Liberalismo y republicanismo en la obra de adam smith



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LIBERALISMO Y REPUBLICANISMO EN LA OBRA DE ADAM SMITH

Alejandra M. Salinas (ESEADE/UNTREF/UCA)



salinas@eseade.edu.ar

Mesa redonda: “Fragmentos para reflexionar sobre los aportes de Maquiavelo, Tocqueville, Stuart Mill y Adam Smith. Pensar el malestar, mostrar la innovación”



Trabajo preparado para su presentación en el XI Congreso Nacional y IV Congreso Internacional sobre Democracia, organizado por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Rosario, 8 al 11 de septiembre de 2014.


Versión preliminar, por favor no citar.

Resumen: ¿Puede Adam Smith, uno de los padres fundadores del liberalismo clásico, ser leído en clave republicana? Vida pública y privada, política y economía, virtud e interés, son algunos de los binomios que se analizan aquí al intentar responder esta pregunta. La hipótesis del trabajo es que el liberalismo político de Smith es compatible con algunos argumentos del republicanismo contemporáneo, si bien presenta otras nociones antitéticas con este último.
Introducción
En las últimas cuatro décadas se dio un resurgimiento del republicanismo en el campo de la filosofía política, postura que exalta el desarrollo de la virtud cívica de los ciudadanos, plasmada en una participación activa en los asuntos públicos; critica la inmersión de los ciudadanos en el mundo de las relaciones privadas y comerciales, condenando lo que describe como una reducción de los procesos sociales al mundo instrumental y privado de la economía, y defiende la acción de gobierno en la promoción de la participación cívica y en las condiciones materiales que la harían posible.

Así retratado, el discurso republicano contemporáneo se presenta como una crítica y una alternativa al pensamiento liberal clásico, cuya visión de la política se limita para ellos a defender una organización institucional y la administración de la defensa y la justicia, permaneciendo neutral respecto de las virtudes cívicas y los arreglos económicos y sociales que permiten a los ciudadanos participar en la vida pública. Autores republicanos contemporáneos como J. Pocock (1975), Q. Skinner (1998), M. Sandel (1996), P. Pettit (1999), H. Béjar (2000), F. Ovejero Lucas (2004) y R. Gargarella (2005) han enfatizado, en diferente grado, las diferencias y tensiones conceptuales entre liberalismo clásico y republicanismo, al igual que autores liberales contemporáneos (Brown, 2004; Gaus, 2003); mientras que otros admiten que es posible hallar cierta compatibilidad entre estas dos visiones (Giner; Dagger, 2004; Fuentes Laiño, 2009; Montes, 2009).1

Mi intención es sumar al diálogo entre liberalismo y republicanismo una voz que se remonta al momento fundacional en que la república moderna y la economía capitalista irrumpían casi simultáneamente en el escenario mundial, dos sistemas que si bien compartieron una ideología de origen –la libertad e igualdad individual-, también han compartido una trayectoria de tensiones e incluso de distanciamiento hasta el presente. Vida pública y privada, política y economía, virtud e interés, son algunos de los binomios que laten en los debates sobre la posibilidad o la dificultad de complementación entre ambos.

Este trabajo pretende comenzar una reflexión sobre el tema a partir de la lectura de Adam Smith, uno de los padres fundadores del liberalismo clásico, para evaluar si puede ser leído en clave amigable con el republicanismo. ¿Por qué retrotraernos a Smith? En primer lugar, porque gran parte del diálogo reciente se asienta en interpretaciones de autores clásicos.2 Al respecto escribe J. Migliore (2003) que “los debates se empobrecen al omitir toda referencia a las polémicas que les precedieran, pues una y otra vez se reactualizan las viejas grandes cuestiones”. Segundo, porque su enfoque es de interés para la mirada de la teoría política: según Smith las "disquisiciones políticas" aportan la mayor utilidad, y promueven el espíritu público (TSM,3 187). Tercero, su obra presenta renovada presencia en el análisis de la literatura académica especializada, a nivel global y también en América latina,4 y es de inspiración para los principales autores liberales clásicos contemporáneos.5

Sostengo que el liberalismo de Smith es compatible con algunos elementos del republicanismo, pero que defiende otras ideas antitéticas con éste. Entre los primeros, mencionaremos la igualdad natural de las personas en su dignidad y libertad; el elogio de hábitos y disposiciones favorables al espíritu cívico y marcial; la condena de algunos efectos indeseables de la división moderna del trabajo, el riesgo del conflicto faccioso y el abuso del poder y la consiguiente necesidad de prevenirlos y controlarlos.6 Entre las segundas, el pensador escocés acepta la desigualdad natural de talentos y fortunas, resalta la preeminencia de los derechos de propiedad, y el sistema de mercado libre sin interferencias del gobierno, mientras que los republicanos rechazan la desigualdad de talentos y fortunas, relativizan los derechos de propiedad, critican el espíritu y los resultados de los procesos económicos de mercado, y promueven la redistribución y regulaciones a través del gobierno para compensar o corregir esos resultados.

