La situación internacional en la década de los años treinta



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LA SITUACIÓN INTERNACIONAL EN LA DÉCADA DE LOS AÑOS TREINTA.

Los diez años de 1930 a 1940 marcaron lo que se bautizó como la “época de las catástrofes”. Inició con la agresión japonesa a Manchuría en 1931, y terminó con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939. La década de los treinta fue escenario de golpes de Estado, crisis económicas y guerras civiles, casi sin interrupción, consecuencia obligada de la gran crisis económica que se manifestó en 1929.

El moderno Japón había demostrado siempre una tendencia acusada hacia el militarismo y el imperialismo. El ejército gozaba de privilegios excepcionales y constituía una especie de Estado dentro del Estado, al margen de las autoridades civiles. Una política de conquista era la consecuencia natural de las antiguas tradiciones niponas y de su religión sintoísta; los japoneses se creían un pueblo elegido, gobernado por un empe­rador-dios, y destinados a acaudillar a las naciones de color en su lucha y en su rebelión contra Occidente; y eran no sólo los militares quienes soñaban con una hegemonía japonesa en Asía entera, no también los políticos. Las victorias nacionales obtenidas contra China (1894-1895) y Rusia (l904- 1905), apar­te de tas ventajas conseguidas durante la Primera Guerra Mun­dial, estimularon sus anhelos de expansión, y la crisis general proporcionó nuevos triunfos a los imperialistas. En un Japón superpoblado y con escasez de materias primas, sus exportacio­nes disminuyeron en un 50% durante aquella época; por otra parte las grandes potencias occidentales -muy debilitadas por la crisis- no podían defender con la firmeza de antes sus intereses en el Asia del Sudeste.

Japón consideraba que China era el objetivo más apropiado para su expansión. Debilitado y dividido, el inmenso país chino les parecía una víctima fácil. Además, China poseía las materias primas que el Japón necesitaba: hierro, carbón, fibras textiles, etc., y sus centenares de millones de habitantes constituirían asimismo un mercado inagotable de consumo de productos manufacturados japoneses. Los conceptos de espacio vital, de expansión indispensable, y la in­fluencia de una casta militar incondicional y, como consecuen­cia, la huella de una mística fanáticamente nacionalista adquieren tal intensidad en el Japón que a su lado las aspiraciones del nacionalismo alemán aparecen muy disminuidas. En 1927, el primer ministro Tanaka presentó al emperador japonés, un plan expansionista para extender su dominio a Manchuria, China septentrional, Siberia, la India e Indochina, sin tener que enfrentarse con el poderío de los Estados Unidos.

Con todo, China era el primer campo de ensayo y experimentación, debido a su situación interna extremadamente debilitada.

En China, los japoneses tenían importantes inversiones financieras y comerciales, y sus súbditos, muy activos eran periódicamente afectados por las reacciones de un nacionalismo también exa­cerbado.

Los nipones iniciaron su acción en Manchuria, extenso territorio poco poblado, situado al nordeste de China, que había sido administrado por un general. Prácticamen­te independiente Manchuria sólo en teoría se hallaba sometida al gobierno central chino. El 18 de septiembre de 1931, el ejército nipón de Corea iniciaba la ofensiva con la complicidad del Estado Mayor Imperial y demás círculos militaristas de Tokio, y sin informar siquiera al gobierno japonés. La explosión de una bomba en el ferrocarril meridional de Manchuria, incidente preparado por los propios japoneses, sirvió de pretexto a la invasión, y, en pocas horas, las tropas niponas iniciaban su ofensiva. En un día y una noche se apoderaron de Mukden y de otras ciudades situadas en territorio chino. Cabe señalar que el momento era oportuno y bien elegido, pues la crisis económica afectaba gravemente a la Gran Bretaña tres días después de la invasión nipona, la libra esterlina abandonaba el patrón oro y los Estados Unidos atravesaban un período político de aislacionismo. China realizó un llamado a la Sociedad de Naciones, de la que era miembro, como el Japón.

