La vida cotidiana de los primeros



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LA VIDA COTIDIANA DE

LOS PRIMEROS

CRISTIANOS

ADALBERT G. HAMMAN

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN



PARTE PRIMERA

EL ENTORNO

Capítulo I

EL MARCO GEOGRAFICO

El mapa de la Iglesia en el siglo II

Aspecto de la Iglesia en el año 112

Bajo Marco Aurelio

Capítulo II

VÍA Y MEDIOS DE PENETRACIÓN

Los viajeros

Las hostelerías

La hospitalidad

Las cartas que estrechan lazos

Capítulo III

EL AMBIENTE SOCIAL

La procedencia social

Los oficios

Condiciones de la mujer

PARTE SEGUNDA

LA PRESENCIA EN EL MUNDO

Capítulo I

LA CONTAMINACIÓN DE LA FE

La salvación viene de los judíos

El método de la evangelización

Los motines de la conversión

Capítulo II

EL ENFRENTAMIENTO CON LA CIUDAD

El encuentro con la ciudad antigua

Las acusaciones de la calle

El asalto de la inteligencia

PARTE TERCERA

EL ROSTRO DE LA IGLESIA

Capítulo I

IGLESIAS E IGLESIA

La organización de los cuadros

Carismas e institución

Unidad y diversidad

El primado de Pedro

Capítulo II

UN SOLO CORAZÓN Y UNA SOLA ALMA

La acogida en la comunidad

La viuda y el huérfano

Justino el filósofo

Blaudina, la esclava de Lyón

Un obispo y un misionero: Ireneo de Lyón

Una joven madre de África: Perpetua

Capítulo III

RETRATOS DE FAMILIA

Un obispo mártir: Ignacio de Antioquía

Justino el filósofo

Blaudina, la esclava de Lyón

Un obispo y un misionero: Ireneo de Lyón

Una joven madre de África: Perpetua

PARTE CUARTA

EL HEROÍSMO DE LO COTIDIANO

Capítulo I

EL RITMO DE LOS DÍAS

La jornada: trabajo, oraciones, diversiones

El día del Señor

«¡Oh noche, más clara que el día!»

Capítulo II

LAS ETAPAS DE LA VIDA

La iniciación cristiana

Quienes construyen la Iglesia

Santidad y misericordia

Como una aurora

CONCLUSIÓN

DEL SUEÑO Y LA REALIDAD

NOTA BIBLIOGRÁFICA

INTRODUCCIÓN


El historiador que explora una época tan alejada como el siglo II cristiano tiene la impresión de penetrar en una cueva, deja la luz para meterse en la oscuridad. Nada destaca, todo está rodeado de sombras. Hay que dejar que los ojos se acostumbren, antes de explorar y de descubrir. El descubrimiento llega a base de larga paciencia y la paciencia se convierte en un descubrimiento fascinante: ver y hacer que vuelva a la vida lo que parecía definitivamente enterrado.

Es como un extraordinario rompecabezas cuyas piezas —dispersas, incompletas, mutiladas— hay que encajar, si queremos ver cómo vuelve a la vida la Iglesia de los comienzos.

Además, se trata del período en el que se acaba lo que Renan llama «la embriogénesis del cristianismo»1. En esa fecha, «el niño tiene todos sus órganos; está desprendido de su madre; ahora ya vive su propia vida». La muerte de Marco Aurelio, en el 180, señala en cierto modo el fin de la Antigüedad que, todavía durante el siglo II, ha brillado con resplandor incomparable, y el adormecimiento de un mundo nuevo.

En el siglo III la situación cambiará tanto para la Iglesia como para el Imperio. Las comunidades cristianas, que ya son florecientes, dejarán impresionantes vestigios. Es una época de grandes obras cristianas, de grandes figuras cristianas, incluso de genios: Cartago, Alejandría son los lugares privilegiados en esta floración.

Nada semejante encontramos en el siglo II. Los apóstoles han desaparecido uno tras otro; Juan ha sido el último. Quienes toman el relevo cristiano, impregnados de recuerdos apostólicos, entrelazan la fidelidad con la audacia, hacen fructificar el patrimonio y abren amplios horizontes en provecho de nuevas generaciones. A finales del siglo, Ireneo de Lyon recordaba todavía palabras del apóstol Juan, recogidas de boca de un discípulo directo, Policarpo. Lejos de recluirse en un ghetto, la Iglesia se manifiesta a pleno día, se coloca cara a la ciudad y a los filósofos, se siente como estremecida por su juventud y su vitalidad. No teme enfrentarse con nada, más bien al contrario, ya que, victoria o derrota, ella sale siempre ganando.

Geográficamente, la Iglesia es mediterránea; prácticamente no llega más allá de las fronteras del Imperio. Aprovecha los medios de comunicación —carreteras y navegación— saneados por la pax romana. Industria y comercio prosperan, favoreciendo viajes e intercambios. Los primeros mensajeros del Evangelio son oscuros ambulantes, llegados de Asia Menor, que venden tapices y especias, en Marsella y en Lyon, en Alejandría y Cartago.

Tanto para la Iglesia como para el Imperio, el Mediterráneo es el gran regulador de las comunicaciones y de los intercambios, ya sean comerciales, culturales o religiosos. No se trata tanto de un mar como de una «sucesión de llanuras líquidas, que se comunican entre sí por medio de puertas más o menos anchas»2. La evangelización se amolda a las estaciones de la navegación y a los ritmos de las paradas en los puertos, en los que los barcos fondean, reponen vituallas y venden sus cargamentos, avazando de área en área, «de promontorios a islas y de islas a promontorios» 3.

Los cristianos llevan la misma vida cotidiana que las demás gentes de su tiempo. Habitan las mismas ciudades, se pasean por los mismos jardines, frecuentan los mismos lugares públicos —aunque se les encuentra menos en las termas y en el teatro—, utilizan las mismas carreteras, son pasajeros en los mismos navíos. Multiplican sus relaciones, siempre dispuestos a prestar un servicio, ejerciendo todos los trabajos salvo los que no se armonizan con su fe. Se casan como los demás, preferentemente con correligionarios, a fin de poder compartir unas mismas preocupaciones de vida moral y de fidelidad recíproca.

