Lengua, nación y programa en el discurso abertzale



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Lengua, nación y programa

en el discurso abertzale


texto de José M. Roca

Procedencia del texto: El Viejo Topo, nº 233, jun.2007. http://www.elviejotopo.com/web/enlaces.php

Si todas las lenguas merecen idéntico respeto, aún mayor respeto merecen sus hablantes. Por eso, la instrumentalización política de las lenguas, de larga tradición en nuestro país, es un hecho abominable, la haga quien la haga y pretenda lo que pretenda.
El idioma puede invitarnos a la unión, pero no nos obliga a hacerlo…

(RENAN, ¿Qué es una nación?)

Como principio teórico y base fundamental de su proyecto político, el mundo abertzale alberga la idea de que las naciones existen desde siempre; que son una forma natural, en muchos casos permanente, de agrupamiento humano y no un reciente resultado de la evolución política de las sociedades. Consideran la nación como una ampliación natural de la familia, una prolongación de gente de la misma sangre y de la misma cultura, una colectividad homogénea afín a lo que varios autores han llamado una comunidad.

Empero, aunque existe relación, a veces estrecha, entre la sangre y la nación, entre el nacionalismo y la etnicidad, como principio general es un abuso identificar etnia y nación, pues la mayoría de los grupos étnicos del mundo no se sienten identificados como naciones ni reclaman la soberanía sobre un territorio, que es lo propio del nacionalismo.

Por otra parte, la mayoría de los Estados llamados nacionales están formados por grupos étnicos distintos, mientras que existen grupos étnicos repartidos entre varios Estados.

Así pues, no existe, de modo general, una correspondencia directa entre etnia y nación, y tampoco entre nación y Estado.



Beltza(1), que perteneció a la primera ETA, escribía en 1976:

Hay que diferenciar claramente el etnocentrismo del nacionalismo. La transformación del primero en el segundo es una revolución cualitativa mucho más amplia y profunda que la mera toma de conciencia de la propia existencia como grupo diferencial.

Entre estudiosos más recientes, Keating(2) señala que la etnicidad es una fuerza poderosa en la política contemporánea, y



si existe una conexión entre etnicidad y nacionalismo es, en el mejor de los casos, una relación fortuita e innecesaria, que puede aplicarse sólo a un tipo de política étnica y a un modo de construir naciones. Incluso cuando la etnicidad y el nacionalismo coinciden, no podemos buscar la explicación del segundo sencillamente en el primero.

Pero para los abertzales el nacionalismo es un sentimiento de pertenencia primigenio, espontáneo, que expresa los vínculos emocionales con la comunidad de origen, tenida como una gran familia (que, como veremos, puede ser adoptiva), y establece un lazo primordial y determinante en la identidad colectiva.

Según esta idea, el mundo está dividido en naciones, algunas representadas por un Estado propio, y como todos los individuos pertenecen a alguna nación son, en consecuencia, nacionalistas.

Krutwig(3), uno de los ideólogos más influyentes sobre la primera ETA, afirma que



todo el mundo es nacionalista en uno u otro sentido. Unos son nacionalistas del dominante y consideran que es una especie de ultraje querer separarse; otros son nacionalistas del dominado, y no quieren estar a las órdenes del dominador.

Para ETA, autoproclamada vanguardia de la nación vasca, su primer problema ha sido encontrarla: dotar de entidad a la nación imaginada y descubrir, tras el borroso perfil dejado por la dominación española, los vigorosos rasgos de su fisonomía descritos por la literatura nacionalista. Aunque, como advierte Gellner(4),

la presunción más desafortunada del ideólogo nacionalista es pensar que las “naciones” están ahí, como lo más natural del mundo, y que tan sólo están aguardando a que llegue el “príncipe azul” nacionalista que las arranque de su triste letargo (“despertar” es una de las expresiones e imágenes predilectas de los nacionalistas).

