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Capítulo II

Aquel que, liberado del orgullo,

no desprecie ni a hombres ni a animales,

podrá sentir el alma del Oriente

pasar ante él en Kamakura.
Buda en Kamakura
Entraron en la estación del ferrocarril que, semejante a una fortaleza, se perfilaba negrísima sobre la incierta claridad del crepúsculo; las luces eléctricas resplan­decían sobre los andenes de mercancías, donde se acumulaba todo el enorme tráfico de cereales del norte de la India.

- ¡Esto es obra de los demonios! -dijo el lama retrocediendo ante la oscura nave resonante, donde se vislumbraba el suave reflejo de los raíles entre los andenes de mampostería y el laberinto de la armadura metálica del techo. Permaneció de pie en medio de la gigantesca sala alfombrada, en apariencia, de cadáveres amortajados... Eran pasajeros de tercera clase, que habían sacado sus billetes la noche anterior y estaban dur­miendo en la sala de espera. Las veinticuatro horas del día tienen igual valor para los orientales, y el tráfico de pasajeros se regula teniendo esto en cuenta.

- Aquí es donde se paran los carruajes de fuego. Hay un hombre detrás de ese agujero -dijo Kim señalando a la ven­tanilla del despacho de billetes-, que te dará un papel para llevarte a Ambala.

- Pero nosotros vamos a Benarés -dijo el lama con im­paciencia.

- Es lo mismo. A Benarés, entonces. De prisa, ¡ya viene!

- Toma tú la bolsa.

El lama, no tan acostumbrado a los trenes como pretendía, pegó un salto cuando el correo del sur, de las 3.25 horas, hizo su entrada, rugiendo. Todos los durmientes renacieron a la vida, y la estación se llenó de clamores y gritos, pregones de agua y dulces, llamadas de los policías indígenas, aullidos de mujeres que recogían sus cestas, a sus hijos y sus maridos.

- Es el tren..., nada más que el te-ren. No llegará hasta aquí. ¡Espera!

Sorprendido de la inmensa candidez del lama (le había en­tregado una pequeña bolsa llena de rupias), Kim sacó un billete para Ambala. El empleado murmuró algo, medio dormido, y le dio uno para la próxima estación, situada a seis millas justas de distancia.

- No -dijo Kim examinándolo con una sonrisa burlona­-. Este truco es bueno para los campesinos, pero yo vivo en la ciudad de Lahore. Has sido muy hábil, babú (1). Pero ahora dame el billete para Ambala.

El babú le puso mala cara, pero le entregó el billete reque­rido.

- Ahora dame otro para Amritsar (2)-dijo Kim, que no quería gastarse el dinero de Mahbub Alí en algo tan vulgar como un billete de tren hasta Ambala-. El precio es tanto. La vuelta es tanto. Sé cómo funcionan los te-renes... Nunca hubo yogui más necesitado de un chela que tú -exclamó dirigiéndose alegre­mente al atontado lama-. Si no hubiera sido por mí, te hubieran dejado en Mian Mir (3). ¡Ven por aquí! -Le devolvió el dinero, guardándose solamente un anna por cada rupia de las que había gastado en el billete a Ambala, como importe de su comisión, la inevitable comisión de Asia.

El lama se detuvo, remiso, ante la puerta abierta de un vagón de tercera, que iba atestado.

- ¿No sería mejor ir a pie? -dijo suspirando.

Un corpulento artesano sij (4) de tupida barba sacó por una ventanilla la cabeza.

- ¿Tiene miedo? No debe tenerlo. Me acuerdo de la primera vez, cuando yo tenía miedo de los trenes. ¡Entra! Esta cosa es obra del Gobierno.

- No tengo miedo -dijo el lama-. ¿Habrá sitio para dos?

- No hay sitio ni para un ratón -chilló la mujer de un la­brador acomodado, un indio jat (5) del rico distrito de Jullun­dur-. Los trenes de la noche no están tan bien atendidos como los del día, en los que hay vagones separados para los dos sexos.

(1) Babú es el tratamiento que se da a los escribientes indios y a los bengalíes que poseen una educación inglesa, como más adelante el espía Hurree Chun­der. Puede equivaler a «señor».

(2) Es la ciudad santa de los sijs, en el Panjab. Es célebre su Templo de oro. Hoy Amritsar cuenta con más de medio millón de habitantes.

