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- ¿Volverás? ¿Seguro que volverás? -dijo el viejo, cogiéndolo por la muñeca-. ¿Y volverás con la misma apariencia? ¿Es demasiado tarde esta noche para buscar el Río?

­7 acantonamiento: lugar en que las tropas se instalan provisionalmente.

- Demasiado tarde y demasiado oscuro. Estáte tranquilo. Piensa en lo mucho que has caminado hoy..., más de cien kos (16) desde Lahore.

- Yo todavía más desde mi monasterio. ¡Ay! ¡Éste es un mundo grande y terrible!

Kim se escabulló pasando tan desapercibido como siempre y llevando, entre los amuletos colgados del cuello, su destino y el de miles de personas. Las indicaciones que le dio Mahbub Alí no dejaban duda de la casa en que vivía el inglés, y al ver a un lacayo que conducía un tílburi 8 de regreso del club, acabó de cerciorarse. Sólamente quedaba por identificar al hombre, y Kim se deslizó a través del seto del jardín, ocultándose en un macizo de arbustos floridos que había cerca del porche. La casa resplandecía con todas las luces encendidas, y la servidumbre se afanaba alrededor de varias mesas cubiertas de flores, copas de cristal y cubertería de plata. Al cabo de un momento salió al jardín un inglés, vestido de etiqueta -pechera blanca, traje negro-, tarareando una canción. La oscuridad era demasiado densa para ver su semblante, así es que Kim empleó una vieja estratagema, usada por los mendigos.

- ¡Protector de los pobres!

El inglés se acercó al lugar de donde sonaba la voz.

- Mahbub Alí dice...

- ¡Ah! ¿Qué dice Mahbub Alí?

El inglés no hizo el menor intento de averiguar quién ha­blaba, lo cual demostró a Kim que era el hombre a quien buscaba.

- El pedigrí del semental blanco está totalmente confir­mado.

- ¿Qué pruebas tienes? -El inglés se desvió hacia el seto de rosales, que se alzaba al lado de la entrada de coches.

- Mahbub Alí me ha dado esta prueba.



8 tilburi: carruaje descubierto, con dos ruedas grandes, tirado por una caba­llería; para dos viajeros.

(16) Más de 320 km., pues el kos son unas dos millas.

Kim lanzó al aire el paquetito de papeles doblados, que fue a parar al sendero, junto al inglés; pero éste lo pisó, porque en aquel momento pasaba un jardinero dando la vuelta a la es­quina de la casa. Cuando desapareció el criado, el inglés recogió el paquete dejando caer una rupia -Kim pudo oír el sonido argentino 9-, y se dirigió a la casa sin volver la cabeza ni una sola vez. Kim se apresuró a recoger la moneda; pero, a pesar de su educación indígena, era lo bastante irlandés por naci­miento como para no conceder al dinero sino una ínfima parte del interés de la aventura. Lo que más le gustaba era ver el efecto de la acción; así es que, en lugar de marcharse, se es­condió entre la espesura, y, arrastrándose como un reptil, se acercó a la casa.

Como los bungalows 10 indios están siempre completamente abiertos, pudo ver cómo entraba el inglés en una pequeña ha­bitación, en una esquina del porche, que servía a la vez de salón y de despacho, atestada de papeles y carteras con comunicados. El inglés se sentó ante una mesa para estudiar el mensaje de Mahbub Alí. Su semblante, iluminado por la luz de una lámpara de petróleo, cambió de expresión y se puso sombrío; Kim, acos­tumbrado como todo mendigo a leer en las fisonomías, tomó bue­na nota de ello.

- ¡Will, cariño! -llamó una voz de mujer-. Debes venir al salón. Dentro de un minuto llegarán.

El hombre continuó absorto en la lectura.

- ¡Will! -pronunció la voz unos minutos después-. Ya viene. Oigo a los soldados a caballo en el camino de entrada.

El inglés salió precipitadamente, con la cabeza descubierta, al tiempo que un gran landó 11, escoltado por cuatro soldados de caballería indígena, se paraba ante el porche. Descendió del carruaje un hombre alto y moreno, derecho como una lanza, seguido de un oficial joven que reía alegre.

