La sociedad del nuevo reino de granada al momento de la independencia



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Ministerio de Educación Nacional

Biblioteca Bicentenario


La sociedad del Nuevo Reino de Granada al momento de la Independencia

Alonso Valencia Llano

Isabel Cristina Bermúdez Escobar

2008

LA SOCIEDAD DEL NUEVO REINO DE GRANADA AL MOMENTO DE LA INDEPENDENCIA
CONTENIDO
1º. “ESPAÑOLES EUROPEOS” VS. “ESPAÑOLES AMERICANOS

HACENDADOS Y MINEROS: EL SECTOR TRADICIONAL DE LA ÉLITE

Hamilton, Jhon Potter: hacendados – mineros y esclavos mazamorreros

Francisco Silvestre: Apuntes reservados 1789

Alonso Valencia Llano: Conflictos de Cali en el Siglo XVIII

Francisco Silvestre: Los empleos y los empleados

Francisco Silvestre: Remedios oportunos que necesita para sanar de sus males políticos


LOS PROFESIONALES DE LA PLUMA: ABOGADOS Y LETRADOS

Víctor Manuel Uribe Urán: sacerdotes, abogados y médicos

Víctor Manuel Uribe Urán: Los Abogados y la Burocracia Colonial

Francisco Silvestre: Sobre los abogados

Manuel José Forero: Camilo Torres

Real cédula mandando a la Real Audiencia de Santa Fe no admitir en adelante a grado universitario alguno a las personas que no tuviesen las calidades prevenidas por los Estatutos de la Universidad de Santo Tomás de dicha ciudad.
LOS ABOGADOS Y LA INDEPENDENCIA

Diego Castrillón Arboleda: Camilo Torres Tenorio y Francisco José de Caldas. Dos criollos ilustrados

Manuel José Forero: Manuel del Socorro Rodríguez y las “inconvenientes” sociedades literarias

Arturo Abella: Las figuras de la revolución
2º. LOS PROFESIONALES DE LA PRÉDICA: ÓRDENES REGULARES Y CLERO SECULAR

Nelly Vallecilla: El clero antes de la Independencia y en el proceso revolucionario



Doctrinas y parroquias

La Iglesia y la educación

Alcances de la predicación

Aportaciones económicas del clero en la independencia

Participación del clero en la milicia

Nelly Vallecilla: El clero y la política en la Nueva Granada durante la independencia
3º. LOS PROFESIONALES DE LAS ARMAS: LOS EJERCITOS Y MILICIAS COLONIALES Y REPUBLICANAS

Marchena Fernández, Juan: Del orden colonial al poder militar

Joseph de Ezpeleta: Estado Militar. Capitulo primero de la tropa veterana y sus cuerpos

Joseph de Ezpeleta: De los cuerpos de milicias

De Caldas, Francisco José: Curso militar del cuerpo de ingenieros
4º. MUJERES. CONDICIONES DE VIDA EN LA COLONIA Y ESTADO EN QUE SE ENCONTRABAN AL INICIARSE LA VIDA REPUBLICANA

Isabel Cristina Bermúdez: Las representaciones de mujer: La imagen de Maria Santa y doncella y la imagen de Eva pecadora y maliciosa

Ángela Inés Robledo: La vida conventual ¿Escape? o ¿Prisión?
LA COTIDIANIDAD Y EL MESTIZAJE: RUPTURA Y SUPERACIÓN DE NORMAS E IDEALES

Real Cédula declarando la forma en que se ha de guardar y cumplir en las Indias la pragmática sanción de 23 de marzo de 1776 sobre contraer matrimonios. El Pardo, 7 de abril de 1778

Las brujas en Cartagena de Indias. Abjuración de la fe e ingreso a la brujería

María Cristina Navarrete: Paula, la proscrita indispensable


MUJERES Y EDUCACIÓN

Guillermo Hernández de Alba: Convento de Niñas de La Enseñanza en 1797


LAS MUJERES EN LAS PROTESTAS SOCIALES DE FINES DEL XVIII Y EN LA INDEPENDENCIA

Alonso Valencia Llano: De la cotidianidad femenina al heroísmo

Oswaldo Díaz Díaz: La Pola

Oswaldo Díaz Díaz: La vida política de la Pola

Oswaldo Díaz Díaz: Otras Patriotas
5º. LOS INDIGENAS DURANTE LOS GOBIERNOS BORBONICOS