El trabajo intenta explorar algunos de los aspectos más salientes en la comparación entre el liberalismo de Smith y el republicanismo moderno. La estructura es la siguiente: primero abordo el pensamiento de Smith y ciertos aspectos que a mi juicio son importantes en la teoría republicana, seguidos de un análisis comparativo entre ambos y algunas breves conclusiones.


El liberalismo clásico de Adam Smith
Dado que no escribió un libro específico sobre el tema, el aporte de Smith a la filosofía política está principalmente distribuido a lo largo de sus libros sobre economía y moral, y en los apuntes póstumos de sus clases sobre Derecho. El espíritu que anima estas obras es la idea de la libertad y la igualdad natural de las personas, y un examen de los hábitos e instituciones que las protegen de la corrupción moral, el conflicto social y el abuso del poder político.

El profesor de Glasgow describió la evolución de las instituciones del gobierno moderno señalando en qué sentido mediante procesos evolutivos7 a partir de interacciones individuales emergían prácticas, normas e instituciones sociales que condujeron, por caminos y motivos diversos, a adoptar mecanismos de control y dispersión del poder político (como por ejemplo el sistema de jueces independientes del Ejecutivo y luego la institución del Poder Legislativo para control de los jueces8).

Smith entendió la república como una forma de gobierno al servicio de la protección del “sistema de libertad natural” (RN, 530, 687), aquel donde priman las libertades individuales - económicas, políticas, civiles- y donde el riesgo de las lesiones a la libertad exige adoptar una administración imparcial de justicia y un esquema institucional de separación del poder gubernamental (RN, 722-723). A tono con estos ideales, el pensador escocés vaticinó que la forma de gobierno republicana adoptada en América y cuya médula era la representación política y el control del poder político probablemente se convirtiera en “la más formidable que haya existido en el mundo” (RN, 623).

El sistema de libertad natural que Smith describe y promueve consiste en una serie de procesos e intercambios personales y voluntarios en sociedad, que posibilitan el desarrollo de las fuerzas individuales y al mismo tiempo, pero sin proponérselo, promueven el interés público (RN, 456). Con miras a estos objetivos, Smith insiste en que la tendencia natural a la cooperación social presenta ventajas en términos de los beneficios surgidos de la especialización y división del trabajo económico, de la canalización de nuestra natural sociabilidad9 -expresada, por ejemplo, en la simpatía y gusto por la conversación con otros (RN, 219)-, y de la agradable vida en una sociedad de personas que actúan con mutua civilidad y educación (TSM, 205).10

Para Smith, el progreso económico basado en la especialización del trabajo propiciado por el sistema de libre mercado produce mayor riqueza que otros sistemas económicos (por caso, el mercantilismo), y crea oportunidades para la movilidad social al posibilitar a todas las personas ahorrar e invertir el fruto de su trabajo y mejorar su condición futura (RN, 540). La vida económica así retratada no está desconectada de la moral ni de la vida social, por la simple y evidente razón (para Smith) de que la naturaleza humana nos lleva a preocuparnos no sólo por la propia preservación y prosperidad material, sino también por aquellas cuestiones morales personales y las que atañen a la situación de los allegados y connacionales, e incluso -aunque en un grado menor - a la situación de personas y países extranjeros (TSM, 9,134).11 Más aún, esa conciencia moral - en la metáfora de un “espectador imparcial”- nos dice que todas las personas poseen igual dignidad, que somos sólo "uno en la multitud, en ningún aspecto mejores que los otros, y que cuando nos preferimos vergonzosa y ciegamente a nosotros mismos antes que a otros nos convertimos en objetos propio de resentimiento, odio y condena" (TSM, 137).

Así, nuestra inclinación hacia los otros siempre acompaña nuestro afán por cuidar del interés propio. Esa inclinación se manifiesta en la empatía, la generosidad y la compasión - lo que Smith denomina “afectos benevolentes”- y devienen en normas morales que facilitan y ordenan las relaciones interpersonales.

Los párrafos precedentes nos permiten inferir que el sistema de libertad natural que Smith fundamenta y defiende no puede entenderse sin considerar en conjunto el interés propio material y las cualidades morales que sustentan la vida social, así como los arreglos políticos que los posibilitan y que abordaremos a continuación.
Cómo proteger el sistema de libertad natural
Como veremos en este apartado, para Smith el rol de todo gobierno es crear y mantener las condiciones necesarias para el eficaz funcionamiento de una sociedad libre, garantizando los derechos y libertades de las personas. Las funciones propias del gobierno son proveer a la seguridad de los ciudadanos frente a peligros externos e internos, y la administración imparcial de justicia (TSM, 81; RN25). También existen funciones adicionales como la obra pública, el financiamiento parcial en la provisión de la educación primaria, la promoción de la beneficencia privada, y la regulación de ciertas actividades comerciales, entre otras. Por razones de espacio no podemos ocuparnos de todos aquí y nos limitaremos principalmente a la función de proveer seguridad y justicia.