Kim, boca abajo y pegado al suelo, casi tocaba las ruedas traseras del carruaje. Su hombre y el recién llegado intercam­biaron algunas frases.

- Naturalmente, señor -dijo el joven oficial con rapidez­-. Cuando se trata de un caballo, todo debe posponerse.

- No tardaremos más de veinte minutos -observó el hombre de Kim-. Puede usted hacer los honores mientras tanto..., entretenerlos...

9 argentino: plateado.

10 bungalow: casa rústica con galerías.

11 landó: carruaje de cuatro ruedas, con capotas.

- Diga usted a uno de la escolta que espere -ordenó el hombre alto; y ambos pasaron al despacho, mientras el landó se marchaba. Kim vio que sus cabezas se inclinaban sobre el mensaje de Mahbub Alí, y oyó sus voces..., una grave y respe­tuosa, la otra aguda y terminante.

- Ya no es cuestión de semanas. Es cuestión de días..., casi de horas -dijo el hombre de más edad-. Hace tiempo que lo temía, pero esto -golpeó con la mano el papel de Mahbub Alí confirma mis sospechas. Grogan cena aquí esta noche, ¿no es verdad?

- Sí señor; y Macklin también.

- Muy bien. Yo mismo les hablaré. El asunto, naturalmente, se llevará ante el Consejo, pero éste es un caso en el que está justificado actuar inmediatamente. Avise usted a las brigadas de Pindi y Peshawar (17). Esto desbaratará los permisos de verano, pero no hay nada que podamos hacerle. Todo lo que nos sucede es culpa nuestra, por no haberlos aplastado completamente desde un principio. Bastará con ocho mil hombres.

- ¿Y la artillería, señor?

- Necesito consultar con Macklin.

- ¿Entonces, esto quiere decir la guerra?

- No, no es guerra. Es castigo. Cuando un hombre está con­dicionado por la acción de su predecesor...

- Pero C. 25 puede haber mentido.

- Su relato confirma otras informaciones. Prácticamente ya se delataron hace seis meses. Pero Devenish tenía esperanza de hacer la paz. Naturalmente, ellos aprovecharon el tiempo para fortalecerse. Envíe usted esos telegramas en seguida... con la clave nueva, no con la vieja..., la que usamos Wharton y yo. Creo que no debemos hacer esperar por más tiempo a las se­ñoras. Zanjaremos esta cuestión luego, en el salón de fumar. Esto me lo estaba temiendo. Conste que no es guerra... Es castigo.

Mientras el soldado de la escolta partía al galope, Kim se arrastró dando la vuelta a la casa, hasta llegar a la parte trasera, donde, según sus experiencias de la ciudad de Lahore, esperaba hallar comida e informes. La cocina estaba llena de atareados marmitones 12, uno de los cuales despachó a Kim de un puntapié.



12 marmitones: pinches de cocina.

(17) Ver cap. I, nota 46. Pindi: Rawalpindi, en el camino a Peshawar.

- ¡Ay! -dijo, fingiendo que lloraba-. Yo no he venido más que a fregar los platos a cambio de llenarme la barriga.

- Todo Ambala está con la misma canción. Vete de aquí. Ahora van a servir la sopa. ¿Te crees tú que los criados del sahib Creighton necesitamos pinches que nos ayuden a pre­parar un banquete?

- ¡Y qué banquete! -dijo Kim mirando los platos.

- No hay por qué asombrarse; el huésped de honor es nada menos que el sahib Jang-i-Lat (el comandante en jefe).

- ¡Oh! -dijo Kim, asintiendo con la nota gutural más co­rrecta que puede lanzarse para expresar la admiración. Ya sa­bía todo lo que deseaba; así que, cuando el marmitón se volvió, había desaparecido.

«¡Y todo este jaleo», se decía a sí mismo, pensando como era su costumbre en indostaní, «por el pedigrí de un semental! Mahbub Alí debería consultarme a mí para aprender a mentir mejor. Hasta ahora todos los recados que he llevado se referían a mujeres. Ahora es a hombres. Mejor. El hombre alto decía que iban a preparar un gran ejército para castigar a alguien..., en algún sitio...; las órdenes se dirigían a Pindi y Peshawar. Hablaban también de cañones. Debí acercarme más. ¡Éstas sí que son grandes noticias!»