Por su parte en Inglaterra, algunos políticos sugerían la ruptura diplomática con Tokio y el embargo de las materias primas para la fabricación de armamento aunque sir John Simon no compartiera tal opinión. Consideraba que los intereses vitales del Imperio británico no solo se hallaban en peligro, y logró que fuera rechazada toda acción a través de la Sociedad de Naciones, por parecerle que bastaba el “veredicto de la opinión mundial” contra el agresor; igual era la opinión de Briand, en Francia. Esta actitud de Francia e Inglaterra, países árbitros sería característica de todo este período.

La Sociedad de Naciones y el gobierno de los Estados Unidos, neutral y aislacionista, se limitaron a cursar unas notas de protesta diplomática y a enviar una simple comisión de encuesta por parte de la Sociedad de Naciones al Extremo Oriente. Los japoneses respondieron que no se trataba de una guerra, sino de simples operaciones de policía destinadas al restablecimiento “del orden y la paz» con objeto de proteger sus legítimos intereses económicos en una Manchuria víctima de generales-bandoleros. Tras esta declaración, los nipones persiguieron sus conquistas.

En cierto modo, era lógico que, excluidos de la América del Norte, de Australia y, virtualmente, de la América hispana, los japoneses dirigieran su mirada hacia el continente que se hallaba a pocas horas de su país y ello explica la conquista de Corea al iniciar del siglo XX.

Pero también el país coreano estaba muy poblado, su posesión alcanzaba enorme valor estratégico, aunque escaso valor económico. Sin embargo, si los japoneses no dominaban en Corea, existía el peligro de que lo hicieran los rusos por ser la península una especie de puente desde el continente hasta las islas niponas; en consecuencia, para defender Corea había que dominar en Manchuria. Luego, habría que ir más lejos. Lo trágico de las conquistas consiste en esa necesidad de defender lo conquistado mediante nuevos avances.

En Manchuria, los japoneses organizaron con ayuda de políticos venales, un falso movimiento de liberación nacional” y el 18 de febrero de 1932 el país era proclamado Estado independiente con el nombre de Manchukuo. Los japoneses habían colocado al frente del nuevo Estado a Pu-Yi o Hsilan Tung último emperador chino de la dinastía manchú, que había sido educado en el Japón.

Una comisión de encuesta de la Sociedad de Naciones denunciaba la superchería de un informe de octubre de 1932 y aunque en Ginebra se aprobó una resolución obligando a los japoneses a evacuar Manchuria, los invasores no se sintieron afectados en lo más mínimo, y observaron idéntica actitud hacia una nueva resolución de la Sociedad de Naciones el 24 de febrero de 1933, aprobada casi por unanimidad. Al contrario, los ejércitos nipones prosiguieron su marcha a través de la Mongolia interior e invadieron la provincia china de Jehol y los territorios situadas al sur de la Gran Muralla hasta llegar a amenazar a la propia ciudad de Pekín. El Japón respondió a la condena formulada por la Sociedad de Naciones abandonando este organismo el 21 de marzo de 1933. En mayo, los soldados nipones ocupaban Pekín.

La Sociedad de Naciones y las potencias occidentales no se atrevían a correr el riesgo de una guerra en el Extremo Oriente. Los chinos, obligados a negociar, hubieron de reconocer la independencia de Manchuria —convertida de hecho en protectorado japonés— y el establecimiento de una zona desmilitariza­da al sur de la Gran Muralla. Esta solución era, de hecho, una seria derrota para el organismo ginebrino y para sus principios sobre la “seguridad colectiva”. A este desaire seguirían otros por parte de Italia y Alemania, acompañados de la simple y pasiva complicidad de Francia e Inglaterra.

En Francia, paralelamente a los acontecimientos en Asia, tuvo una serie de gobiernos que reflejaban la difícil situación política. La crisis económica mundial afectó a Francia y después a otros países, pero ocasionó gran descontento. De un lado determinados movimientos fascistas se manifestaron en las calles de manera espectacular y pintoresca.