(3) Estación militar de Lahore, situada a las afueras de la ciudad.

(4) Ver cap. I, n. 43.

(5) Etnia del Panjab. Los jat son agricultores y ganaderos.

- ¡Oh, madre de mi hijo!, podemos hacer sitio -dijo el ma­rido, que llevaba un turbante azul-. Coge en brazos al niño. Es un santón, ¿no lo ves?

- ¡Y mi regazo, lleno de setenta veces siete bultos! ¿Por qué no me lo sientas sobre mis rodillas, sinvergüenza? Los hombres sois todos iguales. -La mujer miró alrededor en busca de aprobación. Una cortesana 1 de Amritsar, sentada al lado de la ven­tanilla, hizo un ruido despreciativo bajo el velo que cubría su cabeza.

- ¡Sube, sube! -gritó un gordo prestamista hindú, que lle­vaba debajo del brazo su libro de cuentas arrollado en una tela. Y añadió con una sonrisa untuosa-: Se debe ser bondadoso con los pobres.

- Sí, al siete por ciento al mes y una hipoteca sobre el ternero que haya de nacer -dijo un joven soldado dogra, que se dirigía al sur de permiso. Y todos se echaron a reír.

- ¿Va este tren a Benarés? -preguntó el lama.

- Naturalmente. ¿Adónde si no? Entra o nos dejan en tierra -dijo Kim.

- ¡Fijaos! -gritó la muchacha de Amritsar-. No ha subido nunca en tren. ¡Fijaos!

- Ayuda es lo que necesita -dijo el labrador alargando su ancha mano morena y tirando del lama hacia arriba-. Así se hace, padre.

- Pero..., pero... yo me siento en el suelo. Sentarse en el banco es contra la Regla -dijo el lama-. Además, me dan calambres.

- Yo digo -comentó el prestamista frunciendo los labios­ que en estos te-renes no hay regla que no se vea uno forzado a infringir, y no tenemos más remedio que codearnos con todos los pueblos y castas.

- Sí, y con las mujeres más desvergonzadas -dijo la labra­dora, atisbando las miradas provocativas que lanzaba la mu­chacha de Amritsar al joven cipayo (6).

- Ya te dije que podíamos haber ido en el carro -dijo el marido- y nos hubiéramos ahorrado algún dinero.

1 cortesana: prostituta.

(6) Cipayos son los soldados indios al servicio de Gran Bretaña. En el capítulo siguiente se alude a su rebelión de 1857 contra los británicos.

- Sí..., para gastarnos más del doble en comida para el ca­mino. Ya hemos discutido esto más de diez mil veces.

- Sí, y en diez mil lenguas -gruñó el marido.

- ¡Los dioses nos ayuden!; qué sería de nosotras, pobres mujeres, si no pudiéramos hablar. ¡Anda! Éste es de esos que no pueden mirar ni hablar a las mujeres -la labradora decía esto porque el lama, obligado por su Regla, fingía no advertir su presencia-. ¿Y su discípulo es como él?

- Nada de eso, madre -contestó Kim rápidamente-. Y me­nos cuando la mujer es hermosa, y sobre todo, caritativa con los hambrientos.

- Una respuesta de mendigo -dijo el sij riendo-. Tú te lo has buscado, hermana. -Las manos de Kim se entrecruzaron suplicantes.

- ¿Y adónde vas? -dijo la mujer, mientras le daba media torta que sacó de un paquete grasiento.

- A Benarés.

- ¿Sois titiriteros? -preguntó el joven soldado-. ¿Sabéis ha­cer algunos juegos con que entretenernos durante el camino? ¿Por qué no me contesta el hombre amarillo? (7)

- Porque -dijo Kim con vehemencia- es santo, y medita sobre materias demasiado sublimes, que tú no comprenderías.

- Eso puede ser verdad. Nosotros los sijs de Ludhia­na (8) -exclamó enfáticamente- no nos calentamos la cabeza con doctrinas. Nosotros combatimos.

- El hijo del hermano de mi hermana es naik (cabo) en ese regimiento-dijo el artesano sij con modestia-. Hay allí también algunas compañías de dogras.

El soldado le lanzó una mirada furiosa, porque un dogra es de otra casta que un sij; el prestamista, entretanto, se reía entre dientes.

- Para mí todos son lo mismo -dijo la muchacha de Amrit­sar.