A su regreso encontró al hermano pequeño del primo del labrador discutiendo minuciosamente el asunto del pleito con aquél, su mujer y unos cuantos amigos, mientras el lama dormitaba. Después de la cena le dieron a Kim un narguile; y se sentía casi un hombre cuando chupaba en la boquilla pulida de corteza de coco, con las piernas estiradas a la luz de la luna, lanzando de vez en cuando sus observaciones. Sus anfitriones lo trataban con mucha amabilidad, porque la mujer del labra­dor les había relatado su visión del Toro Rojo y su probable origen divino. Además, el lama constituía una grande y vene­rable curiosidad. Poco después llegó el sacerdote de la familia (un viejo y tolerante brahmán sarsut (20) y, como es natural, en­tabló una discusión teológica para impresionar a la familia. Debido a sus creencias religiosas, claro es que todos estaban del lado de su sacerdote, pero el lama era el huésped y la novedad. Su ingénita 13 bondad y las citas en chino que sonaban como conjuros, los impresionaban y los deleitaban extraordi­nariamente. En ese ambiente sencillo y simpático, el lama se expansionaba como el propio loto del Bodhisattva, y hablaba de su vida en las elevadas montañas de Such-zen, antes de «partir en busca de iluminación», como él decía.

13 ingénita: connatural, propia.

(18) Sacerdote de Saravista, diosa de la sabiduría, la música y la elocuencia.

En el curso de la conversación se descubrió que el lama había sido en su país maestro en el arte de calcular horóscopos y predecir el destino; y el sacerdote le rogó que explicase los procedimientos que empleaba, y fueron nombrando cada uno en su propia lengua los nombres de los planetas y señalando al cielo, donde las brillantes estrellas se movían a través de la profunda oscuridad. Los chiquillos de la casa tiraban impune­mente de sus rosarios, y el lama llegó a olvidarse por completo de la Regla, que prohíbe mirar a las mujeres, mientras les des­cribía las nieves perpetuas, los aludes de las montañas, los des­filaderos bloqueados por los aludes, los remotos escarpados donde se encuentran zafiros y turquesas, y el maravilloso ca­mino de la meseta que conduce hasta China.

- ¿Qué opinión te has formado de él? -le preguntó el la­brador al sacerdote, en un aparte.

- Que es un santo varón..., un santo varón, sin duda alguna. Sus dioses no son los verdaderos dioses, pero sus pies marchan sobre la Senda, y sus métodos sobre los horóscopos, aunque eso está fuera de tu alcance, son sabios y seguros.

- Decidme -interrumpió Kim indolentemente-, ¿llegaré a encontrar, como me prometieron, al Toro Rojo sobre campo verde, tal como me fue prometido?

- ¿Qué sabes de la hora de tu nacimiento? -preguntó el sacerdote dándose importancia.

- Nací entre el primero y el segundo canto del gallo de la primera noche de mayo.

- ¿De qué año?

- No lo sé; pero en el momento en que lloré por primera vez se produjo el gran terremoto de Srinagar (19), que está en Cachemira.

Kim sabía estos datos por la mujer que lo había criado, la cual, a su vez, los conocía por Kimball O’Hara. El terremoto se había sentido en toda la India y durante largo tiempo sirvió de punto de referencia en el Panjab.

- ¡Ah! -exclamó nerviosamente una mujer, porque este dato parecía establecer con mayor certidumbre el origen so­brenatural de Kim-. ¿No nació entonces la hija de ...?

- Sí, y la madre le dio a su marido cuatro hijos en cuatro años..., todos varones -añadió la mujer del labrador, sentada fuera del círculo, en la oscuridad.

- Ningún iniciado en la ciencia -dijo el sacerdote- puede olvidar cómo estaban distribuidos aquella noche los planetas en sus estancias -y empezó a dibujar en el suelo polvoriento del patio-. Por lo menos tienes derecho a la mitad de la Estancia del Toro. ¿Qué es lo que dice tu profecía?

- Llegará un día -dijo Kim, encantado de la sensación que estaba causando- en que seré engrandecido por medio de un Toro Rojo en un campo verde, pero primero vendrán dos hom­bres a disponer las cosas.