Esta vida de todos los días, que compone la trama de la existencia cristiana, apenas aflora en los historiadores, pues éstos están más atentos a los grandes acontecimientos y a los grandes personajes.

Para los seguidores de Cristo, no existe dificultad en armonizar el Cielo y la Tierra, pues hasta el gesto más banal está a sus ojos cargado de sentido. Unión entrelazada con el mundo visible, pero al mismo tiempo ruptura con él; de ahí una situación en cierto modo incómoda de presencia y distancia, de participación y soledad, de simpatía y enfrentamiento.

No podremos dejar de tener en cuenta en todo momento esta ambivalencia, para reconstruir la vida de los primeros cristianos; igual que no podremos perder de vista el entorno humano y social que les tocó en suerte. Poseemos indicios, alusiones abundantes, pero no se pueden explicar si no es acudiendo a las fuentes comunes, a los historiadores, a los geógrafos, a los escritores contemporáneos, que nos permiten reconstruir el contexto social y político de la Iglesia ya en marcha.

Esta confrontación entre la antigüedad pagana y la antigüedad cristiana —confrontación que rara vez se ha analizado desde este punto de vista de lo cotidiano— nos mostrará a los cristianos en medio de sus contemporáneos, al mismo tiempo cercanos a ellos y diferentes, simpáticos para algunos, vistos con recelo por otros, pasando cada vez menos inadvertidos, a lo largo de un período decisivo para el desarrollo y la autonomía de su comunidad. Nos han quedado un cierto número de documentos de esta época: libros, cartas, inscripciones —funerarias, entre otras— actas de los mártires, a todo lo cual se añaden los testimonios de los no cristianos, funcionarios, filósofos, escritores, con frecuencia hostiles o escépticos: todos éstos han visto a la Iglesia desde fuera, a través de sus propios prejuicios de casta o de profesión, poniéndonos así ante la vista el ambiente general en el que el cristianismo creció.

Con respecto a las fuentes se planteó una cuestión: ¿Podemos utilizar los escritos de Tertuliano y de Clemente de Alejandría, al menos los que corresponden a los primeros años de la producción literaria de ambos? Estas obras reflejan con frecuencia una situación más antigua, la que los autores encontraron en el momento de su conversión. Los utilizaremos con discreción, en la medida en que corroboran o precisan las informaciones que nos proporcionan quienes les precedieron.

La lectura atenta de los autores del siglo II requiere tanta imaginación como discernimiento para descubrir la vida de entonces y percibir los temblores de esa vida, a la vez exaltante y frágil, que fue la del cristiano de aquel tiempo: mostrar, ciertamente, pero no mostrar más que lo que hubo.

Procederemos como por estratos, desde el exterior de la circunferencia hacia el centro, es decir, que arrancaremos del entorno para alcanzar hasta la organización interior de la Iglesia; de camino, esbozaremos los retratos de los miembros más caracterizados de la familia cristiana4.

Y la vida diaria, tachonada por las fiestas o los ritos, permitirá percibir el transcurso del tiempo. La conclusión surgirá sola: la fe ilumina y transfigura la existencia cotidiana, como la lámpara de la que habla la carta de Pedro, «que brilla en un lugar oscuro, hasta que apunte el día y que la Estrella de la mañana, Cristo, se levante en los corazones» (2 Pdr., 1, 19).
_________________

1. E. RENÁN, Marc Auréle et la fin du monde antique, París 1882, p. 11.

2. F. BRAUDEL, La Méditerranée et le monde méditerranéen á l'époque de Philippe II, París 1966, t. I, p. 99.

3. Pierre Martyr, en F. BRAUDEL, op. Cit., p. 94.

4. La obra básica es A. HARNACK, Die Mission und Ausbreitung des Christentums in den ersten drei Jahrhunderten, Leipzig 1924, reedición anastástica, 1965.

LA VIDA COTIDIANA DE 

LOS PRIMEROS CRISTIANOS

 

PARTE PRIMERA



EL ENTORNO

Capítulo I



EL MARCO GEOGRÁFICO

Jerusalén-Roma: primera etapa de la progresión cristiana1. Nacida en la ciudad santa de los judíos, la Iglesia planta la cruz, mientras aún vivían Pedro y Pablo, en la capital del Imperio, hacia la que convergen todas las rutas terrestres y marítimas. Imaginamos el asombro del pescador de Galilea y de Pablo de Tarso cuando, al llegar a Roma, vieron todos aquellos templos, todas aquellas termas, todos aquellos palacios cuyas solas ruinas, burlándose del paso del tiempo, estremecen nuestros corazones todavía hoy.

Han bastado un apóstol genial y una sola generación de hombres para recorrer -en sentido inverso- los caminos abiertos por las legiones, para surcar todo el Mediterráneo, para evangelizar Efeso, Filipos, Corinto, Atenas y llegar, más allá de Roma, «a los límites de Occidente»2, que para cualquiera que quiera entenderlo no pueden indicar más que España.

Esta religión nueva se va implantando con tanto vigor que llega a inquietar, en el año 64, al emperador Nerón, y provoca la primera persecución, la que costó la vida a Pedro, primer obispo de la Ciudad Eterna, y al apóstol de las naciones, que fue decapitado fuera de la ciudad, en la vía Apia sin duda, en el año 67. Sólo se ataca a lo que molesta y es una amenaza.

Tácito ha trazado en los Anales el cuadro patético de una ciudad asolada por el incendio, en la que las acusaciones más infamantes eran lanzadas contra el emperador megalómano. «Para silenciar este rumor, Nerón suscitó acusados e infligió las torturas más refinadas a unos hombres, odiados a causa de sus abominaciones, a quienes las gentes llamaban cristianos. Aquel de quien provenía este nombre había sido, bajo el reino de Tiberio, entregado al suplicio por el prefecto romano Poncio Pilato»3.