En cuanto a la seguridad contra los ataques externos (defensa), Smith señala que hay dos formas de organizar a un Estado contra los peligros internos y externos: mediante milicias y mediante ejércitos permanentes. El rol de los ejércitos permanentes en tiempos de paz es suprimir y castigar las revueltas contra el gobierno civil. A su vez, para evitar que los ejércitos permanentes se conviertan en un peligro para la libertad, es conveniente que los civiles participen en el ejército (RN, 707), y que existan milicias para actuar en el caso que los ejércitos amenacen la institucionalidad civil (LJ, 544). Smith prefiere los ejércitos permanentes a las milicias con dos argumentos, uno económico y uno histórico. El argumento económico destaca las ventajas de la división del trabajo, ya que debido a la complejidad del arte de la guerra, al entrenar y luchar con frecuencia los ejércitos permanentes son mejores (RN, 697). El argumento histórico demuestra que los ejércitos permanentes has sido más eficaces que las milicias (RN, 701).12

La opinión de Smith sobre ejércitos y milicias resulta relevante a los fines de este trabajo, pues atañen de lleno al carácter de la virtud cívica y el patriotismo. Smith advierte que el problema moderno es que el lujo y las ocupaciones comerciales inducen a las personas a evitar servir en la guerra (lo que, podríamos decir, es la máxima acción patriota). Para Smith, el lujo seduce y debilita el espíritu marcial que debe poseer todo ciudadano, mientras que - para usar una expresión económica - las ocupaciones comerciales elevan el “costo de oportunidad”, ya que el tiempo empleado en la contienda es tiempo quitado al trabajo lucrativo. Por estos motivos, afirma Smith, la mayoría de quienes se enlistan en el ejército para ir a una guerra son personas disolutas no atraídas por el lujo, el honor o el comercio, y por lo tanto requieren ser disciplinadas en la obediencia a sus oficiales superiores y en el temor al castigo (LJ, 265).

Las ideas que anteceden muestran que el coraje militar no puede esperarse de la conducta de la mayoría de los soldados de un ejército permanente. Son pocos quienes están dispuestos a dar la vida por el país, y por ello merecen el mayor aplauso y admiración (TSM, 228). Más aún, afirma, el espíritu heroico es tan excepcional que es admirado aún cuando la causa que lo inspira sea injusta (TMS, 264). En contraste, las acciones bélicas valientes de la mayoría se deben al miedo al castigo, y no al honor o al amor a la patria (LJ, 543). Esta distinción presenta una tensión con la idea igualitaria de virtud en el republicanismo, como veremos más adelante.

En cuanto a la justicia, ésta constituye para Smith "el pilar principal que sostiene todo el edificio social" (TSM, 82). La justicia está compuesta por sólo tres reglas: el respeto de la vida, de la propiedad y de los derechos personales que emanan de lo prometido por otros (TMS, 84). Smith insiste que la justicia consiste en el “deseo de dar a cada uno la posesión segura y pacífica de su propiedad” (LJ, 5, 343). Reconocer la propiedad ajena implica en primer lugar no dañarla; así, las reglas de justicia pueden ser cumplidas sólo por “estar sentados sin hacer nada” (TSM, 82). De esta disposición para respetar la justicia emerge de modo evolutivo el gobierno, con la función de defender y asegurar la propiedad (RN, 715; LJ, 208). Así, el gobierno debe cuidar, en la medida de lo posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia o la opresión de todos los demás miembros de la misma, y una administración judicial imparcial y un poder judicial independiente son el arreglo institucional más propicio para cumplir con ese objetivo (RN, 654, 722-723).

El pensamiento político de Smith limita la esfera de acción del gobierno a la protección de la esfera privada, cuyo centro es la propiedad, y establece los criterios de justicia a respetar en las interacciones sociales que se desarrollan tanto dentro de cada esfera como entre ellas, respecto de lo que no debe hacerse con la propiedad ajena. 13

Ahora bien, todo arreglo de gobierno presupone, de modo explícito o implícito, ideas acerca de la naturaleza de las acciones, motivaciones y objetivos que impulsan y guían las relaciones individuales y grupales en una sociedad. ¿Cuáles son para Smith las cualidades de carácter, positivas y negativas, asociadas con esas acciones, motivaciones y objetivos? Nos ocuparemos de esto a continuación.
Acciones, motivaciones y cualidades individuales
A los fines de nuestro análisis agruparemos los argumentos de Smith sobre las acciones, motivaciones y objetivos que impulsan y guían las relaciones entre individuos, en tres esferas de acción: privada, social y política.

La esfera privada se relaciona con el impulso de las personas de mejorar la condición propia y de su familia, principalmente en el plano económico, mediante el trabajo y el intercambio comercial. El interés propio mueve a las personas a trabajar con la ilusión de progresar material y personalmente (TSM, 9; RN 454,456; LJ, 539).

La esfera social comprende las relaciones donde las personas se vinculan mediante sentimientos de empatía para agradar, ser respetados, acompañados y hasta admirados por su conducta. Aquellas conductas apropiadas y prósperas atraen la aprobación de los otros; aquello que nos concierne directamente (familia, amigos, patria) importa más que lo que es distante; aquello que gratifica y da placer también atrae más que lo que causa aversión y tristeza (TSM, 67-71).

