Libro sexto



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LIBRO SEXTO.

La Civilización Occidental.


CAPÍTULO PRIMERO.
LOS ESLAVOS.   DOMINAC1ÓN DE ALGUNOS PUEBLOS ARIOS PREGERMÁNICOS.
Desde el siglo IV hasta el año 50 antes de Jesucristo, las partes del mundo que se consideraban como exclusivamente civilizadas, y que nos han hecho compartir esta opinión, es decir, los países de sangre y de costumbres helénicas los países de sangre y de costumbres italosemíticas, no tuvieron sino escasos contactos aparentes con las naciones establecidas más allá de los Alpes. Hubiese podido creerse que las únicas entre ellas que habían amenazado seriamente el Sur, los Galos, se habían sumido en las entrañas de la Tierra. Escaso ruido de lo que acontecía entre ellas se difundía entre sus vecinos. Para considerarlos vivientes y aun muy vivientes, era necesario hallarse, como los Masaliotas, involuntariamente sometidos a los contragolpes de sus discordias, o, como Posidonio, haber viajado por aquellas regiones que algo benévolamente fueron pobladas antaño de terrores más fantásticos que reales.

Las invasiones célticas no volvieron a producirse. Su río devastador, que antiguamente había dado origen a la fundación de los Estados gálatas, se había secado. Los descendientes de Sigoveso mostraron un talante tan modesto que, luego de haberse trasladado pacíficamente a la Alta Italia algunas bandas de ellos, con la intención de cultivar las tierras allí vacantes, se retiraron a una simple orden del Senado, tras de haber visto desechar las súplicas más humildes.

Ese reposo que los Galos no osaban ya turbar en los otros pueblos, no lo gozaban en el suyo. El período de trescientos años que precedió a la conquista de César fue para ellos una época de dolor. Practicaron, conocieron a fondo las fases más miserables de la decadencia política. Aristocracia, teocracia, realeza hereditaria o electiva, tiranía, democracia, demagogia, gustaron de todo, y todo fue transitorio 1. Sus agitaciones no llegaban a producir buenos frutos. La razón de ello es que la generalidad de, las naciones célticas habían llegado a aquel grado le mezcla y por consiguiente de confusión, que no permite ya ningún progreso nacional. Habían rebasado el punto culminante de sus perfeccionamientos naturales y posibles; no podían en lo futuro sino descender. Son esas, sin embargo, las masas que sirven de base a nuestra sociedad moderna, asociadas para este menester a otras multitudes, no menos considerables, que son los Eslavos o Wendos.

Éstos, en la época de que se trata, se hallaban todavía más deprimidos, en la mayoría de sus naciones, y lo estaban desde hacía mucho más tiempo. Por la posición topográfica que ocupaban y, ocupan todavía sus principales ramas, son evidentemente los últimos de todos los grandes pueblos blancos que, en el Alta Asia, cedieron bajo los esfuerzos de las hordas finesas, y sobre todo aquellos que estuvieron más constantemente en contacto directo con ellas 1. Sea dicho esto, abstracción hecha de algunas de sus bandas, arrastradas en los torbellinos viajeros de los Celtas, o incluso precediéndolos, tales como los Iberos, los Rasenos, los Vénetos de los diferentes países de Europa y de Asia. Pero, por lo que respecta al grueso de sus tribus, expulsadas de la patria primitiva posteriormente a la partida de los Galos, no encontraron ya dónde establecerse fuera de las partes del Nordeste de nuestro continente, y allí no ha cesado nunca para ellas la degradante vecindad de la especie amarilla. Cuanto mayor era el número de familias absorbidas, tanto más dispuestas se sentían a concertar nuevos enlaces de igual carácter. Sus caracteres físicos son fáciles de descifrar: helos aquí, tales como los describe Schaffarik: cabeza aproximándose a la forma cuadrada, más ancha que larga, frente aplastada, nariz corta con tendencia a la concavidad; los ojos horizontales, pero hundidos y pequeños; cejas delgadas cercanas al ojo en el ángulo interno, y a partir de ahí ascendentes. Rasgo general, escasez de pelo 2