Poncio Pilato-Cristo: el Imperio se nos presenta como juez del Galileo, testigo de su paso y de su acción. Llegará la hora, ya está sonando, en la que el mismo poder romano reconocerá la victoria de Cristo. Tácito confiesa la expansión de lo que él llama «execrable superstición», no solamente en Judea, en donde ha brotado, sino hasta en Roma. La redada de la policía recogió a «una multitud considerable», que fue sacrificada, según expresión del historiador romano, hábil en el empleo de la elipsis, «no por interés general, sino por la crueldad de una sola persona». Los que se escurrieron entre las mallas tomaron el relevo.

La lista de los obispos que se van sucediendo en Roma, desde el apóstol Pedro, es instructiva para penetrar en la vida concreta de la comunidad, abierta a las más diversas influencias, a veces contradictorias, crisol en el que se funden las nacionalidades y los nacionalismos4. Entre los catorce sucesores de Pedro, hasta el final del siglo II, cuatro son romanos, tres de origen italiano, cinco son griegos, uno fue anacoreta, otro, Higinio, filósofo, Aniceto procede de Emesa, el Horus actual de Siria; Víctor, último de la lista, es africano, y es el primero que escribe en latín en Roma.

Esta sucesión refleja bastante bien la extensión del cristianismo a lo largo de los dos primeros siglos. Asia está representada por un solo titular, los griegos forman una tercera parte de la lista.

La primera iglesia de Roma es tan poco latina como es posible serlo. Los cristianos de allí hablan el griego. Sirios, asiáticos, griegos apátridas han acogido en Roma con fervor el mensaje del Evangelio. Son ellos quienes forman el primer núcleo. Tras ellos siguen los autóctonos y los africanos.

La penetración cristiana se consolida ya desde el siglo II por la presencia en Roma de un obispo de ultramar, desde ese momento el pueblo de los cristianos mira, como todos los pueblos conquistados, aunque con ojos diferentes, hacia Roma, la Urbs, la Ciudad, metrópoli espiritual, consagrada por la presencia y el martirio de Pedro. El Evangelio se va liberando progresivamente de la tutela judía y pasa a las naciones.



El mapa de la Iglesia en el siglo II

La geografía cristiana, hasta el siglo II, es mediterránea y marítima. Su mapa muestra que las Iglesias están dispuestas, al final de la época apostólica, como un collar a lo largo de la costa, de puerto en puerto, desde Azoto a Antioquía, pasando por Jope, Sebasta, Cesarea de Palestina, Ptolomea, Tiro y Sidón5. Bastaban pequeñas embarcaciones de cabotaje para ir de un puerto a otro o a una ciudad de la costa oriental6.



Aspecto de la Iglesia en el año 112

A la vuelta del siglo I, la Iglesia toma un segundo impulso. Penetra hacia el interior en Siria y en Asia Menor. Plinio el Joven encuentra numerosos cristianos hasta en las orillas del Mar Muerto. Este procurador de Roma, amigo del emperador Trajano, había aceptado una misión de exploración en Bitinia, al sur del mar Negro, con el pomposo título de «legado para la provincia del Ponto y de Bitinia, con poderes consulares»7.

Una carta de Plinio, de incontestable autenticidad8, relata el progreso del cristianismo. Estamos en el año 112, apenas iniciado el siglo II, y ya, en Bitinia, a mil kilómetros de Jerusalén, a dos mil cuatrocientos kilómetros de Roma, la Buena Nueva no solamente es predicada, sino que la comunidad cristiana es tan viva que provoca envidias y denuncias, y esto coloca al legado romano en una situación difícil. Como es un funcionario concienzudo y timorato, informa al emperador.

Es un documento de la mayor importancia para calibrar, ochenta años después de la muerte del Señor, los progresos hechos por el Evangelio, pues contiene datos suministrados por un informe estrictamente administrativo. La correspondencia intercambiada define, por primera vez en un escrito, la situación jurídica de los cristianos en el Imperio.

La carta de Plinio a Trajano es al mismo tiempo un «flash» de la vida cotidiana de los fieles en Asia. El legado ha recorrido la comarca que tiene bajo su responsabilidad; ha podido observar, comparar, juzgar: los creyentes forman «una multitud considerable»9. Su masa incluso pone en peligro las instituciones religiosas y sociales oficiales. «Burgos y campiñas están invadidos»: ésta es la prueba de una sorprendente expansión, ya desde el comienzo del siglo II. En efecto, por lo general, la evangelización empezaba por la metrópoli y las ciudades, y se limitaba a las grandes arterias y a las grandes vías de comunicación. Con frecuencia hay que esperar al siglo IV, e incluso al V, para llegar al campo, tanto en Siria y en Grecia como en Italia y en la Galia. Nuestro legado, que es un hombre cuidadoso del estilo y del rigor jurídico, no emplea ninguna hipérbole cuando compara a un «contagio» la religión nueva, que ya ha infestado la provincia del Ponto.

En la época de Trajano, el centro de la difusión del cristianismo en Asia ya no es Jerusalen, sino Antioquía, plataforma desde la que las rutas irradian en todas direcciones, al este hacia Palmira, el Eufrates y Babilonia, al norte hacia Samosata y Zeugma. Merced al puerto de Seléucida, era fácil llegar a Sidón, Cesarea y Jerusalén10.

Antioquía es una ciudad bulliciosa, animada día y noche, en la que los hombres de negocios gustan de encontrarse para establecer relaciones fructíferas y comerciar. Ciudad magnífica, una de las más bellas del Imperio con sus calles enlosadas, sus templos, sus pórticos... La comunidad cristiana, aumentada con los tránsfugas de Jerusalén, esta formada principalmente por fieles de origen pagano de donde, en el siglo II, saldrá el obispo Ignacio, una de las nobles figuras de su tiempo. Y la ruta de Antioquía a Roma, que va a tomar Ignacio, muchos de sus compatriotas también la tomarán, tanto por tierra como por mar. Son millares en la capital, lo cual hace decir a Juvenal: «el Oronte sirio ha volcado sus aguas en el Tíber»11. Los sirios se extienden por todas partes, en el valle del Po, en la Galia y hasta las orillas del Rin. Uno tiene una fonda en Sicilia12, otro un comercio en Puzzuol13, donde Pablo encuentra ya cristianos14.