Francisco Silvestre: Total de su población y reflexiones sobre ella

Informe del Protector de Indígenas, José Francisco Mozo, sobre el resguardo y los indígenas del pueblo de Guasca. -1758

Guiomar Dueñas Vargas “Algunas hipótesis para el estudio de la resistencia campesina en la región central de Colombia. Siglo XIX

Informe del Fiscal Protector de Indígenas, Fernando Bustillos, en defensa de la integridad de las tierras de resguardo de los indígenas de Guasca.-1762

Silvestre: Indios gentiles inmediatos, que hay que reducir y terrenos que ocupan

Adelaida Sourdis Nájera: guajiros inconquistables. El caribe colombiano relatos para la memoria
6º. LOS ESCLAVOS NEGROS Y MULATOS

De los Mulatos, Negros, Berberiscos, é hijos de Indios

Real cédula sobre educación, trato y ocupaciones de los esclavos

Real cédula sobre reducción de los negros apalencados en Cartagena

Memorial de Baltasar de la Fuente a Antoniode Arguelles sobre cimarronismo
7º. LAS CASTAS DE TODOS LOS COLORES

María Eugenia Chaves: Las formas del mestizaje

Consulta del Consejo sobre la habilitación de pardos para empleos y matrimonios

Alonso Valencia Llano: El control de los mestizos


LOS NEGROS Y MULATOS EN EL PROCESO DE INDEPENDENCIA

Alonso Valencia Llano: ¡Mueran los blancos y los ricos¡: Participación de los negros en el proceso de Independencia del Suroccidente Colombiano.



PRESENTACION

ESPAÑOLES EUROPEOS” VS. “ESPAÑOLES AMERICANOS”1


Un lugar común en la historia tradicional consiste en afirmar que las autoridades coloniales eran «malas» y en identificar a los llamados «españoles» con esas autoridades. Se trata de una identificación parcializada que obedece a la perspectiva republicana del siglo XIX, que pretende mostrar que la distinción entre «españoles» y «españoles americanos» alcanzó gran relevancia durante la segunda mitad del siglo XVIII, debido a que los «españoles americanos» no alcanzaron muchas posiciones de privilegio en la administración colonial. Se oculta que en la misma situación estaban todos los españoles de la península que al momento de trasladarse a América no hubieran iniciado una carrera dentro la administración colonial.

Lo cierto es que los españoles americanos gozaban de un poder real del que carecían muchos de los habitantes de la península y que podían reproducir los modos de vida europeos y gozar del poder político y social sin las responsabilidades que pesaban sobre los funcionarios de origen peninsular quienes con frecuencia eran sometidos al escrutinio por parte de sus superiores al ser acusados de corrupción y de abusos de poder. También es cierto que existían relaciones concretas de poder entre los funcionarios españoles y los llamados colonos o «españoles americanos», a quienes los primeros historiadores republicanos mostraron como “sometidos” a una explotación semejante a la de los indígenas.

La realidad es que los «españoles» siempre vieron contrastado su poder colonial por la existencia de poderes locales. Puede incluso afirmarse que este poder, para ser ejercido realmente, tuvo siempre que negociarse con instancias locales no administrativas. No importa cuál fuera la actitud de los funcionarios respecto a las Cédulas y reales órdenes provenientes de la Corona, lo cierto es que su acción se veía contenida por relaciones concretas de poder que salen a flote cuando se estudian los “juicios de residencia” o “las visitas” a las que eran sometidos los funcionarios españoles. En efecto los procesos judiciales revelan un equilibrio y un reparto del poder entre los funcionarios y las instancias locales que se materializaba en sobornos, corrupción, favoritismo, nepotismo o abusos de poder, en el que se involucraban miembros de la sociedad criolla.

El desarrollo de la sociedad española de la Nueva Granada durante el siglo XVII se desarrolló en pequeños espacios urbanos que rara vez sobrepasaba los cinco mil habitantes y que eran administrados por unos pocos encomenderos que controlaban los Cabildos de las ciudades. Desde luego los entornos sociales tenían características diferentes, de acuerdo con situaciones vividas en cada espacio geográfico. Así, mientras en Cali y en Popayán la distinción entre «vecinos feudatarios» y «vecinos soldados», evidencian una organización militar destinada a la defensa contra eventuales ataques de los indígenas pijaos y paeces y de los de Barbacoas y el Chocó, en las ciudades del Nuevo Reino, la diferencia entre «vecinos encomenderos» y «vecinos ordinarios» no subraya la función militar atribuida originalmente a los encomenderos.