No es ese el caso del País Vasco, pues la nación que precisan los nacionalistas no aparece claramente delimitada por la raza, por la religión, por la lengua o por la posición social o económica, ni tampoco por el territorio; nada hay a fines del siglo XIX, cuando Arana formula su doctrina, y mucho menos en los años sesenta del siglo XX, cuando ETA aparece, que de forma tajante delimite una comunidad social, racial, religiosa o económica y la separe del resto, como sí ocurre en Irlanda del Norte, donde el antagonismo entre ingleses e irlandeses está fundado en la existencia de dos comunidades separadas por su credo religioso, su condición económica y su situación política; tan de espaldas están la una de la otra que hasta los matrimonios mixtos representan un problema. Pero, sobre todo, por la extendida conciencia entre la población irlandesa de que su pérdida de soberanía es consecuencia de una invasión inglesa, cuya fecha y circunstancias son bien conocidas. Lo que no ocurre en el caso vasco, ya que la (hasta hoy improbada) existencia de Euskadi como nación separada de España transcurre entre densas brumas(5).

Así, pues, hay que buscar la nación vasca imaginada en el interior de la sociedad vasca existente. Hay que hacerla –“construirla”– partiendo de la sociedad actual, separando, desbrozando, apartando a los buenos vascos de los vascos malos; a los auténticos vascos, que son los nacionalistas, de los malos vascos, que no lo son porque han sido contaminados por la perniciosa influencia de España y de Francia.

Esta operación de ingeniería social a gran escala podría provocar la resistencia de la ciudadanía, si ésta llegara sospechar que se trata de un proyecto de los que Ortega denomina cartesianos, en los que se pretende adaptar la realidad a los planes del intelecto. Pero si este plan de transformar la sociedad de modo brutal se presenta avalado por el noble propósito de devolver a un pueblo lo que es suyo y le ha sido arrebatado por la fuerza de las armas, entonces el proyecto se reviste de una legitimidad casi incuestionable, ya que se trata de reparar un viejo agravio, de corregir una secular injusticia y retornar a una situación precedente. Para ello, el relato histórico debe mostrar que tal pueblo ha existido, que ha sido despojado de su soberanía, su riqueza, su cultura y sus tradiciones por la fuerza y que siempre ha tratado de recuperarlas. Y es aquí donde el relato nacionalista se muestra muy oscuro al tener que combinar hechos probados –si bien interpretados de modo conveniente al fin buscado–, con grandes dosis de fantasía. En este contexto, en el discurso de ETA –una organización armada– cobra gran importancia la alusión a las guerras carlistas para presentarlas como un reciente e innegable elemento probatorio de la voracidad colonial de España y de la resistencia del pueblo vasco a tal dominación, aunque sea desvirtuando las razones de la causa carlista.

Atribuir al carlismo objetivos que le son ajenos permite a los teóricos de ETA utilizarlo con otros propósitos. Por un lado, trazar una tradición guerrera vasca, a la que ETA se adscribe, y por otro, al presentar las guerras carlistas como guerras anticoloniales, ofrecer una prueba –otra más en su falseada visión de la historia vasca– de un pueblo que existe desde hace siglos y que se resiste a ser dominado porque lucha de modo casi permanente.

La consecuencia que los ideólogos de ETA extraen de esta lectura es que el pueblo vasco existe porque lucha; ergo si quiere seguir existiendo tiene que seguir luchando. Para eso surge ETA, y cabe colegir que no desaparecerá hasta que no estén dadas las condiciones para que el pueblo vasco (o lo que ETA entienda como tal) pueda existir sin tener que luchar; es decir, sin dominación extranjera (española).

ETA da, pues, por bueno el relato sabiniano sobre la existencia de un pueblo milenario 7.000 años de antigüedad le atribuye Ibarretxe, y 10.000 años, Arzalluz, que debe pertenecer a una familia más antigua, que alimenta los mitos románticos del primer nacionalismo y al que los dirigentes del PNV no dejan de aludir en cuanto tienen ocasión, como lo hizo, de manera solemne y en fecha cercana, el lehendakari Ibarretxe:

Hace mil años no había estados ni naciones, pero sí existía Euskal Herría. Ahora conocemos estados, la Unión Europea y tantas fórmulas jurídicas, aunque no sabemos cómo serán los estados, cómo será España, Francia, Europa, el mundo entero dentro de mil años. Pero los vascos sabemos que hace mil años aquí estaba Euskal Herría, y que dentro de mil años aquí estará; y los vascos hablaremos euskera, está claro.

