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- No.


- ¿Estaba uno de ellos vestido como un faquir?

- Uno de ellos le dijo al otro: «¿Qué clase de faquir eres tú que tiemblas ante una corta espera?»

- Bueno. Vuélvete al campamento y échate a dormir. Esta noche no moriré.

Mahbub hizo dar la vuelta a su caballo y desapareció. Kim se arrastró por la atarjea hasta llegar a un punto situado en­frente del lugar donde se había dejado caer por segunda vez, cruzó la carretera arrastrándose como una comadreja y se arre­bujó otra vez bajo la manta.



7 atarjea: construcción de ladrillo que recubre cañerías.

«Por lo menos, ya lo sabe Mahbub», pensó satisfecho. «Por cierto que habló como si ya lo esperase. No creo que esos dos tipos le saquen provecho alguno a la vigilancia de esta noche.»

Pasó una hora, y aunque se había propuesto con la mejor voluntad del mundo permanecer despierto toda la noche, Kim se durmió profundamente. De vez en cuando pasaba un tren nocturno rugiendo sobre los raíles a veinte pies de su cabeza; pero Kim sentía toda la indiferencia del oriental ante el mero ruido, y todo aquel estrépito no lograba perturbar su hermoso sueño.

Mahbub, en cambio, estaba bien despierto. Lo que más le molestaba era que intentasen matarlo personas que no perte­necían a su propia tribu y que ni siquiera estaban complicadas en sus intrascendentes aventuras amorosas. Su primer y natural impulso fue cruzar la vía un poco más abajo y, volviendo en seguida hacia arriba, coger por la espalda a los que con tan buenas intenciones lo esperaban, y matarlos tranquilamente. Pero reflexionó, apenado, que la otra rama del Gobierno, que estaba completamente desligada de la que dirigía el coronel Creighton, exigiría explicaciones muy difíciles de dar; ya sabía que al sur de la frontera basta uno o dos cadáveres para que todo el mundo se inquiete ridículamente. Como no le habían molestado desde que envió a Kim con el mensaje para Ambala, creía que al fin había logrado desvanecer todas las sospechas.

Entonces se le ocurrió una idea extraordinariamente bri­llante.

«Los ingleses siempre dicen la verdad», se dijo, «con lo que, a los que somos del país, nos hacen quedar siempre como a estúpidos. ¡Por Alá! ¿Debo yo decirle la verdad a un inglés? ¿Para qué sirve la policía del gobierno, si permite que le roben los caballos en el mismo vagón a un pobre kabuli? ¡Aquí todo va tan mal como en Peshawar! Debería presentar una queja en la estación. Pero mejor será que me dirija a un joven sahib de ferrocarriles. Son muy celosos de su deber, y si cogen a los ladrones se lo anotarán en la hoja de servicios.»

Amarró su caballo fuera de la estación y se dirigió cami­nando hacia el andén.

- ¡Hola, Mahbub Alí! -le dijo un joven superintendente de Tráfico del Distrito, que estaba esperando para hacer un recorrido por la línea del ferrocarril; un joven alto, con pelo de estopa, cara de caballo y vestido con un traje blanco y sucio-. ¡Qué le trae a usted por aquí? Vendiendo jamelgos..., ¿eh?

- No; ahora no me preocupo de mis animales. Vine a ver a Lutuf Ullah. Tengo ahí en la vía un cargamento de caballos en un vagón en el extremo norte de la estación. ¿Podrían robár­melos sin conocimiento de la compañía de ferrocarril?

- Yo diría que no, Mahbub. En todo caso, si se los robaran, podría usted quejarse de nosotros.

- Es que he visto a dos hombres que han estado toda la noche bajo las ruedas de uno de los vagones. Pero los faquires no roban caballos, así es que no me he preocupado más de ellos. Voy a ver si encuentro a Lutuf Ullah, mi socio.

- ¿Qué diantre está usted diciendo? ¿Y no le ha dado la menor importancia? Afortunadamente, se ha tropezado con­migo. ¿Cómo dice usted que eran esos hombres?

- No eran más que unos faquires. Probablemente sólo tra­tarán de robar un poco de grano en los vagones. Hay muchos por toda la línea. Pero el Estado no notará la pérdida. Yo he venido a buscar a mi socio Lutuf Ullah...

- No piense usted más en su socio. ¿Dónde están situados los vagones con sus caballos?