En todos los casos la vecindad, cobijó a todos los españoles que poseían una casa poblada en el perímetro urbano aunque el control de los Cabildos fue reservado para los vecinos «nobles», categoría que comprendía a quienes podían justificar cualquier grado de parentela con los fundadores de la ciudad, o a comerciantes y mineros enriquecidos que pudieran comprar el cargo.

La precedencia de los miembros de la sociedad criolla se establecía en relación con la población mestiza o indígena, cuya sumisión se daba por sentada, pero también en relación con el recién llegado, el inmigrante o el funcionario de la Corona colocado frente a los vasallos de las Indias, pues se sabía que el poder de la Corona era demasiado lejano para controlar efectivamente el poder de las élites locales.


HACENDADOS Y MINEROS: EL SECTOR TRADICIONAL DE LA ÉLITE
Los hacendados coloniales fueron los descendientes de españoles de las primeras generaciones de “conquistadores” que recibieron de la Corona española, tierras, solares, estancias, e indígenas en resguardo, los cuales bajaron de sus pueblos de indios hacia sus tierras para usarlos como mano de obra en sus posesiones rurales y urbanas. Esto les dio la posibilidad de hacerse mineros debido a la extensión de sus tierras, o la posibilidad de explorar otros territorios no adjudicados. Así lograron hacer al interior de sus extensos latifundios unidades productivas de menor envergadura, con cultivos de ganadería vacuno de la cual se obtenía carne fresca, cecina o salada, cebo, cacho, cueros, y productos lacteos, o ganado caprino, porcino, mular, caballar; cultivos de caña de azúcar para la producción de pan de azúcar, miel, melcochas y alfandoques, aguardientes, los cuales comercializaban hacia los centros urbanos y mineros. Otras producciones del hacendado eran para su abastecimiento familiar como maíz y otros granos. Se distinguían los hacendados en el contexto colonial más que por sus bienes ostentosos, por otra serie de ademanes y costumbres que tenían que ver con un estatus, la mayor de las veces autodenominación- de ser noble, y por el título muchas veces comprado de Don o Doña, si se trataba de una mujer. Hechos que les obligaba en su sentido moral a resguardarse de laborar con sus propias manos, a vestir diferente, ser tratado de forma especial por quienes no tienen igual título, y guardar el honor de sí y de su familia.

Germán Colmenares2 mostró como sus haciendas se componían de una casa con techo de teja y pobre de mobiliario, un trapiche cañero, unas fanegas de maíz, chozas para sus esclavos, y apartados, chozas para los indígenas de trabajo. Los hacendados rotaban su estadía entre la hacienda, la casa de la ciudad y las minas; en su mayoría permanecían endeudados, razones que los llevaron a introducir en sus haciendas formas laborales contractuales con pobladores libres mestizos en su mayoría. Así los arrendatarios, los terrazgueros y aparceros, empezaron a hacer parte del paisaje, la economía y la vida social de las haciendas.

Los Hacendados establecían alianzas matrimoniales como ventaja económica y por honor. Estos dos últimos aspectos se los permitía la familia: sus hijas mujeres eran casadas con españoles recién llegados (y quizá sin fortuna alguna), o con españoles viudos y de mayor edad, o con criollos comerciantes; si llegara a quedarle una hija sin casamiento era puesta en convento. Esto no implica que algunas mujeres procedentes de este sector social no hayan sostenido amoríos y embarazos secretos cuyos hijos luego aparecían como sobrinos o eran dados a otras mujeres para su crianza.

Por su poder económico y su estatus de noble accedieron a cargos en los cabildos de las ciudades donde tenían casa poblada, es decir donde tenían la categoría de vecinos. Aspecto que sumaba aún más sus posibilidades de ascenso económico, social y político. Ello les permitió enviar a sus hijos varones a colegios de educación superior y seminarios, dentro y fuera de Nueva Granada, muchos de los cuales, siguieron las actividades de sus padres pero agregaron a su poder el “saber” de las ciencias como la Teología, la Jurisprudencia, la Medicina, la Literatura y la Filosofía, con lo que fue la generación que se apropio del ideario ilustrado europeo y pudo plasmarlo en los momentos de coyuntura política como los procesos emancipatorios.


