La Santa Biblia I tesalonicenses



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La Santa Biblia

I Tesalonicenses

Versión de Mons. Juan Straubinger



Libro 59 de la Biblia


Primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses


Capítulo 1
Salutación apostólica y congratulaciones

1Pablo y Silvano y Timoteo, a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: gracia a vosotros y paz.

2Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros, haciendo sin cesar memoria de vosotros en nuestras oraciones. 3Nos acordamos ante Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, y del trabajo de vuestra caridad, y de la paciencia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo, 4porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección. 5Pues nuestro Evangelio llegó a vosotros no solamente en palabras, sino también en poder, y en el Espíritu Santo, y con toda plenitud, y así bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor vuestro.

6Vosotros os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de grande tribulación con gozo del Espíritu Santo; 7de modo que llegasteis a ser un ejemplo para todos los fieles de Macedonia y de Acaya. 8Así es que desde vosotros ha repercutido la Palabra del Señor, no sólo por Macedonia y Acaya, sino que en todo lugar la fe vuestra, que es para con Dios, se ha divulgado de tal manera que nosotros no tenemos necesidad de decir palabra. 9Pues ellos mismos cuentan de nosotros cuál fue nuestra llegada a vosotros, y cómo os volvisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero, 10y esperar de los cielos a su Hijo, a quien Él resucitó de entre los muertos: Jesús, el que nos libra de la ira venidera.

Capítulo 2


Preocupaciones del apóstol

1Vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra llegada a vosotros no ha sido en vano, 2sino que, después de ser maltratados y ultrajados, como sabéis, en Filipos, nos llenamos de confianza en nuestro Dios, para anunciaros el Evangelio de Dios en medio de muchas contrariedades. 3Porque nuestra predicación no se inspira en el error, ni en la inmundicia, ni en el dolo; 4antes, por el contrario, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio, así hablamos, no como quien busca agradar a hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones. 5Porque nunca hemos recurrido a lisonjas, como bien sabéis, ni a solapada codicia, Dios es testigo; 6ni hemos buscado el elogio de los hombres, ni de parte vuestra, ni de otros. 7Aunque habríamos podido, como apóstoles de Cristo, ejercer autoridad, sin embargo nos hicimos pequeños entre vosotros, y como una madre que acaricia a sus hijos, 8así nosotros por amor vuestro nos complacíamos en daros no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, por cuanto habíais llegado a sernos muy queridos. 9Ya recordáis, hermanos, nuestro trabajo y fatiga, cómo trabajando noche y día por no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el Evangelio de Dios. 10Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuan santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos para con vosotros los que creéis. 11Y sabéis que a cada uno de vosotros, como un padre a sus hijos, 12así os exhortábamos y alentábamos y os conjurábamos a vivir de una manera digna de Dios, que os ha llamado a su propio reino y gloria.
Fervor de los tesalonicenses

13Por esto damos sin cesar gracias a Dios de que recibisteis la palabra divina que os predicamos, y la aceptasteis, no como palabra de hombre, sino tal cual es en verdad: Palabra de Dios, que en vosotros los que creéis es una energía. 14Porque vosotros, hermanos, os habéis hecho imitadores de las Iglesias de Dios que hay por Judea en Cristo Jesús; puesto que habéis padecido de parte de vuestros compatriotas las mismas cosas que ellos de los judíos; 15los cuales dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguieron hasta afuera. No agradan a Dios y están en contra de todos los hombres, 16impidiéndonos hablar a los gentiles para que se salven. Así están siempre colmando la medida de sus pecados; más la ira los alcanzó hasta el colmo.
Afectos del apóstol hacia los tesalonicenses

17Mas nosotros, hermanos, privados de vosotros por un tiempo, corporalmente, no en el corazón, nos esforzamos grandemente por ver vuestro rostro con un deseo tanto mayor. 18Por eso quisimos ir a vosotros una y otra vez, en particular yo, Pablo, pero nos atajó Satanás. 19Pues ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de gloria delante de nuestro Señor Jesucristo en su Parusía? ¿No lo sois vosotros? 20Sí, vosotros sois nuestra gloria y nuestro gozo.