- De eso estamos convencidos -exclamó la mujer del la­brador, con intención.

- No es eso; pero todos los que sirven al Sirkar2 con las armas en la mano forman como si fuera una hermandad. Existe una hermandad de la casta, pero por encima de ella -la mu­chacha miró alrededor tímidamente- está el lazo de unión del pulton..., del regimiento...

2 Sirkar: término persa que designa al Gobierno de la India.

(7) Los tibetanos tienen la piel amarilla.

(8) También es otra ciudad india del Panjab.

- Mi hermano está en un regimiento jat (9) -dijo el labrador-. Los dogras también son buenos muchachos.

- Tus sijs, al menos, eran de esa opinión -dijo el soldado, mirando con ceño al plácido viejo, que estaba sentado en el rincón-. Tus sijs pensaban así cuando hará unos tres meses se hallaban combatiendo sobre las lomas, en el Pirzai Kotal, contra ocho banderas de afridis (10) y llegaron en su socorro nuestras dos compañías.

(9) El autor tiene mucho interés en mostrar la variedad y rivalidad de sectas y castas dei Panjab.

(10) Los afridis son un pueblo afgano. En 1877 tuvo lugar una batalla en el paso de Pirzai Kotal.

Y relató con todo detalle una acción de la frontera, donde las compañías dogras de los sijs de Ludhiana se habían com­portado heroicamente. La muchacha de Amritsar sonreía, com­prendiendo que todo aquel relato no tenía otro objeto que me­recer su aprobación.

- ¡Vaya! -dijo la mujer del labrador cuando el soldado ter­minó de hablar-. ¿De modo que quemasteis sus aldeas y de­jasteis a los niños sin hogar?

- Habían mutilado a nuestros muertos. Pagaron un precio muy alto por la lección que les dimos. Eso fue lo que ocurrió. ¿Ya estamos en Amritsar?

- Sí, y aquí revisan los billetes -dijo el prestamista bus­cando en su cinturón.

Las lámparas palidecían a la luz de la aurora, cuando entró el revisor mestizo. La revisión de los billetes es un penoso tra­bajo en Oriente, donde los viajeros los esconden en los sitios más raros. Kim sacó el suyo y el revisor le mandó que se apeara.

- Pero, ¡si yo voy a Ambala! -protestó-. Voy con este san­tón.

- Por mí como si quieres ir al infierno. Este billete es sólo hasta Amritsar. ¡Fuera!

Kim rompió en un mar de lágrimas pretextando que el lama era para él su padre y su madre, que él constituía el único sostén del viejo, y que el lama moriría sin sus cuidados. Todos los viajeros le pidieron al revisor que tuviese compasión del chi­quillo -el prestamista, sobre todo, se distinguió por su elo­cuencia-, pero el revisor levantó por un brazo a Kim y lo arras­tró hasta el andén. El lama miraba con ojos asombrados, sin lograr comprender lo que sucedía, y Kim, alzando más la voz, lloraba, junto a las ventanillas del vagón.

- Yo soy muy pobre. Mi padre ha muerto..., mi madre ha muerto. ¡Oh!, almas caritativas, si yo me quedo aquí, ¿quién cuidará del viejo?

- ¿Qué es esto..., qué pasa? -repetía el lama-. Tiene que venir a Benarés. Tiene que venir conmigo. Es mi chela. Si hay que pagar dinero...

- ¡Cállate! -susurró Kim-. ¿Somos acaso rajás 3 para tirar el dinero, cuando el mundo es tan caritativo?

3 rajás: soberanos, reyes.

La muchacha de Amritsar descendió con su equipaje, y en ella se fijó al momento la mirada siempre vigilante de Kim. Las muchachas de su condición, Kim lo sabía, son siempre gene­rosas.

- Un billete..., un pequeño tikku 4 para Ambala... ¡Oh, la­drona de corazones! -la muchacha se echó a reír-. ¿Es que no tienes caridad?

- ¿Viene del norte el santón?

- De muy lejos, viene de muy lejos allá en el norte -gritó Kim-. De las montañas.

- Hay nieve entre los pinos del norte..., en las montañas hay nieve. Mi madre era de Kulú. Toma, cómprate un billete, y pídele una bendición para mí.

- Diez mil bendiciones -exclamó Kim-. ¡Oh, santo!, una mujer nos ha socorrido caritativamente, así es que puedo irme contigo..., una mujer de corazón de oro. Corro a comprar el tikkut.