Francia también conocía de escándalos financieros graves. El más famoso de éstos fue el caso de Staviski, aventurero ruso que realizó una emisión fraudulenta de acciones de tanta resonancia que provocó la caída del gobierno Cbauntemps. El siguiente gobernante de Francia fue Daladier, quien quiso reprimir las protestas generales y también tuvo que dimitir. A Staviski se le encontró muerto en una quinta del magistrado Punte, que había intervenido en el asunto jurídico, murió también asesinado. Todo ello provocó manifestaciones de los grupos derechistas en las que resultaron muertos y heridos a consecuencia de la violenta represión de la policía.

Determinadas conversaciones mantenidas entre organizadores izquierdistas llevaron a la firma de un pacto de acción conjunto entre socialistas y comunistas, fundando el 27 de julio de 1934 el Frente Popular.

El Frente Popular francés consiguió una gran victoria en las elecciones de mayo de 1936 y en junio se formó un gobierno presidido por el dirigente socialista León Blum, en el cual los radicales y los socialistas aparecían representados en el gabine­te, mientras los comunistas, que no participaron en el gobierno, le apoyaron desde el parlamento.

El movimiento obrero reclamaba insistentemente una ac­ción antifascista más enérgica y una mejoría en el nivel de vida. El gobierno del Frente Popular emprendió una serie de refor­mas económicos y sociales: logró la aprobación de una ley que limitaba la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales y adoptó una serie de medidas en obras sociales y limitación de los poderosos trusts económicos. Pero estas medidas sólo tuvieron eficacia para irritar a las potencias económicas que presionaron más todavía para que los gobier­nos adoptasen una actitud más enérgica ante las huelgas. Por otro lado, el temor de los capitalistas y la preocupación de los obreros en mantener simples reivindica­ciones económicas que se traducían en aumentos de salarios sin estabilización de precios, llevaban a un callejón sin salida: la claudicación ante Hitler, papel que representó muy pronto Daladier.

La guerra civil española, en la que el Frente Popular, también en el poder, emprende apenas comenzada la vía de las realizaciones revolucionarias, completó el cuadro. El propio gobierno francés no supo salir del problema y tuvo que ceder a la política de concesiones del primer ministro inglés Chamberlain a la política intervencionista de Hitler en España.

En la Italia fascista, Mussolini fue el primero en aprovechar la ventaja. El Duce soñaba con realizar espectaculares conquistas miltaires que integraran un nuevo “imperio”. En Europa, Mussolini se imponía con mayor energía desde finales de la década anterior, en especial cuando se trataba de los Balcanes o del sudeste europeo en general a partir de 1935 su atención se centró en Abisinia, último estado independiente que quedaba en África. Su emperador, Haile Selassie, rey de Reyes y León de Judá—, era un soberano que tendía a la modernización de su país, todavía con formas feudales.

Los proyectos de Mussolini sobre Abisinia habían empezado a tomar cuerpo en 1932, inspirado por un nacionalismo chauvinista. El Duce ambicionaba participar en el llamado ‘honor de las armas y proporcionar mayor espacio vital para los italianos. Deseaba también vengar la tremenda derrota sufrida en Adua en 1896 por Italia, cuando intentó por primera vez conquistar Etiopía.

El 3 de octubre de 1935, tras una serie de provocaciones fronterizas y maniobras diplomáticas, el ejército italiano, previamente concentrado en Eritrea, invadía el territorio etíope.

Con tropas motorizadas, provistas de aviación y armas automáticas, los italianos eran muy superiores. Las tribus abisinias, de armamento primitivo y sin disciplina. Los ‘conquistadores” italianos apenas encontraron más obstáculos que el terreno áspero. La dificultad de las comunicaciones y enlaces y el clima.

Se daba la circunstancia de que tanto Italia como Etiopía eran miembros de la Sociedad de Naciones; así que, como en el caso de Manchuria, el mundo asistía a la agresión perpetrada por un Estado miembro contra otra. Haile Selassie apeló al organismo internacional y llegó incluso a presentarse en Ginebra y postu­lar, personalmente, en favor de la causa de su país, ante la Asamblea General.