Capítulo 3


La misión de Timoteo

1Por esto, no pudiendo ya soportarlo más, nos pareció bien quedarnos solos en Atenas, 2y enviamos a Timoteo, nuestro hermano y ministro de Dios en el Evangelio de Cristo, con el fin de fortaleceros y exhortaros en provecho de vuestra fe, 3para que nadie se conturbase en medio de estas tribulaciones. Pues vosotros mismos sabéis que para esto hemos sido puestos. 4Porque ya cuando estábamos con vosotros, os preveníamos que hemos de padecer tribulación, como realmente sucedió; bien lo sabéis. 5Así que también yo, no pudiendo más, envié para informarme de vuestra fe, no fuera que os hubiese tentado el tentador y nuestro trabajo resultase sin fruto.

6Mas ahora, después de la llegada de Timoteo, que regresó de vosotros, y nos trajo buenas noticias de vuestra fe y caridad, y cómo conserváis siempre buena memoria de nosotros, deseosos de vernos, así como nosotros también a vosotros, 7por eso, en medio de todo nuestro aprieto y tribulación, nos hemos consolado, hermanos, en cuanto a vosotros, por causa de vuestra fe. 8Ahora sí que vivimos si vosotros estáis firmes en el Señor.
Gratitud a Dios y votos del apóstol

9Pues ¿qué gracias podemos dar a Dios por vosotros en retorno de todo el gozo con que nos regocijamos por causa vuestra ante nuestro Dios, 10rogando noche y día con la mayor instancia por ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe?

11El mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesús dirijan nuestro camino hacia vosotros. 12Y haga el Señor que crezcáis y abundéis en el amor de unos con otros, y con todos, tal cual es el nuestro para con vosotros; 13a fin de confirmar irreprensibles vuestros corazones en santidad, delante de Dios y Padre nuestro, en la Parusía de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

Capítulo 4


Somos llamados a la santidad

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que según aprendisteis de nosotros el modo en que habéis de andar y agradar a Dios —como andáis ya— así abundéis en ello más y más. 2Pues sabéis qué preceptos os hemos dado en nombre del Señor Jesús. 3Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación; 4que cada uno de vosotros sepa poseer su propia mujer en santificación y honra, 5no con pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; 6que nadie engañe ni explote a su hermano en los negocios, porque el Señor es vengador de todas estas cosas, como también os dijimos antes y atestiguamos; 7porque no nos ha llamado Dios a vivir para impureza, sino en santidad. 8Así pues el que esto rechaza, no rechaza a un hombre, sino a Dios, que también os da su santo Espíritu.
Amor al prójimo y laboriosidad

9En cuanto al amor fraternal, no tenéis necesidad de que os escriba, puesto que vosotros mismos habéis sido enseñados por Dios a amaros mutuamente. 10Pues en realidad eso practicáis para con todos los hermanos que viven en toda la Macedonia. Os rogamos, hermanos, que lo hagáis más y más, 11y que ambicionéis la tranquilidad, ocupándoos de lo vuestro y trabajando con vuestras manos, según os lo hemos recomendado, 12a fin de que os comportéis decorosamente ante los de afuera, y no tengáis necesidad de nadie.
Resurrección de entre los muertos

13No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. 14Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también (creemos que) Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. 15Pues esto os decimos con palabras del Señor: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. 16Porque el mismo Señor, dada la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitaran primero. 17Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. 18Consolaos mutuamente con estas palabras.

Capítulo 5


Exhortación a la vigilancia

1Por lo que toca a los tiempos y a las circunstancias, hermanos, no tenéis necesidad de que se os escriba. 2Vosotros mismos sabéis perfectamente que como ladrón de noche, así viene el día del Señor. 3Cuando digan: “Paz y seguridad”, entonces vendrá sobre ellos de repente la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta; y no escaparán. 4Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón, 5siendo todos vosotros hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. 6Por lo tanto, no durmamos como los demás; antes, bien, velemos y seamos sobrios.

