co­loca al hombre en una categoría de absoluta desconfianza res­pecto a su capacidad de juicio sobre cualquier materia.
Los camellos están sencillamente en contra de todo lo nue­vo, no importa lo que sea. Podría tratarse sólo de una bañera, pero ellos racionalizarán su antagonismo.
En una parte de la antigua Grecia fue costumbre durante mucho tiempo que cuando un hombre proponía una nueva ley a la asamblea popular, lo hacía sobre una plataforma con una soga alrededor del cuello. Si la ley era aprobada le quitaban la soga, si fracasaba le quitaban la plataforma.
Los leones no son bien recibidos. La sociedad pone a los leones todo tipo de dificultades. Los camellos tienen miedo de esta gente. Entorpecen su comodidad, alteran su sueño, les crean preocupaciones. Provocan en los camellos el deseo de convertirse en leones; Ese es el auténtico problema.

¿Por qué fue crucificado Jesús? Su sola presencia... y mu­chos camellos empiezan a soñar en convertirse en leones y eso molesta su sueño, molesta su vida ordinaria, mundana.

¿Por qué fue apedreado el Buda? ¿Por qué no se le permi­tía entrar en las ciudades a Mahavira? ¿Por qué fue decapita­do Mansur? Estas personas molestan; molestan su sueño, es­tán rugiendo. El Buda llamó a sus sermones: «El rugido del León».

El primero, el estado del camello, te lo da la sociedad. El se­gundo tiene que ser alcanzado por el individuo. Alcanzándolo te conviertes en un individuo, te vuelves único. Dejas de ser un conformista, dejas de formar parte de la tradición. Abandonas el capullo: te conviertes en un gusano, empiezas a moverte.

El estado del león tiene estas características: independencia, capacidad de decir no, desobediencia, rebelión en contra del otro, de la autoridad, del dogma, de las escrituras, de la Iglesia, del poder político, del Estado. ¡El león está en contra de todo! Quiere sacudirlo todo y crear un mundo completamente nuevo, más cercano a los deseos de su corazón. Tiene grandes sueños y utopías en su mente. Mira enloquecido a todos los camellos, porque éstos viven en el pasado y el león empieza viviendo en el futuro. Se produce una gran brecha. El león anuncia el futu­ro, y éste sólo puede llegar si el pasado es destruido. Lo nuevo únicamente puede hacer su aparición en la existencia si lo vie­jo deja de existir y deja espacio para lo nuevo. Lo viejo tiene que morir para que lo nuevo sea. Por eso existe una continua lu­cha entre el león y el camello, y los camellos son la mayoría. El león aparece de vez en cuando, el león es una excepción, y la excepción sólo demuestra la regla.

Su característica es la falta de creencias, su característica es la duda. Adán prueba el fruto del conocimiento: nace la mente, el ser se convierte en un fenómeno definido. El came­llo no es egoísta, el león es muy egoísta. El camello no sabe nada del ego, el león sólo conoce el ego. Por eso siempre en­contrarás que los revolucionarios, los rebeldes -poetas, pinto­res, músicos- son todos muy egoístas. Son bohemios. Viven su vida, hacen lo suyo. Los demás les importan un pimiento. ¡Deja que se vayan al infierno! Han dejado de formar parte de cualquier estructura, se han liberado de las estructuras. El mo­vimiento, el rugido del león, será egoísta. Necesitan un ego muy grande para meterse ahí.

En Oriente encontrarás más camellos, en Occidente en­contrarás más leones. Por eso parece más fácil rendirse en Oriente. Para la mente occidental rendirse parece muy difícil. Pero hay que recordar una cosa: a la mente oriental le resulta muy fácil rendirse; por eso su rendición carece de mucho va­lor. Él ya se ha rendido. No sabe cómo decir no, por eso dice sí. Para una mente occidental es muy difícil rendirse. Para la mente occidental rendirse es una lucha, pero cuando final­mente lo hace se produce una gran transformación, porque la rendición ha sido dura, costosa, una tarea penosa. En Oriente la rendición es barata, en Occidente es muy costosa. Sólo al­gunos valientes se lo pueden permitir.

