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4 nol-kol: pequeña calabaza.

- Es un peregrino -respondió éste-. El mundo está lleno de seres semejantes. ¿Te acuerdas de aquel que vino el mes pasado..., el faquir de la tortuga?

- Sí, pero aquél tenía sus razones, porque Krishna (4) mismo se le apareció prometiéndole el paraíso, sin la cremación en la pira, si hacía un viaje a Prayag. Pero este hombre no busca a ninguno de los dioses que nosotros conocemos.

- Sé indulgente, es viejo, viene de muy lejos y está loco -di­jo el afeitado sacerdote-. óyeme -añadió dirigiéndose al lama­-. A tres kos 5 de aquí, hacia el oeste, se halla la Gran Carretera de Calcuta.

- Pero yo voy a Benarés..., a Benarés.

- También lleva a Benarés. Esa carretera cruza todos los ríos de esta parte de la India. Mi consejo es que descanses aquí hasta mañana y en seguida cojas la carretera (se refería a la carretera llamada el Gran Troncos) probando cada una de las corrientes que cruza; porque según he podido comprender, la virtud de tu Río no radica en sus fuentes, ni en un lugar de­terminado, sino que se extiende a todo su curso. De este modo, si tus dioses quieren, puedes estar seguro de lograr tu libe­ración.

- Eso está bien pensado -el lama quedó muy satisfecho con el plan-. Empezaremos mañana y te bendigo por mostrar una senda nueva a mis viejos pies. -Y terminó la frase con un sonsonete chino medio cantado con voz grave. Todos, hasta el sacer­dote, se impresionaron, y el jefe temió que se tratase de un hechizo maligno; pero todo aquel que contemplaba la noble y serena faz del lama no dudaba ni un momento de sus bonda­dosas intenciones.

- ¿Veis a mi chela? -dijo aspirando una gran cantidad de rapé. Su deber era devolver cortesía con cortesía.

- Lo veo... y lo oigo. -El jefe volvió la cabeza hacia Kim, que estaba charlando con una muchacha vestida de azul y ti­rando sobre el fuego espinas crepitantes.

5 tres kos: unos 10 km.

(4) Krishna es para el hinduismo una encarnación del dios Visnú, el segundo en la trinidad hindú, de la que los otros miembros son Brahma y Siva.

(5) Esta carretera se construyó para mejorar las comunicaciones a medida que fueron incrementándose los intereses comerciales ingleses, e iba en dirección noroeste partiendo de Calcuta y pasando por Asansol, Benarés y Allahabad. Con la anexión del Panjab, se extendió hacia Agra, Delhi, Ambala, Lahore y Peshawar.

- También él tiene que llevar a cabo su propia Búsqueda. No se trata de un río, sino de un Toro. Sí, un Toro Rojo sobre un campo verde que algún día se le aparecerá para honrarlo. Yo creo que mi chela no es de este mundo. Se me apareció de un modo inesperado para ayudarme en mi empresa, y su nombre es el de Amigo de todo el Mundo.

El sacerdote sonrió.

- ¡Eh, Amigo de todo el Mundo! -gritó a través del espeso humo de olor penetrante-. ¿Quién eres tú?

- El discípulo de este santón -contestó Kim.

- Pues él dice que que eres un but (un espíritu).

- ¿Pueden los but comer? -dijo Kim haciendo una mue­ca-. Porque yo estoy hambriento.

- No es cosa de broma -exclamó el lama-. Cierto astrólogo de esa ciudad cuyo nombre he olvidado...

- No es nada más que la ciudad de Ambala, donde dormi­mos la noche pasada -murmuró Kim al oído del sacerdote.

- ¡Ah!, ¿era Ambala? Pues hizo un horóscopo y aseguró que mi chela alcanzaría su deseo al cabo de dos días. Pero, ¿qué fue lo que dijo acerca del significado de las estrellas, Amigo de todo el Mundo?

Kim carraspeó para aclarar su garganta y miró serenamente a los aldeanos de grises barbas que lo rodeaban.

- El significado de mi Estrella es la Guerra (6)-respondió con aire solemne.

Estalló una risotada ante aquella pequeña y andrajosa fi­gura que se pavoneaba bajo el enorme árbol y sobre el zócalo de mampostería. Si Kim hubiera sido un indígena, se habría azorado, pero la sangre blanca que corría por sus venas le per­mitió mantenerse sereno.