La opinión mundial condenó la agresión italiana con una energía y unanimidad sorprendentes; el de octubre de 1935, el Consejo declaraba que Italia había violado el pacto, y pocos días después la Asamblea General confirmaba, con casi la totalidad de los votos, que Italia era considerada agresora. Según el artículo 16 del pacto, Italia se había hecho culpable de agresión contra el conjunto de Estados miembros; en consecuencia, éstos debían aplicar sanciones al agresor, lo que signi­ficaba, en principio, un bloqueo económico y político.

Del 11 al l9 de octubre de 1935 el mundo presenció, por primera vez en la historia, cómo una asamblea internacional decidía sanciones contra un país, declarado agresor, fecha histórica, aunque, para desgracia, la acción colectiva resultó mucho menos rápida y eficaz de los fundadores de la Sociedad de Naciones imaginaran. El boicot contra Italia simplemente se “recomendaba” a los países miembros y no efectuar sino en forma progresiva, sin alcanzar plenos efectos hasta algunos meses más tarde. Con todo, el principio de las sanciones en fue favorablemente acogido por la opinión mundial; antes de terminar octubre de 1935, cincuenta Estados habían prohibido de la exportación de armas, municiones y toda clase de material de guerra a Italia; cuarenta y nueve países negaron créditos bancarios a los italianos y cuarenta y ocho se comprometieron a no adquirir más mercancías italianas.

No obstante, Italia apenas tenía que temer a esas medidas, al menos momentáneamente. Había acumulado enormes cantidades de material de guerra: el bloqueo de los créditos y el boicot económico sólo podrían dejarse sentir a largo plazo y el único problema estribaba en el número de Estados que estuvieran dispuestos a interrumpir sistemáticamente el aprovisionamiento de Italia en determinados productos esenciales.

La primera cuestión que se planteaba era si debía paralizar el suministro de petróleo, material indispensable para la maquinaria bélica de los italianos. Esta cuestión constituyó el tema fundamental en las negociaciones iniciadas entonces en el seno de la Sociedad de Naciones y ante las grandes potencia. Indudablemente, el bloqueo del petróleo hubíera sido muy eficaz quizás decisivo, pero, como a tantos otros aspectos durante la década de 1930-1940, las democracias pecaron por exceso-de prudencia, en sus contínuas dilaciones y aplazamien­tos. En previsión del corte de suministros, las empresas exportadoras aumentaban los envíos.

Inglaterra trataba de atraerse a Italia, cuya potencia militar, y en especial la aviación, sobrevaloraba y temía que el Duce, exasperado por unas sanciones rigurosas, atacase las posiciones inglesas en el Mediterráneo. Además, el pasado imperialista de la Gran Bretaña y el papel que desempeñó durante el siglo XIX en el reparto colonial de África infundían a este suficientes escrúpulos para meditar antes de condenar una guerra colonial: Nos hallamos en la misma situación del ladrón retirado, decían en Londres, con ejemplar cinismo.

Por su parte el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y su gobierno condenaban la agresión italiana, pero el aislacionismo era la tendencia dominante en los Estados Unidos con relación a su política exterior por consiguiente, este país observó una actitud muy reservada res­pecto al conflicto italo-etíope. Francia se mostraba todavía más cautelosa que las dos grandes potencias anglosajonas. El go­bierno francés, presidido por Pierre Laval, consideraba una Alemania nazi y poderosamente armada como la amenaza más grave del momento internacional.

Francia tenía el máximo interés en no atacar a Italia, pues aspiraba al apoyo de Mussolini contra la política agresiva iniciada por Hitler. Los temores franceses se acentuaron en forma dramática cuando en marzo de 1936 Hitler decidió, de súbito, que el ejército germano ocupase la zona desmilitarizada de Renania. Asumiendo la plena soberanía sobre dicho territorio, atentados flagrantes contra el tratado de Versalles y el pacto de Locarno, París y Londres, atemorizados ante Alemania, confia­ban nada menos que en Mussolini.