Oriente se rinde porque ya no hay posibilidades de con­vertirse en un león. Es muy fácil rendirse, es cómodo formar parte de la muchedumbre, de las masas. Occidente ha creado el ego. Ha prestado más atención al león -la duda, la incredu­lidad, el ego-, pero cuando la mente occidental se rinde, hay realmente una gran transformación.

Cuando la mente oriental se rinde, continúa siendo un ca­mello. Si la mente occidental se rinde, se abre una posibilidad. para que nazca "el niño". Cuando el león se rinde se convier­te en el niño; cuando el camello se rinde sigue siendo un ca­mello.

Por eso podría parecerte paradójico, pero si comprendes lo que te estoy diciendo no será tan difícil, y la paradoja dejará de parecértelo. Primero hay que enseñarle el ego a cada indi­viduo, sólo así será capaz de abandonarlo. Todo individuo tie­ne que llegar a tener un ego muy cristalizado; sólo entonces sirve de algo abandonarlo, y no de otra forma.

EL primer estado, el del camello, es inconsciente. El segun­do estado, el del león, es subconsciente; un poco más alto que el inconsciente. Unos pequeños vislumbres del consciente han empezado a entrar. El sol está saliendo y están entrando algunos rayos en la habitación donde estás durmiendo a oscuras. El inconsciente ya no es inconsciente. Algo se agita en el inconsciente; se ha convertido en subconsciente. Pero recuerda, el cambio no es muy grande –de camello a león-, como lo es ir del león al niño. El cambio es una especie de regresión. El camello empieza poniéndose cabeza abajo convirtiéndose en un león. El camello dice sí, el león dice no. El camello obedece, el león desobedece. El camello es positivo, el león es negativo. Hay que comprender que el camello ha estado diciendo sí mu­chísimas veces y ha estado negando el no; el no se acumula, y llega un momento en que quiere tomarse la revancha sobre el sí. Las partes negadas se quieren tomar la revancha. Entonces toda la rueda gira: el camello se pone boca bajo y se transfor­ma en león.

La diferencia entre el camello y el león es grande, pero ambos existen en el mismo plano. El capullo está estático en un lugar; el gusano comienza a moverse, pero sigue en la tie­rra. Nace el movimiento pero el plano es el mismo. Lo prime­ro es dado por la sociedad: ser un camello es un regalo de la sociedad. Ser un león es un regalo que te haces a ti mismo. A menos que te ames no serás capaz de conseguirlo. A menos que te quieras convertir en un individuo, único por derecho propio, a menos que tomes el riesgo de ir en contra de la co­rriente, no serás capaz de convertirte en un león.

Pero si entiendes el mecanismo..., el león se engendra en el mismo corazón del camello. Una y otra vez, diciendo sí y negando el no, el no se va acumulando. Y llega un día en que uno se harta de decir sí; sólo por cambiar, uno quiere decir no. Uno está harto de lo positivo, su sabor se ha vuelto monótono; uno quiere probar el no sólo por cambiar.

Así es como el camello, por primera vez, comienza a soñar con el león. Y una vez que has probado el no -la duda, la in­credulidad-, no puedes volver a ser nunca un camello, por la libertad que te da, por la liberación.

La mayoría se queda atascada en la etapa del camello, la minoría se queda atascada en la etapa del león. La mayoría significa las masas, la minoría la intelectualidad. El artista, el poeta, el pintor, el músico, el pensador, el filósofo, el revolu­cionario están atascados en el segundo estadio. Son mucho mejores que los camellos, pero el objetivo no se ha cubierto. No han llegado a casa. La tercera etapa es "el niño".

Escucha atentamente: la primera etapa te la otorga la socie­dad; la segunda, el individuo se la otorga a sí mismo. La terce­ra es sólo posible si el gusano se acerca a una mariposa; si no, no es posible ¿Cómo se le va a ocurrir al gusano que él sólo puede volar, que puede convertirse en algo con alas? ¡No es po­sible! ¡Es imposible que se le ocurra! Es absurdo, ilógico. El gusano sabe cómo moverse, pero volar le resulta absurdo.

He escuchado que hay mariposas que enseñan a los gusa­nos que pueden volar, pero que ellos les ponen pegas y dicen: «No. Quizás sea posible para ti, pero a nosotros nos es impo­sible. Tú eres una mariposa, ¡nosotros sólo somos gusanos! Sólo sabemos reptar». Y uno que sólo sabe reptar, ¿cómo va a imaginarse volando? Es una dimensión diferente, una dimen­sión enteramente distinta: la dimensión vertical.

