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Rudyard Kipling

Kim

Capítulo I

¡Oh vosotros, los que seguís la Senda Estrecha,

guiados por el resplandor de Tophet al juicio Final,

sed condescendientes cuando los gentiles

rezan a Buda en Kamakura!



Buda en Kamakura

A pesar de las órdenes municipales, Kim estaba sentado a horcajadas 1 sobre Zam-Zammah, el viejo cañón que se alza sobre una plataforma de ladrillo enfrente de la Ajaib-Gher (la Casa Maravillosa, como llaman los indígenas al Museo de Lahore) (1). Quien posea a Zam-Zammah, ese «dragón que vomita fuego», posee todo el Panjab (2), porque el gran cañón de bronce verdoso es siempre lo primero que figura en el botín del conquistador.

A Kim no le faltaba algo de razón -acababa de desalojar de allí a puntapiés al chiquillo de Lala Dinanath- porque era in­glés, y los ingleses son dueños del Panjab. Aunque su color era tan oscuro como el de cualquier indígena, aunque hablaba ge­neralmente el idioma del país, y el inglés con leve sonsonete recortado, y aunque se asociaba con los pilletes del bazar en términos de la más perfecta igualdad, Kim era un niño blanco, si bien de la clase más miserable. La mestiza que lo cuidaba (fumaba opio y tenía una tienda de muebles usados en la plaza donde tienen su parada los coches de alquiler más baratos) les dijo a los misioneros que era hermana de la madre de Kim; ésta había sido niñera de la familia de un coronel y se casó con Kimball O’Hara, joven sargento del regimiento irlandés de los Mavericks (3), que fue después empleado en los ferrocarriles de Sind, Panjab y Delhi Y su regimiento regresó a Inglaterra sin él. La madre de Kim murió de cólera en Ferozepore (4), y O’Hara se volvió un borracho holgazán, que recorría la línea con aquel niño, de ojos penetrantes, entonces de unos tres años de edad. Asociaciones benéficas y capellanes desearon hacerse cargo del niño, pero O’Hara los despachó a todos, hasta que tropezó con la mujer que fumaba opio (6), aprendió ese vicio y murió como los blancos pobres mueren en la India.

Al morir, toda su fortuna se reducía a tres papeles: uno, al cual llamaba ne varietut 2, porque tenía estas palabras escritas encima de su firma; otro era el «certificado de liberación», y el tercero la partida de nacimiento de Kim. En sus gloriosas horas de opio acostumbraba a decir que esos papeles harían un hombre del pequeño Kimball. En modo alguno debía Kim des­prenderse de ellos, pues los consideraba mágicos -de esa magia que practican los hombres en la gran Jadoo-Gher, blanca y azul, que se alza detrás del museo; la Casa Mágica, como llamamos nosotros a la Logia Masónica (7).



1 a horcajadas: montar echando una pierna a cada lado de un caballo -aquí, del cañón.

2 ne varietur: «que no se cambie». Se refiere al nombre de la persona que firma el certificado de enrolamiento en el ejército.

(1) Lahore es la capital del Panjab, junto al río Ravi. Hoy es ciudad de Pakistán. Fue la antigua capital del imperio musulmán en la india.. En el museo de la ciudad trabajó el padre de Kipling. El cañón fue el botín de una guerra contra los afganos en 1761.

(2) El Panjab es un territorio llano al pie del Himalaya, cruzado por cinco ríos. En 1947 se partió en dos: tres cuartas partes del país son hoy pakistaníes, y la otra india. En total es como media España.

(3) Nombre inventado para el regimiento.

(4) Sind es hoy provincia de Pakistán, lindante con la India. Delhi es desde 1912 la capital de la India. Los británicos la ocuparon en 1803.

(5) Es ciudad panjabí de la India actual.

(6) El opio es una droga -un narcótico, o sea que produce sopor o adormeci­miento de los sentidos- que se extrae de la adormidera. Uno de sus alcaloides es la morfina: «El opio es comida, tabaco y medicina para los asiáticos ex­tenuados» (cap. XI).

(7) Los masones constituyen una asociación secreta, se reconocen por signas y emblemas, se agrupan en logias -locales en donde celebran asambleas- y profesan principios filantrópicos y de fraternidad mutua. Algunas logias prac­tican ritos secretos y la magia, de ahí la alusión de Kipling. El «certificado de liberación» más arriba aludido es un documento en el que se constata de qué logia masónica procede un miembro de ésta que se desplaza a otro lugar. El padre de Kim, dada la proverbial fraternidad entre los masones, sabe con seguridad que ese documento lo ayudará en el futuro, como efectivamente ocurre cuando se encuentra con los clérigos y el coronel Creighton.

Su padre aseguraba que llegaría un día en que, arreglándose todo, el cuerno de Kim sería elevado entre pilares -enormes pilares (8)- de fuerza y belleza. El coronel mismo, cabalgando al frente del regimiento más hermoso del mundo, esperaría a Kim -al pequeño Kim, que tendría más suerte que su padre-. No­vecientos demonios de primera clase que adoraban a un Toro Rojo sobre un campo verde, acogerían a Kim, si no se habían olvidado de O’Hara -del pobre O’Hara, que fue jefe de pelotón en la línea de Ferozepore-. Y se echaba a llorar amargamente, sentado en una silla rota de anea 3 que había en el porche.

Después de su muerte, la mujer cosió los tres papeles dentro de una bolsa de cuero de las que se emplean para guardar amuletos, y con una cinta la colgó del cuello de Kim.

- Y algún día -le dijo, recordando confusamente las pro­fecías de O’Hara-, te esperará un Toro Rojo en un campo verde, y el coronel montado en un magnífico caballo, sí, y -añadió pasando a hablar inglés- novecientos demonios (9).

3 anea: planta con hojas que se emplean para asientos de sillas.

(8) El cuerno es un símbolo de poder, y los pilares, un símbolo masón que tiene su origen en las columnas empleadas en el templo de Salomón en Jerusalén.

(9) Los soldados del regimiento, que tiene por estandarte un toro rojo sobre campo verde.

- ¡Ah! -dijo Kim-, no se me olvidará. Llegará un Toro Rojo y un coronel a caballo; pero decía mi padre que primero ven­drían dos hombres para preparar el terreno. Mi padre afirmaba que siempre que los hombres hacen magia proceden así.

Si la mujer hubiese enviado a Kim con aquellos papeles a la Jadoo-Gher local, seguramente hubiera sido recogido por la Logia Provincial y trasladado al Orfanato Masónico de la Montaña; pero lo que había oído hablar de magia le hizo recelar. Además, Kim tenía sus propios puntos de vista. Conforme al­canzaba el uso de razón, aprendió a esquivar a los misioneros y a los hombres blancos de aspecto serio, que le preguntaban quién era y qué hacía. Porque Kim, con un éxito enorme, no hacía nada. Es verdad que conocía palmo a palmo la maravillosa ciudad amurallada de Lahore, desde la Puerta de Delhi hasta el foso exterior de la Fortaleza; que era uña y carne con per­sonas que llevaban una vida tan extraña que ni el mismo Harun al Raschid (10) la hubiera soñado jamás; que vivía una vida libre y salvaje como en los cuentos de Las mil y una noches; pero los misioneros y los secretarios de las sociedades caritativas no podían comprender estas bellezas.

Se le conocía en todos los barrios con el mote de «Amigo de todo el Mundo» (11); y con frecuencia, como era flexible e insignificante, llevaba recados misteriosos durante la noche a las azoteas llenas de mujeres por encargo de elegantes jóvenes, presumidos y melosos. Se trataba de relaciones ilícitas, como es natural, y Kim lo sabía, pues conocía la maldad desde que empezó a hablar. Pero lo que más le gustaba era jugar por jugar: la ronda furtiva a través de callejuelas y oscuros pasadizos; el trepar por las cañerías hasta las terrazas para contemplar y oír a las mujeres, y la huida de terrado en terrado bajo la cálida oscuridad de la noche. Y, sobre todo, los santones: faquires` untados de ceniza -sentados al lado de sus capillas de ladrillo, en la margen del río, bajo la sombra de los árboles-, con quienes tenía gran familiaridad y a los que saludaba cuando regresaban de pedir limosna, y aun comía con ellos en el mismo plato si nadie los veía.

(10). Fue un califa muerto en el siglo VIII, héroe de algunos cuentos de Las mil y una noches en la fastuosa Bagdad.

(11). Es un epíteto que Kim lleva, igual que los héroes épicos, motivado, pero que al confrontarse con su destino o elección conflictiva designará en el futuro la magia de una infancia aún no problemática.

(12). Un faquir es un santón mahometano -o hindú, como aquí- que vive de la limosna y de la mendicidad.

La mujer que lo cuidaba le suplicaba, entre lágrimas, que llevara ropa europea (pantalones, camisa y un sombrero roto), pero Kim encontraba más cómodo, sobre todo cuando estaba metido en ciertos asuntos, usar la indumentaria hindú o la tú­nica mahometana. Uno de los jóvenes elegantes -aquel que fue encontrado muerto en el fondo de un pozo la noche del terre­moto- le dio una vez un equipo completo de niño hindú, propio para un pillete de la más baja casta, y Kim lo guardaba secre­tamente entre las vigas del almacén de maderas de Nila Ram, situado más allá del Tribunal Supremo de Panjab, y en donde los fragantes troncos de cedro se secan después de su descenso por el río Ravi. Cuando tenía que realizar alguna empresa, o salía a hacer travesuras, Kim usaba ese traje y volvía a su casa al amanecer, cansado de gritar detrás de un cortejo de boda o de aullar en una fiesta hindú. Algunas veces encontraba en su casa algo de comida, pero lo frecuente era que no hallase nada, y entonces se iba a comer con sus amigos indígenas.