- Un poco más acá del lugar más lejano en donde hacen lámparas para los trenes.

- La cabina del cambio de agujas. Sí, ya sé.

- Y sobre la vía que está más cerca de la carretera; hacia la derecha, mirando en esta dirección. En cuanto a Lutuf Ullah, es un hombre alto y con la nariz torcida, que lleva un galgo persa... ¡Eh!

El muchacho había salido corriendo para despertar a un joven y entusiasta policía, pues, como había dicho, la compañía del ferrocarril había sido víctima de muchos robos en la estación de mercancías. Mahbub Alí se rió entre dientes, bajo su barba teñida.

- Echarán a andar con sus botas pesadas, meterán un ruido atroz y luego se sorprenderán de no encontrar a ningún faquir. Son unos muchachos muy inteligentes el sahib Barton y el sahib Young.

Esperó indolentemente algunos minutos, esperando verlos apresurarse vía arriba, listos para entrar en acción. Una loco­motora ligera pasó por delante de la estación, y pudo vislumbrar al joven Barton que iba en la cabina.

«He sido injusto con el muchacho. No tiene un pelo de tonto», se dijo Mahbub Alí. «Perseguir a los ladrones utilizando un carro de fuego es un buen invento.»

Cuando al amanecer regresó Mahbub Alí a su campamento, nadie creyó que merecía la pena contarle los sucesos de la noche. Nadie, excepto un joven mozo de cuadra que acababa de entrar al servicio del gran tratante y a quien Mahbub llamó a su diminuta tienda para que le ayudase a empaquetar algunas cosas.

- Ya lo sé todo -murmuró Kim inclinándose sobre las mon­turas-. Vinieron dos sahibs en el te-ren. Yo corría en la oscu­ridad, de un lado a otro, pero por este costado de los vagones, mientras el te-ren se movía lentamente arriba y abajo. De pronto cayeron sobre los dos hombres que estaban sentados debajo del vagón... (Hayyi, ¿dónde meto este montón de tabaco? ¿Lo lío en un papel y lo pongo debajo del saco de la sal?) Sí..., y los derribaron. Pero uno de ellos golpeó a un sahib con su cuerno de antílope. (Kim se refería a los negros cuernos de antílope que constituyen las únicas armas de los faquires en esta vida). Corrió la sangre. De manera que el otro sahib, después de dejar sin sentido a uno de ellos, acometió en seguida al otro con una pistola que había caído de las manos del sahib herido. Y todos gritaban como si se hubiesen vuelto locos.

Mahbub sonrió con celestial resignación.

- ¡No! Eso más bien que dewanee (esta palabra puede to­marse en dos sentidos: como locura y como un caso de delito común) es nizamut (un caso criminal). ¿Un arma dices? Eso representa diez buenos años de encierro en la cárcel.

- Entonces se quedaron muy quietos, y me parece que es­taban medio muertos cuando los cargaron en el te-ren. Sus ca­bezas se movían así. Y hay mucha sangre en la vía. ¿Quieres venir a verla?

- Ya he visto bastante sangre en mi vida. Van a la cárcel de cabeza, y estoy seguro de que darán nombres falsos y de que durante mucho tiempo nadie se los encontrará por los caminos. Eran enemigos míos. Tu destino y el mío parece que están li­gados por el mismo lazo. ¡Qué historia para contársela al cu­randero de perlas! Ahora, arregla en seguida las monturas y los trastos de cocina. Vamos a descargar los caballos y saldre­mos de inmediato para Simla.

Rápidamente -tal como los orientales entienden la rapi­dez-, con largas explicaciones, con insultos y mucha palabrería innecesaria, con descuido, en medio de cien contratiempos pro­ducidos por las cosas que se olvidaban, levantaron el desor­denado campamento y condujeron la media docena de entu­mecidos e inquietos caballos por la carretera de Kalka, con el frescor del amanecer despejado por la lluvia. Kim no tenía nada que hacer, pues era considerado como el favorito de Mahbub por todos aquellos que deseaban estar a bien con el pathan. Y así fueron avanzando a cortas jornadas y parándose a cada momento en los albergues del camino. Encontraron a muchos sahibs que viajaban por la carretera de Kalka, y según decía Mahbub Alí, todo sahib joven que se estime en algo, se cree en el deber de dar su opinión sobre caballos, y aunque esté cargado de deudas hasta el cuello, se considera en la obligación de aparentar que va a comprar. Por esa razón, todos los sahibs que viajaban en coche se iban deteniendo unos tras otros y enta­blaban conversación con ellos. Algunos llegaban incluso a apearse de sus vehículos y palpar las patas de los caballos, haciendo preguntas insustanciales o, a causa de su ignorancia del idioma indígena, insultando groseramente al imperturbable tratante.