Del camello al león hay una evolución. Del león al niño hay una revolución. En esta etapa hace falta un maestro. La socie­dad te puede hacer un camello, tú mismo te puedes hacer un león, pero te hará falta un maestro -un Buda, un Cristo, un Rumi-, te hará falta una mariposa que tenga alas. Sólo viendo un fenómeno alado serás capaz de empezar a soñar con alas. ¿Cómo puedes soñar con algo que no conoces en absoluto?

¿Crees que una tribu primitiva que vive en algún lugar de los Himalayas puede soñar con un coche? No han visto ninguno, no pueden soñar con él. Sólo es posible soñar cuando has vis­to algo; cuando has visto un Cristo o un Buda o un Bodhidhar­ma, y sabes que esto sucede. Toda esa gente tiene un aspecto similar a ti, y a pesar de eso no son como tú. Tienen el mismo cuerpo, la misma estructura, y a la vez algo de lo desconocido ha penetrado su ser. El más allá ha venido a ellos, el más allá en ellos se hace muy tangible. Si te acercas con simpatía y con amor serás capaz de tener algunos vislumbres de su cielo inte­rior. Y una vez que hayas visto ese cielo interno comenzarás a soñar con él. Un gran anhelo surgirá en ti: ¿cómo convertirte en un fenómeno alado?

Esa es la infección que produce el maestro en el discípulo.

El tercer fenómeno sucede con la intervención del maestro. "El niño" significa creatividad, interdependencia.

La primera etapa, el camello, era dependencia; la segunda fue la independencia; pero en la inocencia uno llega a conocer que no hay allí ni dependencia ni independencia. La existen­cia es interdependencia; todos dependen de todos. Todo es uno.

Nace la sensación del todo: no yo, no él, no hay fijación en el sí o el no, no hay obsesión entre decir siempre sí o decir siempre no; hay más fluidez, más espontaneidad; no hay obe­diencia ni desobediencia, sino espontaneidad. Nace la respon­sabilidad. Uno responde a la existencia, no reacciona desde el pasado, y no reacciona desde el futuro.

El camello vive en el pasado, el león en el futuro, el niño en el presente, aquí y ahora. El camello es la pre-mente, el león es la mente, el niño es la post-mente. El camello es el pre-ser, el león es el ser, el niño es el post-ser. Ese es el signi­ficado del estado de no mente. Los sufíes lo llaman fana: el ego se ha ido, el otro también. Ambos se han unido, no puedes tener uno sin el otro. Yo/él son partes de una misma energía; ambos desaparecen.

El niño simplemente es... inefable, indefinible, un miste­rio, un asombro. El camello tiene memoria, el león tiene co­nocimiento y el niño tiene sabiduría. El camello es o bien cris­tiano, o hindú, o musulmán, teísta; el león es ateo, y el niño es religioso: ni teísta ni ateo, ni hindú, ni musulmán, ni cristiano ni comunista. Sólo una sencilla religiosidad, la cualidad del amor y la inocencia.

Adán comiendo el fruto se convierte en un león. Antes de comer el fruto del Árbol del Conocimiento, era el camello. Y cuando Adán ha vomitado nuevamente el fruto, abandonado su conocimiento, es el niño. Ese niño significa Cristo. Cristo dice una y otra vez a sus discípulos: «¡Arrepentios!». La pala­bra "arrepentios" en hebreo significa "regresa, vuelve"; el jar­dín del Edén todavía te está esperando. Vomita la manzana del conocimiento y las puertas se abrirán para ti.

El camello es Adán antes de comer la fruta, el león es Adán después de comer la fruta, y el niño es Adán convirtiéndose en Cristo, regresando a casa. El Buda lo llama nirvana, Jesús lo llama el reino de Dios. Lo puedes llamar como te guste: Tao, dhamma, moksha. Las palabras aquí no significan mucho; es un mundo de silencio. sin palabras, una inocencia sin pensa­mientos.

Ahora la historia.


Un hombre sabio, la maravi!la de su tiempo, compartía con sus discípulos lo que parecía un inagotable almacén de sabiduría.
Hay que descifrar cada palabra.

