Las Amenazas De Nuestro Mundo



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Isaac Asimov

Las Amenazas De Nuestro Mundo

Título original: A CH0ICE OF CATASTROPHES



ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE - CATÁSTROFES DE PRIMERA CLASE
I. EL DÍA DEL JUICIO

  • Ragnarok

  • Esperanzas mesiánicas

  • Milenarismo


II. EL AUMENTO DE LA ENTROPÍA

  • Las leyes de la conservación

  • Corriente de energía

  • La segunda ley de la termodinámica

  • Movimiento al azar


III. EL CIERRE DEL UNIVERSO

  • Las galaxias

  • La expansión del universo

  • El universo se contrae


IV. EL HUNDIMIENTO DE LAS ESTRELLAS

  • Gravitación

  • Agujeros negros (Black holes)

  • Quásares

  • Dentro de nuestra galaxia


SEGUNDA PARTE - CATÁSTROFES DE SEGUNDA CLASE
V. COLISIONES CON EL SOL

  • Nacimiento por un encuentro cercano

  • En órbita alrededor del núcleo galáctico

  • Miniagujeros negros

  • Antimateria y planetas libres


VI. LA MUERTE DEL SOL

  • La fuente de energía

  • Gigantes rojos

  • Enanas blancas

  • Supernovas

  • Manchas solares

  • Neutrinos


TERCERA PARTE - CATÁSTROFES DE TERCERA CLASE
VII EL BOMBARDEO DE LA TIERRA

  • Objetos extraterrestres

  • Cometas

  • Asteroi­des

  • Meteoritos


VIII. EL RETRASO DE LA TIERRA

  • Mareas

  • El día más largo

  • El retraso lunar

  • La aproximación de la Luna


IX. EL DESPLAZAMIENTO DE LA CORTEZA

  • Calor interno

  • Catastrofismo

  • Continentes en movimiento

  • Volcanes

  • Terremotos

  • El futuro tectónico


X. LOS CAMBIOS DE TIEMPO

  • Las estaciones

  • Dando paso a los glaciares

  • Variaciones orbitales

  • El océano Ártico

  • El efecto de glaciación


XI. LA ELIMINACIÓN DEL MAGNETISMO

  • Rayos cósmicos

  • ADN y mutaciones

  • La car­ga genética

  • El campo magnético de la Tierra


CUARTA PARTE - CATÁSTROFES DE CUARTA CLASE
XII. LA LUCHA POR LA VIDA

  • Grandes animales

  • Animales pequeños

  • En­fermedades infecciosas

  • Microorganismos

  • Nuevas enfermedades


XIII. EL CONFLICTO DE LA INTELIGENCIA

  • Inteligencia no humana

  • Guerra

  • Los bár­baros

  • De la pólvora a las bombas nucleares


QUINTA PARTE - CATÁSTROFES DE QUINTA CLASE
XIV. EL AGOTAMIENTO DE LOS RECURSOS

  • Artículos renovables

  • Los metales

  • Conta­minación

  • Energía: vieja

  • Energía: nue­va

  • Energía: abundante


XV. LOS PELIGROS DE LA VICTORIA

  • Población

  • Educación

  • Tecnología

  • Or­denadores


EPÍLOGO
ÍNDICE DE MATERIAS

Dedicado a Robyn y a Bill, haciendo votos para que el rostro de la Fortuna les sonría eternamente

INTRODUCCIÓN
La palabra «catástrofe» procede del griego Katastrophé y significa «poner lo de arriba abajo». Se utilizó originariamente para des­cribir el desenlace, o el final culminante, de una presentación dramá­tica, y, naturalmente, podía ser de naturaleza feliz o triste.

En una comedia, el clímax es el final feliz. Tras una serie de enredos y tristezas, todo el argumento se invierte cuando los aman­tes súbitamente se reconcilian y se unen. La catástrofe de una comedia es, por tanto, un beso o una boda. En una tragedia, el clímax tiene un final triste. Después de esfuerzos interminables, se produce el desastre cuando el héroe descubre que las circunstancias y el destino le han derrotado. Por consiguiente, la catástrofe de la tragedia es la muerte del héroe.