7Pues los que duermen, duermen de noche; y los que se embriagan, de noche se embriagan. 8Nosotros, empero, que somos del día, seamos sobrios, vistiendo la coraza de fe y caridad y como yelmo la esperanza de salvación; porque Dios no nos ha destinado para la ira, sino para adquirir la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, 10el cual murió por nosotros, para que, ora velando, ora durmiendo, vivamos con Él. 11Por esto exhortaos unos a otros, y edificaos recíprocamente como ya lo hacéis.
Recomendaciones y saludos

12Os rogamos, hermanos, que tengáis consideración a los que trabajan en medio de vosotros, y os dirigen en el Señor y os amonestan; 13y que los estiméis muchísimo en caridad, a causa de su obra. Y entre vosotros mismos vivid en paz. 14También os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los desordenados, que alentéis a los pusilánimes, que sostengáis a los débiles, y que seáis sufridos para con todos. 15Ved que nadie vuelva al otro mal por mal; antes bien, seguid haciendo en todo tiempo lo bueno el uno para con el otro y para con todos. 16Gozaos siempre. 17Orad sin cesar. 18En todo dad gracias, pues que tal es la voluntad de Dios en Cristo Jesús en orden a vosotros. 19No apaguéis el Espíritu. 20No menospreciéis las profecías. 21Examinadlo todo y quedaos con lo bueno. 22Absteneos de toda clase de mal.

23El mismo Dios de la paz os santifique plenamente; y vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo sean conservados sin mancha para la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. 24Fiel es El que os llama, y Él también lo hará.

25Hermanos, orad por nosotros.

26Saludad a todos los hermanos en ósculo santo. 27Os conjuro por el Señor que sea leída esta epístola a todos los hermanos.

28La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.


1. Tesalónica (hoy Salónica), capital de Macedonia, recibió la luz del Evangelio en el segundo viaje apostólico de San Pablo. No pudiendo detenerse allí a causa de la sedición de los judíos, el Apóstol se dirige a ellos mediante esta carta, escrita en Corinto hacia el año 52 —es decir, que es la primera de todas las epístolas— para confirmarlos en los fundamentos de la fe y la vocación de la santidad, y consolarlos acerca de los muertos con los admirables anuncios que les revela sobre la resurrección y la segunda venida de Cristo.

5. En poder y en el Espíritu Santo. El Papa León XIII agrega a estas palabras el siguiente comentario: “Hablan fuera de tono y neciamente quienes al tratar asuntos religiosos y proclamar los divinos preceptos no proponen casi otra cosa que razones de ciencia y prudencia humanas, fiándose más en sus propios argumentos que en los divinos” (Encíclica “Providentissimus Deus”).

6. Con gozo del Espirita Santo: “El Espíritu Santo es la alegría de nuestra alma, el regocijo del corazón... el consuelo de los que lloran, el paño de lágrimas de la tristeza, el reposo del espíritu (San Crisóstomo).

8. No tenemos necesidad de decir palabra: Como elocuente testimonio a esos fieles recientemente convertidos (versículo 9) San Crisóstomo da aquí esta explicación: “Porque convertidos los discípulos en maestros y doctores, hablaban e instruían con tanto valor y confianza a todos, que los arrastraban y convertían. No había dique capaz de contener la predicación, sino que, más vehemente que el fuego, avasallaba el orbe entero. Cf. Romanos 15, 23; II Timoteo 2, 2. La fe vuestra que es pan con Dios: Fillion señala la singularidad de esta expresión y la explica así: “Vuestra fe que se dirige hacia Dios, que tiene como fin a Dios”. Es decir, fe en Dios y no en los hombres, como la que el Apóstol censura en I Corintios 1, 12 ss.

9 s. “La conversión al Cristianismo es resumida en tres puntos concretos: el abandono del culto de los ídolos, la adhesión al Dios único, que es llamado vivo y verdadero por oposición a las divinidades sin vida y sin realidad del paganismo, y la espera de la segunda venida de Jesucristo, juez futuro de los vivos y de los muertos” (Fillion) Cf. 2, 19; 4, 16 s.; 5, 1 ss. “Si entonces había que superar la dificultad de una religión completamente nueva y repugnante a la mentalidad pagana o judaica, amén de la hostilidad del poder político que divinizaba al César y condenaba a muerte a quien se negaba a adorarlo, hoy, después de veinte siglos de cristianismo, los obstáculos a vencer no son menores. La idolatría práctica es harto más peligrosa que la idolatría teórica y es más difícil hacer cristiano a quien ha renegado de su bautismo que convertir a un pagano o a un ignorante de buena fe” (P. J. B. Penco).