Un hombre sabio... ¿Quién es un hombre sabio?: el niño.

La sabiduría no quiere decir conocimiento. El conocimien­to no es sabiduría, el conocimiento es una moneda falsa, pseu­do-sabiduría. Es prestado, lo has cosechado; está muerto. La sa­biduría es lo que ha surgido en ti, ha florecido en ti, sale de tu propio ser y de tu propia fuente; está viva. La sabiduría es co­nocer la verdad por ti mismo. El conocimiento es acumular in­formación de otros que pueden saber o que pueden no saber. ¿Quién sabe? Es una creencia, es memoria, es basura.

Un hombre sabio es aquel que ha entrado en Dios, que ha penetrado en el misterio de la vida, que se ha encontrado con la realidad. Un hombre sabio quizás no sea un erudito, quizás lo sea -no tiene importancia-, porque la sabiduría no tiene nada que ver con la erudición. Jesús no fue un erudito; cualquier otro rabino de su tiempo era más erudito que Jesús. El Buda no fue un erudito; cualquier otro brahman pandit era más erudito que él. No sabía mucho acerca de los Vedas pero era un hombre sa­bio. El conocimiento llega a través de la memoria, la sabiduría llega a través de la meditación. El conocimiento le es posible hasta a una máquina. Por eso los ordenadores son eruditos, pero ningún ordenador puede ser sabio. ¿Has oído hablar de algún ordenador sabio? Erudito por supuesto, más erudito que el hombre, más eficiente, más habilidoso; con menos posibilida­des de cometer errores; muy rápido, rapidísimo, instantáneo. Haces la pregunta y ya tienes la respuesta, pero ésta será aque­lla que se le ha introducido antes al ordenador. No puede ser nueva, no puede ser original, no puede ser sabia. No se relacio­nará contigo como persona, te dará simplemente una respuesta a la pregunta. Observa la diferencia.

Si vienes a mí, tu pregunta es menos importante, eres más importante. De hecho respondo a tu pregunta para res­ponderte a ti; la pregunta es secundaria. Pero si vas a un orde­nador, a un pandit, a un erudito, tú no eres importante, la pre­gunta tiene toda la importancia. Él responde a la pregunta. El erudito, el hombre de sabiduría responde al que pregunta. El erudito siempre será consistente. Tú preguntas: «¿Existe Dios?», y el erudito siempre tiene una respuesta definida. Si él cree que sí, dirá que sí. No le importa quién está haciendo la pregunta, en absoluto.

Un día le preguntaron al Buda: «¿Existe Dios?» y él dijo: «No». El mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó: «¿Existe Dios?» y él dijo: «Sí». Y ese mismo día, por la no­che, un tercer hombre preguntó: «¿Existe Dios?» y el Buda se quedó callado. Ahora bien, esto no lo puede hacer un ordena­dor. O bien sabes o no sabes. El ordenador simplemente co­noce la respuesta y la proporciona. ¿Por qué el Buda se com­porta de modo diferente con tres personas? Su discípulo, Ananda, estaba muy molesto, no entendía el comportamiento del Buda. Naturalmente, había escuchado las tres respuestas. Por la noche le preguntó al Buda:

-No puedo dormir. Cuéntame por qué. La pregunta fue la misma. ¿Por qué contestaste de modo diferente? A uno le dijis­te que no, a otro le dijiste que sí, al siguiente no le dijiste nada, simplemente te quedaste en silencio y cerraste los ojos. ¿Por qué? La pregunta fue la misma, exactamente la misma.

-Pero los que preguntaban eran diferentes -dijo el Buda-. Estaba contestando a los que preguntaban. Uno era un ateo, no creía en Dios. Había venido a reforzar sus convicciones. Quería que yo dijera que no para que su creencia pudiera ha­cerse más fuerte, y yo no puedo ayudar a la creencia de nadie. Tengo que destruir las creencias. A ese hombre le dije: «¡Sí, Dios existe!», porque a menos que las creencias sean debilita­das nadie llega a saber.

»El otro hombre era un teísta, creía en Dios. Había venido a que le apoyara. No estoy aquí para apoyar las creencias de na­die. Estoy aquí para destruir todas las creencias para que la men­te pueda ascender por encima de ellas hacia el saber. Por eso a él tuve que decirle algo diferente. ¡Tuve que decirle no!