- Sí, la guerra -repitió.

- Ésa es una profecía segura -exclamó una voz profunda-. ­Porque siempre hay algunas escaramuzas a lo largo de la fron­tera..., según mis noticias.

6 Kim es el «Amigo de las Estrellas» porque es un enviado providencial para guiar al lama en la oscuridad de su Búsqueda. Aquí se juega ambiguamente con otra motivación del apodo, la estrella o destino de Kim en el Servicio de Espionaje del Ejército Británico.

El que hablaba era un anciano decrépito, que había pres­tado su servicio al Gobierno en los días de la sublevación (7), como oficial indígena de un regimiento de caballería recién reclutado. Terminados sus servicios, el Gobierno lo recompensó con una buena propiedad en su aldea natal, y aunque las exigencias de sus hijos, que eran ya oficiales de barbas grises, habían mermado su caudal, era todavía una persona de importancia. Muchos oficiales ingleses y hasta algunos comisarios adjuntos, al pasar por la Gran Carretera se desviaban para visitarlo, y, en aquellas ocasiones, se ponía el uniforme de los viejos tiempos y permanecía más tieso que una vara.

- Pero ésta será una gran guerra..., una guerra de ocho mil hombres -la voz de Kim vibró a través del grupo cada vez más numeroso que se estaba congregando, con tal intensidad que él mismo se asombró.

- ¿Casacas rojas (8) o nuestros propios regimientos? -inte­rrumpió el viejo como si estuviese hablando con un igual. Su tono hizo que los demás hombres respetasen a Kim.

- Casacas rojas -dijo Kim a la ventura, pues en realidad no lo sabía-; casacas rojas y cañones.

- Pero..., pero el astrólogo no dijo ni una sola palabra acerca de eso -gritó el lama tomando en su excitación prodigiosas cantidades de rapé.

- Pero yo lo sé. La noticia ha llegado hasta mí que soy el discípulo de este santón. Estallará una guerra..., una guerra de ocho mil casacas rojas que se movilizarán en Pindi y Peshawar. De eso estoy seguro.

- Indudablemente, el muchacho debe de haber recogido algún rumor del bazar -dijo el sacerdote.

- Pero, ¡si no se ha movido un momento de mi lado! -ex­clamó el lama-. ¿Cómo lo sabe? Yo no lo sabía.

- Ese chico será un excelente ilusionista cuando muera el viejo -murmuró el sacerdote al oído del jefe-. ¿Qué nueva treta será ésta?

- Una prueba. Dame una prueba -exclamó de repente el viejo soldado con voz de trueno- Si se hubiese declarado la guerra, mis hijos me lo hubieran dicho.

(7) La sublevación de los cipayos en 1857 (cap. II, n. 7). Este personaje, digno y estrafalario, tratado por el autor con humor y benevolencia, sirve también para ofrecer otra perspectiva sobre el tema de la guerra, de la acción.

(8) Era la denominación que recibían los soldados británicos desde la Revolución Americana, debido al color de su uniforme.

- Cuando todo esté preparado, tus hijos, seguramente, se­rán informados; pero hay una gran distancia de tus hijos al hombre en cuyas manos están estos asuntos. -Kim se acaloraba con el juego, que le recordaba sus artimañas de recadero en Lahore, en las que por ganar unas paísas 6 simulaba saber más de lo que en realidad sabía. Pero ahora obraba por móviles más elevados; su propia excitación y el deseo de demostrar su poder. Así es que, tomando aliento, prosiguió:

- ¿El viejo me pide que le dé una prueba? ¿Pueden ordenar los subalternos las idas y venidas de ocho mil casacas rojas... y de los cañones?

- No -respondió el viejo, como si Kim fuese su igual. - ¿Conoces tú al que da esas órdenes?

- Lo he visto.

- Lo reconocerías?

- Lo conozco desde que era teniente de la top-khana (arti­llería).

- ¿Es un hombre alto; un hombre alto y moreno, que anda así? -Kim dio unos pasos tan tieso como si fuera un palo.

- Sí. Pero eso no es ninguna prueba, pues cualquiera puede verlo. -La multitud contenía el aliento durante todo este diá­logo.