Kim repiqueteaba alegremente con sus talones, desnudos, sobre Zam-Zammah, mientras jugaba con el pequeño Chota Lal y Abdullah, el hijo del confitero, y de vez en cuando apostrofaba 4 al policía indígena que estaba de servicio a la puerta. Era un fornido panjabí que sonreía con tolerancia, pues conocía a Kim desde hacía tiempo. También lo conocía el agua­dor, cuyos odres 5 de piel de cabra rezumaban gotas de agua que caían sobre el suelo reseco, y también Jawahir Singh, el carpintero del museo, inclinado ante unos nuevos cajones de empaque. Todas las personas que veía le eran conocidas, ex­cepto los labradores que entraban en la Casa Maravillosa a curiosear los objetos que se fabricaban en la provincia y sus alrededores. Porque el museo estaba dedicado al arte y las manufacturas indias, y bajo la custodia del director que pro­porcionaba a quien lo solicitase toda clase de informaciones.

- ¡Bájate! ¡Bájate! ¡Déjame subir! -gritaba Abdullah, tre­pando por una de las ruedas de Zam-Zammah.



4 apostrofaba: increpaba, insultaba.

5 odre: recipiente de cuero para contener líquidos.

- ¡Tu padre era pastelero! ¡Tu madre robaba ghi 6 ! -cantaba Kim-. ¡Todos los musulmanes cayeron hace tiempo ante Zam­_Zammah!

- ¡Déjame subir! -chillaba el pequeño Chota Lal con su birrete 7 bordado en oro. Su padre tendría seguramente más de medio millón de libras esterlinas, pero la India es el único país democrático del mundo.

- ¡Los indios también cayeron ante Zam-Zammah! ¡Los mu­sulmanes los derrotaron! ¡Tu padre era pastelero!...

Kim se detuvo de repente, porque, doblando la esquina de la calle que conduce al animado bazar Motee, vio aparecer a un hombre tan raro que, ni aun él, que conocía todas las castas de la India, había visto nunca ninguno que se le pareciese. Tenía casi seis pies 8 de altura y llevaba una amplia vestidura de plie­gues, de tela fuerte y oscura semejante a la empleada para las mantas de caballos, pero ni uno solo de sus pliegues podía in­dicar a Kim cuál era su profesión. De su cinturón colgaba un estuche de hierro para plumas y un rosario de madera como el que usan todos los santones. Cubría su cabeza una especie de gorro gigantesco. Tenía la tez amarilla y arrugada como la de Fook-Shing, el zapatero chino del bazar, y sus ojos oblicuos y estrechos brillaban como cuentecitas de ónice 9.

- ¿Quién es ése? -preguntó Kim a sus compañeros.

- Parece un hombre -contestó Abdullah, chupándose un dedo mientras lo miraba.

- Naturalmente. Pero no se parece a ninguno de la India que yo haya visto antes.

- Tal vez sea un santón -dijo Chota Lal, fijándose en el rosario-. ¡Mirad, entra en la Casa Maravillosa!

- No, no -decía el policía sacudiendo la cabeza-. Yo no entiendo vuestra lengua. -El guardia hablaba sólamente pan­jabí- ¡Eh!, tú, Amigo de todo el Mundo, ¿qué es lo que dice?

- Mándamelo acá -respondió Kim, agitando sus pies des­nudos mientras se deslizaba al suelo desde lo alto de Zam­Zammah-. Es un extranjero y tú eres un búfalo.

6 ghi: manteca clara de leche de búfala.

7 birrete: gorro.

8 pie: equivale a 30,5 cm. Por tanto el hombre medía 1,83 m.

9 ónice: piedra de color claro; ágata.

El hombre extraño dio la vuelta y se dirigió resignadamente a donde estaban los chiquillos. Era viejo y su túnica de lana conservaba todavía, de su paso por las montañas, un fuerte olor a artemisa 10.

- Niños, ¿podéis decirme qué es esa casa tan grande? -pre­guntó en correcto urdú (13).

- La Ajaib-Gher, la Casa Maravillosa.

Kim no le dio ningún tratamiento como Lala o Mian (14), por­que no podía adivinar cuál era su religión.

- ¡Ah! ¡La Casa Maravillosa! ¿Se puede entrar?

- Está escrito sobre la puerta. Todo el mundo puede entrar.

- ¿Sin pagar?

- Yo entro y salgo cuando quiero y no soy ningún potentado -dijo Kim echándose a reír.

- ¡Vaya! Soy muy viejo e ignoro muchas cosas. -Y cogiendo el rosario entre sus manos se volvió hacia el museo.

- ¿De qué casta eres? ¿Dónde está tu casa? ¿Vienes de muy lejos? -preguntó Kim rápidamente.

- Vine por Kulú... desde más allá de los Kailas..(15); pero, ¿qué sabes tú? Vengo de las montañas donde -dejó escapar un suspiro- el aire y el agua son frescos y puros.

- ¡Ah! un catay (un chino) -dijo Abdullah orgulloso de sí mismo, porque Fook-Shing lo había echado una vez de su tienda por escupir a un ídolo chino colocado encima del calzado.

- Un pahari (un montañés) -murmuró el pequeño Chota Lal.

- Sí, niño..., un montañés de unas montañas que tú no verás nunca. ¿Habéis oído hablar de Bhotiyal (Tíbet)? Yo no soy catay, sino bhotiya (tibetano), lo que vosotros habréis oído nombrar un lama... o un gurú 11 en vuestra lengua.

10 artemisa: planta aromática con propiedades medicinales.

11 gurú: religioso o director espiritual. Los lamas son los sacerdotes budistas del Tíbet.

(13). El urdú, hoy lengua oficial del Pakistán, es un variante de la familia de lenguas hindis. Kim hablará, pensará y hasta soñará en urdú en algunos momentos decisivos de su peripecia vital. Se marca así un componente de su identidad conflictiva, la indígena o «negra», en oposición a su otro yo «blanco», el adscrito al mundo de los sahibs, de los británicos.

(14). Lala y Mian son tratamientos de respeto, el primero para un hindú y el segundo para un musulmán.

(15). Montes al norte del Himalaya que constituyen el Olimpo de la mitología brah­mánica. En ellos nacen los grandes ríos Indo, Brahmaputra y Sutledge, que riegan el Panjab.

- ¿Un gurú del Tíbet? (16) -dijo Kim-. No había visto nunca ninguno. ¿Son hindúes, entonces, los tibetanos?

- Nosotros seguimos la Senda Media, viviendo tranquila­mente en nuestras lamaserías, y yo viajo para visitar los Cuatro Santos Lugares (17) antes de morir. Y ahora -dijo sonriendo be benévolamente-, vosotros, que sois niños, sabéis tanto como yo, que soy viejo.

- ¿Has comido?

El lama rebuscó entre sus vestiduras y sacó una vieja escudilla 12 de madera para pedir limosna. Los niños lo com­prendieron en seguida, porque todos los santones que habían visto mendigaban de la misma forma.

- Pero aún no tengo ganas de comer. -Su cabeza se volvió despacio hacia el museo, como la de una vieja tortuga a la luz del sol-. ¿Es verdad que hay muchas imágenes en la Casa Maravillosa de Lahore? -y repitió las últimas palabras como si quisiera asegurarse de la dirección.

- Es verdad -contestó Abdullah-. Está llena de cosas pa­ganas. ¿Es que tú también eres idólatra 13?

- No le hagas caso -dijo Kim-. Es una casa del Gobierno y allí no hay idolatría, sino solamente un Sabih (18) de barba blanca. Ven conmigo y te lo enseñaré.

- Los santones extranjeros se comen a los niños -balbució Chota Lal.

- Y es un extranjero y un but-paras t14 -dijo Abdullah, el mahometano.

Kim se echó a reír.

- Es nuevo aquí ...¡Vaya! ¡Id a meteros bajo la falda de vues­tras madres!... ¡Ven tú conmigo!

12. escudilla: tazón o vasija ancha para sopas y caldos.

13 idólatra: el que adora a falsos dioses.

14 but-parast: idólatra.

(16) El Tíbet es una región de altos valles y cordilleras superiores a los 3.000 metros. En el siglo pasado el gobierno colonial británico impuso allí su pro­tección. Desde 1912 se integró en China como territorio autónomo.

(17) Los cuatro santuarios del budismo: Lumbini, donde nació Buda; Buddh Gaya, donde meditó; Sarnath, cerca de Benarés, donde predicó el primer sermón; y Kusinagara, donde murió. La Senda Media es, para los budistas, el rechazo de los extremos.

(18). Sahib es el tratamiento que se da en la India a los europeos; equivale a «señor». Es una palabra muy repetida en la novela, indicio de esa parte de la personalidad de Kim que puede colmar su destino.