Las aptitudes morales concordaban, y no han cesado de ser siempre así, con sus características externas. Todas sus tendencias principales conducen a la mediocridad, al amor al reposo y a la calma, al culto del bien, estar poco exigente, casi del todo material, y a las disposiciones más comúnmentes pacíficas. Del mismo modo que el genio del Camita, mestizo de negro y de blanco, sacó de las vehementes aspiraciones del negro la sublimidad de las artes plásticas, así también el genio del Wendo, híbrido de blanco y de finés, transformó el gusto del hombre amarillo por los goces positivos, en espíritu industrial, agrícola y comercial. Las naciones más antiguas formadas por esa mezcla se convirtieron en nidos de especuladores, menos ardientes sin duda, menos vehementes, menos activamente rapaces, menos inteligentes en general que los Cananeos, pero tan laboriosos y ricos como ellos, aunque de una manera menos ostensible.

En una época muy remota, una afluencia enorme de mercaderías procedentes de los países ocupados por los Eslavos atrajo hacia el mar Negro a numerosas colonias semíticas y griegas. El ámbar recogido en las orillas del Báltico, y que hemos visto figurar en el comercio de los pueblos galos, pasaba también al de las naciones wendas. Ambas se lo transmitían una a otra, lo conducían hasta la desembocadura del Borístenes (hoy, Niéper) y demás ríos del país. Ese precioso producto difundía así el bienestar entre los diferentes factores, haciendo llegar hasta ellos una parte de los tesoros metálicos y de los objetos fabricados del Asia Interior. A ese tránsito se unían otras ramas de especulación no menos importantes, la del trigo, por ejemplo, que, cultivado en gran escala en las regiones de la Escitia y hasta latitudes imposibles de precisar, llegaba, por medio de una navegación fluvial organizada y explotada por los indígenas hasta las factorías extranjeras del Euxino. Vemos pues, que los Eslavos no merecían tampoco, como los Celtas, el dictado de bárbaros.

No son tampoco unos pueblos que quepa tener por civilizados, en el elevado sentido de la palabra. Su inteligencia se hallaba demasiado obscurecida por el grado de mezcla a que habían llegado, y, lejos de haber desarrollado los instintos nativos de la especie blanca, los había, por el contrario, embotado o perdido en gran parte. Así, su religión y el naturalismo en que se inspiraba habían descendido a un nivel más bajo que entre los Galos. El druidismo de éstos, que no era seguramente una doctrina exenta de las influencias corruptoras de la alianza finesa, resultaba sin embargo menos impregnado de ellas que la teología de los Eslavos. Es en ésta donde aparecían las ideas más groseramente supersticiosas; la creencia en la licantropía, por ejemplo. También de ellos surgían hechiceros de todas las especies imaginables.

Aquella supersticiosa contemplación de la naturaleza, que no era menos absorbente para el espíritu de los Eslavos septentrionales que para el de sus padres, los Rasenos de Italia, ocupaba muy ancho lugar en el conjunto de sus ideas. Los numerosos monumentos por ellos dejados, aun revelando cierto grado de habilidad y sobre todo un genio paciente y laborioso, no valen o que se encuentra en tierras célticas, y el sello de su inferioridad lo constituye el hecho de que no hayan podido nunca influir de una manera dominante sobre las otras familias. La vida de conquista les ha sido siempre desconocida. Ni siquiera han sabido crear para ellos un Estado político verdaderamente fuerte.