Las sanciones y la amenaza del embargo sobre el petróleo incitaron a Italia a precipitar el ritmo de las operaciones militares. La campaña debía terminar antes de que las sanciones se dejasen sentir de modo efectivo y quedara cortado el suministro del petróleo. Algunos políticos británicos se esforzaban en movilizar a toda costa a los partidarios del embargo, y el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, actuaba en dicho sentido, aunque no le apoyase el indeciso gabinete Baldwin.

Mussolini incrementó entonces su acción militar en Etiopía. Durante los meses de febrero, marzo y abril de 1936, los italianos ocuparon extensas zonas del país después de llevar a cabo auténticas matanzas de etíopes indefensos. El 5 de mayo, un mes antes de la estación de las lluvias, las tropas fascistas entraban en Addis-Abeba. El 9 dc marzo, Mussolini pudo anunciar que el imperio del Negus quedaba por entero bajo dominio italiano y que el rey Víctor Manuel III era proclamado emperador de Abisinia.

Las sanciones fueron levantadas pocos meses más tarde: habían significado un notable fracaso. Las democracias se inclinaban, serviles, ante un vencedor de opereta.

Las potencias occidentales experimentaron, de hecho, una doble y deplorable derrota, pues si Mussolini habla resultado victorioso, Hitler no triunfaba menos en su esfera de influencia. El Fuhrer había ocupado con toda impunidad la zona renana, asegurándose así una posición infinita­mente más favorable ante una Francia que, por la misma razón, perdía gran parte de su significación estratégica con respecto a sus aliados del Este europeo. Factor de no menos importante para el futuro era que los dictadores alemán e italiano habían estrechado su amistad durante la crisis. Antes de ésta, Mussolini y Hitler seguían su propia política exterior, pero el problema de Abisinia les unió en una común oposición a las democracias occidentales. En breve, sus afinidades ideológicas los unirían todavía más. De aquel pacto de 1936 nació una nueva constelación en el firmamento de la política europea el bautizado Eje Roma-Berlín

Y aquel mismo año, abandonado por Herriot y por los ministros radicales, el gabinete Laval no podía resistir más las críticas dirigidas a su politica exterior por los elementos izquierdistas. Los partidos de izquierda apoyaron al gabinete de Alberte Saraut, en el que Flandin desempeñaba la cartera de Asuntos Exteriores.

POLÍTICA EXTERIOR DE LA ALEMANIA NAZI

Poco después de la llegada al poder de Hitler. En enero de 1933, aplicó una renovada política exterior, basada en una agresividad, practicando esencialmente una doble actitud de chantaje y desafío. Ya es sabido que el nacionalismo constituía la base de la doctrina nazi; en su obra de “Mi Lucha”, Hitler había proclamado abiertamente su intención de desconocer el tratado de Versalles, vengar la derrota de 1918, agrupar a todos los hombres ”de raza alemana —por supuesto, los austríacos— en un Gran Reich, y ofrecer al pueblo alemán, en continua expansión demográfica, un espacio vital en el Este europeo mediante conquistas violentas, disfrazadas de una especie de cruzada contra el comunismo.

Según sus propias palabras, Hitler se proponía desvíar la progresión constante de los alemanes hacía el oeste y sur de Europa y cambiar el sentido de sus invasiones hacia el este del continente; es decir, dirigiéndola hacia Rusia y sus vecinos, en especial contra aquel mundo soviético al que consideraba víc­tima ideal para aniquilarlo sin esfuerzo: “Alemania será una potencia mundial o no existirá”, repetía y la primera fase de dicha política no podía ser otra que el rearme de Alemania y la deliberada violación del tratado de Versalles.