La muchacha miró al lama, que inconscientemente había seguido a Kim hasta el andén; una vez allí, el viejo, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza para no verla, murmuró en tibetano una bendición, mientras ella se mezclaba entre la multitud.

- Alegre vino..., alegre se va -dijo la mujer del labrador, con sarcasmo.

- Pero ha adquirido mérito -repuso el lama-. Seguramente era una monja (11).

- Sólo en Amritsar habrá más de diez mil de estas monjas -gritó el prestamista-. Entra, viejo, porque si no el tren te dejará en tierra.

- Alcanzó para el billete, y además sobró para comprar un poco de comida -dijo Kim, saltando a su sitio-. Ahora, come; mira, ya sale el sol.

La niebla de la mañana se desvanecía dorada, rosa, azafrán y roja a través de las verdes llanuras. Todo el rico Panjab se mostraba espléndido bajo los rayos brillantes del sol. El lama agachaba un poco la cabeza cada vez que pasaban los postes del telégrafo.

4 tikkut: deformación fonética del inglés ticket (billete).

(11) Un dato más, humorístico, para mostrar el desconocimiento que el lama tiene de la realidad. Su bondad se disminuye por su ingenuidad: parece un niño entre mayores.

- Grande es la velocidad del tren -dijo el prestamista con una sonrisa condescendiente-. Estamos ya a tanta distancia de Lahore, que para recorrerla a pie hubierais tardado más de dos días: a la caída de la tarde llegaremos a Ambala.

- Y Benarés está todavía mucho más lejos -dijo el lama con aire cansado, musitando sobre los buñuelos que le ofreció Kim. Todos los viajeros desataron sus bultos y almorzaron. En seguida, el prestamista, el labrador y el soldado, prepararon sus pipas y llenaron el compartimento de un humo acre y sofocante, al tiempo que escupían, tosían y disfrutaban de todo ello. El hombre sij y la mujer del labrador mascaban pan (12), el lama aspiró rapé y rezaba el rosario, mientras Kim -con las piernas cruzadas- sonreía con el placer de sentir el estómago lleno.

- ¿Qué ríos tenéis por Benarés? -preguntó de repente el lama, dirigiéndose a todos los pasajeros.

- Tenemos el Ganges -respondió el prestamista, una vez que se desvaneció la sonrisa general que despertó aquella sa­lida inesperada.

- ¿Y qué otros ríos?

- ¿Y qué ríos además del Ganges?

- No, es que estaba pensando en cierto Río milagroso.

- Ése es el Ganges. Quien se baña en él queda limpio de pecado y va después a la morada de los dioses. Tres veces he ido en peregrinación al Ganges -y miró orgulloso alrededor.

- Falta te hacía -dijo el joven cipayo con sorna; y la risa de todos los viajeros estalló, ahora a costa del prestamista.

- Limpio..., para regresar después con los dioses -murmuró el lama-, y continuar con la sucesión de vidas una vez más..., siempre atado a la Rueda. Pero puede ser que en esto haya un error. ¿Quién creó el Ganges en su origen?

- Los dioses. ¿De qué religión eres tú? -dijo el prestamista, asombrado.

- Yo sigo la Ley..., la Ley Excelentísima. De modo que los dioses hicieron el Ganges. ¿Qué clase de dioses eran?

Todos los viajeros lo miraron confusos. Para ellos resultaba inconcebible que hubiera una persona tan ignorante acerca del Ganges.

- ¿Quién..., cuál es tu Dios?

(12) El pan o pan-supari es un masticatorio, de sabor acre, preparado con hojas de betel y nuez. Produce fuerte salvación de color rojizo.

- Oíd -dijo el lama, cambiando el rosario de mano-. ¡Oíd­me, porque voy a hablaros de Él! ¡Oh, pueblo de la India, escucha!

Y empezó a relatar en urdú la historia de Buda Nuestro Señor, pero, arrastrado por sus propios pensamientos, pasó al tibetano y recitó textos, muchas veces citados, de un libro chino sobre la vida de Buda. Los viajeros, condescendientes y tole­rantes, lo escuchaban con reverencia. Toda la India está llena de santones que predican en lenguas extrañas, exaltados y con­sumidos por el ardor de su propio celo; soñadores, charlatanes y visionarios. Esto ha ocurrido siempre, y siempre ocurrirá.