La esfera política se relaciona con las funciones del gobierno y con las motivaciones para participar en política. Para Smith, los hombres desean participar en la administración de los asuntos públicos porque los hace importantes (RN, 622): en un sistema de gobierno libre, los líderes compiten entre sí, y de los ataques mutuos a la importancia de cada uno surgen las facciones y ambiciones. Puede decirse que la contracara de una activa vida política es que afecta los negocios particulares al desviar la energía individual lejos de la atención a éstos; sin embargo, nuestro autor encuentra que ello no es necesariamente así. En Holanda, por ejemplo, los ricos participan o influyen en el gobierno porque los hace importantes, y desean hacerlo a pesar de que eso les representa menores ganancias materiales (RN, 906). En este sentido la motivación política es más fuerte que la económica, aunque sólo para ricos.

Las cualidades asociadas a las motivaciones y objetivos propios de cada esfera son diferentes pero interrelacionadas. En la esfera económica, Smith observa que la prudencia, cautela y reserva guían el deseo natural de las personas de los “órdenes inferiores” por mejorar su condición material, y que en una sociedad comercial los impulsa a una constante laboriosidad, acompañada de paciencia, resolución, fortaleza, moderación, frugalidad, puntualidad, prudencia y honestidad (TSM, 55-56, 166, 215, 304; LJ, 539). Estas personas son las que, merced a su trabajo, ocupan los puestos más altos de gobierno, mientras las personas de “alto rango” los miran con envidia y desprecio pues son incapaces de realizar tamaño esfuerzo (TSM, 55-56).

En la esfera social, las cualidades para que el orden social funcione con armonía se encuentran en el respeto de las cualidades morales básicas como el dominio de si mismo y la benevolencia. La magnanimidad, el humanitarismo y la generosidad son las virtudes que elevan estas cualidades hacia ámbitos virtuosos, inalcanzables para la la mayoría, que se limita a hacer lo esperado y apropiado (TSM, 25-26). Ha de señalarse aquí que, al igual que en el caso de las cualidades militares, Smith también distingue entre una mayoría que se comporta correctamente, y una minoría virtuosa que lo hace admirablemente. Volveremos sobre esta distinción mas adelante.

En la esfera política se presentan dos cualidades asociadas con el “amor por nuestro país”, el respeto a la ley y el interés por el bien público. En tiempo de paz, dice Smith, ambos tienden a coincidir, pero en tiempos de desorden civil pueden entrar en tensión y requiere del “máximo esfuerzo de sabiduría política” evaluar qué preferir (una ley que no promueve el bienestar, o el bienestar que exige reformar la ley) (TSM, 231-232). En tiempos de contienda es cuando más se despliega el espíritu público, y la resolución del conflicto es la oportunidad para que “la más grande y noble de las personalidades, la del reformador y legislador de un gran Estado” asegure la tranquilidad y felicidad de su país “por varias generaciones” (TSM, 232). Como correlato del gran estadista tenemos lo que podemos denominar el gran patriota, aquel ciudadano que en la lucha da la vida por su país; ya mencionamos que Smith reconoce que son pocos quienes poseen esta virtud militar y por ello merecen el mayor aplauso y admiración.

Pero en las motivaciones y acciones humanas también se observan cualidades negativas y efectos no deseados. En la esfera privada, los efectos individuales y sociales no deseados de la vida económica moderna para los trabajadores se manifiestan en el debilitamiento del intelecto y del espíritu ciudadano y marcial, ya que la mente del trabajador se reduce a la repetición de algunas funciones y a sólo pensar cómo obtener y mantener la riqueza (RN, 697,786; LJ, 539-541). El problema que se presenta frente a este retrato es doble: por un lado, si las personas no “elevan su mente”, se vuelven incapaces de pensar con lucidez, conversar racionalmente y de concebir sentimientos nobles. En contraste, mentes educadas y elevadas pueden evaluar y juzgar mejor y es menos probable que sucumban frente a la superstición, al desorden y la manipulación política (RN, 788). Peor aún que esto es perder el espíritu marcial y ser "incapaces de defender a su propio país en una guerra” (RN, 782). Con relación al elogio del espíritu marcial, Smith llega al extremo de afirmar que: “Ninguna personalidad es tan condenable como la del cobarde” (TSM, 244), y que la persona cobarde “carece de una de las partes más esenciales del hombre…”, que se encuentra “mutilado y deformado en su mente…”, y es más miserable que una persona lisiada pues “la felicidad y la miseria residen en la mente” (RN, 787). Nuevamente, la cualidad del coraje cobra relevancia en el esquema de Smith, pero esta vez para ser amenazada por los efectos de la vida laboral moderna.