Durante la república de Weimar, la Reichswehr y algunas organizaciones paramilitares ya habían dejado al margen más o menos hábilmente los artículos del referido tratado que imponían el desarme alemán, y, en especial, pudo observarse el renacimiento del Alto Estado Mayor germano. Apenas los nazis alcanzaron el poder, las violaciones del tratado se hicieron cada vez más claras y flagrantes. Las actividades militares seguían hallándose fuera de la ley, ciertamente, el disfraz que las encubría era cada vez menos disimulado. Pero sus anuncios de que tales campañas iban “sólo” contra Rusia acallaban la conciencia de las democracias occidentales, que no veían con malos ojos tal tendencia.

Durante la tercera década del siglo, la Sociedad de Naciones había consagrado un denodado esfuerzo al desarme de los Estados citados en el tratado de Versalles y sus actividades no experimentaron ninguna demora teórica. En el mismo instante en que Hitler ocupaba el cargo de canciller alemán, se hallaba reunido en Ginebra una importante conferencia sobre el desarme, con participación de Alemania, país que ingresó en la Sociedad de Naciones en 1926. Sin embargo, fue imposible llegar a un acuerdo sobre propuestas concretas, y en octubre de 1933 Alemania abandonaba bruscamente la conferencia del desarme y la propia Sociedad de Naciones, sellando así la suerte de una y otra. Por su parte, el Japón había dejado ya de pertenecer a la organización internacional, ausencia que no pudo ser compensada con el ingreso, a su vez, de la Unión Soviética en 1934.

El mundo debía quedar de nuevo atónito el 25 de julio de1934. Un grupo de nazis austríacos, en estrecha complicidad con los alemanes, trató por la violencia de tomar el poder en Viena. Ocuparon el edificio de la radio oficial, interrumpie­ron la emisión y proclamaron el régimen nazi y, forzando las puertas de la cancillería federal, asesinaron al canciller Engel­bert Dollfuss. Sin embargo, el golpe de Estado fracasó, y entonces Hitler se esforzó inútilmente en convencer a la opinión internacional de que él era ajeno por entero a lo ocurrido.

Mussolini se había erigido en protector do Austria, con objeto de evitar la vecindad de una Gran Alemania cuyas fronteras llegaran hasta el paso alpino del Brenner, a tal efecto, concentró sus tropas en la frontera septentrional, a la vez que condenaba duramente la conjura nazi y cualquier atentado a la independencia de Austria. Durante algún tiempo pareció inclu­so que habla cierta tirantez de relaciones entre los dictadores fascista y nacionalsocialista. Poco después, Kurt Schuschnigg era nombrado canciller de Austria.

Hitler decidió paralizar momentáneamente su ofensiva contra Austria, pero los países vecinos del III Reich no se sintieron por ello menos alarmados. Sus temores habían empezado con el asalto al poder por los nazis, y eran compartidos por todos los demás Estados interesados en el cumplimiento del tratado de Versalles. Polonia, con su tristemente famoso “corredor” entre Pomerania y la Prusia oriental, emprender el régimen hitleriano, pero al negase Francia a ello y al no querer el gobierno del coronel Beck el menor trato con Rusia, prefirie­ron aceptar la firma de un pacto de no agresión en enero de 1934 con Alemania, por el que ambos países se comprometían solemnemente, durante diez años, a no solucionar con las armas sus eventuales conflictos. Ello equivalía a neutralizar momen­táneamente el problema del corredor polaco.

Medió otro factor importante: la Unión Soviética también modificaba su política. Con anterioridad, los rusos calificaban de “latrocinio capitalista” el tratado de Versalles e hicieron cuanto pudieron para obstaculizar la política de las potencias occidentales, colaborando en cambio estrechamente con la república de Weimar. Sólo cuando Hitler proclamó sin rebozo que el comunismo era una plaga mundial, y designó claramente a la URSS como objetivo primordial de las futuras conquistas germánicas, ésta se sintió amenazada por el Reich, del propio modo que se sentía también incómoda a causa del expansionismo nipón en el Extremo Oriento. Esta situación indujo a Moscú a una aproximación a los occidentales. En Ginebra, los delegados soviéticos (Litvinof) sostuvieron la doc­trina de “la paz indivisible» y la defensa de la paz mundial.


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