2. Cf. Hechos de los Apóstoles 16, 19 ss. y 17, 5 ss.

3. Se defiende contra las calumnias que sus adversarios esparcían, y destaca, como la más clara refutación, la labor realizada con desinterés y abnegación en bien de la comunidad de Tesalónica.

4. Para que nuestra predicación produzca fruto sobrenatural hemos de renunciar a la elocuencia mundana. Véase 1, 5 y nota; I Corintios 1, 17; Gálatas 1, 10. etc.

7. San Pablo vive plenamente el precepto de Cristo de que el mayor sirva al menor. Cf. Mateo 20, 26 s.; Marcos 10, 43 s.; Lucas 22, 27; Juan 13, 12-17.

9. El Apóstol trabajaba manualmente, haciendo tiendas de campaña, para ganarse el sustento, lo que es de valorar tanto más si pensamos en su inmensa actividad espiritual. Cf. Hechos de los Apóstoles 18, 3 y nota; I Corintios 4, 12; II Corintios 11, 28; II Tesalonicenses 3, 8, etc.

13. No como palabra de hombre: San Agustín, escribiendo sobre esto a San Jerónimo, le dice: “Con toda franqueza te confieso que sólo a los Libros de la Sagrada Escritura, llamados canónicos, venero hasta creerlos infalibles. De modo que si en estos Libros veo algo que me parezca contrario a la verdad, digo sin vacilar que el ejemplar está errado o que el traductor no entendió el sentido, o que yo no lo entiendo. Mas a todos los otros autores, por santos e ilustrados que puedan ser, me cuido bien de creer verdadero lo que dicen porque lo digan ellos, sino porque, con la autoridad de aquellos autores canónicos o con razones de peso, me persuaden que es conforme a la verdad. Y estoy seguro que tal es la regla que tú sigues como yo, y que no pretendes ciertamente que se lea tus libros con la misma deferencia que a los Profetas y los Apóstoles, a quienes no se podría sin delito atribuir el más pequeño error” (Carta 82). En otro lugar confirma esto diciendo: “Tal soy yo con los escritos ajenos. Y así quiero que sean con los míos” (cf. 1, 8; Hechos de los Apóstoles 16, 34; I Corintios 1, 12 y notas). Y consecuente con tal criterio, fulmina también este apostrofe: “Vosotros, que creéis lo que queréis y rechazáis lo que no queréis, a vosotros os creéis, y no lo que dice el Evangelio. Queréis ser la autoridad y ocupar el sitio que corresponde al Libro Santo”. Cf. Juan 21, 25 y nota. Palabra de Dios que es una energía: Las palabras divinas de la Sagrada Escritura, escuchadas y leídas constantemente, meditadas día y noche, como dice el Profeta David en el Salmo primero, son de extraordinario provecho para la plenitud de nuestra vida espiritual, pues en ellas está la sustancia que Dios nos ha dado para nuestra oración. Para cada cristiano llega el peligro de que sus oraciones se conviertan en frías fórmulas, intelectuales, y si le falta entonces a la oración ese contenido espiritual de las Palabras divinas, que son espíritu y vida, cae insensiblemente en el ritualismo verbal, o sea, como dice Jesús, en el rezo a fuerza de palabras y en la alabanza que sólo honra a Dios con los labios, mientras el corazón está lejos de Él (Mateo 6, 7 ss.; 15, 8).

14 ss. De parte de nuestros compatriotas: Parece aludir a los que vemos en Hechos de los Apóstoles 17, 5. De los judíos: cf. Hechos de los Apóstoles 6, 9 ss.; 8, 1 ss.; 9. 1 s. En el versículo 15 evoca también sus culpas anteriores, como hacía el Señor. Cf. Mateo 5, 12; 23, 31 y 37; Hechos de los Apóstoles 3, 15; 7, 52; Hebreos 11, 38.

16. Hasta el colmo: “Más simplemente la cólera divina llegó a su término, porque pronto va a desencadenarse completamente sobre los judíos” (Fillion). Asi les sucedió, por su oposición a los designios de Dios, cuando los romanos destruyeron Jerusalén el año 70, y empezó la dispersión de Judá que duraba todavía hasta el tiempo de que habla San Pablo en Romanos 11, 11-25. Cf. Hechos de los Apóstoles 13, 50 s.; 14, 4 ss., y 18 ss.; 17, 5 ss.