Dicha amenaza también está presente en la esfera social. Smith critica la corrupción moral que promueve la vida comercial al exagerar la admiración por los ricos y poderosos y despreciar a los pobres y relegados, y consecuentemente intentar imitar y acercarse a los primeros a cualquier precio, e ignorar o alejarse de la suerte de los segundos (TSM, 61–66). En esa carrera hacia el éxito económico, la sociedad comercial provoca ambición, obsecuencia, e indiferencia y el debilitamiento de las cualidades intelectuales, sociales y marciales.

En la esfera política, Smith critica el espíritu “furioso” de las facciones hostiles dentro de una sociedad que al entablar la lucha tienden a “contagiar” a la mayoría de uno u otro lado, frente a lo cual sólo muy pocos “preservan su juicio” (TSM, 155). El espíritu faccioso y sedicioso logra convencer a las mentes débiles (RN, 788). Las facciones y el fanatismo, concluye Smith, son los más grandes corruptores de los sentimientos morales (TSM, 156, mi cursiva).

No menos dura es la crítica que Smith hace de la arrogancia intelectual del “hombre de sistema”, el funcionario público que cree conocer cómo ordenar la sociedad para satisfacer los intereses y necesidades de la gente. Enamorado de su propio e inflexible plan de gobierno - afirma nuestro autor- el hombre de sistema es reticente a apartarse de él a pesar de la incapacidad inherente de alcanzar el objetivo buscado, ya que la sociedad no es un tablero de ajedrez donde las piezas son manejadas desde arriba, sino un conjunto de personas con movilidad propia (TSM, 233-234).

Por último, Smith critica los monopolios y privilegios otorgados por el gobierno a las corporaciones de mercaderes y empresarios, privilegios que afectan al resto de la sociedad y depositan la carga impositiva sobre sus espaldas con altos impuestos y regulaciones tediosas (que además alientan al contrabando y crean desempleo) (RN, 826-827). Al analizar las trabas legales al libre comercio Smith concluye con resignación que: “Los prejuicios del público, y lo que es más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente a él’’ (RN, 471).

Pero a pesar de los prejuicios e intereses, de la ignorancia, la cobardía y la equivocada admiración por los ricos, en el balance evaluativo de la sociedad comercial moderna Smith piensa que los beneficios son mayores que en otros sistemas de organización social y que es posible contrarrestar los aspectos negativos de la sociedad comercial. Por eso elogia una serie de cualidades que deben cultivarse como son la prudencia, para aminorar la ansiedad; la magnanimidad contra la vanidad del éxito, y la beneficencia hacia los otros (Hanley, 2009). Smith propone además una educación primaria obligatoria para fortalecer la autonomía mental de los obreros, para inculcar decencia y orden, para no dejarse llevar por el espíritu faccioso y sedicioso, y para evitar juzgar a los gobernantes de manera apresurada (RN, 784-786). Nótese que no es una educación para la productividad, como podría esperarse del autor de La riqueza de las naciones, sino una educación para contrarrestar los efectos indeseables que el afán productivo acarrea, y para promover la paz social al evitar el éxito del comportamiento faccioso.

De modo implícito, es este último, el comportamiento faccioso, el que revela los grandes defectos políticos que Smith critica y entre los cuales se destacan la inclinación a la lucha facciosa por un afán de admiración, la pretensión del funcionario público de dirigir la economía con miras a un plan central (que termina produciendo efectos contrarios a los buscados), el otorgamiento de favores y privilegios a grupos especiales cercanos al gobierno en detrimento del libre comercio (RN, 582), y el abuso del poder político en general.

¿Cómo cuadran entonces estas ideas de Smith con el republicanismo moderno?
La teoría republicana
Como veremos en este apartado, varios exponentes del republicanismo contemporáneo rescatan una participación activa de todos los ciudadanos en los asuntos públicos; la promoción social y política de la virtud cívica; la idea de libertad como no dominación y su correlato en la idea de un poder político, social y económico no concentrado; un sentido compartido de virtud cívica, y la redistribución política de recursos al servicio de estos valores. Si bien existe una pluralidad de posiciones respecto de otros temas, los neo-republicanos comparten la crítica el espíritu y los resultados de los procesos económicos de mercado, y confían en el gobierno para compensar o corregir esos resultados (Sandel (1996), Pettit (1999), Béjar (2000), Ovejero Lucas (2004) y Gargarella).

Cabe aclarar que el republicanismo es un conjunto de teorías con diferente grado de radicalidad respecto de esta crítica compartida al liberalismo. Algunos de sus autores piensan en fórmulas políticas del tipo todo o nada (Béjar, 2000), y descreen de una posible compatibilidad al afirmar, por ejemplo, que quienes intentan conciliar liberalismo y republicanismo postulan una “tibia sociabilidad interesada” de (Béjar, 2000:156), o que “el liberalismo bloquea la capacidad de los individuos para organizarse colectivamente y controlar la vida pública” (Gargarella 2005:179). Otros autores expresan ideas más compatibles con el lenguaje de Smith, como S. Giner al escribir que “el republicanismo sólo puede realizarse en el marco de los derechos liberales”.