- Sí; de este modo ocurre siempre al principio de una visión. Una espesa niebla que se va aclarando lentamente; de pronto aparece un hombre con una escoba preparando el lugar. En seguida empieza la Visión. ¿Dices que dos hombres? ¡Claro, claro! El Sol, abandonando la estacia del Toro, penetra en la de los Gemelos. Aquí están los dos hombres de tu profecía. Pensemos ahora. Pequeño, tráeme un palito.

(19) Srinagar es la mayor ciudad de la región de Cachemira; hoy es un país re­partido entre Pakistán, India y China, tras varias guerras desde 1947. Los cachemir o casimir son tejidos muy estimados y famosos, hechos con fina lana de cabra.

El sacerdote frunció las cejas, hizo unos garrapatos sobre el polvo, los borró, volvió a garrapatear signos misteriosos..., ante la admiración de todos, menos del lama, quien con delicado instinto se abstuvo de intervenir.

Al cabo de media hora tiró el palito y lanzó un gruñido.

- ¡Hum! Esto dicen las estrellas. Dentro de tres días lle­garán los dos hombres para preparar todas las cosas. Detrás de ellos vendrá el Toro: pero el signo escrito encima es el signo de la Guerra y de los hombres de armas.

- Indudablemente se trata de un soldado de los sijs de Lud­hiana, que venía con nosotros en el tren de Lahore -dijo la mujer del labrador, llena de fe.

- ¡No es eso, no es eso! Hombres armados...; pero muchos cientos. ¿Qué relación tienes tú con la guerra? -preguntó el sacerdote dirigiéndose a Kim-. El tuyo es un furioso signo rojo de una Guerra que estallará muy pronto.

- No..., no -dijo el lama con ansiedad-. Nosotros no bus­camos más que la paz y nuestro Río.

Kim sonrió, recordando lo que había oído en el despacho del inglés. Decididamente, era el elegido de las estrellas.

El sacerdote borró con el pie el tosco horóscopo.

- Yo no veo más que esto. Dentro de tres días vendrá el Toro a buscarte, muchacho.

- ¿Y mi Río, y mi Río? -gimió el lama-. Yo esperaba que su Toro nos guiase a los dos hacia el Río.

- Lo siento por ese maravilloso Río, hermano -replicó el sacerdote-. Esas cosas son demasiado sublimes.

A la mañana siguiente, aunque les rogaron con insistencia que se quedasen, el lama insistió en marcharse. Pero antes de partir le dieron a Kim un gran paquete con abundante comida y casi tres annas para las necesidades del camino, y después de recibir muchas bendiciones, contemplaron, a la incierta luz de la aurora, cómo se perdían hacia el sur los dos viajeros.

- Es una lástima que personas tan buenas como éstas no puedan librarse de la Rueda de las Cosas (20) -dijo el lama.

(20) Metáfora insistente en boca del lama para representar el sucesivo mundo material, que gira y ata a quienes no se liberan del deseo.

- Nada de eso, pues de ser así sólo quedaría en el mundo gente mala, y entonces, ¿quién nos daría abrigo y alimentos? -observó Kim, caminando alegremente bajo su carga.

- Me parece que allí corre un arroyuelo. Vayamos a ver -di­jo el lama. Y saliéndose del polvoriento camino se metió a campo traviesa, tropezando con un verdadero avispero de pe­rros parias.

Capítulo III

Sí, voces de todas las Almas que se aferraban

a la Vida, que se esforzaban de peldaño en peldaño

cuando la regla de Devadatta era aún poco conocida,

El viento cálido nos conduce a Kamakura.



Buda en Kamakura

Detrás de los perros, enfurecido y blandiendo una caña de bambú, surgió un huertano de casta arain (1), que cul­tivaba flores y hortalizas para el mercado de la ciudad de Ambala; era de una ralea 1 muy conocida para Kim.

- Ese hombre -dijo el lama sin hacer caso de los perros­- es grosero con los extranjeros, intemperante de palabras y poco caritativo. Que te sirva de advertencia su conducta, discípulo mío.

- ¡Eh, mendigos desvergonzados! -gritó el labrador-. ¡Hala! ¡Fuera de aquí!

- Ya nos vamos -dijo el lama volviéndose con reposada dignidad-. Nos vamos de estos campos malditos.