18. Satanás, sin duda por medio de sus agentes empeñados en sofocar la expansión del Evangelio. Nada preocupa tanto al padre de la mentira (Juan 8, 44) y “príncipe de este mundo” (Juan 14, 30) como impedir la obra netamente sobrenatural de penetración de la palabra del Evangelio en las almas, porque sabe que ella es la fuerza de Dios para salvar a los que creen (Romanos 1, 16).

19. Sobre la Parusía o segunda venida de Cristo triunfante, Cf. 1, 9 y nota; 3, 13; 4, 15; 5, 23, etc.

3. Notable observación que San Pablo aplica a sí mismo (Hechos de los Apóstoles 9, 16; 14, 21) y que repiten también San Pedro (I Pedro 4, 12) y el mismo Señor (Juan 16, 2) para que nadie se sorprenda. Véase I Corintios 4, 19; II Timoteo 3, 12, etc.

6. Timoteo, enviado por Pablo a Tesalónica, trajo buenas noticias a Corinto donde estaba el Apóstol.

9. La oración que sigue atestigua el amor del Apóstol a sus hijos espirituales, en particular su interés por el acrecentamiento de la fe.

11. San Pablo nos enseña a cada paso a distinguir las Divinas personas en la oración.

12. La caridad fraterna, señal característica del verdadero cristiano y de su elección (Juan 13, 35; cf. Colosenses 4, 5 y nota), debe crecer constantemente sin menguar.

13. Es la advertencia que constantemente nos da Jesús de estar preparados no sólo para la hora final de nuestra muerte, sino para su venida que puede ser en cualquier momento, “como la de un ladrón”. Cf. 5, 2 y nota; Santiago 5, 8. Con todos sus santos: Judas 14; I Corintios 5, 23 y nota.

1. Informado por Timoteo sobre el estado espiritual de aquella cristiandad (3, 6), el Apóstol añade aquí sus exhortaciones sobre la santidad de vida, enseñándoles a huir la deshonestidad, la doblez y la holganza.

4. Que se abstengan de la fornicación con aquella pureza y honestidad que corresponde a la condición de nuestro cuerpo, que debe ser templo de Dios (I Corintios 3, 16 s.; 6, 19; I Pedro 3, 17). El fin inmediato del matrimonio es la procreación de los hijos para que lo sean de Dios, y miembros de Cristo; el fin último, la gloria de Dios. Ambos fines han de guiar la vida y la conducta de los casados (Santo Tomás).

7. Sino en santidad, es decir, que la santidad es para todos los hijos de Dios (Cf. I Corintios 1, 2 y nota), y esto porque Él nos ha dado también su santo Espíritu (versículo 8). Aquí, como en Romanos 5, 5 vemos terminantemente destruida nuestra abominable suficiencia. El mismo Apóstol, por la forma de hablar, nos muestra su asombro ante la maravilla que nos está revelando. Porque según esto la santidad es un ofrecimiento de Dios que nos invita a ser santos como Él es santo (Levítico 11, 44; 19, 2; 20, 26; 21, 8; I Pedro 1, 15 s.; Lucas 6, 36 y nota). Si aceptamos, si lo deseamos con sinceridad, Él mismo nos da entonces su propio Espíritu, que es el Espíritu de santidad (Romanos 5, 5), de la propia santidad de Dios. Si el sol mira a la tierra, la verá luminosa, como nosotros vemos a la luna, pero esa luz es la que le da Él, nada más que Él. Y más aún la luminosidad será tanto mayor cuanto más lisa sea la superficie que la refleja, es decir, cuanto más quitemos nuestros propios inventos para vivir y obrar según todo lo que nos viene de Él. De ahí que quien esto rechaza, no desprecia a un hombre sino a Dios.

13 ss. A los primeros cristianos, más que a nosotros, les preocupaba la segunda venida de Cristo, especialmente en cuanto a la suerte de los muertos. Creían que éstos, tal vez, fueran remitidos al último lugar en la resurrección o que la resurrección ya había pasado (II Timoteo 2, 16 ss. y nota). Contesta San Pablo: De ninguna manera habéis de angustiaros; ellos resucitarán los primeros, y los otros justos que estén vivos serán arrebatados al encuentro de Cristo en el aire. Los Padres griegos, y de los latinos San Jerónimo y Tertuliano, opinan que esto sucederá sin que antes sea necesaria la muerte física. Lo admiten también San Anselmo y Santo Tomás, etc. Véase 3, 13; I Corintios 6, 2 s.; 15, 23 y 51; II Timoteo 4, 8 y notas.