P. Pettit (1999) es un referente ya clásico de las ideas republicanas. Para él, la libertad consiste en resistir el poder, entendido como la dominación de algunas personas con capacidad para interferir con otras personas de forma arbitraria (la dominación proviene de factores externos como la riqueza, la información, la fuerza física, la tecnología, etc.). Dominar es poseer la capacidad para poder interferir con los otros de modo arbitrario (incluso si nunca se lo hará).14 Por lo tanto, para evitar la posibilidad de dominación sería necesario aprobar leyes para neutralizar y regular a los poderosos y ampliar las libertades de los dominados.

En otras palabras, la idea de no dominación es compatible con la intervención jurídica estatal (que es no arbitraria, pues se asienta en la ley); en cambio el poder económico o social es arbitrario, ya que en este campo las interferencias de unas personas sobre otras estarían “guiadas por interés o por interpretaciones no compartidas” (por ejemplo, interferencias de empleadores con los empleados, o de los hombres con las mujeres). Por ello, infiere Pettit, hay que reducir la capacidad de algunas personas para interferir en las vidas de otras mediante un arreglo constitucional adecuado que busque y logre promover la no dominación.15

El argumento de Pettit reposa en la premisa de que la competencia de mercado constituye una interferencia arbitraria de la libertad individual, pero que la intervención estatal no lo es (Gaus, 2003: 68-69). Esta premisa choca con la idea liberal clásica de Smith de que el peligro para la libertad proviene del abuso del poder político y no del mercado.16

Para los republicanos la economía moderna alimenta ilimitadamente la ambición de las personas, se trata de “una búsqueda vergonzosa de la riqueza” (Pettit, 1997:226); que inevitablemente “corrompe” (Pocock, 534; Béjar, 191-195). Hasta aquí concuerdan con el retrato que hace Smith de los efectos de la vida comercial moderna, si bien no con las motivaciones que guían a las personas a embarcarse en esa vida: Smith no halla “vergonzoso” buscar la riqueza, si bien advierte que es engañoso pensar que la riqueza trae virtud o felicidad.

Donde los republicanos y Smith discrepan más claramente quizás sea en la predicción de cuál sea el grupo más propicio para lograr concentrar el poder: mientras Smith está pensando en los políticos, los republicanos piensan en los grupos económicos y sociales. Por ello reclaman la intervención política en la redistribución de fortunas y situaciones desiguales para corregir posibles situaciones de dominación de estos grupos sobre otros (Pettit, 1997; Béjar, 171; Giner).

Una tercera diferencia de opinión entre los republicanos y Smith también emerge de sus respectivas visiones sobre la posibilidad de lo que podríamos llamar el “igualitarismo en la virtud”. Por un lado, el republicanismo considera que la mayoría de la gente puede adquirir suficiente virtud cívica como para dedicar una vida activa a lo político (Pocock, 471; Bèjar, 199-200, Skinner), y que la misma virtud también se espera de las elite: “Para el republicanismo sólo gobernantes virtuosos estarán dispuestos a someterse al mismo imperio de la ley que los gobernados. Y sólo ciudadanos virtuosos estarán dispuestos a someterse al imperio de la ley y a elegir virtuosos como gobernantes” (Schweinheim, 2007). Nuevamente, no hay suspicacia ni dudas respecto de la capacidad de las élites políticas para cumplir con ese rol, aunque si la hay y en gran medida respecto de las elites sociales y económicas (Pettit, 1997:202). Por otro lado, Smith advertía que la virtud queda reservada para unos pocos, y que la mayoría de las personas se comporta sólo de modo correcto y apropiado.

Avanzaremos sobre estos y otros contrastes en el próximo apartado.
Análisis comparativo
¿Cuáles son, entonces, los puntos de comparación y contraste entre Smith y el republicanismo? En el plano de la defensa, si según Smith en el servicio militar los altos mandos están motivados por el honor y el coraje y los soldados rasos por el miedo, no hay entonces igualdad en la virtud militar. Por otro lado, dada la posibilidad de la movilidad social en Smith, cualquiera podría llegar a formar parte de los cuadros superiores. De modo que puede inferirse que la carrera militar está abierta a todos, pero son pocos los que poseen las virtudes para triunfar con honor y valentía. Así, el tema de la virtud militar resulta útil a los fines de la comparación entre Smith y los republicamos porque introduce una desigualdad en la virtud que resulta cara a estos últimos.

En el plano socioeconómico, a diferencia de Smith, quien confía en la capacidad de la sociedad para compensar los defectos comerciales mediante la educación escolar y moral para los republicanos los efectos no deseados del capitalismo - corrupción comercial y desigualdad- no pueden ser corregidos socialmente, sino sólo controlados y regulados por el gobierno. No hay desconfianza ni temor de que el abuso del poder político traicione este objetivo, dada la fe republicana en la virtud como base del control del poder.17 Se presenta aquí una diferencia sustantiva entre el liberalismo y el republicanismo, ya que mientras éste descree del potencial auto-correctivo de las instituciones de una sociedad comercial, aquél descree del protagonismo de la virtud cívica en la construcción del orden republicano. Smith no comparte con el republicanismo la idea de una ciudadanía en la cual el amor a la virtud cívica puede compensar o anular los defectos de la sociedad comercial: los hábitos y cualidades requeridos surgen, antes bien, en las interacciones sociales donde se cultivan simpatías independientes del plano cívico, simpatías que se expresan frecuentemente por miedo a la desaprobación social.