- Eso es verdad... Pero aún te diré más. Fíjate ahora. Lo primero, el gran hombre anda así. Luego, piensa así -Kim se puso el dedo índice en la frente y, a continuación, lo bajó hasta la mandíbula-. Luego contrae los dedos así. Luego se coloca la gorra bajo el brazo izquierdo. -Kim ilustraba con la acción todos los movimientos, y permanecía tan inmóvil como una cigüeña.

El viejo lanzaba gruñidos inarticulados en el colmo de su asombro, y todos los reunidos temblaban.

- Así es..., así es..., así es... Pero ¿qué es lo que hace cuando va a dar una orden?

- Primero se rasca el cogote de este modo. En seguida apoya un dedo en la mesa y hace un sorbeteo con la nariz. Después dice así: «Llame usted a tales y cuales regimientos. Avise usted a tales cañones.»

6 paísa: moneda de cobre, equivalente a la cuarta parte del anna. Un rupia tiene 64 paísas (aunque, desde 1957, tiene 100 paísas).

El viejo soldado se levantó rígidamente, y saludó, cua­drándose.

- «Porque» -Kim iba traduciendo al idioma indígena las órdenes terminantes que había escuchado en la oficina de Am­bala-, «porque», dice él: «deberíamos haber hecho esto hace ya mucho tiempo. No es guerra; es... castigo. ¡Sniff!»

- Basta, te creo. Lo he visto y lo he oído en medio del humo de las batallas. Es Él.

- Yo no vi humo -la voz de Kim cambió al tono monótono y alucinado que emplean los que dicen la buenaventura a la vera del camino-. Yo vi todo esto en la oscuridad. Primero apareció un hombre que aclaró todas las cosas. En seguida, varios hombres a caballo. Después vino él, envuelto en una aureola de luz. El resto ya lo he contado. Viejo, ¿es o no es verdad lo que he dicho?

- Es Él. Sin duda alguna, es Él.

La concurrencia lanzó un suspiro entrecortado, mirando al­ternativamente, ya al viejo soldado, que aún estaba en posición de firmes, ya a Kim, cuya figura andrajosa se recortaba contra la luz purpúrea del crepúsculo.

- ¿No os dije..., no os dije que no era de este mundo? -ex­clamó el lama orgullosamente-. Es el Amigo de todo el Mundo. Es el Amigo de las Estrellas.

- Y menos mal que esto de la guerra no nos concierne a nosotros -gritó un hombre-. Oye, joven adivino, si tienes ese don en todos los momentos, yo quisiera consultarte. Tengo una vaca con manchas rojas, que bien pudiera ser hermana de tu Toro...

- No lo creas. Mis Estrellas no tienen nada que ver con tu ganado.

- Pero está muy enferma -interrumpió una mujer-. Mi hombre es un búfalo; debía haber escogido mejor sus palabras. ¿Puedes decirme si se pondrá buena?

Si Kim hubiera sido un muchacho como los demás, habría seguido presumiendo de adivino; pero todo aquel que conoce palmo a palmo la ciudad de Lahore y convive durante trece años con los faquires de la Puerta de Taksali no puede menos de conocer también la naturaleza humana.

El sacerdote lo miró de reojo, amargamente, con sonrisa desencantada y llena de frustración.

- ¿Es que no hay sacerdote en la aldea? -gritó Kim-. Yo creí haber visto uno muy ilustre hace un momento.

- Sí..., pero... -empezó a decir la mujer.

- Pero tanto tu marido como tú esperabais ver curada a la vaca sin más gastos que dar las gracias.

El tiro dio en el blanco; porque aquel matrimonio era el más tacaño de todo el lugar.

- No está bien estafar a los templos. Regálale al sacerdote un ternero joven, y a menos que los dioses estén muy inco­modados con vosotros, antes de un mes la vaca dará leche.

- Eres un experto mendigo -ronroneó el sacerdote, satis­fecho-. No hubiera obrado mejor un hombre inteligente de cuarenta años. Estoy seguro de que has enriquecido al viejo.

- Un poco de harina, otro poco de manteca y un puñado de cardamomos 7 -replicó Kim sonrojado por la lisonja 8, pero to­davía con cautela-. ¿Hay alguien que se enriquezca con eso? Además, como puedes ver, está completamente loco. Pero me sirve por lo menos mientras aprendo a conocer los caminos. Kim conocía perfectamente cómo se comportaban en la in­timidad los faquires de la Puerta de Taksali cuando hablaban entre ellos, y copiaba en todos los detalles a sus desvergonzados discípulos.