Cuando, entre esa raza prolífica, la tribu resultaba algo populosa, se escindía. Hallando excesivamente penoso para su dosis de vigor intelectual, el gobierno de excesivas cabezas reunidas y la administración de demasiados intereses, se apresuraba a alejar de su seno a una o varias comunidades sobre las cuales no pretendía conservar sino una especie de autoridad material, dejándolas por lo demás en plena libertad para gobernarse a su antojo. Las disposiciones políticas del Wendo, esencialmente esporádicas, no le permitían comprender, y menos aun ejercer, el gobierno necesariamente complicado de un Imperio vasto y compacto. Vivir como ciudadano de un burgo lo más modesto posible, era su ideal. Las orgullosas concepciones de dominación, de influencia, de acción exterior, no encontraban allí, sin duda, ambiente adecuado; el Eslavo no las conocía. El acrecentamiento de su bienestar directo y personal, la protección de su trabajo, la asistencia en sus necesidades físicas, los cuidados de su familia a los que solícitamente atendía aquel ser amable y afectuoso, aun que frío, todo eso lo tenía asegurado por su régimen municipal, con una facilidad, una libertad, una profusión que nunca   hay que confesarlo - podría brindárselo un estado social más perfeccionado. Se mostraba, pues, apegado a ello, y la moderación de esos gustos tan humildes debía valerle, por lo menos, el homenaje de los moralistas, al paso que los políticos, más difíciles de contentar, consideran que los resultados de ello fueron deplorables. El antiguo gobierno de la raza blanca, tan naturalmente dispuesto a favorecer todas las manifestaciones de independencia, así las más peligrosas como las más útiles, se dejó enervar fácilmente ante tanta blandura. Se quería que fuese cada vez más débil e indeciso; se prestó a ello. Los magistrados, padres ficticios de la comuna, continuaron no debiendo sino a la elección una autoridad temporal, estrechamente limitada por el concurso incesante de una Asamblea soberana compuesta de todos los cabezas de familia. Es bien evidente que aquellas aristocracias rurales mercantiles componían las repúblicas menos expuestas a las usurpaciones del poder que nunca haya llevado a cabo la especie blanca; pero eran al mismo tiempo las más débiles, las más incapaces de resistir a los disturbios interiores como a la agresión extranjera.

No carece de verosimilitud el que los numerosos inconvenientes de aquel aislamiento tan mezquino hiciesen a veces desear, a los mismos que gozaban de sus beneficios, un cambio de situación resultante de la conquista de un pueblo más hábil. Esta calamidad, en medio del daño que necesariamente entraña, debía aportarles de una manera no menos segura numerosas ventajas susceptibles de cautivarlos y de hacerles cerrar, hasta cierto punto, los ojos sobre la pérdida de su independencia. Cabe incluir en ese número el acrecentamiento de beneficios materiales, consecuencia fácil de un aumento de población y de territorio. Una comuna aislada posee pocos recursos; dos reunidas los poseen mayores. La desaparición de barreras políticas demasiado cercanas facilita las relaciones entre países fronterizos; incluso, las crea a menudo. Los víveres y productos circulan con mayor abundancia, llegan incluso más lejos, ventajas se acumulan, y el instinto comercial maravillado, seducido, captado, renunciando a sus prejuicios contra las competencias para abandonarse por entero al goce de la posesión de un mercado más vasto, reniega de un exceso para lanzarse a otro, y se convierte en el apóstol más ardiente de esa fraternidad universal que unos sentimientos algo más nobles, unas opiniones más clarividentes rechazan por no considerarla sino como una organización en común de todos los vicios y el origen de todas las servidumbres.

Pero los conquistadores de los Eslavos en las épocas primitivas no se hallaban en condiciones de extremar el sistema de las aglomeraciones. Sus grupos eran numéricamente poco considerables y demasiado desprovistos de medios intelectuales o materiales para cometer tan gigantescos errores. Ni siquiera se los imaginaban, y sus súbditos, que sin duda hubieran aceptado las peores consecuencias de ello, podían aún, harto razonablemente, felicitarse de la extensión dada a sus trabajos económicos.