Como las tragedias suelen emocionar más profundamente que las comedias, y también suelen ser más memorables, la palabra «catás­trofe» ha terminado relacionándose mucho más con los finales trági­cos que con los felices. En consecuencia, en la actualidad se utiliza para describir cualquier final de naturaleza desastrosa o calamitosa. Este libro trata precisamente de ese tipo de catástrofe.

¿El final de qué? De nosotros, naturalmente, de la especie humana. Si consideramos la historia de la Humanidad como un drama trágico, la muerte final de la Humanidad constituiría una catástrofe en dos sentidos: en el sentido original y por sí mismo. Pero, ¿qué es lo que podría provocar el final de la historia humana?

Por un lado, todo el Universo podría cambiar sus características y convertirse en inhabitable. Si el Universo se convirtiese en mortal, y si no pudiera existir absolutamente la vida dentro de él, la Humani­dad tampoco podría existir, y eso sería algo que podríamos denomi­nar «catástrofe de primera clase».

Naturalmente, no es necesario que todo el Universo quede impli­cado en algo que bastara para provocar el fin de la Humanidad. El Universo podría seguir siendo tan benigno como lo es ahora y, no obstante, algo podría suceder al Sol que hiciera inhabitable el Sis­tema Solar. En este caso, la vida humana podría llegar a su final, aun­que todo el resto del Universo prosiguiera su camino tranquila y sua­vemente. Eso sería una «catástrofe de segunda clase».

Y hay más. Aunque el Sol siguiera brillando con la misma inten­sidad y benignidad acostumbradas, la propia Tierra podría pasar por el tipo de convulsión que hiciera la vida imposible en ella. En este caso, la vida humana podría encontrar su fin, a pesar de que el Siste­ma Solar continuara con sus vueltas rutinarias de rotaciones y revoluciones. Esto sería una «catástrofe de tercera clase»,

Y aunque la Tierra continuara estando tibia y agradable, algo podría ocurrir en ella que destruyera la vida humana, aunque, por lo menos, no perjudicara otras formas de vida. En este caso, la evolu­ción podría continuar, y la Tierra, con una carga de vida modificada, progresaría todavía... Pero sin nosotros. Esto sería una «catástrofe de cuarta clase».

Podríamos avanzar un paso más y señalar la posibilidad de que la vida humana pudiera continuar, pero que sucediera algo que des­truyera la civilización, interrumpiendo la marcha del avance tecnológico y condenase a la Humanidad a una vida primitiva, solitaria, mísera, embrutecida, desagradable y corta, durante un período indefinido. Esto sería una «catástrofe de quinta clase»

En este libro me ocuparé de todas estas variedades de catástrofes, comenzando por las de primera clase y siguiendo con las demás, por turno. Las catástrofes descritas serán cada vez menos cósmicas, y, sucesivamente, más próximas y peligrosas.

No hay necesidad alguna de que el cuadro descrito sea puramen­te tenebroso, ya que cabe en lo posible que no exista catástrofe que no pueda evitarse, y, en efecto, las posibilidades de evitar una catás­trofe aumentan en la medida en que la afrontamos con valentía y calculamos sus riesgos.


PRIMERA PARTE
CATÁSTROFES DE PRIMERA CLASE
Capítulo Primero
EL DÍA DEL JUICIO
Ragnarok
La convicción de que el Universo entero está llegando a su final («catástrofe de primera clase» mencionada en la Introducción) es muy antigua, y, de hecho, representa una parte importante de la tra­dición occidental. En ella, y a través de los mitos originarios de los pueblos escandinavos, se nos ofrece un cuadro especialmente dramá­tico del final del mundo.

La mitología escandinava es un reflejo del ambiente duro, sub­polar, en el que vivieron los intrépidos nórdicos. Es un mundo en el que los hombres y las mujeres desempeñan un pequeño papel, y en el que el drama se basa en el conflicto entre dioses y gigantes, un con­flicto en el que los dioses parecen estar en perpetua desventaja.