Toda la costa oriental del Mediterráneo, desde Antioquía hasta Pérgamo, está ya estructurada en «iglesias», que gravitan alrededor de Efeso y de Esmirna. Esta era la provincia romana de «Asia y de Frigia», abierta al norte hacia el Bósforo y Bizancio, y al sur hacia Siria.

Efeso ofrecía sus amplias atarazanas, que hacían de su puerto el mercado más próspero de Asia15: importaba los vinos del mar Egeo y de Italia, exportaba la madera y la cera del Ponto, la lana de Mileto y el azafrán de Cilicia. Ferias comerciales y fiestas religiosas atraían a multitudes. En esta ciudad era tradición una gran efervescencia espiritual. El templo de Artemisa abría sus puertas al pueblo16. Los frigios veneraban a Cibeles, «la madre de los dioses», cuyo culto extendieron a través del Imperio hasta las orillas del Rin17, en todas las ciudades donde había guarniciones romanas18.

La actividad y la influencia de Pablo y de Juan dieron lugar al establecimiento de diversas comunidades cristianas en Asia Menor. Las ciudades que cita el Apocalipsis19 se encontraban todas situadas en las grandes arterias: el Evangelio seguía a la conquista romana y se aprovechaba de su red viaria. Pérgamo, al norte de Esmirna, cuna de Atala, mártir de Lyon, era una especie de «Lourdes» de la Antigüedad pagana. Tiatira era conocida por sus tintes de púrpura20; Sardes, rica en ganado, era un mercado de tejidos: su obispo Melitón la hará pronto célebre; Filadelfia era una ciudad industrial, situada en la ruta de Laodicea21, que era mercado de la lana; Hierápolis22, más tierra adentro, poseía ya desde el siglo I una comunidad. Su agua daba a las lanas teñidas el mismo lustre que el múrice.

Apenas muerto Juan Evangelista, Ignacio pasa por estas ciudades asiáticas. Sus cartas dan testimonios de la vitalidad y de la avanzada organización que poseían. A las iglesias de Efeso y de Esmirna, ya mencionadas, se añaden la de Tralles y de Magnesia, ambas en la gran vía que lleva a Efeso.

La población del Asia Menor tenía una excepcional aptitud para el comercio y para las disciplinas del espíritu. Esmirna es la capital indiscutible de la «segunda sofística». Filostrato la compara con el caballete de la lira. El imperio le ofrecía posibilidades inagotables. Vivos de espíritu, instruidos, elocuentes, flexibles hasta el punto de saber adaptarse a todos los climas y a todas las situaciones, los habitantes de Asia se abrieron rápidamente camino en la sociedad cosmopolita de Roma. Los comerciantes de Italia no tenían más salida que asociarse con los Levantinos o desaparecer. Se los encuentra por todas partes en Roma y en Occidente, y en todas partes tienen abiertas sus tiendas. Romanos y marselleses tenían que decir: vamos a comprar a los levantinos, como en las islas Mauricio y en las islas de Reunión dicen «ir a los chinos» refiriéndose a las tiendas de ultramarinos. Las inscripciones hacen referencia a su presencia en Maguncia, en el país de los helvéticos y en Gran Bretaña23. En el siglo II los encontramos en el valle del Ródano. Son verosímilmente comerciantes originarios de Asia y de Frigia los que traen el Evangelio a Lyon, al mismo tiempo que traen los productos de Oriente y la ciencia médica. Ellos son quienes dan a la capital de las Galias su más ilustre obispo.

El Asia Menor es tierra generosa, donde los hombres son fácilmente crédulos y exaltados; ella es la que proporciona bien pronto a la Iglesia preocupaciones que ensombrecen el siglo II. En el burgo oscuro de Ardabau, en la frontera entre Frigia y Misia, Montano, un recién convertido de espíritu exaltado, se puso un día a llamar la atención a su alrededor, y después a grandes masas, con el espectáculo de sus éxtasis: acabó tomándose a sí mismo como el Espíritu Santo24. El movimiento montanista se extendió desde el Asia hasta Roma y Cartago, donde lo encontraremos más adelante 25.

Bajo Marco Aurelio

Cincuenta años más tarde, Marco Aurelio (161-180), el emperador filósofo, sucede a Antonino. Durante su reinado, la Iglesia cubre una nueva etapa. En el tiempo que dura una generación el mapa de la Iglesia se despliega. Se abre en abanico desde Germania a Mesopotamia (el Irak actual), desde el Rin al Eufrates y al Tigris. Llega hasta las fronteras del Imperio romano y, al oriente, en dirección a Edesa y al reino de los partos, estas fronteras son superadas. Treveris y Nisiba poseen una comunidad cristiana.

La expansión se extiende principalmente a la costa africana del Mediterráneo, con sus dos «faros»: Alejandría y Cartago. La navegación ha facilitado la evangelización. El fervor de los convertidos hará el resto hacia el interior de las tierras. Desde finales del siglo II, la iglesia de Cartago y de Alejandría producen sus propios obispos y sus genios.

En la Galia, los mejores puertos en donde desembarcan los levantinos son Narbona, Arles, Marsella y Frejus26, desde la costa se puede llegar a Lyon y a Viena por vía fluvial y terrestre. Los romanos habían hecho, de esta región del sudeste, una provincia, la Narbonesa, que subía hasta Viena. Desde Augusto, el resto del país, la «Galia cabelluda», estaba dividida en tres provincias: Aquitania, Lionesa y Bélgica, cuya capital federal era Lyon. El Rin era la frontera que cerraba el Imperio al norte.

En el interior de estos límites se estaba llevando a cabo, gracias a los intercambios comerciales, una asimilación progresiva de las costumbres y de la civilización de los vencedores. Las clases dirigentes habían adoptado rápidamente el latín, los emigrados seguían utilizando el griego, los dialectos célticos quedaban relegados al campo. Ireneo se puso a aprenderlos, pero el hombre cultivado que él era sentía repugnancia a utilizar «un dialecto bárbaro»27.