Lo guió a través del torniquete de la entrada, y el viejo, que lo seguía, se paró asombrado. En el vestíbulo estaban instaladas las grandes esculturas grecobudistas, cuya antigüedad sólo saben los sabios, cinceladas por hombres desconocidos, cuyas ma­nos poseían, y no en pequeño grado, ese maravilloso toque griego, transmitido hasta la India. Había centenares de piezas, frisos 15 con escenas en relieve, fragmentos de estatuas y losas atestadas de figuras, que habían estado incrustadas en los mu­ros de ladrillo de las viharas y estupas (19) del norte del país, y que ahora, desenterradas y catalogadas, constituían el orgullo del museo. Con la boca abierta de admiración iba el lama de un lado a otro, hasta que por último quedó extasiado ante un enorme altorrelieve que representaba la coronación o apoteosis de Buda (20) Nuestro Señor. Aparecía el Maestro sentado sobre un lotol 16, cuyos pétalos estaban tan recortados que casi se des­prendían; alrededor lo adoraban reyes, antepasados y Budas precursores, colocados por orden jerárquico. Debajo se exten­dían las aguas, cubiertas de lotos, peces y aves acuáticas; dos dewas 17 con alas de mariposa sostenían una guirnalda sobre su cabeza, y encima otra pareja de dewas mantenía una sombrilla, sobre la cual aparecía la cofia del Bodhisattva adornada con piedras preciosas.

- ¡El Señor! ¡El Señor! ¡Si es Sakia Muni mismo! -dijo el lama casi sollozando, y mentalmente empezó a rezar la mara­villosa invocación budista:



A Él la Senda, la Ley, el Sublime

A quien Maya mantiene bajo su corazón,

Señor de Ananda, el Bodhisattva.

- ¡Y aquí está! ¡Y está también la Ley Excelentísima! Bien ha empezado mi peregrinación. ¡Y qué obra!, ¡qué arte!

15 frisos: parte de una cornisa, franja de pared.

16 loto: planta acuática, muy representada en las artes asiáticas.

17 dewas: divinidades, ángeles.

(19) Vihara es un monasterio budista, y estupas son los monumentos funerarios destinados a guardar las cenizas de los grandes maestros.

(20) Buda o Bodhisattva, llamado también Sakia Muni, es decir, «Señor de la selva de Sakia», fue hijo del rey de Kapila y de Maya. Su discípulo se llama Ananda. También se llaman budas a los que alcanzan la iluminación y se liberan de la transmigración, estadio al que aspira el lama Teshu.

- Por allí viene el sahib -dijo Kim, y se escabulló a un lado entre los cajones que ocupaban la nave de artes y manufacturas.

Un inglés de barba blanca contemplaba al lama, que gra­vemente se volvió, lo saludó, y después de vacilar un momento sacó una libreta, y de ella un trozo de papel.

- Sí, ése es mi nombre -dijo el inglés, sonriendo al ver aquella escritura infantil.

- Uno de mis compañeros que hizo la peregrinación a los Santos Lugares (ahora es el abad del monasterio de Lung-Cho), me dio vuestro nombre -balbució el lama-. También me había hablado de estas cosas. -Su delgada mano, temblorosa, señaló en torno suyo.

- Bienvenido seas, ¡oh lama del Tíbet! Aquí están las imá­genes y aquí estoy yo... -dijo mirando al lama cara a cara- para aprender. Ven un momento a mi despacho. -El viejo temblaba de excitación.

El despacho no era más que un pequeño rincón aislado de la galería, alineada de estatuas, por bajos tabiques de madera. Kim se tumbó al lado de la puerta de cedro con la oreja pegada a una de las grietas producidas por el calor, y siguiendo su instinto se dispuso a observar y escuchar.

Pero la mayor parte de la conversación era ininteligible para él. El lama, turbado al principio, hablaba ahora con el director del museo sobre su lamasería de Such-zen, situada enfrente de las Rocas Pintadas y a una distancia de cuatro meses de camino. El director sacó entonces un voluminoso libro de fotografías y le enseñó una vista de su mismo monasterio que, desde lo alto de un elevadísimo risco18, domina el amplio valle, compuesto de capas estratificadas de diversos tonos.

- ¡Sí!, ¡sí! -el lama se puso unos lentes de cuerno de arte­sanía china-. Ésta es la puertecita por donde entramos la leña para el invierno. ¿Y vosotros, ingleses, conocéis esto? El que ahora es abad de Lung-Cho me lo dijo, pero yo no lo quise creer. ¿El Señor, el Excelente, es aquí también honrado? ¿Y su vida es conocida?

- Toda ella está grabada en las piedras. Si has descansado, ven y lo verás.

El lama se encaminó pesadamente a la sala principal, se­guido por el director, y visitó toda la colección con la reverencia de un devoto y el instinto de un artista.

18 risco: peñasco muy alto.

Incidente por incidente fue identificando toda la hermosa historia sobre las gastadas piedras, confundiéndose de vez en cuando por los cánones griegos (21), para él poco familiares, pero entusiasmado como un niño con cada nuevo hallazgo. Cuando en la secuencia de acontecimientos algo fallaba, como en el caso de la Anunciación (22), el director suplía la falta por medio de fotografías y reproducciones de libros franceses y alemanes.

Allí estaba el devoto Asita (23), el Simeón (24) de la historia cris­tiana, sosteniendo al Niño Sagrado sobre las rodillas, mientras sus padres escuchaban; seguían después varios incidentes de la vida del primo Devadatta (25); allí estaba, maldita para siempre, la mujer perversa que acusó de impureza al Maestro; la pre­dicación del Bosque de los Ciervos; el milagro que asombró a los adoradores del fuego; el Bodhisattva (26) representado como príncipe real; el nacimiento milagroso; la muerte en Kusina­gara, donde el discípulo débil se desvaneció. Las representa­ciones de la meditación bajo el árbol de Bohdi y la adoración del cuenco de la limosna eran innumerables y se encontraban por todas partes. A los pocos minutos comprendió el director que su huésped no era un simple mendigo, desgranador de cuentas de rosario, sino un hombre sabio. Juntos volvieron a repasar toda la colección. El lama tomaba rapé 19, limpiaba sus lentes y charlaba a la velocidad del tren en una atropellada mezcla de urdú y tibetano. Habiendo oído hablar de los viajes que hicieron los peregrinos chinos Fo-Hian y Hwen-Thiang, de­seó saber si había alguna traducción de sus escritos y respiró con satisfacción al hojear las páginas de Beal y Stanislas Julien (27).

19 rapé: tabaco en polvo. Se aspira por la nariz.

(21) En el museo de Lahore se conserva una importante colección de esculturas budistas con influencia griega. Alejandro Magno llegó hasta el Indo en el año 326 a.C.

(22) Signos que anunciaban el nacimiento de Buda aparecieron en sueños a su madre Maya.

(23) Asita profetizó el grandioso futuro que aguardaba a Siddharta, que más tarde fue Buda.

(24) Simeón, personaje evangélico, muy anciano, que sostuvo al niño Jesús en brazos, antes de morirse, con lo que vio cumplida una revelación (Lucas, 2,25), y quien profetizó la crucifixión de Jesucristo.

(25) Primo de Buda, y discípulo desleal. Reinó en Benarés.

(26) Buda abandonó el palacio paterno para predicar la religión. Peregrino y men­digo, reunió a algunos discípulos en Buddh Gaya, pero lo abandonaron mien­tras rezaba bajo el árbol de la Ciencia (árbol de Bohdy: sabiduría). Adquirió la Suprema Sabiduría y, posteriormente, reencontró a sus discípulos en el Bosque de las Gacelas.

(27) Samuel Beal y Stanislas Julien tradujeron libros sobre China, el Tíbet y el budismo.

- Aquí está todo. Es un tesoro inmenso, encerrado bajo llave.

Luego se dispuso a escuchar con recogimiento los diversos fragmentos, que el director le traducía rápidamente al urdú. Era la primera vez que se tropezaba con la labor de los sabios europeos, quienes con ayuda de estos relatos y centenares de otros documentos habían logrado identificar los Santos Lugares del budismo. Después vio un gran mapa con manchas y trazos amarillos; su dedo moreno seguía el lápiz del director de un punto a otro. Allí estaba Kapilavastu; aquí el Reino Medio; allí Mahabodhi, la Meca del budismo, y allí Kusinagara, el triste lugar de la muerte del Maestro (28). El viejo inclinó un momento la cabeza sobre el mapa, silenciosamente, y el director encendió otra pipa. Kim se había dormido. Cuando despertó, la conver­sación, todavía torrencial, era más comprensible para él.

- Y así fue, ¡oh Fuente de Sabiduría!, cómo decidí visitar los Santos Lugares que fueron hollados 20 por Sus pies... Kapila y el lugar de su nacimiento; después, Mahabodhi, que es Buddh Gaya..., el Bosque de los Ciervos..., el lugar de su muerte.

El lama bajó la voz.

- He venido solo, porque durante cinco..., siete..., diecio­cho..., cuarenta años, tuve en la mente el pensamiento de que no se seguía bien la Antigua Ley, que está, como tú sabes, muy encubierta por una capa de idolatrías, supersticiones y encan­tamientos, y aun, como dijo el chiquillo hace un momento, por but-parasti.