Los gigantes del hielo (los inviernos escandinavos, largos y crueles) son invencibles, a pesar de todo, e incluso dentro de la fortaleza sitiada de los dioses, Loki (el dios del fuego, que es tan esencial en un clima nórdico) resulta tan engañoso y traidor como el fuego. Y al fi­nal surge el Ragnarok, que significa «el destino fatal de los dioses». (Ricardo Wagner dio más popularidad a este concepto con el nombre de Götterdämmerung, o «crepúsculo de los dioses», en su ópera del mismo nombre.)

Ragnarok es la batalla decisiva final de los dioses y sus enemigos. Detrás de los dioses vienen los héroes del Valhala que, en la Tierra, murieron en la batalla. En el bando contrarío están los gi­gantes y los monstruos de naturaleza cruel guiados por el renegado, Loki. Los dioses caen uno detrás de otro, aunque los monstruos y los gigantes, también Loki, mueren igualmente. En la lucha perecen la Tierra y el Universo. El Sol y la Luna son tragados por los lobos que han estado persiguiéndoles desde la creación. La Tierra se incendia y se agrieta, incandescente, en un holocausto universal. Casi como una insignificante ocurrencia, al margen de la gran batalla, quedan destruidas la Vida y la Humanidad.

Y eso debería ser, dramáticamente, el final... pero no lo es.

De alguna manera sobrevive una segunda generación de dioses; nacen otro Sol y otra Luna; surge una nueva Tierra; una nueva pare­ja humana inicia su existencia. Se añade un final feliz anticlímax a la gran tragedia de la destrucción. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

La leyenda de Ragnarok, según la conocemos, fue extraída de los escritos del historiador islandés, Snorri Sturluson (1179-1241). En aquella época, Islandia había sido cristianizada y la leyenda del final de los dioses parece haber sufrido una poderosa influencia cristiana. Después de todo, existían historias cristianas de la muerte y regene­ración del Universo bastante anteriores a la leyenda islandesa de Rag­narok, y las tradiciones cristianas estuvieron influidas, a su vez, por las historias judaicas.

Esperanzas mesiánicas
Mientras existió el reino de Judea de la casa de David, con ante­rioridad al año 586 a. de JC, los judíos estaban seguros de que Dios era el juez divino que distribuía premios o castigos entre los creyen­tes, según sus méritos. Los premios o los castigos se recibían duran­te esta vida terrenal. Esta creencia no sobrevivió al fracaso.

Cuando Judea fue derrotada por los caldeos en el reinado de Nabucodonosor, después de haber sido destruido el templo y haberse desterrado a Babilonia a un gran número de judíos, entre los exiliados surgió la nostalgia por el retorno del reino y de un rey de la antigua dinastía de David. Como estos deseos, expresados con demasiada claridad, constituían traición contra los nuevos gobernantes no ju­díos, se introdujo la costumbre de referirse elípticamente al retorno del rey. Se hablaba del «Mesías», es decir «el ungido», ya que, como parte del rito de asumir el gobierno, se ungía al rey con aceite.

El cuadro del regreso del rey se idealizaba relacionándolo con una maravillosa edad de oro, y, ciertamente, las recompensas de la virtud quedaban lejos del presente (era manifiesto que no se recibían) y aplazadas por un dorado futuro.

Algunos versos del Libro de Isaías describen esa edad de oro repitiendo las palabras de un profeta que predicó en una época tan lejana como 740 años a. de JC. Probablemente, tales versos fueron escritos en un período posterior Naturalmente, para poder establecer la edad de oro, las personas virtuosas del pueblo debían conseguir el poder y había que dominar o destruir incluso a los malvados. Así:

«Y juzgará entre las naciones y reprenderá a muchos pueblos; entonces romperán sus espadas, trocándolas en aladros, y sus lanzas en podaderas. No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni se adiestrarán más en la guerra» (Isaías 2:4).