- ¿Entonces es verdad lo de su Búsqueda, o es una pantalla para otros designios? Puede tratarse de un tesoro.

- Está loco..., loco de remate. No hay nada más.

El viejo soldado se levantó cojeando y suplicó a Kim que aceptase su hospitalidad por aquella noche. El sacerdote le aconsejó que accediese, insistiendo por su parte en que el honor de albergar al lama pertenecía al templo..., a lo que el lama sonrió con candidez. Kim estudió la expresión de los semblantes y dedujo importantes consecuencias.

- ¿Dónde está el dinero? -murmuró en voz baja, arras­trando al lama hacia la oscuridad.

- En mi pecho. ¿Dónde iba a estar?

- Dámelo. Pronto, y sin hacer ruido; dámelo.

- Pero, ¿por qué? Aquí no hay que comprar ningún billete. - ¿Soy tu chela o no lo soy? ¿No he protegido a tus viejos pies en el camino? Dame el dinero y por la mañana te lo de­volveré. -Y, metiendo la mano por encima de la faja del lama, sacó la bolsa.

7 cardamomo: planta medicinal.

8 lisonja: alabanza afectada, por interés.

- Bueno..., bueno-dijo el viejo sacudiendo la cabeza-. ¡Éste es un mundo grande y terrible! Nunca pude imaginar que vi­vieran en él tantos hombres.

A la mañana siguiente el sacerdote estaba de muy mal ta­lante, y el lama parecía completamente dichoso. Kim, por su parte, había gozado de una velada interesante con el viejo sol­dado, que sacó el sable de caballería, y manteniendo en equi­librio al muchacho sobre sus enjutas rodillas, le contó varias historias de la sublevación y de jóvenes capitanes que hacía treinta años estaban en sus tumbas, hasta que Kim cayó rendido por el sueño.

- Verdaderamente, es bueno el aire de este país -dijo el lama-. Yo siempre duermo con sueño ligero, como les pasa a todos los viejos, pero esta noche he dormido sin despertarme hasta bien entrado el día. Y todavía tengo la cabeza pesada.

- Bebe un poco de leche caliente -le dijo Kim que conocía unos cuantos remedios de esa clase, por algunos amigos suyos que eran fumadores de opio-. Ya es hora de que emprendamos la marcha.

- El largo camino que cruza todos los ríos de la India -dijo el lama alegremente-. Vamos. Pero, oye, chela, ¿cómo crees que podemos recompensar a esta gente, y sobre todo al sacerdote, por sus bondades? Es verdad que son but-paras t9, pero en sus vidas futuras puede que descienda hacia ellos la luz de la ver­dad. ¿Daremos una rupia para el templo? Tan solo se trata de una cosa hecha de piedra y pintura roja, pero nosotros debemos reconocer el corazón de los hombres, cuándo y dónde son buenos.

- Santo mío, ¿has emprendido el camino solo alguna vez? -Kim alzó la mirada bruscamente, al igual que lo hacen los cuervos indios que tanto se afanan sobre los campos.

- Naturalmente, niño: desde Kulú a Pathankot..., desde Kulú, donde murió mi primer chela. Entonces, cuando los hom­bres eran bondadosos con nosotros, hacíamos ofrendas, y todo el mundo se portó muy bien durante nuestro paso por las montañas.

- En la India es muy diferente -dijo Kim con frialdad-. Sus dioses son perversos y tienen muchos brazos. Dejémoslos tran­quilos.

9 but-parast: idólatra. But: espíritu.

- Te acompañaré un rato para enseñarte el camino, Amigo de todo el Mundo..., a ti y a tu hombre amarillo. -El viejo soldado cruzó la calle de la aldea, todavía con poca luz, a lomos de un caballo de derrengados jarretes 10-. La noche pasada vol­vió a abrir las fuentes del recuerdo en mi seco corazón, y eso ha sido para mí una gran alegría. Verdaderamente, se nota la guerra en el aire. Yo la huelo. ¡Mira!, he traído la espada.

Sentado sobre su pequeña cabalgadura, con las largas pier­nas colgando, la espada al costado y la mano sobre el pomo, el viejo soldado miraba fieramente las llanuras que se extendían hacia el norte.

- Dime ahora otra vez cómo se te apareció Él en la visión. Sube y monta conmigo. El animal puede con los dos.