El euskera y la nación

No sabemos si dentro de mil años existirá un país independiente llamado Euskal Herria, lo que sí sabemos es que hace mil años no existía. Ni sabemos si dentro de mil años los vascos hablarán euskera. Lo que sí sabemos es que hace mil años no lo hablaban, por la sencilla razón de que como tal lengua no existía sino en múltiples variedades dialectales.

El euskera tal como hoy existe (el batua, unificado) es producto de un reciente proceso de adaptación, innovación, codificación y normalización absolutamente necesario para formar la sociedad homogénea que pretenden los nacionalistas, pues, según la lógica con que actúan, sin lengua común no hay nación, y si no hay nación no hay Estado nacional independiente, que es el fin perseguido.

Pero volvamos a Gellner (Ibíd., 82) porque es muy esclarecedor:



El nacionalismo suele conquistar en nombre de una supuesta cultura popular. Extrae su simbolismo de la existencia sana, inmaculada, esforzada del pueblo, del Volk, del narod. Cuando los que rigen a ese narod o Volk son representantes de una cultura desarrollada distinta, ajena, cuya opresión en un principio puede combatirse con una resurrección y afirmación culturales y, en última instancia, con una guerra de liberación nacional, hay cierta dosis de verdad en la presentación que de sí hace el nacionalismo.

Mas si éste prospera, elimina la cultura desarrollada extraña, pero no la reemplaza por la antigua cultura primaria local; resucita o inventa una cultura desarrollada local (alfabetizada, transmitida por especialistas) propia, que, no obstante, conserva algunos puntos de contacto con los primitivos modos de vida y dialectos populares locales.

Así, pues, detrás de la retórica frase de Ibarretxe no se encuentra el propósito de restaurar la lengua (pura y original) creada por Yavéh en Babel y traída por Túbal, nieto de Noé, a Euskadi, como afirma la mitología nacionalista, sino, superadas las versiones dialectales (impuras), está la intención de dotar al País Vasco de un idioma actualizado, unificado, normalizado, difundido a través del aparato escolar y supervisado por la Academia de la Lengua Vasca, para que sea funcional a las necesidades de una sociedad moderna y desarrollada como lo es el actual País Vasco, que el PNV desea conservar y gobernar, aunque utilice como banderín de enganche los símbolos de una comunidad arcaica ya desaparecida, de cuyo idílico perfil rural se han borrado todas las carencias e incomodidades.

Y de nuevo, Gellner (Ibíd., 69) vuelve a sernos de utilidad:

El nacionalismo, aunque se presente como el despertar de una fuerza antigua, oculta y aletargada, en realidad no lo es. Es consecuencia de una nueva forma de organización social basada en culturas desarrolladas profundamente interiorizadas y dependientes de la educación, cada una protegida por su respectivo estado.

El voluntarioso proyecto lingüístico nacionalista está inspirado en dos principios contrarios. Por un lado, el deseo de promover el uso de una lengua que separe a los hablantes de vascuence de los hablantes de castellano, pero por otro lado se trata de unificar las variedades dialectales del euskera para facilitar el trato entre los vascos de hoy, porque sin lengua compartida no hay comunidad lingüística ni, por tanto, nación. Es decir, gente reunida por su forma de vivir y trabajar que encuentra en la lengua el vehículo necesario para poder hacerlo.

Ahora bien, resulta que la forma de vivir, trabajar y producir en el País Vasco no ha sido un proceso autárquico, sino el resultado del desarrollo cultural, industrial y comercial compartido con no vascos, realizado dentro del territorio español y, en la etapa moderna, especialmente ligado a los flujos económicos producto de su acelerado desarrollo industrial, lo cual ha precisado el apoyo de una lengua común que permitiera tales intercambios.