Una buena idea de la forma en que vivían estos sectores dominantes nos la ofrece el viajero inglés Hamilton:
Hamilton, Jhon Potter: hacendados – mineros y esclavos mazamorreros.3
Más allá de Quilichao encontramos el camino casi intransitable a través de marismas y pantanos donde nuestras cabalgaduras hundían las patas hasta la rodilla a cada paso; cuando nos hallábamos en tales dificultades y en el momento en que me esforzaba por salir de un profundo bache, llegó el señor Arboleda con un amigo suyo y, después de identificarse, en lenguaje expresivo y afable nos invitó a pasar dos o tres días siquiera en su residencia campestre llamada el Capio situada a legua y media de Quilichao. Añadió que lo discul­páramos por el mal estado en que se hallaban los caminos, lo que se debía a su prolongada ausencia durante la guerra, cuando se vio obligado a dejar todo abandonado al saqueo de los españoles.

A corta distancia de Japio, el señor Arboleda me señaló una cadena de montículos de greda rojiza de la que sus esclavos lavaban la arcilla aurífera para extraer el polvo de oro, y añadió que, si no teníamos inconveniente, tendría mucho gusto en llevarnos el día siguiente a presenciar los procedimientos de explotación. Más tarde, al continuar nuestro viaje por el Valle del Cauca volvimos a ver los montículos de greda aurífera que se extendían a nuestra derecha por trayecto de muchas leguas. El señor Arboleda afirmaba tener entonces en sus fincas del Valle del Cauca y en el Chocó 800 esclavos, cuya mayor parte trabajaban en el lavado del polvo de oro.

Al llegar a Japio fuimos presentados a la señora de Arboleda, dama joven y elegante, hija del señor Pombo, director de la casa de Moneda de Popayán, y sobrina del general Conde O'Donnel, entonces al servicio del gobierno español. No pudo menos de sonreír la señora de Arboleda al verme completamente emplastado de barro como estaba y anotó que, en verdad, los caminos de su país tenían que pasar por muy malos, especialmente a los ingleses, que disfrutaban en su patria de magníficas calzadas. Luego de tomar un baño y cambiarnos de ropa, nos sentamos a la mesa donde, en vajilla de plata maciza y porcelana francesa, se nos sirvió una comida exquisita, con lo cual echamos en olvido las penalidades sufridas. Es más, se convirtieron éstas en tema de diversión al paladear los añejos vinos españoles del señor Arboleda.

Pudimos apreciar la inteligencia e ilustración de los esposos Arboleda. Ya me habían mencionado al marido en Popayán como hombre de vastas capacidades que había consagrado enorme esfuerzo para enriquecer sus conocimientos por medio de los libros. En una sala que llamaba su estudio, tenía una rica biblioteca de autores franceses, ingleses, italianos y españoles, muchos de los cuales había adquirido recientemente en Lima, a donde fue enviado en misión diplomática por el Gobierno colombia­no junto con su primo el señor J. Mosquera. Durante la guerra de independencia, cuando Morillo había ocupado casi la totalidad del territorio colombiano, los esposos Arboleda hubieron de sufrir grandes penalidades. Por dos años busca­ron refugio en las selvas y cavernas de sus haciendas en el Chocó, donde mitigaron en parte sus sufrimientos las aten­ciones y buen trato que recibieron de sus esclavos, lo que demuestra el buen amo que había sido para ellos.

En alguna ocasión en que el señor Arboleda fue tomado prisionero por los españoles y enviado a Bogotá, al compa­recer ante el general español Morillo, la primera pregunta que éste le dirigió fue la siguiente: "¿Es usted doctor en derecho? A lo que Arboleda contestó inmediatamente "no". Tiene usted suerte en no serlo, replicó Morillo, porque de otro modo lo habrían fusilado antes de veinticuatro horas, porque para mí son la ralea de legistas y abogados el foco de todas Lis agitaciones y rebeldías; y aunque sé que usted está casado con una sobrina del general O'Donnel, de nada le hubiera servido tal alianza para el caso".

Antes de la guerra de independencia, pastaban 10.000 reses en la hacienda de Japio, número que quedó reducido a una décima parte, pues los españoles continuamente imponían contribuciones hasta de cuatrocientas cabezas cada una. y si la entrega se demoraba, se propinaban al mayordomo cien o doscientos estacazos como pena a la renuencia. Nos aseguró el señor Arboleda que antes de la lucha emancipadora pastaban en el Valle del Cauca no menos de un millón de reses, al paso que ahora apenas podrían encontrarse 200.000 en toda la provincia.