- Eso sucede en todas las religiones.



20 hollados: pisados.

(28) Véase n. 17.

- ¿Tú crees? Los libros que yo leía en mi lamasería son secos y sin vigor, y hasta el último ritual con que nos hemos oprimido los que pertenecemos a la Ley Reformada, carece de valor ante mis ojos. Y los seguidores del Excelente están siem­pre discutiendo unos con otros. ¡Todo es ilusión! ¡Sí!, maya, ilusión (29). Pero yo tengo otras aspiraciones -su arrugado sem­blante amarillo se acercó a tres pulgadas del director y la uña larga de su dedo índice repiqueteaba en el tablero de la me­sa-. Vuestros sabios, en estos libros, han seguido a los Benditos Pies por todos sus caminos; pero hay cosas que no han inves­tigado. Yo no sé nada..., yo nada sé..., pero deseo librarme de la Rueda de las Cosas (30) por una senda amplia y sin barreras -el lama se sonrió con una ingenua expresión de triunfo-. Hago méritos (31) al proponerme visitar los Santos Lugares; pero aún hay más. Escucha este pasaje. Cuando Nuestro Señor, siendo todavía un muchacho, buscaba compañera, los cortesanos di­jeron a su padre que era aún demasiado joven para casarse. ¿Lo sabías?

El director asintió, sin presumir en qué pararía todo aquello.

- Y así prepararon la triple prueba de la fuerza entre todos los solicitantes. Y al llegar a la prueba del Arco, Nuestro Señor, después de romper el que Le habían dado, pidió otro, que nin­guno era capaz de tensar. ¿Lo sabías?

- Está escrito. Lo he leído.

- Y superando todos los otros blancos, la flecha voló hasta que se perdió de vista, y al caer y clavarse en la tierra brotó un manantial y se formó un río, que por la magnanimidad de Nuestro Señor y el mérito que adquirió en el acto de su libe­ración, goza de la propiedad de que aquel que se baña en sus aguas queda limpio de toda mancha de pecado.

- Así está escrito -dijo el director tristemente.

El lama dio un gran suspiro.

- ¿Dónde está ese Río? Fuente de Sabiduría, ¿dónde cayó la Flecha?

- Desgraciadamente lo ignoro, hermano mío.

(29) Maya, la madre de Buda, personifica el Universo y todo cuanto encierra, eterna ilusión.

(30) La Rueda de las Cosas simboliza en la filosofía budista el ciclo de la existencia: nacimiento, muerte, reencarnación. La vida humana rueda sobre peligros, actividades y desilusiones. Se liberan de esa rueda los que siguen las disci­plinas budistas.

(31) Es una expresión muy repetida por el lama. Adquirir mérito es tener derecho a la recompensa espiritual que el budismo promete por ejercer la caridad y las buenas acciones.

- No puede ser. Recuerda. Es la única cosa que no me has contado. Seguramente lo sabes. ¡Considera que soy un viejo! Te lo pido de rodillas, ¡oh Fuente de Sabiduría! ¡Nosotros sa­bemos que disparó la flecha! ¡Sabemos que la flecha cayó! ¡Sabemos (32) que brotó la corriente! ¿Dónde está, pues, el Río? Mi sueño me dijo que lo encontraría. Por eso vine. Por eso estoy aquí. Pero, ¿dónde está el Río?

- Si yo lo supiera, ¿crees que no te lo hubiera dicho en seguida?

- Encontrándolo se alcanza la liberación de la Rueda de las Cosas -prosiguió el lama absorto en sus pensamientos-. ¡El Río de la Flecha! ¡Piensa otra vez! Tal vez sea un arroyuelo que se seca en el verano. Pero el Señor jamás engañaría a un viejo como yo.

- No lo sé. No lo sé.

El lama acercó su cara arrugadísima a un palmo de la del inglés.

- Ya veo que no lo sabes. Como no sigues la Ley, el misterio queda oculto para ti.

- Sí... oculto... oculto.

- Tú y yo estamos aún ligados, hermano. Pero yo... -se le­vantó rápidamente y el blando y espeso paño de su túnica on­duló con suavidad-, yo cortaré mis ligaduras y me libertaré. ¡Ven conmigo!

- Yo estoy aquí sujeto. Pero tú, ¿adónde vas?

- Primero a Kashi (Benarés) (33), ¿adónde mejor? Allí encon­traré a uno de mi religión en un templo jainí (34) de esa ciudad. También él busca, aunque en secreto, y de él puedo aprender muchas cosas. Tal vez venga conmigo a Buddh Gaya. Después iré más al norte, a Kapilavastu, y allí buscaré el Río. No; lo buscaré por dondequiera que vaya, pues no se conoce el lugar donde cayó la flecha.

(32) La insistencia en saber se debe a que la ciencia es uno de los cuatro caminos hacia la santidad, pues la ciencia demuestra la vanidad del mundo exterior, el inútil apego al yo, la contingencia de los objetos. Esa búsqueda de la sabiduría, y por tanto de la perfección, es la tarea de lama. Por eso el lama Teshu comprenderá la necesidad de que Kim estudie en la mejor escuela, se forme, alcance ciencia. «Aunque -dirá en una ocasión- los sahibs no lo saben todo.»

(33) Benarés -emplazada a unos 1.100 km. de Lahore- está a orillas del Ganges, donde se purifican los peregrinos al pie de las escalinatas dominadas por templos y mezquitas.

(34) El jainismo es una de las religiones de la India, fundada en el siglo VI a.C. por Jain «el victorioso», contemporáneo de Buda. También propone conducir el alma al nirvana, o liberación de la transmigración.

- ¿Y cómo vas a hacer el viaje? Hay mucha distancia hasta Delhi y aún más a Benarés.

- Por carretera y en tren. Desde Pathankot (35), después de cruzar las montañas, vine hasta aquí en te-ren. Se va muy de prisa. Al principio me admiraba ver aquellos altos postes de los lados, sujetando los cables -el lama se refería a los alambres del telégrafo, que parecen subir y bajar en la marcha rápida del tren-. Pero después estaba entumecido 21 y sentí deseos de bajar y hacer el camino andando, como es mi costumbre.

- ¿Y estás seguro de tu itinerario?

- ¡Oh! Para eso no tengo más que preguntar y entregar dinero, y los empleados se encargan de despacharlo todo al lugar que se desea. Esto ya lo sabía yo cuando estaba en mi lamasería por informes de toda confianza -dijo el lama or­gullosamente.

-¿Cuándo te vas? -el director sonreía a esta mezcla de anti­gua piedad y moderno progreso, que es la nota característica de la India actual.

- Tan pronto como pueda. Visitaré los lugares en que trans­currió Su vida hasta que encuentre el Río de la Flecha. Aquí tengo un papel en el que están escritas las horas de los trenes que van al sur.

- ¿Y cómo te las arreglas para comer? -Los lamas, por regla general, llevan siempre consigo grandes cantidades en metá­lico, pero el director quería asegurarse.

- Durante el viaje utilizo el cuenco del Maestro. Sí; tal como Él lo hizo, así lo haré yo, abandonando la vida fácil del monas­terio. Cuando dejé las montañas traía conmigo un chela (discípulo) que pedía para mí, como ordena la Regla, pero al de­tenernos algún tiempo en Kulú cogió unas fiebres y se murió. Ahora no tengo chela, pero pediré limosna yo mismo, permi­tiendo así que las personas caritativas adquieran mérito. -Mo­vió la cabeza con decisión; los sabios doctores de una lamasería jamás mendigan, pero el lama se mostraba entusiasta en la búsqueda emprendida.

21 entumecido: con el cuerpo rígido o torpe por la postura o falta de movimiento.

(35) Aquí terminaba el ferrocarril, al pie del Himalaya.

- Sea así -dijo el director sonriendo-. Y transige ahora conmigo para ganar méritos. Tú y yo somos personas del mismo oficio. Aquí tienes una libreta de papel inglés y lápices afilados del dos y del tres..., blando y duro..., útiles para un escribiente. Préstame tus lentes.

El director se los probó. Estaban llenos de rayas, pero su graduación era casi exacta a la de los suyos, los cuales colocó en las manos del lama, diciéndole:

- Prueba éstos.

- ¡Como una pluma! ¡Apenas los siento sobre la cara! -el viejo giraba la cabeza con delicia y arrugaba la nariz-. ¡Si ape­nas los siento! ¡Ahora sí que veo claro!

- Son de bilaur (cristal de roca) y no se te rayarán nunca. Te los regalo, y que ellos te sirvan para encontrar tu Río.

- Los tomaré, lo mismo que los lápices y la libreta, como muestra de amistad entre sacerdotes..., y ahora... -buscó en su cinturón, sacó el estuche de plumas y lo colocó encima de la mesa del director! (36) - Toma este estuche como recuerdo. Es algo viejo... como yo.

Era una cajita antigua de diseño chino, de un hierro que hoy no se fabrica, y el alma coleccionista del director se había fijado en ella desde el primer momento. A pesar de sus pro­testas tuvo que aceptarla.

- Cuando vuelva, después de encontrar el Río, te traeré una pintura escrita de la Padma Samthora (37), tal como las hago sobre seda en mi lamasería, y otra de la Rueda de la Vida -se rió entre dientes-, ya que ambos somos artesanos.