»Y el tercer hombre no era ni teísta ni ateo, de modo que no hacía falta ni un sí ni un no. Tuve que quedarme en silen­cio. Le estaba diciendo: "Entra en silencio y conocerás. Haz lo que estoy haciendo yo. Cierra los ojos, entra en silencio y conocerás". La pregunta es tal que no puede ser respondida con un sí o un no. La pregunta es tan profunda que sólo pue­des conocer la respuesta cuando estás en un profundo silen­cio. Tú sólo conocerás cuando la pregunta haya desaparecido; entonces la respuesta surgirá en tu ser.



Esto es un hombre sabio. Esto no puedes esperártelo de un estudioso, de un pandit, de un ordenador, de una máquina.
Un hombre sabio, la maravilla de su tiempo...
El hombre sabio siempre es una maravilla, porque es inde­finible, es misterioso. La presencia del hombre sabio te em­barca en viajes lejanos, en viajes fabulosos. El hombre sabio ayuda a que tu asombro se fortalezca. No te proporciona co­nocimiento. Destruye tu conocimiento y libera tu asombro, te convierte de nuevo en un niño, llena tu ser de sorpresa, de po­esía, de misterio, de canción.
Un hombre sabio, la maravilla de su tiempo, compartía con sus discípulos lo que parecía un inagotable almacén de sabiduría.
Y la sabiduría es inagotable. El conocimiento es inagota­ble, la sabiduría es inagotable, porque ser sabio significa estar en conexión con la fuente infinita de la totalidad. Estar en Dios es ser sabio. Dios es inagotable. El hombre sabio es un océano: puedes tomar tanto como puedas, nada se reduce, permanece igual que antes. No puedes reducir el infinito. El conocimiento es finito, es sólo una cantidad.
Él atribuía todo su conocimiento a un grueso tomo que

disfrutaba de un lugar de honor en su habitación.
¿Por qué atribuía su conocimiento a un grueso tomo?: por los camellos. Éstos no entendían el misterioso origen de su sa­biduría. Para hacérselo comprensible tenía que guardar un grueso tomo en su habitación y solía decirles: «Toda mi sabi­duría sale de este libro». Eso es comprensible. Si alguien dice: «Mi sabiduría proviene de los Vedas», lo entiendes; alguien dice: «Mi sabiduría viene del Antiguo Testamento», y lo en­tiendes; del Talmud, lo entiendes; pero si alguien dice: «Mi sa­biduría no viene de ninguna parte», de repente hay un malen­tendido. El camello no puede entender el "ninguna parte", necesita que haya un determinado origen visible. Él vive en lo visible. Puede comprender el libro, pero no el corazón. Puede entender las teorías sobre Dios, pero no al mismo Dios.
Él atribuía todo su conocimiento a un grueso tomo que

disfrutaba de un lugar de honor en su habitación. El sabio no

permitía que nadie abriera el volumen.
Naturalmente, porque no contenía nada. Estaba vacío. Lo mantenía en el misterio, inaccesible a todos. Estaba custodiado.
Cuando murió, aquellos que habían estado a su lado, con­-

siderándose a sí mismos como sus herederos, corrieron a abrir

el libro, ansiosos de poseer su contenido.
¡Fíjate en los camellos! Allí estaba la fuente viva, pero ellos no estaban tan interesados en la fuente viva como lo estaban en el libro. Hay millones de camellos como éstos interesados en el libro. Van cargados con la Biblia, con la Gita. Memorizan la Gita. Van repitiendo la misma Gita una y otra vez, leen lo mis­mo una y otra vez. Creen en el libro. Aunque Krishna esté allí, seguirán leyendo el libro. Le dirán a Krishna: «No nos moles­tes». Si Cristo llega mientras estás leyendo la Biblia le dirás: «Estate quieto. Estoy leyendo el libro, ven más tarde. Éste no es el momento, estoy rezando».

Y no te rías; ésta es la situación. La gente cree en el libro demasiado. El libro se convierte en lo más importante, ¡la pa­labra se vuelve más importante que la verdad! ¡La palabra "dios" se ha vuelto más importante que el mismo Dios!

Por eso cuando él muere, «aquellos que habían estado a su lado, considerándose a sí mismos como sus herederos...».