- Soy el discípulo de este santo -dijo Kim, al tiempo que franqueaban la puerta de la aldea. Los aldeanos parecían sentir su marcha, pero el adiós del sacerdote fue frío y distante. Había malgastado el opio en un hombre que no llevaba consigo ni un céntimo.

- Eso está bien dicho. Yo no tengo mucha costumbre de tratar con los santones, pero el respeto es una buena cualidad. Ya no hay respeto en estos tiempos..., ni aun cuando viene a verme el sahib Comisario. Pero, ¿por qué siendo tu Estrella la guerra sigues a ese santón?

- ¡Pero si es un verdadero santo! -dijo Kim con vehemen­cia-. En su rectitud, en su palabra y en todos sus actos, es un santo. No es como los otros. Yo no he visto ninguno como éste. Nosotros no somos titiriteros, ni mendigos, ni decimos la bue­naventura.

- Tú no lo eres, ya lo sé; pero a él no lo conozco. Sin em­bargo, anda bien.

Incitado por el aire fresco de la madrugada, el lama cami­naba con soltura, dando largas zancadas, como si fuera un ca­mello. Iba absorto en su meditación, pasando maquinalmente las cuentas del rosario.

10 jarretes: el corvejón de la pata o la parte inferior de la corva.

Los viajeros marchaban ahora por el descuidado camino vecinal lleno de rodadas, que cruza la llanura entre grandes plantaciones de mangos de oscuro follaje; la línea del Himalaya se desvanecía hacia el este, coronada de nieve. Toda la India estaba trabajando en los campos entre el chirrido de las norias, los gritos de los labradores detrás de las yuntas y la algarabía de los gallos. Hasta el poni sintió la buena influencia y casi rompió al trote corto cuando Kim se agarró con una mano a la ación 11.

- Tengo remordimientos por no haber dejado una rupia para el santuario -dijo el lama al terminar la última cuenta de sus ochenta y una.

El viejo soldado refunfuñó bajo su barba, notando entonces el lama por primera vez su presencia.

- ¿Tú también buscas el Río? -preguntó volviéndose.

- El día está empezando -fue la respuesta-. ¿Para qué se necesita un río, si no es para regar antes de que se ponga el sol? He venido para mostrarte un atajo que conduce a la Gran Carretera.

- Ésa es una cortesía digna del recuerdo, hombre de bue­na voluntad; pero, ¿por qué llevas esa espada?

El viejo soldado quedó tan avergonzado como un niño sor­prendido cuando juega a ser persona mayor.

- La espada -dijo acariciándola-. ¡Oh!, eso ha sido una ven­tolera que me ha dado..., caprichos de viejo. Verdad es que la policía tiene orden de que ningún hombre lleve armas en toda la India; pero -y cobrando ánimo golpeó la empuñadura- todos los policías de los alrededores me conocen bien.

- Esas aficiones no son buenas -dijo el lama-. ¿Qué pro­vecho se saca de matar a los hombres? (9)

- Muy poco..., lo sé por experiencia; pero si no se matase de vez en cuando a los malos, este mundo no sería muy bueno para los soñadores que van sin armas. Y yo hablo con conocimiento del asunto, pues he visto toda la tierra, desde más al sur de Delhi, inundada de sangre.

- ¿Qué locura fue ésa?

- Sólo los dioses, que la enviaron como una plaga, lo saben. Una locura prendió en los soldados, que se sublevaron contra sus oficiales. Ése fue el primer mal; pero no hubiera tenido tan graves consecuencias si hubiesen mantenido quietas las manos. Pero decidieron matar a las mujeres y a los niños de los sahibs, y en seguida vinieron éstos del otro lado del mar y les exigieron la más estricta cuenta de sus actos.

11 ación: correa de que pende el estribo.

(9) Este debate sobre vida militar/religiosa, espada/rosario, acción/contempla­ción, actualiza el conflicto de Kim, su identidad dual y confusa, su aprendizaje y su personalidad en formación. Los dos viejos son sendas perspectivas, posibles modelos contrapuestos.

- Me parece recordar que una vez llegaron a mis oídos ru­mores referentes a estos sucesos, pero de ello hace ya mucho tiempo. Lo llamaban algo así como el Año Negro (10).