Por otro lado, si bien Smith reconoce y alaba la presencia de la virtud cívica en aquellos miembros de la clase dirigente que muestran cualidades extraordinarias de liderazgo y heroísmo, también es consciente de que tales personas son pocas, y que muchos de quienes intervienen activamente en política lo hacen por afán de admiración o gloria. Smith critica a quienes se embarcan en la carrera política por ambición y se convierten en “siervos nobles de una corte”. Cree que la búsqueda de la admiración política provoca la ruina de muchos que entran en el “círculo de la ambición” y luego no logran salir. Esta cautela contrasta con la gran confianza que el republicanismo deposita en los políticos y funcionarios de gobierno para cumplir con sus tareas en aras del bien cívico.18

En resumen, la obra de Smith parece refutar la tesis republicana de que el liberalismo se desentiende de las virtudes sociales y cívicas y se refugia en la utilidad material y la vida económica. De hecho, no sólo las cualidades sociales y cívicas son de gran interés para Smith, sino que su defensa de las mismas no es en absoluto utilitarista: las normas morales no son el resultado de los designios racionales y cálculos estratégicos propios de los agentes económicos, sino más bien el resultado de la interacción humana guiada por sentimientos benevolentes y consideraciones sobre el bienestar ajeno.


Conclusiones
En la obra de Smith la economía libre y la administración imparcial de justicia son los dos pilares que permiten una vida social próspera y ordenada. Tanto el mercado como el gobierno se sostienen con valores como la civilidad, el respeto mutuo, el interés en el bienestar de los demás y la honestidad, que cristalizan en normas morales y sociales a través de procesos evolutivos. Así, Smith combina su interés por las instituciones de mercado y gobierno, por un lado, con la atención a la importancia de las cualidades que las sostienen. En el plano político, esas cualidades incluyen la capacidad de detectar y cuestionar el desorden y el engaño introducido por las facciones civiles, y de luchar contra las facciones militares que atenten contra el orden institucional. Se observa de este modo una compatibilidad entre las cualidades privadas y las cualidades cívicas de los ciudadanos: quien es prudente, persistente, honesto y firme en las primeras, puede adquirir la inteligencia y el coraje requerido por las segundas mediante la educación y el hábito.

Como conclusión puede decirse que Smith nos ayuda a entender que el retrato de un liberalismo político ajeno a las cualidades personales favorables a la vida social es inadecuado. Pareciera que dicho retrato es utilizado con ligereza para evitar adentrarse en una reflexión más profunda sobre en qué medida la combinación de las disposiciones privadas y cívicas son mejor atendidas en un sistema liberal clásico que en sistemas alternativos como el defendido por los republicanos.

En este sentido, encuentro que la de Smith es una visión más realista que la de varios republicanos modernos respecto de las virtudes y defectos del sistema capitalista, y también más cauta respecto de la capacidad de los gobernantes para comportarse de modo virtuoso y poder corregir las fallas sociales. Dicho esto, hemos señalado ideas comunes a Smith y a sus interlocutores republicanos como la importancia de las cualidades cívicas, los beneficios de una sociedad con espíritu público y la advertencia contra la concentración de cualquier poder que lesione los derechos y libertades individuales. Las ideas de Smith y del republicanismo simpatizan en torno de estos elementos, si bien, como Smith mismo advierte, la naturaleza de la simpatía suele ser limitada, tanto en intensidad como en extensión.


Bibliografía
Béjar, Helena, 2000, El corazón de la república. Avatares de la virtud política, Madrid: Paidós.

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1 Fuentes Laíño habla de una ciudadanía virtuosa y activa donde se desdibujen las dicotomías privado/público, vida buena/justicia, moral/derecho, sociedad civil/Estado, y concluye: “Las virtudes democráticas, entre ellas, la participación política, resultan compatibles con los valores de la autonomía y del pluralismo…” (2009:193-194). Cfr. G. Schweinheim; “pareciera posible una confluencia posible entre los neo-populistas y el republicanismo igualitario, deliberativo y participativo” (2007), y Ovejero Lucas (2004) que asocia “instituciones democráticas, igualdad material y virtud cívica” (mi cursiva). También V. Brown: “El lenguaje de los derechos y de los mercados parece estar incómodo al lado del lenguaje de la virtud y la corrupción” (101-102, en Montes, 2009). Para un Smith compatible con “aspectos cruciales del humanismo cívico” ver Montes (2009).

2 Por ejemplo, Béjar (2000), analiza a Maquiavelo, Ferguson y Jefferson, y Gargarella (2005) a pensadores siglo XVII y XVIII.