¡No lo eran! Los camellos no pueden ser herederos. Sólo en el tercer estadio, cuando eres un niño, puedes ser heredero de tu maestro, no antes. Los camellos siguen diciendo sí, de modo que creen que pueden convertirse en sus herederos por­que son muy obedientes. Pero no pueden porque no han aprendido todavía a decir que no.

Hay una famosa historia:
Un rabino oyó que uno de sus discípulos había estado ha­blando cínicamente acerca de la experiencia de Dios y de sus enseñanzas. Le llamó para tener una entrevista y le preguntó: -Dime, ¿has estudiado los veinticuatro libros de la Biblia concienzudamente?

La honesta respuesta fue:

-No, no todos, y con certeza no concienzudamente.

-¿Y el Talmud? -fue la siguiente pregunta-. ¿Has leído sus sesenta volúmenes?

-No, no -fue la respuesta más asustada.

-Entonces déjame que te diga, hijo mío -concluyó el rabino-, ¡no has estudiado lo suficiente para adquirir los privilegios de la duda!


La duda es un privilegio. A menos que hayas estado asimi­lando no serás capaz de convertirte en un león. Decir no, du­dar, es un privilegio. Es una etapa más elevada que la creen­cia, porque cualquier cobarde puede tener la creencia. Para decir no y empezar a dudar se necesita coraje. Casi siempre es así: los denominados teístas están en un plano espiritual me­nor o más bajo que los ateos. El ateo está en un plano un poco más alto, a pesar de que lo niegue. Es un león.

Esa gente debe de haber seguido al maestro al pie de la le­tra. Y obviamente pensaban que eran los verdaderos herederos. Corrieron a abrir el libro. El maestro había estado allí durante muchos años con ellos y nunca lo abrieron, nunca miraron en su corazón, nunca lo entendieron. Nunca bebieron de su fuente, pero ahora el maestro ha muerto y su primera curiosidad es ir al libro y ver qué es lo que tiene escrito. Fíjate cómo la gente se queda aferrada a lo insignificante y a lo no esencial.


Corrieron a abrir el libro, ansiosos de poseer su contenido.
Los camellos son camellos. Están más interesados en pose­er el conocimiento que en volverse conocimiento, prefieren los contenedores al contenido. El contenido ya no está, la llama ya no está en la lámpara, ha desaparecido. Pero no estaban intere­sados en la llama, estaban interesados en la lámpara, y conti­nuarán adorando la lámpara para siempre. No saldrá nunca ninguna luz de la lámpara..., la luz estuvo allí. No compren­dieron a su maestro porque toda su idea del conocimiento era posesión. El conocimiento no es algo que se pueda poseer; tú no puedes poseer el conocimiento, y si lo posees sólo será eru­dición. A menos que te conviertas en el conocedor no tienes conocimiento. Sólo puedes fingir que lo tienes.

Se quedaron sorprendidos, confundidos y disgustados cuan­do

vieron que estaba escrito sólo en una página.
Los camellos siempre están interesados en la cantidad, no en la calidad. Todo su interés está en... Se hubieran puesto muy contentos si el libro hubiera estado escrito y si las pági­nas hubieran estado escritas. Hubieran disfrutado mucho. Pero sólo había algo escrito en una página y, además, en una esquina, el resto del libro estaba vacío.
Se quedaron sorprendidos, confundidos y disgustados cuan­-

do vieron que estaba escrito sólo en una página.
Recuerda, el interés del camello está en la cantidad, el in­terés del león está en la calidad, y el niño va más allá de la dualidad. No está interesado ni en la calidad, ni en la cantidad. Trasciende todas las dualidades.
Se quedaron incluso más desconcertados y luego irritados

Cuando trataron de descifrar el significado de la frase que en-

contraron sus ojos.
Y sólo había un pequeño escrito, una sola línea.
Decía: cuando te des cuenta de la diferencia entre el con-

tinente y el contenido, obtendrás el conocimiento.
Imagínate a ti mismo esperando durante años para mirar en el libro, lleno de curiosidad durante años, y entonces te en­cuentras con esto. Tú también te hubieras molestado; porque este maestro es un engaño, porque ha estado diciendo: «Toda mi sabiduría proviene de este libro», y en él no había nada, sólo una pequeña frase.