- ¡Ah! -exclamó Kim con gesto dramático-. Si se te pierde este año la cosecha, no culpes de ello más que a tu propia lengua.

El hombre arrastró los pies, con aire preocupado.

- La tierra está llena de mendigos -empezó a decir a modo de excusa.

- ¿Y cómo sabías que te íbamos a pedir limosna, mali 2? -in­terrumpió Kim con acritud, empleando el mote que molesta más a los hortelanos-. Todo lo que deseamos es contemplar ese río que corre al otro lado del campo.

1 ralea: clase, casta, grupo. Tiene sentido despectivo.

2 mali: jardinero.

(1) La Constitución india de 1947 abolió las castas, aunque en la práctica no han desaparecido. El hinduismo señalaba cuatro: la sacerdotal o brahmánica, la noble militar, la burguesa y la artesana; pero la fragmentación era incontable, hasta llegar a los parias, los más pobres y despreciados. El budismo y el islamismo se oponían a ese régimen. El lama tibetano lo dice luego: no existen las castas.

- ¡Ese río! -gruñó el hombre-. ¿De qué ciudad habéis salido para no reconocer un canal artificial? Va más recto que una flecha y yo pago el agua como si fuera oro molido. Más allá sí que encontraréis el afluente de un río. Pero si necesitáis agua, yo os la puedo dar..., y leche también.

- No; nos vamos a ver el río -dijo el lama saliéndose del campo.

- Leche y comida -balbució el hombre, cada vez más con­fuso ante la imponente y extraña figura del lama-. Yo..., yo no quisiera atraer daño alguno sobre mí o sobre las cosechas; pero ¡hay tantos mendigos en estos malos tiempos!...

- Aprende-dijo el lama dirigiéndose a Kim-. La roja niebla de la cólera le impulsó a hablarnos duramente, pero al irse aclarando sus ojos se vuelve cortés y afable. Ahora ya puedo bendecir tus campos. Cuida otra vez de no juzgar a los hombres tan a la ligera, ¡oh, labrador!

- En un caso como éste, otros santones te hubieran mal­decido a ti, del hogar hasta el establo -dijo Kim dirigiéndose al hombre avergonzado-. ¿Verdad que es un sabio y un santo? Yo soy su discípulo.

Y alzando la cabeza orgullosamente, echó a andar con gran dignidad por el estrecho sendero del linde.

- No existe el orgullo -dijo el lama después de una pau­sa-, no existe el orgullo para los que siguen la Senda Media. - Pero tú dijiste que era descortés y de baja casta.

- Yo no dije eso, porque ¿cómo puede ser de baja casta no habiendo castas? Además, enmendó su descortesía, y yo olvidé la ofensa. Él, como nosotros, está ligado a la Rueda de las Cosas; pero no dirige sus pasos por el camino de la liberación.

El lama se paró ante el riachuelo que corría entre los campos y contempló su orilla, llena de huellas de animales.

- ¿Y cómo te las vas a arreglar para reconocer tu Río? -preguntó Kim, agazapándose bajo la sombra de un elevado macizo de cañas de azúcar.

- Cuando lo halle, seguramente sentiré que se me concede la iluminación. Presiento que no es éste el lugar que busco. ¡Oh, tú, la más pequeña entre las corrientes!, ¿no podrías decirme dónde se halla mi Río? Pero, de todos modos, ¡bendita seas por hacer fructificar los campos!

- ¡Mira! ¡Mira! -gritó Kim, poniéndose a su lado de un salto.

Una ondulación amarilla y parda se deslizó desde las moradas y crujientes cañas hasta la orilla, extendió el cuello hacia el agua, bebió y quedó inmóvil... Era una inmensa cobra, de ojos sin párpados y mirada hipnotizante.

- No tengo palo..., no tengo palo -dijo Kim-. Voy a buscar uno para matarla.

- ¿Para qué? Está en la Rueda, como nosotros...; una vida ascendente o descendente..., muy lejos de la liberación. ¡Gran­des pecados debe de haber cometido el alma que está encerrada en esa forma (2) para verse reducida a esa condición!

- Aborrezco a todas las serpientes -dijo Kim, quien a pesar de su educación entre los indios, no podía reprimir el horror que sienten los blancos ante las sierpes.