3 De aquí en más las referencias son a las ediciones en inglés de la sexta edición de La teoría de los sentimientos morales (Smith, 1982, orig. 1790); Una indagación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (Smith, 1981, orig.1776) y sus conferencias sobre Derecho (Smith, 1982, orig. 1762-3, 1766). Usaremos las siglas TSM, RN y LJ, respectivamente. Todas las traducciones de estos y otros textos en inglés son mías.

4 En América Latina ver, por caso, la compilación de trabajos sobre Smith en la revista Estudios Públicos, Santiago de Chile (Primavera, 2006) y los artículos publicados en la Revista de Instituciones, Ideas y Mercados, Buenos Aires (Octubre, 2012).

5 R. Nozick (1974) presenta a Smith como el principal formulador de la tradición liberal que ofrece explicaciones de mano invisible. Ver también los ensayos de F. Hayek (1986) y de J. Buchanan y G. Brennan (2001) sobre la influencia de Smith en el pensamiento liberal actual.

6 Ver J. Otteson (2006) y S. Fleischacker (2013) para un retrato conciso si bien completo del pensamiento de Smith.

7 Sobre el carácter evolutivo de la justicia en Smith ver Evensky (2005). Algunos autores piensan que su tono evolucionista hace de Smith un sociólogo antes que un moralista teórico (Den Uyl, 2010). Cfr. S. Fleischacker (2013), para una lectura normativa de Smith.

8 Ver la organización del Poder Judicial en RN, 722-723. Sobre el poder legislativo como control de los jueces: LJB, 434. F. Serra, 2001, ofrece un análisis de este tema.

9 Para Smith no podemos vivir fuera de la sociedad, necesitamos de los otros; fuimos creados para agradar y tenemos aversión a las ofensas (TSM, 85,116). H. Béjar reconoce la sociabilidad natural en los moralistas escoceses aunque luego afirma, de manera algo inconsistente, que para el liberalismo “necesitar a otros es signo de carencia” (Béjar, 2000:85, 199). La idea de un aislamiento liberal también se expresa con metáforas de muros o bloqueos (Gargarella, 2005:179). En el caso de Smith, encuentro más atinado hablar de caminos y puentes que comunican grupos y asociaciones de individuos entre sí.

10 Smith habla de la felicidad y seguridad general que prevalecen en épocas donde priman sentimientos y costumbres de civilidad y hospitalidad, aunque critica la “fría” civilidad que surge sólo por deber (TSM, 163, 205, 222). Sobre este tema: "La civilidad es "una disposición de respeto hacia las personas al reconocer que poseen igualdad moral y que merecen nuestra preocupación, y una disposición de restricción en lo que respecta a la imposición de nuestros propios valores sobre los otros, o a la exigencia de que el Estado imponga concepciones morales más específicas que las necesarias para un gobierno liberal bajo la ley" (Jacobs, 2012: 44-45).

11 Smith habla del “amor a la humanidad” que nos llama a promover el bienestar de las naciones vecinas (TSM, 229) y condena la “lamentable ley de la esclavitud” (RN, 587) y “el robo” y “cruel destrucción” de los indígenas “inocentes” e “indefensos” (RN, 561,568, 588). Más aún, su sensibilidad social queda de manifiesto en la idea de que “una persona humanitaria desearía que no hubiera riqueza ni libertad si ellas se sustentan en la esclavitud”. Con pesar, Smith infería que, dado el afán de dominación y de tiranía humana, la esclavitud nunca sería abolida (LJ, 185-187).

12 Para un análisis más exhaustivo sobre este tema ver Montes (2009).

13 W. Galston opina que “derechos de propiedad fuertes y fuertes derechos de privacidad producen liberalismo clásico”. En contraste, escribe el autor, derechos fuertes de propiedad junto a una privacidad débil producen conservadurismo; derechos de propiedad y de privacidad débiles producen progresismo, y derechos de propiedad débiles combinados con fuertes derechos de privacidad, liberalismo contemporáneo (Galston, 2007:292). Esta clasificación resulta útil para nuestra comparación, donde el republicanismo se encuadraría en la tercera opción.

14 Al igual que Pettit, Skinner distingue entre un liberalismo que teme a la coerción (estatal) y el republicanismo que también teme a la dependencia social o económica (no estatal) (1998:84-85).

15 Nótese que Pettit habla de protección constitucional y no de instituciones participativas para prevenir interferencias arbitrarias (1999:54). Ello implica que, si las decisiones de una mayoría pueden interferir con las libertades, es mejor no aumentar las oportunidades de participación popular.

16 Modernamente la idea de Smith es reformulada, por ejemplo, en G. Pincione (2011): “La protección constitucional del derecho de propiedad y del libre comercio es mejor que la intervención estatal para proteger a las personas de la dominación, porque la dispersión del poder económico y la libre entrada en los mercados impiden estructurar la dominación de unas personas sobre otras”.

17 Sobre las diferentes formas de participación en teorías políticas comparadas ver Salinas (2007).

18 Con algunas excepciones, como por ejemplo la de Q. Skinner, para quien además de liberar de la explotación y dependencia de unas personas sobre otras, el Estado debe prevenir que los funcionarios se comporten arbitrariamente (Skinner, 1998: 119).



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