En Marsella se juntaban la ruta del norte y la vía marítima por la que afluían las mercancías de Italia o de Oriente. Y en este puerto figuraban para la exportación la cerámica, la lana, los jamones y los salchichones, que Varrón elogia28, los quesos de Nimes y de Toulouse, el aceite y el vino de las orillas del Ródano o de Beziers. Una vasija de barro hallada en Italia lleva la inscripción: soy vino de Beziers y tengo cinco años29. Y Plinio reprocha a los marselleses que le echan agua al vino que exportan30.

Todo el refinamiento intelectual de Grecia había emigrado a Marsella31. Los romanos frecuentaban su escuela de filosofía. La «Facultad» de medicina era famosa32 y mantenía relaciones con Alejandría. En esta migración económica se pudieron entremezclar adeptos de la nueva religión. Inscripciones halladas en Marsella parecen atestiguar la presencia cristiana33 ya desde el siglo II. Es muy posible que Crescente, de quien habla Pablo en la segunda carta a Timoteo, fuera enviado a la Galia 34.

En el siglo II, Lyon no sólo es mercado para el comercio del trigo, del vino, de la madera, sino que también es uno de los mayores centros de manufactura del Imperio, y muchos de sus artículos han sido encontrados tanto en Germania como en Inglaterra35. Inscripciones, esculturas, bajorrelieves del siglo II nos permiten apreciar el papel que tuvo la ciudad tejedora de seda, ombligo de las Galias36.

Para dar muestras de su presencia y de su autoridad, el Imperio ha levantado un altar monumental a la gloria de Roma y de Augusto en las pendientes de la Cruz Roja37. Su consagración era celebrada solemnemente todos los años con juegos y fiestas. Estas fiestas de aniversario servirían de marco a la pasión de los primeros mártires. Y, después de las fiestas, los galos volvían a sus casas con los ojos deslumbrados por el poderío romano y los beneficios de su presencia.

La prosperidad de Lyon había atraído una numerosa colonia de orientales originarios de Asia y de Frigia38. Los primeros cristianos habían llegado, como sus compatriotas, por razones profesionales. Alejandro39 era médico y se había establecido en la ciudad desde hacía ya mucho tiempo. Cuando los hermanos fueron lo bastante numerosos para constituirse en «iglesia», hacia el año 150, las comunidades madres les enviaron un obispo: Potino.

En el año 177, la iglesia de Lyon, asociada a la comunidad de Viena40, era lo suficientemente importante como para llamar la atención y desencadenar la persecución. Los mártires, cuyos nombres griegos y latinos conocemos, son un reflejo de lo que era aquella comunidad, en la que iban codo con codo asiáticos y autóctonos, comerciantes y mujeres41. Ireneo, que sucede al obispo Potino cuando pasa la tormenta, gobierna ya comunidades que se escalonan desde las bocas del Ródano hasta las orillas del Rin42. Y es que el Evangelio ha ido tras la penetración romana, ha llegado hasta Tréveis y Colonia, pero no sabemos nada de los artesanos de este gran esfuerzo43.

En la costa africana se extienden, desde el golfo de Gabes -e incluso desde la Gran Sirte44- hasta el océano Atlántico, las tres provincias romanas de la Proconsular, la Numidia y la Mauritania. Cartago45, «galera anclada en la arena líbica» (G. Flaubert), dominadora de los mares y rival de Roma, había sido fundada por los fenicios venidos de Tiro y Sidón. La ciudad dominaba el golfo, en la desembocadura del Medjerda, donde confluyen los dos Mediterráneos, en un lugar de la actual Sidi Ben Said; desde su emplazamiento se vigila el mar y se puede cómodamente defender el istmo que une el promontorio a la tierra firme.

Junto con su comercio, los fenicios habían traído sus divinidades, contra las cuales se había levantado muchas veces el Dios del Antiguo Testamento. En Cartago, el Dios de los cristianos fue precedido por el Baal Hammón barbudo, vestido con una larga túnica, coronado con una tiara, llevado sobre tres esfinges46. Le estaba asociada Tanit: «gruesa, barbuda y con los párpados caídos; parecía sonreír, con los brazos cruzados sobre su abultado vientre pulido por los besos de las muchedumbres».

El «Tofet» de Cartago y de Susa inmolaba a BaalHammón y a Tanit gente joven; las estelas de los sacrificios, que se pueden ver en el museo de Bardo, todavía hoy nos producen escalofríos. Los interdictos de los emperadores no habían conseguido acabar con estas prácticas bárbaras. «Pongo por testigos a los soldados de mi padre -dice Tertuliano- que ejecutaron esas órdenes de los procónsules romanos. Los propios padres acudían a ofrecer sus hijos, y lo hacían gustosos; los acariciaban para impedir que llorasen en el momento de ser sacrificados »47.

A través de todas las vicisitudes de su historia, Cartago conservó los lazos que le unían a Oriente, por medio de los navíos que hacían escala en su puerto. Escipión había destruido totalmente la ciudad; su suelo fue «execrado y rasado, y los pastores vinieron con sus rebaños sobre las ruinas de la orgullosa ciudad. Los Gracos, y después César, dando pruebas de hombres realistas, reconstruyeron Cartago, a la que Augusto devolvió el lustre de antaño.

Roma, y más tarde los númidas, pusieron en explotación esas tierras tan ricas para el cultivo del trigo. A partir del siglo II, los Antoninos amplían la red viaria, construyen monumentos de cuya importancia son testigos todavía las ruinas del acueducto, las termas y el anfiteatro, de incomparable belleza y cuyos vestigios bastan para estimar hoy día sus dimensiones y su suntuosidad48.

En el momento en que el cristianismo penetra en Cartago, la ciudad es el centro geográfico, administrativo, cultural y comercial de una Italia transmarina, rival de Alejandría y granero de Roma, como ella abierta al mar, símbolo de acogida49. «Todo en ella respira opulencia, como dice el Africano Apuleyo50. Es la época de su gran prosperidad económica, alimentada por el trigo y el olivo. La organización militar del país va a la par de la explotación del suelo, y parece motivada por la voluntad de hacerle dar fruto hasta en las estepas y en la montaña51.