Pero esta frase es una semilla. Si la entiendes, podrás al­canzar el significado de todas las escrituras del mundo. Es algo condensado. Todas las escrituras están condensadas en esa frase: todos los Coranes, todos los Vedas, todas las Biblias están condensados en esta única sentencia, tremendamente poderosa. Medita sobre ella.


Cuando te des cuenta de la diferencia entre el continente y

el contenido, obtendrás el conocimiento.
Los camellos sólo están interesados en el contenedor; el contenedor lo es todo. No piensan en el contenido. Los leones están interesados únicamente en el contenido; están en contra del contenedor. El niño acepta ambos y va más allá, porque llega a saber que el contenido no puede existir sin el contene­dor, ni éste sin aquél. El contenedor lo es sólo porque tiene contenido, y ambos van juntos. La materia y la mente existen juntas. Dios y el mundo existen juntos, son inseparables.

El camello piensa que el contenedor lo es todo. Esa es una visión parcial. Enfadado con el camello el león se va al otro extremo y dice: «El contenido es suficiente, y no me preocu­paré del contenedor. ¡Tíralo!». Pero si tiras el contenedor tam­bién estarás tirando el contenido, porque son inseparables.

"Si tiras la flor estarás tirando también la fragancia, porque van juntas, igual que el cuerpo y el espíritu. El camello cree en el cadáver; no hay espíritu. No tiene ni idea del espíritu. El león cree en el fantasma; está en contra del cuerpo.

Pero cuando has trascendido ambos, cuando has dejado de decir sí a todo, o de decir no a todo, cuando ya no estás obse­sionado con el teísmo o el ateísmo, cuando no eres ni, tradicional ni antitradicional, cuando eres sencillamente inocente con respecto a todas esas ideas, cuando tu espejo está total­mente limpio, sin polvo alguno, cuando no te sientes identifi­cado con el camello, o con el león, cuando no eres ni un reac­cionario, ni un revolucionario, cuando simplemente estás ahí, como un espejo silencioso, entonces llegas a saber que el con­tenedor y el contenido están unidos. A pesar de que el conte­nedor no es el contenido, y de que el contenido no es el con­tenedor; ambos van juntos. Viéndolos juntos y a la vez separados, el conocimiento aparece. Uno llega a saber.


Cuando te des cuenta de la diferencia entre el continente

y el contenido, obtendrás el conocimiento.
Y por último:

Muchos maestros han hablado en el idioma de los came­llos porque hay millones de camellos: Mahoma, Moisés y gente como ellos. Han hablado el idioma de los camellos para que puedan entender. En esto hay compasión, pero hay tam­bién un peligro: que los camellos se queden en camellos. Al­gunos maestros han escogido usar el lenguaje del león: Cris­to, Moisés. En cuanto a la expresión se refiere, es mejor que la de Moisés y Mahoma, pero no será entendida por las ma­sas; Ese es el problema. Los camellos no serán capaces de ab­sorberlo.

Jesús fue asesinado porque los camellos se enfadaron. Es­taba hablando un idioma diferente, completamente ininteligi­ble. Les parecían tonterías. ¡Ese hombre estaba loco! Piénsa­lo, en un mundo lleno de camellos, llega un león y empieza a hablar; no habrá camello que entienda. Cuando Jesús fue ase­sinado, los discípulos que tenía, los doce apóstoles, eran ca­mellos. Él era un niño hablando el idioma de un león, y ellos eran camellos; crearon el cristianismo. Y una vez que los ca­mellos crearon el cristianismo, éste se convirtió en una reli­gión mundial.

El niño no tiene un idioma propio. La inocencia no tiene palabras. Por eso, el niño tiene que hablar el idioma del león por necesidad, porque es el más cercano a él, y el que mejor le sirve para expresarse a sí mismo.

Sucedió en los tiempos del Buda. Él hablaba en el idioma de los leones. El país estaba en un estado tal que había varios leones disponibles. Era un clímax, un máximo. No era un va­lle oscuro, era una cima llena de luz. Durante miles de años, en el pasado la India ha estado buscando y trabajando sobre la verdad, qué es y cómo alcanzarla. Mucha gente comprendió al Buda. Sus discípulos no eran camellos, eran leones. Los discípulos de Jesús eran camellos. Jesús era un niño hablando el idioma de un león. Cuando el Buda murió, sus discípulos eran muy testarudos. No hicieron concesiones a los camellos. Fue­ron sobornados, fueron convencidos, pero no hicieron conce­siones. Siguieron rugiendo. El budismo fue arrancado de la In­dia; los camellos finalmente lo destruyeron.