- La primera vez que comercié con los sahibs, y eso fue cuando el sahib coronel Soady era Gobernador del Fuerte Aba­zai e inundó por despecho los terrenos donde acampaba el comisario -explicó Mahbub a Kim, mientras descansaba bajo la sombra de un árbol y el muchacho le llenaba la pipa-, yo no sabía hasta dónde llegaba su imbecilidad, y esto me sacaba de quicio. Como ocurrió una vez... -y contó una historia relativa a una frase, usada incorrectamente con la mayor inocencia, que hizo que Kim se desternillase de risa-. Ahora ya sé, sin embargo, -añadió exhalando el humo lentamente-, que a ellos les sucede lo que a todo el mundo: en unas cosas son muy entendidos y en otras completamente tontos. Porque es una tontería emplear una palabra inconveniente cuando se dirige uno a un desco­nocido, pues, aunque en el corazón no haya intención alguna de ofender, ¿cómo lo va a saber el desconocido? Lo más pro­bable es que busque la verdad con una daga 8.

- Es cierto. Muy cierto -dijo Kim con solemnidad-. Por ejemplo, los tontos hablan de un gato cuando una mujer va a parir. Yo los he oído.



8 daga: espada corta.

- Sí..., y por ello, cuando se está en la situación en la que tú te encuentras, te conviene recordar esto con las dos clases de rostros. Entre los sahibs, no olvidando nunca que eres un sahib; entre la multitud de la India, recordando siempre que eres... -e interrumpió la frase con una sonrisa de confusión.

- ¿Qué soy yo? ¿Musulmán, hindú, jainí o budista? Es una cosa difícil de averiguar.

- Lo que eres, sin duda alguna, es un descreído, y por lo tanto te condenarás. Así lo dice mi Ley, o por lo menos yo lo creo así. Pero además eres mi querido pequeño Amigo de todo el Mundo. Así lo dice mi corazón. Este asunto de las religiones es como los caballos. El hombre inteligente sabe que los ca­ballos son útiles... Y que de todos puede sacarse provecho. Y por lo que a mí respecta, si no fuera porque soy un buen sunní 9 y aborrezco a los hombres de Tirah, podría pensar lo mismo de todas las religiones. Ahora bien, es una cosa comprobada que una yegua de Katiwar, sacada de los arenales árabes en donde se ha criado y trasladada al oeste de Bengala, se derrumba al poco tiempo, y que un semental de Balj (y seguramente nada superaría a los caballos de Balj, si no tuviesen las espaldas un poco pesadas) no serviría de nada en los grandes desiertos del norte, al lado de los camellos para la nieve que allí he visto. Por eso digo que las religiones son como los caballos. Cada una de ellas sólo tiene valor en su propio país (4).

- Pues mi lama dice una cosa completamente distinta.

- ¡Oh! Tu lama es un viejo soñador de Bhotiyal. Amigo de todo el Mundo, en el fondo de mi alma estoy enfadado contigo. No entiendo cómo puedes verle tantos méritos a un hombre tan poco conocido.

- Eso es cierto, hayyi; pero yo los veo, y a él se inclina mi corazón.

9 sunní: musulmán ortodoxo, por oposición a la secta shiah, a la que perte­necen los habitantes de Tirah.

(4) La religiosidad de Mahbub es superficial. Como se dice luego, «era muy religioso cuando tenía tiempo». Incumple las leyes de su credo, pues bebe alcohol y se emborracha (cap. I), no hace las abluciones... Por otra parte, esa falta de una sólida fe religiosa es pareja de su falta de escrúpulos como espía para los británicos. Mahbub es un hombre pragmático.

- Y el suyo hacia ti, según he podido averiguar. Los cora­zones son como los caballos. Van y vienen de un lado a otro, a pesar del bocado y la espuela. Dale un grito a Gul Sher Khan para que afiance más firmes los postes donde está amarrado el semental bayo. No quiero que tengamos una pelea de caballos en cada lugar de descanso; y al pardo y al negro tendremos que encerrarlos en seguida... Ahora, óyeme. ¿Necesitas ver al lama de nuevo, para tranquilizar tu espíritu?