16. El Arcángel: probablemente San Miguel, pues es el único que en la Sagrada Escritura lleva este título. Véase Judas versículo 9; Dan. 10, 13 y notas. Acerca de la trompeta de Dios cf. Zacarías 9, 14 donde el mismo Dios hace sonar la trompeta. Resucitarán primero: cf. I Corintios 15, 23.

2. Cf. Mateo 24, 36; Marcos 13, 32; Lucas 12, 39; Santiago 5, 8; II Pedro 3, 10; Apocalipsis 3, 3; 16, 15. El Apóstol se refiere a la Parusía de Cristo, no a la muerte individual de cada uno.

3 s. Paz y seguridad ha sido siempre, a través de toda la Biblia, el mensaje de los falsos profetas, cuyo éxito, superior al de los verdaderos, se funda precisamente en ese agradable optimismo (véase la introducción general a los Libros Proféticos). De ahí que el que ignora las profecías bíblicas fácilmente vive en la ilusión, no percibe el sentido trágico de la vida presente, ni el destino tremendo a que marchan las naciones. Véase Lucas 18, 8; Apocalipsis 9, 21; 16, 9; 19, 19, etc. Nada más consolador que la excepción contenida en el versículo 4 para aquellos que viven a la luz de la Palabra divina (Salmo 118, 105).

6 s. No durmamos como los demás, en la despreocupación e indiferencia. La embriaguez señala el aturdimiento espiritual en que vive el mundo.

16. Gozaos siempre: Este es el versículo más corto de la Biblia. No podemos quejarnos de su contenido. Él resume lo que todo el divino Libro desea, ofrece y realiza, con infalible eficacia, en todo amigo que frecuenta su intimidad.



17. Orad sin cesar: San Agustín hace notar que esto no significa “rezad todo el día”, y menos con pura oración vocal, sino mantenerse incesantemente en la presencia y el amor de Aquel cuyo culto máximo es nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Nuestros trabajos y toda nuestra vida deben ser oración. Véase I Corintios 10, 31 y nota. Decía alguien, como una broma casi inocente, que sus mejores negocios los había planeado durante el Rosario. ¿No le habría valido mucho más planearlos en su escritorio? He aquí cosas que no se entienden sino a la luz del amor. Porque no es obligación visitar a un amigo ni es prohibido ocuparse de un negocio; pero si yo me pongo a pensar en el negocio durante la visita a mi amigo y desatiendo su conversación, ciertamente le daré un disgusto mucho mayor que si no hubiese ido a verlo. Y así comprobamos una vez más que lo único que Dios nos pide es que no tengamos doblez, pero esto lo exige en absoluto. De ahí que toda la Biblia nos muestra como mucho más abominable a Dios la falsa religiosidad y el fariseísmo que los extravíos de los pecadores. Cfr. Levítico 19, 19; Deuteronomio 22, 11, sobre el horror de Dios a las mezclas.

18. He aquí un gran secreto de espiritualidad: vivir ofreciendo el Hijo al Padre en acción de gracias por el don que nos hizo de este Hijo (Juan 3, 16), y recibiendo constantemente ese don por la Eucaristía y por la fe (Ef. 3, 17), como el “pan supersustancial” del Padrenuestro (Mateo 6, 11). Esta doble y continua actitud de recibir y entregar a Cristo, Mediador entre el Padre y nosotros y luego entre nosotros y el Padre, ha sido llamada con acierto “a respiración del alma”.

19. No apaguéis el Espíritu: “Y si el Espíritu se apaga, ¿cuál será la consecuencia? Lo saben todos aquellos que se han encontrado en una noche oscura. Y si resulta difícil trasladarse durante la noche de una parte de la tierra a otra, ¿cómo recorrer de noche el camino que va de la tierra al cielo? ¡No sabéis cuántos demonios ocupan el intervalo, cuántas bestias salvajes, cuántos espíritus del mal se hallan apostados! Mientras tengamos la luz de la gracia, no pueden dañarnos; pero si la tenemos apagada, se arrojarán sobre nosotros, nos asirán y nos despojarán de cuanto llevamos. Los ladrones tienen por costumbre echar mano cuando han apagado la linterna, ven claro en estas tinieblas, en tanto que nosotros no estamos habituados a la luz de la oscuridad” (San Crisóstomo). Cf. I Corintios capítulo 12 y 14.