Después, bajo la ley de un vencedor que dispensaba tales beneficios, su existencia menos libre estaba, en definitiva, menos garantizada. Mientras el aislamiento nacional lo había expuesto, casi sin defensa, a todas las agresiones del exterior, su Constitución, bajo soberanos vigorosos, los substraía a aquel género de azotes, y los invasores tropezaban en lo futuro, al intentar sus pillajes y despojos, con el arco y la espada de un dominador vigilante. Por muchas razones, pues, los Wendos se sentían inclinados a tomar con paciencia la sujeción política, del mismo modo que ignoraran y rechazaran los medios de escapar a ella. Y, por lo demás, esa sujeción que no sentían ni el orgullo ni la valentía de odiar, el tiempo se encargaba, como siempre, de suavizarla. A medida que una larga convivencia establecía entre los extranjeros y sus humildes tributarios inevitables alianzas, se producía el acercamiento de los espíritus. Las relaciones mutuas perdían su primitiva aspereza; la protección se hacía sentir mejor, y el mando bastante menos. En verdad, los conquistadores, víctimas de ese juego, se convertían gradualmente en Eslavos, y, debilitándose a su vez, a su vez también sufrían la dominación extranjera, que no sabían ya apartar ni de sus súbditos ni de sí mismos. Pero los mismos móviles, al proseguir incesantemente su acción con una regularidad muy análoga a los movimientos del péndulo, originaban constantemente efectos idénticos, y las razas wendas, arianizadas hasta el grado mediocre en que pudieron serlo, no han aprendido nunca sino de una manera imperfecta la necesidad y el arte de organizar un gobierno que fuese a la vez nacional y más complejo que el de una municipalidad. Nunca han podido substraerse a la necesidad de soportar un poder extraño a su raza. Muy lejos de haber desempeñado en el mundo antiguo un papel soberano, esas familias, las más antiguamente degeneradas de los grupos blancos de Europa, no han tenido nunca siquiera, en las épocas históricas, un papel visible, y todo lo que puede hacer la erudición más sagaz es mostrar sus masas, por lo demás tan numerosas, tan prolíficas, detrás de los puñados de afortunados aventureros que los rigen durante los períodos más antiguos. En una palabra, por efecto de los enlaces amarillos desmesurados de los cuales se derivó para ellas esa situación eternamente pasiva, estuvieron mucho menos dotadas, moralmente hablando, que los Celtas, quienes por lo menos, aparte de largos siglos de independencia y de autonomía, tuvieron algunos momentos muy cortos, es cierto, pero muy señalados, de preponderancia y de esplendor.

La situación subordinada de los Eslavos, en la Historia, no debe, sin embargo, ofuscarnos sobre su carácter. Cuando un pueblo cae en poder de otro pueblo, los narradores de sus infortunios no sienten generalmente ningún escrúpulo de declarar que uno es valiente y el otro no lo es. Cuando una nación, o más bien una raza, se consagra exclusivamente a las labores de la paz, mientras otra, depredadora y siempre armada, convierte la guerra en su profesión única, los mismos jueces proclaman resueltamente que la primera es cobarde y débil, la segunda viril. Son éstas unas sentencias dadas a la ligera, y que falsean y desvirtúan todas las consecuencias que de ellas se saca.

El campesino de la región del Beauce 1, con su aversión por el servicio militar y su amor por el arado, no es ciertamente el vástago de una familia heroica, sino que es, con toda seguridad, más realmente bravo que el Árabe guerrero de los alrededores del Jordán. Fácilmente se le obligará o, mejor dicho, se obligará a sí mismo, en caso de necesidad, a realizar acciones de una intrepidez admirable para defender sus hogares, y, una vez alistado, su bandera no afrontará sino el peligro más insignificante, y este pequeño peligro lo rehuirá aún sin sonrojarse, repitiendo para su adagio favorito del guerrero asiático: «Batirse, no es hacerse matar). Sin embargo, ese hombre circunspecto ha hecho profesión casi exclusiva de empuñar el fusil. En su opinión, es esa la única tarea que conviene a un hombre, lo cual no impide, desde hace siglos, que se vea subyugado por cualquiera que lo desee.

Todos los pueblos son bravos, en el sentido de que todos son capaces, bajo una dirección adecuada a sus instintos, de afrontar ciertos peligros y de exponerse a la muerte. El coraje, considerado en sus efectos, no es el carácter particular de ninguna raza. Existe en todas las partes del mundo, y es error el considerarlo como la consecuencia de la energía, y más aún el confundirlo con la energía misma: de ella difiere esencialmente.