«...sino que juzgará con justicia a los pobres y fallará con rectitud para los humildes del país; ahora bien, golpeará al tirano con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios matará al impío» (Isaías 11:4).

Pasó el tiempo y los judíos regresaron del exilio, pero eso no apor­tó ningún consuelo. Sus vecinos próximos no judíos se mostraban hos­tiles, y ellos se sentían impotentes ante el poder abrumador de los persas que ahora gobernaban aquella tierra. Por lo tanto, los profetas judíos fueron más gráficos sobre la llegada de la edad de oro y, es­pecialmente, sobre las calamidades que caerían sobre sus enemigos.

El profeta Joel, que escribió aproximadamente el año 400 a. de JC, dijo: «¡Ay, ay, ay del día! Pues el día de Yahvé está próximo, y vie­ne como devastación del Omnipotente» (Joel 1:15). El cuadro se refiere a la venida de un tiempo determinado cuando Dios juzgará a todo el mundo: «Congregaré a todas las gentes y les haré bajar al Valle de Josafat, y entraré allí en juicio con ellos por mi pueblo y mi heredad de Israel...» (Joel 3:2). Ésa fue la primera expresión literaria del «Día del Juicio», cuando Dios pondría fin al orden presente del mundo.

El concepto se fortaleció y se reforzó en el siglo II a. de JC, cuan­do los seléucidas, los gobernantes griegos que sucedieron al dominio persa después de la época de Alejandro Magno, trataron de acabar con el judaísmo. Los judíos, dominados por los macabeos, se rebelaron, y el Libro de Daniel fue escrito para apoyar la rebelión y prometer un futuro resplandeciente.

El libro se basaba, en parte, en tradiciones más antiguas que se referían a un profeta, Daniel. En la boca de Daniel se colocaron des­cripciones de visiones apocalípticas (1). Dios (al que se refería como el «Anciano») hace su aparición para castigar a los malvados.

«Proseguí viendo en la visión nocturna, y he aquí que en las nu­bes del cielo venía como un hombre, y llegó hasta el anciano y fue llevado ante Él. Y concediósele señorío, gloria e imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío es un señorío eterno que no pasará, y su imperio [un imperio] que no ha de ser des­truido» (Daniel 7:13-14).

Este «como un hombre» se refiere a alguien de forma humana en contraste con los enemigos de Judea, que anteriormente se habían representado en forma de bestias diversas. La forma humana puede interpretarse como representación abstracta de Judea o del Mesías en especial.

La rebelión macabea tuvo éxito y se restableció un reino judaico, pero con ello tampoco se consiguió la edad de oro. Sin embargo, los escritos proféticos mantuvieron vivas las esperanzas de los judíos durante los dos siglos siguientes. El Día del Juicio siempre quedó para una fecha próxima; el Mesías estaba siempre a mano; el reino de los justos se hallaba siempre a punto de quedar firmemente es­tablecido.

Los romanos tomaron el poder de los macabeos, y durante el rei­nado del emperador Tiberio vivió en Judea un profeta popular lla­mado Juan el Bautista, cuyo mensaje exhortaba: «Arrepentíos, pues está cerca del reino de los cielos» (Mateo, 3:2).

Agudizada constantemente de modo semejante la expectación universal, cualquiera que declarara ser el Mesías tenía sus seguidores. Durante la época de la dominación romana, fueron muchos los que declararon serlo sin que políticamente llegaran a nada. No obstante, entre ellos estuvo Jesús de Nazaret, al que siguieron algunos judíos de condición humilde que le fueron fíeles, incluso después de que Jesús fuese crucificado sin que se alzara una mano para salvarle. Los que creyeron en Jesús como el verdadero Mesías fueron llamados mesiánicos. Sin embargo, la lengua de los seguidores de Jesús llegó a ser el griego a medida que aumentaba el número de gentiles convertidos, y el vocablo griego para designar Mesías es Christós. Los seguidores de Jesús se llamaron, por lo tanto, «cristianos».