- Eso es una de las partes de mi contrato -dijo Kim-. Si no lo veo y lo apartan de mí, me escaparé de esa madrasa de Nucklao y..., y una vez que me haya ido, ¿quién me encontrará?

- Es verdad. Jamás ha habido un potro amarrado con una cuerda más delgada. -Mahbub asintió con la cabeza.

- No tengas miedo -Kim hablaba como si hubiese podido desaparecer en aquel mismo momento por arte de magia-. Mi lama ha dicho que vendrá a verme a la madrasa.

- Un mendigo y su cuenco de limosna en presencia de aque­llos jóvenes sahibs...

- ¡No todos! -Kim lo interrumpió con un bufido-. Muchos de ellos tiene lo blanco del ojo azulado y las uñas ennegrecidas con sangre de baja casta. Son hijos de metheeranees 10..., cuñados de los bhungi (barrenderos).

No es necesario que continuemos con el resto del pedigrí; pero Kim expuso lo que pensaba con claridad y sin acalora­miento, mientras mascaba un trozo de caña de azúcar.

- Amigo de todo el Mundo -dijo Mahbub alargándole la pipa para que la limpiase-, he tropezado en mi vida con muchos hombres, mujeres y niños y no pocos sahibs, pero nunca he visto ninguno tan desvergonzado como tú.

- ¿Y por qué? Si a ti siempre te digo la verdad...

- Tal vez por eso mismo... Este mundo está lleno de peligros para los hombres honrados. -Mahbub Alí se levantó del suelo, ajustó su cinturón y se dirigió hacia donde estaban los caballos.

- ¿O te la vendo?

Hubo algo en el tono de Kim que hizo pararse y girar a Mahbub.

- ¿Qué nueva diablura es ésa?

- Dame ocho annas y te lo diré -saltó Kim sonriendo-. Tiene que ver con tu tranquilidad.

- ¡Ah, demonio! -exclamó dándole la moneda.

10 metheeranees: barrendera.

- ¿Te acuerdas de aquel asuntillo de los ladrones, por la noche..., allí en Ambala?

- ¿Cómo voy a olvidarlo, si querían quitarme la vida? ¿Por qué lo dices?

- ¿Te acuerdas del caravasar de Cachemira?

- Te voy a tirar de las orejas dentro de un momento, sahib.

- No es preciso, pathan. Sólo quería decirte que el segundo faquir, aquel a quien los sahibs golpearon hasta dejar sin sen­tido, era el mismo que registró todos tus efectos en Lahore. Le vi la cara cuando lo subían a la locomotora. Exactamente el mismo hombre.

- ¿Y por qué no me lo dijiste antes?

- ¿Para qué? Ahora está en la cárcel y estará allí encerrado durante algunos años. No conviene decir más de lo que es pre­ciso en un momento dado. Además, entonces no necesitaba di­nero para comprar dulces.

- ¡Allah kerim! 11-dijo Mahbub Alí-. ¿Serás capaz algún día de vender mi cabeza por unos pocos dulces si te da por ahí?

Kim recordará durante toda su vida aquel largo y lento viaje en que fueron desde Ambala, pasando por Kalka y los jardines de Pinjore, hasta Simia (5). Una repentina crecida del río Gugger arrastró a un caballo (seguramente era el mejor de todos) y por poco sumerge a Kim entre los guijarros arrastrados por la co­rriente. Más tarde un elefante del Gobierno provocó una des­bandada de los caballos, y como había buenos pastos por la zona, tardaron más de un día y medio en volverlos a reunir de nuevo. Después se encontraron a Sikandar Khan, que regresaba con unos cuantos jamelgos 12 invendibles, -los restos de su reata-, y Mahbub, que tenía en la uña del dedo meñique más conocimientos de los caballos que Sikandar Khan en todas sus tiendas, tuvo que comprar dos de los peores, y eso representó ocho horas de laborioso chalaneo 13 y el consumo de una can­tidad enorme de tabaco. Pero el viaje era una continua delicia; el sinuoso camino ascendía y descendía, aproximándose cada vez más a los contrafuertes de las montañas; los tonos rosados del sol de la mañana, que se extendían sobre las nieves lejanas; los cactos de incontables brazos que se alineaban en hileras sobre los flancos pedregosos de las colinas; el susurro del agua en millares de acequias; el parloteo de los monos; los solemnes cedros, trepando uno tras otro con ramas que se inclinan hacia abajo; la perspectiva de la llanura que se extendía bajo ellos; el resonar incesante de los cuernos de los tonga 14 y la impetuosa aparición de sus caballos delanteros al dar la vuelta a una curva; las paradas para hacer oración (Malibub era muy religioso y no escatimaba ni las abluciones en seco 15 ni las oraciones, cuando el tiempo no lo apremiaba); las tertulias nocturnas en los lu­gares de acampada, mientras los caballos y los bueyes rumiaban juntos solemnemente, y los arrieros 16, impasibles, referían las novedades de la carretera..., todas estas cosas hacían que el corazón de Kim saltara de gozo dentro de su pecho.