Cuando los budistas escaparon de la India, habían aprendi­do la lección: si quieres existir como religión, tendrás que utilizar el idioma de los camellos. En China abandonaron el rugido del Buda. En Japón, en Corea, en Ceilán, en Birmania, comen­zaron a utilizar el idioma del camello. Mahayana es "el rugido del león". Hinayana es una traducción al idioma del camello del rugido del león. El budismo se extendió por toda Asia. Sucedió algo extraño: en la India nació el budismo, pero desapareció de la India, y todo Asia se convirtió al budismo.

Muy pocos han utilizado el idioma del niño. Nunca reunie­ron muchos discípulos; no pueden. Puedes reunir grandes ma­sas a tu alrededor si utilizas el idioma del camello. Puedes reu­nir a los intelectuales a tu alrededor si hablas el idioma del león. Krishnamurti reúne a la intelectualidad a su alrededor; habla el lenguaje del león. Lao Tzu o Ramana usan el idioma del niño. Nadie les entiende, pero no son asesinados; recuerda, tampoco son crucificados. Nadie les entiende, nadie les sigue, nadie se preocupa de ellos. Se piensa de ellos que son buenas personas, poetas, un poco excéntricos, locos. La gente va a veces a ellos, es hermoso estar cerca de ellos, pero no crean una conmoción en el mundo. Lao Tzu llega y desaparece, no deja rastro. Ramana llegó y desapareció, sin dejar un rastro detrás. Éstos son los tres idiomas. ¡Yo hablo todos los idio­mas! Por eso encontrarás camellos, leones y niños, todo tipo de gente a mi alrededor. Por eso parezco muy contradictorio. No puedo ser en absoluto consistente: cuando me dirijo a un camello hablo su idioma, cuando hablo con un león rujo, y cuando viene a mí un niño, me río, sonrío y me siento en si­lencio con él.

Este experimento nunca ha sido hecho anteriormente: na­die ha hablado los tres idiomas, porque crea problemas. Un idioma es bueno porque uno permanece consistente. Conmi­go nunca puedes estar seguro, siempre estarás confundido. Pero yo uso la confusión también como una estratagema. Si un camello resulta confundido, empezará a crecer como león, porque a menos que esté totalmente confundido nunca crece­rá. Si el león está confundido, comenzará a transformarse en el niño, porque creces sólo cuando estás muy confundido. Cuando no le ves sentido a ser quien eres, empiezas a crecer, a mirar a picos más elevados; quizás desde allí haya una vi­sión mayor, una visión más grande. Utilizo la confusión como una estratagema. Confundiré a los camellos, a los leones; los niños no pueden ser confundidos, ellos lo entenderán. Serán capaces de entender que mis contradicciones no son contra­dicciones en absoluto; sólo parecen serlo porque estoy ha­blando en tres idiomas.

Medita sobre esta historia.

Aquí, estando conmigo, no pienses en las palabras. Mi mensaje no está en mis palabras sino en las pausas que hay entre ellas. Mi mensaje no está en lo que digo sino en lo que soy. Mi mensaje no es reducible a teorías y sistemas. O bien lo puedes vivir conmigo, o no lo comprenderás. Es un fenó­meno vivo. Una vez que me haya ido empezarás a buscar en los libros, y te fastidiarás, y te enfadarás conmigo, porque sentirás que no te has enterado.

Mientras estoy aquí, aliméntate de mí, bébeme, absorbe. Abandónate a este misterio que te está siendo revelado, y en­tonces habrá una posibilidad de que no mueras como larva, de que te conviertas en un gusano, y finalmente te metamorfosees en una mariposa. iHaz crecer tus alas! iSueña grandes sueños en los que te crecen alas! Tienes el potencial. Eres la semilla; un gran, gran fenómeno es posible a través de ti. Y sólo cuando ha­yas florecido sabrás qué es Dios, qué es la verdad.




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