El éxito inicial en la conversión de gentiles se logró gracias a la labor misionera y los sermones carismáticos de Pablo de Tarso (el apóstol Pablo) y, a partir de él, el Cristianismo inició una trayectoria de crecimiento que primero incluyó a Roma, después a Europa y, más tarde, a buena parte del mundo.

Los primeros cristianos creían que la llegada de Jesús, el Mesías (es decir Jesucristo), significaba que el Día del Juicio estaba próximo. Se describía incluso a Jesús haciendo predicciones de un inminente fin del mundo:

«Mas en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se entenebrecerá y la luna no dará su esplendor, y las estrellas irán cayen­do del cielo, y las fuerzas que están en los cielos se tambalearán. Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poderío y gloria... En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas se hayan realizado. El cielo y la tierra pasa­rán... Lo que toca a aquel día y aquella hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (Marcos 13:24-27, 30-32).

Aproximadamente 50 años d. de JC, y veinte años después de la muerte de Jesús, el apóstol san Pablo esperaba todavía el Día del Juicio momentáneamente:

«Porque esto os afirmamos conforme a la palabra del Señor: que nosotros, los vivos, los supervivientes hasta el advenimiento del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, con voz de mando, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros, los vivos, los supervivientes, juntamente con ellos seremos arrebatados sobre nubes al aire hacia el encuentro del Señor; y así siempre estaremos con el Señor. Así que consolaos mutuamente con estas palabras. Por lo que toca a los tiempos y a las circunstancias, hermanos, no tenéis necesidad de que os escriba, pues vosotros mismos sabéis que el Señor, como ladrón por la noche, así vendrá» (1 Tesalonicenses 4:15, 5:2).

Pablo, como Jesús, dio a entender que el Día del Juicio estaba próximo, pero tuvo cuidado de no fijar una fecha exacta. Y, según sucedió, el Día del Juicio no llegó; el mal no se castigó, el reino ideal no se estableció y los que creyeron que Jesús era el Mesías tuvieron que contentarse con el presentimiento de que el Mesías tendría que venir una segunda vez (la «Segunda Venida») y que entonces sucedería todo lo que había sido profetizado.

Los cristianos fueron perseguidos en Roma durante el reinado de Nerón, y en mucha mayor escala después, en tiempos del emperador Domiciano. Del mismo modo que la persecución de los seléucidas había incitado las promesas apocalípticas del Libro de Daniel, en los tiempos del Antiguo Testamento, así las persecuciones de Domiciano provocaron las promesas apocalípticas del Libro de las Revelaciones en los tiempos del Nuevo Testamento. La revelación fue escrita, probablemente, el año 95 d. de JC durante el reinado de Domiciano.

El Día del Juicio se anuncia con gran detalle, pero con bastante confusionismo. Se habla de la batalla del gran día entre todas las fuerzas del mal y las fuerzas del bien en un lugar llamado Harmagedón, aunque los detalles no aparecen con claridad (Ap. 16:14-16). Sin embargo, finalmente: «Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra, pues el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido...» (Ap. 21:1).

Por consiguiente, es muy posible que, para empezar, cualquiera que fuese la versión del mito escandinavo de Ragnorak, la versión que ha llegado hasta nosotros seguramente debe algo a esa batalla de Harmagedón del Apocalipsis, en su visión de un universo regenerado. Y el Apocalipsis, por su parte, debe mucho al Libro de Daniel.



Milenarismo
El Libro del Apocalipsis introdujo algo nuevo: «Y vi bajar del cielo un ángel que tenía la llave del abismo y una gran cadena en su mano. Y cogió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Sata­nás, y le ató para mil años, y lo lanzó al abismo, y cerró, y puso el sello encima de él, para que no seduzca ya más a las naciones, hasta que se hayan cumplido los mil años; pasados éstos, tienen que ser desatado por breve tiempo» (Ap. 20:1-3).