Ningún texto, ningún vestigio, ninguna alusión literaria hace referencia a los orígenes cristianos en Cartago52. Tertuliano, próximo todavía a los acontecimientos, no habla jamás de ellos. Agustín53, en el siglo IV, se contenta con afirmar varias veces que el Evangelio llegó como el fundador de la ciudad, del Oriente. Son numerosos los logros arquitectónicos y culturales que unen la iglesia africana con la iglesia oriental54. Tertuliano, que habría podido ser una figura tanto de la literatura griega como de la latina, es traducido tan pronto como publica55. La influencia de Oriente en la liturgia africana nos permite llegar a la conclusión de que ésta dependía de aquélla. La arquitectura religiosa de Africa acusa un parenteso claro con la de Oriente, particularmente con la de Siria56.

En Cartago, las primeras conversiones debieron de darse, igual que en Roma, en las colonias judías, que eran importantes en los puertos de la costa y que estaban aumentadas por los tránsfugos de Jerusalén, expulsados por la victoria de Tito57. En la necrópolis de Gamart, al sur de Cartago, igual que en Hadrumeto (la actual Susa), las tumbas judías y cristianas están mezcladas58. Pero estas dos religiones no vivieron largo tiempo en buenas relaciones; como en el resto del Imperio, no pasó mucho tiempo sin que se opusieran entre sí. En tiempos de Tertuliano la ruptura estaba consumada59. El autor del Apologético guarda el recuerdo del tiempo en que el cristianismo vivía «a la sombra» del judaísmo. La separación no le impide recordar aquel fugitivo maridaje.

El Evangelio, pues, atracó un día a bordo de algún barco de cabotaje llegado de Palestina, de Egipto o de Siria, a no ser que siguiera la ruta por tierra a través de Egipto y de Libia. Sus primicias fueron para algunos judíos emigrados y para los mozos de cuerda que descargaban los productos de Oriente. Imaginamos la primera comunidad cristiana de Cartago como de lo más variada, con sus judíos emigrados, sus autóctonos de clase pobre, sus griegos industriales y, más tarde, algunos latinos cultos o no. Igual que en Corinto, los más numerosos eran los pobres y los humildes, de sangre mezclada. Su vivo temperamento, apasionado hasta la exaltación, se encuentra en sintonía con lo que el Oriente religioso aporta de fervor y de inquietud. Hablaban suficiente griego, púnico o bereber, para las necesidades de sus negocios. Los comerciantes y los burgueses preferían la lengua púnica60, sobre todo en las ciudades del litoral. Todavía Agustín se ve obligado a traducir al púnico palabras latinas que se le escapaban a una parte de su público.

El Evangelio se propaga como el fuego en un cañaveral, de prójimo en prójimo, de ciudad en ciudad, entre las poblaciones romanizadas del interior. Esta progresión coincide con la urbanización de la provincia africana. A mitad del siglo II, penetra en los burgos y en los pueblos oscuros. A las tribus gétulas, reticentes ante las influencias exteriores y a la erosión de la historia, y que bajaban de las mesetas para comerciar o intercambiar mercancías, incluso a veces para dedicarse a la rapiña, también les llega el momento de verse afectados por el Evangelio antes de fines de siglo, como nos dice Tertuliano61. El espíritu tolerante, propio de Africa, explica sin duda esta progresión rápida, que alcanza a todos los estratos de la sociedad. En tiempos de Marco Aurelio, los cristianos, son igual que en Lyon, lo bastante numerosos como para llamar la atención y despertar suspicacias. Ya en el año 180 una persecución pone a prueba a la joven iglesia. El acoso, provocado generalmente por denuncias populares, se ceba sobre todo en los humildes. Es una forma de revanchismo. Pero es llamativo que Tertuliano no fuera nunca molestado. Su categoría imponía respeto a los romanos y admiración a los africanos.

Simultáneamente, cuando los primeros mártires dan prueba de la vitalidad de la Iglesia en Africa, vemos con asombro hasta qué punto era profunda la penetración del Evangelio más allá de las ciudades de la costa, hasta los contrafuertes del Tell y hasta el desierto.

Afortunadamente poseemos el documento que relata la muerte de los primeros mártires de Scili. Es el primer texto escrito en latín y el primer documento que se conserva de la Iglesia de Africa62. En el año 180, doce cristianos, cinco campesinas y siete campesinos, de un villorrio insignificante, hasta tal punto que todavía no ha sido posible identificarlo ni localizarlo, son denunciados y detenidos, después son decapitados en Cartago el 17 de julio. Así, pues, el Evangelio ha desbordado ampliamente ciudades como Cartago, Madaura, incluso Cirta, Lambesa y Hadrumeto, de manera que el campo es evangelizado y provoca una persecución, a causa de la vitalidad de los cristianos. Los doce mártires son gente rural, es decir, pequeños propietarios de tierras o colonos de una granja o quizá trabajadores ocasionales del campo63. Sus nombres habían sido romanizados recientemente. Fueron llevados a Cartago para morir. Africa conserva fielmente y con orgullo el recuerdo de todos sus mártires y celebra sus aniversarios. Agustín nos ha dejado dos sermones para la fiesta de los mártires de Scili64.

En tiempos de Marco Aurelio, la comunidad de Cartago, ya sólidamente organizada, atrae a un brillante abogado que se llama Quinto Septimio Florencio Tertuliano, hijo de un centurión romano. El Imperio reclutaba en el país ocupado a los funcionarios subalternos civiles y militares; los cuadros superiores eran cubiertos con gente de la península65.

En aquella época, la comunidad cristiana disponía de lugares de reunión y de cementerios. Tertuliano habla, con cierto énfasis, de «millares de personas de todo sexo, de toda edad, de todo rango»66. Afirma incluso que «en cada ciudad más de la mitad de los habitantes son cristianos». Añade con arrogancia que si los cristianos desaparecieran «las ciudades quedarían desiertas »67 . Ya en el año 197, el autor del Apologético escribe: «Somos de ayer y llenamos ya el orbe y todo lo vuestro, ciudades y caserones, fortalezas y municipios y burgos, incluso campamentos y tribus, y el ejército, la corte y el Senado y el foro. ¡No os hemos dejado más que vuestros templos!68».