- Déjala vivir. -La cobra silbó, entreabriendo el capu­chón (3). ¡Que tu libertad llegue pronto, hermana! -continuó el viejo plácidamente-. ¿Sabes tú por casualidad dónde está mi Río?

- En mi vida he visto un hombre semejante-murmuró Kim, abrumado-. ¿Es que las serpientes comprenden tu lenguaje?

- ¿Quién sabe? -La cobra se aplastó contra el suelo entre los polvorientos anillos de su cuerpo, y el lama pasó a escasas pulgadas de la cabeza erguida de la cobra.

- ¡Ven! -lo llamó, girando la cabeza.

- No; daré la vuelta.

- Ven; no te hará nada.

Kim dudó un momento. El lama reiteró la orden, usando una frase china que sonaba como un sortilegio 3, y Kim obedeció, cruzando a la fuerza el arroyuelo; la serpiente, efectivamente, no se movió.

- Nunca he visto un hombre semejante -repitió Kim en­jugándose el sudor de la frente-. Y ahora, ¿adónde vamos?

- Eso tú lo sabrás. Yo soy viejo y extranjero... y estoy muy lejos de mi país. Si no fuera porque el ferrocarril me llena la cabeza de un ruido endemoniado, ahora mismo me iría a Be­narés..., aunque en ese caso tal vez dejáramos atrás el Río. Busquemos otro arroyo.

3 sortilegio: adivinación mediante la magia.

(2) Esta secuencia no sólo explica una creencia de la filosofía budista (la trans­migración de las almas) sino que representa una lección más en el aprendizaje de Kim; éste descubrirá que hay otro modo de ver las cosas y el mundo: con desinterés, sin competencia, con amor franciscano y respeto por lo creado.

(3) La cobra india es una de las serpientes venenosas más temibles. Para atacar, endereza la parte anterior de su cuerpo, ensancha el cuello (el «capuchón») y calcula la distancia y el momento de su ataque. Los famosos «encantadores» de serpientes se valen de sus gestos, y no de la música -pues son sordas-, para fascinarlas.

Durante todo el día caminaron por las tierras de intenso cultivo, en donde el suelo produce tres y aun cuatro cosechas al año, y a través de campos de caña de azúcar, tabaco, rábanos blancos y noi-ko14. De vez en cuando se desviaban del camino para inspeccionar todos los arroyuelos que veían, y despertaban a los perros de las aldeas y a sus habitantes, somnolientos en la hora de la siesta. A las preguntas de los curiosos respondía el lama con una inquebrantable simplicidad... Ellos buscaban un Río..., un Río de purificación milagrosa. ¿Había alguien que tuviera noticias de una corriente de semejantes propiedades? A veces los hombres se echaban a reír, pero generalmente es­cuchaban toda la historia hasta el final, y les ofrecían un sitio a la sombra, un poco de leche y comida. Las mujeres se mos­traban siempre amables, y los chiquillos unas veces eran tí­midos y miedosos, y otras demasiado atrevidos, como ocurre en casi todas las partes del mundo. Al anochecer descansaron bajo el árbol de un caserío cuyas paredes y techos eran de adobe, y estuvieron hablando con el jefe del lugar, mientras el ganado regresaba de los pastaderos y las mujeres preparaban la última comida del día. Habían dejado atrás el cinturón de huertas que rodean a la hambrienta Ambala, y se hallaban entre los dila­tados campos verdes, donde se cultivan los productos básicos.

El jefe era un viejo afable, de barba blanca, acostumbrado a atender a forasteros. Preparó para el lama una cama de cuer­das, le sirvió la comida caliente, le preparó una pipa y mandó a buscar al sacerdote del lugar, por haber terminado ya las ceremonias de la tarde en el templo de la aldea.

Kim les contaba a los niños lo grande y lo bonita que era la ciudad de Lahore, el viaje por ferrocarril y otras mil cosas acerca de las grandes poblaciones, mientras los hombres ha­blaban pausadamente y el ganado rumiaba el pienso.

- Yo no logro entenderlo -dijo al fin el jefe, dirigiéndose al sacerdote-. ¿Qué sacas tú en limpio de lo que ha dicho? -El lama, una vez narrada su historia, rezaba quedamente el rosario.

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