Al entrar a la alcoba que se me destinara, quedé pasmado ante el exquisito primor del decorado con que todo estaba, y el lujo de los artículos de tocador que sólo gastan las familias más ricas de Europa y que nunca esperé encontrar en el remoto aunque bellísimo Valle del Cauca. Servían de dosel al lecho cortinas a estilo francés, ornadas de flores artificiales, y en una consola se veían frascos de agua de colonia, jabón de Windsor, aceite de Macassar, "créme d'amendes ameres", cepillos, etc. Dormí profundamente en mi lujosa cama que bien podía considerarse por todo aspecto como un lecho de rosas. Temprano a la mañana siguiente, un criado entró a anunciarme que el baño frío estaba listo. Todo aquello me parecía cosa de ensueño mágico o encantamiento y me sentí como un héroe de las Mil y una Noches transportado por los aires a un palacio; tan mezquinos habían sido los alojamientos y tan pobre la mesa de que había podido disfrutar durante mi viaje. El buen gusto con que todo estaba dispuesto en aquella casa daba alta idea del refinamiento de nuestra huéspeda y debo confesar que nunca había encontrado en Colombia nada que pudiera parangonarse con aquella morada.

Después del almuerzo el señor Arboleda nos propuso una excursión a caballo hasta uno de sus montículos auríferos distante una legua, para mostrarnos los procedimientos que se emplean en el lavado de oro. Encontramos al llegar doce negras bonitamente vestidas de falda blanca con adornos azules y tocadas con sombreros de anchas alas. Se hallaban atareadas lavando en sus bateas la tierra extraída, para dejar en limpio el polvo de oro, mientras los negros se dedicaban a acarrear la arcilla roja hasta la orilla de la acequia. Procedió entonces a explicarme el señor Arboleda el sistema que ponen en práctica los negros para separar la tierra y las partículas silíceas del polvo de oro, lo cual, en el departamen­to del Cauca al menos, se hacía por un procedimiento muy sencillo. Debido a una larga práctica, los negros, al examinar la tierra, verifican inmediatamente si contiene oro en cantidad suficiente. Buen número de ellos se dedican a remover la tierra y pulverizarla arrojándola luego al cauce de una acequia que pasa por el pie del cerro en explotación. El oro entonces, por su mayor peso, cae al fondo, mientras las partículas más livianas son arrastradas por el agua cuya corriente está regulada de manera que conserve siempre la misma veloci­dad. Las mujeres se ocupan entonces de sacar fuera las partículas pétreas que queden.

El canal o acequia corría por un cauce excavado profundi­zando hasta la tercera capa de tierra, llamada peña, constitui­da por roca no muy dura que permitía mantener tersos y lisos así el fondo como los lados, de manera que el oro no se fuera a perder en las grietas. Después de sacar los guijarritos que puedan quedar y cuando el agua ya ha arrastrado la tierra, queda en el fondo de la acequia el polvo de oro mezclado con partículas muy pequeñas de piedra, arena y algo como limaduras de hierro, todo lo cual se recoge en grandes recipientes de madera. Las mujeres toman de esta mezcla la cantidad que les quepa en la batea y la agitan diestramente sumergida en el agua apenas hasta el borde, hasta que, removida toda sustancia extraña, sólo queda en el fondo polvo de oro mezclado con arena muy fina. Como ésta arena es muy menuda y de un peso específico mayor que el del agua, para hacer ésta más densa, los mineros le agregan el zumo de cierta hierba que casi siempre se encuentra en la cercanía de las minas, y con tal expediente consiguen separar la arena del oro, siguiendo el procedimiento que en seguida se describe:

Colocan el mineral en una palangana o perol hecho de cuero, inclinado levemente sobre una de las bateas, y vierten luego, poco a poco, y suavemente el zumo de la yerba sobre el residuo de arena y oro, con lo cual la arena queda en la batea y el polvo de oro pasa a la palangana de cuero. Entonces, valiéndose de un tizón encendido, una negra se encarga de secar el oro, pasándolo después a un papel. Tal es el procedimiento empleado en el laboreo de las minas del señor Arboleda. Una anciana esclava negra me presentó el papel cubierto de polvo de oro que acababa de obtener, en medio de las aclamaciones de los negros que repetían en coro "viva el señor Arboleda", el cual les repartió un puñado de monedas de plata. Por mi parte les hice obsequio también de algunas piezas de oro, de forma más sólida y tangible que el polvo que ellos acababan de extraer. Los negros trabajaban en las minas cuatro días de la semana para el señor Arboleda y para sí los dos restantes. A los casados se les daba un rancho con una pequeña parcela para labrar, sin cobrarles arrenda­miento. Por lo que pude ver, creo que estos esclavos gozan de mayor bienestar bajo su actual patrón, al menos, que los trabajadores de algunos países europeos. Tanto hombres como mujeres parecían disfrutar de espléndida salud sin que faltaran mocetones de bellas formas y aire animoso y jovial. Antes de mi visita a la finca del señor Arboleda, me había formado un concepto muy distinto de la vida que tenían que llevar los esclavos dedicados al laboreo de las minas de oro. Es verdad que los negros deben pasar largas horas expuestos a los rayos del sol, pero tal cosa que sería fatal para los europeos, no hace mayor daño a los africanos. Siendo las dos de la tarde, el termómetro marcaba a la sombra 79°F. La mina se llamaba San Vicente de Quinamayó.

Cultivaba el señor Arboleda un bello jardín dispuesto en arriates regulares con gran variedad de plantas y flores y cercado por cipreses que había traído del Perú. Años atrás había establecido una fábrica de tejidos de algodón en los suburbios de Popayán. Pues bien, apenas lo supo el Virrey en Bogotá, dio orden terminante de ¡desmantelarla y acabar con ella! Tiene la hacienda de Capio siete leguas españolas de contorno, y al decir de su dueño, alcanzan algunas otras en el Valle del Cauca extensión mucho mayor.

Al estallar la guerra, los esclavos de la provincia del Cauca, casi sin excepción, abrazaron la causa española; pero más tarde la proclamación de independencia hecha por el Con­greso los atrajo al movimiento patriota.

Al volver a Inglaterra me causó gran pesadumbre saber por el señor Hurtado que un hermano menor del señor Arboleda había debido regresar a Colombia por su mal estado de salud. Había tenido la fortuna de relacionarme con él en Bogotá y supe más tarde que había viajado a mi país con el principal propósito de aprender bien la lengua inglesa.

Nos despedimos de los esposos Arboleda el domingo 28 de noviembre, después de haber pasado dos días agradabilísi­mos con ellos. El señor Arboleda me regaló un mapa del departamento del Cauca, hasta la costa del Pacífico, levantado por él mismo, y que publico con estos escritos con valedera razón para creerlo exacto. Nuestro huésped nos acompañó por espacio de una legua, dejándonos un baquiano que nos guiara el resto del camino que, por hallarse intransitable en algunos pasos, hacía indispensable tomar por atajos sólo conocidos de los habitantes de la comarca.

Existía en los criollos un afán por las distinciones sociales que se establecían en los títulos de hidalguía y de nobleza que eran comprados a la Corona, lo mismo que los cargos honoríficos o el acceso a las órdenes militares. De esta manera, en casi todas las ciudades se reconocía la preeminencia social de quien se atribuyera el puesto honorífico de alférez real o de alguacil mayor. En ocasiones esta distinción se asociaba la ascendencia pues se contaba entre sus antepasados con algún notable conquistador. El poder político se perpetuaba a través de linajes y de clanes reforzados con alianzas matrimoniales. Los negocios, las tierras, las minas, eran objeto de previsiones familiares en cartas de dote, testamentos, donaciones y contratos de todo tipo. También los puestos públicos, escribanías, corregimientos, alguacilazgos, etc., se transmitían hereditariamente.

La «pureza de la sangre», de la que los españoles americanos se sentían orgullosos, era reforzada mediante alianzas matrimoniales con funcionarios de la Corona (gobernadores, oficiales de las Cajas reales, magistrados del tribunal de cuentas y aun oidores de la Audiencia), comerciantes, militares de carrera y, no pocas veces, aventureros. Casado con una dote, el español recién llegado podía participar en los negocios tratados en el Cabildo y aprovecharse de ellos.

Funcionarios, mineros o comerciantes se integraban así en el seno de la sociedad colonial, pero la fortaleza de los primeros comenzó a hacerse más evidente a medida que aumentaba el aparato colonial, el cual fue sintetizado de la siguiente forma:

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