El director hubiera querido retenerlo, porque hay muy po­cas personas en el mundo que posean aún el secreto de las clásicas pinturas budistas, hechas con plumas y pincel, com­binando la pintura y la escritura. Pero el lama echó a andar con la cabeza alta, y después de pararse un momento ante la gran estatua de un Bodhisattva en meditación, salió apre­suradamente.

(36) El director del museo ejerce la función de «donante»: da al lama informaciones y útiles para que prosiga su tarea. El santón lo considera como un sacerdote, pues se dedica al estudio en el museo, que es un templo del saber. Como personaje es una proyección afectiva del padre de Kipling, que trabajó en el museo de Lahore durante veinte años.

(37) La padma es el loto rosa, símbolo del nacimiento espiritual. Se representa mucho en las imágenes budistas.

Kim lo siguió como una sombra, pues lo que había oído excitaba su curiosidad enormemente. Aquel hombre era com­pletamente diferente de todo lo que conocía, y deseaba con templarlo a sus anchas, de la misma manera que hubiera con­templado una nueva construcción o una festividad poco co­rriente en la ciudad de Lahore. El lama era un nuevo hallazgo y se proponía tomar posesión de él. La madre de Kim había sido también irlandesa.

El viejo se detuvo junto a Zam-Zammah y miró alrededor hasta que su vista cayó sobre Kim. La excitación de su pere­grinación había desaparecido por unos momentos, y se sentía viejo, desamparado y con el estómago vacío.

- Está prohibido sentarse bajo el cañón -dijo el policía con brusquedad.

- ¡Hu! ¡Búho! -fue la respuesta de Kim en defensa del lama-. Siéntate bajo el cañón si lo deseas. ¿Cuándo robaste las babuchas a la lechera, Dunnú?

La acusación era totalmente infundada, nacida bajo la ins­piración del momento, pero fue lo suficiente para hacer callar a Dunnú, quien, conociendo bien al muchacho, sabía que si continuaba gritando, su voz atraería una legión de endemonia­dos pilletes del bazar.

- ¿A qué dioses has adorado en el museo? -preguntó Kim afablemente, sentándose en cuclillas al lado del lama, a la som­bra del cañón.

- No adoro a ninguno, niño. Me inclino ante la Ley Exce­lente.

Kim aceptó este nuevo dios sin emoción. Conocía ya varias docenas de ellos.

- ¿Y qué vas a hacer ahora?

- Mendigar. Ahora recuerdo que hace mucho tiempo que no he comido ni bebido. ¿Cuáles son las costumbres caritativas de esta ciudad? ¿En silencio, como se hace en el Tíbet, o pi­diendo en voz alta?

- Los que piden en silencio, en silencio se mueren de ham­bre -dijo Kim repitiendo un refrán del país. El lama intentó levantarse, pero volvió a sentarse otra vez, suspirando por su discípulo muerto en Kulú. Kim lo contemplaba de reojo, com­pasivo e interesado.

- Dame el cuenco. Conozco bien a la gente de esta ciudad..., a todos los que son caritativos. Dámelo y te lo traeré lleno.

Obediente como un niño, el viejo le entregó el cuenco. - Y ahora descansa. Yo conozco a la gente.

Corrió Kim a la tienda de una kunjri -vendedora de verduras perteneciente a la baja casta- que estaba situada enfrente de la línea del tranvía de circunvalación, hacia la parte baja del bazar Motee. La dueña conocía a Kim desde hacía tiempo.

- Chico, ¿es que te has convertido en yogui (39), con ese cuenco de mendicante?

- No -repuso orgullosamente-. Es que ha llegado un nuevo santón a la ciudad..., un hombre como yo no he visto nunca.

- Santón viejo... tigre joven -dijo la mujer encolerizada­-. Ya estoy harta de nuevos santones! Vuelan como moscas al­rededor de las cazuelas. ¿Acaso el padre de mi hijo es un pozo de caridad para darle a todo el que me pide?

- No, tu hombre es más bien un yagui (mal genio) que un yogui (piadoso). Pero este santón es extraordinario. El sahib de la Casa Maravillosa le ha hablado como si fuera un hermano. ¡Anda, madre, lléname esta escudilla, que me está esperando!

- ¡Ah, claro!, esa escudilla. ¡Querrás decir ese cesto tan grande como el vientre de una vaca! Me haces tanta gracia como el toro sagrado de Siva (40), que esta mañana se ha comido lo mejor de una canasta de cebollas. Y encima quieres que te llene la escudilla... ¡Míralo, ahí viene otra vez!

El inmenso toro brahmán de color parduzco del barrio se abría paso a través de la abigarrada multitud, con un plátano colgando todavía de la boca, y se dirigió en línea recta a la tienda. Conocedor de sus privilegios como animal sagrado, bajó la cabeza y resopló a lo largo de las canastas, metiendo el hocico en todas, antes de elegir lo más apetitoso, pero Kim, con su pequeño talón endurecido, le dio un certero puntapié en el húmedo hocico azulado, y el toro, bufando de indignación, se desvió, cruzando la línea del tranvía; su joroba temblaba de rabia.

(39) Un yogui es el que practica el yoga, disciplina que sirve para el dominio del cuerpo y el espíritu.

(40) Siva es uno de los dioses más populares. Representa el principio de la destruccción y de la regeneración. Por otra parte, las vacas son, como se sabe, sagradas en la India, y campan por sus respetos sin ser molestadas.

- ¡Mira! Te he ahorrado mucho más de lo que te costaría llenar tres veces el cuenco. Anda, madre; un poco de arroz y encima algunos pescados salados...; sí, y un poco de curry 22 con verdura.

Sonó un gruñido, que salía de la parte trasera de la tienda.

- Ha espantado al toro -dijo en voz baja la mujer, diri­giéndose a su hombre, que yacía allí acostado-. No hay más remedio que socorrer a los pobres. -Y cogiendo el cuenco, lo trajo al instante lleno de arroz caliente.

- Pero mi yogui no es una vaca -dijo Kim gravemente, ha­ciendo con sus dedos un agujero en el montón de arroz-. Pon aquí un poco de curry y un buñuelo; yo creo que también le gustaría un poco de mermelada.

- ¡Ese agujero es tan grande como tu cabeza! -dijo la mujer con malos modos. Pero lo llenó con una riquísima y humeante salsa de verduras al curry; puso encima un buñuelo, lo roció con mantequilla depurada y a su lado colocó un trozo de mer­melada ácida de tamarindo. Kim contemplaba la operación con muestras de alegría.

- Está bien. Mientras yo esté en el bazar, no se acercará el toro a tu tienda. Es un mendigo atrevido y osado.

- ¿Pues y tú? -dijo riendo la mujer-. Pero debías hablar bien de los toros. ¿No me has contado que algún día te ayudará un Toro Rojo? Ahora ten cuidado de que no se te caiga..., y pídele al santón que me bendiga. Tal vez sepa algo para curar los ojos ulcerados de mi hija. ¡Pídeselo también, Amigo de todo el Mundo!

Pero Kim había echado a correr y no oyó el final de la frase. Se escabullía de sus amigos pordioseros y de los perros parias que lo rodeaban.

- Así mendigamos los que sabemos cómo hacerlo -dijo con orgullo dirigiéndose al lama, que abrió los ojos desmesurada­mente al ver el contenido de la escudilla.

- Come... y yo comeré contigo. ¡Eh!, ibhistie! -gritó Kim, llamando al aguador que pasaba por la puerta del museo-. Tráe­nos agua, que aquí hay dos hombres que están sedientos.

- ¡Dos hombres! -dijo el bhistie riendo-. ¿Tendréis bastan­te con un pellejo lleno? Bebed en nombre del Misericor­dioso.

22 curry: especia compuesta de jengibre, clavo, azafrán, etc., utilizada para co­cinar varios platos (arroz, pollo...).

El aguador dejó caer un fino chorro de agua en las manos de Kim, que sorbió a la usanza del país; pero el lama sacó una copa de sus duraderas vestiduras y bebió ceremoniosamente.

- Un pardesi (extranjero) -explicó Kim, cuando el viejo murmuró en lengua extraña algo que debía de ser una bendición de los alimentos.

Comieron juntos con gran regocijo, dando buena cuenta de todo el contenido, y en seguida el lama sorbió rapé, que sacó de una preciosa cajita de madera, y tomando las cuentas de su rosario las fue pasando hasta que poco a poco se quedó dormido, con el sueño fácil de su edad, a la sombra -que se iba alargando por momentos- de Zam-Zammah.

Kim, por distraerse, se acercó al vendedor de tabaco más próximo, que era una mahometana con mucha vitalidad, y le pidió un apestoso cigarrillo de esa marca que usan los estudiantes de la Universidad del Panjab cuando quieren imitar las costumbres inglesas. En seguida se puso a fumar y a pensar, debajo del cañón, con la barbilla apoyada en las rodillas; el resultado de su meditación fue una repentina y furtiva carrera en dirección al almacén de madera de Nila Ram.