Pero cuando terminen el canto y la danza -dijo Malibub Alí-, vendrá el sahib coronel, y eso ya no es tan agradable.

- Es una hermosa tierra, es una hermosísima tierra ésta de la India; pero la región de los Cinco Ríos (6) es la más hermosa de todas -replicó Kim como si recitara-. A ella me escaparé si



11 ¡Allah Keriml: ¡Alá sea compasivo!

12 jamelgo: caballo flaco y desgarbado.

13 chalaneo: mañas y persuasiones que se emplean en la compraventa de ca­ballos y otros animales.

14 tonga: carruaje ligero de dos ruedas.

15 abluciones en seco: lavarse para purificarse, según la ley religiosa de los musulmanes. Si falta agua, sirve la arena o el polvo («en seco»).

16 arriero: el que trajina y conduce a las bestias de carga.

(5) Simia, al pie del Himalaya, en un contrafuerte a más de 2.000 m. de altura, era la capital de verano del Gobernador, los funcionarios de rango y la alta sociedad de la colonia. Contaba con paiacios, mansiones, teatros; paseos, balnearios, clubes... También Kìpling veraneó allí.

(6) El Panjab.

Malibub Alí o el coronel intentan tratarme mal. Y en cuanto me haya escapado, ¿quién me encontrará? ¡Mira, hayyi!, ¿es aquélla la ciudad de Simla? ¡Alá! ¡Vaya ciudad!

- El hermano de mi padre, que era ya viejo cuando se inau­guró en Peshawar el pozo del sahib Mackerson, se acordaba aún de cuando no había más que dos casas en Simla.

Malibub condujo sus caballos por debajo de la carretera principal a los bazares inferiores de Simla: un sitio tan abarro­tado como un hormiguero, que trepa desde el fondo del valle hasta el Ayuntamiento, con un ángulo de cuarenta y cinco gra­dos. El hombre que conozca bien ese barrio puede desafiar a toda la policía de la capital estival de la India, pues porche con porche, callejuela con callejuela y pasadizo con pasadizo se comunican entre sí del modo más sofisticado. Allí viven quienes atienden a las necesidades de la alegre ciudad: los jhampanis, que arrastran los lindos rickshaws 17 donde van las bellas seño­ritas por la noche, y que se pasan jugando hasta el amanecer; allí viven también los especieros, los vendedores de aceites, anticuarios, leñadores, sacerdotes, carteristas y funcionarios indígenas del Gobierno; allí discuten las cortesanas los asuntos que al parecer constituyen el más profundo secreto del Consejo de la India; allí se reúnen todos los sub-subagentes de la mitad de los Estados indígenas. Allí fue donde alquiló Malibub un cuarto en casa de un ganadero mahometano, cuya cerradura era mucho más segura que la de su cuchitril de Lahore. En aquel cuarto se verificó, además, una milagrosa transformación, pues al anochecer penetró en él un mozo de cuadra mahometano y una hora más tarde salía de allí un mozalbete euroasiático -el tinte de la muchacha de Lucknow era de lo mejor-vistiendo un traje de confección que le sentaba muy mal.

- Ya he hablado con el sahib Creighton -le dijo Malibub Alí-, y por segunda vez la Mano de la Amistad ha desviado el Látigo de la Calamidad. Dice que has perdido sesenta días en el camino y que, por lo tanto, es demasiado tarde para enviarte a la escuela de la montaña.

17 rickshaws: carruajes ligeros de dos ruedas, tirados por hombres -los jham­panis-, muy usados en el Oriente.