El porqué el demonio ha de quedar fuera de combate durante un millar de años, o «milenio» y entonces desatarlo «por breve tiempo» no queda muy claro, pero, por lo menos, alivió la tensión de los que creían que el Día del Juicio estaba próximo. Se podía alegar que el Mesías había venido y que el demonio estaba atado, significando que el cristianismo daría fortaleza, pero que la batalla decisiva y el final verdadero llegarían un millar de años después (1).

Parecía natural suponer que el millar de años había empezado a contar desde el nacimiento de Jesús, y en el año 1000 hubo un movimiento de aprensión nerviosa, pero pasó dicha fecha, y el mundo no se acabó.

Las palabras de Daniel y del Apocalipsis eran tan ininteligibles y oscuras, y sin embargo, la urgencia de creer era tan grande que siempre quedaba la posibilidad de que la gente releyera esos libros, reconside­rara las vagas predicciones y fijara nuevas fechas para el Día del Juicio. Incluso grandes científicos, como Isaac Newton y John Napier, participaron en ese juego.

Los que intentaron calcular el principio y el final de ese milenio crucial son llamados algunas veces «milenaristas» o «milenarios». También se les conoce como «quiliastas», palabra derivada del vocablo griego para designar mil años. Resulta extraño que, a pesar de los repetidos fracasos, el milenarismo sea ahora más fuerte que nunca.

Este movimiento comenzó con William Miller (1782-1849), un oficial del Ejército que luchó en la guerra de 1812. Había sido un escéptico, pero después de la guerra se convirtió en lo que ahora llamaríamos un cristiano renacido. Empezó a estudiar a Daniel y el Apocalipsis y llegó a la conclusión de que la Segunda Venida tendría lugar el 21 de marzo de 1844. Apoyaba su teoría en cálculos complicados y predijo que el mundo acabaría por el fuego según las características de las terribles descripciones del Libro del Apocalipsis.

Consiguió reunir unos cien mil adeptos, y en el día señalado muchos de ellos, después de vender sus bienes terrenales, se agruparon en las laderas de las montañas para ser arrebatados hacia arriba al encuen­tro con Cristo. El día transcurrió sin incidente alguno, por lo cual Miller hizo nuevos cálculos y fijó la fecha del 22 de octubre de 1844 como el nuevo día, pero también esa fecha transcurrió sin incidente alguno. Cuando Miller murió en 1849, el Universo continuaba todavía su marcha habitual.

Sin embargo, muchos de sus seguidores no se descorazonaron. Interpretaron los libros apocalípticos de la Biblia de tal manera que los cálculos de Miller indicaban el principio de algún proceso celestial invisible para la conciencia común de la Tierra. Quedaba todavía otro «milenio» de espera, según cierta teoría, y la Segunda Venida, o el «Advenimiento» de Jesús, quedó pospuesto de nuevo para el futuro, pero, como había sucedido siempre, para un futuro no demasiado lejano.

Así fue como quedó fundado el movimiento adventista, que se dividió en diversas sectas, incluyendo los adventistas del Séptimo Día, que retornaron a las normas del Antiguo Testamento como, por ejem­plo, guardar el Sabbath (sábado) (el séptimo día).

Charles Taze Russell (1852-1916) adoptó las teorías adventistas, y en 1879 fundó una organización que se llamó Testigos de Jehová.

Russell esperaba la Segunda Venida momentáneamente y la predijo en días distintos, siguiendo el estilo de Miller, obteniendo un nuevo fracaso cada vez. Murió durante la Primera Guerra Mundial, que debió parecerle la obertura del final, batallas culminantes descritas en el Apocalipsis, pero tampoco llegó al Advenimiento.

Sin embargo, el movimiento continuó floreciendo, bajo la direc­ción de Joseph Franklin Rutherford (1869-1942). Éste esperaba la Segunda Venida con el emocionante lema: «Los millones que ahora viven nunca morirán.» Murió durante la Segunda Guerra Mundial, que de nuevo debió de parecer el principio del final, las batallas culmi­nantes descritas en el Apocalipsis, pero tampoco se produjo el Adveni­miento.

A pesar de todo, el movimiento continúa su progreso, contando en la actualidad con más de un millón de adeptos.


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