No es que la energía no lo produzca también, y de una manera bien manifiesta. Esa facultad dista de poseer una única manera de manifestarse. En consecuencia, si todas las razas son bravas, no todas son enérgicas, y, fundamentalmente, no hay sino la especie blanca capaz de serlo. No se encuentra sino en ella el nervio de esa firmeza de voluntad, producida por la seguridad del juicio. Una naturaleza enérgica quiere con intensidad, por la razón de que ha descubierto intensamente el punto de vista más ventajoso o más necesario. En las artes de la paz, su virtud se manifiesta tan naturalmente como en las fatigas de una existencia belicosa. Si las razas blancas, hecho indiscutible, son más seriamente bravas que las otras familias, no es en modo alguno porque hagan menos caso de la existencia, sino, al contrario porque, igualmente obstinadas cuando aguardan del trabajo intelectual o material un resultado precioso que cuando pretenden derribar las murallas de una ciudad, se muestran sobre todo prácticamente inteligentes y perciben más distintamente su objetivo. Su bravura proviene de eso y no de la sobreexcitación de los órganos nerviosos, como entre los pueblos que no han poseído o han dejado perder ese mérito distintivo.

Los Eslavos, demasiado mezclados, se encontraban en este último caso. En él se encuentran todavía, y en mayor grado quizá que antaño. Cuando era preciso, desplegaban mucho valor guerrero; pero su inteligencia, debilitada por las influencias Finesas, no se movía sino dentro de un círculo de ideas demasiado estrecho, que no les mostraba harto a menudo ni harto claramente las grandes necesidades que se imponen a la vida de las naciones ilustres. Cuando el combate era inevitable, avanzaban, pero sin entusiasmo, sin otro deseo que el de retirarse mucho menos del peligro que de las fatigas, infructuosas a sus ojos, de que está erizada la lucha guerrera. A todo se avenían para acabar con ella, y retornaban jubilosos a las labores del campo, al comercio, a las ocupaciones domésticas. Todas sus predilecciones se concentraban en eso.

Esta raza, así formada, no poseyó pues su isonomía sino de una manera muy oscura, puesto que esa isonomía no se ejerció sino en centros demasiado pequeños para ser todavía visibles a través de las tinieblas de los tiempos, y no es sino por su asociación con sus conquistadores mejor dotados como logró percibirlo y juzgar sus cualidades y defectos. Demasiado débil y demasiado amable para provocar largos estallidos de cólera entre los individuos que lo invadían, su facilidad en aceptar el papel secundario en los nuevos Estados fundados por la conquista, su natural laborioso que la hacía tan útil para explotar como fácil de gobernar, todas esas humildes facultades le permitían conservar la propiedad del suelo, haciéndole perder las funciones más elevadas. Los más feroces agresores rechazaban muy pronto la idea de asolar el país, ya que nada de bueno les hubiese reportado. Después de haber enviado algunos millares de cautivos a los remotos mercados de Grecia, de Asia, de las colonias italiotas, sobrevenía un momento en que la sumisión de sus vencidos desarmaba su furia. Se apiadaban de aquel trabajador apacible que oponía tan poca resistencia, y le dejaban que cultivase sus campos. Muy pronto la fecundidad del Eslavo llenaba los vacíos de la población. El antiguo habitante se hallaba más sólidamente establecido que nunca en el suelo a él confiado, por poco que sus soberanos supiesen conservar los frutos de la victoria, iba ganando terreno con ellos, ya que llevaba la obediencia hasta el extremo de mostrarse intrépido en provecho propio cuando se le dictaba esa virtud.

Así, indisolublemente ligados a la tierra de donde nada podía arrancarlos, los Eslavos llenaban en el Oriente de Europa la misma misión de influencia muda y latente, pero irresistible, que llenaban en Asia las masas semíticas. Como estas últimas, formaban el pantano estancado en el cual se sumergían, tras unas horas de triunfo, todas las superioridades étnicas. Inmóvil como la muerte, activo como ella, ese pantano devoraba dentro de sus aguas dormidas los principios más ardientes y generosos, sin experimentar otra modificación que la de una relativa elevación del fondo, aunque para acabar finalmente en una corrupción general más complicada.