- ¿Qué género de vida ha sido la tuya para ignorar lo que ocurrió ese Año? ¡Un rumor, ya lo creo! Toda la tierra lo supo y tembló.

- Nuestra tierra no ha temblado más que una sola vez...: el día en que Nuestro Señor el Excelente recibió la Iluminación. - ¡Hum!, yo por lo menos vi temblar a Delhi; y Delhi es el ombligo del mundo.

- ¿De modo que se revolvieron contra las mujeres y los niños? Ésa fue una acción perversa y su castigo no puede evitarse.

- Muchos de ellos hicieron grandes esfuerzos para evitarlo, pero con muy poco éxito. Yo estaba entonces en un regimiento de caballería. Se sublevó. De seiscientos ochenta sables permanecieron fieles... ¿cuántos dirías? Tres. Yo era uno de ellos.

- Mayor fue el mérito.

- ¡Mérito! Nosotros no considerábamos que eso fuera un mérito en aquellos días. Mi gente, mis amigos y mis hermanos se apartaron de mí. Me decían: «El tiempo de los ingleses ha terminado. Ahora todos debemos luchar por conseguir nuestra pequeña propiedad». Pero yo había hablado con los hombres de Sobraon, de Chillianwallah, de Moodkee y de Ferozeshah, (11)y les dije: «Esperad un poco y el viento cambiará. Éste es un mal asunto». En aquellos días cabalgué setenta millas, llevando a la mujer y al niño de un sahib en la perilla 12 de mi montura (¡Oh! ¡Aquél sí que era un caballo digno de un hombre!). Los dejé a salvo y volví a presentarme a mi oficial..., que era, de los cinco que teníamos, el único a quien no habían matado. «Déme usted un empleo», le dije, «porque soy un renegado para mis paisanos y la sangre de mi primo aún está húmeda en mi sable». «Alégrate», dijo él. «Hay mucho trabajo por delante. Cuando termine esta locura tendrás la recompensa.»

12 perilla: parte superior del armazón de la silla.

(10) El año de la sublevación (1857).

(11) En 1841 los sijs cruzaron. el río Sutluj. En esos cuatro lugares se dieron sendas batallas que determinaron el dominio británico en el Panjab,

- ¡Ay!, ¿es que hay una recompensa cuando la locura ha pasado? -murmuró el lama, casi para sus adentros.

- En aquel tiempo no se imponían medallas a todo el que, por casualidad, había oído un arma de fuego. ¡No! Yo participé en diecinueve batallas campales, en cuarenta y seis escaramuzas de caballería y en innumerables pequeñas acciones. Re­cibí nueve heridas y me dieron una medalla con cuatro barras3, y más tarde la medalla de una Orden, porque mis capitanes, que son ahora generales, se acordaron de mí cuando la empe­ratriz de la India(12) cumplió los cincuenta años de su reinado y toda la tierra se regocijó. Dijeron: «Hay que darle la orden de la India Británica». Y la llevo ahora colgada del cuello. También me dio el Estado la jaghir (posesión), un regalo para mí y para los míos. Los hombres de aquel tiempo (ahora son comisarios) vienen a verme, cabalgando a través de los campos cultivados, muy erguidos en la silla, así es que toda la gente de la aldea los ve, y hablamos de las acciones pasadas, y el recuerdo del nombre de un muerto se enlaza con el de otro.

13 barras: listas que aparecen en escudos o medallas. Una medalla con cuatro barras era el mayor galardón.

(12) La reina Victoria ;1819-1901). Cumplió los 50 años de reinado en 1887.

- ¿Y después?

- ¡Oh!, después se van, pero no sin que los haya visto toda la aldea.

- ¿Y tu final cuál será?

- Al final me moriré.

- ¿Y después?

- Los dioses dispondrán. Jamás los he molestado con mis plegarias: yo creo que ellos no me molestarán a mí. Mira, he notado en mi larga existencia que los que se pasan la vida incomodando a los de Arriba con quejas y relatos, gritos y llan­tos, son llamados a toda prisa; como hacía mi coronel, cuando llamaba para que se le presentaran los charlatanes de baja casta que hablaban más de la cuenta. No; yo jamás he importunado a los dioses. Ellos lo recordarán y me darán un lugar tranquilo donde pueda clavar mi lanza a la sombra, y esperar a que lle­guen mis hijos: tengo nada menos que tres -todos comandantes de caballería- en los regimientos.

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