Aún concediéndole una buena parte de retórica, no hay que olvidar que el concilio de Africa, convocado por Agripino, sin duda hacia el año 120 o quizás antes, reunió a setenta obispos. Por una especie de contragolpe, el Africa romanizada, hacia fines del siglo II, había conquistado a su vencedor. El Obispo de Roma Víctor y el emperador Septimio Severo son ambos africanos de origen.

Alejandría, ciudad que llega quizá a un millón de habitantes, era la segunda ciudad del Imperio y su primer mercado, por la importancia de sus negocios y de su comercio. Su doble puerto, interior y exterior, punto de conjunción entre Arabia y la India lejana y los países bañados por el Mediterráneo, era como una bisagra entre dos mundos. Por allí transitaba el marfil de Africa, las gomas y especias de Arabia, el algodón y la seda de la India. La gran metrópoli estaba ligada al Asia Septentrional por tierra y por mar. La ruta pasaba por Pelusa, Ostracina, Rafe, Ascalón y Gaza, cuya importancia estratégica se puso de manifiesto también en la Guerra de los Seis días. Muchos viajeros, procedentes de Judea o de Siria camino de Roma, se embarcaban en Alejandría en algún convoy de trigo. Egipto abastecía al Imperio de veinte millones de celemines de trigo, la tercera parte del consumo69. Los cargos mixtos podían admitir hasta seiscientos pasajeros70.

La población de Alejandría era tan variada y de tanto colorido como lo es actualmente: griegos, sirios y árabes se codeaban con mercaderes, turistas de Roma y provincianos del Oeste, que habían llegado por motivos de negocios o para seguir cursos de filosofía o de medicina. El extranjero que entraba en la ciudad por la puerta llamada del Sol quedaba deslumbrado por el esplendor de las avenidas en las que, a ambos lados, sendas filas de columnas jalonaban la calle hasta la puerta de la Luna.

Los judíos eran tan numerosos en Alejandría como hoy en Nueva York. Su riqueza -y también se decía que la usura que practicaban- provocaba frecuentes disturbios, que se repetían cada siglo, y a los que, en el siglo V, el obispo Cirilo tratará de poner remedio. Cuando aparece el Evangelio, los judíos están en plena prosperidad y ocupan dos barrios de la ciudad, particularmente el barrrio del Delta71 . Sus relaciones con Palestina son frecuentes, gracias a las peregrinaciones a Jerusalén. Es posible que entre ellos se pudieran encontrar algunos de los que se opusieron a Esteban72.

Es verosímil que la comunidad judía proporcionase los primeros adeptos a la religión cristiana. Abierta a todas las influencias, curiosa de todo saber, crisol de razas y de religiones, donde la versatilidad y la inquietud iban del brazo con el escepticismo y el sincretismo, la ciudad de Alejandría debió ofrecer a los primeros evangelizadores la misma acogida que poco tiempo después hizo a las elucubraciones de Valentín y de Carpócrates, a Apeles, discípulo de Marción, y que van a emigrar a Roma y a Lyon, en donde Ireneo los combate de inmediato73. La existencia de estos disidentes ya supone la existencia de la Gran Iglesia.

¿Cuándo y cómo vino el Evangelio de Jesucristo a Egipto? Es difícil, por falta de documentación, arrojar un poco de luz sobre este problema y desbrozar la verdad de la leyenda. El historiador Eusebio cuenta, sin hacer hincapié, una tradición que se honra con la venida del evangelista Marcos74. Y ese mismo autor nos da la lista de los diez primeros obispos75. Gracias a esta lista podemos remontarnos a los orígenes, a partir de Demetrio, que regía la comunidad en el año 189. Pero todos estos nombres son nombres oscuros sobre los que ningún vestigio ni ningún texto arrojan una luz.

Es muy posible que Apolo, al que se refiere la primera carta a los Corintios, se convirtiera en Egipto, su país, como afirma uno de los más autorizados testigos del texto76. Los primeros vestigios seguros nos los proporcionan unos fragmentos del Evangelio, que se remontan a los comienzos del siglo II 77. Las páginas cristianas más antiguas que poseemos están escritas en griego. Las traducciones de la Biblia (empezando por el Nuevo Testamento y los Salmos) en lengua copta, hechas sin duda en Hemópolis la grande, aparecen en el siglo III y atestiguan que el Evangelio ya había penetrado hasta el interior del país, cuatrocientos kilómetros arriba del Nilo. El centro de partida es Hemópolis, lo cual puede dar razón de la leyenda que sitúa allí a la Sagrada Familia cuando la persecución de Herodes78. Allí hay ya un obispo, lo más tarde en el año 150, cuyo nombre es Colón79.

En la ciudad de Alejandría, donde la filosofía y la cultura eran florecientes, el cristianismo adquiere un tono intelectual que es el orgullo de la ciudad, en la que suenan grandes nombres: Clemente, Orígenes, Dionisio, Atanasio, Arrio, Cirilo. Desde fines del siglo II podemos ya hablar de una «escuela de Alejandría». Si fuera posible probar el origen alejandrino de la Carta a los Hebreos, poseeríamos un primer documento sobre la vitalidad intelectual de la comunidad80. La carta llamada de Bernabé, escrita en el siglo II, en un medio cultivado judeo cristiano, -en el que se entremezclan influencias diversas y en el que el prestigio del gran judío alejandrino Filón es innegable- podía haber visto la luz de Alejandría, lo cual explicaría en parte la estima en la que han tenido esta carta todos los teólogos de esa ciudad.

Hacia el año 180, Panteno, que seguramente llegó de Sicilia81, fijó su residencia en Alejandría después de un largo periplo que, según cuenta Eusebio82, lo había llevado hasta la India. Unía en su personalidad, que nos gustaría conocer mejor, el fervor del evangelista y la reflexión del doctor. Se hizo cargo de la dirección de la escuela para catecúmenos, especie de universidad cristiana; en ella Clemente encontró un maestro y la luz que lo llevó a la fe.