La animación del anochecer en la ciudad, con las luces en­cendidas y el regreso de los empleados de las oficinas del Go­bierno, despertó al lama. Miró sorprendido en todas direcciones, pero nadie lo miraba a él, excepto un granujilla hindú que llevaba un turbante sucio y un traje de color isabela 23. De pronto, el lama inclinó la cabeza sobre sus rodillas, y rompió a llorar.

- ¿Qué pasa? -dijo el chiquillo, de pie ante él-. ¿Es que te han robado?

- Es que mi nuevo chela (discípulo) se ha ido de mi lado y no sé dónde está.

- ¿Y qué clase de persona era tu discípulo?

- Era un muchacho que vino a ocupar el puesto del que se me murió, en recompensa del mérito que gané al inclinarme allí ante la Ley -el lama señaló al museo-. Vino a mí para mostrarme un camino que yo había perdido. Me guió a la Casa Maravillosa, y con su charla me animó a que hablara con el Guarda de las Imágenes, quien me atendió y fortaleció. Cuando estaba desmayado de hambre, mendigó para mí, como hace un chela con su maestro. Milagrosamente me fue enviado; mila­grosamente desapareció. Yo pensaba enseñarle la Ley durante el viaje a Benarés.



23 Isabela: de color grisáceo-amarillo, como el melocotón.

Al oír esto, Kim quedó estupefacto, pues habiendo escu­chado la conversación del museo, sabía que el viejo decía la verdad, cosa que un indígena jamás hace con un desconocido.

- Pero ahora comprendo que me fue enviado como una ad­vertencia. Ahora ya sé que encontraré cierto Río que voy buscando.

- ¿El Río de la Flecha? -preguntó Kim con una sonrisa de superioridad.

- ¿Eres tú otro Enviado? -gritó el lama-. A nadie he ha­blado de mi Búsqueda, salvo al Sacerdote de las Imágenes. ¿Quién eres tú?

- Tu chela -contestó Kim sencillamente, sentándose sobre los talones-. Yo no he visto a nadie como tú en toda mi vida. Me iré contigo a Benarés. Además, creo que un hombre tan viejo como tú y que dice la verdad al primero que se encuentra, tiene gran necesidad de un discípulo.

- Pero el Río..., ¿el Río de la Flecha?

- ¡Ah!, eso lo oí cuando hablabas con el inglés. Yo estaba detrás de la puerta.

El lama suspiró:

- Creí que eras un enviado sobrenatural. Tales cosas ocu­rren algunas veces..., pero yo no soy digno". ¿Entonces tú no sabes dónde está el Río?

- No -dijo Kim esforzándose por reír-, yo busco un Toro Rojo sobre un campo verde, que me ayudará.

Como Kim, al fin y al cabo, era un chiquillo, sentía cierto orgullo en poder demostrar al lama que él también tenía sus proyectos. Y, como un chiquillo, no había pensado en la profecía de su padre más de veinte minutos seguidos.

- ¿Y a qué te va a ayudar, muchacho?

- Sólo Dios lo sabe; pero así me lo dijo mi padre. Yo oí en la Casa Maravillosa tu conversación sobre aquellos extraños lugares de las montañas, y si tú, que eres tan viejo y tan débil-tan acostumbrado a decir la verdad-, emprendes este largo viaje por un asunto de tan poca monta, como es la busca de un río, bien puedo viajar yo también. Si nuestro sino es encontrar las cosas que buscamos, las encontraremos... Tú el Río, yo mi toro y los Fuertes Pilares, y otras cosas que se me han olvidado.

(41) La sinceridad y la humildad son dos virtudes del lama que sorprenden a Kim, pues las desconocía. El monje atribuye a Kim una presencia providencial, una intermediación sobrenatural; por algo se apoda también Amigo de las Es­trellas.

- No son pilares, sino una Rueda de la cual yo me libraré.

- Es lo mismo. Tal vez me hagan rey -Kim estaba serena­mente dispuesto a todo.

- Yo te enseñaré durante el viaje otros deseos mejores que ésos -y el lama dijo con voz autoritaria-: Vámonos a Benarés.

- Por la noche no, que el campo está lleno de ladrones. Espera hasta que sea de día.

- Pero aquí no hay dónde dormir. -El viejo estaba acos­tumbrado todavía al orden del monasterio, y aunque dormía siempre sobre el suelo, como ordena la Regla, prefería man­tener cierto decoro.

- Encontraremos alojamiento en el caravasar 24 de Cache­mira -dijo Kim, riendo ante su perplejidad-. Yo tengo allí un amigo. ¡Vamos!

Los bazares, cálidos y animados, resplandecían con las luces encendidas cuando atravesaron entre la muchedumbre api­ñada, donde se veían tipos de todas las razas de la alta India; el lama iba de un lado a otro, vacilante, como en sueños. Era su primera experiencia de una gran ciudad industrial; los tran­vías atestados, con el incesante chirrido de sus frenos, lo es­pantaban. A fuerza de tropiezos y empellones, llegó a la in­mensa puerta del caravasar de Cachemira: esa enorme plaza cercada, que se halla frente a la estación de ferrocarril, rodeada en su interior por una arcada de soportales, y en la cual se alojan las caravanas de camellos y caballos que vienen del Asia central. Todas las costumbres y razas de la gente del norte se encontraban allí; unos cuidaban de los caballos atados y de los camellos arrodillados; otros cargaban y descargaban fardos y pacas 25; sacaban agua de los pozos, cuyas poleas rechinaban; apilaban hierba ante los sementales de ojos feroces; golpeaban a los perros huraños; pagaban a los conductores de camellos; contrataban nuevos criados; gritaban, juraban, disputaban y regateaban en la atestada plaza.



24 caravasar: posada destinada a las caravanas, con un enorme patio interior.

25 paca: fardo o lío de lana, algodón, alfalfa u otra cosa prensada.

Los soportales, elevados sobre el piso en tres o cuatro es­calones de ladrillo, constituían un refugio en aquel mar tur­bulento. La mayor parte de ellos estaban alquilados a comerciantes, como nosotros alquilamos los arcos de un viaducto; los espacios entre pilar y pilar, sólidamente tabicados de ladrillo o madera, formaban cuartos que se cerraban con pesadas puer­tas y molestos candados del país. Las puertas que estaban ce­rradas indicaban que sus dueños se hallaban ausentes y algunos garrapatos 26 rudimentarios -a veces muy rudimentarios- he­chos con tiza o pintura, decían adónde habían ido. Así: «Lutuf Ullah se ha ido al Kurdistán», y debajo, en versos muy burdos: «Oh Alá, tú que consentiste a los piojos vivir en la túnica de un kabuli 27, ¿por qué permites a este piojo de Lutuf vivir tan largo tiempo?»

Kim, protegiendo al lama a través de la multitud excitada y los enfurecidos animales, se dirigió, siguiendo a lo largo de los soportales, hasta el rincón más próximo a la estación del ferrocarril, donde se alojaba Mahbub Alí, el tratante de caba­llos, cuando volvía de esas tierras misteriosas que se extienden más allá de los desfiladeros del norte.

En su corta vida, Kim había tratado varias veces con Mah­bub -principalmente entre los diez y los trece años-, y este corpulento afgano, cuya barba estaba teñida de rojo (porque era ya algo viejo y no le gustaba lucir sus cabellos grises), conocía el valor del muchacho para enterarse de cualquier chismorreo.

Algunas veces había dado a Kim el encargo de vigilar a un hombre -cosa que no tenía nada que ver con caballos-, de se­guirle durante todo un día y dar razón de todas las personas con las que hablase. Por la noche Kim daba cuenta de sus ob­servaciones, y Mahbub lo escuchaba sin decir una palabra ni hacer un gesto. Claro es que se trataba de intrigas; Kim lo sabía, pero precisamente su mérito consistía en no decir nada a nadie, excepto a Mahbub, el cual lo convidaba a comidas buenas y calientes que encargaba en la cantina de la entrada del cara­vasar. Una vez le dio hasta ocho annas 28.

- Aquí es -dijo Kim pegando un puñetazo en el hocico de un camello enfurecido-. ¡Eh, Mahbub Alí! -Se paró ante un arco oscuro y se escondió detrás del aturdido lama.



26 garrapato: escritura descuidada.

27 kabuli: que es de Kabul, hoy la capital de Afganistán.

28 anna: moneda. Es la dieciseisava parte de una rupia.

El tratante de caballos estaba tendido sobre dos fardos de tapices de seda, con un bordado cinturón de Bujará desabro­chado, y fumando perezosamente en un inmenso narguile 29 de plata. Volvió ligeramente la cabeza al escuchar el grito, y no viendo ante sí más que la alta y silenciosa figura, se rió para sus adentros.

- ¡Alá! ¡Un lama! ¡Un lama rojo! Mucha distancia hay desde Lahore a los desfiladeros. ¿Qué haces aquí?

El lama, maquinalmente, le presentó su cuenco de limosna.

- ¡Dios maldiga a los infieles! -dijo Mahbub-. Yo no doy nada a un piojoso tibetano; pero pídeles a mis baltis 30, que están ahí fuera, detrás de los camellos. Ellos apreciarán tus bendi­ciones. ¡Eh, muchachos, aquí hay un compatriota vuestro! ¡Atendedle si tiene hambre!