El lehendakari Ibarretxe es consciente de esta ligazón, y en su famoso Plan, el Estatuto de la Comunidad Libre Asociada de Euskadi, mostraba claramente ese principio contradictorio, pues, por un lado postulaba una separación política y cultural respecto al Estado español, para preservar la identidad vasca, pero, por otro, no renunciaba a las ventajas de participar en la economía española como una comunidad autonómica más.

A Ibarretxe, pues, lo único que le interesa de España es el mercado; sin embargo cree que mediante un acto de la voluntad, como el que el relato bíblico atribuye a Yavéh en Babel, es posible separar el uso de las lenguas sin tener en cuenta la producción y el comercio. Es decir, se trata de imponer a toda la población el uso de una lengua que figura como elemento central en el programa político de un partido. Con ello, la lengua deja de ser un patrimonio personal, que los hablantes llevan consigo, para ser un atributo del territorio que los políticos nacionalistas administran. La lengua es, de esta manera, el instrumento que los nacionalistas utilizan para segregar a la nación (y para gobernarla de forma exclusiva después) a partir de una colectividad más amplia, que es toda la sociedad vasca. Estamos ante una voluntariosa reedición de Babel.

A este respecto, el lingüista Lodares(6) indica que



Babel no es, como creemos, el mito de la confusión de las lenguas. Es el mito de separación de la gente (…) El mito babélico está basado en una falsedad: la gente no se separa porque hable distintas lenguas, como dice el hagiógrafo bíblico, sino todo lo contrario, habla distintas lenguas porque se ha separado, como dicen la historia y la prehistoria lingüísticas con ejemplos bien conocidos. El aislamiento, el sedentarismo y la escasa comunicación son las bases de la diversidad lingüística; si la situación económica, política, material, en fin, pasara de aislante a comunicante, la diversidad lingüística sería menor porque no es algo natural en sí misma, sino producto de las relaciones materiales entre las personas.

Luego, cabe inferir que si la gente se aproxima, coopera, comercia y se emparenta, las lenguas tenderán a aproximarse, a mezclarse; a hacerse tan mestizas como las poblaciones que las hablan y las condiciones de vida que las envuelven.

Por el contrario, la diversidad de lenguas revela poco contacto, poco comercio, poca relación, incluso hostilidad. Este podría ser el caso de Nueva Guinea, que, desde el punto de vista lingüístico, es el país más diverso del mundo.

Según la UNESCO, Papúa-Nueva Guinea cuenta con 823 lenguas vivas, usadas por un total de 5,2 millones de hablantes (censo del año 2000), que en su inmensa mayoría (el 98%) residen en zonas rurales.

La orografía del país altas montañas, valles profundos, ríos turbulentos, selvas y zonas pantanosasmantiene a la población desperdigada, de tal modo que la lengua más importante sólo es hablada por 165.000 personas.

Desde el punto de vista lingüístico, Nueva Guinea es un país interesantísimo, pero desde el punto de vista de la modernidad y del desarrollo económico está entre los más atrasados, y parece que ambas cosas están relacionadas.



ETA y la lengua vasca

Para ETA, en cuya generación fundadora abundaron los lingüistas, el elemento esencial para definir al pueblo vasco es el euskera –el español y el francés son las lenguas del opresor, son lenguas al servicio del genocidio (Zutik nº 23), aunque en algunos de los primeros textos se alude también a la etnia vasca.

Krutwig, filólogo que descalifica al propio Arana por ignorante –decía burradas–, aparta a los abertzales de la raza como elemento distintivo de la nación y los orienta hacia la lengua como soporte básico de la identidad nacional, pues allí donde se habla una lengua diferente existe una mentalidad diferente. Pero esa reorientación haciendo de la lengua el rasgo distintivo de la identidad colectiva no aleja a los abertzales del nacionalismo étnico, que estima como primordial lo dado por la naturaleza, no lo debido a la elección de los individuos.