20. No menospreciéis las profecías: Cf. I Corintios 14, 39. Hoy solemos interesarnos poco por las profecías, a las cuales la Sagrada Escritura dedica, sin embargo, gran parte de sus páginas. En el Eclesiástico (39, 1) se nos muestra el estudio de las profecías como ocupación característica del que es sabio, según Dios (cfr. Amos 3, 7 ss. y notas). “Doctrina y profecía tienen la misma íntima relación que conocimiento y deseo. Lo primero es doctrina, o sea conocimiento y fe; lo segundo es profecía, o sea esperanza y deseo vehementísimo, ambicioso anhelo de unión que quisiera estar soñando en ello a toda hora, y que con sólo pensar en la felicidad esperada, nos anticipa ese gozo tanto más eficazmente cuanto mayor sea el amor. ¿Cómo podría entonces concebirse que hubiera caridad verdadera en un alma despreocupada e indiferente a las profecías?”. Véase Romanos 15, 4 y nota.

21. Examinadlo todo: No todo lo que parece ser bueno, lo es en efecto. Hay que examinarlo a la luz de la fe. Véase I Juan 4, 1; Hechos de los Apóstoles 17, 11, donde se muestran los de Berea mejores que los tesalonicenses, porque recibían ávidamente la palabra de San Pablo y constantemente la comprobaban con las Escrituras. El Apóstol nos da así una vez más la noción del tesoro que es nuestra alma para que no la abandonemos a la opinión de cualquiera. Ciertamente, dice Clemente Alejandrino, no somos incautos cuando se trata de bienes materiales. Cf. I Corintios 12, 2; Ef. 4, 14. La Escritura nos enseña claramente a desconfiar de nosotros mismos en nuestras determinaciones, y buscar el consejo del prudente (Proverbios 12, 15; 13, 10; Eclesiástico 6, 35 s., y notas), pero con la libertad del hombre espiritual (Eclesiástico 37, 17-19 y nota). Tal es el testimonio de la propia conciencia (Romanos 8, 16 y nota) que Dios da aún a los paganos (Romanos 2, 14) y sin el cual el hombre no podría ser recto, pues nunca podría saber que lo era (Romanos 9, 1).

22. Absteneos de toda clase de mal: no sólo de lo que en realidad lo es. De este modo cortaréis todas las ocasiones de escándalo y de murmuración (San Basilio). Véase Eclesiástico 9, 4 y nota.

23. La caridad de San Pablo nos desea, aun para el cuerpo, la dicha de disfrutar el misterio que nos anunció en 4, 16 y en Filipenses 3, 20 s. San Ireneo, siguiendo al Apóstol, distingue también en el cristiano cuerpo, alma y espíritu. Son tres dominios superpuestos: el del cuerpo es el animal o físico; el del alma es el psíquico (I Corintios 2, 14 y nota); el del espíritu es el sobrenatural, único verdaderamente espiritual. Véase I Corintios 15, 44; Hebreos 4, 12.

26. En ósculo santo: Esta fórmula espiritual es grata a San Pablo (Romanos 16, 16; I Corintios 16. 20: II Corintios 13, 12) y a San Pedro (I Pedro 5, 14). Sin duda viene de que el beso era, entre los judíos, parte de la salutación (Mateo 26, 48; Lucas 7, 45; 22, 48, etc.). San Justino y otros atestiguan que pasó a los primeros cristianos, y aun lo vemos conservado en la Liturgia como señal de paz.

27. Os conjuro por el Señor: No puede ser más apremiante el reclamo que el mismo Apóstol hace de que todos lo lean. El Crisóstomo que no dejaba pasar una semana sin releer él mismo a todo San Pablo, dice que los laicos deben hacerlo aun con mayor razón que los sacerdotes, por lo mismo que son mis ignorantes en materia espiritual.


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