Un balti de cabeza afeitada y encorvado que había venido del norte con los caballos y que era un budista degradado, acogió al lama con cortesía, y en su lenguaje gutural y duro invitó al santón a sentarse al lado del fuego con los mozos de cuadra.

- ¡Aléjate! -dijo Kim, empujándolo ligeramente; y el lama echó a andar, dejando al muchacho al lado de los soportales.

- ¡Vete! -dijo Mahbub Alí, volviendo a su narguile-. Már­chate pequeño hindú. ¡Dios maldiga a los infieles! Pídeles a aquellos de mi escolta que sean de tu fe.

- Maharajá (42) -gimió Kim siguiendo la costumbre hindú, y gozando entusiasmado de la situación-. Mi padre ha muerto, mi madre ha muerto, mi estómago está vacío.

- Te he dicho que les pidas a mis hombres que están con los caballos. En mi escolta debe de haber algunos infieles.

- ¡Oh Mahbub Alí!, pero ¿es que soy yo hindú? -dijo Kim en inglés.

El tratante no hizo el menor gesto de asombro, pero su mi­rada brilló bajo sus pobladas cejas.



29 narguile: pipa oriental para fumar, compuesta de un largo tubo flexible, del recipiente en que se quema el tabaco y de un vaso lleno de agua perfumada, a través del cual se aspira el humo.

30 baltis; musulmanes de Baltistán, en Cachemira.

(42) Los maharajás son príncipes indios. Kim bromea al darle este tratamiento al tratante de caballos.

- Pequeño Amigo de todo el Mundo, ¿qué significa esto?

- Nada, ahora soy el discípulo de ese santo, y vamos juntos en peregrinación a Benarés. Está completamente loco y yo estoy cansado de la ciudad de Lahore. Necesito cambiar de aire y de aguas.

- Pero, ¿para quién trabajas? ¿Por qué vienes a mí? La voz era dura por la sospecha.

- ¿Y a quién iba a acudir? No tengo dinero y no es conve­niente emprender un viaje sin él. Tú venderás muchos caballos a los oficiales, porque estos que tienes ahora son muy hermosos; los he visto. Dame una rupia 31, Mahbub Alí, y cuando sea rico te la devolveré.

- ¡Humm! -dijo Mahbub Alí, pensando rápidamente-. Tú nunca me has mentido. Llama al lama y escóndete en la oscuridad.

- ¡Oh, nuestras historias coincidirán! -dijo Kim riendo.

- Vamos a Benarés -contestó el lama en cuanto comprendió el significado de las preguntas de Alí- el muchacho y yo. Yo voy en busca de cierto Río.

- Puede ser, pero, ¿y el muchacho?

- Es mi discípulo. Me ha sido enviado para que me guíe a ese Río. Sentado bajo el cañón estaba yo cuando se me apareció. Tales cosas han sucedido a aquellos afortunados a quienes ha sido concedido un guía. Pero ahora recuerdo que dijo que era de este mundo..., un hindú.

- ¿Y su nombre?

- No se lo he preguntado. ¿No es mi discípulo?

- Pero ¿cuál es su país..., su raza..., su pueblo? ¿Es musul­mán..., sij (43).... hindú..., jainí.... de alta o baja casta?

- ¿Por qué tendría que preguntárselo? En la Senda Media no hay altos ni bajos. Si él es mi chela, ¿quién podrá separarlo de mí? Sin él yo no encontraré mi Río. -Su cabeza se balanceó solemnemente.

- Nadie lo separará de ti. Vete y siéntate entre mis baltis -dijo Mahbub Alí, y el lama salió consolado con la promesa.



31 rupia: unidad monetaria de la India.

(43) Los sijs son una secta del Panjab que une el hinduismo y el islamismo de tendencia monoteísta -un solo dios-. Se resistieron al dominio británico, pero fueron vencidos en 1849.

- ¿No es verdad que está completamente loco? -dijo Kim, saliendo de la oscuridad-. ¿Por qué te iba a engañar, hayyi 32?

Mahbub chupó el narguile en silencio. Después murmuró en voz bajísima:

- Ambala está en el camino de Benarés..., si es verdad que vais allí.

- ¡Bah! ¡Bah! Ya te he dicho que es incapaz de decir una mentira... No es como nosotros.

- Si quieres llevarme un mensaje a Ambala, te pagaré. El mensaje se refiere a un caballo, un semental blanco que vendí a un oficial la última vez que vine de los pasos. Pero entonces (acércate y extiende las manos, como si me pidieses limosna...) el pedigrí del sementa133 blanco no se había aún comprobado y ese oficial, que está ahora en Ambala, me pidió que se lo aclarase -aquí Mahbub describió el caballo y el aspecto del oficial-. Así es que el mensaje para ese oficial será: «el pedigrí del semental blanco está totalmente confirmado»; con eso él sabrá que vas de mi parte, y en seguida te preguntará: «¿Qué pruebas tienes?», y tú contestarás: «Mahbub Alí me ha dado la prueba.»

- ¿Y todo esto para el pedigrí de un semental blanco? -dijo Kim, sonriendo y con la mirada brillante.

- Ahora te daré el pedigrí a mi modo... y también algunas palabras. -Un hombre que llevaba forraje 34, pasó como una sombra por detrás de Kim. Mahbub Alí alzó la voz:

- ¡Alá! ¿Eres tú el único mendigo de la ciudad? Tu madre se ha muerto, tu padre se ha muerto. Eso es lo que les pasa a todo. Bien, bien... -se volvió como buscando a tientas en el suelo a su lado, y le tiró a Kim un pedazo de pan musulmán, blando y grasiento-. Marchaos a descansar entre mi gente esta noche tú y el lama. Mañana quizás te pueda dar trabajo.

Kim se escabulló mordiendo el pedazo de pan, y como ya esperaba, encontró una hoja de papel de seda doblada y cu­bierta con hule y tres rupias de plata. Una espléndida recompensa. Sonrió, y colocó el dinero y el papel en el estuche de cuero de sus amuletos. El lama, bien alimentado por los baltis de Mahbub, estaba ya dormido en un rincón de uno de los establos. Kim se tumbó a su lado y se echó a reír. Comprendía que había prestado un gran servicio a Mahbub, y ni por un solo momento creyó la historia del pedigrí del semental.

32 hayyi: título que se da al musulmán que ha hecho la peregrinación a la Meca.

33 semental: cualquier animal macho destinado a la reproducción. Aquí, un caballo.

34 forraje: el pienso verde que se siega para el ganado.

Pero Kim no sospechaba que Mahbub Alí, conocido como uno de los mejores tratantes de caballos del Panjab, rico co­merciante emprendedor, cuyas caravanas penetraban profun­damente en el norte lejano, estaba registrado en uno de los libros secretos del Departamento de Seguridad de la India (44), como C. 25.1B. Dos o tres veces al año, C. 25 enviaba una pe­queña relación muy mal escrita, pero interesantísima y gene­ralmente verdadera, según era confirmada por los informes de R.17 y M. 4. Sus noticias se referían principalmente a los prin­cipados del otro lado de la montaña, a las exploraciones de potencias extranjeras y al comercio de armas, y constituían una pequeña parte de la enorme cantidad de «información» con la cual opera el Gobierno de la India. Pero, recientemente, cinco reyes confederados, que no tenían motivo alguno para estar confederados, supieron por una bondadosa potencia del norte (45) que muchas noticias interesantes de sus territorios se habían infiltrado en la India británica. Los primeros ministros de estos reyes quedaron consternados y tomaron sus medidas según la costumbre oriental. Sospechaban, entre otros muchos, del bravo tratante de barba roja, cuyas caravanas penetraban en el co­razón de sus países hasta las nieves lejanas. En su viaje de regreso sufrió la caravana al menos dos emboscadas, y los hom­bres de Mahbub vieron a tres extraños rufianes 35 que podrían haber sido contratados a tal efecto. Debido a esto, Mahbub evitó la parada en la insalubre 36 ciudad de Peshawar (46) y se fue de­recho y sin detenerse hasta Lahore, donde, como conocía a sus gentes, presentía que ocurrirían incidentes curiosos.



35 rufián: granuja, tipo despreciable.

36 insalubre: insano, que daña la salud.

(44) El Servicio Secreto o de Espionaje de los Británicos, el Gran Juego, que distingue a sus agentes por una letra y un número.

(45) Lenguaje eufemístico con el que se refiere a Rusia que, por entonces, extendía su poder imperialista hacia Afganistán, con incursiones en la India.

(46) Ciudad pakistaní, fronteriza; lugar estratégico para el paso de las montañas.

Mahbub Alí tenía aquel documento comprometedor, y por nada del mundo hubiera querido conservarlo en su poder ni una hora más de lo preciso. El documento consistía en una hoja doblada de papel de seda, envuelta en hule, y era una infor­mación sin dirección e impersonal, con cinco microscópicos pin­chazos de alfiler en una esquina, que delataban escandalosa­mente a los cinco reyes confederados, a la simpática potencia del norte, a un banquero hindú de Peshawar, a una casa belga constructora de armas y a un gobernador mahometano semiin­dependiente de las provincias del sur.