Desde bien pronto, la lengua vasca, el euskera, se convierte en el elemento clave para definir al pueblo vasco y en el vehículo esencial para acceder a él. Los Principios aprobados en la Iª Asamblea (mayo, 1962) dicen:



ETA exige para Euskadi la proclamación del euskera como única lengua nacional. Ella debe volver a ser la lengua de todos los vascos. Su primacía y carácter oficial dentro de Euskadi serán totales, sin perjuicio de la instauración de un régimen provisional trilingüe, habida cuenta la realidad lingüística del presente.

La importancia concedida a la lengua vasca es un punto de confrontación con los llamados españolistas, expulsados, en 1967, en la Vª Asamblea, que en uno de sus acuerdos dice:



La etnia vasca es una colectividad humana que ha desarrollado una serie de respuestas culturales específicas y diferenciadas en relación a las otras etnias. Como base de este sistema cultural está la lengua vasca, el euskera, útil de trabajo infraestructural de trascendental importancia. Cuando se desarrollan los factores objetivos de la etnia, ésta toma conciencia de sí misma y deviene en nación.

Razón por la cual sus ideólogos recuerdan con frecuencia su importancia, tal como se puede comprobar en esta cita, extraída de un comunicado (2-IX-1998) previo a la declaración de tregua:



El euskera es la expresión primera e indispensable del carácter vasco, la que da identidad y unidad a Euskal Herria. Sin Euskera no hay Euskal Herria (…) El euskera, además de ser expresión del carácter vasco, es también un elemento integrador del pueblo vasco, el modo más efectivo de ser y de sentirse históricamente parte del pueblo vasco a pesar de haber nacido fuera de él.

Sin embargo, en las opiniones de Krutwig y en los textos de ETA referidos a la lengua existe una contradicción latente que señala sus límites a la hora de utilizarla como criterio fiable para definir a la nación.

Frente a la raza, que, con un criterio muy restrictivo, define a los miembros de la nación vasca desde el momento en que nacen y configura una sociedad en la que el peso de las generaciones pasadas es determinante, el aprendizaje del vascuence expresa la voluntad de pertenecer al pueblo vasco en personas que carecen de tal ascendencia. Frente al criterio racial, el criterio de la delimitación lingüística permite aumentar el número de miembros de la nación vasca sin depender del crecimiento vegetativo de los euskaldunes, puesto que permite asimilar a la población foránea que lo desee. Y tanto ETA como HB han mantenido el criterio de que para ser vasco es suficiente con vivir y trabajar en Euskadi y sentirse vasco. Otegi confirma este modo de aumentar rápidamente el tamaño de la nación (y el número de abertzales) y añade:

No hay legislación en ningún país del mundo que sea tan flexible ni tan abierta para conseguir la nacionalidad.

Sin embargo, el trámite no es tan sencillo, ya que depende de la interpretación que se otorgue a la frase “sentirse vasco”.Y las advertencias aparecidas en viejas publicaciones de la organización armada sobre el excesivo número de inmigrantes y la más reciente elaboración del restrictivo censo vasco indican que esas condiciones sólo se pueden interpretar de una manera.

Desde el punto de vista de definir a la nación según el criterio de la lengua, la nación vasca la forman quienes hablan euskera y no la forman quienes hablan erdera; euskaldunes frente a elderdunes. Sin embargo, en la realidad las cosas son muy diferentes, pues ni con este criterio se logra configurar una sociedad euskalduna homogénea, ya que, por sí mismos, el criterio racial y el lingüístico no proporcionan el grado de homogeneidad perseguido por los nacionalistas, tanto por los moderados como por los extremistas, porque lo que de verdad pretenden es la adhesión ideológica de los ciudadanos a sus respectivos programas, que, aún siendo nacionalistas, compiten entre sí.