Esta gran fracción mestiza de la familia humana, tan prolífica, tan paciente ante la adversidad, tan obstinada en su amor utilitario del suelo, tan atenta a todos los medios de conquistarlo materialmente, había tendido desde buen comienzo la red viviente de sus millares de pequeñas comunas en una extensión, enorme del país. Dos mil años antes de Jesucristo, las tribus wendas cultivaban las regiones del Bajo Danubio y las riberas septentrionales del mar Negro, cubriendo, según cabe juzgarlo, en competencia con las hordas Finesas, todo el interior de Polonia y de Rusia. Ahora que las hemos reconocido en la verdadera naturaleza de sus aptitudes y de su tarea histórica, dejémoslas entregadas a sus humildes trabajos, y consideremos a sus diversos conquistadores.

En el primer rango conviene colocar a los Celtas. En la época muy antigua en que esos pueblos ocupaban la Táurida y hacían la guerra a los Asirios, e incluso en la época de Darío, poseían súbditos Eslavos en aquellas regiones. Más tarde, los tuvieron igualmente en los Cárpatos y en Polonia y probablemente en las regiones regadas por el Oder. Cuando, procedentes de la Galia, llevaron a cabo la gran expedición que condujo a las bandas tectosagas hasta el Asia, sembraron todo el valle del Danubio y los países de los Travios y de los Ilirios de numerosos grupos nobles que pertenecieron al frente de las tribus wendas, hasta que nuevos invasores vinieron a su vez a someterlos, junto con ellas. En varias ocasiones y hasta el final del siglo III antes de Jesucristo, los Kinris habían ejercido una presión victoriosa sobre tales o cuales naciones Eslavas.

Sin embargo, si hay que nombrarlas en primer lugar, es sobre todo porque las razones de vecindad multiplicaron las incursiones de detalle. No fueron ni los más poderosos, ni los más destacados, ni quizá siquiera los más antiguos de los dominadores que los Eslavos vieron abundar entre ellos. Esta supremacía corresponde sobre todo a diferentes naciones muy célebres que, bajo nombres diversos, pertenecen todas a la raza aria. Fueron esas naciones las que operaron con mayor fuerza y autoridad en las regiones pónticas, y hasta muy lejos hacia el extremo Norte. De ellas especialmente se ocupan los anales, y sobre ellas debe concentrarse aquí la atención por motivos todavía más graves.



508 El hecho de que, pese a las mezclas que determinaron sucesivamente la caída y la desaparición de la mayoría de ellas, esas naciones perteneciesen originariamente a la fracción más noble de la especie blanca, justificaría ya el mayor interés; pero un motivo tan grande resulta aun fortalecido por la circunstancia de que es de su seno, del seno de sus multitudes, y de las más puras y poderosas, de donde se desprendieron los grupos de los cuales surgieron las naciones germánicas. Así reconocidas en su estrecha intimidad original con el principio generador de la sociedad moderna, aparecen como más importantes para nosotros, y como más simpáticas, en el sentido general de la Historia, que puedan serlo incluso los grupos de análoga familia, fundadores o restauadores de las otras civilizaciones del mundo.

Los primeros de esos pueblos que hayan penetrado en Europa, en épocas extremadamente oscuras, y cuando grupos de Fineses, quizá incluso de Celtas y de Eslavos, ocupaban ya algunas regiones del Norte de Grecia, parecen haber sido los Ilirios y los Tracios. Esas razas sufrieron necesariamente las mezclas más considerables; por lo mismo su preponderancia dejó menos vestigios. No interesa hablar de ellas aquí sino para mostrar la extensión aproximada de la expansión más remota de los Arios extrahindúes y extrairanios. Hacia el Oeste, los Ilirios y algunos Tracios ocupaban entonces los valles y llanuras, desde la Hélade hasta el Danubio, y, avanzando hasta Italia, se habían establecido sobre todo intensamente en las vertientes septentrionales del Hemo 1.

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