- ¡Hum! -dijo el soldado de los sijs de Ludhiana-. En el Pirzai Kotal había un regimiento mahometano al lado del nues­tro, y uno de sus sacerdotes..., me parece que era un naik 5..., cuando le daba el arrebato, hacía profecías. Pero todos los locos están protegidos por los dioses. Sus oficiales le pasaban muchas cosas por alto.

El lama volvió al urdú, recordando que estaba en tierra extraña.

- Oíd la historia de la Flecha que Nuestro Señor disparó con el arco.

Esto era más del gusto de la concurrencia, y todos escucha­ron el cuento con curiosidad.

- Ahora, pueblo de la India, yo voy en busca de ese Río. ¿Sabéis vosotros algo que pueda guiarme?; porque todos los seres humanos vivimos en un mundo dominado por el mal.

- Es el Ganges y sólo el Ganges... el que lava de todos los pecados- musitaron los viajeros.

- Indiscutiblemente, los dioses nos son propicios en los al­rededores de Jullundur (13)-dijo la mujer del labrador asomán­dose a la ventanilla-. Mirad cómo han bendecido las cosechas.

- Recorrer todos los ríos del Panjab no es asunto baladí 6 -dijo su marido-. A mí me basta con un arroyo que deje buen limo sobre mis tierras, y doy gracias a Bhumia, el dios del hogar -añadió encogiendo un hombro bronceado y nudoso.

- ¿Tú crees que Nuestro Señor llegaría tan al norte? -dijo el lama dirigiéndose a Kim.



5 nalk: cabo.

6 baladí: sin importancia.

(13) Jullundur está al pie de! Himalaya, en el Panjab.

- Tal vez -replicó éste dulcemente, después de escupir en el suelo el rojo jugo del pan.

- El último de los grandes hombres -dijo el sij con auto­ridad- fue Sikander Julkarn (Alejandro Magno). A él se debe el pavimento de las calles de Jullundur y la construcción del gran depósito de agua que se alza cerca de Ambala. Ese pavi­mento se conserva todavía; y el depósito también. Pero yo no he oído nunca hablar de tu dios.

- Déjate el pelo largo y habla panjabí -dijo bromeando el joven soldado a Kim, y repitiendo un refrán muy corriente en el norte-. Eso es todo lo que se necesita para ser un sij.

Pero se guardó muy bien de decirlo en voz alta.

El lama lanzó un suspiro y se acurrucó, tomando el aspecto de una masa informe y descolorida. En las pausas de la con­versación se oía la salmodia: «¡Om mane pudme hum! ¡Om mane pudme hum!» (14) y el rumor opaco de las cuentas de madera del rosario.

- La velocidad y el traqueteo me molestan -dijo, por fin­Además, chela, temo que hayamos pasado el Río.

- Calma, calma -dijo Kim-. ¿No estaba el Río cerca de Benarés? Pues aún estamos muy lejos de ese lugar.

- Pero... si es verdad que Nuestro Señor vino al norte, puede ser cualquiera de estos riachuelos que hemos cruzado.

- No sé.


- Pero tú viniste enviado a mí..., ¿no es verdad?..., por el mérito que hice allá en Such-zen. Al lado del cañón estaba yo cuando tú te apareciste... con dos semblantes y dos atuendos (15).

- Tranquilízate. No se debe hablar aquí de estas cosas -mur­muró Kim-. No hubo más que una sola persona. Piénsalo bien y te acordarás. Un niño..., un niño hindú..., al lado del cañón verde.

- Pero, ¿no estaba también allí un inglés de barba blanca..., un sacerdote entre las imágenes..., que fortaleció mi creencia en el Río de la Flecha?

(14) Significa: «¡Salve a la joya del loto!», en lengua tibetana. Es una frase fre­cuente en la plegaria ritual budista.

(15) El lama insinúa, de modo involuntario, perdido en un mundo extraño para él, el conflicto profundo de Kim: su dual identidad, de educación indígena y origen británico.

- Es que él..., nosotros..., fuimos al Ajaib-Gher de Lahore, a orar ante los dioses que hay allí -explicó Kim a la intrigada concurrencia-. Y el sahib de la Casa Maravillosa le habló, sí, de verdad, le habló como a un hermano. Es un santo de más allá de las montañas. -Y añadió, dirigiéndose al lama-: Ahora descansa. Dentro de poco llegaremos a Ambala...