En esta circunstancia se revela esencial el papel de la lengua en la transmisión de la ideología, y el control sobre el uso del lenguaje alcanza una dimensión estratégica. Así, la enseñanza del euskera, del vascuence, no pretende sólo proporcionar un medio para que los seres humanos que viven en Euskadi se entiendan y establecer la base sobre la que serán socializados culturalmente, puesto que ya tienen una lengua común, sino servir de plataforma al proceso de adoctrinamiento político de la población, que comienza en la infancia y puede durar toda la vida, pues, lo que los nacionalistas denominan pensar y sentir en vasco es, realmente, aceptar, junto con el aprendizaje de la estructura básica de la lengua –la gramática–, el sentido de un determinado repertorio de términos fundamentales en el ideario político nacionalista. La intención es que el aprendizaje de la lengua, junto con el de la historia, predisponga a asumir el programa político nacionalista.

Así entendido, el aprendizaje del euskera es distinto del aprendizaje de otras lenguas, como el inglés o el francés, pues el conocimiento de éstas no implica adscripción ideológica, a lo sumo seducción cultural, pero no política. Aprender francés no le hace a uno partidario de Chirac o de Royal ni aprender italiano le convierte en devoto de Prodi o de Berlusconi.

El euskera ofrece una visión de Euskadi (y de España) en la historia y en el mundo desde el punto de vista del programa nacionalista, y proporciona las estructuras básicas de sentido que permiten interpretar los acontecimientos, especialmente los políticos, sin abandonar este esquema. De ahí proviene el interés del Gobierno vasco por difundir el uso del euskera y el de ETA por influir sobre los profesores y los programas de las ikastolas.

La defensa del euskera es, por tanto, un componente esencial en el programa abertzale y asimismo un factor que permite identificar a los enemigos (no se debe olvidar que ETA se considera en guerra con España), como recuerda en un comunicado de 1998:

Los enemigos del Euskera tienen nombre y apellidos. (...) En nuestro Pueblo no tiene cabida nadie que tenga por objetivo la desaparición de la lengua vasca. Los enemigos del euskera no tienen derecho a vivir en nuestro pueblo.

De este modo, para delimitar a la nación hemos pasado desde el ámbito de la naturaleza, al utilizar el criterio biológico de la etnia, por el cual los individuos pertenecen a la nación desde que nacen, hasta el ámbito de las convenciones y de la voluntad, como es la política, lo cual simplifica el problema, pues al despojar a la nación de todas las justificaciones aparentemente incuestionables y definirla con toda crudeza como el conjunto de individuos que se adscriben a un programa político, obliga a descender del reino de los mitos y a atenerse a criterios que permitan cuantificar. Y eso, en un régimen democrático, se decide con criterios contables: la nación vasca la forman quienes votan a los partidos nacionalistas. Así de claro.

La nación vasca es, entonces, la comunidad nacionalista, y los ciudadanos vascos que no son nacionalistas, o que no se sienten única o preferentemente vascos, quedan excluidos de la nación, por muy euskero parlantes que sean y aunque pertenezcan a familias vascas desde varias generaciones atrás.

Y en el deliberadamente oscuro discurso de ETA, en el que aparecen razones étnicas, cívicas e incluso pragmáticas, la nación ha dado paso al pueblo vasco, que es una agrupación humana de dimensiones variables, que unas veces se identifica con todos los vascos, otras sólo con los nacionalistas, otras con los trabajadores, otras con el llamado movimiento de liberación nacional vasco, otras con la izquierda abertzale y otras sólo con ETA, según convenga o según sea la disposición del ideólogo de turno para emplear unos u otros términos como si fueran sinónimos, porque la ventaja no está en la claridad ■



1 Beltza (seudónimo de Emilio López Adán) (1976): Nacionalismo vasco y clases sociales, San Sebastián, Txertoa, p. 20.

2 Keating, M. (1996): Naciones contra el Estado, Barcelona, Ariel, p. 15.

3“Federico Krutwig: la primera estrategia d’ETA”, entrevista de M. Urquijo en L’Avenç nº 191, abril, 1995, pp. 64-66.

4 Gellner, E. (1983): Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza, p. 69.

5 Hasta la fecha, Arnaldo Otegi no ha contestado a la pregunta ¿En qué fecha España invadió militarmente el País vasco?, que, en la Cámara vasca, le formuló un diputado socialista.

6 Lodares, J. R. (2002): Lengua y patria, Madrid, Taurus, p. 51.




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