La comunidad cristiana está organizada y tiene al frente a un obispo de gran estatura, Demetrio. Parece que éste comprendió y favoreció la exigencia intelectual de la evangelización, aunque esto le costó ciertas escaramuzas con sus más brillantes teólogos. Alejandría es ya un faro que alumbra a Oriente y a Occidente, y más en particular a Roma. Eusebio hace constar los lazos que unen la comunidad egipcia a los hermanos de Palestina, que celebran simultáneamente el mismo día la festividad de la Pascua83.

Parece que el obispo Demetrio ordenó a los tres primeros obispos que dirigieron las comunidades de Antinoe, Neucrates y Ptolomea, ciudades de Egipto ya helenizadas84. Otras veinte iglesias son atribuidas a su sucesor Heraclas. Si creemos a Eusebio, cristianos de Egipto y de toda la Tebaida, la parte meridional del país, fueron martirizados en el año 202 en Alejandría, lo cual nos permite concluir que el cristianismo se extendió por el valle del Nilo a lo largo del siglo II 85.

Por otra parte, debemos señalar la penetración cristiana en Asia oriental, que incluye el país del Eufrates y del Tigris (el Irak actual). Entre ambos ríos, Edesa (en el lugar que hoy ocupa la ciudad turca Urfa), era la capital de un pequeño Estado independiente, el Osroene, incrustado entre Roma y los partos86. Su situación geográfica hacía de este Estado un inmenso mercado de las caravanas de Oriente, lo cual abrió Edesa a las influencias y a las invasiones tanto del Este como del Oeste. Por lo demás, el hecho de que estuviera próximo a Harán, donde Abraham había estado establecido, había aumentado su prestigio.

Trajano conquistó Osroene el año 114, que es la época que nos interesa. El país recobró su independencia a cambio de sus halagos a Roma. El comercio de la seda había atraído desde largo tiempo a gran cantidad de judíos, que posiblemente fueron jalones en la evangelización. Incluso se encontraban allí algunos que fueron testigos en Jerusalén de Pentecostés y de la primera predicación de Pedro87. Se presume que el apóstol de ese país fue Addai, muy posiblemente de origen judío88. Eusebio recoge la leyenda según la cual el rey Abgar había escrito una carta a Jesucristo y el apóstol Tadeo había venido a evangelizar el país89.

Todos los historiadores antiguos90 atribuyen a Tomás la evangelización de los partos y de los persas, cosa que ya afirma Orígenes91. A partir del siglo III se venera en Edesa el sepulcro del apóstol92. Con esta tradición, quizá legendaria, se entremezcla otra, que no es necesariamente incompatible con ella, según la cual el mismo apóstol evangelizó la Judea93 y convirtió al rey Gundafar; el apóstol fue martirizado y su primer enterramiento estuvo en Mailapur, en las afueras de Madrás. En todo caso, es probable que los Hechos de Tomás fueran redactados en siriaco, en Edesa a comienzos del siglo III. Las sectas agnósticas de la época han hecho del apóstol Tomás una especie de personaje mítico, confidente de revelaciones hechas por el Salvador. Tradición o leyenda, el pretendido itinerario apostólico sigue la ruta que debió tomar el Evangelio, ya desde muy temprano, para llegar hasta el reino de la India.

Es cierto que al final del siglo II Edesa es evangelizada y posee una iglesia que podría ser parecida a la de Doura94. Durante la controversia pascual, hacia el año 190, «obispos de Osroene y de las ciudades del país»95, toman parte en ella e intervienen en Roma. Incluso nos ha llegado el nombre del obispo Palut, ordenado por Serapión de Antioquía96. Aggai, que seguramente fue un sucesor, murió mártir97.

En cualquier caso, al final del siglo II el Evangelio se extendió ampliamente por el país y se constituyeron diversas comunidades98. Si es verdad que el rey Abgar IX (179-214), contemporáneo de Septimio Severo, se convirtió al cristianismo, la lejana Osroene ofreció a la Iglesia la primera familia reinante y facilitó la penetración del Evangelio.

Hay otros dos personajes que muestran la vitalidad de la religión nueva en Mesopotamia: Taciano y Bardesán. La importancia literaria de uno y otro dan fe de que el Evangelio se predica ya eficazmente a los sabios y los filósofos, hasta en las orillas del Tigris. En el Discurso a los Griegos, Taciano confiesa: «Nací en el país de los asirios, fui instruido primero en vuestras doctrinas. Más tarde me convertí, fui iniciado en las enseñanzas que ahora profeso»99.

Tenemos que buscar la cuna de Taciano al este del Tigris. Probablemente sus padres hablaban el siríaco. Desde esos confines del mundo, el afán de saber lo llevó, como a tantos otros, a través de Grecia hasta Roma, donde se convirtió y se hizo discípulo de Justino el Filósofo, que tenía allí una escuela. Después de la muerte de su maestro, escribió su Discurso a los Griegos, volvió al país de sus abuelos y redactó una Armonía de los cuatro Evangelios, el Diatessaron, que estuvo durante mucho tiempo en boga en la Iglesia siríaca y del que se encontró un fragmento en 1933, en Doura Europos, a orillas del Eufrates.

Otro escritor de Edesa, Bardesán, nacido el año 156, amigo de la infancia del rey Abgar IX, fue uno de los primeros poetas que compusieron himnos litúrgicos en siríaco. Parece que intentó construir, en ese punto de confluencia de culturas y de pueblos, una síntesis de la ley cristiana y de la ciencia100. Ya desde finales del siglo II Edesa aparece como una hoguera de intensa vitalidad literaria e intelectual, donde se forjó la lengua siríaca cristiana y el lugar de partida de la penetración cristiana hacia el este de Asia, a Armenia y a Persia.

Apenas dos siglos bastaron para que los herederos espirituales del «nuevo Israel», del que habla San Pablo, traigan la luz del Evangelio a la tierra de su lejano antecesor, cuya promesa hizo temblar en otro tiempo a Abraham.

Adalbert G. Hamman


La vida cotidiana de los primeros cristianos
Edic. Palabra. Madrid 1986, págs. 11-28

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