- ¿Pero y mi Río..., el Río de mi curación?

- ... Y entonces, si quieres, iremos a pie para buscar ese Río. Los recorreremos todos..., hasta los pequeños regueros que limitan los campos.

- Pero ¿tú no tienes que emprender también tu propia Bús­queda? -El lama, encantado de recordarlo, se enderezó súbi­tamente.

- Sí -dijo Kim siguiéndole la corriente. El muchacho se sentía completamente feliz de encontrarse en plena libertad, mascando pan y contemplando a la gente nueva de este mundo inmenso y bondadoso.

- Era un toro..., un Toro Rojo que ha de venir a ayudarte... y te llevará..., ¿adónde te llevará? Se me ha olvidado. Un Toro Rojo en un campo verde, ¿no es eso?

- No, no me llevará a ningún sitio. No es más que una his­toria que te conté.

- ¿De qué habláis? -dijo la mujer del labrador, inclinán­dose hacia delante; sus brazaletes tintinearon-. ¿Es que los dos tenéis sueños? ¿Un Toro Rojo en un campo verde que te llevará a los cielos?..., ¿o adónde? ¿Fue una visión? ¿Hizo alguien al­guna profecía? ¡En nuestra aldea, detrás de la ciudad de Ju­llundur, tenemos un Toro Rojo que elige siempre para pastar el más verde de los campos!

- Dad a una mujer una historia maravillosa y a un pájaro tejedor una hoja y un hilo, y veréis qué cosas urden más ex­traordinarias -dijo el artesano sij-. Todos los santones tienen sueños, y debido a su influencia sus discípulos alcanzan ese poder.

- Un Toro Rojo en un campo verde, ¿no era eso? -repitió el lama-. En tu anterior encarnación tal vez hayas adquirido méritos, y el toro venga ahora a recompensarte.

- No..., no..., sólo fue una historia que me contaron..., creo que en broma. Pero así y todo, trataré de encontrar a mi Toro por Ambala, y tú podrás buscar tu Río y descansar del traqueteo del tren.

- Tal vez el Toro sepa... que ha sido enviado para guiarnos a los dos -dijo el lama, esperanzado como un chiquillo. Y en seguida añadió, dirigiéndose a los viajeros y señalando a Kim-: Hasta ayer por la tarde no se me apareció. Creo que no pertenece a este mundo.

- Muchos mendigos y santones he visto, pero en toda mi vida no había encontrado uno como este yogui y su discípulo -dijo la mujer.

Su marido, sonriendo, apoyó ligeramente el dedo índice so­bre la sien, girándolo suavemente. Pero al llegar la hora de la comida, tuvieron buen cuidado de dar al lama los mejores bocados.

Y al fin..., cansados, somnolientos y llenos de polvo, llegaron a la estación de la ciudad de Ambala.

- Nosotros venimos aquí por un pleito -dijo a Kim la mujer del labrador-. Nos alojamos en casa del hermano pequeño del primo de mi marido. Allí hay sitio bastante en el patio para tu yogui y para ti. ¿Querrá..., querrá darme su bendición?

- ¡Oh santo! Una mujer con el corazón de oro nos da alo­jamiento por esta noche. Es una tierra caritativa esta tierra del sur. ¡Recuerda cómo hemos sido socorridos desde la aurora!

El lama inclinó la cabeza, murmurando una bendición.

- Vas a llenar de andrajosos la casa del hermano pequeño de mi primo... -empezó a decir el marido, mientras se echaba al hombro la pesada pértiga de bambú.

- El hermano más joven de tu primo le debe todavía dinero al primo de mi padre por la boda de su hija -dijo la mujer, en­colerizada-. Que ponga en la cuenta la comida de estos santo­nes. Además, el yogui, por su parte, mendigará.

- Sí, pediré para él -dijo Kim, que sólo deseaba encontrar un refugio donde dejar al lama durante la noche, mientras él buscaba al inglés de Mahbub Alí y entregaba el pedigrí del semental blanco.

- Ahora -dijo el muchacho, cuando el lama estuvo a buen recaudo en el patio interior de una casa hindú de buen aspecto, situada detrás del acantonamiento 7- yo me voy un momento... a... a comprar víveres en el bazar. No te muevas de aquí hasta que vuelva.

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