Este último descubrimiento era debido a R. 17, y Mahbub lo había recogido del paso de Dora (47), ya que R. 17, por cir­cunstancias para él desconocidas, no podía abandonar su puesto de observación. La dinamita era una sustancia dulce e inofen­siva al lado de esa relación de C. 25; e incluso un oriental, con su peculiar sentido del tiempo, no podía menos de reconocer que cuanto más pronto estuviese el documento en manos se­guras sería mejor. Mahbub no sentía ningún deseo especial de morir de muerte violenta, porque tenía aún pendientes dos o tres contiendas de familia que quería resolver, y una vez sal­dadas esas cuentas, pensaba establecerse como un ciudadano más o menos virtuoso.

Durante los dos días que transcurrieron desde su llegada, no había cruzado la puertas del caravasar, pero había puesto ostensiblemente varios telegramas a Bombay (48), en uno de cuyos bancos tenía depositado parte de su capital; a Delhi, en donde un empleado de su mismo clan vendía caballos al agente del estado de Rajputana; y a Ambala desde donde un inglés le pedía con insistencia el pedigrí de un semental blanco. El escribiente público, que sabía inglés, compuso aquellos días excelentes te­legramas, como: «Creighton, Banco Laurel, Ambata. -Caballo es árabe, como había anunciado. Siento retraso pedigrí que estoy tra­duciendo». Y más tarde a la misma dirección: «Siento muchísimo retraso. Remitiré pedigrí». A su empleado en Delhi le telegrafió: «Lutuf Ullah. Enviado telégrafo dos mil rupias a tu cuenta Banco Luchman Narai». Estos telegramas entraban dentro del len­guaje comercial, pero cada uno de ellos era discutido y anali­zado por personas que estaban interesadas y que se enteraban de ellos, gracias a que Mahbub los enviaba al telégrafo de la estación por medio de un balti tonto, que permitía que los le­yera todo el mundo.

(47) Está en la frontera con Afganistán.

(48) La segunda ciudad en población de la India, en la costa.

Cuando -siguiendo el pintoresco lenguaje de Mahbub- lo­gró enturbiar el pozo de la curiosidad con el palo de la precau­ción, cayó Kim a su lado como enviado del cielo; siendo tan rápido en la acción como poco escrupuloso, y acostumbrado a aprovechar todas las ocasiones que se le presentaban, Mahbub Alí no dudó un momento en complicar al chiquillo en el asunto. Un lama vagabundo y un niño de baja casta podían tal vez atraer por un momento la atención de las gentes al viajar por la India, el país de los peregrinos, pero nadie sospecharía de ellos, y lo que era aún más importante, nadie se atrevería a robarles.

Pidió más tabaco para su narguile y meditó el caso. Ponién­dose en lo peor, si al muchacho le ocurría algún percance, el papel no delataba a nadie y él podría ir a Ambala, y a riesgo de despertar algunas sospechas, repetir de palabra toda la his­toria a las personas interesadas.

Pero el informe de R. 17 era el meollo de la cuestión, y realmente sería una contrariedad que no llegase a su destina­tario. Pero Alá es grande y Mahbub Alí había hecho todo lo que podía. Kim era la única persona en el mundo que nunca le había dicho una mentira. Esto hubiera constituido un defecto capital en el carácter de Kim, pero Mahbub sabía que a los demás, y cuando trataba de sus propios asuntos o de los de Mahbub, Kim era capaz de mentir como cualquier oriental.

Mahbub Alí se levantó y dio la vuelta al caravasar hasta llegar a la Puerta de las Arpías 37, que con sus ojos pintados atrapan a los forasteros, y, después de algunos esfuerzos, logró encontrar a una muchacha que, según sospechaba, era amiga de un lampiño pandit (49) de Cachemira que había espiado a su ingenuo balti en el asunto de los telegramas. Aún cometió Mah­bub otra tontería, pues se puso a beber con la muchacha coñac perfumado, en contra de las leyes del Profeta (50), hasta que se emborrachó por completo y se abrieron las puertas de su boca y persiguió a Flor de Delicia con los pies de la intoxicación. Al final cayó sin sentido entre los cojines, donde Flor de Delicia, ayudada por un pandit lampiño de Cachemira, lo registró con­cienzudamente desde los pies a la cabeza.

37 arpías: aquí, prostitutas.

(49) Un sabio.

(50) El alcohol está prohibido para los seguidores de Mahoma.

A la misma hora en que esto ocurría, Kim oyó un rumor de pasos suaves en el alojamiento de Mahbub. El tratante, cosa rara, no había cerrado la puerta con llave, y sus hombres es­taban muy entretenidos celebrando el regreso a la India, con un carnero debido a la generosidad de Mahbub. Un elegante y joven caballero de Delhi, provisto de un manojo de llaves que Flor de Delicia había sustraído del cinturón al inconsciente afgano, fue abriendo todos los fardos, cajas, bolsas y alforjas de Mahbub, con más detenimiento aún que Flor y el pandit habían registrado al propio dueño.

- Yo creo -decía Flor de Delicia desdeñosamente una hora después, con el codo apoyado en el cuerpo exánime 38 que seguía roncando- que no es más que un cerdo afgano que sólo piensa en mujeres y caballos. Además, puede que lo haya mandado ya a estas alturas..., si es que ese papel ha existido alguna vez.

- No..., tratándose de un documento concerniente a los cinco reyes, lo llevaría muy cerca de su negro corazón -dijo el pan­dit-. ¿Habéis encontrado algo?

El hombre de Delhi se echó a reír y se arregló el turbante al entrar.

- He buscado hasta en las suelas de sus babuchas 39, como Flor ha registrado los forros de su traje. Éste no es el hombre, será otro. No he dejado por registrar ni lo más mínimo.

- Ellos no dijeron que fuese éste precisamente -observó el pandit-. Solamente dijeron: «Comprobad si ése es el hombre por el cual nuestros consejos se ven turbados.»

- Los países del norte están llenos de tratantes de caballos, como un abrigo viejo de piojos. Ahí están, por ejemplo, Sikan­dar Khan, Nur Alí Beg y Farrukh Shah, todos jefes de cáfila (caravanas) que comercian allí -observó Flor.

- Pero aún no han regresado -dijo el pandit-. Tú te encar­garás de atraparlos más tarde.

- ¡Uf! -replicó Flor con profundo disgusto, dejando caer de su regazo la cabeza de Mahbub- Bien me gano el dinero. Fa­rrukh Shah es un oso, Alí Beg un matón, y el viejo Sikandar Khan... ¡Ay! ¡Marchaos! ¡Voy a dormir! Este cerdo no me fas­tidiará hasta la aurora.



38 exánime: desmayado, sin vida.

39 babuchas: zapato moro, sin tacón.

Cuando despertó Mahbub, Flor le habló severamente del pecado de borrachera. Los asiáticos no se traicionan nunca cuando han burlado a su enemigo; pero mientras se enjuagaba la garganta, ajustaba su cinturón y salía bajo las pálidas estre­llas de la mañana, Mahbub estuvo a punto de hablar.

- ¡Qué treta 40 de niños! -se dijo-. ¡Como si todas las mu­chachas de Peshawar no hiciesen lo mismo! Pero ha resultado bien. Dios sabe cuántos otros andarán persiguiéndome en este momento con orden de probarme... aun con el puñal. Ahora más que nunca es preciso que el muchacho salga para Ambala, y por ferrocarril, porque el asunto se hace urgente. Yo perma­neceré aquí entretenido con Flor y bebiendo vino, como co­rresponde a un comerciante afgano.

Se detuvo en el puesto segundo después del suyo. Sus hom­bres dormían profundamente. No había ni el menor rastro de Kim ni del lama.

- ¡Arriba! -dijo sacudiendo a uno de los dormidos-. ¿Adónde se fueron aquellos mendigos que se quedaron aquí ayer por la tarde..., el lama y el muchacho? ¿Habéis echado algo en falta?

- No -gruñó el hombre-; el viejo loco se levantó al segundo canto del gallo diciendo que se iba a Benarés, y el joven lo acompañó.

- La maldición de Alá caiga sobre todos los infieles -dijo Mahbub, satisfecho, y subió a su cuarto murmurando entre dientes.

En realidad, fue Kim el que despertó al lama: Kim, que vio por el agujero de un nudo de la madera al hombre de Delhi registrar en las cajas, comprendió en seguida que no se trataba de un ladrón vulgar, pues se entretenía en mirar las cartas, facturas y sillas de montar... No era un simple ratero, ya que con un cortaplumas registraba las suelas de las zapatillas de Mahbub y descosía hábilmente las costuras de las alforjas. Al principio, Kim estuvo tentado de dar la voz de alarma, el pro­longado ¡cho-or! ¡cho-or! (¡ladrón!, ¡ladrón! ), que instantánea­mente levanta a todo el caravasar como a un avispero; pero lo pensó dos veces, y con la mano sobre sus amuletos sacó sus propias conclusiones.

40 treta: engaño, truco.

- Debe de ser el pedigrí de ese supuesto caballo lo que yo llevo a Ambala. Más vale que nos vayamos en seguida. Los que registran los fardos con cuchillo pueden registrar también las entrañas con puñales. Seguramente que hay una mujer detrás de todo eso. ¡Eh! ¡Eh! -dijo en voz baja al viejo, que dormía con sueño ligero-. Vamos, ya es hora de irnos a Benarés.

El lama se levantó obediente y ambos salieron del caravasar como sombras.

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