- Ya he dicho que las vacaciones son de mi propiedad. Yo no pienso ir otra vez a la escuela. Es una de las condiciones de mi compromiso.

- El sahib coronel no está al corriente de esa condición. Tienes que alojarte en casa del sahib Lurgan hasta que llegue el momento de regresar a Nucklao.

- Preferiría alojarme contigo, Mahbub.

- Tú no tienes idea del honor que te hacen. El mismo sahib Lurgan ha preguntado por ti. Tienes que subir a la montaña y seguir el camino que hay en lo alto, y allí debes olvidar por algún tiempo que me conoces y que en tu vida has hablado con Mahbub Alí, el que vende caballos al sahib Creighton, a quien tú tampoco conoces. Acuérdate de esta orden.

Kim asintió.

- Bien -dijo-, ¿y quién es el sahib Lurgan?

Pero al sorprender la mirada, aguda como una espada, que le lanzó Mahbub, añadió:

- Indudablemente, yo no he oído eñ mi vida ese nombre. ¿Es por casualidad -continuó en voz baja- uno de nosotros? - ¿Qué es eso de uno de nosotros, sahib? -replicó Mahbub Alí en el tono que acostumbraba a usar con los europeos-. Yo soy un pathan; tú eres un sahib y el hijo de un sahib. El sahib Lurgan tiene una tienda situada en el barrio europeo de Simia. Todo el mundo lo conoce. Pregunta... y, Amigo de todo el Mundo, ten en cuenta que se trata de una persona a la que es preciso obedecer hasta en el menor parpadeo. La gente dice que hace magia, pero eso a ti no te importa. Sube la colina y pregunta. Ahora empieza el Gran juego (7).

(7) El trabajo en el Servicio Secreto.

Capítulo IX

S’doaks era hijo de Yelth el Sabio,

jefe del clan del Cuervo

Itswoot el Oso lo tuvo a su cuidado

para convertirlo en hechicero.
Era listo y muy rápido para aprender,

valiente y temerario para obrar:

¡Y bailó la espantosa danza de Kloo-Kwallie

para divertir a Itswoot el Oso!



Leyenda de Oregón

Kim avanzó con corazón animoso sobre este nuevo giro de la rueda de su vida. Volvería por algún tiempo a ser un sahib. Con esta idea, llegó a la ancha calle que se extiende bajo el Ayuntamiento de Simia y buscó a alguien a quien impresionar. Un niño hindú, de unos diez años, estaba acurrucado bajo un farol.

- ¿Dónde está la casa del señor Lurgan? -preguntó Kim.

- No entiendo inglés -fue la respuesta, y Kim repitió la pregunta en idioma indígena.

- Yo te acompañaré.

Y marcharon juntos a través del crepúsculo misterioso, lleno de los ruidos de la ciudad, que se extendía por la ladera de la colina, y respirando el aroma de los cedros que cubren el Jakko (1), y que se destacaban sombríos sobre el cielo estrellado. Las luces de las casas, esparcidas por la pendiente, constituían, por decirlo así, un segundo firmamento. Unas estaban fijas, pero otras pertenecían a los rickshaws de despreocupados in­gleses que hablaban a gritos y salían a cenar.

- Aquí es -dijo el guía de Kim; y se paró ante un porche situado al mismo nivel de la carretera principal. No tenía puerta, sino una simple cortina de juncos con cuentas de vidrio, que dividía la luz de una lámpara que ardía en el interior.

(1) La colina sobre la que está Simia.

- Ya está aquí -dijo el niño en una voz que parecía un susurro, y desapareció. Kim comprendió en seguida que aquel niño había sido apostado para que le sirviera de guía, pero con ademán de atrevimiento separó la cortina y entró. Un hombre de barba negra, con una visera verde sobre los ojos, estaba sentado ante una mesa, y, uno a uno, iba ensartando pequeños glóbulos luminosos en un brillante hilo de seda (2) con sus manos blancas y menudas, mientras canturreaba en voz baja... Kim se dio cuenta de que más allá del círculo iluminado por la lámpara, la sala estaba llena de cosas que despedían esa fragancia pe­culiar a todos los templos de Oriente. Una bocanada de almiz­cle 1, una ráfaga de sándalo 2 y enervante esencia de jazmín lle­garon hasta las ventanas de su nariz.

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